Historia Trabajo A De la vez en que fue el secuestro de las ranas [Ryoko]

Tema en 'Pokémon New Adventure' iniciado por everyday, 5 Ago 2018.

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    everyday

    everyday Moderador

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    Nombre: De la vez en que fue el secuestro de las ranas

    Descripción: Mientras se encontraban de camino a su siguiente destino, Ryoko y sus pokemon se ven repentinamente asaltados por un ladrón en medio del bosque. El sujeto, armado de un violento Pidgeot, ha logrado robar a la peli rosa, pero curiosamente la chica conserva todo su dinero y sus pertenencias. ¿Qué se ha llevado? Choco Mousse pone el grito en el cielo al verlo: ¡Kuro no está por ninguna parte! El pequeño pokemon azul ha sido llevado a un laboratorio secreto, en donde una supuesta compañía farmacéutica desarrolla un efectivo tratamiento para tratar el dolor físico a base del veneno de los dedos de los Croagunk. Ahora, entrenadora y pokemon deberán encontrar la forma de volver a reunirse, sorteando las dificultades y teniendo que poner además en libertad al resto de los Croagunk prisioneros. Kuro aprenderá que puede ser más que un tranquilo y silencioso pokemon cuando tome la responsabilidad de ponerlos a salvo.

    Objetivos: De Ryoko: encontrar a Kuro y recuperarlo sano y salvo. De Kuro: salir del laboratorio secreto, llevar a los Croagunk a su libertad y reunirse con su entrenadora.

    Datos extra: Kuro y Choco Mousse evolucionarán durante el trabajo. Se usarán diálogos en los pokemon cuando no haya humanos presentes.

    Paga Máxima: 2000 Pks
    Shard Oro: puntaje igual o superior a 80.

    Shard Esmeralda x2: puntaje igual o superior a 70.
    Niveles:

    Nivel 1-55: De 1 a 5 niveles.
    Nivel 55-85: De 1 a 4 niveles.
    Nivel 86 a más: De 1 a 2 niveles.
    Plazo para Completarla: 21 días.

    Lady BeelzeLady Beelze esto se pondrá bueno, lo presiento(?)
    Por favor, al final del trabajo, me recuerdas bien lo que harás respecto al Rockruff bebé para que no se me pase.
     
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  2. Lady Beelze

    Lady Beelze Burning heart

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    El próximo destino de Ryoko Itsuga y sus amigos estaba a la vuelta de la esquina, o eso les hacía creer el pokenav desde hacía casi tres días.

    —Aahhh…yo creo que se descompuso—suspiró la chica, levantando en lo alto su brazo con el aparato en su mano, a ver si así mejoraba un poco la señal.

    La pantalla que mostraba el sitio donde se encontraban no cambió, así como tampoco lo hizo el punto rojo que la marcaba a ella en medio de ese bosque. Lo movió de un lado a otro, se giró en 360 grados, pero nada ocurrió, mientras a su alrededor sus acompañantes bostezaban, se acicalaban o simplemente miraban las nubes deslizándose lentas y esponjosas por el cielo; Kuro podía pasar todo el día mirando al cielo cambiar de colores, las nubes tomar graciosas formas o ver a los pokemon voladores recorrer ese espacio infinito. Dio un respingo en cuanto un fuerte gruñido se escuchó a su lado y se volvió a ver, lo mismo que hicieron Randall y Sparkles. En medio de esponjarse una de las orejas caídas, la Buneary de dulce color rosado se avergonzó completamente, tanto de su estómago haciéndola ver mal como de que todos se percataran de que se estaba muriendo de hambre. Al menos Ryoko no se había enterado…

    — ¿Tienes hambre, Choco Mousse? —preguntó la peli rosa desde arriba, consiguiendo que su coneja se fuera de cara al suelo, muriéndose ahora también de pena.

    Como no tenían idea de a dónde ir, Itsuga estaba cansada de dar vueltas y sus pokemon empezaban a sentir apetito, la criadora decidió montar allí una pequeña parada para almorzar. Extendió su manta amplia en el suelo y fue sacando sus cosas de la bolsa, mientras sus pokemon se dedicaban a lo suyo. El despistado Sparkles se puso a soplar dientes de león que estaban creciendo cerca, divirtiéndose con ver volar las pequeñas semillas arrastradas por el viento. Randall tironeaba traviesamente de la ropa de Ryoko, tratando de obtener un poco de atención para que fueran a jugar, con la chica teniendo que apartarlo levemente para que no le dejara agujeros en las prendas. El Rockruff no encontró nada mejor que enfurruñarse y empezar a mordisquear los bordes de la manta: en ese aspecto Rufo y él eran muy parecidos, nunca se conformaban con un “no”.

    —Pórtate bien—demandó Itsuga, montando la pequeña cocina—o no te daré postre.

    Rockruff Rock…—
    gruñó él por lo bajo, como imitándola y burlándose.

    — ¡Buneary, Buneary Bun! —le reprochó la coneja con los brazos en jarra; esa no era forma de tratar a la entrenadora.

    Ryoko le acarició la cabeza suave en agradecimiento y la pequeña le sonrió de vuelta.

    —Eres una buena pokemon, Mousse.

    La aludida se sonrojó levemente y se volvió a ver al tipo veneno, buscando también su aprobación. Se llevó un chasco al percatarse de que el luchador ni siquiera había prestado atención; se encontraba sacando las cosas de la bolsa para ayudar a Ryoko a cocinar.

    —…Bun…—suspiró, entristecida.

    —Bueno; prepararé estos fideos y le pondré las verduras que compré esta mañana—decidió la chica, optando por cocinar algo fácil ese día—. Hay un riachuelo corriendo cerca por aquí—añadió, volviendo a sacar el pokenav para corroborarlo—. Sí, está por ese lado, no muy lejos. Kuro—la ranita alzó la cabeza, prestando atención—, ¿podrías ir a traer agua, por favor? —le pidió, entregándole la pequeña cubeta.

    — ¡Croagunk Croag! —asintió él, recibiéndola e inflando sus mofletes naranjos.

    Salió de inmediato a hacer su mandado, siguiendo la dirección del dedo de Ryoko. Choco Mousse lo vio partir y rascó el suelo con su pata, habiendo deseado ir también.

    —Choco Mousse—la aludida levantó las orejas y se giró a ver—, ¿quieres ayudarme con estas verduras? —le ofreció Ryoko sonriendo.

    — ¡Buneary!

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Poco tardó el Croagunk en regresar, cargando a dos manos la cubeta llena de agua y haciendo un gran esfuerzo para no voltearla. Era casi de la mitad de su tamaño, y se había esmerado en traer tana agua como fuera posible, aunque adivinaba que tendría que darse un segundo viaje cuando tuvieran que lavar los platos, aunque eso no le molestaba. Al llegar encontró a Ryoko y a Nanab —como le decía él a la coneja— afanadas picando vegetales: la Buneary sostenía a dos manos un pequeño cuchillo mientras la criadora intentaba aleccionarla en cortar verduras, algo por lo que él también había pasado en su momento. Ryoko lo tenía de asistente de cocina, o algo por el estilo, considerando que siempre lo tenía cerca y ayudándole cuando debían preparar algo. Esto, por supuesto, era algo que tampoco molestaba al pokemon.

    —Croag…—avisó él, deteniéndose junto al dúo y dejando el cubo con cuidado en el suelo.

    —Muchas gracias, Kuro—dijo la joven, presionándole una mejilla blandita.

    Regresó su atención con Choco Mousse, quien nerviosa y algo temblorosa, aferrando el cuchillo tal vez con demasiada fuerza, intentaba cortar en pequeños trozos (bastante irregulares) un pedazo de zanahoria. Subía y bajaba lentamente el utensilio hasta que escuchaba el “toc” de éste contra la madera de la tabla para picar. Luego lo levantaba y volvía a repetir. Ryoko sonreía con cierta pena de verla esforzarse tanto en algo tan sencillo, en teoría, pero viéndose a sí misma como en sus primeros días en la cocina: un manojo de nervios.

    —Creo que con eso tenemos bastante—dijo deteniendo a la pequeña, poniéndole una mano sobre las suyas. Mousse soltó un suspiro de alivio y sus tensas orejas se relajaron por fin—. ¡Hiciste un estupendo trabajo para ser tu primera vez, Choco Mousse! ¡Muy bien!

    La conejita sonrió emocionada y se volvió a ver al Croagunk, quien aplaudió varias veces sin cambiar su gesto, aunque sus mejillas se inflaron y desinflaron expresando su contento.

    — ¡Buneaaaary! —celebró ella también, dejando el cuchillo y dando un salto en su sitio. ¡Qué hazaña había conseguido!

    Ryoko se dedicó luego a lavar las verduras y ponerlas a hervir, trabajo que no le dejaba a sus pokemon porque temía que pudieran quemarse o voltear el agua caliente. Vio que su coneja se había sentado junto a los condimentos, así que le dijo:

    — ¿Quieres pasarme la sal, por favor Choco Mousse?

    —… ¿Neary? —
    preguntó ésta, mirando los frascos que había a ambos lados: uno negro y uno blanco.

    —Es el que está a tu derecha.

    La aludida se llevó las manos a la cara sin poder entender la indicación. Lo normal era que Itsuga enseñara a sus pokemon cuál era la derecha y cual la izquierda para así poder guiarlos en batalla, pero como su Buneary era una bebé, todavía no la ponía a trabajar en ello. Kuro era parte del equipo de pokemon luchadores, por lo que Ryoko se encargaba de enseñarles muy temprano esa clase de cosas para que supieran cómo dar ciertos golpes. La rana dio un saltito hacia la novata y le indicó qué era lo que le estaban pidiendo, entregándoselo a su entrenadora.

    —Gracias, Kuro~

    —Gunk—
    replicó él, inflando las mejillas y mirando a Nanab.

    La pokemon imaginó que iban a reprenderla por ignorante, pero se sorprendió cuando el tipo veneno le levantó la pata y la movió arriba y abajo, una y otra vez.

    —Cro, Cro, Cro—dijo, repitiendo “derecha” tres veces, para que se lo aprendiera.

    — ¡Bu! —asintió ella, moviendo el brazo como le decían—Ary, Ary, Ary.

    —Croag…—
    felicitó él, siempre con su gesto impertérrito.

    Luego la dejó sin más y se dedicó a mirar lo que su entrenadora hacía, mientras la novata se preguntaba por qué un brazo tendría nombre propio. Más allá, echado entre el pasto alto, el Lanturn miraba una graciosa y pequeña sombra negra que se movía sobre la hierba, dando vueltas en círculos. Parecía una pequeña polilla gris.

    — ¡Lanturn! —se rió, aplaudiendo con sus aletas.

    Siguió con la mirada a la sombra diminuta dejar de hacer círculos e irse por un costado hasta perderse de vista. Él suspiró y se dedicó a jugar con la antena sobre su cabeza. Por su parte, el Pidgeot que había estado dibujando círculos en la altura, identificando a su objetivo y marcándolo para su dueño, regresó volando hacia el campamento donde lo esperaban. Nadie más que un despistado e ingenuo Lanturn se percató de su presencia, pero fue equivalente a que nadie lo viera.

    En lo que el pokemon volador regresó con su dueño a varios kilómetros del lugar, lo recogió y llevó en su espalda de vuelta al punto de encuentro, Ryoko y sus compañeros ya habían acabado de comer, tal era la facilidad con que el Pidgeot recorría largas distancias. Para cuando el misterioso invasor llegó, la peli rosa se encontraba limpiando los platos de sus pokemon, quienes estaban felices y con sus panzas llenas, excepto por Randall, quien detestaba los vegetales y solo se había comido los fideos. Tampoco recibió postre como castigo. Fue él quien sintió al Pidgeot acercarse demasiado al lugar y llenar el sitio con su olor.

    — ¡Rrrruff! —gruñó el cachorro, poniéndose de pie de un salto y volteando en la dirección.

    — ¿Eh? ¿Qué te sucede…? —le estaba preguntando Itsuga, cuando un fuerte soplido que sacudió su pelo y ropas, la manta, el huevo y las cosas sobre ésta, le interrumpió sacándole una exclamación de sorpresa— ¿Pero qué ha sido eso?

    —Así que aquí estabas—
    se escuchó una voz masculina.

    Los pokemon de la chica, también tomados por sorpresa por el repentino vendaval, se descubrieron el rostro y miraron a un enorme pájaro aterrizar y extender sus alas, mostrándose peligrosamente grande y agresivo. Choco Mousse soltó un gritito de espanto y partió a esconderse junto con Kuro, pero la rana le retuvo con un brazo y le indicó que fuera con Ryoko. Ella obedeció y se aferró de la pierna de la chica, quien se había levantado a encarar al aparecido. Su Croagunk y Rockruff salieron a hacerle frente también, mientras Sparkles avanzaba a lentos y pesados saltos sobre la tierra para unírseles.

    — ¿Quién eres tú? —preguntó la criadora, entre asustada y enfadada por esa aparición y misterioso aspecto del sujeto.

    Era poco lo que podía decirse de él, una vez descendió de lomos de su transporte. Su altura era promedio, lo mismo so contextura. Iba forrado de arriba abajo en un misterioso traje oscuro, apegado a su cuerpo. Parecía elástico. Llevaba la cabeza cubierta por este mismo traje escondiendo sus ojos tras un par de lentes de seguridad. Lo único que saltaba a la vista era la parte inferior de su rostro. En su cinturón llevaba lo que parecía ser alguna clase de pistola demasiado ancha para disparar balas.

    —Quién soy yo, no tiene mucha importancia—respondió el aludido, sonriendo levemente—, lo que importa es a lo que he venido. Tienes algo que necesito, pequeña.

    Antes de que Itsuga pudiera siquiera preguntar, el misterioso sujeto chasqueó los dedos y su acompañante respondió con un graznido, batiendo las alas y levantando una segunda polvareda en el momento en que se alzaba del suelo. La peli rosa se cubrió levemente los ojos mientras su instinto le avisaba que debía actuar rápido: aquel sujeto venía obviamente con malas intenciones, probablemente buscando quitarle sus pertenencias o sus pokemon. Tal vez incluso quería el huevo que reposaban dentr de sus incubadora. Tragó saliva y llamó:

    — ¡Kuro, ve atrás a cuidar del huevo! —le indicó.

    El pokemon azul frunció el ceño, pero obedeció al instante y regresó hasta estar a espaldas de la chica. Los ojos del Pidgeot estaban fijos en él pero nadie se percató.

    —Randall, retrocede—ordenó al cachorro—, es muy fuerte para ti.

    — ¡Rock! —
    exclamó el perro, sorprendido y enfadado: ¡él quería pelear!

    — ¡Sparkles, necesitaré toda tu ayuda! —llamó ella, mirando al eléctrico a su lado.

    — ¡Lanturn! —asintió, saliendo adelante a dar la cara.

    —Un pokemon eléctrico, no está mal—sonrió el sujeto con malicia—. Espero que lo tengas bien entrenado, porque a mi Pidgeot le encanta comer pescado en el almuerzo.

    La peli rosa dio un respingo y apretó los dientes, mirando al ave que se sostenía en el aire junto al tipo.

    —Y hoy todavía no hemos tomado nada. ¡Pidgeot, ataque rápido!

    La criatura alada se movió tan veloz que Ryoko ni siquiera alcanzó a dar una instrucción: golpeó a Sparkles y lo lanzó por el suelo, elevándose y regresando a su sitio, listo para un siguiente golpe. Abajo, Choco Mousse temblaba aferrada de la pierna de Itsuga.

    — ¡Sparkles, arriba! ¡Hemos enfrentado rivales más fuertes que él! —le animó.

    El tipo agua se recompuso lo mejor que pudo y regresó a su sitio, soltando chispas desde sus antenas.

    — ¡Bola voltio!

    — ¡Tuuuurn!


    El pequeño cargó y lanzó una bola eléctrica contra el rival, quien la eludió con facilidad, aunque sintió el roce de la técnica cerca de sus plumas y se estremeció.

    — ¡Doble equipo, Pidgeot!

    — ¡Geot!


    El pokemon se movió alrededor de Sparkles creando varias imágenes de sí mismo, confundiendo con facilidad al de mente más simple. Hecho esto, solo necesitó moverse por su espalda y golpearlo con su ala de acero, arrojando al oponente al suelo por segunda vez. Ahora, sin embargo, se encontraban lo suficientemente cerca como para no fallar un tiro que Ryoko no desaprovechó.

    — ¡Chispa!

    Su compañero apretó con fuerza los ojos y liberó una fuerte descarga desde todo su cuerpo, alcanzando al oponente y sacudiéndolo hasta hacerlo temblar y gritar. Pidgeot cayó adolorido al suelo, hizo un esfuerzo y regresó al vuelo, mientras su dueño más allá apretaba los dientes.

    —Impresionante. ¡Pidgeot, usa respiro!

    — ¡Pidgeo!


    El volador aterrizó un momento, inspiró hondo y extendió las alas, recuperando así una buena parte de sus energías perdidas. Ryoko soltó un chasquido, pero se decidió a aprovechar que lo tenían cerca para otro ataque.

    — ¡Sparkles, rayo burbuja!

    — ¡Pidgeot, remolino!


    El ave fue más rápida que el pez, por lo que batió las alas levantando una tercera cortina de tierra y hojas secas, esta vez con suficiente fuerza como para arrancarle las hojas a las flores que crecían por allí. La bonita escena de cientos de pétalos de colores yéndose con el viento, fue suficiente atractivo para que Sparkles se distrajera admirándola e interrumpiera su ataque.

    — ¡No pierdas la concentración! —llamó Ryoko, alarmada.

    — ¡Rockruff, Ruuuff!

    — ¡Ve por él! —
    ordenó el tipo, extendiendo su brazo hacia Ryoko.

    El Pidgeot se lanzó a toda velocidad, pasando de largo junto al distraído Lanturn y derribándolo con sus alas, su aleteo fue incluso suficiente para derribar a Ryoko y a su asustada coneja. La peli rosa solo alcanzó a ver cómo el pájaro se daba una vuelta en el aire antes de pasar junto a su entrenador para recogerlo. El hombre se subió de un movimiento diestro a su espalda y el pokemon alzó el vuelo, con sus alas levantando más tierra y hojas que entorpecieron la vista.

    — ¡Espera! —exclamó la chica, con los ojos cerrados.

    Apenas el fuerte viento se hubo desvanecido, ella alzó la cabeza y vio que se dirigía hacia el este. Su instinto le hizo rápidamente pasar la cuenta y miró a su alrededor: Choco Mousse estaba sentada junto a ella, sacudiendo la cabeza. Randall ladraba hacia esos que escapaban. Sparkles, de espaldas en la tierra, intentaba regresar su panza al suelo…

    — ¡¡Buneary!! —exclamó la coneja de pronto, asustándola.

    Se volvió a verla: la pokemon estaba horrorizada mirando hacia la manta donde estaban las cosas, el huevo y Kuro. Al girarse a ver, todo estaba allí, excepto por su pokemon luchador. El corazón le dio un vuelco.

    — ¡¡N-no!!

    Regresó la vista hacia arriba, al sujeto que se alejaba en el cielo claro de ese día. Salió corriendo por inercia en su dirección, pero era completamente imposible que pudiera alcanzarlo.

    — ¡¡Kuro!! ¡¡Kuro!! —lo llamó, sin obtener nada— ¡Regresa! ¡Devuélveme a mi pokemon!

    Nadie le respondió, aunque los pasajeros del Pidgeot alcanzaron a escuchar sus gritos desde la altura. En tierra, Choco Mousse miraba con ojos mojados al ave alejándose con lo segundo más preciado que tenía, después de su entrenadora.

    — ¡Te encontraré, Kuro! —gritó Ryoko a todo lo que dieron sus pulmones, antes de caer sollozando al suelo— ¡¡Te prometo que te encontraré!!







    ruuuuuushhhhhhh DDD:
    esto es lo que tenía escrito de esa vez nada más (?)
    everydayeveryday
     
    Última edición: 7 Ago 2018
  3. Autor
    everyday

    everyday Moderador

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  4. Lady Beelze

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    Kuro no tenía un concepto de lo que sería una promesa, pero estaba más que seguro que su entrenadora Ryoko intentaría ir por él de alguna manera. Cabeza abajo, metido en una red que colgaba de la mano del ladrón, el pokemon azul observó a la chica abajo convertirse en un puntito que intentó inútilmente seguirlos, perdiéndose en el bosque, mientras el Pidgeot tomaba altura y se alejaba. Sintió algo muy raro en el pecho, una sensación que nunca había tenido antes, similar a enterrarse una espina en la pata, y no fue nada de agradable. Desvió los ojos amarillos hacia el sujeto que se lo llevaba, observándolo con un desprecio que no salió a expresarse en su rostro. Estiró su mano fuera de la red, reunió una gran dosis de veneno en sus dedos y los hundió con toda la fuerza de la que fue capaz en la pierna del tipo, en aquella incómoda postura en la que se encontraba. El hombre soltó un quejido de dolor y se volvió a verlo furioso, sacudiéndolo en la red y dejándolo todavía más incómodo. El Croagunk se sorprendió de que el otro no empezara a temblar de dolor por el veneno.

    — ¡No hagas eso, estúpido pokemon! —le espetó el sujeto, regresando su atención al frente—Otros antes de ti ya lo intentaron, y tampoco les ha servido. ¿Para qué crees que es este traje ridículo que traigo puesto? —le preguntó con una sonrisa maliciosa, estirándose la prenda de goma oscura que lo envolvía.

    El luchador abrió expresivamente los ojos y luego puso un gesto de confusión. ¿Esa cosa que vestía el humano lo protegía del veneno? ¿Cómo era eso posible? Cualquiera fuera el caso, tendría muchas dificultades para intentar librarse de él si no podía hacer uso de sus habilidades venenosas. Afortunadamente había aprendido muchas cosas al lado de sus demás compañeros pokemon, y también Ryoko le había enseñado más de alguna. Tendría que ver el modo de usarlas lo mejor posible para deshacerse de ese tipo e intentar volver con Itsuga. Regresó sus ojos amarillos hacia abajo, al vasto bosque que se extendía bajo las alas del Pidgeot. Todos los árboles parecían iguales, tal vez algunos más altos que otros, o más oscuros. Las montañas rodeaban la lejanía por todos lados. No había nada que él pudiera usar como referencia para intentar volver con Ryoko, si es que lo conseguía. Aun así y contrario a lo que se esperaría, no se sentía nervioso ni asustado, solo algo preocupado de que regresar le costaría bastante trabajo.

    —Croag…—dejó salir por lo bajo, con un suspiro. ¿Cómo rayos se había metido en ese problema?

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Por su lado y tirada de rodillas sobre el pasto, la peli rosa se quedó con la cabeza caída y las manos aferrando fuertemente la hierba entre sus dedos, dejando salir la tristeza y la rabia ante lo sucedido. ¡Rayos! ¿Por qué no estuvo más atenta? ¿Por qué no puso a sus pokemon a salvo en sus pokebolas? ¡Kuro estaría con ellos en ese momento! Nadie estaría en peligro entonces. Volvió la cabeza hacia la izquierda al escuchar un segundo llanto acompañando el suyo: la pequeña Choco Mousse se cubría el rostro con ambas manos, llorando amargamente el robo de su compañero. Itsuga no tenía idea de los sentimientos de la coneja hacia la curiosa rana azulada, ni siquiera la misma Buneary era consciente de ellos: solo sabía que quería al Croagunk de vuelta sano y salvo. Con él cerca, ella se sentía tranquila y feliz. La peli rosa se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se arrastró hacia ella, levantándola con cuidado entre sus manos y poniéndola sobre su regazo para acariciar su cabeza.

    —Ya, ya; no llores, Choco Mousse—le dijo, obligándose a sí misma a estar fuerte—. Vamos a encontrar a Kuro y a traerlo de regreso, verás que sí.

    —Bu, Bu…Buneary…—
    lloró la pequeña, negando con la cabeza. ¿Cómo iban a encontrarlo, si ese pokemon volador se había ido tan rápido por el cielo?

    Ryoko desvió la mirada y se sorprendió del escenario que encontró: Randall estaba anonadado mirando hacia lo alto, incapaz de comprender que un humano le había arrebatado sin más a su dueña uno de sus amigos. Nunca había visto algo así, y tampoco sabía de la maldad de las personas. Él solo entendía que a los humanos les gustaba luchar por diversión, para hacerse ellos y a sus pokemon más grandes y fuertes. En su mente de pokemon infantil no cabía la idea de hacerle mal a otros solo porque sí, así que estaba francamente estupefacto. Hacer enfadar a Ryoko por placer era un cuento aparte.

    Por otra parte, Sparkles lucía apagado y deprimido. Cuando Ryoko lo miró y sus ojos rojos se encontraron con los de ella, el pokemon de agua los desvió rápidamente al suelo. Itsuga se sorprendió un poco pues nunca había visto a su Lanturn así.

    —Sparkles…—lo llamó, estirándole la mano para que se acercara y así darle algo de cobijo. Supuso que, con su personalidad infantil, estaría bastante asustado por lo ocurrido.

    Se llevó otra sorpresa en cuanto el pokemon azul negó con la cabeza, se cubrió la cara como pudo con las aletas y se encogió sobre sí mismo.

    —Lanturn…lan…

    — ¿Qué tienes? Anda, ven aquí—
    volvió a insistir.

    —Lan, lan—se negó, tiritando un poco y empezando a sollozar.

    La peli rosa se alarmó un poco por esto. No era normal que Sparkles se pusiera así. Se levantó con Choco Mousse en brazos y fue hasta él, arrodillándose a su lado y poniendo su mano en su lomo liso y algo húmedo. El tipo agua se encogió todavía más.

    —No estés así, Sparkles. Ese pokemon era más rápido que tú—el aludido sollozó más y negó—. No estoy enfadada contigo.

    Pero su pokemon no podía tranquilizarse. Sentía una culpa tremenda por lo sucedido, pues entendía que por su distracción había permitido que el Pidgeot se robara a Kuro y escaparan. Lo sabía, era consciente de ello. Recordaba con amargor el haberse quedado mirando el espectáculo de flores y hojas salir volando con el ventarrón que levantó el pájaro y luego ser embestido por éste, mientras iba a robarse al Croagunk. Si no se hubiera distraído, lo habría golpeado y evitado todo lo demás. Era su culpa.

    — ¡¡Lanturn Laaaaaaan!! —chilló, llorando abiertamente y soltando sin querer chispas desde su cuerpo que obligaron a Ryoko a retroceder con una exclamación.

    El Lanturn levantó la cabeza en sorpresa con los ojos llenos de lágrimas. Miró a su entrenadora asustada y se sintió todavía peor. Volvió a cubrirse la cara y se quedó allí, hecho una bolita de tristeza y arrepentimiento. La criadora inspiró hondo y suspiró, haciéndose a la idea de la pena de su pokemon. No comprendía hasta qué grado Sparkles se sentía mal por lo sucedido, pero le fue fácil adivinar que había asociado el grito de ella (“¡no pierdas la concentración!”) con la fuga del Pidgeot.

    —No estoy enojada contigo, Sparkles—le reiteró—. Hiciste un buen esfuerzo. Cuando encontremos a ese sujeto, él y su pokemon van a pagar por esto, pero ahora tenemos que movernos si queremos encontrar pronto a Kuro.

    No pudo esperar respuestas de nadie. Tenía prisa. Si quería recuperar a su pokemon, debía empezar a moverse cuanto antes. Recogió rápidamente sus cosas, puso el huevo en la bolsa y regresó a su apenado pokemon eléctrico a su pokebola. Luego hizo lo mismo con Randall y otro tanto con Choco Mousse: la coneja estaba deprimida y sus orejas estaban caídas. Nunca la había visto así.

    Revisó de nuevo el pokenav y frunció el ceño: el aparato seguía indicando la misma dirección de antes para salir del bosque, esa que ella había intentado tomar varias veces sin conseguir resultados. No podía más que lanzarse y esperar suerte; tal vez ahora sí podría encontrar el camino que la llevara cuanto antes hasta la ciudad.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Casi una hora de vuelo después y a muchísima distancia de donde se encontraba Itsuga, el infame Pidgeot con su entrenador descendieron en un claro del bosque, a pocos kilómetros de Natham. Mientras se acercaban hacia el lugar y sin haberlo esperado, Kuro vio de reojo un curioso árbol rojo que llamó su atención, como un gran lunar entre toda la capa de verde. Se lo quedó viendo un momento y divisó que, más allá, el cemento gris de la carretera —aunque él no supiera su nombre— se dibujaba entre la arboleda. Sus ojos amarillos se abrieron en sorpresa y hasta en emoción. ¡Un camino! Los caminos llevaban hacia las ciudades…

    Pidgeot dio una vuelta logrando que a Kuro se le extraviara el árbol de vista y luego aterrizó. El hombre descendió de un salto de su lomo y le acarició la cabeza.

    —Has volado bastante por hoy, será mejor que tomes un descanso—le dijo, sonriéndole levemente.

    — ¡Geot! —agradeció el aludido, moviendo su gran cresta de colores.

    Fue puesto de regreso en su contenedor y el sujeto caminó con la red colgando de su mano hasta un extraño edificio al que Kuro echó un vistazo antes de ser tragados por él. Era gris oscuro, sin ventanas, pero con varias puertas metálicas muy grandes. Había algunos camiones en la parte trasera y hombres que trabajaban subiendo a ellos unas cajas. Todos se vestían iguales, con buzos de trabajo azul, guantes y gorras. El ladrón se acercó a una de las entradas donde había un aparato con tablero. Presionó algunos botones de los que el Croagunk ni se enteró e ingresó. Adentro estaba oscuro, pero pronto unas luces artificiales se encendieron iluminando un camino.

    — ¡Hmph! Vamos allá—dijo el tipo, hablando más consigo mismo—. Te llevaré a la sala de contabilidad para que te sumen en los libros de ingresos; luego te irás a las celdas con tus amigos venenosos.

    El aludido no le entendió ni la mitad de lo que dijo, pero le quedó claro que pronto se encontraría con más pokemon. El ladrón caminó hasta una gran sala donde había tal vez diez personas frente a computadoras. Kuro abrió expresivamente los ojos y sus mejillas se inflaron de sorpresa ante lo que vio entonces: otros dos sujetos, vestidos igual a éste, tenían cada uno un Croagunk en una red, ¡exactamente como a él! Sin embargo, a diferencia de Kuro, estos Croagunk se veían aterrados y nerviosos, y trataban por todos los medios de soltarse para salir de las redes. Entre estas personas que tecleaban en sus computadoras, una mujer esbelta, de largo y llamativo cabello como la hierba, traje oscuro ajustado y gafas de sol que reposaban sobre el pecho, se paseaba mirando el trabajo. Sonrió al ver al aparecido y se acercó con un andar elegante de sus grandes caderas, con los ojos verdes fijos en la criaturita azul que le observó impertérrito cabeza abajo.

    —Muy bien, señor James: me alegra ver que sigue haciendo tan bien su trabajo trayéndome más Croagunk—dijo ella, con una voz suave y ligeramente grave.

    —Por supuesto, señorita Esmeralda—replicó el sujeto, sonriendo nerviosamente y sintiéndose halagado—. Este proyecto suyo y del señor Espinela hará muy rica a la compañía. Los cazadores nos esforzaremos al máximo para que el negocio prospere.

    La mujer, que se apodaba “Esmeralda”, sonrió complacida y estiró su mano hasta la mejilla del sujeto, pellizcándosela levemente y haciendo que él se sonrojara por completo.

    —Deberíamos tener más trabajadores tan comprometidos y esforzados como usted~ ¿Por qué no va a dejar a este pequeñín para que sea contabilizado, y luego va a tomarse un descanso? Sé que ha estado muy activo desde temprano esta mañana.

    —Éste es mi cuarto Croagunk del día, señorita—
    dijo él rápidamente.

    — ¡Ah~! ¡Qué maravilla! Significa que la producción del día de hoy será estupenda—sonrió la jefa, entrelazando los dedos y mostrándose muy satisfecha—. Veré que se haga un pequeño aumento de sueldo a nuestros cazadores con mejores récords de captura de Croagunk. Eso será un buen premio e incentivo para usted y los suyos, ¿verdad? —añadió con dulzura, moviéndose a un lado para salir de la sala.

    — ¡S-sí, señorita! ¡Gracias por ser tan considerada!

    Esmeralda solo respondió moviendo su mano en el aire y se alejó por un pasillo, con la mirada del tal James y de Kuro puestas sobre ella. La rana le miró con mucho recelo y las mejillas infladas: por alguna extraña razón esa humana le pareció demasiado falsa, como si solo le hubiera dicho mentiras al baboso que ahora se había quedado pegado mirándole partir.

    — ¡Eh, James! —llamó alguien de adentro, consiguiendo que el sujeto despabilara— ¿Vas a traerme ese Croagunk, o qué?

    — ¡Ya voy!


    Lo siguiente que ocurrió Kuro no lo entendió del todo, pero siguió atentamente cada cosa que esas personas hicieron. Como a los otros Croagunk que ahora se llevaban, al pokemon le tomaron algunas medidas de peso y estatura para calcular su edad. “Joven y fuerte”, determinó el tipo de la computadora. “Será bueno para producir”. La rana no pudo imaginar de qué se trataría. Luego y con una máquina pequeña unida a un cable del PC, le tatuaron a la rana un código en el brazo: un montón de rayitas blancas y negras sin sentido para él. Una vez que hubieron terminado, James lo levantó del pescuezo y lo miró con cierta sorpresa, lo mismo el encargado de etiquetarlo: el pokemon dejaba colgar sus manos y patas como si nada.

    —Es muy manso—comentó el otro—. No debiste tener problemas para capturarlo.

    —Su dueña me dio algunos problemas—
    replicó James—, y además intentó picarme con sus dedos mientras veníamos hacia acá. Supongo que al ver que le falló dejó de intentarlo—sonrió el ladrón de manera victoriosa, pasando por alto que, si el pokemon había aprendido eso, podía tacharse de listo—. Lo dejaré en la bodega junto con los demás.

    —Te abriré la puerta—
    dijo su compañero, presionando un botón rojo en la pared. Una puerta metálica se abriría más allá por este comando.

    El tipo caminó por el pasillo principal, habiendo puertas metálicas a cada lado con números en ellas. Abrió una a la izquierda y lo que había allí dejó a la rana estupefacta, una emoción rara de ver en él: adentró había decenas de Croagunk en jaulas.

    —Croag…Gunk…—dejó salir, apenas sin aire. ¿Dónde rayos lo habían metido ahora?







    everydayeveryday

     
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    everyday

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  6. Lady Beelze

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    El humano se lo llevó en brazos, eligió una jaula vacía de tamaño mediano y metió allí a Kuro, quien no puso la menor resistencia. No porque no quisiera pelear, sino porque no estaba seguro de qué haría una vez que se librara del tipo. Presentía que, si tenía alguna oportunidad de salir, solo sería una ocasión y no habría más. Además, si en algún momento pensó en escaparse de ahí, ahora no estaba tan seguro, sabiendo que se quedarían todos los otros pokemon iguales a él allí encerrados. Las demás ranas no paraban de croar, llorando, quejándose, maldiciendo algunas y llamando a sus entrenadores; pidiendo que los pusieran en libertad. Su chillar incesante se convertiría pronto en un dolor de cabeza para Kuro.

    El tal James presionó un botón de un tablero que había pegado en la puerta de entrada, el que tenía todos los números de las cajas. El seguro de una de las jaulas saltó y ésta se abrió en el acto. La rana miró su actuar inflando y desinflando las mejillas, sin comprender qué hacía.

    Después de que lo encerraron, el sujeto se volvió y bramó algo a los demás Croagunk, exigiéndoles que se callaran. Algunos bastante tímidos o asustadizos, se echaron a temblar y se acurrucaron en el suelo, mientras otros le gritaron cosas hasta que el hombre salió de allí. Una luz roja se encendió sobre la puerta después de que ésta se cerró. Kuro se preguntó la razón. Inspiró hondo y suspiró, echó un vistazo alrededor y sintió cómo las emociones de los otros Croagunk amenazaban con contagiársele: miedo, rabia, nerviosismo. Sabía que debía estar preocupado por su situación. ¡Estaba en un lugar horrible, solo, sin sus amigos ni su entrenadora! No tenía idea de qué hacer ni cómo volvería con Ryoko. Sin embargo, el pokemon venenoso se sorprendió de encontrarse a sí mismo muy callado y quieto.

    Rodeó con sus dedos los barrotes metálicos y trató de abrir inútilmente la jaula: ésta era dura y tenía un dispositivo de cierre automático, algo sin lógica para un pokemon, al menos de su intelecto. Estuvo un rato probando, pero rápidamente llegó a la conclusión de que no iba a poder abrirla con su propia fuerza. Suspiró y se dejó caer sentado, mientras los ruidos a su alrededor iban menguando. Algunos Croagunk seguían llamando para que los sacaran, los demás ya se habían callado.

    — ¡Marioooooon! —gritaba uno de voz muy aguda, al otro lado de la bodega. Tenía un tono lastimero y estaba con la frente pegada a los barrotes— ¡Mariooooon! ¡Sácame de aquiiiii!

    Kuro infló y desinfló las mejillas, pensativo. Supuso que “Marion” sería su entrenador, aunque no pudo descifrar si ese era un nombre de hombre o de mujer. Los humanos tenían apodos muy raros a veces.

    —Oye—le llamaron de pronto desde su izquierda—, tú, nuevo.

    El aludido se giró un poco para mirar. Otro Croagunk —por supuesto— estaba allí echado, con el vientre y las cuatro patas contra el suelo. Parecía cansado, pero sonreía con un aire misterioso. Kuro alcanzó a notar que tenía las manos enrojecidas y algo hinchadas. Imaginó que se habría golpeado intentando salirse de ahí.

    —Lástima que te atraparan también. Cada vez somos más.

    El pokemon de Itsuga no dijo nada, cual si fuera mudo. Sus ojos amarillos se pasearon por el lugar: no sabía contar, solo sabía que allí había más Croagunk de los que había visto incluso en un programa de la televisión junto a Ryoko, y esa vez había creído que eran bastantes. Ahora había muchos más.

    — ¿Eres salvaje? ¿Tienes entrenador? —preguntó el pokemon de antes, ladeando un poco la cabeza— ¿Tienes nombre?

    —Kuro—
    respondió él por fin, sin prestarle mucha atención.

    —Ya. Debes ser de alguien entonces. ¿Cómo te robaron? ¿Fue el humano con el Seismitoad?

    El Croagunk no tenía idea de lo que era uno de esos, así que negó con la cabeza. El otro desvió los ojos.

    —Pues tuviste suerte. Ese idiota es muy fuerte. ¡Me venció antes de que pudiera empezar a esforzarme! —se quejó, golpeando con su puño cerrado en el suelo y soltando un chillido de dolor. Kuro infló las mejillas con un gesto sarcástico: eso no había sido muy inteligente.

    El pokemon sacudió su mano para aliviar un poco el dolor y sonrió conteniéndose.

    — ¿Sabes para qué nos tienen aquí?

    —No, pero estás a punto de decírmelo—
    supuso el nuevo.

    —Eres listo—se rió el Croagunk, haciendo que Kuro entrecerrara los ojos—. Seguro pensarás que tengo mis manos adoloridas porque estaba intentando salir de esta cosa.

    El pokemon de Ryoko enarcó las cejas, extrañado. Si no era eso, ¿cuál era el motivo entonces?

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Cerca de una hora y media después de haber sido atacada y robada, la criadora por fin logró salir del bosque y encontrar la huella que la llevaría hasta la ciudad. Apenas la divisó entre los árboles, salió corriendo por ella y no se detuvo hasta que las primeras casa y edificios aparecieron por fin en su visual. Sonrió levemente, esperanzada, pero no tenía realmente muchos motivos para estar feliz. El sujeto del Pidgeot le llevaba demasiada ventaja y ella no tenía cómo llegar hasta él; lo único que podía hacer era pedir ayuda. Se detuvo de correr para recuperar el aliento, sacó el pokenav y mientras las piernas le temblaban adoloridas por la carrera, buscó en el mapa una estación de policía. Había una a varias cuadras, por lo que caminando rápido, se fue en su dirección.

    Al doblar en la esquina donde estaba la jefatura, la peli rosa ahogó una exclamación de incredulidad ante lo que veía: el lugar estaba atiborrado de gente que intentaba ingresar, fuera haciendo cola o empujando para entrar. Los ánimos no eran nada de buenos, y mientras dos policías con cara de novatos intentaban mantener las cosas en calma afuera, adentro, una oficial de mejor rango intentaba atender a los que estaban en su turno. Ryoko vio a una mujer alta, algo tostada por el sol, de cabello muy negro en un nudo apretado sobre su cabeza y busto prominente, escribir rápidamente en un cuaderno de notas, mientras sostenía su rostro en una mano: lucía cansada y algo irritada, mientras dos entrenadores le soltaban una verborrea interminable. Ella no pudo escuchar nada desde el otro lado del cristal de la ventana. Se dio ánimos e intentó acercarse a la puerta.

    —Disculpe, ¿qué está sucediendo? —preguntó a los que estaban primero— ¿Es algo importante? Necesito hablar con los policías…

    — ¡Espera tu turno, niña! —
    le soltó una joven mayor que ella, con cara nerviosa— ¡Si estamos aquí es porque es importante!

    — ¡Es que…!


    Ryoko no quiso ser grosera haciendo creer que los asuntos de los otros no serían importantes. Es solo que su caso era distinto, o eso creyó.

    — ¡Es que me robaron a mi pokemon, y necesito que me ayuden a encontrarlo! —trató de explicar, a ver si alguien amable le dejaba pasar antes— ¡Si pierdo más tiempo, podrían hacerle algo malo…!

    —A todos nos han robado a nuestro pokemon, pequeña—
    dijo un hombre algo mayor, tal vez de cuarenta o cincuenta años. Al menos no estaba furioso como otros—, así que tendrás que esperar tu turno también.

    La aludida abrió expresivamente los ojos y la boca al escucharlo. Luego retrocedió un par de pasos y miró a toda aquella conglomeración de personas: debía haber una veintena. Un sudor frío le humedeció el cuello y tragó saliva antes de preguntar:

    — ¿A…a todos ustedes les han robado sus pokemon? Pero…

    — ¡Ese desgraciado! —
    se quejó un joven de ropas oscuras— ¡Se llevó a mi Croagunk en cuanto me distraje!

    Itsuga dio un respingo al oírlo y estuvo por decir algo. ¡También a ella le habían robado un Croagunk! La chica nerviosa de antes también añadió:

    — ¡A mí me robaron a mi pequeña Cintia! ¡Es una bebé, todavía no sabe ni cómo usar sus dedos venenosos!

    “¿Dedos venenosos? ¿O sea que…?”

    — ¡A mí me robaron a mi Toto! —
    exclamó un entrenador, tal vez de la edad de Ryoko— ¡Sé que se lo llevaron por su color; no hay Croagunk de ese color violeta!

    El nombre del mismo pokemon empezó a repetirse varias veces en las voces de las otras personas, mientras la joven criadora no daba crédito a lo que oía. ¿A todas esas personas les habían robado un Croagunk? ¿Cómo era eso posible?

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Por su lado y tal y como le pasaba a su entrenadora, Kuro tampoco podía creer lo que estaba escuchando. Sus mejillas dejaron de inflarse y sus ojos amarillos se quedaron fijos en las manos hinchadas y adoloridas que tenía en frente. Sintió un estremecimiento, algo raro y que no le pasaba con mucha frecuencia, que digamos. No era común que su serenidad lo traicionara y llegara a sentir tantos nervios. Tragó saliva e intentó recomponerse.

    —N-no podría creerte eso—dijo al otro, frunciendo el ceño.

    El pokemon azul se rió por lo bajo, aunque no tenía motivos para ello. Solo le había causado algo de gracia la reacción del nuevo ante la noticia. Ya les había ocurrido a otros, pero habían reaccionado de otras maneras: a veces entrando en pánico, algunos perdiendo los estribos.

    —Pues es la verdad—soltó tranquilamente. Luego miró sus manos hinchadas otra vez—. A mí me ha tocado algunas veces hoy, y la primera vez ayer, cuando llegué en la noche. Estaba muerto de miedo cuando me llevaron a esa habitación. La máquina que tienen los humanos es grande y asusta. Hace mucho ruido. Tiene luces que se prenden y apagan, y unos agujeros por donde te hacen meter las manos. Si te sacudes o intentas escaparte es peor, porque los agujeros se cierran y te aprietan muy fuerte para que te quedes quieto.

    Kuro escuchaba con una mezcla de curiosidad y terror lo que le contaban. No tenía suficiente imaginación para dibujar la escena en su cabeza, pero los detalles consiguieron asustarlo de verdad.

    —Además, los humanos te sujetan con unas bandas muy difíciles de mover, para que te estés tranquilo—siguió contando el otro—. Adentro, sientes como algo muy afilado y duro se mete en tus dedos—dijo, moviendo los suyos con cuidado, pues le dolían—. Sientes algo muy frío durante un momento, después se detiene y las espinas se van—añadió, refiriéndose a las agujas con que los pinchaban—. Luego te traen de regreso aquí, te encierran y te toca de nuevo más tarde, o tal vez al día siguiente.

    El pokemon de Ryoko se dio media vuelta como para intentar alejarse de aquello, aunque era inútil. Muchas cosas empezaron a dar vueltas por su cabeza, él no sabía qué, solo sentía un fuerte deseo de salir de ahí y volver con Ryoko, con sus amigos, con la Buneary Nanab, aun cuando eso le significara tenerla todo el día encima, tratando de hacer que jugara con ella. Él no era muy bueno para los juegos…

    — ¿Para qué hacen eso con nosotros? —preguntó por fin, ensimismado y cerrando sus dedos alrededor de los gruesos barrotes.

    —No lo sé—replicó el otro, encogiéndose de hombros—. Cuando te hacen eso te sientes muy débil al principio, pero luego te traen comida y agua, te dejan dormir y te sientes mejor. Después te llevan allá otra vez y todo empieza de nuevo. Es muy raro. Al principio creí que nos querían para morir, como dice ese sujeto de allá—apuntó a lo lejos un Croagunk algo subido de peso que lloriqueaba con la frente pegada a los barrotes, diciendo que se iban a morir todos—. Pero después pensé que no tenía sentido que nos dieran comida si nos querían muertos, ¿verdad?

    Kuro infló los mofletes anaranjados, pensando en lo mismo. Aquello no estaba bien. Los querían para algo, los estaban usando, pero no podía imaginar para qué cosa. Sacudió la cabeza y se resolvió a salir de allí como fuera, aunque se tardara lo indecible, costara lo que costara. Cerró su puño y se concentró en dar un fuerte golpe en la reja que lo retenía, pero antes de que pudiera intentarlo, la luz roja sobre la puerta se encendió otra vez y ésta se abrió. Otro sujeto, uno de cabello anaranjado y similar traje al de “James”, entró cargando a un Croagunk grande y que no dejaba de revolverse en la red donde estaba prisionero. Soltaba un montón de insultos y amenazas, nada que el humano pudiera entenderle en realidad. Nuevamente las ranas empezaron a chillar como cada vez que una persona ingresaba, cual si eso fuera una “bienvenida aterradora” para el recién llegado. Kuro no se puso a gritar histéricamente: no servía para nada y ni aunque el hombre les entendiera, les haría caso. Solo se limitó a seguir sus movimientos atenta y ceñudamente.

    Vio que el ladrón presionaba un botón en el aparato de la pared y un “chask” se escuchó por ahí cerca. Fue hasta una jaula vacía, metió con algo de forcejeo al Croagunk rudo y cerró la puerta, la que soltó el chasquido de nuevo. Luego salió de allí, ignorando por supuesto, todas las quejas, súplicas y amenazas de los pokemon encerrados. La luz roja se encendió y apagó, y todo volvió a lo que antes, solo que ahora había uno más adentro con ellos.


    --------------------------------------------------------------------------------------​

    —De acuerdo—suspiró la oficial de policía, rascándose la frente con gesto agotado—, es su turno, ¿señorita…?

    —Ryoko. Itsuga—
    dijo ella con voz queda, sentándose frente a la mesa con las manos apretadas sobre las rodillas.

    —“Ryoko Itsuga”—anotó la mujer en una plantilla nueva—. Imagino que también le robaron un Croagunk.

    —Así es.

    —Bien. ¿Entrenadora pokemon? —
    la peli rosa asintió con la cabeza— ¿Qué edad tienes?

    —Diecisiete.

    —Te ves menor. ¿Dónde te atacaron? —
    preguntó, con un suspiro algo hastiado que irritó a Ryoko.

    La chica apretó los dientes y sus puños sobre las rodillas, sintiendo que no la estaba tomando en serio.

    —Oiga, ¿va a ayudarme de verdad o solo está haciendo papeleo de rutina? —preguntó notoriamente molesta. No era común que la criadora se refiriera de manera tan brusca con nadie—Porque si es así…

    Se acalló en cuanto la oficial dejó con algo de fuerza el lápiz sobre la plantilla, levantó la cabeza todavía afirmada en una mano y la traspasó con una mirada gélida de sonrisa dura. Itsuga tragó saliva, nerviosa de haber enfadado a un policía, pero realmente sentía que no iban a ayudarla.

    —Mira, pequeña: me enlisté en el cuerpo de policía porque quería ayudar a las personas desde que era una niña, no para recibir el sueldo ridículo que me están pagando—comentó, desviando los ojos por ahí y dejando ambas manos sobre la mesa—, sin mencionar las horas extra. Lo único que espero son los días de fiesta para poder recibir algo de paga adicional. ¿Estamos?

    —S-sí, señora, lo siento.

    —Bien. Quiero encontrar a tu Croagunk y a los de esas personas que ves allá afuera, pero tengo jefes por encima de mí; muchos jefes que me pedirán todos estos papeles molestos antes de poder proceder con una investigación—
    le dio unas palmadas a la plantilla que estaba llenando—. Si no les doy este papeleo, entonces no puedo salir a buscar Croagunk ni siquiera a la vuelta de la esquina. Tengo un equipo de veinte policías esperando para poder salir al bosque y a la ciudad a buscar pistas, y estamos malgastando algo de tiempo aquí mientras te explico este asunto. Más personas seguirán llegando.

    —Entiendo—
    asintió ella, bajando la mirada sobre sus piernas.

    —Bien. Me alegro—terminó la oficial, sonriendo de manera cansina y soltando otro suspiro, al tiempo que volvía a tomar el lápiz—. ¿Dónde fue que te atacaron, entonces?

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Algunos minutos después y habiendo respondido todas las preguntas de rigor, Ryoko salió de la estación de policía con sentimientos encontrados. Volvió la cabeza por sobre el hombro para mirar a los entrenadores y dueños de Croagunk —algunos que los tenían de mascota— que esperaban afuera nerviosamente a que la policía se pusiera a trabajar en ayudarlos a encontrar a sus pokemon, mientras otra persona se iba uniendo a la fila, fuera por el mismo asunto u otro diferente. La chica inspiró y suspiró con desazón. Creía a la oficial respecto de que quería hacer su trabajo. Sabía de primera mano por sus experiencias con Mike O’connor, que había muchos policías que realmente tenían vena de héroes y querían ir por la vida ayudando a los otros, cumplir con la justicia, todo eso. Pero ella no podía estarse quieta, esperando a que el mundo se moviera para ayudarla cuando sus pokemon se encontraban en peligro, lejos de ella.

    “Antes de tener a Hofire y después de eso, nunca imaginé que el mundo pudiera ser un sitio tan oscuro y peligroso” pensó con desazón, mordisqueándose los labios. No era tan ingenua, por supuesto: sabía por las noticias que afuera sí era un sitio peligroso, pero no creyó que al menos a ella le tocaría afrontar la cara más fea de la vida tantas veces en tan poco tiempo. Apenas llevaba un par de años viajando y las peores cosas se le habían atravesado en el camino. Si tan solo supiera lo que todavía le esperaba…

    Levantó la cabeza y con el ceño fruncido, salió corriendo lejos de allí, hasta encontrarse totalmente sola y cerca del camino que llevaba al bosque. Tomó sus tres pokebolas con ocupantes y los liberó al mismo tiempo. El único que se sacudió y la saludó fue el pequeño Rockruff: Choco Mousse y Sparkles estaban decaídos y miraban al suelo, cada uno cargando un sentimiento diferente que lo aplastaba. Ella se arrodilló y los rodeó con los brazos.

    —Chicos, tenemos que buscar a Kuro y encontrarlo a como dé lugar—les hizo saber, llena de determinación—. No podemos quedarnos esperando a que la policía haga el trabajo. Podrían tardar mucho en empezar.

    Choco Mousse alzó las orejas al escuchar que su criadora pretendía salir a buscar a su compañero de azul. Tenía una gran incertidumbre de cómo se haría eso, o si llegarían a encontrarlo, pero también tenía un nerviosismo inquieto de no estar buscándolo. Se levantó del suelo y se abrazó de la pierna de Ryoko, quien le acarició la cabeza para tranquilizarla un poco.

    — ¡Buneary, Bun!

    —Sí, me vas a ayudar, Choco Mousse, y también ustedes—
    añadió, mirando a los otros dos.

    Randall ladró un par de veces y movió feliz la cola al saber que tendrían algo qué hacer. No le agradaba pasar tanto tiempo metido en su contenedor sin hacer nada. Por su lado, Sparkles solo suspiró abatido y se quedó cabizbajo, incapaz de sentir algo de emoción o un ápice de esperanza. La culpa de haber permitido que se llevaran a un miembro del equipo lo tenía fatal, especialmente en alguien sensible como él. Ryoko lo miró algo apesadumbrada, pero no podía dejar que se hundiera de esa manera. Le tomó la cara entre las manos, haciendo que la mirara.

    —Mira, Sparkles, no fue tu culpa que se lo llevaran. Tienes que entender eso.

    —Lan…turn…

    —Tú eres un pokemon muy capaz. Me ayudaste esa vez en el gimnasio, diste una gran pelea, ¿lo recuerdas? —
    el aludido movió levemente la cabeza, no muy seguro—Ese Pidgeot tiene una gran debilidad a tus ataques eléctricos, solo nos tomó desprevenidos. No tenemos que dejar que eso pase de nuevo, cuando lo encontremos. Hay que esforzarse para recuperar a Kuro. Todo va a salir bien, pero necesitaré que me ayudes con eso. ¿Qué dices?

    — ¡Neary, Buneary Bun! —
    le animó la coneja también, levantando los brazos.

    — ¡Rock, Ruff!

    El tipo agua sonrió con cierta tristeza y asintió, aunque aún estaba muy decaído y lejos de sentirse capacitado de ayudar a recuperar al compañero perdido, pero no quiso seguir causando más lástima de la que ya daba y sentía por su error. La peli rosa sonrió y estrechó a sus pokemon en un cálido abrazo de grupo, aunque Randall lo rompió rápidamente moviendo las patas para salirse. La joven se levantó, puso de vuelta al Lanturn en su pokebola y estuvo por hacer lo mismo con su Buneary, pero ella se negó pues quería ayudar en lo posible.

    —Bueno. Mantén tus orejas alerta por si escuchas cualquier cosa extraña: el sonido de un Croagunk o de un Pidgeot, por ejemplo. ¿Lo recuerdas, verdad?

    — ¡Bun Bun! —
    replicó la aludida, con cierto enfado. ¡Nunca se le iba a olvidar su graznido!

    —Bien. Randall—el cachorro movió la cola, prestando atención—, necesito que busques un olor familiar por estos lados; tal vez el ladrón ha venido a la ciudad. ¿Recuerdas el olor de Kuro?

    — ¡Ruuuuff! —
    asintió él con un aullido y dándose una vuelta sobre sí mismo. Claro que lo recordaba, era como el de una baya peragu: ácida y amarga. Nada que alguien quisiera probar.




    everydayeveryday :)
     
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  8. Lady Beelze

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    En aquellos momentos, en una sala privada del laboratorio en donde tenían encerrado a Kuro y a todos los demás Croagunk, en aquel punto alejado en medio del bosque, la misma mujer esbelta y atractiva de antes se hacía presente ante su superior. Cerró la puerta con cuidado, caminó hasta el centro de la sala moviendo su larga y espesa cabellera del color de las hojas, y sonrió al que estaba allí esperándola. El joven, con las piernas cruzadas y una laptop sobre ellas, estaba ocupado desechando algunos mensajes de correo para luego leer el que le enviaba su jefe. Los ojos se movían rápidamente mirando el texto en la pantalla, ella pudo verlos aún detrás de los anteojos de sol que él se había olvidado de quitar al entrar. Siempre se le olvidaba. Cuando acabó su lectura, desvió por fin su atención hacia ella y le sonrió.

    — ¿Y bien? ¿Cómo marcha todo por aquí?

    —Estupendamente~ —
    respondió Esmeralda, con un aire de niña buena que en realidad no poseía.

    Aquel no era su nombre verdadero. Era un apodo en clave que todos los miembros de alto rango de la organización criminal GemStone habían recibido para ser identificados. Eran las “joyas” de aquella empresa, todos siguiendo las órdenes del frívolo y temido líder, Platino, hombre del cual el joven sentado frente a Esmeralda estaba perdidamente enamorado, aunque jamás en su vida se atrevería si quiera a hacer una broma al respecto.

    —Los cazadores han conseguido un buen número de Croagunk productores para el fármaco—explicó Esmeralda, sentándose en el sillón frente a su superior—. Hemos tenido una fabricación eficiente durante toda la semana y sigue incrementando con cada pokemon que consiguen encontrar. Las ranas se mantienen estables—añadió con un gesto condescendiente—, solo hay que darles un poco de agua y comida barata para que sigan vivas.

    — ¿Qué tal las ventas? —
    preguntó él con cierto entusiasmo y cerrando los puños a cada lado.

    Esmeralda sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón oscuro, lo encendió y abrió un documento que luego le enseñó. El hombre echó un breve vistazo y sus ojos se abrieron en expectación.

    — ¡Maravilloso! —exclamó Espinela, poniéndose de pie y devolviéndole el teléfono. Dejó la computadora en el sofá, se dio media vuelta y caminó hasta el ventanal mientras hablaba y hacía gestos con las manos—Los ingresos de la primera semana superan las expectativas que teníamos. Dentro de un par de meses, cuanto mucho, habremos recuperado toda la inversión perdida durante el movimiento en ciudad Feather, y si mantenemos el negocio y expandimos al resto de la región, será una estupenda fuente de ingresos para GemStone sin que llame la atención—rió por lo bajo y se volvió a ver a su ayudante—. Después de todo, ¿nadie dudaría de una farmacéutica que está aliviando el dolor de unos pobres ancianos, verdad?

    La mujer asintió enfáticamente con la cabeza, mientras se acomodaba con los brazos extendidos en el sillón. Todo el plan detrás del robo de los Croagunk había sido un trabajo en conjunto de ellos. Espinela era el segundo administrador de la compañía de traficantes y subastadores GemStone S.A. y Esmeralda la jefa de la división de ventas, bajo órdenes suyas. Después del desastre monetario ocurrido el mes pasado durante el robo masivo de pokemon en ciudad Feather, y de que un grupo de éstos se escapara produciendo pérdidas extra en el bolsillo del dueño, Platino, los dos administradores se habían volcado en suavizar un poco la situación con su jefe y buscado mil modos de recuperar la inversión perdida. Por supuesto, esto no era nada de sencillo sin tener que causar un gran impacto que llamara la atención, pero entre Espinela y Esmeralda se las habían arreglado para adelantarse a Lapizlázuli, la administradora “competencia” del muchacho, y habían maquinado aquel plan.

    —Con el tratamiento para el dolor físico creado a partir del veneno de estos Croagunk, no solo devolveremos a la compañía las ganancias perdidas por culpa de la tonta de Lázuli—se burló Espinela con una sonrisa siniestra en su rostro—, el jefe Platino se dará cuenta además de que soy el administrador indicado para llevar las riendas de GemStone y se deshará de esa innecesaria mujer. Depositará su confianza en mí y estaré un paso más cerca de convertirme en su mano derecha—añadió, cerrando un puño sobre el pecho e imaginando cuando llegara ese día. Luego se volvió triunfal con los brazos abiertos—, y tú vas a ayudarme con eso, ¿verdad, Esmeralda?

    —Eh pues…—
    respondió la aludida, fingiéndose la difícil y mirando por la habitación—no lo sé; tal vez…

    —Por supuesto que para cuando yo sea su mano derecha, conseguiré que seas ascendida a administradora—
    dijo el joven, adivinando lo que estaba exigiendo—, lo que te hará mi asistente personal, claro~

    La mujer rió y levantó los brazos: amaba su trabajo, su posición y lo fácil que le resultaban las cosas.

    — ¡Cuente conmigo, jefe!

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Un par de horas después de haber sido encerrado en el almacén con los demás Croagunk, Kuro se vio en su turno de ir a conocerse con “la máquina”. Para ese entonces, varios de los que allí estaban habían entrado y salido varias veces cargados por los humanos en sus trajes negros que evitaban el daño del veneno. Los que hacían pataletas y forcejeaban recibían golpes o eran constreñidos en unas bandas elásticas muy fuertes que los dejaban agotados, más todavía después de que les robaran el veneno. Kuro tomó nota de eso cuando le llegó su turno. Una mujer de brazos bastante fuertes fue a recogerlo y lo amenazó con una vara metálica gruesa.

    —A ver, feo—le dijo, abriendo su jaula desde el panel en la puerta y yendo hasta allá—, pórtate bien y no me causes problemas.

    El pokemon no dijo ni hizo nada, aunque tragó saliva sintiéndose tenso cuando la humana lo tomó por el pescuezo y apretó bajo su brazo poderoso. No le hizo daño, considerando que él no hizo nada para provocarla. La mujer sonrió.

    — ¡Hmph! Eso está muy bien.

    Salió del almacén y los ojos del Croagunk comenzaron a moverse de acá para allá. Hacia la izquierda de la salida había un pasillo largo donde al final había luz. La mujer se lo llevó por la derecha, mismo sitio por donde lo habían traído, y se fue por un pasillo al frente. Llegaron hasta una puerta metálica que ella empujó con fuerza y Kuro se sorprendió de lo que vio adentro. “La máquina” era grande y tenía luces, junto con dos agujeros por donde se metían las manos, tal y como la había descrito su compañero de la celda vecina. Había otros dos humanos allí con ropas blancas y largas que operaban otras máquinas de las que el pokemon no sabía nada. A veces veía a su Ryoko en aparatos similares a esos, cuando hablaba con sus padres en los centros de atención. Frente al aparato extractor había un pequeño asiento en donde iba sujeto el pokemon. Lo pusieron allí y él no hizo ningún ademán de moverse o forcejear.

    —Es tranquilo—comentó uno de los científicos, de gafas y barba bien recortada.

    —Ojalá todos fueran así—se quejó la mujer que lo había traído, poniendo las manos del luchador en los orificios.

    Kuro se puso mucho más tenso cuando lo obligaron a esto. Sabía que ahora sentiría dolor, pero debía contenerse en lo posible: no es que sintiera miedo de que fueran a golpearlo, pero tenía planeado ahorrarse todas sus energías si quería salir de allí, y como el pokemon luchador que era, sabía muy bien que cualquier esfuerzo era energía perdida. La máquina comenzó a producir un ruido escalofriante junto con un leve temblor. Kuro la miró hacia arriba, temiéndola y odiándola por igual, cuando sintió las “espinas” introduciéndose en sus manos.

    — ¡Crog…! —masculló, haciendo un esfuerzo para no sacar los brazos inmediatamente de allí.

    Sintió cómo la humana del traje lo presionó un poco, imaginando que el pokemon intentaría zafarse y le daría problemas, pero de nuevo se llevó una sorpresa en cuanto él se quedó todo lo quieto que los temblores del dolor le permitieron. Las agujas al interior del aparato se hundieron en sus venas conductoras del veneno, succionándolo sin piedad y produciendo un frío en los brazos del Croagunk. Cuando la cantidad necesaria fue extraída, las espinas salieron del cuerpo de Kuro y éste soltó un leve quejido de alivio.

    La mujer lo levantó en brazos sin mucho cuidado y se lo llevó de vuelta al almacén. La rana estaba adolorida y algo temblorosa de su primera experiencia, así que en su viaje de regreso no pudo prestar mucha atención al camino de vuelta como hubiera querido. Lo pusieron en su celda y ésta se cerró con aquel clásico chasquido. La mujer fue a buscar a otro Croagunk, mientras Kuro se dejaba caer sentado en su caja de metal, cansado, estresado y adolorido, pero sintiendo que por fin ya estaba dando los primeros pasos en su escape de aquel lugar.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Por su lado y acompañada de sus dos pokemon, Ryoko Itsuga iba de acá para allá por las calles de la ciudad, siguiendo a su cachorro Rockruff y mirando en todas direcciones. No estaba segura de lo que buscaba, pues obviamente un ladrón no andaría paseándose a plena vista, pero tal vez reconocería su rostro por ahí entre los transeúntes o divisaría algún Croagunk al que seguir para intentar obtener pistas. En las dos horas que llevaban deambulando no habían conseguido absolutamente nada, ni el más mínimo rastro de olor, y como se tratara de algo tan valioso como su pokemon, la peli rosa empezaba a comer ansias rápidamente y se frustraba con la falta de resultados. Sin embargo, no presionaba a Randall porque sabía que era un pokemon algo bipolar y de la nada se le ponía en contra por cualquier cosa. O tal vez por nada.

    — ¿Sientes algo, Randall?

    El pokemon negó en silencio, concentrado en diferenciar los muchos olores que había en la calle. No había absolutamente nada familiar allí para él, pero como era un bebé se confundía fácilmente o se distraía con olores de otros pokemon, en su mayoría canes que llamaban su atención. Recuperaba la concentración recordando que buscaba al Croagunk y otra vez se ponía sobre la marcha, solo para no encontrar nada nuevamente. Tanto como Ryoko, Choco Mousse estaba nerviosa y buscaba con la mirada al ladrón entre las personas.

    —Buneary…—suspiraba desalentada.

    —Tranquila, ya daremos con algo. Eso espero…—dejó salir entre dientes.

    A la hora siguiente se detuvieron de buscar para comer algo, pues caminar tanto hizo que le entrara hambre a los pokemon. Hicieron una parada improvisada cerca de la plaza, en donde Itsuga dio a sus compañeros sus alimentos habituales y ella solo masticó sin ánimos un sándwich que compró de una máquina expendedora.

    “¿A dónde se lo habrán llevado?” se preguntaba, mirando al cielo.

    Viajando en un Pidgeot se podía ir a muchos lugares lejos de allí, tal vez incluso el ladrón se había ido en la dirección opuesta de donde estaba ella y solo perdía su tiempo buscando en la ciudad. No podía pedirle a Randall que buscara algún rastro en el bosque, pues éste simplemente desaparecía si el sujeto había escapado por aire. Se golpeó la frente, reprochándose.

    “¡Rayos! ¡Siempre tienen que pasarme estas cosas cuando no traigo a Rapsodia conmigo!”

    Rap, su Noivern, era su único pokemon volador lo suficientemente grande como para cargarla en la espalda y trasladarla por aire. Ciertamente su Gyarados también estaba capacitado para ello, pero el pokemon nunca había sido puesto a volar; solo conseguía levitar un par de metros sobre el suelo. La joven inspiró y suspiró con desazón.

    “Supongo que tendré que entrenarlo más en eso…”

    — ¡Rock, Rock! —
    ladró Randall repentinamente, llamando la atención de las dos féminas que lo acompañaban. Choco Mousse alzó completamente las orejas y dejó caer la comida de su boca.

    — ¡Neary!

    — ¿Qué sucede, Randall? —
    inquirió la entrenadora, extrañada.

    — ¡Rockruff Rock! —ladró él de nuevo, dando vueltas en círculo y olisqueando el aire. Se aseguró de lo que olía y volvió a darse vueltas— ¡Rock!

    La criadora no pudo creer lo que veía. El corazón le dio un salto en el pecho y se irguió rápidamente en su lugar.

    — ¿Sientes…sientes el olor de Kuro? ¿De verdad?

    El pokemon ladeó la cabeza de lado a lado, demostrando que estaba inseguro. Esto causó confusión en la humana, pero no en su Buneary.

    — ¡Buneary Buneary! —le pidió al otro— ¡Buuuun!

    — ¡Ruff! —
    asintió el Rockruff, dándose la vuelta y echando a correr repentinamente. Choco Mousse dejó su comida y plato tirados allí para seguirlo corriendo a cuatro patas. Itsuga estiró el brazo como si quisiera alcanzarlos.

    — ¡E-esperen! ¡No se vayan solos! —exclamó, alarmada.

    No pudo más que recoger con prisas los platos de ellos y meterlos con todo y comida en su bolsa para salir persiguiéndolos, sin entender qué había pasado. ¿Había encontrado Randall el rastro de Kuro, sí o no?




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    La muchacha persiguió a sus pokemon atravesando la plaza y tomando camino por la avenida que la atravesaba. Dicha calle estaba cerrada a los vehículos, los que debían transitar por los costados izquierdo y derecho, permitiendo así el paso a los peatones por el interior. Todo adentro estaba cuidadosamente arreglado, con pasto bien cuidado, árboles que daban sombra y muchos asientos para disfrutar debajo de estos. Ryoko se detuvo de correr en cuanto vio que Randall corría hacia una pareja sentada en una de éstas bancas. Se trataba de una mujer joven y un anciano, de larga barba blanca y sombrero, con gafas redondas y anticuadas. La fémina le frotaba las manos huesudas de venas marcadas con las suyas, extrayendo crema de un frasco sobre el asiento. Cuando el cachorro de Rockruff irrumpió en la escena, la joven se asustó levemente y trató de apartarlo, más el viejo se lo quedó viendo con cierta gracia y rió un poco de verlo dar vueltas en círculos y mover la cola. Choco Mousse también mantuvo su distancia de los extraños, hasta que sintió que Ryoko la tomaba en brazos y luego iba por su segundo pokemon.

    —Randall, no molestes a estas personas—dijo con un tono enfadado que fingía delante de ellos. Levantó al perrito, quien se mostró confundido de ser regañado—. Disculpen a mi Rockruff, por favor—pidió Ryoko a la pareja—, a veces se me escapa y sale a perseguir o ladrar a las personas.

    —Oh, no pasa nada, pequeña—
    le respondió el anciano amablemente, mientras la joven, que era su hija, suspiraba aliviada de que no se tratara de un animal agresivo y regresaba a lo suyo—. Es un bonito pokemon el que tienes; nunca antes lo había visto.

    —S-sí, lo encontré de suerte en un safari, jajaja…—
    rió Itsuga, sentándose al otro lado de la banca de madera con Choco Mousse a un lado y Randall sobre las piernas—. No debes ladrar a las personas, pequeño; puedes asustarlas.

    —Rock…¿ruff?—
    preguntó el aludido, entre confundido y enfadado. ¡Había seguido el rastro de Kuro! O al menos se parecía a Kuro…no tenía forma de explicárselo a la chica.

    La peli rosa lo acarició en la cabeza tratando de no llamar la atención del par que tenía al lado y procurando echar una mirada. Sabía que Randall la había llevado hasta allá por una buena razón, pero no podía aparecer sin más y empezar a preguntar por su Croagunk a ese anciano y a la joven porque pues…no solo era grosero; tampoco parecía que ellos tuvieran algo que ver con el asunto. Fue por eso que la entrenadora decidió ir con precaución y ahora prestaba atención a lo que conversaban los personajes a su lado.

    —Qué bueno que la señora Stacy te lo recomendó, ¿no, papá? —preguntó la joven, frotándole las manos al viejo—Yo la verdad es que tenía mis dudas.

    — ¡Jajaja! Esa Stacy nunca falla cuando se trata de encontrar buenos remedios: a tu madre le recomendó ese aceite para la caída del pelo…

    — ¡Y le funcionó muy bien! —
    rió la chica con él—Lo usaré cuando sea vieja y empiece a caérseme el pelo también—terminó de hacer lo suyo, cerró el frasco y lo metió en su bolso, levantándose para partir. Ryoko seguía todo disimuladamente de reojo—. Cuando lleguemos a casa te pondré más pomada en la espalda.

    —Vaya falta que me está haciendo—
    respondió el señor, levantándose con dificultad—; desde hace días que me está matando este dolor de espalda…

    “¿Dolor de espalda? ¿Esa pomada que tienen es para el dolor…? —pensó, mientras sus compañeros se alborotaban un poco encima de ella. La pareja a su lado se levantó para partir mientras ella pensaba rápidamente en detalles que había estudiado. ¿Qué relación tenía esa pomada con Kuro, para que Randall la hubiera traído hasta allí? — ¡Por supuesto! —dio un respingo y sus ojos se alzaron en sorpresa— ¡El veneno de los Croagunk…dicen que es bueno para eso!”

    La peli rosa trataba de concentrarse a la par que intentaba mantener quietos a sus pokemon. Randall estaba enfadado de haber sido regañado y ahora daba vueltas sobre sus piernas, tratando de bajarse y mordisqueándole la corbata para arrancársela, mientras que Choco Mousse se mostraba nerviosa de ver que la “pista” que Randall había encontrado para llegar hasta Kuro no estaba allí, o por lo menos ella no la veía. Sostuvo al perro bajo su brazo y ordenó a la coneja quedarse sentada mientras improvisaba algo rápidamente.

    — ¡Ehh, disculpen! —llamó al dúo que se marchaba del brazo. Ellos se volvieron a verla, extrañados—Este…no pude evitar escuchar que hablaban algo sobre una… ¿pomada para el dolor de espalda?

    La hija se mostró levemente molesta de que la chica hubiera estado escuchando después del susto que le metió su pokemon perro, pero el anciano era muy pasivo y amable. Le sonrió a Ryoko y asintió con la cabeza.

    —Así es. Los ancianos tenemos muchos padecimientos musculares, entre otras cosas—se rió de forma algo ahogada.

    —Sí, lo sé—rió Itsuga a su vez, rascándose la cabeza—, mi abuela está igual que usted señor; tiene unos dolores en las piernas y en la espalda que apenas la dejan dormir. Hemos probado darle de todo, masajes y acupuntura incluso.

    Esto suavizó a la muchacha al considerar que la niña del cabello rosa estaba en su misma situación con su padre, quien por supuesto, también se sintió tocado por lo que oía. Ambos se miraron a la par y la joven sacó de nuevo el frasco de su bolso, acercándose a Ryoko ahora con una sonrisa.

    —Mira, nosotros estamos usando esto—le enseñó el pote de crema violácea y un logo de bonitas letras con flores azules—. Se llama Blue Balm, la fabrican a partir de flores y bayas Algama. Es buenísimo para los malestares físicos; a mi padre y a algunos de sus amigos les ha servido muy bien.

    La criadora tomó el frasco y lo acercó hacia ella, dejando que Randall lo olisqueara de manera “accidental”. El cachorro levantó las orejas y empezó a sacudirse, emocionado.

    — ¡Rock Rock Rock! —ladró, volviendo a asustar a la joven y haciendo que Choco Mousse diera un salto en su sitio.

    Le devolvió el frasco a la mujer y sonrió de una manera inusual, apartando a Randall para que no la incomodara más.

    —Es fantástico. Eh… ¿dónde podría comprar uno también?

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Esa tarde y recostado con la espalda contra los barrotes metálicos, Kuro se frotaba las manos adoloridas mientras sus ojos amarillos estaban fijos en la puerta de en frente. Ésta estaba cerrada, pero se abriría dentro de poco. Él no podía calcular minutos ni nada parecido, pero estaba aprendiendo cuánto tardaban en llevarse y traer a un Croagunk a un paseo por “la máquina”. Sus manos estaban algo hinchadas después del primer pinchazo, pero el dolor ya estaba desapareciendo casi completamente. Aun así, sentía un raro malestar en el cuerpo, como cierta debilidad. No tenía idea de qué le habían hecho, pero era todo tal como su compañero a un lado se lo había descrito: dolor, cansancio, luego reposo. Se suponía que más tarde les darían de comer y después todo se repetiría de nuevo.

    “No quiero seguir pasando por esto”—pensó el venenoso, negando con la cabeza—“No quiero quedarme aquí encerrado y que me lleven con esa cosa todos los días. Duele.”—se dijo, mirándose el dorso de las manos—“Quiero irme con Ryoko y los demás.”

    Echó un vistazo a un lado. Su compañero estaba durmiendo, agotado después de haber regresado de su paseo con la máquina hacía un rato. Varios otros Croagunk también estaban dormidos, maltrechos y adoloridos, otros solo agotados de haber estado llorando incansablemente por sus entrenadores y dueños. De entre todos los pokemon allí encerrados, él era el único que no había abierto la boca para gritar o llorar. No le veía caso a hacer eso. Nadie iba a prestarle atención de cualquier modo. Se volvió a mirar hacia la puerta, esperando a que la luz roja se encendiera. Esa habitación no tenía ventanas, así que no había forma de saber si era de día o de noche, si estaban cerca del bosque, en medio de una ciudad o incluso bajo tierra.

    Por fin la luz roja se encendió y una humana rubia, vestida con el mismo traje de goma que los otros, regresó cargando a un Croagunk de extraño color violeta, muy bonito, por lo demás. El pokemon lloraba y se lamía las manos adoloridas, igual que muchos otros hacían al regresar de la dura experiencia. No puso la menor resistencia: se dejó encerrar simplemente y la chica se marchó. La luz roja se apagó y todo volvió a quedar en semi penumbra. Kuro soltó un suspiro de abatimiento y desvió sus ojos hacia otro de sus congéneres que no dejaba de golpear la reja con patadas y puñetazos. Lo había estado haciendo desde que había llegado, sacudiendo su jaula con un incansable sonido metálico.

    — ¡Déjenme salir! ¡Que me saquen de aquí! —rugía, pateando con ferocidad los barrotes. Tenía patadas muy fuertes— ¡Sáquenme o los moleré a golpes!

    — ¡¿Puedes dejar de hacer tanto ruido?! —
    se quejó una Croagunk desde el otro lado del almacén— ¡No has dejado de golpear esa jaula desde hace mucho! ¡Entiende que no se puede romper!

    — ¡La voy a romper y saldré de aquí! —
    rebatió el otro, furibundo— ¡Ustedes pueden quedarse si quieren, yo regresaré afuera!

    — ¿Crees que los demás no lo hemos intentado? —
    preguntó otro Croagunk con aspecto cansino. Tenía las mejillas de un tono desteñido—Este metal es muy fuerte para nosotros—dijo, pasando los dedos por los barrotes.

    —Si alguno de nosotros fuera un Toxicroak podríamos salir—razonó uno de ellos.

    — ¡Hey! ¿Cómo es que no han traído a ningún Toxicroak a este lugar? —preguntó otro, percatándose.

    Las ranas que se encontraban despiertas en ese momento se pusieron a debatir. Kuro las escuchó hablar todas al mismo tiempo tratando de dilucidar algo. Con todo el ruido, el Croagunk a su lado despertó, se rascó los ojos y escuchó la algarabía. Luego infló los mofletes y se quedó tendido en el piso.

    —Es obvio que no han traído ninguno porque es más grande y fuerte que un Croagunk. Nosotros somos más fáciles de manipular.

    Aquel razonamiento era lógico y bastante obvio. Los pokemon más pesimistas se pusieron a maldecir y lamentar la suerte, mientras los demás pensaban en que sería de mucha ayuda que alguno pudiera evolucionar ahora y sacar a todos.

    —Un solo Toxicroak no podría sacar a todos—pensó Kuro en voz alta, llevándose una mano a la mejilla y mirando alrededor—, son demasiados para intentar liberarlos sin que los humanos lleguen y lo derroten en ese entonces.

    — ¿Cómo se supone que saldremos de aquí entonces? —
    preguntó el Croagunk rellenito de más allá, al escucharlo— ¿No podremos? ¿Vamos a quedarnos aquí para siempre, cierto? ¿Hasta morir?

    Kuro prefirió no responder. Lo cierto es que él estaba pensando en cómo salir por su cuenta, buscar a Ryoko y llevarla hasta ese lugar para que liberaran a todos los demás pokemon, pero sentía que algunos puntos en su plan eran flacos: salir solo de ese edificio podía resultar más complicado en la práctica que en la teoría, pero no iba a quedarse sin intentarlo.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Algunos minutos después, Ryoko Itsuga y sus dos pokemon llegaron hasta la calle en donde estaba la farmacia en cuestión, donde la joven y su anciano padre habían adquirido la pomada azul. La peli rosa observó sorprendida la gran cantidad de personas que esperaban para ser atendidas y poder adquirir el producto, el que era anunciado con carteles en la entrada del local. Arriscó la nariz y se escondió en un pasaje cercano, de espaldas al lugar.

    —Si lo que supongo es correcto…—se dijo, tragando saliva—esa crema que están vendiendo la hacen a partir del veneno de los Croagunk. Se supone que en algunos lugares está permitido extraerles pequeñas dosis para aliviar dolores musculares intensos…

    Metió la mano en su bolsa, extrajo la pokedex y buscó la entrada del pokemon veneno-luchador. Escuchó la información del aparato, navegó por la página leyendo más y más datos, confirmando la idea de que el veneno de Croagunk podía usarse, pero solo en escasos lugares y bajo una venta muy, muy regulada. Si esta farmacia la estaba vendiendo en tales cantidades y además bajo una premisa falsa de flores y bayas…

    “Esta es una venta ilegal”—concluyó, cerrando el aparato y mirando por sobre su hombro. Más personas salían felices de su compra, listas para llegar a casa y quitarse un poco del dolor físico de encima, sin saber que pokemon salvajes y de entrenadores podían estar siendo perjudicados con eso. Seguramente el suyo estaba entre ellos…este pensamiento le hizo cerrar los ojos con fuerza y tragar saliva. No podía imaginar qué medios usarían para obtener el veneno, lo cierto es que desconocía el uso de las capacidades de los pokemon en la industria farmacéutica, a pesar de que ésta era ampliamente utilizada. —“Debo estudiar más” —se propuso firmemente.

    —Buneary…—escuchó a su coneja soltar abajo.

    La observó mirando en todas direcciones, buscando alguna señal de que Kuro estuviera por ahí cerca. Para eso es que estaban allí, ¿no? Ryoko se sintió de algún modo aliviada de que la pokemon no pudiera comprender que tal vez su Croagunk estaba sufriendo en aquel momento: en su mente solo estaba extraviado, y era mejor así por ahora. Se agachó y le acarició en la cabeza, al mismo tiempo que a Randall.

    —Chicos, escuchen: tengo que ir allá adentro y preguntar algunas cosas. Tal vez sepan algo sobre Kuro.

    Choco Mousse levantó las orejas en emoción al escuchar eso, pero el Rockruff por su lado bostezó. No es que no le interesara el asunto, es solo que estaba bastante cansado después de haber dado vueltas por la ciudad. Ryoko lo dejó reposando en su pokebola y estuvo por hacer lo mismo con su Buneary, pero ella se negó tajantemente.

    — ¡Neary, Buneary! —exclamó, apartándose del rayo rojo que estuvo por devolverla a su contenedor.

    — ¡Pero Choco Mousse…!

    La aludida se aferró de su pierna con sus pequeños brazos, negándose a quedar fuera. La peli rosa inspiró y suspiró con cierta derrota de verla así. Guardó la pokebola en su bolsa y la levantó a ella en brazos.

    —Está bien, puedes venir: pero pórtate bien y no hagas nada. ¿Me entiendes? Nada.

    — ¡Buneary! —
    prometió Choco Mousse, levantando los brazos y prometiendo estarse muy quieta.

    Fueron hasta la farmacia, tomaron un número de atención y esperaron pacientemente su turno, el que tardó cerca de media hora en venir. La criadora observó que los farmacéuticos trataban cordial y amablemente a los clientes, ancianos en su mayoría, y daban consejos sobre el uso de la pomada. Siempre se daban vueltas en la explicación de las bayas y flores que eran utilizadas para fabricar el producto, consiguiendo una mueca enfadada en el rostro de Ryoko.

    La muchacha, por cierto, no sabía qué estaba haciendo allí. Cuando por fin la atendieron, contó la misma mentira sobre su abuela adolorida, preguntó sobre el uso de la pomada, de qué estaba fabricada y algunos otros detalles, obteniendo las mismas respuestas que el resto de la gente. No tenía forma de averiguar nada que tuviera que ver con los Croagunk sin ponerse en evidencia de que estaba tratando de levantar la cortina detrás de toda aquella fachada, pero en un lapsus de distracción que tuvo, tratando de elegir alguna pregunta útil o algo que la acercara más a la verdad, retrasando enormemente la atención del siguiente cliente y empezando a exasperar a la farmacéutica que la atendía, la joven soltó:

    — ¿Sabe algo…del veneno de los Croagunk para estas cosas?

    La mujer de cabello verde que la atendía forzó una sonrisa de ingenuidad y ladeó la cabeza. Los demás farmacéuticos que trabajaban con ella se miraron con disimulada sorpresa y retomaron rápidamente lo suyo, evitando ponerse en evidencia. Ryoko tragó saliva, esperando no haber metido la pata, a pesar de la brusquedad con que había soltado su pregunta en un lugar así.

    — ¿Los Croagunk son esos pokemon azules con mejillas anaranjadas, verdad? —preguntó la mujer.

    —S-sí, esos mismos. E-es que me contaron que el veneno de ellos se puede usar para tratar estos dolores también y…

    —Oh, no—
    negó la mayor, sin dejar de sonreír—, nosotros no trabajamos con ningún tipo de materia prima proveniente de los pokemon. Nuestra línea naturalista solo utiliza recursos vegetales, como bayas, frutas, verduras, corteza de árboles, entre otros. Pero nuestro producto está certificado y está eficazmente demostrado en su uso contra el dolor muscular de casi cualquier tipo—le aseguró, con un gesto de su mano por el aire.

    Ryoko forzó una sonrisa y asintió con la cabeza. El problema era que después de tantas misteriosas preguntas no podía irse sin comprar nada y levantar cierta sospecha sobre sí misma. Metió manos en su bolsa y escondió algunos billetes antes de sacar la cartera y ¡oh! Fingir que no le alcanzaba el dinero para comprar la pomada. La farmacéutica de cabello largo le sonrió con sus labios brillantes y le extendió el frasco de todas maneras, después de tomar su dinero, claramente.

    —No te preocupes, pequeña: puedes llevártelo de todas maneras. Blue Balm está aquí para ayudar a nuestras personas a tener una vida más digna y llevadera. Nadie merece pasar por dolores como los que sufren nuestros pacientes, y no quisiera saber que no pudimos ayudar a tu abuelita su tuvimos oportunidad.

    La peli rosa recibió con desagrado el frasco, agradeció y salió de allí seguida de Choco Mousse, mientras en la farmacia, Esmeralda se llevaba todo el crédito y la aprobación de los compradores que habían escuchado su número recién representado, ganando así más confianza en la gente y por supuesto, más clientes.


    Itsuga abandonó el lugar con el frasco apretado entre sus dedos blancos, cargando a Choco Mousse bajo un brazo y con paso rápido para alejarse de allí. Se alejó tal vez media cuadra y se recargó contra la pared de un edificio cercano, sentándose con la espalda apoyada y mirando hacia la falsa farmacia. ¿Y si tenían a Kuro allí adentro? No tenía modo de averiguarlo si no era entrando. ¿Cómo hacer eso? Le resultaba imposible intentar ingresar sin llamar la atención. Miró el pote en su mano con infinito desprecio, preguntándose qué habrían tenido que pasar los Croagunk para que se hiciera esa crema. Buneary olisqueó el frasco sin que nada en su olor llamara su atención, ya que su olfato no era tan fino como el de un can. Para ella ese contenedor no tenía la menor razón de estar allí ni de poner a su entrenadora de tan mal humor.

    —Tengo que averiguar si tienen a Kuro allí, pero…—se dijo a sí misma, frotándose la frente—no sé cómo…

    Se quedó allí sentada, rompiéndose la cabeza y mordisqueándose las uñas tratando de pensar en algún método. No tenía pruebas con las cuales ir a la policía para guiarlos en esa dirección. En el pote de pomada ponía todos los ingredientes utilizados y ella no podía demostrar si estaba hecho con veneno de Croagunk o no. Solo podía confiar en el olfato de Randall y en la coincidencia de que estaban vendiendo un producto que se hacía con materia de esos pokemon. Pasó allí cerca de diez minutos cuando, mirando cada tanto hacia la farmacia, se percató de que un camión blanco estaba allí estacionado. Había aparecido en algún momento en que ella estaba distraída, pensando. Lo observó con detenimiento, mientras hombres en monos azules, gorras y guantes de igual color subían y bajaban del camión llevando cajas en sus brazos. La joven dio un respingo.

    “Están trayendo más de esta crema” —dilucidó, mirando el frasco en su mano.

    Se levantó despacio tratando de no llamar demasiado la atención, guardó el pote en su bolsa y caminó algunos pasos hacia el camión, siempre seguida de Choco Mousse, quien no se apartaba de ella, pero miraba atentamente a todos lados, como esperando ver algo que le diera una pista de dónde estaría su compañero perdido. Ryoko mantuvo su distancia y echó mano de un libro cualquiera en su bolso, con la vaga excusa de estar leyendo, aunque sus ojos verdes iban desde las letras hacia el camión. Pudo notar que eran dos sujetos los que bajaban las cajas y no había nadie en el volante, lo que significaba que el segundo hombre tenía que ser el conductor.

    La frente se le humedeció mientras sentía un calor sofocante aplastándola. Estaba sumamente nerviosa, pues acababa de descifrar algo más: si estaban trayendo las cajas a este lugar, era porque el laboratorio donde producían esa pomada no estaba allí, estaba en otra parte, y en esa otra parte ¡era donde tenía que estar Kuro! El asunto ahora era cómo iba a llegar hasta allá, porque no podría seguir al camión corriendo ni tenía un pokemon para rastrearlo: Randall no podría seguir el olor de una máquina. Lo único que le quedaba era…

    Tragó saliva y miró en rededor. Nadie estaba prestando atención a la descarga. ¿Por qué alguien lo estaría? Pensó nerviosamente. Se agachó para recoger a su pokemon en brazos, quien todavía no se enteraba de nada ni entendía por qué la criadora no estaba haciendo algo para encontrar a Kuro. La joven caminó lentamente hacia el camión con la nariz hundida en el libro, mirando de reojo que nadie la estuviera viendo. Los pocos transeúntes que andaban por allí estaban inmersos en sus asuntos. Fue a ubicarse a un costado del vehículo y se apoyó contra un poste, aun pretendiendo que leía concentradamente, aunque en realidad estaba esperando. Esperando el momento justo, tal vez la única oportunidad que tendría de encontrar a su pokemon.

    Los dos sujetos que subían y bajaban al camión pronto terminaron con su trabajo. El chófer fue a su asiento mientras el segundo bajaba una planilla, la que llevó a uno de los farmacéuticos que esperaba afuera. Debían firmar el recibo de las cajas. Itsuga supo que era el momento y se levantó de su lugar mientras seguía leyendo, avanzando aparentemente hacia la calle para cruzar y echando un vistazo alrededor: nadie miraba. La puerta trasera estaba abierta, el chófer no veía su espejo retrovisor. Con un salto desesperado, aterrado y sin medir nada, Ryoko se subió repentinamente a la parte trasera del camión y se arrastró por el suelo metálico y frío, asustada y con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Choco Mousse soltó una exclamación de sorpresa ante el repentino movimiento, pero ella le tapó la boca como mejor pudo mientras avanzaba sobre sus rodillas.

    —No hagas ruido—le dijo entre dientes, escondiéndose detrás de una pila de cajas ordenadas contra la pared.

    Se quedó allí arrinconada, rezando para que nadie se hubiera dado cuenta de que se había subido y la delatara. El sudor le bajaba a mares por el cuello y la espalda, mientras su respiración le agitaba el pecho donde tenía presionada a Choco Mousse: la pokemon sentía el nerviosismo de su criadora llegarle con toda su fuerza.

    Esperaron lo que para Itsuga fue una eternidad, con los ojos cerrados y los dientes fuertemente apretados. Por fin oyó al sujeto darle una afirmación a su compañero y el camión se puso en marcha, asustándolas a ambas. La puerta metálica se cerró con brusquedad y la joven escuchó cómo echaron el cerrojo por fuera. Si Arceus era benevolente con ella, entonces el camión regresaría al laboratorio y podría averiguar dónde tenían a Kuro encerrado. Si por el contrario la deidad no estaba de buenas ese día, tal vez el vehículo iría a parar a algún estacionamiento, en donde ella y su Buneary tendrían que esperar tal vez hasta el día siguiente para poder salir de ahí.




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    Casi una hora más tarde, Kuro tuvo que dar una segunda visita a la máquina, justo cuando ya estaba empezando a sentirse mejor del dolor en las manos. De nuevo, un sujeto en traje oscuro fue a buscarlo después de abrir su jaula con el sistema controlado por el panel en la pared. La rana azul seguía minuciosamente todos sus movimientos, memorizándolos, dejándose llevar dócilmente y prestando atención a los alrededores cuando salieron del almacén: un pasillo a la derecha, otro en el sentido opuesto. Hasta el fondo del camino cerrado estaba la habitación con el aparato. Casi no había humanos allá abajo, excepto los que trabajaban manipulando la computadora. Lo sentaron frente a la máquina, metió sus manos allí y volvió a recibir los pinchazos. Apretó los ojos con fuerza conteniendo el dolor, sintiendo ese frío al tener su veneno drenado por las venas. Los segundos se le hicieron eternos estando ahí prisionero, incluso estuvo por intentar sacar los brazos, pero una presión por parte del sujeto que lo retenía bastó para que volviera a hacer de tripas corazón para resistir.

    Cuando el martirio terminó, se frotó las manos mientras el hombre se lo llevaba de vuelta atrás.

    —Ojalá todos se estuvieran así de quietos—comentó el tipo con cierto enfado, igual como había hecho la mujer de antes.

    En el camino de regreso, Kuro prestó atención al pasillo que se extendía junto al pasaje principal. Había pequeñas salas allí, casi todas vacías, desde la cual vio salir a una persona. Ésta iba sin el traje negro, así que seguramente también trabajaba con “la máquina” y no llevándolos a ellos. Cuando estuvieron cerca de llegar al almacén, sin embargo, escuchó voces masculinas hablando y dos sujetos con ropas azules, gorras y guantes de igual color estaban al final del pasillo. El Croagunk abrió expresivamente los ojos y dio un respingo al notar que desde una puerta abierta que él no podía ver, se filtraba la luz del atardecer hacia el interior del lugar. ¡Era la salida! ¡La salida estaba muy cerca del almacén, solo debían caminar un poco! Claro…eso después de salir de ese lugar. Los dos hombres estaban sacando cajas de una bodega, que era donde almacenaban el producto una vez terminado.

    El pokemon azul tragó saliva y sintió un temblor de ansiedad recorrerlo. Lo único que debía hacer era soltarse del agarre de ese sujeto, correr a la salida y verse libre. Luego buscar a Ryoko y avisarle dónde estaban los demás. Puso sus dedos venenosos alrededor de la mano que lo sostenía por el cuerpo: el hombre ni siquiera estaba ejerciendo presión para llevárselo, como hacían con los demás Croagunk. Hasta ese punto Kuro había logrado hacerles creer que estaba completamente rendido y sin intenciones de salir. Escurrirse de sus manos y escapar podía conseguirlo en tan solo un parpadeo…

    Pero no pudo hacerlo. No porque le faltara tiempo o determinación, ya que realmente estaba decidido a salir de ahí y aún faltaban un par de metros para llegar al almacén. Por su cabeza pasaron las caras de todos los Croagunk que estaban encerrados con él, resonaron todos sus gritos de enojo, llanto y tristeza. Imaginó lo que sentirían cuando vieran al sujeto regresar sin él o escuchar a los humanos decir que uno de ellos había conseguido escapar…y ellos seguirían allí metidos, quizás para siempre. La desolación y engaño que sentirían sería amarga y abrumadora, él mismo seguramente sentiría algo así: una especie de traición por parte de un igual. Soltó un suspiro de derrota y se dejó cargar sin más de vuelta al almacén, a su jaula, junto con el resto. Se quedó cabizbajo y apesadumbrado, lo que no pasó por alto a su compañero vago a un lado. Éste lo miró con una sonrisa cansina.

    — ¿Te dolió mucho?

    El aludido desvió sus ojos amarillos hacia las manos nuevamente inflamadas y con una pequeña gotita, mezcla de sangre y veneno sobre ellas. Ni siquiera había sentido el dolor en el camino de vuelta a su celda; solo había podido pensar en cómo sacaría a todos esos Croagunk de ahí.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Poco después de que le tocara el turno a Kuro con la máquina, Ryoko Itsuga llegó hasta las instalaciones que GemStone tenía en los alrededores. Estaba en medio del bosque, a pocos kilómetros de la ciudad, a varios de donde ella había sido atacada y robada. No podía saber dónde estaban en aquel momento, sumida en la oscuridad del camión cerrado; solo escuchaba el traquetear de las ruedas contra un camino mal construido y los pequeños quejidos que daba su Buneary cada vez que el vehículo daba algún salto debido a las piedras o baches. La mantuvo todo lo tranquila que le fue posible entre sus brazos, prometiéndole que ahora estaban más cerca de encontrar a Kuro. El camión no se había parado, así que seguramente no iba a ningún estacionamiento.

    Cuando por fin se detuvo, la peli rosa se levantó de su sitio y se acercó un poco a las puertas traseras. Ahora ya no podía esconderse: cuando los sujetos abrieran, no le quedaría más que salir, inventar algo para verse libre de esa o lidiar con las consecuencias. Tragó saliva y ordenó a Choco Mousse quedarse quieta. Cuando las puertas se abrieron, la luz del atardecer se filtró hacia el interior, lo mismo las voces de los dos sujetos.

    — ¡Oye! —escuchó la voz de uno de ellos— ¿Qué rayos? ¿Qué estás haciendo ahí, niña? —rugió con enfado.

    Los ojos de la joven tuvieron que ajustarse un poco al pasar desde la oscuridad del lugar cerrado a tener luz de sol encima ahora, por lo que se cubrió levemente el rostro.

    — ¡Di-disculpe! —dijo, fingiéndose muy apenada y nerviosa—Es que mi Buneary saltó dentro de su camión cuando estaban descargando y me subí para bajarla—sonrió tontamente—, pero cerraron las puertas y nos quedamos aquí adentro.

    Los dos hombres se reunieron allí y la miraron con recelo, como inseguros de creerle su historia.

    —Estuve llamando para que me sacaran, pero imagino que no me escucharon—se defendió.

    El chofer del camión dijo en voz baja a su compañero, aunque Ryoko igualmente alcanzó a escucharle el susurro:

    —Nadie debe saber del laboratorio.

    El otro asintió con la cabeza y comenzó a subirse al camión. Ryoko apretó los dientes y Choco Mousse se puso tensa en sus brazos: ambas sabían que la escena no había salido bien y ahora estaban en problemas. En lo que la criadora intentó llevar su mano a la bolsa para sacar una pokebola, el hombre se le acercó dispuesto a sujetarla, con Buneary saliendo de inmediato en su defensa al ver que intentarían hacerle algo.

    — ¡Neary! —gruñó, saltando hacia el sujeto y embistiéndolo con toda la fuerza que le fue posible en el estómago.

    Itsuga soltó una exclamación de sorpresa al verla reaccionar así, pues Choco Mousse aún era pequeña y no tenía mucha experiencia en batalla. El tipo no cayó al suelo, pero al menos retrocedió lo suficiente como para tambalearse y llevarse las manos al estómago, adolorido. Esto dio tiempo a Ryoko para lanzar su pokebola.

    — ¡Sparkles, usa derribo!

    El pokemon azul salió y usó el impulso de su aparición para chocar su cuerpo pesado y redondo contra el hombre, con tal diferencia de fuerzas entre él y Choco Mousse, que el sujeto cayó fuera del camión encima de su compañero. Sparkles se llevó parte del daño con el fuerte impacto, pero Ryoko se apresuró a devolverlo a su pokebola: solo necesitaba el paso libre para bajarse del camión con su coneja en brazos. Saltó fuera y se apartó, mirando todo alrededor para captar la mayor cantidad de detalles e información posible: un gran edificio gris sin ventanas, muchos otros camiones blancos estacionados afuera, esperando ser cargados; todo era árboles a su alrededor.

    — ¡Mocosa! —gruñó uno de los tipos tirados en el suelo— ¡Espera, vuelve aquí!

    Por supuesto que Ryoko no iba a obedecer a una indicación así. Miró buscando algo más mientras retrocedía y salía corriendo de allí, tan rápido como sus piernas se lo permitían. Se perdió rápidamente entre la espesura del bosque, mientras atrás, los dos sujetos se ponían de pie con dificultad e iban adentro para buscar a sus camaradas e informar de una fisgona suelta en los alrededores. Itsuga estuvo extremadamente cerca de Kuro ese día, pero no podía ir por él ella sola a ese sitio lleno de enemigos, por lo que debía irse a buscar ayuda. Sin saberlo, su pokemon se encontraba en una posición similar.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    Al interior del edificio y con la aparición de una sospechosa en los alrededores, la alarma se activó y un ruido insoportable se hizo escuchar en todo el lugar. Los Croagunk que estaban dormidos se despertaron casi al instante tomados por sorpresa, mientras que los demás miraron asustados hacia el techo y la puerta, como esperando ver aparecer algo. Los pokemon oyeron voces, órdenes y pasos corriendo afuera, sin imaginar qué estaría pasando para que los humanos se alteraran tanto. Tal vez un poco de anticipación habría ayudado a Kuro a percibir que su entrenadora estaba afuera, pero no fue su caso, así que tampoco pudo imaginar qué habría alterado tanto a sus captores. Sin embargo, lo que fuera que había causado la conmoción los había puesto obviamente nerviosos, y si algo había aprendido el tipo luchador en sus encuentros y bajo órdenes de su criadora, era que cuando había desorden en el equipo, era cuando las cosas se ponían peor.

    —Debemos salir—dijo sin más, llamando la atención del Croagunk a su lado.

    Éste lo miró confundido un momento y luego ladeó la cabeza.

    —Sí, es lo que queremos desde hace días—soltó con cierto sarcasmo—. La cuestión es cómo…

    —Ahora. Ahora es que debemos intentar salir—
    le interrumpió él, mirando alrededor.

    Algunas jaulas más allá, el pokemon que estaba ahí había sido llevado poco antes a reunirse con “la máquina”. Se trataba del mismo Croagunk de curioso color que volvía llorando y sin oponer resistencia. Como a Kuro, era su segunda visita con el aparato y tal como en la primera ocasión, regresó asustado y encogido por el dolor de los pinchazos en sus dedos. En cuanto la puerta se abrió, los Croagunk pudieron observar que los demás humanos corrían afuera dándose instrucciones, por lo que empezaron a chillar más asustados aún, temiendo que algo terrible estuviera sucediendo y ellos quedaran atrapados.

    Kuro necesitaba decirle algo al Croagunk que venía en brazos antes de que lo encerraran en la celda, por lo que le gritó a voz en cuello:

    — ¡Escúpelo en la cara!

    Pero el otro no pudo escucharlo con toda la algarabía de los Croagunk llorando y pidiendo auxilio. Soltó un chasquido y volvió a llamarlo sin conseguir que el otro pokemon lo escuchara. Sin embargo, su compañero a un lado sí lo veía esforzarse por intentar algo; algo desesperado y necesario. Su instinto le dijo que debía ayudarlo a conseguir eso que necesitaba, aunque él no imaginaba qué podía ser.

    — ¡Cállense! —ordenó a los Croagunk cercanos— ¡Cállense ahora, es importante!

    Las ranas que estaban cerca lo oyeron y fueron guardando silencio, extrañados de que fuera a decir algo “importante”. Poco a poco y con cada paso que daba el sujeto daba hacia la celda, los Croagunk se fueron quedando callados, hasta que solo la voz de Kuro se alcanzó a escuchar:

    — ¡Escúpelo en la cara! —volvió a decir.

    Extrañado, el Croagunk aludido lo miró sorprendido y, cuando fue depositado en su jaula, se volvió sobre sus patas y le lanzó una bola de lodo desde su estómago directo a la cara, haciendo que el tipo chillara y se fuera de espaldas, tratando de quitarse el barro del rostro. La puerta de la celda no alcanzó a cerrarse, por lo que finalmente había un Croagunk libre. Todos los demás se quedaron pasmados y mudos al verlo, mientras el sujeto en el suelo maldecía y se frotaba los ojos. El pokemon de Ryoko vio como el otro levantaba sus dedos venenosos para pincharlo, pero lo retuvo a tiempo:

    — ¡No! ¡Eso no servirá! —exclamó con los brazos afuera de la jaula— ¡Debes noquearlo! ¡Golpéalo en la cabeza!

    — ¡En la cabeza! —
    le animaron los otros.

    El Croagunk libre asintió y cambió de movimiento, dejándole caer un pesado golpe demolición en la cabeza al hombre, noqueándolo en el acto y dejándolo tendido en el suelo antes de que hubiera podido limpiarse y ponerse de pie para escapar. El pokemon violeta se quedó parado encima del tipo, todavía con aire asustado y sin creerse lo que había hecho. Se miró la mano, tratando de convencerse de que lo había logrado.

    — ¡Bien! ¡Ahora escapa! —dijo el Croagunk junto a Kuro.

    — ¡No! ¡No huyas! —le retuvo éste firmemente, cerrando sus dedos en los barrotes de metal—Eres el único que puede sacarnos a todos de aquí.

    — ¿EH? —
    soltó el violeta, dando un respingo—Yo…no puedo hacer eso. ¡Ni siquiera sé cómo me deshice de este sujeto…! —apuntó al humano abajo.

    —Lo hiciste porque me hiciste caso. Ahora necesito que me escuches otra vez—le dijo Kuro de manera serena pero firme—. Solo haz lo que te digo, pero debes darte prisa: los humanos vendrán pronto al notar que éste está faltando.

    Los demás pokemon venenosos del lugar observaron anonadados tanto a Kuro como al Croagunk violeta por lo que ambos habían conseguido. Estaban suspendidos entre el miedo y la expectación de poder verse libres. Algunos estaban tan nerviosos que temblaban y hacían vibrar los barrotes sujetos entre sus dedos venenosos y adoloridos. Inseguro, el Croagunk violeta miró en rededor, viendo que tenía veintenas de pares de ojos amarillos puestos en él. Podía simplemente ignorarlos e irse: estaba muerto de miedo y solo quería regresar con su entrenador, pero otra vez la voz del Croagunk le hizo poner los pies en la tierra.

    —Puedes hacerlo, no es difícil y lograrás sacar a todos de aquí, o por lo menos a la mayoría de nosotros.

    — ¿Qué…qué tengo que…?

    —Ve hacia esa cosa en la pared—
    le apuntó al panel donde se abrían las celdas—. Con esos botones se abren nuestras jaulas.

    — ¿Qué botones tendré que apretar?

    — ¡Todos! ¡Rompe esa cosa, dale tu mejor golpe!

    — ¡Sí! —
    le animó la rana junto a Kuro— ¡Hazla pedazos! ¡Puedes sacarnos de aquí!

    Poco a poco, los demás Croagunk también se unieron y le dieron ánimos para que lo intentara. El pokemon variocolor tragó saliva y se fue dando saltitos hasta el panel adosado en la pared, lo miró hacia arriba con inseguridad y se preparó: dobló completamente sus rodillas hasta tocar el suelo con su cola, se dio un fuerte impulso y llegó de un salto junto al panel de control, metiéndole un golpe lo suficientemente fuerte como para abollarlo. Sin quererlo, presionó los botones que abrieron cuatro jaulas a la vez, permitiendo así la liberación de algunos de los Croagunk. Éstos chillaron de emoción y se bajaron rápidamente para reunirse con él.

    — ¡Agh! —lloró, sosteniéndose la mano adolorida—Me duele…me acaban de meter esas espinas…

    —Yo estoy algo mejor—
    dijo el Croagunk rechoncho, enseñando sus gruesos puños, más resistentes—, pero me costará trabajo llegar allá arriba…—añadió, mirando apenado la altura que lo separaba del panel. Con ese peso, saltar no era lo suyo.

    Kuro se golpeó la frente con ambas manos y avisó:

    — ¡Súbanse uno arriba del otro! ¡Hagan una pila!

    — ¡Sí! —
    replicaron ellos, dando un respingo. ¡Por supuesto!

    Con ayuda de los cuatro luchadores abajo, el quinto Croagunk logró llegar hasta el panel y lo golpeó una y otra vez, descargando toda su frustración de haber sido encerrado durante dos días allí, con poca comida y sin su dueño. Las jaulas se fueron abriendo conforme machacaba botones, liberando a varios pokemon, hasta que finalmente el panel se partió con sus golpes y comenzaron a salir los cables y resortes. Esto produjo un fallo del sistema, causando que todas las celdas se abrieran de una vez. Los Croagunk chillaron en felicidad y salieron rápidamente para reunirse abajo en círculo: todos se felicitaban e inflaban sus mofletes anaranjados, todos excepto Kuro, quien miraba por la puerta entreabierta. Había menos humanos afuera y estaban distantes, pero podrían venir en cualquier momento. Se volvió y trató de llamar al resto:

    — ¡Escuchen! ¡Oigan! —logró hacer que los pokemon prestaran algo de atención y se callaran—Tenemos que salir de este lugar todavía, no es momento para estar festejando.

    — ¡Vámonos de aquí! —
    exclamó el Croagunk rudo levantando su puño, recibiendo una afirmativa por parte de todos los demás.

    Kuro ahogó una exclamación y se plantó en la puerta con los brazos extendidos, impidiéndole el paso a él y a todos. Los demás pokemon lo miraron confusos.

    — ¿Qué te pasa? ¡Creí que querías irte!

    — ¡Quiero irme! ¿Sabes si quiera dónde está la salida? —
    le preguntó él con un gesto severo.

    —Eh…no, pero podemos buscarla…

    — ¡Pero hay muchas puertas en este lugar! —
    exclamó una Croagunk, alarmada. Todos habían notado que había muchas puertas en ese sitio.

    —Antes, cuando me llevaron con la máquina, vi que por el camino hacia la derecha entraba luz de sol—explicó el pokemon de Ryoko.

    Varios de los Croagunk, por no decir todos, se quedaron muy confusos al escuchar esta indicación.

    — ¿Hacia dónde queda “la derecha”? —preguntó el más gordito de ellos.

    Kuro se golpeó la frente y agradeció a Ryoko por haberle enseñado dónde estaba la derecha. Luego negó con la cabeza.

    —Sé por dónde queda. Tienen que seguirme, pero deben venir todos juntos y no separarse por nada. Algunos de ustedes deben ir atentos por si aparecen humanos por detrás de nosotros para atacarlos y así evitar que nos atrapen de nuevo.

    — ¿Con qué los atacamos? —
    preguntó uno de ellos, levantando su brazo— ¡Nuestro veneno no les hace nada!

    — ¡Y atacarlos a golpes es peligroso si no están quietos! —
    añadió el variocolor, asustado.

    —Todos por aquí saben usar bomba fango o bofetón lodo, espero.

    Los pokemon asintieron, por lo que Kuro se volvió y examinó de nuevo el pasillo, escuchando que más atrás el Croagunk rudo preguntaba, bufando:

    — ¿Y por qué es que estamos haciéndole caso…?

    —Porque a él se le ocurrió cómo sacarnos de esas jaulas, en primer lugar—
    escuchó la voz de su vecino de celda, respondiendo con cierta diversión.

    El pokemon de Itsuga se agachó repentinamente al ver aparecer a un humano en un pasillo contiguo. Desgraciadamente éste también le había visto asomar la cabeza cerca del suelo, por lo que se detuvo de ir hacia donde iba y se giró en su dirección.






    everydayeveryday gracias por los pases~ ahora me pongo a escribir todo lo que me falta por delante xDU sorry, va a ser súper largo Q_Q
     
    Última edición: 8 Ago 2018
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    everyday

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  14. Lady Beelze

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    Ryoko corría y corría a todo lo que daban sus piernas por el bosque, sin saber hacia dónde iba. El corazón le saltaba aterrado en el pecho y retumbaba en las orejas de Choco Mousse, quien tan asustada como ella, miraba hacia atrás buscando rastro de los perseguidores. Hacía mucho que habían dejado de escuchar sus gritos y pisadas siguiéndolas, tal vez porque la entrenadora tenía algo más de costumbre de correr que ellos, o tal vez ayudadas por las sombras que el atardecer proyectaba por entre los árboles, ocultando su presencia y confundiendo a los ladrones. Fuera cual fuera el caso, la joven disminuyó la velocidad una vez que se sintió fuera de peligro, por lo que pudo recuperar el aire y dejar a su coneja en el suelo. La garganta le quemaba y los músculos de sus piernas palpitaban, como si tuviera las venas a punto de reventar por el esfuerzo.

    —Esos sujetos… sé que ellos deben tener a Kuro—dijo entre jadeos, con la imagen del edificio gris en el fondo de su mente.

    “Nadie debe saber del laboratorio…”

    Allí estaba la planta de producción del producto. ¡Allí debían tener a los Croagunk! Era un negocio ilegal; el nerviosismo de ellos y su intención de capturarla lo había evidenciado. Sin embargo, y pensando en lo que haría cuando regresara a la ciudad, Itsuga se percató de que no tenía ninguna prueba física que darle a la policía. Nada concreto que sirviera para movilizarlos hasta ese sitio para buscar a las ranas. Si ni siquiera ella misma había alcanzado a verlas, pero todo el actuar sospechosos de esos sujetos y la pista de su Rockruff percibiendo el olor de los pokemon en los frascos, eran suficiente motivo para ella al menos.

    —Tengo que convencerlos de que vengan aquí—hablaba consigo misma, mientras las orejas de Choco Mousse se alzaban, percibiendo algo acercándose—. ¡Tengo que hacer que vengan a inspeccionar ese edificio…!

    — ¡Buneary! —
    gritó la pequeña de pronto, dando un salto hacia ella y tratando de hacer que se agachara.

    Su movimiento repentino puso en alerta a la entrenadora, quien atendió a su advertencia y se lanzó al suelo con ella bajo el brazo. Una ráfaga potente pasó volando por encima de ambas, con tanta fuerza que sacudió hasta los huesos de la joven y se llevó un remolino de tierra y hojas.

    “¡Es él otra vez…!”

    — ¡Pidgeooo! —
    graznó el ave gigante, girando de regreso hacia ellas y bajando la altura.

    Ryoko se puso de pie cubriendo sus ojos del viento que el pokemon levantaba con sus amplias alas, y lo observó con desprecio. Sabía que no debía molestarse con la criatura en sí, solo estaba siguiendo órdenes. Con los dientes apretados, giró la cabeza al escuchar unos pasos corriendo por entre la espesura.

    — ¡Así que aquí estabas! —rugió James tal como en la primera ocasión, deteniéndose a pocos metros y dejando a las dos rodeadas. Venía jadeante, todavía envuelto en su traje de goma, solo que ahora sus ojos verdes no estaban tras las gafas protectoras, debido a lo rápido que había abandonado el edificio a la siga de la prófuga—Nunca hubiera imaginado que alguien conseguiría llegar hasta el laboratorio, ¡y menos tú, pequeña entrometida! ¡Hay que reconocer que eres persistente!

    — ¡Ustedes! —
    soltó la joven con los puños apretados y ardiendo en rabia— ¡Tienen a mi pokemon allá encerrado! ¡Y también deben tener a los de los otros entrenadores!

    — ¡Eso no es asunto tuyo! —
    se burló el sujeto— ¡Ahora esos Croagunk nos pertenecen!

    — ¡Jamás van a quitarme a mis pokemon! ¡Ellos son mis compañeros! ¡Voy a recuperar a Kuro a como dé lugar!

    — ¡Buneary Ary! —
    la siguió Choco Mousse, tan determinada a recuperar a la rana como su dueña.

    La peli rosa sacó la pokebola de su bolsa y la lanzó hacia el Pidgeot, quien ni siquiera se inmutó ante la aparición de su rival, a pesar de la desventaja que le tenía. No podía tomarse en serio a aquella lenta y torpe bola de cebo azul. Sin embargo, pudo notar un extraño aire severo obscureciendo el semblante del Lanturn, quien ahora lo miraba como si fuera la única cosa que existiera en el planeta.

    — ¡Jaj! ¡Vamos a terminar rápido con esto! —soltó James desde más allá— ¡Pidgeot, usa vendaval!

    — ¡Sparkles, reserva!


    El pokemon de Ryoko inspiró hondo, apretó los ojos y se mantuvo tan firme al suelo como le resultó posible, mientras recibía el violento ataque del oponente y él almacenaba parte de sus energías. Al alzar la cabeza, el otro venía disparado contra él.

    — ¡Onda trueno!

    — ¡Laaaant!


    Con el Pidgeot a tan escasa distancia la técnica no pudo fallar, pero tampoco lo hizo el ataque de ala del otro, que sacó a Sparkles rodando por el suelo. El ave se alejó tomando altura, pero sus alas comenzaron a responder con torpeza y lentitud.

    — ¡Sparkles, reserva otra vez!

    — ¡Laaan!

    — ¡Pidgeot, remolino!

    — ¡Geooot!


    Sparkles volvió a guardar energías dentro de sí, siendo sacudido por un remolino que amenazó con voltearlo, pero su peso le fue de ayuda para mantenerse en el suelo. Alzó la cabeza y miró ceñudo al oponente intentar derribarlo.

    — ¡Ve con ala de acero!

    El volador cargó energías en su ala izquierda y se lanzó contra el rival, quien recibió por parte de Ryoko la instrucción de esperar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Sparkles soltó una chispa demoledora que atrapó al Pidgeot casi encima de él, sacudiéndolo con violencia y lanzándolo al suelo. El ave soltó un leve chirrido del pico tembloroso y comenzó la tarea de levantarse para alzar el vuelo, mientras Sparkles estaba a sus espaldas con la mirada de un cazador sobre la presa.

    — ¡No lo dejes huir! —ordenó Itsuga— ¡Usa derribo!

    — ¡Tuuuurn!

    — ¡Pidgeot, cuidado!


    De un fuerte impulso, el pokemon acuático se dejó caer con violencia contra el oponente, sacándole todo el aire del cuerpo de una vez. James maldijo y llamó a su Pidgeot a quitarse al otro de encima, quien como pudo se sacudió, giró sobre sí mismo y logró apartar al pez con sus patas. Se levantó como pudo y se apartó, mientras el pokemon azul regresaba su panza al suelo después de que le dieran la vuelta. El derribo funcionó a partes iguales y él recibió parte del daño, pero Itsuga ya tenía eso previsto.

    — ¡Ahora usa tragar! —indicó.

    Su compañero inspiró y liberó la energía retenida por todo su cuerpo, la que ayudó a aliviar el cansancio y las heridas producidas, mejorando notoriamente su estado y por ende, sus deseos de lucha. Hizo saltar chispas desde sus antenas, demostrando lo ansioso que estaba.

    — ¡Sí, así me gusta! —alabó Itsuga dando un salto en su lugar.

    Por su parte el ladrón rechinaba los dientes: ninguno de los dos, ni pokemon ni entrenadora, estaban actuando de igual manera que en la primera ocasión. Ahora estaban sumamente concentrados en librarse de ellos. Miró por sobre el hombro sin avistar refuerzos: sabía que los otros estaban esparcidos buscando a la intrusa, pero no imaginaba qué tan lejos de su ubicación podían estar. Únicamente había dado con ella porque su Pidgeot la encontró rápido, o por una cuestión del destino. Al parecer éste quería que Lanturn y Ryoko saldaran cuentas. Regresó su atención a la batalla, indeciso de lo que debía hacer: antes hubiera ordenado a su pokemon usar “respiro” para mejorar su estado, pero ahora que los rivales los tenían entre ceja y ceja, no podía hacer que Pidgeot descendiera sin arriesgarlo a un ataque violento como el anterior.

    — ¡Usa vendaval!

    — ¡Pidgeoooo!

    — ¡Resiste, Sparkles!


    El tipo agua se hizo bola como pudo para protegerse del fuerte y terrible viento que lo sacudió, produciéndole heridas por todo el cuerpo. Con los ojos apretados, Sparkles imaginaba a Kuro encerrado en algún sitio horrible, oscuro y solitario, sitio al que había llegado por culpa suya. Este pensamiento lo hizo estremecer de rabia y tristeza, por lo que, sin esperar indicación alguna, liberó chispas desde su cuerpo con un grito de desolación que asustó a Ryoko, creyendo que estaba malherido.

    Las chispas se disiparon y esparcieron por todos lados debido al viento que Pidgeot levantaba, produciendo una especie de remolino eléctrico. El ave se apartó casi asustada de ser alcanzada por la técnica y el viento cesó casi de inmediato, por lo que Sparkles se descubrió y buscó al rival arriba, con los ojos enrojecidos de llanto.

    — ¡Ataca con tu rayo burbujas! —indicó la peli rosa rápidamente.

    El aludido disparó su chorro de burbujas contra el ave, quien hizo el esfuerzo de eludirlas y siendo retenido en su sitio por la parálisis que lo recorría. Salió disparado hacia atrás y chocó contra un árbol, quedando empapado y tirado en el suelo.

    — ¡Pidgeot, levántate! —ordenó James, alarmado— ¡Usa respiro, rápido!

    —Pid…geot…—
    el aludido se incorporó débilmente y se afirmó con sus alas extendidas contra el suelo para no irse de lado. Hinchó el buche mientras recuperaba parte de sus energías, pero Ryoko y Sparkles no iban a darle tregua esta vez.

    — ¡Bola voltio!

    — ¡¡Pidgeot, elévate!!


    El pokemon volador no pudo obedecer a aquella orden tan rápido, en medio de su recuperación. Tal vez hubiese podido resistir a la técnica gracias a su gran aguante, pero el estar con las plumas mojadas contribuyó a su derrota después del impacto que lo sacudió y arrancó un agónico grito de dolor. El ave cayó al suelo completamente desmayada, mientras Sparkles más adelante, lucía agitado y un tanto confuso de verlo tendido en la tierra. Con la facilidad que había sido derrotado en la primera ocasión, en su cabeza no podía imaginar al otro vencido, fue por ello que le costó asimilarlo en primera instancia.

    Mientras Itsuga soltaba un suspiro de alivio al ver que la pelea había marchado bien para ellos, James más allá estaba mudo de asombro e indignación. La mandíbula le tembló levemente, pero no de miedo. Apretó los dientes y en un inesperado movimiento, salió en dirección de Itsuga para atraparla y así concluir igualmente el trabajo: nadie debía enterarse del laboratorio.

    Ryoko solo alcanzó a ver la mancha negra moviéndose en su dirección antes de que pudiera darse la vuelta completamente para intentar retroceder. Soltó un grito de susto al verse tomada por sorpresa, pero uno de incredulidad le quitó el aliento cuando vio que Choco Mousse se interponía en el camino del sujeto para intentar detenerlo con una embestida de todo su cuerpo.

    Al igual que en la anterior ocasión, la coneja no logró más que retener al otro por un instante, dado su escaso tamaño y fuerza. Aterrizó en el suelo y se apartó para mirar arriba al otro sosteniéndose el estómago con ambos brazos y dejar caer algo de saliva entre los labios.

    — ¡Pequeña rata…! —dejó salir, aspirando por la boca para recuperar el aire.

    — ¡Choco Mousse, ven aquí ahora! —llamó Ryoko a algunos metros, con la voz aguda por el susto llevado.

    Su pokemon no atendió a la orden. Se quedó por un momento paralizada, fijos sus ojos con los del ladrón, aquel humano infame que se había llevado a quien ella más quería sin ninguna razón. O al menos ninguna lo suficientemente válida para ella. Sus ojos se mojaron de tristeza y furia. Vio al hombre abrir los brazos para atraparla y quitarla de en medio, pero algo se estremeció dentro de ella que la hizo soltar un grito, mezcla de coraje y desesperación.

    — ¡¡Bunearyyyy!!

    El brillo que cubrió su cuerpo refrenó a James a unos centímetros de alcanzarla: solo un pequeño esfuerzo, una presión sobre ese cuello tan diminuto y la pokemon ya no existiría más, pero la criatura que se alzó en frente de él podía resultar algo más difícil de estrangular.

    — ¡Punny! —chilló la coneja rosa, enfurecida y alzando sus enormes orejas.

    Movió ambas en el aire y mandó a volar al sujeto con un fuerte golpe de retribución que lo arrojó al suelo con un quejido. Sin tener suficiente con ello, la pokemon dio un salto hacia el aire, juntó las dos patas dándose impulso en su caída, y aterrizó con ellas en el estómago del sujeto, sacándole todo el aire que pudiera quedarle y consiguiendo que perdiera el conocimiento.

    — ¡Loppuny, Punny! —exclamó, alzando las orejas y dispuestas a usarlas para seguir golpeándolo en el suelo.

    — ¡No, Choco Mousse, detente! —llamó Ryoko a sus espaldas, corriendo en su dirección.

    La aludida se volvió a verla, extrañada, y en vez de una reprimenda o un coscorrón como hacía cuando enfadaba a su criadora, se quedó perpleja cuando se vio rodeada entre los brazos de la chica. Lo que más le sorprendió fue ver que ahora, no era diminuta y cabía sobre el pecho de la joven.

    — ¿Punny? —dejó salir, extrañada y mirándose las manos.

    Ahogó una exclamación al darse cuenta de que había evolucionado. En toda su ignorancia, creyó que aquel poder que había brotado en su interior solo había sido eso: una fuerza renovada que le había ayudado a luchar y deshacerse del malandrín. Nunca se había puesto a pensar que algún día evolucionaría.

    —Lo hiciste muy bien, estoy orgullosa de ti—felicitó Itsuga, frotando su cara contra la piel suave de la coneja—. Eres una Lopunny muy bella.

    Ésta se sonrojó completamente ante el halago y se cubrió la cara con las manos diminutas. Itsuga la soltó y se volvió a ver a su otro compañero, quien todavía miraba con incredulidad al Pidgeot caído. Fue por eso que se sorprendió en cuanto sintió las manos de Ryoko encima: soltó un chillido creyendo que serían más enemigos, y por poco estuvo a punto de electrocutarla.

    — ¡Soy yo, Sparkles, tranquilo!

    — ¡Lantuuurn! —
    exclamó él, nervioso y calmándose.

    Recibió un apretado abrazo por parte de su criadora, lo que le hizo sonreír levemente y con cierta pena.

    — ¡Te dije que podrías, Sparkles! ¡Eres un gran pokemon! —dijo ella, apartándose para mirarlo con una sonrisa llena de orgullo y satisfacción— ¡Lo hiciste estupendamente y no te desconcentraste ni una vez!

    — ¡Turn, Lanturn! —
    se alegró él también, aunque su semblante decayó rápidamente al recordar que no por haber vencido al Pidgeot habían recuperado al Croagunk—Lan…

    —No estés triste. Debemos regresar cuando antes a la ciudad y buscar a la policía—
    dijo, abriendo su bolsa y sacando sus pokebolas y pokenav—. Ellos nos ayudarán a buscar a Kuro y a los demás. Solo tengo que encontrar el mismo camino por el que salí del bosque la primera vez.

    Abrió el mapa del navegador y revisó las coordenadas que ahora tenía allí grabadas.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    — ¡Muchas gracias, que se mejore~! —despidió Esmeralda a la última compradora de aquel día, una ancianita tan arrugada que no le asomaban los ojos ni la boca.

    Esperó hasta que salió de la tienda y las puertas automáticas de cristal se cerraron a sus espaldas. Soltó un suspiro y se llevó una mano al cuello para masajearse levemente. Luego chasqueó los dedos.

    —Cierren la tienda—ordenó con su tono autoritario.

    Los demás vendedores del local se apresuraron a obedecer y bajar cortinas metálicas, poner candados y hacer la caja. Ella inspiró hondo, se estiró alzando los brazos hacia lo alto y de manera victoriosa se felicitó por su excelente trabajo. El móvil le sonó en el bolsillo trasero del pantalón, lo sacó y alzó las cejas de manera despectiva: era una llamada desde el laboratorio. Aquellas ratas no podían hacer nada sin ella cerca.

    “Justo cuando me preparaba para ir a tomar mi baño de espuma…” maldijo, mientras acercaba el aparato a su oreja.

    — ¿Qué ocurre?

    — ¡S-señorita Esmeralda, tenemos un serio problema! —
    soltó el sujeto del otro lado del aparato, con voz trémula y nerviosa. La mujer enarcó las cejas: probablemente no eran tan grave— ¡Una persona apareció hoy por el laboratorio, una chica!

    — ¡¿Qué has dicho?! —
    exclamó la jefa de ventas de GemStone, perdiendo levemente la compostura y sintiendo un palpitar fuerte en sus sienes.

    — ¡Eso me temo! Se coló en uno de los camiones de carga que venía de regreso. Robert y Tom intentaron atraparla, pero tenía pokemon para ayudarla. Suponemos que era una entrenadora—el tipo hizo una pausa—. Ya han salido a buscarla, pero…

    — ¡¿Pero qué?! ¡Habla de una vez!

    — ¡E-es que aún no dan con su paradero, y ya van unos diez minutos de esto! ¡Salió corriendo hacia el bosque…!

    — ¡No me importa si se fue al bosque o a una isla! —
    interrumpió la mujer, llamando la atención de todos por ahí con sus gritos— ¡Encuéntrenla a toda costa! ¡Nadie puede enterarse del laboratorio, ¿me oíste?! ¡Nadie! ¡Ugh! ¡Voy para allá! —soltó antes de cortar bruscamente.

    Se quitó la bata blanca y la arrojó al suelo, dejando su esbelta figura de prominentes senos a la vista. Se sacudió el largo cabello verde e inspiró para intentar tranquilizarse: debían encontrar a la chica sin importar qué. La seguridad del negocio dependía de ello, así como los mejores ingresos de GemStone en lo que iba del año y su futuro puesto como administradora de la organización…

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    — ¡Hey! —exclamó el pelirrojo a toda voz— ¡Un Croagunk se ha salido de la jaula!

    Kuro se echó para atrás y avisó al resto que uno de los tipos venía hacia ellos, y que estuvieran listos.

    En cuanto el sujeto apareció en la puerta con una red lista para atrapar al tipo veneno que se había salido de la celda, soltó una exclamación de horror y sorpresa al ver que no solo era uno el que se había salido, eran todos, y lo que era peor: la treintena de pokemon abrió la boca para dispararle bolas de lodo, todas al mismo tiempo, golpeándolo fría y dolorosamente hasta abatirlo y dejarlo hundido en fango espeso, pesado y pegajoso contra el suelo. Lo siguiente fue sentir a los anfibios saltando encima de él para salir, golpeándolo nuevamente, dejándolo medio aturdido y sin aire en el suelo.

    Los pokemon siguieron a Kuro por el pasillo hacia la derecha, omitiendo todas las demás puertas, vigilando en todas direcciones que los humanos no fueran a tomarlos desprevenidos. Cuando llegaron hasta la puerta metálica que daba hacia la salida, el pokemon de Ryoko indicó a sus acompañantes que debían atacarla para destruirla y salir de allí. Todos los que podían hicieron uso de sus mejores técnicas para debilitar la puerta metálica, golpeándola con puños, patadas, bombas de lodo y cuanta técnica fuera de utilidad para abrir la reja. Cuando por fin lograron hacerle un agujero en medio del metal, se llevaron la desagradable sorpresa de ver que los estaban esperando afuera.

    — ¡Es el Seismitoad! —gruñó su compañero entre dientes de solo ver su abultado cuerpo azul del otro lado— ¡Sabe usar terremotos muy fuertes! ¡Con eso me venció antes!

    — ¿Qué vamos a hacer? —
    preguntó el Croagunk variocolor, cubriéndose la cara con ambas manos heridas.

    — ¡No podremos salir!

    — ¡Nos van a vencer!

    — ¡No! ¡No nos vencerán! —
    soltó el Croagunk de temple agresivo— ¡Somos muchos para ellos, seremos nosotros quienes van a vencerlo!

    Muchos de los otros pokemon vieron la lógica de esto y se contagiaron de su fervor luchador. Kuro se quedó callado, pensando en si aquello sería una buena idea o no, pero no podían retroceder: de ningún modo podían devolverse, la salida estaba a tan solo algunos metros de ellos. Antes de que pudiera pensar en algo, el Croagunk se lanzó de un salto por el agujero y aterrizó del otro lado, siendo seguido por varios de sus congéneres. Al verlos aparecer, los ladrones que los esperaban del otro lado no perdieron tiempo y dieron sus órdenes: Kuro y su vecino de celda cerraron los ojos y se afirmaron con las manos al suelo en cuanto el terremoto sacudió los alrededores, sintiéndose adentro como un temblor. Al levantar las cabezas y mirar por el agujero, los humanos y sus pokemon seguían de pie, intactos, mientras que no se avistaba a ninguno de sus amigos azules por allí.

    —Los…venció…—tartamudeó el Croagunk gordito. Tragó saliva y retrocedió hasta chocarse con la pared de atrás: él no quería ser vapuleado por una técnica tan agresiva como aquella.

    Varios de los demás venenosos también se mostraron reacios a continuar, pero tampoco sabían qué hacer. Más de alguno propuso devolverse y buscar otra salida, pero el Croagunk amigo de Kuro les dijo lo mismo que él pensaba: a sus espaldas solo les esperaban más humanos listos para capturarlos.

    — ¡¿Cómo saldremos de aquí entonces?! ¿Estamos condenados? —preguntó una Croagunk con los ojos amarillos brillantes de lágrimas.

    Kuro se agarró la cabeza a dos manos, pensando. No era un genio de la estrategia como podían resultar Aselia o Hofire, pero sabía que tenía que hacer algo para ayudar a todos a salir de ahí. Solo o en conjunto. Como no podía pensar en algo para hacer en equipo sin mandar a todos a una derrota segura, se decidió a intentarlo él.

    —Yo iré—determinó por fin, avanzando a cuatro patas hacia la salida.

    Su compañero lo retuvo por una pata. Él se volvió a mirar.

    —Sabes que vas a acabar igual que los demás. Tenemos que buscar otra manera…

    —Voy a intentar algo. El único pokemon peligroso de allí es el Seismitoad, ¿no? —
    el otro asintió—Bien. Haré tiempo; trataré de distraerlo o algo. Ustedes ataquen al resto cuando se los diga, ¿entendieron?

    —Pero…

    — ¡Si no intentamos nada vendrán por nosotros!


    El Croagunk se quedó callado para luego asentir con la cabeza y soltarlo.

    —Estaremos esperando tu aviso.

    Kuro asintió y se dio prisa en salir por el agujero de la puerta metálica. Los Croagunk que habían salido antes estaban esparcidos por el suelo, desmayados. Él pasó por su lado y miró el panorama: sintió el sol tibio del atardecer en la piel, mientras el sol se escondía a lo lejos, tras las montañas. Dentro de poco oscurecería. Sentía que había estado una eternidad lejos de Ryoko y los demás…

    --------------------------------------------------------------------------------------​


    —Ahí viene otro Croagunk—soltó un ladrón con voz rasposa. Era muy alto y delgado, y un Pinsir esperaba junto a él—. Deshazte de él, Hiroki.

    —Será pan comido—
    respondió otro sujeto con un chasquido. Éste era más bajo, pero tenía brazos musculosos, como su pokemon—. ¡Seismitoad, usa terremoto!

    El aludido sonrió con malicia: aquellas victorias eran demasiado fáciles de obtener, lo que le habían subido los humos a la cabeza. Kuro se apegó al suelo, con todos sus músculos tirantes, listos para saltar. Vio al otro levantar la pata y dejarla caer en un instante, el que él usó para alcanzarlo con su golpe bajo, dándole en lo que podría considerarse, era el cuello de la otra rana. Le cortó la respiración con el golpe, usó su otra mano para apoyarse sobre su cara rechoncha y saltó hacia su cabeza, agarrándose de ella mientras el suelo se sacudía y rugía. El terremoto le sentó como un temblor allá arriba, aunque no por eso no le hizo estremecer. Seismitoad cayó de manos y rodillas al suelo, no adolorido, pero si tomado por sorpresa y recuperando la respiración interrumpida. Los demás ladrones se sorprendieron de la repentina jugada del venenoso, más cuando lo vieron agarrado de la cabeza de su rival.

    Kuro se inclinó hacia adelante, quedando su rostro en frente del de Seismitoad. La rana de tierra gruñó ante aquella burla y trató de soltarle un golpe, recibiéndolo en su propia cara en cuanto el Croagunk retrocedió hacia su espalda, aferrándose de las desagradables protuberancias en ella. Levantó sus dedos venenosos brillando y le inyectó su tóxico en una de las glándulas llenas de agua, tiñéndola de un malicioso color oscuro.

    — ¡Seismi…toad! —dejó salir el más grande, al sentir el veneno comenzar a esparcirse rápidamente por su cuerpo.

    — ¡Desgraciado! —rugió Hiroki, el entrenador del pokemon— ¿Qué están viendo ahí como tontos? —rugió a sus acompañantes.

    Éstos despertaron de la sorpresa y enviaron a sus pokemon a ayudar.

    — ¡Pinsir, atrapa a esa rana fastidiosa con tus pinzas!

    El pokemon insecto corrió con sus tenazas hacia adelante para intentar agarrar a Kuro, quien pegó un salto y se alejó, aterrizando en el suelo. El Dribflim que los ayudaba salió tras él, dio unos giros sobre sí mismo y creó un remolino que lanzó contra la rana, golpeándola y lanzándola hacia atrás. Kuro se puso de pie tan rápido como le fue posible, usó su doble equipo y pronto había otros seis Croagunk iguales a él. Los maleantes no supieron por cuál de ellos ir.

    — ¡Ugh, vamos por todos! —exclamó uno de ellos— ¡Pinsir, usa demolición!

    — ¡Seismitoad, puño drenaje!

    — ¡Dribflim, otro tornado!


    Los tres pokemon se lanzaron a la par que los seis Croagunk salieron a encararlos. Uno por uno los ataques fueron fallando y golpeando a las imágenes falsas, mientras el verdadero se colaba por sus espaldas y disparaba su carga tóxica contra el Seismitoad, causándole un daño considerable y lanzándolo al suelo.

    — ¡Ahí esta! —rugió uno de los sujetos, apuntándolo— ¡Pinsir, atrápalo!

    — ¡Pin!


    El enorme insecto corrió contra él; Kuro retrocedió y eludió su primer intento de contacto doblándose hacia atrás, luego se dobló hacia derecha y por fin se agachó completamente eludiendo un tercer intento. Cuando quiso apartarse, el Pinsir se lanzó bruscamente sobre él y consiguió cogerlo entre sus pinzas.

    — ¡Croag…! —se contuvo él, poniendo sus músculos tan duros como le fue posible para resistirse a aquella fuerza aplastante que lo estrujaba.

    — ¡Jajajaj! No podrá zafarse de esa—rió el sujeto, rascándose la nariz.

    La rana forcejó haciendo uso de toda su potencia para abrir las pinzas y liberarse, mientras el bicho abajo hacía otro tanto para contenerlo. Se mostró sorprendido en cuanto el otro empezó a ganar la pelea de fuerzas, pero Dribflim se encargó de ayudarlo a sostenerlo con sus largos brazos fantasmagóricos. Al ver que no podría contra ambos a la vez, Kuro volteó la cabeza hacia la puerta con el agujero y llamó:

    — ¡¡Croag, Croaag!!

    Adentro, los demás Croagunk lo oyeron y sin esperar nada más, saltaron hacia afuera y se esparcieron, viendo la terrible escena de los tres pokemon luchando contra el otro. Varios de ellos se quedaron ahí, pasmados e inseguros de irse dejando al otro a su suerte, mientras algunos los llamaban a continuar con el plan y escapar. El Croagunk que compartió encierro con Kuro se lo quedó viendo con una sombra de enfado en el rostro. No podía dejarlo así como así.

    — ¡Gunk Croag Gunk! —dijo al resto, indicándoles que se alejaran mientras él salía corriendo en sus cuatro patas.

    Los demás lo vieron irse y ayudar a recoger a sus compañeros que estaban tirados en el suelo, mientras Kuro se veía libre de las pinzas del insecto gigante después de que su camarada golpeara a éste por la espalda con su puya nociva. Dribflim, sin embargo, no lo soltó.

    — ¡Demonios! ¡Los demás Croagunk se están escapando! —exclamó el tercero de los bandidos al percatarse.

    El Croagunk de antes alcanzó al Dribflim arriba con su persecución, causándole un buen daño por su debilidad y consiguiendo que soltara a Kuro. Éste aterrizó sobre sus cuatro patas, respirando grandes bocanadas de aire después de todo el esfuerzo hecho. Su amigo aterrizó a su lado y lo ayudó a salir de allí.

    — ¡Croag Croag!

    — ¡Gunk…!


    Ambos intentaron alejarse siguiendo al grupo que se escabullía por la izquierda, pero Hiroki no iba a permitírselos.

    — ¡No irán a ninguna parte! —exclamó, cerrando sus enormes puños— ¡Seismitoad, usa terremoto y deshazte de todos ellos!

    Al oírle decir esto, todos los Croagunk que quedaban en el lugar se estremecieron y asustaron. Kuro no fue la excepción. Miró con los ojos amarillos desorbitados al Seismitoad gravemente afectado por el veneno intentar recuperarse para ejecutar el violento ataque y a todos los Croagunk que aún quedaban ahí. No, no podía permitir que los alcanzara a todos ellos.

    — ¡Croag! —exclamó su compañero, en cuanto el otro salió corriendo de su lado para ir contra Seismitoad.

    Corrió tan rápido como nunca antes. Debía impedir su ataque o todos los demás estarían en riesgo. Solo debía contenerlo, detenerlo de algún modo. Llegó junto a él y se ubicó justo en la trayectoria de su enorme puño contra el suelo, alzó los brazos y sintió la fuerza del otro impactarlo, la energía sísmica atravesar su cuerpo y caer amortiguada en tierra como un fuerte choque, más no como un golpe telúrico. El temblor fue apenas percibido por todos, pero a Kuro le cayó con terrible potencia.

    — ¡Seismitoad! —rugió la otra rana, furiosa de ver que el otro estorbaba.

    Levantó su pata y lo intentó nuevamente, con Kuro interponiéndose por segunda vez y reteniendo su golpe arriba. Se apartó con brusquedad y el cuerpo tembloroso, empezando a marearse por el esfuerzo. Miró hacia atrás y sus mejillas se inflaron con alivio y enfado a la vez, algo raro de explicar: aún quedaban algunos Croagunk, pocos, pero al menos ya varios estaban a salvo. Su compañero todavía estaba con él, enfrentándose como podía al Pinsir que buscaba venganza por el golpe traicionero. Miró al Seismitoad jadeante a causa del veneno que se comía sus últimas fuerzas, observarlo con un odio que nadie le había profesado antes. Debía sentirse humillado, lo que hizo que sin querer Kuro sonriera; era una segunda victoria.

    — ¡¡Toooaaaad!! —bramó el pokemon, alzando ambos brazos para dejarlos caer simultáneamente.

    Se sorprendió en cuanto sus brazos fueron retenidos a mitad de camino por una mano grande que le oprimió las muñecas. Al mirar, se encontró cara a cara con un pokemon de ojos amarillos penetrantes y una sonrisa torcida que le hizo dar un respingo. El aparecido lo empujó con facilidad hacia atrás abriendo los brazos y lo abofeteó tres veces con su espabila, dejándole las mejillas rojas y un poco de aturdimiento.

    — ¡¡Croaaag!! —soltó el pokemon azul, lanzándole un puñetazo a la cara que le quitó lo que le quedaba de fuerza y lo arrojó al suelo, noqueado.

    — ¡Demonios! —exclamó Hiroki— ¡Ese maldito evolucionó!

    — ¡Dribflim, ve por él! ¡Usa tu viento aciago!

    — ¡Flim!


    El globo movió los brazos y un viento fantasmagórico golpeó a los dos pokemon que quedaban allí. Kuro fue el primero en descubrirse, ubicarlo y correr hacia él en sus cuatro patas, alcanzándolo con una finta certera que arrancó un chillido al volador y lo desestabilizó. Al aterrizar, la rana intentó ir por él nuevamente, pero se vio atrapado desde atrás por las gruesas tenazas de Pinsir. El insecto comenzó a ejercer presión, pero pasados unos instantes de dar su mejor esfuerzo, se dio cuenta de que no conseguía cerrar sus pinzas ni un solo poco. Miró al otro hacia arriba, quien lo observó de vuelta e hinchando su bolsa, abrió los gruesos brazos para zafarse de una vez, darse la vuelta y meterle un puño dinámico en la cara, dejándole de paso marcada la frente por el pico de su nudillo.

    — ¡Sir! —gimió el rival, tocándose la cara.

    Reaccionó a tiempo para contener los golpes que el otro intentó asestarle, hasta que Kuro le soltó un chorro de líquido espeso y venenoso que lo quemó en los ojos y le hizo chillar. Con esto, el tipo luchador tuvo oportunidad de retroceder y dejarle caer encima una lluvia de rocas que aplastaron al insecto y lo dejaron sepultado. Por su parte, Dribflim no tuvo buen final a manos del Croagunk, quien aprovechó su golpe bajo para alcanzarlo en la altura antes de recibir un doloroso tornado, y lo noqueó cuando éste intentó apartarse para ir en ayuda de Pinsir gracias a su persecución.

    Los tres sujetos retrocedieron al ver que la rana de intimidante bolsa rojiza que subía y bajaba se los quedó viendo desde lejos, abriendo y cerrando los dedos.

    —Él no va a atacarnos… ¿verdad? —preguntó el más alto, tragando saliva.

    —No lo sé…

    Soltaron exclamaciones al ver que el pokemon se ponía en cuatro patas y salía corriendo contra ellos, por lo que se voltearon y salieron corriendo también. Toxicroak dio un salto y con su puño en alto, golpeó con éste el suelo produciendo un violeto terremoto, tal como le había visto hacer al Seismitoad una y otra vez, consiguiendo lanzar a los tipos al suelo de bruces. Hecho esto, hinchó el pecho y escupió sobre ellos bola de fango suficientes hasta dejarlos completamente sepultados y pegados a la tierra. Al menos así los únicos que habían visto por dónde se habían ido tardarían un rato en delatarlos, tiempo que ellos usarían para alejarse lo más posible de allí.

    — ¡Croagunk Croag! —llamó su compañero con los brazos en el aire.

    Él se volvió a verlo y corrió rápidamente de regreso a su lado, lo levantó repentinamente con una mano y lo dejó caer sobre su cabeza, obligándolo a afirmarse de su cuerno si no quería caer en lo que el Toxicroak corría rápido para salir de ese lugar y alcanzar a los demás Croagunk de más adelante. Kuro nunca volvió a experimentar una euforia parecida después de aquel día en que logró salir del terrorífico laboratorio, escapar de sus crueles carcelarios, y alejarse para siempre de la silenciosa y fría “máquina”.






    de tanto usar terremoto en él, kuro aprendió terremoto! ;A;
    ok no (?) pero sí, usamos MT terremoto para que lo aprenda ;v; quedan 2 en la bolsa (tengo 3 pero hay uno disperso)​
    everydayeveryday mañana sigo xD
     
    Última edición: 12 Ago 2018
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    everyday

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  16. Lady Beelze

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    Cerca del anochecer y gracias a que ahora tenía guardadas las indicaciones en su navegador para llegar a la ciudad sin darse vueltas por el bosque, Ryoko puso sus pies sobre el concreto y se detuvo a recuperar el aliento. Vio a Choco Mousse trotando a su lado, lista para seguir corriendo, como si aquella carrera que habían dado desde el bosque hasta el lugar no le hubiera afectado en nada. Tenía los ojos marrones de un tono acaramelado fijos al frente; seguro que en su cabeza lo único que había era la imagen de la pequeña rana dentro de ese edificio.

    —Ven, vamos…—dijo ella entre jadeos, tomando camino a la izquierda—es por aquí…

    — ¡Punny!


    En aquellos mismos instantes, un auto descapotable blanco muy llamativo se estacionaba en los alrededores del laboratorio con cierta brusquedad y haciendo chirriar sus neumáticos. Esmeralda se quedó muda de horror pues lo que había en frente de ella definitivamente no era lo que esperaba: un montón de gente fuera de sus puestos, otro montón tratando de sacar una pila de tierra y unos pokemon que eran recogidos por otros. Al bajarse del auto y caminar en aquella dirección, la imagen empeoró al ver que la puerta de carga, por donde sacaban el producto al exterior, estaba destruida y había signos de batalla por todos lados.

    Un sudor frío la recorrió de arriba abajo. Tragó saliva y presionó con fuerza el móvil entre sus dedos. Todo aquello se estaba desbandando, su perfecto plan y el de su superior, el joven Espinela. ¿Qué se supone que había pasado allí? ¿Qué iba a decirle ahora?

    — ¡¿Y los Croagunk?! —exigió saber antes de cualquier otra cosa.

    Los encargados del lugar la oyeron y se empequeñecieron en sus sitios. Nadie quiso levantar la mirada del suelo para responderle, hasta que uno de los científicos, aquel de barba prolija, carraspeó y decidió dar la cara por los demás.

    —Me temo que han escapado, señorita Esmeralda.

    — ¡Es impo…! ¡¿Ha sido esa mocosa que han mencionado antes?!

    —No tenemos forma de saberlo—
    negó él, moviendo suavemente la cabeza—. La hora de la aparición de la muchacha no coincide con el escape de los Croagunk. De hecho, existe alrededor de una hora de diferencia, aunque suponemos que fue por la…

    — ¡No me interesa porqué haya sido! —
    exclamó ella, moviendo su brazo bruscamente a un lado— ¡Quiero ver las cámaras de seguridad, ahora!

    La llevaron al interior del recinto, a la sala de monitoreo. Allí, una pantalla reprodujo en los alrededores la aparición de una niña de cabello esponjado que cargaba una Buneary e iba acompañada de un Lanturn; descendieron de uno de los camiones de carga que regresaba y ser perdieron en el bosque. Ni siquiera hizo amago de entrar, no dejó nada allí ni tomó al menos una fotografía, pero se aseguró de echar un buen vistazo a todo el lugar antes de salir corriendo. Las imágenes estaban en blanco y negro, pero Esmeralda no tuvo ninguna dificultad en reconocerla. La había visto aquella misma tarde, después de todo.

    —Es esa… ¡mocosa! —chilló, golpeando con su puño en el tablero y fijando sus ojos verdes en la imagen— ¡No puedo creerlo! ¡¿Cómo es que ella lo sabía…?!

    — ¿C-como dice, señorita? —
    preguntó el científico, asombrado.

    La aludida lo cogió por las solapas de su bata blanca y lo remeció violentamente.

    — ¡Ella estuvo en la tienda esta tarde! ¡Apareció preguntando por el veneno de los Croagunk! ¡Ella de algún modo sabía que nosotros teníamos relación con esos pokemon! —dio un respingo de sorpresa al percatarse de algo y soltó al sujeto, ensimismada en sus pensamientos— ¿No será que…le robaron uno de sus pokemon, y salió a buscarlo?

    Los demás presentes se miraron entre sí. Aquello era un poco descabellado, más no imposible. Era bien sabido que algunos entrenadores forjaban un vínculo muy fuerte con sus pokemon, pero lo normal era que acudieran a la policía para obtener ayuda. Esta niña, sin embargo, se las había arreglado de alguna manera para llegar nada menos que al sitio en donde estaban todos escondidos.

    Pero no puede asegurar que estuvieron aquí! —pensó la mujer, alzando la vista ceñuda— Ni siquiera alcanzó a mirar adentro…”

    Ahogó una exclamación al percatarse. ¡Ahora debía ir de camino a la policía para traerlos hacia el lugar! Su cabello se crispó y el vello apenas visible en sus brazos se electrificó de solo pensar en eso.

    — ¡Desmantelen este lugar! —gritó a los cuatro vientos — ¡Desmantelen todo! ¡Llamen a la farmacia y díganles que saquen todo de ahí cuanto antes!

    Las personas a su alrededor se pusieron a correr como hormigas que se han desordenado en medio de un trabajo. Esmeralda sintió un estremecimiento y tuvo que sujetarse al tablero de computadora a su espalda, llevándose una mano a la frente. Todo su brillante plan, su trabajo, la confianza de Espinela puesta en ella…todo se había derrumbado, gracias a una mocosa entrometida y a unos estúpidos Croagunk rebeldes. Se volvió a mirar la pantalla y tecleó, cambiando la cámara de seguridad para ver lo que había ocurrido esa tarde en el exterior.

    Sus secuaces habían sabido mantener la situación bajo control al principio. Habría sido sencillo si los Croagunk se hubieran atenido a solo intentar escapar por el agujero en la pared: haberlos machacado con un terremoto tras otro habría acabado con el problema, pero…

    —Esa pequeña sabandija…—masculló, mordiéndose una uña y mirando a un Croagunk en particular hacer piruetas encima del Seismitoad, esquivarlo a él y al Pinsir como si se tratara de un juguete de goma. No se molestó en seguir viendo el resto, pues su puño chocó contra las teclas e interrumpió la trasmisión. Ahora debía llamar a su superior y comunicarle las desastrosas noticias…y eso iba a ser todo menos agradable.

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    A esa misma hora y a varios kilómetros del nefasto laboratorio de las pesadillas de aquellos pokemon, los Croagunk deambulaban sin guía alguna por el bosque. Iban apiñados, sintiéndose más seguros en grupo, mirando en todas direcciones que ningún vándalo fuera a aparecer y listos a dar el aviso en caso de divisar algún peligro.

    Kuro iba detrás de todos ellos, algo más descansado después de la carrera que se dio alcanzándolos, sorprendiendo a todos de que ahora era mucho más grande y causando algunas emociones contradictorias en varios de ellos. Su antiguo compañero de celda marchaba a su lado, aún algo adolorido de la pelea con el Pinsir y el Dribflim, pero mirando de reojo al otro a su lado cada tanto sin poder evitar inflar las mejillas por la emoción. Kuro se hizo el desentendido al principio, pero después comenzó a resultar un tanto incómodo.

    — ¿En serio nunca has visto un Toxicroak antes? —le preguntó, mirándolo hacia abajo.

    —He visto muchos—replicó el otro, que era curiosamente mayor que él.

    — ¿Entonces por qué me miras a cada rato?

    —Porque nunca había visto a un amigo mío evolucionar en un Toxicroak y de paso salvarme a mí y a otros de una situación tan peligrosa—
    se rió la ranita, hinchando y deshinchando las mejillas—. Eso que hiciste allá atrás fue increíble.

    El aludido se apenó un poco, aunque por su tono de piel no se le alcanzó a notar. Se quedó ensimismado un momento, pensando en que de pronto era tan pequeño y ahora era más grande, más fuerte y más rápido. Su cuerpo estaba notoriamente cambiado, y la bolsa que se hinchaba en su pecho ni siquiera lo dejaba mirarse las patas, pero se sentía bien. Se preguntó si Ryoko o Nanab serían capaces de reconocerlo cuando lo vieran…

    —Todavía no sé cómo encontrarlas…—dijo por lo bajo.

    — ¿Eh? ¿Dijiste algo? —preguntó su compañero a un lado.

    Kuro despertó de su atraimiento, negó con la cabeza y sonrió al otro.

    — ¿Así que ahora somos amigos? —inquirió ante lo dicho por el más bajito hacía poco.

    El aludido sonrió anchamente y se llevó ambas manos tras la cabeza, mientras marchaba.

    —Me caíste bien desde el principio por ser tan callado. Los demás Croagunk no hacían más que llorar y lamentarse, aunque bueno—se encogió de hombros—, no podías culparlos. Yo también creí que tarde o temprano nos íbamos a morir ahí.

    El más alto asintió con la cabeza. Luego miró hacia delante, a la casi treintena de ranitas que croaban despacio, lucían extraviadas y trataban de decir por dónde ir. Ni él mismo sabía qué dirección debían tomar. Recordó que su entrenadora tenía un pequeño aparato que le decía por dónde ir, pero después de recordar que se dio mil vueltas por el bosque, pasando a veces por el mismo lugar en repetidas ocasiones, suspiró pensando que sería mejor seguir la intuición.

    —Yo digo que vayamos por aquí—dijo uno de los Croagunk de más adelante, apuntando hacia la derecha.

    — ¿Y por qué deberíamos ir por ahí? —inquirió otro, cruzándose de brazos.

    —…solo digo.

    —Pienso que los que tienen entrenador y dueños, que se vayan a buscarlos—
    sentenció otro, hinchando sus enormes mejillas anaranjadas con aire de mandamás—. Los demás que pertenecemos al bosque tenemos libertad de irnos.

    Varias voces asintieron a esta propuesta. Algunos argumentaron que sería mejor ir en grupo, así se ayudarían los unos a los otros, mientras que los salvajes decían que sería más fácil atraparlos a todos si iban en grupo. Empezaron a discutir los unos con los otros, alzando las voces y las manos. Algunos, más callados e indecisos, especialmente los que estaban acostumbrados a seguir al entrenador, se volvieron a ver al pokemon grande que estaba al final de la caravana con ojos expectantes. Al principio Kuro no cayó en cuenta de esta mirada inquisitiva de los luchadores, hasta que varios empezaron a fijarse en él y a hacer silencio. Por fin el aludido cayó en cuenta y se apuntó a la cara.

    — ¿Esperan que lo decida yo?

    —Tú nos ayudaste a salir de ahí—
    respondió el Croagunk variocolor, quien miraba ahora con otros ojos al más grande.

    —Sí, a ti se te ocurrió la idea.

    —Debemos separarnos—
    le dijo un Croagunk desde el lado izquierdo, alzando la mano—, así será más difícil que nos encuentren.

    — ¡No, no! —
    soltó una Croagunk del lado opuesto, levantando su mano—Separados somos más débiles que peleando juntos.

    —Pero esos humanos deben estar dispersos buscándonos por el bosque—
    argumentó el mismo de antes, con los brazos en jarra—, si encuentran a uno solo, no será la gran cosa.

    — ¡Ya, va! —
    le gritó el compañero de Kuro— ¿Y si tú fueras ese al que encuentran solo? ¿Quién va a ayudarte a salir del laboratorio?

    El pokemon en cuestión abrió expresivamente los ojos y luego se mostró apocado. Kuro por su lado, no tenía idea de qué hacer. Se frotó la bolsa roja, pensativo, preguntándose qué decidiría Ryoko en un momento como aquel. Seguramente la chica preferiría tener a todos a la vista, donde pudiera asegurarlos en caso de cualquier problema. Ojalá ella estuviera aquí para hacerse cargo de la situación y no fuera él quien se viera bajo esa presión. Inspiró hondo y su bolsa creció tres veces su tamaño, asustándolo. La apretó entre sus manos para devolverle su tamaño y el aire se le salió a fuerza por la nariz.

    —Esos humanos están trabajando juntos para encontrarnos—explicó, rascándose la cabeza—, y es así mismo como tenemos que evitarlos: estando todos juntos.

    — ¿Cómo haremos eso? —
    preguntó el Croagunk gordito.

    —Ehm…por ahora solo vamos a seguir alejándonos del laboratorio. Tenemos que encontrar a los humanos, a los entrenadores: ellos nos ayudarán a que esos ladrones ya no nos persigan.

    —Sí, sí, habla por tu propia cuenta—
    dijo un Croagunk de tono más oscuro que el habitual, cruzado de brazos—. ¿Qué pasa con el resto de nosotros? ¿Los que no tenemos entrenador?

    — ¡Sí! ¿Qué será de nosotros?


    Los pokemon salvajes empezaron a croar todos a la vez, algunos en quejas, otros en lamentos. Toxicroak se cubrió la cabeza con ambas manos.

    — ¡Escuchen! No se trata de que a los pokemon con dueño nos van a poner a salvo—trató de explicarles—, se trata de que los entrenadores van a decirle a los policías que los ladrones nos están persiguiendo, y ellos van a perseguirlos a su vez.

    —Err… ¿qué son policías? —
    preguntó uno salvaje.

    —Son personas buenas que atrapan ladrones, para que dejen de robar—explicó Kuro. En más de alguna ocasión Ryoko se lo había llevado a alguna aventura en la que había cooperado con la policía, así que la rana tenía alguna idea sobre ellos y lo que hacían.

    — ¡Aahh! Entonces, solo hay que decirles a esos policías que nos están persiguiendo, y ellos atraparán a esos ladrones—concluyó una Croagunk, aplaudiendo— ¿verdad?

    —Así es. Cuando la policía se deshaga de los ladrones, entonces cada quien podrá irse tranquilo a su casa.

    — ¡Podré regresar con Marion! —
    exclamó el Croagunk depresivo, con los ojos llenos de lágrimas ante la emoción.

    — ¡Y yo a mi madriguera a los pies del sauce! —soltó otro.

    Las ranitas empezaron a croar, esta vez de felicidad al imaginarse que regresarían sanos y salvos a sus vidas tranquilas en el bosque, y los otros con sus dueños. Kuro sonrió contagiado de la felicidad de ellos, imaginándose también de vuelta con Ryoko y sus demás amigos, cuando algo lo alertó e hizo levantar la cabeza, hacia el cielo oscuro de aquella noche. Los Pidgey y Starly volaban en la misma dirección que ellos, rápido. No era normal que las aves salieran a volar de noche.

    —Algo se acerca—dijo su amigo abajo, también percatándose de ello.

    La rana más alta miró sobre su hombro: los ladrones todavía debían estar tras su pista y ellos estaban allí perdiendo el tiempo. Comenzó a empujar a todos para que siguieran avanzando entre la espesura del bosque, aunque no tenían idea de hacia dónde debían ir. Solo pasaba por su cabeza que debían seguir alejándose del laboratorio: no quería regresar a ese lugar bajo ninguna circunstancia.


    --------------------------------------------------------------------------------------​


    Cuando por fin llegó a la estación de policía, Itsuga suspiró aliviada de ver luces encendidas adentro y varias patrullas automovilísticas afuera. Al acercarse, seguida de su Lopunny, se percató de que la misma mujer morena de antes estaba hablando con los patrulleros nocturnos, leyendo una plantilla y dándoles indicaciones. No estaba ninguna de las personas que había visto en la tarde.

    — ¡Disculpe! —llamó ella, tratando de abrirse paso por entre los policías— ¡Oficial!

    La mujer alzó la cabeza al reconocer su voz. Frunció el ceño y soltó un leve suspiro irritado. Los demás trabajadores impidieron que Ryoko se acercara.

    —No puedes pasar, jovencita: estamos en medio de un operativo.

    — ¡Ya lo sé! ¡Ya sé dónde tienen a los Croagunk!


    Esto hizo que todos se mostraran asombrados y se volvieron a verla. La oficial al mando parpadeó con incredulidad un par de veces. Luego se puso ceñuda otra vez y se acercó con los brazos en jarra, mientras los dos más jóvenes soltaban a la peli rosa. Ryoko le sostuvo la mirada con los labios muy juntos y apretados, como desafiándola.

    — ¿Sí? ¿Y me puedes decir dónde es eso?

    —Lo tengo guardado en mi pokenav; estuve allí hace un rato y lo vi: es un edificio enorme y gris de donde meten y sacan cajas con unas cremas…

    — ¿Cremas? ¡Ah! —
    dedujo—Por favor: debe ser solo la central de una importadora de cosméticos. Hay de esas por todos lados.

    — ¡No! ¡Ahí tienen a los Croagunk! Están haciendo crema para los dolores musculares—
    echó mano en su bolso, buscando el frasco y se lo enseñó—, es sabido que el veneno de los Croagunk calma el dolor físico, pero solo en pequeñas cantidades y bajo supervisión. Estas personas están capturando a los Croagunk y usando su veneno para vender estas pomadas.

    La oficial tomó el frasco, leyó sus componentes y arrugó la nariz.

    —Dice que está fabricado con bayas y flores…

    — ¡No es verdad! Mi pokemon olió ese frasco, y tiene un olor similar al de los Croagunk—
    rebatió la chica, cerrando los puños—. Fui a ese laboratorio a investigar y trataron de atraparme. ¡Dijeron que nadie debía saber sobre ese lugar!

    —Jovencita—
    dijo la mujer con tono cortante y los brazos en jarra—, es normal que quisieran detenerte, te estabas involucrando en propiedad privada y eso es un delito.

    La aludida retrocedió un paso y tragó saliva, pero no estaba dispuesta a darse por vencida.

    —Le estoy diciendo la verdad. Cuando escapé de allí, el mismo ladrón que me robó a mi Croagunk apareció poco después para intentar atraparme. ¡Están trabajando juntos! ¿Por qué no lo entiende?

    — ¿Tienes siquiera alguna prueba de que los Croagunk están allí dentro? Porque no puedo ingresar a un lugar sin una orden judicial, y para ello necesito muchas pero que muchas pruebas—
    bufó—, y no solo meras conjeturas.

    Ryoko sintió algo desagradable y frío revolviéndose dentro de ella. Era como si esa mujer le cerrara las puertas en la cara una y otra vez. A su lado, Choco Mousse la miraba angustiada de ver que su entrenadora estaba perdiendo la pelea. ¡Ella también sabía que era verdad, pero no tenían modo de hacérselo entender!

    Al ver que la niña del cabello rosa bajaba la mirada, sumida en sus pensamientos, la oficial se sintió ligeramente tocada por su desconsuelo. Suspiró y se volvió a mirarla:

    —Mira—soltó con un tono más comprensivo—, créeme que entiendo que estés desesperada por encontrar a tu pokemon, pero no es así como funcionan las cosas…

    — ¡Hnnnngg! —
    estalló Ryoko, apretando puños, dientes y ojos. No quería escuchar sus palabras de consuelo, ¡lo que necesitaba era ayuda! — ¡Lo haré yo sola, no puedo si quiera contar con la policía! —se dio la vuelta para que no vieran sus lágrimas de impotencia—Si el oficial O’connor estuviera aquí él me creería…—dejó salir con los labios temblorosos y lamentando que el hombre no estuviese allí para ayudarla.

    Se abrió paso entre los policías, pero no alcanzó a llegar muy lejos cuando escuchó:

    — ¿James O’connor?

    Oír ese nombre hizo que la criadora se detuviera en seco y se volviera a ver. Choco Mousse la observó extrañada, pues ella todavía no conocía a tal persona. La oficial le miró con las cejas enarcadas, esperando una respuesta.

    —S-sí, Mike O’connor…

    —Lo conozco. Fuimos compañeros en la academia de policía. Competíamos en todo—
    sonrió vagamente y al instante perdió el gesto—. ¿Dices que también lo conoces?

    Ryoko vio allí su tal vez única oportunidad de conseguir ayuda. Se volvió completamente y explicó:

    —Sí, lo he ayudado muchas veces en varios casos. Él dice…—se avergonzó de pronto y bajó la mirada—bueno, él dice que confía en mí y por eso siempre me deja ayudarlo cuando nos encontramos…

    — ¡Hmph! O’connor es muy cuidadoso a la hora de elegir a las personas en las que confiar. Si realmente es cierto que confía en ti…—
    se llevó una mano al rostro mientras se decidía y por fin respondió: —Mira, tienes todo en contra en esta situación, jovencita, pero solo por tratarse de un viejo compañero de trabajo dándote crédito, te daré una oportunidad. Solo una—alzó su dedo contra ella—. Llévame a dónde está ese tal laboratorio y haré una breve inspección. Si no encuentro nada que nos relacione al caso de los Croagunk, te juro que te pondré bajo custodia para que no sigas interfiriendo.

    Al oír ese tono de amenaza, Choco Mousse se enfadó y se volvió contra ella con los puños cerrados, pero el brazo de Ryoko en frente, conteniéndola, le hizo detenerse.

    —De acuerdo. Trato hecho.





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    Mientras continuaban su búsqueda de la ciudad, algún poblado cercano o personas a las cuales acudir por ayuda, el grupo de Croagunk fue poco a poco socializando entre ellos, contándose las terroríficas experiencias por las que habían pasado dentro del laboratorio, o quien llevaba encerrado más tiempo. Lo “calculaban” según quien tenía las manos con más pinchazos, aunque no era algo que lucieran con orgullo. Kuro los escuchaba hablar bajito, con sus mejillas produciendo ese gracioso sonido ronco. Ahora su bolsa producía una especie de gorjeo grave, como un ronquido apenas audible, pero si se le ocurría inspirar demasiado hondo, se escuchaba como agua hirviendo furiosamente en una cacerola, o eso era lo que escuchaba cuando Ryoko trataba de cocinar fideos o verduras para el almuerzo.

    El solo recordar la comida de Itsuga, que, si bien no podía tacharse de sabrosa, hizo que el estómago del pokemon gruñera de manera notoria. Éste se avergonzó y al instante oyó otro gruñido junto a él, luego otro y otro más adelante, hasta que fue evidente que la mayoría de los pokemon se estaban muriendo de hambre y sus estómagos empezaron a recordárselos los unos a los otros. Detuvieron la marcha.

    —Debemos conseguir algo para comer—dijo el Croagunk a su lado, frotándose la panza con ambas manos.

    —Yo puedo conseguir hongos muy sabrosos—dijo uno de los salvajes, alzando su manito.

    — ¿Para todos nosotros? —inquirió el pokemon rudo con sarcasmo, quien durante el camino se había despertado de su desmayo por el terremoto recibido.

    —Ehm…no…

    —Podemos juntar bayas y frutas de los árboles—
    sugirió una ranita. Varios apoyaron su idea.

    Se volvieron a mirar al pokemon más alto, quien de nuevo dio un leve salto al ver que todos le estaban prestando atención. Tantos pares de ojos amarillos puestos en uno podía resultar de lo más desconcertante. El mayor se rascó el cuello, preguntándose si haber evolucionado era algo realmente positivo. Que todos esperaran sus resoluciones era demasiado arriesgado, en su opinión.

    —Vamos a juntar hongos y bayas—dijo por fin—, pero no vamos a dispersarnos demasiado. Todos tienen que ir con un compañero y si escuchan algo extraño, regresen aquí cuanto antes—tocó a un lado el enorme pino que se extendía hacia el manto oscuro.

    — ¿Puedo ir contigo? —preguntó el Croagunk variocolor, ilusionado.

    —Pero yo quería ir con él…—dejó salir otro de ellos, inflando los mofletes.

    — ¡Yo lo he dicho primero!

    Toxicroak inspiró y suspiró. Luego se dejó caer sentado al suelo y se cruzó de brazos.

    —Vayan ustedes dos juntos: yo me quedaré en este lugar.

    — ¡¿Eh?! —
    exclamaron los otros a la par— ¡¿Por qué?!

    —Les he dicho a todos que si pasa algo extraño regresen aquí. Si un humano o un pokemon peligroso viene persiguiéndolos tendré que deshacerme de ellos. Soy el más grande ahora, ¿saben? Además, alguien tiene que vigilar la comida.


    Los demás no pudieron más que darle la razón. Se marcharon desanimados a juntar frutas, mientras el Croagunk rudo que soltaba patadas a las rejas y desafiaba a todos los humanos que se metían a la celda, se quedó viendo a Kuro ceñudo y con sus mejillas muy hinchadas. Éste se percató de su gesto, sonrió e hinchó más la bolsa.

    — ¿Tienes algún problema?

    — ¿Cómo le hiciste para evolucionar allá? —
    quiso saber el más bajito, cerrando los puños.

    — ¿Y yo qué sé? Salió sin más—se alzó de hombros—. Si los pokemon pudiéramos controlar nuestra evolución, yo todavía sería un Croagunk y así no andarían todos preguntándome qué hacer. Como si haberme hecho más grande me hubiese vuelto de pronto más inteligente, ¡pfff!—abrió las manos y entornó los ojos.

    El Croagunk no pareció del todo contento con la respuesta, pero le daba la razón respecto de que nadie podía controlar su evolución. A veces llegaba antes, a veces después. A algunos les llegaba en el momento justo. Se preguntó si el de ese pokemon que tenía en frente había sido en el momento adecuado. Bufó por la nariz y se le acercó, ahora sin el aire agresivo de antes.

    —Así que tienes entrenador.

    —Es una chica, de hecho. Y muy dulce—
    sonrió más—. Nos trata a todos como si fuéramos sus bebés, aunque seamos más grandes y fuertes que ella.

    —Debió entrenarte muy duro para que evolucionaras y seas tan fuerte. Me dijeron los otros que le retuviste tres terremotos a ese estúpido Seismitoad.


    Toxicroak ladeó la cabeza y miró hacia el cielo. La luna llena se dibujaba entre espesas nubes que apenas dejaban caer los rayos platinos sobre las copas de los árboles. ¿Dónde estarían Ryoko y los demás ahora? ¿En un centro pokemon? ¿En la ciudad, preguntando por él? ¿Buscándolo en el bosque, tal vez? Le hubiese gustado tener suficiente suerte como para topársela por ahí, irse a dormir a su pokebola y dejarle a ella todo lo demás.

    —Oye—le despertó el otro de su ensimismamiento.

    Kuro dio un respingo y bajó la mirada a verlo.

    —No. De hecho, me entrenó muy poco—confesó, sorprendiendo al más chico—. Sentía que yo era muy joven todavía, así que me hacía participar de algunas peleas, pero nunca me llevó a un gimnasio o a alguna de esas aventuras salvajes que cuentan mis amigos.

    — ¿Qué…qué es un gimnasio?

    —Es un lugar—
    alzó los hombros sin más.

    — ¿Cómo es que pudiste evolucionar sin esfuerzo, entonces?

    El aludido se rascó el mentón, preguntándose lo mismo. La mayor parte del tiempo que había pasado con Ryoko había sido jugando, haciendo cosas juntos como cuidar huevos, tareas hogareñas e incluso cocinar. ¡Cielos! Ahora que lo recordaba, él sabía cocinar una que otra cosa después de haber ayudado tantas veces a su criadora a preparar el almuerzo de sus pokemon. Tomar siestas juntos, baños, masajes, juegos aburridos con ella, con Nanab o los demás…

    — ¿Tú tienes amigos? —le preguntó al Croagunk.

    —No.

    — ¿Familia?

    —No. Vivo solo, en las afueras del bosque.

    —Pues…se me ocurre que evolucionar no tiene que ser a fuerza por entrenar muy duro y hacerse más poderoso—
    el pokemon abajo ladeó la cabeza, extrañado—, pienso que también se trata de ser muy feliz y disfrutar la vida lo más que se pueda—añadió, cerrando los ojos y sonriendo lleno de tranquilidad.

    Para la ranita de mal carácter aquella fue una explicación de lo más rara, pero antes de que pudiera preguntar más, los demás pokemon empezaron a llegar cargados de bayas, hongos, frutas y algunas raíces comestibles. Venían, las dejaban a los pies del pino y se marchaban, siempre en grupito y hablando en voz baja. Se veían mucho más tranquilas y amigables que cuando Kuro las vio encerradas, estresadas y aterradas en las jaulas. Se sintió muy a gusto en aquella pequeña comunidad de Croagunk. Él nunca lo había experimentado antes, pues había salido de otro de los huevos que Hofire se había encontrado por ahí…

    — ¡Oigaaaan! —llamó uno de los pokemon de pronto, apareciendo entre la hierba alta. Venía con su brazo en alto— ¡Miren, miren lo que encontré!

    Los que estaban allí se detuvieron de lo que hacían y se acercaron a mirar. El pokemon dejó lo que cargaba en su mano frente a Kuro, encima del pasto. Todos abrieron la boca en sorpresa. Se trataba de una hoja de color rojo.

    — ¡Es el árbol rojo! —dijo el más rechonchito, aplaudiendo.

    — ¡Sí, el árbol rojo! ¡Yo también lo vi! —dijo una Croagunk.

    — ¡También yo!

    — ¡Igual yo lo vi cuando me traían al laboratorio! —
    soltó otro, todos emocionándose ante lo que aquello significaba— ¡Al otro lado del árbol rojo había un camino!

    — ¡Los caminos llevan a las personas!

    — ¡Significa que estamos muy cerca!


    Los pokemon empezaron a croar y a aplaudir de felicidad. Por un momento Kuro se sintió igual de feliz que ellos. Él también había visto ese árbol cerca del camino, el único manchón diferente entre tanto verdor, y seguramente llevaba a la ciudad, lo que podría llevarle a reencontrarse pronto con Ryoko. Sin embargo, después de que repartieron la comida encontrada y mientras hablaban de lo emocionante que sería poder regresar a sus hogares en el bosque con tranquilidad, o de vuelta a brazos de sus dueños, la emoción del Toxicroak se fue apagando mientras en su cabeza empezaba a dar vueltas una idea. Una no muy alentadora.

    Con el pico de su mano derecha hizo un punto en la tierra. Luego hizo una raya a la derecha de éste. Tal y como Williams improvisara su propio mapa en su aleta para regresar a ciudad Feather, Kuro trazaba un tosco plano de puntos y rayas para intentar poner en orden las cosas. Su amigo a un lado lo miraba con curiosidad hacer dibujitos en el suelo.

    — ¿Qué se supone que haces?

    —…cuando me traían al laboratorio, vi el árbol rojo en ese sitio—
    indicó el punto—, y el camino a la ciudad estaba hacia allá, a la derecha. Así que el laboratorio estaba por aquí—hizo un segundo punto, más alejado del primero.

    — ¿Yyyyy…qué con eso?

    —O sea que nos hemos escapado en la dirección del árbol y los humanos deberían estar siguiéndonos la pista desde aquí—
    hizo una señal de que los ladrones vendrían hacia ellos, hacia el árbol.

    — ¿Y? Solo tenemos que llegar al camino y de ahí buscar a los entrenadores—se encogió de hombros, sin ver porqué el otro se hacía caldo de cabeza.

    Los ojos amarillos de la rana se quedaron fijos en su plano de puntos y rayas sin sentido aparente. El aire en su bolsa empezó a moverse más despacio, lento, conforme la idea se iba esclareciendo y él se percataba del error. Ahogó una exclamación y dejó caer la seta que tenía en la otra mano.

    — ¡No! —dejó salir sin aire, poniéndose de pie— ¡Estamos yendo hacia una trampa!

    --------------------------------------------------------------------------------------​

    El móvil de la oficial Serrano —que era el nombre de la mujer, descubrió Ryoko durante el trayecto— se detuvo a varios metros del edificio gris, oscuro y silencioso que aparecía marcado en el mapa del automóvil, conectado al pokenav de la chica.

    — ¡Lopunny Punny! —exclamó Choco Mousse, levantándose de un salto de su asiento y apuntando hacia el sitio.

    —Sí, aquí estuvimos esta tarde—dijo Itsuga, quitándose el cinturón y bajando del asiento del copiloto. Buneary la siguió y Serrano se acercó, poniendo ambas manos en su cinturón.

    No le gustaba meterse en ningún lugar si no tenía un buen motivo para ello, mucho menos prueba, y todavía menos sin una orden. El sitio parecía desierto pero había huellas por doquier que indicaban una reciente actividad. Como la luz de la luna no servía para ver lo suficiente, la oficial encendió la linterna que cargaba consigo y echó un vistazo, a la par que la peli rosa iba hasta el camino de entrada y veía todo cerrado. Dio la vuelta y encontró la puerta metálica de salida cerrada con trozos de fierro, como en una apresurada reparación. Esto hizo que arriscara la nariz.

    — ¡Sal, Randall!

    La esfera voló y el cachorro de roca apareció somnoliento. Sacudió la cabeza y ladró un par de veces al percatarse del olor familiar. Ni siquiera tuvieron que decirle qué hacer, él solo pegó su nariz al pasto y empezó a olisquear por todos lados, moviendo la cola, yendo de allá para acá y dando vueltas en círculos.

    — ¡Rock Rock Rock!

    — ¡Lop Lopunny! —
    celebraba Choco Mousse, dando saltos y aplaudiendo.

    Los ojos de Itsuga se humedecieron de felicidad al comprender que, en efecto, la pista de su Kuro estaba allí. Fue corriendo a buscar a Serrano, quien había intentado inútilmente llamar a la puerta —aunque por el aspecto del sitio no esperó que le contestaran— y ahora examinaba las huellas de los camiones dejadas en la tierra con su linterna. Habían salido muchos vehículos de ahí, y a juzgar por lo blando del suelo, no había sido hacía mucho.

    — ¡Oficial Serrano! —le llamó ella desde el otro lado— ¡Venga, por favor! ¡Mi pokemon ha encontrado el rastro de los Croagunk, y hay muchas huellas…!

    —Ya va, ya me di cuenta—
    soltó ella, arriscando la nariz.

    Se acercó hacia donde llamaba la menor y barrió con la luz el lugar: signos de batalla, puerta destruida y medio disimulada. Sitio abandonado y lo más interesante y obvio: huellas de patitas de Croagunk por todos lados. Había una marca peculiar de la que nadie se percató, pues estaba confundida con el resto de las pisadas de personas y pokemon, pero Randall no necesitaba mirar su forma para relacionarla con la baya peragu.

    — ¡Rock Rock! —seguía llamando.

    — ¿Lo ve? ¡Lo que le dije es cierto…!

    La mano de la policía frente a su rostro la hizo callar. La mayor tenía el radio pegado a su oreja, mientras la frecuencia se ajustaba un poco.

    —Móvil 2-133 a todas las unidades: tengo una situación de posible robo masivo de pokemon. Los perpetradores están escapando. Ordenen a la comisaría un cierre de los caminos y revisión de todo vehículo de transporte pesado.

    Estuvo por terminar, pero Ryoko le tiró levemente del borde de la camisa.

    —L-la farmacia: tienen que ir por la farmacia…

    —Ah, sí—
    volvió a decir al aparato—, dirijan unidades al sector de la calle Lombardo 478: rodeen la farmacia e inspeccionen todo el lugar.

    Recibió confirmación por parte de su interlocutor y dejó el radio de vuelta en su bolsillo superior. Inspiró hondo y suspiró con una mezcla de desazón y admiración. Luego miró a la peli rosa a un lado, quien con las manos apretadas sobre el pecho, seguía atentamente a su Rockruff, quien trataba de descifrar el olor de Kuro por entre todos los aromas allí mezclados.

    — ¿Ese pokemon es demasiado importante para ti, jovencita?

    —Todos mis pokemon son demasiado importantes para mí—
    respondió ella, sin volverse a mirarla—. Todos y cada uno de ellos. No los capturo por placer ni para que me sean útiles. Los tengo porque los admiro, los quiero y quiero entregarles todos mis cuidados y esfuerzo. A Kuro lo tengo desde que salió de su huevo, y a pesar de que es como es—se refirió a su escasa capacidad de expresión afectuosa—lo quiero demasiado como para no buscarlo, aunque tenga que darme diez vueltas alrededor del planeta.

    Serrano se sorprendió de la determinación con la que hablaba. Luego sonrió y se llevó una mano al mentón, comprendiendo porqué su viejo camarada O’connor parecía tenerle cierta confianza a la muchacha.

    — ¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Itsuga, despertándola.

    —Vamos a esperar aquí hasta que lleguen las unidades. No deberían tardar mucho—miró el reloj de su muñeca e hizo los cálculos—. Después de eso procederemos a hacer un barrido de la zona: al parecer los Croagunk han escapado al bosque, así que puede que tengamos suerte y los encontremos a ellos y también a los “demás”—sonrió con cierta malicia.





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    Sabiendo ahora que habían estado yendo directo hacia las manos del enemigo, los Croagunk junto con Kuro cambiaron por completo su ruta y se encaminaron en la dirección opuesta, internándose de esa manera en el bosque y alejándose del camino que llevaba a la ciudad. Por supuesto que esto no fue nada de fácil de conseguir para el Toxicroak, quien tuvo que explicarles a las ranas y convencerlas de por qué no debían ir a buscar el camino.

    — ¡Antes dijiste que buscáramos el árbol rojo! —se quejó el Croagunk de mal genio, alzando los brazos — ¡Ahora nos dices que tenemos que evitarlo!

    — ¡Sí! ¡Se suponía que en la ciudad buscaríamos a los entrenadores!

    — ¡Y ellos avisarían a esos policías para que los ladrones ya no nos persiguieran!

    — ¡No, no! —
    soltó Kuro, con ambas manos en la cabeza y tratando de no desesperarse por las quejas de los más pequeñitos— ¿Qué no lo entienden? ¡Esos ladrones nos están esperando en el camino!

    — ¿Y cómo lo sabes? —
    preguntó el variocolor, notoriamente confundido.

    El otro suspiró y consiguió serenarse. Era inusual en él que perdiera la calma.

    —Tú—apuntó a un Croagunk cualquiera, uno con el que nunca había hablado— ¿viste el árbol rojo cuando te llevaban al laboratorio?

    —Sí.

    —Y tú—
    apuntó a otro, en otro extremo—, ¿lo viste también?

    El aludido asintió con la cabeza. Se lo preguntó a otro y a otro más, siempre obteniendo afirmativas.

    —Todos vimos el árbol rojo cuando nos traían al laboratorio. ¿Creen que eso fue una coincidencia? —los pokemon venenosos empezaron a mirarse contrariados, mientras sus mejillas se inflaban y desinflaban, nerviosas—Esos humanos querían que viéramos el árbol. Era el único de ese extraño color tan llamativo, y estaba junto al camino porque todos los pokemon, salvajes o no, sabemos que los humanos son los que hacen los caminos, y viven en las ciudades por donde llegan esos caminos—apuntó a lo lejos, hacia donde habían encontrado las hojas rojas.

    —Pero—dijo su amigo, ladeando la cabeza—, ¿para qué querían que viéramos el árbol?

    —Porque si algún Croagunk con entrenador conseguía escapar, buscaría el árbol rojo y de esa forma llegaría hasta el camino para buscar la ciudad—
    explicó Kuro—; ellos deben estar allá ahora, esperándonos.

    El pánico se apoderó de todos los pokemon venenosos, quienes se sacudieron y empezaron a croar con más fuerza. El Croagunk rechonchito, a un lado, se cubrió los ojos con las manos mientras sollozaba.

    — ¡Lo sabía, estamos condenados! ¡Vamos a morir de cualquier manera!

    — ¡Pero no quiero morir!

    — ¡Nadie se va a morir! —
    le cortó Kuro, un tanto enfadado de oírlos decir eso—Vamos a alejarnos del árbol y del camino. Encontraremos humanos que puedan ayudarnos en otro lugar.

    — ¿Cómo estás tan seguro de eso? —
    preguntó una Croagunk más pequeñita de lo normal.

    Las veintenas de pares de ojos amarillos se quedaron fijos en la figura más alta, quien de pronto se sintió un tanto aplastado por aquella excesiva atención. Su bolsa roja vibró y el tragó saliva muy amarga.

    —Mi dueña me está buscando—soltó por fin—y no va a dejar de buscarme hasta encontrarme. Y estoy seguro que los que aquí tienen dueño también están siendo buscados. No podemos rendirnos si apenas acabamos de librarnos de esos sujetos.

    — ¿Estás seguro de que te están buscando? —
    preguntó el Croagunk ceñudo con un bufido.

    Kuro sonrió levemente y se rascó la cabeza. No tenía forma de explicarle lo mucho que Ryoko lo amaba, a él y a sus demás pokemon, porque ni él podía explicar el cariño profundo que esa chica les tenía. Cuando fue a abrir la boca para decir algo, uno de los pokemon que estaba allí cerca dijo en un sollozo:

    —Yo…yo creo que Marion también me está buscando…ella me quiere mucho…

    —Johnny debe estar buscándome también—
    añadió el de curioso tono, alzando levemente la pata—, dice que soy el mejor Croagunk del mundo, especialmente por mi color—se avergonzó un poco.

    Varios otros, aquellos que tenían dueño, también empezaron a creer en que sus entrenadores se estarían esforzando por encontrarlos, tanto como ellos por regresar con sus amos. Esto sirvió para darle empuje al grupo de continuar y eludir en lo posible a los miembros de GemStone, los que efectivamente, los esperaban a un lado del camino, cerca del árbol rojo.

    — ¡Ugh! Esas pequeñas pestes ya se han tardado demasiado en aparecer por aquí—dijo Esmeralda, con unos binoculares de visión nocturna frente a sus ojos.

    Dos camionetas todo terreno pintadas de camuflaje estaban escondidas entre la espesura del bosque, disimuladas gracias a su color oscuro y las sombras nocturnas. Una decena de cazadores esperaban la aparición de los Croagunk, teniendo confianza ciega de que las ranas habrían visto el pintoresco abeto que guiaba hasta la carretera. El Smeargle de Esmeralda se había encargado de darle aquella tonalidad gracias a su pintura natural cada día, pero en las cuatro horas que habían pasado después del escape de los tipo lucha, ni un solo Croagunk había aparecido por esos lados todavía.

    — ¿Tal vez se extraviaron? —apostó uno de los ladrones.

    —No me sorprendería: esas ranas tontas solo sirven para causar problemas—espetó la jefa de ventas, sacudiendo su cabello. No podía dejar de maldecir a los pokemon después de haber arruinado su plan. Todavía se mordía las uñas de tener que llamar a Espinela y darle los detalles de lo ocurrido.

    El móvil vibró en su bolsillo, lo que hizo que ella diera un salto en su asiento y un sudor frío le bajara por el cuello. Si era su superior, podía darse por muerta. Por muy simpático que se mostrara al mundo, el joven Espinela era frívolo y cruel, tal vez incluso más que su competencia, Lapislázuli. La mujer acercó el teléfono y suspiró con alivio al ver que la llamada no era del administrador, por lo que puso el aparato junto a su oreja.

    —Aquí Esmeralda.

    — ¡Señorita, hemos tenido complicaciones! —
    exclamó una voz joven y femenina del otro lado. Sonaba agitada— ¡La policía ya ha aparecido por las instalaciones y ahora han enviado un escuadrón a inspeccionar la farmacia!

    — ¡Les dije que salieran de allí cuanto antes!

    — ¡S-sí, señorita, pero los miembros que quedaban allí intentaron borrar las huellas y limpiar el lugar, pero se tardaron demasiado!

    — ¡No me digas que los atraparon! —
    rugió la peli verde, estrujando el teléfono entre sus dedos.

    — ¡A seis de ellos…!

    La jefa de ventas no pudo decir más, pues un sonido distante le cortó la respiración e hizo volver la cabeza hacia la carretera, por el lado de la ciudad. Eran sirenas de policía.

    “¡Dios mío, nos tienen por todos lados!” tembló, como nunca le pasara.

    La voz de la chica siguió hablando por el móvil, pero Esmeralda ya no le prestaba atención. No podía concebir que la policía se hubiera enterado de la relación entre el laboratorio —el que dejaron vacío— con la farmacia, excepto tal vez por…

    “¡¡Esa mocosa del pelo esponjado!!”

    La misma que había preguntado por el veneno de los Croagunk y se había aparecido por el recinto. No sabía quién era, qué hacía ni cómo se llamaba, pero Esmeralda la odió y maldijo como a nadie. Iba a buscarla, a encontrarla y a deshacerse de ella y de su rana repugnante fuera como fuera, pero sería otro día. En aquel momento debían escapar y mantener a salvo a GemStone, y eso implicaba tener que ir a comprar la libertad de los seis estúpidos que habían sido capturados, lo que significaría más salidas de dinero para la compañía…

    — ¡Maldita sea! —rugió la mujer, golpeando con ambos puños sobre el tablero de la camioneta, mientras ésta se alejaba a toda velocidad.

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    Pasaba la medianoche cuando a Ryoko le llegó su primer bostezo. Se rascó un ojo y regresó su atención al frente, un tanto aburrida, fastidiada y cansada de esperar a que los policías congregados en el laboratorio abandonado se decidieran a iniciar la búsqueda. Habían llegado hacía tal vez cuarenta minutos, pero solo se dedicaban a hablar, planificar y estudiar el sitio. Si de ella dependiera, ya habría estado buscando a Kuro hacía mucho.

    — ¡Punny, Punny! —gruñía Choco Mousse a un lado, pateando el pasto y dándose vueltas, impaciente y exasperada como ella.

    —Lo sé, yo también quisiera irme ya…

    Suspiró, se puso de pie y caminó hasta la oficial Serrano, quien daba indicaciones a los grupos de búsqueda con ayuda de un mapa de la zona. Al llamarla, la mayor se volteó con una sonrisa y los brazos en jarra.

    —Ah, Ryoko. Debes estar deseando ir al bosque a buscar a esos Croagunk.

    — ¿Cuándo podemos empezar? —
    preguntó ella, sin ánimos de cháchara—Entre más tiempo perdemos aquí, más se extravían esos pokemon, o los ladrones podrían estar capturándolos.

    —Estas cosas requieren cuidado y planificación—
    explicó la policía, poniéndose algo más seria—. Entiendo tu ansiedad por salir ahora; yo tampoco quisiera retrasarlo más tiempo, pero si lo hacemos bien podremos encontrar a los Croagunk en nuestra primera excursión…

    Se interrumpió al recibir una llamada por radio. Se dio media vuelta, escuchó a la persona del otro lado darle la afirmativa y ella agradeció para luego cortar. Regresó su atención a Ryoko y le puso la mano en el hombro. Ella dio un leve respingo.

    —Ya está. Vamos a buscar a esos pokemon perdidos.

    La aludida soltó un suspiro de alivio y sonrió por primera vez en varias horas.

    Por su lado y mientras continuaban alejándose todo lo rápido que podían de la trampa que les habían tendido, Kuro y los demás Croagunk llegaron hasta un pequeño claro en donde los rayos de luna daban algo de visibilidad. Junto a un gran sauce llorón había una charca con bambúes asomando de sus orillas y hojas flotantes, la que albergaba pequeñas especies de pokemon nadadores, los que estaban ocultos a aquellas horas. Pudieron ver los picos de las montañas asomando a lo lejos, aunque en aquella ciudad rodeada de ellas no podía servirles de orientación alguna. Varios de los Croagunk se acercaron a beber y mojarse las caras para mantenerse despiertos.

    — ¡Eeek! —chilló uno de los luchadores que estaba al final del grupo, dando un salto y volteándose a ver atrás. Su anticipación le hizo agitarse— ¡Alguien viene!

    Su aviso puso sobre alerta a todos, causando que el nerviosismo se esparciera y contagiara a todos por igual. Esto provocó que varios de los pequeños intentaran dispersarse y salir corriendo.

    — ¡N-no huyan! —advirtió el Toxicroak, evitando contagiarse de sus nervios— ¡Si corren por entre los arbustos harán ruido y los alertarán!

    — ¿Qué hacemos entonces? —
    preguntó el Croagunk rechonchito, cargando dos manzanas que había recogido en el camino.

    Kuro miró en rededor, preguntándose lo mismo. Eran tal vez treinta en total: aunque no pudiera contarlos, sabía que era difícil, por no decir imposible, esconder a tantos pokemon de manera efectiva. Sus ojos amarillos se fijaron en la laguna de más allá, dio un salto fuera de su lugar y llegó hasta ella en un parpadeo.

    — ¡Los que puedan resistir bajo el agua, métanse a la charca, rápido! ¡No hagan ruido!

    Los Croagunk con piel seca fueron los primeros en moverse y sumergirse tan rápido y silenciosamente como les fue posible, mientras ayudado por los picos afilados en sus manos, Kuro iba cortando hojas de los arbustos y los arrojaba al agua para esconder sus siluetas. Consiguió hacer desaparecer de la vista a varios pokemon, pero aún le quedaba la mitad.

    — ¿Qué hacemos nosotros? —preguntó el variocolor, encogido de miedo.

    La rana azul miró hacia lo alto del sauce y tragó saliva. No estaba seguro de si iba a funcionar, pero los ruidos de algo moviéndose entre la espesura se volvían más cercanos. Se estaban quedando sin tiempo.

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    —Demonios con esos Croagunk—dejó salir uno de los ladrones de GemStone, abriéndose paso entre los arbustos y llegando hasta el claro—, si no regresamos con ellos, todos vamos a perder nuestro trabajo, ¡tsk!

    —Todavía no entiendo cómo se escaparon—
    masculló su compañero de prominente nariz redonda, mirando alrededor.

    Sus dos acompañantes, un Raichu y un Rotom, se dieron vueltas por todo el lugar buscando señales de los Croagunk, mientras los otros dos conversaban y buscaban huellas, cargados con armas lanza redes. Raichu fue el único en percatarse de las hojas cortadas de los arbustos cercanos, pero como desconocía a la especie de los Toxicroak, no podía imaginar que la evolución de los Croagunk pudiera hacer esos cortes, así que lo atribuyó a algún otro pokemon y pasó de largo. Rotom echó un vistazo en la laguna, sin poder divisar nada en claro a causa de las hojas que flotaban y el reflejo de la luna, por lo que también pasó y siguió buscando.

    Los Croagunk subidos a las ramas del sauce llorón, aguantaban la respiración y esperaban con el corazón en un puño a que los dos ladrones se marcharan sin notar que ellos estaban ahí, justo sobre sus cabezas. Eran muchos más y hubieran podido vencerlos con facilidad, pero el miedo que habían desarrollado hacia ellos después del encierro y maltrato en el laboratorio, les hacía creer que cualquier ladrón podía significar un gran peligro para ellos.

    Un peculiar sonido de algo raspándose atrajo la atención de Kuro, quien desvió rápidamente la vista hacia la izquierda y por poco se quedó sin aire. El Croagunk rechoncho, por estar cargando sus dos manzanas en las manos, había perdido el equilibrio y ahora colgaba cabeza abajo desde sus patas, temblando y con la sangre coloreándole las mejillas y la frente de un tono carmesí. Los demás Croagunk que lo vieron se quedaron helados, viendo en sus cabezas el momento en que el otro caía y los humanos los encontraban.

    Con todo el nervio que le fue posible, Kuro movió su elástico cuerpo por entre las ramas, pisando con cuidado y afirmándose con sus grandes dedos, avanzando silencioso hasta casi tocar al Croagunk que se caía. Cuando lo tuvo a unos centímetros, el más pequeño no pudo seguir conteniendo su propio gran peso y sus patas se soltaron, pero el pokemon quedó colgando cabeza abajo sin tocar el suelo. Kuro se sorprendió de descubrir lo larga, fuerte y flexible que se había vuelto su lengua, y de lo rápido que podía responder a sus impulsos. Sin embargo, y a pesar de su esfuerzo atrapando al más gordo por su pata derecha, una de las manzanas cayó de sus brazos y aterrizó en el suelo. Su golpe al caer atrajo la atención de uno de los bandidos y de ambos pokemon.

    — ¿Uh? —dejó salir él, mirando por sobre el hombro. Notó la fuente del ruido y bufó por la nariz— ¡Tsk! Solo se ha caído una manzana del árbol…—soltó sin importancia.

    No dio más de un par de pasos cuando se percató de algo. Justo cuando los Croagunk y Kuro suspiraban de alivio y se relajaban, el ladrón se volteó y chirrió sus dientes.

    —Pero los sauces no dan manzanas…

    El Toxicroak dio un respingo y se mordió la lengua extendida sin querer.

    “Demonios…”






    si es una rana tiene lengua larga >:V nuff said

    everydayeveryday :3U
     
    Última edición: 11 Ago 2018

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