Original Fic El deseo de Nozomu II: El deseo de la luz

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 4 Ago 2017.

  1. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 23. Tsubaki

    Cierta tarde, navegando entre las nubes infinitas de sus sueños y esperanzas, caminando en silencio por el jardín central del castillo negro, la princesa vio un camelio con flores rojas muy hermosas y se enamoró de su belleza.

    Tiempo más tarde, se encontró de nuevo ante el arbusto y vio caer uno de sus frutos, lo guardó en un lugar seguro para dejarlo secar y extraerle las semillas que sembró en una maceta. Se esforzó mucho al cuidarla: un lugar con buen sol, un poco de agua, paciencia, cariño y las intenciones de llevar la planta a Nitens, mostrársela a su padre y trasplantarla en el centro del jardín. Cuando lo hizo, se encargó personalmente de vigilar su crecimiento, y las flores nuevas, más hermosas que las que había visto en el arbusto de Nigrens, alegraban sus días de espera interminable.

    Durante las primeras semanas, en sus rondines diarios por órdenes de su maestra, Hayato se detenía para contemplar las labores de la princesa jardinera: retirar la mala hierba, regar el pequeño árbol, cortarle algunas ramas secas y despedirse de él antes de volver a sus deberes. Le parecía agradable que ella tuviera un pasatiempo y quería, tanto como ella, que el camelio creciera igual o más que el que tiró su fruto en aquella región que fuera su hogar durante tantos años de arduo aprendizaje.

    Justo cuando empezaba a acostumbrarse a verla en el jardín, comenzó a percibir algo extraño en su rutina: una sonrisa perdida, una mirada dolorosa, la proyección de una segunda sombra bajo sus pies que amenazaba con extenderse, y siguió observándola día tras día para dar seguimiento a aquellos eventos inusuales que le inspiraban un mal presentimiento.

    Pasaron varias semanas más y ella no podía entender por qué sus flores hermosas le infligían tanto dolor, por qué al abrir la ventana de su habitación procuraba no contemplarlas por más de un minuto, por qué se esforzaba tanto en cuidarlas si sentía que nadie las apreciaría como quisiera, por qué su color llenaba sus ojos de lágrimas y desvanecía su sonrisa, por qué al tocarlas imaginaba un rostro distante que jamás pudo acariciar con la mano desnuda, por qué intentaba percibir su aroma cuando nunca lo tuvieron, por qué un fantasma oprimía su pecho con tanta intensidad que sentía que moriría en cualquier instante, por qué la persona que ansiaba ver no estaba con ella, por qué de repente extendió el brazo hacia una de las camelias para arrancarla y prenderla en su cabello, por qué...

    Al atardecer, lo único que quedaba del camelio sembrado en el jardín de la doncella ausente era un cúmulo de cenizas.

    Una noticia se esparció con rapidez en todas las regiones del mundo.

    —¿Desaparecida? —interrogó Yuuto a un mensajero—. ¿Cómo es posible? ¿Nadie la vio salir del castillo?

    —Nadie —respondió preocupado, temeroso ante el enojo del gobernante—. Los elementales dicen que sus técnicas de rastreo son inútiles para encontrarla; pero ya están organizando grupos de búsqueda. El joven Hayato los dirige.

    —¿Y el rey?

    —Está enfurecido, señor —dijo cabizbajo, con las manos temblorosas, intentando mantenerse tranquilo—. Ha ordenado que nadie entre ni salga de Nitens, que todas las casas sean inspeccionadas... Ha ordenado aprehender al responsable y...

    —¡Basta! —interrumpió, y todos pudieron percibir en su voz la irritación de quien teme que la historia se repita—. He escuchado suficiente, vuelve con tu rey y dile que ayudaremos en la búsqueda.

    Lo vio marcharse con rapidez mientras pensaba que había algo más detrás de aquel misterio: ¿La indiferencia del rey la había lastimado? ¿Habría tomado decisiones que a ella no le gustaban? ¿Alguien habría burlado la seguridad del castillo como ocurrió ocho años atrás? ¿O tal vez...?

    Los pasos veloces de su sucesor rumbo a una puerta y su abrupta salida lo perturbaron tanto que se vio en la necesidad de seguirlo y analizar su reacción tan agresiva: una caminata rápida con los puños cerrados, sin notar que alguien iba detrás de él; un gesto de preocupación e impotencia mezcladas en su rostro acompañado por una mirada atormentada, al borde de la desesperación.

    El maestro temía que aquella actitud confirmara el cumplimiento del mayor de sus temores. Quiso llamarlo y convencerlo de que lo mejor en aquellas circunstancias era que él permaneciera en el castillo y esperara noticias de los escuadrones de búsqueda; quiso decirle que él iría en su lugar para detectar la presencia mágica de la princesa que los elementales no podían rastrear por razones desconocidas; quiso tomarlo del brazo y arrastrarlo hacia cualquier habitación para encerrarlo con llave porque él, muy en el fondo, estaba convencido de que algo malo le ocurriría si permitía que se marchara solo.

    Una pequeña mano que sostuvo la manga de su camisa enmudeció a Yuuto y paralizó su sangre. Tembloroso, tras ver a su discípulo montar un caballo y partir con prisa del castillo negro, miró hacia su izquierda para averiguar quién lo detenía.

    Abajo, con la mirada del cielo que oscurece, un pequeño emisario le transmitía la decisión inapelable las fuerzas regentes: un movimiento de cabeza lento, casi eterno, de un lado hacia otro.

    Un mareo se apoderó de su cuerpo, su rostro palideció y el sudor frío recorrió su frente. Con la palma de una mano sobre sus ojos y el brazo opuesto contra una pared para no caer, quiso susurrar un deseo, mas la voz inocente y penetrante del testigo del tiempo frustró sus planes:

    —Ni el mayor deseo del mundo puede detener lo inevitable.

    En las profundidades de los bosques que nunca habían sido tocados por la luz, la princesa avanzaba sin descanso con el vestido destrozado por las ramas que intentaban detenerla, con los pies sangrantes que se movían por inercia sobre las piedras que también deseaban frenar su paso, con la mirada seca causada por el insomnio que se había apoderado de sus ojos durante sus últimas noches de angustia que le desgarraba el alma.

    El murmullo casi inaudible de sus labios resecos clamaban la respuesta de la pregunta que nunca pudo plantearse adecuadamente mientras su mente repetía, una y otra vez, todas las dudas que compartía con sus flores: "¿Por qué me duele tanto verlas? ¿Por qué anhelo que pase algo mientras las cuido? ¿Por qué sigo esperando en silencio? ¿Por qué mi deseo no se cumple ahora? ¿Acaso mi deseo es imposible?".

    Sus piernas la traicionaron. Quiso arrastrarse para llegar a su destino, pero ya no le quedaban fuerzas. La angustia de morir ahí comenzaba a invadir su alma. Era ese sentimiento el que llamaba a los espectros que alimentaban su sombra, y era su sombra la que se tornaba pesada, enorme, hasta que las voces que nunca había escuchado le repetían sus miedos: "No vendrá", "Te mintió", "Te quedarás sola", "No volverás a verlo".

    Las voces de la Nada, aunque pretendían devorarla, resolvieron sus dudas.

    "Ah... eso es".

    El crecimiento desmedido de un poder oscuro dirigió el galope del caballo de Kazuma, que se adentró en el bosque y fue detenido cuando el aprendiz de mago notó los movimientos torpes y débiles de la princesa perdida.

    Agitado, quizá más desesperado que ella por descubrir su mirada aterrada y moribunda, bajó de su caballo para arrodillarse, tomar sus hombros y repetir su nombre para liberarla de sus desvaríos: primero con suavidad, después con más fuerza mientras agitaba su cuerpo, casi desgarrando su garganta al final.

    En un intento por desmentir a la Nada, ella respondió con una sonrisa vacía.

    —Está aquí, ¿lo ven? ¡Sabía que vendría!

    —¿Puedes levantarte? —No hubo respuesta—. Déjame llevarte...

    —¿Me llevarás contigo? —interrumpió ella aún en su delirio—. ¡Sabía que valdría la pena arriesgarme tanto! ¡Se los dije! ¿Ahora me creen? —Lo miró de nuevo con los ojos perdidos—. Y aún si no me llevara con él, yo lo llevaría conmigo, porque él no es feliz en Nigrens, ¿verdad? Porque él también se ha sentido solo y deseaba verme, porque puedo ver su alma en mis sueños, sentir sus latidos todo el tiempo en mi pecho, porque puedo ver en sus ojos el terror que le causaría perderme, el dolor que siente al saber que vivir así no tiene caso, y sé que él tiene el mismo deseo que yo: el deseo de estar juntos por siempre, el deseo de destruir el mundo para que ocurra, ¡y podemos hacerlo!, ¡el mundo aceptará con gusto ser sacrificado para calmar nuestra soledad!

    Más que lamentarse por verla perdida en el abismo de la Nada, le alegraba que ella descubriera su deseo más profundo, porque la vida desde su partida no era la misma, porque ninguno de sus intentos por volverse inhumano había funcionado, porque se encontraba en un debate interminable entre su deber como mago negro, el consejo de su maestro y su corazón humano, porque su deseo constante de morir jamás llegaba para terminar con el ciclo tirano del que alguna vez se sintió orgulloso.

    Consciente de sus circunstancias, la abrazó con fuerza mientras su espíritu exigía que no la desprendieran de él, y mientras más se aferraba a su cuerpo delicado y moribundo, más perdía el control sobre sus sentimientos, más deseaba fundirse con ella y poseerla por siempre, más anhelaba permanecer a su lado y despreciaba sus responsabilidades como Mago del Recuerdo, y entonces, en el momento menos esperado, una voz seductora llegó a sus oídos: "Si el mundo no permite que la ames, destruye sus reglas".

    El Caos, como una mano fantasmal que deseaba surgir de su pecho para mezclarse con la Nada, estrujaba su corazón tanto como él a su amada y pretendía unir sus labios para consumar sus intenciones.

    —¡¡Kazuma!!

    El grito distante y preocupado de su viejo amigo le devolvió la lucidez.

    —¡Esto no es lo que quieres! —¿Qué sabía él de lo que quería?—. ¡Tu batalla se acaba si aceptas la propuesta del Caos! —Él ya había sido derrotado de cualquier manera—. ¡Vas a condenarte si cedes! —¿Qué le importaba pecar?—. ¡Ella no querría eso!

    Tenía razón.

    En lo más profundo, entre lo que siempre quiso olvidar, su sentido del deber únicamente le permitió colocar un suave beso en la frente de la doncella para despedirse de ella, y su gesto humilde despertó nuevamente las voces de la Nada que murmuraban sus deseos ocultos mientras extendían sus múltiples brazos hacia él: "No te vayas", "Vuelve a mi lado", "No quiero", "Tengo miedo", "Hace frío", y las frases, tan tristes como su mirada, se acumularon para dibujar una sombra espesa y amorfa que amenazaba con seguir expandiéndose hasta devorar el mundo.

    Su única alternativa en aquellas circunstancias era destruir la raíz de su dolor.

    Tocó el rostro de la princesa con suavidad para conjurar su sueño y la recostó con cuidado para luego levantarse, alejarse unos pasos y cumplir con su deber. Retiró de su oreja izquierda un brazalete de oreja con incrustaciones de amatista, lo colocó sobre la palma de su mano izquierda y observó su transformación rápida a un báculo plateado con una esfera negra en la punta; tomó ese objeto con la mano derecha y lo agitó simulando el corte de una espada cerca de los pies de la joven dormida mientras recitaba un conjuro:

    —Espectros devorados por la Nada, sombras incansables de los espíritus humanos, apártense de la luz, abandonen su origen y reúnanse en la oscuridad, el lugar al que pertenecen y que nunca debieron abandonar; olviden el silencio que el mundo les imponía y recuperen su voz en las tinieblas para que sean escuchados.

    Clavó su báculo en el centro de la sombra espesa con un golpe firme para que la esfera negra absorbería los espectros, y cuando todos fueron reunidos, Kazuma llamó a Hayato y le pidió que se llevara a su protegida, y él se acercó con rapidez para obedecer las órdenes del mago.

    Con la princesa entre sus brazos, le agradeció a su viejo amigo por todo y le dio la espalda para retirarse sin que él notara la preocupación plasmada en sus gestos, pues ambos sabían que aquel ritual instantáneo apenas había comenzado.

    —No te detengas, sólo escúchame con atención —le dijo el de cabello cobrizo mientras Hayato intentaba mantenerse firme y seguir sus órdenes—. Su maldición está aquí, en mi báculo, y ahora me corresponde aislarla del mundo porque nadie es capaz de borrarla sin entregar su vida a cambio. Ella ahora es libre de vivir como su madre hubiera querido, y sé que hará lo correcto en todo momento cuando asuma el cargo para el que fue preparada. Llévala de vuelta a Nitens y no mires atrás, no te preocupes por mí, no vuelvas sobre tus pasos para salvarme de algo a lo que yo mismo me he condenado, y no te sientas responsable por algo que tú no causaste, porque nosotros únicamente heredamos los errores de nuestros antepasados y aún no tenemos la fuerza necesaria para repararlos; pero llegará el día en el que nuestros sucesores encuentren una respuesta para restablecer el equilibrio.

    Más allá de la penumbra, el guardián y la doncella continuaron su viaje de vuelta a casa mientras el aprendiz de mago negro agachaba la cabeza y miraba el suelo con melancolía, siempre en silencio, convenciéndose de que su decisión era la única viable para salvar a todos de un espectro inmenso y terrible capaz de derrumbar los espíritus de todos los seres del reino.

    Lo que ocurrió a partir de ese momento le pareció tan irreal como el sueño largo y profundo que esperaba ver después de la muerte: dos brazos pálidos y delicados que lo abrazaban desde atrás, la sensación de un pecho cálido sobre su espalda, la voz de la princesa ausente que buscaba su oído para seguir confundiendo sus emociones con el afán de atraparlo y volverlo suyo.

    —No renuncies a mí, tus sentimientos son míos, el mundo no merece tu sacrificio, entrégame todo de ti y permite que mi corazón viva en tu pecho.

    Aquello, más que un sueño de muerte, era la pesadilla que lo atormentaría por el resto de su vida.

    —¿Qué quieres de mí?

    El fantasma del Caos había adoptado la forma de la persona que más amaba, se mostró ante él en todo su esplendor y rodeó su cuello para acercarlo a su cuerpo etéreo para seguir seduciéndolo con sus palabras cegadoras.

    —Vengo por lo que me pertenece.

    Y sin clemencia ni arrepentimiento, sin reparar en el dolor que le causaba, sin hacer caso de los gritos y de las lágrimas que intentaba contener sin éxito, arrancó de su corazón sus sentimientos más puros para devorarlos y dejarlo vacío.

    El Caos no imaginaba que perder sus emociones era lo único que necesitaba Kazuma para reanudar su conjuro.

    —Raíz del dolor, yo te invoco.

    De la esfera negra se desprendió una sombra oscura que cobró la forma de quien lo llamaba. El fantasma del Caos, al reconocer la forma de la maldición de la princesa, se alegró tanto que se fundió en un abrazo infinito con aquel nuevo ser y se mezcló con él hasta que ambos seres crearon una nueva silueta gris que planeaba extenderse y dominarlo todo; pero el joven hechicero no iba a permitirlo. En eso pensaba cuando notó un objeto olvidado en el suelo: una vieja pertenencia de la princesa que se había desprendido de su cabello, una flor de color granate que se convertiría en un instrumento muy útil.

    Tomó la camelia con delicadeza y acarició sus pétalos con las yemas de sus dedos mientras recitaba una orden:

    —Espectros nacidos de la Nada y del Caos, seres regentes de las fuerzas opuestas al origen que han lastimado a los hombres, demuestren que no son entes que deben ser despreciados, conviértanse en un nuevo ser capaz de aceptar su pasado y encarar su futuro, acepten la ofrenda que las fuerzas regentes les ofrecen para que adopten una forma tangible y caminen por el mundo sin que nadie sea capaz de percibir su verdadera naturaleza para que no sean rechazados, avancen por el ciclo que ya han comenzado con el nombre que yo les impongo.

    Mientras los hilos delgados dominaban la flor ofrecida como su nuevo refugio y corazón, Kazuma pudo entender por fin que la advertencia que su maestro le hiciera años atrás, más que tratarse de una maldición, era la prueba definitiva de que nunca tuvo posibilidades de escapar de su destino, porque seguramente él lo sabía y tuvo que callarlo, porque la voz del tiempo debió advertirle desde el principio que los sentimientos de su discípulo ya estaban condenados a desaparecer, que eran el sacrificio necesario para salvar al mundo o para postergar su final, que su ofrenda a las fuerzas opuestas era la única forma de salvar a la persona que amaba sin sentenciarla a muerte, porque tanto Hayato como su maestra estaban conscientes de que cortar su sombra implicaba también terminar con su existencia, y el deseo compartido de todos era simplemente que viviera feliz.

    Ante sus ojos, el amor imposible entre la Nada y el Caos había adoptado una forma hermosa: un ser pálido con rostro de mujer, una mujer con la edad de la princesa, unos ojos rosados que vieron el gesto melancólico que él adoptaría por el resto de su vida, una mala copia de su amada que escuchaba su nombre por primera vez:

    —Tu nombre será Tsubaki, y este será nuestro pacto.

    En el silencio de la noche dolorosa, en el centro de la penumbra que jamás desaparecería de su alma, el joven hechicero selló su pacto con un abrazo triste al nuevo ser creado, y junto con el pacto selló también las reminiscencias de sus sentimientos, y el resto de su corazón se escapó en la última lágrima que corrió por su mejilla para luego caer y ser tragada por el ingrato mundo.
     
  2. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    oh, pobre de ambos :c, un amor imposible, aunque... ¿no estaba enamorada de Hayato?, me confundi, bueno esto se pone muy bueno!!!, esperemos a ver como todo empeoro y a volver con Junko a la actualidad y como sale Maki y Daicihi de todo el embrollo.

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  3. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    asdkasd, se me hizo tarde ;_;

    Capítulo 24. La conferencia de la Nada y el Caos

    Durante los siguientes años de su muerte en vida, Kazuma tuvo que cargar con el pesar que causaba sobre su alma saber que su existencia nunca volvería a estar completa. Aún así asumió el cargo de Mago del Recuerdo cuando su predecesor no pudo retrasar por más tiempo lo inevitable, mas no pensaba dejarlo a su suerte y se convirtió en su guía silencioso, en su padre amoroso, en la única persona que sabía la verdad detrás de la naturaleza de Tsubaki y que esperaba llevarse aquel secreto a la tumba.

    Desde las sombras, Yuuto percibía la preocupación constante de su viejo alumno: todas las mañanas, sin falta, lo encontraba en lo alto del castillo realizando el mismo ritual: la búsqueda incansable del carruaje proveniente de Nitens, la espera del mensajero que le solicitara una audiencia, la orden de la princesa, luego reina, de llevarlo con prontitud al castillo blanco para pedirle consejo, y su alma sentía alivio cuando comprendía que ese no era el día de verla a los ojos y saludarla como siempre, el que coincidiría con su necesidad de tragarse su tormento para que ella no descubriera que él estaba vacío, el que supondría la revelación del conjuro por medio del cual le arrebató la emoción sin nombre que la lastimaba, el que descubrirían todos que la vida feliz en Nitens tenía un precio muy alto que nadie quería que él pagara solo.

    Mientras eso no ocurriera, Tsubaki podría vivir en paz.

    Ella sólo tenía una responsabilidad en el castillo negro, una no muy complicada que ni siquiera parecía una labor importante, pero que había tomado sin protestar: andar por las aldeas del mundo mágico para aprender más sobre él. Tenía la facilidad de viajar entre regiones en poco tiempo gracias a su naturaleza de sombra que se deslizaba sobre la tierra y el agua, y a veces, cuando se cansaba de ver todo desde abajo, tomaba la forma de una golondrina para surcar el viento y mirar aquel regalo que Mao le había concedido a los habitantes del reino: la inmensidad de los campos, las profundidades de los ríos, las cimas de las montañas... Y las sonrisas de los pobladores de las distintas regiones del reino eran tan agradables que no tardó mucho en sentir la necesidad de imitarlos, de convivir con ellos, y eran tales su empatía y su simpatía que nunca se supo de ser alguno que la tratara con desprecio.

    Por las noches, a cierta hora establecida por su creador, regresaba al castillo negro para hablarle de lo que había visto con los ojos llenos de entusiasmo, con los gestos de un ser inocente y esperanzado, con ademanes aprendidos y nuevas historias que calmaban el corazón de su amo antes de dormir. Él la escuchaba siempre con los ojos cerrados, en silencio, intentando imaginar las escenas, los colores, las voces de sus gobernados y del resto de los habitantes del reino, y tanta alegría por todas partes le infundía un pensamiento que calmaba su espíritu: "El mundo está en paz, el sacrificio ha valido la pena".

    Eran esos instantes los que más atesoraba Tsubaki, pues creía que sus anécdotas lo curarían definitivamente de esa melancolía eterna que no abandonaba su espíritu. Verlo sonreír discretamente durante la narración de sus historias, además, era la prueba irrefutable de que su creador aún podía ser feliz; cuando lo veía así, quería salir de la habitación en la que estaban para recorrer las calles del reino y convencer a todas las personas con las que se topara en su camino que el rumor sobre el Mago del Recuerdo era falso, que la reina de Nitens no tenía nada que ver con su carácter apagado, sin sonrisa, y que, aún su fuera cierto, no debían pelear ni menospreciar a los habitantes de dicha región. Porque lo cierto era que, detrás de aquellas narraciones maravillosas, se ocultaba la primera nube de la tormenta inevitable.

    Y antes de que cualquiera lo notara, la nube creció tanto que le fue imposible seguir ocultándola:

    —Nuestro gobernante no merece el desprecio de la reina, ¡esta situación es inconcebible! —clamaban algunos pobladores de Nigrens.

    —¡Es cierto! —respondían los demás habitantes—. ¡Que la reina lo haga a un lado de los asuntos de las regiones es injusto!

    Por más que lo intentara, Kazuma era incapaz de convencerlos, pues el cariño que los pobladores le tenían los cegaba.

    —Entendemos que quiera calmarnos; pero no aceptamos que siga ignorando esta ofensa.

    —¿Nuestro soberano dice que fue decisión suya?

    —¡Claro! ¡Porque sabe que la reina va a ignorarlo si acude a Nitens!

    —¡Es imperdonable! ¡Es como si la reina despreciara a todo Nigrens!

    ¿A dónde se habría metido Tsubaki cuando la nube invadió aquella parte del mundo?

    —¿Has visto a la paje del señor últimamente?

    —Dicen los comerciantes que la última vez la vieron rumbo al este.

    —¿Crees que haya ido a...?

    —No lo creo, ella es muy buena y no nos traicionaría.

    La mirada rosada de Tsubaki seguía inspeccionando los sucesos en los distintos territorios del reino, en silencio, sin emociones, y a sus oídos llegaban los murmullos de la confusión del mundo cuando pisó las aldeas cercanas al castillo blanco.

    —Nuestra reina no merece semejante traición del gobernante de Nigrens, ¡es imperdonable!

    —¡Era de esperarse! Nuestra reina es justa y buena, ese mago despreciable tiene malas intenciones, por eso ella no quiere oírlo.

    Hayato, como vocero de la reina, intentó desmentirlo.

    —¿Ves? ¡Es tan buena que envió a Hayato para que negara los hechos!

    —Quizá lo dice para tranquilizarnos mientras toma medidas para proteger Nitens de la rebelión.

    Los rumores de una rebelión inquietaron tanto al Fidestella que quiso hablar con su viejo amigo.

    —¿Que el rey quiere ir a ver a ese traidor? ¡No es posible!

    —¡Ojalá no vaya! ¿Te imaginas lo que podría ocurrirle cuando ponga un pie en Nigrens?

    —Yo sabía desde hace mucho que esa gente era capaz de todo, ¡si encuentro a alguien de ahí en mi camino, te juro que...!

    La situación era tan delicada que Kazuma no tuvo más alternativa que viajar de incógnito a Nitens en compañía de su discípula para encontrar una solución.

    —¿Cómo es que llegamos a esto? —preguntaba Hayato en aquella sala privada que Hitomi adoptaría años después como sitio de recepción de visitas inesperadas.

    —No lo sé —contestó el guardián negro—. Intenté averiguar de dónde vinieron esos comentarios infundados; pero muchos de los habitantes de Nigrens aseguran que sólo dicen lo que han pensado desde hace años.

    La palidez en el rostro de Hayato le hizo comprender a su visitante que la situación era similar en ese lado del mundo.

    —Pero a estas alturas, más que preguntarnos de dónde vinieron los rumores, deberíamos preocuparnos por la situación del resto de los territorios.

    —¿Lo dices porque temes que elijan un lado?

    —Ojalá fuera solo eso.

    Más y más murmullos llegaban a los oídos de Tsubaki, quien seguía su peregrinación por las regiones mientras intentaba volver al castillo negro, el que siempre consideró su hogar:

    —¿Has oído que la reina y el mago negro están peleados?

    —Lo he oído. ¡Debe ser terrible vivir en Nigrens o en Nitens en estos tiempos!

    —Yo creo que los de Nigrens deben llevarse la peor parte: ser despreciados por todos, prohibirles la salida de aquella región...

    —No, yo creo que los de Nitens sufren más: vivir con miedo de ser atacados en cualquier momento, cerrar sus fronteras...

    —¿Te has dado cuenta de que es lo mismo que hacen en Flamen?

    —Es lo mejor que pueden hacer, los pobladores de Aestus siempre han sido unos salvajes.

    —¿Escuchaste eso? ¡Deberíamos hacer lo mismo nosotros!

    —¿Por qué lo dices?

    —Ferax queda cerca de Aestus, ¿no crees que su salvajismo se les pegue?

    —¿Oíste lo que dijo? ¡Vaya atrevimiento! ¡Compararnos con esa gente de Aestus!

    —Ignóralos, seguramente se les pegó la paranoia de los de Flamen, como son regiones tan cercanas...

    —¿Paranoicos? ¡Por favor! En Flamen sabemos que nos sobran razones para cuidarnos de los extranjeros.

    —Oye, ¿qué no tu vecino es de Aestus?

    —Es cierto. Debería exigirle que regrese a su tierra, mis otros vecinos estarán más tranquilos lejos de esa gente extraña y agresiva.

    —¿Has oído? ¡Nos están robando todo sólo por nacer en esta tierra!

    —Nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¡Aestus es sólo nuestra! ¡Debemos protegerla! ¡Evitemos que esos infelices entren!

    —¿En dónde están nuestros gobernantes? ¿No piensan luchar a nuestro lado?

    —¿Los magos? ¡Ya quisieras! A ellos solo les importa su magia, nunca han velado por nuestra felicidad.

    —¿No estás harto de eso?

    —Tienes razón, deberíamos primero exigirles que hagan su trabajo.

    —¿Exigirles, dices? ¡Llevamos años así! ¿Crees que van a escucharnos? ¡Es una pérdida de tiempo!

    —¿Y qué hacemos, entonces?

    —Luchar contra ellos, ¿qué más puede ser?

    Tsubaki fue incapaz de volver a su hogar. Ante ella, con ira y pánico, cientos de personas en Nigrens tomaban piedras, palos, azadones, cuchillos y otros instrumentos, y estaban dispuestos a comenzar la guerra contra Nitens.

    —¿Lo viste? Volvió tan triste, tan pálido...

    —Te lo dije, la reina no iba a escucharlo.

    —Es peor que eso, ¿notaste que tardó mucho en volver?

    —Es cierto. ¡Lo retuvieron contra su voluntad! ¡Lo torturaron!

    —¡Es muy grave lo que dices! ¿Tienes pruebas?

    —¿Estás dudando? ¡Traidor! ¡Debes morir!

    La de mirada rosada tomó su forma de golondrina y quiso escapar del conflicto. "Nitens debe ser más seguro", pensaba mientras contemplaba las nubes inmensas que se creaban sobre el cielo del reino: personas aterrorizadas, habitantes iracundos, hermanos separados, vecinos peleados, pobladores que insistían en que los magos jamás se preocuparon por mantener un reino próspero... y luego estaban los pobladores de Nitens y su discurso de odio que estaba por arrojarlos al abismo.

    —¿En verdad estamos dispuestos a esperar la llegada de esos traidores invasores? ¡Tenemos que evitar que piensen siquiera en acercarse a nuestra reina!

    —¡Sí! ¡Vamos a destruirlos primero!

    —¿Eso en verdad es lo correcto?

    —¿Estás dudando? ¡Traidor! ¡Debes morir!

    Y en medio de aquel conflicto iniciado por todas partes, sin posibilidades de escapar, la golondrina volvió a ser humana y comenzó a vagar por el mundo con el ánimo destrozado. Caminó durante horas, días, hasta que se encontró en una zona alejada de todo, en la frontera entre las tierras temblorosas de Flamen, la región de Nitens en llamas, y cierta zona de nadie que alguna vez fue el hogar de todos los pueblos.

    Sin más esperanzas, con un rencor profundo que había crecido en su pecho durante su viaje, Tsubaki no podía resistir más.

    —El origen no merece a estos humanos.

    Uno tras otro, los humanos blasfemaban contra el origen mientras Tsubaki susurraba maldiciones.

    Uno tras otro, los pueblos se destrozaban entre sí y a sí mismos conforme Tsubaki se hundía en la desesperación por ser incapaz de frenarlos.

    Una tras otra, las sombras que su corazón aprisionaba se escapaban a pesar del terror que ella sentía, primero, al no entender de dónde provenían; después, al comprender que verlas libres y sin control no era buena señal. Su pesar aumentaba cada vez que los espectros le susurraban lo que ella siempre pensó y nunca pudo expresar: "El mundo se ha perdido entre las luces y sus sombras", "El mundo ha caminado en calma por siglos y este es el resultado de cegarlo", "Este es el pecado que tus creadores han convertido en desastre", "Esta es la tormenta gestada por siglos de magos incapaces de comprender su responsabilidad en el equilibrio", "Este mundo...".

    —...ahora es nuestro.

    Aquella declaración era su primera muestra de locura: sus sentimientos se dispersaron con rapidez sorprendente por todos los rincones del mundo, por todos los sitios en donde encontraban seres vivientes con dudas, con dolor, con desesperación, con odio, y en poco tiempo devoraron gran parte de sus almas sin que nadie pudiera escapar de ellos.

    Uno tras otro, los humanos vivos y muertos se volvían espectros susurrantes, retoños de la conferencia de la Nada y el Caos.

    Uno tras otro, doce años después, los seres fantasmales se deslizaban por los corredores del castillo de Nitens mientras sus habitantes rodeaban la torre central para protegerla y ayudar a Haruki y Mitsuki en la protección del cofre blanco.

    Grupo tras otro, las magas de los elementos se apresuraban para detenerlos mientras Daichi, con la mímica de quien desenvaina un objeto ausente, invocaba su espada y se preparaba para destruir los espectros y evitar que tocaran a su protegida. Tras blandirla varias veces y comprender que no bastaría con Asteregius y Caeruleus, quiso tener cinco armas más que siguieran sus órdenes o sus movimientos, y sorprendentemente así ocurrió: en puntos distintos, siempre en círculo, una serie de dagas imitaban la danza de su maestro y comenzaban a ganar terreno en aquel asedio de espíritus sedientos de venganza, porque aquellas formas humanoides con sus almas cegadas por la guerra deseaban llevarse consigo a quien los condujo al desastre, querían devorar el alma de esa mujer maldita que había vuelto al ciclo, querían destruir el cuerpo de esa pobre niña que seguía observando, en lo profundo de su corazón, los recuerdos de un reino muerto por errores antiguos.

    Y cuando las elementales comenzaban a sentirse aliviadas al ver que estaban recuperando terreno, muy a pesar de la corrosión que estaba por derrumbar los muros del castillo, una persona en las alturas hablaba consigo misma por primera vez aquella tarde:

    —Se las han arreglado bien hasta ahora; ¿pero cuánto tiempo más podrán resistir?

    La mirada oscura de una espectadora en las torres de vigilancia se dirigió hacia el horizonte con una mueca agridulce: más allá de las fronteras de Nitens, el mar negro de los espectros que habían borrado gran parte del mundo seguía creciendo.
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Hoy sí llegué a tiempo xD Nuevo capítulo para hacer sufrir a Nikkie :3

    Capítulo 25. Estrella en agonía

    Ante los ojos de Junko, los recuerdos de su predecesora se volvían cada vez más aterradores: aldeas en llamas, construcciones derrumbadas, gritos desesperados de quienes piden clemencia, arengas de quienes no están dispuestos a concederla. Y entre el desastre atraído por el dolor del mundo, una luz blanca avanzaba hacia el origen de la tormenta que había comenzado sin que pudiera ser detectada, pues ni siquiera Kazuma podía sentir los espíritus resguardados en el cuerpo de Tsubaki para preservar tanto la seguridad de su creación como la de la reina de Nitens.

    En aquella muestra de tiempos pasados, ella pudo presenciar el primer movimiento de su predecesora durante la batalla devastadora: la peregrinación silenciosa rumbo a las fronteras de Origo, la zona sin nombre origen de todo; el desvanecimiento de su rastro para que nadie supiera de su partida rumbo a la fuente del conflicto que finalmente pudo descubrir, el apuntalamiento de Milvus hacia la dama de ojos rosados que sonreía cuando finalmente estuvieron frente a frente.

    —¿Qué eres tú? —preguntó la reina a Tsubaki, quien flotaba sobre las ruinas del mundo.

    —Somos tu deseo.

    Su sonrisa tenebrosa, sus voces y su mirada penetrante le erizaron la piel, ¿o era aquella declaración que despertó sus temores más profundos a pesar de haberlos olvidado?

    —¡Mentira! —protestó de inmediato mientras se aferraba a su báculo—. ¡Nunca he deseado...!

    —Lo que se olvida, no existe; lo que se recuerda, no se perdona.

    La mención de la filosofía de los resplandores era, en ese momento, como la puñalada que le había quitado la vida por primera vez.

    —No se atrevan a poner esas palabras en sus labios —exigió entre dientes, intentando controlarse para no demostrar que aquello la había afectado—. ¿Qué autoridad tienen para hacerlo?

    —La que ustedes han perdido —respondió, y un nuevo grupo de siluetas surgieron de su sombra proyectada en la tierra para dispersarse por el mundo.

    Un movimiento rápido de Milvus fue suficiente para destruirlas. Al ver que su magia funcionaba contra ellas, apoyó su objeto mágico en el suelo y miró fijamente los ojos turbios y perdidos del espectro para encararlo una vez más.

    —¿Qué son ustedes? —preguntó por segunda ocasión.

    —Somos los que han caminado sin descanso desde el origen, somos los que quedamos atrapados en un mundo que nunca debió existir, somos los que deseamos lo mismo que tú y hemos venido a ayudarte.

    —¿Su ayuda consiste en destruirlos a todos?

    —Sólo así podremos asegurar tu felicidad.

    No podía entenderlo.

    —¿Qué saben ustedes de mi felicidad?

    —Más de lo que tú sabes sobre tu vida.

    Le asustaba la idea de seguir averiguando lo que aquel cúmulo de seres liberados sabían sobre ella; pero dudar en ese momento sería aceptar la derrota y la devastación del mundo que debía proteger. Con ese razonamiento en mente, dio tres pasos al frente y dirigió su báculo al cielo para recitar un conjuro de captura; pero nuevamente las voces provenientes de los labios de Tsubaki detuvieron sus intenciones.

    —Un conjuro tan simple no podrá detenernos —dijeron los espectros mientras la rodeaban—. Podrás encerrar a miles; pero sólo bastaremos dos para ser libres de nuevo.

    —Si ese es el caso, destruiré primero a esos dos.

    —Valoras demasiado tu vida, el mundo no merece que adelantes tu segunda muerte.

    —¿Mi segunda muerte? —susurró para sí la reina blanca, quien hasta antes de escuchar las últimas palabras de la frase estaba totalmente convencida de realizar cualquier sacrificio por salvarlos a todos.

    —Lo que se olvida, no existe; lo que se recuerda, no se perdona.

    ¿De qué estaba hablando?

    —No pienso retroceder —aseguraba—. Si detenerte me cuesta la vida, entonces...

    —No puedes morir ahora y lo sabes —le respondieron con sorna—, no tienes un sucesor, tus guardianes desaparecerán si terminas con tu vida, no eres tan tonta como para dejar la prisión de la Nada a merced del tiempo.

    —Encontraré una manera.

    —¿Encontrarás la manera de evitar lo que ya ha comenzado?

    —No dejaré que destruyan a todos.

    —No somos nosotros, son ellos los que se destruyen entre sí.

    —¡Lo hacen motivados por sus palabras y por sus deseos!

    —Nadie puede cerrar sus ojos ante nosotros, nadie puede ignorar nuestras palabras verdaderas, todos están entre nuestras manos, hasta tu voluntad.

    —¡No voy a doblegarme ante ustedes!

    La seriedad volvió por un momento al rostro de Tsubaki.

    —Tal vez puedas conservar tu dignidad, pero eres incapaz de terminar con nosotros y de evitar lo que ya está establecido.

    No permitiría que las voces la confundieran.

    —Los ojos del tiempo han sido testigos de lo que le espera a este mundo y a su origen cuando tu estrella se apague, porque eso ocurrirá si levantas tu báculo contra nosotros.

    —No van a engañarme con sus palabras vacías —contestó—. Solamente están demostrándome que temen volver a las prisiones del origen.

    —¿Y quién te ha dicho que le tememos a una fuerza inferior?

    Un viento oscuro y pesado se arremolinaba alrededor de la reina, y ella sólo pudo envolverse en una esfera invisible por donde podía ver una serie de sombras con formas humanas que danzaban con el torbellino mientras seguían hablando con ella.

    —Somos los seres que se alimentaron de tu deseo, los que aguardamos en el final de los tiempos, los que observamos los sucesos del mundo en espera de una oportunidad para recuperar lo que siempre fue nuestro, los que conocemos realmente el significado de la igualdad entre los seres, los que podemos asegurarla al dirigirlos hacia el verdadero soberano del origen, el que ama y destruye a las fuerzas creadoras y a sus creaciones. Somos las verdaderas fuerzas regentes del mundo, las que hemos presenciado el inicio desde una celda infinita y olvidada, las que tenemos el poder necesario para borrarlo todo. Somos los espíritus de los que no podrás huir por segunda vez.

    —¡Atrás! —ordenó mientras blandía su báculo hacia un lado, y los espectros se repelieron junto con el viento oscuro que se detuvo.

    Se había cansado de ellos. Ya no le importaba si aquellos seres eran almas errantes, fantasmas destructores, dioses de la muerte o fuerzas regentes corruptas que alguna vez fueron encerradas por las fuerzas creadoras para preservar la existencia del mundo. Su deber era claro y tenía que cumplirlo para evitar el desastre que ocurriría si ella permitía que continuaran libres por más tiempo; sabía, además, que su espíritu flaquearía si ellos seguían insistiendo en confundirla, pues algo en el abismo de su olvido comenzaba a estremecer su corazón. Y con eso en mente, levantó nuevamente su báculo.

    —Espectros que infligen pesar en los seres, fantasmas que atentan contra el orden del mundo, permitan que la luz los guíe de vuelta a su origen y reposen en los hogares que abandonaron, descansen una vez más en las prisiones que la Nada y el Caos han destinado para ustedes y abandonen sus pretensiones de devorarlo todo.

    Con un golpe en el suelo formó un halo para dispersar por un momento las nubes, calmar el viento pesado y separar a los espectros danzantes que comenzaron su viaje dividido: fantasmas blancos que huían hacia Nigrens en busca del cofre negro, espíritus negros que se arrastraban hacia Nitens en orden. El conjuro había causado el efecto esperado sobre una parte de la tempestad; pero los seres que habitaban el cuerpo de Tsubaki no pensaban rendirse tan fácilmente: otro remolino concentró las nubes dispersadas sobre la reina blanca y la encerró entre sus corrientes mientras ella intentaba protegerse y mantener su conjuro al mismo tiempo. Tal vez por eso fue incapaz de frustrar el contraataque.

    —Raíz del dolor, yo te invoco.

    Una esfera con hilos blancos y negros mezclados surgió del pecho de aquel espectro que alguna vez recibió el nombre de la flor que se convirtió en parte de su existencia.

    —Raíz del dolor, vuelve a tu origen.

    De inmediato, los hilos blancos se fundieron en una estrella fugaz que viajó directamente al centro de Nitens, mientras que los negros formaron una lanza que se dirigió al corazón de la reina, quien pudo verla a tiempo para frenarla.

    —¿Por qué te contradices? —preguntaban retadores los espíritus de la lanza oscura—. ¿Por qué nos ordenaste volver a nuestro hogar si ibas a rechazarnos así?

    La reina no tenía escapatoria: si se concentraba en protegerse, el conjuro que había creado momentos antes perdería su efecto; pero si lo reforzaba, su barrera se debilitaría y el arma podría golpearla con todas sus fuerzas, ¿podría terminar su trabajo antes de que eso ocurriera?

    —No servirá —continuaban hablando los fantasmas desde la lanza, que de repente comenzaron a dividirse para penetrar la defensa: primero se volvieron astillas gruesas; después, agujas; luego, hilos finos con el grosor de un cabello, y lentamente se filtraron hasta llegar al sitio que tanto anhelaban.

    Un recuerdo tras otro golpeaba su pecho, una serie de imágenes olvidadas por años invadía sus recuerdos para reajustarlos una vez más y devolverle los fragmentos de vida que un conjuro le había privado, una sonrisa enterrada bajo los escombros de un sueño derrumbado por una maldición que los había condenado al desastre. Las escenas tristes y alegres le devolvían un sentimiento antiguo que intentó sofocarla, pero entre todas ellas sobresalió un mensaje, una lección transmitida por Yuuto un día después de la llegada de la reina a Nigrens cuando inició su entrenamiento como heredera del resplandor blanco:

    —La Nada querrá confundirte y quebrar tu espíritu por cualquier medio, tomará tus recuerdos e intentará usarlos en tu contra, tocará tus sentimientos y reavivará aquellos que creías superados sólo para hacerte daño, buscará la manera de llevarse tu espíritu consigo a su prisión eterna o de doblegar tu corazón hasta dejarlo vacío. Si eso llegara a ocurrir, si no tuvieras más alternativa, deberás evitar que la Nada tome el Lucifer y mancille a tus sucesores, utilizarás este conjuro que voy a enseñarte, y sólo tú lo sabrás y no se lo mencionarás a nadie, pues es muy peligroso y requiere que estés dispuesta a hacer cualquier sacrificio para detener un desastre.

    Era ese el momento predicho.

    Lentamente, recorrió el bastón de Milvus con las yemas de sus dedos para hacerlo desaparecer y mantener únicamente su resplandor invocado, el que mantuvo flotando entre sus manos mientras realizaba un conjuro más.

    —Espectros oscuros que vagan sin descanso, contemplen el resplandor que abandona su hogar para darles asilo, habiten su nueva morada, descansen ahí hasta que se derrumbe, y lleven los escombros a su origen, a la prisión de la Nada, para que ambos duerman hasta el final de los tiempos.

    El sacrificio, según Yuuto, era la única alternativa para salvar a todos en un momento de crisis. De inmediato, los espíritus oscuros que quedaban en el mundo se abalanzaron sobre ella para introducirse en su cuerpo, para dominar el corazón que abría para ellos y para lastimarlo en el proceso, mientras que su resplandor intacto guiaba a la Nada para que supiera a dónde dirigirse y para que después, cuando pudiera devolverlo a su sitio, contuviera a los fantasmas hasta que su vida se extinguiera y volviera al origen.

    El proceso le pareció tan agotador y doloroso que su mente aturdida no pudo interpretar la última frase que pronunció Tsubaki cuando el cielo recuperó su claridad tras el conjuro: "Cuando des media vuelta y vuelvas a tu hogar, desearás no haberme destruido".

    Recuperadas la fuerza de sus piernas y su percepción del presente, se levantó con cuidado y emprendió su camino de vuelta a Nitens con pasos fúnebres, pesados; viendo las ruinas de los asentamientos cercanos al castillo sin girar la cabeza; conteniendo sus sentimientos mientras encontraba cuerpos olvidados por todas partes, mientras escuchaba gritos y llantos de vivos y muertos, mientras pensaba en el consuelo que fue incapaz de infundir entre los humanos porque las palabras anudadas en su garganta eran incapaces de salir, quizá por miedo, quizá por el presentimiento terrible de que más allá, cerca de la entrada de su hogar, se toparía con una revelación que requeriría hasta su último hálito para externar sus sentimientos por última vez antes de convertirse, como el resto de los pobladores, en un ser vagabundo como los espectros que seguían libres y que se perdían en la penumbra por temor a ser atrapados por segunda vez.

    Los destellos cálidos de dos existencias que terminaban de desvanecerse la detuvieron en seco. Nuevamente exhausto, su cuerpo cedía ante la gravedad que se volvía más pesada hasta que pudo sentirla sobre sus hombros. El aire seco y denso se mantuvo en sus pulmones durante un instante suficientemente largo para helar su sangre cuando descubrió, en el suelo, dos objetos familiares: un brazalete de oreja y un anillo grabado con los símbolos del Fidestella.

    Entonces quiso maldecir al mundo; pero hacerlo le cedería el triunfo del duelo a los espectros de Tsubaki y comenzaría un nuevo ciclo de odio y temor que no podría detener por más que quisiera, pues era consciente de que su conjuro suicida no tendría efecto por segunda vez. Lo único que le quedaba era canalizar su ira sobre un ser tangible, un ser que se desmoronaba al sentir tanta presión en su pecho que buscaba una salida, y pudo encontrarla a través de arrepentimientos y de lágrimas incontenibles como sus palabras y sus pensamientos: "Si me hubiera percatado antes", "Si hubiera actuado con mayor rapidez y contundencia", "Si hubiera sido más fuerte, esto no hubiera ocurrido".

    Si le hubieran contado todo...

    —¿Por qué? —preguntó mientras cerraba los puños llenos de tierra maldecida por su ineficiencia—. ¡Sabían que esto podría ocurrir! ¡Sabían qué estaba pasando y no quisieron decirme nada! ¡Sabían que debía detenerlo antes de que se hiciera más fuerte! ¿Por qué decidieron callarlo? ¿Por qué teníamos que llegar a esto? ¿¡Por qué eligieron morir y dejarme sola!?

    Y con cada uno de sus gritos unidos al mundo, con los clamores que se confundían con el resto de los seres que seguirían sufriendo, su alma se consumía entre sentimientos oscuros, incontrolables, hasta que se quedó vacía al igual que sus ojos opacos que se cerraron a la realidad de su tiempo con el anhelo profundo de volver al ciclo con sus seres amados; pero con un par de grilletes que la atarían, por tiempo indefinido, a aquel reino oscuro de muertos en vida.

    Ahí terminaban los recuerdos dolorosos que ella siempre quiso guardar para que sus sucesores no sufrieran por ello.

    —Ellos no merecían ese final —dijo la reina con profunda tristeza mientras se aferraba más a la pequeña figura que seguía abrazando su cabeza—. Solo estaban cumpliendo con su deber, no tenían que pagar por nuestros errores, si hubiera entendido antes lo que estaba pasando, si hubiera sido más fuerte...

    Un par de lágrimas que se deslizaban por su cabello y el debilitamiento de los brazos de la niña le hicieron levantar la cabeza para verla: aún con el propósito de contenerse, Junko se enjugaba el rostro.

    —Es muy triste —sollozaba—, los tres se querían mucho.

    Un pensamiento turbio invadió la mente de la reina.

    —Si yo no hubiera nacido con este poder maligno, si yo no hubiera existido...

    La pequeña negó con la cabeza tras retirar sus últimas lágrimas y recuperar un poco de serenidad.

    —Ellos no hubieran sido felices si tú no hubieras existido.

    —¡Pero estarían vivos! ¡Ellos murieron por mi culpa! ¡Las personas que amé murieron porque quisieron protegerme de mí!

    —¡No es tu culpa!

    La insistencia de Junko logró desconcertarla.

    —Eras una víctima de errores pasados y no podías arreglar la situación, tú sólo querías vivir y quererlos, ellos te ocultaron todo porque no querían verte triste, decidieron mantener el secreto para que nadie desconfiara de ti, no es...

    —¡Lo es! —afirmó desesperada—. Si lo hubiera entendido antes, ellos...

    —¡Ellos no te hubieran dejado ir de todos modos! ¡Ellos sabían que no existía una forma segura para detener el desastre sin que te sacrificaras! ¡Ellos no querían eso y por eso callaron! Tal vez estaban equivocados, tal vez era mejor que vieran por los demás; pero ellos tomaron su decisión, juraron protegerte con su vida y se quedaron a tu lado porque te querían, ¡no podías prohibirles sus sentimientos!

    —¡Lo sé! ¡Por eso no quiero que pases por lo mismo! ¡Por eso no quería que invocaras tu resplandor!

    Comenzaba a entenderlo: la voluntad de su predecesora era evitar la renovación de la estrella blanca para que nadie sufriera lo mismo que ella, hacía todo lo que estuviera a su alcance para que la tristeza no carcomiera de nuevo el corazón de alguien a través de recuerdos que debían permanecer olvidados; pero había una fuerza más entre los enlaces de los magos de la luz que aprovecharía las circunstancias para resurgir y terminar lo que había comenzado.

    ¿No era sospechoso?

    —Tú eres Tsubaki, ¿verdad?

    No podía seguir escondiéndose. En un parpadeo, la dama blanca tiñó sus ropajes, cambió su mirada y defendió sus actos con su propia voz.

    —El deseo de tu predecesora es el mismo que el mío —dijo mientras se levantaba—. El resplandor blanco provocó este desastre, mantenerlo vivo causará estragos y podría conducir al mundo a su destrucción definitiva.

    —Pero si eso es lo que quieres, ¿por qué no dejas que surja?

    Había sido acorralada por una niña de diez años.

    —Tienes miedo, ¿no es cierto? —preguntó mientras su espacio comenzaba a iluminarse—. Porque la destrucción que necesitas para ser libre de nuevo es la de los fantasmas que vagan por el mundo, no la de una nueva estrella blanca, y porque sabes que un resplandor sin conflictos ni remordimientos podría devolverte a la prisión de donde viniste.

    Aquel ser creado no podía entender por qué retrocedía, por qué su territorio conquistado comenzaba a reducirse, por qué su fortaleza sucumbía ante un ser diminuto que desconocía sus responsabilidades y sus poderes. ¿Qué estaba pasando?

    —Querías que le temiera a mi destino para que me negara a aceptarlo, querías que dudara para que pudieras conseguir lo que quieres sin luchar; pero yo no te tengo miedo, tengo las palabras, los sentimientos y las promesas de todos en mi corazón, y no importa lo que me digas, no dudaré de ellas. Además, aunque tengas el mismo deseo que ella, yo soy más fuerte que tú.

    —¿De qué hablas? —preguntó con la voz turbada, incapaz de disimular el mal presentimiento que le había inspirado aquella afrenta.

    Mientras dibujaba una hermosa sonrisa en su rostro infantil, Junko ensambló todas las pistas que siempre tuvo a su alcance y que sólo pudo entender hasta que el cristal blanco le devolvió los recuerdos más dolorosos de su predecesora, entre los que se había mezclado una parte de su felicidad para recordarle que nunca debía perder la esperanza. Su esperanza, que de repente cobró la forma sin rostro de la última reina de Nitens, se aproximó a ella por detrás para rodearla con sus brazos y protegerla, para otorgarle su calidez y su sabiduría, y para escuchar con más claridad la respuesta de la niña a la pregunta de Tsubaki:

    —Yo también soy su deseo.
     
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    Capítulo 26. Resplandor del origen

    Tiempo atrás, durante la contemplación de sus días eternos con la mirada vacía después del desastre, un par de voces intentaban devolverle la sonrisa.

    —¡Ama! ¡Ama! —la llamaban sus pajes cuando regresaban de su ronda de vigilancia aérea alrededor del castillo.

    —¡Hoy es un día hermoso!

    —¡El sol brilla más que ayer!

    —¡Las flores que sembramos ya crecieron!

    —¡Crecieron mucho y son muy lindas!

    —Rina dijo que hará un arreglo bonito con ellas.

    —Iremos por él cuando lo termine.

    —¡Ah, sí! Los magos están abajo, como siempre.

    —Otra vez vimos a Yumi entrenando en el jardín.

    —Dice que es el lugar adecuado para usar su magia.

    —Aunque eso no le gustó a Atsuko.

    —¡Claro que no! ¿A quién le va a gustar que lo despierten con un chorro de agua?

    —Pero solo a ella se le ocurre dormir en las copas de los árboles.

    —Hay mejores lugares para eso. El cuarto de Ayame, por ejemplo.

    —Pero ella no deja que nadie entre a su cuarto, ni siquiera nosotros.

    —Si le dices a Sayaka que interceda por ti...

    —Pero no vamos a molestarla por algo así. Por cierto, ¿la has visto hoy?

    —Creo que salió con Kaori y su hermanito, a ellos tampoco los vi en el castillo.

    —¿Y viste a...?

    Las novedades del castillo continuaban, pero la mente de la reina ya estaba lejos, entre los luceros invisible que recordaba de sus noches en vela, y entre todos ellos veía existencias de tiempos antiguos que no volverían.

    —¿Cómo está Hayato?

    La pregunta diaria de su creadora era una espina clavada en lo más profundo de sus corazones que por fin habían comprendido los sentimientos humanos. Fue por eso que aprendieron la importancia de mentir.

    —Ocupado, como siempre.

    —Entrenó con su sucesor y ahora atiende a un grupo de campesinos.

    —Él tuvo la idea del arreglo floral.

    —¡Quedará muy lindo! Lo traeremos pronto.

    —Y podrá verlo.

    —Verlo y olerlo.

    —Tienen un aroma agradable.

    —Le encantará y le traerá buenos sueños.

    —Como la vela de anoche.

    —Y como la almohada de lavanda.

    Era incapaz de expresarlo; pero aquellas anécdotas mantuvieron su corazón tranquilo durante varios meses de claustro voluntario en la torre, luego de comprender que no podría controlar las reminiscencias de Tsubaki mientras mantuviera contacto con otros seres humanos. Aprovechaba esos días eternos para dedicarse, en parte, a lo que nunca pudo durante sus años como soberana: pintar el paisaje que divisaba en el horizonte, escribir largas cartas sin destinatario aparente, tocar el arpa y, tras varios encargos a sus pajes, se dedicó a confeccionar un vestido de niña, un traje de hada blanca con toques amarillos que quedó listo un año después del suceso que le arrancó la felicidad.

    Y cuando quiso incrustar el broche de estrella sobre la chalina en forma de alas, tanto la punzada de la aguja en uno de sus dedos como la sangre que emanaba de él le recordaron que había trabajado en vano.

    —No hay nadie en este mundo que no haya sido tocado por la Nada y el Caos —le había dicho Yuuto en una de sus visitas como incógnito, pues las regiones no pudieron perdonar a los habitantes de Nigrens por creer que habían sido ellos los responsables de la devastación—. Encontrar un alma pura es imposible, ni siquiera los niños que nacerán en el reino durante las siguientes dos generaciones estarán exentos de la confusión esparcida por Tsubaki. Yuki ha dicho que la luz no volverá a nuestro mundo hasta que un nuevo sacrificio lo permita, y que ese sacrificio la guiará por el ciclo y la preparará para el enfrentamiento que tu corazón mantiene con ese ser que Mao dividió en el origen.

    —Agobio —aclaró—. Si la suma de la Nada y del Caos tuviera un nombre, sería ese.

    A él le hubiera gustado que su antigua alumna nunca hubiera sabido de su existencia.

    —Entonces yo no...

    La negación que expresó Yuuto con el movimiento de su cabeza no le causó ninguna emoción hasta que contempló por varios segundos la delgada línea de sangre que recorría su dedo índice. Y tanto la línea como su mano se volvieron difusas ante sus ojos llenos de lágrimas y su peor pensamiento confirmado: "Mi deseo era imposible de todos modos".

    Y fue esa noticia la que apresuró su camino hacia su lecho de muerte.

    —Maestro —le dijo a Yuuto en sus últimos momentos de consciencia mientras él permanecía sentado a su lado—, no quiero que Haruki y Mitsuki desaparezcan cuando yo me vaya, han vivido muy poco y sólo les he brindado tristeza, ellos merecen saber lo que significa sonreír con sinceridad.

    El viejo sabio pensó en silencio por un instante.

    —Hay una forma, servirá incluso para que el cofre no se deteriore mientras aparece tu sucesor.

    —Mi sucesor... —suspiró con la mirada perdida en el techo—. ¿Cómo será?

    Escuchar aquella pregunta le causó pesar y no quiso seguir hablando sobre ello; pero una idea fugaz lo hizo reconsiderar: si imaginar a su sucesor le otorgaba un momento de alegría, ¿qué mal podría hacerle?

    —¿Cómo te gustaría que fuera?

    Los ojos azules de su vieja alumna recuperaron su brillo por un instante.

    —Una niña como la que no pude tener: con los ojos valientes de Hayato, con el espíritu fuerte de Kazuma, con el corazón de mi madre, pero libre de malos sentimientos. Una niña pura que pueda infundir felicidad entre los seres y que pueda jugar y reír en los tiempos adversos. —Se detuvo un momento para imaginar su rostro—. Sería tan hermoso abrazarla y cuidarla hasta que estuviera lista para enfrentar su destino, sería maravilloso abrazarla y protegerla de los espíritus que quisieran lastimarla... si tan solo pudiera vivir en su corazón hasta que su estrella despertara, podría volver al ciclo en paz.

    Tsubaki no podía creer que Junko le revelara, de una forma tan simple, la razón por la que su intento por doblegar su alma estaba fracasando: aquella niña, además de tener la protección de su predecesora, había nacido a imagen y semejanza de su deseo por intercesión de las fuerzas regentes por una razón que nadie conocería jamás. ¿Sería la única forma que encontraron para compensar su sufrimiento? ¿Habrían comprendido finalmente que nada de lo sucedido era realmente su culpa? ¿Valdría la pena luchar contra su reflejo positivo en el orden del mundo? ¿Valdría la pena agotarse a pesar de que sabía de antemano que era imposible derrotarla?

    —Raíz del dolor, ven a la luz.

    Lentamente, la esencia de Tsubaki se descompuso para formar nuevamente la esfera oscura que Kazuma creó durante su conjuro suicida. Cuando estuvo terminada, Junko la tomó con cuidado entre sus manos para decirle unas cuantas palabras más.

    —Ella dice que nunca te ha odiado y que nunca lo hará. Yo no quiero rechazarte porque eres parte de ella, pero creo que este no es un hogar adecuado para ti, y las tres sabemos que no podrás conseguir lo que quieres con ayuda de esos seres oscuros que solo quieren manipularte. Entre los otros fantasmas que se parecen a ti está tu hogar. Debes ir allá, al olvido, como el resto de la Nada, para que no lastimes a nadie y para que nadie te haga daño.

    Abrazó por un momento la pequeña esfera, y las manos de la esperanza de la reina blanca se posaron también sobre ella antes de susurrarle a la pequeña de ojos dorados las palabras necesarias para que pudiera purificarla mientras la separaba de su pecho.

    —Raíz del dolor, vuelve a la prisión del origen de la que escapaste aprovechando las penas de los seres, abandona el corazón que habitaste por años y permite que vuelva al ciclo con sus recuerdos felices para que encuentre el camino que debe seguir a partir de ahora.

    La esfera oscura comenzó a aclararse y a resplandecer hasta que se convirtió en una estrella grande que comenzó a flotar ante ella. Y de la misma forma que hiciera el cristal blanco que pendía de su cuello antes de perderse entre recuerdos y dolores pasados, la nueva estrella le mostró una escena misteriosa, antigua, que no recordaba a pesar de que conocía muy bien a las personas que participaban en ella.

    El llanto de un nuevo ser en los brazos de su madre, siempre vigilada por su marido, y una emoción incontenible que invadía el ambiente. Sin que nadie pudiera notar su presencia, el fantasma de cabellera dorada y ojos azules se acercó al recién nacido y besaba su frente mientras escuchaba la conversación de los nuevos padres.

    —Es una niña, nuestra niña.

    —Tan hermosa...

    Expectante, la silueta dorada miró fijamente a la madre por un instante, en espera de un nombre.

    —Bienvenida, pequeña Junko.

    La niña jamás hubiera imaginado que encontraría, entre los recuerdos de la reina blanca, la escena de su nacimiento.

    —Junko —repitió el fantasma mientras acariciaba su rostro con suavidad y se descomponía en pequeños destellos que se introducían en su pecho—, eres preciosa para todos no por el don que te ha otorgado el origen, sino porque iluminarás el mundo de muchos con tu nacimiento. Tú eres el deseo que las fuerzas regentes me concedieron, yo también te cuidaré para que nada te lastime y estaré contigo mientras me necesites.

    La escena se difuminó lentamente hasta que la pequeña espectadora sintió la necesidad de tallarse los ojos para enfocarla; pero extrañamente, como si aquel acto hubiera durado horas, el panorama feliz había sido cambiado por una batalla larga, exhaustiva e interminable entre los magos y los espectros susurrantes.

    Con la espalda apoyada en la base de la torre central, dentro de una cúpula de viento que la protegía de cualquier fantasma que pudiera traspasar otras barreras lejanas, Junko analizaba la situación.

    En cada punto cardinal, las magas nativas respondían a una orden constantemente repetida por Sachiko aquella tarde:

    —¡Uno más! ¡Pronto!

    Y así lo hicieron: otros cuatro círculos de elementos para retener a los espíritus, el instante aprovechado por Daichi y Maki para cortar a todos los que se encontraran a su alcance, la llegada inminente de más sombras que se tropezaban con la necesidad de abalanzarse sobre la barrera que devoraban a velocidades alarmantes. No fue muy difícil para la niña comprender, tras observar con cuidado la escena, que la energía de los magos estaba agotándose: sus movimientos, cada vez más lentos y torpes, le hicieron comprender que no podrían mantener su plan de defensa por mucho tiempo más.

    De las múltiples copias que el dueño de Asteregius había creado sólo quedaba una que desapareció ante sus ojos. Cerca de él, su amiga de la infancia tuvo que clavar la punta de Caeruleus en el suelo por unos segundos para mantenerse en pie mientras recuperaba el aliento. Arriba, en la última habitación de la torre, los pajes se habían dedicado a reforzar el escudo inestable que controlaba la ruptura del cofre blanco con la esperanza de que los elementales resistieran el tiempo necesario y protegieran a su nueva ama hasta que ocurriera un milagro que pudiera salvarlos a todos. Su salvadora posible, sin embargo, estaba demasiado ocupada lidiando con la protección de cierta zona no tocada en Origo, pues el resto del mundo ya había sido inundado por un oscuro mar infinito con olas imparables, y aquella mancha se había extendido tanto que comenzaba a pensar que los magos tendrían que luchar por años para destruirlos a todos.

    Aún en esa situación crítica, la niña de ojos dorados pudo mantener la serenidad. Desvaneció su pequeña barrera protectora con un ligero toque y Maki, al sentirlo, tuvo que girar la cabeza para mirar lo que sucedía. Quiso decir algo, pero la pequeña sonrió y le pidió con una seña que mantuviera el secreto por un momento, uno lo suficientemente extenso como para que pudiera recitar el conjuro que sus pajes le habían enseñado.

    Ahí estaba de nuevo: ojos cerrados, respiración profunda, manos en el pecho, la visualización más clara que había tenido de su estrella, la invocación del resplandor blanco más rápida que había hecho y la extensión de sus brazos hacia adelante para luego levantarlas despacio hasta ofrecer aquel objeto al cielo.

    —Resplandor albino guardián de la Nada, farol del Origen jamás recordado, revela tu brillo, tu forma y tu credo, y haz de mi estrella la luz de tu causa.

    Tras pronunciar el conjuro del pacto entre Junko y las fuerzas regentes, el brillo de la estrella se extendió por todo el castillo y reveló su forma tangible: un grupo de prismas de cuarzo suspendido en el aire que esperaba el siguiente conjuro.

    —Estrella blanca que rige el olvido, escucha mi plegaria y envía a tu emisario. ¡Ven, Milvus!

    El silbido de un milano en descenso obligó a los magos a mirar hacia arriba mientras los espectros susurrantes permanecían quietos en aquel giro del destino que no les favorecía. El espíritu del ave atravesó la estrella a gran velocidad para fusionarse con ella y formar un bastón dorado en cuya punta se desplegaron sus alas que rodearon gentilmente el grupo de cuarzos. Cuando vio que Milvus estaba listo, lo tomó con ambas manos para dar con él un golpe en el suelo, y un halo se extendió hasta los muros de la construcción para purificar a todos los espectros que se encontraban dentro de la zona y para contener a los que quisieran seguir avanzando.

    —Pero ¿cómo...?

    —Aprendí muchas cosas —interrumpió Junko a Sachiko cuando todos se reunieron en torno a ella—. Les diré un conjuro que me gustó mucho.

    Levantó ligeramente el báculo y comenzó a recitar por tercera vez.

    —Resplandor del origen, permite que los magos elementales recuperen la energía perdida. Concédeles el poder de tocar a los espíritus negativos que vagan por el mundo para que puedan guiarlos a donde pertenecen.

    Un golpe más al suelo, un nuevo halo dorado que tocó a los magos para curarlos y otorgarles el don de destruir a los espectros susurrantes, y cuando todos sintieron que las fuerzas habían regresado a sus cuerpos, emprendieron con rapidez su camino hacia el exterior del castillo para contraatacar, esta vez con éxito.

    A pesar de que los magos seguían ganando terreno, a Junko le parecía que aún necesitaban ayuda para terminar de purificar el reino antes de la puesta del sol.

    —¡Ala derecha, Erithacus! —convocó mientras repasaba el ala derecha de su báculo con los dedos de esa mano—. ¡Ala izquierda, Luscinia! —continuó después de cambiar de mano y repetir el acto con el ala mencionada—. ¡Vengan a mí!

    El petirrojo y el ruiseñor emprendieron el vuelo desde el balcón de la torre central para acudir al llamado de su ama. Al llegar al lugar indicado, ambos recuperaron sus formas humanas, se inclinaron ante su ama y le ofrecieron sus viejas lanzas y sus prendedores que fueron reparados con la energía que emanaba el cristal del báculo. Cuando la reparación estuvo terminada, Haruki y Mitsuki se levantaron y dieron algunos pasos para colocarse en los costados respectivos de la pequeña guardiana, quien dio una orden más.

    —¡Red!

    Los vigilantes clavaron sus lanzas en la tierra para revelar y unir los miles de enlaces que aún existían en el mundo, los necesarios para crear una gran telaraña que pudiera atrapar a los espectros más lejanos que ninguno de los magos elementales podía alcanzar con sus técnicas.

    —Espectros perdidos sin paz, vuelvan a sus territorios originarios, descansen por siempre en los hogares que les fueron asignados desde el origen para que no lastimen a ningún ser indefenso, duerman en espera de una segunda oportunidad y de su vuelta al ciclo. ¡Sello!

    Un golpe fuerte de Milvus sobre la tierra activó la red que los pajes habían creado, y los tres mantuvieron sus posiciones durante varios minutos hasta que la maga blanca dejó de escuchar las voces de los seres atormentados, lo que coincidió con la desaparición del sol en la región de Nigrens. Y aunque los habitantes del castillo no sabían con certeza cuánto tiempo había durado aquella batalla, estaban seguros de que había sido lo suficientemente larga y agotadora como para que Junko se quedara dormida en los brazos de sus pajes, quienes decidieron guardar sus felicitaciones para el día siguiente, cuando ella pudiera abrir los ojos y sonreírles como su creadora hiciera en muchas ocasiones antes del desastre que terminó con su alegría.

    En aquella habitación de muros blancos que marcaban la nueva apariencia de sus sueños, la presencia misteriosa de la dama de cabellera dorada la esperaba para despedirse.

    —Pero vendrás cuando te necesite, ¿verdad?

    La sonrisa enternecida en su rostro era una respuesta confusa.

    —¿Quieres decir que no te necesito?

    Un asentimiento de cabeza.

    —¿Y si un día me equivoco?

    La dama blanca se acercó a ella para entregarle su voto de confianza.

    —Si ese día llega, estoy segura de que podrás enmendar tus errores. Sé que tus nuevos amigos te apoyarán en el proceso.

    Tras acariciar su cabello y darle un beso en la frente, le agradeció por devolverle la libertad.

    —Gracias por cuidarme siempre, mamá Satomi.

    Emocionada a niveles exorbitantes, la antigua reina de Nitens se abalanzó sobre la niña para abrazarla con fuerza mientras derramaba lágrimas de felicidad e intentaba hilar sus pensamientos para transmitirle el mensaje adecuado, o al menos uno que ella pudiera comprender.

    —Me siento como ese día.

    —¿Ese día?

    La figura de la dama se convirtió en un recuerdo lejano, en un escenario que Junko no había visto, en donde el tarareo dulce de una canción de cuna que había trascendido el tiempo y el espacio llegó a sus oídos: la melodía que su madre natural le cantaba en sus noches de insomnio, la que la madre de Maki le había enseñado a su hija cuando era más pequeña, la que Satomi entonaba en ese instante para su recién nacido.

    —Es precioso, ¿verdad? —dijo mientras lo arrullaba—. Se parece mucho a ti.

    Con pasos lentos y silenciosos, Hayato se acercaba a ambos para abrazarlos con delicadeza y amor infinito.

    —¿Qué nombre le daremos a nuestro hijo?

    Una voz de su distante juventud acudió a su memoria al igual que la mirada granate que los observó con orgullo en aquellos días de amistad incondicional: "¿Quieren escuchar la historia del primer Astrifer?".

    La alegría de sus años tranquilos se mezcló con la nostalgia del deseo de un viejo conocido: "Si yo tuviera un hijo, le pondría su nombre".

    —Nozomu.

    La respuesta a la pregunta de Hayato, anunciada con una sonrisa brillante, originó en su mente un pensamiento fugaz: "¿Por qué no? Es un trato justo".

    Nadie más que él vería a Nozomu como el hijo de los tres.
     
  6. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 27. Los sellos del mundo

    La angustia que había caracterizado los días de los vigilantes de la torre había terminado. Ciertamente, en su lista de asuntos pendientes quedaba la reparación del cofre en tres semanas más y la preparación de su ama para que reforzara su espíritu antes de enseñarle nuevas técnicas mágicas; pero las imágenes del pasado desconocido que se dibujaron en sus mentes durante la ruptura del cristal blanco les demostraron que ya no necesitaban esconderle las reminiscencias dolorosas de su pasado, que no tenían razones para aislarla de su viejo mundo de penas y que la pequeña de ojos dorados, con el temple de un guardián que consideraban poco digno y descuidado, desempeñaría bien su rol en el equilibrio. Con eso en mente, y sin posibilidades de llevarla a la que hasta ese momento fue su habitación, la alojaron en la alcoba de su creadora en la cima de la torre, allí podría recuperar sus energías para la mañana siguiente y decidir qué clase de ejercicios practicarían los tres para fortalecer sus enlaces luego de comprender, por fin, que las palabras de Hitomi eran ciertas y que su creadora no volvería como ellos hubieran querido, ni siquiera para despedirse de ambos.

    Mientras aceptaban todo lo que el destino les había deparado, los antiguos pajes de la reina analizaban la situación del reino. A pesar de que los guardianes se habían esforzado por repeler, purificar y destruir a los espectros susurrantes (¿deberían seguir llamándolos así? Llamarlos fuerzas destructoras no parecía convencerlos), el saldo de la defensa parecía negativo: lo que alguna vez quedó en pie sobre Nitens y la parte frontal del castillo blanco estaban completamente destruidos; las escaleras que normalmente utilizaban para acceder a las habitaciones de los elementales habían desaparecido; los muros de las salas de audiencias y de juntas colapsarían pronto, en parte, por ser empujados por cientos de sombras destructoras, en otra, por los conjuros de las elementales durante su intento por alejarlas de Junko. Y luego de un balance general de los acontecimientos, Haruki y Mitsuki coincidieron en que reconstruir esa zona, aunque bien podría llevarles algunas semanas o incluso meses, sería una pérdida de tiempo y un desperdicio de energías que bien podrían ocupar en construir un nuevo hogar o buscar un sitio que se mantuviera en pie, si es que aún existía alguna zona del mundo con semejante suerte. De cualquier manera, como la decisión no era exclusivamente suya, consideraron que lo mejor sería discutirlo con los magos, principalmente con Hitomi, pues eran conscientes de que su palabra era la única que valdría al final.

    Pero el escenario con el que se encontraron al llegar al comedor no les permitió ni siquiera mencionar el tema: con la cabeza y los brazos apoyados sobre la mesa, la misteriosa depresión del chico de ojos azules se había convertido en el centro de atención durante la cena.

    —¿Qué le pasa ahora? —se animó a preguntar Mitsuki a Hana, quien había cruzado los brazos mientras se preguntaba si lo mejor para él sería recibir unas palmaditas suaves en la espalda o unas bofetadas fuertes para hacerlo reaccionar.

    —Está triste porque los espectros destruyeron la biblioteca.

    En ocasiones como esas, los seres nacidos de aves se preguntaban por qué los seres humanos se encariñaban tanto con los objetos sin valor aparente.

    —Se han ido —gimoteaba Daichi en la silla más lejana—. Las historias maravillosas de este reino se han ido. Perdimos los cuentos, los poemas, las leyendas, el registro de técnicas mágicas...

    —Daichi, hoy duermes con Sachi en la sala.

    —...los edictos, los censos, los libros de ilustraciones...

    —Daichi, tu té se va a enfriar, Koharu no va a entibiarlo después con su magia.

    —...los tratados sobre la naturaleza...

    —Olvídalo, Nana, él no te hará caso.

    —...los diarios de los reyes...

    —Pero los contenidos de muchos de esos libros ya estaban perdidos desde antes.

    —¡No lo digas así! —le reclamó dramáticamente a su amiga de la infancia!—. ¡Aún podíamos salvar algunas cosas! ¡Aún no revisaba el estudio del rey! ¡Seguramente muchos de los documentos nos darían pistas sobre lo que hay que hacer de ahora en adelante!

    Los guardianes suspiraron mientras lo escuchaban lamentarse y lo veían despeinarse con brusquedad, ¿acaso seguía sin entender que lo único que necesitaban hacer a partir de ese momento era volver a empezar?

    —Pero ahora podrás trazar una nueva ruta de acción, incluso podrás obtener pistas con el tiempo —intentaba consolarlo Maki con un poco de nerviosismo, pues no sabía qué más decirle en aquella situación que no podía comprender totalmente a pesar de ser ella quien mejor lo conocía en aquel lugar—. Ya encontrarás una forma de hacerlo, podrías pedirles a todos que te cuenten lo que saben cada vez que vengamos, ¿no lo crees?

    —¿Cada vez que vengan? —preguntó inocentemente Koharu mientras mordía un pan—. ¿No van a quedarse con nosotros?

    Había hablado y supuesto de más, pero no era totalmente su culpa. Con la llegada de los espectros susurrantes, su amigo había olvidado que necesitaba hablar con los habitantes de ese mundo sobre un tema delicado que podría definir el destino de todos. Y después de lamentarse por última vez por la pérdida de los libros del castillo, se acomodó bien sobre su silla, peinó su cabello alborotado con sus dedos y colocó lentamente las manos sobre la mesa para hablar de un tema importante con todos.

    —Nuestros seres queridos nos esperan en nuestro mundo, no podemos quedarnos.

    Las elementales nativas mostraron tristeza en sus rostros y los pajes parecían estar listos para protestar y convencerlo de que el regreso de los tres a su mundo no era conveniente; pero el guardián de la espada frustró sus intenciones.

    —Pero tampoco podemos llevarnos a Junko como si nada, Maki.

    Ella lo miró ligeramente asustada.

    —¿Estás pensando...?

    —No —interrumpió la pregunta al suponer cómo terminaría—. Tampoco vamos a dejarla.

    Los guardianes de la niña comenzaban a inquietarse a pesar de que el chico había demostrado que sabía la importancia del resplandor blanco en el mundo mágico.

    —He estado pensando en ello desde el principio: el problema empezó con la ausencia de un heredero del resplandor blanco que pudiera fortalecer la estructura del cofre con sus enlaces con el origen; el peligro de que los espectros susurrantes pudieran romperlo por completo ya pasó; pero para repararlo, como Haruki y Mitsuki nos dijeron antes, es necesario que Junko practique un ritual cuando las condiciones naturales sean propicias.

    —Eso será cuando los mayores astros luminosos liberen la mayor cantidad de energía —reveló el de ojos cobrizos—. Es decir, cuando el sol esté en lo más alto el día en que habrá luna llena.

    —Es decir, en tres semanas, y eso es demasiado tiempo —retomó el chico de cabello negro—. Quedarnos tres semanas más sería terrible para Junko, ella extraña a sus padres, negarle que los vea pronto sería un golpe terrible para su estado emocional y podría ocasionarle efectos negativos al mundo: la estabilidad del cofre depende de su existencia y de su propio equilibrio, atentar contra eso sería tirar por la borda el esfuerzo que hicimos por protegerla de los espectros susurrantes, incluso podría ocasionar algo peor.

    —¿Crees que no lo sabemos? —preguntó indignada Mitsuki—. No es capricho nuestro que ella deba quedarse, es importante y no tenemos muchas alternativas, es eso o la destrucción del mundo, ¿o acaso tienes alguna propuesta que no hayamos contemplado?

    —La tengo, pero no les va a gustar.

    ¿Qué podría ser tan difícil de aceptar para ellos?

    —Iré al grano: necesitamos romper los sellos del mundo.

    Nadie esperaba esa respuesta.

    —¿Entiendes lo que estás diciendo, Daichi? —preguntó Nanami intentando controlar su nerviosismo—. ¿Sabes lo que significaría hacer eso para tu mundo y para el nuestro?

    —Lo sé, pero es la única opción que nos queda para asegurar la estabilidad del cofre blanco.

    Los habitantes de ese mundo no estaban totalmente convencidos. ¿No había otra forma de preservar la felicidad de la niña? Traer a sus padres era imposible por las reglas del mundo establecidas en el origen, dejarla ir y volver no parecía cómodo ni adecuado.

    —Daichi no quiso hablar de este asunto para que se torturaran buscando otras alternativas en vano —intervino Hitomi al percibir la confusión que enturbiaba el ambiente—, tampoco quiere imponerles un capricho suyo, ha estado pensando en una solución desde el primer día y esa fue su respuesta.

    ¿Realmente estaban preparados para dar ese paso?

    —Queremos mucho a Junko —tomó la palabra Hana como representante de sus hermanas—, no nos negamos a hacerlo porque ella es importante para nosotras también, mucho menos si esa es la única opción que tenemos; pero no podemos ignorar que eso significaría atentar contra el deseo de Mao, estamos hablando de llegar a su mundo natal con la magia que quiso desterrar para que no causara discordias, ¿no sería mejor renunciar a los talismanes y a los dones para que los resplandores no tuvieran que encargarse de preservar los cofres?

    —Ciertamente, los cofres existen porque aún tenemos los talismanes y los dones; si todos renunciáramos a ellos, los resplandores dejarían de ser necesarios y tanto la Nada como el Caos perderían gran parte de su peligrosidad. Eso no significa que desaparecerán del mundo, seguirán vagando entre los humanos mientras ellos existan; pero al menos no podrán causar desastres mágicos por su propia cuenta.

    —Entonces deberíamos...

    —Sin embargo —interrumpió nuevamente a la chica castaña—, hacer eso requiere de un acuerdo entre todos los elegidos por las fuerzas regentes; es decir, entre los poseedores de talismanes, resplandores y dones... aunque seguramente Yuki aprobaría la decisión, le quitarían un gran peso de encima, y el artesano por fin podría dedicarse a la joyería sin impregnar sus creaciones con magia.

    —Entonces sólo nos quedaría convencer a la Maga del Recuerdo.

    —¿Sólo a ella?

    La pregunta de Hitomi desconcertó a todos, quizá a unos más que a otros por lo que implicaba su respuesta.

    —Los talismanes restantes aún existen, pero no sabemos lo suficiente sobre su estado: ¿estarán ocultos en espera de un propietario digno?, ¿habrán elegido ya a su amo?, ¿en realidad era necesario buscarlo? Buscarlos y encontrarlos les llevará mucho tiempo y, dados los antecedentes de Fulgor Caeruleus, es posible que ninguno de los tres siga en este mundo. Si ya encontraron a un portador, ¿cuánto tiempo más les llevará convencerlos de que renunciar a la magia es lo ideal?, ¿sabrán siquiera qué hay detrás de esos objetos?, ¿cómo van a obtener su consentimiento cuando ni siquiera saben qué hacer con ellos? Lo vean por donde lo vean, será más sencillo para ustedes encontrarlos en un mundo que buscarlos en dos.

    —¡Entonces vamos a hacerlo! —dijo animada Koharu—. Jun-Jun estará feliz, nosotros tendremos más hermanos y conoceremos un mundo nuevo.

    —Pero Koharu...

    —¡Encontraremos las palabras adecuadas para convencerlos! —continuó mientras tomaba las manos de Nanami, quien estaba a punto de expresar su pesimismo—.

    —Lo dices como si fuera tan fácil —protestó Hana con la cabeza apoyada en la palma de su mano.

    —Tal vez no lo sea, pero mientras nosotras estemos unidas, podremos lograrlo. Mientras no nos rindamos ni olvidemos nuestras misiones, todo estará bien. Sachiko piensa lo mismo, ¿verdad?

    La de mirada dulce cambió bruscamente su preocupación por una sonrisa tranquilizadora.

    —No estaría mal intentar algo nuevo de vez en cuando, Sachi podría venir con nosotros también.

    —¿Lo ves?

    El optimismo extremo de la pelirroja era contagioso.

    —De acuerdo —accedió Haruki.

    —Creo que será más sencillo buscar un nuevo hogar en el mundo originario que reconstruir el castillo —concluyó la de ojos lilas tras encontrar, de alguna manera, la solución al problema del castillo deteriorado y casi inhabitable.

    —¡Bien! ¡Iremos!

    Y comenzó a imaginar la vida de sus hermanas en ese mundo que conocerían sin haberlo planeado. Era tanta su emoción que inició una charla extensa en la que Daichi y Maki se vieron obligados a participar para hacer algunas aclaraciones sobre su estilo de vida. Pronto, los vigilantes de la torre se vieron incluidos en aquella conversación y resolvieron cierta duda que Daichi tenía a partir de la visión que Hayato compartió con él: ninguno recordaba en qué lado del mundo había nacido, desconocían la cantidad de veces que se habían reincorporado al ciclo, ni siquiera eran conscientes de lo que su creadora había visto en ellos para adoptarlos como pajes; pero consideraban que aquella información tenía tan poca relevancia para su vida que nunca se preocuparon por buscar las respuestas de sus dudas.

    La mujer de ojos grises aprovechó la distracción general para dirigirse a la cocina, abrir la puerta en silencio y cerrarla a sus espaldas para luego mostrar un gesto de alivio que cierta invitada oculta quiso cuestionar.

    —¿Eso no cuenta como imponer tu voluntad?

    Sentada en un rincón, con una pequeña caja oscura sobre su regazo, la mujer de negro sorbió un trago de té mientras Hitomi pensaba en una respuesta.

    —Aún si lo fuera, parece que las fuerzas regentes no protestarán por ello ni recibiré su castigo.

    Parecía cierto. Los testimonios antiguos contaban que los guardianes del equilibrio, como vigilantes de los actos de los magos desde la penumbra, no podían asumir una postura en discusiones importantes que les concernían a los magos si su respuesta no era justa o atentaba contra el orden del mundo; pero nadie había consignado cuál era la sanción en caso de transgredir el pacto.

    La invitada nunca sabría que protestar era más doloroso que acatar las reglas.

    —En todo caso, Hibiki y yo ya estamos preparados para cuando llegue ese momento.

    Parecía que aquella respuesta no era del agrado de Hitomi.

    —¿Aún sigues con eso, pequeña Miyako?

    —No me digas pequeña —protestó—, hace mucho dejé de ser una niña y no soy ni seré una de tus hijas aunque lo desees. No debería extrañarte que no quiera unirme a ellos, no mientras aún tenga pendiente ese otro asunto que tanto te preocupa.

    La de cabello violeta había olvidado la dificultad que implicaba hablar con Miyako. Tal vez por eso se sentía cansada y decidió callar y reunirse nuevamente con los magos antes de decirle lo que estaba pensando: "No me adjudiques las preocupaciones que solo te inquietan a ti... al menos no por ahora".

    -----------

    La próxima semana, el final de este arco. ¡Espérenlo!
     
  7. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 28. Apocalipsis libertario

    Más allá de los vitrales, acompañada por el animal salvaje que presumía contar con el raciocinio de cualquier ser humano, la joven de mirada dulce observaba con atención un trozo de cuerda atado en una de las ramas más bajas del árbol milenario. Ahí la encontró Hitomi por la mañana, poco después de que los demás habitantes del castillo se reunieran para partir rumbo al lugar donde realizarían su última tarea mágica dentro de ese mundo que por tantos años fue su hogar.

    —¿Estás lista? —le preguntó después de varios segundos de silencio y reflexión.

    Nuevamente con ese cambio súbito de gestos, Sachiko dio media vuelta para sonreírle a su madre y asentir con la cabeza.

    —Vamos.

    Un portal hacia el oeste, creado por la guardiana del equilibrio, acortó su camino a Origo, aquella tierra de nadie que en un principio había sido de todos. Algunos kilómetros más adelante, cerca de la región de las montañas que por mucho tiempo resguardó la seguridad de la familia de artesanos, existía una cueva grande protegida por una barrera de rocas que la elemental de tierra retiró con dos movimientos de manos: las palmas hacia adelante y luego hacia los lados, como si empujara la puerta enorme y pesada del inframundo al que, por alguna razón, ninguno temía.

    El grupo reanudó su viaje hacia el interior de la cueva, en donde lentamente la luz fue devorada por las profundidades misteriosas. Era tan difícil para todos caminar que Haruki y Mitsuki se vieron en la necesidad de crear un par de resplandores para iluminar el camino y dirigir a todos con seguridad hacia la zona donde se encontraban ocultos los sellos del mundo: un callejón sin salida con una serie de símbolos grabados en las paredes que, al igual que cuatro baldosas de colores en el suelo, brillaron al sentir la cercanía de los talismanes elementales. En el centro, sobre una quinta roca con el grabado de una rosa de los vientos, Hitomi colocó uno de los pétalos de su prendedor que se convirtió en un gran rosal que cubrió la piedra con sus raíces, y mientras todos estaban distraídos con el resurgimiento y el crecimiento acelerado de la planta, la madre de las elementales dirigió sigilosamente su mano hacia la cabeza de Daichi.

    —Una cana. —Y la jaló.

    —¡Auch! —se quejó él.

    —¿Por qué hiciste eso? —preguntó indignada Koharu—. ¡Siempre me has dicho que no debo jalar el cabello de la gente!

    —Lo siento, no volveré a hacerlo —se limitó a responder sin despegar la vista de la cana que, por alguna extraña razón, era tan negra como el resto del cabello del chico—. Ahora ve a tu lugar, Koharu. —Miró hacia atrás—. Ustedes también.

    Nanami, Sachiko y Maki se colocaron en los puntos indicados, y el mal humor de Hana llamó la atención de Junko, a quien le pareció extraño que no se moviera de su sitio.

    —¿Tú no vas?

    —No tengo nada que hacer ahí —refunfuñó.

    —Qué mal.

    —¿Verdad? Debería ser yo y no Maki.

    Aquel comentario provocó que la niña soltara una risita nerviosa. Se había enterado, por comentarios de las demás elementales, de la gran admiración que sentía la elemental de hierba por Sayaka, la antigua maga del aire; pero no esperaba escuchar de ella un reproche de esa índole en esos momentos. Hana, por su parte, quiso reclamarle por reírse; pero la pequeña era tan simpática que se sentía incapaz de enojarse con ella: "Las cosas con Koharu serían diferentes si ella se comportara como Junko", pensó.

    Frente a quienes no participarían en la ruptura de los sellos del mundo, las elementales comenzaron el ritual que Hitomi pudo comentarles antes de salir del castillo: sobre sus manos extendidas hacia adelante, a la misma distancia que las piedras de colores en el suelo, las cuatro mostraban sus talismanes y estos comenzaron a brillar y a flotar. Mientras las joyas levitaban, las voces del mundo acudían a sus oídos en susurros imperceptibles para el resto: conocimientos pasados que se revitalizaban en cada ciclo de los seres, dudas de guardianes antiguos que nadie resolvería jamás, oraciones que nadie se atrevía a pronunciar por temor a confundirlos con hechizos prohibidos que les costaran la integridad de sus almas, y entre todas las voces, en un espacio donde giraban cuatro resplandores alrededor de una figura sin rostro, la revelación de los nombres de cuatro pilares acompañados por cuatro conjuros que recitaron las magas una por una:

    —Espíritu del agua, atiende mi ruego. ¡Ven, Flumen!

    —Corazón del fuego, escucha mi voz. ¡Ven, Ignis!

    —Ser de la tierra, surge ante mí. ¡Ven, Helix!

    —Esencia del aire, yo te invoco. ¡Ven, Aura!

    Ante ellas, los cuatro talismanes se convirtieron en los báculos que el primer artesano había elaborado por petición de Mao para reforzar el sello que resguardaría el mundo de cualquier invasor. Con seguridad, las magas tomaron sendos objetos con una mano, los inclinaron hacia adelante para señalar la rosa que había surgido en la piedra central, y comenzaron a recitar, al unísono, un nuevo conjuro que se revelaba en cada baldosa:

    —Sellos del mundo creados en el origen, ante ustedes juramos proteger la magia de las intenciones malignas y alejar de este mundo a sus invasores. Hoy juramos mantener nuestras promesas en el camino que alguna vez abandonamos, volveremos al mundo que nos ha olvidado, renunciaremos a esta tierra en la que hemos crecido y llevaremos con nosotros las misiones que hemos aceptado a través de nuestros pactos con las fuerzas regentes.

    En el mismo orden de invocación de los báculos, las guardianas los retrajeron con ambas manos y pronunciaron cuatro órdenes más antes de golpear sus respectivas piedras de colores:

    —Espíritu del agua, vuelve a tu cauce.

    —Corazón del fuego, apaga este mundo.

    —Ser de la tierra, regresa al origen.

    —Esencia del aire, viaja a otro cielo.

    Lentamente, los sellos del mundo se resquebrajaban ante los testigos, y el rosal apretó tanto sus raíces en la tierra que partió la baldosa grabada.

    Fue hasta entonces que Daichi comprendió algo que lo entristeció: mientras ellos se mantenían a salvo dentro de la cueva, lo poco que quedaba del mundo colapsaba. Todos los seres vivientes que se habían salvado de la gran destrucción del reino volvían al origen y, aunque era consciente de que tendrían una nueva oportunidad en su mundo, sintió que había tomado una decisión precipitada y quizá errónea; pero la madre de las elementales, al notar duda en su rostro, intentó distraerlo para que dejara de torturarse.

    —Daichi —dijo mientras arrojaba el cabello arrancado al pie del rosal como si ya no le importara conservarlo—, ¿qué te gustaría hacer cuando vuelvas a casa?

    La pregunta inundó sus pensamientos como la luz que se filtraba por las grietas del suelo y que invadía la cueva hasta convertirla en un territorio ilimitado.

    Las respuestas no tardaron mucho en llegar: tal vez su propuesta apocalíptica no era la única solución del problema; pero al menos parecía ser la única que libraría a Junko de una soledad que no merecía. Más allá de la magia y de las responsabilidades que había adquirido luego de demostrar que era digna heredera del resplandor blanco, ella seguía siendo una niña, una a la que nadie tenía derecho de privarle el contacto con las personas que más amaba, una que no debería sufrir como él cuando perdió a su padre. Además, Hitomi le había recordado, con una simple pregunta, que ese no era el final, sino el principio de algo más grande para todos: el destino podría tener preparadas más aventuras para ellos cuando llegaran al mundo natal de Mao, cuando buscaran los tres talismanes restantes, cuando tuvieran que encontrarse frente a frente con la poseedora del resplandor opaco, y tal vez para entonces podrían vivir en armonía.

    Pero él quería hacer otra cosa, y entonces se preguntó si tendría, en el transcurso de ese giro del destino que debería encarar junto con el grupo de magos, el tiempo suficiente para retomar las lecturas pendientes y cubrirlas durante las vacaciones. Pensó una vez más en la estrategia perfecta para establecer un nuevo récord de lectura, uno que pudiera superar el año siguiente; ideó un plan perfecto para reordenar y desempolvar la habitación destinada a los libros que pertenecieron a su padre: "¿Qué pasará si un día duplico la cantidad de libros que él coleccionó a lo largo de su vida? ¿En dónde voy a acomodarlos todos?".

    Tal vez no era el momento para pensar en ello.

    "¿Es todo lo que quieres hacer?"

    ¿Por qué la voz de Asteregius, que también era la suya, cuestionaba sus deseos?

    Un movimiento rítmico, tal vez hipnótico, atrajo su mirada hacia su izquierda: un par de pies diminutos en negros zapatos infantiles que movían un cuerpo diez años menor que él: talones, puntas, cuerpo hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás...

    El sueño nostálgico se había convertido en un mal presentimiento.

    La niña de trenzas con uniforme de primaria y mochila en la espalda se había cansado de esperar y, antes de que él pudiera hacer cualquier movimiento, le había dado la espalda para alejarse en silencio.

    En el mar de sus pensamientos que aún no regresaban al mundo finito, extendió el brazo para tocar su hombro, pero sólo pudo atrapar un trozo de nube que se desvaneció entre sus dedos, y se dio cuenta entonces de que estaba encerrado en un recuerdo convertido en presagio, en un deseo infantil que lo había acompañado por siete años, casi ocho, y que se había encargado de enterrar bajo su pesimismo, su timidez y su apatía. Si al menos pudiera hacer algo, si reuniera el valor suficiente para luchar por un sentimiento que él mismo había jurado proteger, si lograra reunir la energía suficiente para mover los labios...

    Entonces deseó que el silencio desapareciera.

    —¡Maki! ¡Dai-Dai!

    El grito alegre de una persona conocida lo sobresaltó para despertarlo de su pesadilla y llevarlo de vuelta a la realidad, en donde la niña a su lado se había convertido en una jovencita que miraba hacia adelante, hacia el horizonte de donde provenía la llamada, y hacia donde él también volvió la cabeza.

    —¡Lo siento mucho!

    "¿Kasumi?"

    —Está bien.

    "¿De qué están hablando ahora?"

    Una mirada fugaz le bastó al chico para entender las circunstancias de aquella conversación: en la mano derecha de Kasumi, un cuaderno que había visto tiempo atrás; en la esquina inferior derecha del cuaderno, "Maki Hatori" escrito sobre una etiqueta.

    ¿Sería acaso...?

    —¿Otra vez? —preguntó sorprendido, tal vez aterrado.

    —¿Cómo que "otra vez"? —respondió la castaña mientras guardaba el cuaderno en su maletín—. Es el único modo de tener buenos apuntes, estoy dispuesta a copiarlos todo el fin de semana si es necesario, es algo raro de mi parte, ¿y lo único que se te ocurre decirme es "otra vez"?

    —La última vez dijiste eso y no lo lograste, ¿recuerdas? —"¿Qué significa esto?", pensó.

    —Espera, ¿estás anticipando que no lo voy a lograr? —"No, no vas a lograrlo porque vas a enfermarte", siguió pensando el chico— ¡Eres cruel, Dai-Dai! —"¡Pero es la verdad!"—. ¡Y yo que me he preocupado por ti durante tantos años! ¡Yo que te he apoyado incondicionalmente en todo momento y así me pagas!

    —Pero es que...

    —¡No digas más! ¡No empeores las cosas! —Lágrimas falsas—. ¡Yo que te creía un ñoño más amable!

    —¡No me digas ñoño! —exigió.

    —Es cierto, no lo eres. —"Si no me equivoco, ahora va a decir..."—. ¿O tal vez estás celoso porque Maki no te presta sus apuntes?

    Hizo su mejor esfuerzo por disimular su perturbación. En su primer regreso, tanto él como su amiga de la infancia habían olvidado sus vivencias en el mundo mágico y habían vuelto para seguir con su vida como si nada; pero esta vez era distinto, ¿sería el único en notarlo? Quiso comprobarlo, pero una voz le susurró un mensaje importante: "No alteres el pasado aunque otros lo hagan".

    ¿Qué había hecho después de esa pregunta?

    —¡Espera, Kasu! —pidió luego de recuperar la compostura, y caminó con rapidez para alcanzarla, para pedirle explicaciones que sabía que no le daría, para reclamarle por dejarlo con la duda una vez más, y aquello se convirtió pronto en una discusión larga, confusa, repleta de frases indirectas y sonrisas maliciosas que le hicieron ignorar, por un momento, la confusión que le causaba aquel salto temporal que no esperaba.

    Pero no era el único. Detrás de ellos, Maki escondió su gesto preocupado bajo su bufanda mientras intentaba ordenar sus ideas: ¿Por qué volvieron a ese punto? ¿No tendrían que haber aparecido a la mitad de una calle lejana? ¿No debería estar Junko con ellos? ¿Ella estaría bien?

    La mirada dorada de la niña, por alguna razón, se encontraba ante las llamas diminutas de diez velitas blancas y un par de rostros conocidos y amorosos.

    —¿Eh?

    —Que pidas un deseo —repitió su madre con dulzura.

    Ver a sus padres así llenó sus ojos de lágrimas alegres que se enjugó al instante. Nuevamente, en aquella felicidad del segundo viernes de febrero, no encontró razones para no desear lo mismo que la vez anterior: "Quiero que sigamos juntos por siempre".

    Aunque también deseaba que al menos Daichi y Maki celebraran con ella, ¿qué estarían haciendo en ese momento?

    —¡Deme tres más!

    La petición repentina y energética de Kasumi volvió a interrumpir los pensamientos de la chica de lentes, quien seguía preguntándose cómo o en qué momento hablar con Daichi sobre lo que estaba pasando. Mientras tanto, no tenían más opción que seguir repitiendo sus palabras hasta que su acompañante se separara de ellos para volver a casa.

    —Kasu, dudo que esa sea una buena idea, ya llevas cuatro.

    —¡No importa! ¡Estoy segura de que alguna de estas tres debe ser la ganadora!

    —Pero te vas a...

    Las palabras de Daichi se detuvieron al mismo tiempo que el movimiento de las manos de la castaña, quien desistió de abrir la quinta paleta.

    —Tienes razón, no vale la pena.

    Aquel suceso inesperado dejó a sus amigos sin palabras, y los tres permanecieron en silencio mientras Kasumi repartía entre ellos su compra y le pagaba al vendedor.

    —¿Entonces qué, Maki? —dijo mientras daba media vuelta para verla de frente—. ¿Vas con nosotros?

    Ella seguía tan sorprendida que no supo en qué momento llegó una de las paletas a sus manos.

    —¿Eh? ¡S-Sí voy!

    —¡Perfecto! Entonces nos vemos pasado mañana a las 11 en donde quedamos la vez pasada. ¡Y más te vale llegar temprano esta vez, Dai-Dai, o tendrás que pagar todo lo que compre!

    —¿¡Todo!?

    —Todo, y no será poco.

    Sin darle tiempo de responder, la chica se despidió de ambos y emprendió una carrera más rumbo a su casa; pero varios pasos adelante, por alguna razón, se detuvo y giró el cuerpo para decir algo más:

    —¡Daichi! ¡Te ves mejor así!

    Él no podía entenderlo.

    —¿Cómo que "así"?

    —¿No te has dado cuenta? ¡Qué tonto eres!

    Y corrió una vez más para perderse entre calles tranquilas y poco transitadas mientras pensaba, con cierta alegría, que el brillo en los ojos de Daichi se notaba mejor cuando no tenía los lentes puestos.

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    Y es todo por ahora. La tercera parte de la historia vendrá probablemente por junio de este año (o sea, en cuatro meses). Espero verlos por aquí para cuando eso ocurra. Muchas gracias por seguir la historia hasta este punto, me esforzaré por salir del atorón creativo y terminar el arco 3 como se debe >w<
     

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