Original Fic El deseo de Nozomu II: El deseo de la luz

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 4 Ago 2017.

  1. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 23. Tsubaki

    Cierta tarde, navegando entre las nubes infinitas de sus sueños y esperanzas, caminando en silencio por el jardín central del castillo negro, la princesa vio un camelio con flores rojas muy hermosas y se enamoró de su belleza.

    Tiempo más tarde, se encontró de nuevo ante el arbusto y vio caer uno de sus frutos, lo guardó en un lugar seguro para dejarlo secar y extraerle las semillas que sembró en una maceta. Se esforzó mucho al cuidarla: un lugar con buen sol, un poco de agua, paciencia, cariño y las intenciones de llevar la planta a Nitens, mostrársela a su padre y trasplantarla en el centro del jardín. Cuando lo hizo, se encargó personalmente de vigilar su crecimiento, y las flores nuevas, más hermosas que las que había visto en el arbusto de Nigrens, alegraban sus días de espera interminable.

    Durante las primeras semanas, en sus rondines diarios por órdenes de su maestra, Hayato se detenía para contemplar las labores de la princesa jardinera: retirar la mala hierba, regar el pequeño árbol, cortarle algunas ramas secas y despedirse de él antes de volver a sus deberes. Le parecía agradable que ella tuviera un pasatiempo y quería, tanto como ella, que el camelio creciera igual o más que el que tiró su fruto en aquella región que fuera su hogar durante tantos años de arduo aprendizaje.

    Justo cuando empezaba a acostumbrarse a verla en el jardín, comenzó a percibir algo extraño en su rutina: una sonrisa perdida, una mirada dolorosa, la proyección de una segunda sombra bajo sus pies que amenazaba con extenderse, y siguió observándola día tras día para dar seguimiento a aquellos eventos inusuales que le inspiraban un mal presentimiento.

    Pasaron varias semanas más y ella no podía entender por qué sus flores hermosas le infligían tanto dolor, por qué al abrir la ventana de su habitación procuraba no contemplarlas por más de un minuto, por qué se esforzaba tanto en cuidarlas si sentía que nadie las apreciaría como quisiera, por qué su color llenaba sus ojos de lágrimas y desvanecía su sonrisa, por qué al tocarlas imaginaba un rostro distante que jamás pudo acariciar con la mano desnuda, por qué intentaba percibir su aroma cuando nunca lo tuvieron, por qué un fantasma oprimía su pecho con tanta intensidad que sentía que moriría en cualquier instante, por qué la persona que ansiaba ver no estaba con ella, por qué de repente extendió el brazo hacia una de las camelias para arrancarla y prenderla en su cabello, por qué...

    Al atardecer, lo único que quedaba del camelio sembrado en el jardín de la doncella ausente era un cúmulo de cenizas.

    Una noticia se esparció con rapidez en todas las regiones del mundo.

    —¿Desaparecida? —interrogó Yuuto a un mensajero—. ¿Cómo es posible? ¿Nadie la vio salir del castillo?

    —Nadie —respondió preocupado, temeroso ante el enojo del gobernante—. Los elementales dicen que sus técnicas de rastreo son inútiles para encontrarla; pero ya están organizando grupos de búsqueda. El joven Hayato los dirige.

    —¿Y el rey?

    —Está enfurecido, señor —dijo cabizbajo, con las manos temblorosas, intentando mantenerse tranquilo—. Ha ordenado que nadie entre ni salga de Nitens, que todas las casas sean inspeccionadas... Ha ordenado aprehender al responsable y...

    —¡Basta! —interrumpió, y todos pudieron percibir en su voz la irritación de quien teme que la historia se repita—. He escuchado suficiente, vuelve con tu rey y dile que ayudaremos en la búsqueda.

    Lo vio marcharse con rapidez mientras pensaba que había algo más detrás de aquel misterio: ¿La indiferencia del rey la había lastimado? ¿Habría tomado decisiones que a ella no le gustaban? ¿Alguien habría burlado la seguridad del castillo como ocurrió ocho años atrás? ¿O tal vez...?

    Los pasos veloces de su sucesor rumbo a una puerta y su abrupta salida lo perturbaron tanto que se vio en la necesidad de seguirlo y analizar su reacción tan agresiva: una caminata rápida con los puños cerrados, sin notar que alguien iba detrás de él; un gesto de preocupación e impotencia mezcladas en su rostro acompañado por una mirada atormentada, al borde de la desesperación.

    El maestro temía que aquella actitud confirmara el cumplimiento del mayor de sus temores. Quiso llamarlo y convencerlo de que lo mejor en aquellas circunstancias era que él permaneciera en el castillo y esperara noticias de los escuadrones de búsqueda; quiso decirle que él iría en su lugar para detectar la presencia mágica de la princesa que los elementales no podían rastrear por razones desconocidas; quiso tomarlo del brazo y arrastrarlo hacia cualquier habitación para encerrarlo con llave porque él, muy en el fondo, estaba convencido de que algo malo le ocurriría si permitía que se marchara solo.

    Una pequeña mano que sostuvo la manga de su camisa enmudeció a Yuuto y paralizó su sangre. Tembloroso, tras ver a su discípulo montar un caballo y partir con prisa del castillo negro, miró hacia su izquierda para averiguar quién lo detenía.

    Abajo, con la mirada del cielo que oscurece, un pequeño emisario le transmitía la decisión inapelable las fuerzas regentes: un movimiento de cabeza lento, casi eterno, de un lado hacia otro.

    Un mareo se apoderó de su cuerpo, su rostro palideció y el sudor frío recorrió su frente. Con la palma de una mano sobre sus ojos y el brazo opuesto contra una pared para no caer, quiso susurrar un deseo, mas la voz inocente y penetrante del testigo del tiempo frustró sus planes:

    —Ni el mayor deseo del mundo puede detener lo inevitable.

    En las profundidades de los bosques que nunca habían sido tocados por la luz, la princesa avanzaba sin descanso con el vestido destrozado por las ramas que intentaban detenerla, con los pies sangrantes que se movían por inercia sobre las piedras que también deseaban frenar su paso, con la mirada seca causada por el insomnio que se había apoderado de sus ojos durante sus últimas noches de angustia que le desgarraba el alma.

    El murmullo casi inaudible de sus labios resecos clamaban la respuesta de la pregunta que nunca pudo plantearse adecuadamente mientras su mente repetía, una y otra vez, todas las dudas que compartía con sus flores: "¿Por qué me duele tanto verlas? ¿Por qué anhelo que pase algo mientras las cuido? ¿Por qué sigo esperando en silencio? ¿Por qué mi deseo no se cumple ahora? ¿Acaso mi deseo es imposible?".

    Sus piernas la traicionaron. Quiso arrastrarse para llegar a su destino, pero ya no le quedaban fuerzas. La angustia de morir ahí comenzaba a invadir su alma. Era ese sentimiento el que llamaba a los espectros que alimentaban su sombra, y era su sombra la que se tornaba pesada, enorme, hasta que las voces que nunca había escuchado le repetían sus miedos: "No vendrá", "Te mintió", "Te quedarás sola", "No volverás a verlo".

    Las voces de la Nada, aunque pretendían devorarla, resolvieron sus dudas.

    "Ah... eso es".

    El crecimiento desmedido de un poder oscuro dirigió el galope del caballo de Kazuma, que se adentró en el bosque y fue detenido cuando el aprendiz de mago notó los movimientos torpes y débiles de la princesa perdida.

    Agitado, quizá más desesperado que ella por descubrir su mirada aterrada y moribunda, bajó de su caballo para arrodillarse, tomar sus hombros y repetir su nombre para liberarla de sus desvaríos: primero con suavidad, después con más fuerza mientras agitaba su cuerpo, casi desgarrando su garganta al final.

    En un intento por desmentir a la Nada, ella respondió con una sonrisa vacía.

    —Está aquí, ¿lo ven? ¡Sabía que vendría!

    —¿Puedes levantarte? —No hubo respuesta—. Déjame llevarte...

    —¿Me llevarás contigo? —interrumpió ella aún en su delirio—. ¡Sabía que valdría la pena arriesgarme tanto! ¡Se los dije! ¿Ahora me creen? —Lo miró de nuevo con los ojos perdidos—. Y aún si no me llevara con él, yo lo llevaría conmigo, porque él no es feliz en Nigrens, ¿verdad? Porque él también se ha sentido solo y deseaba verme, porque puedo ver su alma en mis sueños, sentir sus latidos todo el tiempo en mi pecho, porque puedo ver en sus ojos el terror que le causaría perderme, el dolor que siente al saber que vivir así no tiene caso, y sé que él tiene el mismo deseo que yo: el deseo de estar juntos por siempre, el deseo de destruir el mundo para que ocurra, ¡y podemos hacerlo!, ¡el mundo aceptará con gusto ser sacrificado para calmar nuestra soledad!

    Más que lamentarse por verla perdida en el abismo de la Nada, le alegraba que ella descubriera su deseo más profundo, porque la vida desde su partida no era la misma, porque ninguno de sus intentos por volverse inhumano había funcionado, porque se encontraba en un debate interminable entre su deber como mago negro, el consejo de su maestro y su corazón humano, porque su deseo constante de morir jamás llegaba para terminar con el ciclo tirano del que alguna vez se sintió orgulloso.

    Consciente de sus circunstancias, la abrazó con fuerza mientras su espíritu exigía que no la desprendieran de él, y mientras más se aferraba a su cuerpo delicado y moribundo, más perdía el control sobre sus sentimientos, más deseaba fundirse con ella y poseerla por siempre, más anhelaba permanecer a su lado y despreciaba sus responsabilidades como Mago del Recuerdo, y entonces, en el momento menos esperado, una voz seductora llegó a sus oídos: "Si el mundo no permite que la ames, destruye sus reglas".

    El Caos, como una mano fantasmal que deseaba surgir de su pecho para mezclarse con la Nada, estrujaba su corazón tanto como él a su amada y pretendía unir sus labios para consumar sus intenciones.

    —¡¡Kazuma!!

    El grito distante y preocupado de su viejo amigo le devolvió la lucidez.

    —¡Esto no es lo que quieres! —¿Qué sabía él de lo que quería?—. ¡Tu batalla se acaba si aceptas la propuesta del Caos! —Él ya había sido derrotado de cualquier manera—. ¡Vas a condenarte si cedes! —¿Qué le importaba pecar?—. ¡Ella no querría eso!

    Tenía razón.

    En lo más profundo, entre lo que siempre quiso olvidar, su sentido del deber únicamente le permitió colocar un suave beso en la frente de la doncella para despedirse de ella, y su gesto humilde despertó nuevamente las voces de la Nada que murmuraban sus deseos ocultos mientras extendían sus múltiples brazos hacia él: "No te vayas", "Vuelve a mi lado", "No quiero", "Tengo miedo", "Hace frío", y las frases, tan tristes como su mirada, se acumularon para dibujar una sombra espesa y amorfa que amenazaba con seguir expandiéndose hasta devorar el mundo.

    Su única alternativa en aquellas circunstancias era destruir la raíz de su dolor.

    Tocó el rostro de la princesa con suavidad para conjurar su sueño y la recostó con cuidado para luego levantarse, alejarse unos pasos y cumplir con su deber. Retiró de su oreja izquierda un brazalete de oreja con incrustaciones de amatista, lo colocó sobre la palma de su mano izquierda y observó su transformación rápida a un báculo plateado con una esfera negra en la punta; tomó ese objeto con la mano derecha y lo agitó simulando el corte de una espada cerca de los pies de la joven dormida mientras recitaba un conjuro:

    —Espectros devorados por la Nada, sombras incansables de los espíritus humanos, apártense de la luz, abandonen su origen y reúnanse en la oscuridad, el lugar al que pertenecen y que nunca debieron abandonar; olviden el silencio que el mundo les imponía y recuperen su voz en las tinieblas para que sean escuchados.

    Clavó su báculo en el centro de la sombra espesa con un golpe firme para que la esfera negra absorbería los espectros, y cuando todos fueron reunidos, Kazuma llamó a Hayato y le pidió que se llevara a su protegida, y él se acercó con rapidez para obedecer las órdenes del mago.

    Con la princesa entre sus brazos, le agradeció a su viejo amigo por todo y le dio la espalda para retirarse sin que él notara la preocupación plasmada en sus gestos, pues ambos sabían que aquel ritual instantáneo apenas había comenzado.

    —No te detengas, sólo escúchame con atención —le dijo el de cabello cobrizo mientras Hayato intentaba mantenerse firme y seguir sus órdenes—. Su maldición está aquí, en mi báculo, y ahora me corresponde aislarla del mundo porque nadie es capaz de borrarla sin entregar su vida a cambio. Ella ahora es libre de vivir como su madre hubiera querido, y sé que hará lo correcto en todo momento cuando asuma el cargo para el que fue preparada. Llévala de vuelta a Nitens y no mires atrás, no te preocupes por mí, no vuelvas sobre tus pasos para salvarme de algo a lo que yo mismo me he condenado, y no te sientas responsable por algo que tú no causaste, porque nosotros únicamente heredamos los errores de nuestros antepasados y aún no tenemos la fuerza necesaria para repararlos; pero llegará el día en el que nuestros sucesores encuentren una respuesta para restablecer el equilibrio.

    Más allá de la penumbra, el guardián y la doncella continuaron su viaje de vuelta a casa mientras el aprendiz de mago negro agachaba la cabeza y miraba el suelo con melancolía, siempre en silencio, convenciéndose de que su decisión era la única viable para salvar a todos de un espectro inmenso y terrible capaz de derrumbar los espíritus de todos los seres del reino.

    Lo que ocurrió a partir de ese momento le pareció tan irreal como el sueño largo y profundo que esperaba ver después de la muerte: dos brazos pálidos y delicados que lo abrazaban desde atrás, la sensación de un pecho cálido sobre su espalda, la voz de la princesa ausente que buscaba su oído para seguir confundiendo sus emociones con el afán de atraparlo y volverlo suyo.

    —No renuncies a mí, tus sentimientos son míos, el mundo no merece tu sacrificio, entrégame todo de ti y permite que mi corazón viva en tu pecho.

    Aquello, más que un sueño de muerte, era la pesadilla que lo atormentaría por el resto de su vida.

    —¿Qué quieres de mí?

    El fantasma del Caos había adoptado la forma de la persona que más amaba, se mostró ante él en todo su esplendor y rodeó su cuello para acercarlo a su cuerpo etéreo para seguir seduciéndolo con sus palabras cegadoras.

    —Vengo por lo que me pertenece.

    Y sin clemencia ni arrepentimiento, sin reparar en el dolor que le causaba, sin hacer caso de los gritos y de las lágrimas que intentaba contener sin éxito, arrancó de su corazón sus sentimientos más puros para devorarlos y dejarlo vacío.

    El Caos no imaginaba que perder sus emociones era lo único que necesitaba Kazuma para reanudar su conjuro.

    —Raíz del dolor, yo te invoco.

    De la esfera negra se desprendió una sombra oscura que cobró la forma de quien lo llamaba. El fantasma del Caos, al reconocer la forma de la maldición de la princesa, se alegró tanto que se fundió en un abrazo infinito con aquel nuevo ser y se mezcló con él hasta que ambos seres crearon una nueva silueta gris que planeaba extenderse y dominarlo todo; pero el joven hechicero no iba a permitirlo. En eso pensaba cuando notó un objeto olvidado en el suelo: una vieja pertenencia de la princesa que se había desprendido de su cabello, una flor de color granate que se convertiría en un instrumento muy útil.

    Tomó la camelia con delicadeza y acarició sus pétalos con las yemas de sus dedos mientras recitaba una orden:

    —Espectros nacidos de la Nada y del Caos, seres regentes de las fuerzas opuestas al origen que han lastimado a los hombres, demuestren que no son entes que deben ser despreciados, conviértanse en un nuevo ser capaz de aceptar su pasado y encarar su futuro, acepten la ofrenda que las fuerzas regentes les ofrecen para que adopten una forma tangible y caminen por el mundo sin que nadie sea capaz de percibir su verdadera naturaleza para que no sean rechazados, avancen por el ciclo que ya han comenzado con el nombre que yo les impongo.

    Mientras los hilos delgados dominaban la flor ofrecida como su nuevo refugio y corazón, Kazuma pudo entender por fin que la advertencia que su maestro le hiciera años atrás, más que tratarse de una maldición, era la prueba definitiva de que nunca tuvo posibilidades de escapar de su destino, porque seguramente él lo sabía y tuvo que callarlo, porque la voz del tiempo debió advertirle desde el principio que los sentimientos de su discípulo ya estaban condenados a desaparecer, que eran el sacrificio necesario para salvar al mundo o para postergar su final, que su ofrenda a las fuerzas opuestas era la única forma de salvar a la persona que amaba sin sentenciarla a muerte, porque tanto Hayato como su maestra estaban conscientes de que cortar su sombra implicaba también terminar con su existencia, y el deseo compartido de todos era simplemente que viviera feliz.

    Ante sus ojos, el amor imposible entre la Nada y el Caos había adoptado una forma hermosa: un ser pálido con rostro de mujer, una mujer con la edad de la princesa, unos ojos rosados que vieron el gesto melancólico que él adoptaría por el resto de su vida, una mala copia de su amada que escuchaba su nombre por primera vez:

    —Tu nombre será Tsubaki, y este será nuestro pacto.

    En el silencio de la noche dolorosa, en el centro de la penumbra que jamás desaparecería de su alma, el joven hechicero selló su pacto con un abrazo triste al nuevo ser creado, y junto con el pacto selló también las reminiscencias de sus sentimientos, y el resto de su corazón se escapó en la última lágrima que corrió por su mejilla para luego caer y ser tragada por el ingrato mundo.
     
  2. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    oh, pobre de ambos :c, un amor imposible, aunque... ¿no estaba enamorada de Hayato?, me confundi, bueno esto se pone muy bueno!!!, esperemos a ver como todo empeoro y a volver con Junko a la actualidad y como sale Maki y Daicihi de todo el embrollo.
     
  3. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    asdkasd, se me hizo tarde ;_;

    Capítulo 24. La conferencia de la Nada y el Caos

    Durante los siguientes años de su muerte en vida, Kazuma tuvo que cargar con el pesar que causaba sobre su alma saber que su existencia nunca volvería a estar completa. Aún así asumió el cargo de Mago del Recuerdo cuando su predecesor no pudo retrasar por más tiempo lo inevitable, mas no pensaba dejarlo a su suerte y se convirtió en su guía silencioso, en su padre amoroso, en la única persona que sabía la verdad detrás de la naturaleza de Tsubaki y que esperaba llevarse aquel secreto a la tumba.

    Desde las sombras, Yuuto percibía la preocupación constante de su viejo alumno: todas las mañanas, sin falta, lo encontraba en lo alto del castillo realizando el mismo ritual: la búsqueda incansable del carruaje proveniente de Nitens, la espera del mensajero que le solicitara una audiencia, la orden de la princesa, luego reina, de llevarlo con prontitud al castillo blanco para pedirle consejo, y su alma sentía alivio cuando comprendía que ese no era el día de verla a los ojos y saludarla como siempre, el que coincidiría con su necesidad de tragarse su tormento para que ella no descubriera que él estaba vacío, el que supondría la revelación del conjuro por medio del cual le arrebató la emoción sin nombre que la lastimaba, el que descubrirían todos que la vida feliz en Nitens tenía un precio muy alto que nadie quería que él pagara solo.

    Mientras eso no ocurriera, Tsubaki podría vivir en paz.

    Ella sólo tenía una responsabilidad en el castillo negro, una no muy complicada que ni siquiera parecía una labor importante, pero que había tomado sin protestar: andar por las aldeas del mundo mágico para aprender más sobre él. Tenía la facilidad de viajar entre regiones en poco tiempo gracias a su naturaleza de sombra que se deslizaba sobre la tierra y el agua, y a veces, cuando se cansaba de ver todo desde abajo, tomaba la forma de una golondrina para surcar el viento y mirar aquel regalo que Mao le había concedido a los habitantes del reino: la inmensidad de los campos, las profundidades de los ríos, las cimas de las montañas... Y las sonrisas de los pobladores de las distintas regiones del reino eran tan agradables que no tardó mucho en sentir la necesidad de imitarlos, de convivir con ellos, y eran tales su empatía y su simpatía que nunca se supo de ser alguno que la tratara con desprecio.

    Por las noches, a cierta hora establecida por su creador, regresaba al castillo negro para hablarle de lo que había visto con los ojos llenos de entusiasmo, con los gestos de un ser inocente y esperanzado, con ademanes aprendidos y nuevas historias que calmaban el corazón de su amo antes de dormir. Él la escuchaba siempre con los ojos cerrados, en silencio, intentando imaginar las escenas, los colores, las voces de sus gobernados y del resto de los habitantes del reino, y tanta alegría por todas partes le infundía un pensamiento que calmaba su espíritu: "El mundo está en paz, el sacrificio ha valido la pena".

    Eran esos instantes los que más atesoraba Tsubaki, pues creía que sus anécdotas lo curarían definitivamente de esa melancolía eterna que no abandonaba su espíritu. Verlo sonreír discretamente durante la narración de sus historias, además, era la prueba irrefutable de que su creador aún podía ser feliz; cuando lo veía así, quería salir de la habitación en la que estaban para recorrer las calles del reino y convencer a todas las personas con las que se topara en su camino que el rumor sobre el Mago del Recuerdo era falso, que la reina de Nitens no tenía nada que ver con su carácter apagado, sin sonrisa, y que, aún su fuera cierto, no debían pelear ni menospreciar a los habitantes de dicha región. Porque lo cierto era que, detrás de aquellas narraciones maravillosas, se ocultaba la primera nube de la tormenta inevitable.

    Y antes de que cualquiera lo notara, la nube creció tanto que le fue imposible seguir ocultándola:

    —Nuestro gobernante no merece el desprecio de la reina, ¡esta situación es inconcebible! —clamaban algunos pobladores de Nigrens.

    —¡Es cierto! —respondían los demás habitantes—. ¡Que la reina lo haga a un lado de los asuntos de las regiones es injusto!

    Por más que lo intentara, Kazuma era incapaz de convencerlos, pues el cariño que los pobladores le tenían los cegaba.

    —Entendemos que quiera calmarnos; pero no aceptamos que siga ignorando esta ofensa.

    —¿Nuestro soberano dice que fue decisión suya?

    —¡Claro! ¡Porque sabe que la reina va a ignorarlo si acude a Nitens!

    —¡Es imperdonable! ¡Es como si la reina despreciara a todo Nigrens!

    ¿A dónde se habría metido Tsubaki cuando la nube invadió aquella parte del mundo?

    —¿Has visto a la paje del señor últimamente?

    —Dicen los comerciantes que la última vez la vieron rumbo al este.

    —¿Crees que haya ido a...?

    —No lo creo, ella es muy buena y no nos traicionaría.

    La mirada rosada de Tsubaki seguía inspeccionando los sucesos en los distintos territorios del reino, en silencio, sin emociones, y a sus oídos llegaban los murmullos de la confusión del mundo cuando pisó las aldeas cercanas al castillo blanco.

    —Nuestra reina no merece semejante traición del gobernante de Nigrens, ¡es imperdonable!

    —¡Era de esperarse! Nuestra reina es justa y buena, ese mago despreciable tiene malas intenciones, por eso ella no quiere oírlo.

    Hayato, como vocero de la reina, intentó desmentirlo.

    —¿Ves? ¡Es tan buena que envió a Hayato para que negara los hechos!

    —Quizá lo dice para tranquilizarnos mientras toma medidas para proteger Nitens de la rebelión.

    Los rumores de una rebelión inquietaron tanto al Fidestella que quiso hablar con su viejo amigo.

    —¿Que el rey quiere ir a ver a ese traidor? ¡No es posible!

    —¡Ojalá no vaya! ¿Te imaginas lo que podría ocurrirle cuando ponga un pie en Nigrens?

    —Yo sabía desde hace mucho que esa gente era capaz de todo, ¡si encuentro a alguien de ahí en mi camino, te juro que...!

    La situación era tan delicada que Kazuma no tuvo más alternativa que viajar de incógnito a Nitens en compañía de su discípula para encontrar una solución.

    —¿Cómo es que llegamos a esto? —preguntaba Hayato en aquella sala privada que Hitomi adoptaría años después como sitio de recepción de visitas inesperadas.

    —No lo sé —contestó el guardián negro—. Intenté averiguar de dónde vinieron esos comentarios infundados; pero muchos de los habitantes de Nigrens aseguran que sólo dicen lo que han pensado desde hace años.

    La palidez en el rostro de Hayato le hizo comprender a su visitante que la situación era similar en ese lado del mundo.

    —Pero a estas alturas, más que preguntarnos de dónde vinieron los rumores, deberíamos preocuparnos por la situación del resto de los territorios.

    —¿Lo dices porque temes que elijan un lado?

    —Ojalá fuera solo eso.

    Más y más murmullos llegaban a los oídos de Tsubaki, quien seguía su peregrinación por las regiones mientras intentaba volver al castillo negro, el que siempre consideró su hogar:

    —¿Has oído que la reina y el mago negro están peleados?

    —Lo he oído. ¡Debe ser terrible vivir en Nigrens o en Nitens en estos tiempos!

    —Yo creo que los de Nigrens deben llevarse la peor parte: ser despreciados por todos, prohibirles la salida de aquella región...

    —No, yo creo que los de Nitens sufren más: vivir con miedo de ser atacados en cualquier momento, cerrar sus fronteras...

    —¿Te has dado cuenta de que es lo mismo que hacen en Flamen?

    —Es lo mejor que pueden hacer, los pobladores de Aestus siempre han sido unos salvajes.

    —¿Escuchaste eso? ¡Deberíamos hacer lo mismo nosotros!

    —¿Por qué lo dices?

    —Ferax queda cerca de Aestus, ¿no crees que su salvajismo se les pegue?

    —¿Oíste lo que dijo? ¡Vaya atrevimiento! ¡Compararnos con esa gente de Aestus!

    —Ignóralos, seguramente se les pegó la paranoia de los de Flamen, como son regiones tan cercanas...

    —¿Paranoicos? ¡Por favor! En Flamen sabemos que nos sobran razones para cuidarnos de los extranjeros.

    —Oye, ¿qué no tu vecino es de Aestus?

    —Es cierto. Debería exigirle que regrese a su tierra, mis otros vecinos estarán más tranquilos lejos de esa gente extraña y agresiva.

    —¿Has oído? ¡Nos están robando todo sólo por nacer en esta tierra!

    —Nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¡Aestus es sólo nuestra! ¡Debemos protegerla! ¡Evitemos que esos infelices entren!

    —¿En dónde están nuestros gobernantes? ¿No piensan luchar a nuestro lado?

    —¿Los magos? ¡Ya quisieras! A ellos solo les importa su magia, nunca han velado por nuestra felicidad.

    —¿No estás harto de eso?

    —Tienes razón, deberíamos primero exigirles que hagan su trabajo.

    —¿Exigirles, dices? ¡Llevamos años así! ¿Crees que van a escucharnos? ¡Es una pérdida de tiempo!

    —¿Y qué hacemos, entonces?

    —Luchar contra ellos, ¿qué más puede ser?

    Tsubaki fue incapaz de volver a su hogar. Ante ella, con ira y pánico, cientos de personas en Nigrens tomaban piedras, palos, azadones, cuchillos y otros instrumentos, y estaban dispuestos a comenzar la guerra contra Nitens.

    —¿Lo viste? Volvió tan triste, tan pálido...

    —Te lo dije, la reina no iba a escucharlo.

    —Es peor que eso, ¿notaste que tardó mucho en volver?

    —Es cierto. ¡Lo retuvieron contra su voluntad! ¡Lo torturaron!

    —¡Es muy grave lo que dices! ¿Tienes pruebas?

    —¿Estás dudando? ¡Traidor! ¡Debes morir!

    La de mirada rosada tomó su forma de golondrina y quiso escapar del conflicto. "Nitens debe ser más seguro", pensaba mientras contemplaba las nubes inmensas que se creaban sobre el cielo del reino: personas aterrorizadas, habitantes iracundos, hermanos separados, vecinos peleados, pobladores que insistían en que los magos jamás se preocuparon por mantener un reino próspero... y luego estaban los pobladores de Nitens y su discurso de odio que estaba por arrojarlos al abismo.

    —¿En verdad estamos dispuestos a esperar la llegada de esos traidores invasores? ¡Tenemos que evitar que piensen siquiera en acercarse a nuestra reina!

    —¡Sí! ¡Vamos a destruirlos primero!

    —¿Eso en verdad es lo correcto?

    —¿Estás dudando? ¡Traidor! ¡Debes morir!

    Y en medio de aquel conflicto iniciado por todas partes, sin posibilidades de escapar, la golondrina volvió a ser humana y comenzó a vagar por el mundo con el ánimo destrozado. Caminó durante horas, días, hasta que se encontró en una zona alejada de todo, en la frontera entre las tierras temblorosas de Flamen, la región de Nitens en llamas, y cierta zona de nadie que alguna vez fue el hogar de todos los pueblos.

    Sin más esperanzas, con un rencor profundo que había crecido en su pecho durante su viaje, Tsubaki no podía resistir más.

    —El origen no merece a estos humanos.

    Uno tras otro, los humanos blasfemaban contra el origen mientras Tsubaki susurraba maldiciones.

    Uno tras otro, los pueblos se destrozaban entre sí y a sí mismos conforme Tsubaki se hundía en la desesperación por ser incapaz de frenarlos.

    Una tras otra, las sombras que su corazón aprisionaba se escapaban a pesar del terror que ella sentía, primero, al no entender de dónde provenían; después, al comprender que verlas libres y sin control no era buena señal. Su pesar aumentaba cada vez que los espectros le susurraban lo que ella siempre pensó y nunca pudo expresar: "El mundo se ha perdido entre las luces y sus sombras", "El mundo ha caminado en calma por siglos y este es el resultado de cegarlo", "Este es el pecado que tus creadores han convertido en desastre", "Esta es la tormenta gestada por siglos de magos incapaces de comprender su responsabilidad en el equilibrio", "Este mundo...".

    —...ahora es nuestro.

    Aquella declaración era su primera muestra de locura: sus sentimientos se dispersaron con rapidez sorprendente por todos los rincones del mundo, por todos los sitios en donde encontraban seres vivientes con dudas, con dolor, con desesperación, con odio, y en poco tiempo devoraron gran parte de sus almas sin que nadie pudiera escapar de ellos.

    Uno tras otro, los humanos vivos y muertos se volvían espectros susurrantes, retoños de la conferencia de la Nada y el Caos.

    Uno tras otro, doce años después, los seres fantasmales se deslizaban por los corredores del castillo de Nitens mientras sus habitantes rodeaban la torre central para protegerla y ayudar a Haruki y Mitsuki en la protección del cofre blanco.

    Grupo tras otro, las magas de los elementos se apresuraban para detenerlos mientras Daichi, con la mímica de quien desenvaina un objeto ausente, invocaba su espada y se preparaba para destruir los espectros y evitar que tocaran a su protegida. Tras blandirla varias veces y comprender que no bastaría con Asteregius y Caeruleus, quiso tener cinco armas más que siguieran sus órdenes o sus movimientos, y sorprendentemente así ocurrió: en puntos distintos, siempre en círculo, una serie de dagas imitaban la danza de su maestro y comenzaban a ganar terreno en aquel asedio de espíritus sedientos de venganza, porque aquellas formas humanoides con sus almas cegadas por la guerra deseaban llevarse consigo a quien los condujo al desastre, querían devorar el alma de esa mujer maldita que había vuelto al ciclo, querían destruir el cuerpo de esa pobre niña que seguía observando, en lo profundo de su corazón, los recuerdos de un reino muerto por errores antiguos.

    Y cuando las elementales comenzaban a sentirse aliviadas al ver que estaban recuperando terreno, muy a pesar de la corrosión que estaba por derrumbar los muros del castillo, una persona en las alturas hablaba consigo misma por primera vez aquella tarde:

    —Se las han arreglado bien hasta ahora; ¿pero cuánto tiempo más podrán resistir?

    La mirada oscura de una espectadora en las torres de vigilancia se dirigió hacia el horizonte con una mueca agridulce: más allá de las fronteras de Nitens, el mar negro de los espectros que habían borrado gran parte del mundo seguía creciendo.
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Hoy sí llegué a tiempo xD Nuevo capítulo para hacer sufrir a Nikkie :3

    Capítulo 25. Estrella en agonía

    Ante los ojos de Junko, los recuerdos de su predecesora se volvían cada vez más aterradores: aldeas en llamas, construcciones derrumbadas, gritos desesperados de quienes piden clemencia, arengas de quienes no están dispuestos a concederla. Y entre el desastre atraído por el dolor del mundo, una luz blanca avanzaba hacia el origen de la tormenta que había comenzado sin que pudiera ser detectada, pues ni siquiera Kazuma podía sentir los espíritus resguardados en el cuerpo de Tsubaki para preservar tanto la seguridad de su creación como la de la reina de Nitens.

    En aquella muestra de tiempos pasados, ella pudo presenciar el primer movimiento de su predecesora durante la batalla devastadora: la peregrinación silenciosa rumbo a las fronteras de Origo, la zona sin nombre origen de todo; el desvanecimiento de su rastro para que nadie supiera de su partida rumbo a la fuente del conflicto que finalmente pudo descubrir, el apuntalamiento de Milvus hacia la dama de ojos rosados que sonreía cuando finalmente estuvieron frente a frente.

    —¿Qué eres tú? —preguntó la reina a Tsubaki, quien flotaba sobre las ruinas del mundo.

    —Somos tu deseo.

    Su sonrisa tenebrosa, sus voces y su mirada penetrante le erizaron la piel, ¿o era aquella declaración que despertó sus temores más profundos a pesar de haberlos olvidado?

    —¡Mentira! —protestó de inmediato mientras se aferraba a su báculo—. ¡Nunca he deseado...!

    —Lo que se olvida, no existe; lo que se recuerda, no se perdona.

    La mención de la filosofía de los resplandores era, en ese momento, como la puñalada que le había quitado la vida por primera vez.

    —No se atrevan a poner esas palabras en sus labios —exigió entre dientes, intentando controlarse para no demostrar que aquello la había afectado—. ¿Qué autoridad tienen para hacerlo?

    —La que ustedes han perdido —respondió, y un nuevo grupo de siluetas surgieron de su sombra proyectada en la tierra para dispersarse por el mundo.

    Un movimiento rápido de Milvus fue suficiente para destruirlas. Al ver que su magia funcionaba contra ellas, apoyó su objeto mágico en el suelo y miró fijamente los ojos turbios y perdidos del espectro para encararlo una vez más.

    —¿Qué son ustedes? —preguntó por segunda ocasión.

    —Somos los que han caminado sin descanso desde el origen, somos los que quedamos atrapados en un mundo que nunca debió existir, somos los que deseamos lo mismo que tú y hemos venido a ayudarte.

    —¿Su ayuda consiste en destruirlos a todos?

    —Sólo así podremos asegurar tu felicidad.

    No podía entenderlo.

    —¿Qué saben ustedes de mi felicidad?

    —Más de lo que tú sabes sobre tu vida.

    Le asustaba la idea de seguir averiguando lo que aquel cúmulo de seres liberados sabían sobre ella; pero dudar en ese momento sería aceptar la derrota y la devastación del mundo que debía proteger. Con ese razonamiento en mente, dio tres pasos al frente y dirigió su báculo al cielo para recitar un conjuro de captura; pero nuevamente las voces provenientes de los labios de Tsubaki detuvieron sus intenciones.

    —Un conjuro tan simple no podrá detenernos —dijeron los espectros mientras la rodeaban—. Podrás encerrar a miles; pero sólo bastaremos dos para ser libres de nuevo.

    —Si ese es el caso, destruiré primero a esos dos.

    —Valoras demasiado tu vida, el mundo no merece que adelantes tu segunda muerte.

    —¿Mi segunda muerte? —susurró para sí la reina blanca, quien hasta antes de escuchar las últimas palabras de la frase estaba totalmente convencida de realizar cualquier sacrificio por salvarlos a todos.

    —Lo que se olvida, no existe; lo que se recuerda, no se perdona.

    ¿De qué estaba hablando?

    —No pienso retroceder —aseguraba—. Si detenerte me cuesta la vida, entonces...

    —No puedes morir ahora y lo sabes —le respondieron con sorna—, no tienes un sucesor, tus guardianes desaparecerán si terminas con tu vida, no eres tan tonta como para dejar la prisión de la Nada a merced del tiempo.

    —Encontraré una manera.

    —¿Encontrarás la manera de evitar lo que ya ha comenzado?

    —No dejaré que destruyan a todos.

    —No somos nosotros, son ellos los que se destruyen entre sí.

    —¡Lo hacen motivados por sus palabras y por sus deseos!

    —Nadie puede cerrar sus ojos ante nosotros, nadie puede ignorar nuestras palabras verdaderas, todos están entre nuestras manos, hasta tu voluntad.

    —¡No voy a doblegarme ante ustedes!

    La seriedad volvió por un momento al rostro de Tsubaki.

    —Tal vez puedas conservar tu dignidad, pero eres incapaz de terminar con nosotros y de evitar lo que ya está establecido.

    No permitiría que las voces la confundieran.

    —Los ojos del tiempo han sido testigos de lo que le espera a este mundo y a su origen cuando tu estrella se apague, porque eso ocurrirá si levantas tu báculo contra nosotros.

    —No van a engañarme con sus palabras vacías —contestó—. Solamente están demostrándome que temen volver a las prisiones del origen.

    —¿Y quién te ha dicho que le tememos a una fuerza inferior?

    Un viento oscuro y pesado se arremolinaba alrededor de la reina, y ella sólo pudo envolverse en una esfera invisible por donde podía ver una serie de sombras con formas humanas que danzaban con el torbellino mientras seguían hablando con ella.

    —Somos los seres que se alimentaron de tu deseo, los que aguardamos en el final de los tiempos, los que observamos los sucesos del mundo en espera de una oportunidad para recuperar lo que siempre fue nuestro, los que conocemos realmente el significado de la igualdad entre los seres, los que podemos asegurarla al dirigirlos hacia el verdadero soberano del origen, el que ama y destruye a las fuerzas creadoras y a sus creaciones. Somos las verdaderas fuerzas regentes del mundo, las que hemos presenciado el inicio desde una celda infinita y olvidada, las que tenemos el poder necesario para borrarlo todo. Somos los espíritus de los que no podrás huir por segunda vez.

    —¡Atrás! —ordenó mientras blandía su báculo hacia un lado, y los espectros se repelieron junto con el viento oscuro que se detuvo.

    Se había cansado de ellos. Ya no le importaba si aquellos seres eran almas errantes, fantasmas destructores, dioses de la muerte o fuerzas regentes corruptas que alguna vez fueron encerradas por las fuerzas creadoras para preservar la existencia del mundo. Su deber era claro y tenía que cumplirlo para evitar el desastre que ocurriría si ella permitía que continuaran libres por más tiempo; sabía, además, que su espíritu flaquearía si ellos seguían insistiendo en confundirla, pues algo en el abismo de su olvido comenzaba a estremecer su corazón. Y con eso en mente, levantó nuevamente su báculo.

    —Espectros que infligen pesar en los seres, fantasmas que atentan contra el orden del mundo, permitan que la luz los guíe de vuelta a su origen y reposen en los hogares que abandonaron, descansen una vez más en las prisiones que la Nada y el Caos han destinado para ustedes y abandonen sus pretensiones de devorarlo todo.

    Con un golpe en el suelo formó un halo para dispersar por un momento las nubes, calmar el viento pesado y separar a los espectros danzantes que comenzaron su viaje dividido: fantasmas blancos que huían hacia Nigrens en busca del cofre negro, espíritus negros que se arrastraban hacia Nitens en orden. El conjuro había causado el efecto esperado sobre una parte de la tempestad; pero los seres que habitaban el cuerpo de Tsubaki no pensaban rendirse tan fácilmente: otro remolino concentró las nubes dispersadas sobre la reina blanca y la encerró entre sus corrientes mientras ella intentaba protegerse y mantener su conjuro al mismo tiempo. Tal vez por eso fue incapaz de frustrar el contraataque.

    —Raíz del dolor, yo te invoco.

    Una esfera con hilos blancos y negros mezclados surgió del pecho de aquel espectro que alguna vez recibió el nombre de la flor que se convirtió en parte de su existencia.

    —Raíz del dolor, vuelve a tu origen.

    De inmediato, los hilos blancos se fundieron en una estrella fugaz que viajó directamente al centro de Nitens, mientras que los negros formaron una lanza que se dirigió al corazón de la reina, quien pudo verla a tiempo para frenarla.

    —¿Por qué te contradices? —preguntaban retadores los espíritus de la lanza oscura—. ¿Por qué nos ordenaste volver a nuestro hogar si ibas a rechazarnos así?

    La reina no tenía escapatoria: si se concentraba en protegerse, el conjuro que había creado momentos antes perdería su efecto; pero si lo reforzaba, su barrera se debilitaría y el arma podría golpearla con todas sus fuerzas, ¿podría terminar su trabajo antes de que eso ocurriera?

    —No servirá —continuaban hablando los fantasmas desde la lanza, que de repente comenzaron a dividirse para penetrar la defensa: primero se volvieron astillas gruesas; después, agujas; luego, hilos finos con el grosor de un cabello, y lentamente se filtraron hasta llegar al sitio que tanto anhelaban.

    Un recuerdo tras otro golpeaba su pecho, una serie de imágenes olvidadas por años invadía sus recuerdos para reajustarlos una vez más y devolverle los fragmentos de vida que un conjuro le había privado, una sonrisa enterrada bajo los escombros de un sueño derrumbado por una maldición que los había condenado al desastre. Las escenas tristes y alegres le devolvían un sentimiento antiguo que intentó sofocarla, pero entre todas ellas sobresalió un mensaje, una lección transmitida por Yuuto un día después de la llegada de la reina a Nigrens cuando inició su entrenamiento como heredera del resplandor blanco:

    —La Nada querrá confundirte y quebrar tu espíritu por cualquier medio, tomará tus recuerdos e intentará usarlos en tu contra, tocará tus sentimientos y reavivará aquellos que creías superados sólo para hacerte daño, buscará la manera de llevarse tu espíritu consigo a su prisión eterna o de doblegar tu corazón hasta dejarlo vacío. Si eso llegara a ocurrir, si no tuvieras más alternativa, deberás evitar que la Nada tome el Lucifer y mancille a tus sucesores, utilizarás este conjuro que voy a enseñarte, y sólo tú lo sabrás y no se lo mencionarás a nadie, pues es muy peligroso y requiere que estés dispuesta a hacer cualquier sacrificio para detener un desastre.

    Era ese el momento predicho.

    Lentamente, recorrió el bastón de Milvus con las yemas de sus dedos para hacerlo desaparecer y mantener únicamente su resplandor invocado, el que mantuvo flotando entre sus manos mientras realizaba un conjuro más.

    —Espectros oscuros que vagan sin descanso, contemplen el resplandor que abandona su hogar para darles asilo, habiten su nueva morada, descansen ahí hasta que se derrumbe, y lleven los escombros a su origen, a la prisión de la Nada, para que ambos duerman hasta el final de los tiempos.

    El sacrificio, según Yuuto, era la única alternativa para salvar a todos en un momento de crisis. De inmediato, los espíritus oscuros que quedaban en el mundo se abalanzaron sobre ella para introducirse en su cuerpo, para dominar el corazón que abría para ellos y para lastimarlo en el proceso, mientras que su resplandor intacto guiaba a la Nada para que supiera a dónde dirigirse y para que después, cuando pudiera devolverlo a su sitio, contuviera a los fantasmas hasta que su vida se extinguiera y volviera al origen.

    El proceso le pareció tan agotador y doloroso que su mente aturdida no pudo interpretar la última frase que pronunció Tsubaki cuando el cielo recuperó su claridad tras el conjuro: "Cuando des media vuelta y vuelvas a tu hogar, desearás no haberme destruido".

    Recuperadas la fuerza de sus piernas y su percepción del presente, se levantó con cuidado y emprendió su camino de vuelta a Nitens con pasos fúnebres, pesados; viendo las ruinas de los asentamientos cercanos al castillo sin girar la cabeza; conteniendo sus sentimientos mientras encontraba cuerpos olvidados por todas partes, mientras escuchaba gritos y llantos de vivos y muertos, mientras pensaba en el consuelo que fue incapaz de infundir entre los humanos porque las palabras anudadas en su garganta eran incapaces de salir, quizá por miedo, quizá por el presentimiento terrible de que más allá, cerca de la entrada de su hogar, se toparía con una revelación que requeriría hasta su último hálito para externar sus sentimientos por última vez antes de convertirse, como el resto de los pobladores, en un ser vagabundo como los espectros que seguían libres y que se perdían en la penumbra por temor a ser atrapados por segunda vez.

    Los destellos cálidos de dos existencias que terminaban de desvanecerse la detuvieron en seco. Nuevamente exhausto, su cuerpo cedía ante la gravedad que se volvía más pesada hasta que pudo sentirla sobre sus hombros. El aire seco y denso se mantuvo en sus pulmones durante un instante suficientemente largo para helar su sangre cuando descubrió, en el suelo, dos objetos familiares: un brazalete de oreja y un anillo grabado con los símbolos del Fidestella.

    Entonces quiso maldecir al mundo; pero hacerlo le cedería el triunfo del duelo a los espectros de Tsubaki y comenzaría un nuevo ciclo de odio y temor que no podría detener por más que quisiera, pues era consciente de que su conjuro suicida no tendría efecto por segunda vez. Lo único que le quedaba era canalizar su ira sobre un ser tangible, un ser que se desmoronaba al sentir tanta presión en su pecho que buscaba una salida, y pudo encontrarla a través de arrepentimientos y de lágrimas incontenibles como sus palabras y sus pensamientos: "Si me hubiera percatado antes", "Si hubiera actuado con mayor rapidez y contundencia", "Si hubiera sido más fuerte, esto no hubiera ocurrido".

    Si le hubieran contado todo...

    —¿Por qué? —preguntó mientras cerraba los puños llenos de tierra maldecida por su ineficiencia—. ¡Sabían que esto podría ocurrir! ¡Sabían qué estaba pasando y no quisieron decirme nada! ¡Sabían que debía detenerlo antes de que se hiciera más fuerte! ¿Por qué decidieron callarlo? ¿Por qué teníamos que llegar a esto? ¿¡Por qué eligieron morir y dejarme sola!?

    Y con cada uno de sus gritos unidos al mundo, con los clamores que se confundían con el resto de los seres que seguirían sufriendo, su alma se consumía entre sentimientos oscuros, incontrolables, hasta que se quedó vacía al igual que sus ojos opacos que se cerraron a la realidad de su tiempo con el anhelo profundo de volver al ciclo con sus seres amados; pero con un par de grilletes que la atarían, por tiempo indefinido, a aquel reino oscuro de muertos en vida.

    Ahí terminaban los recuerdos dolorosos que ella siempre quiso guardar para que sus sucesores no sufrieran por ello.

    —Ellos no merecían ese final —dijo la reina con profunda tristeza mientras se aferraba más a la pequeña figura que seguía abrazando su cabeza—. Solo estaban cumpliendo con su deber, no tenían que pagar por nuestros errores, si hubiera entendido antes lo que estaba pasando, si hubiera sido más fuerte...

    Un par de lágrimas que se deslizaban por su cabello y el debilitamiento de los brazos de la niña le hicieron levantar la cabeza para verla: aún con el propósito de contenerse, Junko se enjugaba el rostro.

    —Es muy triste —sollozaba—, los tres se querían mucho.

    Un pensamiento turbio invadió la mente de la reina.

    —Si yo no hubiera nacido con este poder maligno, si yo no hubiera existido...

    La pequeña negó con la cabeza tras retirar sus últimas lágrimas y recuperar un poco de serenidad.

    —Ellos no hubieran sido felices si tú no hubieras existido.

    —¡Pero estarían vivos! ¡Ellos murieron por mi culpa! ¡Las personas que amé murieron porque quisieron protegerme de mí!

    —¡No es tu culpa!

    La insistencia de Junko logró desconcertarla.

    —Eras una víctima de errores pasados y no podías arreglar la situación, tú sólo querías vivir y quererlos, ellos te ocultaron todo porque no querían verte triste, decidieron mantener el secreto para que nadie desconfiara de ti, no es...

    —¡Lo es! —afirmó desesperada—. Si lo hubiera entendido antes, ellos...

    —¡Ellos no te hubieran dejado ir de todos modos! ¡Ellos sabían que no existía una forma segura para detener el desastre sin que te sacrificaras! ¡Ellos no querían eso y por eso callaron! Tal vez estaban equivocados, tal vez era mejor que vieran por los demás; pero ellos tomaron su decisión, juraron protegerte con su vida y se quedaron a tu lado porque te querían, ¡no podías prohibirles sus sentimientos!

    —¡Lo sé! ¡Por eso no quiero que pases por lo mismo! ¡Por eso no quería que invocaras tu resplandor!

    Comenzaba a entenderlo: la voluntad de su predecesora era evitar la renovación de la estrella blanca para que nadie sufriera lo mismo que ella, hacía todo lo que estuviera a su alcance para que la tristeza no carcomiera de nuevo el corazón de alguien a través de recuerdos que debían permanecer olvidados; pero había una fuerza más entre los enlaces de los magos de la luz que aprovecharía las circunstancias para resurgir y terminar lo que había comenzado.

    ¿No era sospechoso?

    —Tú eres Tsubaki, ¿verdad?

    No podía seguir escondiéndose. En un parpadeo, la dama blanca tiñó sus ropajes, cambió su mirada y defendió sus actos con su propia voz.

    —El deseo de tu predecesora es el mismo que el mío —dijo mientras se levantaba—. El resplandor blanco provocó este desastre, mantenerlo vivo causará estragos y podría conducir al mundo a su destrucción definitiva.

    —Pero si eso es lo que quieres, ¿por qué no dejas que surja?

    Había sido acorralada por una niña de diez años.

    —Tienes miedo, ¿no es cierto? —preguntó mientras su espacio comenzaba a iluminarse—. Porque la destrucción que necesitas para ser libre de nuevo es la de los fantasmas que vagan por el mundo, no la de una nueva estrella blanca, y porque sabes que un resplandor sin conflictos ni remordimientos podría devolverte a la prisión de donde viniste.

    Aquel ser creado no podía entender por qué retrocedía, por qué su territorio conquistado comenzaba a reducirse, por qué su fortaleza sucumbía ante un ser diminuto que desconocía sus responsabilidades y sus poderes. ¿Qué estaba pasando?

    —Querías que le temiera a mi destino para que me negara a aceptarlo, querías que dudara para que pudieras conseguir lo que quieres sin luchar; pero yo no te tengo miedo, tengo las palabras, los sentimientos y las promesas de todos en mi corazón, y no importa lo que me digas, no dudaré de ellas. Además, aunque tengas el mismo deseo que ella, yo soy más fuerte que tú.

    —¿De qué hablas? —preguntó con la voz turbada, incapaz de disimular el mal presentimiento que le había inspirado aquella afrenta.

    Mientras dibujaba una hermosa sonrisa en su rostro infantil, Junko ensambló todas las pistas que siempre tuvo a su alcance y que sólo pudo entender hasta que el cristal blanco le devolvió los recuerdos más dolorosos de su predecesora, entre los que se había mezclado una parte de su felicidad para recordarle que nunca debía perder la esperanza. Su esperanza, que de repente cobró la forma sin rostro de la última reina de Nitens, se aproximó a ella por detrás para rodearla con sus brazos y protegerla, para otorgarle su calidez y su sabiduría, y para escuchar con más claridad la respuesta de la niña a la pregunta de Tsubaki:

    —Yo también soy su deseo.
     

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