Original Fic La Verdad Oculta en las Sombras

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Irybile, 8 Dic 2016.

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    Irybile

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    Aquí os dejamos con el primer capítulo de nuestra obra para que podáis leerlo y opinar sobre el. En nuestro blog también podréis encontar ilustraciones originales e información sobre los distintos personajes. Podréis acceder a el a través del link que hay en nuestra firma.


    Capítulo piloto


    Cuentan las historias que mucho tiempo atrás cuando los distintos dioses aún combatían por hacerse con sus territorios apareció una misteriosa criatura. Debido a su naturaleza escurridiza casi toda la información que se posee son rumores. Durante siglos las distintas generaciones de dioses de la justicia hemos intentado averiguar su veracidad, ya que estos hablan de innumerables muertes que han ido aumentando en magnitud y frecuencia en los últimos tiempos, concretamente desde que el Dios del Orden y los otros miembros de su facción empezaron a interesarse por él. Por suerte o por desgracia esta serie de sucesos recientemente está ocurriendo en las cercanías de unas montañas mayormente deshabitadas en una península al sur, en un castillo anteriormente residencia de la Diosa Celeid protegido por las fuerzas del orden, pero por muchos intentos de descubrir qué ocurría siempre encontraban alguna forma de ocultarlo. Cabe tener en cuenta que poco antes de que empezasen a darse dichos acontecimientos la Diosa Celeid, vasalla del Orden, inició un tratado con el Dios del Agua, asunto con el que puede estar vinculado teniendo en cuenta las tensiones existentes entre los dos. Es posible que mediante ese trato hayan logrado encontrar un método para controlar los daños causados por esa criatura después de los destrozos ocasionados la primera vez que ocurrió, pero a diferencia de lo que pensaran solo ha acabado llevando a una mayor constancia de los hechos. Como actual Dios de la Justicia, yo, Hika, me he comprometido a detener estas calamidades y cualquier otro evento dirigido a perturbar la paz en el continente. Por ese motivo me dispongo a viajar a los lagos centrales para pedirle información al Dios del Agua, ante la negativa de la facción del Orden a proporcionarla.

    *****​

    —¡Dad la alarma, algo le ocurre al prisionero!​

    Reaccionando a esa voz las campanas de la fortaleza empezaron a sonar con fuerza. Con presteza los distintos miembros que componían la guarnición se apartaron de los calabozos, mientras una doncella se preparaba para la batalla. Se ató en la cintura un vial que previamente había rellenado con agua bendita, se colocó una coraza sobre la túnica que llevaba puesta y envainó su espada para dirigirse a los calabozos

    En cuestión de minutos aquella doncella a la que nombraban “Santa” llegó donde se encontraba el prisionero. Estaba retorciéndose de dolor, su cuerpo quedó cubierto por marcas rojas que parecían arder y cierto olor a quemado emanaba de él.

    —Lo siento. —Una voz que no pertenecía a ninguno de los allí presentes se escuchó en la fría prisión.​

    Tras eso un fuerte grito resonó en la fortaleza. El cuerpo del prisionero se estaba deformando, y en su rostro quedaba representado el terrible dolor por el que estaba pasando. Aquellas terribles marcas ahora recubrían por completo su cuerpo y de ellas emanaban borbotones de sangre. Sin embargo, más que sangre parecía brea en llamas. Sus extremidades crujieron y comenzaron a asemejarse a las de un animal. Diversos zarcillos de llamas nacieron de su espalda incinerando todo aquello con lo que entraban en contacto.

    La doncella, viendo que no podía hacer nada, mientras contemplaba atónita como las llamas iban consumiendo a aquel pobre infeliz, decidió que su mejor opción era dirigirse a la capilla de la fortaleza. El camino no era muy largo, aún así el tiempo no estaba a su favor. En el pequeño vial que tenía preparado no llevaba suficiente agua bendita para detener aquello que se avecinaba.

    Ya casi había llegado cuando un fuerte rugido hizo temblar la construcción. El techo de los calabozos se había desmoronado y una columna de llamas energía del lugar. En poco tiempo la columna fue tomando la forma de un reptil gigantesco. Aquellos zarcillos que antes crecían del torso del prisionero, ahora tenían el colosal tamaño de aquel reptil. El caos empezaba a reinar en la fortaleza, y en cuestión de segundos casi una tercera parte de la estructura había sido destruida y de las llamas nacían criaturas de aspecto dracónico dispuestas a acelerar la destrucción que aquel ser causaba.

    Ya era demasiado tarde para purificar al prisionero, y solo quedaba una opción para evitar la expansión de esta calamidad. Ignorando el estruendo del exterior la doncella inició los preparativos de un ritual. Su objetivo era confinar a la criatura hasta que la destrucción acabase, y lo llevaría a cabo aunque eso le costase la vida.

    Los minutos iban pasando y cada vez la destrucción era mayor, los pocos guardias que quedaban se vieron abrumados por las hordas que no paraban de generarse a partir de las llamas y la fortaleza ya había sido destruida casi en su totalidad. La doncella estaba finalizando los preparativos cuando dos criaturas irrumpieron en la capilla. Haciéndoles caso omiso, prosiguió, dispuesta a terminar aquello que empezó. Una de las bestias se abalanzó sobre ella, desgarrando parte de su espalda.

    La doncella gritó.

    La zarpa no solo le había causado una herida profunda, las propias llamas que envolvían a aquel ser comenzaron a consumirla. Cayó abatida al suelo, pero aun así tenía una sonrisa dibujada en su rostro.

    —He logrado cumplir mi misión. —Unas últimas palabras salieron de sus labios al mismo instante que una gran barrera de agua envolvía toda la fortaleza. Toda criatura generada por aquel ser con aspecto de dragón desaparecía en contacto con ella y el coloso de llamas parecía retorcerse de dolor al tocarla.​

    Con el paso de las horas el ser se fue desvaneciendo, dejando en aquel lugar un enorme cráter. En él quedaron unos pocos restos de lo que antes era una gran fortificación y los de varios cuerpos carbonizados. Parecía no haber sobrevivido nadie, pero de entre las ruinas salió una misteriosa criatura que se asemejaba a un dragón huyendo del emplazamiento.

    *****​

    Era una noche fría de tormenta.

    En los templos de la Bendición se palpaba la preocupación, pues días antes, los territorios del Dios del orden fueron azotados por una catástrofe y la posibilidad de que se extendiera era algo que nadie deseaba.

    Una persona encapuchada había dejado una pequeña cesta a la entrada del templo, desapareciendo por donde vino con la misma presteza. Sonó un trueno resono y tras este alguien empezó a llorar. Los sacerdotes no tardaron en percatarse de ello y un poco sorprendidos recogieron la cesta en la que se encontraba una pequeña niña. Una vez dentro se encargaron de secarla y cambiarle las ropas para evitar así que enfermase.

    Al día siguiente, mientras una novicia se ocupaba del cuidado de la criatura, se dio cuenta que esta tenía una pequeña marca en el abdomen. Aquella marca, que para una persona normal no se salía de lo común, estaba revolucionando a todos los que allí se encontraban. Su forma parecía la de un dragón y eso causó que muchos la relacionaran con Thylos, llegando incluso a considerarla como un presagio de mala suerte que llevaría a la ruina a ese templo. Pasaron las horas mientras los sacerdotes intentaban llegar a un acuerdo sobre qué hacer con ella, hasta que finalmente decidieron que lo más sensato sería avisar a Celeid, Diosa de la Bendición, a quien ellos servían. Pero unos pocos, descontentos con la situación, creyeron que también sería conveniente avisar al Dios del Agua sin que los otros se enterasen, para así evitar un juicio que pudiese verse nublado por los eventos recientes.

    Había pasado un día tras eso. La calma del templo había desaparecido completamente cuando las puertas del templo se abrieron de par en par. Entró a lo que a primera vista sería otra sacerdotisa, pero esta relucía unas inmensas alas, que al entrar dentro del edificio recogió, desapareciendo de su espalda entre unas bellas luces. Su vestimenta lucía unos brillantes adornos de bronce, que destacaban sobre su vestido blanco. Todos quedaron atónitos al verla. Se apartaron para dejarle paso mientras un grito se escuchaba desde la puerta.

    —Abrid paso a la Diosa Celeid.​

    La Diosa, al entrar, miró hacia todos los lados y alzó su voz.

    —¿Dónde está la criatura de la que se me informó?​

    Al proclamar esas palabras, una sacerdotisa fue donde se encontraba la Diosa y la acompañó hasta una sala del templo donde había una cuna con un bebé dentro, envuelto en sábanas.

    Fue hasta la cuna y retiró con cuidado las sábanas para ver al bebé. En ese momento se percató de la marca del abdomen, y de ella surgió la rabia, soltó de forma brusca la sábana encima del bebé. Se alejó de la cuna y miró por la ventana, pensando en lo que se podía hacer.

    Las sacerdotisas, nerviosas y preocupadas por la posible decisión de Celeid, tardaron bastante tiempo en atreverse a preguntarle.

    —Mi señora, ¿qué le parece marca?.​

    Ante esas palabras la Diosa se giró para responderlas con gran seriedad.

    —Sin duda esto es un mal presagio, esta niña portará a Thylos y causará desastres allá a donde vaya. Como Diosa de la facción del Orden, dictamino que esta niña debe ser ejecutada.​

    —¿Realmente hay que llegar hasta ese punto? —contestó totalmente alterada una sacerdotisa al escuchar la decisión de Celeid.​

    —¿Vais a cuestionar mi decisión?—. Alzó la voz, enfadada por la respuesta que vio en las sacerdotisas.​

    Éstas no eran capaces de contrarrestar sus palabras, así que callaron y bajaron la cabeza en señal de arrepentimiento. Pero en ese momento, se escuchó un alboroto que azotaba la sala central del templo. Portazos y gritos de los demás sacerdotes resonaban con fuerza.

    —Espere señor, no es ahí.​

    —Cálmese mi Dios, la criatura está bien.​

    Celeid se preocupaba por momentos, su mirada fija hacia la puerta indicaba que algo que le desagradaba se estaba acercando. Los golpes cada vez venían de más cerca. Fuese lo que fuese que los provocara se acercaba cada vez más. En un momento, la puerta se abrió de golpe y entró en la sala un pequeño animal azulado con dos sacerdotes detrás, intentando calmarlo.

    —Celeid, esto ha llegado demasiado lejos. No permitiré que le hagas nada a esa criatura.​

    Después de senteciar tales palabras se dirigió a la cuna para asegurarse que no le habían hecho nada al bebé.

    Subió a la cuna y, viendo que no tenía ningun rasguño, suspiró de alegría.

    —Menos mal que no te ha pasado nada, pequeña. Tranquila, esa Diosa vieja y rabiosa no te hará daño. —Dicho esto bajó de la cuna y miró con rabia a las sacerdotisas del cuarto—. ¿Veis normal lo que ibais hacer?​

    Las sacerdotisas callaron ante esas palabras. Incluso a ellas les parecía exagerada la decisión de Celeid.

    —Ya veo, como la rubia dijo que debíais matar a la niña, vosotras le ibais a hacer caso. Qué vergüenza. —comentó con rabia mientras desviaba la mirada de ellas para centrarse esta vez en la diosa.​

    Se puso delante de ella y, señalándola con la pata, continuó.

    —¡Celeid!, qué excusa tienes para esto. Ibas a matar a una inocente en mis dominios.​

    Celeid se mostraba muy enfadada ante la aparición de esta criatura. Sabía que era de los pocos que podían impedir que cumpliera con su misión.

    —Señor Mizyl, me ciño a mi deber como Diosa de la Bendición —comentó con sutileza pero sin poder esconder la rabia que contenía dentro.​

    Mizyl puso cara de sorpresa ante esas palabras. Realmente no se creía que a eso se le pudiera llamar deber.

    —Ohh. Celeid, ¿me lo dices en serio? Me pareces extremista, haces todo esto por una marca.​

    Mizyl se movía de un lado para otro, murmurando. Celeid se molestaba aún más al ver que ese Dios no entendía sus motivos. La tensión se palpaba en el ambiente, las sacerdotisas no sabían cómo reaccionar ante tal situación. Mizyl alzó la cabeza y se acercó a la cuna, donde volvió a subirse para observar a la niña. Realmente daba la sensación de que esperaba algo. Ante eso, Celeid dudaba. Se notaba que Mizyl estaba alargando como podía el tiempo, pero no era capaz de imaginarse para qué.

    Al poco rato en la cara de Mizyl surgió una gran sonrisa que alteró a la Diosa. Estaba claro que algo tramaba, así que no dudó en preguntarle al respecto.

    —¿Mizyl porqué sonríes de esa manera? —preguntó extrañada.​

    —No es nada, solo me alegro de que podremos zanjar el asunto de una vez por todas —dijo con una gran sonrisa mientras jugueteaba con la niña.​

    Con esa respuesta, sorprendió a Celeid, que empezó a pensar qué podría ser aquello. Fuera lo que fuera no le gustaba nada la idea, a este paso solo conseguirían el renacimiento del monstruo y, por ende, provocar otro desastre.

    Se escuchó un portazo de la puerta del templo principal, y a continuación un gran golpe en el suelo. Celeid no se quería imaginar que podría ser eso, pero desgraciadamente tendría que lidiar con ello también. Mizyl miró hacia la puerta con su gran sonrisa a la espera de que se abriese. Un sacerdote la abrió y entró una criatura aún más pequeña que Mizyl, de hermoso pelaje con reflejos verdosos.

    —¿Cómo ha ido el viaje, mi querido Hika? —comentó alegremente por la aparición de este pequeño.​

    —Mizyl, te aseguro que es la última vez que monto en uno de tus esbirros —contestó mientras se acababa de sacudir su pelaje.​

    Mizyl dio una fuerte carcajada al oír las palabras de Hika, parecía que tenía una buena relación con él. En cambio, Celeid no se alegró ni un pelo de su presencia. Todo lo contrario, era de lo peor que le podía pasar. Sabía que este ser podría obligarla a ceder su misión. Aún así se vio obligada a dirigirse a él con total educación.

    —Bienvenido seáis, Hika, Dios de la Justicia. ¿Qué le trae a usted por aquí? —Inclinándose un poco en señal de respeto.​

    —Ohhh Celeid, hace mucho que no nos vemos. —Inclinándose en señal de respuesta—. Bueno, me estaba acercando para darle una visita al Dios del Agua y parece ser que la visita la encontré yo. —Mirando a Mizyl como se estaba riendo en su cara, dio un fuerte suspiro y se dirigió al Dios del Agua—. ¿Entonces por qué motivo me has traído hasta aquí?.​

    Mizyl bajó de la cuna, y se acercó donde se encontraban los otros dos Dioses. Hizo una señal a las sacerdotisas para que salieran de la sala; Creía conveniente hablarlo seriamente entre los tres. Ante la señal las sacerdotisas abandonaron, la sala dejando solo a los tres Dioses y a la cría. Fue en ese momento cuando el Señor del Agua comentó el problema a Hika.

    —Si te he traído aquí es porque necesito que tu des el juicio en este caso, entre yo y Celeid —comentó con una mirada fría hacia la Diosa.​

    Hika miro a Mizyl, su expresión había cambiado totalmente, él conocía bastante bien a este Dios y una mirada fría en él solo podía significar que alguno de sus valores más internos habían sido tocados. Aún sabiendo eso, preguntó por lo que ocurría.

    Mizyl estuvo explicando el caso de Thylos y la cría a Hika, acentuando lo que pretendía hacer Celeid al bebé. Después de lo contado y con un muchas quejas de Celeid por parte del caso Thylos, Hika se vio obligado a pensar seriamente el caso. Decían que la niña podría ser portadora de Thylos ya que más o menos había nacido durante la catástrofe y portaba una marca en forma de dragón, pero según decía Mizyl ningún otro portador la llevaba y él tampoco tenía información sobre ello. El caso de ese dragón era muy importante para él y era consciente de la destrucción que había provocado, pero igualmente no había suficientes pruebas como para sentenciarla. Con esta mentalidad, Hika pidió permiso para llamar a una sacerdotisa. Tanto Celeid como Mizyl no objetaron su petición y fue él personalmente a llamar a quien recogió el cesto de la entrada. Una vez dentro, preguntó si la cesta llevaba algo, o si pudo ver a quien dejó la criatura. Desgraciadamente, solo estaba la niña y no se pudo ver a quién la dejó. Dicho esto, la sacerdotisa salió de la sala mientras Hika y agradecía su apoyo. A continuación giró para exponer su decisión frente de ambos.

    La mirada de los dos Dioses indicaba que esta decisión supondría un gran cambio. Solo uno podía ganar y eso quedaba en manos del Dios de la Justicia.

    —Señor del Agua, Señora de la Bendición, después de haber escuchado las dos partes y haber hablado con la sacerdotisa he llegado a una conclusión. Mi decisión es que la niña vivirá y que, a partir de ahora, el Dios del Agua se encargara de ella bajo mi estricta vigilancia.​

    La respuesta de Hika hizo que Mizyl saltara de alegría y saliese corriendo a estar con la criatura. En cambio, Celeid estaba enojada pero no parecía sorprendida por la decisión. Obviamente se quejó del resultado del juicio. Decía era un gran error. Sin embargo, la única respuesta consiguió de Hika es que las pruebas eran insuficientes como para matar a una niña dentro de los terrenos del Dios del Agua. Al ver que no conseguiría nada, se rindió, fue hacia la mesa, y poso su mano sobre su cara en signo de completo disgusto. Mientras observaba como el canijo jugueteaba con la cría.

    —Bueno, habiendo escuchado la decisión final de Hika mi trabajo aquí ha finalizado. Es hora de volver a mi templo —comentó Mizyl mientras arragaba a la cría con las fauces.​

    —Estupendo, entonces yo también me iré. Me gustaría que me enseñaras dónde vivirá la criatura a partir de ahora.​

    Tanto Hika como Mizyl se disponían a salir de la sala cuando Celeid se levantó y les dio una última advertencia.

    —Hasta luego, Dioses del Agua y la Justicia. Seguramente su decisión traerá consigo catástrofes. Espero que estén preparados. —dijo con una mirada aterradora y penetrante.​

    Dicho, eso Mizyl cerró las puertas con un portazo. Parecía bastante cansado de soportar a Celeid.

    Se dispusieron a salir del templo, pero antes de ello, Hika ayudó a cargar a la cría a espaldas de Mizyl y las sacerdotisas la taparon con algo de ropa para que no fuera desnuda. Una vez tapada los dos Dioses se despidieron de los sacerdotes del templo y se marcharon, agradeciendo su colaboración.

    Ambos salieron del lugar y se dirigieron al templo de Mizyl. Esta vez iban los dos caminando. No se llevaron esbirros que les facilitase el traslado y como el Señor del Agua iba cargado con la criatura iban más lento de lo habitual. Hika aprovechó el camino para hacerle ciertas preguntas.

    —Mizyl, ¿cómo es que Celeid está viviendo en tus terrenos?​

    —Ahh, eso. Bueno, es que firmamos un tratado, y en él se estipulaba que ella vendría a vivir a mis dominios —comentaba, algo molesto.​

    Esa respuesta extrañó aún más a Hika. No encontraba ningún motivo por el cual esos dos se tuvieran que soportar.

    —¿Y cómo es que firmasteis esos tratados? —preguntó dudoso.​

    Mizyl le explicó que cuando empezó a gobernar tuvo muchos problemas con los radicales de sus terrenos, obligándole a tener a otro Dios con unas ideas similares al antiguo Señor del Agua. Por su lado Celeid necesitaba agua mágica para Thylos.

    —Con que Thylos, ehhh… —Formo una pequeña sonrisa.​

    Esto era lo que él buscaba al venir a sus terrenos. Algo que ligase a Thylos en este tema. Realmente esperaba que si seguía preguntando al Dios del Agua conseguiría más información sobre él o sobre los problemas en la zona del Orden. Con esta mentalidad, siguió preguntando al Dios del Agua a ver si podía sacar algo más.

    —¿Y tú sabes para qué quiere esa agua? —preguntó más animado.​

    Se quedó un rato pensativo. Respondió un poco extrañado por el cambio de humor de Hika al nombrar ese nombre.

    —Siento decirte que no sé gran cosa del asunto, solo que utiliza esa agua como arma en las manos de chicas nombradas Santas. Sin embargo, no se cómo las elige ni el porqué deben ser chicas y no otro tipo de criatura.​

    Hika insistió que si podría contarle algo mas le sería de mucha ayuda. Mizyl no paraba de darle vueltas a la cabeza para ver si podía decirle algo más de utilidad, pero en ese momento no se le ocurría nada. Entonces decidió que le iría preguntando más cosas del asunto, a ver si así se le refrescaba la memoria.

    Empezó por si sabía por qué necesitaba pedirle agua y no utilizaba otro tipo de arma, en especial porque los Dioses del Orden no actuaban personalmente.

    Fue ese momento que Mizyl se detuvo para aprovechar el terreno arenoso y dibujó en el suelo explicando a Hika lo que sabía del tema.

    —Se ve que Thylos tiene algún tipo de barrera anti-divina que le protege de nosotros. Por ese motivo ningún Dios se atreve a ir personalmente a por él. Después, según lo que fui escuchando, su poder tenía dos afinidades. Una relacionada con el fuego y otra que dicen que tiene que ver con el caos, pero no podemos asegurar nada. Entonces, para poder vencerle, se debe utilizar agua mágica bendita, así se gana al fuego y esa especie de poder del caos. Como los Dioses no pueden actuar, se envía a alguien que utilice esa magia en nuestro nombre y así no es de carácter divino.​

    Hika escuchaba atentamente las explicaciones de Mizyl. En ese momento, se dio cuenta que su poder no serviría contra Thylos ya que también era un Dios. Realmente esa barrera era una gran molestia. Pero eso no evitó que siguiese preguntando el porqué una humana contra algo tan poderoso como un dragón. Sabía que en el reino del Orden habitaban dragones muy poderosos e intentaba pensar en porqué no se encargarían ellos. Mizyl dijo antes que no sabía tampoco el porqué humanas y no otras criaturas así que sería inútil preguntar.

    Los dos siguieron caminando hasta llegar a un enorme templo del Señor del Agua. Hika se sorprendió que escogiera ese templo. Sabía que era el templo principal de Mizyl.

    —¿La dejarás vivir en el templo principal? —dijo sorprendido pero alegre al mismo tiempo.​

    —Por supuesto, será como una hija para mi. —comentó orgulloso.​

    Hika sonrió ante su respuesta —Bueno, veo que te has metido en el papel de padre, confío en ti plenamente —dijo mientras se dirigía hacia la dirección contraria al templo.

    —¿No entrarás? —preguntó disgustado.​

    —No, lo siento, tengo mucho trabajo que hacer y además ya he visto demasiadas veces este templo. Mizyl, debo irme pero dejo a tu cargo a esta niña, te iré haciendo alguna visita para ver como va la tarea.​

    Mizyl inclinó la cabeza en respuesta a las palabras de Hika —Tranquilo, estará en buenas manos, te deseo suerte en tu investigación. Hasta la próxima Hika.

    Con una sonrisa Mizyl entró dentro del templo mientras Hika marchaba hacia el bosque.

    Una vez dentro, los sacerdotes fueron a recibir a su Dios, aunque quedaron sorprendidos al ver la criatura que llevaba en su espalda.

    —Mi señor Mizyl, ¿quién es esa pequeña que lleva en la espalda? —Se acercaron para recogerla.​

    —Esta pequeña es mi hija —comentó seriamente.​

    Se armó un alboroto al escuchar esas palabras del mismo Dios del Agua.

    —¿Su hija? Mi señor, no lo entiendo, ¿podría explicar lo ocurrido? —dijo preocupado y a la vez alterado por la decisión de su Dios.​

    —Bueno, es un bebé abandonado en el templo de Celeid. Como allí no se quisieron hacer cargo, he decidido quedármela yo.​

    —Pero mi señor, usted, ha recogido a varios huérfanos y siempre los ha llevado en la casa de acogida que ordenó construir. ¿Por qué es este caso distinto?.​

    —Es mi decisión. No te preocupes, me encargare de ella —se encontraba algo tenso por la situación.​

    —Pero…​

    —No quiero más peros sobre el asunto. Por favor, os pido que lo aceptéis —dijo mirando fijamente a sus sirvientes.​

    —Si es su decisión, nosotros le seguiremos, mi señor.​

    Las sacerdotisas de la zona llevaron al bebé a una cuna, le cambiaron las mantas, y le pusieron algo de ropa. En ese momento el Dios del agua se le acercó, la sacó de la cuna, y la llevó donde sería a partir de ahora su habitación, que estaría cerca del de la cría. La dejó sobre la cama, se subió en ella y se acurrucó al lado de la niña. Mientras acariciaba la cabeza con su patita, le susurró.

    —Tranquila pequeña, ahora nadie te podrá hacer daño. Ese angelito malo ya no está. Tu papi está aquí para cuidarte. Mi pequeña Drake...​

    *****​

    Los años pasaron y en ese mismo templo una joven se encontraba durmiendo sin ser perturbada. A su vez,un fuerte alboroto parecía cada vez más cercano. La puerta se abrió de golpe y el pequeño Mizyl apareció con un cubo a rebosar de agua. Tras ver que la muchacha aún dormía se subió a la cama y comenzó a armar escándalo con claras intenciones de despertarla. Con un perezoso movimiento, ella echó al Dios del agua de la cama para seguir descansando.

    —Así que me vienes con esas... ¿Qué te parecería un bañito fresquito? —De forma repentina, la melena de Mizyl empezó a brillar, y las puntas de su pelaje se tornaron agua. Sus brazaletes brillaron con fuerza y el agua del cubo reaccionó a ello, alzándose y cayendo sobre la joven.​

    —¡PAPÁ! ¿Cómo te atreves? —dijo levantándose de golpe—. ¡Me las pagarás si te atrapo!.​

    —Veo que te has levantado, ya sabía yo que esto te sentaría bien. —dijo entre carcajadas mientras corría perseguido por ella.​

    Tardaron poco en llegar al salón principal donde les recibió una sirvienta ofreciéndole un tela de algodón para secarse.

    —Drake, ahora que ya estás despierta necesitaría que me hicieses un favor —comentó Mizyl mientras descansaba de su carrera.​

    La muchacha lo miró con cara de duda, mientras se secaba.

    —Ha llegado a mis oídos que los ancianos herboristas del pueblo cercano andan escasos de ciertas plantas y necesitan a alguien que pueda ayudarles.​

    —Y como siempre a ti no te apetece mover una zarpa para hacerlo —comentó algo molesta.​

    —Veo que me conoces bien —dijo con una sonrisa en su rostro.​

    Drake suspiró quejumbrosa mientras Mizyl le hizo una señal a la sirvienta, quien dejó la sala para regresar al cabo de poco con unas ropas en las manos.

    —Míralo por el lado positivo, puedes estrenar hoy tu nueva prenda.​

    —Una simple prenda que me costó bastante conseguir —dijo algo mosqueada.​

    —Son cosas que ocurren cuando tu especie tiene por costumbre diferenciar las ropas femeninas de las masculinas. Y a ti te dio por probar una que desgraciadamente era del otro bando.​

    —Aún así no entiendo porque hay que diferenciarlos.​

    —Hija, saliste a mi, no entiendes lo que otros llaman tradición. Tu solo llévala. La opinión de los demás no debería importarte. —Miró un momento las prendas—. Creo que deberías probarlas.​

    —A eso iba. —Drake se dirigió a su cuarto con Mizyl siguiéndola—. Aquí se acaba tu trayecto.​

    El Dios del agua exclamó sorprendido, pero aún así no parecía que fuese a dejar de seguirla. Drake, visiblemente irritada, lo empujó cerrándole la puerta, y al poco tiempo de entrar salió vistiendo sus nuevas ropas.

    —Es más cómoda de lo que pensaba, cada vez entiendo menos el porqué de esas diferencias a la hora de vestir.​

    —Ahora que ya estás lista deberías partir, que te están esperando— señalo la salida.​

    —Sí Papá —dijo quejándose—. Por cierto, ¿Me podrías prestar un caballo?​

    —¿Tanta falta te hace un caballo para ir al pueblo de al lado?​

    —Estoy cansada, y el trayecto no es tan corto como parece. —Drake seguía quejándose.​

    —Solo si me prometes lavar los caballos del establo a tu regreso.​

    Un poco dubitativa, Drake aceptó la oferta y se dirigió a los establos para partir. Al llegar allí estuvo mirando qué caballo escogería para poder ir al pueblo de al lado. Cuando finalmente se decidió, lo ensilló y marchó hacia el pueblo.

    Mizyl observaba su partida desde el templo mientras se alejaba a lomos de un caballo pardo.

    —Estoy un poco preocupado —dijo una vez Drake había desaparecido en el bosque.​

    —¿Qué ocurre mi señor?​

    —Se trata de Hika… Me prometió que nos haría alguna visita, pero no ha venido ni una sola vez.​

    —Conociendo a Hika, debe haber sido por algún motivo de gran importancia.​

    —Sí, corren los rumores que el titán que se creía muerto ha vuelto, y ese es un asunto que no me acaba de hacer mucha gracia.​

    —Recuerde, mi señor, que los rumores no siempre son verdad.​

    —Eso es cierto, pero sería una buena explicación para que Hika no haya podido visitarnos.​

    Mientras cabalgaba hacia su destino, en su cabeza iban surgiendo varios pensamientos debido a los problemas que habían con los ciudadanos de las tierras del Agua.

    «¿Vestir o no ropa de hombre?» Eso no le preocupaba, para ella era una tontería. El problema es que esa tontería demostraba la mentalidad anticuada y poco abierta que la gente tenía aún en la región del Agua. Pero aunque así fuese, en comparación a la gente del Orden eso era insignificante. Los tenían completamente controlados, generando una tensión constante entre las dos facciones que debían convivir. Al principio el tratado con esta facción solo calmó la rabia de lo más radicales que iban en contra de su padre, pero últimamente se notaba que estos tampoco soportaban tener a los miembros de una facción distinta dentro de su región. Si solo fuera eso aún la gente aguantaría y callaría, pero desde que el Dios del Agua llegó al poder y dejó libertad total de creencia, permitiendo que vinieran seguidores de otros Dioses, o incluso ateos, la gente fiel del agua se alborotó, aun más viendo que se mezclaban con humanos o criaturas de otras creencias. Eso, con el antiguo Dios del Agua, habría sido impensable. Y esa idea seguiá manteniéndose, y por eso existía esa molestia. Aparentemente era con los miembros de la facción del Orden donde se nota mayor hostilidad.

    Una vez llegó al pueblo, fue directamente a la casa de los ancianos herbolarios. Bajó del caballo, y lo ató en un árbol. Acto seguido entró dentro de la casa. Allí estaban los dos ancianos preparando sus remedios.

    Drake intentó ocultar sus preocupaciones al dirigirse a los ancianos para que no la notaran extraña. Les saludó y preguntó qué era lo que necesitaban.

    Los ancianos explicaron que últimamente los resfriados eran muy comunes entre los ciudadanos de las tierras del Agua y que ciertas hierbas estaban escaseando, así que pidieron a Drake que fuera a por ellos a recogerlas. Le dieron una muestra de la hierba y le indicaron dónde podía ir a recogerlas.

    Drake agradeció las indicaciones y la muestra y se fue en busca de aquella hierba en el lago central del continente.

    Una vez llegó allí soltó el caballo y fue a recoger las hierbas que creía que eran las más parecidas a las que los ancianos le solicitaron. Tras un rato de arrancar hierbas se levantó y las comparó con las que tenía en mano, dándose cuenta que eran erróneas y que había estado recogiendo hierbas para nada.

    Con un gran grito tiró las hierbas recogidas, dio una patada al suelo y se tumbó un rato murmurando, mientras miraba el lago enfadada por el error que había cometido, descansando sus piernas algo dolidas de estar en cuclillas. Estuvo un rato tranquila para poder relajarse. Una vez estaba más calmada sacó la muestra del bolsillo y fue comparando cada hierba hasta ver cuál era la correcta. En el momento que vio la correcta, volvió a ponerse en cuclillas y a recoger hierbas.

    Cuando llevaba un buen rato, se sentó acariciándose las piernas del dolor que tenía. Mientras miraba el cielo tranquilamente, escuchó un susurro que no supo de dónde procedía, se levantó de golpe y miró a los alrededores, aunque no vio nada. Dio por hecho que eran imaginaciones suyas y se volvió a sentar, pero al momento de sentarse volvió a escuchar el susurro. Asustada, fue donde el caballo para irse de ese lugar, no sabía de dónde procedía el susurro pero tampoco tenía ganas de averiguarlo.

    Se fue cabalgando hacia el bosque para volver al pueblo a entregar las hierbas a los ancianos, pero al poco rato empezó a perder la visión y a marearse. Drake estaba confusa, no entendía qué estaba pasando, y no se sentía bien. Al girar la cabeza para ver si se le pasaba, notó una mejoría al mirar una zona del bosque que desconocía. Ella, ignorante de lo que podría haber ahí decidió continuar hacia el pueblo, pero sus mareos le impedían proseguir, viéndose obligada a ir hacia la zona desconocida.

    Tras un rato de ser guiada por los mareos y su borrosa visión, llegó hasta un bastón de unos tonalidades vivas. Extrañada, bajó del caballo y se acercó con cuidado junto al animal, que raramente no estaba nervioso. Lo miró fijamente. Parecía un bastón importante.

    —¿Tal vez sea un arma mágica? —Se preguntaba mientras la observaba fijamente.​

    Si estaba en lo cierto, seguramente fuese el bastón quien la trajo ahí, podría ser cosa de algún hechizo que le pusieron para que no fuera abandonada. Igualmente sería imprudente dejarla ahí. Debía ser llevada frente al Dios del Agua.

    Poco a poco fue acercando su mano hacia el bastón y, de un golpe lo agarro, y lo alzó.

    El arma reaccionó al levantarla y su brazo empezó a temblar. De ese bastón se alzaron unas esferas como canicas que brillaban con una tonalidad amarilla. Unas marcas rojas como el fuego empezaron a expandirse por toda la longitud del bastón. Las marcas no se detuvieron a alcanzar su mano y empezaron a expandirse por todo su cuerpo. Asustada, dejó caer el cetro al suelo, y en ese mismo instante, un chirrido que parecía venir del arma resonó profundamente en su mente. Sus marcas comenzaron a arder, y Drake sentía como si su cuerpo se estuviera quemando.

    Poco a poco su conciencia se desvanecía hasta que finalmente perdió el conocimiento.




    Iremos actualizando periódicamente este post con nuevo contenido. Esperamos que lo disfrutéis.
     
  2. Autor
    Irybile

    Irybile

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    Los Ojos del Zorro se trata de la primera parte de nuestra historia. Esperamos que les guste.

    Los Ojos del Zorro

    Prólogo

    En un continente dominado por criaturas mágicas muy poderosas habitaban una especie de zorros con nueve colas. Estas criaturas tenían un pelaje azul con matices blancos y sus cuerpos eran delgados, a la par que ágiles, que les permitían moverse con gran elegancia. También poseían un poder psíquico capaz de levantar grandes y pesados objetos, además de la habilidad de convertirse en humanos y manejar armas mágicas de gran calibre. Para acabar, aparte de sus cualidades físicas y psíquicas, dominaban unas particulares llamas azules que eran mucho más destructivas y vivaces que las llamas normales. Tan poderosas, que solo podían ser apagadas con agua mágica de gran nivel. Todo eso, unido a un coraje mayor que el de cualquier caballero y una sabiduría más allá de lo común, hacía que parecieran prácticamente invencibles.

    El Dios de Agua estaba realmente orgulloso de tener semejantes criaturas entre sus filas y estos eran muy leales a él. Eran los protectores de la región y no permitían que ningún intruso atacase la zona. Fueron de los más poderosos en los Terrenos del Agua. Se llegó a decir que eran los titanes de la facción, el ojito derecho del Dios del Agua y los siguientes por debajo de él en poder. Con estas criaturas como guardianes, prácticamente ningún esbirro de los demás Dioses se atrevía a atacar o siquiera acercarse a esa región.

    Pero incluso la llama más grande y fuerte acaba por apagarse. Debido a una deficiencia genética, su energía y poder pasaron en decadencia y cada generación era más débil que la anterior. El Dios del Agua no tardó en darse cuenta de la situación; pero al ser incapaz de hacer algo por ellos, decidió nombrar guardianes a otras criaturas y abandonar a su suerte a esa especie. Cuando la noticia llegó a oídos de los zorros supuso un serio golpe al orgullo de los zorros que, traicionados por su señor y por sus genes, vieron como la desesperación tomaba las riendas de sus actos. Sin embargo, las colas, aquello que los zorros más amaban y estaban orgullosos, decrecían. Y con ello, su esperanza de vida y habilidades se veían mermadas. Fue la gota que colmó el vaso. El líder de la especie, con su ego dañado y una desesperación creciente, tomó una decisión que cambiaría por completo el destino de los zorros. Al fin y al cabo, antes que ver a su especie volverse simples zorros prefería traicionar a su mezquino Dios del Agua.

    El líder de los zorros decidió ir a hablar con el Dios del Caos, el único que podría ayudarlos en esa situación.

    El Dios del Caos era conocido no solo por su increíble poder, capaz de conceder los deseos más oscuros de cualquiera, sino por su codicia. Pedirle algo al Dios del Caos equivalía perder otra cosa, y esto el líder de los zorros lo sabía muy bien.

    El líder de los zorros fue al castillo central de los Terrenos del Caos donde el temible Dios residía. Extrañamente, no vino nadie a darle una “cálida bienvenida”. Parecía como si el mismo Dios supiera de su presencia y hubiera ordenado vaciar el lugar, sin que nadie se interpusiera en el camino del líder de los zorros.

    Al entrar en la sala del Dios, un aire frío recorrió todo su cuerpo, y con ello le siguió un escalofrío. Se notaba por el estado del castillo que aquel lugar era un hábitat inhóspito: los colores oscuros, las piedras antiguas y desgastadas, los agujeros en el edificio, las telas rotas, el cielo siempre cubierto por nubes grises... Para un ser normal, aquel sitio sería inhabitable... Pero seguramente para los seres que habitaban allí era una acogedora morada. El zorro, tras entrar en la sala central del edificio, vio una silueta cubierta por la oscuridad de la zona. Asumiendo que era el Dios del Caos, el líder de los zorros se posó delante de la silueta. La silueta sería completamente anónima si no fuera por los ojos de un rojo brillante que miraban con desprecio al orgulloso ser que le había visitado. Una voz grave resonó en la sala.

    —Criatura de los Terrenos del Agua, ¿qué te trae por mis tierras?

    El pelaje del zorro se puso de punta con solo oír la voz de ese Dios. El líder notaba la ominosidad de la situación, que empeoraba al sumar la decoración de la zona. El no poder ver nada del ser que tenía delante le incomodaba, así que hizo acopio de su valor para enfrentarse a sus miedos y le respondió.

    —Soy el líder de los antiguos guardianes de la facción del agua. Señor del Caos, vengo a pedirle un enorme favor —comentó, temblando por la presencia del Dios —. Necesito poder para mi especie — exclamó con una falsa seguridad en sus palabras.

    —¿Y con qué motivo queréis más poder? No parecéis precisamente un ser escuálido y débil —comentó mientras con la mirada analizaba el físico del zorro.

    —Solo quiero recuperar lo que es nuestro por derecho. ¿Puedes hacerlo? —solicitó mientras apretaba los dientes, intentando no hablar más de lo necesario.

    El escalofriante Dios soltó una risa socarrona ante la situación.

    —No te molestes en ocultarlo, a estas alturas pocos son los que no saben sobre lo decadentes que os habéis vuelto, oh ojitos derechos del Dios del Agua. Pero primero los negocios y luego las burlas a otros. —Dejó una pequeña pausa para que el líder asimilara su auténtica posición en la conversación—. A efectos prácticos, solo queréis vuestros poderes de vuelta. Estáis desesperados por recuperar vuestra posición… Sí, eso lo puedo solucionar. —Mostró una amenazante sonrisa—. Aunque todo tiene su precio. Y para daros lo que queréis a cambio algo me llevaré. —Hizo una pausa, dejando que el silencio consumiera de nuevo el lugar. Al líder de los zorros la situación le heló la sangre—. A cambio de algo como vuestros valiosos poderes, quiero que seáis mis espías y me informéis de aquello relevante en los terrenos del Dios del Agua. Espías del Caos, por así decirlo. Aunque también habrá otras consecuencias más… directas.

    —¿Se puede saber que consecuencias serían esas? —preguntó el líder de los zorros.

    El Dios soltó una gran carcajada.

    —¿En serio crees que necesitas saberlo? No estás en posición de exigirle nada a nadie, mocoso.

    El líder de los zorros, medio asustado y medio desesperado, intentó analizar con calma la situación. No importaba qué decisión tomara, tanto él como su especie iban a salir mal parados. Debía elegir entre la muerte de su especie o la posible deuda permanente con el Dios del Caos y, aunque iba a afectar a sus congéneres, la decisión era solo suya.

    La presión del momento hacía cada vez más mella en su capacidad para pensar con claridad.

    —¿Podría cada uno de mis compañeros elegir si aceptar o no su oferta? — preguntó, con temor a que el capricho del Dios del Caos se tornara en contra suya.

    El Dios del Caos estuvo un rato pensando en la petición del líder.

    —Acepto tu petición, que cada miembro decida su futuro.

    El zorro se sorprendió al ver que el Señor del Caos aceptó su petición.

    —¿En serio? Se lo agradezco muchísimo —dijo agachando la cabeza todo lo que pudo.

    Con un ligero movimiento de cabeza, uno esbirro del Caos salió de entre las sombras que, tras recibir un pergamino enrollado de su señor, se retiró apresuradamente de la sala. Al rato volvió con una bolsa llena de píldoras de un color lila oscuro y la dejó enfrente del zorro.

    —Quien decida recuperar sus poderes que tome una píldora —dijo el señor del Caos con su voz grave y penetrante.

    —Agradezco su ayuda, Dios del Caos —comentó el líder de los zorros.

    El zorro miró atentamente la bolsa, la cargó en su espalda con la ayuda del esbirro, e inmediatamente salió del lugar en dirección a los Terrenos del Agua. Mientras iba en dirección a las fronteras del Terreno del Caos, el líder no podía parar de pensar si la decisión era la adecuada. «¿Qué pensarían de haber ido a pedirle ayuda al mismo Caos? ¿Cómo reaccionaría su clan ante la píldora?» Realmente ni él sabía aún lo que quería. No estaba nada seguro de cuánto quería sacrificar por su poder. Pero ver caer a su especie, a su familia... Era demasiado doloroso. No era capaz de soportarlo.

    «Esto... Esto lo hago por la manada.»

    Era lo único que podía pensar para quitarse sus dudas sobre si realmente era lo correcto. Sin embargo, aunque dejaba a los miembros de la manada decidir qué hacer, temía que la especie se disgregara y se provocase alguna clase de conflicto. Dentro de su cabeza resonaba el mismo problema. Solo podía pensar en qué pasaría y si había hecho lo correcto. Con todos estos pensamientos era incapaz de conciliar el sueño.

    Al llegar a su hogar pidió que toda la especie se reuniera para comentar la reunión con el Dios del Caos.

    —Tras un largo viaje, he encontrado una solución para nuestro problema. Sin embargo, nos saldrá caro. —Realizó una pequeña pausa y puso la bolsa con las píldoras enfrente suyo—. Hice un trato con el Dios del Caos. Para solucionar nuestra decadencia habrá que tomarse una de estas extrañas píldoras. Quien lo haga, a parte de las consecuencias que pueda causar, deberá comprometerse a revelar información sobre los Terrenos del Agua a los vasallos del Caos. —antes de que la indignación se esparciera, el líder proclamó con autoridad— No obligaré a nadie a tomarla. La decisión es solo vuestra.

    Muchos se asustaron al escuchar sobre el Territorio del Caos, en especial cuando comentó que espiarían a su propio Dios. Aunque su Dios les hubiese abandonado, gran parte de ellos le seguían siendo fieles.

    —Dejaré tres días para que podáis pensarlo con claridad. Cuando finalice este plazo regresaré aquí a la misma hora de hoy. Quien acuda dará a entender que está de acuerdo con ingerir la píldora. —Tras decir esto abandonó la zona junto a sus más cercanos.

    Los zorros murmuraban entre sí. No estaban seguros de lo que deberían hacer. Algunos estaban muy enfurecidos por la decisión de su líder y no tardaron en irse malhumorados de la zona. Pero eran muchos los que estaban dudosos. Poco a poco, los zorros fueron abandonando el lugar para pensar con tranquilidad la oferta del líder.

    Una vez a solas con su esposa, el líder expresó con palabras las inquietudes que le atormentaban desde que salieron de los terrenos del Dios del Caos.

    —Espero que esta decisión no perjudique a nuestra especie, sólo pretendo ayudarles.

    —No te preocupes, ahora cada uno decidirá por su futuro. No todo depende de ti. —La cálida voz de su mujer intentaba animar al agotado líder.

    Pero el líder de los zorros seguía preocupado por el futuro de la siguiente generación, con la mirada perdida en cómo su hija jugueteaba en la hierba. Se culpaba a sí mismo, pero si no actuaba sabía que esto solo iría a peor. Esperar... Esperar era lo único que podía hacer. Al cabo de tres días se vería qué tipo de futuro recorrería la especie.

    Al día siguiente, en otro lugar del bosque los zorros que estaban más en contra de la píldora se reunieron para hablar sobre la situación.

    —¿Por qué el Dios del Caos?

    —Nunca haría un trato con ese monstruo.

    —Yo ya dije que no se podía confiar en él.

    Entre ellos surgieron muchas quejas sobre el jefe de la manada. Los indignados tenían muy claro que ellos rechazarían la oferta. Que los demás cayeran en manos del Dios del Caos era algo que no les gustaba. Debían convencer a los otros fuera como fuera. Había algo más oculto sobre las píldoras y eso les superaba. Entendían que deberían ser espías; pero aparte de eso había algo más tenebroso y ellos lo sentían. El problema era que ignoraban el qué. Aunque aprovecharían la ignorancia de la situación para persuadir a los demás zorros de que rechazasen la oferta.

    Así que iniciaron un rumor para asustar al resto de la manada.

    —Aquellos que tomen la píldora se convertirán en muertos vivientes al servicio del Dios de la Nigromancia. —Los falsos rumores no tardaron mucho en llegar a oídos del jefe de la manada.

    El líder de los zorros estaba perplejo. Él sabía que eso se lo habían inventado ya que en ningún momento habló de las consecuencias de tomarla. Así que llamó a sus subordinados más fieles y les pidió que hablasen con todos los zorros de la manada y desmintiesen el falso rumor.

    Cuando los subordinados se alejaron, la mujer se acercó para hablar de la situación.

    —Cariño, ¿qué haremos ahora? —preguntó preocupada.

    —Habrá que intentar que el rumor no avance más, o al menos concienciar a los demás de su falsedad. Espero que esto funcione...

    Esperando a que llegase el día en que tuvieran que decidir si aceptar la píldora, el líder intentó calmar a su mujer.
     
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    Irybile

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    Los Ojos del Zorro

    Capítulo 1: Las Consecuencias de su Decisión


    Los días pasaron y el momento de la decisión final llegó. El líder de la manada fue al lugar y hora acordada junto a su mujer y su pequeña hija para esperar al resto de la manada. Esperaría hasta el final del día para ver quién aceptaría la píldora y quién no. Su mujer estaba realmente preocupada: «Después de ese terrible rumor, ¿realmente alguien vendría? ¿Todos abandonarían su identidad, aquello de los que estuvieron orgullosos desde hace tanto tiempo?» En cambio, su marido se mantenía sereno. Realmente sabía que el que vendría sería porque también quería mantener sus poderes.

    Con todas esas preocupaciones en mente, esperaron. Por ahora la zona estaba vacía. Únicamente los graznidos de las aves se escuchaban, y en algunas ocasiones se podía percibir el sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento. Hasta Kitsune, la hija del jefe, que siempre era muy revoltosa, mantenía la calma y la compostura, mirando hacia el frente y con las orejas atentas por cualquier sonido de sus compañeros.

    Al cabo de unas horas de espera se escuchó algo entre los árboles. La pequeña se disponía a dirigirse hacia esa dirección, pero su padre puso su pata de por medio para que no fuera. Algo no olía bien.

    De entre los arbustos salió un zorro de la manada, repleto de heridas.

    Era Hikye, el cabecilla del grupo que protegía la zona norte de los Terrenos del Agua y la mano derecha del líder. Al verlo el líder fue corriendo a socorrerlo. Kitsune se quedó totalmente pálida al ver semejante escena. Nunca había visto a uno de su especie tan herido como aquel zorro. Su madre intentó calmarla, aunque se notaba que la situación también le afectaba. Hikye les explicó que había miembros de la especie que estaban de acuerdo y habían ido a reunirse con el jefe; pero estos fueron detenidos y atacados por aquellos que estaban en contra de la píldora.

    Al escucharlo, el jefe, junto a su mujer y su hija, fueron adonde les guió el zorro. Salieron del bosque y pararon en una pradera a las fronteras de la facción del Agua. Allí encontraron al resto de la manada, esta vez dividida en dos bandos. Además, uno de los grupos se había puesto enfrente del bosque y no dejaba pasar al resto.

    —¿Qué se supone que estáis haciendo? ¡Esto es una deshonra para nuestra especie! —El jefe de la manada alzó la voz para que todos le escuchasen.​

    Durante un pequeño instante se produjo un silencio que sería cortado por el grito de uno de los zorros que impedía el paso al bosque.

    —¡Deshonra es vendernos al Dios del Caos!​

    Estas palabras alborotaron todavía más al bando en contra de la píldora. Eran palabras duras en una situación muy delicada, y en consecuencia dejaron sin habla al líder. Sin embargo, no era momento para mantenerse callado, así que respondió con determinación.

    —Si esa es vuestra decisión, no os toméis la píldora. Pero dejadnos a aquellos que quieran mantener su identidad. A aquellos que deseen mantener su orgullo. A aquellos que elijan seguir manteniendo su estatus en los terrenos del Agua. A aquellos que prefieran seguir siendo los zorros mágicos que somos ahora y no unos simples animales de bosque. ¡Dejad que ellos construyan su futuro y sigan el camino que han elegido!​

    Los alborotadores fueron incapaces de responder ante tamaña determinación, así que recurrieron al único argumento al que podían aferrarse: no venderse al Dios del Caos. Y, como ninguno de los dos bandos cedía, la lucha se reanudó. Ante esta terrible escena, al jefe y a su esposa no les quedó más remedio que entrar en batalla para defender sus ideales. La cría observaba petrificada desde lejos la lucha entre los dos bandos, una guerra que dividiría a los zorros para siempre. Era incapaz de moverse del miedo, y sin embargo tampoco podía apartar la vista de esa escena. Ver cómo se mataban los unos a los otros hacía que brotasen lágrimas de sus ojos. Sentía como si todo fuera cada vez más lento y estuviera perdiendo color, hasta que al final sólo perduró el blanco y el negro. El fragor de la batalla era demasiado para ella. Y, a su vez, el no ser capaz de hacer nada la ponía en peligro. Por suerte, Hikye, demasiado herido como para volver al combate, la agarró y se la llevó dentro del bosque para ponerla a salvo. Sin embargo, Kitsune se soltó y regresó corriendo a la pradera donde la lucha se estaba produciendo. Se quedó detrás de un árbol, absorta de nuevo en la horrorosa escena. El otro zorro volvió para recogerla, pero ella se negaba rotundamente moverse de allí.

    —Mis padres están luchando ahí fuera.​

    La cría, preocupada por lo que les podía pasar, no quería irse, pero Hikye seguía insistiendo. Aún en los límites del bosque se encontraban en peligro y la cosa podía llegar a más.

    —Mira pequeña, si empiezan a usar sus poderes el desastre será mayor y podrías salir herida. Tus padres jamás querrían esto. —dijo mientras le agarraba de la pata con la suya.​

    Ella se deshizo del zorro herido y fue a agarrarse al árbol.

    —¡Jamás! Me da igual lo que me pase. Quiero quedarme cerca de mis padres.​

    Tal y como Hikye predijo, la batalla se fue volviendo más feroz. Los alborotadores dejaron de usar sus zarpas y garras para pasar a la energía mágica. Las terribles llamas azules empezaron a azotar el campo. Todo lo que había alrededor empezó a arder y lo que era antes una pradera se convirtió en un campo de llamas. Ahora los zorros no recibían simples mordeduras o arañazos, también eran dañados por las graves quemaduras de sus llamas azules.

    Al ver ese desastre, Hikye, acabó cogiendo por la fuerza y por sorpresa a la cría, corriendo hacia el bosque.

    Kitsune se movía, intentando escapar, pero esta vez le estaba costando más debido a que él la había sujetado con más fuerza. No iba a permitir que se acercaran a ellos una vez desatada su magia.

    —¡Suéltame! ¡Déjame! ¡¡Quiero ir con mis padres!!​

    Kitsune empezó a patalear. Su voz cada vez temblaba más y de sus ojos brotaban lágrimas hasta que al final se echó a llorar.

    —No quiero que mueran...

    —No morirán, tranquila. Tus padres son muy fuertes.​

    El zorro intentaba calmar los llantos de la criatura, pero esta se deprimía cuanto más lejos estaban del campo de batalla.

    En el momento que creyó que estaban lo suficientemente lejos como para escapar de la furia de la batalla, Hikye dejó a la pequeña en el suelo. Esta no reaccionó. Ya había dejado de llorar, y se estaba completamente deprimida. Fue a una esquina y se tumbó sin decir palabra. Él estaba vigilando el perímetro con las orejas bien estiradas, por si escuchaba algún ruido; pero parecía que no había nadie por los alrededores. Mientras vigilaba la zona, se dio cuenta de que la cría estaba tumbada en un lado, y decidió acercarse para hablar con ella.

    —Escúchame, tus padres no van a morir. Así que no te tienes que preocupar por nada. —Dijo mientras movía el cuerpo de la criatura de un lado a otro.​

    —¿Por qué se pelean?¿Por qué el Dios del Agua no hace nada por nosotros? —protestó mientras lo miraba con los ojos llorosos.​

    Ante esas palabras, el zorro miró a un lado con cara de tristeza. Intentó recobrar algo de fuerza de su interior para contestar.

    —Él no tiene nada que ver con esto. La pelea está fuera de su región, así que no va a actuar ni por un bando ni por el otro.​

    Ella se sorprendió ante esas palabras. Miró al suelo y lo arañó con rabia. Hikye se dio la vuelta y se sentó no muy lejos de ella, mirando hacia el cielo y pensando en todo lo que estaba ocurriendo.

    Durante todos estos años habían sido guardianes de los Terrenos del Agua, y ahora que era cuando más necesitaban a su señor, este les había abandonado. No había palabras para expresar cómo se sentían. El zorro herido cerró los ojos, esperando que esta batalla no acabase siendo el final de la especie.

    Las horas fueron pasando y seguían sin saber nada sobre la situación de la pelea. La pequeña cría se levantó para echar un ojo a la zona; pero, aparte de que no vio nada, el otro zorro apenas le dejaba separarse.

    —No nos podemos quedar aquí toda la vida —clamó la cría, enfadada, mientras se apartaba de él.

    —Te doy la razón, pero somos un zorro herido y un cachorro ¿qué crees que haremos allí? —respondió, interponiéndose en el camino de la cría.

    —No lo sé, pero no puedo quedarme aquí tumbada sin hacer nada.​

    Dicho esto, lo esquivó y se fue en dirección al campo de batalla. A Hikye no le quedó más remedio que perseguirla.

    —¡Detente!¡No conseguirás nada si te matan! —gritó en vano.​

    Por mucho que Hikye gritase, la pequeña no le prestaba atención. Estaba harta de esperar, quería ver con sus propios ojos cómo estaban el campo de batalla y sus padres, aunque eso pudiese acarrearle graves secuelas emocionales. Una vez estuvieron cerca del campo de batalla, vieron cómo el bosque que había cerca estaba totalmente chamuscado. Y, sin embargo, no había ningún fuego encendido. Era como si alguien hubiera extinguido las llamas. Al acercarse un poco más al lugar vieron que la pradera había quedado en un estado lamentable. Estaba repleto de cuerpos de zorros muertos, en una zona abrasada por el fuego ya extinto. Pero lo que les pareció más increíble, es que el campo estaba empapado de agua. Hikye observaba los cuerpos para ver si había algún superviviente; pero desgraciadamente no tuvo suerte. Mientras Hikye investigaba, la pequeña miraba de un lado a otro impactada por la escena. Tantos de los suyos en el suelo, con heridas, quemaduras… Era una escena demasiado dura para una cría tan pequeña. Hikye le repitió varias veces que no se torturase más y se quedase a un lado mientras él investigaba. Pero ella se negaba, siguió adelante y se adentro en el campo mirando los cuerpos de sus compañeros, esperando no ver el cuerpo de sus padres entre ellos. Por suerte, la cría ni vio a sus padres ni detectó su olor.

    Dio un gran suspiro ya que no vio el cadáver de sus padres, asumiendo que aún seguían vivos. Aún así, no sabían qué había pasado, dónde estaban los demás, ni quién se involucró en la batalla. Los dos zorros rastrearon la zona a ver si encontraban el rastro de los demás. Desgraciadamente no pudieron despedirse ni enterrar a los caídos como era debido en sus costumbres, eran demasiados y aún tenían que encontrar a los que faltaban. Aun así estaban convencidos de que harían alguna ceremonia funeraria en el nombre de todos los fallecidos en esta guerra.

    Kitsune al ver que no encontraba nada fue con lágrimas en los ojos a donde estaba el otro zorro.

    —¿Dónde están los demás? ¿Qué ha pasado aquí? Yo creía que nadie se entrometería en esta guerra.​

    Hikye tampoco acababa de comprender lo ocurrido, pero sabía que algo intervino en la batalla y obligó a los zorros a abandonar la zona. Se quedó un rato pensativo, tenían que decidir qué deberían hacer. Teniendo en cuenta la situación y sabiendo lo poderosos que son los zorros de llama azul, aun teniendo su poder en decadencia, sólo podrían hacer una cosa.

    —Ven conmigo, tengo una ligera idea de que podría haber pasado. —El zorro se fue del campo de batalla con la cría vuelta hacia el bosque.

    —¿Dónde vamos? ¿Sabes dónde están los demás? —La cría preguntó, pero desgraciadamente no obtuvo ninguna respuesta.​

    Hikye estaba muy concentrado y decidido a regresar hacia el terreno de agua. La pequeña estaba confusa al ver que volvían a la región que supuestamente habían abandonado. Observaba los alrededores por si podía ver a alguien familiar o al menos lograba conseguir una pista de lo que había pasado.

    Llegaron hasta un pueblo del Dios del Agua, pero sin entrar en él quedándose por los alrededores. Hikye miró fijamente a la cría y le dio una pulsera con unos matices lilas que tenía en el brazo.

    —Toma, ve a la taberna de este pueblo y espérame allí, volveré dentro de poco.

    —¿Por qué no me dices que ocurre? —preguntó preocupada al ver la reacción del zorro.

    —Te juro que cuando vuelva te contare todo lo que ha estado ocurriendo, hasta entonces debes prometerme que no te moverás de ahí —respondió mirándola fijamente.​

    La pequeña veía que no le sacaría nada, así que se movió hacia dentro del pueblo mientras veía a su compañero desaparecer.

    Una vez dentro del pueblo, fue a la taberna que había en la zona y entró en ella. Ya había ido alguna vez con su familia, pero era la primera vez que la habían dejado sola. Entró al local y se dirigió a una mesa, se subió a la silla y miró a la tabernera. Al poco rato se le acercó a la mesa.

    —Buenos días cariño, ¿qué te puedo servir?, las patas de pollo son nuestra especialidad —preguntó con una gran sonrisa la tabernera a la cría.​

    La cría algo preocupada por su amigo tardó un poco en reaccionar a la pregunta.

    —Ehh, entonces dame una pata de pollo. —dijo algo avergonzada.

    —¿Y qué te apetece de beber pequeña?

    —Agua —respondió algo fría.​

    —Muy bien, dentro de poco le serviremos la comida, cariño. —Después de atenderla, la tabernera se fue a la barra y la cría se quedó sola en la mesa mirando la ventana.​

    Aunque estuviera concentrada mirando lo que había fuera de la taberna, no podía evitar sentirse observada por las demás criaturas del local. Incluso podía escuchar como susurraban entre ellos. Daba la impresión que algunos no sabían que los zorros tienen un buen oído, desgraciadamente para ellos, Kitsune podía tanto oír como entender lo que iban diciendo.

    —¿Has visto esa cría ahí sola?

    —Su raza lleva tiempo en decadencia.

    —Su especie está acabada…​

    Ella estaba atenta a los comentarios ya que podían decir algo sobre el tema que le ayudará a saber que pasaba. Aun teniendo que ir escuchando todo tipo de comentarios sobre su especie no dejó ni un instante de mirar la ventana. Estaba a la espera de poder ver a su compañero o a otro miembro de la manada.

    La tabernera que la atendió volvió a la mesa a traer lo que había pedido. La cría giró su cabeza y estiró la pata delantera donde llevaba la pulsera hacia la chica. Esta cogió la pulsera y fue un momento a la barra para poder cambiarla por otras de menor valor. La tabernera volvió con una pulsera verde y cuatro verdes y las repartió entre las patas delanteras de la criatura. También trajo el pollo en un plato y le puso el agua en un cuenco para facilitarle el poder beberlo.

    —Muchas gracias pequeña, disfruta de la comida —comentó con una gran sonrisa.​

    Una vez cobrada la comida, la chica se fue y la pequeña empezó a comer. Ella miraba la ventana mientras comía, esperando ver a alguien familiar. Pero por desgracia no veía a nadie.

    «¿Cuánto más van a tardar?» se preguntaba mientras miraba su reflejo en el cuenco de agua.​

    Suspiró y apoyó un momento la cabeza en la mesa. Bajó sus orejas cansada, y cerró un momento los ojos para relajarse.

    Al poco tiempo escuchó un ruido de fuera que le hizo levantar tanto la cabeza como las orejas. Cuando miró hacia las puertas por si veía algo estas se abrieron y entró un sacerdote del templo del Agua. Todas las criaturas del local se quedaron sorprendidas, en especial Kitsune que a su vez estaba preocupada por la presencia del clérigo. Que un sacerdote del templo del agua se acercarse al pueblo no solían ser buenas noticias.

    El sacerdote iba observando las mesas, con una mirada aterradora, como si buscase un criminal sentado en ellas. Al mirar la mesa donde estaba la pequeña su mirada se volvió todavía más amenazante. Cuando Kitsune se percató de ello, observó sus alrededores para asegurarse que no mirase otra cosa, pero desgraciadamente no era así. Los otros clientes no tardaron en girarse hacia ella, avergonzándola por completo. El sacerdote avanzó hasta la mesa de la pequeña mirándola fijamente mientras ella bajaba las orejas y lo miraba preocupada.

    El sacerdote hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Kitsune bajó de la mesa y empezó a seguir al sacerdote con la cabeza baja, mientras era observada por los demás. El sacerdote la llevó hasta una zona del bosque lejano al templo del Agua. En ningún momento se atrevió abrir la boca para preguntarle dónde se dirigían.

    Tras unos largos minutos de caminar, sintió el olor de los demás zorros, levantó las orejas y la cabeza y se le iluminaron ojos. Se mostraba algo ansiosa por verlos, pero no tardó mucho en ver que si el sacerdote la estaba llevando ahí no sería algo bueno. Miró al sacerdote y al ver su expresión era algo enfadado bajo inmediatamente las orejas y se relajo. Siguieron caminando hasta llegar a un claro, donde pudo ver a su padre y a su madre con bastantes heridas.

    —¡Mama, Papa!​

    Kitsune salió corriendo hacia ellos con una gran sonrisa, pero al acercarse y ver esas heridas su rostro cambió completamente. Su madre no dudo en ir a ella para poder abrazarla, en cambio el padre se mantuvo mirando fijamente al sacerdote con algo de furia. Se alegraron de ver que estaba perfectamente a salvo.

    —Mamá, ¿dónde están los demás? ¿Están bien? —preguntó empujándola con sus patas delanteras.​

    La madre dejó caer unas lágrimas, pero no pudo contestarle. Kitsune, al ver que su madre no decía nada, callo y se acurrucó junto a ella.

    —Ahí tenéis a la pequeña, como os prometimos, ahora cumplid vosotros también con vuestra parte —dijo en alto con una voz fría el sacerdote.​

    El zorro líder se levantó e hizo una seña con la cabeza a la madre para que se fueran.

    —Tranquilo, nosotros también cumpliremos la promesa. —contestó enfadado y de forma tosca.​

    Al levantarse la cría miró al sacerdote y salió de entre las patas de la madre para dirigirse a él.

    —Están heridos, ¿porque no les ayudas? Pensaba... pensaba que erais nuestros amigos —gritó con lágrimas en los ojos.​

    Su madre la empujó para que se moviera. Mientras caminaba se dio cuenta que el sacerdote no estaba contento con la situación. Y debido a ello, Kitsune solo podía mostrar decepción, tristeza e impotencia.

    Los tres zorros se adentraron en el bosque. Cuando perdieron de vista al sacerdote, la pequeña miró al frente y se dirigió a su padre.

    —¿Papa hacia dónde vamos? —preguntó seria.

    —Iremos donde esta el resto de la manada —dijo fríamente sin mirarla.​

    Su madre, viendo que el líder no quería hablar del asunto la agarro con la boca para ponerla junto a ella.

    —Mama, no, dejame… —comentó la cría pataleando.

    —Kitsune por favor, quédate quieta. Cuando la cosa se calme ya hablaremos de lo ocurrido. Hasta entonces, no sigas insistiendo. —dijo la madre dejándola en el suelo, a su lado.​

    Kitsune se calló por el momento. estaba enfadada por no poder saber qué ocurría, pero sabía que no lo lograría que se lo explicasen.

    Kitsune y sus padres salieron del bosque de los Terrenos del Agua. La pequeña miró atrás, hacia el bosque, sabiendo que si se marchaban de él solo podía ser por un motivo: el destierro.

    Al salir del bosque pudo sentir el olor de sus compañeros, eso la hacía feliz aunque la situación no les favoreciera. Estaba deseosa de estar con los suyos, aun así no se atrevió a adelantarse y se quedó al lado de su madre hasta poder ver a los demás.

    Cuando llegaron junto al resto de la manada, se percató que faltaban muchísimos de ellos. Y a los pocos que estaban, se les veía realmente heridos.

    Uno de los zorros se les acercó.

    —Veo que su hija está bien. Me alegro de ello —comentó mirando a la cría con una cálida sonrisa.​

    Después el zorro miró fijamente al líder.

    —Líder… ¿Qué haremos ahora?​

    —Tendremos que buscar un lugar donde quedarnos, las zonas que están fuera de los terrenos gobernado por los Dioses suelen ser más peligrosas así que habrá que estar preparados —comentó adelantándose hacia los demás.​

    —Sí, mi líder —respondió decidido el otro zorro.​

    El líder se puso en frente de lo que quedaba de manada y alzó su voz.

    —Queridos compañeros, debo suponer que si seguís aquí después de todo esto es que al final aceptáis la píldora. Lamento mucho la pérdida de gran parte de nuestros compañeros, realmente jamás pensé que acabaría la cosa así. Pero no es momento de bajar la cabeza, debemos encontrar un lugar donde vivir y defenderlo para las generaciones que están por venir.​

    Todos aclamaron al unísono las palabras de su líder, parecía que aún quedaba esperanza dentro de ellos pese a su precaria situación.

    —Entonces es como me temía… Nos han desterrado —comentó Kitsu con la mirada baja y los ojos llorosos.​

    —Tranquila hija mía, no te preocupes, saldremos de esta — La madre le lamió la cabeza y la acarició con la suya.​

    —No es eso, confío en vosotros… —aclaró entre algunas lágrimas.​

    —Entonces dime, ¿Qué es lo que te preocupa?​

    —No hay nada que me preocupe, es solo… Que me siento traicionada por el Dios del Agua. Siento un gran odio hacia él; pero a la vez mucha tristeza por lo ocurrido —dijo temblando mientras le caían las lagrimas.
    Su padre se acercó a ella al escuchar sus llantos. Se puso enfrente de ella y con su pata alzo su cabeza para que lo mirase a los ojos.

    —Escucha Kitsu, nosotros dejamos de lado al Dios del Agua y por ello hemos recibido un castigo. Es mejor que no pienses mucho en ello ahora —explicó con tono serio.​

    Dicho esto se dio la vuelta para ponerse enfrente de la manada. La cría se le quedó mirando con tristeza, sabía que lo que había dicho era verdad, pero el Dios del Agua les dejó de lado primero y tuvieron que buscar ayuda donde nadie quería hacerlo. Pero sabía que intentar discutirlo no serviría de nada. Es por ello que al final a causa de su cansancio, se acurrucó junto a su madre esperando que no tuvieran problemas para sobrevivir fuera de los terrenos del Agua.

    —Escuchad, hoy es el día que dejaremos de perder nuestras raíces, nuestro poder, nuestro honor. He traído las píldoras conmigo, para ver si son peligrosas seré yo el primero en probarlo. Hasta que no avise, no quiero que os acerquéis —dijo en alto delante de la manada entre gritos y alabanzas de los zorros.​

    Tras decir eso, tomó la bolsa de tela que llevaba consigo, sacó una píldora y se la tragó de golpe delante de la manada. Todos estaban expectantes ante la situación, había una gran tensión esperando el resultado de tal acción.

    Durante los primeros instantes no ocurrió nada. Una vez pasado la media hora los efectos empezaron a hacerse visibles. El líder se desmayó cayendo al suelo y empezó a temblar. Los demás estaban muy preocupados pero no podían acercarse a él, ya que les suplicó que no lo hicieran, no se sabía que podía pasar si lo hacían. Después de estar un rato temblando su pelaje se empezó a blanquear y a caer. Unas marcas rojizas, que brillaban como si fuera un rubí, salieron en ciertas zonas de su cuerpo. Su brillo recordaba al que emanaba de los ojos del Dios del Caos. Una llama azul envolvió la punta de su cola y un aro de fuego se colocó cerca de la base de la llama. No obstante, ese azul no era el mismo que tenían antes con sus poderes, era más oscuro, más parecido al de los fuegos fatuos. Otra llama del mismo color que la anterior, pero más pequeña, surgió de la nada rodeando al zorro y moviéndose con voluntad propia. En su rostro se reflejaba el sufrimiento que padecía. Cada pocos segundos soltaba algún chillido, apretaba con fuerza los dientes, y aun estando inconsciente se movía de un lado hacia otro.

    Los demás quedaron impactados y atónitos al ver esa escena. La cría asustada se escondió detrás de su madre, mirando tanto la bolsa como a su padre en ese fatídico momento. Estaba asustada por la reacción que provocaba la píldora, ya que sabía que ella también se la tendría que tomar.

    Una vez finalizó aparentemente la transformación, el zorro líder se calmó. Parecía que lo peor ya había pasado. El resto de la manada lo miró dudoso, no sabían si el cambio había sido solo físico o había algo más.

    No parecía que se fuese a despertar en poco tiempo. Los compañeros lo miraban intrigados, pero este no despertaba, hasta que Hikye, cansado de esperar, se adelantó junto a otro miembro de su grupo. Iban poco a poco, atentos a cualquier posible reacción del líder. Aunque parecía que todo el mundo estaba atento a lo que le pudiese ocurrir al líder, hubo cierta pequeña que no pudo apartar la mirada de esa llama que salió en mitad de ese espectáculo. Esta no se movía lo más mínimo, se quedó en el mismo lugar que en el que apareció. Pero Kitsune no pensaba dejar de observarlo hasta que su padre recobrase el sentido. Al final los dos zorros se pudieron acercar a él sin el menor problema. No parecía que el líder fuese a reaccionar.

    Una vez que este se despertó y se estabilizó, se miró a sí mismo y después a los demás. Sus dos compañeros le ayudaron a mantenerse de pie, ya que después de la transformación tenía los huesos y los músculos doloridos. No obstante, sentía que el dolor iba desapareciendo con rapidez y su cuerpo sanaba cualquier herida que pudiera haberle hecho la transformación.

    Una vez se pudo poner en pie, la manada lo miraba ansiosa de oír una respuesta.

    —Compañeros, se que este cambio de apariencia es desagradable, pero mentalmente siento que soy el mismo de siempre.​

    Todos los zorros se alegraron ante esa noticia. Era increíble que algo del Dios del Caos no afectase a tu forma de ser. Kitsune se acercó lentamente a su padre al ver que hablaba con total normalidad. Este la acarició al verla cerca de él.

    —Tranquila, Kitsu, no temas. Papá está bien —dijo acercando su cabeza y coméntandolo con una voz tenue.​

    Eso relajo tanto a la manada como también a la madre de la pequeña.

    Viendo que el líder parecía haberse visto afectado solo físicamente la manada decidió que era hora de tomar esa píldora. El padre de Kitsu agarró la bolsa con la boca y la soltó frente manada en símbolo de que ya podían comérsela.

    El resto de la manada fuera pasando en orden para tomarse la píldora. Sabiendo que seguramente se desmayarían decidieron ir de tres en tres, para así asegurarse de que serían capaces de defender al resto en caso de que algo ocurriese. Pero como tampoco podían fiarse de que siempre ocurriría lo mismo decidieron que las crías fueran las últimas en tomarse las píldoras. La manada estaba confiada, tal vez demasiado.

    Los primeros fueron los cabecillas de los grupos que vigilaban el norte, este y sur. Se pusieron delante del líder y tomaron cada uno una píldora. Se apartaron a un lado, y cuando el líder se lo indicó, se tomaron a la vez la cápsula. Al igual que con padre de Kitsu, fue al cabo de unos minutos cuando empezaron a desmayarse y también temblar. El resultado no fue distinto al primero. Una vez despertaron el siguiente grupo se dispuso a tomar la píldora hasta que finalmente llegó la hora de que la crías, entre ellas Kitsune, se la tomasen.

    Era un momento demasiado importante en su vida. Cuando se puso delante de la bolsa estaba realmente asustada. Temblaba, y le salían algunas gotas de sudor frío por el cuerpo. Su padre puso la zarpa en su espalda y ella reaccionó mirándolo asustada. Él la observaba con una mirada serena intentando tranquilizarla. Eso la ayudó bastante y al final agarró una de las píldoras y se fue al lado de su madre. Una vez se situó junto a ella se tragó la píldora de un golpe, se agarró a su madre, cerró los ojos y esperó a que esta hiciera efecto.

    Como a todos a la media hora tuvo esos temblores y después de caer inconsciente vinieron los cambios de aspecto, pero sus padres no se alejaron de su lado en ningún un momento.

    Una vez la transformación concluyó, se quedó en el suelo estirada. Su madre se tumbó a su lado esperando a que se despertase. Al despertar, miró a sus padres algo aliviada.

    —¡Míradme!, mamá, papá, ya soy como todos. Ahora ya no perderemos nuestros poderes —exclamó levantándose mientras se mostraba en su cara una gran sonrisa.​

    Los padres sonreían al ver la reacción de la pequeña. Mientras Kitsu mostraba su alegría corriendo alrededor de sus padres, la llama que le apareció se cruzó en frente suyo.

    —Oye papi, ¿esto…? —preguntó señalando la llama.

    —No estoy seguro hija, he visto varias veces este tipo de llamas en otras criaturas, seguramente será algún tipo de espía del Dios del Caos. Por ahí le mandara la información o algo así —explicó mientras intentaba alcanzar la llama con la pata.​

    La cría seguía mirando esa llama fijamente, se iba moviendo de un lado a otro sin ningún tipo de control. Llegó un momento en que sus instintos la motivaron a dar caza a esa llama y empezó a perseguirla. Sin embargo era incapaz de atraparla y si lo conseguía, desaparecía de entre sus zarpas, volviendo aparecer a su lado.

    —Ohh, pero si te había atrapado —reprochó mirando decepcionada a la llama.​

    Esta reacciono moviéndose de un lado a otro a su alrededor, parecía que no se fuese alejar de su lado. Kitsu iba mirando como se movía de un lado a otro, pero al ver que no se iba a dejar atrapar decidió no hacerle caso.

    —Bahh, paso de ti. No me interesas. —Giró la cabeza, mirando hacia el lado contrario a la llama.​

    Kitsu se iba moviendo mientras la llama le seguía de cerca. La criatura miraba de reojo como le seguía. Ver que no se iba a alejar de su lado, le iba causando un cierto estrés.

    —Pero bueno, ¿a qué estás jugando? —preguntó enfadada a la llama.​

    La llama reaccionó moviéndose hacia atrás, pero al poco rato se situó a su lado.

    —Uffff, se acabó.​

    Kitsu empezó a correr de un lado para otro para ver si la perdía de vista, pero en ningún instante se alejó de su lado. La pequeña harta de ser perseguida, dio un giro repentino y escupió una pequeña bola de fuego azulada hacia la llama. Esta la esquivo de forma rápida y precisa, como si hubiese predicho que le iba a lanzar ese ataque.

    —Mamá, papá, ¿estais seguros que es inofensiva? —preguntó asustada mientras se movía hacia atrás con el pelaje erizado.​

    Su padre se le acercó y se sentó a su lado. Kitsu aprovechó en ese momento para agarrarse a la pata de su padre.

    —No te preocupes hija mía, son inofensivas para el que la lleva. Pero si por algún caso intenta hacerte algo ya me encargare yo de ella. —Arañó esa llama que se partió en dos al golpearla, pero volvió a juntarse.​

    Kitsu, aún así, no dejó de mirar esa llama fijamente durante el resto del día.

    Llegó la noche. Los zorros vigías se quedaron en las zonas más altas que había en las colinas. Mientras los demás les tocaba descansar para el día que les esperaba fuera de los terrenos del Agua. Era la primera vez que Kitsu pasaba la noche fuera de los Terrenos del Agua y estaba bastante asustada, aun estando cerca de su familia. Había escuchado muchas historias acerca de los que viven en Las Tierras de Nadie. La llama de Kitsu que en aquel momento no daba apenas luz, empezó a brillar con algo más de intensidad y se puso entre sus patas. Kitsune sentía el calor que la llama desprendía. La luz, aunque no era muy fuerte, le iluminaba la zona cercana para que no estuviera totalmente a oscuras. Eso la calmó bastante y ayudó a que pudiera cerrar los ojos tranquilamente.

    —¿Por qué me ayudas? —preguntó Kitsune medio dormida.​

    La llama reaccionó a su pregunta moviéndose entre las patas de Kitsu y soltando un pequeño ruido.

    —Pensaba que todo lo que tenía que ver con el Dios del Caos era malo —dijo mientras cerraba poco a poco sus ojos.​

    La llama se movía de derecha a izquierda.

    —¿Me estas diciendo que no es cierto? —preguntó estirando una pata y apoyando su cabeza ahí.​

    La llama seguía moviéndose de derecha izquierda.

    —¿Qué no es malo?¿O qué sí es malo? No te entiendo —levantó la cabeza del suelo.​

    La llama seguía moviéndose de la misma forma.

    —Madre mia, mi llama salió defectuosa —exclamó girándose, mirando hacia el otro lado. Pero al ver la oscuridad de la zona, volvió a girarse rápidamente. —Pero al menos iluminas algo —contestó algo sonrojada, mientras cerraba los ojos.​

    La llama, al ver que no la comprendía dejó de moverse, se situó cerca de su cabeza y atenuó la luz que producía para que no le molestase mucho al dormir.



    Aquí os traemos el siguiente capítulo de la historia, esperamos que lo disfrutéis.
     
    Última edición: 23 Feb 2017
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    Irybile

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    Los Ojos del Zorro

    Capítulo 2: Un Giro Inesperado

    Mientras los clanes de zorros luchaban por su supervivencia, en el templo del Agua se iba a discutir sobre las consecuencias de los acontecimientos recientes.

    Dicha discusión ocurriría en la sala del consejo del templo, una enorme sala con una mesa ovalada situada en el centro donde se reunirían los sacerdotes. Una hermosa fuente de piedra coronaba el centro de la mesa; y unas grandes columnas se situaban en las esquinas desde las cuales recorría agua hasta un canal, decorado con flores blancas, que rodeaba toda la sala. Era el lugar perfecto para que el consejo del Dios del Agua se reuniera y debatiera sobre los eventos que ocurrían en los Terrenos del Agua.

    Los sacerdotes fueron entrando en la sala. La mayoría de ellos vestían unas túnicas sencillas, pero uno destacaba entre ellos, el sumo sacerdote Fanry, con una vestimenta más llamativa y una vara de gran tamaño. Este se posiciono en una punta de la mesa presidiendo el consejo mientras que los demás se sentaron en los lados.

    —Señores, ya sabéis por qué estamos reunidos aquí. Necesitamos buscar la solución a la crisis de nuestras tierras.

    —Entonces, ¿realmente eran ciertos los rumores sobre el Dios del Agua? —preguntó un sacerdotes.

    —Desgraciadamente sí —respondió el sumo sacerdote apoyándose en su vara decorada con adornos azules que relucían como si vieras reflejado el mar en ella​
    Al escuchar la respuesta los demás sacerdotes empezaron hablar entre ellos sin prestar atención al sumo sacerdote. Al ver que le ignoraban Fanry frunció el ceño y se levantó de la silla. Con un simple gesto con la vara, esta se iluminó, y de la fuente surgió con fuerza un enorme chorro de agua que se elevó hasta casi llegar al techo de la sala, explotando, y dejando caer unas pequeñas gotas sobre la mesa y los sacerdotes. Estos reaccionaron ante el chorro de agua, siendo un momento perfecto para que el sumo sacerdote alzase la voz.

    —Señores, ¡Silencio por favor! —exclamó el sacerdote principal.​
    Los allí reunidos callaron ante la voz de su superior. Aunque el mismo Fanry se mantenía sereno a todos los demás se les notaba algo alterados, a algunos de ellos incluso les temblaba la voz a la hora de hablar sobre su Señor o los guardianes. Inquietos por la situación, miraban preocupados al sumo sacerdote esperando que él supiera qué hacer.

    —Su eminencia ¿Se le ocurre que podemos hacer? —preguntó otro sacerdote.

    —Por ahora tendremos que mantener la calma en nuestros Terrenos, manipularemos la información para que no sea tan impactante para nuestros ciudadanos. —explicó el sumo sacerdote.​
    Uno de ellos se alzó rápidamente y golpeó la mesa con sus manos.

    —Pero seguramente los rumores ya se hayan extendido por todo el Terreno. —Reprochó alterado —Por mucho que la manipulemos la gente ya debe conocer la verdad y si no actuamos rápido podría ser un caos.​
    Fanry hizo un gesto con la mano para que el sacerdote tomará de nuevo asiento.

    —Tranquilo, la gente puede saber qué ocurre por encima, pero nosotros tenemos que convencerles de que la situación está bajo control. De esta forma evitaremos el caos del que tanto teméis —contestó notablemente calmado.

    —Eso es solo un arreglo temporal, no servirá para solucionar el problema que tenemos. Tsss, no me puedo creer que estos guardianes fueran tan incompetentes. Después de echar a aquellos ineptos esperaba que la cosa mejorase —criticó otro sacerdote mientras se apoyaba hacia atrás en la silla, cruzando tanto los brazos como las piernas.

    —¿No se sabe cómo ocurrió? ¿O quién fue el culpable? —preguntó preocupado otro de los presentes.

    —No, desgraciadamente el culpable supo deshacerse de las pruebas que lo pudiesen delatar —le respondió Fanry cerrando los ojos.

    —No me puedo creer lo que está pasando. Primero la ineficiencia de los guardianes y ahora un Dios comportándose como nunca se había visto. Esto es un desastre —se quejó el anterior alterado poniéndose las manos en la cabeza.

    —¿Y qué piensa hacer con este Dios? —preguntó enfurruñado el sacerdote que estaba apoyado atrás en la silla.
    —Con este Dios poco podemos hacer, no creo que tenga remedio… —respondió enojado Fanry —Nos centraremos ahora en nuestros ciudadanos y en que esta situación no provoque la perdición de los Terrenos del Agua. Sobre el Dios ya lo hablaremos en otra reunión. —Dio un golpe con la vara al suelo, provocando que la fuente antes activa se detuviera—. Doy por terminada la reunión, centraos en modificar la información que llegue a los pueblos. Mañana a la misma hora dará paso a la siguiente reunión del consejo del tempo principal del Agua —declaró al consejo.
    Todos los sacerdotes se levantaron al unísono y se fueron de la sala con la mirada inquieta y sudorosos por sus propios nervios. A algunos de ellos no parecía convencerles la decisión de Fanry y decidieron juntarse con la esperanza de poder encontrar alguna solución sin tener que depender del sumo sacerdote.

    *****​
    En unas colinas dentro de las Tierras de Nadie los zorros decidieron parar para poder pasar la noche. Las crías estaban cansadas después de un duro dia. El viaje había sido agotador. La presencia de terribles criaturas por los alrededores empeoro la situación de los zorros, obligándoles a moverse de sus posibles madrigueras. El líder visitó a la manada para ir comprobando cómo estaban, mientras que Kitsu miraba como estaban las crías imitando a su padre. A muchos zorros les hizo gracia ver a la pequeña Kitsu visitando a las crías de la manada preguntando cómo les fue el viaje, si necesitaban algo o cómo estaban sus padres y cómo se comportaba la llama. Estos momentos de tranquilidad eran indispensables para que no decayera la moral de la manada.

    Una vez acabó de atender a todos los zorros tanto el líder como Kitsu se reunieron junto a la esposa del líder.

    —¿Alguna novedad de la que informar mi joven caballero Kitsu? —preguntó el líder sentándose delante de su hija.​
    Kitsune se sentó enfrente suyo, alzó su mirada y su pecho al mismo tiempo y se quedó todo lo quieta que le permitiese su cuerpo para demostrar su firmeza.

    —No, mi señor todo correcto. Las crías aguantan el ritmo y las llamas las tengo bajo control, en especial a esta —comentó Kitsu acercando su cara a la llama y mirándola inquisitivamente.

    —Muy bien Kitsune, si sigues así serás una estupenda líder —dijo felicitando a la pequeña.​
    Kitsune no podía contener la alegría, su cola se movía de un lado para otro y se le iluminaron los ojos. Fue en ese momento que se levantó y saltó encima de su padre. Mientras tanto, su madre fue detrás de una roca y cogió con las fauces un hueso que tenía unos pocos trozos de carne pegados a él.

    —Kitsune, mira, como compensación por un gran trabajo —le dijo su madre.​
    Kitsune al ver ese hueso dejó de lado a su padre y saltó a por él. Su madre lo soltó al ver que Kitsu lo agarraba con la boca. Una vez obtuvo el hueso la pequeña se apartó a un lado a mordisquearlo y comerse esos trocitos de carne. Su madre aprovechó ese momento para echarse encima de Kitsu y darle su baño diario.

    —Ohhh, nooo, mamá, eso es trampa —se quejó viendo que no podía escaparse.

    —Mi pequeña, sabes que te vas a dar el baño si o si, deberías alegrarte que al menos tienes algo con que entretenerte —aclaró su madre mientras le lamia la cabeza.
    Aunque Kitsu tenía ese sabroso hueso en su boca, su cara mostraba algo contrario a la felicidad. Estaba estirada apoyando su cabeza en el suelo esperando a que su tortura acabase..

    —Me pregunto por qué estas cosas no se pueden oler u oír. Así estaría alerta de que no me pillasen —siguió quejándose Kitsu.

    —Lo siento cariño, pero esto es lo que hay. Agradezco que no sea así, entonces daros un baño sería una persecución diaria —comentó el líder mientras se estiraba en la hierba.
    En ese momento levantó sus orejas y miró hacia un lado, escuchaba que alguien venía. Pero al reconocer un olor de uno de sus compañeros, se levantó plácidamente y espero a que llegase el zorro.

    El zorro llegó totalmente agotado, jadeando y sudando como si hubiera recorrido un desierto entero. Cuando llegó delante del líder le saludo como pudo y se sentó de golpe. En cuanto recuperó el aliento, el padre de Kitsu le pidió que le acompañase hasta un pequeño lago, no muy lejos de donde se encontraba la manada, para que pudiera beber un poco de agua y relajarse.

    Una vez llegaron allí, el zorro se puso a beber agua y se tumbó cerca del lago para que pudiera beber cuando lo necesitase. El zorro líder se paseó por la zona con las orejas y la nariz bien atentas para asegurarse que no hubiera nadie cerca. Cuando acabó de reconocer el terreno, el zorro líder, volvió junto al otro zorro para conversar de lo que le había pasado.

    —Viendo como has vuelto creo que tienes algo interesante que decirme, ¿me equivoco? —preguntó el líder a su compañero.

    —Sí, mi líder. Los Terrenos del Agua están pasando por muchos problemas —comentó jadeando aún por el cansancio.

    —Tss ¿mas problemas con esos nuevos guardianes?, sino fuera porqué le tengo aprecio a la zona en la que me crié me estaría riendo de su patética situación —comentó enojado el líder.

    —Mi líder, no se por qué seguimos investigando la zona, nos abandonaron, deberían sufrir las consecuencias ahora por estúpidos —le recriminó su espía.​

    Al escuchar las críticas de su compañero el líder se sentó, bajo la cabeza y cerró con fuerza los ojos. Por mucha ira que sintiera hacia Dios y su consejo de aduladores, no podía rechazar su tierra natal, aún tenía amigos y compañeros viviendo allí. Estuvo un instante con los ojos cerrados pensando en todo el embrollo que se había formado en su cabeza. No obstante sabía que ese no era el momento de quedarse callado y pensativo, así que abrió los ojos y se dirigió a su compañero.

    —Entonces ¿me puedes explicar, qué problemas tienen ahora? —preguntó algo irritado.​

    El zorro espía miró al suelo, su rostro había cambiado, mostraba su preocupación en la cara.

    —Los guardianes han metido la pata hasta el fondo… —respondió con una voz más débil.​

    El líder, al percatarse del cambio de actitud de su compañero, lo miró extrañado.

    —¿Qué hay de raro en eso? Desde que nos sustituyeron parece que no han dado mucho la talla —insinuó el líder.

    —No, mi líder esta vez sí que es algo grave —dijo mirando fijamente al padre de Kitsu, con un tono serio.​
    El líder viendo la seriedad en el rostro de su compañero decidió que no era apropiado seguir bromeando y empezó a tomarse en serio las palabras de su espía.

    —¿Cuéntame, qué ha ocurrido? —preguntó con un tono serio.

    —El Dios del Agua… ha muerto… —respondió el zorro.​

    El líder se quedó atónito al oír la respuesta, sus pupilas se contrajeron, le salían gotas de sudor frío por el cuerpo y se quedó petrificado después de semejante noticia. Tardó unos minutos en poder asimilar la noticia y responderle a su compañero.

    —¿Estás seguro? ¿la fuente era fiable? —preguntó alterado el líder.

    —Sí, me asegure personalmente de informarme de varias fuentes de confianza. —respondió.
    El líder se levantó y empezó a dar vueltas por la zona donde se encontraban.

    —¿Se sabe quién lo hizo? ¿o cómo ocurrió? —Siguió preguntando el líder.

    —No. Sea quien sea, sabía lo que se hacía —contestó preocupado.​

    El líder empezó a refunfuñar sobre lo patéticos que eran esos nuevos guardianes. Pero su acción se vio interrumpida por su compañero.

    —Pero… esto… no es lo único… —dijo entrecortandose.

    —¿Cómo que esto no es lo único? ¿Realmente crees que se puede resaltar algo más después de lo que me has contado? —cuestionó el líder.

    —Sí, mi líder, incluso te puedo asegurar que esto es aún más grave que lo anterior​

    El líder se detuvo de dar vueltas y se acercó a su compañero.

    —¿Qué puede haber peor que los que me has contado? —preguntó asustado.​

    El otro zorro bajó las orejas y mostró cierta inquietud en su rostro.

    —Se que costara de creer… pero nació ya el nuevo Dios del Agua…

    —Pero si eso es una espléndida noticia —declaró con alegría, interrumpiendo a su compañero.

    —No, permíteme acabar por favor. El nuevo Dios del Agua… ha…ha…. abandonado sus propios terrenos, dicen que se ha negado a gobernar con unos ideales tan anticuados y esclavizantes. Y lo peor de todo, el consejo ha tomado el control del lugar —expresó tristemente cerrando los ojos con fuerza y miedo por cómo podría reaccionar su líder.​

    Pero no le escuchó quejarse. El otro zorro al abrir los ojos vio a su líder temblando por la situación. Los dos estaban asustados de que podía ocurrir con su antiguo hogar. Parecía que ninguno de los dos fuese a hablar. Estaban absortos por los pensamientos provocados por la noticia, pero aun asi tampoco les apetecía, ni sabían que comentar en aquella situación.

    —¿Contaremos algo a la manada? —preguntó el zorro espía.

    —Aún no lo tengo decidido, necesito tiempo para pensarlo. Mientras tanto sigue investigando, si ves que ocurre algo que haga peligrar los Terrenos me avisas de inmediato

    —A sus ordenes mi líder —respondió con fuerza el zorro.
    Tras decir eso se levantó y se fue corriendo en dirección a los Terrenos del Agua, en cambio el líder volvió con la manada.

    Al volver se encontró con su cría con la cara apoyada en el suelo, algunos pelos de punta a causa del baño, las orejas totalmente bajadas y las dos patas estiradas. Mientras tanto su madre estaba encima, tumbada alegremente. Habían acabado ya de bañarla, pero su madre había decidido pasar un rato con ella. En ese momento, Hikye se acercó donde estaban ambas.

    —Pero bueno mira que cosita tan hermosa hay aquí. ¿Como te ha ido el baño pequeña? —comentó Hikye burlándose de Kitsu.​

    Kitsu en ese momento levantó la cabeza con cara de asco y miró con desagrado a Hikye.

    —Déjame en paz, y vete a meterte con otro zorro —contestó malhumorada.

    —Pero, ¿por qué estás tan enfadada? Si estás hermosa —opinó Hikye mientras le acariciaba la cabeza con sus patas.​

    Kitsu se percató de que su padre estaba cerca gracias a su sentido del olfato.

    —Padre, por favor matame. Estoy sufriendo —suplicó Kitsu mientras estiraba su pata hacia su padre.

    —Lo siento hija, no tengo ganas de jugar ahora, tengo que ocuparme de ciertas cosas —contestó el padre de Kitsu desanimado.​

    El líder siguió su camino con la cabeza baja. Su esposa, al ver su cara, sintió que algo pasaba así que decidió seguirle. Como su madre se levantó de encima de Kitsu, ella se pudo mover del sitio. Y viendo que su madre corría detrás de su padre decidió también seguirles, pero fue parada por Hikye.

    —Ehhh ¿a dónde te crees que vas? —preguntó Hikye interponiéndose delante de Kitsu.

    —Con mis padres, pero cierto saco de carne se está metiendo en medio —expresó Kitsu enfadada a Hikye.​

    Kitsu se movió hacia un lado pero Hikye era más rápido que ella, así que no pudo esquivarle para seguir a sus padres.

    —Ya empezamos… —se quejó Kitsu.

    —Venga, para que no estés todo el día quejándote, vamos a jugar a algo —dijo Hikye.​

    Kitsu se quedó mirándolo esperando a que comentase de que iba el juego.

    —Mira, hace un buen rato he escondido un pequeño tesorito. Tiene que ver… —se quedo un rato pensativo —espera que me acuerde… Ahh, siii. Con las sobras de la carne de ayer que tanto te gustaba. Si eres capaz de encontrarla te la podrás quedar. ¿Qué te parece la idea? —explicó Hikye guiñandole el ojo.​

    A Kitsu se le iluminaron los ojos, se puso nerviosa al escuchar la palabra tesoro y más aún cuando dijo carne. Estaba inquieta, su cola mostraba la felicidad de la noticia y no tardó ni un segundo en pasearse por todo el lugar con la nariz pegada en el suelo. Incluso estaba atenta con las orejas inclinadas hacia el suelo esperando a ver si la escuchaba.

    «Crios, que fácil es engañarlos» pensó Hikye con una gran sonrisa «Ya miraré de encontrar algún trozo de carne cualquiera y esconderselo cuando no me mire, ni pueda olerlo».
    Lejos de la manada, la madre de Kitsu consiguió alcanzar al líder.

    —Cariño, te veo con mala cara, ¿ocurre algo? —le preguntó a su marido.​

    El líder se detuvo cuando su esposa se puso delante suyo. No obstante no se veía con fuerzas para mirarla a la cara.

    —Nuestro espía ha venido con unas noticias espantosas —respondió el líder con la cabeza baja.

    —Ya me imagine que sería por las noticias que traía, pero ¿de qué se trata exactamente? —dijo su esposa alzando la cara con su zarpa para que le mirase a los ojos.
    El líder al mirar a los ojos de su esposa no pudo contener su llanto.

    —Es muy difícil tanto de explicar como de creer. Así que debes mentalizarte un poco de ello —remarcó el líder.

    —No te preocupes cariño, si eres capaz de soltar una lagrima por ello se que no es una tontería.
    El líder respiro profundamente y recogió las pocas fuerzas que tenía para explicarle a la esposa lo que estaba ocurriendo.

    —El Dios del Agua ha muerto, no se sabe quien és el culpable. Lo peor de todo es que el nuevo Dios rechazó el gobierno y ahora quien tiene el control es el Consejo del Templo del Agua —le explicó rápidamente a causa de lo alterado que estaba.

    —¿Me estas diciendo que ese hatajo de sacerdotes egocéntricos e incompetentes va a gobernar los terrenos del Agua? —exclamó su esposa furiosa.
    El líder bajó las orejas ante la voz de su esposa.

    —Querida, se que es una escandalosa noticia, pero opino que debería preocupar más el tema del nuevo Dios del Agua —dijo el líder retrocediendo al ver la reacción de su esposa.​

    Al escuchar las palabras del líder, su esposa se dio un tiempo para pensar mejor la situación y no dejarse llevar por la rabia que tenía dentro.

    —Tienes razón, este comportamiento nunca se había visto antes en otro Dios —comentó su esposa.

    —Los Terrenos del Agua me tienen muy preocupado, ahora que no tienen Dios podrían ir otras criaturas a intentar invadirlos. Realmente no sé en qué está pensando este Dios —criticó el líder pudiéndose acercar otra vez a su esposa.

    —Ahora que lo dices, no había pensado en ello. —Se quedó un rato pensativa—. Tsss… Aun hay gente que aprecio allí, y aunque tenga mis contras con los sacerdotes espero que el estado de los Terrenos del Agua y sus ciudadanos no decaiga, y más sabiendo quien los está gobernando —dijo apretando los dientes al hablar sobre quién gobernaba.

    —Se que puede sonar egoísta, pero no puedo dejar de pensar en nuestro antiguo hogar. Tengo demasiado miedo de lo que le pueda pasar —comentó el líder algo cortado.

    —Estas insinuando que quieres ir a ayudarles, ¿me equivoco? —preguntó su esposa sospechando de sus palabras.

    —Se nota que hemos pasado mucho tiempo juntos —mencionó el líder desviando la mirada.

    —Mi vida, sabes que te conozco muy bien. Una indirecta tan a la vista no se me iba a escapar —afirmó su esposa con una cálida sonrisa—. De todas formas, creo que deberías comentarselo a toda la manada si piensas en serio en ayudarles.

    —Lo se, pero quiero buscar las palabras adecuadas, no puedo decirlo de cualquier manera. Y más sabiendo que muchos de ellos aún siguen tocados por lo ocurrido.

    —Entiendo, tomate tu tiempo. Sabes que yo siempre estoy aquí para apoyarte y ayudarte en lo que pueda —dijo su esposa cálidamente. En ese momento se acercó y le lamió la cara.
    El líder y su esposa se fueron hacia donde se encontraba la manada. En el momento en que llegaron Hikye fue a hasta ellos para ver qué ocurría. Kitsu no tardó en aparecer detrás suyo con el supuesto trozo de carne del que le habló antes. Hikye se quedó alucinando ya que no dejó ningún trozo de carne. Pero viendo que no podía atenderla ahora le felicitó y la mandó a que se fuera a comérselo a otro lado.

    —¿Ocurre algo, mi líder? No tenías buen aspecto antes —preguntó Hikye preocupado.
    El líder aún se mostraba algo preocupado y le costaba contar la noticia a los demás, pero su esposa le acarició el cuello con su cabeza y le miró fijamente. El líder respiro profundamente y se dispuso a hablar.

    —Sí, Hikye, necesito que reúnas a toda la manada. Hay algo importante que debo contaros. —ordenó el líder a su oficial.

    —Ahora mismo, mi líder— respondió Hikye a las órdenes.
    Hikye fue corriendo a anunciar a todos los de la manada que se reunieran urgentemente por petición del mismo líder. Cuando los reunió a todos, el padre de Kitsu se subió encima de una roca para que todos los de la manada les pudiesen ver.

    —Compañeros, tengo una noticia muy importante que anunciaros. El Dios del Agua ha muerto —se quedó un rato en silencio—. Se desconocen las causas de la muerte y tampoco se sabe quién lo hizo. En el caso de que alguien se le pregunte, ya nació el nuevo Dios del Agua. Pero por causas que desconozco ha decido abandonar sus Terrenos y el mismo gobierno que su antecesor le dejó —respiro profundamente y alzó la voz—.Compañeros, nuestro antiguo hogar está bajo un grave peligro. Los consejeros bastardos que nos echaron están ahora a cargo de los Terrenos. Se que muchos de vosotros aún estáis dolidos por lo ocurrido, pero amigos míos, no podemos abandonar a nuestras amistades y a los mismos habitantes de los Terrenos del Agua a la merced de un gobierno tan deleznable —dijo preocupado —. Pido por favor que alcéis vuestra pata y me ayudeis en la misión de proteger lo que antes era nuestro hogar. Compañeros la decisión es toda vuestra, pero agradecería vuestro apoyo.
    Una vez acabado el discurso el líder bajó de la roca. La manada se sobresaltó. Todos los zorros aclamaban a su líder, algunos incluso con lágrimas en los ojos. Sin duda las palabras habían llegado a los corazones de los miembros de la manada, aunque parte de ellos estaban dudosos a causa del dolor que aún sentían.

    —Fue un gran discurso, cariño, seguro que después de estas palabras la manada te seguirá —afirmó la esposa con gran alegría.
    El líder sonrió y miró hacia la manada.

    —Ahora es decisión vuestra seguirme o no. Dentro de una hora partiré hacia los Terrenos del Agua. Los que deseen seguirme que se vayan preparando —comentó el líder en alto.
    La manada empezó a prepararse para marcharse, por mucho que tuviesen sus dudas y no les gustaba la idea de reencontrarse con los sacerdotes, echaban de menos sus tierras y no querían dejarlas en manos de esos indeseables. Al cabo de unas horas la manada se acabó de preparar y se dispuso a partir.

    Toda la manada le siguió hasta los Terrenos del Agua, viajaron por las praderas de las Tierras de Nadie para dirigirse a unas de las puertas de las fronteras del Terreno del Agua. Su viaje fue bastante duro, tuvieron que evitar varias rutas para no toparse con criaturas peligrosas, e ir descansando para no forzar a las pobres crías. Tardaron más de lo que pensaban, pero gracias a sus sentidos y su paciencia no tuvieron problemas para poder llegar otra vez a su antiguo hogar sanos y salvos.

    Una vez llegaron cerca de las puertas de los Terrenos del Agua, se dirigieron hacia uno de los sacerdotes que guardaba la entrada. Mientras que la esposa se encargó del resto de la manada, Hikye y el líder se acercaron a las puertas para evitar malentendidos.

    —¿Qué se supone que haceis aqui?, ¿no os acordáis que el Dios os ha desterrado? —les recriminó el sacerdote de la entrada.

    —¿Qué Dios?, ¿el que nuestros sustitutos dejaron que muriese? —insinuó con tono sarcástico Hikye.

    —No es culpa nuestra que los guardianes fueran tan deficientes —contestó enfadado el sacerdote.
    El líder interpuso la pata entre el sacerdote y Hikye.

    —Por favor, cálmense, no estamos aquí para discutir —dijo el líder mientras dirigía la mirada hacia el sacerdote —Somos conscientes de lo que está ocurriendo y queremos ayudar a defender nuestro antiguo hogar ante el ataque de cualquier enemigo.

    —Nosotros no necesitamos la ayuda de unos exguardianes que se han vendido al Dios del Caos. Además, ¿quién aceptaría la ayuda de unos seres tan horrendos como en lo que os habéis convertido? —criticó el sacerdote de la puerta mirando asqueado a los dos zorros.
    Hikye no pudo contener su rabia. Sus ojos se contrajeron, apretaba con fuerza sus fauces y su pelo se empezó a erizar.

    —No creo que sea buena idea sacerdote. Los demás Dioses y las mismas criaturas de los Terrenos de Nadie ya deben conocer la pérdida de vuestro Dios. Sois un blanco muy apetecible —le advirtió el líder.​

    El sacerdote se dio media vuelta y se acercó hacia la puerta.

    —Parece que sois vosotros los que no conocéis nada acerca del tratado de paz temporal entre todos los Terrenos. Está prohibido que un Dios ataque a otro terreno cuando su Dios acaba de morir. No será susceptible otra vez hasta que haya pasado un par de años después de su nacimiento —explicó el sacerdote a los zorros.​

    El líder avanzó hasta el sacerdote. Mientras que este otro se giró mirando con desprecio al zorro que se le acercaba, como si de un enfermo se tratase.

    —Soy consciente de eso, pero… Para empezar que los Dioses hayan pactado no significa que lo vayan a cumplir. Y eso solo afecta a las criaturas que están al servicio de los Dioses, no obstante las criaturas de las Tierras de Nadie no están sujetas a ningún tratado o ley —comentó el líder enfadado por el trato que estaba recibiendo.
    Al escuchar esa respuesta, el sacerdote se enfureció más de lo que ya estaba y se situó delante de la puerta, cerca de una especie de campana llena de agua.

    —Os doy vuestra última advertencia. ¡Largaos de aquí! No os necesitamos. En caso contrario daré la alarma —amenazó el sacerdote con la mano cerca de la campana.​

    Los dos zorros retrocedieron viendo las amenazas del sacerdote.

    —¡Estas cometiendo un grave error! Los habitantes de la zona podrían pagar por vuestros errores —gritó el líder enojado mientras se daba la vuelta.
    El padre de Kitsu hizo una señal a Hikye para que abandonara el lugar junto a él.

    —Dejalo, es imposible hacerle entrar en razón —dijo el líder a Hikye mientras se alejaban de allí.

    —Lamento mucho lo ocurrido, aunque sabiendo como eran los sacerdotes no era raro que acabase pasando esto —comentó Hikye entristecido.
    El líder y Hikye llegaron donde se encontraba la manada. El líder andaba con la cabeza baja mientras que Hikye le miraba apenado. La esposa del líder fue la primera en ir con ellos. Se puso enfrente, mirando preocupada el aspecto de su marido.

    —¿Habéis conseguido convencer al sacerdote? —les preguntó la esposa.

    —No, como era de esperar, no nos ha querido escuchar —contesto Hikye malhumorado.

    —Lo lamento mucho, esos sacerdotes llevarán a la ruina a todos los habitantes —expresó enojada.
    El líder levantó en ese momento la cabeza.

    —No podemos dejarlos abandonados, debe haber alguna manera de ayudarles.

    —No podemos entrar de ninguna forma —comentó Hikye al líder.

    —¿Por la fosa? Podríamos intentarlo por allí —preguntó alterado.

    —¿Estas loco? Hay crías con nosotros, y la fosa está llena de criaturas peligrosas. Y aunque se diera el caso de que pudiéramos entrar, si nos ven, avisarian a los sacerdotes y a los guardianes —le respondió su esposa—. Cariño, hagamos lo que dice Hikye, por ahora no podemos hacer otra cosa —comentó intentado calmarlo.
    El líder volvió a bajar la cabeza de golpe, soltando alguna lágrimas y apretando sus dientes.

    —Mierda. Malditos sacerdotes.
    Su esposa le acarició la cabeza.

    —Déjalo por hoy, ya investigaremos otra forma de solucionarlo. La manada es más importante ahora —le dijo su esposa—. Vamos, los demás están esperando.
    Los tres zorros se fueron hacia donde estaba el resto de la manada. Kitsune fue corriendo hacia sus padres, por lo que Hikye se vio obligado a pararla agarrándola por el pellejo del cuello.

    La esposa del líder comentó a la manada lo ocurrido con el sacerdote, mientras que Hikye tuvo que soportar las pataletas de Kitsu. El líder estando absorto en sus pensamientos no estuvo activo en todo el dia. Obligando a la esposa a encargarse de la manada y llevarles a un lugar seguro.

    Se dirigieron a unas colinas que había cerca de las fronteras de los Terrenos del Agua. Fue un largo camino y cómo estuvieron todo el día caminando acabaron totalmente agotados. Una vez allí buscaron una cueva donde poder pasar la noche.

    Al final del día la moral empezó a decaer y esta vez no estaba el líder en condiciones de animarles. Lo único que pudieron hacer es irse a dormir esperando que los siguientes días fueran más amenos.

    Durante los siguientes días, los zorros se despertaban intentando pensar que ese día iría mejor. El líder seguía intentando convencer a los sacerdotes, pero siempre obtenía el mismo resultado. Esto fue perjudicando su moral, causando que ese malestar se propagase al resto de la manada. Cada día fue peor que el anterior, se notaba la falta de comunicación entre los zorros. Les costaba mantener el ritmo y se cansaban con más facilidad. Sus propios sentidos empezaron a fallarles y más de una vez tuvieron que enfrentarse a criaturas de las Tierras de Nadie.

    Todo lo que estaba ocurriendo provocaba que los zorros estuvieran susceptibles, resultando en algún que otro enfrentamiento entre ellos. La esposa del líder intentó actuar en consecuencia, pero a causa de que el líder estaba incapacitado, no consiguieron hacer mucho para que el malestar no aumentase.

    Un dia que la manada estaba recorriendo un terreno casi desierto. Uno de los zorros de la manada empezó a murmurar con la cabeza baja.

    —¿Estas bien?¿Te ocurre algo? —preguntó el zorro viendo a su compañero en tan mal estado.
    El otro zorro al escuchar la pregunta se abalanzó contra él para clavarle las fauces. Por suerte pudo esquivarlo a tiempo. Eso alteró a toda la manada, que se alejo de el zorro agresivo, apartando a las crías para que no sufrieran daños.

    —¿Que cómo estoy? Está bastante claro, ¡no soporto mas esta manada de perros sarnosos! —gritó el zorro hacía el resto de la manada.
    En el momento que levantó la cabeza para gritarles, se dieron cuenta de que sus ojos brillaban con una tonalidad amarilla más fuerte de la que tenían de normal. La marca de su cabeza brillaba con la misma intensidad. Y tanto la llama que flotaba a su alrededor como la de su cuerpo empezaron a oscurecerse y adquirir una tonalidad violácea.

    El líder y su esposa se colocaron en medio del zorro agresivo y su compañero, mientras que el amigo retrocedía impactado por la escena.

    —¿Qué es lo que te ocurre? ¿Por qué le atacas? —preguntó el líder observando el terrible cambio que había sufrido el zorro.
    El otro zorro parecía no escucharle, solo movía la cabeza de un lado a otro, como si intentase deshacerse de algo. Viendo que no reaccionaba el líder intentó acercarse, pero el zorro volvió a atacar, esta vez con una enorme bola de fuego. El líder fue rápido y contraataco con una llama de fuerza similar.

    —¡Morid! ¡Morid! ¡Morid! —exclamó el zorro abalanzándose a por el líder.
    Viendo que el zorro le iba a atacar, el líder desplegó sus seis colas y la marca de la frente se le iluminó con un rojo claro, a diferencia de la del zorro agresivo que tenía un brillo oscuro. El zorro que se le abalanzo se quedó colgado en el aire. Viendo que no se podía mover, no tardó en reaccionar y desplegó sus colas consiguiendo deshacerse de lo que le tenía atado en el aire con el mismo poder psíquico. Pero en ese mismo instante, los poderes psíquicos de el líder levantaron un enorme pedrusco que lo golpeó fuertemente dejándolo tirado en el suelo. Aprovechando que el zorro estaba en el suelo, el líder invocó unas llamas que inmovilizaron al zorro en el suelo. La amenaza estaba atada y apenas se podía mover. En ese momento su pelaje se oscureció y de sus ojos brotó sangre como si de lágrimas se tratase.

    La imagen era espantosa, pero al menos el zorro estaba inmovilizado. No obstante empezaron a escucharse más gritos entre la manada. Más zorros empezaron a verse afectados. Los líderes intentaban contener a los que iban enloqueciendo, por lo que Hikye aprovechó para apartar a todas las crías de lo que estaba ocurriendo. Pero Kitsu se separó de los demás a causa de que el zorro que estaba delante suyo se le empezó a oscurecer la llama.

    El zorro se giró observando a la pequeña con una mirada sanguinaria. Su padre, al ver eso, se abalanzó contra ese zorro para evitar que dañase a su hija. Kitsune volvía a sentirse como en la última batalla, pero esta vez solo podía retroceder, no tenía fuerzas para intentar ayudar a su padre. Solo podía mirar temerosa como se despedazaban los unos a los otros.

    Cada vez había más zorros que iban enloqueciendo. Uno de ellos saltó encima del padre de Kitsu con zarpas rodeadas de llamas. Ocupado con el zorro que tenía debajo, el líder no fue capaz de defenderse de ese ataque. Por suerte, la madre de Kitsu logró golpearle con una bola de fuego para evitar que alcanzase al líder. Pero este acabó delante de Kitsu, asustandola tanto que se cayó al suelo quedándose sentada. Fue en ese momento que a Kitsune, atemorizada, le empezó a doler la cabeza. Y al igual que el resto de zorros enloquecidos, sus ojos y la marca de su frente empezaron a iluminarse.

    —No… No… ¡No quiero! ¡Basta! ¡Sal de mi cabeza! —exclamó Kitsune moviendo la cabeza.
    De sus ojos empezaron a brotar lágrimas. Su pelaje se estaba oscureciendo, cada vez escuchaba menos su alrededor. Su consciencia se iba desvaneciendo y su llamas se estaban tornando lilas oscuros. Kitsu bajo la cabeza y cerró los ojos con fuerza esperando que fuese una pesadilla.

    —¡Estad tranquilos, no dejaré que el Caos os consuma! —una extraña voz resonó por el campo de batalla.
    Unos látigos de agua claros como el cristal surgieron de la tierra. Estos empezaron a agarrar con fuerza a todos los zorros enloquecidos apartándolos de los zorros normales.

    Una vez que consiguió inmovilizar a todos los zorros, Kitsu sintió un calor detrás suyo. Una pata que no pertenecía a un zorro la agarro apretandola contra el cuerpo del misterioso animal. Kitsu, levantó la cabeza y estiró la orejas. Fue en ese momento que pudo percibir una voz cálida y tenue con sus oídos.

    —No te preocupes pequeña. Cálmate, ya verás como no te pasara nada —susurró la misteriosa criatura a los oídos de Kitsu.
    La pequeña hiperventilaba a causa de su estrés. Para intentar calmarla la misteriosa criatura le acariciaba su barriga, pero no solo a ella, los látigos de agua acariciaban también los cuerpos de los zorros alterados. Los zorros que no estaban atados por los látigos se quedaron atónitos al ver la criatura. Al padre de Kitsu le brotaban lágrimas de alegría de sus ojos. Kitsu sentía la curiosidad de saber quien era, pero su cuerpo apenas reaccionaba.

    Pasaron unos minutos y los zorros alterados empezaron a relajarse, sus llamas retornaban a su color original. El pelaje se aclaraba, las marcas dejaron de brillar, y de sus ojos ya no salía sangre ni tampoco brillaban. A medida que los zorros iban volviendo a la normalidad estos caían dormidos. Los que seguían conscientes fueron a ayudar a sus compañeros que se estaban desmayando. Kitsune como no se había transformado del todo pudo aguantar despierta, sus sentidos empezaron a aclararse y su cabeza ya no le dolía tanto. Cuando la llama recuperó su tonalidad azulada se movió alrededor de Kitsu alumbrandola con su luz.

    —¿Quieres dejar de marearme? —dijo Kitsu moviendo sus patas para apartar la llama.
    La misteriosa criatura decidió soltarla, tanto a ella como a los demás zorros. Al ver que la criatura retiraba su pata Kitsune decidió estirarse un poco para ver si así se pasaba su mareo. Tras eso, sus padres no tardaron ni un segundo a ir hacia ella. Aprovechando que Kitsu estaba estirada, la madre decidió tumbarse a su lado para que Kitsu se pudiera apoyar sobre ella, mientras el líder le lamió su cabeza felizmente.

    —Me alegro que todo haya salido bien —dijo la criatura misteriosa con una sonrisa.

    —Muchísimas gracias, nos has salvado —agradeció el líder con lágrimas en los ojos agachando la cabeza en señal de gratitud.
    Kitsu en el momento en que se pudo levantar se quedó sorprendida al ver esa misteriosa criatura.

    Era bastante pequeño, más que su padre, pero transmitía una gran sensación de poder. No obstante más que imponer como lo hacían los zorros, era elegante, hermoso y delicado. Su pelaje mezclaba unas bellas tonalidad de azules y verdes que transmitía una hermosa armonía como si de un bello paisaje de bosque se tratase. Una pequeña cornamenta le daba un toque de fuerza a su viva imagen. Sus ojos aunque fuesen grandes y le dieran un toque infantil, no dejaban de transmitir su madurez. Pero el detalle más importante en su imagen, y que dejó atónitos a todos los zorros, era una marca azulada en su pecho. La Marca de Divinidad, la prueba de que es un Dios Mayor.

    —No… no… no puede ser —dijo Kitsu impresionada por la imagen del Dios.

    —¿Acaso sois el nuevo Dios del Agua? —preguntó la madre de Kitsu a la misteriosa criatura.
    La pequeña criatura sonrió viendo la reacción que habían tenido los zorros.

    —Así es, mi nombre es Mizyl y soy el actual Dios del Agua. Es un placer conoceros —comentó Mizyl poniéndose la zarpa en le pecho y agachando la cabeza en señal de reverencia.

    —Somos nosotros los que tenemos el honor de conocerle, mi Señ…. Dios Mizyl —dijo el líder corrigiendose a si mismo.

    —Tranquilos, soy consciente de lo ocurrido y opino que la decisión del consejo y de mi antecesor no fue la adecuada —comentó Mizyl con un tono sereno y delicado. —Si aún sentís afecto a los Terrenos del Agua, me gustaría poder arreglar vuestra situación —propuso Mizyl al líder de los zorros.

    —Mi Dios Mizyl, nos encantaría poder volver a los Terrenos del Agua, pero hicimos un pacto con el Dios del Caos —respondió arrepentido—. No creo que bajo esta situación desee tenernos en tus Terrenos —dijo bajando la cabeza con lágrimas en los ojos.
    Mizyl en ese momento movió la cabeza de derecha a izquierda, se levantó y puso la zarpa en el pecho del líder.

    —Conozco el pacto, y aun así deseo que regreséis a mis Terrenos. Es culpa de la ineficiencia de mi antecessor que vosotros estéis en esta situación. Me gustaria arreglar los errores que cometieron él y su consejo de sacerdotes —comentó Mizyl sonriendo mientras le miraba tiernamente.
    El líder abrió los ojos asombrado por la reacción de Mizyl, era tan distinto al antiguo Dios. Mientras que el anterior podía representarse como un ser frío y egoísta, este transmitía calidez y confianza. Pero aún así se seguía sintiendo mal por ese fatídico trato.

    —Mizyl, ¿sois consciente de que ahora somos espías del Dios del Caos?

    —Sí, pero decidme, si tuvieras que luchar al lado de un Dios, ¿por cual sería, por el Agua o por el Caos? —contestó Mizyl con otra pregunta.

    —Está claro que lucharíamos por vos —respondió decidido.
    Mizyl afirmó con la cabeza y se movió hacia atrás.

    —Eso es todo lo que necesito oír. Al fin y al cabo la información que podáis conseguir le acabaría llegando igualmente, así que tampoco me preocupa mucho —explicó Mizyl mientras se sentaba delante del líder.

    —Mi Señor, estamos muy agradecidos. Si realmente deseáis que regresemos, a pesar de nuestras circunstancias, así será —respondió alegremente el líder.

    —¿Eso significa que podremos volver a casa? —preguntó Kitsu mientras se le iluminaban los ojos mirando a Mizyl.

    —Exacto, pequeña —contestó Mizyl sonriente.

    —Como representante de toda la manada, os juramos fidelidad, mi Señor del Agua —declaró el líder con una reverencia.

    —Os lo agradezco… —se quedó un rato pensativo— Disculpa, pero me gustaría conocer vuestros nombres. Tanta formalidad no va conmigo —dijo Mizyl sacando la lengua y sonrojándose.

    —Yo me llamo Kitsu —respondió pegando botes.

    —Ohh, encantado pequeña. Me alegro que estés mejor —dijo Mizyl acariciando la cabeza de Kitsune.

    —¡Kitsune! Cálmate por favor —comentó la madre a Kitsu.

    —Ohhhhh —refunfuñó Kitsune con los mofletes hinchados.

    —Mi nombre es Umia y soy la madre de Kitsune. Siento que mi pequeña sea tan revoltosa —se disculpó la madre de la pequeña.

    —Mi nombre es Ryugan y como portador del mayor número de colas fui escogido junto a mi mujer como actuales líderes de los zorros —Al acabar la frase Kitsune empezó acariciar la pata con su cabeza —Y como me iba a olvidar de decir que soy el padre de esta preciosidad —comentó felizmente acariciando a Kitsu con la cabeza.

    —Umia, Ryugan, encantado de conocerlos. Ahora que se los nombres es más cómodo para mí poder hablaros —Mizyl cerró los ojos, suspiró y los volvió a abrir —Entonces ¿nos ponemos en camino? —preguntó con una sonrisa—. Hay mucho que hacer.

    —Mi Dios, hay compañeros aún inconscientes. Deberíamos esperar a que se despierten —dijo Ryugan mirando atrás, preocupado por sus compañeros.

    —¡Es verdad! Siento este despiste. Estoy demasiado distraído con mis cosas. —Se sonrojo un poco—. Por supuesto que esperaremos —respondió sintiéndose mal por no haber recordado la situación en la que estaban.
    Las horas pasaron y Mizyl se quedó jugando con Kitsune mientras el líder esperaba a que se recuperasen todos. Una vez que todos despertaron Ryugan fue a comentarselo a Mizyl.

    —He estado dando una vuelta para ver el estado de toda la manada, y ahora, mi señor, estamos en condiciones de movernos. Todo el mundo está ansioso por volver a casa.

    —Muy bien, no hay tiempo que perder. Tengo que decirles un par de cosillas amistosas a esos sacerdotes —dijo Mizyl mientras sonreía sarcásticamente.
    La manada se empezó a mover hacia los Terrenos del Agua, en cabeza estaban Mizyl con Kitsune. Daba la impresión que se llevaban muy bien, iban contandose historias sobre el continente. Fue un gran descanso para Hikye, que para variar no tuvo que hacer de canguro. A estos les seguían de cerca Umia y Ryugan que observaban con una sonrisa como los otros dos charlaban tranquilamente. Y por último Hikye y los otros cabecillas dirigiendo al resto de la manada.

    Atravesaron las llanuras de los Terrenos de Nadie en dirección a una de las puertas de los Terrenos del Agua. El viaje fue demasiado tranquilo y aunque eligieran un camino recto y sin dar ningún tipo de rodeo no parecía que les fuese atacar ningún tipo de criatura. Los zorros estaban algo inquietos ya que les parecía demasiado extraña esa tranquilidad, en cambio tanto a Mizyl como a Kitsune parecía darles igual.

    —Ehhh, Mizyl has visto a mi llama ¿no?— preguntó mirando a su llama.

    —Sí, me había fijado en ella. En mis documentos no vi nada de que portaseis semejante llama —respondió Mizyl—. Aunque después de la píldora, creo que no me debería extrañar —comentó mirando como la llama seguía a Kitsu.

    —Pues si. Esta llama salió después de la píldora. Pero ¿sabes qué? —dijo Kitsu con una gran sonrisa.

    —¿Qué? ¿Qué? —preguntó intrigado.

    —Esta llama hace cosas muy chulas —respondió la cría orgullosa.​

    —¿Y qué cosas chulas hace esa llama? —seguía preguntado intrigado Mizyl mientras se acercaba poco a poco a Kitsu.​

    Kitsune miraba a su alrededor buscando una roca de considerable tamaño.

    —¿Ves esa roca? —preguntó Kitsu señalando con la cabeza.

    —Sí, menudo pedrusco —comentó mirando la roca que le señalaba.

    —Pues ahora verás —dijo sonriendo mientras miraba la roca.
    Kitsu respiro hondo, y lanzó hacia la roca una pequeña bola de fuego, que como mucho hubiese dejado una pequeña marca en ella. Pero la llama reaccionó a su ataque y lanzó otra pequeña bola de fuego hacia la de Kitsune. Las dos bolas de fuego se fusionaron aumentando su tamaño considerablemente y cuando golpearon la roca, esta quedó completamente destruida. Kitsune miraba a Mizyl orgullosa, en cambio tanto Mizyl como sus padres se quedaron de piedra ante ese espectáculo.

    —No… no… me lo puedo creer —dijo Mizyl mientras tartamudeaba al quedarse apenas sin habla—. Oye Kitsune ¿dónde dices que conseguiste esa llama? Yo también quiero una —preguntó Mizyl envidioso del poder que le daba la llama.

    —No te pienso decir donde conseguirla. Y además, hace más cositas a parte de lo que has visto —insinuó Kitsune sacando la lengua a Mizyl.

    —No me digas eso… ¿Qué más cositas hace? Estoy ansioso por verlo —comentó Mizyl mirando la llama.

    —Pues… —se quedó un rato pensativa —Mmm… No te lo voy a decir, ya lo descubrirás —dijo con una enorme sonrisa Kitsune.

    —¿Cómo? No me puedo creer que me hagas esto —comentó decepcionado Mizyl.
    Los padres se pusieron delante de Kitsune y Mizyl, no sabían nada de lo que estaba ocurriendo.

    —¿Kitsune estas bien? —preguntó alterada Umia a su cría.

    —Mi Dios Mizyl ¿creéis que esta llama podría ser peligrosa para nuestra pequeña? —preguntó Ryugan a Mizyl preocupado mientras veía que Kitsune asentía ante la pregunta de su madre.
    Mizyl se quedó un rato mirando a la llama que estaba cerca de Kitsune, pero esta no se inmutaba por las miradas de los demás, ni siquiera a la de un Dios. Mizyl sentía algo raro en ella, pero no le pareció que eso fuese peligrosa

    —No creo que le vaya hacer nada a Kitsune. Si quisiera hacerle daño seguramente ya lo hubiese hecho —explicó Mizyl al líder.

    —Pero este comportamiento solo lo he visto con ella —comentó el líder algo asustado.

    —Me da que no solo es con ella . Viendo el comportamiento de la llama creo que afectará a todas las crías —supuso Mizyl viendo como reaccionaba la llama al lado de Kitsune.

    —¿Cómo podéis saber eso? Mizyl —preguntó Umia.

    —No lo sé, tengo esa corazonada —respondió con suma tranquilidad—. Si encontramos una roca similar a la que destruyó Kitsune, podríamos probar mi teoria. —les comento Mizyl.
    Ellos asintieron ante el comentario de Mizyl, y decidieron aprovechar el camino hacia las puertas de los Terrenos del Agua para buscar una roca parecida a la que destrozó Kitsu. Cuando encontraron la roca perfecta para poner a prueba la teoría del Dios, Mizyl pidió a una cría voluntaria que probase atacar con una bola de fuego a la roca. Justo como había dicho Mizyl cuando el pequeño lanzó la bola de fuego la llama reaccionó de la misma forma consiguiendo el mismo resultado.

    —Por lo que veo esta llama se comporta de forma distinta si la tienen vuestras crías, tal vez sea para protegerlas y que puedan sobrevivir. No es algo muy raro de ver —explicó Mizyl con una sonrisa.

    —¿Y por qué haría eso el Dios del Caos? —le preguntó el líder.

    —No lo se. Tal vez sea para asegurar la supervivencia de sus espías, para que las crías puedan causar destrucción o simplemente puede ser que esa llama no esté ligada con el Dios del Caos —comentó Mizyl intentado pensar en todas las posibilidades.

    —¿Qué no lo esté? Lo dudo muchísimo. Que surgiera después de tomar la píldora y no tuviese relación con el Dios del Caos —comentó el líder dando por hecho que sería cosa del Caos.
    Mizyl le miró extrañado y encogió sus hombros. No parecía que tuviera mucha idea de lo que pasaba. Aunque fuera un Dios, no dejaba de ser una criatura sin experiencia y eran muchas las cosas que se le escapaban.

    —No le des mucha más importancia. Ya has visto que esa llama no parece ser que de momento haga nada malo a las crías. Aunque sería un peligro si se descontrolasen. Os pido que tengáis este tema controlado —explicó Mizyl a los padres de Kitsune señalando la manada de crías que se habían emocionado al ver el enorme poder que poseían.
    El líder asintió ante las palabras del Dios mientras que Umia fue a hablar con las crías y el resto de la manada para que se empezasen a mover.

    Tras ese pequeño contratiempo, prosigueron su camino hacia la puerta de los Terrenos del Agua. No tardaron apenas en llegar, solo tenían que llegar al frondoso bosque que rodeaba los Terrenos y allí ir a una de las puertas de acceso. El camino siguió siendo muy tranquilo a pesar que los Terrenos no tuviera la protección del Dios.

    Una vez en la puerta, el líder pidió a la manada que se quedase un momento atrás, siendo Mizyl y Ryugan los primeros en avanzar. El sacerdote se quedó enormemente sorprendido al verlos. Su cara expresaba lo poco en que confiaba en que ese Dios volviera.

    —No sé a qué esperas para abrir las puertas —dijo Mizyl enfadado mientras se sentaba frente al sacerdote.

    —Mi Señor Mizyl ¿qué hace usted aquí? Pensábamos que habíais abandonado los Terrenos del Agua —preguntó el sacerdote.

    —No sé a qué listillo se le ocurrió tal engaño. ¡Jamás renuncie a gobernar! Renuncie a seguir la filosofía egoísta y anticuada de mi antecessor —exclamó Mizyl mirándole molesto.

    —¿Y por qué abandonasteis a los Terrenos del Agua? —le echó el sacerdote en cara sus acciones.

    —Tsss… ¡Yo no he abandonado nada!. Tuve que viajar a los Terrenos de la Justicia para poder presentarme ante Hika, Dios de la Justicia, y que me reconociese como nuevo Dios del Agua. Y declarar los años de paz temporal entre mis Terrenos y los de los demás Dioses. También tuve que enviar a mis esbirros para que contactasen con los Dioses menores que me sirven. —Suspiró profundamente—. Le comenté todo a Fanry pero se ve que esa rata ha decidido manipular la información a su gusto —susurró profundamente molesto por la actuación de Fanry.
    El sacerdote estaba cada vez más tenso, sabía que estaba poniendo su vida en riesgo al agotar la paciencia de su Dios.

    —¿Y esos traidores? ¿Eres consciente que el antiguo Dios del Agua los había desterrado? —preguntó de nuevo el sacerdote, señalando a Ryugan.​

    Ryugan se sintió ofendido. Le entraron ganas de abalanzarse sobre él y arrancarle la cabeza, pero tuvo que calmarse para no tensar más la conversación con el sacerdote. Pero antes de que pudiese responder, Mizyl se levantó y se dirigió con un tomo más fuerte al sacerdote.

    —Por supuesto que soy consciente de ello. Pero desde que no esta mi antecesor, ahora soy yo quien decide aquí las cosas. Y como no muevas tu culo, dejes de meter excusas y abras esa condenada puerta, acabarás igual que todas las criaturas de alrededor de mis Terrenos —amenazó Mizyl con una sonrisa intimidante.​

    El sacerdote se alarmó ante la amenaza de Mizyl y fue rápidamente a abrir la puerta. Cuando la puerta se abrió, Ryugan fue a buscar al resto de la manada.

    Una vez dentro, Mizyl se colocó en cabeza de la manada junto al líder. Kitsune y Umia iban detrás de ellos dos seguidos de la manada, que se había organizado alrededor de las crías para protegerlas. Decidieron pasar por un camino que daba a los pueblos más cercanos, para así evitar meterse en el denso bosque que los rodeaba. Durante el trayecto muchas criaturas se dieron cuenta de que Mizyl y los antiguos guardianes habían vuelto. Esa noticia no tardó en extenderse y los habitantes de la región empezaron a reunirse en los pueblos que debían recorrer para llegar a su destino.

    Cuando llegaron al pueblo más cercano a la puerta, vieron a un montón de criaturas reunidas en la plaza del pueblo para darles la bienvenida. Los zorros se quedaron impresionados al ver cómo los ciudadanos les daban la bienvenida. No podían creerselo y tampoco comprendían por qué los ciudadanos no estaban molestos con ellos.

    Un zorro mensajero apareció entre la multitud corriendo hacia Ryugan.

    —Mi líder, suerte que habéis podido pasar la puerta —dijo el mensajero alegremente.

    —Que suerte que estes bien. ¿Sabes que está pasando? —preguntó Ryugan.

    —Mi líder, estan todos alegres por vuestro regreso y la del Dios. Estaban asustados por los posibles ataques de las criaturas de los Terrenos de Nadie. Los sacerdotes no tenían la situación baja control. Hubo mucha represión por parte de los sacerdotes y por culpa de eso se organizaron múltiples revueltas frente a los templos —contó el mensajero moviéndose a un ritmo acelerado mientras mostraba una sonrisa en su rostro —La confianza en ellos ha desaparecido y los problemas con los guardianes actuales ayudaron a que volvieran a querer vernos. No se sienten seguros con ellos. Mi líder, nos prefieren a nosotros —comentó dando algún salto, moviendo la cola frenéticamente y mirándole felizmente— ¡Quieren que volvamos! ¡Quieren a su Dios y a los zorros! No a esa panda de sacerdotes —exclamó el mensajero emocionado mientras seguía al líder.
    A Ryugan se le iluminaban los ojos mientras escuchaba todo lo que había ocurrido durante su ausencia. Mizyl también se alegró al oír lo que pensaba el pueblo.

    «Pronto, muy pronto sacaremos la basura del templo» pensaba Mizyl mientras caminaba con la cabeza alta mirando a su pueblo aclamarle.
    La manada siguió su recorrido entre los bosques y los pueblos de los Terrenos del Agua para dirigirse al templo principal junto a Mizyl. La gente y demás criaturas fueron reuniéndose en los pueblos para aclamarles, y hasta los que habitaban en los bosques salieron para poder admirar la figura de su nuevo Dios.

    Cuando salieron del último pueblo se dirigieron hacia el bosque que rodeaba el templo principal. A medida que se iban acercando cada vez había menos gente y todo se iba volviendo más silencioso. Se acercaban a un lugar sagrado, un lugar que solo debían pasar los elegidos del Dios. Debido a eso, la manada se detuvo solo llegar al bosque y Mizyl se giró hacia ellos.

    —A partir de ahora Ryugan y yo iremos solos. Espero que lo comprendais —dijo Mizyl.​
    La manada comprendió que debía quedarse en el bosque por ello se quedó esperando mientras Mizyl y Ryugan continuaron hacia el templo.

    Cuando llegaron delante del templo vieron a los dos sacerdotes que guardaban la entrada. Sus miradas eran desagradables, sabían a qué venía Mizyl. Pero a diferencia del sacerdote de la puerta hacia los Terrenos, estos no se resistieron y abrieron rápidamente las puertas. Las miradas amenazadoras tanto de los sacerdotes como las de Mizyl y Ryugan se cruzaron al pasar por la puerta.

    —Fanry les espera en la sala del Dios —dijo uno de los sacerdotes mientras cerraba la puerta.
    Dentro del templo, se dirigieron hacia la sala del Dios donde les esperaba Fanry. Normalmente dentro del templo se vería la actividad de los diferentes sacerdotes, no obstante no había nadie ni en la sala central ni en los pasillos. Cuando llegaron a la Sala del Dios se encontraron a gran parte de los sacerdotes del templo y a Fanry con su vara mágica, sentado en el trono del Dios con una mirada de superioridad y la cabeza en alto. Mizyl frunció el ceño al ver eso.

    —Rata manipuladora es hora de que vayas por donde has venido. A partir de ahora… —Mizyl golpeó con fuerza el suelo con las patas delanteras —mi trasero volverá a donde le corresponde…
    *******​
    Al mismo tiempo que Mizyl recuperaba su posición en las tierras del Agua, los ciudadanos de los Terrenos del Orden estaban protestando alrededor del templo de la Diosa Celeid y levantaban trozos de madera tallados con formas de zorros.

    A causa de eso la Diosa Celeid decidió reunir a los sacerdotes que habitaban en el templo.

    —Mi Diosa, somos conscientes de por qué nos has reunido, pero me gustaría preguntar ¿por qué tomasteis esa decisión? —preguntó uno de los sacerdotes a la Diosa viendo como esta se sentaba en su trono.

    —Es por eso mismo que os he reunido. Parece que no os habéis enterado de nada, así que no hablaría más de la cuenta —respondió Celeid con un tono ofensivo.
    El sacerdote se quedó callado ante la respuesta tosca de la Diosa, pero otro de los allí presentes, insatisfecho con la respuesta de la Diosa, decidió intervenir.

    —Pensábamos que vendríais a pedirnos consejo sobre la decisión de permitir la entrada de los zorros en los Terrenos —comentó enojado por el trato de la Diosa.

    —¿Por qué os iba a comentar yo nada? Mis decisiones son un hecho en cuanto yo lo decida. No necesito vuestra opinión para nada —respondió Celeid mirando a los sacerdotes como si fueran escoria.
    Los sacerdotes se sentían ofendidos, pero no es la primera vez que les pasaba. Sabían que no podían hacer nada, así que decidieron callarse antes de que la Diosa actuase en consecuencia.

    —Sentimos nuestra arrogancia, mi Diosa —dijo agachando la cabeza un tercer sacerdote —En ese caso ¿qué es lo que deseaba contarnos?
    La Diosa Celeid se levantó y se dirigió hacia una ventana de la sala.

    —Necesito que me ayudeis a calmar la multitud. Estoy harta de tener que soportar sus quejas —comentó la Diosa enojada.

    —Mi señora, eso es una decision muy precipitada. Es normal que el pueblo se altere al traer aquí a unos unos seres que no querían ni en sus tierras —explicó el primer sacerdote.​

    La Diosa se giró mirandoles.

    —Estos seres pueden sernos útiles. Sin hogar, desamparados en las Tierras de Nadie y con un gran odio hacia el Dios del Caos. Los podemos usar como queramos y ya tengo planes para ellos —dijo con una sonrisa que hizo temblar a los sacerdotes de la sala.

    —¿Y cuales son esos planes? Mi Diosa —preguntó el segundo sacerdote.

    —Al principio, los usare como perros para dar caza a Thylos. Si alguien debe sacrificarse que sean ellos antes que alguno de los nuestros. Y más adelante… —se quedó un rato callada— no diré nada. Dejaré que el tiempo lo cuente.

    —Usandolos para los asuntos relacionados con Thylos es muy posible que la gente no se moleste tanto. Aún así debemos encontrar algo que pueda calmarles por completo —dijo el primer sacerdote quedándose pensativo.

    —¿Y si le pedimos la aprobación al Dios del Orden? Si el acepta, la multitud se callara —comentó el tercero.
    La Diosa se acercó a él y le golpeó la cabeza suavemente con la vara.

    —Me gusta la idea. Al fin sale algo de vuestra fangosa cabeza —dijo Celeid con aires de superioridad —Queda decidido, yo misma me encargaré de comunicárselo. Vosotros quedaos aquí y no permitáis que entren en el templo ni que hagan más ruido del que ya hacen. Nadie quiere llamar la atención del Dios de la Justicia.
    Tras decir eso la Diosa se dirigió hacia la puerta mientras los sacerdotes agachaban la cabeza.

    —Como desees mi Diosa, nosotros nos encargamos. Que tengáis buen viaje —dijo el primer sacerdote antes de que Celeid se saliese de la sala.
    Celeid emprendió el camino hacía el templo del Dios del Orden más cercano. Durante su viaje pudo contemplar cómo cada vez había más gente quejándose de su decisión de traer a los zorros a sus terrenos. Estaba molesta por el alboroto que armaban por ello, pero temía que eso llamase la atención del Dios de la Justicia, por lo que se apresuró para conseguir la aprobación del Dios del Orden cuanto antes.
    Cuando llegó al templo, los sacerdotes que vigilaban la puerta le abrieron rápidamente y avisaron al oráculo de su llegada. Alojaron a Celeid en una lujosa sala donde dos sacerdotisas le sirvieron algunos platos para que comiese y descansase de su viaje mientras esperaba. Poco después de que empezase a comer, su anfitrión entró por la puerta.

    —Nos honra tenerla aquí, mi Diosa Celeid. ¿Qué la trae a visitar nuestro templo? —preguntó el oráculo sentándose frente a ella.

    —Deseaba comunicarle unos asuntos Dios del Orden para obtener su aprobación —respondió Celeid.

    —Aunque me encantaría poder cumplir su deseo, el Dios Mayor no puede atenderla en estos momentos. Está muy ocupado con unos asuntos —comentó disgustado el encargado.

    —¿De qué tipo de asuntos me habláis? —preguntó Celeid alzando el tono.

    —No se lo puedo revelar mi Diosa, son órdenes del Dios del Orden —respondió pacíficamente.

    —¡Este asunto es de gran importancia! Necesito comunicárselo al Dios del Orden cuanto antes —exclamó levantándose de golpe de la silla.

    —Mi Diosa, calmese por favor. Si desea puede hablarlo conmigo para ver si puedo hacer algo —comentó el encargado, mientras las sacerdotisas intentaban calmar a la Diosa.

    —Tu no puedes hacer nada. Es la aprobación del Dios del Orden la que necesito —siguió contestando.

    —Lo siento Celeid, la palabra del Dios del Orden están por encima de la suya —replicó al ver la reacción de la Diosa.

    —¡Callate! Como osas hablarme de esa forma —gritó irritada a causa de todos los obstáculos que se le presentaban.

    —¡Celeid por culpa de los desastres de Thylos estáis cada vez más impertinente! Este no debería el comportamiento de una diosa menor del Orden —exclamó completamente molesto.
    Celeid calló de golpe tras ese comentario. Se quedó en silencio mirando abajo completamente absorta en sus pensamientos.

    Al ver la reacción de la diosa ante su comentario, el oráculo se sintió culpable, nunca pensó que sus palabras le afectarían tanto. Solo reflejó algo que todo el mundo pensaba sobre ella.

    —Lo… Lo… siento mi Diosa. No debería haber dicho eso —se disculpó asustado.​
    Celeid tardo unos segundos en reaccionar, levantó su cabeza pero su mirada era vacía. Al ver esos ojos el encargado temía por lo que le pudiera pasar.

    —Si esto no llega al Dios del Orden y se pone fin al asunto de inmediato, podría llamar la atención de Hika. Y creo que ya sabes que supone eso —respondió con una voz floja y fría.​

    El oráculo se quedó un rato pensativo, aunque el miedo seguía aún en su cuerpo.

    —Siendo así informare al Dios del Orden cuanto antes. Esto sí que puede llegar a ser una urgencia —comentó el oráculo.​

    Al escuchar sus palabras, Celeid se levantó sin decir nada y se marchó del templo ignorando las despedidas de los sacerdotes. Aunque más tranquilo por la marcha de Celeid, al oráculo le quedaría un mal recuerdo de lo ocurrido y el miedo a un posible castigo del Dios del Orden.

    Cuando Celeid salió del templo se dirigió a un bosque cercano y buscó una zona tranquila por donde no pasase nadie. Allí se sentó apoyando su espalda en un árbol, miró arriba y dejó caer las lágrimas que llevaba conteniendo desde lo ocurrido en el templo.

    —¡Thylos, me vengare lo juro! —gritó golpeando con el puño al árbol que tenía detrás—. Me vengare por todo lo que me has hecho

    *******​

    Aquí os dejamos el segundo capítulo.
     
    Última edición: 4 Feb 2017
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    Irybile

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    Capítulo 3: El Pacto entre dos Dioses


    Los años pasaron y Mizyl cambió de forma radical la forma de gobierno y las normas de sus Terrenos. A los ciudadanos les costaba adaptarse a los cambios y eso provocó que los más conservadores se revelasen. Muchos de ellos protestaban frente a los templos pero algunos incluso se atrevieron a penetrar en las zonas sagradas. Aun así, Mizyl encontraba necesario seguir adelante con su nueva forma de gobernar, negándose a volver a una forma de gobierno despótica, como la anterior.

    Un tranquilo día por el ocaso, una sacerdotisa entró corriendo en la sala del Dios con un mensaje en las manos.

    —Mi Dios, acaba de llegar un mensaje urgente de la puerta fronteriza del sur —anunció jadeando por el esfuerzo.​

    Mizyl se levantó de su trono y corrió hasta situarse justo delante de la sacerdotisa.

    —¡Traed algo de agua! Rápido —exclamó mirando a un sacerdote que estaba cerca de la puerta—. Dime, ¿qué dice ese mensaje?​

    —La Diosa Celeid se encuentra en la puerta, quiere veros —respondió la sacerdotisa poniéndose la mano en el pecho.

    —¿Ce… Celeid? —se cuestionó Mizyl dudoso.

    —Es la Diosa de la Bendición, mi Dios —comentó una de las sacerdotisas que se encontraba en la sala al ver la reacción de su Dios.

    —Si, si… Diosa de la Bendición —dijo apartando la mirada hacia un lado mientras su cara reflejaba aún más dudas y se ponía la zarpa en la boca.

    —Es una Diosa menor que sirve al Dios del Orden —volvió a comentar viendo que Mizyl no reaccionaba.

    —Ahhh, si, si, claro… Pues decidle que pase —dijo alegremente Mizyl mientras volvía a su trono.​

    El sacerdote volvió con un odre lleno de agua y se lo entregó a la mensajera.

    —Pero, mi Dios, ¿está seguro? No es normal que un Dios del Orden venga personalmente —comentó la mensajera algo más relajada al beber del odre.

    —Más motivo para hacerla pasar. Es una forma de premiar que haya movido su culo ¿no os parece? —dijo Mizyl mientras se sentaba en su trono con una sonrisa en su rostro.​

    La mensajera, aunque no estuviese convencida de la decisión de su Dios, decidió asentir e ir a entregar la respuesta a los sacerdotes de la puerta.

    Al cabo de unas horas entró un sacerdote en la sala anunciando la llegada de Celeid al templo. Mizyl, algo ansioso por verla, decidió levantarse y ponerse frente las puertas. En ese momento, estas se volvieron abrir, y tras el repique de unas campanas y la voz de la sacerdotisa, Celeid entró en la sala.

    Celeid miró al trono, pero al no ver a nadie sentado allí decidió mirar los alrededores pero aparte de los sacerdotes sólo pudo apreciar a pequeño animal que tenía delante. Esa criatura estaba sentada como un perro, con las patas delanteras tan juntas que se tapaba a sí mismo su pecho y movía la cola frenéticamente y con una gran sonrisa de oreja a oreja. Celeid, dió por sentado que sería una mascota del Dios, así que la ignoró completamente y miró hacia la sacerdotisa que había anunciado su llegada.

    —¿Dónde se supone que está vuestro Dios? —preguntó extrañada.​

    Los sacerdotes sonrojados apartaron la mirada avergonzados por la actuación de su Dios, pero aunque aquella sacerdotisa sintiese lo mismo, se vio obligada a responder la petición de la Diosa.

    —Se encuentra delante suyo, Diosa Celeid —respondió sonrojada la sacerdotisa.​

    Celeid miro enfrente, pero lo único que había delante suyo era aquel animalejo. En ese momento, Mizyl levantó una pata y alzó su zarpa hacia Celeid.

    —Encantado, soy Mizyl, el nuevo Dios del Agua —dijo sonriendo.​

    Celeid se quedó sorprendida al ver que esa criatura afirmaba ser el Dios Mayor de la zona.

    —¿Dios? ¿Tú? ¿No estarás tratando de engañarme, verdad? —preguntó alterada Celeid.​

    Mizyl apartó las patas de su pecho para dejar ver con claridad su marca.

    —No es ningun engaño, realmente soy un Dios. No solo eso, ¡soy un Dios Mayor! —exclamó Mizyl resaltando la última frase mientras sacaba la lengua y golpeaba la marca de su pecho con la zarpa.​

    Celeid se molesto al escuchar que era inferior a eso. Pero aun así intentó calmarse, respiró hondo y volvió a la conversación.

    —Dejando eso…

    —¿Qué ocurre Celeid? ¿Te has decepcionado al verme? —preguntó Mizyl interrumpiendo a Celeid mientras apoyaba sus patas delanteras sobre ella y se acercaba a su cara todo lo que podía.​

    Celeid se sorprendió al ver como Mizyl se subía encima suyo, no obstante no tardó mucho en apartarlo bruscamente.

    —No te subas encima mio. ¿Acaso crees que esta es forma de comportarse ante otro Dios? —preguntó enojada por el comportamiento de Mizyl y cerrando sus alas todo lo que pudo.​

    Viendo que Celeid se estaba enojando una sacerdotisa decidió intervenir.

    —Por favor, Mi Dios, comportese —comentó preocupada.

    —De acuerdo, ya vuelvo a mi trono. Encima que me preocupo por saber qué le pasa —refunfuñó Mizyl sentándose en su trono.

    —Lamentamos mucho el comportamiento de nuestro Dios. Por favor continúe —se disculpó la sacerdotisa agachando la cabeza.

    —Eso Celeid ¿qué ibas a decir? —preguntó Mizyl tumbandose y moviendo su zarpa de arriba a abajo.​

    Aunque Celeid estuviese enojada, intentó no exteriorizarlo. Estaba allí por un motivo y enfurecer al Dios del Agua no estaba entre sus planes. Volvió a respirar profundamente y se dirigió a Mizyl.

    —Mi Señor del Agua, como vos ya debéis saber. El cambio de Dios es algo que conlleva muchas dificultades y más conociendo los problemas que dejó su predecesor con los guardianes. Por eso…​

    —¿Por eso qué? Di directamente lo que quieres. No hace falta que me expliques la situación, la conozco mejor que tú —dijo Mizyl molesto cortando la explicación de Celeid.

    —¡Mi Señor! —exclamó una sacerdotisa.​

    Celeid levantó una mano señalando hacia la sacerdotisa para que callase.

    —No os preocupeis, yo también prefiero dejarme de historias —dijo cruzando los brazos—. Vengo a proponer un trato entre nosotros dos.​

    —¿Acaso el Dios del Orden es consciente de esto? —preguntó extrañado Mizyl.

    —Sí, y no debéis preocuparos, puedo jurar que él no se entrometerá —comentó seriamente.

    —¿Y qué se supone que buscas con ese pacto? —preguntó desconfiado.

    —Necesito que me abastezcais de agua del mayor nivel mágico que tengáis y que me permitáis vivir en uno de vuestros templos. Para que veas que vengo en son de paz, únicamente traeré conmigo unos pocos sacerdotes de mis Terrenos —respondió Celeid decidía relajando sus alas.

    —Claro, claro... ¿Y qué gano yo dandote agua y encima aguantandote cerca? —preguntó Mizyl levantándose para quedarse sentado—. Porqué me imagino que esa agua no es para decorar tu templo con bellos estanques de peces —aclaró.

    —Aparte de ayuda para controlar a las masas, ya que nuestra forma de gobierno y la de tu antecesor no difieren mucho entre ellas, tengo a unos antiguos guardianes en mis Terrenos —contestó Celeid sonriendo—. Creo que sería más conveniente para ellos estar en tus Terrenos. ¿No opinais lo mismo? —sugirió la Diosa con una mirada tenebrosa.​

    Mizyl bajó de golpe sus orejas y sus ojos se contrajeron al escuchar exguardianes. Era la primera vez que escuchaba sobre ellos y sabía que rechazar la oferta podría significar no volver a tener noticias suyas. No obstante, no podía dejarse llevar por sus sentimientos, movió la cabeza para despejarse y volver a la conversación.

    —Aun no me has dicho para qué quieres usar mi agua —dijo Mizyl seriamente mordisqueandose el labio inferior.​

    —Es para el asunto de Thylos. Creo haber encontrado una forma de retenerlo, pero para ello necesito tu agua mágica —explicó la Diosa—. Espero que como Dios Mayor estéis al corriente sobre esta criatura —comentó con más confianza a medida que la conversación avanzaba.

    —Sí, soy consciente de ello. Igualmente, ¿me estas diciendo que has encontrado la forma de retener semejante criatura con la ayuda de mi agua? Según tengo entendido su barrera es impenetrable y por si no fuera suficiente es inmortal. ¿Como piensas retener algo así? —preguntó extrañado por esa propuesta.

    —Básicamente tengo una teoría sobre cómo abrir una brecha en esa barrera. Sus llamas parecen poseer una extraña mezcla de afinidades. La primera de ellas sería del fuego, y la segunda se acerca más al desorden, muy similar a la que poseería un ser del Caos —explicó Celeid acercándose hacia Mizyl y colocandose la manos en las caderas.

    —¿Y se supone que quieres romper la barrera con la mezcla de nuestros poderes? —Mizyl movió atrás la cabeza cuando vio a Celeid acercarse a él—. Suena interesante —comentó Mizyl moviendo la cabeza hacia delante viendo que Celeid se detuvo.​

    —Aunque no podamos matar la criatura, tenerla retenida evitaría que esas catástrofes se extendiesen al resto de los Terrenos —declaró Celeid expandiendo sus alas.

    —Entiendo tus propósitos, tampoco estoy de acuerdo con las masacres que supuestamente ha cometido —comentó arañando con su zarpa el trono donde estaba sentado—. Pero aun sabiendo que tener la criatura retenida sería una gran forma de evitar más desastres, nada me asegura que tu disparatado método funcionará. Por lo tanto mi respuesta no será inmediata. Deberás esperar. Cuando lo tenga decidido enviaré unos de mis esbirros a tus terrenos con la respuesta —explicó Mizyl con un tono más flojo y desanimado al que tenía normalmente.

    —Comprendo, entonces esperaré su respuesta Dios del Agua. Agradezco su atención —dijo agachando la cabeza.​

    Una vez finalizada la conversación, los sacerdotes abrieron las puertas para que Celeid se marchase. Pero antes de que las puertas cerrasen completamente, Celeid pronunció sus palabras de despedida.

    —Veo que nuestros papeles se han cambiado, mi pequeño e inexperto Dios.​

    Los sacerdotes se alteraron al escuchar las palabras de la Diosa. Fueron a quejarse enojados a Mizyl por la propuesta de la Diosa, pero en ese momento se dieron cuenta de que Mizyl tenía la cabeza baja, apretaba sus dientes con fuerza e intentaba con un esfuerzo inútil contener las lágrimas. Por primera vez los sacerdotes vieron llorar a su Dios.

    —¡Mierda! —Pegó un golpe fuerte con su zarpa al trono—. Maldito antecesor. ¿Ahora como podre arreglar esto? —se quejó entre lágrimas mientras bajaba la cabeza.

    —Mi Dios.... —dijo una sacerdotisa apenada por su dios.

    —¡Mi señor Mizyl! Este no es momento de bajar la cabeza, le necesitamos con todas sus energías —exclamó un sacerdote.​

    Mizyl levantó la cabeza y miró al sacerdote. Sus lágrimas no cesaban, su furia aún no estaba calmada y le costaba pensar en que debía de hacer.

    —Reunámonos en media hora en la sala del consejo —ordenó Mizyl tras estar unos minutos callado.​

    Mizyl bajo de su trono y salió de la sala. Los sacerdotes, impotentes al ver que no sabían cómo levantar el ánimo de su Dios, no se atrevieron a decirle nada. Así que decidieron prepararse para la reunión que les esperaba hasta que el Dios volviese.

    Esos treinta minutos pasaron lentamente, en especial para los sacerdotes, quienes estaban preocupados por el estado de su Dios. A pesar de eso, sabían que si continuaban de aquella forma no lograrían nada por lo que aprovecharon ese tiempo para analizar con calma la situación que se les planteaba y las posibilidades que tenían a su alcance. Mizyl se dirigió al lago central del continente. Era como una cuna para él, siendo su lugar de nacimiento y la zona donde podía sentirse más en armonía con su elemento. Aun siendo consciente de que no llegaría a tiempo a la reunión, prefirió tomarse ese tiempo para reposar y calmarse en su hogar.

    Una vez traspasó el bosque que había entre el templo y el lago, se acercó a la orilla de este. Ya era de noche y la luz de la luna iluminaba el bello lago central. Pequeñas criaturas iluminaban los árboles de alrededor mientras que algunas luciérnagas sobrevolaban el lago. La suave brisa movía tanto las hojas de los árboles como el agua. Era extraño como ese paisaje que parecía prácticamente solitario transmitiese tanta vida. Era la magia del del agua, el elemento de la vida.

    Mizyl observaba el lago admirando su belleza mientras su cuerpo se movía solo hacia él. Cuando su zarpa tocó el agua, esta no se hundió, Mizyl flotaba en ella y siguió caminando hasta situarse en el medio.

    En ese momento cerró los ojos, su pelaje empezó a brillar y su cuerpo empezó a tornarse agua. Fue cuestión de segundos para que todo el cuerpo de Mizyl pasase a ser agua y se volviese uno con el lago. Todas las luciérnagas que lo sobrevolaban reaccionaron ante la transformación de Mizyl apartándose a un lado, iluminando los laterales con sus luces.

    Pasaron unos minutos hasta que el agua se volvió a alzarse y lentamente se unió tomando de nuevo la forma de Mizyl.. Una vez finalizó, Mizyl se movió hasta la orilla del lago, donde se sacudió las gotas de agua que tenía por el pelaje. En ese momento miró hacia el bosque que tenía enfrente.

    —No hace falta que te escondas más, te sentí llegar —comentó Mizyl sentandose dirigiendo seriamente la mirada hacia el lago.​

    De los arbustos que tenía detrás saltó una criatura que corrió hacia el Dios hasta morderle la cornamenta.

    —Kitsune, ¿qué haces a estas horas merodeando lejos de tus compañeros? —preguntó mientras se quitaba de encima a la pequeña.

    —Solo estaba dando una vuelta —contestó mientras se sentaba a su lado.

    —¿Tus padres lo saben? —preguntó Mizyl con una mirmirada indagadora.

    —Claro que no lo saben, y no lo van a saber. ¿Verdad? —preguntó devolviéndole la mirada.​

    Mizyl sonrió forzosamente ante su respuesta mientras ella sacaba la lengua acompañando ese gesto con una sonrisa.

    —¿Y tu Mizyl? He oído que había venido la Diosa Celeid y no te he visto con buena cara —comentó preocupada.​

    Mizyl se quedó pensativo, parecía que otra vez no fuese a responder, pero Kitsune viendo su expresión se movió delante de Mizyl y lo empujó con sus patas delanteras.

    —¡Ehhh!, Mizyl, dime algo, no te quedes callado —exclamó Kitsune sacudiendolo de un lado a otro.

    —Kitsune, aunque me gustaría poder estar tan animado como tu. Ahora mismo no estoy de humor —dijo Mizyl mirando hacia un lado mientras la apartaba con su zarpa.

    —¿Es por culpa de lo que te ha dicho la Diosa esa? No tienes que hacer caso a lo que diga esa creida —se quejo situándose frente el morro de Mizyl.

    —Es un asunto serio, no puedo ignorar sus palabras —comentó Mizyl volviendo a apartar la mirada.​

    Kistune, harta de que Mizyl no le prestase atención decidió moverle la cabeza con su zarpa para que la mirase a los ojos.

    —Si no me comentas de que se trata no seré capaz de entenderte —dijo Kitsu mirando fijamente los ojos de Mizyl—. Aunque sea una cría algo podrás compartir conmigo. No diré nada al Dios del Caos —refunfuño Kitsu retirando la zarpa de la cara de Mizyl. En ese momento la llama salió de detrás de ella—.Y esta tampoco dirá nada. —Apartó la llama con la zarpa.​

    —Podríamos decir que tengo un problema que resolver y no estoy seguro de si tomare la decision correcta —comentó Mizyl suspirando preocupado mientras se ponía la zarpa sobre la marca del pecho.

    —Yo confío en tí, y sé que tomarás la correcta — le dijo Kitsune situándose delante de Mizyl.

    —¿De verdad crees eso? —le preguntó mirando al cielo.​

    Kitsune golpeó el suelo con sus patas delanteras al mismo tiempo que su llama empezó a brillar llamando la atención de Mizyl y ahuyentando a las luciérnagas del lago.

    —¡Eres el Dios del Agua! —exclamó Kitsune retrocediendo hacia el lago metiendo su cola dentro del agua—. Fuiste elegido por este elemento —dijó mientras sacó la cola de golpe del agua salpicando a Mizyl —¡Tu y nadie más! El mismo agua confia en ti. Y no solo el elemento. ¡Todos confiamos en tí!​

    Mizyl se quedó asombrado por las palabras de la cría. Miraba como esos grandes ojos le observaban fijamente.

    —Pequeña, si eres capaz pronunciar estas palabras ante mí en el momento idóneo, se que de mayor te convertirás en una líder increíble. —Mizyl la halagó mientras se levantaba.

    —Y tú en un Dios increíble —respondió Kitsu ante los halagos de Mizyl, mientras la llama se movía hacia el bosque—. Bueno Mizyl tengo que irme, ya me he entretenido demasiado —comentó dirigiéndose hacia el bosque—. Hasta otra, espero que la próxima vez que nos veamos estés más animado —dijo Kitsu mientras entraba en el bosque.

    —Yo tambien lo espero… —le respondió Mizyl—. Gracias —susurró con una voz tenue.

    —Menos agradecer y mas mover el culo —gritó Kitsune desde dentro del bosque.​

    Mizyl rió ligeramente al escuchar a Kitsune y también empezó a adentrarse entre árboles. Fue corriendo hasta su templo, volviendo a traspasar el bosque que hay entre su templo y el lago central. Al ser de noche el camino fue más tranquilo de lo habitual, aun así podía sentir a las criaturas nocturnas que vagaban entre los árboles. Una vez llegó al templo, entró de golpe y fue directamente a la sala del consejo donde le estaban esperando todos.

    —Llegáis tarde mi Dios —le recriminó el sacerdote más joven.

    —¿Donde estabais mi Señor? —preguntó una sacerdotisa de hermosos cabellos largos y rubios—. Os busque por todo el templo y no os encontré.

    —Fui al lago central para relajarme y reflexionar sobre el tratado —respondió Mizyl sentándose en su silla.

    —Mi señor, tened en cuenta que ahora que no contamos con un sumo sacerdote, vuestra presencia es más necesaria —se quejo el anterior sacerdote levantándose de golpe de su silla .

    —No hace falta ponerse así —dijo una sacerdotisa joven que destacaba por unos hermosos ojos verdes en agitando las manos para que se calmase—. Lo importante ahora es si os encontráis mejor, mi Dios —preguntó mirando a Mizyl.

    —No puedo decir que este bien, pero al menos ahora creo que podré mantener la cabeza fría —respondió Mizyl apoyando las patas delanteras sobre la mesa. Miró a su alrededor—. Viendo que ya estamos todos, puede dar comienzo la reunión sobre el tratado que me ha propuesto Celeid —declaró Mizyl iluminando su pelaje para que la fuente del centro de la mesa empezase a expulsar agua.​

    La sacerdotisa que se encontraba sentada más cerca de Mizyl se levantó.

    —Al ocaso Celeid, Diosa de la Bendición y vasalla del Orden, visitó nuestro templo para proponernos un tratado. En este se especifica que Celeid vendrá a vivir a estos terrenos, junto a unos pocos sacerdotes, y le tendremos que otorgar agua mágica. A cambio, ella nos ofrece su ayuda para calmar a las masas y nos traerá con ella al resto de los exguardianes, de los que hasta ahora no habíamos recibido noticias —explicó mirando con sus hermosos ojos los anotaciones que tenía en las manos.​

    Al acabar su explicación, la sacerdotisa se sentó. Tras eso, Mizyl miró a los demás sacerdotes.

    —Ahora que todos somos conscientes de la situación, se abre el debate para decidir qué decisión tomar —declaró Mizyl colocando sus patas delanteras otra vez en la silla y cerrando los ojos.​

    El sacerdote más joven se levantó de su silla para poder hablar.

    —En mi opinión deberíamos declinar esa oferta. Tener una Diosa de otra facción en nuestros terrenos es demasiado peligroso, podría ser una trampa. Además, desconocemos si realmente tienes a nuestros exguardianes en sus Terrenos —comentó sentándose de nuevo una vez acabó lo que tenía que decir.

    —Aunque estoy de acuerdo con lo que has dicho sobre los exguardianes, veo que quien realmente se mete en un peligro es Celeid. Estaría rodeada de enemigos, si intentase hacer algo contra nosotros sería prácticamente una muerte segura —rebatió la sacerdotisa rubia que se levantó en el momento en el que el otro sacerdote se sentó.

    —Claro, ¿y por qué motivo Celeid se arriesgaría tanto? Seguro que estará aprovechando que nuestro Dios es inexperto para tenderle una trampa —refutó enfadado el sacerdote desde su silla.​

    Los demás sacerdotes se quedaron pensativos intentando averiguar que motivó llevaría a Celeid correr tal riesgo.

    —Thylos —hizo una breve pausa—. Esa es la respuesta que estáis buscando —respondió Mizyl abriendo los ojos.​

    Los sacerdotes callaron repentinamente al escuchar el nombre de la criatura.

    —Mi Dios, ¿en serio crees que deberíamos actuar contra Thylos? —preguntó asustada una sacerdotisa—. Mira lo que les ocurre a los Terrenos del Orden, cada cierto periodo de tiempo reciben grandes masacres de esa criatura —comentó preocupada mientras se intentaba cubrir con las manos una marca en forma de luna que tenía en cuello.​

    Algunos sacerdotes de la sala empezaron a temblar por las palabras de la sacerdotisa.

    —No os preocupeis por ello. Si Thylos empieza a atacar otras facciones, todos los Dioses pondrán sus ojos en él. Seguramente no le interesara algo así —dijo Mizyl viendo que sus sacerdotes se habían asustado ante los comentarios de la sacerdotisa.

    —Aun así… —se quejó un segundo sacerdote descontento por las palabras de Mizyl agarrando su bastón con fuerza.

    —¡No quiero ni un comentario más sobre Thylos! No es de nuestra incumbencia en estos momentos y mucho menos teniendo otro asunto importante entre manos que nos afecta directamente —declaró Mizyl molesto mirando enojado a los sacerdotes por la cobardía que presentaban.​

    Los sacerdotes tuvieron que asentir disgustados ante las palabras de su Dios.

    —Yo creo que deberíamos aceptar la oferta. Sabiendo que Celeid está obsesionada con ese asunto, creo que sería muy probable que viniera con una oferta tan descarada como esa. Sin contar que su presencia impondría cierto miedo a las masas, que es lo que más necesitamos ahora —argumentó de pie la sacerdotisa más cercana a Mizyl.

    —Opino lo mismo, el asunto de Thylos lleva marcando los Terrenos durante mucho tiempo —dijo el sacerdote más anciano que se sentaba frente a ella.

    —Sigo sin estar de acuerdo, esa idea es una completa locura. Además seguimos sin estar seguros sobre situación de los exguardianes —recriminó enojada la tercera sacerdotisa cruzando los brazos y dejando visible su marca.​

    Mizyl estiró sus patas cada uno en dirección a un lado de la mesa para que callasen.

    —Mientras escuchaba vuestras opiniones, he pensado una posible respuesta para el tratado de Celeid —dijó Mizyl mirando a todos sus sacerdotes.​


    *****​
     
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    Irybile

    Irybile

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    Los Ojos del Zorro

    Capítulo 4: El Reencuentro


    Una vez acabó la reunión del consejo Mizyl pidió a la joven sacerdotisa que escribiera un mensaje con la respuesta. Al acabar de escribir la carta, Mizyl empapó su zarpa con tinta y la puso en el mensaje, enrolló el pergamino y creó a un esbirro que se tragó el mensaje y partió hacia los terrenos del Orden.



    —El mensaje ya está enviado. Confío en que el consejo ha sabido elegir la mejor opción —dijo Mizyl observando las puertas por donde salió su esbirro con el mensaje.



    —La decisión fue la acertada, así que, mi señor, no os preocupéis de nada —le respondió la joven sacerdotisa que se encontraba detrás de él.​


    *****​


    Poco después, en el templo de la Diosa del Orden los sacerdotes se apresuraron para abrir las puertas. Una criatura creada con agua mágica y con una estructura casi deforme, pero con cierto parecido a un can dracónico irrumpió en el interior. Este ser se acercó a Celeid, que se encontraba sentada en su trono. Una vez frente ella, Celeid se levantó y se acercó al esbirro. La Diosa acercó su mano a la boca de la criatura y esta escupió un pergamino en su mano.



    Los sacerdotes de la sala miraron extrañados a la criatura mientras esta se sentaba en el suelo. No parecía de que se fuese a marchar sin una respuesta.



    —Mi Diosa, esta criatura… ¿que hacemos con ella? —preguntó una pequeña sacerdotisa mirando como su Diosa desenrollaba el pergamino.



    —Dejadla estar —contestó Celeid leyendo el mensaje—. Seguramente estará esperando nuestra respuesta.​



    —Entiendo. Como vos deseéis —asintió la pequeña sacerdotisa.​



    Celeid tardo unos pocos minutos en leer el mensaje. Al acabar se quedó con el pergamino en mano pensando sobre qué debería hacer. Cuando lo decidió, llamó a la joven sacerdotisa para que le trajera la pluma y un pergamino. Se levantó de su trono y se dirigió a su mesa donde empezó a escribir la respuesta una vez la joven sacerdotisa trajo lo que necesitaba.



    El esbirro de Mizyl se levantó y se dirigió donde estaba Celeid en el momento que ella enrollaba el pergamino.



    —Entrega esto a tu Dios —dijo dándole el mensaje.​



    Celeid se levantó de la mesa, miro a los sacerdotes de las puertas.



    —¡Abrid las puertas! —gritó.​



    Los sacerdotes no tardaron en abrirlas, y el esbirro salió corriendo del templo después de emitir un fuerte rugido. Los presentes en la sala miraron a Celeid curiosos por la respuesta que le daba a Mizyl.



    —Mi Diosa. ¿Cuál será nuestro próximo movimiento? —preguntó curioso uno de los dos sacerdotes que guardaba las puertas.



    —¡Llamad a todos los sacerdotes del templo! —ordenó Celeid— una vez estéis todos os contaré lo que tengo pensado —comentó regresando a su trono.​


    *****​


    Una semana después de que le llegase el mensaje a Celeid, en la zona del bosque donde habitaban los guardianes, Ryugan estaba hablando con Umia de los acontecimientos que les esperarían. Mientras tanto Hikye, como era de costumbre, vigilaba a Kitsune para que no les estorbara.



    —Querido saco de carne ¿no tienes nada mejor que hacer con tu vida? —preguntó Kitsune inquieta, dando vueltas cerca de Hikye.



    —Para nada, solo sirvo para aguantar tus pataletas —respondió con tono sarcástico mientras se tumbaba en el suelo.



    —Últimamente se ha reforzado la protección en los Terrenos: los adultos apenas están en casa, habéis puesto algunos zorros jóvenes a vigilar, mi padre ya ha tenido varias reuniones con Mizyl y la mayor parte del tiempo si no está fuera, está hablando con mi madre —comentó Kitsune mirando a su alrededor viendo a sus padres hablar a lo lejos —Algo va a pasar —refunfuñó.​



    —Vaya ¿y te has enterado de todo tú solita? —preguntó Hikye burlesco riéndose de la cría.



    —¡No te rías de mí! —se quejó Kitsune enojada —Nunca me contáis nada, estoy harta de que me estorbes.​



    Kitsu se abalanzó para morder a Hikye, pero este se levantó y desplegó sus cinco colas. La imagen era terrorífica, la inmensa sombra de Hikye cubría a la impotente cría. Kitsune se detuvo de golpe, bajó las orejas, erizó su pelaje y se quedó temblando al ver la mirada espeluznante que le transmitía. La llama reaccionó al temor de la cría situándose entre los dos.



    —Pequeña Kitsu, te advierto que aunque seas la hija del líder no quedarás impune ante un mal comportamiento. Ya empiezas a ser mayorcita para saber cómo actuar, dudo que a tus padres les hiciera gracia que te deba castigar porque me atacaste al ver que no lograbas lo que querías —explicó Hikye disgustado haciendo caso omiso a la llama.​



    Kitsune se entristeció al escuchar la bronca de Hikye, se sentó, cerró los ojos y agachó la cabeza.



    —Lo… lo siento —dijo con la voz quebradiza mientras le salían lágrimas de los ojos y se mordisqueaba el labio inferior con rabia.



    —¿Qué ocurre Hikye? —preguntó Ryugan que justo entonces apareció detrás de Hikye.



    —Ehhh… Nada… No es nada —respondió sorprendido al darse cuenta que tenía detrás a su líder.



    —Necesito hablar con mi hija —dijo mirando a Kitsune con la cabeza y las orejas bajadas—. ¿Kitsune estas bien? —preguntó dirigiéndose a su hija mientras Hikye se apartaba a un lado.​



    Kitsune solo asintió con la cabeza. Su padre al no estar convencido de que no le pasase nada, se acercó a su hija y le puso el morro debajo del suyo para que levantase la cabeza.



    —Como tú dices siempre, si no me cuentas lo que pasa no podré ayudar —dijo suavemente Ryugan lamiendo la cabeza de la pequeña.​



    Kitsune en ese momento levantó la mirada, tenía aún los ojos rojos y llorosos.



    —Me gustaría… ¡Me gustaría que por un día me tuvierais en cuenta! —exclamó Kitsune mirando a su padre con resentimiento —Nunca me contáis que pasa, siempre me tenéis al margen… —siguió quejándose bajando el tono de voz.



    —Pues hoy es el día en que eso cambiará —dijo Ryugan mirándola decidido.​



    Tras esas palabras a Kitsune se le iluminaron los ojos y empezó a mover la cola rápidamente.



    —Ven conmigo —dijo el líder moviéndose hacia la zona donde estaba antes hablando con Umia.​



    Kitsune fue corriendo a seguirle, pero fue parada abruptamente por Hikye.



    —Aunque tu padre considere que estés preparada, deberás tener en mente lo que te dije antes —le susurro al oído.​



    Dicho esto Hikye se apartó para que Kitsune pudiera pasar.



    —Lo tendré en cuenta. Confía en mí —le respondió al pasar por delante de él.



    —Jamás dejé de hacerlo —susurró Hikye mostrando una ligera pero cálida sonrisa al saber que ella no la escucharía.​



    En el momento en que Kitsu alcanzó a su padre, este se giró para dirigirse a ella.



    —Kitsune, es hora que actúes como un líder —dijo Ryugan mirando con determinación a su hija.​



    Kitsune se alegró tanto que era incapaz de esconderlo. Sus ojos brillaban más que una luciérnaga, aunque mantuvieran el tono rojizo del llanto. Su cuerpo se movía involuntariamente a causa de los nervios y su cola, como era de esperar, parecía que tuviera vida propia. Estaba esperando con tanta emoción las siguientes palabras de su padre que no dijo ni una sola palabra.



    —Mizyl nos ha encargado una importante misión y quiero que tengas un papel importante en ella —continuó explicando Ryugan al ver que su hija no contestaba.



    —¿Y qué papel será ese? —preguntó ansiosa.



    —Ahora te enseñaré, eso sí, mantén la compostura y la calma. Eres una líder frente a una importante misión, no un simple perro emocionado por un hueso —comentó Ryugan apoyando su zarpa sobre la cabeza de su hija.​



    Kitsune respiró hondo y se sentó alzando su pecho con orgullo. Mantuvo esa postura durante unos segundos con los ojos cerrados y evitando moverse para demostrar a su padre que era capaz de comportarse como una líder.



    —No hace falta que te mantengas así —dijo su padre con una sonrisa mientras le daba un golpe suave al abdomen—. Te mostraré lo que tendremos que hacer, acompáñame —comentó dirigiéndose hacia el bosque.​



    Kitsune no tardó ni un segundo en seguirle con la sonrisa de oreja a oreja, estaba ansiosa por descubrir cuál sería su primer cometido como hija del líder.


    *****​


    Había pasado apenas una semana desde que el mensaje de Mizyl llegó a manos de Celeid. Los sacerdotes de las puertas fronterizas estaban más alerta de lo normal a cualquier movimiento del exterior. Los guardianes se habían acumulado en la zona sur de los Terrenos del Agua sin olvidar el resto de los dominios. Tanto Kitsune como Ryugan se encontraban cerca de la puerta sur de la frontera hacia las Tierras de Nadie. En ocasiones Mizyl se acercaba a la puerta donde se encontraba al líder con dos sacerdotes esperando a los acontecimientos que se aproximaban.



    Era mediodía y en la puerta del sur, frente al Dios Mizyl, apareció una pequeña criatura. Tenía forma humanoide y aspecto ágil. Poseía unas pequeñas alas emplumadas como las de las aves y dos cristales rojizos adornaban la zona cercana a sus ojos. Sus orejas eran enormes y peludas, de ellas colgaba un hermoso velo, y su cola era larga y suave.



    —¿Los has podido ver? —le preguntó Mizyl a esa pequeña criatura.



    —Sí, están a un par de horas de nuestra posición —contestó mirando hacia las Tierras de Nadie.



    —Entiendo. —Se quedó un par de minutos pensativo. —¡Dad la alarma! Estad todos preparados para cuando lleguen —gritó Mizyl a todas las criaturas que estaban allí.​



    Al escuchar las órdenes de su Dios, Kitsune y Ryugan fueron corriendo hasta que llegaron a su posición. Kitsune hiperventilaba con fuerza y no era capaz de quedarse quieta. Miraba a todos los lados observando el movimiento que provocó Mizyl, todos estaban nerviosos por lo que se acercaba y ella no era una excepción. Kitsune se fijó en su padre, no se encontraba en la situación de decirle nada, tenía que demostrar que estaba preparada para una situación de este calibre. Cerró los ojos y suspiró profundamente. De repente, notó una suave y cálida caricia en su mejilla. Al abrir sus ojos, vio a su llama iluminando su rostro con esa tenue luz que emitía. Esta produjo un leve sonido que la relajó.



    —Gracias… Estaré bien, no te preocupes —susurró Kitsune a la llama.​



    La pequeña llama se movió a su lado tras escuchar sus palabras. Kitsu miró al frente, aunque aún mantuviese los nervios, ya no se movía ni hiperventilaba con tanta fuerza como antes. Sentía más confianza en sí misma y sabía que no estaría sola.



    —Puedo verlos, estan muy cerca —gritó la pequeña criatura volando desde el cielo.​



    La diosa y su séquito, formado por unos pocos sacerdotes y una manada de extrañas criaturas, no tardaron en llegar frente a las puertas. Mizyl las observaba con detenimiento, pero no era capaz de reconocer si esas criaturas eran las que él realmente buscaba.



    —¡Abrid las puertas! —ordenó Mizyl.​



    Los sacerdotes abrieron las puertas para que pasasen únicamente Ryugan y su hija.



    —Es el momento de actuar, hija mía —dijo Ryugan mientras avanzaba.​



    Kitsune asintió y avanzó con determinación junto a su padre. Estaba preparada para su primera misión.



    Al atravesar la puerta vieron que Celeid se encontraba encabezando el grupo. Justo cuando las puertas se acabaron de cerrar, Mizyl saltó de la muralla cayendo en un cúmulo de agua, que había creado al lado de Ryugan, para amortiguar el impacto.



    —Espero que te acuerdes del trato. ¿Traes lo que busco? —preguntó Mizyl acercándose a Celeid.



    —Claro que sí, Mizyl, lo prometido es deuda —contestó mientras se apartaba a un lado.​



    Dos de las criaturas que la acompañaban se movieron a su lado. Mizyl los observó atentamente, se giró e hizo un gesto con la cabeza para que Ryugan y Kitsune avanzasen.



    —Vamos a saber si tenías razón, querido angelito —comentó Mizyl burlescamente, apartándose a un lado mientras miraba a Celeid.​



    Los dos zorros avanzaron hasta estar enfrente de las otras dos criaturas. Al igual que ellos, eran una cría y un adulto los que habían avanzado. Kitsune las miraba atentamente, su olor le era familiar, pero no era capaz de reconocer su aspecto. Su físico era el de un zorro, pero sus colores no eran los mismos. Se encontraban ante unos zorros con un pelaje caoba y marcas de color granate. Su cuello estaba rodeado por un pelaje del mismo color que el de sus marcas que bajaba hasta el pecho. El pelaje blanco de este hacía destacar aún más el color del resto de su cuerpo. Y poseían una enorme y peluda cola como la que ellos tenían . A simple vista se asemejaban a unos insignificantes zorros salvajes, pero al fijarse bien pudo apreciar dos apéndices que parecían pequeñas colas sobresaliendo de su cola.



    Kitsune se alteró al ver esos apéndices, ver los vestigios de lo que antes eran unas hermosas colas le pareció repugnante. Pero como prometió comportarse como una adulta tanto a su padre como a Hikye, evitó al máximo exteriorizar ese sentimiento. Aun así era imposible esconder ese sentimiento de aversión, y eso quedaba reflejado en su rostro.



    Pero Kitsune no era la única que encontraba repulsivas las criaturas que estaban frente a ella. La otra cría miraba horrorizada la llama que estaba al lado de Kitsune. Su cara no solo mostraba a la perfección lo que sentía, sino que además su pelaje se erizó y se echó unos pasos atrás.



    A diferencia de las crías, que a mayor o menor medida mostraban sus sentimientos hacia la otra, los adultos se miraban fijamente sin decir nada. Aunque se percataron de los rasgos físicos que eran desagradables a su vista, intentaron no exteriorizarlo para evitar un enfrentamiento.



    —Tu olor me es familiar, pero no soy capaz de reconocer a quién pertenece —comentó Ryugan observando de arriba a abajo el zorro que tenía delante.



    —Debes de ser Ryugan ¿me equivoco? —preguntó el otro zorro mirándolo con desprecio.



    —No te equivocas, ¿pero me puedes decir quién se encuentra frente a mi? —insistió el líder al ver que no lograba reconocer a quien tenía delante.



    —Mi nombre es Icard —contestó con frialdad.​



    Kitsune y Ryugan se alarmaron al escuchar su nombre. Esta vez incluso al líder se le notó en el rostro la sorpresa al escuchar ese nombre.



    —No es posible… Pero… Si cuando nos separamos tenías la edad y el tamaño de mi hija. ¿Cómo puede ser posible? —preguntó impactado.



    —La pérdida de nuestros poderes fue más rápida de lo que nos podíamos imaginar. Y como podéis ver, nuestros cuerpos también quedaron afectados. —Hizo una breve pausa mostrando un rostro de preocupación. —Igualmente, hablas de nosotros… Pero ¿Qué ha ocurrido con vosotros? —preguntó mirando asqueado en lo que se habían convertido.​



    —¿Qué problemas tienes con nosotros? —devolvió la pregunta enojado por la reacción del otro zorro.



    —¡Miraos! Vuestro aspecto es horrendo, vuestro pelaje se ha vuelto tan pálido que os hace parecer unos muertos. Y esas marcas sangrientas… ¡Cualquiera diría que habéis sido poseídos por el Dios de la Nigromancia! —contestó de forma ofensiva, enojado y mostrando sus colmillos. En ese momento se fijó en la llama de Ryugan que se encontraba prácticamente inmóvil—. ¿Y qué se supone que es eso?



    —¡Basta! No tengo motivos por los que responderte. Y aún menos con esa actitud de crío que estás teniendo —contestó irritado mientras alzaba su cabeza, estirando sus orejas hacia atrás y moviendo las colas hacia arriba agresivamente.​



    Cuando la tensión entre los dos zorros estaba llegando a su momento más álgido, la llama de Kitsune se movió hasta situarse en medio de los dos. Ambos zorros se sobresaltaron al verla, y Icard no tardó en atacar. Levantó su zarpa y golpeó con fuerza la llama contra el suelo. Ryugan al ver la reacción del otro zorro, desplegó con rapidez sus colas para defenderse.



    —¡Parad los dos! —dos voces retumbaron con fuerza. Mizyl y Celeid se posicionaron rápidamente en medio de la pelea.​



    Ambos zorros retrocedieron al ver a sus respectivos Dioses. La llama desapareció de debajo de la zarpa de Icard y apareció entre las patas delanteras de Kitsune. La pequeña intentaba taparla con sus patas mientras mantenía una posición defensiva y le regañaba por su actuación.



    Celeid observó durante unos instantes tanto la llama de Ryugan como la de Kitsune. Seguidamente les dio una advertencia a los zorros y se apartó para dirigirse a Mizyl.



    —Lamento el comportamiento de mis súbditos —dijo Celeid disculpándose a Mizyl.



    —Los mios también tienen parte de culpa, me disculpo por ello —comentó Mizyl girándose hacia ella.​



    Mientras los Dioses se disculpaban entre ellos, los zorros seguían mirándose asqueados el uno al otro. Icard erizó el pelaje y enseñó los dientes hacia Ryugan, pero este no quiso caer en sus provocaciones, apartó la mirada a un lado y bajo sus colas para evitar enojarse más.



    —Como puedes ver, he cumplido mi parte del trato —dijo Celeid con la vara cerca de sus zorros.



    —Sí… ya me he dado cuenta de ello… —respondió algo defraudado al comprobar cómo reaccionaron los zorros.



    —Espero que ahora seáis vos quien cumpla su palabra.​



    Mizyl se quedó en silencio durante un par de minutos y se giró mirando hacia la puerta.



    —¡Abrid las puertas! —exclamó hacia los sacerdotes ocultando su decepción a Celeid.​



    Celeid mostró una sonrisa al ver que las puertas de los Terrenos del Agua se abrían. Apartó su vara de delante de los zorros e hizo una señal con la mano para que sus súbditos avanzasen.



    —Me alegra tener frente a mí a un Dios de palabra —dijo Celeid con una sonrisa confiada mientras avanzaba hacia la puerta.



    —Sí… Claro… —murmuró Mizyl descontento.​



    Mizyl se colocó en cabeza de la fila, seguido por Ryugan y Kitsune, mientras que Celeid y su séquito iban detrás de ellos. La pequeña no podía evitar ir mirando hacia atrás de reojo, tenía miedo de que les atacaran aprovechando que estaban de espaldas.



    —Kitsune —dijo Ryugan para llamar la atención de su hija.



    —Pero… —se quejo Kitsu preocupada por la amenaza que sentía.​



    Ryugan se limitó a mirarla enojado. Kitsune, descontenta al no poder responderle, volvió a mirar hacia delante.



    El grupo se movió hasta traspasar la puerta que se cerró detrás de ellos. Icard y el resto de su manada iban mirando los alrededores, aunque las crías no reconocieran el lugar, los adultos sentían nostalgia por volver a su antiguo hogar.



    La Diosa observaba las defensas dispuestas en los Terrenos del Agua durante su trayecto hacia al templo de Mizyl. Enormes hileras de zorros que servían al Dios les observaban, criaturas voladoras controlaban el cielo, esbirros de agua creados por el Dios vigilaban con sumo cuidado todos los movimientos de sus zorros y los densos bosques que parecían tranquilos, en realidad estaban infestados de sirvientes del Dios del Agua que no dudarían en atacar si actuasen de forma sospechosa. Celeid sabía que cualquier movimiento en falso acabaría convirtiendo la tierra que pisaba en su tumba.



    Aun así, Celeid no parecía estar nerviosa ni asustada, caminaba con tranquilidad siguiendo a Kitsune y Ryugan. Sabía que si le quisieran tender una trampa y matarla ya podrían haberlo hecho. Además, estaba a un paso de conseguir algo que ansiaba desde hace mucho tiempo, no encontraba motivos para estar alterada.



    En cambio sus sacerdotes transmitían todo lo contrario, se les notaba inquietos por la situación.El camino hasta el templo principal de Mizyl fue largo y tuvieron que soportar la hostilidad de gran parte del Terreno. Cuando pasaban por los muchos pueblos que había, los ciudadanos se reunían para observarles de una forma poco amistosa. Pero eso no era nada en comparación a tener que pasar por los bosques, allí se sentían observados, pero aún así, ninguno de ellos era capaz de ver absolutamente nada en los árboles o arbustos, e incluso alguno de ellos miraba el suelo temiendo un posible ataque desde allí.



    Una vez atravesaron el último pueblo y llegaron a la zona sagrada, Mizyl se paró en seco, seguido de todos los que iban detrás.



    —Celeid, a partir de aquí tus súbditos no podrán avanzar. Deberán quedarse aquí hasta que acabemos de hablar —comentó Mizyl señalando un claro llano cercano a donde estaban.



    —Comprendo. —Celeid se giro a sus súbditos. —¡Vosotros! Ya habéis escuchado al Dios del Agua. Quedaos ahí hasta que yo os avise.​



    El séquito de Celeid se movió hasta la zona señalada por Mizyl, mientras ella y el Dios del Agua se adentraron en el bosque. Los guardianes se quedaron vigilando al grupo junto a otras criaturas fieles a Mizyl. Kitsune, que acompañaba siempre a Ryugan, esta vez se fue con su madre hasta el pueblo más cercano a la zona sagrada.



    A la pequeña ya se le empezaban a cansar sus piernas, pero por suerte el camino no fue muy largo. Había sido un día agotador y la pequeña necesitaba relajarse. Una vez llegaron al pueblo, se acercaron a la plaza principal, donde se estiraron cerca de la fuente para tomar agua.



    —Hoy ha sido un gran día para mi pequeña —dijo Umia con una gran sonrisa.



    —Sí, pero no me ha agradado el trato que hemos recibido por parte de esos zorros —comentó Kitsune mirando enojada hacia la fuente.



    —Lo se, a mi tampoco me ha gustado cómo han actuado. Lo que no me acabo de creer es que de todos los Dioses que habían hayan tenido que parar a manos de Celeid —dijo disgustada.



    —Pues sí, ese angelito parece bastante desagradable. Además tiene cara de amargada —criticó Kitsune mirando a su madre.​



    Umia río ante el comentario de su hija mientras se levantaba.



    —¿Quieres que vayamos a comer algo? Debes tener hambre —comentó situándose frente a su cría.​



    Kitsu reaccionó levantando las orejas, pero al poco tiempo las bajo del golpe.



    —Nunca diré que no a que me invites a comer —dijo intentando esconder una pequeña sonrisa.​



    Umia puso su zarpa en la cabeza de su hija.



    —En ningún momento he dicho que te invitaría… Que se le va hacer, hoy te invitaré yo, pero aun espero el día en que me toque a mí —comentó dirigiéndose hacia la taberna del pueblo.



    —¡Mama!… —gritó Kitsune para llamar su atención—. Estoy preocupada por los otros zorros. ¿Crees que irá todo bien? —preguntó mientras se levantaba y se acercaba a Umia.



    —Kitsune, siento decirte que no puedo responder a eso. Pero por ahora no te preocupes por ello, vamos a comer, que se que lo estás deseando —dijo acariciando la cabeza de su hija.​



    Kitsune asintió y acompañó a su madre hasta la taberna. No sabía cómo acabaría la situación entre los dos clanes, pero eso es una pregunta que solo el tiempo podía responder.



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