Algo que me llama poderosamente la atención de los grandes conflictos bélicos en la Historia, es el extraño clima que por regla general les precede. Por un lado, el sentimiento de fatalidad, el pesimismo ante lo que se considera inevitable. Mientras los diplomáticos agotan los últimos recursos desesperados buscando una solución pacífica y todo el mundo ya sabe cómo va a terminar eso y se prepara material y psicológicamente para lo que se viene. Por otro, el extraño sentimiento de nostalgia por el presente. Todo el mundo prevé que el mundo va a cambiar, las costumbres serán otras, la sociedad sufrirá una profunda transformación, ciudades enteras serán destruidas, las fronteras cambiarán, países desaparecerán, se inventarán otros nuevos. Se da un último vistazo al mundo cotidiano como se ve la casa de la infancia antes de ser demolida. Y finalmente, el titular en todos los diarios: “¡GUERRA!” Y súbitamente la melancolía desaparece. Hay una euforia malsana, un optimismo generalizado, un entusiasmo absurdo. Sobre todo, entre los jóvenes varones. Se van a vivir horrores y peligros; pero también será una aventura. Algo para contarlos a los nietos…si vuelven vivos para contarlo, por supuesto.
“La guerra seduce al que todavía no la conoce”: No tenemos filmaciones del inicio de la Guerra del Peloponeso, pero las sabias palabras de Arquídamo de Esparta son perfectamente aplicables a 1914 ó 1939.

Y algo que me pregunto es: ¿Hasta qué punto esto que acabo de decir es verdad? ¿Hasta qué punto ese sentimiento existió realmente, o fue inventado a posteriori por los historiadores y los recuerdos de las personas? ¿Es “la calma antes de la tormenta” un mito histórico?

El cine es un testimonio directo de la “melancolía por el presente” de finales de los 1930´s. Desde sus versiones más inocentes (“No hay lugar como el hogar”), hasta el humor más cínico (“Nos vemos el año próximo…si es que hay un año próximo”), y sus versiones más intelectuales (Lo que vendrá). Pero también se filman comedias, dibujos animados, musicales. La vida sigue, aunque el mundo marche al abismo. Algo parecido nos encontramos en los años previos a 1914.

Cuando leí por primera vez el término “Bella Época”, creí que era sarcasmo. El término “Paz Armada”, claramente más adecuado a la realidad, es prácticamente un invento de los historiadores, los contemporáneos nunca llamaban a su tiempo así. Y, poniéndonos en su lugar, puedo entenderlos.

La gente de a pie estaba maravillada por una prosperidad sin precedentes históricos, ideas novedosas en el arte, extraordinarios descubrimientos científicos, avances tecnológicos, una medicina que hubiese parecido magia pocas décadas antes, grandes obras públicas. ¿Qué tanto te podía arruinar la digestión ver una trinchera durante un paseo en bicicleta por el campo?

Hubo también, en la Historia como en el clima, tormentas inesperadas que tomaron desprevenidos hasta a los reyes y estrategas, como la Guerra de los Siete Años. Y otras que fueron puro ruido: un montón de truenos y relámpagos, seguidos por cuatro gotas, como la Primera Guerra del Golfo. Nosotros vivimos un tiempo extraño. Ciertamente no es una “bella época”.

Hay una consciencia difusa del desastre que se avecina; pero no un reconocimiento de sus causas. Me recuerda un poco a la guerra mundial de “Fahrenheit 451”: que llega de improviso sobre una población ocupada en trivialidades, aislada detrás de pantallas grises de televisión gigantescas. Pantallas que nunca hablan de política, diplomacia ni de nada que tenga que ver con el mundo real. La primera y última noticia de que están en guerra que recibe la mayoría es la bomba atómica que cae sobre ellos. Vivimos en la era de la estupidez antes de la tormenta. No estoy de acuerdo con la sentencia “No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero sé con cuales se peleará la Cuarta: con palos y piedras”. No me preocupa un retorno al primitivismo, sino, en cierto sentido, lo contrario. Las últimas grandes guerras fueron, todas, la excusa para imponer cambios económicos o sociales impopulares, que no hubiesen sido aceptados en circunstancias normales; pero, como “medidas de emergencia excepcionales” fueron toleradas a causa de la guerra.

Cuando terminó la guerra, las medidas “excepcionales” nunca fueron abandonadas. La militarización de la ciencia, la fusión de la industria con el ejército, la masculinización de las mujeres, el cártel de las farmacéuticas, los lobbys transnacionales, la precarización de las relaciones laborales, son todos subproductos de las guerras mundiales. Los efectos de un intercambio nuclear total entre Rusia y la OTAN han sido calculados en 100M de víctimas en los bombardeos, un número difícil de calcular, aunque seguramente varias veces mayor, de víctimas indirectas debidas al colapso de las estructuras sociales y económicas. Una muy lenta reactivación económica y consecuencias de largo plazo por siglos a causa de la contaminación radioactiva. ¿La guerra más devastadora de la Historia? Sin dudas. Pero no el “apocalipsis” que le gusta imaginar a Hollywood y los video-juegos. No habrá gente viendo fogatas dentro de un televisor roto sino, por desgracia, viendo más o menos lo mismo que hoy. Habrá una continuidad más que no una interrupción. Pero el mundo habrá cambiado sutilmente en algunos aspectos. Las corporaciones de la información habrán ganado un poder ilimitado y serán indistinguibles del estado. Ideologías anti-humanistas se habrán impuesto como dogmas oficiales apelando a la “necesidad” de crear super-soldados “post humanos”.
Y lo que no se pudo imponer con el pretexto de la guerra, se impondrá con el pretexto de la paz: “Es necesario para que eso no se repita”. No soy optimista en lo más mínimo. Avanzamos hacia el abismo en un tren sin frenos ni conductor. Pero una cosa es segura: No siento la menor nostalgia por el presente.

Canal: Filosofía de película

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