Fanfic 1 de enero [✔ COMPLETO]

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Estaré subiendo por aquí mi primer fanfic de la pareja Takari :3 Esta versión presenta algunas modificaciones con respecto a la original, que está subida en otra página.
Por cada post subiré dos capítulos, uno de Takeru y otro de Hikari. Son 19 capítulos cortos y una carta.
Los personajes aquí presentes son propiedad de Akiyoshi Hongō.

TAKERU

Miró la fecha en el calendario de su teléfono celular: 24 de diciembre de 2005. El año llegaba a su fin, y él esperaba que el siguiente fuera mejor, más esperanzador. Aunque si el elegido del valor no se había atrevido a confesar sus sentimientos, ¿qué le hacía pensar que él sí lo haría?
Tenía una extraña sensación que combinaba en partes iguales la ilusión y los nervios de que llegara el día siguiente, de estar con ella. Tendría una nueva oportunidad, pero ¿qué le diría?



Se colocó el abrigo que le eligió Patamon ya que el día estaba nublado y muy frío. La noche anterior había nevado. Probablemente lloviera dentro de poco, por lo que también agregó el paraguas a los objetos que portaba. Por costumbre, el digivice formaba parte de aquel listado, así que lo guardó en el bolsillo de su pantalón antes de salir del departamento de su madre.
Ya cerca de su destino, unas débiles gotas comenzaron a caer del cielo. Takeru continuó caminando sin abrir el paraguas. De vez en cuando era agradable dejar que la lluvia limpiara la impureza del cuerpo y la mente.
Pronto la visión de alguien en particular interrumpió sus pensamientos: su amiga parecía estar esperando a alguien resguardándose de la lluvia debajo de un toldo.
—Buenos días, Hikari —dijo con sorpresa, inclinándose un poco hacia delante para formar una torpe reverencia.
La chica, que no lo había visto llegar por quedarse observando la vidriera del local, hizo también una pequeña reverencia y respondió al saludo del rubio.
—Buenos días, Takeru.
Él se dio cuenta de inmediato que la chica no iba acompañada de su hermano mayor, lo cual le extrañó bastante, pues Hikari era casi como una garrapata de Taichi. No podía dejarlo solo ni veinticuatro horas, que ya se le notaba que le faltaba una parte de su ser. Eso lo incomodaba un poco.
—¿Y Taichi? —preguntó, observando hacia ambos lados para cerciorarse de que no estaba por allí cerca.
—Irá directo de su entrenamiento de fútbol. Por eso vine a esperarte —. Le sonrió con la calidez que le faltaba a la tarde.
—Ya veo. Entonces... ¿nos vamos?
—Claro.
Cada uno abrió su paraguas y juntos emprendieron el camino hacia su meta final: la oficina de Koshiro, que quedaba a unas cinco calles de allí.
—No parece que vaya a detenerse pronto —comentó ella mirando al cielo con una expresión de nostalgia.
—Es verdad. Según las noticias continuará lloviendo hasta la noche. Pero mira el lado bueno: al menos no está nevando.
—Sí, es cierto.
Se sonrieron tímidamente, un gesto muy común entre ellos.
Mantenían del uno al otro una distancia aproximada de un metro que a Takeru le daba la impresión de que eran como cien. La miraba de reojo cada tanto pensando en lo mucho que había cambiado Yagami en todo el tiempo que la conocía y que, paradójicamente, seguía siempre igual. Igual de agradable, amable, fuerte, valiente; todas las cualidades que él admiraba pero que nunca le había hecho saber con palabras, pero que otros ya se lo habían resaltado tantas veces que le parecía redundante recaer en ello.
Las conversaciones que tenían eran mayormente silenciosas, impregnadas de miradas intensas y cómplices que reemplazaban a las palabras. Se entendían a su manera.
De la nada, como una de las tantas veces, le llegó a la mente el día en que su amiga fue consumida por la oscuridad, cuando Taichi fue dado por muerto y él se quedó a solas junto a ella esperando a que despertase del desmayo provocado por la fiebre. Cuando recordaba las palabras de Patamon, su rostro se ponía rojo y comenzaba a imaginar qué hubiera ocurrido si se hubiese atrevido a confesarle sus sentimientos. Pero en aquel momento no había encontrado ninguna forma de consolarla, y ni Hikari ni las circunstancias de la batalla le habían dado la oportunidad de hacerlo.
De eso habían transcurrido unas pocas semanas, y aun no había hallado el valor para hacerlo.
—¿Takeru? ¿Te ocurre algo malo? —preguntó la castaña. No había notado que estaban ya en la puerta del edificio. ¿Hacía cuánto?
—Eh... no, nada. Estoy bien —. Sus mejillas se encendieron ante el recuerdo y ante la pena de estarla haciendo esperar para tocar el timbre del departamento del pelirrojo, pues la lluvia se había intensificado y si no se apresuraban a entrar, acabarían empapados.
—Mmm... de acuerdo — respondió no muy convencida, pero la conversación acabó allí, y él presionó el botón que indicaba “IZUMI”.




HIKARI
¡¡3... 2... 1...! ¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!
Los seis integrantes de la familia Yagami estaban celebrando en el departamento. Los digimon se encontraban fascinados por el espectáculo de fuegos artificiales y por poder compartir con sus humanos aquella fecha especial.
Cuando hubieron acabado los saludos familiares, Hikari tomó su teléfono y les envió mensajes a algunos de sus amigos, quienes respondieron prontamente deseándole prosperidad y el cumplimiento de sus deseos. Hikari se sentía feliz, y tenía buenas expectativas para el año que acababa de iniciar.
Miró el almanaque que colgaba de la puerta de su habitación, con los días importantes remarcados y anotaciones en los costados. Vaya... ya 2006... ¡El tiempo pasaba tan rápido! Le resultaba increíble pensar en todo lo que había vivido desde que entró por primera vez al Digimundo, en todos los cambios que hubo en su vida.
Después se ayudar a su madre a lavar la vajilla, se acostó temprano, pues le esperaba una jornada larga y llena de aburridos deberes escolares.


El día primero de enero transcurrió como cualquier otro hasta el mediodía, cuando se cambió de ropa y se puso un lindo y abrigado conjunto rosa y blanco y se retiró del departamento de sus padres con un paquete en la mano, envuelto a modo de regalo.
Llegó al lugar pactado hacía ya tres años con unos minutos de retraso, pero su mejor amigo estaba esperándola paciente sentado en un banco, con su regalo sobre las piernas y el teléfono celular en una mano. Probablemente estaba considerando llamarla, pero en ese momento corrió la vista y al verla acercándose guardó el aparato en el bolsillo. Se puso en pie con una sonrisa y los ojos brillando con una intensidad que Hikari ya había notado posteriormente pero nunca se había detenido a ver con seriedad hasta entonces. Parecía como si el sol estuviera bailando en ellos.
Ella le respondió con otra sonrisa leve, observando por primera vez con detenimiento el rostro emocionado de Takeru. Se preguntó internamente a qué se debía tanta alegría.
—Buenos días, Takeru.
—Buenos días, Hikari. Vaya, estás muy elegante hoy.
—Muchas gracias. Tú tampoco estás nada mal.
—Y eso que me esmero en estar mal arreglado.
Ambos rieron, y a continuación intercambiaron los regalos. Al principio les parecía extraño y hasta vergonzoso hacer aquello, pero pronto dejaron a un lado la timidez y los bochornos y continuaron con aquella especie de pacto en la que cada uno agradecía al otro por todo lo que le había ofrecido durante los trescientos sesenta y cinco días anteriores.
Takeru abrió el paquetito que le entregó la castaña, y encontró dentro un reloj con una nota con una pequeña dedicatoria donde expresaba sus buenos deseos para el año que comenzaba. Hikari hizo lo propio con su caja envuelta y extrajo de su interior un oso de peluche de color rosa. Lo abrazó con ternura.
—Es hermoso, Takeru. Muchas gracias —. Volvió a apretar el animalito contra sí y luego agregó, al ver que el rubio enroscaba el reloj en su muñeca izquierda para poder abrocharlo: —. Espera. Aun no te lo pongas. Dale la vuelta.
En el dorso del aparato, Yagami había hecho grabar el emblema de su amigo.
—Vaya, qué detalle, Hikari.
 
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TAKERU

«Eres la mejor» hubiera agregado, pero las palabras se atoraron en su garganta cuando la castaña se acercó para ayudarlo a cerrar la malla del reloj entorno a su muñeca.
—Listo. Ahora no podrás perderlo.
—No pensaba hacerlo.
Soltaron una suave risa y luego se quedaron en silencio unos segundos. Takeru, algo nervioso, le ofreció ir a comer algo, a lo que su amiga aceptó con entusiasmo y se encaminaron a un pequeño restaurante cercano.


Durante el almuerzo, Takeru no podía dejar de observar a Hikari. Seguía con su mirada los movimientos de la chica: cuando se acomodaba el cabello detrás de la oreja, cuando sonreía y se le formaba aquel simpático hoyuelo en el lado izquierdo de su boca, cuando apoyaba su barbilla en la mano para contemplar el paisaje del otro lado de la ventana o cuando dibujaba una media sonrisa después de comentar algo gracioso.
En cierto momento, Yagami colocó su mano izquierda sobre la mesa, distraída, y Takeru hizo un intento de tomarla con la suya. Pero ella la corrió justo a tiempo para evitar el roce y él tuvo que disimular que tomaba una servilleta de papel del contenedor. ¿Habría sido adrede? Avergonzado, el rubio no volvió a intentar ningún contacto físico, y se dedicó a juguetear con lo que le quedaba de comida sin preocuparse en acabarla.
Él continuaba escuchándola atentamente, como si cada una de las palabras que salieran de su boca fuera lo único importante que tuviera que oír en el mundo. Le respondía con asentimientos, sonrisas o breves acotaciones cuando era necesario, mientras intentaba disimular el rubor que se presentaba en sus mejillas constantemente cuando pensaba qué estaría pasando realmente por la mente de su mejor amiga en aquel momento, o cuando la imaginaba tomándole de la mano, cosa que desgraciadamente había confirmado que no ocurriría ni en cien años.
Una vez hubieron acabado, Takeru acompañó a la castaña unas cuadras en lo que le resultó un incómodo silencio, hasta que debieron separarse porque tomarían caminos opuestos. Mientras Hikari se alejaba, él se volteó, como si aquella pudiera ser la última vez que la viera; se grabó en la retina la imagen de la silueta de la luz recortada contra las nubes grises de la tarde.


Debía visitar a su padre, y todo el viaje hasta la casa de este solo pensaba en todos los momentos que había pasado con Yagami y nunca se había dado cuenta de lo importante que ella era en su vida. Supuso que al principio creyó que la conexión que tenía con la castaña era por conocerla desde niños, por todas las aventuras que habían vivido juntos, o incluso por el significado de sus emblemas. Pero ahora que el tiempo había pasado, que el Digimundo volvía a estar en paz y que la vida seguía, se preguntaba cuándo se había enamorado de su amiga, y si algún día se atrevería a confesárselo. No... Primero debía asegurarse de algunas cosas, aunque eso implicara hablar con Yamato, y llegado el momento, con... Taichi. De alguna forma, eso último lo aterraba más que hablar con los propios señor y señora Yagami.
Cuando llegó a la casa del señor Ishida, abrió la puerta con cierta timidez. Yamato lo recibió con un rostro alegre, pero pronto su expresión cambió. ¿Qué podía tener tan consternado a su hermanito?
—Yamato... hermano. Creo que debemos hablar —dijo tratando de sonar decidido y endureciendo el rostro, pero se le notó un temblor en la voz.
Una vez Takeru acabó de explicarse, el mayor comenzó a reír. El adolescente lo miró extrañado. ¿Qué le parecía tan gracioso? ¡Para él era algo importante! Le molestó que su hermano no tomara con la misma seriedad aquella conversación, ¡con lo que le había costado hablarlo con alguien!
—Eres un idiota. Ya sabía que no debía hablar contigo —le espetó enojado. Se levantó del sillón y se retiró a su cuarto, que desgraciadamente compartía con el otro rubio, golpeando la puerta con fuerza.



HIKARI
—¿Y? ¿Qué te regaló el pequeño T-K esta vez? —preguntó su madre cuando Hikari regresó del paseo. —¡Vaya, pero si es precioso! Ese chico debe estar muy enamorado de ti —exclamó con ternura, tomando el peluche entre sus manos y observándolo con una gran sonrisa.
—Ay, mamá, no digas tonterías. Takeru y yo solo somos amigos. Además, ya no nos llamamos así —respondió tratando de parecer madura, pero a la vez ocultando un leve rubor que se hizo presente en sus mejillas cuando la señora Yagami pronunció el apodo del rubio.
—¿Qué, mi hermanita ya tiene novio? ¿Tan pequeña? —preguntó Taichi con burla asomándose desde su habitación.
—¡Que no! —insistió la castaña, esta vez con tono más firme y frunciendo un poco el ceño.
—Está bien, está bien, tampoco es para que te enojes.
—No estoy enojada —. Sin embargo, tomó el osito de las manos de su madre y se encerró en su habitación.
Dejó al animal sobre la mesa de noche, acomodándolo de manera que la observara dormir. Lo puso al lado de la copia de la vieja foto del primer viaje al Digimundo, aquella que había tomado Andromon justo antes de regresar al Mundo Real, cuando ella no tenía más de ocho años... Habían pasado ya seis, sin embargo, le parecieron muchos más.
Se sentó en la silla de su escritorio. Era temprano para irse a dormir, ni siquiera era la hora de la cena, pero de momento no quería hablar con su familia, por lo que encendió la lámpara del escritorio y extrajo de un cajón un cuaderno idéntico a los de la escuela. Pronto acabarían las vacaciones de Navidad, y ella no había adelantado sus deberes. Sin embargo, en vez de contener cuentas algebraicas o anotaciones sobre la Historia de Japón, en las hojas estaban plasmados los pensamientos de Hikari de su día a día.
«Cada vez estoy más convencida de que Takeru siente algo por mí. He oído mucho a Mimi y otras chicas mayores hablar de cómo es que un chico te observa cuando está enamorado, y creo haberlo comprendido hoy mientras almorzábamos, porque no me quitó la vista de encima ni un segundo.»
Tomó aire, jugueteó con la pluma, pensativa, y continuó escribiendo, confusa consigo misma y con las palabras que iban apareciendo en la hoja.
«Sin embargo, temo no corresponder a sus sentimientos... Siempre he querido a Takeru y lo querré, sin importar lo que pase. Pero me siento mal al no poder asegurarle, ni a él ni a mí, que lo quiero de la misma forma.»
Posó un dedo sobre el nombre del chico y lo contempló casi extrañada, como si no lo reconociera. Golpeteó la última hoja escrita, se aclaró la garganta y cerró el cuaderno rápidamente para volver a guardarlo debajo de los demás elementos escolares, donde pasaba inadvertido.

Aquella noche le costó un poco conciliar el sueño. Extrañaba a Gatomon, que debió regresar con los demás digimon al servidor creado por Koshiro. Sin poder dormir, comenzó a dar vueltas en la cama y finalmente se levantó. Como ya era tarde y no quería despertar a nadie, se pasó largo rato contemplando la fotografía de los ocho niños elegidos hasta que finalmente sus ojos comenzaron a resultarle demasiado pesados y optó por volver a acostarse.
 
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TAKERU
Había intentado escribirle más de una vez un mensaje, pero siempre se arrepentía y acababa borrándolo. ¿Qué iba a decirle? Ni siquiera sabía qué pensaba Hikari de nada; estaba tan... distante.
Apenas tres días habían transcurrido desde la primera y última vez que se vieron en el año, aunque a Takeru le pareció que había sido por lo menos una eternidad.
Era normal que no frecuentaran el parque ni la casa de otro elegido porque el regreso a clases estaba cerca y todos tenían trabajos pendientes. Takeru, por su parte, había dejado de manera inconsciente todo para los últimos días, pues tenía algo más importante que ocupaba su mente y que no le permitía concentrarse.
Estaba viendo muy ensimismado en la televisión un torneo nacional de básquet de ligas menores, cuando una voz potente lo obligó a mirar hacia otro lado.
—Oye, tienes un nuevo mensaje —dijo de pronto su hermano, arrojándole el móvil al tiempo que se acercaba a la puerta, ya que debía ir a ensayar con su banda.
Sorprendido, Takeru se levantó del sofá en el que estaba recostado y abrió el aparato. No se había dado cuenta de que había estado sonando.
—Pero, ¿qué? —exclamó extrañado al encontrar la respuesta a un mensaje que él jamás había escrito y mucho menos enviado.
—De nada —respondió Yamato con sonrisa pícara, justo antes de cerrar la puerta.

«¿Podemos encontrarnos a las 14:00 en el parque?
---
Enviado a KARI el 5/1/2006 a las 11:00»

«De acuerdo
---
Recibido de KARI el 5/1/2006 a las 13:00»

—¡Voy a matarte, Yamato! —exclamó el menor de los rubios, metiéndose el teléfono en el bolsillo del pantalón y abalanzándose sobre los zapatos que descansaban en la entrada del departamento.
Salió corriendo al parque sin cambiarse de ropa por miedo a que Hikari llegara antes que él y se ofendiera, molestara o le ocurriera algo de lo que después se arrepintiera. Además, no estaba TAN mal vestido.


HIKARI

Estaba estudiando en su cuarto cuando el teléfono celular sonó, avisando que tenía un nuevo mensaje. Lo abrió y se sorprendió de ver que Takeru le pedía sin previa charla verse esa misma tarde en el lugar de cada primero de enero.
«¿Será para mí o se habrá equivocado de número?» pensó con nerviosismo. Lo más probable era la segunda opción, ya que Takeru tenía siempre muchas chicas interesadas en salir con él. Además, hacía varios días que no se hablaban: ambos tenían aun pendientes sus tareas de vacaciones, y Hikari prefería acabar con ello lo antes posible.
No respondió. Esperaría un segundo mensaje del rubio pidiendo disculpas por el error de envío.
Pero el tiempo pasaba, ella no estudiaba y el texto nunca llegaba. Finalmente, tomando valor para responder, escribió dos simples palabras y pulsó el botón «Enviar». Se mordió la uña. ¿Qué tal si era muy tarde? Solo quedaban sesenta minutos para las dos de la tarde, y ambos tenían una distancia considerable que recorrer.
Aun nerviosa, dejó los libros sobre el escritorio y comenzó a buscar la ropa para ponerse. Si al final Takaishi cancelaba o no se presentaba, aprovecharía para ir a hacer algunos recados. Al menos tendría tiempo de pasear.


A unas cuadras del parque, recibió un nuevo mensaje.

«Ya estoy aquí. En el banco de siempre. ¿Y tú?
---
Recibido de TAKERU el 5/1/2006 a las 14:05»

No sabía si alegrarse por el hecho de que su amigo hubiera asistido a pesar de que ella había confirmado sobre la hora. La pronta llegada del chico al parque le indicó que había estado en casa de su madre, lo cual hizo que se sintiera un poco más aliviada de no haberlo hecho salir volando del departamento del señor Ishida, en otra punta de la isla.

«Estoy llegando. Se me ha hecho un poco tarde
---
Enviado a TAKERU el 5/1/2006 a las 14:05»

Apretó el paso para llegar lo antes posible al sitio.
Cuando lo vio parado junto al banco, abrazándose a sí mismo para darse calor, el corazón se le detuvo por un instante. Takeru no estaba lo suficientemente abrigado para aquel día tan fresco, y eso le llamó la atención.
—Hikari —escuchó que la llamó a la distancia. Dejó de frotarse los brazos y la saludó enérgicamente con la mano. Comenzó a acercarse.
—Yo... lo siento —dijeron ambos a la vez. Y también callaron al mismo tiempo, sorprendidos uno por el diálogo del otro.
—Tú primero — señaló T-K, cediéndole la palabra mientras se miraba los zapatos. A pesar de ello, Hikari notó que tenía en sus ojos una expresión de emoción y ese brillo que había advertido la vez anterior.
—Yo... lamento haberte hecho esperar, Takeru. Parece que estás pasando frío. ¿Olvidaste tu abrigo en casa?
—Sí, yo... Salí apurado del departamento de mi madre... —parecía tener dudas de hablar, como si de pronto hubiera olvidado cómo se hacía. —La verdad, Kari... yo no te envié el mensaje, lo hizo mi hermano —admitió avergonzado, aun sin levantar la vista y con las mejillas repentinamente enrojecidas.
—Ah.
 
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TAKERU

«Lo sabía. He quedado como idiota.»
—Me refiero... Me refiero a que él lo mandó por mí, no que haya sido él quien quería verte —explicó hablando de forma atropellada y comenzando a tomar un color rojo intenso en todo el rostro. Sintió la sangre subir hacia esa zona y se avergonzó más, si acaso era eso posible.
»Es que yo... Yo no me animaba a escribirte, K... Hikari.
¿Qué pasaría por la mente de la castaña en ese momento? ¿Que era un cobarde? ¿Se imaginaría la razón por la que Yamato se había tomado el atrevimiento de concretar ese encuentro? No. No podía saberlo, como mucho, quizás lo intuía.
»Quiero decir... como de seguro estás ocupada con lo del instituto, no quería interrumpirte ni mucho menos ser una molestia. Espero... espero que no estés enfadada, Hikari. El tonto de Yamato pensó que...—¿que qué? ¿Qué necesitaba ayuda desesperada y urgentemente? Takeru no se consideraba en ese nivel de problemas... No todavía, al menos.
—No importa, Takeru. Ya entendí —por el tono de voz, le dio la impresión de que parecía decepcionada. Alzó la vista esperando hallar restos de aquel sentimiento en el rostro de la castaña, sin embargo, se topó con una ligera sonrisa —. Bueno, ya que ambos vinimos... ¿Me acompañas a hacer unas compras?
Aquella opción parecía ser la única vía de escape no vergonzosa para el rubio, de modo que aceptó. Además, se sentía agradecido de que su amiga no se hubiera ofendido, y en cambio, hasta lo hubiese invitado a formar parte de su día, aunque no de la manera en que había imaginado.


Fueron caminando hasta el centro comercial, de donde Yagami salió con tres bolsas grandes repletas de ropa para casi toda la familia y algunas prendas que harían de disfraces para sus compañeros digitales. Incluso insistió a Takeru para que se comprara un nuevo abrigo: lo que menos deseaba era que cayera enfermo por haber pasado tanto tiempo en la intemperie con aquellas temperaturas tan bajas. Finalmente él accedió para que la chica no se sintiera tan culpable.
Después de eso, la acompañó hasta el mercado, que abandonaron con otras cuatro bolsas llenas con las que Takeru tuvo que hacer malabares para poder llevar sin que le obstruyeran la visión. Casi sin darse cuenta, habían transcurrido ya tres horas desde que se habían encontrado en la plaza y comenzaba a anochecer, por lo que le propuso a Hikari regresar a la casa tanto si había acabado con las compras como si no, puesto que a ninguno de los dos le cabían más cosas en las manos.
—Si sigues comprando deberás conseguirte una maleta del mismo tamaño que las que trae Mimi cuando se queda una semana en Japón —bromeó.
—No exageres, tampoco es que he comprado tantas cosas —se defendió.
—Bueno, bueno. Como de la mitad de esas, entonces.
Hikari se dedicó a mirarlo con fingida ofensa, y regresaron al departamento de los Yagami a pie.


KARI
—Muchas gracias, Takeru —dijo Hikari cuando llegaron a la puerta del departamento. Como debía cargar varios bolsos y ya estaba anocheciendo, el chico insistió en acompañarla hasta allí.
La castaña abrió la puerta. La casa estaba vacía y con las luces apagadas, y en la nevera encontró una nota de su madre donde explicaba que Taichi había salido con sus amigos y sus padres tenían una cena fuera. ¡Vaya! Al menos podrían haberle avisado antes al celular.
—¿Ocurre algo, Kari? —oyó que le preguntaba el rubio. No se le pasó por alto que era la segunda vez que la llamaba así, pero una vez más se calló; después de todo, no le molestaba que volviera a abreviar su nombre.
—No, no es nada —respondió haciendo una bola la nota —. Es solo que estaré sola hasta tarde. Pero no te preocupes, me quedaré haciendo deberes.
La desilusión se reflejó en el rostro de Takeru, quien se apresuró a poner una excusa y dejar a su amiga tranquila. Pero... en realidad, ella no quería que se marchara. Una vez más, no lo dijo; simplemente dejó que se fuera.
Hubo un instante en que ambos se quedaron mirando a los ojos al otro, inmersos en un profundo silencio de expectación. Hikari pensó que iba a perderse en la inmensidad de aquellos iris celestes, y que no estaba muy preocupada por evitarlo. Pero Takeru dio un paso hacia atrás, ya en la puerta de entrada, y ella notó que una sombra de tristeza surcó su rostro al alejarse. Despidiéndose sin palabras, la esperanza de Hikari se alejó, dejándola en la oscuridad.
Después de cerrar la puerta, sus piernas se aflojaron y se deslizó hasta el suelo lanzando un suspiro de arrepentimiento.

 
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TAKERU

Ni bien la puerta se hubo cerrado, Takeru colocó en ella su mano derecha y su frente, como si así pudiera evitar la separación, o como si pudiera dejar su espíritu allí mismo. Le dolió alejarse de Hikari, aun más sabiendo que se encontraba sola.

A pesar de que le había prometido a su padre que esa semana iría con él y Yamato a cenar, finalmente optó por quedarse en el departamento donde vivía con su madre. No estaba de humor para ver a su hermano después de lo que había hecho esa tarde, y además aun tenía que acabar los deberes de invierno. Pero, como de costumbre, no podía concentrarse. Le daba vueltas a lo pasado en el día y en lo idiota que se sentía.
Finalmente, decidió que debía despejar su mente y preparó algunas cosas para salir a dar una vuelta, quedarse en algún café que estuviera las veinticuatro horas abierto, aun a pesar de que la noche fría invitaba a quedarse en la cama con la calefacción encendida al máximo.
No supo si por casualidad o por culpa de su subconsciente, acabó en la puerta del departamento de los Yagami. Y antes de que se diera cuenta, estaba golpeándola. Llevaba colgado en su hombro izquierdo un morral con algunos cuadernos y libros. Pronto Hikari le abrió al grito de «¡Ya voy!», y puso una expresión entre preocupada y sorprendida cuando vio quién se encontraba en el pasillo.
Era tarde y él no le había avisado que pasaría a visitarla, porque realmente no había contemplado esa posibilidad.
—Lo siento, yo... estaba algo preocupado porque dijiste que te quedarías sola. Y además... creo que necesito ayuda con las matemáticas —trató de sonar casual y rio por lo bajo al tiempo que levantaba unos centímetros el bolso para enseñárselo.
—Ehh... de acuerdo. Pasa, Takeru.

Durante algunas horas hicieron los deberes. En realidad, ninguno necesitaba la ayuda del otro, pero ambos fingieron en más de una ocasión no entender algo simplemente para tener un tema de conversación. Finalmente, cerraron los libros, habiendo acabado con todos los pendientes y, como aun era bastante temprano y nadie había regresado a la casa, decidieron ver una película en el DVD.
Casi una hora después, tumbados en el sillón, Hikari fue la primera en caer dormida, con la cabeza levemente inclinada hacia el pecho de Takeru. Y como a él no le faltaba mucho para llegar al mismo punto, se levantó con suavidad, apagó el televisor y tomó a la chica de ojos ambarinos en sus brazos. Cuidando de no despertarla, la depositó en la cama y la arropó. No se atrevió a darle un beso en la frente de despedida por miedo a que recuperara la conciencia, y salió de la habitación con cuidado.
Cuando se estaba calzando para salir de la casa, la puerta se abrió. El corazón se le detuvo un momento, pensando en alguna buena excusa para decirle a quien hubiese llegado el porqué de la intromisión.
La figura de Taichi apareció en el umbral; se lo notaba un poco mareado. Primero se sorprendió, probablemente porque hubiese alguien levantado a aquella hora de la madrugada; luego, cuando lo reconoció, lo miró entre suspicaz y divertido y, sin decirle nada, lo despidió con la mano y cerró la puerta una vez Takeru estaba en el pasillo.
Mierda, ¿y ahora?
«Si le envío un correo explicando la situación, seguro pensará que le estoy mintiendo. ¿Qué haría Yamato en un caso como este?» mientras regresaba a la casa de su madre con paso rápido, se imaginó la voz de su propio hermano diciendo algo semejante a «No es necesario que aclares nada, T-K. La gente siempre creerá lo que quiera» y tenía razón.


KARI

Hikari no recordaba haber ido a su habitación ni haber despedido a T-K la noche anterior, por lo que había tres opciones:
1- Sus padres los habían encontrado dormidos en el sofá. Aunque era poco probable porque hubiesen puesto el grito en el cielo, o mínimo conversado con ella en la mañana.
2- Taichi lo había despachado al llegar y llevado a ella a su habitación, lo cual le parecía vergonzoso, sobre todo porque unos pocos días antes había negado tener cualquier tipo de relación romántica con Takaishi.
3- Él mismo se había retirado del departamento sin ser visto por ningún miembro de su familia.
La castaña rogaba internamente que las cosas se hubiesen dado como la tercera posibilidad.
Unos días después, comenzaron las clases, pero como ya no iba al mismo salón que Takeru y los horarios de los clubes no permitían que volvieran a menudo juntos, no tuvo oportunidad de preguntarle esa semana qué había ocurrido. Pero de haber sido alguna de las dos situaciones que consideraba más peligrosas, sin dudas él hubiera sido el primero en contarle. Y como eso no había ocurrido, se relajó y no tocó el tema.


Continuaban reuniéndose con el resto de los niños elegidos como de costumbre, solo que de manera muy esporádica debido a las ocupaciones de cada uno. Definitivamente, crecer no era lo mejor del mundo como piensa uno cuando es pequeño.
En aquellas reuniones, Hikari varias veces notó que Mimi se los quedaba mirando con una expresión extraña en el rostro, como si intentara adivinarles los pensamientos o como si estuviera buscando algo que solo ella entendía.


Como cada primero de Agosto, Hikari llegó al sitio acordado por sus amigos unos minutos antes del horario indicado para conmemorar el aniversario del primer viaje al Digimundo. Pero no había nadie aun. Taichi había anunciado ese mismo día que llegaría tarde por su entrenamiento de fútbol, Yamato que tenía ensayo con su banda pero trataría de llegar a horario, y Joe intentaría hacerse un hueco en su apretada agenda universitaria. Pero ni Sora, ni Mimi ni Koshiro habían dicho que llegarían más tarde.
—Vaya, parece que hemos llegado temprano —oyó que dijo una voz masculina detrás suyo. Cuando Hikari volteó, se encontró a su mejor amigo acompañado por su digimon, Patamon.
—Sí, así parece —. Se corrió un poco en el banco para dejarles lugar, y Gatomon asomó la cabeza del bolso de la castaña, feliz de que su compañero y mejor amigo al fin hubiese llegado. Ambas criaturas se alejaron de los humanos para jugar semiocultos de los demás terrestres mientras aguardaban a los otros doce.
Takeru se sentó a su derecha, sonriente y desprendiendo un resplandor y una calidez muy propios de él que Kari sentía que le llenaban el alma. Le sonrió por acto reflejo.
Los minutos pasaban lentos y al principio, en silencio. Suponían que en cualquier momento el resto de sus amigos llegaría.
—Voy a llamar a Mimi —anunció Hikari cuando un cuarto de hora transcurrió sin señales de vida de ninguno. Tomó el celular de su bolso y marcó el número de su extravagante amiga.
—Entonces yo llamaré a Sora —dijo Takeru, haciendo lo mismo con su propio teléfono.
Pero ninguno de los dos pudo comunicarse.


—Toma. Te compré tu favorito —. Takaishi reapareció de pronto en el parque con dos grandes helados en las manos.
Hikari se lo quedó mirando, sorprendida porque no se había dado cuenta que el chico se había marchado mientras ella intentaba hacer contacto con los elegidos. Su hermano le había respondido que ya estaba en camino, que se había encontrado con Yamato mientras se dirigía al parque y que llegarían dentro de poco.
—Qué detalle, Takeru. No me lo esperaba —aunque lo agradecía, ya que la temperatura estaba llegando a los treinta grados centígrados.
—No es nada —le sonrió ampliamente mientras volvía a tomar asiento a su lado —. Supuse que tendríamos un largo rato de espera.
Y así fue. Ya había transcurrido media hora desde el horario pactado cuando comenzaron a comer los helados. Mientras tanto, estuvieron hablando del futuro: sus deseos, metas, inseguridades. Takeru quería ser escritor. Tenía pensado plasmar las aventuras del Digimundo en papel y hacerlas conocidas para todo el mundo; probablemente se vendiera bien como ficción infantil, pensó Kari. Y ella, un poco más madura y realista, confesó que le gustaría convertirse en maestra, aunque todo el mundo le decía que elevara sus expectativas y soñara en grande.
—¡Oigan! ¡Espérenme! —Un sonido agudo llegó a sus oídos arrastrado por el viento: era la inconfundible voz de Mimi. Tenía el rostro enrojecido, probablemente porque estaba corriendo hacia ellos. —¡No es justo, yo también quiero uno! —exclamó dándose la vuelta para mirar en la dirección por la que había llegado. Más o menos dos metros detrás de ella, se acercaba con paso calmo y expresión de cansancio, Koshiro. —¿Izzy, me compras uno? —pidió entrelazando las manos a modo de súplica.
El pelirrojo lanzó un largo suspiro. Sacó de su mochila un billete y se lo extendió a Tachikawa.
—Aquí tienes.
—¡Qué poco caballero eres!
A veces parecía que Mimi estaba lista para comenzar la vida de adulto pero en otras, como aquella, todo se iba por la borda.
—¿Qué ocurrió que se tardaron tanto? Ya nos tenían preocupados —preguntó Takeru, repasando el borde del cono con la cuchara.
Koshiro no pudo evitar tomar un color similar al de su cabello en el rostro. Miró para otro lado y comenzó a toser. Mimi los miró sorprendida y exclamó:
—¿Cómo, no se enteraron? Como los chicos no podían estar temprano, corrimos la cita una hora.
Kari y T-K se miraron, confundidos. Ninguno había recibido texto alguno con el cambio de planes. Llegaron a la conclusión de que la demora en el mensaje se debía a las reparaciones que aun se estaban realizando por los ataques de los digimon del año anterior, porque cuando Sora llegó al parque, pocos minutos después, les aseguró que lo había reenviado a todo el grupo.


Aquella situación volvió a repetirse. La primera vez, dieron una vuelta por la zona y tomaron unos refrescos, contando chistes o rememorando situaciones graciosas; ese día el tiempo transcurrió rápido, y la excusa fue que el avión de Mimi se retrasó y solo pudo avisarle a Sora, quien decidió no avisar al resto porque era sobre la hora y seguro ya habían salido para el parque.
La segunda, como fue a la salida del instituto, se quedaron haciendo los deberes en la incómoda y diminuta mesa de la cafetería. Esa vez Tachikawa se disculpó inventando que se había confundido el horario de salida con el de Estados Unidos, y Takenouchi aseguró que, aunque había salido temprano, tuvo que quedarse a ayudar a su madre con el negocio y no pudo liberarse a tiempo. Izzy ni siquiera pensaba excusas: trabajaba para empresarios norteamericanos que consumían la mayor parte de su día, por lo que, al igual que los otros tres varones, iba cuando tenía el rato libre.
Ya un poco cansada de aquellas tonterías, Hikari comenzó a ir solo con su hermano a las reuniones, que eran cada vez más esporádicas y breves. No le gustaba mentirle a la gente, así como tampoco le gustaba que los demás le mintieran, y los que habían sido sus amigos por tantos años, lo estaban haciendo.
No tardó demasiado en entender que esas demoras eran arreglos que habían hecho las chicas para poder dejarlos a solas a ella y a Takeru, y se decepcionó un poco de ellas.

 
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TAKERU

«¿Por qué Kari se encuentra tan distante?» pensaba cada vez más seguido Takeru, que había notado el enorme espacio que ponía la chica entre ambos y que parecía aumentar cada vez más con el correr de las semanas.
A la salida del instituto ya no solían volver juntos. Se comportaba de una manera que Takaishi nunca había creído posible en ella: había creado una burbuja de pensamientos y sentimientos que le estaba resultando imposible de atravesar. Comenzaba a preocuparse, pues la castaña parecía querer evitar que la dejaran a solas con él. Sin embargo, hasta el momento no se había opuesto a las salidas a las que Sora prácticamente los obligada a efectuar de vez en cuando, alegando que había olvidado algo «extremadamente importante y necesario» para la reunión (entiéndase: frituras, bebidas gasificadas, agua embotellada, o cualquier tontería que se le ocurría a último momento), aunque después caminara desganada y distraída demasiado detrás de él.
Aquella actitud que había adoptado Kari lo hacía sentirse tonto e inútil. En parte temía que no tuviera ningún interés en él, y por otro lado, que le carcomía aun más la conciencia, que volviera a ser consumida por la oscuridad y acabara en el Mar Oscuro o en algún lugar peor. Fue entonces cuando se le ocurrió recurrir en secreto a las chicas del grupo en busca de auxilio.
—Si no te apresuras, alguien más podría conquistarla —dijo Mimi en un intento de avivar, o acabar más bien, con las últimas esperanzas de Takeru, a ver si así tomaba el impulso y finalmente se le confesaba a Yagami.
—No digas tonterías. La pequeña Kari solo tiene ojos para T-K —la contradijo inmediatamente Sora.
—Sea como sea, debes hacerlo, Takeru. No tengas miedo, ya verás que todo irá bien —insistieron ambas al mismo tiempo, como si hubiesen ensayado aquel breve discurso. Y lo más probable era que efectivamente hubiera ocurrido eso... Mujeres...
—Entiendo. Pero por favor, no le digan nada a Hikari —rogó. No fue necesario que pusiera cara de perro mojado: se notaba en la voz que estaba desesperado porque la castaña no supiera nada por terceros.
—No te preocupes, no meteremos nuestras narices en esto —respondió Sora tapando con la mano la boca de Mimi para que no acotase nada fuera de lugar.
Pero por alguna razón, Takaishi no quedó conforme con las palabras de sus amigas.
Pronto descubrió que los muchachos también estaban enterados de sus sentimientos por Hikari, y aunque el tema nunca salía en presencia de Yamato, y mucho menos de Taichi, en general le aseguraban que ella también lo quería y que el hermano no tenía ningún problema con aquella relación. Eso aterraba aun más a T-K.


Un día que estaba libre, Takeru tomó valor y envió un mensaje. La respuesta llegó pronto: accedía a verlo en el patio de la escuela, pero debía apresurarse porque no tenái mucho tiempo. De haber sido posible, hubiera volado.
—¡Aquí estoy! —le gritó alguien desde un banco llamando su atención.
—Gracias por verme —respondió Takeru cuando llegó al punto de encuentro.
—¿Y para qué querías hacerlo? —Taichi dejó que su cuerpo resbalara un poco. Cerró los ojos y colocó los brazos detrás de la cabeza en gesto despreocupado.
—Verás, es sobre...
—...Kari.


KARI

Últimamente a Kari no se le antojaba juntarse tanto con los niños elegidos como antaño. Por más que insistieran, siempre respondía con una negativa; ni siquiera se molestaba en inventar alguna excusa porque no le parecía correcto.
Sabía que las chicas estaban esperando a que admitiera que tenía una relación con Takeru, pero le asustaba la posibilidad de que en realidad lo que sentía por su amigo no era lo que todos llamaban «amor». Es decir... lo quería, sí, y no quería ni pensar en que algún día, debido al camino que tomaran sus vidas, dejaría de verlo.
Al principio creyó que estar menos tiempo con Takeru haría que se diera cuenta que en realidad no lo necesitaba, que aquella alegría que le provocaba estar con él y la sensación de encontrarse incompleta cuando se separaban, era una completa creación del qué dirán de sus amigos. Trató de convencerse de que no estaba enamorada, que era solo una confusión momentánea, o culpa de las hormonas por la edad, o simplemente porque Takeru había sido, además de Taichi, el que había estado incondicionalmente a su lado, apoyándola y ayudándola incluso cuando ella no lo había pedido o cuando no sabía que lo necesitaba. Pero con el correr de las semanas, el vacío en su pecho se había intensificado y finalmente se convenció de que ya no podía, y que tampoco quería, seguir evitándolo.

Se acercaba el invierno, y la castaña sentía aun más la ausencia del rubio. El fin de año estaba próximo y ella se sentía la peor persona del mundo. Sentía que lo había traicionado, abandonado y que se había comportado como una niña inmadura y tonta, que no estaba siendo ella misma.
Lanzó un suspiro nervioso y apretó el botón para enviar el mensaje.

«¿Podemos vernos en el parque hoy a las 17:00?
---
Enviado a T-K el 26/11/2006 a las 15:43»

—¿Sabes? No me preocupa si no responde. He sido una mala persona con él y entiendo si no quiere verme —dijo a su compañera digimon, que se sentó sobre su falda para intentar confortarla.
—Ya verás que podrán solucionarlo —le aseguró con tranquilidad.
Hacía mucho que no hablaba con ella. Antaño, Gatomon había sido su mejor amiga, casi como una extensión de sí misma. Se sentía sola si no la tenía, se sentía herida cuando ella recibía algún golpe, incluso a veces se convencía de que eran capaces de transmitir aquella sensación de vacío cuando se extrañaban enormemente. Pero ahora que la tenía a su lado, y probablemente por un largo tiempo —por no decir para siempre— no encontraba la forma de expresarle sus sentimientos.
Estaba segura de que los digimon, a su manera, tenían sentimientos. No los consideraba simplemente un paquete de datos: eran seres con vida, o al menos la cobraban cuando estaban en el mundo real, expuestos a la muerte como cualquier otro ser, como lastimosamente habían comprobado meses atrás.
—Sí, es cierto —respondió tratando de sonar alegre. Incluso esbozó una sonrisa ligera, pero no pudo engañarse ni a ella ni a Gatomon, que se quedó callada como siempre que Kari necesitaba simplemente ser escuchada.
El teléfono emitió un sonido breve. Hikari estiró un poco la mano para tomarlo de su mesa de noche. El rostro se le iluminó al mismo tiempo que adquiría un tono rosa intenso.

«Claro.
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Recibido de T-K el 26/11/2006 a las 15:54»
 
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TAKERU

Casi una hora antes de salir, ya estaba viendo qué ropa ponerse. Generalmente decidía sobre la marcha, pero aquella vez quería estar presentable para Kari.
Después de desordenar casi por completo su armario, finalmente optó por ponerse una camiseta blanca con detalles en negro y celeste, una chaqueta amarillo mostaza y unos pantalones vaqueros azules junto con unas zapatillas del mismo color. Dudó si colocarse o no uno de sus característicos sombreros, pero la imagen que le devolvía el espejo le convenció de que parecería un ridículo con él, sin importar la forma o el color. Además, Palmon y Biyomon le comentaron desde la pantalla de su computadora que se veía más guapo si no ocultaba su rostro, lo cual provocó un enrojecimiento en las mejillas del rubio, que intentó disimular buscando las llaves.


—Buenos días, Hikari.
La saludó como si la hubiese visto el día anterior. Había decidido fingir que la ausencia de su mejor amiga no le dolía tanto como en realidad lo hacía. Lo que era completamente real, era la sonrisa que se le dibujaba automáticamente en el rostro al ver a la chica. Y aquella no fue la excepción.
Al verla acercarse caminando, deseó que el tiempo se ralentizara, para poder grabar en su retina la imagen de Hikari caminando de manera distraída, con la cabeza y la mirada hacia un lado y con sus pasos llevándola hacia otro: hacia él.
—Buenos días, Takeru —respondió ella con menos energía de lo normal. Él se la quedó mirando. Parecía desanimada, incluso algo triste. Sin embargo, paradójicamente, desprendía una hermosa luz propia que atraía las miradas de las personas, lo cual hacía que Takeru se sintiera un poco celoso, como si él fuera el único que tuviera el derecho de verla brillar así, aunque sabía que no merecía hacerlo.
—¿Te ocurre algo malo? —preguntó inmediatamente, reprimiendo el impulso de abrazarla para que no se rompiera en mil partes. Le preocupaba que Kari estuviera mal, y sobre todo no poder hacer nada para consolarla. O peor: que él fuera la razón por la cual ella estuviera así.
—Sí. Es decir, no es nada importante —. La castaña se tomó el brazo izquierdo con el derecho y bajó la mirada al hablar. Por el contrario, Takaishi hacía lo posible por que sus ojos azules se encontraran con los ámbar, que lo rehusaban. —Yo... quería pedirte disculpas por lo mal que me he portado contigo.
El corazón pareció detenérsele un instante.
—¿Eh? —se sorprendió.
Había temido por un momento que las palabras que fuera a decirle acabaran por destruir su corazón ya agrietado. Sabía que no iba a poder soportar un golpe más, una decepción más, de Kari. Necesitaba tiempo para poder reponerse, y ella para poder acomodar todas las cosas en su lugar. Solo entonces le permitiría hablar de lo que sintiera o no por él. Hasta que llegara ese día, era mejor guardar silencio. Porque había ido a confesársele, ¿no? O al menos esas eran las expectativas que por meses había estado plantando Mimi en él.
La castaña pareció dudar, como si aquella simple expresión hubiera echado por tierra todo lo que había planeado para aquel encuentro.
»¿Disculparte?

KARI

Se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos, intentando leerle los pensamientos con solo observar su rostro. Pero solo halló sorpresa, y... quizás... restos de dolor. Sí. Muy ocultos bajo un manto de apacibilidad y ternura que a Kari le partía el corazón.
Takeru siempre había sido tan amable con ella, y a la vez, duro cuando debía hacerlo. Siempre había sido sincero, y lo consideraba una de las personas más importantes de su vida, junto a Taichi. Por eso no podía defraudarlo, ni tratarlo como había hecho durante los dos meses anteriores. No se lo merecía.
Cerró los ojos y lanzó un suspiro. Volvió a bajar la cabeza, como si estuviera inconforme con la respuesta del chico. En realidad, hubiera esperado que le gritara, que se enojara, que le echara toda la bronca. Quizás hasta hubiera sido mejor que aquel incómodo silencio que se alargaba eternamente entre los dos.
Extrañamente, después de haber dicho aquello no se sentía mucho más tranquila que antes de salir de su casa. Incluso de pronto le pareció que haber ido era una tontería y por un instante se sintió nerviosa y con ganas de salir corriendo. Pero volvió a ver al estupefacto T-K, que paradójicamente a lo que estaba ocurriendo en su interior, le emitía una calma y un calor inexplicables que la hacían sentir bien, como si perteneciera allí, como si nada pudiera salir mal nunca, si permanecían juntos.
No lo comprendía. Estaban allí, parados, uno frente al otro, tratando de acortar la distancia que ella misma había creado. Queriendo derribar muros imaginarios que había construido para sentirse segura y protegida, cuando en realidad todo lo que necesitaba estaba justo delante de sus ojos.
Sintió repentinas ganas de abrazarlo, como si con aquel gesto, todo lo malo que había hecho pudiera borrarse.
Volvió a abrir la boca, desesperada porque Takaishi no decía ni hacía nada. Su visión se tornó levemente borrosa y se llevó las manos entrelazadas al pecho.
—Sí. Discúlpame, T-K. — Pidió, reprimiendo una lágrima que amenazaba por caer. —Solo quiero decirte que lamento haberme alejado de ti. Te quiero, y no deseo perderte —. Las palabras salieron de su boca a borbotones, como si el tiempo que tenían fuera a acabarse en un parpadeo y luego se arrepentiría de no habérselo dicho. —Prometo que no volverá a pasar —. Dio un paso hacia él dibujando una mueca que intentaba ser una sonrisa.
Casi como si le estuviera leyendo el pensamiento, Takeru abrió los brazos para recibirla. Tras dudarlo un instante, se lanzó con suavidad hacia el hueco de su pecho, y permitió que los brazos del chico la rodearan con cariño.
—Yo también te quiero, Hikari Yagami —murmuró contra su pelo con aroma a vainilla. Ella alzó la cabeza para poder verlo con el sol rompiendo en su cabello dorado —. Te perdono y no pienso perderte. Eres mi luz en los días grises. ¿Quién sabe qué haría sin ti? — la apretó unos segundos más contra sí, y luego aflojó el agarre, aunque hubiera deseado que ese momento durara toda la vida.
Hikari sintió que el vacío de su pecho volvía a llenarse, y colocó sus brazos a la altura de la cintura de Takeru, aferrándose así a la esperanza de no perderlo.

 
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TAKERU

«Te quiero y no deseo perderte». T-K se estremeció al oír aquello. De pronto, una paz interior lo invadió, y supo que de ahí en más todo marcharía bien.
Sí. Kari lo quería. Por el momento se conformaba con eso.
Al separarse del abrazo, podía notarse en ambos un tono sonrojado en todo el rostro. En parte, era por el reflejo del Astro Rey al atardecer, y en parte, por el rubor que se hizo presente ante aquel contacto tan íntimo que habían tenido por primera vez en todos los años que se conocían.


—Gracias por todo —murmuró con ternura la castaña alrededor de dos horas después, cuando debieron separarse para regresar cada uno a su hogar.
—Sabes que no es nada —respondió él pasándose la mano por el cabello, repentinamente nervioso. No quería alejarse de Hikari.
—Nos veremos mañana —le aseguró, como si le hubiera leído el pensamiento. Sí... solo serían unas doce horas sin ella. Podía sobrevivir.
—Claro —susurró, escrutando el rostro de Yagami. Deseó volver a tomarla entre sus brazos, rozarle el mentón con la mano, acariciar el contorno de su nariz, de sus ojos, enredar sus dedos entre los mechones de pelo marrón brillante. Pero aquello estaba tan lejos de sus posibilidades... incluso se sintió un poco pervertido al imaginarlo, como si fuera incorrecto.
Finalmente, se separaron. Hikari subió las escaleras hasta el departamento de sus padres, y él, como siempre, la observó alejarse en silencio. Aunque esa vez estaba, de alguna manera, un poco más feliz que cuando la veía marcharse sola del instituto, porque sabía que volvería a estar con ella al día siguiente, y volvería a hablarle y compartir tardes de risas con ella.
No mucho después, Takeru llegó como flotando en una nube al departamento de la señora Takaishi. Agradeció que ella no se encontrara para que no le hiciera preguntas incómodas sobre su salida.
Se recostó aun disperso en la cama. Sentía el contorno del cuerpo de Hikari contra su pecho como si hubiese sido grabado con fuego, y se llevó instintivamente la mano a aquel lugar.
—¿T-K, te encuentras bien? —preguntó una vocecilla chillona junto a él. Patamon, preocupado por la expresión de su compañero, sobrevoló la habitación hasta situarse a su derecha.
—Mejor que nunca —respondió él sin mirarlo.
La criatura torció la cabeza, sin terminar de comprender. ¿Por qué estaba tan callado si todo estaba en orden? De pronto, se lanzó sobre el rostro de su humano y gritó:
—¡NO ME DIGAS QUE...!
—¡CHSST! —lo reprendió Takeru, tapándole con la mano la boquita y llevándose un dedo a sus labios. —No, Patamon. No pasó lo que crees.
El digimon puso cara de entender menos todavía. ¿¡Y ahora qué chisme iba a contarle al resto si lo único de lo que hablaban era de ellos dos y no había pasado nada!? Todos se llevarían una gran decepción sin material nuevo. Las extrañas salidas a solas que tenían Mimi y Koshiro ya habían pasado a otro plano de interés porque habían admitido a fines de Agosto que estaban comenzando una relación; de Sora y Yamato ya se sabía todo; Joe les había presentado a su novia en cuanto los eventos relacionados a Meicoomon habían acabado; y Taichi mantenía su vida privada incluso lejos de Agumon. Ese era el foco de interés hasta que descubrieron que Hikari y Takeru volverían a encontrarse.
La decepción se hizo presente en la cara de Patamon, que regresó a la silla del escritorio con las patitas cruzadas.



KARI

El fin del 2006 comenzaba a sentirse: el frío en el exterior, los adornos en las puertas y ventanas, las tiendas con ofertas navideñas, las luces de colores alegrando las calles...
Ese año, los niños elegidos recibieron una sorpresa: Meiko había regresado por las fiestas a Odaiba.
El grupo de amigos se alegró al poder reencontrarse con la chica, y pronto comenzaron a organizarse para llevarla de paseo por la ciudad. Pero sobre todo, Taichi estaba entusiasmado por volver a verla, aunque quisiera ocultárselo a su hermana. De todas formas, Hikari lo había visto levantarse lo más temprano posible cada mañana para ir a entrenar, incluso los días que el equipo de fútbol no tenía práctica. Se la pasaba haciendo ejercicio encerrado en su cuarto, intentado inútilmente marcar cuadritos en su abdomen. La castaña se reía, pensando en todas las estupideces que hacen los chicos enamorados.
Enamorados... Desvió la vista de la mesa hacia el ventanal, al eterno cielo gris que se extendía sobre ellos. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió frío y se sintió sola. Porque todos tenían a alguien especial: Taichi a Meiko, aunque la distancia no permitía que formalizaran, según la señora Yagami. Yamato a Sora, quienes finalmente habían tenido que blanquear la relación forzados por la insistente Tachikawa. Mimi a Koshiro, aunque ella no quería nada serio porque aun vivía en los Estados Unidos. Y ella...
Lanzó un suspiro desanimado y volvió a su actividad: el regalo para Takeru.


—¿Sabes? Te echamos de menos por aquí, Meimei— dijo Mimi al despedirse, y realizó con disimulo una seña hacia Taichi, que se encontraba un poco más alejado de las dos chicas y no podía escucharlas.
Meiko se sonrojó, como era costumbre en ella, y respondió que lamentaba haberse tenido que mudar nuevamente, pero que era lo mejor para todos después de lo que había ocurrido con Meicoomon.
—Pero estamos contentos de que hayas podido venir a visitarnos— agregó Sora despidiendo a Mochizuki con un ligero abrazo, bastante impropio de ella —. Nos vemos esta noche— susurró. ¿Hikari había oído bien? Se volteó para ver la reacción de la castaña: como lo suponía, se había ruborizado intensamente.
Incluso bajo la intensa mirada de la menor de los Yagami, Sora se alejó haciéndose la desentendida y fue a reunirse con Yamato, que estaba junto al resto de los chicos.
Finalmente, cuando fue su turno de despedirla, simplemente hizo una suave reverencia y se alejó. No le preguntó qué le había dicho Sora, ni qué significaba. Como tantas otras veces, se quedó con las palabras en la garganta: no le gustaba parecer entrometida, aunque se sentía un poco molesta porque le ocultaran las cosas, sobre todo si tenía que ver con Taichi.
Si bien volvía a reunirse con el grupo de elegidos, las relaciones estaban un poco tensas porque todos estaban a la expectativa de lo que hacían —o en realidad, de lo que esperaban que hicieran—Hikari y Takeru: si llegaban juntos, si se tomaban de las manos, y demás tonterías que se venían repitiendo desde principios de año. Pero aquel día, como se reunirían con Meiko y hacía mucho que no estaban todos juntos, decidió participar de la salida.
 
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TAKERU

Taichi, Hikari y Takeru emprendieron el camino de regreso al departamento de los Yagami. La castaña caminaba entre ambos chicos, y ninguno de los tres comentaba nada.
Si bien habían pasado una agradable jornada con Mochizuki, a Takeru le gustaba cuando el día llegaba a su fin, sobre todo cuando acompañaba a su mejor amiga. De alguna forma, lo hacía sentir su protector.
Takaishi lanzaba miradas a ambos hermanos. Taichi se dedicaba a mirar al frente, como fingiendo que los otros dos no estaban a su lado. Hikari caminaba con una sonrisa leve en el rostro; se notaba que disfrutaba de la compañía de ambos chicos.
En una de esas fugaces observaciones, los ojos ámbar y los azules se encontraron por un breve lapso de tiempo, probablemente no más de un segundo. En cuanto se percataron de ello, ambos adolescentes devolvieron la mirada al frente. Takeru sintió que su rostro adquiría un poco de temperatura por la vergüenza de que lo hubieran atrapado, de alguna forma, espiando a Kari. No se atrevió a corroborar si había ocurrido lo mismo con el de ella.
Taichi se detuvo de pronto en una bocacalle.
—Bueno hermanita, nos vemos más tarde— y sin previo aviso, se separó de ellos dos, tomando el camino que dirigía a la escuela. Hikari no pudo ocultar su sorpresa, mientras que T-K no sabía cómo interpretar aquello. Tai no le había dicho ni insinuado nada sobre la conversación que habían mantenido en el patio de la escuela.
—¿Cómo? ¿No vendrás a casa? —En la voz de Kari se notaba una nota de decepción.
—Ahora no. Se me hace tarde para el entrenamiento. ¡Pero espérame con la cena lista!— gritó ya lejos de ellos, trotando para llegar cuanto antes con su equipo de fútbol.
—Pero... —estiró la mano hacia su hermano, como si así pudiera evitar que se fuera. Cuando vio que aquello no surtía efecto, la dejó caer con pesadez de nuevo al costado de su cuerpo—Vaya... —suspiró. —Y yo que pensé que no me volvería sola.
Takeru saltó, ligeramente ofendido.
—Oye, aun me tienes a mí. No me desvalorices—. Se quejó medio en broma, señalándose con el dedo pulgar y provocando una risilla en Yagami.
—No te desvalorizo. Anda, vamos.
Y así, retomaron el andar, más silencioso que antes. El Sol ya comenzaba a ocultarse y la temperatura descendía drásticamente. Apretaron el paso para llegar cuanto antes a la calidez de sus hogares, sobre todo porque era de público conocimiento que Hikari era la portadora de una salud muy delicada. En esos casos T-K deseaba tener su propio vehículo para poder viajar más rápido y confortable.

De pronto, el rubio rompió el silencio que ya le comenzaba a resultar incómodo:
—Oye, Kari... —Se había acostumbrado a llamarla así. Primero en sus pensamientos, luego, casi sin darse cuenta, en voz alta, pero como aquello no parecía molestarla, continuó abreviándole el nombre casi cada vez que le hablaba, aunque ella siguiera llamándolo Takeru.
—¿Sí, Takeru?
—¿Recuerdas la vez que me invitaste al partido de fútbol de Taichi, y te dije que no podía porque iba a ir con alguien al concierto de Yamato?
—Pues... sí. ¿Por qué?
—Bueno, la verdad es... que yo aun no había invitado a nadie para ir conmigo. Esa chica eras tú, pero como no podías...
—Eres un tonto —lo interrumpió la castaña.


KARI

—No tenías por qué mentirme, Takeru —. Se sintió dolida. Que T-K le hubiese mentido con eso le generaba cierto malestar. Recordó que, en su momento, el chico le preguntó si estaba celosa porque hubiera invitado a alguien más... y ella le restó importancia.
Lo cierto era que ese día se había sentido bastante molesta por el hecho de que otra chica acompañara a Takeru al primer concierto de la nueva banda de Yamato, pero nunca lo había admitido en voz alta. De pronto, recordó también que apenas unos días después habían comenzado los problemas en el mundo real, y una sombra de tristeza surcó su rostro al pasar por su mente todos los sucesos siguientes: la infección de los digimon, el reinicio, la lucha contra Raguelmon... el sacrificio de Taichi y el surgimiento de Ordinemon.
También que al principio había sentido celos de Meiko: de que T-K le tomara fotos, riera de sus comentarios sin gracia y que, a su percepción, le prestara más atención a la nueva elegida que a ella. ¿Acaso Mochizuki tenía algo que ella no? había pensado durante un tiempo, mientras que intentaba convencerse de que era solamente porque quería integrarla al grupo.
—Oye, ¿estás bien?
Sin darse cuenta, había detenido su andar. Miró a Takeru, que se había alejado varios pasos de ella, y sacudió un poco la cabeza en gesto negativo.
—Sí, claro— respondió, reemplazando prontamente la mueca de amargura por una sonrisa frágil. Alcanzó a su amigo en unas pocas zancadas. —¿Sabes? Ese día te lo negué, pero sí me sentí un poco celosa de que invitaras a alguien más a ese concierto. Y agradece que Davis está en Estados Unidos, sino lo hubiera hecho mi acompañante en el partido de mi hermano.
—¡Eso no es cierto!
Sonrió ampliamente
—Claro que no lo es.


Una vez estuvo en el departamento, cayeron como las fotografías de un álbum roto, varios recuerdos que ella había compartido a solas con Takeru. La primera vez en el Mundo Digital, Takaishi y Sora se quedaron a cuidarla porque estaba afiebrada; años más tarde, cuando él ingresó a su mismo curso, haciendo que Davis se pusiera celoso; las incontables veces que la había protegido de los ataques del Emperador de los digimon... El día que fue llevada al Mar oscuro por los Divermon y solo Takeru pudo encontrarla...
Casi sin darse cuenta, durante los anteriores tres años, T-K y ella se habían vuelto muy cercanos, y no había sido hasta el verano anterior que Hikari se percató de todo lo que su amigo había crecido: los cambios físicos que se había sufrido, volviéndolo un chico alto y en forma; y los psicológicos, que lo habían hecho alguien muy maduro para sus catorce años y a la vez divertido. Supuso que aquello tenía que ver también con todo lo que habían pasado de niños y que los había obligado a ver el mundo con otros ojos.
Aquella noche cenó sin apetito y se fue a acostar sin esperar siquiera a su hermano. Todas las cosas a las que le había estado dando vueltas hicieron que quedara sumida en un sueño intranquilo.

 
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TAKERU

Con que se había puesto celosa... Ya estando en la casa del señor Ishida, T-K no pudo evitar esbozar una sonrisa al pensar en aquellas palabras. Definitivamente Kari lo sorprendía cada día más, y de alguna forma aquellas pequeñas cosas hacían que recuperara la esperanza en convertirse en algo más que un amigo para ella.
Feliz y canturreando, tomó un largo y bien caliente baño. Tan largo, que cuando su hermano llegó, tuvo que preguntarle si todo estaba en orden o si le había pasado algo. Probablemente hasta había pensado que todo había salido mal y que había decidido acabar con su miserable vida ahogándose en la bañera.
—Idiota —agregó antes de internarse en su cuarto a practicar con el bajo.
A la hora de la cena, ambos hermanos y sus compañeros digimon estaban sentados a la mesa disfrutando del plato preparado por Yamato cuando de repente, Patamon rompió el silencio y preguntó con la misma inocencia de un niño:
—Takeru, cuando te cases con Hikari, ¿yo también deberé casarme con Gatomon? —Ambos humanos se atragantaron a la vez, uno con el jugo y el otro con el arroz, y comenzaron a toser prolongadamente para evitar también así responder. Gabumon, por su parte, se golpeó la cabeza con la palma de la pata.
—Responde, T-K —. Yamato no sabía si estallar en carcajadas o alejarse para que no le preguntaran qué pasaría con él y Sora.
—¿Qué tonterías preguntas, Patamon? Claro que eso no pasará.
—Pero tú quieres estar con Hikari, ¿verdad?
El rostro y el cuello del menor de los rubios pasaron por diferentes colores. El mayor no podía contener más la risa, así que se levantó y fue a buscar más agua fría para servirse.
—Eh...
—No puedes negarlo. Ya todos lo sabemos —Gabumon lo apuntó con los palillos de madera unos instantes y luego siguió comiendo como si nada.
—En eso tiene razón —dijo Ishida volviéndose a sentar —. Excepto la propia hermana de Taichi —y él asintió con la cabeza. De pronto se le había pasado el hambre, y en su lugar un pesado nudo se le formó en la boca del estómago.
—Hermano, ¿no tenías que salir esta noche? —preguntó T-K tratando de poner cara de póquer, pero con cierto temblor en la voz, para salir de aquella incómoda situación. Yamato de pronto asustado miró la hora y se levantó como impulsado por un resorte.
—Rayos —. Salió corriendo hacia su habitación, pero antes de desaparecer detrás de la puerta y no volver a ver a su hermano menor, gritó: —No creas que vas a librarte tan fácil de ellos dos.



KARI

—Hermano, ¿saldrás con Mochizuki?
Taichi se detuvo en seco antes de abrir la puerta del departamento. Era de noche e iba demasiado bien vestido como para salir con sus amigos del equipo de fútbol a tomar algo.
—¿Por qué lo preguntas? —aunque intentó dibujar una de sus mejores sonrisas, sabía que no podía engañar a su hermana. Nunca había sido buen mentiroso y era consciente de que se notaba a leguas que le gustaba Meiko.
—¿Tendrán una cita? —insistió, haciendo una mueca para tratar de ocultar su nerviosismo. Para su suerte, Taichi estaba demasiado concentrado por evitar que se notara el suyo, que no se dio cuenta que Kari jugueteaba con sus dedos de manera intranquila.
—Pero, ¿qué cosas dices? Ya entenderás cuanto tengas treinta.
—¿Treinta?
—Sí, porque hasta entonces te prohíbo tener novio.
—Ajá... —se cruzó de brazos. —Tú tampoco tienes treinta y tienes novia.
—Adiós, llegaré tarde —y abrió la puerta para salir casi corriendo.
En toda la conversación, Taichi no había negado su salida con Mochizuki, así que Hikari asumió que estaba en lo cierto y que, de hecho, a juzgar por la conversación que había oído esa tarde, lo más probable era que salieran los seis juntos.
Una sensación extraña se apoderó de ella al imaginarlos reunidos en una mesa compartiendo un momento de parejas. No era la soledad clásica que la invadía cuando se quedaba sin su familia en casa, o la melancolía cuando Gatomon pasaba días en el servidor de Koshiro junto con los demás digimon.

 
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T-K

Finalmente, antes de que pudieran darse cuenta, el 2007 había llegado. Takeru había pasado los últimos tres días del 2006 pensando qué regalarle a Hikari el primero de enero, además de eludiendo las preguntas de Patamon. Recorrió perfumerías, joyerías, tiendas de ropa y maquillaje, pero todo le parecía fuera de contexto, y no tuvo otra opción que recurrir a la ayuda de un experto: nuevamente habló con su hermano, pero este se negó a brindarle cualquier tipo de consejo, alegando que ya era lo suficientemente grande y maduro como para preguntarle tonterías. Además, él no era un novio precisamente romántico, lo cual a veces parecía decepcionar a Sora aunque intentara ocultarlo.


El día estaba extremadamente frío. La noche anterior había nevado un poco, por lo que el suelo, los árboles y construcciones estaban cubiertos de un grueso manto blanco.
Con ayuda de Patamon y Palmon combinó de la mejor manera posible la ropa más abrigada que tenía y salió apresurado del departamento de su madre.
Se puso en pie en cuanto vislumbró la figura de su mejor amiga. Estaba tan hermosa que por unos segundos se olvidó de respirar.
—Buenos días, Takeru. Feliz año nuevo —saludó ella.
—Feliz año nuevo para ti también, Kari.
Yagami extendió su paquete, esperando a que el rubio hiciera lo propio, pero no fue hasta entonces que se percató que en aquella ocasión él no llevaba ningún regalo para intercambiar. Si bien le extrañó, no dijo nada.
—Yo... te daré mi regalo más tarde. Discúlpame, Kari.
—No importa, T-K. Pero por favor abre el mío.
Se sorprendió un poco; era la primera vez en tres o cuatro años que Yagami lo llamaba por su apodo.
Abrió la cajita y dentro de ella encontró un sobre blanco con una carta perfectamente doblada y escrita con unos trazos finos y perfectos, como no podía esperar de otra forma si provenía de Hikari.
A medida que la leía, notaba cómo su rostro iba adquiriendo temperatura, a la vez que todas las dudas y la sensación de vértigo iban desapareciendo y aumentando al mismo tiempo, en un torbellino de confusión. Cuando acabó de leerla, sonrió nervioso y dijo:
—Bueno, menos mal que me diste esta carta. De lo contrario, no sabría qué hacer con mi regalo.
—¿Tu regalo, Takeru? ¿Por qu...?
Se interrumpió cuando la mano enguantada de T-K le sostuvo el rostro. En menos de un instante, el pulgar le recorrió el pómulo, y los labios fríos atraparon con cuidado los de Kari, impidiéndoles acabar con lo que estaban formulando. Primero el beso fue inseguro, temeroso, y después un poco más animado. Takeru era consciente de que Hikari nunca había besado a nadie, y eso lo hacía ser más cuidadoso aun: temía asustarla si era demasiado intenso.
Las manos de la castaña buscaron su nuca y acabaron entrelazándose detrás, mientras que las de él bajaron y se encontraron en la cintura de ella, arrugando un poco el papel que le había dado Kari un momento atrás.


KARI

Deslizó sus manos hasta hallar las muñecas de T-K y repasó el contorno un par de veces. Después de un tiempo incalculable, finalmente sus rostros se separaron y ella escondió el suyo enrojecido en el pecho del rubio.
—T-K, la gente nos está mirando —murmuró. Sintió cómo la distancia entre ambos cuerpos se acortaba aun más, y él la pegaba contra sí.
—¿Y? —Rio él, y el vaho de su risa impactó con calidez en la frente de Hikari.
—Creo que... deberíamos ir a otro lado.
—¿Dónde propones?
—Mi casa. Ya sabes, así le decimos a mi hermano —bromeó.
—¿Quieres quedarte sin novio tan pronto? —sin embargo, comenzaron a caminar por el mismo lugar por el que ella había llegado.
—Aun no lo tengo.
Se detuvieron en seco. La nieve crujió un poco debajo de los zapatos.
—Kari, ¿es necesario que te lo pregunte? —El silencio se alargó entre ellos como única respuesta. —¿Quieres ser mi novia?
Ella se puso en punta de pies y le besó la comisura izquierda. Lentamente, sus rostros y posteriormente sus labios volvieron a juntarse.
—Eso no es una respuesta.
—¿Es necesario que te lo diga? —repitió en burla, y T-K le dio un empujoncito con el hombro. —Claro que quiero ser tu novia, tonto.
Sus manos enguantadas se encontraron y entrelazaron los dedos.
 
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CARTA

¿Sabes? Comencé esta carta por un sueño que he tenido hace poco y que no he tenido la oportunidad de contarte.
Me encontraba en el Mar Oscuro, ¿lo recuerdas?: ese horrible lugar que no pertenece ni al Digimundo ni al mundo humano, del que tú, Patamon y Gatomon me rescataron hace cuatro años. Los Divermon habían vuelto a buscarme para convertirme en su esposa, como prometieron aquella vez.
Estaba en un sitio completamente oscuro. Entre mis dedos comenzaba a formarse una membrana y podía respirar sin problemas aunque me rodeaba una inmensa masa de agua. La tristeza y la soledad me invadían: había perdido todas las esperanzas de regresar con mi familia y amigos.
Entonces, justo antes de dar el «sí» obligada y de convertirme en una especie de digimon sirena, un resplandor apareció desde la superficie, y llegaste a rescatarme, Takeru. No era mi hermano, ni Gatomon quienes habían ido a buscarme. Eras tú. Nadabas hacia nosotros, intentando alcanzarme. Y grité tu nombre, como si eso te diera las fuerzas que te faltaban para poder llegar. Yo también comencé a brillar, encandilando a los Divermon que intentaban sujetarme y arrastrarme más al fondo, pero me había vuelto fuerte de pronto y pude luchar contra ellos. Cuando llegué hasta ti, me tomaste de las manos y juntos pudimos nadar hacia la superficie y así huir de aquel lugar.
Cuando me desperté, primero pensé que seguía en las profundidades del mar por lo oscuro que estaba, pero pronto sentí un agradable calor en mis manos, como si aun me las estuvieras sujetando, y supe que te tenía conmigo aunque no estuvieras allí. ¿Tiene sentido?
Seguramente te preguntes por qué te cuento todo esto, y te decepciones de que por regalo de Año Nuevo te encuentres con una simple carta con un sueño tonto y unas palabras cursis. Pero, lo cierto era que no encontraba la forma de decirte esto:

Estoy enamorada de ti, T-K.
 

Shaman Queen
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Termina acá?? Nooo me quedé con ganas de seguir leyendo 😭
 

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Me encantó, esperaba algo mas. Pero tampoco es un mal final. Además me gustó la narración y las pautas para cada personaje
 
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