Misión E A tallar | Primer prototipo

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Oiseau rebelle
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Inusualidades ya tenía de sobra, y por lo mismo no se atrevía a decir que algo le tomase por sorpresa. Lo preocupante es que, incluso en una escala tan propensa a ser indiferente, existiera lo capaz de intrigarle en aquel momento de su vida: de entre todas las personas, su tía era de las que más se esforzaba por dejar la labor ninja en el pasado, lo más en el pasado posible; reuniones de veteranos, presentaciones ante los Kages o cualquier cosa que involucrara labor o retiro ninja, terminaba por ignorarlas rotundamente, incluso llegando a fingir que no ocurrían con tal de no vérselas con nada del asunto. Por lo mismo, de por sí era raro que siquiera le preguntase a Iden sobre algo relacionado con la academia, y hasta él llegaba a preguntarse si esa mujer siquiera sabía qué estudiaba.

Aquel día aclaró sus dudas con una carta recibida desde las directrices de la academia, escrita a puño y letra por su tía. Enviaba sus agradecimientos y demás cordialidades a todo departamento y sección del aprendizaje que el muchacho recibía, al menos todas las que se le ocurrieron y recordaba de sus días, incluso algunos sectores que ya no existían; no se le podía culpar a la reina del aislamiento por la falta de modernidad. El detalle tan particular que traía consigo la carta reposaba en su base, escrito en una letra enfática por la presión impuesta sobre la tinta, sin ser agresiva, pero sí bastante llamativa. Les pedía personalmente a los tutores de La Niebla que Tsuiho realizara un trabajo de carpintería, recordando además que la tarea asignada sobre el tema seguía vigente.

Llamaron al muchacho desde horas de la mañana para presentarse en la sala de reportes. No había sido una noche plácida para él, casi cualquier cosa acolchada le imantaba rogándole por una siesta; lo peor de todo era que su propia rutina se oponía a ser solicitado tan abruptamente, y no por falta de disposición, sino porque él mismo prefería encargarse de que lo quisieran más lejos que cerca, no sabía qué falló en aquella ocasión.

Un hombre de mediana edad, de cabellos largos y ásperos, con una barba desaliñada pero una vestimenta de envidia, le esperaba en el recinto.

―¿Se conocían? ―el hombre le miró con exagerada emotividad. Una sonrisa de escalofrío se estampó en su rostro.
―No ―se rascó la cabeza, ni había terminado de despertar; prefería que todo fuese una pesadilla―. Me dijeron que tengo un encargo.
―Sí, tu tía insistió.
―¿Eh? ―Y ahora sí que pensaba en una pesadilla como primera opción.
―Será una clase de carpintería.


A tallar (E)

Se les ha entregado unas cuantas maderas para tallarlas y transformarlas en distintos objetos que podrán vender en una feria, con el permiso de la academia. Si no sabes trabajar a nivel de manualidades, no te preocupes; un carpintero de la aldea se ha ofrecido a dar un taller de un día para ayudarte a aprender lo más esencial de dicho arte.

Objetivos:
-Prestar atención a las clases del carpintero y poner en práctica los conocimientos adquiridos.
-Crear diversas figuritas para quedártelas, regalarlas o venderlas.

Datos Extras:
-Las clases se impartirán un sábado en la Academia.
 

Oiseau rebelle
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Razones había para teorizar de sobre, pero todas se sentían tan incongruentes como la anterior. ¿Acaso la familia necesitaba dinero extra? ¿Le esperaba un puesto de carpintería obligatorio al volver a casa? ¿La senilidad había atacado por fin esas viejas neuronas? No se atrevía a concluir nada, ni es como si pudiera, considerando toda la atención que ese anciano le robaba. De ojos cristalinos, amarillentos y resecos, como los de un muerto, la piel más arrugada que hubiese visto, pero siempre cuidaba en mantener impoluto su traje de azul real, un hakama arreglado de tal forma que se ceñía a su cuerpo casi por completo, y relucía al ser de una tela sedosa. El viejo no tendría grandes dotes para socializar fuera del aula, quizá por ello también se apresuraba en llegar hasta la clase, siendo seguido por Tsuiho sin que intercambiaran ni una palabra.

Se habían referido a él como Ilin, un artesano del país, famoso por haber sido instruido en las mejores academias y habiendo dejado todas y cada una por cuenta propia. Sus obras generaban tanta polémica como su apariencia; querría decir que no le importaba, pero en realidad, era parte de un tormento que casi aprendía a disfrutar, o eso explicó mientras divagaba al inicio de la clase. Su caminar era igual de raro que todo lo demás, paseándose de lado a lado en el salón, entreabriendo las piernas, como si quisiera dejar pasar algo por debajo suyo. Nadie se atrevía a increparle. Iden hacía su mejor esfuerzo por no caer dormido sobre la mesa de trabajo, aunque las astillas imponían un desencanto, suficiente para mantenerlo espabilado.

―¿Y? ¿Qué esperan? ―poseía una voz agudísima, tanto como la ronquera que cargaba―. Hoy quiero verlos tallar a gusto, tienen dos herramientas básicas, con eso será suficiente.
―¿No se supone que debe enseñarnos usted? ―preguntó Cristovaru Columbushi, un estudiante de intercambio proveniente de tierras lejanas.
―Y precisamente. ¿Qué quieren que les diga? Es tallar, cada uno tiene demasiadas diferencias, es tonto darles un método. Ustedes tallen, me encargaré de corregirles a medida que avancen ―se sentó de golpe en el suelo―. ¡¿Qué esperan?! ¡Vamos! ¡Tallen! ¡Tallen!

La mayoría procedió dentro de lo que su lógica dictaba; tenían varios cilindros gruesos y pulidos, algunos pedazos rústicos y hasta una paleta donde se mostraban texturas y colores indicando la variedad de la madera. Había en total unos ocho tipos diferentes de corteza, y cada una con características muy marcadas. Iden tomó un poco de nogal, detallándolo antes de comenzar a casi rastrillarle con uno de los cinceles, no tenía una forma clara en mente, ni siquiera una idea la verdad, pero era preferible fluir con los caprichos del anciano que intentar enfrentarle. De súbito, el hombre se apareció tras su silla, asomándose por encima de su hombro para ver cómo iba.

―Buena para empezar, muy maleable, pero no se quiebra. ¿Conoces algo de maderos?
―Muy básicamente.
―¿Y qué buscas hacer en tu pieza? Le miró de frente, estirándose hacia delante y apartando un poco la mesa―. ¿Un pendiente? ¿Un centro de mesa? Por ahora no tiene forma.
―No sé cuál darle, aunque me agradaría algo más personal, sino la terminaré perdiendo ―se rascó la cabeza.
―Una estatuilla, ¿quizás?
―Puede ser ―pero el propio Iden, sin darse cuenta, ya tenía una entre manos.

El pedazo de nogal se había convertido en un medallón hueco, con espirales y relieves dentro de la propia línea definitoria; se sentía como una pieza muy sólida, pero no se explicaba en qué momento había llegado a hacerla, y para cuando se fijó en el horizonte, probablemente ya habría pasado más de una hora de la clase sin que se diera cuenta; el anciano rió entre dientes.

―Mis métodos suelen provocar cosas así, la inmersión es fascinante, ¿no?
―¿Y en qué me equivoqué?
―En nada en realidad, sólo me gusta apreciar tu trabajo.
―¿Ya me puedo ir?
―Hm, si gustas. Sólo una cosa.
―¿Eh? ―volvió en sí.
―Ponle nombre ―otro “¿eh” y finalmente escuchó―. Ponle un nombre a la escultura.
―No sé, no le pongo nombres a cualquier cosa ―dijo con hastío.
―Cualquier artesano quiere lo suficiente a sus creaciones como para hacerlo, forman parte de ti.
―Buin, entonces ―el anciano sonrió en respuesta.
―Buin será.


Luego veo si añado el amuleto en una actu, es para historia.
 
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