Actividad Original Fic [Actividad] El viaje más raro del verano

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Ravnica
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Saludos!! He vuelto intermitentemente para paricipar del concurso/actividad que organizó chris wolf chris wolf para celebrar el verano. Y aprovecho la mención para decir que, o estoy muy bruto y no sé poner el prefijo de Actividad, o directamente no me aparece.

En fin, dejo el primer capítulo en este post inicial.


Capítulo 1
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Ocurre a veces en la vida de todo furiano que algo más grande que tú misma o tu mismo te llama. Y otras veces sólo estás enfermo del estómago. Resulta ser que es mala idea comprar brochetas de pescado frito por media moneda de cobre en el festival del Equinoccio de Verano. Yo soy Brynn A. Wood, y esta es mi historia.

Era el año 1928, el 22 de Septiembre, y en la tranquila villa de Rosenton se festejaba el equinoccio con una gran fiesta en todo el pueblo. Varios amigos y yo habíamos decidido ir a dar un paseo y participar del baile de verano. Pero varios acontecimientos desafortunados me sucedieron y tuve que volver a mi hogar.

Así pues, me encontraba yo en el baño, soportando mi propia peste. Tuve a bien asearme como corresponde, y casi de inmediato, aquello sucedió. Noté algo inusual en el espejo sobre el lavabo. Parecían simples garabatos. ¿Quizás algún niño —hijo de mis amigos, tal vez— había hecho esto? Hm... Tal vez. Tomé una toalla y traté de limpiarlo. Resultó ser que no era ese el problema. Lo cual me resultó extraño. Tampoco parecían estar tallados. Parecía que estaban "dentro" del espejo. ¿Algún tipo de broma, podría ser? Descolgué el espejo y lo llevé a la sala para revisarlo con más calma. Copié aquellos símbolos uno a uno en una hoja de papel, y comencé a reconocer algunos de ellos. Me daba la impresión de haberlos visto en algún otro sitio. Y estaba por comenzar a revisar mis libros, cuando mi estómago volvió a revolverse.


Una vez superé este nuevo percance, fui a la cocina y puse agua a hervir. Quizás un buen té de menta me ayudaría a estabilizar mis entrañas. Busqué la menta en la alacena. Ya tenía tiempo que no la usaba, así que seguro estaría algo escondida. La tetera no tardó en comenzar a silbar. Siempre me ha parecido que suena molesta. Como reclamando que se le ponga atención. Finalmente encontré la menta y arrojé algunas hojas secas dentro de la tetera y saqué una taza para servirme.

Seguí pensando un poco en los extraños símbolos del espejo. ¿Serían los mismos símbolos que vi en aquella revista norteamericana? ¿En el Weird Tales? No, imposible. H. P. L. era sólo un escritor novato, y no podía ser que fuera real... ¿O sí? Por otro lado, supe que mantenía correspondencia con Mr. J. McGregor de Dunemburg. También escritor, pero de mi patria. Quizás sí sería una broma.

¿Alguna vez les ha sucedido que perciben una mirada sobre ustedes? ¿Y que el instinto les hace voltear a ver de dónde procede la mirada? En aquella situación así me sucedió. Alguien me miraba desde la ventana de la cocina y se percibía muy claramente. Al girarme, noté una figura oscura delinearse bajo la lívida luz de la luna. Y dentro de ella, sólo se percibían dos grandes y brillantes ojos verdes que relucían con destellos fantasmales. Naturalmente que esto me descolocó muchísimo y terminé gritando como un niño pequeño. La figura se alejó de inmediato.

—¡... Uff! A ver, Brynn. Cálmate. El pescado malo seguro que te está causando fiebre y alucinaciones. Estás enfermo. Sólo eso.

Alguien llamó a la puerta. Era ya bastante tarde, y todos estarían en el festival. ¿Sería que alguno de mis amigos quería ver mi estado de salud por preocupación? Era sensato suponerlo, ¿o no?

—¿Richard? ¿Lars? ¿Son ustedes? Ya me siento... Menos enfermo... Creo. No estoy tan mal, no creo que esto me mate. —Dije y abrí la puerta.

Sólo oscuridad se vio. No sé qué me causó más impacto. La ausencia de alguien preocupado por mí, o el hecho de que no hubiera nadie en la puerta luego de que hubieran llamado.

—Es sólo el viento. O algún niño travieso.

Volví por mi té, y lo bebí mientras revisaba mis libros buscando los símbolos. Me resistía mucho a confirmar en mi copia de Una Imagen de las Reglas de los Muertos, al igual que el Grimorio de Thanatos. Y entonces se me ocurrió. ¿No estaba sucediendo algo parecido al famoso relato de E. A. P.? ¡La ventana!

Con una ráfaga de viento se abrió la ventana de par en par y con violentos aspavientos y sin mayor vacilación, entró volando por la ventana un enorme cuervo negro. Y fue a posarse sobre un busto de Palas Atenea en el marco de la puerta de la habitación.

—¡NO! ¡No, no, no, no, no! ¡NOOOOO! ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Maldito pájaro del demonio! ¡No te atrevas! ¡Ni lo pienses! ¡Que ni siquiera se te ocurra!

El cuervo graznó. Para mi alivio, graznó. No era el pájaro sobrenatural del poeta maldito. No era el ave profeta de la noche de Plutón. Me dirigí a cerrar la ventana, ya más relajado. Pero había algo raro. Una gata de pelaje naranja y ojos verdes fulgurantes, vestida con una especie de corsé sobre un largo vestido negro y un amplio sombrero de punta, entraba por mi ventana. Se la notaba bastante joven. Tendría apenas veinte años.

—No vuelvo a comprar pescado en toda mi vida.
—¡Señor! No sea tan grosero. Podría por lo menos decir "buenas noches". —Reclamó la gata.
—¡La la la la! ¡No hablaré con una alucinación! ¡La la la la!


Entonces, sentí cómo un libro se impactaba en mi cara. ¿Cómo, en nombre de Sir Isaac Newton, una alucinación es capaz de lanzarle un libro al paciente? Imposible. Simplemente imposible.

—¡No soy una alucinación! ¡Soy una bruja! ¿Me devuelve a mi cuervo?
—Sí, ¿cómo no? Y yo soy un caracol mágico que deja un rastro de baba arcoíris.
—Ya, deje de burlarse. ¿Mi cuervo? —Exigió extendiendo la mano.
—... Bah, como sea. Cierra la ventana. ¿Té?
—Sí, por favor, señor zorro. Pero, de verdad, necesito mi cuervo de regreso.

Tomé una silla para alcanzar al ave azabache. Resultó no estar muy alterado, y sin mayor problema se lo entregué a la extraña muchacha. Ella acarició al cuervo con cariño. ¿Sería su mascota o algo?

—Venga a la cocina. Le daré una taza. ¿Azúcar?
—Dos terrones, señor zorro.
—Dos terrones. Aquí tiene. Espero que le guste la menta. ¿Dice que usted se dedica a la brujería?
—Pues... Sí... Y no.
—Explíqueme. Sigo pensando que todo lo que me pase esta noche es culpa del pescado podrido que me comí. O culpa de alguno de los cinco pescados... Por lo menos.
—¿Qué tipo de pescado? —Preguntó la gata con una mezcla de preocupación, culpa e interés.
—¿Importa?
—Eso depende... ¿Era un bagre de río?
—Eh... Pues... Sí, sí lo era... Muy pequeño, pero sí.
—Uy... Esto es malo...
—Por supuesto. Y no querrá entrar al baño. Está horrible.
—No. No entiende, señor zorro. Esto es, de verdad, algo muy malo.
—¿Peor que un estómago molesto? ... Espere... Ya vuelvo. —Y tras haber dicho tal cosa, me apresuré al baño de nuevo.
 
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Capítulo 2
¿Magia?

—... Disculpe la situación, señorita... ¿gata? ¿Cómo le debería llamar?
—Euphemia Turkel. Pero eso no es importante ahora.
—Yo soy Brynn A. Wood. Para servirle.
—Oh, no...
—¿Ahora qué?
—Un zorro enfermo por comer pez gato. Ese mismo zorro devuelve un cuervo a una gata, y luego beben té juntos. Es un mal presagio.
—¡Claro que es un mal presagio! ¡Mi estómago está muy mal!
—¡Y se pone peor!
—¡Calma! ¡Calma! A ver... ¿Cómo se puede poner peor? Señorita Turkel... ¿Cómo, en nombre del Rey George, esto se puede poner peor?
—Pues... En teoría todo debería estar bien mientras que no haya movido de lugar un cristal con runas Pnakóticas.
—Supongamos que hacemos eso de mover el cristal. ¿Qué pasaría?
—Pues, ya que yo soy el caldero de Thor, y usted es madera, se quemaría el hilo rojo del destino que nos ata a este mundo.
—Y en lenguaje común, ¿eso qué significa?
—Básicamente seríamos invisibles, nadie nos escucharía, no podríamos tocar nada afuera de esta casa... Como si nunca hubiéramos existido.
—Oh... Bueno... Venga a ver esto.

Le mostré el espejo con los símbolos. Y su expresión fue suficiente para mí. Así que tuve que probar de una vez por todas mis dudas sobre esta gata anaranjada.

—Señorita Turkel. No sé si creer todo lo que me está diciendo. ¿Puede mostrarme algo que demuestre su habilidad... brujística?
—¡Ah! ¿¡Por qué últimamente es tan complicado que la gente crea en las brujas!?
—Oh, no lo sé, señorita. Quizás sea por una cosita muy importante llamada: ¡CIENCIA!
—¡Ahhhh! Bien. ¿Qué tal si lo hago desafiar la gravedad y que flote un minuto o algo así?
—Si puedes hacer eso, me convences.
—Bien. —Posó su mano a la altura de mi pecho, tocando mi camisa, y continuó.— Ligero como pluma, firme como tabla. Elévate y vuela.

Y al instante noté como el suelo se alejaba de mis pies.

—¡Oh! ¡Ohhhh! ¡Oh, por Leibniz! ¡Oh! ¡De verdad es una bruja...! No, espere... ¿Y si esto siguen siendo los efectos del pescado?
—¿Y si lo curo de su envenenamiento por pescado podrido me creerá?
—Ay, sí. Como si fueras a poder quitarme el malestar así nada más.
—¡En el nombre de Lenguadeplata, yo te ordeno que abandones ese cuerpo! ¡No perteneces ahí! —Gritó la gata mientras me daba un empujón con ambas manos.

Salí disparado contra la pared, y me golpeé con fuerza. Se cayó uno de los cuadros que decoraban la sala, y creo que eso pudo causar el problema de la grieta en el muro.

—¡Eso fue innecesario!
—¿Aún está mal del estómago o no?
—Pues... Ya que lo dice... No, creo que estoy bien... Estoy... ¿curado? ¿Esto fue magia? ¿Es así de simple?
—¡No es simple! ¡Cuesta mucho trabajo aprender bien las palabras correctas! ¡Una palabra mal pronunciada y me convierto en una naranja parlante!
—¡Wow...! ¿Y hay manera de...? No sé... ¿De evitar que se queme nuestro hilo no se qué del destino?
—Pues... Hoy, que es el equinoccio... Deberíamos poder viajar al plano de la Ley y el Orden para buscar un hilo nuevo que nos ate al mundo material. Pero la gente ahí es muy rígida...
—¡Por mi suena bien! ¡Ley y orden! Puedo lidiar con eso.
—Nah... Muy aburrido... Y ya rompimos como siete de sus reglas. Prefiero morir que ir a Mechanus. Vamos a ir a Gladsheim. Ahí Lenguadeplata nos puede echar una mano.
—¿Quién es Lenguadeplata? —Dije mientras seguía flotando.
—Es mi patrón. Él me dio mis poderes de bruja. Pero también hago magia, no sólo brujería.
—¿Eso no es lo mismo?
—No. La "magia" se hace a partir de estudiar bien la relación entre las palabras, los gestos mágicos y los efectos. Es lo más parecido a su ciencia. Y la brujería se hace a partir de tu relación con un ser superior. Normalmente un demonio, un ser féerico o un ser ancestral.
—¿Y tú con qué te relacionas?
—No sé muy bien... Lenguadeplata siempre me ha parecido un ancestral, pero podría ser cualquier cosa.
—¿Y eso no te molesta?
—La verdad no. Me dio magia, y a veces me pide que haga cosas. Y ambos estamos bien con eso.
—¿Qué clase de cosas?
—Pues... Cosas. Una vez me pidió que enterrara treinta cuchillos en un campo de cultivo. Y que rasurara la cabeza de un lobo gordo. Eso fue raro.
—¿Y cómo por qué te pidió eso?
—No lo sé. Él es mi patrón, y no quiero que esté enojado conmigo. Así que hago lo que me pide. Pero nunca ha sido algo que me ponga en peligro. Creo que son travesuras que lo divierten.
—¿Y este... ser... bromista nos puede ayudar?
—Una vez me ayudó a descongelar mi cola.
—... ¿Es en serio? ¡Esto no es una cola congelada! ¡Esto es algo mucho más...! Ah... ¿Cuál es la palabra? ¡¿SERIO?!
—Ya, ya... Mire, señor zorro. Puede acompañarme con una actitud positiva en su forma actual, o lo puedo convertir en una lagartija silenciosa e incapaz de quejarse. ¿Cuál prefiere?
—... Prefiero la opción en la que no me conviertes en otra cosa.
—Bien. Prepare lo que necesite. Nos vamos en veinte minutos.
—Sólo una cosa más.
—¡Ahhhh! ¿Qué?
—¿Podrías hacer que deje de flotar?

Mientras Euphemia preparaba... algo... Yo subí a buscar cosas que resultaran útiles en casi cualquier situación. Una linterna, de esas novedosas que no se fundían de inmediato, me pareció que sería útil. Un mechero, un martillo de estos de carpintería, mi diario de observaciones, mi bolígrafo viejo, dos juegos de tirantes para el pantalón, y toda la comida seca que pude encontrar en la cocina.

—Listo, señorita. Cuando usted diga.
—Bien. Esto puede ser algo agitado, así qué agárrese bien de mi escoba.
—... Claro. Bruja, escoba, cuervo. Todo el paquete, ¿no es verdad?
—Lo sé. ¿No es genial? Su nombre es Toto.
—Oh, mucho gusto, Toto. Disculpa que te gritara antes.
—¡No! La escoba se llama Toto. Mi cuervo se llama Cuervo.
—... ¿Nos vamos?
—Toto... A volar.

La escoba comenzó a elevarse, y apuntó a la ventana. Entonces fue obvio para mí que esa ventana ya no conducía a la calle donde estaba mi casa. Apuntaba a un túnel de luces parpadeantes y vertiginosas que se retorcían caóticamente.

—¿Qué es eso?
—Una puerta hacia otro mundo, señor zorro. Se va a divertir.
—¡Tengo miedo! —Grité.
—Agárrese bien.

La gata despegó las patas del suelo y la escoba empezó a avanzar por el aire, al principio lentamente, y cada vez ganando más velocidad. En poco menos de un minuto habríamos alcanzado las 600 millas por hora. Estoy bastante seguro que grité por un largo rato mientras luchaba por no soltar la escoba. De no ser por las correas que mantenían cerrada mi bolsa, habría perdido todo su contenido.

Luego de un rato, que no soy capaz de precisar, la escoba empezó a reducir la fuerza de su empuje, y al final del horizonte del túnel de luces, vimos un cielo estrellado con los tonos lilas de un sol recién oculto.

—Mire señor zorro. Ya estamos llegando a Gladsheim.
—¡S-sí! ¡Y-ya lo veo! ¿Cuánto tardaremos en llegar con Lenguadeplata?
—Pues... En verano suele estar de visita en los Lagos del Ryn. Así que iremos hacia allá. El único problema es que hechizo de volar casi se agota. Tendremos que seguir a pie. Toto, aterriza.

El lugar no se veía tan mal. Bosques verdes se desplegaban ante la vista, grandes montañas, y amplios pastizales. Bandadas de aves empezaban a aterrizar en los árboles. Entonces ya me había calmado un poco, y mi mente funcionaba como normalmente lo hace. Y eso me permitió notar que no se percibían ciudades, ni pueblos, ni caseríos siquiera. Y tampoco podía ver ríos ni lagos. ¿Qué tanto tendríamos que viajar a pie? ¿Y por qué teníamos que caminar si esta joven gata narajosa había podido llevarnos de un mundo a otro?

—Señorita Turkel... ¿Y no podemos llegar con magia hasta Lenguadeplata?
—No es que no se pueda... Es que no sé exactamente dónde está. Sé que está en este mundo. Pero ya le dije que lo más seguro es que esté en los Lagos.
—¿Y no puedes hacer eso de aparecer ahí mágicamente?
—Aún no aprendo a hacer eso. Puedo tirar bolas de fuego, volar, quitar algunas dolencias, y varias cosas así. Pero lo de viajar a otros mundos es gracias a mi sombrero de viajar a otros mundos. Y no volverá a servir hasta dentro de una semana.
—¿Y qué haremos en una semana?
—Encontrar a Lenguadeplata, por supuesto. Está anocheciendo. Así que es mejor que busquemos dónde dormir.

Miré al rededor con sardonismo, y con mi expresión más retórica, y probablemente con un importante dejo de sarcasmo, respondí:

—¿Y dónde propones que durmamos? ¿Bajo una roca tal vez?
—... No. Eso no será necesario. Aún puedo hacer magia hoy. Así que voy a conjurar la Mansión Magnífica de Mordekainen para que durmamos hoy.
—¿Una... mansión...?
—Pues... En este caso, creo que sólo necesitamos un baño, una sala y dos cuartos... Con buena cerradura.
—¡Hey!
—Como sea, es mejor que no se acostumbre señor zorro. Sólo tengo dos pergaminos con este hechizo. Así que hoy tendremos que planear bien el viaje. Mientras conjuro la mansión, necesito que mire al rededor y me diga qué cosas nota en el paisaje, eso debería ayudarnos a ubicar en dónde estamos.
—... Bien. Ya que usted proporcionará el refugio, es lo menos que puedo hacer.
 
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Capítulo 3
Ah, ya veo

Caminé a lo alto de una colina cercana con la intención de observar mejor el entorno. Vi un enorme bosque, de fresno diría. Y más bosque. Y una cadena montañosa con tres picos sobresaliendo del resto; uno de ellos estaba coronado con nieve. Los últimos rayos del sol se ponían hacia esas montañas. En caso de que este mundo también tuviera puntos cardinales, al menos ya sabíamos hacia a dónde estaba el este. A la derecha de este paisaje, se veía el enorme y verde pastizal. No había mucho más en la tierra, así que pensé que podría buscar algún grupo de estrellas que se viera especialmente importante. Cuando volví la mirada hacia el cielo, vi algo que me dio un nuevo golpe a la cordura.

—¿Señorita Turkel? ¿Hola?
—¡Ah pa pa pa pá...! Espere. Espere. Tenemos invitación.

La gata narajosa sostenía entre las manos un pergamino con signos extraños, y lo que parecía un plano de una casa. El pergamino se tornó en humo de un instante a otro; y del humo comenzó a formarse una puerta de madera muy elegante con un picaporte de plata.

—¡Adelante, señor zorro! Entremos, ya adentro me contará qué vio.
—Ah... Pe-pero... Esa es sólo una puerta.

Euphemia Turkel abrió la puerta, que conducía a un pasillo imposible. El pasillo estaba decorado con una alfombra persa muy hermosa, varios cuadros de personas vestidas con ropas extrañas que nunca antes había visto, y varias velas en enormes candelabros que colgaban del techo iluminaban la estancia. Más adelante se podía ver una sala común y algunas puertas más.

—Entre. Una vez que la puerta se cierre, el hechizo hará que la entrada se vuelva indetectable a simple vista. En sí, nadie puede usar la puerta para entrar además de nosotros.
—Oh... Entonces entraré ahora. Con su permiso, señorita. —Dije y entré.

La sala común tenía varios sillones de terciopelo rojo y azul, una enorme chimenea al fondo de la estancia, y una mesa de centro decorada con incrustaciones de piedras preciosas.

—¿Esto es el hechizo que hizo? —Pregunté anonadado.
—Sí. La verdad, estos pergaminos fueron caros, pero valen mucho la pena. Y no se le vaya a ocurrir querer sacar cosas de la casa.
—¿Esto es de alguien más?
—No, pero si saca, digamos una silla, la silla se convertiría en humo. Todo lo que ve tiene caducidad de poco menos de 24 horas.
—Ah. Ya veo. Esto de la magia parece obedecer reglas muy específicas, entonces.
—Sí... Culpa de la gente de Mechanus. En fin, ¿quiere cenar algo? ¿Pescado, tal vez?.
—Ja, já. Muy graciosa. ¿Qué puedo pedir?
—Lo que sea, los sirvientes invisibles de la mansión le traerán lo que pida.
—Hm... Que tal un filete de escarabajo a la Cordon Blue, con una copa de shiraz.
—¿Con ensalada, señor zorro?
—Sí, sí, naturalmente.
—Lo mismo para mí, por favor. —Dijo y aplaudió suavemente dos veces.

Entonces, de una de las puertas salieron desfilando por el aire varias bandejas con alimentos y llegaron hasta nosotros. Los filetes estaban perfectos. Jugosos, a una excelente temperatura, perfectamente condimentados. Incluso pude pedir dos hogazas de pan. Y el vino, oh, el vino. Maravilloso. La gata anaranjada me comentó un poco más sobre la magia. Resulta ser que está muy claramente catalogada en dos grandes bloques. La arcana y la divina. Según sea el que ejecuta la magia, puede ser de uno o de otro tipo. Y regularmente los hechizos más poderosos están reservados a los hechiceros más experimentados. Ella decía estar aún en los escalones más bajos de la magia. Así que sus poderes no eran muy impresionantes. Y esta casa había sido conjurada gracias a otro mago que impregnó el pergamino con sus poderes y sólo faltaba que alguien más leyera correctamente las palabras de mando para activar su magia. Poco más se dijo, y cada uno partió a dormir a su habitación.

Al amanecer, la señorita Turkel estudiaba sus hechizos para estar preparada para cualquier eventualidad, yo, por otro lado, dibujé un mapa simple de lo que había visto, y ya con una idea más completa de cómo funcionaba la magia, dejé de preocuparme por mi avistamiento del día pasado.

—Mire, señorita. Esto es lo que vi. Estas montañas por acá.
—Sí. Hay varias cadenas de montañas, así que vamos a necesitar más referencias.
—Y por acá vi unas... ¿montañas voladoras?
—Ah, sí... No se lo dije. Eso es normal por aquí. Bueno, eso significa que quizás podríamos haber aterrizado en el lugar incorrecto.
—... ¿Qué? ¿Incorrecto cómo? ¿Es grave? —Pregunté dejando ver en cada pregunta una preocupación más notoria.
—No es grave, pero vamos a tener que movernos más a prisa. Tal vez tenga que hacer uso de la escoba de nuevo. Bueno, pues en marcha. —Sentenció y se puso a caminar con Cuervo en su hombro.

Nos dirigimos hacia las montañas voladoras, que más tarde me enteré que los llamaban earthbergs. Un análogo de tierra de los icebergs. Algo raro había sucedido en la creación de ese mundo, que dejó una estructura de estratos de territorios muy extraña y caótica. No era un mundo esférico, era una suerte de terraplanismo por capas con estos earthbergs volando, y con abismos entre continentes flotantes que conducían a otras capas de este mundo. Los nombres de estos sitios recordaban mucho a los mitos de los pueblos nórdicos que yo conocía.

A lo largo de nuestro andar, pasamos por entre los árboles del bosque, que no parecían muy distintos a otros árboles que yo hubiera visto antes. Los arbustos y los insectos que se alcanzaban a entrever no parecían muy extraños. Es más, a mí me daban la impresión de ser bastante mundanos.

—Eh, señorita Turkel... ¿Las cosas en este mundo son mágicas?
—Pues... Hay cosas mágicas. Pero no todo es necesariamente algo mágico.
—¿Algo que esté por aquí?
—Hm... Déjeme ver... Pues... Hay varias cosas que sirven para hacer magia... Pero, poco más. En sí, no son mágicas.
—¿Cómo en los cuentos de las brujas con los calderos?
—Sí. Verá, yo llevo a Toto, mi escoba. Sirve para viajar y al mismo tiempo funciona como mi bastón. Si no lo llevara, necesitaría tener componentes para manifestar mi magia de hechicería. La magia de brujería no es problema mientras Lenguadeplata siga prestándome poder.
—Es como tener dinero en dos bancos distintos. Tener un poco de seguridad para no quedar sin recursos en el caso de que alguno de los dos falle. ¿O no?
—Pues... Sí... Supongo que es algo así. Como sea, hay algunas formas de magia que la hechicería aún no logra poner en términos claros, pero que los dioses u otras criaturas poderosas le otorgan a sus sirvientes. Y yo intento crear los hechizos arcanos de una mente inteligente a partir de lo que se siente hacer la magia de bruja. Esa es la tarea de Los Sombreros Negros.
—¿Es como una sociedad secreta, o algo...?
—No... Es más bien como un club. Y, en realidad, aún no soy parte del club. Pero eso cambiará cuando presente mis hallazgos.
—Suena a que tendrá bastante trabajo por hacer. A todo esto... ¿Cómo terminé metido en este asunto del hilo rojo y todo eso?
—Supongo que tuvo mucha mala suerte de hacer un hechizo en forma ritual. Es decir, son muchas cosas que tuvieron que salir mal para que esto pasara.
—... —Me quedé en silencio sintiéndome como un completo pelmazo. Hacer magia por error y terminar en un mundo lejano por comer pescado podrido suena a algo increíblemente estúpido.
—Pero, por otro lado, está viendo cosas que jamás hubiera visto si no le hubiera pasado esto.
—Eso es cierto.
—A todo esto... ¿A qué se dedica usted, señor zorro?
—¡Oh! Cierto, nunca se lo dije. Soy profesor de botánica y entomología en la Universidad Privada de Edgeworth, en Dunemburg. Todos los días tomo el tren de las ocho de la mañana y viajo hasta allá. Tengo cuatro clases de dos horas, con un descanso al medio día, cuando como en un restaurante local, y vuelvo en el tren de las ocho de la noche.
—Suena... Aburrido.
—Adoro mi trabajo. Pero lo amaría más si alguien comprara mi casa de Rosenton. Así me mudaría a Dunemburg. Podría irme a Sethinshire, que está más cerca, pero la gente ahí es rara. Creo que no les gustan los forasteros.​
 
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Capítulo 4
Lenguadeplata

Tras un par de días de dormir a la intemperie, me encontré con un par de plantas que no conocía. En general, se parecían mucho a una zinnia, pero con diferencias notables. Los mesofilos, y la distribución de las hojas en los tallos era completamente diferente. Con previa aprobación de la señorita Turkel, tomé algunas para mí mismo. Las llevaría de vuelta para cultivarlas y estudiarlas.

Además de estas bellas flores, me enteré de la existencia de muchos otros mundos, a los que la bruja gata naranjosa llamaba planos. Parecía que tenía muy bien organizado el universo, y sonaba bastante claro. Había mundos para la ley y para el caos, para lo agradable y lo desagradable. Pero, ¿el universo de verdad estaba sujeto a esas clasificaciones? Claro que no. Muchas veces algún conflicto difuminaba la línea entre las fronteras de esos mundos y sucedían cosas extrañas. Una vez alguien intentó desatar una guerra entre Mount Celestia y Avernus... Lo que me dejó pensando mucho en las tradiciones religiosas de toda Europa desde el siglo V.

En realidad, la que podría considerarse la aventura de mi vida resultó en un viaje considerablemente tranquilo. Con la sola excepción del ataque de un grifón. Verá, ocurrió una tarde, en mitad de nuestra tercera caminata del día. Precisamente el día en que fue mi turno vigilar los cielos. Seguramente la señorita Turkel me pensaría un incompetente. Aún así, no es que fuera mi culpa que aquella criatura se viera atraída por el olor de lo que habíamos comido unas horas atrás.

Esa tarde, cuando ya estábamos cerca de los earthbergs, noté algo en el cielo, y pensé que era uno de ellos. Seguí vigilando mientras caminábamos, porque la gata estaba revisando sus notas mientras flotaba en su escoba. En una posterior inspección al cielo, noté aquel objeto de nuevo, pero más grande que la última vez, y me planteé la idea del constante movimiento de aquellas cosas flotantes. Pero entonces, escuché el graznido del grifón. Lo cual me preocupó y me compelió a mirar una tercera vez. Y, efectivamente, ahí estaba. Volando como una bala de plata directo a nosotros. Inicialmente creí que sería un ave común, excepto que más grande. Tomé una roca del suelo y esperé poder lanzarla una vez estuviera cerca para asustar a la criatura. Fue en ese momento que me di cuenta de mi enorme error. Alcancé a ver la extraña disposición de las alas, las extrañas patas leoninas detrás de sus afiladas garras depredadoras. Una piedra sería insuficiente.

—¡Señorita Turkel! ¡Grifón al frente!
—¿¡QUÉ!?

La criatura graznó de nuevo, y como una flecha cortando el viento, pasó a toda velocidad en nuestra dirección. Y lo único que se me ocurrió hacer fue saltar hacia los árboles a nuestra derecha. Pero antes de quedar al cubierto, el grifón nos alcanzó, y con sus garras apresó mis pies, llevándome con él.

—¡AYUDA! ¡LOS ZORROS NO NACIMOS PARA VOLAR! ¡AAAAAAAAAAAH!

Todo pasó muy rápido. Noté el viento silbando en mis oídos. El frío recorriendo mi cuerpo entero. La presión sobre mis pies. Y, de pronto una presión al rededor de mi pecho, pasando hasta mi espalda.

—¡No se preocupe señor zorro! ¡Estará bien!
—¡Turkel! ¿Qué...? ¿Cómo...?
—¡Escoba voladora extraordinaria! ¡Toto!
—Ah, bueno, sí. Eso tiene sentido... ¡Ayuda, por el amor de Tolomeo!
—¡Estoy en eso! ¡Criatura de los cielos! ¡La Gran Bruja Euphemia te lo ordena! ¡Libera al señor zorro! ¡SUÉLTALO!

De su escoba brotó una gota luminosa, emitiendo extraños patrones de colores y formas caprichosas. A partir de ahí y hasta que desperté en tierra firme, atado con la cuerda, y vendado en la cabeza y las patas, no supe más. La señorita Turkel me explicó que intentó hipnotizar al grifón, pero no fue posible, y yo terminé sufriendo los efectos del hechizo. Para liberarme tuvo que atar al grifón y hacerlo chocar contra un árbol, por lo que me lastimé en el proceso. Afortunadamente, debo añadir. De no haber sido de esa manera, lo más probable es que me hubiera convertido en cena de aquella bestia voladora.

Y, pensándolo con calma, recuerdo que nunca antes me había sentido tan adolorido en mi vida. Todo, hasta la cola, me dolía. Era como si me hubieran dado una golpiza entre cinco sujetos. No que fuera a morir por eso, pero tampoco es que el dolor me guste. Es algo horrible, en realidad.

El paisaje había cambiado. Estábamos entre muchos helechos gigantescos. No se percibía el origen de la luz, pero estaba indudablemente iluminado. Era una luz fría, y profunda. Ligeramente violeta, parpadeante y trémula. Miré alrededor para hacerme una idea más clara del lugar. No cambiaba mucho la apariencia, ya se estuviese uno tumbado en el suelo, o sentado.

—¿Dónde estamos? —Pregunté a la gata.
—Estamos en el lugar de aterrizaje correcto. De hecho, creo que pudimos haber llegado ayer si hubiéramos volado en Toto. Bueno... Según Cuervo, en realidad.
—Creo que Cuervo me odia.
—Hm... ¿Tal vez? Es que fue muy grosero con él cuando se conocieron.
—Lo sé. Lo siento Cuervo.

El ave graznó.

—Lo tomaré como que estamos a mano. Y, ¿ahora qué procede?
—Pues, estamos a unas horas de los Lagos del Ryn. Así que, podemos descansar hasta mañana, y encontrarnos con Lenguadeplata por la mañana. O, si ya se siente bien, podemos irnos ahora.
—Yo... Preferiría que termináramos con esto lo más pronto posible.

Con ayuda de la gata y su escoba, me puse de pie para reanudar el camino. Ya era de noche, pero la luna brillaba en lo alto del cielo, en compañía de las estrellas y los earthbergs. Esta vez, no dudé en mencionar cualquier cosa extraña de la que me percaté.

Tras una larga caminata, llegamos a un lago que la señorita Turkel reconoció como la cuenca del Ryn. Entonces, Lenguadeplata debería estar cerca. Buscamos en los lugares habituales, según la gata anaranjada. Entre una arbolada cercana, junto a un puente de piedra, y en las rocas del centro del lago más grande. No estaba ahí. Quedaba sólo un sitio. La cueva del niflung.

—Señorita Turkel, ¿cómo es tu patrón?
—Pues... Es un ser extraño. A veces se aparece como un enorme lobo con ojos de serpiente. Otras, es un cuervo gigante. Y a veces, se aparece como una yegua castaña de cabello largo.
—Hm... Mi amigo folcklorista de la universidad se volvería loco aquí.
—Jejejé. Me imagino. Usted está muy calmado.
—Bueno, luego del grifón...
—Sí, sí. Es verdad. Bueno, aquí está la cueva.

Enorme, como cinco o seis metros, se alzaba el arco de la cueva. Era oscura, húmeda en aroma y textura, y profunda. Caminamos dentro, y avanzamos mucho, hasta que perdimos completamente la luz de la entrada. Y nos encontramos con algo, o alguien.

Era un ser semejante a los furianos, pero sin pelaje, ni cola. Una nariz ganchuda, con una larga cabellera negra, piel pálida, y labios delgados y rosados. Ojos redondos y amplios. Las ropas semejantes a las de los antiguos habitantes de las tierras normandas de nuestro mundo. La señorita Turkel se emocionó y saltó a sus brazos, reconociéndolo como su patrón. Le hizo un pormenor de nuestro problema.

—Pues, podría darles un poco de hilo rojo... Pero van a tener que hacer el ritual para unirlo ustedes mismos. —Dijo con una voz profunda y enervante.
—¡Sería fantástico Lenguadeplata! ¿Qué necesitas que haga por ti esta vez?
—Tú no necesitas hacer nada, mi linda Euphemia. Pero él... El zorro... Tenemos que hablar de negocios.
—¿Y-yo? ¿Qué?
—Mira, zorro. Voy a pedirte que hagas un trato conmigo. Te daré el hilo, y más, si te cambias de residencia. En principio, te daré oro por el valor de tu actual casa. La quiero para mí.
—Ah... Sí. Hecho. ¿Qué otra cosa?
—Quiero que, de vez en cuando, te levantes en la noche, entre la una y las cinco, y claves en tablas de madera clavos de hierro, por lo menos, durante una hora. Si quieres, puedes fabricar algún mueble. ¿Piensas mudarte a Dunemburg o a Sethinshire?
—Oh, no, no, no. A Dunemburg. Sethinshire me da miedo.
—... —Me miró con mucha seriedad. Y luego asintió. —Me parece bien. Pero quiero que tu nueva residencia esté cerca de la estación del tren.
—Por mí está perfecto.

Nos estrechamos las manos, y sentí algo como una baba espesa que entraba por mis dedos y empezaba a correr por mi sangre. Y de inmediato desapareció tal sensación.

—Ahora eres un brujo también. En ocasiones te pediré alguna que otra cosa. Nada peligroso. Mis planes tienden a ser sutiles, y a largo plazo. Euphemia, ven. Tomen su hilo. Cinco madejas deben ser suficientes.
Y esa es la historia de mi viaje de verano más extraño de todos. Al final, no estuve fuera de mi casa ni un minuto. Mis amigos nunca notaron mi ausencia. Y al poco tiempo cambié mi residencia, y mis nuevos vecinos se quejaban de vez en cuando de mi carpintería nocturna. La señorita Turkel y yo seguíamos viéndonos de vez en cuando. Al cabo de un tiempo, llegamos a la conclusión de que Lenguadeplata había planeado todo para reclutar a alguien que se estableciera en Dunemburg.
 
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