Oneshot [Actividad][Jaladoween]Los demobríjes.

Yuki Tiger

A shiny fish ♫

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LOS DEMOBRÍJES.

La luna llena brillaba en todo su esplendor en un cielo sin estrellas. Con su luz, el astro principal iluminaba tenuemente los alrededores de un callejón en la ciudad de Pachuca. El camino, aparentemente sin salida, estaba rodeado de numerosos edificios, y el más destacable de todos era el de un banco. Además, por alguna razón, el sitio desprendía un aura completamente negativa, que encendía todas las alarmas en la mente de un sujeto, cubierto completamente por un saco marrón oscuro. No se veía atisbo de piel o pelaje bajo la ropa que llevaba puesta, pero una cosa era clara: estaba esperando algo. El sujeto en cuestión estaba bien escondido a unas cuadras del sitio misterioso, justo en medio de dos casas, vigilando atentamente. De un bolsillo sacó un reloj de bolsillo y lo miró.
—¿Pues cuando piensas aparecer?— pronunció para sí mismo la figura en un susurro, con una voz gruesa y que arrastraba las palabras, una voz masculina. <¿Cómo pueden haberme visto la cara? ¿A mí, el mejor investigador privado, Héctor Martínez.> se quejó en su mente el investigador privado.

Un leve movimiento en la espalda de Héctor reveló que, de hecho, además de investigador, se trataba de un hombre bestia. Aquel movimiento solamente podía ser producido por una cola que se movía por irritación.

En su mente aún recordaba las palabras desesperadas de la madre que fue a verlo a su despacho. Se trataba de una gata con sobrepeso llamada María, quién iba en busca de sus servicios, pues su hijo, Pepe, llevaba varios días desaparecido y la policía no le mostraba resultados.
—Bah, esos inútiles no podrían encontrar a su hijo incluso si estuviera en la comisaría municipal— dijo Héctor, que era un perro pastor alemán, ante las palabras de la desesperada mujer respecto a la fuerza de policía —Por supuesto que encontraré a su hijo. Solamente necesito que me de algunos cuantos datos con respecto a la última vez que lo vieron.

Y así, sus primeras investigaciones lo llevaron hasta un lugar donde vendían baratijas de brujería y vudú. <Cosas estúpidas a la que la gente recurre cuando sus miserables vidas se volvían aún más miserables> Pensó el canino cuando entró dentro del establecimiento. Lo primero que se encontró fue a una vieja humana. Pero decir que era anciana no era ni la mitad de lo que su apariencia decía: sus profundas arrugas cubrían todo su rostro, el poco cabello que tenía, blanco, largo y descuidado, le caía en mechones por todos lados de su cabeza. Pero el detalle más destacable era su postura encorvada. Era muy delgada, por lo que no tenía joroba. En su lugar, su cuerpo tenía la forma de uno de esos típicos dulces de navidad.
—Disculpe, madame, ¿ha visto a este chico?— le preguntó el investigador a la anciana, mostrándole una foto de Pepe. Entonces, los ojos sabios de la mujer se abrieron como platos y su respiración comenzó a entrecortarse.
—Ese niño está con los demobríjes— graznó la dueña de la tienda con una voz entrecortada y áspera. El can se vio obligado a utilizar toda su fuerza de voluntad para no pegar sus orejas a su nuca, en gesto de rechazo.
—¿Demobrijes?— preguntó Héctor, que aunque no creía en cosas como demonios o fantasmas, por las fechas, sentía muchísima curiosidad.

Pero un leve movimiento lo arrancó de sus recuerdos. Alguien acababa de entrar en el callejón a toda prisa. Su cuerpo se encontraba envuelto en una especie de túnica marrón con coloridos dibujos cosidos en toda su extensión. La prisa que tenía despertó aún más las sospechas del can, sobre todo por qué de él emanaba un claro olor a sangre. Así que, haciendo gala de su sigilo de hombre bestia, el investigador comenzó a seguir a la figura hasta el callejón. Reprimió un suspiro de asombro cuando quien quiera que fuere presionaba un ladrillo de la pared. En esta se abrió entonces un pequeño agujero de aproximadamente un metro cuadrado. Era una escena digna de película de misterio o espías.

Héctor esperó unos minutos antes de repetir las acciones del sujeto que acababa de ver y así, adentrarse en un pequeño pasillo que daba a unas escaleras que descendían hasta donde alcanzaba la vista. Y con cuidado, Héctor comenzó a descender, intentando hacer que las almohadillas de sus pies suprimieran todo el sonido de sus pisadas. Gracias al cielo en las paredes había pequeñas antorchas que permitían ver donde ponía sus pies. Al principio, su instinto le decía que aquel no era un lugar seguro, que podría estar en peligro. Pero conforme iba avanzando esa advertencia se fue convirtiendo en desesperación, misma que se daba a notar en su cola y orejas, una erizada y las otras pegadas a la nuca. Un incómodo cosquilleo recorrió todo su cuerpo. <Ya es muy tarde para dar marcha atrás> se dijo a sí mismo, intentando obtener fuerza de sus pensamientos.

Leves sonidos de voces le advirtieron de que estaba a punto de llegar al sitio al que lo conducían las escaleras. Y al final de estas se podía ver una puerta, abierta de par en par. De su interior emergía una tenue luz, mucho más pobre que la del pasillo, que seguramente provenía de velas. Con sigilo, Héctor avanzó hasta la puerta y la visión hizo que se le erizara cada pelo del cuerpo. El sitio en cuestión era una enorme habitación, fácilmente del tamaño de una casa, adornado con flores naranjas de cempasúchil, papel picado y un gran número de velas. Y, en el centro del cuarto, mucha gente, vestidas con las mismas túnicas que la de la figura que vio correr, estaban de pie. Todas mirando a una hermosa mujer desnuda. Pero, pese a que el ambiente era el mismo que existía en toda la ciudad, el de día de muertos, el sitio desprendía una energía muy negativa que casi lo hacía gruñir en amenaza.

—...están todos listos?— alcanzó a escuchar hablar a la hermosa mujer de piel suave y blanca como la misma nieve. Y como respuesta, todos los presentes se retiraron el gorro de sus túnicas, revelando sus identidades. Y tal cómo sus investigaciones predijeron, ahí estaba Pepe. Pero el joven felino no parecía asustado en lo más mínimo. De hecho, por su expresión corporal pareciera que estaba a gusto —¡Qué comience la ceremonia!

Y la mujer tomó el cuchillo en el suelo y, sin previo aviso, se rebanó la garganta con él. La sangre salió a borbotones y el estómago del canino se revolvió ante la escena. Se vio obligado a tapar su hocico con ambas manos para no gritar de la impresión <¡¿Qué demonios?!> Pero no se terminó ahí, o no, de hecho cada fibra de su ser, cada músculo, cada célula, le advirtió que algo extremadamente peligroso se estaba acercando. En el rostro de los hombres bestia presentes también pudo detectar que sus instintos les imploraban que huyeran, pero ahí se quedaron, de pie.

Tal y como con el suicidio de la mujer, algo comenzó a pasar de repente con su cadáver. De la herida comenzó a fluir un extraño líquido tan negro como el azabache. En el acto, las flores se marchitaron hasta volverse polvo. Los coloridos adornos tradicionales se vieron despojados de sus vivos colores y luego también se convirtieron en polvo. Y en lo que fue un parpadeo, de pronto, la figura de la mujer muerta fue cambiada por la de un extraño ser negro que tenía ciertos patrones de formas vivas y llenas de color en su cuerpo.

“Son los seres opuestos a los alebrijes” escuchó Héctor la voz de la anciana resonar en su cabeza “Los alebrijes son felicidad, paz espiritual y armonía. Estos son lo contrario, demonios que se alimentan de la muerte y la desesperación de los vivos”

La aparición, que parecía a simple vista un humanoide con enormes cuernos que salían de su cabeza, creó una reacción de terror en toda la gente presente, pero ni así se movieron.
“Cuenta la leyenda que si alguien es tan necio como para ver a esta criatura directamente será invadido por las más terroríficas visiones. Su apariencia es engañosa y muy similar a un alebrije, pero esto es solo una trampa para que los ojos de sus víctimas se posen en su cuerpo”
Todos los presentes entonces comenzaron a gritar, a convulsionarse e incluso a arrancarse el cabello de sus cabezas o pelaje de sus cuerpos. La escena era completamente demencial. Muchos de ellos, entre ellos Pepe, llegaron al extremo de incluso auto mutilarse sus colas en una sangrienta escena.

“Las visiones son tan brutales que volverán loca a su víctima y provocarán que intenté suicidarse” Todos los presentes tenían un cuchillo ante sus pies y, en un movimiento coordinado, todos y cada uno de ellos cometieron el mismo acto de suicidio que la mujer de hace unos momentos, rebanándose la garganta. Héctor, desesperado por escapar, volteo inmediatamente la mirada y comenzó a correr escaleras arriba. <No lo mires… no lo mires… no lo mires…> repetía dentro de su cabeza.

“Pero la leyenda cuanta más. Dice que el demonio se alimenta de la muerte que provoca mirarlo, pero lo peor es cuando el ser te mira directamente a los ojos” Héctor estaba a punto de alcanzar la puerta cuando un fuerte sonido se escuchó a sus espaldas. Empleo cada gramo de fuerza de voluntad en su interior para no volver la mirada y seguir mirando. Pero no sirvió de nada. Casi como un ser omnipresente, el demobrije apareció justamente delante de él. El can, previniendo la situación, cerró los ojos con fuerza. “Algo cruel es que, una vez lo tienes delante de ti te invade una tremenda curiosidad por mirarlo directamente al rostro, como si tu mente fuera incapaz de percibir el peligro” La curiosidad se abrió paso en la mente de Héctor, suprimiendo su instinto de supervivencia. Y fue así cómo abrió los ojos de par en par… y se topó con dos enormes orbes amarillos, llenos de odio y maldad, que lo miraban directamente.

“A esos estúpidos les espera un destino peor que la muerte. Nadie sabe con exactitud qué sucede, pues todos los que lo miraran a los ojos mueren. Pero los antiguos mayas relatan que cuando los mirabas a los ojos, estos seres arrancaban el alma de tu cuerpo y se la llevaban a sus dominios, donde te torturarían hasta el final de los tiempos” Una dolorosa sensación recorrió el cuerpo del investigador. Se sentía como si estuvieran rompiendo lentamente cada uno de sus huesos. Hasta que, de pronto, la sensación se terminó y el cadáver del can se desplomó en el suelo.

[...]​
Esa noche de dos de noviembre una malvada risa recorrió las calles de la Ciudad de Pachuca. Todos los adultos mayores comprendieron muy bien lo que significaba y procuraron cerrar bien sus casas y les negaron la salida a sus familiares, pues si cualquiera se atrevía a salir y se topaba con la criatura, le esperaría el mismo destino que al de la pobre alma en desgracia que gritaba sin cesar a donde fuera que iba la malvada risa.


Leaf chris wolf chris wolf Listo :D Algo cortita, pero espero este entretenida.
Temática: Ciudad/Suicidios Masivos en México.
 
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