+18 (Adaptación) Medico sexy

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Esta historia contiene un alto contenido de lenguaje sexual explicito, si eres sensible a este tipo de Lectura por favor cambia de historia.




1

EL MÉDICO

KAKASHI


Si una clínica privada es elegida la número uno del estado y una de las cinco mejores del país por enésimo año consecutivo, el premio debería ser la erradicación total de mañanas como la de hoy. Esta ha sido la tercera vez esta semana que me he encontrado cara a cara con una paciente con la que estaba perdiendo el tiempo. Cara a cara con una paciente que quería que yo personalmente examinara su coño.

—Por enésima vez, señora Terumi... —Hice clic con el bolígrafo—. No le pasa absolutamente nada. Sus análisis de orina y sangre son sanísimos, y está desperdiciando tanto su tiempo como el mío. Tengo pacientes esperándome para tratar temas realmente serios.

—Lo sé, y yo soy una de ellos. —Sonrió y, con un gesto juguetón, tiró del dobladillo de su vestido de seda por encima de sus muslos—. Siento que me está ocurriendo algo extraño aquí abajo...

—¿Ahí abajo? Estoy seguro de que es capaz de decir «vagina», si se refiere a eso.

—Vale. Me está pasando algo en... la vagina. —Se mordió el labio y sonrió de nuevo.

«Hoy no estoy de humor para estas mierdas».

Dejé su expediente a un lado y comencé a escribir una anotación:

«A la paciente no le pasa nada malo».

Era la cuarta citología que le hacía en cuatro meses, la definición misma de la palabra «innecesario».

—Como ya le he dicho, señora Terumi —dije, negando con la cabeza—, no solo debería irse a casa: es necesario que lo haga.

—No estoy convencida. —Se cruzó de brazos—. ¿No puede comprobarlo otra vez?

—No.

—¿No? No puede decirme «no».

—¿Prefiere que le diga «no follaremos»? No me mire boquiabierta, señora Terumi. No es no.

—¿No ha hecho el juramento hipocrático? —Movió un dedo delante de mi cara—. ¿No hay algo en él referente a tratar a las personas con amabilidad y simpatía? Estoy segura de que eso significa que tiene que preocuparse de sus pacientes, es decir, de mí, y que debe creerles cuando le dicen que les duele algo.

—En primer lugar, usted es no mi paciente, y esta no es mi especialidad. En segundo lugar, sabe muy bien que su médica de cabecera, la doctora Inuzuka, siempre está fuera los jueves, así que ni siquiera debería haber venido hoy.

—También sé que usted ha realizado más citologías antes en ausencia de la doctora Inuzuka. He tratado de reservar una cita con usted en su especialidad, pero la recepcionista siempre me dice que no hay hueco. De todos modos... —Entrecerró los ojos mirándome—. Me gustaría que pusiera educadamente la cabeza entre mis piernas y me examinara la vagina, doctor Hatake. Hágalo ahora, o le dejaré una reseña negativa de dos estrellas.

—¿Por qué no dejar una crítica de una estrella?

—No estoy bromeando. Mi hija trabaja en la sección de local de The New York Times, y haré una crítica feroz tanto a usted como a la clínica; les llevará años recuperar la reputación que tienen.

Puse los ojos en blanco y cogí un par de guantes.

—Súbase a la camilla, por favor.

Sonrió y se acomodó en la camilla, echándose hacia atrás, como si eso fuera lo más maravilloso de su vida. Llamé a una enfermera y esperé a que entrara en la habitación: quería asegurarme de que hubiera alguien presente como testigo de la consulta.

La enfermera se sonrojó mientras ponía lo necesario en el carrito y me lo acercaba. Cuando me di cuenta de que literalmente iba a ponerse roja y a reírse por lo bajo cada vez que murmurara una palabra, acepté que no era mi día.

—Ponga los pies en los estribos y separe las piernas, señora Terumi.

—Con mucho gusto. —Siguió mis instrucciones, abriendo los muslos mucho más de lo necesario.

Me senté en el taburete y tomé posición entre sus piernas; encendí la luz para examinarla y cogí el espéculo. Iba a asegurarme de que fuera el examen más rápido y eficiente de la historia. Había hecho demasiados en los últimos meses, y estaba seguro de que podía llevarlo a cabo con los ojos cerrados.

Suspirando, le raspé el cuello del útero en busca de las células necesarias para la prueba, y aunque percibí una pequeña irregularidad, sabía que no era suficiente para justificar un nuevo examen.

—Todo está bien, señora Terumi —concluí, quitándome los guantes y tirándolos a la basura—. Ya puede incorporarse.

—¿Qué? ¿Eso es todo? —No se movió—. Todavía no me ha reconocido la pelvis. ¿Y qué hay de los senos? ¿No se supone que debe tocármelos en busca de bultos?

«Dios...»

—La doctora Inuzuka le ha examinado los senos hace cinco semanas, así que estoy muy seguro de que los resultados permanecen inalterados. Pero, si lo desea, puedo pedirle a la enfermera Mitarashi que se quede en la habitación con usted y que le haga una palpación. Incluso le pediré que no se la cobre: lo tramitaremos como consulta pro bono.

—Doctor Hatake, haré lo que considere necesario... —La enfermera Mitarashi se sonrojó y soltó una risita tonta.

—Creo que paso. —La señora Terumi se sentó y se cruzó de brazos.

—Ya me imaginaba. —Cogí el expediente y escribí algunas notas—. Como le he dicho antes de comenzar, no hay nada alarmante «ahí abajo», aunque me da la impresión de que podría estar desarrollando una infección menor por hongos.

—Ya le he dicho que era algo serio. Incluso suena grave, tan grave que apuesto algo a que no hay una cura para ello.

—En el Wal-Mart venden cura para todo —dije—. La mayoría de las mujeres pueden diagnosticarse una infección de esa clase por sí mismas.

—Bueno, pues yo prefiero un trato más personal. —Se echó hacia adelante y me puso la mano en el hombro—. ¿Está seguro de que no quiere usar esos largos dedos para profundizar un poco y asegurarse de no tengo nada malo más dentro?

Inmediatamente me puse de pie y arranqué la hoja de recetas de mi libreta.

—La infección debería quedar resuelta en las cuarenta y ocho próximas horas si empieza hoy el tratamiento y sigue las instrucciones.

—¿Y en el caso de que no siga bien las instrucciones? ¿No puede hacerme el seguimiento?

Le lancé una mirada inexpresiva.

—Que tenga un buen día, señora Terumi. Gracias por su ayuda, enfermera Mitarashi. —Salí de la consulta antes de que alguna de ellas pudiera añadir una palabra más y me dirigí directamente al escritorio de mi ayudante, Ayame.

—¿Puedo ayudarle en algo, doctor Hatake? —Me miró mientras me acercaba.

—Sí. Juraría que te di indicaciones muy claras: ¿no acordamos que no quería que me enviaras a los pacientes sin cita previa de la doctora Inuzuka cuando esta tuviera días libres, y que, si lo hacías, tenía que ser como último recurso?

—Usted ha sido el ultimísimo recurso. Todos los demás tenían una cita a las ocho.

«Genial...».

—¿Hay alguna variación más en mi agenda?

—Muchas. —Cogió una caja y me la entregó—. El premio por ser la clínica privada número uno en el estado llegó por correo ayer por la noche. La cita de las diez ha sido reprogramada para las cuatro, la de la una quiere cambiar la sesión en persona por una llamada telefónica, y he rellenado todos los jarrones de su despacho con un nuevo suministro de regalices.

—Gracias, Ayame. ¿Eso es todo?

—En realidad, hay una última cosa. La doctora Katō ha regresado de Hawái y está en su consulta esperándole. Dice que es importante.

—Estoy seguro de que no lo es. —Llevé la caja por el pasillo hasta mi despacho.

Efectivamente, la doctora Katō, también conocida como doctora Nunca-estoy-aquí, estaba sentada en el sofá para los pacientes, hablando por teléfono. De hecho, me sorprendió verla ahí tan temprano, ya que recientemente se había convertido en una celebridad. Era el tercer miembro de mi personal que se había perdido en el mundo de la «medicina de la televisión». Cada vez que me daba la vuelta, estaba firmando un nuevo contrato para escribir libros, aparecer en un programa de televisión u organizar una costosa conferencia. Todo salvo practicar medicina.

—Doctor Hatake, no parece contento de verme hoy... —Puso fin a la llamada telefónica mientras yo tomaba asiento tras mi escritorio—. ¿Qué he hecho ahora?

—Nada. Literalmente.

Se rio.

—¿Sabes?, en serio, no tengo ni idea de por qué le gustas tanto a mi marido.

—¿Has venido a mi despacho para hablar sobre tu vida personal? Tendré que cobrarte por ello.

—No, por favor. —Sacó un grueso documento del bolso y lo deslizó hacia mí por encima de la mesa—. Es necesario que firmes la declaración conjunta del nuevo programa especial para residentes. Eres el único médico de la clínica que no lo ha firmado.

—¿Programa para residentes? Juraría que ya tenemos tres y que acordamos contratar a un nuevo médico.

—Los residentes son médicos.

—Son médicos que necesitan niñera. —Pasé las páginas—. He aceptado utilizar los nuevos fondos para un médico con licencia y útil para la clínica. No pienso firmar eso.

—Todos los demás han estado de acuerdo, y ya hemos seleccionado a una candidata con mucho talento, así que no voy a discutir contigo. Y si no recuerdo mal, han sido doce votos positivos con solo uno en contra, el tuyo, por lo que técnicamente no has estado de acuerdo y tienes que ceder ante el resto de nosotros.

Suspiré y garabateé mi firma en la primera y en la última página del documento.

—Y para que lo sepas —añadió—: las enfermeras murmuran mucho más sobre ti últimamente. Lo estás volviendo a hacer.

Arqueé una ceja, esperando una explicación.

—Estar en guardia, enfadarte más rápido de lo normal y, bueno..., sencillamente ser una versión mejorada de ti mismo, supongo. —Sonrió—. Sé que esta clínica es el legado de tu familia, pero, en serio, hay vida más allá de estas paredes.

—No, lo que necesito es que los médicos que están dentro de estas paredes se presenten y ejerzan sus putos trabajos.

—¿Ves? ¿Ves lo irritable que puede resultarme tratar de ser amable contigo?

—Sal de mi despacho, Katō.

—Ya me voy. —Cogió el documento y se puso de pie—. Por cierto, ¿qué le ha pasado a esa preciosa y tierna mujer que te presenté hace unas semanas?

—No ha funcionado.

—¿No ha funcionado o no has permitido que funcionara?

—Un poco de cada cosa. —La mujer en cuestión había sido su amiga en la infancia, y, de hecho, era preciosa y tierna, pero en el momento en que comenzó a balbucir que quería casarse y tener al menos cuatro hijos, cuando solo llevábamos una hora juntos, perdí con rapidez cualquier interés en ella.

—Bueno, hazme un favor —dijo la doctora Katō, mientras iba hacia la puerta—. Prueba con las citas online o busca un pasatiempo para esos días que raramente tienes libres. No repetiré esto ni admitiré haberlo dicho, pero... eres demasiado guapo para pasar el resto de tu vida solo.

—Muchas gracias, doctora Katō. ¿Tengo que pagarte por ese psicoanálisis que no te he pedido o tus malos consejos son gratuitos?

Me mostró el dedo corazón y, cerrando la puerta impetuosamente a su espalda, salió de mi despacho.

Sin que ella ni mi equipo lo supieran, tenía un pasatiempo secreto: el sexo. Lo que ocurría era que no había tenido tiempo de disfrutarlo durante los seis últimos meses debido a una sobrecarga de trabajo..., gracias a ellos. Y sin duda era un gran admirador de las citas online... hasta que conocí a muchas mujeres seguidas que andaban buscando relaciones permanentes. Ahora me limitaba a navegar por los escasos sitios donde mantenía cuentas y seguía charlando con la especie de amiga que había hecho: JerseyGirl7.

La había conocido en NewYorkMinute el sitio más exclusivo y privado para los profesionales de élite de la ciudad. Un sitio que se había forjado alrededor de la idea de que la primera cita debía programarse después de tres conversaciones. Ningún perfil tenía nombre ni imagen, solo una serie de párrafos reveladores y el porcentaje de «capacidad de emparejamiento» basado en las preguntas que se habían respondido.

Por alguna razón, JerseyGirl7 era cien por cien compatible conmigo, pero nunca había deseado conocerla en persona, porque no confiaba en los resultados. Por un lado, pensaba que ella tenía que haber respondido de coña para que le saliera una buena compatibilidad sexual conmigo, y, por otro, no tenía la energía ni el tiempo necesarios para sufrir otra posible decepción. No solo eso, sino que realmente disfrutaba teniéndola como medio amiga, incluso aunque tuviera un sentido del humor demasiado inteligente y cierta tendencia a revelar demasiado sobre sus fantasías más profundas y guarras.

Con ella en mente, abrí sesión en NewYorkMinute y vi un mensaje suyo de hacía un par de horas.

Asunto: Tengo una cita este fin de semana y necesito tu consejo...

Creo que este viernes es el día en que ¡por fin! tendré sexo después de tantos meses de sequía.

Respóndeme al correo cuando tengas oportunidad o cuando termines con tus mal llamados pacientes. Sabes que no tienes que seguir mintiendo sobre que eres médico, ¿verdad? Nunca nos vamos a ver en persona, así que ¿por qué sigues pretendiendo constantemente ser algo que no eres? Solo dime lo que haces para vivir, y yo también te diré lo que hago. :-)

P. D.: Tenías razón sobre mi última cita. No terminó bien; él era un imbécil, como predijiste, pero ya eres lo suficientemente arrogante y no voy a hacer crecer tu ego ni un poco más.


JerseyGirl7

Volví a leer la última línea de su correo electrónico varias veces más y sonreí antes de cerrar la aplicación.

«Ya le responderé cuando salga...».

Esta historia es de Whitney G. Y los personajes pertenecen a M. Kishimoto.
 
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EL MÉDICO

KAKASHI


Cuando salí del trabajo, eran ya las nueve de la noche y mi tolerancia por la incompetencia había alcanzado un nuevo mínimo. Había tenido que echar la bronca a los internos en mi departamento por mostrarse descuidados en los informes de los pacientes, aguantar una sesión de dos horas con una pareja que estaría mejor divorciada y obligarme a terminar de leer un informe de cuarenta páginas sobre una nueva técnica de terapia.

En algún lugar en medio de todo ese estrés, se había agotado mi suministro de regalices, y lo último que quería hacer esa noche era reunirme con el personal para celebrar el enésimo nombramiento como la «Mejor clínica de Nueva York». Pero, una vez más, me encontré sacando brillo al trofeo en la sala de estar, y dejándolo en el estante, al lado de los premios de los años anteriores. Los miré allí juntos durante un buen rato, sabiendo que mi padre estaba en algún lugar diciendo:

«Te lo dije, hijo».

Encendí las luces, fui a la cocina y me serví un vaso de bourbon, que me bebí de un trago con rapidez antes de servirme otro. Luego cogí el móvil e inicié sesión en la aplicación NewYorkMinute para ver que JerseyGirl7 me había enviado el segundo mensaje del día.

Asunto: Un consejo

Tus «pacientes» deben de estar volviéndote realmente loco hoy, ya que estás demasiado ocupado para responde. (aunque sé que eso de que eres médico es mentira).

Por tanto, te formularé unas preguntas muy concisas:

1) El chico y yo acabamos de intercambiar fotos; es muy sexy y parece estar deliciosamente cachondo. Esto no tiene absolutamente nada que ver con este correo electrónico. Solo quería restregarte ese hecho por la cara.

2) ¿Crees que debería ponerme un vestido con medias o un top muy revelador con vaqueros ceñidos? Como hombre, ¿cuál es la mejor manera de insinuarle que estoy interesada en acostarme con él después de la cita?

3) Me ha dicho que estaba deseando chuparme «el conejo»; ¿qué significa eso?

4) En serio, necesito que esto funcione. A diferencia de ti, prefiero no pasarme otro mes consolándome solo con mis fantasías y mi mano...

P. D.: Si alguna vez nos vemos y quiero hacerte un regalito por todos los consejos que me has dado durante estos meses, ¿qué te parece más apropiado? ¿Un kit médico de juguete o una colección de las mejores pelis porno?

JerseyGirl7


Sonreí y escribí una respuesta al instante.

Asunto: Re: Un consejo

Sí, los «pacientes» me han vuelto loco hoy, pero no tanto como el personal. (Y no tengo ninguna razón para mentirte sobre mi ocupación). Muchas gracias por ir al grano con esas tristes y patéticas preguntas de esta semana.

1) Como estoy lejos de ser gay, no sé por qué me puede importar una mierda si el chico con el que estás a punto de quedar es «sexy» o «está deliciosamente cachondo».

2) Ponte un vestido. Sin medias.

3) Significa que no tiene idea de cómo comerte el coño.

4) Te he dicho ya que es muy peligroso que te hagas ideas tontas en referencia a mi vida sexual...

P. D.: Una bolsa a granel de regalices sería lo mejor, pero preferiría ver tus labios alrededor de mi polla.

D-Doctor


Me respondió al instante.

Asunto: Re: Re: Un consejo

Te aseguro que sabe cómo comerme el coño. Deberías leer todos los mensajes guarros que me ha enviado. Estoy segura de que son mucho más guarros que nada que me hayan enviado antes.

JerseyGirl7

Asunto: Re: Re: Re: Un consejo

Lo dudo mucho...

D-Doctor


Revisé el hilo interminable de mensajes, hasta el momento en que comenzaron, y me di cuenta de que esa mujer tenía, sin duda, una obsesión por hablar sobre el sexo. Lo cual era bastante irónico, porque desde el momento en que nos habíamos «conocido», no había disfrutado del sexo. Todas sus citas habían terminado siendo un desastre, ya fuera por una razón u otra, y había aprendido más sobre el uso de su vibrador personal de lo que quería saber.

«Creo que vamos a tener que resolverlo fuera de internet...».

Antes de que ella pudiera responder a mi último mensaje, le envié otro.

Asunto: Tu cita

Puedo garantizarte que será otra decepción. Personalmente, creo que deberías cancelarla para que no pierdas el tiempo.

D-Doctor


Asunto: Re: Tu cita

Y puedo garantizar que no será así. Tenemos un ochenta por ciento de compatibilidad. ¡Un ochenta por ciento! Y no es solo eso... Te adjunto capturas de pantalla de algunos de sus mensajes más recientes.

Lee y aprende a decir guarradas, Doctor. Lee y aprende...

JerseyGirl7


Logré leer solo un mensaje, «Voy a lamerte y sorberte tu coño mojado hasta dejarlo seco, y me muero por que veas mi polla. Es del tamaño de una salchicha...», antes de poner los ojos en blanco.

Asunto: Re: Re: Tu cita

¿Quieres apostar algo?

P. D.: Ningún hombre debería comparar su polla con una salchicha. Pueden hacerlo mejor... Mucho mejor.

D-Doctor


Asunto: Re: Re: Re: Tu cita

Por supuesto. ¿Qué obtendré cuando gane?

P. D.: Estás celoso de que tu polla no sea lo suficientemente grande como para que te lo digan...

JerseyGirl7


Asunto: Re: Re: Re: Re: Tu cita

Querrás decir cuando pierdas... Y cuando eso suceda, quiero una llamada telefónica. Podemos negociar el tema si ganas, pero estoy bastante seguro de que no necesitaremos hacerlo.

P. D.: ¿Te gustaría que te enviara una foto? Dudo mucho que pueda caber en una sola imagen, así que tendré que enviarte dos…

D-Doctor


Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: Tu cita

¿Una llamada telefónica? ¿Eso es todo lo que quieres?

Pediré lo mismo como «premio», así podré restregarte mi cita en las narices.

P. D.: Suena muy tentador..., pero acordamos no enviarnos fotos nunca. ¿Recuerdas?

JerseyGirl7

Asunto: Nada de fotos

Acordamos no enviarnos fotos, pero previamente convinimos que dejarías de contarme lo mucho que querías que alguien te hiciera inclinarte sobre una silla y te dejara sin aliento, y, sin embargo, fue el tema que tratamos anoche...

Responde a la pregunta. ¿Es un sí o un no para enviarte las fotos? Creo que mi polla encajaría perfectamente dentro de esa boca tan de listilla tuya...

D-Doctor

«JerseyGirl7 se ha desconectado...».
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


Me sonrojé al releer los últimos mensajes de D-Doctor al día siguiente, y puse los ojos en blanco al ver su oferta de enviarme una foto de su polla, a pesar de que casi le había dicho que sí.

«¿Por qué no has aceptado, tonta?».

Sonriendo, decidí que trataría el tema con él más tarde. Tenía una reunión de emergencia y una cita a la que llegar a tiempo.

Cuando el taxi se detuvo en la acera delante del Manhattan Medical, le entregué al conductor un billete de diez dólares y me puse la capucha del impermeable sobre la cabeza. Me apresuré a cruzar la acera y la puerta rotatoria, entusiasmada por lo que la reunión de hoy significaba para mi carrera. Durante toda la semana, no había podido evitar escuchar cómo mis compañeros hablaba de que el jefe estaba ofreciendo bonificaciones a algunos internos y residentes. Y por lo mucho que trabajaba, sabía que también merecía uno.

Fui en el ascensor hasta el piso correspondiente, respiré hondo y llamé a la puerta del jefe.

—¡Adelante, adelante! —dijo, con la misma voz tranquila y acogedora de siempre.

—Buenos días, jefe Sarutobi.

—Buenos días, doctora Haruno. —Sonrió—. Gracias por venir a reunirse conmigo en su día libre, y avisándola con tan poco tiempo.

—El placer es mío, señor.

Me indicó que tomara asiento, e hice todo lo posible para no parecer demasiado agitada.

«Sí, estoy encantada de aceptar la bonificación de mil dólares... Sí, estoy encantada de aceptar la bonificación de mil dólares...».

—Doctora Haruno, la he llamado hoy porque tengo buenas noticias y malas noticias. —Su repentino cambio de tono me cogió por sorpresa—. ¿Cuáles quiere que le diga antes?

—Las buenas...

—Vale. Bueno, la buena noticia es que es una interna estupenda, y quiero decir realmente estupenda. Su profesionalismo, puntualidad y entusiasmo con los pacientes del centro la hacen formar parte de los mejores internos. Ha demostrado una gran habilidad para los diagnósticos, y no tengo dudas de que será una médica fantástica en su especialidad después de que complete su residencia.

—Agradezco los cumplidos, jefe Sarutobi. —Estaba a punto de seguir dándole las gracias, pero primero tenía que escuchar las «malas noticias».

—Las malas noticias son que... —se quitó las gafas de presbicia y se pasó la mano por el cabello gris—, por desgracia, tenemos que rescindir la oferta para que continúe en el programa de residencia del centro.

—¿Qué?

—Por accidente hemos aceptado diez solicitudes de más para nuestro presupuesto, así que decidimos sacar nombres al azar para elegir qué contratos tenemos que rescindir. Le ha tocado, lo siento.

Me mordí la lengua para evitar gritar «¿Qué coño...?». Estábamos hablando de mi futuro, y él estaba allí sentado limpiándose las gafas, como si la conversación versara sobre algo tan simple como la nueva política de uniformes. Como si no hubiera estado planeando pasarme los próximos años de mi vida completando allí mi residencia, en el Manhattan Medical.

—Doctora Haruno, entiendo que este momento puede parecerle terrible...

—¿Terrible? Si hace unas semanas que empecé —balbucí—. Esto tiene que ser ilegal.

—No, lo que sería ilegal es permitir que continúen su residencia diez personas cuando no podemos pagarles. —Y tuvo el descaro de sonreír.

Lo fulminé con la mirada.

—Vale, eso ha sido un chiste de mal gusto. Lo siento. —Negó con la cabeza—. De todos modos, aunque no podamos permitir que siga formando parte del personal durante el curso actual, el departamento de Recursos Humanos ha estado trabajando horas extra a lo largo de los últimos meses llamando a todos los hospitales del estado para encontrar la solución a nuestro vergonzoso problema. —Sacó una carpeta y hojeó las páginas—. Hemos enviado las puntuaciones que ha obtenido, el registro de asistencia y, por supuesto, cartas de recomendación de cada médico, pues todos han quedado impresionados con su trabajo en las rotaciones.

Sonriendo, deslizó la carpeta sobre el escritorio hacia mí, pero no me atreví a abrirla. Lo único que podía ver ahora era que el sueño de toda mi vida se desvanecía a cada segundo que pasaba.

—Recursos Humanos ha decidido que el Centro Médico Avanzado Park Avenue es la mejor opción para usted, por su especialidad y por su amor por la terapia. El equipo de la clínica mencionada está encantado de ofrecerle un trabajo, y su oferta salarial es bastante elevada, la más alta que he visto para ese puesto.

—¿En serio? —Ya no pude aguantar más—. ¿Me está pidiendo que realice mi residencia en una clínica privada? ¿Es una broma?

—El Centro Médico Avanzado Park Avenue es, en realidad, la mejor clínica privada del estado, y se encuentra entre las diez mejores del país. Poseen un equipo de médicos de fama mundial reconocidos en sus...

Desconecté. No podía soportar escuchar otra palabra. Durante los años que llevaba aspirando a ser médica, siempre me había imaginado corriendo por los pasillos del mejor hospital del estado. El hospital en el que estaba ahora mismo, el mismo en el que trabajaba como residente. Nunca, jamás en mi vida se me había ocurrido pedir residencia en una clínica privada, y mucho menos trabajar en una, porque siempre había pensado que las relaciones médico-paciente eran demasiado vagas y que había muy poca variedad de casos para que resultara un desafío.

—¿Me está escuchando, doctora Haruno? —La voz del jefe interrumpió mis pensamientos.

—No, señor —admití—. En absoluto.

—Lo imaginaba. —Se puso de pie y se acercó a mí para ponerme las manos en los hombros—. Recursos Humanos se ha esmerado mucho en encontrar la mejor solución, y esa es la que está en el dosier que le acabo de dar. Es todo lo que necesita saber sobre el Centro Médico Avanzado Park Avenue y sobre por qué creemos que este cambio radical en su carrera será para mejor. Estas cosas suceden por una razón, ¿sabe?

«Estas cosas ocurren cuando se contrata a personas que no saben contar...».

Me obligué a sonreír y le tendí la mano.

—Gracias por ser un gran mentor, jefe Sarutobi.

—No, gracias a usted por ser una de las mejores estudiantes a las que he tenido el placer de enseñar. —Le estreché la mano—. Y mire, esto es solo un pequeño revés. En cuanto complete la residencia, llámeme. Voy a mover tierra y cielo para contratarla.

No tuve la energía para responder ese último comentario en ese momento.

Me limité a recoger el archivo que me daba, expresarle las gracias por última vez y salir de su despacho. No quería prolongar mi cruel cambio de destino más tiempo, así que fui en el ascensor hasta la planta baja para pasar por el vestuario de los internos. Recogí mi bata blanca y el resto de mis pertenencias y guardé con rapidez todos los libros de texto y carpetas en la mochila.

Ignoré todos los «¿Qué te pasa, Sakura?» y los «¿Por qué lloras?» de mis colegas mientras salía del hospital, y luego tiré el archivo sobre el Centro Médico Avanzado Park Avenue a la primera papelera que vi.

.

.

.

.


Esa noche, sentada delante del hombre al que había conocido a través de la aplicación de citas NewYorkMinute Sasori Akasuna, estaba decidida a darle la vuelta al día, y tenía muchas ganas de restregarle a D-Doctor en las narices las muchas maneras en las que Sasori me había follado.

«¿Por qué me excita tanto contarle a un extraño los detalles de mi inexistente vida sexual y mis fantasías?».

—Mmm, ¿vas a pedir algo de beber, Sakura? —Sasori movió la mano delante de mi cara, y me di cuenta de que el camarero me estaba mirando con el bloc de notas en la mano.

—¡Oh, sí! —Eché un vistazo a la carta de vinos—. Tomaré una copa de Château Guiraud.

—Una excelente elección, señorita. —El camarero sonrió—. También podría sugerirle...

—Una copa de ese vino cuesta setenta dólares —intervino Sasori, frunciendo el ceño—. Así que no. ¿Puedes elegir otro, por favor?

—Oh, lo siento —dije—. No me había dado cuenta de que era tan caro. —Eché un vistazo de nuevo a la carta de vinos—. ¿Puede ser entonces una copa de Château Piedmont?

—Son trece dólares la copa. —Sasori negó con la cabeza—. ¿Qué tal una copa de Shirley Temple?

—Señor —dijo el camarero, tan extrañado como yo—. Shirley Temple no es un vino. Es una forma elegante de conseguir que los adolescentes pidan tónica con una pizca de zumo de frutas acompañada de una cereza.

—Además tiene el precio perfecto: cuatro dólares. —Sasori me arrancó de los dedos la carta de bebidas y se la entregó al camarero—. Hemos venido aquí a beber algo y por el ambiente. Después iremos al Burger King, gracias.

—Vale. —El camarero me lanzó una mirada de «¿De qué coño va esto?», y me obligué a sonreír—. Un Shirley Temple y agua.

—Sin limón —añadió Sasori moviendo el dedo—. Lo cobran aparte.

El camarero negó con la cabeza.

—Vengo ahora mismo.

—Dime, ¿qué tal te ha ido hoy el día, Sakura? —Sasori no permitió que el tema de su cutrez siguiera flotando en el aire ni un segundo más.

—Ha sido... —Hice una pausa, sin saber si debía decirle que me habían despedido y reasignado a otra clínica en el último minuto, pero todavía no se lo había dicho a mis mejores amigos—. Maravilloso. Muy, muy bueno...

—El mío también. En especial ahora. Llevo mucho tiempo esperando conocerte en persona.

—Y yo... —Tomé un sorbo de mi Shirley Temple en el segundo en el que el camarero me lo dejó delante.

—¿No les gustaría compartir un palito de pan para acompañar las bebidas? —preguntó el hombre—. ¿Quizá una servilleta de cortesía?

—Es posible. Denos un minuto, por favor. —Sasori le indicó que se alejara—. ¿Todavía estás interesada en ir a mi casa esta noche, Sakura?

Asentí. Aunque realmente me había quedado sin palabras ante el hecho de que pensaba llevarme al Burger King después de esto. Por eso y por el hecho de que iba a tener que engañarme mentalmente para pensar en algo que no fuera su ruindad, si quería que esto funcionara.

—¡Genial! Bueno, hay algo que tengo que decirte antes de irnos de aquí. Algo bastante importante.

—Déjame adivinar: ¿estás casado? —Me puse el bolso al hombro, preparada para un «sí».

—¡Ja! —Se rio—. No. No es algo tan serio. Es solo que... Bueno, ¿recuerdas todos esos mensajes que te he enviado durante semanas?

—Los recuerdo muy bien.

—Bueno, pues tengo algo que confesarte. Solo podemos mantener cierto tipo de sexo porque tengo...

—¿Porque tienes qué?

—Porque... —Bajó la voz—. Tengo agenesia en el pene.

¿Agenesia en el pene? Sacudí la cabeza, presa de la incredulidad. Eso no podía ser.

—¿Te refieres a la disfunción eréctil? —dije—. No es algo de lo que avergonzarse. En realidad, es mucho más común de lo que piensas, y no es un gran problema. Lo digo porque no puedes referirte a la agenesia del pene. Eso significa que...

—Significa que nací sin pene. —Entrecerró los ojos mirándome—. Sé exactamente lo que significa, y esa es la razón por la que lo he dicho.

Parpadeé.

—¿Puedes repetirlo?

—Ya me has oído. La mayoría de las mujeres son demasiado cerradas, tontas y egoístas como para comprender lo que supone, pero espero que no seas una de ellas. ¿O lo eres?

Me recliné en mi silla. Ni siquiera sabía qué decir. Durante las últimas semanas me había enviado un mensaje tras otro sobre lo enorme y dura que era su polla, sobre cómo planeaba llenarme el coño con ella, ¿y ahora me lanzaba la carta de «No tengo pene»?

—¿Me dijiste o no que tu polla era del tamaño de una salchicha gigante? —le pregunté—. ¿No me dijiste eso la semana pasada?

—Quizá... O tal vez el mensaje se interrumpió antes de que pudiera terminarlo de escribir. Tal vez quería decir que mi polla era más como una salchicha pequeña. Y ahora me estás juzgando —dijo, suspirando—. Me parece que eres tan crítica y obtusa como las demás mujeres que he conocido.

—No se trata de que no tengas polla —solté, levantando la voz—. Se trata de que me has mentido. ¡Tenía ganas de follar contigo! —Todo el restaurante quedó en silencio, y mis mejillas adquirieron un color rojo brillante, pero no dejé de hablar—. Pero ¿sabes que? Yo también te he mentido. Hoy ha sido un día de mierda para mí. Un día realmente malo que ha sido la guinda de una semana de mierda porque el hospital donde hacía la residencia ha decidido transferirme a una clínica privada antes de que pudiera empezar a trabajar en serio.

—Eso suena fatal, Sakura. —Estiró el brazo por encima de la mesa para acariciarme la mano, pero la retiré.

—Sí, ¿y sabes qué más es horrible? —Me levanté de la mesa—. Que he perdido el tiempo durante semanas hablando online contigo, para venir hasta aquí y conocer a alguien que me ha estado mintiendo descaradamente. Podríamos haber sido amigos si me hubieras dicho la verdad desde el principio.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—Bueno, ¿es demasiado tarde para eso? ¿Y en serio te vas a ir sin pagar la mitad de tu consumición?

No le respondí. Me di la vuelta y salí del restaurante para detener el primer taxi que vi.

—A Hoboken, Nueva Jersey, por favor —le dije al conductor—. A los apartamentos Green Garden.

—Enseguida, señorita.

Saqué el móvil para poder hablar sobre aquella desastrosa noche con mi compañera de piso, pero antes de que pudiera llegar a su nombre, entró un mensaje de D-Doctor.

D-Doctor: ¿Tu cita ya te ha sorbido el coño? ¿Interrumpo?

JerseyGirl7: No, y no estás interrumpiendo nada... Si te cuento lo que me ha ocurrido en la cita de esta noche, ¿puedes prometerme que no te reirás?

D-Doctor: Probablemente no.

JerseyGirl7: Estoy hablando en serio.

D-Doctor: Y yo. Cuéntame qué ha pasado y yo te diré si es algo de lo que valga la pena reírse o no.

JerseyGirl7: Bueno, no lo es. ¡La cita ha sido increíble y el sexo, todo lo que esperaba y más!

D-Doctor: Se suponía que tu cita era a las 7:00, y ahora son las 7:35. Eso no dice mucho sobre el nivel de tus expectativas...

JerseyGirl7: Vale, vale. Me ha mentido sobre todo... Incluso ha mentido sobre que tenía pene.

D-Doctor: ¿Perdón?


JerseyGirl7: Ya has leído mi mensaje. Y significa exactamente lo que he escrito.

D-Doctor: Llámame. 555-1874.


Observé el mensaje; me había quedado absolutamente estupefacta ante el hecho de que me hubiera dado su número de teléfono. Sabía que habíamos acordado mantener una llamada telefónica si perdía la apuesta, pero ¿tan pronto? ¿El mismo día?

JerseyGirl7: ¿Qué tal si renegociamos lo de la llamada telefónica? ¿No crees que deberíamos seguir manteniendo esta relación o lo que sea en un nivel virtual para que podamos seguir siendo amigos?

D-Doctor: 555-1874.


Tragué saliva y miré su número de nuevo, y por fin marqué los números después de unos minutos.

—¿Sí? —Respondió al primer timbrazo, y, con esa simple palabra, su voz profunda y sexy me sorprendió por completo. Esperé para ver si decía algo más, pero la línea se había quedado en silencio.

—¿Hola? —dije—. Estoy segura de que eres tú quien me ha pedido que le llamara... ¿Hola?

—Hola —replicó, y después de unos segundos una risa profunda inundó la línea.

—¿Me has pedido que te llamara para poder reírte de mi situación?

—Quería que me llamaras para poder hablar contigo por teléfono. Estoy revisando por segunda vez los informes de las enfermeras del turno de noche y me toca hacer varias tareas a la vez, si no quiero hacerlas por la mañana.

Bueno..., se me ocurrió que era un detalle por su parte que continuara con la farsa de que era médico, pero dada la noche que llevaba, ni siquiera podía decirle nada al respecto en ese momento.

—¿Al menos ese tipo te ha pedido disculpas por hacerte perder el tiempo? —Al final dejó de reírse.

—No, me he ido justo después de que me preguntara si iba a pagar lo que me correspondía por una consumición de cuatro dólares. De hecho, me ha dicho que solo me había invitado allí para ver el ambiente, y estoy segura de que también pensaba que no le montaría una escena después de que me contara que sufre agenesia del pene. En realidad, había planeando llevarme al Burger King después, a cenar...

—Ya veo. —Volvió a reírse, lo que me excitó mucho—. Creo que tú y yo deberíamos conocernos, JerseyGirl7.

Silencio.

—Mmm... ¿Solo quieres que nos veamos?

—Quiero que follemos. Pero he pensado que decir eso primero sería muy grosero. Sin embargo, si estás de acuerdo con esa parte, creo que eso pondría fin a tus meses de abstinencia.

—No —dije con firmeza, a pesar de que cada palabra que había dicho había hecho que mojara las bragas—. No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué?

—Porque ni siquiera te conozco.

—No tienes que conocerme más para follar conmigo. —Hizo una pausa—. Es evidente que no conocías al hombre con el que acabas de salir. Ni siquiera sabías que nació sin pene.

—No es justo.

—No has logrado tener una cita decente con ninguno de los hombres que has conocido a través de la aplicación. Ha sido un fracaso tras otro.

—¿Entonces?

—¿Con cuántos de ellos tenías un cien por cien de compatibilidad como conmigo?

Me mantuve en silencio.

—Pues eso —dijo—. Creo que lo mejor para nuestros intereses es que me dejes follarte de la manera que llevas deseando todos estos meses. Puedo garantizarte que no voy a darte una decepción, y que sé cómo comer un coño.

Tenía que colgar inmediatamente. Cualquier hombre que pudiera conseguir que mojara las bragas en segundos solo con la voz suponía problemas.

—Sigo sin creer que sea una buena idea —fueron las únicas palabras que pude decir.

—Entonces dame tres razones.

—Una: ni siquiera sé tu nombre.

—Me llamo Kakashi.

—Vale, Kakashi. ¿Vas a comportarte como un caballero y me vas a preguntar el mío?

—Antes te preguntaré por las otras dos razones por las que no puedo follarte. En este momento son mucho más importantes.

—¿Está bien, señorita? —El taxista me miró por el espejo retrovisor, y le lancé una sonrisa tranquilizadora.

Vislumbré mi reflejo y vi que tenía la cara roja.

—¿Hola? —insistió Garrett—. ¿JerseyGirl7?

—¿Sí?

—¿Cuáles son las otras dos razones por las que no puedo follarte?

—La segunda es que no eres médico en realidad. Y llevas insistiendo en ello durante meses, por lo que existe una gran posibilidad de que puedas ser un asesino en serie.

—Tú no me has dicho nunca a qué te dedicas y no he supuesto que seas una psicópata. Solo me he imaginado lo mucho que disfrutaría del sabor de tu coño en mi boca. ¿Cuál es la tercera y estúpida razón?

Me quedé callada, pensando en una razón posible, pero cada nervio de mi cuerpo me rogaba que dejara de jugar y aceptara su oferta.

—Eso es —continuó en voz baja—. No hay tercera razón, y las dos primeras no tienen ningún sentido. ¿Qué harás dentro de dos viernes?

—Nada, que yo sepa.

—Piii... Respuesta incorrecta —me corrigió—. Vas a estar follando conmigo... Dilo.

—Estaré follando contigo —susurré, sin creer que en realidad estaba diciendo eso en voz alta.

—Bien. Me alegro de que por fin hayamos llegado a la misma conclusión. ¿Adónde quieres ir durante la cita?

—¿Eh? —Me sentía confundida—. ¿Qué cita?

—Eres una romántica empedernida —dijo—. Siempre me has dicho que debes estar excitada antes del sexo, preferiblemente con una cita. Así que ¿adónde quieres ir en la cita?

—Por favor, al Burger King no.

—Por supuesto que no te llevaré al Burger King.

—Bueno —concluí, sin querer volver a recordar el fiasco de esa noche—. ¿Qué tipo de restaurante quieres que elija? ¿Y cuál debe ser el rango de precios del menú?

—¿El rango de precios? Rango de precios... —Parecía como si estuviera probando cómo sonaban esas palabras en su boca, como si no estuviera seguro de lo que significaban. Luego soltó esa risa ronca y pecaminosa que me hizo desear saber qué aspecto tenía, poder verlo por mí misma—. No hay rango de precios. Solo dime adónde quieres ir.

—¿Y si digo Dalilah?

—Solo es una versión elegante del Burger King. —Había una sonrisa en su voz—. ¿Qué te parece si eliges un lugar que de verdad vayas a disfrutar?

Repasé mentalmente la larga lista de restaurantes exclusivos y elegantes de Manhattan que siempre había deseado probar.

—Siempre he querido ir a Per Se —confesé—. Pero he oído que es bastante difícil conseguir una mesa allí.

—Lo es —dijo—, aunque para mí no lo será.

—¿Tan importante eres?

—Algo así. ¿A las ocho?

—Sí. A las ocho.

—Muy bien, JerseyGirl7. Nos vemos en Per Se dentro de dos viernes, a las ocho, y entonces me dirás tu nombre real. No me des plantón.

—No lo haré. —Colgué, preparada para llamar a mi compañera de piso y contarle todo, pero D-Doctor me envió otro mensaje.

D-Doctor: Te sugiero que no lleves bragas la noche que nos veamos. No las vas a necesitar...
 
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EL MÉDICO

KAKASHI


—¿Doctor Hatake? —Ayame llamó a la puerta el lunes por la mañana—. Doctor Hatake, tiene un visitante esperando.

—No estoy.

—Señor, todos podemos ver a través de las persianas de su despacho que está aquí.

—Entonces ciérrelas.

Ella negó con la cabeza y dio un paso atrás.

—El doctor Hatake le verá ahora, señor Baxter.

Segundos después, el señor Baxter, que era paciente mío desde hacía muchos años y que tenía demasiado tiempo libre, entró en la consulta. Cerró la puerta y puso en marcha su ritual habitual antes de mirarme. Se acercó a las ventanas, que estaban al otro lado de la habitación, para mirar a la calle. Luego sonrió y fue hacia el otro lado de la consulta, donde admiró mis premios antes de, por fin, acomodarse en el diván negro hecho a medida.

—¿Qué le trae hoy aquí sin una cita, señor Baxter? —pregunté, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

—Solo quería hablar con alguien del tiempo.

—¿Puedo sugerirle que tenga esa conversación con alguien que no le cobra por hora? ¿Quizás su esposa?

—Esa es la cuestión. Ya no quiere hablar conmigo porque le he dicho que ya no quiero mantener relaciones sexuales.

Suspiré y miré el reloj de la pared. Iba a tener que subir el precio de mis consultas para evitar que sucediera algo así.

—Muy bien, señor Baxter —dije, tratando de sonar lo más comprensivo posible—. ¿Por qué ya no quiere tener sexo con su esposa?

—No, no, no... —Movió el dedo hacia mí—. Si respondo esa pregunta, me facturará esta sesión. Y solo estoy aquí porque estaba cerca y quería hablar sobre el tiempo.

Lo miré fijamente.

—Ha estado lloviendo mucho últimamente, ¿no?

No dije nada.

Me sonrió y se levantó del sofá.

—Bueno, muchas gracias por conversar conmigo sobre el tiempo, doctor. Le veré en la sesión de la próxima semana.

En el momento en que salió de mi oficina, comencé a escribir un correo electrónico al portero del edificio para recordarle las reglas que decían que no debía permitir que subiera nadie sin permiso o sin cita. Estaba en el quinto párrafo cuando Ayame y todos los médicos de la clínica entraron en mi despacho sin llamar.

—¿Se ha declarado un apocalipsis zombi? —Los miré—. Hubiera jurado que la única regla inviolable que tengo aquí no es tan difícil de seguir. Cuando la puerta de mi despacho está cerrada...

—¡«Dejadme en paz»! —dijeron todos al unísono, riéndose.

—Sabemos que no va a venir a la sala de conferencias para dar la bienvenida telefónica a la nueva residente, por lo que hemos decidido hacerla desde aquí. —Ayame cogió un regaliz de donde los tenía guardados sin preguntar y se lo metió en la boca. Luego marcó un número en el teléfono de mi escritorio, mientras los demás médicos se apiñaban alrededor de la mesa.

«Sin duda, un apocalipsis zombi...».

El sonido de una llamada llegó por el altavoz del teléfono, y una chica respondió al quinto timbrazo.

—¿Hola?

—¡Hola! —dijeron todos los médicos al unísono—. ¡Somos el Centro Médico Avanzado Park Avenue!

«¿Lo han ensayado o qué?».

—Sakura, al habla la doctora Katō. —Tomó la palabra la mejor ginecóloga del mundo, la misma que nunca estaba en su consulta—. Estamos muy contentos de darle la bienvenida a nuestra familia en calidad de residente, y solo queríamos hacerle una llamada colectiva antes de que empezara. Sabemos que la especialidad que desea ahora puede cambiar con el tiempo, pero aquí formamos una gran familia feliz, así que esperamos conocerla pronto y empezar a trabajar con usted cuanto antes.

—Guau... —La residente por la que yo no había votado parecía impresionada—. Muchas gracias por esta cálida bienvenida. La aprecio de verdad... —Parecía feliz.

—Nosotros también apreciamos que te incorpores al equipo —dijo Ayame—. ¿Sigue en pie la cita del viernes para enseñarte la clínica?

—Por supuesto. A las cinco, ¿verdad?

—¡Sí! A las cinco. ¡Estamos deseando que llegue el viernes, Sakura! Hasta entonces.

—Hasta entonces. Muchas gracias a todos.

—¡De nada! —dijeron al unísono los médicos una vez más, algo que era más que evidente que habían ensayado, y luego salieron lentamente de mi despacho.

—¿Acabo de oírte decir que estás deseando conocer a la nueva residente, Sakura? —pregunté a Ayame.

—Sí. ¿Por qué?

—¿El equipo médico ha decidido contratar a una residente sin siquiera entrevistarla? ¿Realizar una entrevista no es la primera regla en caso de contrataciones?

—Nunca me escucha —dijo ella, negando con la cabeza—. Los de Recursos humanos del Manhattan Medical cometieron un error. Se lo conté hace meses. Resumiendo, hemos conseguido a la mejor residente posible, y la doctora Katō y el doctor Yamato se han reunido con ella en varias ocasiones. Aunque en realidad no le hicieron saber por qué la estaban entrevistando, ya que la directiva del Manhattan Medical quería mantener el fallo en secreto.

—Qué conveniente...

—Ya... —Me robó otro regaliz y, por fin, cerró la puerta.

Supe que no habría forma alguna de llegar hasta el próximo viernes sin obtener algún tipo de alivio al estrés, así que saqué el teléfono e inicié sesión en NewYorkMinute. Me estaba desplazando hacia el nombre de JerseyGirl7 en la bandeja de entrada para preguntarle si estaría dispuesta a reunirse antes cuando observé que ya estaba a punto de enviarme un mensaje.

«Jerseygirl7 está escribiendo...».

JerseyGirl7: Hola. ¿Podría hacerte una pregunta?

D-Doctor: Hola. Podría darte una respuesta...

JerseyGirl7: ¿Estarías dispuesto a quedar conmigo este viernes en lugar del próximo? ¿Serás capaz de reprogramar algunas de sus «citas»? Estaré en Nueva York la noche anterior para una reunión, así que se me ha ocurrido preguntarte...

D-Doctor: Sí, estoy muy dispuesto a «follar contigo» este viernes en lugar del próximo. No supone ningún problema. ¿A la misma hora?

JerseyGirl7: A la misma hora. Ah, ¿y quieres que intercambiemos fotografías para saber a quién debemos buscar?

D-Doctor: No, convirtámoslo en algo realmente interesante... Nos vemos a las ocho. Estaré sentado en la mesa doce.
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


El viernes me quedé parada en medio del vestíbulo de un brillante edificio de cristal que estaba ubicado entre dos bloques de apartamentos en Park Avenue. Había unos cuantos sofás y sillas negros colocados estratégicamente en el suelo de mármol, y un ascensor en el centro con las puertas plateadas. Las palabras «CENTRO MÉDICO AVANZADO PARK AVENUE» aparecían grabadas en una pared justo enfrente de mí, con una larga lista de nombres de médicos debajo.

«Sin duda no parece una clínica privada...».

—Perdón. —Me acerqué al guardia de seguridad—. Tengo programada una cita. ¿En qué planta está el Centro Médico Avanzado Park Avenue?

El hombre arqueó una ceja, como si no pudiera decidir si estaba gastándole una broma o no. Luego se echó a reír.

—El grupo de salud ocupa todo el edificio, señorita —me informó, presionando el botón superior—. Sin embargo, lo más seguro es que esté citada con Ayame. Decimosexta planta.

—Gracias. —Entré en el ascensor y presioné el piso dieciséis cuando las puertas se cerraron.

En el momento en que la cabina se detuvo y abrió las puertas en el decimosexto piso, me quedé boquiabierta. Se parecía más al pasillo de un resort de vacaciones que a una clínica privada. Las ventanas panorámicas de suelo a techo ofrecían una vista perfecta de la lluvia; había lujosas sillas frente a la ciudad, y el enorme escritorio de cristal en el centro de la habitación era el único detalle de que podría ser un lugar donde se dedicaban a la atención médica.

Unas mujeres vestidas con uniforme azul claro comparaban notas y se reían, y una doctora con una bata blanca y un vestido negro hablaba por el teléfono del escritorio.

—¿Eres Sakura? —Una morena pizpireta se detuvo delante de mí—. ¿Sakura Haruno?

—Sí, soy yo.

—¡Genial! ¡Llegas justo a tiempo! Dame el abrigo. No querrás que se llene de polvo cuando te enseñe las secciones en proceso de renovación...

Me quité el abrigo y ella sonrió cuando se lo entregué.

—Supongo que tienes una cita especial justo después...

Asentí.

—Entonces haremos un recorrido corto. De todas formas, la mayoría de los médicos se han ido ya.

Observé que las enfermeras me señalaban mientras ella se alejaba, y comencé a arrepentirme de haber ido ya vestida para la cita. Llevaba un vestido negro sin tirantes que me cubría justo hasta la mitad de las piernas. El corte del escote era lo suficientemente bajo como para dejar a la vista la parte superior de mis senos por encima de la tela, y los tacones de aguja, rojos y plateados, estaban muy lejos de ser apropiados para conocer a mis futuros compañeros de trabajo.

Sin embargo, Ayame no mencionó mi atuendo cuando regresó. Solo me cogió de la mano y empezó a enseñarme lo que había en la planta dieciséis. Se puso a hablar a mil por hora, abriendo puertas aquí y allá, presentándome a algunos de los médicos que todavía estaban sentados en las consultas. Cuando me di cuenta de que, literalmente, me iba a enseñar los veinticinco pisos del edificio, tomé nota mental de traer zapatos planos a diario.

—A este lo llamamos el pasillo de tratamientos —me informó mientras recorríamos la que debía de ser la quinta planta—. Hay dieciocho salas de tratamientos para los pacientes internos de día y cinco salas para pacientes que pasan la noche. Es raro que tengamos que ocuparnos de alguien durante la noche, pero, si lo hacemos, tú u otro de los otros residentes tendríais que tenerlo en observación hasta la mañana.

—Entiendo... —La seguí de regreso al ascensor—. ¿Cuáles son las reglas para la vestimenta de los residentes?

—¿Reglas para la vestimenta de los residentes? —Se rio—. La proporción de mujeres a hombres aquí es de sesenta y cinco a treinta y cinco, y la proporción de la junta es aún mayor: creo que setenta por ciento de mujeres y treinta por ciento de hombres. Eso quiere decir que no hay reglas para la vestimenta... La mayoría de las enfermeras y residentes usan sus uniformes médicos favoritos, y los médicos visten como quieren debajo de las batas blancas.

—¿Qué? —Me sorprendían por completo los números que ella me había revelado—. ¿En la clínica hay entre un sesenta y cinco y un setenta por ciento de mujeres?

—Claro. —Sonrió y me indicó con un gesto que volvíamos al piso dieciséis—. ¿Por qué crees que somos la mejor clínica privada del estado?

—Ahhh...

—Pues eso. —Me guiñó un ojo—. Creo que los dos únicos médicos de la junta que aún no has conocido son la doctora Katō y el dueño de la clínica, el doctor Hatake... —Chasqueó la lengua—. La doctora Katō hace más trabajo externo que cualquier otro médico del personal, por lo que probablemente solo la verás durante las reuniones mensuales del personal, y el doctor Hatake...

—¿Qué pasa con el doctor Hatake? —dijo desde atrás una voz profunda que nos sorprendió a los dos.

Lentamente me di vuelta, y jadeé cuando vi al hombre que acababa de hablar. Sin duda, era el hombre más sexy que había visto en mi vida, y me hizo pensar en el sexo en el acto. Sus brillantes ojos negros resplandecían bajo las luces fluorescentes del vestíbulo, y se estaba pasando una mano por el corto cabello plateado con expresión divertida, como si me estuviera leyendo la mente. Llevaba la bata blanca por encima de una camiseta gris con el cuello en V, lo que dejaba en evidencia a todos los médicos que la hubieran usado alguna vez por la forma en la que la tela se pegaba ligeramente a sus músculos.

—Estaba diciéndole a la nueva residente, la doctora Sakura Haruno, que usted y la doctora Katō son los únicos médicos que le quedaban por conocer —explicó Ayame—. Me alegro de que ahora solo nos quede uno, pero no creo que veamos a la doctora Katō en breve. —Me miró—. Gracias por venir, Sakura. Iré a buscar tu abrigo.

Y, dejándome a solas con el doctor Hatake, se alejó.

«Se supone que los médicos no pueden resultar tan sexys... No es posible que este hombre sea médico de verdad...».

—Encantado de conocerla, doctora Haruno —dijo, tendiéndome la mano.

—Igualmente, doctor Hatake. —No podía dejar de mirarlo aunque lo intentara, y por la forma en que curvó los labios en una sonrisa pecaminosa, estaba segura de que él también lo sabía.

—¿Ayame le ha enseñado mi consulta? —Sus dedos me acariciaron ligeramente la palma de la mano y prendieron fuego en mi piel con el simple contacto.

—No, creo que su puerta estaba cerrada cuando pasamos.

—No debería haberlo estado. —Soltó mi mano lentamente—. Por favor, acepte mis disculpas.

Asentí. La forma en que me estaba mirando en ese momento me hizo desear estar usando bragas.

—¿Quiere que le enseñe mi consulta ahora mismo? ¿Personalmente?

«Demonios, sí...».

—No. Mmm... en realidad tengo que marcharme. Tengo una cita.

Me miró de arriba abajo mientras separaba los labios lentamente, observándome el vestido.

—¿Eso quiere decir que tiene novio?

Iba a ponerme a explicarle que en realidad era un tipo del que me había hecho amiga online hacía meses, pero me detuve. Realmente no le importaba a dónde estaba a punto de ir, y necesitaba poner fin a la típica fantasía del jefe y la empleada antes de que empezara siquiera.

—Sí. Tengo novio, llevamos mucho tiempo juntos.

—Vaya, lamento mucho escucharlo. —Sonrió de nuevo cuando Ayame regresó con mi abrigo—. Tengo muchas ganas de trabajar con usted, doctora Haruno.

—También ardo en deseos de trabajar con usted, doctor Hatake.
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


—¿Dices que este hombre es tu jefe? —Hotaru miró la foto del doctor Hatake que aparecía en la página web del Centro Médico Avanzado Park Avenue mientras compartíamos el asiento trasero de un taxi—. ¿Estás de coña?

—Ya me gustaría... —No había hecho otra cosa que fantasear con la posibilidad de que sus labios tocaran los míos desde el momento en que dejé la clínica. Había estado recordando incesantemente la forma en la que me había mirado de arriba abajo, la manera en la que me había acariciado la mano, y ahora me estaba maldiciendo por no haber aceptado su oferta para hacer ese recorrido personal por su despacho. De hecho, cuanto más lo pensaba, más me preguntaba cómo iba a desempeñar mi trabajo con él a mi alrededor.

«¿Cómo pueden trabajar las mujeres cuando él está cerca?».

—Bueno, quiero que me mantengas informada sobre todo lo que ocurra cuando empieces a trabajar oficialmente. —Hotaru me devolvió el teléfono y miró por la ventanilla—. ¿Crees que existe la posibilidad de que D-Doctor esté tan macizo como tu jefe?

—Lo dudo. —Miré la foto del atractivo doctor Hatake por última vez y la cerré—. Pero creo que el sexo con él será increíble.

—Ojalá... Recuérdame por qué me has pedido que te acompañara a la cita de esta noche. ¿Estás nerviosa?

—No te he pedido que me acompañes —dije—. Solo quiero que entres antes que yo en el restaurante, que busques la mesa y que me llames y me digas qué aspecto tiene, así estaré preparada si no resulta tan guapo como espero. Ah..., y también quiero que me confirmes que no emite vibraciones de asesino en serie.

—En ese caso, me acercaré a él y le preguntaré cuándo fue la última vez que asesinó a alguien —dijo con firmeza—. ¿Con eso basta?

—¡Claro que sí! Sería perfecto. ¿Lo harás?

—No. —Se rio.

El taxi se detuvo justo enfrente de Per Se unos segundos más tarde. La seguí afuera y me senté a esperar en un banco que pertenecía a la cafetería de al lado.

—¿En serio? —insistió Hotaru—. ¿Estás segura de que no quieres entrar y conocerlo por ti misma y permitir que te vea desde lejos? Creo que es así como hace estas cosas la mayoría de la gente...

—Estoy segura. Quiero que tú le eches un vistazo antes.

—Vale, vale. —Se encogió de hombros y subió las escaleras, colándose con relativa facilidad.

Unos minutos después, me llamó por teléfono.

—¿Sí? —repuse—. ¿Lo has visto?

—Todavía no, pero, guau... Este lugar es realmente una pasada. ¿Cómo es que nunca hemos hecho una reserva aquí para nosotras? —Hizo una pausa—. Da igual; he echado un vistazo al menú. ¿Trescientos veinticinco dólares por el plato especial del chef? ¿Cada persona? Esta gente está loca...

—Hotaru, es un restaurante de cinco estrellas.

—Cierto... ¿En qué mesa te ha dicho D-Doctor que te estaría esperando?

—En la doce.

—Vale, está en la parte de atrás. —Hizo una pausa un momento y escuché el sonido de vasos tintineando en el fondo.—. Creo que lo veo. Está mirando el teléfono.

—¿Es guapo?

—No puedo confirmarlo todavía, pero por alguna razón está apretando los dientes. Además, llena el traje bastante bien.

Como si ya pudiera leerme lo que me pasaba por la mente, no me dio ni un segundo para hacerle otra pregunta antes de enumerar los detalles.

—Lleva un traje gris oscuro —dijo—. Y parece hecho a medida. Por la forma en que se adapta a su cuerpo, estoy bastante segura de que hace ejercicio. Además, lo combina con una corbata de seda azul, probablemente de marca, gemelos plateados y zapatos con puntera a los que ha sacado brillo. ¿Ahora es cuando me acerco a él y le pregunto si es un asesino en serie?

—No, pero ya sabes que es algo que agradecería mucho. —Solté un suspiro de alivio, con la esperanza de que uno de los hombres que había conocido online por fin pudiera estar a la altura de las conversaciones que había mantenido con él. Me acerqué al restaurante, preparada para decirle a Hotaru que podía colgar, pero la escuché respirar hondo y me detuve en seco.

—¿Qué pasa? Hotaru, ¿sigues ahí?

—Sí, estoy aquí —repuso en voz baja—. Es que me ha mirado...

—Vale, bueno... —Entré en el cuarto de baño en lugar de pasar al comedor—. ¿Y cómo es?

—Es un dios del sexo.

—Puedes hacerlo mucho mejor. Descríbelo...

—Mmmm... —Que Hotaru suspirara nunca era una buena señal—. Tiene el pelo plateado, profundos ojos negros, y posee esa aura que dice «Puedo dejarte embarazada con una sola mirada».

—¿Y en una escala del uno al diez? —Miré mi reflejo en el espejo del baño para ajustarme la parte superior del vestido por última vez—. ¿Qué puntuación le das?

—Un puto cincuenta —confesó—. Pero, ¿sabes?, tiene un aire con la foto de tu jefe que me has enseñado en el camino.

—¿Con el doctor Hatake? —Puse los ojos en blanco—. Por favor... No quiero tener que lidiar con él hasta que vuelva a verlo al empezar la residencia.

—Bueno, si no estás interesada en ver a tu jefe hasta que comiences la residencia, quédate fuera, porque he pasado junto a él cinco veces y estoy casi segura de que el tipo al que llamas D-Doctor es el doctor Hatake.

«¿Qué coño...?».

Salí del baño y fui lentamente al comedor. De camino, me apoderé de un menú y lo sostuve ante mi cara mientras andaba hasta el fondo. Me detuve detrás de un biombo de flores mientras él volvía a mirar a su alrededor, comprobaba el reloj y apretaba la mandíbula.

«Oh, Dios mío...».

No quería creerlo, pero sin duda era él. Y, de repente, todas las palabras que habíamos intercambiado en los últimos meses se unieron y tuvieron mucho sentido. Sus afirmaciones nocturnas de que leía los informes de las enfermeras, esa necesidad de corregirme constantemente diciendo «Soy médico de verdad», cada vez que yo decía en broma que como mucho sería residente, y el propio nombre de usuario, D-Doctor.

«No se estaba inventando nada...».

—No puedo hacerlo. —Susurré al teléfono—. ¿Qué coño se supone que puedo hacer ahora?

—Ve allí y ríete con él, ya que os acabáis de conocer hace un par de horas. Eso es lo que yo haría.

Imaginé la escena durante dos segundos antes de rechazar la idea. Le había contado a este hombre mis fantasías más guarras, por casualidad incluso le había confesado mi deseo de ser follada hasta que no pudiera respirar, y no estaba dispuesta a que supiera que la misma mujer que una vez le había relatado todas las formas en las que había usado el vibrador fuera su nueva residente.

Lo observé durante unos minutos más, en parte incapaz de alejarme por lo sexy que era y en parte presa de una incredulidad absoluta. Cuando volvió a mirar su reloj, me di la vuelta y me alejé rápidamente.

—Vámonos, Hotaru —le dije—. Nos vamos. —Terminé la llamada y salí. Anduve por la acera mientras pensaba en mi próximo movimiento, y luego sentí que el móvil vibraba en mis manos. Era el doctor Hatake.

Observé la pantalla del teléfono mientras sonaba, y por fin saltó el buzón de voz.

Llamó de nuevo.

Y de nuevo.

«Joder...».

Pulsé con el dedo el botón de ignorar, tentada de dejar que pasara esa noche y actuar como si nunca lo hubiera conocido, pero no pude hacerlo.

—¿Hola? —repuse.

—Hola. ¿Te has olvidado de que íbamos a conocernos esta noche?

—No...

—Entonces, ¿vas a llegar tarde?

Dios, su voz...

—No, mmm. Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes?

—Que no puedo, que no nos vamos a conocer esta noche...

Guardó silencio durante varios segundos.

—Creo que, al menos, me merezco una explicación tuya.

—Sencillamente, no puedo —dije, tragando saliva—. Pero quiero que sepas que tengo una muy buena razón para no aparecer. Te lo prometo.

—Entonces, dime cuál es esa maldita razón, ya que estás haciendo exactamente lo que dijiste que no harías: darme plantón.

—Deberías confiar en mí... Es una razón muy buena.

—Entiendo... —Su voz era tensa—. Te habría agradecido mucho que me hubieras llamado para hacerme saber por qué has decidido hacerme perder el tiempo, en especial después de los meses que llevamos enviándonos mensajes online. Habría apreciado que lo hubieras hecho antes de llegar a este punto y hacerme pasar más de treinta minutos esperándote.

—Lo siento mucho. —Me alejé de la entrada cuando vi que Hotaru bajaba las escaleras—. Te juro que hasta el último minuto pensaba presentarme... Lo he decidido de repente.

—¿Lo has decidido de repente?

—Sí, pero... No hay ninguna razón por la que no podamos seguir enviándonos mensajes online después de esto. Tal vez ahí es donde debería haberse quedado esto de todos modos. Todavía podemos ser amigos, ¿verdad?

Me colgó.
 
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DOS SEMANAS DESPUÉS…

EL MÉDICO

KAKASHI

Asunto: Reseña en The New York Times

Doctor Hatake, lee la revisión adjunta de cinco estrellas sobre sus servicios a una de mis pacientes habituales, la señora Mei Terumi. Presta especial atención a las partes en las que dice que aunque no examinaste «adecuadamente sus senos» y tienes «una lengua demasiado sarcástica», jura que eres el único hombre al que confía «su parte más preciada» además de a su esposo. No sabes lo mucho que agradezco que cuides de mis pacientes mientras estoy fuera. :-)

Doctora Katō.


Puse los ojos en blanco y borré el correo electrónico, sin molestarme en abrir el archivo adjunto. No era necesario, ya que casi todos los miembros del personal se habían encargado de deslizarme la versión impresa por debajo de la puerta.

En cualquier otro momento, podría haber respondido con algo sarcástico, pero me pillaban completamente fuera de juego, y estaba seguro de que JerseyGirl7 tenía la culpa.

Desde la noche en que me dejó plantado en Per Se, me sentía más irritable y molesto que de costumbre. Jamás en mi vida me habían plantado, y, sinceramente, estaba deseando conocerla y hacer todo lo posible para convertir en realidad cada sucia fantasía que me había contado. Cuando me dijo que no vendría, borré inmediatamente su número de teléfono y la bloqueé en NewYorkMinute, aunque había guardado en un archivo todos los hilos interminables de mensajes. También había intentado fijar citas con rapidez con otras mujeres, pero había sido en vano: no había podido encontrar a nadie que coincidiera conmigo más allá del cincuenta por ciento en NewYorkMinute, y las pocas mujeres que habían llamado mi atención en algún pub durante los últimos fines de semana no habían podido mantener una conversación medianamente interesante. No poseían el nivel de sarcasmo e ingenio que disfrutaba de JerseyGirl7.

«Tal vez no debería haber borrado su número tan pronto...».

—¿Doctor Hatake? —Una voz suave me sacó de repente de mis pensamientos, y levanté la vista para ver a la última incorporación del personal: Sakura. Con la bata blanca abierta, quedaba a la vista un vestido rojo brillante que se ceñía a sus caderas de una forma perfecta y dejaba al descubierto la parte superior de sus senos. Sus ojos poseían un deslumbrante tono verde, y su largo pelo rosa caía sobre sus hombros formando grandes rizos.

«Trabajar con ella puede convertirse en un problema, por lo que tengo que mantenerla alejada de mí...».

—¿En qué puedo ayudarla, doctora Haruno? —pregunté, conteniendo un gemido, mientras ella deslizaba la punta del bolígrafo entre sus perfectos labios rosados.

—Me han dicho que debía informarle durante los primeros meses de mi residencia, mientras terminan de resolver algunos de los detalles finales —dijo—. Así que tengo que saber dónde quiere que esté esta mañana...

«Encima de mi escritorio...».

—Se suponía que no íbamos a contratar nuevos residentes hasta que nos expandiéramos —repuse—. Así que, como se las ha arreglado para entrar antes, deberá compartir despacho conmigo por el momento. —Señalé el nuevo escritorio cromado que habían instalado al otro lado de la habitación. Hasta ahora nunca había accedido a compartir mi despacho con nadie, pues el miembro más importante de la junta jamás debería tener que estar dispuesto a algo así, pero cuando todos los médicos estuvieron de acuerdo en que nunca más tendría que trabajar con otro residente después de esta vez, cedí—. ¿Necesita algo más de mí, doctora Haruno?

—Pues lo cierto es que... ¿le importaría indicarme como proceder con el archivo de Weisman y la asignación que recibí en mi correo electrónico esta mañana? —Hizo clic con su bolígrafo—. Nunca antes había tratado a un paciente con esa afección, y no puedo leer parte del informe escaneado en la hoja de sesión.

—Claro. —Tomé nota mental para escribir mejor durante los próximos meses—. Lo repasaré con usted dentro de unos diez minutos.

—Gracias. —Sonrió y se acercó al nuevo escritorio, con sus brillantes tacones rojos repiqueteando en el suelo de mármol. Tuve que recurrir a todo mi control para actuar como un profesional y no decir nada sobre lo sexy que era. Era la segunda vez que estaba cerca de ella, y había logrado excitarme diez veces más que cuando la había visto el viernes. Ya me sentía diez veces más atraído por ella que por cualquier otra mujer que hubiera conocido antes.

Por suerte, ella sí se comportó como una perfecta profesional durante el resto del día, y eso me facilitó seguir su ejemplo. Respondí con paciencia todas sus preguntas —que se notaba que estaban bien formuladas—, la dejé sentarse en una sesión con un paciente al que no le importaba este hecho e incluso la invité a una cena ligera al final del día.

Ella declinó la invitación.

Luego, le ofrecí lo mismo el segundo día.

Declinó nuevamente.

También se negó durante los cuatro días siguientes, por lo que no fui a por un quinto.

Aun así, mientras se desarrollaban los primeros días de su residencia, me di cuenta de cuánto necesitaba realmente aquella ayuda adicional, lo beneficioso que resultaba tener a alguien más a mi lado (aunque nunca lo admitiría ante los demás médicos; su votación de doce a uno seguía siendo un asco). No me percaté hasta la segunda semana de la residencia de que había algo en Sakura que estaba completamente fuera de lugar. Al menos para mí.

A pesar de que me había asegurado de mantener a buen recaudo en el fondo de mi mente aquellos incesantes pensamientos sobre hacer que se inclinara sobre mi silla o follármela contra la ventana cada vez que manteníamos una conversación básica, ella cambiaba de tema. Como si fuera incapaz de hablar del tiempo o aceptar mi sugerencia de probar NewYorkMinute si quería conocer gente nueva que no estuviera relacionada con la clínica. Si entraba en la sala de descanso cuando estaba sola, se limitaba a sonreírme antes de levantarse y se iba inmediatamente.

Hizo todo lo posible para asegurarse de que nunca estuviéramos a solas, a menos que nos encontráramos en mi oficina, y, sinceramente, me habría gustado llevarla a un lado y decirle que se relajara. Fuera sexy o no, dudaba que alguna vez me acostara con alguien con quien compartía trabajo. Llevaba mucho tiempo considerando que era algo fuera de discusión, y no iba a hacer una excepción con ella.

Dejé que transcurriera otra semana más mientras me fijaba su extraño comportamiento y me prometí preguntarle qué iba mal el lunes, en cuanto entrara.

—¡Doctor Hatake! —me llamó Ayame desde la recepción mucho después de que Sakura se fuera para el fin de semana—. ¡Doctor Hatake!

Gruñí y me acerqué a la recepción.

—¿Sí? ¿Ya no funcionan los teléfonos?

—Claro que sí, pero tengo a tres representantes de seguros en espera por esas líneas en este momento, así que no he tenido otra opción. —Señaló el teléfono del mostrador—. De todos modos, Sakura me acaba de llamar desde un teléfono público, al borde de un ataque de pánico. Cree que se ha dejado su móvil en su despacho. ¿Puede llamarla y comprobarlo?

—Claro. —Cuando ya me había dado la vuelta para regresar al despacho, me detuve y me di la vuelta—. Pero no tengo su número.

—Ah, es cierto. —Ayame lo escribió en un Post-it amarillo, y en ese momento le hablaron por una de las líneas.

Saqué mi móvil del bolsillo y marqué el número mientras iba hacia la oficina. En el instante en que entré, lo noté vibrar y lo vi oculto debajo de un montón de carpetas. Lo cogí para regresar junto a Ayame, pero miré la pantalla y el mundo se detuvo. Estaba seguro de que tenía que ser algún tipo de broma: las palabras «D-Doctor llamando... ¿Responder? ¿Rechazar?» llenaban la pantalla, y en el momento en que se cortó la llamada, llamé a su teléfono de nuevo para asegurarme de que los ojos no me engañaban; en efecto, su pantalla se iluminó de nuevo con «D-Doctor» en la segunda señal.

Como necesitaba más pruebas, entré en el registro de llamadas y borré las dos últimas para que nunca supiera que las había hecho. Luego, en contra de mi cordura, examiné las aplicaciones, solo para confirmar las cosas que cruzaban por mi mente.

Presioné el familiar icono de caricatura del puente de Brooklyn que conducía directamente a la aplicación de citas NewYorkMinute, y en el segundo en que se abrió, las palabras «¡Bienvenida de nuevo, JerseyGirl7!» iluminaron la pantalla.

«¿Qué coño...? ¿Era ella la que estaba aquí mismo todo este maldito tiempo...?».

—¡Doctor Hatake! —me llamó Ayame desde la recepción—. ¡Todavía tengo a Sakura esperando al teléfono! ¿Ha encontrado lo que buscaba?

—Sí. —Miré fijamente el teléfono y salí de la aplicación—. He encontrado exactamente lo que estaba buscando...
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


—Entonces, ¿estás afirmando que nunca vas a decirle que fuiste tú quien lo plantó? —Hotaru estaba sentada frente a mí en nuestra cafetería favorita—. En serio, no creo que sea tan importante, y tal vez se reiría, ¿sabes?

—A mí no me parece divertido. —Tomé un sorbo del café con leche—. Tenemos una muy buena relación laboral en este momento, y, para mi sorpresa, me gusta trabajar en una clínica privada mucho más de lo que pensé nunca. Es genial.

—Bien, me alegro por ti. ¿Es un buen jefe?

—Sí, lo es. Ha sido muy amable y paciente conmigo enseñándome todos los gráficos que tengo que hacer, y no quiero estropear el buen rollo. No puedo permitirme echar eso a perder.

—Ya veo... Entonces, al trabajar con él, ¿te atrae menos?

«¡Joder, no...»!.

—Sí, un poco. —Mentí porque no podía admitir la verdad sobre el doctor Hatake. Básicamente era sexo en movimiento, y todos en esa clínica lo sabían. Demonios, incluso lo sabían sus pacientes. De hecho, estaba casi segura de que el veinte por ciento de sus pacientes estaban perfectamente y de que reservaban aquellas sesiones de terapia a trescientos dólares la hora para poder mirarlo y coquetear con él.

Al principio pensaba que podría manejarlo. Sinceramente, pensaba que aquellos sencillos gestos de traerme un café por la mañana, ofrecerse a traerme el almuerzo o permitirme estar presente en las sesiones finalmente harían que lo viera como algo normal, pero por las noches, cuando me acostaba sola en la cama, mis dedos se colaban por debajo de las bragas y lo único en lo que podía pensar era en él.

Estaba haciendo todo lo posible para evitar estar cerca de él a solas, porque no le costaba nada ponerme caliente, pero con cada mirada que me lanzaba y cada bocado que daba a sus preciados regalices, me recordaba que realmente, si quisiera, podría sentirlo profundamente dentro de mí.

—Guau... —Hotaru se levantó de la mesa cuando comenzó a sonar el busca—. Es uno de mis internos. Tengo que irme.

—Nos vemos en casa más tarde —le dije—. Pero espera un momento... Dime, ¿hacer la residencia en el Manhattan Medical es como pensaba que sería? ¿Tan genial como imaginábamos?

—En absoluto. —Sonrió, mintiendo como la buena amiga que era—. Es absolutamente horrible, y creo que lo odiarías.

—Gracias.

Me dio un abrazo y salió de la cafetería.

Me tomé mi tiempo para tomarme el resto del café con leche, pues había decidido ir al trabajo una hora antes para hacer un trabajo extra para el doctor Hatake.

En el momento en el que entré en «nuestro» despacho, noté que la distribución era diferente. Había movido mi escritorio a una esquina y había colocado dos estanterías llenas de archivos al lado, y no solo eso, sino que había instalado un biombo plegable que separaba mi lado de la oficina del área donde los pacientes se tumbaban en el diván. Ah, y se había llevado los dos jarrones llenos de regalices que me había regalado el día anterior por ser una gran residente. Los tenía en su escritorio, donde había cuatro más. Él tenía seis y yo cero.

«¿Qué coño está pasando?».

—Buenos días, doctora Haruno. —Apagó las luces cuando entró en el despacho, unos segundos después—. Ha venido muy temprano esta mañana.

—Sí, quería trabajar en la ficha de Letterman antes de que tengamos la sesión de hoy.

—No «vamos» a tener ninguna sesión con él —dijo en tono seco—. Solo estaré yo presente. Tendrá que salir de mi despacho cuando venga él y hacer su trabajo en la sala de descanso hasta que termine la sesión. Durante el resto de la semana tendrá que salir de mi consulta cada vez que vea a un paciente. —Parpadeé, completamente confusa—. Además —dijo, señalando las estanterías —. ¿Ve esos archivos que he puesto ahí? —No respondí, solo asentí—. Necesito que todos estén clasificados para finales de semana, por lo que le sugiero que comience con las sesiones más actuales de los pacientes. Eso facilitará mucho su trabajo. ¿Alguna pregunta? Parece que tiene algo que decir.

«¿Eres bipolar?».

—Mmm... ¿Por casualidad ha olvidado la medicación para...? —No continué cuando noté que me miraba con los ojos entrecerrados, retándome a que completara esa frase—. Con el debido respeto, doctor Hatake, necesito hacer prácticas. Ese es el objetivo de la residencia. No puedo pasarme todo el día archivando papeles.

—Pues eso es exactamente lo que va a hacer durante todo el día.

—No... —Me crucé de brazos; odiaba que incluso cuando estaba comportándose como un completo imbécil conservara todavía la capacidad de excitarme—. El programa que crearon su equipo y usted tan cuidadosamente indicaba que durante los tres primeros meses estaría trabajando directamente con usted, aprendiendo las mejores formas de manejar la terapia cognitiva. No decía nada sobre archivar historiales todo el día.

—¿Me está desafiando?

—Solo se lo recuerdo. —No iba a dejar que me pisoteara, por muy húmedas que tuviera las bragas en ese momento—. No me importa ordenar los archivos, y no me importa trabajar horas extra para hacerlo.

—No le pagaré horas extra.

—En cualquier caso —dije, entrecerrando los ojos mientras lo miraba—, no me importa poner esos archivos en el orden de importancia que quiera, pero si cree que va a obstaculizar mi carrera de alguna manera porque está teniendo un mal día y no ha tomado su medicación, va a tener que esperar sentado, doctor Hatake.

—¿En serio, doctora Haruno?

—Sí, en serio. —Miré directamente a sus preciosos ojos negros—. Lo digo totalmente en serio.

—Mmmm... —Una leve sonrisa asomó a sus labios, pero no dejó que se quedara—. Entonces, lo que está diciendo es que le prometieron cierto tipo de procedimientos en su residencia y espera que acate esas órdenes y haga exactamente lo que le han dicho, ¿correcto?

—Sí. Eso es precisamente lo que estoy diciendo.

—¿Entonces, la idea de que alguien cambie de opinión de repente en el último momento y no honre lo que se acordó originalmente sería, cómo podría decirlo..., jodido?

—Mmm, sí... —No estaba segura de a dónde quería llegar con todo eso—. Sí, supongo que se podría decir que sería «jodido». ¿Eso significa que entiende lo que quiero decir?

—No. —Me fulminó con la mirada—. No, joder, no. Significa que usted es residente. Eso significa que me informa sobre esa parte del programa, pero hace exactamente lo que le digo que haga, da igual que considere que es importante para su carrera o no.

Me mordí la lengua antes de que le soltara un «¿Quién demonios crees que eres?».

—Incluso le he hecho un favor —comentó, sacando una hoja de papel del bolsillo y entregándomela—. He anotado cuáles son los archivos más importantes. Los veinte primeros que necesito estarán listos mañana a las nueve de la mañana, en concreto los archivos de la familia Yarbrough. Sin omisiones. ¿Entendido?

No le respondí. Permanecí allí de pie con los dientes apretados, reprimiendo las palabras que realmente quería decir.

—¿Doctora Haruno? —Se acercó a mí, cerrando la brecha que había entre nosotros—. Le he preguntado si lo ha entendido.

—Está claro como el agua, doctor Hatake. —Forcé una sonrisa—. Lo he entendido perfectamente.

—Vale. —Me miró de arriba abajo y luego se dirigió hacia la puerta—. Y por cierto... —añadió, mirándome por encima del hombro—. Es probable que todo lo que estás sintiendo ahora mismo esté más que justificado. Es exactamente lo que sentí yo cuando me diste plantón, JerseyGirl7.

Quise que me tragara el suelo mientras lo miraba boquiabierta.

—Es una lástima que no pudiera comprobar que podías abrir tanto la boca la noche en que se suponía que nos íbamos a conocer —dijo. Parecía todavía más cabreado que hacía unos minutos—. Si esa expresión de sorpresa es una prueba, tu boca tiene muchas posibilidades.
 
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EL MÉDICO

KAKASHI


A la mañana siguiente subí a pie los dieciséis tramos de escaleras hasta la planta donde estaba mi despacho, pues necesitaba despejar la mente y encontrar la manera de disculparme con Sakura. Bueno, solo iba a disculparme un poco por todo lo que le había dicho el día anterior. Todavía iba a obligarla a hacer más papeleo del necesario, porque necesitaba castigarla de alguna manera por echar a perder una amistad online perfecta. Pero no iba a evitar que asistiera a las sesiones conmigo. Sakura tenía razón en una cosa: era necesario que practicara tanto como fuera posible, y no iba a impedírselo. Y no solo eso: en realidad me resultaba muy impresionante su forma de analizar las sesiones posteriores. Encontraba su perspicacia e intelecto muy refrescantes.

—¡Buenos días, doctor Hatake! —me saludó Ayame cuando llegué por las escaleras.

—Buenos días, Ayame. ¿Algo de lo que necesite enterarme antes de encerrarme en mi despacho?

—La cita de las tres se ha cancelado, así que he trasladado la de las cinco a las cuatro. La doctora Katō acaba de firmar el contrato de su nuevo libro, así que asegúrese de felicitarla. El doctor Senju acaba de saber que su esposa está embarazada, así que lo mismo. Y necesitaré que firme los resultados de laboratorio que ha pedido cuando lleguen, alrededor del mediodía.

—Muchas gracias, Ayame.

—De nada.

Fui a mi despacho y abrí la puerta. Luego encendí las luces y parpadeé varias veces para asegurarme de que lo que estaba viendo en ese momento era real.

Sakura estaba sentada detrás de mi escritorio. En mi silla. Con mis regalices.

Estaba reclinada hacia atrás en el respaldo con sus tacones rojos perfectamente colocados sobre un montón de libros, y parecía que había vuelto a poner todo el mobiliario como estaba cuando empezó la residencia. Me resultaba todavía más sexy que el día anterior: tenía los labios pintados de un rojo brillante y arqueaba una ceja mientras me miraba como si estuviera esperando que dijera algo.

No lo hice.

Encendí las luces y salí de mi despacho, seguro de que tenía que estar imaginando esa mierda.

«Y mejor será que lo esté imaginando...».

Había fantaseado con ella rodeándome la polla con aquella boca tentadora mientras estaba sentada detrás de mi escritorio hacía solo unas horas, así que pensé que esto era solo una vívida proyección de eso en el mundo real. Además, ¿por qué razón tendría que haber llegado al trabajo con cuatro horas de antelación?

Regresé al despacho y encendí las luces una vez más, pero Sakura todavía seguía allí, tan audaz y descarada como siempre.

—¿Puedo ayudarle en algo, doctor Hatake? —dijo—. ¿Hay algún problema?

—Sabes muy bien que hay un problema. —Dejé el maletín en el suelo—. Pero ¿sabes qué?

—¿Qué? —Se cruzó de brazos.

—No voy a llamarte la atención por haberte sentado en ese escritorio hecho a medida por el que pagué una millonada, ni voy a reprenderte por redistribuir mi despacho sin mi permiso.

—Sentarse y mover los muebles no es un delito, doctor Hatake.

Puse los ojos en blanco, pero me ceñí al tema en cuestión.

—Voy a apagar las luces de nuevo, y luego voy a dar un paseo de quince minutos. Quince. Minutos. En el momento en el que regrese, voy a encender las luces una vez más, y ¿sabes qué pasará entonces? No estarás sentada detrás de mi escritorio. No me sonreirás de esa manera, y tampoco tendrás un regaliz, que me has robado, en tu maldita boca.

Miré a su escritorio y vi que había vuelto a poner en él dos jarrones de regalices.

—Hablando de regalices —añadí—. Esos jarrones ya no son tuyos. Son solo para personas que aparecen cuando se supone que deben hacerlo.

Ella no dijo nada, solo me miró y dio otro mordisco al dulce.

—Tienes quince minutos, Sakura —dije, apagando las luces—. Y si no...
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


El doctor Hatake entró en su despacho quince minutos después, y se detuvo en seco cuando sus ojos se encontraron con los míos.

—Todavía estás en mi maldita silla —constató.

—Exacto. —Me crucé de brazos—. Solo me levantaré cuando te disculpes por el comportamiento grosero y poco profesional que tuviste ayer.

—Si tienes que pedirle a alguien que se disculpe, entonces es probable que la persona en cuestión no lo lamente.

—Pues no. —Cogió el maletín y lo dejó sobre el escritorio, justo donde yo tenía los pies, apoyados sobre los libros. Murmuró algunas palabras para sí mismo, aunque estaba casi segura de que le escuché decir: «Ojalá te hubieras corrido en mi boca esa noche...», pero no pondría la mano en el fuego—. ¿Ha ordenado los dosieres de los Yarbrough, doctora Haruno?

—No, no lo he hecho.

—¿No, no lo has hecho? —Arqueó una ceja—. ¿Al menos has empezado?

—Tampoco. —Me encogí de hombros—. Ayer, al salir del trabajo, me sentí muy angustiada, así que pensé que entenderías que no lo hiciera. Si no, puedo explicar amablemente esta situación a Recursos Humanos. —Abrió tanto los ojos que parecía que estaban a punto de caérsele de las cuencas—. Puedo ponerme con ellos hoy, si quieres —le dije sonriendo—. Pero, como puedes suponer, probablemente necesitaré más tiempo para terminar, ya que comenzaré un día tarde.

—Basta ya, doctora Haruno. —Rodeó el escritorio hacia donde yo estaba—. Te doy cinco segundos para decirme que has ordenado esos malditos archivos, porque te dije ayer lo importante que eran para mí.

Levanté la mano y conté hasta cinco con los dedos de uno en uno.

—¿Ahora que?

—Ahora les digo a todos mis socios que creo que debemos considerar despedirte, pero tengo la sensación de que solo estás jugando conmigo en este momento. ¿Dónde está el trabajo?

Me levanté de la silla y él se acercó inmediatamente a mí, haciendo que tuviera que apretar el trasero contra el borde de su escritorio.

—No me obligues preguntarte de nuevo... —dijo.

—Deja de intentar intimidarme y discúlpate para que podamos volver a como estábamos antes —dije—. Sé que estás molesto porque tienes el ego magullado, pero no voy a tolerar esa versión retorcida de acoso sexual.

—Ni siquiera te he comenzado a acosar sexualmente, doctora Haruno. —Se inclinó y sus labios casi rozaron los míos—. Cuando lo haga, lo sabrás. Créeme.

—¿Tienes una idea de lo que acabas de decir? —Tenía las bragas empapadas—. No creo que quisieras que sonara así.

—He querido que sonara justo así. —Su boca cubrió la mía al instante, y le rodeé el cuello con los brazos, arañándole la piel mientras él deslizaba una mano debajo de mi vestido.

Mientras controlaba mis labios con los suyos, deslizando su lengua cada vez más profundamente en mi boca, me apartó las bragas a un lado y frotó el pulgar contra mis pliegues empapados. Gimió cuando sintió lo mojada que estaba, y contuve el aliento al sentir cómo su polla se endurecía contra mi muslo. No tuve que bajar la vista para saber que era enorme, y el hecho de que la sintiera a través de los pantalones y la bata blanca que llevaba hizo que las mejillas se me pusieran de color rojo brillante.

—Desabróchame los pantalones —susurró contra mi boca—. Ahora.

No lo dudé. Moví las manos hacia la hebilla del cinturón, y me apresuré a liberarle la polla, pero antes de que pudiera empezar a tocársela, sonó su teléfono.

Los dos nos quedamos congelados al instante, y luego nos separamos lentamente el uno del otro.

—Por favor, ordena los archivos de Yarbrough —susurró, todavía jadeando—. Y, para que conste, esto nunca ha sucedido, y no puede volver a ocurrir.

—Estoy de acuerdo en que nunca ha sucedido. —Me toqué los labios hinchados—. Y he dejado listos los archivos de Yarbrough. Te los entregaré cuando te disculpes por haber jugado ayer conmigo al doctor Jekyll y mister Hyde.

Por un segundo, pareció como si en realidad estuviera a punto de decir las palabras «Lo siento», pero se sentó detrás del escritorio y levantó el teléfono antes de que la llamada fuera al buzón de voz.

—Doctor Hatake al habla... —Mantuvo los ojos clavados en mí—. Sí... Sí. Bien, vale. Los firmaré de inmediato. —Colgó y luego sacó un regaliz de un jarrón—. Doctora Haruno, creo que tú y yo necesitamos redefinir cómo funciona esta relación jefe-empleada. Estás por debajo de mí. Estoy por encima de ti. Por lo tanto...

No le di la oportunidad de terminar esa línea de pensamiento. Abrí el cajón izquierdo de su escritorio y saqué los archivos Yarbrough, para dejarlos encima de su mesa.

—Tienes razón —le dije, cabreada porque fuera capaz de hacerme perder la razón—. Tenemos que redefinir cómo funciona esta relación jefe-empleada. Nos limitaremos a comunicarnos por correos electrónicos cuando no estemos sentados delante de un paciente.

Volví a mi lado de la oficina, pero no antes de tirar al suelo cada maldito jarrón con sus preciados regalices.
 
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EL MÉDICO

KAKASHI

—Sakura, ¿has terminado de leer el estudio que te he enviado esta mañana? —pregunté mientras me servía una taza de café en la sala de descanso una mañana cualquiera—. Si estás interesada en aprender más, puedo encargarme de que hagas el curso online, ¿qué te parece?

Se quedó quieta en su mesa, donde untaba lentamente un bagel con queso crema.

—¿Sakura? —Me acerqué a ella—. Sakura, sé que me has oído.

—¡Buenos días, enfermera Mitarashi! Doctor Funeno. —Sakura los saludó con la mano cuando entraron en la sala—. ¿Qué tal les va el día?

—Bastante bien...

—El mío va bien —respondieron al mismo tiempo.

—Me alegro. —Sakura dio un mordisco al bagel y miró directamente a un lado. Irritado, saqué el móvil del bolsillo y abrí el correo; odiaba que realmente estuviera manteniendo su palabra y solo estableciera comunicación conmigo por correo. Me senté enfrente de ella y le escribí.

Asunto: Nuevo estudio/curso

¿Has terminado de leer el estudio que te he enviado esta mañana? Si estás interesada en aprender más, puedo encargarme de que hagas un curso online, ¿qué te parece?

P. D.: ¿Cuánto tiempo vas a seguir así?

Doctor Hatake

Su móvil vibró en la mesa, y se encendió la pantalla. Lo cogió y me escribió la respuesta.

Asunto: Re: Nuevo estudio/curso

Sí, he terminado de leer ese estudio. Me ha parecido muy interesante, gracias, y, sin duda, me gustaría hacer el curso online.

P. D.: El tiempo que te lleve volver a tratarme como tu residente (o tu amiga). Tengamos una relación jefe-empleada o no, no me gustó la forma en la que me hablaste.

P. D. 2: Y, para que conste, eres, con diferencia, el médico menos profesional con el que he trabajado a lo largo de mi carrera.

Doctora Haruno

Asunto: Re: Re: Nuevo estudio/curso

Me encargaré de pagar la matrícula tan pronto como regrese a mi mesa, y te enviaré la información con el inicio de sesión. Puedes comenzar el curso la próxima semana.

P. D.: Una amiga no me habría dado plantón en el último minuto sin darme una razón. Tengamos una relación jefe-empleada o no, no me ha gustado la forma en que te escaqueaste.

P. D. 2: No has trabajado en este campo el tiempo suficiente para tener una «carrera».

Doctor Hatake

Asunto: Re: Re: Re: Nuevo estudio/curso

Así podré iniciar el curso cuando tenga ganas... Y la única razón por la que me escaqueé —una MUY, MUY BUENA RAZÓN, podría agregar— es porque no quería comenzar mi nuevo trabajo cargando con el peso de haberme tirado antes a mi jefe. No quería tener el recuerdo de estar debajo de ti en tu cama cada vez que trabajáramos juntos aquí...

Doctora Haruno

Asunto: Re: Re: Re: Re: Nuevo estudio/curso

Realmente necesitas aprender a usar el BLOQ MAYÚS. Estás enfatizando las palabras equivocadas. Y, para que conste, SI hubieras decidido no darme plantón, no habrías tenido que lidiar con el recuerdo de estar debajo de mí en mi cama.

Te habría follado a cuatro patas...

Doctor Hatake
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


Ahora lamento haber dicho que trabajar en un consultorio privado era menos difícil que trabajar en un hospital. Era, con mucho, más difícil, y estaba luchando por primera vez en mi carrera.

Había pensado como una estúpida que las primeras semanas habían sido un ejemplo de lo que estaría haciendo durante el resto de mi residencia: simplemente seguir al doctor Hatake o a otro médico durante unos meses y hacer algún examen. Pero en el momento en que los coordinadores del programa me convocaron en una sala de juntas y me presentaron más detalles del programa y cómo estaba a punto de cambiar, me di cuenta de que me estaba volviendo loca.

Los lunes, martes y miércoles los pasaría con el doctor Hatake, y la tensión entre nosotros era cada vez más fuerte y más explosiva. La energía lujuriosa resultaba prácticamente palpable cada vez que estábamos en el mismo sitio. Se estaba haciendo tan obvio que, en medio de nuestra última sesión con una mujer que sufría problemas de ira incontrolable, la paciente se detuvo a mitad de su discurso y nos miró a los dos para gritarnos:

«¡Dios! ¿Habéis follado ya?».

Los jueves eran los días dedicados a la investigación, cuando pasaba horas en el tercer piso de la clínica realizando estudios en el laboratorio, repartiendo mi tiempo entre el psicólogo y el psiquiatra; y como esto era solo un día a la semana, ambos me daban mucho trabajo de investigación en solitario, así que tenía que venir los fines de semana a terminar. Y nunca terminaba...

Sin embargo, el peor día de todos era el viernes: casi podía considerarlo una broma cruel que me había preparado el universo. Los viernes habían sido bautizados como «el día para lo que seas necesaria», lo que significaba que incluso aunque estuviera a punto de completar una tarea de investigación o de ponerme al día con algunas historias atrasadas, si alguno de los médicos de la junta necesitaba que yo hiciera algo que no querían llevar a cabo, yo era su chica.

Y definitivamente me utilizaban.

Los viernes eran un carrete interminable para reparar suturas menores: sesiones de «solo quiero que alguien me escuche durante veinte minutos», chequeos físicos básicos, exámenes rectales, exámenes de laboratorio, exigencias tales como «recupere de las notas de la enfermera sobre la historia familiar de mi paciente de hace veinte años, por favor»... Comenzaban en el momento en el que cruzaba la puerta a las siete de la mañana, y tenía suerte si salía del Centro Médico Avanzado Park Avenue a las diez de la noche.

Así que, sin duda, temía los viernes, pero también temía los jueves, porque me llevaban en volandas cruelmente a esos viernes sin que apenas me diera cuenta.

—Hoy tienes un aspecto desastroso. —Hotaru se dejó caer a mi lado en el sofá la noche del jueves por la noche—. Y dado que eres muy guapa, apenas puedo reconocerte en este momento con esas grandes bolsas debajo de los ojos. —Se me acercó más y me olisqueó—. ¿Y qué es ese olor? ¿Es que no te has duchado en toda la semana?

—Muchas gracias, Hotaru —dije—. Siempre puedo contar contigo para hacerme sentir mejor.

—De nada.

Me quité el suéter y lo tiré al otro lado de la habitación.

—Un médico me ha interceptado hoy cuando salía y me ha pedido que lo ayudara sosteniendo a un bebé mientras preparaba la sala para una tomografía computarizada. El bebé me miró durante dos segundos y me vomitó encima. Es como si el bebé hubiera querido confirmar el estado de mi vida por mí, ¿sabes?

—Lo siento. —Se rio y me dio un abrazo de lado—. Por otro lado más positivo, eres una de las residentes mejor pagadas del estado. Ganas quince mil dólares más que yo al año trabajando allí, así que deberías tenerlo en cuenta, ¿no crees? —Moví lentamente la cabeza para mirarla y le lancé una expresión neutra. Ella se rio aún más fuerte—. ¿Cómo van las cosas con el médico sexy?

—¿«El médico sexy»? ¿Ese viene siendo el doctor Hatake?

—Sí; de alguna manera no me siento bien llamándolo «doctor veintidós centímetros para ti». Además, creo que suena mejor.

Traté de reír, pero no me salió nada más que una tos seca.

—Todavía sigue buscando formas creativas para obligarme a hablar con él de nuevo.

—¿Y sigues comunicándote con él solo por correo electrónico?

Asentí, pero, sinceramente, mi voluntad se agrietaba cada día que pasaba. Todo lo que necesitaba era una sonrisa sexy, que se pasara la lengua por sus labios carnosos, o un «seguramente puedes darme las gracias por esto» cuando me traía el desayuno y un café caliente cada mañanas. (Estaba segura de que los correos electrónicos que le enviaba con el asunto: «Gracias por el desayuno + Se lo agradezco» acabarían pronto.

—¿Sabes?, sería mucho más fácil odiarlo si no fuera tan sexy y no estuviera tan apreciado por todas las personas que trabajan allí.

—¿Apreciado? Pensaba que habías dicho que era el médico más grosero de todos.

—Oh, y lo es. —Me senté en el sofá—. Pero todos lo adoran porque, dejando a un lado que es imbécil de vez en cuando, en realidad es bastante generoso. —Parecía que Hotaru no me creía—. Devuelve el veinte por ciento de lo que cobra a los pacientes cada mes, y asume el doble de casos pro bono que los tres médicos siguientes a él en importancia.

—Estás de coña. ¿Cómo te has enterado?

—Estaba registrando su escritorio el otro día, tratando de descubrir dónde había escondido mi móvil. —Sonreí ante su enésimo intento fallido de romper mi silencio—. Vi esta lista de notas y un montón de cheques en papel. Todos fueron pagos para los pacientes que no podían pagar su tarifa o no tenían seguro médico. Y era una lista muy completa en la que al menos cincuenta casos habían sido pro bono este año. ¡Cincuenta!

—Bueno, tal vez no sea tan malo después de todo. Quiero decir, es evidente que te gusta y viceversa, así que tal vez, cuando os canséis los dos de jugar a estas niñerías, volváis a ser amigos.

—No te pases. —Cogí el teléfono, que vibraba encima de la mesita de café—. Para ello tendría que disculparse o decirme qué le impulsó a ser tan grosero.

Pasé la pantalla y vi un mensaje de él.

Asunto: Mañana. (Según sea necesario)

La doctora Katō no vendrá mañana. Tendrás que ocuparte de sus tres citas matutinas. Una enfermera te echará una mano.

Doctor Hatake


Asunto: Re: Mañana. (Según sea necesario)

¿La doctora Katō? ¿Esas citas matutinas no suelen ser citologías?

Doctora Haruno


Asunto: Re: Re: Mañana. (Según sea necesario)

Sí. ¿Es eso un problema? ¿Te incomoda tocar coños?

Doctor Hatake


Asunto: Re: Re: Re: Mañana. (Según sea necesario)

No, pero es que... no he hecho una desde hace mucho tiempo, y entonces era adjunta. Sin embargo, estoy segura de que lo haré bien.

Doctora Haruno

Asunto: Re: Re: Re: Re: Mañana. (Según sea necesario)

No te queda otra opción... La enfermera que han asignado para ayudarte observará tu trabajo y tomará notas para que la doctora Katō emita más tarde una calificación. Por mucho que te hayas tocado tu propio coño por la noche mientras me imaginas follándote, creo que esto debería ser bastante fácil para ti.

Doctor Hatake
 
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LA RESIDENTE

SAKURA


A la mañana siguiente, mi corazón se aceleró cuando me enfrenté a mi primer paciente del día. Tenía los guantes bien puestos, la enfermera había dispuesto perfectamente las herramientas en el carrito para facilitarme las cosas y había una vagina justo enfrente de mi cara.

—¿Doctora Haruno? —susurró la enfermera desde atrás—. ¿Doctora Haruno?

—¿Sí?

—¿Cuándo tiene pensado comenzar el examen?

—Mmm, ahora mismo... —Acerqué el taburete tanto como pude a la camilla—. ¿Podría poner los pies en los estribos, por favor?

—Ya están en los estribos, doctora —siseó la paciente—. Igual que estaban en los estribos hace diez minutos, y hace veinte. Como espere un poco más, se me dormirán las piernas. ¿No le parece que estoy en buena forma física?

—No..., quiero decir, sí. Quiero decir... —Suspiré. También podrían haberme pedido que realizara una operación de neurocirugía. Nunca había sido buena en esto. Y por una muy buena razón.

—¿Doctora Haruno? —volvió a susurrar la enfermera—. ¿Necesita que se encargue de esto el doctor Hatake? Tiene usted otra cita dentro de veinte minutos y aún no ha comenzado esta.

—No, estoy preparada —le dije, cogiendo el espéculo—. Lo estoy. —Acerqué el espéculo a la paciente, preparada para insertarlo en su vagina, pero lo dejé caer al suelo.

—Está bien, se acabó. —La paciente se sentó—. Tráigame a otro doctor. Ahora.

Ni siquiera protesté. Me quité los guantes y salí corriendo de la habitación, directa al despacho del doctor Hatake. Sabía que estaba allí, y, aunque les había dicho a todos que no lo molestaran hasta después del almuerzo, llamé a la puerta de todos modos.

—¿Es que alguien sabe el significado de las palabras... «No molestar»? —Terminó la frase cuando abrió la puerta—. ¿Les tienes fobia a los coños? ¿Por eso parece que estás llorando por la tarea que tendrías que estar haciendo ahora?

—No. —Solté una risa tonta—. Es solo que...

—Venga, doctora Haruno, puedes completar esa oración si te esfuerzas lo suficiente.

—En pocas palabras, le hice mucho daño a una paciente la primera y la segunda vez que hice una citología. Lo jodí todo, y casi supuso una demanda para el hospital, dos veces. Al final todo se resolvió y el jefe se dio cuenta de que era un error de verdad, pero...

—... las has evitado como a la peste durante el resto de tus prácticas, y ese ha sido el verdadero error..., pero ¿de verdad pensabas que nunca tendrías que encargarte de temas de salud femenina cuando decidiste que te saltarías esa parte esencial del trabajo como médica?

Asentí, y me agarró de la mano para arrastrarme a través de la recepción hacia la zona de ginecología. Entró en la habitación y cogió una historia antes de adoptar un papel que no había visto en él desde que había empezado allí: un médico dulce y compasivo.

—Señora Farmington, soy el doctor Hatake, y me gustaría finalizar hoy su examen. ¿Se sentiría cómoda si se lo hago yo?

—Sí. —Se sonrojó—. Por supuesto.

—Preste mucha atención, doctora Haruno —dijo con suavidad—. Vamos a hacer cuatro citologías juntos hoy, así que esto no le volverá a suceder. —Me indicó que me pusiera los guantes, y en cuestión de segundos centró toda su atención en la paciente.

Lo observé mientras realizaba el examen con facilidad, sin perder nunca el foco mientras la mantenía ocupada con conversación y risas. Le llevó diez minutos completar la parte que yo había tenido miedo de hacer, y veinte minutos completar las pruebas de mama y pelvis.

Hizo los dos siguientes exámenes de la misma manera, dándome instrucciones claras para que prestara atención a lo «fácil» que era, y para cuando terminó, estaba casi segura de que podría hacer el examen final yo sola.

—Ponga el informe en mi escritorio. —Le entregó a la enfermera un portapapeles—. Gracias por ayudarme. Observaré mientras la doctora Haruno completa la última sola.

La enfermera me deseó buena suerte y salió de la habitación.

—¿A qué hora tiene cita la última paciente? —pregunté.

—Ahora. —Cogió un portapapeles—. Desnúdate y súbete a la camilla.

—¿Qué?

—Ya me has oído. —Hablaba en voz baja—. Desnúdate y súbete a la camilla. Voy a ayudarte con tu problema personalmente.

—Con el debido respeto, no necesito que me hagas una citología.

—Genial, porque no estaba pensando en eso... —Me miró de arriba abajo antes de salir de la habitación.

Me quedé quieta, paralizada por completo por la sorpresa. Una parte de mí quería despojarse de la ropa en ese mismo momento y dejar que me tomara en el momento en el que regresara a la habitación. Y el resto de mí... en realidad también quería lo mismo. Me quité los zapatos, las bragas y la falda antes de sentarme en el borde de la camilla y cubrirme el regazo con un trozo de papel blanco.

Llamó a la puerta y me preguntó si estaba lista.

—Sí... —Mi voz era tan baja que apenas podía escucharla.

La puerta se abrió y entró él con un portapapeles en las manos.

—Señorita Haruno —dijo, mirándome como si realmente fuera una paciente—. Soy el doctor Hatake y hoy me ocuparé de su coño.

—Estoy bastante segura de que ese no es el guion...

—Hoy lo es. —Él sonrió y se sentó en el taburete enfrente de mí e hizo clic en el capuchón del bolígrafo—. Pero antes debo hacerle algunas preguntas personales. ¿Fuma?

—No.

—¿Consume algún tipo de droga?

—No.

—¿En la actualidad folla con otras personas?

—¿Qué?

—Sí o no —dijo—. ¿En la actualidad folla con otras personas?

—No estoy follando con nadie.

—Vale. —Escribió algo en el portapapeles—. ¿Cuándo fue la última vez que mantuvo relaciones sexuales?

—No puedo responder esa pregunta.

—Puede, y lo hará...

Negué con la cabeza.

—Hace más de un año.

Dejó caer el bolígrafo al suelo de la sorpresa, pero, en lugar de recogerlo, se limitó a sacar otro del bolsillo y negó la cabeza.

—¿Se corrió?

—¿Qué?

—Ya me ha oído. —Bajó la voz—. ¿Se corrió?

—No.

—Interesante. —Soltó el portapapeles y cogió unos guantes, que se puso como si fuera un examen de verdad—. Recuéstese en la camilla, por favor.

No me moví. Me quedé mirándolo medio excitada... En realidad mucho más que medio excitada, por lo que se puso de pie y me empujó suavemente hacia atrás, contra la camilla. Me sonrió y se quitó los guantes con rapidez para tirarlos al cubo de la basura que había al otro lado de la habitación.

—Es la costumbre. Dudo mucho que los necesite hoy.

—¿Qué quieres decir?

Evitó mi pregunta.

—Pon los talones en los estribos y abre las piernas.

Lentamente seguí su orden mientras miraba hacia el brillante techo blanco. En cuestión de segundos sentí que sus manos me acariciaban con suavidad el interior de los muslos. Entonces le escuché soltar una carcajada.

—Es grosero reírse del cuerpo de una paciente —aseguré—. Es la primera regla del manual del buen trato a los pacientes. Con todos tus años de experiencia, deberías saberlo.

—No me estoy riendo de mi paciente. —Me pasó un dedo por mi raja empapada—. Me pregunto qué te ha llevado a deshacerte de todo el vello que tenías aquí. —Todo mi cuerpo se sonrojó—. Estoy seguro de que tenías vello aquí cuando te toqué en el despacho hace semanas... —Me sonrió—. Para que conste, no me importa nada.

—Bueno, es probable que nunca lo vuelvas a ver después de hoy, así que lo que te importa y lo que no realmente da igual. Además...

Dejé de hablar cuando le sentí soplar contra mi clítoris y una vez que noté que apretaba la lengua contra él. Continuó acariciándome los muslos con las manos, y cuando comenzó a besarme el coño como si estuviera besándome la boca, perdí el hilo de mis pensamientos. Mi respiración se hizo más lenta cuando enterró la cabeza en mi coño y deslizó dos dedos dentro de mí.

—Ahh... —Sentí las piernas débiles a pesar de estar en los estribos, pero él no me dejó moverme.

Gimiendo, cerré el puño en su cabello mientras me chupaba el clítoris.

«Oh-Dios-mío...».

—Kakashi... ¡Por favor...! —grité cuando comenzó a follarme aún más fuerte con los dedos, cuando el sonido que hacían al entrar y salir de mi coño empapado inundó la habitación—. ¿Por favor, puedes ir más despacio? Por favor, más despacio...

—Shhh...

Volvió a soplar contra mi clítoris, haciéndome gemir con más fuerza, pero no bajó la velocidad. Continuó jugando conmigo con el ritmo perfecto y sensual de su lengua, y cada vez que trataba de cerrar las piernas, me las apretaba más para mantenerlas separadas. Mi coño comenzó a palpitar contra su boca, y eso solo hizo que me torturara más.

—Vamos, Sakura... —susurró—. Córrete...

Cuando comenzó a alternar entre frotar la yema del pulgar y la lengua contra mi clítoris, cerré los ojos. Mi cuerpo se puso a temblar bajo su contacto, y aunque intenté retener el control, fue inútil. Grité cuando me estremecí de pies a cabeza, lanzando algunos de los instrumentos médicos del carrito al suelo. Sentí que seguía besando mi coño mientras una ola tras otra de placer acumulado me recorría de arriba abajo.

Cuando recuperé el control otra vez, no podía sentir las piernas, y estaba casi segura de que no sería capaz de sostenerme de pie durante las dos próximas horas aunque quisiera.

Kakashi trazó un sendero con la lengua por mi cuerpo por última vez antes de ponerse de pie y mirarme.

—Eres sumamente sexy cuando te corres —dijo con suavidad—. Espero verlo con mucha más frecuencia.

Con los ojos clavados en los míos, cogió algunas toallitas del gabinete y me limpió entre las piernas hasta que quedó satisfecho con su trabajo. Luego, después de coger la falda y dejármela al lado, fue hacia la puerta.

—Vamos a tener que encontrarnos aquí de nuevo para hacer un seguimiento dentro de las cuarenta y ocho próximas horas. Solo quiero asegurarme de que queda completamente satisfecha con su tratamiento...
 
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EL MÉDICO

KAKASHI

Asunto: Progreso

Me han dicho que has completado con éxito una citología hoy mismo. ¿Quieres una medalla?

Doctor Hatake


Asunto: Re: Progreso

Corrección: He realizado DOS citologías hoy. Y, sí, ya que me la ofreces, me gustaría una medalla.

Doctora Haruno


Asunto: Re: Re: Progreso

Estaré encantado de otorgarte una cuando cumplas tres condiciones/demandas.

Doctor Hatake


Asunto: Re: Re: Re: Progreso

Anótalas y te haré saber si puedo aceptarlas o no.

Doctora Haruno

Asunto: Re: Re: Re: Re: Progreso

1. Volverás a hablar conmigo de nuevo sin que sea a través de correos electrónicos/cuando necesites mi ayuda para algo. (Te pido disculpas por la forma en que te traté, y te pediré perdón en persona, si estás de acuerdo con este punto).

2. Admitirás que te arrepientes de haberme dejado plantado esa noche.

3. Nos veremos en la sala número seis dentro de treinta minutos para que pueda darte el premio personalmente...

(Pista: en realidad no es una medalla).

Doctor Hatake


Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: Progreso

1. Bien, estoy de acuerdo con esto. (Definitivamente quiero las disculpas en persona).

2. Me arrepiento de haberte dado plantón esa noche, pero solo porque creo que realmente tenemos bastante compatibilidad y podríamos haber tenido una buena conversación. (Por otra parte, me habrías follado antes de comenzar aquí, así que una parte de mí todavía no se arrepiente de haberte plantado. :-)).

3. Ya estoy aquí esperando. (Confesión: esperaba que no fuera una medalla. :-)).


Doctora Haruno
 
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EL MÉDICO

KAKASHI

«¿En qué demonios estás pensando?».


Tendría que despedir a esta mujer. Y cuanto antes, mejor.

Exactamente veintidós horas después de haberle devorado el coño en una sala de examen, lo volví a hacer.

Y de nuevo dos días después.

Y luego otra vez cada dos días, solo porque sí.

Todavía tenía que completar su primer examen oficial, porque seguíamos retrasándolo debido al tiempo que pasábamos en la sala de examen, y comenzaba a sentir que me estaba volviendo como los demás médicos de la clínica. Solo hacía las cosas que quería hacer, cuando quería hacerlas, y eso sinceramente no era bueno para mí ni para Sakura.

Y lo peor era que no podía deshacerme de la molesta sensación de que realmente me gustaba más allá de lo que qué demonios estuviéramos haciendo. Era, sin lugar a dudas, la mujer más inteligente que había conocido, la más sexy, y sentí que era el tipo perfecto de persona con la que podía imaginarme fuera de la oficina.

Eso, en sí mismo, era un gran problema. No era el tipo de hombre al que le iban las citas monógamas, al menos no estaba listo todavía para ellas, y la clínica estaba siempre ante todo. Siempre. Aun así, estaba empezando a darme cuenta de que, aunque ambos éramos adictos al trabajo, de alguna manera encontrábamos la forma de pasar tiempo juntos todos los días. En la sala de descanso, durante el desayuno en la biblioteca de abajo, después del horario de oficina en el ala de investigación recientemente renovada...

«Incluso le has enviado un regalo anoche...».

Necesitaba poner fin a esto. Y rápido.
 
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LA RESIDENTE

SAKURA

Asunto: El médico sexy me ha enviado flores hoy

Adjunto una foto. ¿No son preciosas? (Creo que realmente le gusto).
También me ha enviado una invitación escrita a mano para una «cita de maquillaje» dentro de unas semanas.

Sakura


Asunto: Re: El médico sexy me ha enviado flores hoy Ayer también te envió flores. ¿Estás tratando de ponerme celosa? (Y, por supuesto, claro que le gustas. —Ojos en blanco—. Es bastante obvio por la permanente sonrisa boba con la que llegas a casa todos los días).
Por favor, no lo jodas esta vez...
Espera, ¿ya no lo llamas «doctor veintidós centímetros»? Por cierto, ¿por qué no me has contado nada todavía sobre esos veintidós centímetros?

Hotaru


Asunto: Re: Re: Re: El médico sexy me ha enviado flores hoy

No, ayer me envió la cena y vino. El otro ramo de flores fue anteayer. Hay una gran diferencia. :-)
Y, sí, estoy tratando de ponerte celosa, pero solo porque he visto algunas de tus notas del Manhattan Medical hoy en la encimera y eso me ha puesto celosa... (Lo que me hicieron todavía me duele, sea o no increíble la alternativa. Lo siento. :-( ). Definitivamente no lo soportaré. En realidad insiste en recogerme esta noche.
¡Ah! Y en realidad me gusta el nombre de «médico sexy» por ahora, y la única razón por la que no te he dicho nada sobre sus veintidós centímetros es porque todavía no hemos mantenido relaciones sexuales.

P. D.: ¿Crees que es posible que realmente podamos ser cien por cien compatibles como sugiere esa tonta aplicación de NewYorkMinute?

Sakura


Asunto: Re: Re: Re: Re: El médico sexy me ha enviado flores hoy

¿Cien por cien compatibles?

Veamos: eres terca, combativa y sacas a la luz tu mal genio cuando te presionan. Es evidente que tampoco tienes moral cuando se trata de tener sexo oral en una sala de examen fuera de las horas de trabajo, así que... Sí. Cien por cien compatibles.
Ya en serio, sí. Creo que podríais tener algún futuro. Os imagino saliendo durante años.
Además, ya que has mencionado el Manhattan Medical, adjunto un memorando interno que salió a principios de esta semana. Sé que estás disfrutando en el Centro Médico Avanzado Park Avenue, pero si te sientes un poco tentada, lee esto. (Si no, elimínalo).

Hotaru

Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: El médico sexy me ha enviado flores hoy

No necesito leerlo, pero gracias por enviármelo de todas formas. :-) Te llamaré a la hora del almuerzo.

Sakura
 
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LA RESIDENTE

SAKURA

«Es demasiado... Odio que este hombre haya empezado a gustarme de verdad...».


Al doctor Hatake le llevó algunas semanas echar a perder todos mis recuerdos de lo que me había hecho en la sala de exploraciones, así como todas las demás cosas que había hecho por mí. Las escenas en las que me arrancaba un orgasmo tras otro con solo la lengua se borraron por la forma en que entró en el trabajo durante los dos últimos días de la semana.

Se convirtió de nuevo en un psicópata desquiciado y me trató terriblemente mal sin ninguna razón. Me encontré de nuevo la división del despacho formando dos espacios separados, las estanterías estaban una vez más en mi lado, llenas de archivos, y cuando le pregunté por qué había vuelto a esa situación, simplemente me ignoró.

Mientras él hablaba por teléfono con lo que parecía un paciente cabreado, abrí la página web del Manhattan Medical e inicié sesión en la intranet de empleados. Allí encontré la nota interna que Hotaru me había enviado por correo electrónico y me di cuenta de que probablemente el destino trataba de enviarme un mensaje. Mi amiga me había reenviado un comunicado de Recursos Humanos en el que se revelaba que dos residentes habían sido despedidos el mes anterior por imprudencia temeraria, y el hospital estaba buscando gente para reemplazarlos lo más rápidamente posible, sin demasiada fanfarria y sin llamar la atención.

Abrí el cajón y saqué el currículum, esperando que por milagro me aceptaran de nuevo. Y si no era así, enviaría el currículum a otros lugares o esperaría que surgiera alguna opción de transferencia antes del inicio del nuevo semestre. Estar encantada con el Centro Médico Avanzado Park Avenue —dejando a un lado los días de locura— no era suficiente para soportar el impredecible comportamiento frío y caliente del doctor Hatake. Tuviera una lengua asombrosa o no.

—¿Doctora Haruno? —me llamó una vez que colgó el teléfono—. ¿Doctora Haruno?

Saqué el móvil y le envié un correo electrónico.

Asunto: ¿Sí?

¿En qué puedo ayudarle hoy, doctor Jekyll/mister Hyde?

Doctora Haruno


Suspiró, se levantó de su mesa y se acercó a la mía.

—No vamos a volver a pasar por esa mierda de los correos electrónicos.

—¿No? —Escribí en el buscador «universidad de Maryland» y entré en la sección de educación—. Ya te he dicho con anterioridad que no puedes tratarme así, y lo has hecho de nuevo, y sin ninguna razón.

—Hay una razón —dijo en tono tenso—. Una razón muy buena.

—¿Cuál es? —Dejé de escribir y lo miré—. ¿Qué es lo que puede llevarte a pensar que puedes hacerme gritar tu nombre en la sala de exploraciones y luego, sin ningún motivo, tratarme como si estuviera por debajo de ti al día siguiente?

—Ya te lo he explicado: técnicamente jamás te tendría debajo de mí —dijo, yendo hacia detrás de mi escritorio—. Y, para ser sincero, el razonamiento es... —Echó un vistazo a mi pantalla y contuvo el aliento cuando las palabras «Gracias por completar la primera parte de la solicitud para realizar una residencia médica» aparecieron en negrita en mi pantalla.

—¿Estás solicitando que te acepten en otros centros mientras estás aquí? —Parecía cabreado, pero también había un tono de dolor en su voz—. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto a mis espaldas?

—He empezado justo hoy, cuando has empezado a comportarte de nuevo como un gilipollas condescendiente. —Apreté los dientes.

—¿Estás segura de que solo lo has hecho hoy?

No tuve la oportunidad de responderle antes de que un nuevo correo electrónico enviado por Hotaru apareciera en mi pantalla, y supe que no iba a poder evitar que él lo viera de ninguna manera.

Asunto: ¡Emergencia! (¿Es ahora? Risas)

¿Debo llamar a su despacho ahora mismo para que puedas decirle al médico sexy que hay una emergencia que tienes que atender o es dentro de una hora? No me acuerdo... Comunícamelo cuanto antes...

Hotaru


—Así que eres una mentirosa, ¿verdad? —El doctor Hatake apretó los dientes.

—Mejor que ser un psicópata que no sabe cómo tratar a la residente más inteligente que haya tenido.

—También eres la residente más sexy que he tenido, Sakura. —Cerró la brecha entre nosotros—. Y ese es un maldito problema.

—¿Mi aspecto hace que me trates mal? —Lo miré con los ojos entrecerrados—. Eres terapeuta, ¿cómo han podido salir de tu boca estas palabras?

—Sakura...

—No. —Me hervía la sangre en las venas—. Tu razonamiento es una gilipollez. Parece más bien algo tipo: «Me gustas, Sakura, pero como soy un imbécil que está demasiado asustado para comportarse como un caballero, te trataré tan mal como pueda para demostrarte lo mucho que me gustas».

—No es eso.

—¿No? —Traté de dar un paso atrás, pero él me pasó un brazo alrededor de la cintura y me apretó contra su pecho—. ¿Eso no te parece posible?

—En lo mas mínimo.

—Entonces, ¿por qué siempre me has traído a mí, y solo a mí, desayuno y café al trabajo todos los días? Cada puto día...

—Compartimos despacho. Sería grosero no hacerlo.

—¿Por qué ha habido envíos de flores y vino todas las noches a mi casa?

—Tal vez me siento mal por romper las reglas de confraternización y quiero compensarte.

—¿Y la invitación escrita a mano que me enviaste por correo?

—¿A Per Se? —Su expresión se hizo más suave, pero no se quedó así mucho tiempo.

—Sí, a Per Se dentro de cuatro semanas porque dijiste que querías una cita de verdad. —El pecho me subía y bajaba, y estaba a punto de gritar—. ¿Cuál es tu excusa para eso?

—No me habían dado plantón en mi vida. Necesito corregir la situación.

—¿Sabes qué? —Me aparté de él y fui hacia la puerta, mientras me maldecía por tener las bragas mojadas y poder ver claramente la marca de su polla erecta a través de los pantalones—. Que te jodan, doctor Hatake. ¡Que te jodan!

—Me encantará que me jodas tú. —Me llevó hasta la puerta y agarró el pomo antes de que pudiera girarlo yo. Luego me dio la vuelta—. Sí, me gustas, Sakura. Mucho más de lo que deberías.

—¿Y te ha resultado tan difícil decírmelo?

—Mucho. Quítate la ropa. —Estuvo frente a mí en milésimas de segundos, su boca sobre la mía, sus manos en mi pelo mientras yo luchaba por abrirme la cremallera del vestido. Impaciente, me apartó la mano y me la abrió él. Luego me empujó hacia el sillón y se desabrochó los pantalones—. Ponte de rodillas... —me susurró al oído, y lentamente me puse a cuatro patas. Se colocó detrás de mí y me agarró el pelo con el puño, tirando suavemente hacia atrás.

Escuché que desenvolvía un condón, y lo siguiente que sentí fue que deslizaba lentamente la polla dentro de mí. Centímetro a centímetro...

«Definitivamente son veintidós centímetros por lo menos...».

—Ahhh... —gemí, y él me besó la nuca.

Clavé las uñas en el cuero del sillón mientras él me ordenaba que estuviera quieta, al tiempo que permitía que mi cuerpo se adaptara a toda su gruesa longitud.

Me besó el hombro con ternura, pero toda esa dulzura terminó bruscamente. De repente me agarró las caderas y me empezó a taladrar con su polla de forma implacable, haciéndome gemir de placer. Ahuecó la mano izquierda sobre mi boca para amortiguar mis fuertes gritos, y usó la otra mano para sostenerme con firmeza contra él. Cerrando los ojos, permití que tuviera el control total y cedí a él, sin fijarme en nada más.

—Tu coño es jodidamente perfecto..., jodidamente perfecto... —susurró mientras me mordía la piel con fuerza.

El teléfono de su escritorio sonó mientras me penetraba más profundamente. Esperaba que simplemente lo dejara sonar mientras continuábamos, pero...

—Responde... —susurró mientras me tiraba del pelo.

—¿Qué?

—Ya me has oído —Se deslizó dentro de mí otra vez—. Coge el teléfono y responde.

—¿Ahora?

—Ahora mismo. —Me dio una palmada en el culo, sin perder nunca el ritmo.

Con él todavía penetrándome, descolgué.

—Despacho del doctor Hatake —dije sin aliento—. ¿En qué puedo...? —Contuve un gemido—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, soy Hannah Yates. Esperaba poder hablar con el doctor Hatake sobre la cita de esta tarde. Quería que supiera que iré un poco antes, si le va bien.

—Me irá perfecto —me susurró en el oído—. Dile que perfecto...

—Mmm..., señora... —Me mordí el labio al notar que Kakashi comenzaba a masajearme el clítoris con el pulgar—. Estoy segura de que le parecerá bien. Le informaré al respecto. Que tenga un buen día.

—¡No, espere! ¿Podría decirle también que estoy dispuesta a hablar sobre mi vida sexual? Dígale que me podrá hacer preguntas esta vez, y que no me sentiré incómoda.

Asentí, como si ella pudiera verme, incapaz de decir nada mientras mi cuerpo empezaba a temblar sin control.

—¿Hola? ¿Está ahí?

—¿Estás, doctora Haruno? —Kakashi me besó el cuello—. ¿Estás ahí?

—Sí... —gemí, y dejé caer el teléfono al tiempo que me desplomaba contra el escritorio. Kakashi me atrapó antes de que pudiera golpearme la cara con la madera, y luego él mismo cogió el teléfono.

—Señora Yates, soy el doctor Hatake, ¿todavía está ahí? —Gimió más fuerte que yo cuando encontró su propia liberación, y me sostuvo contra él mientras mantenía la voz tranquila como siempre—. Sí..., sí, le estaba diciendo a la doctora Haruno que me parece bien, así que no tiene que... —Me besó la nuca—. Hablaremos después... Está bien... Sí, la oferta sigue en pie... Está bien... Está bien, nos vemos luego.

Colgó el teléfono y lentamente se retiró de mi interior antes de tumbarme en el diván. Se quitó el condón y lo tiró, y luego regresó a mi lado y me ayudó a ponerme el vestido. Me miró un poco preocupado.

—¿Estás bien?

Asentí. Nunca antes me habían follado así, y estaba bastante segura de que volvería a correrme como hoy en mis sueños durante los próximos meses.

—¿Estás planeando quedarte el resto del día o...? —Miró el reloj—. ¿Ya casi es la hora en la que debes fingir que tienes una emergencia con Hotaru para que puedas marcharte a esa cita para la entrevista en el Manhattan Medical?

—No, es que... —Se me enrojecieron las mejillas—. No iba a fingir nada.

—Por lo tanto, ¿es una emergencia?

—No —admití—. Pero podría haberlo sido dentro unos minutos. Nunca se sabe...

—¿Y me llamas «médico sexy» a mis espaldas? —Parecía divertido.

—En realidad tengo un apodo diferente para ti...

—¿Te importaría decirme cuál es?

—Ni hablar. —Sonreí—. Pero si quieres que te lo cambie, puedes dejar de comportarte como un machito idiota a partir de hoy e intentar ser un poco más romántico.

—¿Y si no lo hago?

—Será mejor para ti no conocer la respuesta a eso, pero incluye la vuelta de las conversaciones solo por correo electrónico.

—Mmmm... —Me colocó bien el sujetador y se puso de pie para abrocharse los pantalones—. Bueno, nos vemos mañana, doctora Haruno. Disfruta del resto del día. No hay más preguntas...

—¿De verdad?

Asintió y fue hacia la puerta, que mantuvo abierta para que saliera.

—De verdad.

Me puse de pie e inmediatamente me sujeté al respaldo de la silla para mantener el equilibrio, pues tenía las piernas débiles y doloridas. Pillé a Kakashi sonriendo mientras me tambaleaba lentamente hacia él. Aun así, reprimió el sarcasmo y me besó en la frente antes de que saliera de la habitación.

—Te veo mañana.
 
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EL MÉDICO

KAKASHI


Asunto: Gracias por las fresas cubiertas de chocolate que me enviaste ayer

No he tenido la oportunidad de verte hoy en el despacho, pero me encantaron. (Sí, eso cuenta como «ser más romántico». Sin embargo, la nota extra sobre lo mucho que disfrutas al sentir mi coño contra tu polla, no. O_o).

Doctora Haruno


Me reí y solté el teléfono. Cerré la puerta de mi despacho y me dirigí hacia el pasillo de consultas para asegurarme de que todo estuviera apagado y recogido. La luz al final del pasillo todavía estaba encendida, así que caminé hacia allí, y, cuando entré, vi que Sakura estaba leyendo y tomando una taza de café.

Inmediatamente me miró y se sonrojó.

—Pensaba que ya te habías ido.

—Todavía no. —Me senté enfrente de ella—. ¿Qué estás estudiando?

—El caso de la familia London —dijo—. Aparecieron en la consulta la semana pasada, así que estoy sacando anotaciones de sus archivos. Los has estado tratando durante mucho tiempo y he encontrado algo raro. Algo muy raro.

—¿Tienes alguna pregunta?

—Quizá. —Cogió otros archivos—. En realidad, hay algo raro en el veinte por ciento de tus pacientes.

—Sigo esperando la pregunta...

—Cada vez que dejo ciertos archivos en tu escritorio, vuelven a mí una hora después, sin pagar. No hay ningún método de pago añadido al archivo; sí, lo he verificado ilegalmente, pero solo porque estaba investigando. —Me miró—. Este mes, ninguno de los pacientes a los que has atendido ha realizado pago alguno. ¿Estás tratando de ir a la quiebra o realmente eres tan generoso a puerta cerrada?

Sonreí, pero no respondí.

—Estamos hablando de una pérdida de más de doscientos mil dólares —insistió—. ¿Puedes permitirte perder tanto dinero?

—No es una pérdida, pero, incluso aunque lo fuera, sí. La generosidad de mi padre es hereditaria... —dije—. La mayoría de mis consultas son como las de él...

Me miró un buen rato antes de añadir algo más.

—Doctor Hatake…

—Kakashi —le corregí—. Creo que deberíamos llamarnos definitivamente por el nombre de pila.

—Sí, vale, Kakashi. No te lo tomes a mal, pero no me pareces el tipo de hombre superfilántropo...

—¿Qué tipo de hombre parezco exactamente?

—Un imbécil. —Se rio y yo la miré entrecerrando los ojos.

—Un imbécil muy atractivo y encantador.

Se rio, poniendo los ojos en blanco.

—Bueno es saberlo. Gracias por ese cumplido tan retorcido.

—De nada —dijo—. Pero ahora en serio, es muy amable de tu parte seguir los pasos de tu padre.

—Gracias. —La miré—. Supongo que esta clínica no era tu primera opción para hacer la residencia...

—No te ofendas, pero ni siquiera estabas en mi lista. Solo el Manhattan Medical, ya que ese ha sido siempre mi sueño.

—¿Todavía tienes la esperanza de volver allí?

Ella asintió.

—Sin embargo, no como un desaire contra ti. Es solo mi...

—... tu sueño. —Me eché hacia adelante y la besé en los labios, sorprendiéndonos a ambos con la guardia baja—. Avísame cuando tengas algo de tiempo libre en tu agenda para vernos fuera del despacho. En serio, tengo que hablar contigo sobre algo que me ha estado molestando de «nosotros» desde hace tiempo.

—¿Ya quieres cortar conmigo? —preguntó, recelosa—. ¿De eso se trata?

—No. —La besé de nuevo—. Estamos empezando...
 
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LA RESIDENTE

SAKURA

Asunto: Solicitud de residencia en el Manhattan Medical


Cuando vi ese correo el lunes por la mañana, me sentí demasiado nerviosa para abrirlo, demasiado inquieta por lo que podía decir. Así que me distraje abriendo todos los correos electrónicos de la bandeja de entrada, incluidos los no deseados que nunca miraba, y luego me preparé para la gran revelación.

Asunto: Solicitud de residencia en el Manhattan Medical

Estimada Sakura Haruno:

Gracias por interesarse en el programa para residentes del Hospital Manhattan Medical. Agradecemos su entusiasmo. Sin embargo, lamentamos informarle de que no podemos proponerle una oferta para seguir el programa en este momento.

No dude en llamar a nuestra oficina si tiene alguna duda, y siéntase libre de hacer una nueva solicitud durante el próximo semestre.

Recursos Humanos del Hospital Manhattan Medical


Me obligué a tragar el nudo que tenía en la garganta y no me permití soltar ni una sola lágrima. Evidentemente, era algo que no estaba en mi destino, y además, de todas formas, estaba empezando a encajar y a enamorarme de cierto médico en el Centro Médico Avanzado Park Avenue.

«Y me siento feliz y agradecida por ello...».

Eliminé el correo electrónico y salí de la sala de descanso para regresar al espacio que compartía con Kakashi. Recogí el horario que tenía preparado Ayame de camino y me aclaré la garganta cuando entré en el despacho.

—¿Doctor Hatake? —pregunté, acercándome a su escritorio.

—¿Sí?

—Mmm, ¿has mirado la agenda del día? —dije entregándosela—. Esto no puede estar bien. Un paciente nuevo ha reservado las tres sesiones matinales.

—No, es correcto. —Me miró por encima del papel y me lo devolvió—. Todo en orden.

—No puede ser —dije—. No existe ninguna información sobre este paciente en nuestra base de datos. Lo único que tenemos son las iniciales del paciente: FASTLM. ¿Se trata por casualidad de un código para un viejo amigo tuyo?

—No. —Se rio y cerró la puerta—. Y esas letras no son las iniciales del paciente. Son un acrónimo. —Me puso un dedo en la boca antes de que pudiera formular otra pregunta—. Follar A Sakura Toda La Mañana.

Me sonrojé.

—¿Se supone que eso te convierte en un hombre romántico?

—No, solo en uno muy salido e insaciable. —Se rio y me empujó contra el escritorio.
 
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EL MÉDICO

KAKASHI


Asunto: ¿Tienes que decirme algo importante?

Me he apresurado todo lo que he podido para llegar cuanto antes al recibir tu mensaje de voz, así que ahora estoy sentado en tu despacho. ¿Dónde estás?

Doctora Haruno


Asunto: Re: ¿Tienes que decirme algo importante?

Estoy en una reunión. Me encontraré contigo dentro de poco, y solo tardaré cinco minutos.

Doctor Hatake


—Bueno, doctor Hatake... —La doctora Katō se sentó a la cabecera de la mesa de conferencias, flanqueada por todos los médicos que tenían interés en la cuestión—. En nombre de todos los presentes, me gustaría decir que apreciamos que nos hayas comunicado esta relación, y lo respetamos todavía más por el hecho de que, incluso como propietario mayoritario, realmente indica que das prioridad a lo que es mejor para la clínica. —Hubo murmullos de acuerdo de los demás médicos—. Dicho esto, las reglas que firmamos cuando iniciamos el programa son bastante simples: ningún médico puede entablar una relación con un empleado, da igual su estado civil o nivel de su puesto, por lo que ya sabes que uno de los dos tiene que irse.

—Lo sé.

—Estoy segura de que no me equivoco al adivinar quién será, pero dado que esto afectará al programa de residencia, tú serás el responsable de trabajar con el equipo de coordinación para obtener un reemplazo para la doctora Haruno.

—Entendido. —Hice el gesto para levantarme de la mesa, pero la doctora Katō levantó la mano.

—Además... —Soltó un suspiro de exasperación para lograr un efecto más dramático—. Te das cuenta de que hemos gastado más de cuatro mil dólares en tus regalices durante el año pasado, ¿verdad?

—No lo sabía. —Fui hacia la puerta—. Pero ahora que lo sé, trataré de llegar a cinco mil.
 

22 Aniversario de Foros Dz

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