Misión E Ayuda a los mayores | Arata

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Padre Fundador
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―Y entonces, el muy idiota tropezó con los estantes y ¡pum! Todos los libros cayeron al suelo ―relató la anciana, tras lo cual tosió varias veces de una manera rasposa―. Bolas de pelos ―se excusó.

La señora Urquhart era de todo menos una dama convencional. Desde su atalaya particular (su silla mecedora), era sencillo tener una primera impresión equivocada. Sus manos, temblorosas y arrugadas, sostenían agujas de tejer con las que se desenvolvía diestramente, mientras se mecía de atrás para adelante y viceversa, tarareando una canción muy vieja. Pero su hobbie favorito no era tejer, sino hablar, ¡y vaya que sí sabía hablar! Lo hacía con fluidez y contundencia, soltando un bombazo tras otro. Parecía llevar un registro mental de todos los viejos escándalos del país y las historias vergonzosas de sus personajes ilustres, y era bastante generosa con la información. Cuando contaba algo particularmente escabroso, el vaivén de la silla aumentaba de velocidad y sus manos también tejían más rápido.

―Es increíble que un ninja graduado tenga tantos problemas para atrapar un gato. Seguro era de una aldeucha, hay una aldea en el País del Rayo que solo se dedica a formar ninja mediocres, y un año en nuestra Academia no hace milagros. ¿O será que también nuestra Academia es mediocre? ¡Qué horror! ―decía en un tono indignado, negando con la cabeza―. En mi época los ninja graduados arriesgaban su vida fuera de la aldea, pero ahora… ¡Gatos! ¿Se gradúan para atrapar gatos? Qué horror. Dime, joven, ¿qué les enseñan en esa Academia?
―Materias prácticas, materias teóricas ―balbuceó Arata, aturdido.
―A propósito, bonita máscara ―La máscara era la de un demonio rojo―. ¡Ah, Nopa, ven para acá!

Urquhart dejó las agujas a un lado y extendió sus brazos para recibir al animal en su regazo, pero éste, un gato obeso y muy mezquino, dedicó una mirada resentida a Kakuzu y luego desapareció en el umbral de la puerta.

―Maldito gato inútil, ballena estúpida ―se quejó, retomando sus herramientas de trabajo con rabia―. Ojalá el estante lo hubiera aplastado. Solo aparece para causar problemas y quejarse de la comida que le pongo. ¿Te lo quieres llevar? ―Arata negó con la cabeza―. ¡Tendré que matarlo yo misma!

Había transcurrido media hora desde que el estudiante pisara el hogar de la anciana, una imponente mansión de dos pisos, donde el polvo y las telarañas hacían fiesta sin ninguna oposición. A ella parecía darle igual. Finalmente, Kakuzu decidió que era oportuno reconducir la conversación hacia lo que le habían asignado hacer.

―¿Podría ir a acomodar los estantes? Si no lo hago a tiempo me bajarán la nota ―mintió.
―Sí, joven, está por allá ―Señaló a su derecha―. ¡En orden alfabético! ―aclaró, cuando Arata casi desaparecía detrás de la puerta―. ¡De izquierda a derecha, eh! ―El menor asintió―. ¡De arriba abajo! ¡No, mejor por temáticas! ¡Olvídalo, mejor en orden alfabético! ¡Ah, el polvo, quítales el polvo!

Ayuda a los mayores (E)

Una anciana de la aldea requiere de ayuda para acomodar los libros que tiene en su casa, son bastantes y recientemente desordenados por culpa de un genin que buscaba atrapar al gato de la señora; la aludida tiene problemas de espalda, por eso no lo hace por su cuenta.

Objetivos:
- Acomodar los libros como pida la mujer.
- Evitar hacer más destrozos.

Datos Extras:
- Son aproximadamente 100 libros, unos bastante viejos, por lo que se deben tratar con cuidado.
 

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Sintió un gran alivio cuando cerró la puerta tras de sí y hubo total silencio. La habitación estaba repleta de estantes caídos y un mar de libros regados por el suelo. La iluminación provenía de dos grandes ventanas. Había un sillón en una de las esquinas que alguna vez la anciana usó para dedicarse a la lectura, hasta que los problemas de su espalda relegaron el sillón a ser solo un adorno.

Arata primero organizó los libros en torres, los limpió con un plumero y después los organizó en el bendito orden alfabético. Le tomó un poco más de tiempo levantar los estantes, pues al intentarlo comprobó que no tenía fuerza suficiente. Era básicamente un enclenque. Se detuvo para coger aliento, observando los colosos de madera en el suelo, maliciosos, como si dijeran “Aquí me quedo, debilucho”. Logró levantarlos haciendo un gran esfuerzo para luego apoyar los estantes en su espalda, lo que le sirvió para erguirlos. Cuando trató de arrastrarlos para ponerlos todos en su lugar, oyó los gritos delirantes de Urquhart exigiéndole que no rayara el suelo de madera. Esto le retrasó casi media hora más, pues debió empujarlos con la suficiente lentitud para que los afiladísimos oídos de la anciana no se enteraran, además de evitar cualquier daño.

Lo siguiente fue acomodar los libros, en orden alfabético, de izquierda a derecha, limpios, perfectamente alineados (esto la señora no se lo pidió, pero él sabía que de no hacerlo así habría protestas). Fue una tarea sencilla para un aspirante a genin, mucho más sencilla sin duda que atrapar un gato… aunque Nopa parecía ser una bola de grasa lenta y torpe, haciendo que Arata se preguntara qué tan incompetente se tenía que ser como genin para causar tantos problemas en el proceso de captura.

―Todo en orden ―susurró el enmascarado para así, satisfecho.

Observó una serie de retratos en la pared de la habitación. Eran los cuadros de una familia. Aparecía la señora Urquhart, por supuesto, mucho más joven, con un hombre de su edad (¿su esposo?) y un hijo pequeño de cabellos rosados (como la anciana en el retrato). Los protagonistas eran los mismos en cada cuadro, pero en localizaciones distintas. Arata reconoció que en uno de ellos se habían fotografiado en la entrada de la mansión.

―Es mi familia ―dijo la voz de la señora, provocando que Kakuzu se sobresaltara. Urquhart había abierto la puerta con malicioso silencio para supervisar al joven, pero se sorprendió de ver que la tarea estaba completa― Fue mi familia.
―Ellos…

La anciana se introdujo en la habitación con la ayuda de su bastón y se acercó al muro, dedicándole una mirada cálida a los retratos. Incluso sonrió de una manera muy sincera, no como antes, cuando relataba a Arata los chismes sexuales de los miembros del Concejo de la aldea.

―Mi esposo, y mi hijo, Elle ―Decir esto último pareció costarle un mundo―. Sientes curiosidad, es natural ―Ella hizo un ademán de despeje con la mano―. Mi esposo era un ninja de Konoha, viajaba mucho… Por el bien de la crianza de nuestro hijo, le pedí que renunciara a su cargo, pero para él era toda su vida ―Hizo una pausa para coger aire, y Arata percibió que lo que estaba por contarle era una muy mala noticia―. Murió en una misión muy peligrosa, cuando Elle aún era un niño. Creo que eso le causó un gran resentimiento hacia el sistema ninja, igual que a mí.
―Lo siento.
―Elle creció para convertirse en el comandante del ejército del Feudal de las Olas, pero un día… ―Urquhart apretó los labios, como si quisiera forzar las palabras devuelta a su garganta. Luego se recompuso―. El mundo no es transparente, joven. Es opaco, lleno de secretos y mentiras. Lo que rodea la muerte de mi hijo… ―Suspiró―. En fin, Arata-san, gracias por cumplir tu tarea y por escucharme, aunque creo que habría sido más divertido que te relatara los problemas de disfunción eréctil de…
―E-está bien así, Urquhart-san ―dijo Kakuzu, agradeciendo que su gesto quedara oculto tras su máscara.
―Los ninja en verdad no son malos. El tiempo me dio la oportunidad de reconciliarme con el sistema y con mi esposo, que en paz descanse. Elle no tuvo tiempo. Ya puedes irte. Gracias de nuevo.
―Gracias a usted, Urquhart-san.

Arata dejó la mansión y cuando había andado durante un minuto o dos, echó una mirada atrás. Pudo distinguir la silueta de la anciana asomada desde una de las ventanas. El mundo estaba lleno de viejas historias.
 
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