+18 Original Fic Betrayal -FINAL-

O-O¬ Baton pass!!
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Esta es una de las tantas crónicas que existen de la era de los elementos, aquella perdida en la historia del continente. Se dice que hubo alguna vez un reino prospero, que emergió del anterior reinado que alguna vez se llamó Petrafoein, pero, como toda prosperidad, esta no puede durar para siempre, no cuando los humanos son seres tan endebles, cuyos corazones son manipulables por la codicia, la envidia y el odio, sentimientos que una joven princesa de sueño inocente estaba a punto de comprender.

En aquel reino que ahora era conocido como Silbererde, un conflicto estaba empezando a aproximarse a la ciudad central, varios de los antiguos aliados del reino, buscaban recuperar parte de sus tierras que fueron apropiadas cuando la reina Setis logró adquirir gran poder político sobre Koldjord y los sobrevivientes de Grunelde. A pesar de que estos pueblos lograron tener un crecimiento económico que no era indiscutible, las altas tazas de cobro, así como servir todo el tiempo a Silbererde, empezaba a generar descontento en ellos, considerando que ya había sido bastante que ese reino viviera a costa de los demás.

La preocupación entre los integrantes del poder del reino era palpable, no obstante, la princesa Seele confiaba en que su padre tomaría lo que ella veía como la mejor opción para todos, aceptar que esos pueblos sean libres del control de Silbererde y respetar sus territorios, no obstante, poco entendía que el orgullo del rey era superior a su inteligencia, por lo que poco aceptaría las sugerencias de su amada hija, a pesar de que la considerada un regalo de los Elementos.

Como todas las mañanas que había reunión en el castillo, Seele tenía que esperar a que quitaran la llave de su habitación, ya que, el rey consideraba que su hija a veces se atrevía demasiado a intervenir en las conversaciones, aunque sonara lindo el respeto que ella buscaba entre todos, era incuestionable para esos hombres el considerar que lo que hacían era un acto de traición.




- Ojalá me escuchara más que a sus consejeros.
- Pensaba la princesa en su cuarto, parándose al escuchar que tocaban su puerta.

- Princesa, le traje su desayuno, lo pasaré por la rejilla. -


- ¿El rey sigue en consejo? -


- Sí, me pidió que lo disculpe, que en verdad lamenta esto, que él sabe que sí la reina estuviera todavía, se enojaría con ella por encerrarla. -


- Sabe que no ocupa disculparse. -


- Princesa, no tiene que sentirse mal, admiro que usted se atreva a mirar de frente al rey, no cualquiera lo haría. -
Dijo una voz femenina, mientras pasaba la comida por una pequeña rejilla y asomaba un poco su rostro, viéndose el color castaño de su cabello y ojos. - Sin dudas, se ve que es una descendiente de la gran Heilig, aquella que luchó contra la oscuridad en solitario en las corrompidas tierras de Grunelde. -

- No digas eso, Vian, además, a veces pienso que mi bisabuelo exageraba las historias sobre su hermana mayor, mi abuela me contó que ni siquiera él la conoció, era un recién nacido cuando pasó aquella tragedia. -


- No sea tan modesta, en su sangre, está la herencia de la más grande guerrera que vio el continente, aquella que algún día lograré superar. -


- Hablas mucho para alguien que aún sigue siendo una escudera. -


- Usted y Scharf parecen divertirse con mi desdicha.
- Suspiró la castaña mientras la princesa tomaba su desayuno para colocarlo en su buró. - Y peor me va con ella, se burla de mí diciéndome que no podría vencerla, aunque ella esté ciega. -

- Es gracioso que lo diga, porque lo está. -


- Quisiera ser como usted o como ella, tener en mi sangre la herencia de una gran guerrera, seguro por eso ustedes son tan fuertes. -


- No tiene nada que ver la sangre, Scharf se esforzó desde que nació para superarse, aunque es ciega de nacimiento, logró ser una gran espadachina, tanto como para que el Rey, la nombrara General de la Brigada del Sur. -


- Pensar que es un año más chica que yo… -


- Por tu bien, deja de estar pensando en que nuestra sangre decide nuestro camino y esfuérzate más. -

- Gracias, princesa, confiaré en sus palabras. -

- Así como yo confió en ti, Vian, Scharf y tú son las personas en quien más confió. -


- Es un honor para mí tener su confianza, sé que cuando usted gobierne, nos llevará a una nueva senda de orgullo y prosperidad. -

- No digas eso, es como si pensaras que el Rey es un mal gobernante. -

- Lo siento… Me retiro, quedé de encontrarme con ella antes de que viaje al Sur. -


- Cuídense, por favor. -




Vian salió a toda prisa en dirección a la atalaya del Sur, donde seguro estaría Scharf, como siempre, cuidando de la entrada a la ciudadela. Aunque era una aprendiz de caballero, era algo descuidada al andar, tropezando con la gente y tumbando más de una cosa al pasar por el mercado, detalles así era uno de los motivos del porque su ascenso del nivel de escudera seguía en dudas. Por sus descuidos, llegó a pasar por una calle menos concurrida, desviándose de la vía más corta, pero, gracias a ello, logró escuchar algo que parecía muy importante.


- Se los juro, mi reino es más prospero que este, por eso es que puedo venderles mi mercancía a tan bajo precio, no se trata de ningún robo. -


- ¿Esperas que te crea cuando nadie sabe donde está ese lugar que dices? -


- Les juro que Regalea es un imperio real, más allá de la cordillera del Sur, en las minas de ese reino es donde pude extraer estas joyas y el oricalco que sostiene en sus manos. -


- No le creo a esta chica, pero, las espadas de oricalco son muy valiosas, con esta placa podemos hacer al menos cinco. -


Vian asomó su cabeza por la esquina de una casa, viendo a una joven comerciante ofreciendo su mercancía a dos herreros de la ciudad, que parecían aceptar su oferta, ya que se retiraban con aquel material tan valioso y escaso en la región. Vian no pudo evitar sentir interés, el oricalco era un metal muy raro, siempre soñó con poder tener una espada de oricalco, pero sus ingresos no le daban para ello, apenas Scharf había logrado hacerse de una meses atrás, eso daba a entender que tan complicado era obtenerla, incluso para una general.

La escudera se acercó a la comerciante que guardaba las monedas de oro y plata en un pequeño cofre, sacudiendo sus manos y sonriendo al verla acercarse, pensando que era un cliente potencial.




- Buenos días ¿Gusta ver algo de mi mercancía? -


- No, gracias, Scharf no me ha dado mi pago de esta semana. -
Rio Vian rascándose la mejilla mientras esa mercante le miraba fijamente.

- Esas ropas, eres de la milicia. -


- No, no, aún no, soy una escudera… Vine porque te escuché ¿En verdad vienes de un reino del Sur? -


- Así es, del reino de Regalea.
- Contestó la mercante guardando sus productos en sus cofres. - Una tierra pasando las cordilleras del Sur. -

- Creí que no existía nada. -


- Es difícil el camino, creo que nadie más sabe de su existencia, la emperatriz no permite que nadie salga del imperio. -


- ¿La emperatriz? -

- Ella es una diosa, ha logrado la paz entre todos los pueblos de nuestro pequeño continente, creo que el rey de este país aprendería mucho de ella. - Sonrió la vendedora mientras miraba con cierta fijación a Vian. - Mi nombre es Argen, si hablas de mis productos entre tus compañeros, con gusto puedo hacerte una rebaja por cada venta que me consigas. -

- Lo tendré en mente… ¿Una diosa? ¿Es en serio? -


-Sí, aquí que ustedes adoran a los Elementos, se asombrarían con ella, la emperatriz es una diosa real, es capaz de hacer temblar la tierra, de hacer crecer las plantas con alzar su mano, de controlar las mareas con sólo mirarlas. -


- No puedo creerlo. -


- No solamente es poderosa, es una gran gobernante, cuentan que desde que salió del hielo donde ella dormía, no hay ninguna persona bajo su cuidado, que sufra de hambre, frío o pobreza… Creo que el rey de esta nación podría seguir su ejemplo. -


- Si, suena como alguien grandiosa, pero, no te creo, es imposible, los dioses no existen, los Elementos dijeron que los dioses fallecieron hace mucho, así lo dicen las sacerdotisas que los sirven. -


- La emperatriz dice que no se debe de confiar en los elementos, son seres del mal. -


- Shh… Si dices eso, te dirán que eres blasfema. -


- Seré blasfema, pero por otra cosa.
- Sonrió Argen tomando la mano de Vian, acariciándola con una mirada algo coqueta.

- La blasfemia en este reino se castiga con la muerte. -


- Se castiga siempre y cuando se enteren de ello.
- Dijo la mercante acariciando la muñeca de la escudera, que no notaba su interés. - Iré a almorzar, si gustas, puedes volver como en una hora, si tienes interés en algo o si traes algún cliente, igual, podemos arreglarnos de otra manera en la cual las dos quedemos… Muy satisfechas. -

- Lo tendré en mente. -


Vian salió corriendo hacía su destino, mientras Argen tomaba camino hacia un restaurante, cada una dirigiéndose a lados contrarios. La escudera por fin llegaba a las puertas del Sur de la ciudad, notando que estaba algo solitario, sino fuera por un par de guardias en la atalaya, podría pensar que habían abandonado sus puestos.


- ¿Y la general Scharf? -


- Viajó hacia la pradera, otro pueblo ha proclamado separarse del reino y fue resolver las cosas. -


- A pelear… Se va a enojar porque no me fui con ella, más cuando llegue tarde a su lado.-
Pensó Vian acariciando su mentón. - Me pregunto si esa emperatriz podría ayudar al Rey a controlar a los pueblos. -


En un reino lejano, cruzando la cordillera del Sur, una sombra se ocultaba entre los arbustos que tenían vista hacia el estrecho de hielo y rocas, una forma femenina camuflada se apareció al lado de esa figura, arrodillándose frente a ella, para quitarse su capa mágica y mostrar su apariencia.


- La esencia del oricalco se pierde desde aquí… Esa niña tonta, le advertí que no se atreviera a salir de Regalea. -


- Emperatriz, permítame ir detrás de Argen, yo me encargaré de ella. -


- Si piensas acabar con ella, hazlo después de que yo la vea, tiene que pagar por todo lo que se robó. -


- No se preocupe, no crea que pienso matarla, me encargaré de hacerla sufrir, se arrepentirá de haber jugado con mi corazón. -


- Recuerda, tráela con vida, haz lo que quieras con ella después. -


- Muchas gracias, emperatriz.
- Dijo a joven preparando todo su equipo de guerrera especializada en el sigilo. - ¿No hay problema si llegase a matar a cualquiera que quiera ayudarle? -



- Ella es una vil ladrona, una traidora de Regalea, cualquiera que le ayude, será considerado enemigo de nuestro pueblo. -


- Perfecto. -


- Saeva, hazme el favor de evitar que la gente se entere de que ustedes son de Regalea, no quiero que extranjeros se metan a nuestra hermosa tierra. -


- Se lo prometo, emperatriz. -


- Ten. -
Habló la ser oculta en las sombras, lanzándole un pequeño objeto circular. - Ese artefacto te ayudará a saber que vas por buen camino, la flecha roja siempre señala al Sur, sigue la energía mágica que nace de nuestro reino. -

- Muchas gracias, lo atesoraré. -


- Ahora, apresúrate, mi asesina de Oricalco, entre menos hable Argen, menos será mi preocupación. -



La figura salió volando, desplegando unas alas doradas, mientras Saeva miraba aquel objeto mágico que le dio la emperatriz, apretándolo en su pecho como si fuese el mayor de los tesoros, para luego, silbar y llamar a su fiel ciervo gigante, montándolo y dirigiéndose hacia la cordillera.


- Voy por ti, Argen, me pagarás caro haberme hecho creer que me amabas.
- Pensaba la asesina mientras hacía que su ciervo corriese más veloz.






OAO ¿Podrá Seele ayudar a su reino a tener paz? ¿Qué hizo Argen para ganarse el odio de la emperatriz? ¿Qué le hizo a Saeva?

owo Esta historia es una secuela del fanfic AETHER owo y precuela de las historias de ETERNAL/EDENECHOES n3n puedes leer primero la precuela, luego este y de ahí seguir :3/.
 

تالف و مكسور تماما
Moderador
Este no lo he leído. Me lo pasaste pero estuve ocupada con los demás uwu Así que voy al día con las sorpresas.
Creo que es un inicio rápido y me encanta que salga Seele desde el comienzo.
 

O-O¬ Baton pass!!
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Este no lo he leído. Me lo pasaste pero estuve ocupada con los demás uwu Así que voy al día con las sorpresas.
Creo que es un inicio rápido y me encanta que salga Seele desde el comienzo.
owo changos, no recordaba que apenas inicié este fic en el foro, XD tendré que poner todo lo demás, :d pero mejor otro día que lo haga Rosemary por mí.
O-O- ¿Qué? Ese es tu trabajo, a mí ni me pagas.
 

O-O¬ Baton pass!!
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Seguimos :3 este fic no tiene numeración ya que es una crónica especial.





Vian llegaba a una pradera cercana al reino, desmontándose de su caballo rápidamente al observar a una joven que acariciaba el suelo lleno de ceniza. La escudera caminó poco a poco tratando de no hacer ruido, pero, notó que esa chica levantó un poco su cabeza a un lado, parándose y volteando hacía donde estaba ella.

- Llegaste tarde. -

- ¡Siempre sabes por donde llegaré, Scharf! -

- Conozco los latidos de tu corazón, tu aroma, tu esencia mágica, para mí, es fácil saber que estás al menos a cien pies de distancia. - Dijo la joven apoyándose con su espada para caminar, notando que sus ojos estaban algo apagados.

- ¿Qué sucedió aquí, Scharf? -

- General, te he dicho que no me llames por mi nombre frente a tus camaradas de tropa. -

- Lo siento, general. - Habló Vian mientras miraba a la guerrera, que buscaba su pañuelo en la montura del caballo, siendo ayudada por su escudera.

- Gracias, alguien me cambió la montura y no logro ubico las bolsas… Lo que pasó aquí, es obvio, alguien quiso ocultar sus huellas. -

- ¿El espía del que tanto hablan? -

- No estoy segura si es un espía o no, un espía no sería tan estúpido como para dejar evidencia de su presencia, más bien, parece que escapaba de algo. - Hablaba Scharf señalando hacia un lado. - ¿Qué puedes ver hacía allá, Vian? -

- Está el poblado de Reclusia, de ahí, el estrecho del Sur. -

- Los del pueblo dijeron que vieron a una extraña, vendiendo objetos muy valiosos y asegurando que venía de un lugar más allá del estrecho, me parece muy sospechoso, nadie ha logrado sobrevivir a cruzarlo, es estúpido pensar que alguien pueda vivir allá. - Explicaba la ciega mientras acariciaba el cuello del caballo. - Puede que ella sea la culpable de esto, tal vez, se hace pasar por comerciante y sea una aliada de los insurgentes. -

- Mm… ¿Será Argen? -

- ¿Argen? -

- Había una chica que vestía muy raro, andaba vendiendo muchos objetos valiosos en el mercado, me contó que era de un lugar llamado Regalea, que es gobernado por una… -

Vian sintió una bofetada repentina en su cara, que la hizo dar un brinco y empezar a tallar su mejilla roja, viendo que los ojos ciegos de Scharf se mostraban muy molestos por el comentario.


- ¿Por qué me pegaste, Scharf? -

- Soy tu general, lo hice porque eres estúpida ¿Por qué no detuviste a esa chica? -

- Porque no hacía nada malo. -

- Una persona que dice venir de un lugar que no conocemos y que ande vendiendo objetos raros, no es algo normal, debiste detenerla y confirmar su historia. -

- No parecía una mala persona, además, si es cierto lo que dice, podríamos pedirle a esa diosa que ayude a nuestro pueblo, ella podría… -

- No dejaremos que una extranjera nos diga como salir de esta brecha. - Contestó Scharf subiéndose al caballo, mirando sin rumbo. - No puedo creer que fueses tan descuidada, eres mi escudera, confió mi espalda a ti, te elegí porque me gustas… Porque me gusta el brillo de tu esencia, tu entrega al reino, no hagas que me arrepienta de hacerte mi sierva. -

- Perdóname. -

- Sube a tu caballo, iremos a buscar a esa chica, al menos fuiste de ayuda, que la vieras nos facilita buscarla. -

- ¿No le piensas decir a los soldados? Así la atraparían rápido. -

- No, si ella eliminó sus huellas, significa que es precavida, cualquier movimiento anormal en la ciudad haría que se ocultara, por eso dije que ayuda que la conozcas, así la encontraremos sin darle oportunidad de huir. -

Vian siguió a Scharf de regreso, viendo como cabalgaba con mucha gracia. La escudera siempre había admirado a esa joven guerrera, que, a pesar de haber nacido ciega, mostró grandes habilidades de combate, inteligencia y sentidos potenciados, lo cual, le permitió aprender y superar a los demás. A su corta edad, fue bastante hábil y confiable para que el rey la nombrara general, sin dudas, era admirable, más, por haber decidido elegir a una novata como Vian para ser su escudera. Poco entendía la castaña que Scharf sentía mucha calma por la presencia de Vian a su lado, a diferencia de todos los demás, la naturaleza despreocupada y amigable de ella, le daba aire fresco, de una vida donde siempre se sintió marginada y luego sobreexpuesta, solamente ella la trataba como una verdadera amiga, a pesar de ser su superior.

En una posada dentro de la ciudad, una joven de bello cuerpo, disfrutaba de bañarse dentro de una bañera, tallando su cuerpo con una savia especial para su piel, tratando de ocultar su aroma, ya que, sabía bien que alguien podría descubrirla. Argen suspiró y tomó el dije que colgaba de su cuello, pensando en como estaría esa chica a quien dejó en el imperio, a quien amó, pero al mismo tiempo, odió.


- Si tan sólo, tuvieses ambición… Si vieras que podemos tener una vida privilegiada sin deberle a alguien. - Pensaba Argen levantándose de la bañera y tomando una toalla para secarse. - ¿Tanto prefieres ser la perra faldera de la emperatriz que huir conmigo? -

Argen caminó hasta la cama, recostándose desnuda, acariciando lentamente su vientre y el contorno de sus senos, recordando los besos, caricias y encuentros con aquella chica que amaba, deteniéndose un instante al recordar esa imagen de ella, arrodillada frente a la emperatriz, esa diosa a quien odiaba por siempre estar por encima, por ser la prioridad en la vida de quien fuese su esposa bajo las leyes de Regalea.


- Saeva… No puedo, no puedo volver, no así, sin demostrarte que tenía razón. - Pensó la castaña acariciando uno de sus pezones, mordiendo sus labios al bajar más su otra mano. - Tengo que soportarlo, sé que puedo olvidarte, que puedo superarte. -


La mercante cerró los ojos, dejando que sus manos se hicieran cargo de su excitación, el deseo sexual que traía era grande, hacía tiempo que no probaba de la exquisitez del cuerpo de una mujer, fue cuando recordó a la jovencita que se topó, empezando a imaginar como sería su desnudez, el sabor de sus labios, si tenía un gusto culposo, era probar de las vírgenes, algo que disfrutaba hacer a ocultas de su pareja, como una aventura, pero, ahora que estaba sola, no estaba segura de si sería tan placentero como antes, ahora que se podría considerar soltera, solamente quedaba averiguarlo.
Vian y Scharf regresaban a la ciudadela, paseando con sus caballos por las calles en busca de Argen. La escudera se sentía avergonzada de haber dejado pasar la oportunidad de demostrar sus capacidades a Scharf, pero, fue confiada e ignoró el detalle de la presencia de una extranjera de tierra desconocida. La castaña trataba de encontrarla rápido, aunque la general no veía, sabía que la presión sobre ella estaba creciendo, lo sentía en el entorno, para colmo de males, ya no estaba ni un rastro en el lugar donde la vio, por lo que estaba asustada.

- ¿Y bien? No siento a nadie aquí más que tú y yo. -

- ¡Te juro que aquí estaba! -

- Es un camino algo distante, le dio suficiente tiempo para alejarse, espero que no haya ido a otro sitio. -

- Tiene que seguir aquí, ella me lo dijo. - Hablaba Vian acercándose a un puesto de verduras, a unos cuantos metros. - Buenas tardes, señora ¿No vio a una joven que estaba vendiendo justo en ese callejón? -

-Hace rato se fue, me preguntó por una posada, una que estuviese en las afueras de la ciudadela, le dije que podía ir a la posada Krutz. -

- Esa se ubica en la salida del Este. - Dijo Scharf al escuchar la plática. - Vamos, antes de que se vuelva a mover. -

Las dos soldados del reino siguieron su trote en dirección a esa posada, esperando poder encontrarse a esa chica, de lo contrario, tendrían que optar por movilizar a más personal y arriesgarse a que ella evada con más intensidad su captura. Scharf bajó primero de su caballo, con una habilidad que hacía creer a cualquiera que no tenía impedimentos de vista, siendo seguida por Vian que tomaba la espada y escudo de la montura para asistir a la general.


- Buenos días. -

- Buenos días, general Scharf. - Dijo el dueño de la posada saliendo de la recepción. - ¿Puedo servirle en algo? -

- Busco a una joven ¿Puedes describirla, Vian? -

- Es una chica muy bonita, cabello castaño recogido en una coleta, muy refinada al hablar, con un acento muy peculiar. - Describió Vian sin que notara como Scharf alzó una ceja al incomodarse por el comentario sobre la belleza de aquella extranjera.

- Se encuentra en una de las habitaciones, a mano izquierda, tercera puerta. -

- Muchas gracias. -

- ¿Acaso es una criminal? -

- No, solamente queremos preguntarle algunas cosas. - Contestó la general para mantener la calma, siendo ayudada por Vian para subir por las escaleras. - Puedo hacerlo sola. -

- Sabes que solamente con las escaleras tienes dificultades. -

La general no dio queja más, disfrutaba de sentir la mano de Vian, tan suave y pequeña, tomando su mano áspera, como piedra para pulir. La escudera estaba lejos de entender, que más allá de su amor por su nación y entrega, Scharf había sentido algo extraño cuando la conoció hacía años atrás, en la academia de caballería, su esencia era tan brillante que, además de la princesa, era la única que podía visualizar una imagen en su mente de como lucía, de tanto destello que tocaban sus sentidos. Sería destino, sería anhelo, lo que fuese, Scharf sentía deseo de proteger ese brillo, como si fuese un tesoro más.


- Espera, yo tocaré la puerta. - Dijo Scharf al colocar su palma en la puerta, dejando atrás a Vian.

- Pero ella ya me conoce. -

- ¿Quién anda ahí? -

- Argen, soy yo, Vian. -

- ¿Vian? Oh, ya recordé. -

- Venía a verte. -

- Espera… Pasa. - Dijo la comerciante abriendo la puerta, mostrando una gran sonrisa al mostrarse con un camisón algo atrevido, cambiando su mirada al ver que no estaba sola. - Hola. -

- Buenas tardes, Argen. -

- Buenas tardes… -

- ¿Podemos pasar? -

- Mmm… - Pensaba Argen agitando su mano frente a Scharf al notar que su mirada parecía perdida.

- Ella es la general Scharf, quiere platicar contigo… Ella no te ve, es ciega. -

- Creo que se le nota. -


La mercader dejó pasar a ambas chicas, cerrando la puerta al asegurarse de que nadie más las veía. Argen acomodó su bata al notar que Vian ni le prestaba atención por ayudar a sentarse a aquella chica, no era como si tuviese un enamoramiento hacía la joven escudera, tenía un gusto por las chicas lindas, disfrutaba de introducirlas al arte amatorio, algo que hizo muchas veces en su tierra de origen, sin que alguna vez lo supiera su esposa, era la forma en que cubría su soledad tras el tiempo que Saeva gastaba en cumplir las ordenes de esa estúpida diosa que tanto odiaba.


- Vian me contó que eres de un país desconocido. - Dijo la general al sentarse, mientras la escudera le asistía.

- Sí, vengo de un imperio en el sur, más allá de las cordilleras, llamado Regalea. -

- Nunca escuché de él. -

- Es porque la emperatriz no le gusta que haya forasteros en sus tierras, siempre ha dicho que cualquier persona fuera de nuestras tierras, son seres impuros. -

- Hablas como si no te agradara su forma de pensar. - Habló Scharf mientras Argen se reía un poco.

- Digamos que no me agrada esa mujer, se da el lujo de hacer lo que quiera por ser una diosa. -

- ¿Escuchaste, Scharf? Te dije que era una diosa. -

- Tal vez se refiere a ella así por el gran poder político que ejerce en su país. -

- No… - Respondió Argen con una voz seria y algo rencorosa. - Es una diosa, en todo el sentido de la palabra. -

- Es imposible, las sacerdotisas han recibido las palabras de los elementos, ellos dijeron que los dioses fundadores dejaron de existir hace mucho. -

- ¿Aún existen los elementos aquí? -

- ¿Aún? -

- La emperatriz dijo que los desterró de Regalea, a la única que adoran en nuestras tierras, es a ella. - Explicaba la vendedora mientras secaba su cabello. - Esa mujer es abominable, disfrazada de una chica gentil y de cara linda, hace temblar a la tierra con levantar una mano, puede controlar el clima a su antojo, pasea por los cielos junto a las aves, juzgando a todos sin que alguien le pueda contradecir, la gente le teme y le adora por esa falsa imagen de ser benevolente y todopoderosa. -

- Suena a que es una hechicera muy poderosa. -

- ¿Hechicera? Ojalá fuera sólo una hechicera. -

- Pero, tú me dijiste que es una gran gobernante. -

- Lo es, pero, no quita lo malo que hay en ella. -

- ¿Crees que pueda ayudarnos? -

- ¡Vian, guarda silencio! - Gritó Scharf al escuchar que Vian pedía ayuda a esa mujer desconocida.

- Si esa mujer es una diosa, si tiene tanto poder, podría ayudar al rey, guiarlo para controlar a los pueblos y que las guerras paren. -

- El rey no necesita ayuda de nadie, esos pueblos son unos egoístas, se les dio todo, se les brindó el apoyo del reino y ahora le dan la espalda, exigiendo algo que nunca se ganaron. -

- Pero, al menos, si la princesa pudiera platicar con ella, que la aconseje, será nuestra futura gobernante y podría tener gran experiencia de esa diosa. -

- No creo que pueda obtener experiencia de una chica que por lo que ella dijo, no supera mi edad. -

- Lo siento, pero, te equivocas. - Dijo Argen al levantarse para servirse un poco de vino. - Cuando hablo de que es una diosa, es real, cuando era niña, se veía igual a como luce hoy en día, han pasado veinte años desde que logro recordarla, no cambia, mis padres me decían lo mismo, como mis abuelos, siempre se ha visto igual, su tiempo está estancado en sus veinte primaveras. -

- Es Imposible. -

- Quieras creerme o no, es la verdad de mi pueblo. -

- Tengo que contárselo a la princesa. -

- Vian, no lo hagas. -

- ¡No me tardo! - Gritó la joven saliendo de la habitación. - ¡Señor! ¿Tiene una paloma mensajera? -

- Idiota. -


Ambas chicas se quedaron en un breve silencio, Argen sirvió una copa más y caminó hacia Scharf, que movía su cabeza al escuchar el ruido, sintiendo como esa mujer le tomaba la mano para servirle una copa, la cual, metió la yema de su dedo para probar aquel líquido, escuchando la risa de la extranjera.


- Eres bastante desconfiada. -

- No soy como ella, que parece una niña todavía. -

- Pero, creo que eso te gusta de ella ¿Verdad? - Preguntó Argen notando como Scharf levantaba una ceja. - ¿Crees que no lo noté? En ningún instante dejabas de mirar hacia donde estaba parada, no podrás ver, pero, es como si supieras o sintieras en donde se encuentra. -

- Es mi protegida. -

- Claro… Eso mismo me decía ella a mí. - Susurró Argen bebiendo de su copa mientras Scharf hacía lo mismo.

- Por cómo hablaste de ella, parece que no te agrada esa tal diosa ¿Huiste por ella? -

- Para ser alguien que se porta muy hostil conmigo, pareces muy interesada en saber de mí. -

- Es parte de mi trabajo, saber que intenciones tienes en mi nación. -

- Eres fiel a tu bandera, a tu juramento, es algo digno, pero, estúpido, odio a las personas así, me recuerdan a cierta mujer. - Habló la mercader tocando el anillo en su mano.

- ¿A qué viniste a Silbererde, Argen? -

- A tener una vida prospera, llena de riquezas ¿No es eso por lo que una persona se mueve de pueblo en pueblo? -

- Vian me contó maravillas de tu reino, si todo eso es cierto, no tendrías motivos para salir de ahí. -

- No puedo estar tranquila, mientras ella este metiéndose en mi vida. - Contestó la viajera, tomando más vino. - Cuando tus obligaciones con tu reino superan a tu compromiso de amor, sabes que algo está mal en tu matrimonio. -

- ¿Estás casada con un guerrero? -

- Guerrera… - Confesó Argen sorprendiendo a la general por lo dicho. - En mi pueblo, se nos permite amarnos entre mujeres… Pero, de nada me sirve eso, cuando la chica que amo es la perra faldera de aquella diosa, que dice darnos libertad. -
 

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Scharf y Argen se mantenían en silencio mientras bebían vino, hasta que volvió Vian, con su brusca entrada y agitación al correr a todo momento, cambiando el ambiente dentro de la habitación. La general desconfiaba totalmente de una extranjera, pero, si había un motivo del porque era prudente, era por esa castaña, esa jovencita tenía la virtud de relajar a las personas, tal vez, por su ingenuidad, eso permitía poder profundizar con los demás sin que se sintiera hostil.


- Esperaré a que la princesa me responda pronto, seguro que ella va a querer que vayamos a conocer a esa diosa. -

- No adelantes planes, visitar un terreno inexplorado es trabajo de los exploradores del reino, no tuyo. -

- Pero, si Argen nos guía, no tendremos problemas ¿Puedes hacerlo, Argen? - Preguntó Vian emocionada, mientras la mercante sonreía al mirarla.

- Lo siento, pero, no lo haría. -

- ¿Por qué no? -

- No quiero volver a Regalea, no tengo motivos para hacerlo, además, nunca dije que les ayudaría. -

- No sin alguna ganancia ¿Cierto? -

- Soy una comerciante después de todo. - Dijo Argen cruzando sus piernas frente a Vian, sonriéndole con cierta coquetería. - Pero, podemos llegar a un acuerdo tu y yo. -

- ¿En serio? -

- No la escuches, no confíes en una extranjera. -

- Yo tampoco confío en las perras del ejército. -

- Hablas mucho para alguien a quien puedo mandar a encarcelar con chasquear los dedos. -

- Y tú eres muy arrogante para alguien que no se atreve a decir lo que sientes a ella. -


Scharf frunció su mirada llena de molestia, detestaba que esa mujer fuese tan hábil para leer a las personas, pero, más detestaba que se estuviera metiendo en ese asunto tan incómodo, ya que, decir que sentía algo más que amistad y cariño por Vian, era declararse una enferma mental, como lo categorizaban en el continente. La general se puso de pie, siendo tomada de la mano por su escudera, mientras trataba de mirar hacía donde sentía la presencia de esa extraña a la cual quería ver lejos de su protegida.


- No se te ocurra irte de aquí, estarás bajo mi custodia. -

- ¿Bajo que cargo? -

- ¿Cargo? -

- En mi nación, no juzgamos solamente por habladurías, se tiene que culpar con evidencia, yo no recuerdo haber hecho algo malo. -

- Entrar a Silbererde sin permiso de la puerta Sur es suficiente para hacerlo. -

- Está bien. - Rio Argen terminando su copa y parándose para acomodar su bata, enseñando disimulamente sus senos a Vian. - Cuando quieras, puedes venir a platicar conmigo, puedo contarte todo lo que quieras de Regalea. -

- En verdad me encantaría. -

- Tú no vendrás a verla. -

- ¿Qué? Pero, quiero saber más de ese país, de esa diosa. -

- Por un momento, deja de portarte como una niña, eres mi escudera y debes de seguir mis órdenes. - Habló Scharf notándose un tono de enojo en su voz, mientras buscaba la salida.

- Pero… Es una gran oportunidad, si ella diosa puede ayudarnos a que no haya más guerras en nuestra nación, en que, tú ya no tengas que pelear… -


Scharf guardó silencio por esas palabras, no esperaba que Vian tuviese un motivo tan dulce como ese, aunque, al mismo tiempo, creía que era infantil, ya que, era como si creyera en cuentos de hadas que permitieran llegar al final feliz ansiado, algo que un soldado sabía que no pasaba de una historia para que los niños creyeran en algo antes de conocer la vida real.


- Podríamos… Conocer a esa supuesta diosa, en plan de encontrar un aliado comercial, tal vez, si nos apoya con el control que hay en los poblados barbaros, podríamos ofrecerle parte de las tierras de esos traidores. -

- ¿Es un sí? -

- Depende de que responda la princesa. -

- Qué fácil eres de manipular, aunque, envidio a Vian, me hubiera gustado que alguna vez ella fuese tan obediente como tú. -

- ¿Ella? -

- Al parecer, ella estuvo casada con otra mujer. -

- ¿Qué? Pero ¿Cómo? - Exclamó la castaña sorprendida mientras Argen se reía por lo mencionado.

- En mi nación, no esta mal amarse entre mujeres o entre hombres, no es tan cerrado como tu pueblo, donde veo que la mayoría son iletrados, hay muchas libertades en Regalea, pero, uno sigue sintiéndose prisionero al estar bajo las reglas de la emperatriz. -

- Pero, casarse entre mujeres es un pecado. -

- Ya se lo comenté, pero, parece que su reino no es tan maravilloso, me imagino más a un reino libertino y sucio. -

- Regalea es un lugar donde la cultura, educación y ciencias es pan de cada día, toda persona tiene el derecho a estudiar, sus pueblos más pequeños rivalizarían en avances con la ciudadela, odio a la emperatriz, pero, acepto que ha ayudado a mejorar a esos pueblos. -

- Suena un lugar hermoso. -

- Lo es. -


La puerta de la habitación sonó, Vian fue a asomarse y tomó una carta que recibía, por la cara que puso, era claro que estaba escrita por la princesa Seele, abriéndola para poder decirle a ambas chicas que contenido tenía.


- Scharf, la princesa contestó. -

- Las palomas de aquí son rápidas, no se comparan a nuestros halcones, pero, parece que no les envidian nada. -

- No… -

- Qué dice la carta. -

- La princesa dice que, agradece la intención, pero, no quiere que el orgullo de la nación se vea afectada al pedir el apoyo de una nación. -

- Es lo correcto, la princesa es una soñadora, como tú, no obstante, sabe que el orgullo de Silbererde pende de un hilo, los pueblos fuera de la ciudadela juzgan diariamente al rey y su actuar, sino logra superar a las tribus bárbaras, la gente creerá que no es digno para seguir siendo rey y lo derrocaran. -

- ¿Qué? No es justo, el rey ha hecho todo por el pueblo, por ayudarlos. -

- Eres muy inocente para tu edad, me gusta eso. - Comentó Argen haciendo que Scharf afilara su mirara. - No entiendes aún la posición de un rey o un emperador ¿Cierto? -

- Un rey digno, no es aquel que ayuda a los demás y se preocupa por que todos tengan que comer, sino, aquel rey que puede proteger a todo su pueblo de los demás, alguien fuerte y admirable a quien seguir. -

- Creer que la bondad traerá la paz a un pueblo bañado en sangre, es como querer detener una flecha con cantos y oraciones, es imposible. -

- No, yo sé que es posible, Scharf, si tú y yo vamos a …-

- Ya escuchaste a la princesa. - Contestó la general mientras buscaba la salida. - No te vayas de la ciudad, ya te lo dije antes, pero, lo repito por si se te olvida. -

- Créeme que no lo olvidaré. -

- Adiós, Argen. -

- Adiós, Vian, no te pongas triste, aunque sea un sueño, es tuyo, no debes de rendirte. -

- Gracias. -

- Vámonos. -



Scharf se apresuró por salir, siendo ayudada por su escudera para bajar las escaleras, aunque parecía quedar todo arreglado, sabía que no era así, tendría que estar vigilando a Vian, era posible que aquella chiquilla, con tal de demostrar que algo tan fuera de la realidad podía ayudar a su nación, era capaz de irse por su cuenta. La semilla de la curiosidad y la fantasía, ya había empezado a crecer en el pecho de ella.
La noche caía en la tierra de Silvererde, entre las sombras de la oscuridad, se mostraba movimiento en dirección de la posada donde se quedaba la mercader de tierras extranjeras. Una figura escondida en capucha, llegó hasta la puerta, entrando con cuidado de no ser observada por nadie. el dueño del lugar ubicó rápidamente a la visitante en cuestión, siendo la escudera de horas antes la que se presentaba.


- ¿Se encuentra Argen? -

- La señorita que visitaron aún se encuentra en la habitación, me pidió no recibir visita alguna. -

- No sé preocupe, señor, ella es bienvenida. - Dijo Argen quien estaba en las escaleras, cubriendo su cuerpo con una bata. - Viniste sola, Vian. -

- Scharf no estaría de acuerdo en venir. -

- ¿Quieres pasar a mi cuarto? -

- Si, por favor. -


Argen guió a la joven hacía su habitación, curiosa por saber a qué había ido, pero, conociendo su personalidad tan interesada en el bien de su país, se imaginaba que podría ser. La castaña cerró la puerta de su habitación asegurándose que nadie la viera, para luego, mirar a Vian, sonriéndole al pensar que era una grata oportunidad para disfrutar de su compañía, pero, primero, debía saber sus motivos.


- ¿Qué haces aquí, Vian? - Preguntó la mujer sirviéndose un poco de vino, sin dejar de sonreírle a la joven.

- Platiqué con la princesa Seele, ella insiste en que no podemos permitir la intervención de un reino extranjero en la disputa, pues, podría provocar más levantamientos contra nosotros. -

- Creo que tiene razón, lo peor que pueden hacer es buscar más motivos para que la gente quiera pelear contra ustedes. -

- Pero… Yo confió en que esa diosa de la que hablas, podrá ayudarnos, lo sé. - Dijo Vian con una gran credulidad, rozando en lo ingenuo, cosa que le molestaba un poco a Argen.

- Esa mujer no es una santa, no creas que le preocupa lo que le pase a tu nación, conociéndola, te dirá que pierdes tu tiempo. -

- ¡Eso no lo sabré hasta que platique con ella! -


Argen parpadeó rápidamente al escuchar esas palabras, sin dudas, Vian tenía una confianza en que todo podía salir bien, que era de preocupar, si fuese alguien que careciera de conocimientos para el combate, seguro no hubiera sobrevivido bastante tiempo en el mundo salvaje en él que vivían. La mercante dejó su copa de vino y cruzó sus brazos, ya no le parecía divertido ese pensamiento de la joven, era estúpido, solamente las personas estúpidas creían en que una divinidad detendría las guerras y masacres, cuando eso era algo causado por la propia envidia y avaricia de los humanos.


- Por favor, llévame con ella, déjame platicar con tu emperatriz. -

- No, no pienso volver a Regalea, no tengo motivos para regresar. -

- Te pagaré lo que sea, no necesitas volver a tu nación, con guiarme en camino hasta allá, te puedes regresar. -

- ¿Lo que sea? -

- Lo que sea. - Dijo Vian de forma decidida, haciendo reír a Argen, quien miraba su figura virginal y se lamía los labios, aunque, sería tonta aceptar sólo su cuerpo como pago.

- Quiero un título de noble. -

- ¿Un título de noble? -

- Algo que me asegure que pueda andar en esta tierra sin problemas y que me abra las puertas de todo lugar a donde vaya, solamente los nobles en esta nación pueden ¿O no? Al menos, en eso es mejor el imperio que aquí, donde hasta de pasar de pueblo en pueblo hay que pagar cuotas de paso. -

- No sé si pueda conseguir uno… ¡Ya sé! Puedo convencer a Scharf de que te haga una informante de la milicia. -

- ¿Informante? -

- Son los que están encargados de la mensajería entre los distintos puestos del ejercito en toda la nación, tienen libre acceso a cualquier lado y tienen los mismos derechos que cualquier soldado de rango de plata, como el rango que tiene ella. -

- No suena mal… ¿En verdad crees que la convenzas? No parece ser una chica que cambie mucho de parecer. -

- Cuando ella vea que la emperatriz ayude a nuestro reino, se que cambiará de opinión de ella y también de ti. -

- Eres demasiado positiva para todo… Es algo malo ser así. -

- ¿Por qué lo dices? -

- Ser bueno en un mundo donde sobrevive el más fuerte, es como creer que por acariciar a una fiera esta no te atacará. -


Hubo un breve silencio entre las dos, Argen no le decía esas palabras a Vian solamente por intimidarla o molestarla, lo decía por ayudarla, no le haría bien, menos, a una que pretendía ser una soldado, creer que todo se podía resolver de manera pacífica. En un chispazo, la mercader recordó que tenía cierto deseo por probar de su piel, pero, no quería que fuese algo forzado, quería empezar algo nuevo, olvidar a quien dejó en Regalea, que mejor que hacerlo con una primeriza que parecía ser del tipo de chica obediente y atenta que buscaba, alejada de la arrogancia y dominio que tenía su pareja. Tal vez, el viaje le ayudaría a poder trabajarla un poco, y así, conseguir hacerla su nueva compañía.

Lejos de esa posada, cerca de la frontera Sur, Saeva se acercaba en busca de a quien llamaban traidora. La asesina era movida por una razón muy distinta al dinero y orden de su apreciada emperatriz, quien la cuidó como una hija desde que visitaba el orfanato donde Argen y ella crecieron, esta vez, iba por decepción y coraje, por la manera en que Argen le dio la espalda a su amor, por un puñado de riqueza.

La guerrera se detuvo cerca de un riachuelo, estaba algo agotada por haber viajado evitando los puntos de vigía, teniendo que prolongar la distancia recorrida. Había unos troncos caídos de considerable tamaño, cuyos huecos eran perfectos para resguardarse, incluyendo a su bestia. Mientras su animal descansaba, ella encendió una fogata para cocinar la carne de unos conejos que atrapó en el camino, así como una manera de mantener alejados a cualquier depredador que desconociera.


- ¿Qué estarás haciendo? Me pregunto, sí estarás comiendo bien, eres tan idiota que no sabes ni cocinar. - Pensaba Saeva mientras clavaba los trozos de carnes en algunas varas. - Podríamos estar juntas, maldita pendeja… -


Saeva se recostó mirando las estrellas, recordando viejos tiempos, en que todo parecía perfecto entre ellas, cuando el amor fluía siempre. No sabía en que momento cambió, en que punto, Argen se volvió tan vanidosa, como para preferir huir con riquezas robadas del imperio, que disfrutar de la vida que le ofrecía a su lado, solamente lo sabría, cuando la encontrara.
 

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Scharf buscaba a Vian entre las habitaciones de la academia militar, pensando en que podría hacer alguna tontería por el tema de la extranjera. Con la confianza que tenía al ser su general, así, como una amiga, abrió la puerta, notando un gran silencio en la habitación, cosa que empezaba a preocuparle.

- Vian ¿Te encuentras aquí? -Preguntó Scharf intentando sentir la esencia de su amiga. -¿Estás escondida? -

La general no encontraba ninguna señal de su escudera, chitó sus dientes al entender que era seguro que ella se había ido a ver a esa mujer. Ella no lo decía, pero, era algo celosa, no le gustaba cuando Vian le tomaba tanta atención a otras personas, quizá por eso, aunque no fuese su intención, abusaba de su posición para mantenerla al margen. Solamente pensar que ella estaría cerca de esa extraña con una voz con aires de seducción, le provocaba hervor en la sangre.

La general salió de la habitación, ayudándose de su estoque como si fuese un bastón al caminar, para ir lo más pronto posible por su caballo y tratar de alcanzarlas, Vian no era tan buena en el combate, apenas era una novicia, no podía arriesgarse a que le pasara algo por no estar cuidando de ella.


- Todo sería mejor si le dijera lo que siento… No… Es una tontería, es mi mejor amiga, sólo eso. - Pensaba Scharf para si misma, tratando de negar su verdad, saliendo de los dormitorios.

- General ¿Necesita algo? -

- ¿Alguien vio a Vian? -

- Salió por la mañana, creo que iba en dirección al mercado. -

- ¿Iba en su caballo? -

- No, pero llevaba un morral. -

- Mmm… Careth, trae mi caballo, por favor. -

- Si, general. -

- ¿Acaso hizo algo malo su escudera? -

- No… Pero, tengo que evitar que lo haga. -

- Podemos ayudarle, general. - Dijo uno de sus soldados mientras ella agitaba su cabeza negándose.

- Esto no es de asunto oficial, es algo personal entre ella y yo. -

- Esa niña la mete en muchos problemas ¿En verdad cree que hizo bien en nombrarla como escudera? -

- ¿Pones en duda mi decisión? -

- No, general, solamente digo. -

- Elegí a Vian como mi escudera, por ser alguien de fiar, alguien que solamente piensa en ayudar a la nación, a los demás, pero, eso también es una gran debilidad que tiene que aprender a superar. - Contestó Scharf escuchando las pisadas de su caballo, estirando su mano para recibir las riendas.


La general tomó su caballo y empezó a cabalgar lo más rápido posible, a pesar de su ceguera, confiaba fielmente en su bestia, a quien crio desde que era un potrillo y este actuaba como sus ojos al momento de viajar, dirigiendo a su dueña hacía el castillo, gracias a su gran sentido del olfato, que, aunque no era tan bueno como él de algún perro o lobo, era bastante potente como para encontrar a cierto lugar o persona a una milla de distancia.

Scharf lo presentía, algo no estaba bien, la presencia de Argen y la evidencia de que alguien sigiloso andaba dentro de Silvererde, era señal de que esa mercader no había dicho toda la verdad sobre su pasado o porque vino al reino. Vian estaba en un gran peligro y lo peor de todo, no sabían cual era el origen del mismo. La general bajó en la entrada del castillo real, caminando en dirección al salón de la princesa, lugar donde ella recibía a sus visitas, los sirvientes veían que la joven estaba algo desesperada, por lo que no decidieron preguntar que pasaba, ya que, si ella estaba solicitando hablar con la princesa Seele en persona, debía ser algo grave. La rubia marcaba el paso con un pie, esperando a que le permitieran hablar con la princesa, hasta que recibió el susurro de una sirvienta en el oído, dándole el permiso para entrar a la habitación.

- Buenos días, Scharf, es raro que me pidas tratar algo en persona. -

- Es algo muy importante, princesa. - Dijo Scharf arrodillándose frente a la princesa. - Usted está al tanto de la forastera. -

- Sí, le dije a Vian que agradecía su preocupación, pero, no podemos dejar que alguien más intervenga en nuestro reino, le daría pie a la gente para que se levanten contra el rey. -

- Eso se lo dejé claro, pero, parece que sigue insistiendo en ese tema. -

- ¿Cómo? -

- Ella desapareció, creo que se fue con la extranjera… Princesa, le pido que me de la orden de detenerla. -

- ¿Por qué me pides permiso? -

- Porque, no quiero que sea por un conflicto de interés, que por ser mi más precia… Mi escudera, piensen que me alejo del cuidado de la ciudadela. -

- Ya veo... Siempre tan formal, eso es algo tan común en ti. - Sonrió Seele mientras ayudaba a Scharf a ponerse de pie. - General Scharf, le ordeno que detenga a Vian y a esa mujer, de establecer cualquier comunicado con otro gobernante. -

- Gracias, princesa. -


Al momento de salir en busca de Vian, un mensajero llegaba a la habitación de la princesa, con una nota importante, los consejeros del rey se iban a reunir al mediodía, otros pueblos se habían levantado en la zona norte, a ese paso, se encontrarían rodeados. Lo único que hizo la princesa fue suspirar y apretar sus puños, no quería más guerra para su nación, si tan sólo tuviera control sobre la magia que corría en su cuerpo, aquella que sus maestros hechiceros decían que era de origen divino, podría apaciguar a todos sin que hubiera más derramamiento de sangre, pero, eso era solamente una fantasía de una princesa que soñaba con utopías.

Fuera de la ciudad, en dirección a la puerta sur, un carruaje viajaba a un ritmo tranquilo, siendo dirigido por Argen, que tenía de copiloto a Vian, emocionada por su primera aventura en una tierra desconocida. Aunque la escudera sabía que su general estaría molesta, pero, tenía que buscar una solución a la guerra de su nación.


- No te preocupes, Scharf, sé que la emperatriz nos ayudará, lo sé, mi corazón no puede estar equivocado. - Pensaba Vian mientras veía el paisaje.

- Empiezo a arrepentirme de esto. -

- ¿Qué? Pero si apenas salimos. -

- Créeme, no tengo muchas ganas de volver. - Hablaba Argen mientras guiaba a sus corceles.

- Pero, eres casada ¿O no? ¿No extrañas a tu… Mujer? -

- Extraño a quien era antes de que se convirtiera en la perra fiel de la emperatriz. -

- ¿Acaso se hizo una mala persona? -

- Depende de quien la mire, si la viera alguien como tu general, sería una digna soldado, obediente a las normas y a su reino, pero, para una mujer enamorada, solamente ver que su fidelidad y lealtad es mayor a la emperatriz que a tu propia esposa… -

- Ella… ¿Te engañaba con la emperatriz? - Preguntó Vian malinterpretando las cosas.

- Sí pasar más tiempo con ella y obedeciendo cada una de sus ordenes es engaño, sí, lo hacía, cientos de veces le pedí que renunciara, que tuviéramos una vida tranquila, ambas podíamos salir adelante con lo que teníamos ahorrado, pero, ella era necia en que le debíamos todo a la emperatriz, estaba ciega por su adoración. -

- Suena que la pasaste muy mal. -

- Así es… Una vez, tuve las agallas de encararla, de hablar con ella y cuando le dije que nunca sabría que era lo que sentía, el dolor que tenía porque Saeva pasaba más tiempo a su servicio que a mi lado, la muy estúpida me abofeteó… -Contaba la mercante frunciendo su mirada al recordar la cara de la emperatriz, un rostro lleno de lágrimas y frustración. - Me dijo que no comparara mi berrinche y celos con el verdadero dolor, que debía de estar agradecida con tenerla viva. -

- La emperatriz… Parece ser alguien muy complicada, la princesa es una persona muy benévola y dulce, su padre es muy recto y honorable, pensé que todos los gobernantes deben de ser así, pero, a lo que me cuentas, es como si ella ocultara algo ¿O no? Como si todo lo que hace tuviese un motivo. -

- No me importa cual sea su motivo, la detesto. -


Vian guardó silencio mientras viajaban, pensó que era lo mejor, pues el rostro de Argen se veía bastante molesto por el tema. ¿Qué clase de mujer era esa emperatriz y como era la chica que decía amar? Para alguien que desconocía del amor, le era difícil entender porque ambas mujeres actuaban de esa forma tan impulsiva, quizá, en algún momento, ella lo entendería.
El carruaje seguía su viaje hacía las tierras del Sur, que desde muy temprano ya estaba en marcha, aunque Argen insistía en no querer volver, parecía muy interesada en terminar pronto con la encomienda, tal vez, solamente quería dar cierre a una historia de su vida y con esa recompensa de un titulo de noble, poder darse los lujos que siempre quiso. Vian, quien iba en la parte trasera, tallaba en un trozo de madera, una flor, quería darle un regalo para calmar su enojo que seguro tendría al haberse ido así, fue en ese momento, que ella pensó, que clase de mujer sería la pareja de Argen, que clase de relación tendrían al ser ambas mujeres ¿Había una que hiciera de hombre? ¿Se podrían llamar marido y mujer? Era una curiosidad algo infantil, más que por el morbo de averiguarlo, por lo que, decidió salir de entre las cortinas, para sentarse al lado de la castaña.


- Argen ¿Qué clase de chica es tu esposo? -

- Esposa. -

- Es que, no sabía como debe de decirse. - Dijo Vian mientras la castaña sonreía sin perder la concentración en la conducción del carruaje.

- En nuestra nación, somos esposas, no existe una idea tal como marido y mujer, es algo estúpido, solamente, somos una pareja, un matrimonio entre dos mujeres, esposas. -

- No lo entiendo ¿Por qué lo hacen? ¿No es un pecado? -

- En lo único que estoy de acuerdo con la emperatriz, es en eso, que, el amor no tiene rostro ni reglas, el amor nace y florece sin importar hacía quien es entregado, hombre a mujer, mujer a mujer, hombre a hombre, no tiene sentido decir que el amor es un pecado ¿No lo crees? -

- Creo que entiendo… Aunque, es raro ¿Cómo es que ustedes piensan tener herederos? -

- ¿Herederos? -

- Todas las familias quieren tener herederos, para poder dejar su linaje y sus pertenencias, así como pasar su historia a las nuevas generaciones. -

- Eso es absurdo, tengas hijos o no, tu historia puede pasar a otras generaciones, los demás te recordarán, si haces algo extraordinario, los juglares cantarán a tu nombre, nunca entregaría todo lo que logré a alguien que no se lo ganó, incluso ella pensaba lo mismo. -

- Ella… No me has dicho como es tu esposo, perdón, tu esposa. -


Argen suspiró mientras sujetaba firmemente las riendas de su carruaje, pensando en su amada, quien estuvo a su lado desde que eran niñas, recordaba su sonrisa, su voz amable cuando la trataba con cariño, su fuerza cuando la defendía y protegía a los demás, sus detalles, así como, la sumisión e idolatría que tenía por la emperatriz, al punto de pasar más tiempo a su servicio que a su lado.


- Saeva y yo nos conocemos desde niñas, quedamos huérfanas cuando unos barbaros atacaron nuestro pueblo, teníamos cinco años, cuando la emperatriz llegó y detuvo a aquellos asesinos y libró a la poca gente que sobrevivió. - Contaba Argen mientras miraba a Vian que estaba atenta a su historia. - Fue ella quien, al ver que no nos quedaba ningún familiar quien cuidara de nosotras, que decidió llevarnos a una casa hogar. -

- ¿Casa hogar? -

- Así le llamaba ella, eran grandes casas, llenas de niños y jóvenes, que no tienen algún padre o madre que los cuide, fuese por la guerra o porque los abandonaron, ahí, nos criamos. -

- Esa emperatriz parece que no deja de pensar en los demás. -

- Tal vez… Cuando crecimos, nos dimos cuenta que nos veíamos de una manera distinta que amigas, fue cuando llegamos a las quince primaveras, que supimos que era, cuando nos besamos y… Algo más. - Sonrió Argen al recordarlo, mientras Vian pensaba en ese algo más.

- Suena lindo. -

- Fue lindo, éramos sólo ella y yo, nada más, empezamos a trabajar y pensábamos en ahorrar y comprar una pequeña casa para las dos, vivir juntas, tener nuestras cosechas, era nuestro sueño… Pero… Esa mujer. -


Argen apretó con fuerza las cuerdas, frunciendo la mirada al recordar a esa bella diosa a la que Saeva tanto apreciaba, como si fuese lo único en su vida, como si su existencia fuese más importante que el amor que se juraron.


- Ella no dejaba de visitarnos, llevaba comida, juguetes, ropa, siempre estaba al pendiente de nosotros, Saeva admiraba a la emperatriz, la veía como nuestra salvadora, también, un tiempo la vi así, pero, odiaba que hablara tanto de ella, que cuando estaba ahí, era como si no existía… - Contaba Argen apretando sus dientes al recordarlo. - Cuando por fin nos unimos en matrimonio, cuando teníamos nuestro pequeño hogar, me salió con la estupidez de entrar al colegio militar, quería servirle a la emperatriz, pensé que se le olvidaría, que era sólo un capricho, pero, nunca esperé que tuviese potencial de guerrera, en pocos años, Saeva se volvió una sierva de confianza de ella, por más que le pedía que lo dejara, no hacía caso, estaba más al pendiente de sus órdenes que estar conmigo. -

- Pero, era su trabajo. -

- ¡Nadie la obligó! ¡Ella juró ante mí que estaría siempre a mi lado, que no habría nadie más en su corazón que yo! ¡Me mintió! - Gritó Argen asustando a Vian, cambiando de actitud al notar su estado de ánimo. - Perdón… No quería gritarte. -

- Es mi culpa por tocar ese tema… -

- Por eso, odio la milicia, a los soldados, todo lo que tenga que ver con los perros de los reyes… Alguien como tú, no debería de andar en eso. -

- Pero… Quiero ayudar a Scharf y a la princesa, no puedo quedarme sin hacer nada, menos, viendo cuanta gente sufre, el honor de un soldado está en mantener al reino en paz. -

- ¿Crees que ella quiere eso? -

- No entiendo. -

- Aunque es ciega, no es tonta ¿Por qué crees que te puso como su escudera? -Preguntó Argen a Vian quien la miraba confundida. - Sabía que insistirías en servir a la milicia, aunque no seas fuerte, por eso, se aseguró de tenerte cerca y cuidar de ti, le preocupa que alguien como tú ande metido en ese mundo para brutos y amantes de la sangre. -

- No es cierto, Scharf me eligió a mi porque confía en mí. -

- Piensa lo que quieras, esa chica sabe lo que yo siento, lo que duele ver que alguien que quieres esté empecinado a esforzarse por la idolatría a un reino, tener el miedo de perderla, eres muy inmadura para no comprender que cada día que vistes esa armadura, ella se lamenta por dentro. -

- No… No es así. -

- Vian ¿Qué tanto conoces lo que siente esa mujer por ti? -

- Ella, es mi mejor amiga y la persona que admiro. -

- Si tan sólo supieras lo que ella siente por ti, lo que piensa por ti, pensarías más de una vez si hiciste lo correcto al elegir ser una guerrera. - Comentó la mercader mientras volteaba a ver directamente al camino, dejando a Vian pensando.

- ¿Lo que ella piensa de mí? -

 

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Había mucho alboroto dentro de las paredes del castillo de Silvererde, los más importantes consejeros, magos, coroneles y feudales del reino se habían reunido por la pronta agresión proveniente de las tierras del norte, que sumado a las revueltas del oeste y este, dejaban a la capital en un gran problema, sí estos grupos se unían y atacaban en los mismos días, sería imposible que pudieran detener su avance y pronto ingreso al centro urbano. Los invitados se reunieron en el salón de tácticas del rey, quien pidió que nadie más que ellos estuviesen presentes, dejando afuera a su hija, que sabía bien de su mente nublada por su juventud, que seguía creyendo en que las cosas podrían arreglarse sin derramar tanta sangre. Esto molestó mucho a la princesa, quien peleó con los guardias que no le permitieron ingresar, por lo que, no le quedó de otra que ir a una habitación cercana a la sala, donde solía tener escondido un ladrillo flojo, el cual movía para poder escuchar y ver lo que ocurría en las reuniones secretas del reino.


- Esto es inaudito, son unos malagradecidos. -

- El reino ha hecho mucho por esos pueblerinos, les pusimos caminos para el comercio, les enseñamos a defenderse, a pescar, les dimos una nación a la cual pertenecer, que poco honor tienen al levantarse en contra de quienes los pusieron en el mapa. -

- Mi rey, sugiero que proclamemos a todos esos pueblos como ajenos a Silvererde, con gusto comandaré a mis legiones para desbaratar a quien atente contra la paz y gloria de nuestro reino.-

- Me uno a la causa, estoy dispuesto a otorgar recursos y comida a la milicia, estoy harto de que esos salvajes ataquen a mis caravanas y destruyan mis tierras. -

- ¿Qué dice, mi rey? - Preguntó un anciano mago, que veía al rey que tocaba su barbilla, pensando en lo que decían sus citados.

- ¡No hay otra opción, es la guerra! ¡Si ellos nos buscaron, nosotros les diremos, aquí estamos! -


El rey guardó silencio mientras todos sus asistentes esperaban una respuesta, se le notaba en él que estaba analizando cada palabra dicha, cada postura, era algo tan grande que determinaría si Silvererde podría sobrevivir a tal desgracia. El hombre, tomó su espada y miró sus adornos, señal de que descendía de la legendaria guerrera, Heilig, que sacrificó su vida para detener a la oscuridad que acechaba al continente, su leyenda seguía a su familia y tenía que demostrar que su sangre estaba dentro de él, que podía sacar de ese agujero negro a toda su gente, asegurar la permanencia del honor y la justicia sobre todo lo demás, pero ¿Cómo hacer entender a pueblos barbaros ese honor? Lentamente, el rey se puso de pie, mirando a todos sus aliados, a los hombres que estaban frente a él, dispuestos a todo con tal de mantener a Silvererde de pie, fuese por intereses individuales o por un verdadero amor a su pueblo, todos estaban en sintonía, como líder de ellos, no podía fallarles, tenía que darle un futuro a su hija.


- Hace mucho tiempo, Heilig, la hermana mayor de mi abuelo, la más grande guerrera del continente, sacrificó todo de si para protegernos de la oscuridad que sumió al reino de Grunelde, si no fuera por ella, el pueblo de Grunelde no hubiera tenido tiempo de escapar y erigir este nuevo dominio. - Hablaba el rey sacando la espada de su funda. - el sacrificio de Heilig y la entrega de la reina Setis para hacer crecer a nuestro pueblo, es algo a lo que no podemos fallarle. -

- Ordene, rey. -

- Señores, como rey de Silvererde, doy la orden para que todo hombre en edad de pelear, sea enlistado en la milicia, que toda granja brinde de provisiones, hago oficial el estado de guerra en contra de los traidores, de quienes intentan acabar con el honor heredado tras las grandezas de nuestros antepasados, no habrá clemencia para quien se atreva a levantar su espada en contra de un hijo de nuestra tierra. -

- ¡Por Silvererde! -

- ¡Por Silvererde! -

- ¿Qué esperan? ¡La orden está dada! -

- Capitanes, quédense un momento más, decidamos como defenderemos cada flanco. -

Los hombres gritaban y alzaban sus armas en grito de guerra, mientras la princesa tapaba el agujero en la pared y ocultaba su ganas de llorar, ella no quería esto, no quería ver a su pueblo derramar sangre, tenía que haber una forma de detenerlo, aunque quisiera entrar y decirle que lo reconsiderara, sabía que no sería así, su padre no le gustaba contradecirse, además, sus maestros de magia estaban presentes y seguro se sentirían ofendidos que su aprendiz, sin importar que fuese la princesa, entrara de forma tan grosera a esa reunión.

Seele corrió a su habitación, tenía que comunicarle a Scharf la decisión de su padre, por más que quisiera que Vian estuviera bien, ahora importaba más la presencia de esa general tras el anuncio de una guerra, la única forma de avisarle sin que sospecharan de que estuvo espiando esa reunión, era una de sus palomas mensajeras.

La princesa oraba a los elementos, imploraba que todo fuese un sueño, que la decisión de su padre fuera únicamente una pesadilla, o que se arrepentiría y diría que buscaría una manera de que todos salieran bien librados, pero, no era así, ella lo sabía, sabía que solamente estaba tardando el inicio del combate, detener los pequeños levantamientos de cada lado del reino no eran más que una manera de darle días a lo ya destinado. Si tan solo tuviera el poder para detener todo, para que la gente no sufriera, que todo quedara en paz, pensaba Seele, si hubiera una forma en que la tranquilidad de todo lo que conocía se mantuviera, sería capaz de darlo todo, su riqueza, su categoría de reina, su pureza, lo que fuese, con tal de evitar la guerra. Sería por la ingenuidad de la princesa blanca, o por la doble intención de la divinidad que estaba al pendiente de esas súplicas, que parecía todo dirigirse a un cruel resultado.

- ¿Quieres poder? -

Seele limpió sus ojos llorosos y volteó para todos lados, una voz le había hablado, pero en su cuarto no había nadie más, caminó por todos lados, nada, no había nada, quizá era su desesperación la que le hacía escuchar voces, pero, no era así, ella era observada, por una entidad que tenía puesto sus ojos en la esencia mágica que habitaba en esa primeriza de maga.

- Dime ¿Quieres poder? -

- ¿Quién eres? - Preguntaba Seele caminando por todos lados, viéndose en un espejo, notando que su reflejo la miraba fijamente y le sonreía.

- Soy la que soy, Alpha y Omega, madre de los elementos. -

- ¿Los elementos? -

- Si tú lo deseas, puedo darte todo el poder que quieras, mejor dicho, te ayudaré a despertar el poder que ocultas en tu corazón. -

- ¿En verdad eres madre de los elementos? Las leyendas dicen que los dioses primordiales dejaron de existir hace muchísimo tiempo. - Hablaba la princesa desconfiando de esa voz y de su reflejo, que no paraba de sonreír y juguetear con su cabello.

- Seele, no toda la historia es cierta, yo estoy aquí, frente a ti, descendiente de Heilig, compañera de Iragyl, quien alguna vez fue bendecida por nosotros. -

-¿Iragyl? ¿La más grandiosa hechicera de Grunelde? -

- ¿De dónde crees que tuvo su poder? Ella nació bendita, como tú, ambas poseen el mismo elemento, el poder para cambiar el destino de su pueblo. -

- Yo… ¿Yo puedo traer la paz a mi reino? -

- Sí, solamente pídelo, liberaré el sello de tus límites, de tu propio poder, a cambio de algo sencillo. - Habló el reflejo apuntándole a Seele. - Tu total adoración y servicio a tu destino. -

- Yo siempre he sido fiel creyente a los elementos, no tiene que dudar que la adoraré también, madre de los elementos. -

-Lo sé, por eso, es que te elegí… Dime, Seele ¿Quieres acabar con el sufrimiento de tu gente? - Preguntó aquella imagen, con una sonrisa, que la princesa no sabía que ocultaba algo oscuro.

El frío del ambiente daba señales de que las aventureras se acercaban más y más a la cordillera del Sur, aquel sitio desconocido por los pueblos y que en palabras de Argen, funcionaba como puente a un extraño lugar, casi mítico, un imperio siempre creciente bajo el gobierno de una diosa, Regalea, su hogar y el destino que buscaban para poder traer paz a Silvererde. La mercante se detuvo en el sitio donde se encontraba la ultima señal de camino, hasta ahí llegaban todos los viajeros, más allá, no había retorno, lo sabía, sabía quien le esperaba y el riesgo que tendría al volver a su nación, pero, si lograba esquivar la presión de Saeva y ayudar a Vian en su misión, volvería como una heroína y podría tener la libertad que siempre deseó, hasta quien sabe, podría reiniciar su vida, con una nueva pareja y un nuevo trabajo, ser capaz de olvidar a quien amaba y siempre sentía tan lejos de ella.


- ¿Ya estamos cerca? -

- Faltan dos días de viaje, es lo que tardaremos en cruzar las montañas. -

- ¿Qué? -

- ¿Acaso creías que había un portal mágico que nos haría pasar todo eso? Por algo es que nadie se atreve a cruzar más allá, pero, conozco bien el camino. -

- No, pero, pensaba que sería más difícil atravesarlo. -

- Ata bien todo lo del carruaje, más adelante corre el viento con suficiente fuerza para llevarse nuestra lona. -

- Está bien. -


Mientras Vian ataba todo lo que había en el interior del carruaje, Argen observaba a su alrededor, algo presentía que no estaba bien, era raro, cuando entró a esas tierras, había varios guardias a los cuales evadió usando señuelos de humo, pequeños incendios para que se distrajeran y ella pudiera ingresar, pero, no había nadie, ni un rastro, no era normal que ni siquiera un guardia estuviera presente, lo sabía bien al estar casada con una militar. Solamente tenía dos opciones en mente para esa ausencia, uno, algo de gran importancia ocurría en una de las metrópolis para que ellos fuesen obligados a dejar su vigía, o alguien los había desaparecido, pensar en la segunda opción, le daba más miedo, pues, no había cuerpos, si eso ocurrió, debió ser un maestro del sigilo, alguien, como, la persona que no quería ver.

- ¡Vian, apresúrate! -

- ¿Qué ocurre? - Preguntó la joven asomándose, notando que Vian estaba muy alterada.

- Algo raro pasa aquí. -

- ¿Qué cosa? -

- Debería de haber al menos cien guardias por este puesto, pero no hay nadie, ni un rastro de vida. -

- Tal vez fueron llamados a la capital, pero, es cierto, debería de quedar al menos la mitad en su puesto. - Dijo Vian bajándose del carruaje, empezando a ver para todos lados. - Déjame investigar. -

- No te alejes demasiado, no sabemos que está pasando. -

- Tranquila, no hay soldado que no me conozca, soy la escudera de la general Scharf, además, no dirán nada si solamente decimos que vamos en plan de comercio. -

- No creo que sean tan estúpidos como para caer en eso. -

- No desconfiarían de mí. - Sonrió la joven empezando a buscar entre los árboles que cubrían la atalaya del puesto del sur.

- Esto no está bien. -




Argen caminaba por el puesto, viendo cada detalle del lugar, no podía irse de ahí sin estar segura de que no era algún tipo de emboscada, quizá, la amiga de Vian había decidido que era de peligro para su nación, o quizá, se trataba de algún grupo de bandidos que ya les esperaban en las faldas de la cordillera. Mientras pasaba cerca del gran señalamiento de madera que indicaba la dirección a un pueblo cercano, pudo notar algo encriptado en esa tabla, al acercarse, su cara se puso pálida al reconocer esas letras, ese idioma, pero, en especial, la grafía de quien escribió eso con una navaja, era un recordatorio que siempre escribía al lugar donde ellas llegaban, un recuerdo de amor que ahora le causaba pánico.

- “Siempre juntas, SyA.” -

Argen pasó saliva, volteó lentamente, no podía creerlo, estaba ahí, ella había entrado a ese continente ¿Tanto odio tenía la emperatriz por ella que mandó a Saeva a buscarla? ¿O era Saeva quien lo hizo? ¿Sería porque en verdad estaba preocupada por ella o por un motivo más siniestro? Fuese lo que fuese, tenían que intentar evadirla, si la veía junto a Vian, no dudaría en tratar de matar a esa joven, si había un problema enorme con esa sigilosa, era sus grandes celos, después de todo, ya sospechaba de las aventuras de Argen, que siempre logró convencer de que no eran ciertos, más, no obstante, la situación de haber escapado de Regalea y viajar con una linda joven, sería totalmente malinterpretada por ella. En un momento de pretensión, pensó ¿De qué me preocupo? Saeva era su pasado, tenía que dejárselo claro, tener la confianza de decirle que quería empezar una vida nueva, y si, ella quería volver a estar a su lado, tenía que abandonar su promesa de obediencia total a la emperatriz, sería la única manera de que le perdonaría esa lejanía.

La sonrisa que se formó en el rostro de Argen lentamente se volvió convertir a susto al ver que detrás de la madera había escrito algo más, algo que por la profundidad de los cortes y la sangre que estaba puesta, daba solamente una idea, lo había hecho con sus propias uñas.


- “Te desposé hasta que tu muerte nos separe. “-

- No encontré nada en la atalaya, es como sí, hubiesen desaparecido. -

- ¡Vian, sube al carro, ahora! -

- ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? -Preguntaba la joven mientras veía a Argen correr desesperada hacia el carruaje.

- ¡Qué te subas! ¡No podemos estar aquí! -

-¿Qué está pasando? ¿Por qué estás tan alterada? - Preguntó Vian al subirse al coche mientras Argen golpeó con fuerza las riendas para hacer correr a los caballos a toda velocidad. - ¡Oye, nos vamos a caer! -

- ¡Eso no importa, tenemos que huir! ¡Sujétate! -

- ¡Argen! ¿Qué sucede? -

- ¡Ella, ella vino por mí! -

- ¿Ella? -

- ¡Te encontré! -


El grito de esa voz hizo que la piel de Argen se erizada por completo, no pasó más de un segundo para ella, cuando vio como dos flechas atravesaban el cuello de sus dos caballos, cayendo muertos al instante, Vian, en su mente de protectora, alcanzó a abrazar a la mercader, evitando que se lastimara gracias a su gruesa armadura. Lentamente, el polvo se fue disipando, mientras las dos se levantaban, la viajante sintió un gran dolor en su pierna, tenía una herida, un corte hecho por la madera, si no hubiese sido cubierta por Vian, seguramente hubiera sido peor.


- Gracias, Vian. -

- Coff.. Coff… ¿Qué está ocurriendo? - Cuestionaba la joven tosiendo por el polvo levantado, mientras ayudaba a sostenerse a Argen.

- Noche tras noche estuve llorando por ti, sin poder comprender el porque de tu decisión, se te olvidó pensar en mí. -

- Saeva… ¡Saeva, para esto! ¡Tú no quieres esto, no puedes seguir obedeciendo a esa mujer, mírate! ¡Te ordenó matar a tu esposa! -

- ¿Me ordenaron matarte? Querida… Yo no pienso matarte, pienso matar a esa zorra que se atreve a tocarte, y a ti, te haré devolverme cada lágrima que derramé por ti. -

- Vian, vete de aquí, trataré de detenerla. -

- ¡No puedo dejarte así, estás herida! ¡Y no sé a donde ir, me prometiste llevarme a Regalea! -

- Además de infiel, traidora… La emperatriz tenía razón, debí de darme cuenta… Debí de educar a mi esposa, debí de ver que serías una embustera. -

- ¡Deja de creer ciegamente en… -

- ¡Cállate! No me hagas enojar más de lo que estoy molesta. - Hablaba esa voz escondida aún entre todo el polvo levantado.

- ¡Vian, lárgate de aquí! -

- Lo siento, pero, no dejaré que tu pequeña zorra se vaya de aquí… Me aseguraré de que pague por tocarte. -

- ¡Ella no tiene que ver en… -

- ¡Kyaaaaaaaaaaaah! -


La cara de Argen fue de terror, dos flechas salían de entre el polvo, clavándose en las piernas de Vian quien cayó al suelo, no había escapatoria, Saeva estaba fuera de sus cabales, sabía que pasaría, el peor error que pudo cometer Vian fue haberla tocado frente a ella, con la furia que traía, sabían que no había otro destino para ella que la muerte, la había llevado a morir.


- Mi amor… Tú no te puedes ir, estaremos juntas, hasta que tu muerte nos separe. -

- ¡Detente! ¡BASTA, POR FAVOR! -


Vian se arrastraba por el suelo, desesperada al ver como esa mujer estaba golpeando y pateando despiadadamente a Argen, quien no paraba de gritar y llorar por el maltrato físico, aquella chica la levantaba jalándole del cabello, para golpearla con fuerza en su estómago y soltarle bofetadas que le hacían escupir sangre al partirle los labios. La joven, que siempre estuvo detrás de Scharf, nunca había sido testigo de lo brutal que podía ser la furia de una persona, pero, no sabía que más que furia, era la frustración y decepción acumulada de una mujer hacia quien le juró estar a su lado toda la vida y la dejó por avaricia.


- ¡LA VAS A MATAR! -

- Ya… Por… Por… Favor. - Susurra Argen mientras Saeva pisaba su cabeza, mirándole con frialdad, como si no fuese suficiente.

- Mi amor ¿Crees que te duele? ¿Cómo crees que me sentí yo? Me abandonaste sin decir nada, vendiste la casa que construí para ti, me hiciste sentir una imbécil, no podía entender el porque de tu decisión, si todo te di ¿Se te olvidó pensar en mí? -

- Lo… Lo siento. -

- Yo lo siento más… Trabajaba día y noche, sin descanso, todo para que la emperatriz me diera una espada de oro, el símbolo de entrega total al imperio. - Hablaba Saeva llorando mientras se arrodillaba y frotaba la mejilla de la herida. - Con ese título, tendría todo el tiempo del mundo para disfrutarlo contigo, no nos faltaría nada, pero… Tu te creías reina, creías que todo debía ser rápido, aunque te regalaba todo, mi sangre, mi cuerpo, mis caricias, mi amor, no lo valorabas. -

- Lo… Sien… -

- ¡Detente! ¿Por qué la lastimas? ¿No dices que la amas? - Gritó Vian al tratar de acercarse.

- Las perras deberían de aprender a callarse. -

- Deja que se vaya… -

- ¿Qué se vaya? Me aseguraré de que no vuelva a ver la luz del sol. -

- No… No tiene nada que ver. -

- Claro que tiene que ver, sí te estuvo ayudando este tiempo, es una enemiga del imperio, y si estuvo cerca de mí, es mi enemiga. -

- ¡No, Saeva, déjala! ¡Es una niña! -

- Dejó de ser una niña en cuanto se atrevió a vestir una armadura. -

- ¡Huye, Vian! -


Saeva caminó hacia Vian, quien estaba en el suelo sin moverse fácilmente por las flechas que atravesaron sus piernas, pudo ver la cara de odio de esa asesina mirándole con frialdad, como si fuese poca cosa, la sujetó del cuello y la obligó arrodillarla, para que mirara hacia donde estaba Argen, destrozada por los golpes.


- Mírala bien, mocosa, mira bien a la persona que es culpable de tu muerte. -

- ¡No lo hagas, no lo hagas! - Empezó a gritar Argen estornudando sangre.

- ¿Por qué le haces esto? ¿No es tu esposa? ¿No deberías de estar feliz por verla de nuevo? -

- ¿Tú estarías feliz de ver a quien traicionó tu amor? ¿A quien prefiere andar paseando con una malnacida en vez de estar conmigo? -

- ¡Estás loca! -

- ¿Loca? ¿Sabes que es estar loca? Intenta no llorar cada noche, golpearte la cabeza al no poder comprender en que le fallaste a la persona que amabas, no querer salir de la habitación por sentirte humillada, usada, no hables de estar loca si no has tocado el fondo, si no te han abandonado. -

- ¡Ella te abandonó porque te la pasabas siguiendo a la emperatriz, no por otra! -

- ¿Eso te dijo? Veo que no pierdes tiempo en enredar a la gente con mentiras, como lo hiciste conmigo. -

- ¡Suélta… -


Vian gritó al sentir como esa chica detenía sus brazos y los doblaba hacía atrás de su espalda, rompiéndolos, convirtiéndolos en dos pedazos de carne colgando de sus hombros, no podía hacer más que llorar. Saeva la jalaba del cabello, levantando su rostro hacia la mercader, que lloraba al ver lo que era capaz su esposa, nunca pensó que dejarla en busca de riquezas provocaría en ella tanta maldad.


- Vian… ¿Por qué no le dices adiós a tu amiga? -

- ¡No lo hagas, te lo imploro! -

- ¿No dijiste que no tenia que ver? ¿Desde cuando te preocupan otras personas? Debí verlo, debí ver que era cierto lo que me decían, que eras una interesada, que jugabas a la esposa mientras te metías con otras, y yo, siempre la idiota pensando que tu amor hacía mi era tan grande como el mío. -

- Espera, podemos platicarlo, tú eres una guerrera, tienes honor. -

- Honor… La perdí cuando mi esposa me engañó, y no vine como guerrera, vine, como una mujer enamorada y llega de odio, es una lástima, tú saciarás un poco de ello. -

- No, espera, tengo que ir primero a Regalea, a platicar con su diosa, para que… -

- Una golfa como tú no tiene derecho ni de mirar a la emperatriz, sólo ver tu cara de estúpida me causa nauseas. - Habló la guerrera sujetando el mango de su espada, provocando que Argen sintiera un escalofrío al pensar lo peor.

- Tú no eres así… No eres una asesina. -

- Es cierto… No soy una asesina… Quien la asesinó, fuiste tú. - Sonrió Saeva sacando su espada, dando un tajo potente al cuello de Vian.


Un segundo, un segundo quedó grabado en la mirada de Vian, el rostro de Argen llorando, en su mente, las palabras de Scharf, “Creer que la bondad traerá la paz a un pueblo bañado en sangre, es como querer detener una flecha con cantos y oraciones, es imposible”, había sido ciega, no como ella que no podía ver, sino, ciega de pensamiento, la vida no era tan fácil como pensó, en un mundo cruel, creer en la bondad, era condena de muerte. El grito de la castaña fue intenso, sus ojos temblaban al ver con horror como la cabeza de esa jovencita era decapitada sin dudas por Saeva, quien sujetaba la melena y la arrojaba hacia el piso, como si basura se tratase, mientras su cuerpo se desplomaba y su sangre se derramaba en torrente. Argen sentía su garganta seca, no podía gritar más, temblaba por miedo, por impotencia, de haber sabido que desataría a ese monstruo dentro de la chica que siempre vio como una mujer ejemplar, nunca se hubiera atrevido a escapar de ella, peor aún, el temor de no saber el destino que le tocaría por su furia, le provocaba tanta ansiedad, que pudo sentir como su entrepierna se mojaba por la orina.

- ¿Por esto me cambiaste? ¿Por una mocosa que no pudo ni defenderse? -

- ¿Por qué? ¿POR QUÉ HACES TODO ESTO? -

- Porque te amo. -


Saeva caminó hacia su esposa, quien no reaccionaba por el pánico, solamente cerró los ojos al sentir como levantaba sus manos y la ataba, escuchó un silbido y el sonido de un galope, seguro era el ciervo que siempre crío la guerrera.


- Mátame… -

- No pienso matarte, te lo dije, mi amor, estaremos juntas hasta que tu muerte nos separe. - Habló la mujer mientras jalaba la soga para obligarla a caminar. - Las cosas van a cambiar, tendré que enseñarte a ser obediente, créeme que me dolerá más a mí que a ti, pero, tú te lo buscaste. -


Argen agachó la cabeza, tratando de no ver el cuerpo inerte de Vian, quien solamente por querer ayudar a su pueblo, había sido asesinada bestialmente, no, no era por ese deseo, simplemente, tuvo la mala fortuna de haberse involucrado con ella, fue su culpa, la que atrajo la muerte a esa chiquilla, solamente pensar el dolor que sentiría Scharf, quien parecía amarla en secreto, cuando descubra lo ocurrido. A paso rápido, Saeva jalaba a su esposa hacía el estrecho, no le importaban sus heridas, su sangre, su dolor, nada la haría detenerse hasta volver a su nación, donde se aseguraría, de que nunca volviera a separarse de ella.
 

O-O¬ Baton pass!!
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El atardecer estaba cayendo, podía sentirlo en su cuerpo tras el poco calor que sentía de los rayos del Sol así como la inclinación, hacía horas que buscaba el rumbo que tomó su protegida en compañía de esa extranjera, pensando en lo idiota que fue al no detenerla, al no mantenerla cautiva hasta que los conflictos en las fronteras terminaban, Scharf pensaba una y otra vez que al encontrarla, debía hacerle entender que la amaba, que la amaba a pesar de ser una mujer, Argen tenía razón, mientras no le fuese sincera con sus sentimientos, Vian seguiría tomando su preocupación como un trato hacia una novata, más que un acto de cariño. Aunque fuese ciega, confiaba en su caballo, que lo acompañó desde niña y le guiaba con precisión, como si supiera a donde deseaba su dueña ir, pero, esa vez, su bestia mostraba un comportamiento inusual, estaba algo alterado, solamente le ocurría cuando entraba al campo de batalla y trataba de calmarlo, no obstante, no había aroma intenso a sangre, era un aroma leve, quizá, podría haber un cuerpo cercano.

- Espera aquí. - Ordenó Scharf bajando de su caballo con cuidado, sacando su espada.

Scharf caminó guiándose por el suelo sin césped, que marcaba el camino artificial, hasta tocar una tabla de madera que hacía de señal, que, por el grabado, le hacía saber que estaba en las puertas del sur, no obstante, había un grabado más, no entendía bien que decía, pero, al oler el líquido, apretó sus puños al notar el aroma a sangre. La ciega volteaba tratando de escuchar algo, pero nada, no había nada, algo había ocurrido ahí, el temor de que le pasó algo a Vian la estaba lastimando, tenía que averiguar qué ocurrió. Sus pasos siguieron cautelosos, pasando saliva al temer lo peor, fue cuando su pie chocó con algo, mejor dicho, con alguien. El aroma a sangre de ese cuerpo era intenso, como si hubiese perdido sangre de manera brutal, la ciega lentamente bajó sus manos, tratando de que algún vestigio o detalle de la ropa le hiciera saber si pertenecía a uno de los suyos. La sangre se heló cuando puro sentir la piel suave del brazo de esa persona, una piel femenina, sus yemas fueron subiendo, rozando cada centímetro de la armadura, notando unas decoraciones que poco a poco le provocaron temblores en las manos. Su garganta se apretaba a medida que avanzaban sus manos, hasta el instante en que sus manos subían por el cuello, encontrándose con la nada.

No había voz en su grito, su garganta estaba cerrada, sus pulmones vacíos, tener ese cuerpo entre sus brazos, su protegida, a quien tanto quería, su corazón acababa de morir junto a ella. Las maldiciones hacia ella no eran suficientes, rogaba que fuese una pesadilla, que los elementos estuvieran jugándole una broma, no podía soportar un destino tan violento para alguien que buscaba la paz, para alguien que quería traerle calma al mundo. En un impulso de dolor, la general tomó su espada y sin dudarlo, la clavó en su pecho, al no querer vivir en un mundo donde ella no estaba, estar viva con la vergüenza de haberle fallado, de no haber podido vencer al destino ni de haberle dicho la verdad. Como máxima prueba de amor, le acompañaría al final de sus días.

En el castillo, no pasaban cosas mejores, la princesa lloraba en su habitación, su padre se había negado a escuchar sus palabras respecto a la guerra venidera, sobre la visión que tuvo, era como si el rey no tuviera espacio para la esperanza y la fe en ese momento, solamente tenía una solución para las cosas, tomar las armas. El edificio nunca se había escuchado tan ruidoso, por todos lados, gente corriendo, alboroto, grito, hacían que más y más se sumiera la princesa en la tristeza, pero, el punto que dejó caer la ultima gota en el vaso lleno de lágrimas fue el mensaje a viva voz de un heraldo, sobre un ataque sorpresa en la puerta norte de la ciudadela. Seele se paró e intentó salir de su cuarto, pero estaba con llave, su padre de seguro ordenó mantenerla encerrada, no podía creer lo que ocurría, los soldados habían sido mandados a las fronteras y la ciudadela estaba en un riesgo total.

- ¡Abran, abran! ¡Papá, papá! - Gritaba Seele golpeando la puerta, sacudiéndola, sin que nadie respondiera. -¡Abran! -


Seele sacudió y golpeó la puerta con más intensidad, pero nadie respondía, el pánico se estaba alimentando de ella, su gente, su pueblo, estaba en peligro, quería estar ahí, sabía que podía ayudarlos, no era la mejor hechicera de su nación, pero tenía bastante habilidad para poder apoyar a sus guerreros. Fue cuando recordó eso, su magia, sujetó la perilla de su puerta y concentró su magia para reventarla, saliendo del cuarto, topándose con el alboroto de todos, corrió hacía el salón real, pero no había nadie, que faltara la espada de la realeza daba a entenderle a la princesa, que su padre se fue a combatir.


- ¡Princesa! ¿Qué hace aquí? - Preguntó un guardia al encontrarse con Seele. - Vaya al ala oeste, donde está la chimenea hay una vía de escape, podrá ocultarse hasta que controlemos esto. -

- No puedo abandonarlos, no cuando me necesitan. -

- ¡Entienda princesa, si asesinan al rey, usted tomará su lugar, no podemos perderla! -

- ¡No me importa eso, lo que quiero, es ayudar a mi gente! -

- ¡La muralla del norte cayó! -

- ¡Huya princesa, nosotros le daremos tiempo! -


La princesa se sentía abrumada, todo estaba tan agitado, tan intenso, era como si aquel poderoso reino que presumía de ser impenetrable, se convertía en una broma, en una mentira, o más bien, el pensar así le dio una confianza a su pueblo, menospreciando a quienes llamaban bárbaros y les atacaban de manera imprevista. Seele quería detener todo eso, quería que no sufriera más gente, no podía creer lo que causaba la avaricia, crear una guerra con tal de alimentar sus manos de unas cuantas monedas.


- ¿Quieres detenerlos? - Habló la voz dentro de su mente.

- Si, pero, no puedo hacer nada. -

- Te lo dije ¿Quieres poder? ¿No quieres acabar con esto? -

- ¡Claro que quiero, no quiero ver a nadie más sufrir, no quiero que la gente se siga matando, ya no quiero escuchar esos gritos! -

- Solamente deséalo, Seele, sí deseas callar todo, si deseas que nadie más sufra, deséalo. -

- ¡Yo lo deseo! ¡Deseo que todo esto acabe! - Gritó Seele sintiendo un golpe en su pecho.


La joven vio como sus manos se envolvían de un humo de color violeta y azul, mismo que salió en torrente por todo el piso. La princesa veía como ese humo empezaba cubrir todo a su alrededor, como si la noche estuviese llegando tiempo antes, todo se volvía oscuro, la sensación de frío incrementaba, así, como el silencio, un extraño silencio que poco a poco iba ampliándose, hasta llegar a la nada. No se podía ver, la albina tenía que caminar con cuidado, hasta que empezó a acostumbrarse a esa oscuridad, como si sus ojos hubieran nacido para ver a través de la bruma, era una sensación familiar y al mismo tiempo, esotérica.


- ¿Qué es esto? -

- Es lo que querías, el poder para calmar el dolor de la gente, las guerras, la muerte, eso te dieron mis hijos, los elementos te han dado un don, Seele. -

- ¿Un don? -


Los ojos de Seele quedaron impactados al asomar su rostro por una ventana, viendo entre todo ese polvo negro, cientos y cientos de cuerpos por doquier, como si hubiesen entrado en un sueño profundo de forma instantánea, pero, ella podía presentirlo, no estaban dormidos, los rostros y posturas eran la evidencia de su deceso, todos habían muerto, entre ellos, yacía el rey, que se encontraba en la tierra, al lado de su caballo.


- ¿QUÉ ESTÁ PASANDO? ¡ESTO DEBE DE SER UNA PESADILLA! -

- No lo es, Seele ¿Lo querías o no? No hay más paz que la propia muerte, a cambio de cumplir tu deseo, te dieron el don de condenar a las almas. -

- ¡Yo no quería esto! ¡MATASTE A MI PADRE! - Gritaba Seele llorando, mientras escuchaba esa voz.

- ¿Yo? Fuiste tú, tú lo mataste, ahora, este reino no es más que la viva imagen de lo que tú ansiabas, un bosque negro, un reino negro, tu reino… Y tú, la reina de este mundo muerto. -

- ¡TRAELOS DE VUELTA, TRAELOS! -

- No puedo, puedes evitar la muerte de alguien sacrificando algo de valor, pero, tú, que ya no tienes nada ¿Qué puedes ofrecer para ello? -

- ¡MALDITA BRUJA! - Gritó la princesa lanzándose por la ventana, queriendo suicidarse al no soportar lo que había hecho, pero al caer, la nada.


Seele recibió el impacto del suelo, su rostro estaba herido del costado, llena de sangre, pero, el dolor, no estaba ahí, toda la sangre que soltaba de su boca, de sus heridas, haber brincado desde más de tres pisos, debía haberla matado, no obstante, seguía viva.

- No puedes matar a quien ya está muerta… Será más fácil para ti si aceptas tu destino, Seele, cumplí con mi parte, ahora, te toca, gracias por convertirte en la reina de los muertos, si te portas bien, podrás despedirte de tu padre, sí es que su alma no fue condenada. -


Seele empezó a llorar y gritar, tomando una de las espadas del suelo clavándola en su pecho una y otra vez, pero no moría, esa voz tenía razón, no podía morir, era inmortal, eterna, habían jugado con su deseo de salvar a su pueblo y acababa de condenar a todos a la muerte, sin poder pagar por lo que hizo en esa vida, la única testigo de toda su tensión, era una mujer que miraba desde la torre más alta de aquel reino muerto, misma, que sonreía al divertirse con lo que había causado.


- Madre… ¿Está segura de darle esa posición a una humana? - Preguntó un halo de luz que giraba alrededor de esa mujer encapuchada.

- La necesito a futuro, hará las cosas más divertidas, además, en algún momento, cruzará su camino con mi hija, veremos que más sucederá. -

- No tiene sentido, tú sabes todo lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá. -

- No es cierto, no sé todo, por eso, es que hago lo que sé que pasará, hasta cuando llegue ese punto donde mis visiones terminan. - Contestó la mujer desplegando sus alas al darse la vuelta. - Algún día, esa chica tendrá la felicidad que desea, de ella, nacerá un error de la naturaleza, una abominación, misma, que dará a luz, al ser que traerá caos a toda la historia. -

- ¿Entonces? ¿Por qué no acabas con ella ahora mismo? -

- No sé, es cómo… Si sintiera, que ese ser y yo, estamos destinados a encontrarnos… -

- No tiene sentido. -

- Nada tiene sentido, aunque creas que es así, la historia puede cambiar más no así, los recuerdos que guardo de todo lo que viví, vivo y viviré… Así como no cambia el hecho de que su nombre resuena en mi cabeza. -

- ¿Su nombre? -

- Lykos… ¿Qué nos deparará la vida? -

Esa mujer salió volando hacía los cielos, dejando a la princesa en su desgracia, en ese mar de olvido, en aquel reino que sería borrado de toda la historia, como si nunca existió, el único vestigio de lo que ocurrió ahí, sería, las memorias de aquella princesa que trató de detener lo imposible.
 

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Ya habías escrito personajes que eran muy yanderes, pero esta fue una auténtica villana. Fue un final realmente oscuro. A menos que tengas pensado continuar esta historia.
 

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Ya habías escrito personajes que eran muy yanderes, pero esta fue una auténtica villana. Fue un final realmente oscuro. A menos que tengas pensado continuar esta historia.
:d En realidad, este fic es una precuela de otro fic, owo las crónicas de Regalea se dividen en varias etapas y varios fics que ya publiqué owo
 

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:d En realidad, este fic es una precuela de otro fic, owo las crónicas de Regalea se dividen en varias etapas y varios fics que ya publiqué owo
Admito que has escrito tanto que no he llegado a leerlo todo. También admito que algunas de tus historias no me han gustado tanto como otras. Pero este final ha sido algo bastante fuerte y si es una prequela a un fic anterior, probaré a leerlo y ver cómo sigue.
 

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Admito que has escrito tanto que no he llegado a leerlo todo. También admito que algunas de tus historias no me han gustado tanto como otras. Pero este final ha sido algo bastante fuerte y si es una prequela a un fic anterior, probaré a leerlo y ver cómo sigue.
:d Así es, igual no me siento satisfecho con algunas de mis historias pero disfruto de escribir, owo es mi mayor pasatiempo, nunca he dicho que soy el mejor (aunque sí el más activo xd) nwn solamente me gusta compartir un poco de los universos ficticios que viven en mi cabeza. En el caso de esos fics van de esta forma:

AETHER: owo El inicio de los sucesos que llevaron al renacimiento de Ea, owo la primera diosa.
BETRAYAL: El nacimiento de la reina del Schwarzwald, Seele.
ETERNAL: La maldición de Prika y la condena de Seele.
EDENECHO: La aparición de Magna, diosa autoproclamada y el misterio de Euridice.
HEAVEN: La historia de Ankhara y el misterio de Regalea, la tierra prometida.
INFERNO: La dualidad de Ankhara y la guerra entre Sol y toda Regalea.
SACRIMONY: La nueva Ankhara y el nacimiento de Lykos.
OBLIVION: El deseo de Lykos de volverse humano y estar al lado de Elphis.
LEGACY: El odio de Schmerz hacia la humanidad y el despertar de Darcol, último dragón de Regalea.
NOVA ERA: El descenso de Madre, diosa primordial y nacimiento de la Nueva Era.

owo Hay historias pendientes de todas estás crónicas que he querido seguir escribiendo, uwu son como 3 crónicas más en relación a la Nueva Era.
 

تالف و مكسور تماما
Moderador
señal de que descendía de la legendaria guerrera, Heilig
Esto me hace ruido porque era hijo del hermano, según entendí, ¿no?

y acababa de condenar a todos a la muerte
¿Es algo así como que la engañaron y por eso se murieron todos?


Me gustó la muerte de Vian! ¡Fue muy genial! Y Saeva también me gustó jaja, ¿se sabrá que pasó con ellas después o con lo que se dijo bastante para que uno lo intuya?

Eso sí, esperaba ver mucho más de Seele (si se suponía que era su historia).
 

O-O¬ Baton pass!!
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Esto me hace ruido porque era hijo del hermano, según entendí, ¿no?



¿Es algo así como que la engañaron y por eso se murieron todos?


Me gustó la muerte de Vian! ¡Fue muy genial! Y Saeva también me gustó jaja, ¿se sabrá que pasó con ellas después o con lo que se dijo bastante para que uno lo intuya?

Eso sí, esperaba ver mucho más de Seele (si se suponía que era su historia).
owo si, fue un hermano que tuvo ella y no conoció (recuerda que Heilig era joven)
-3- Si, Madre buscaba un peón para que se encargara de las almas y al mismo tiempo masacrar a los demás (recuerda su odio a la humanidad) así que mató dos pájaros de un tiro y de paso se divirtió.
owo Creo que se dijo bastante de lo que le deparó, no morirá pero no será más que una esclava sexual para Saeva.
owo de Seele, creo que ya había indagado mucho sobre ella en Eternal, era más saber como ocurrió su transformación y saber que Magna pudo haber detenido esa tragedia si Vian llegaba hasta ella.
 

تالف و مكسور تماما
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owo si, fue un hermano que tuvo ella y no conoció (recuerda que Heilig era joven)
Lo que me da problema es el verbo "descender", por el significado tendría que venir directamente de Heilig (creo que sería más adecuado decir sólo que lleva su sangre).

saber que Magna pudo haber detenido esa tragedia si Vian llegaba hasta ella
Qué bueno que puntualices esto porque no lo había considerado jaja
 

O-O¬ Baton pass!!
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Lo que me da problema es el verbo "descender", por el significado tendría que venir directamente de Heilig (creo que sería más adecuado decir sólo que lleva su sangre).



Qué bueno que puntualices esto porque no lo había considerado jaja
:d Bueno, tú que has seguido todas las crónicas sabes que todo lo malo de principio a fin fue guiado por Madre hasta la aparición de Lykos que es el detonante de Nova Era (y las partes que me faltan x3x que son 3 hasta el momento en pausa). El detalle en esta parte era ver que Magna pudo haber cambiado muchas cosas, pero ignoró a los demás por su propio dolor, la muerte de Euridice, owo en sí, Madre fue la que creó a Prika para provocar a su hija y divertirse con atormentarla uwur típicos dioses padres que gozan de torturar a sus hijos.
 
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