Rol Libre By your side [Gaia & Dylan][+18]

All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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Abrir sus ojos le tomó más tiempo de lo normal. Fue tan problemático como querer cerrar las manos en momentos de tensión involuntaria. Con el pasar de los segundos supo que no solamente habría algo que ver, sino también que escuchar, quizás sentir… porque todo su cuerpo empezaba a despertar junto a su conciencia. Shura tenía la cabeza hacia a un lado, con su nariz apuntando a la persona que estuviera al otro lado de una cortina plástica.

Su corazón golpeó con fuerza.

Abruptamente quiso componer su cuerpo al percatarse de la división. Sus latidos se habían disparado, provocando que el monitor que contara su pulso reflejara cuán alterada estaba. Eso alertó a quien le acompañara y a los médicos que entraron con prisa, pidiéndole a la mujer que saliera. Era mucha la conmoción, la confusión y la desesperación que sentía Gaia. Ella miró a los vestidos de blanco con temor. No quería que la tocaran, no quería estar ahí sin respuestas; ¿era tan difícil decir algo? Cuando la agarraron de los brazos supo que nada más le quedaba gritar, vociferar con todas sus fuerzas para exigir la presencia de su madre. No tuvo éxito.

La luz de sus ojos volvió a apagarse.

¿Cuánto tiempo estuvo dormida? Fue lo primero que se preguntara al regresar al mundo del dolor. Otra vez fijó sus ojos en la silueta de quien estuviera sentada al otro lado del plástico, a una distancia prudente. No se exaltó por más respuestas que deseara, pues más agudo era el dolor en sus párpados y debajo de sus orbes, las punzadas en la cabeza y el peso horrible de su propio cuerpo. Su situación le hizo creer que su final estaba a la vuelta de la esquina. No le importaba.

—Lesya…
—¿Cuánto… tiempo… me queda? —Arrastraba las palabras, estaba algo afónica. Lucía desanimada, muy agotada.
—Lesya, ¿cómo puedes decir eso tan… —Gaia no pestañeaba ni un poquito; tampoco dejaba de verle a la cara con su misma expresión vacía. La emisora suspiró. Comprendió entonces que la pregunta hecha por su hija tenía sentido. Era normal. Verla vestida con una ropa especial que cubría casi todo su cuerpo y que entre las dos existiera esa separación transparente, inspiraba a ese tipo de pensamientos—. No vas a morir, si es lo que quieres saber.
—¿Porque lo dices tú —hizo una pausa para descansar unos segundos—, o porque no estoy tan… irradiada? —Su madre todavía se encontraba increíble que su hija tuviera fuerzas para la terquedad. Respiró hondo.
—Porque los médicos lo han dicho. —Sasha puso su cabeza derecha, con la mirada hacia el frente. La frase se le antojaba cómica y le hubiera gustado sonreír para que la más adulta le viera. —Han hecho lo posible para que no pases del grado uno, porque de lo contrario…
—Entonces… no tengo cáncer.
—Así es —¿la más joven yacía decepcionada? Su progenitora estaba por creerlo, pues otra persona se sentiría sumamente feliz. —Lesya, no quiero que te dejes caer… ¿quedó claro?
—Yo ya caí.
—¡No! —Se acercó a la cortina en un solo movimiento en exceso impetuoso. —Un solo evento sin importancia no puede marcar tu vida para siempre, al grado de forjar tu destino y de condicionar tus decisiones.
—Cometí un error.
—Dejarás de ir a ese maldito lugar contaminado.
—Mamá, estoy cansada.
—¡Olvida esa maldita vida!
—¿Podemos discutirlo después? —Desvió su mirada; se imaginó cubriéndose las orejas, pero eso no bastaba para aplacar la realidad.
—Caminarás por esta otra, libre de todo lo que te hace daño.
—¿Me estás condicionando?
—¡No superé esa desgracia para que veinte años más tarde me arrastraras a ella de nuevo!

Aleksandra aguantó la respiración, conteniendo sus horribles ganas de gritarle a esa mujer que reflejó sus metas frustradas en ella. Sus ojos se llenaron de agua, empero no derramó ni una gota. Siempre era lo mismo cuando se trataba de ese tema. Poco servía ser buena en otras áreas, tener un comportamiento envidiable y una capacidad para socializar muy alejada de la introversión. De nada valió haberle llevado medallas y diplomas que evidenciaran sus aptitudes y destrezas; estar en el cuadro de honor año tras año y complementar la inteligencia con la belleza. Las secuelas de una tragedia sin precedentes marcó la vida de su madre para siempre, condicionándola a proponerse algo más que el simple vivir: que su hija no resintiera el daño colateral tan directo como lo padeció ella.

Gaia no era mayor de edad aún, así que le debía respeto a quienes procuraban por ella. En contadas ocasiones tuvo la necesidad de levantar su voz para que sus padres le dieran un voto de confianza a lo que realmente le gustaba. La única verdaderamente reacia a aceptarlo del todo era la de más edad en aquel cuarto de clínica, de la sección de cuidados especiales.

Los médicos le hicieron saber a la familia Zaytsev que si su recuperación continuaba siendo favorable, Shura podría volver a casa en una semana o menos. Tendría que tomar yodo para controlar los residuos radiactivos en su cuerpo, evitar ciertos alimentos e ingerir otros con más frecuencia. Por supuesto que tendría que hacer ejercicio, algún deporte que implique una rutina y que le permita hacer uso de todo el cuerpo, como la natación. Nada de actividades extremas. Trotar le haría bien al corazón mientras no se exigiera demasiado.

Nada de químicos.

Sus visitas a Chernóbil, Pipryat, cualquier minúscula parte que estuviera dentro de la zona de alienación estaba prohibida para ella, así le dijo su padre, quien se encargara de hacerle saber también que hablaría con el encargado de la estación de tren que transportaba a los trabajadores a la planta, para que no la dejaran poner un pie. Y si tenía que pedírselo a cada puesto de control, lo haría. Pero no quería tratar a su hija como a una criminal cuando ella no era un peligro para aquel lugar, sino al contrario.

La vida en aquella remota y casi olvidada ciudad se volvería tan igual a la que llevara la mayoría de la población; sin dudas era algo que no quería precisamente experimentar.

Al menos ya estaba en casa, en la comodidad de su habitación. Encima de uno de los burós estaban algunos frascos con píldoras blancas, de distintos tamaños. Era hora de tomarlos todos y era la primera vez desde que saliera del centro de salud que se encargaba de buscarlos por sí misma para ingerirlos. Eso le dio la oportunidad de leer el nombre de cada medicina y una de ellas atrajo su atención. Entre sus dedos tomó el potecito largo, quedándosele viendo durante casi un minuto, en silencio.


“—¿Qué se supone que fue este lugar?
—Tal vez un dispensario médico o la guarida de algún adicto a las pastillas —rio y contagió a la otra persona. Se puso de cuclillas para agarrar una caja que exponía un nombre largo y enredado, típico de la medicina—. Solo sé que esta mierda es para el corazón.
—¿Ahora eres enfermero? —Se burló, mostrándole sus dientes en una sonrisa atractiva.
—Pudiera si quisiera, pero paso —dejó el paquete a un lado, cerca de muchísimas otras cajas del mismo tipo que yacían esparcidas por todo el suelo—. No estoy preparado para sufrir demasiado.
—O sea que… ¿preferirías morir sin más?
—¿A atarme a unas pastillas que el gobierno no va a subsidiarme cuando debería? —Se acercó a ella para invitarla a salir de aquel sitio abandonado. —Sufrir del corazón es sumamente costoso y de todas formas terminaría muriendo de un infarto.”


—Por eso debo vivir tanto como pueda —recitó al mismo tiempo que la voz que pronunciara aquella frase en su recuerdo.

[...]

Era la quinta ocasión que agarraba el teléfono para marcar unos números que conocía muy bien de memoria. En todos los intentos siempre se detenía al penúltimo dígito. Sus manos temblaban muchísimo y la ansiedad se disparaba, cohibiéndola de llegar al final de un camino que necesitaba superar. A Gaia no la detenía la sensación de ponerse muy nerviosa, sino el descubrir la verdad. Tenía mucho miedo de que sus sospechas fueran ciertas. De un golpe depositó el auricular en su sitio, maldijo y se reprendió por ser tan cobarde.

Un día de estos no iba a poder más con la incertidumbre.

Sucedió unas dos semanas de haber salido de la clínica, andaba con su madre comprando algunas prendas que estaban de moda. Cerca de la placita en la que estuvieran, yacía el centro de correos. De esos que se escribían a mano. El día anterior hubo escrito una carta para Ivan, quien fuere su novio desde hacía algunos años. El incidente que la llevara a ser tratada por médicos especiales también le afectó a él. Desde entonces no tenía idea de cómo se encontrara de salud.

Con algo de suerte pudo separarse de su madre para entrar su misiva en el centro postal. Cuando el recibidor miró hacia dónde iba, le dedicó una expresión extrañada, sorpresiva al mismo tiempo; ¿qué podía andar buscando una chica tan guapa en alguien que se encontraba… en ese sitio tan inhóspito? Pensó. Había que verlo para creerlo. El amor podía ser demasiado estúpido, ciego y complejo. Shura jamás reveló que el contenido estuviera ligado a esas cuestiones, pero no era la primera vez que aquel sujeto recibiese cartas de jóvenes enamoradas para ser entregadas al supuesto gran amor de sus vidas. Esa mirada esperanzada era la típica en ellas.

Todos los días después de que enviara el mensaje, la albina procuraba rondar el teléfono varias veces, incluso con intervalos de tiempo muy cortos. Revisaba su celular con la ansiedad siendo el impulso perfecto para que empezara a lucir frenética; incluso llegó a ir al centro de correo en busca de un algo que no llegaría. No por ese medio.

Cada tarde procuraba trotar en el parque más próximo a su casa. Descartó la idea de inscribirse en natación o usar la piscina de la comunidad o la del club, porque nunca pudo aprender a nadar. Apenas sabía flotar, sobre todo bocabajo. Irónicamente estar en un espacio enorme con mucha agua y nada de que afianzarse cerca, le generaba mucho estrés. Era como estar atrapado y odiaba esa sensación. Volvió a pensar en ello al detenerse frente a un lago, muy a la orilla.

En él podía mirar su reflejo y darse cuenta de que su rostro mostraba al resto de personas cuán desolada se sentía; que sus brillantes ojos no irradiaban luz, sino el dolor que le carcomía el alma. Shura se sentía derrotada, muy triste. Culpable, más que nada eso. Había recibido una llamada justo al pasar por aquel cuerpo de agua, en la que le hicieron saber que Ivan había fallecido al no resistir los daños por la exposición a la radiación del Bosque Rojo, en la frontera de Ucrania con Bielorrusia. Con impaciencia trató de obtener más información: cuándo pasó, dónde le enterraron… ¿por qué no le habían dicho nada? Si era conocida la relación entre ellos, más que nada porque él ya era un adulto que le llevaba unos dos o tres años. Solían hacer chistes por eso.

—Nos sorprende que no lo supieras, si se lo contamos al señor Zaytsev para que te lo dijera.” Le respondieron. Ahora su familia también se encargaba de monitorear la información que debía llegar a ella, sin derecho. Vanya tenía una semana muerto y ella dos y pico sufriendo, anhelando poder verle pronto, leerle o escucharle. Hasta minutos atrás así era. Tontamente. Por amor también se sufría bastante, pero quienes deberían procurar por su bienestar parecían ignorarlo. Al regresar a casa no pronunció nada, tampoco conversó con sus padres sobre el día o cómo se sentía de salud. Dejaría que ellos lo intuyeran.

[…]

—Tu rostro es perfecto y tienes lo que atraería a muchas chicas a comprar los productos de la marca si ven lo bien que te queda —con sus manos señaló de arriba hacia abajo el cuerpo de Sasha—. Deseo con todas mis ganas que aceptaras trabajar conmigo pero seré honesta —agarró un poco de sus cabellos dejando que estos se resbalaran con graciosidad—, este negocio no se detiene y las modelos pueden ser fácilmente sustituidas. Sé lo que te pasó, lo lamento. Pero no por eso debes tardar en decidir, por lo que requerimos tu respuesta a más tardar…
—¿Tendré que ir a Kiev?
—Por supuesto, también a Odessa, Lviv… Crimea —pudo mencionar más nombres de lugares reconocidos.
—Vale, acepto.
—¿Eh? ¿Así, sin más?

—Da.

A sus manos llegaron los papeles pertinentes respecto a su nuevo contrato. No importaba cuánto deseara un trabajo, siempre se tomaba su tiempo para leer cada cláusula para no pecar de ingenua. Conocía muchos casos en los que la modelo salía perdiendo al más mínimo tropiezo y si tenía la manera de evitar ser una de ellas lo haría, porque odiaría fallar cuando tenía la forma de no hacerlo.

Su madre se mostró bastante contenta porque esas cuestiones fashionistas le apasionaban. La mujer era como muchas mujeres del país que buscaban siempre resaltar y destacarse sobre cuán femeninas podrían ser; amante del buen vestir, de las joyas, los tacones altos. No existía excepción alguna para dejar de ser glamurosa. Tener a sus pies todos esos privilegios hacía feliz a quien ni siquiera iba a modelar.

El departamento que se le fuera entregado en el centro de la capital no era muy grande, contaba con varias habitaciones pero era suficiente para ella. Shura viviría allí por su cuenta o eso deseaba, por ello tuvo una conversación algo difícil con quien le diera vida.

[…]

—¿Qué haces aquí? —Antes de la llegada de la fémina se encontraba charlando, en su mano tenía una copa con wiski barato. Impresionado para mal se puso de pie, la miró directo a los ojos toda vez que Zaytseva quitara sus gafas oscuras de los suyos. —Tu padre dijo que no podías estar aquí.
—Por las razones equivocadas.
—¡Por lo que sea! Si te ve aquí, te irá muy mal —no la estaba amenazando, más bien se preocupaba por ella porque cualquier chismoso podría contarle a cambio de dinero. Sin embargo, Gaia no iba a marcharse ni tan rápido ni porque sí. No le tenía miedo a las represalias de su progenitor. Y como aquel hombre sabía que así de necia era, se tomó su trago de un golpe y caminó hasta quedar lo suficientemente cerca para hablarle con un tono más bajo—. Sé cuánto Ivan y tú se amaban, que les hacía feliz trabajar en este lugar prácticamente olvidado por Dios, ayudando a muchos niños, protegiendo a los animales y respetando la naturaleza que se adueñó de toda una ciudad fantasma. —Aleksandra sintió cómo su corazón se hacía pequeño. —Él murió haciendo lo que le gustaba.
—Fue mi culpa.
—No lo fue —la agarró por ambos hombros sin hacer presión. Las pupilas de ella tintineaban. —Ivan hizo lo que sintió que debía hacer. Fue valiente y muy consciente del peligro, todo el tiempo.
—Por eso no debí decirle nada.
—No ibas a tener manera de llegar tan lejos sin que él no lo supiera.

Gaia respiró hondo un par de veces. Clavó la mirada en alguna esquina entre el techo y un muro de madera, sin siquiera prestar atención a lo que pudiera haber ahí. Lo único que quería era no llorar, no demostrar su vulnerabilidad. Había desobedecido a sus padres tan solo para poder encontrar alguna forma de desahogar la carga acumulada en su pecho y mente.

Después de un rato y tras varias insistencias, pudo conseguir lo que le faltaba por confirmar. A solas llegó a los pies del único cementerio de Ivankiv que estuviera habilitado. Justamente un grupo de personas lloraba la pérdida de un niño pequeño; nada inusual. La tumba de Vanya tenía unas cuantas flores y continuaba limpia en comparación a otras. En las afueras se encontraba una señora mayor con una cubeta llena de rosas, las vendía para que los visitantes no entrasen con las manos peladas y pudieran dejar así un pequeño agrado a sus difuntos. Gaia repasó lo que dijera la lápida una y otra, otra, otra y otra vez. Leyó a ritmo normal, luego lentamente. No podía creerlo.

¿Serviría de algo si empezaba a hablar? Cuando flexionó sus piernas para poder colocar las flores sobre la tierra, dentro de ella se derrumbaron todas las defensas y las lágrimas empezaron a brotar sin control. Sentía perder las fuerzas de todo el cuerpo, que las rosas terminarían en otro lado porque sus manos convulsionaban. Ivan ya no estaba con ella. Se fue para siempre.

Le faltaba el aire, la atropellaban los pensamientos de lo que pudo haber sido. Su tristeza se mezclaba con la rabia y la gran frustración contenida desde aquel día. Se preguntó mil veces por qué no ella o por qué no los dos. Continuaba llorando como una niña pequeña, a la que se le hubiera arrebatado lo que más le hacía feliz.

—Nunca creí que pudiera verte así.

Shura abrió los ojos por más pesado que fuere e intentó aguantar el llanto, al menos los jipíos. Conocía al poseedor de aquella voz y por más confianza que le tuviera no quería mostrar su lado tan débil ante él. Pura corazonada. Zaytseva hizo cuanto pudo para poder levantar la cabeza y ver al recién aparecido, parado a un lado. Él no la veía a ella, sino a la cruz adornada con una corona de flores.

—He venido a este lugar prácticamente todos los días desde que le enterraran. —Se escuchó un suspiro nostálgico después. —Todavía no me hago la idea de que esté bajo tierra.
—¿Estuviste cerca antes de que muriera?
—Por supuesto. Todo el tiempo. Vanya era mi mejor amigo, crecimos juntos —sus miradas chocaron—. Estudiamos en la misma escuela e incluso nos unimos a la milicia al mismo tiempo.
—Te apreciaba mucho.
—Era como un hermano —Gaia llevó su vista hacia el nombre de su pareja tallado en la roca.

Aquel sujeto le dio la espalda para que no le viera limpiándose el área de los ojos. Su nariz yacía algo roja, demasiada prueba de cuánto le afectaba hablar del difunto y la relación que tuviese con este. Para Aleksandra todo era cierto; cuando conoció a Ivan su mejor amigo estaba incluido en ese paquete. Su nombre era Vladimir y era el típico amigo de las jugarretas pesadas, de la poca vergüenza y al mismo tiempo el que procuraba cuidar las apariencias para no perder privilegios, siempre ganar. Vanya no lo juzgaba por eso, al final cada quien era responsable de sus actos y nadie más que uno mismo debía hallar la manera para sobrevivir. Vladir era bueno para eso.

También era bueno con las mujeres y en más de una ocasión intentó que el fallecido se separara de Gaia porque “ella ya le había dado lo que cualquier hombre querría de una niña de su estirpe”; era demasiado inteligente y eso atentaba contra la libertad de un espíritu que merecía estar con más de un par de labios. Ivan nunca trató de sustituirla. Ella tenía lo que necesitara y quería de alguien que fuese a formar parte de su vida. Irónicamente, fue gracias a Vladimir que ellos dos coincidieran. Pues los mejores amigos hicieron una apuesta sobre quién lograba robarle un beso a la atractiva y muy joven científica.

—Deberías irte ya —volvió a hablar tras un largo silencio.

El sol empañaba el cielo de naranja y con suerte podría tomar el transporte público para llegar a su nuevo hogar. Sashenka exhaló con dejo pesado. Su pecho ardía horrores; tenía muy en claro que esa noche no iba a dormir absolutamente nada. Como estaba más tranquila agarró las rosas y las acomodó para que lucieran bien. La norma por cultura dictaba que a los muertos se les regalaba una cantidad par de flores y a los vivos una cantidad impar. Por eso rompió las reglas, llevándole tres rosas rojas… Ivan estaría con vida en su corazón para siempre.

—Yo nunca dejaré de pensarte. Gracias.

Dos lágrimas rodaron por sus mejillas al mismo tiempo. Sasha se puso de pie y Vladimir se acercó a ella para decirle algo más. Empero los azules de la fémina advirtieron el celaje de una criatura salvaje que ya había avistado antes. Era aquel extraño ser lo que estuviera buscando junto a su pareja, estaba segura.

—¿Pasa algo? —Giró. Ella le dijo que no y Vova le señaló el camino para que fuera la primera en caminar. Al ver su espalda, él volvió a echar un vistazo hacia atrás. —Te puedo acompañar si viniste por tu cuenta.
—Quisiera estar sola —conversaban en el exterior del camposanto. Shura se detuvo para quedar frente a él.
—¿Sigues viviendo en el rincón del universo?
—No.
—Mejor —tocó el botón de un llavero, quitándole a la distancia el seguro a su auto. La de cabellos blancos le miró con cierta sorpresa. —Te llevaré.
—¿Cómo sabes que no vivo al extremo sur?
—Intuición.

Lo admitiría, ir así era mil veces mejor que subir a un autobús sin aire acondicionado.

Durante parte del trayecto parecía que entre los dos se hubiera alzado una muralla de silencio, opacada tan solo un poco por la canción que sonara en la radio. Estaba en un volumen bajo, igual era audible. Shura mantenía su mirada hacia el frente, a veces movía sus pupilas hacia el varón fugazmente; en una de esas él se dio cuenta. Vladir esbozó una sonrisa de lado.

—¿Qué pasa Sashenka?
—Nada. —El día en el que alguna mujer no respondiera así, sucedería algo enorme en el planeta. —En verdad sí pasa algo.
—Lo sabía —sonrió un poco más.
—¿Te gusta esa música? Quiero decir… —él le miró a la cara, rápido—. No es mala, solo que…
—Usualmente no manipulo la radio —continuaba sonriendo—, sino otras personas.
—Otras… —el peligris repitió la palabra haciendo énfasis en la última sílaba. —Tus putas, ¿tal vez?
—Eso suena muy vulgar —rio un poco—. Mejor damas de compañía.
—No has cambiado.
—Tú tampoco.

[…]


Actualidad

No le tomó mucho tiempo dibujar en su libreta el rostro de aquel muchacho tal cual aparecía en sus memorias. Después de que Coronamon encontrara una fotografía en los medios digitales presumiblemente suya, Gaia no pudo dejar de pensar en él y no en el buen sentido. Con su mirada buscó la de su mejor amigo y él lucía menos preocupado que ella, lo podía asegurar.

Los dos tenían prácticamente una semana y varios días quedándose por mucho tiempo en su antiguo y pequeño apartamento. Tan solo cruzaba hacia su nueva morada para dormir, estar un rato presente entre sus compañeras, sobre todo para no provocar en Dylan alguna preocupación; la albina sentía que la germana no merecía agobiarse con sus problemas porque probablemente ella tendría asuntos que tratar. No obstante cada día que pasaba parecía encerrarse más y Vanya lo empezaba a resentir.

—¿Te asusta?
—¿Quién? —El de fuego apuntó al sujeto del dibujo. —Solo me preocupa que pueda estar aquí porque sabes lo que significa, ¿no?
—Pero ya no es igual —su tamer bajó la cabeza—. Cada vez más me hago fuerte y tenemos amigos. Halsey y Rain nos ayudarían siempre; Dylan te quiere, ¿no? —Shura regresó la mirada hacia el child, quien tuviera una flama figurativa en sus ojos producto de la firmeza con la que hablara. —Y si una persona quiere a otra, no dudaría en estar ahí, ¿no? —Y la mujer sonrió. —Gomamon, bueno, si Dylan se mete en lo que sea él también. Podríamos hacer que le provoquen un poco para que… —que la fémina carcajeara le hizo interrumpir; se sentía ligeramente confundido porque no estaba diciendo un chiste, pero eso era justo lo que le pareciera tierno a la humana.
—Tienes razón —eso relajó al sagrado—. No estamos solos.



Raving George Raving George todavía me toca postear B )
Tizza Tizza pase porfa.
 

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El sonido característico de las cámaras, los flashes, las menciones de su nombre y el acoso pseudo justificado de los paparazis, se estaba volviendo recurrente después de medio año de dar rienda suelta a su talento en el modelaje. Salía en portadas de revistas, carteles promocionales, imágenes de tiendas de culto en la moda; tenía algunos contratos pendientes para filmar comerciales. Su vida se volvió perfecta a ojos de muchísima gente. Llegó un momento en el que andar sola se volvió hasta problemático porque más de un hombre intentó “molestarla”. A los pies de su residencia se conglomeraban muchos seguidores y todos ellos demandaban un gramo de su atención.

Shura trataba de no ser descortés, pero en ocasiones se sentía tan agotada que lo único que deseaba era echarse sobre su confortable sofá y tomar; una o varias cervezas. Esa actitud siempre le hacía merecedora de críticas negativas. Leyó alguna vez artículos difamatorios, en los que exponían que la fama se le había subido a la cabeza; que para ser una pueblerina de un sitio sumamente remoto y con un pasado oscuro, se creía demasiado. Otros opinaban generalizando las cosas: “las personas de Slavutich nunca han dejado de ser altaneras y Gaia era el ejemplo de ello”.

Govno! —Apagó la televisión, lanzando el control remoto hacia el mueble más cercano. La albina le siguió con la mirada, todo el tiempo en silencio mientras degustaba una birra. —No saben decir otra cosa.
—Son los únicos que se dedican a eso y lo hacen con muchos famosos del país que se niegan a darles entrevistas.

Ese día yacía acompañada por Vladir, quien estuviera de paso por la ciudad. Los dos mantenían comunicación a través de mensajes de texto o por correo. Él se quedaría unos días por motivos supuestamente laborales. Cuando no se encontraba piloteando, tenía otros deberes más ligados a estar en tierra. De repente Zaytseva comenzó a reír por el estado fúrico del varón. Él le reprochó con la mirada porque entendía que iba siendo momento de ponerle un alto a la prensa chismosa.

—Salgamos de aquí.
—No tengo ganas de salir, ¿no ves mis fachas? —Paseó su mano libre delante de su torso. Estaba vestida con un camisón y pantalones de pijama.
—Creo que más bien no quieres salir conmigo.
—Tal vez tengas razón —llevó la botella a su boca.
—Pidamos algo para comer, si eso sirve.
—¿Por qué no te vas?
—¿Quieres que me vaya? —Se puso de pie, haciendo que Sasha riera con ganas.
—Soy una terrible compañía para cualquiera.
—Eres agradable.
—Quieres acostarte conmigo —Vladimir se mostró incrédulo, algo ofendido por la acusación—. Y no estoy ebria.
—Tú no eres mi tipo —su expresión era seria, lo que no evitó que ella cambiara de parecer—. Porque de serlo, la historia sería distinta.
—Gracias por reconocer que no soy una mujer fácil.
—Siempre será un honor —¿Sarcasmo?

El celular del muchacho sonó indicándole que había recibido un mensaje. Lo curioso fue que al extraer el aparato de su bolsillo, no fuera el de uso común. Sasha sabía cuál era ese otro teléfono y por ello soltó un comentario burlesco, para obtener información; diciéndole algo así como que tuvo que cambiar de móvil porque seguro una de sus mujeres descubrió su fraude. Los dos rieron por un par de segundos.

—No soy un estúpido —pronunció con atisbos arrogantes—. Este es para el trabajo y debo irme.
—Salvada por la campana —Vladir sonrió—. ¿Qué se supone que hagas además de volar?
—¿Volar? Ese es mi trabajo.
—¿Vas a subir a un avión ahora y… —él asintió.
—Voy a ir a La Zona —Gaia recompuso su cuerpo tornando su facción más seria; su corazón latió más rápido.
—¿Qué sucedió?
—Nada de qué preocuparse, asuntos militares —alzó su mano y partió.

[…]

—¿Te alimentas bien?
Da.
—Iremos a visitarte pronto, ¿vale?
—Yo les dejo saber cuándo estaré en casa sin mucho que hacer.
—Lesya…
—Bye, mamá.

Había perdido la cuenta de cuándo fue la última vez que se reuniera con sus padres. No solo lo de la muerte de Ivan levantó una barrera entre ellos; otro suceso muy doloroso terminó por reforzar sus deseos de ser independiente. Agradecía que ya era mayor y que ganaba muy bien, así no tendría que pedirles algo que le hiciera falta.

Sus actos ya no tenían por qué pesarles o hacerles responsables nunca más. El día de su cumpleaños se dirigió a una disco con varias amigas, algunas de la infancia y otras del medio artístico. Ese día hizo ciertas cosas que probablemente no volvería a repetir en su vida: tomó mucho, ingirió algunas sustancias “prohibidas”, bailó con muchos desconocidos e incluso besó a un par de chicas. Bueno, ella dejó que le besaran. Ningún beso fue realmente memorable a excepción de uno que pudo ser digno de ello, pero el aliento a nicotina o de alguna droga de esa tipa equis lo arruinó. Ni siquiera recordaba bien cómo era la mujer. Pese a tantas locuras, lo que no pasó fue llegar más lejos con alguien. Invitaciones tuvo de sobra, pero en el fondo nadie lograba despertar ese interés.

Ivan fue la primera persona en toda su corta existencia que le provocara querer estar en una cama todo el día. Y no precisamente durmiendo con él. Un día se dio cuenta de que cada vez que dibujaba, lo único que intentaba hacer era un retrato de él. A veces terminaba llorando o cerrando la libreta con fastidio. Ya había pasado un año y varios meses desde su muerte.

Una mañana de esas agarró su celular y presionó unos cuantos botones hasta dar con el contacto de cierto hombre. No podía explicar por qué estaba llamándole, más allá de justificarse diciéndose estar demasiado aburrida. A Gaia le tomó una hora llegar al pueblo que se encontraba entre Kiev y la zona de alienación. Ya contaba con vehículo propio. Vladimir le pidió que se reunieran allí, pero jamás creyó que ese fuera un truco suyo para que le fuera a buscar porque no andaba en su auto.

Al desmontarse le vio discutiendo con otro hombre que también estaba vestido con ropa militar. Le conocía, por eso se saludaron a la distancia al terminar de hablar con Vova. Gaia se acercó primero.

—Te ves mal.
—Mejor que tú —se burló él. Ella encogió los hombros.
—¿Qué está sucediendo?
—Es la rutina.
—La presencia militar es mayor.
—Es… parte del trabajo —Aleksandra levantó una ceja—. ¿Podemos irnos? Quiero ver cómo conduces.
Idí nájui!

Él caminó hacia el transporte mientras llamaba a su acompañante una y otra vez sin siquiera verla. Estaba seguro de que ella se había quedado pasos atrás efectivamente siendo así. A la albina le apareció cierta sensación que apretujaba no solo su pecho, también su estómago. Era como un mal presentimiento o una preocupación involuntaria hacia algo desconocido.

[…]

Era la modelo estelar de la noche, la que llevara el vestido y las joyas más codiciadas de la socialité. Zaytseva llevaba su cabello atado en una trenza bastante elaborada, de esas que requerían un tutorial para hacerse por personas comunes. Alrededor de sus ojos tenía un maquillaje y brillantes que destacaban el color de las pupilas; sus labios solo fueron humectados con un labial transparente. Sus piernas yacían a la vista de todos. Sobre sus pies apreciaron un tipo de tatuaje que daba alusión a los accesorios hechos para esa parte del cuerpo y sobre una de sus manos también visualizaron el mismo estilo de arte.

Con soltura y extrema confianza caminó por lo largo de la tarima, con el público a cada lado viéndole como si estuvieran hipnotizados. Una de esas sillas era ocupada por el piloto, quien no destruyera en ningún momento la sonrisa galante que le surgiera ante la presencia de la albina.

Gracias a sus encuentros cada vez más seguidos, la prensa empezaba a creer que entre ellos había una relación sentimental, dándose a la imperiosa tarea de investigar más sobre el apuesto sujeto de cabellera grisácea y mirada penetrante, seductora. Vladimir y Gaia no ignoraban eso e incluso se aprovechaban para volver locos a los periodistas. Disfrutaban leyendo las historias que creaban alrededor de ellos.

La pasarela tuvo lugar en Praga, la próxima agendada sería en Berlín y finalmente llegarían a Paris. En la fiesta después de la actividad, Shura tuvo que intercambiar unas cuantas palabras con personas de mucha influencia y como era habitual no faltó el que creyera que podría conseguir pasar la noche con ella. Era una de las varias cosas que le disgustaba muchísimo de su trabajo y por lo que usualmente terminaba escapando. Se sintió muy aliviada de que Vladir estuviera allí porque no quería estar sola.

Los dos subieron hasta la azotea del edificio donde tuviese lugar todo el reperpero. No estaba especialmente iluminado, más allá del montón de luces del rededor que hacían de la vida nocturna una de las mejores del mundo. Sasha se acercó a la orilla para poder apreciar mejor el panorama, disfrutando del viento que acariciaba su piel. Un minuto después de haberse perdido en la maravilla del escenario, giró un poco su cuerpo para ubicar a Vladimir, que sacaba de su chaqueta dos diminutas botellas de vodka.

—No es el mejor pero es igual de bueno —la albina sonrió, aceptando una de las tomas—. Es imposible rechazarlo.
—¿Por qué vamos a brindar?
—Es obvio.
Na zdorovie! —pronunciaron al mismo tiempo antes de cruzar sus brazos y tomarse el alcohol de un trago.

Para los próximos viajes él también asistió. Supuestamente tenía varias semanas libre porque a los trabajadores de La Zona les turnaban, por el asunto de la radiación, y las pequeñas vacaciones de Volodya coincidían con la actividad de Shura. Ella por su parte no se quejaba de su compañía, de hecho pudo ayudarla un poco cuando pisaron Alemania y algunas personas no sabían hablar inglés o ruso. Fue su traductor todo el tiempo.

—¿Dónde aprendiste alemán? O por qué —mordió un panecillo.
—Requisitos de la escuela.
—¿Les enseñan los idiomas de los países que alguna vez fueron enemigos de Rusia?
—Un país inteligente exigiría eso en la formación militar de su gente. —Un mesero se acercó para preguntar si les gustaría ordenar alguna otra cosa; Gaia se encontraba bastante genial escuchar a Vladir hablar con tanta soltura el idioma germánico.
—¿Seguro que no lo aprendiste para conquistar mujeres de este país?
—Para eso no necesito saber otro idioma —sonrió con altanería.

Tras el modelaje de prendas de temporada tuvo que hacer una visita rápida a otra ciudad de la antigua nación nazi. Querían realizarle una sesión de fotografías y como era al aire libre mucha gente no perdió la oportunidad de tomarle fotos por su cuenta o pedir autógrafos; las más emocionadas eran chicas adolescentes.

Ya en Francia tuvo la posibilidad de disfrutar un poco más de la comodidad de su habitación. La presentación tuvo mucho éxito y la ropa había sido sumamente aceptada por la crítica y los fanáticos de la moda. Al otro día del espectáculo, el muchacho peligris se presentó en su cuarto con un paquete de revistas que tenían de portada a la ucraniana. Ella no entendía la finalidad de haber conseguido tantas si lo más probable era que todas dijesen casi lo mismo…

—Solo una dice que poco se sabe de la estrella del momento.
—¿Eso es malo? —Agarró aquella que expusiera eso para leerlo con más detalles.
—No lo sé, ¿es malo para ti? Digo, hablar de ti implicaría tratar ciertos temas.
—Entiendo —la cerró y dejó a un lado sobre la cama—. Algún día tendré que contarles un poco más sobre mi pasado, ¿no?
—Sí y cuando eso suceda, no hables demasiado sobre La Zona. —Vladimir la miró directo a los ojos con una seriedad extrema.
—¿Por qué no? Es un lugar público, todo el mundo sabe lo que allí pasa o hay…
—No.
—¿Hmm?
—Solo hazme caso —iba a acomodarse en su asiento pero su celular sonó. Era aquel que usaba para cuestiones de trabajo. Zaytseva le siguió con la mirada hasta que él se perdiera por ahí.

Otra vez esa corazonada maldita volvió a aparecer, esta vez con pensamientos más claros sobre lo que teorizara la albina. Solo necesitaba un pequeño indicio ligado a lo que creía que estaba pasando en ese lugar para confirmar sus sospechas, pues algo le decía que tenía que ver con la criatura misteriosa. ¿Pero cómo? Al mismo tiempo se contrariaba porque hasta donde sabía, nadie conocía la existencia de la misma a excepción de Vanya y ella. Igual todo era posible. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que pisara el Bosque Rojo.

Con cuidado se acercó al umbral que llevara hacia la división donde estuviera Vova hablando. Daba respuestas cortas, a veces difíciles de comprender más allá del significado literal. Era un hombre ridículamente cuidadoso con su trabajo.

[…]

—¿Es tu novio? Ese tal… Vladimir Matvéyev.
—¿Por qué me preguntas como si fuera algo malo?
—Tu padre sabe quién es.
—Mejor, porque así no tendré que presentarles.
—Lesya…

Una parte de sí dolía cada vez que hablaba con su madre y se enojaba, como si escuchar su voz reavivara todos los malos recuerdos del ayer con simpleza. El muchacho no era su pareja, mas era lo que decían los medios con mucha seguridad, pues ella ni él se encargaban de desmentirlo. Al parecer a ninguno le molestaba la mentira.

Tenía casi un mes que no sabía nada de él y sentía que ¿lo extrañaba? El timbre de su puerta la espabiló, al abrir se topó con un arreglo de rosas rojas de tamaño mediano. No le sentía extraño recibir regalos, mas ese en especial hizo que su corazón empezara a golpetear sin razón; tenía en mente quién podría ser el adulador y si se hubiera visto, se habría dado cuenta de la sonrisa boba que apareció al leer ese nombre.

En ruso rezaba una cortísima frase que ella compartiera consigo misma: “No puedo creer que te extrañe”. Miró las flores, otra vez la carta que estuviera entre ellas, las rosas de nuevo… y de un golpe estampó la misiva en la mesa. Se preguntó qué mierda estaba haciendo, sintiendo, pensando porque él no era cualquier persona. Por Dios, ella tampoco era una mujer más del repertorio que podría elegir a placer. Entre ellos dos había una historia que no podía ser borrada por tonterías como el sentir algo comprometedor el uno por el otro.

¿Y si a Ivan no le agradaba? Tendría que contratar a alguna médium o hablar con Dios al respecto, porque los muertos de por sí no hablaban. Es más, ¿por qué le preocupaba lo que pudiera sentir alguien que ya no podía sentir? Tenía la respuesta en la punta de la lengua: Vladir era su mejor amigo y ella fue su pareja. Era como traicionar su memoria, ¿no?

Cuando él estaba vivo nunca, nunca, jamás, puso sus ojos sobre Vova. Le veía como a un tipo muy patán que no merecía la pena, pero que tenía que tolerar porque era como un hermano para su novio. Shura echó hacia atrás los flequillos que caían por su frente. Tomaría un baño con agua bien fría porque podría ser una cuestión hormonal…

[…]

Desde que se mudara a Kiev, nunca más pisó su ciudad natal hasta ese día. Cualquiera diría que no era un problema, porque no había pasado demasiado tiempo de su salida. Pero los padres de Aleksandra opinaban distinto. Mucho placer les dio recibirla en su casa. Su habitación continuaba con las decoraciones que tenía al momento de su partida, incluso su cama seguía allí como si esperasen que alguna vez su hija volviera a ocuparla. Al menos no se equivocaron en eso.

Caminar por las calles de Slavutich era mil veces más tranquilo. Fueron contadas las ocasiones en las que tuviera que detenerse para saludar a varias jovencitas que la reconocían. Por ahí llegó a toparse con reporteros y a todos les contó la misma razón de por qué estaba de regreso temporalmente: “extrañaba a sus padres”. Nadie podría decir que estuviera mintiendo o usando aquel sentimiento como el pretexto perfecto para lo que en realidad le llevó a ese lugar.

Mientras sus padres trabajaban, Zaytseva visitó el único centro de investigación que hubiere en la ciudad. Asimismo era un cuasi museo, porque muchos turistas y nacionales ucranianos interesados en la tragedia del 86 terminaban yendo a ese sitio. Ahí logró hacer varios amigos; algunos se encontraban laborando para su buena suerte o la primera parte de su plan.

[…]

—Si me hubieras dicho que estabas en Slavutich yo…
—Eso hubiese sido muy problemático —abrió la puerta del departamento que tuviese en la capital.

Fue coincidencia que al regresar Vladir se encontrara esperándola en la recepción. Para bien o para mal ahí estaba el desaparecido. Sin invitación la siguió hasta el piso que ocupara, entró detrás de Sasha y una vez que el silencio se volviera incómodo, habló. Preguntó si había recibido las rosas, si le gustó el regalo y si leyó la carta. A todo Gaia contestó afirmativamente, pero su expresión era tan neutral que resultaba difícil descifrar sus verdaderos sentimientos al respecto.

—Me extrañabas y ya está —él levantó ambas cejas—. Ya me viste, puedes volver a irte.
—¿Estás molesta?
—No.
—Entonces dime —iba a llegar a ella pero se detuvo ni bien diera un solo paso—: ¿me extrañaste?
—No tengo por qué hacerlo —le dedicó una sonrisa.
—Es cierto, solo que yo no pregunté razones; solo sí o no.
—No.
—Genial.

[…]

Días más tarde, la modelo tenía que asistir de sí o sí a un evento en otra ciudad de su país. Había gente importante y no solo de aquellos que se hacían llamar funcionarios. Reconoció a un par de proxenetas que andaban por ahí tan tranquilos, tan despreocupados de la vida; realizaban negocios, paseaban a sus chicas presumiblemente adolescentes y de baja clase social, permitiendo que fuesen tocadas por otros hombres. Ella siempre hacía tripas corazón para no tener ningún trato con ellos. No aceptaba ni el más mínimo de los regalos, pues todos cargaban con una taza alta de cobro. En ese círculo era conocida la fama de “mujer difícil” que llevara impregnada en todo su ser.

Sin embargo, en una actividad parecida en Moscú, un hombre de nacionalidad turca quiso desafiar esa barrera al pretender que Zaytseva actuara por la fuerza. Quería obligarla a que correspondiera y aceptara sus caprichos y sus halagos, mismos que disfrazaban su lado machista. Shura rechazó tajantemente un collar de oro blanco con diamantes al lanzarlo al suelo. Odiaba la idea de que esos objetos valiosos fuesen obtenidos gracias al dinero sucio que manipulaban.

—¡No eres más que una perra sin modales! —Levantó su mano para abofetearle, pero su brazo se vio atajado por el de otro tipo, quien le golpeara de lleno en la cara rompiéndole la nariz. —¡Hijo de la gran puta! ¡Mátenlo!

Aparecieron otros sujetos de gran tamaño, barbudos y con gafas oscuras; tenía cada uno una pistola con el dedo acariciando el gatillo. Los gritos de muchas chicas alertó a la seguridad del local donde se llevara a cabo el evento, pudiéndose evitar una tragedia. No obstante, una semana después, interceptaron a Vladir al salir de una fiesta privada rumbo a su casa. Contrataron a una mujer para intentar seducirle y convencerle de salir de allí. Le dejaron moretones por toda la cara, heridas en el torso y espalda, en fin una cita con el médico.

Él y Gaia coincidieron sobre quién podría ser el responsable de sus daños. Encarecidamente le pidió a ella que no se metiera en ese asunto. No era la primera vez que le golpearan por lo mismo, tampoco la última que él lograra vengarse.

—Debes volver a Ucrania.
—Puedo quedarme más tiempo —miraba por la ventana. Estaba lloviendo a cántaros y qué decir de los rayos y truenos. Todo un concierto bravío.
—Puedo cuidarme solo.
—No voy a cuidarte —se encontró con la mirada de él y esa sonrisa ególatra. De vez en cuando era muy molesta.
—¿Estás aquí para disfrutar de mi dolor?
—Qué inteligente.
—No. —Vladimir se sentó o eso quiso lograr por cuenta propia, empero Shura le ayudó para que no la pasara tan mal en el proceso. Cuando iba a alejarse le pidió que no lo hiciera, que se sentara en la esquina, a su lado. Le hubiera gustado poder agarrarla de un brazo, como en las novelas. —He sido un tonto todo este tiempo.
—Hey, no te pongas sentimental.
—No quiero que te vayas, esa es la verdad —la peliblanca encogió sus ojos. Su pecho cimbró y tembló toda su piel, porque un rayo cayó muy cerca; sus síntomas se intensificaron.

Sashenka pegó un saltito desde que se fuera la luz. Movió sus manos para agarrarse de alguna parte del cuerpo magullado del piloto, sin querer lastimarle. Fue una reacción ante el estruendo. Al regresar su atención a él, notó que sus caras estaban muy cerca aunque no pudiera apreciarle. Vladimir acarició la mejilla derecha de ella, rozando sus labios con el pulgar. No iba a permitir que se marchara como si nada.

Su boca encontró la de la modelo; la besaba sin prisa, acariciándole los labios con los suyos. Cuando ella reposó sus manos debajo de sus orejas supo que aceptaba el gesto, dispuesta a profundizarlo un poco más. Vladir invadió el interior de aquel paraíso, descubriéndose encantado por la manera de besar de su acompañante, su saliva, su aroma, su sabor, el placer… la reciprocidad. Como si los dos se estuvieran anhelando por mucho tiempo.

[…]

Actualidad

Al no encontrar a nadie en el departamento que compartiera con sus compañeras, imaginó que pudieran estar realizando alguna asignación especial. A veces solían dejarse notas para que ninguna se preocupara demasiado, y la que más lo hiciera (con Zaytseva) era la alemana. Le causaba cierta sensación de ternura cada vez que se encontraba con algún mensaje de Tanneberger, porque se notaba cuánto se estaba esforzando para no volver a hacer lo que hiciere al marcharse a Folder.

Vanya fue quien abriera la puerta del cuarto primero, encontrando en el suelo una hoja de color que contenía unas cuantas palabras en inglés. Enseguida se lo pasó a su tamer y una sonrisa apareció de repente sin ser desapercibida por el ígneo o el bebé gelatinoso.

Había quedado con Dylan para ir al restaurante de pasta cercano al edificio en el que residían. Coronamon se encargaría de alimentar a Gumita, Gomamon y Dex ya que cada vez más la foca confiaba en las aptitudes culinarias del sagrado. Nunca lo diría a los cuatro vientos, pero había llegado a chuparse las garras un par de veces. En cuanto a las féminas, tenían un buen rato que no compartían a solas y más valía aprovechar la comprensión de los digitales.

Shura se puso de pie al avistar a la de cabellera rubia, que por alguna razón trotaba para llegar más rápido. La primera había encontrado una banqueta vacía a unos cuantos metros del restaurante, optando por esperar ahí a la otra chica; pero el que se sentara no significaba que hubiera llegado a la hora pautada. Simplemente se adelantó por unos quince o diez minutos ya que estaba lista; Tanneberger en cambio salía de sus sesiones de nado y pensó que se le hacía tarde.

—Disculpa.
—No pasa nada, puedo acompañarte y verte comer porque yo ya… —la cara de la expert fue digna de ser fotografiada, lástima que solo se quedaría grabada en la memoria de la albina. Gaia carcajeó, confesando que era una broma—. No es tarde.
—Falacia —dijo con alivio aunque desencajada por la pequeña jugarreta. Se notaba que en verdad creía que se le estaba pasando el tiempo porque continuaba algo húmeda; la medium pudo constatarlo al poner sus manos sobre cada hombro de ella, desde que Dyl se acercara para besarla en medio de sus risas.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿no se nota?
—Bueno, no quiero que me malinterpretes —las dos entraron al local con sus manos unidas—, pero estás nadando prácticamente todos los días y no es que esté mal —la rubia curvó los labios, con la frente algo fruncida—, pero pareciera que estás buscando la manera de no dejar que algo te perturbe demasiado.

¿Era así o no? Por el silencio que hiciera Sasha, la heroína sintió que estaba esperando una respuesta de su parte y que era su turno de hablar. En esas les facilitaron el menú y la atención de ambas se centró en lo que preparasen en el sitio. Había mucho para elegir que a la modelo se le antojaba más de un plato, así que pediría dos. Su persona favorita no pudo contener la sorpresa; jamás la había visto comer demasiado y menos por su figura. ¿No se suponía que debía mantenerla?

—No eres la única que come mucho —las dos rieron un poco—. Aparte, yo sí me he estado sintiendo ansiosa en estos días.
—Tenía la impresión de que algo no andaba bien.
—Perdón, debí contarte. —Suspiró con pesadez. —Pero es por algo que me tomó por sorpresa y de repente me vi envuelta en mis pensamientos y recuerdos.
—¿Es algo muy malo? —Extendió su mano para que fuera tomada. Quería acariciar la extremidad de la soviética.
—Algo así —fijó sus azules en la unión que compartiera con la germana—. Pero no quiero arruinar esto. No quiero que gastemos el tiempo hablando de cosas fastidiosas cuando podemos invertirlo en nosotras —las mejillas de las dos estaban cubiertas por un color rosado claro—. Dylan, ¿te he dicho que te quiero?


Raving George Raving George pediré pase al Tizza aunque confírmeme si quisiera poner parte de su post (la mitad al menos para no retrasar tanto "la actualidad"), porque mis dos post siguientes son del pasado aún.
 

xx
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A Dylan le tomó un segundo responder porque disfrutaba de la sensación alucinante que le provocase escuchar aquellas palabras. Era como si alguien le hubiese premiado con su caramelo favorito después de comer el platillo más asqueroso de todos. No estaba segura de merecerlo, pero lo aceptaba igual y no iba a dejarlo ir. La sonrisa en su cara era auténtica.

—Tal vez en alguna ocasión —bromeó—. ¿Qué me contarás de ti hoy? —aseguró la mano de Gaia dándole un ligero apretón y acarició con el dedo pulgar el dorso de su palma. En ese momento le dio un poco igual que hubiese muchas personas y Digimon mirándolas.
—¿A qué te refieres? —le preguntó la ucraniana.
—Prometiste contarme algo nuevo cada día, ¿lo recuerdas? —remató la frase con un rápido y cariñoso beso en la mejilla de su acompañante.

Se miraron y el contacto entre sus manos terminó de forma abrupta porque el camarero apareció con la entrada de la comida: pan tostado con un toque de ajo y perejil. La alemana tomó un trozo. Estaba bastante hambrienta después de una exhaustiva ronda de nado. Zaytseva hizo lo mismo y muy pronto notó que su acompañante se alimentaba dos veces más veloz que ella, aunque no lucía grotesca. Era un conjunto extraño de características porque la rubia utilizaba los cubiertos con pereza, pero igualmente podía entrever que era experta en esa materia. Y, ¿cómo podía ser tan rápida con su peculiar pereza? O quizá ella era lenta. Analizó el detalle hasta que Tanneberger le descubrió con sus ojos fijos sobre sí.

—¿Estoy comiendo como Gomamon? —preguntó Dylan un poco apenada, con una angustia atorada en algún recoveco de su garganta. Dejó el cuchillo y el tenedor para tomar la servilleta y limpiarse—. Lo siento —si hubiese tenido el valor para encarar a Gaia, se habría enterado de que la albina no estaba disgustada ni mucho menos. En realidad, batallaba por contener una risa muy divertida.
—No es así, pero es curioso —respondió tomando otro pedazo de pan. Ni siquiera lo miró al llevarlo hasta su boca—. Luces cansada y muy hambrienta —prosiguió después de engullir.
—Lo estoy —se sinceró Dylan tras un bostezo. Recordar el detonante de su lamentable estado físico y emocional únicamente le causaba más pesadumbre. Pero nunca se sintió tan pesada como una bola de demolición hasta que Zaytseva le preguntó:
—¿Deberíamos volver a casa?
—¡No! —negó rapidísimo.

¿Regresar a casa sin cenar después de haberle prometido a Halsey que haría Digi-Aerobics un mes, un mes entero con ella si cuidaba por una noche, una sola noche a sus Digimon? Y con música de Dua Lipa, una supuesta super estrella en el mundo real, llegada a DW desde hacía un par de meses y que competía en lo más alto de las listas musicales con D-Nova. No sabía cómo jodidos carajos haría para coordinar sus torpes pies al ritmo pegajososísimo de 'Don’t Start Now'. El precio a pagar fue alto. «En serio, ¿no pudiste prometer sólo una semana? Volk te ha timado, Tanneberger». Se reprendió a sí misma. Jodida treta, aunque eso quedaba en un segundo plano cuando encontraba los ojos de Zaytseva iluminándose un poquito más, hasta la curvatura de sus labios se hacía milimétricamente más amplia.

—Estoy muy distraída —se restregó los ojos y tomó aire fresco—, pero no quiero irme.
—¿Estás segura de eso? —quiso cerciorarse Zaytseva.
—Totalmente. No quiero estar en ningún otro lugar —estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva porque la modelo le miraba con una pizca de incredulidad. No habría podido detectarla dado que sabía esconder muy bien sus emociones, pero el tiempo juntas le estaba adiestrando a leerle—, estoy feliz de estar contigo —sus manos se volvieron puños por un instante, luego se liberaron golpeteando con las yemas suavemente la mesa—. Pero no quiero simplemente decirlo.
—¿Decir qué? —preguntó ante algo que en unos segundos tendría sentido, pero por el momento no tenía ninguno.
—Te lo mostraré.

Como si Gaia estuviese hecha de metal y ella fuese un objeto imantando, Dylan se movió para ocupar el asiento a su derecha. Puso una mano sobre su cuello, le acariciaba la nuca y la sintió temblar, pero pudo apostar otros seis jodidos meses de Digi-Aerobics a que no era debido al frío. La otra subía y bajaba por su espalda. La primera se deslizó por la piel de Shura hasta llegar a sus mejillas mientras se perdía un poco en aquel azul, su favorito. Se afianzó, recortó la distancia, cerró los ojos y ladeó un poco la cabeza. El corazón le estaba haciendo polvo las costillas.

Hacía mucho tiempo que no experimentaba descargas eléctricas y las que le provocaba Gaia eran de voltaje perfecto. Atrapó sus labios en un lento movimiento y los retuvo así unos segundos, percibiendo el calor de su cuerpo muy cerca del suyo. La ucraniana respondió sus embestidas con mucha dedicación, labios contra labios y no iban a ir más allá, pero a la alemana no le importó y hasta pensó que podría quedarse así la vida entera. Besándole, con mucha calma mientras el mundo a su alrededor colapsaba trágicamente. Lo hacían de vez en cuando, besarse con mucho cariño, sin mayores pretensiones, sin profundizar y a ritmo constante.

En el pasado se había preguntado un par de veces cómo besaría Gaia, pero desde luego nunca se lo imaginó así. Lo hacía firme, como si estuviese acostumbrada a ello y debía reconocer que era muy buena e iba a sacarle partido. No sabía exactamente qué sentía ella en esas sesiones, pero para sí era como destrabar algo intangible atorado en el pecho. Fue un alivio poder vaciar el revuelto de emociones que cargaba por la otra Tamer.

—Gaia —pronunció su nombre sin apenas separar sus labios.
—Dylan —le dio pie a que dijera lo que tuviera que decir, seguía masajeando su nuca.
—Yo también te quiero —lo dijo contra su boca y la sintió sonreír.

El lugar de comida italiana estaba repleto de parejas humanas y digitales, pese a todo verlas a ellas en plan La La Land pero con menos música y menos baile resaltaba por encima de lo demás. ¿Tanneberger y Zaytseva? ¿La Heroína y la modelo de revistas? ¿Amigas? Demasiado buenas amigas, dirían algunos.

Se separaron un poco cuando Pumpkinmon hizo acto de aparición para servir el platillo fuerte. Y ¿de verdad era un Pumpkinmon? O tal vez era una persona disfrazada de tal Digimon. Dylan notó que la decoración del lugar era alusiva a Halloween. Un Picodevimon pasó volando por uno de sus costados y un Vamdemon reía aterradoramente desde el área de cajas. También había telarañas e hilos de sangre colgando de los techos. Pestañeó un par de veces sorprendida hasta que sintió una de las manos de la ucraniana posarse sobre su pierna: era momento de comenzar con la cena. Volvió a su lugar original en el otro lado de la mesa.

Un filete de cerdo o de ternera. No importó lo que fuese porque en Digital World todo se traducía a códigos binarios. Un bowl de verduras, otro plato de pasta y también algunas salchichas, además de una cerveza y un vaso de té frío. El contenido en la mesa bien podría saciar el apetito de unas cuatro bocas. Ambas desearon probar todo el menú del restaurante así que no les importó despilfarrar un poco. Y desde entonces Tanneberger se aseguró de no dejar escapar ni un bostezo más. No era tan difícil siempre y cuando enfocara su atención en Zaytseva. Le llegaban impulsos a cada rato, pero eran unos que le revolvían las entrañas y le volteaban el mundo entero para reacomodárselo otra vez, de mejor manera.

—¿Te gusta? —preguntó al ver que Sashenka repetía su porción de pasta. Tomó un sorbo de té con una pajilla metálica y sonrió un poco.
—No está mal —la ucraniana también sonreía de vez en cuando, en pequeñas porciones—, a Vanya le encantaría.
—Podríamos volver en otra ocasión con ellos —propuso animada—, aunque no estoy segura de que vayan a disfrutar este ambiente —después miró su alrededor.
—¿Halloween? —inquirió arrugando un poco los ojos.
—No. Parejas —un leve rubor cubrió las mejillas de ambas, pero eso no impidió que la rubia continuase hablando—. Esta es la primera ocasión en la cual salimos juntas —dijo sin saber por qué quería con tantas ganas puntualizarlo. A Gaia le sonó raro, seguro porque le faltaba el contexto.
—Hemos salido juntas antes —protestó—. De compras, paseos por el parque, Quest...
—Como una pareja —remarcó, provocando que la ucraniana terminara con la pasta de golpe y porrazo.

Ver cómo Shura se centraba en la plática con la cara más seria que podía emular le hizo entender a Dylan que su aseveración fue atrevida. Después de todo, no existía un pacto verbal entre ellas. Todo quedó implícito el momento en el cual decidieran rebasar a exceso de velocidad los límites de la intimidad personal. No se preocupó ni una pizca por la multa de tránsito. Y bastante atrás quedó la estación para arrojar ‘la pregunta’. Se mantuvieron en un silencio tan sepulcral que a Tanneberger le estrangulaba el alma por dos o tres sitios diferentes a la vez. No podía discernir sobre si la situación actual era buena o mala, pero en cualquier caso extendió la mano y acarició el dorso de la de Gaia con sus dedos. Después editó un poco el tópico:

—Quizá Gomamon y Vanya puedan pretender...
—¿Estar juntos? —la ucraniana encogió los ojos y tomó en el cristal que contenía un último trago de cerveza—. ¿De qué manera convencerás a Gomamon de eso? —acabó con el líquido.
—No será tan difícil —la de mayor rango sabía que estaba mintiendo a sí misma—, ellos dos interactúan mucho.
—No me hagas imaginarlos en una escena romántica —decir ‘no’, provocó el efecto contrario en sus mentes.

La ucraniana casi se partió de la risa y a la alemana le encantó verla de esa manera. Se reía también porque su sonido era bastante infeccioso.

Charlaron otro poco acerca de temas triviales, anécdotas del día a día, después pidieron la cuenta y se retiraron del sitio. Eran casi las ocho de la noche y aunque aún no era treinta y uno de octubre, vieron a algunas personas y Digimon en las calles disfrazados para una noche de brujas. Las Tamer lo encontraron divertido. Sumado al hecho de que ninguna parecía tener prisa por regresar tan pronto al piso que compartían con la cineasta y sus Digimon, decidieron pasear por las avenidas más representativas de File. Avanzaban significativamente despacio, como si les diera lo mismo cubrir ochocientos metros en dos horas o en una noche entera. Las pisadas de Dylan eran perezosas, pausadas y muy cortas. A Gaia no le quedaba más remedio que imitar el ritmo pues venía prendada de su brazo. La temperatura estaba disminuyendo y el cálido aliento de las dos se entremezclaba con la niebla. Debajo de su saco la germana tembló ligeramente: las estaciones del año en Digital World eran idénticas a las del mundo real.

—Hace frío, voy a abrazarte —dijo antes de pasar su brazo izquierdo por la cintura de la modelo, quedando más cerca de ella.
—No tienes que inventar una excusa para hacer eso —le respondió Sashenka divertida. Sabía que su amante no era tan abierta a expresar sus sentimientos en público.
—No es una excusa —rebatió Dylan con el mismo tono. Conectaron una fugaz mirada, una leve sonrisa y después la rubia se detuvo de frente a la albina para cortarle el paso.
—Tampoco tienes que pedirme permiso.
—No estaba pidiendo permiso.

Zaytseva iba a responder con otra astuta sentencia cuando Tanneberger colocó su dedo índice en sus labios. El juego terminó. La rubia le rodeó por completo con sus brazos y quizá solamente encajaban muy bien, porque la cabeza de la ucraniana reposando sobre su hombro se adaptaba a la perfección y le gustaba estar así con ella, le gustaba sentir sus manos recorriéndole la espalda mientras cerraba los ojos para oler su cabellera. Le gustaba tanto, en realidad, que casi le dolió cuando tuvo que separarse para continuar caminando.

—Quiero preguntarte algo —pronunció jugueteando con la cremallera de su saco. En un destello visualizó los labios de Gaia, pero resistió la ola digna de tsunami para poder seguir hablando—: ¿te... te gustan los dulces? —la pregunta salió con la misma seriedad de quien emite una orden judicial. A la ucraniana le pareció gracioso.
—Me gustan, aunque prefiero las mentas.
—Quiero ir al supermercado de Monzaemon.

El edificio de departamentos, el restaurante de comida italiana, el supermercado de Monzaemon. Afortunadamente los lugares que solían frecuentar no quedaban a más de dos kilómetros de distancia uno de otro. O desafortunadamente, pues la teutona estaba casi dispuesta a aceptar el cartel de estrella de televisión o artista famosa siempre y cuando la atractiva modelo paseara bajo su brazo por todas y cada una de las avenidas que existían en File. Inclusive levantaría su mano y saludaría a todos, muy orgullosa. Con tan sólo girar un poco su cara pudo plantar un beso rápido en una de las mejillas de Gaia, ella le agradeció con una leve sonrisa y tomando su mano más fuerte.

Al entrar al local donde vendían todo tipo de artículos para el hogar, Monzaemon les recibió efusivamente. No sólo porque las Tamer eran clientes asiduos de su negocio (así como también Halsey, Vanya y Gomamon), sino también porque había percibido esa cercanía especial entre ellas. Cuando cruzaron por el pasillo en donde estaban las estanterías llenas de comida para bebés Digimon, la rubia no pudo evitar recordar que era ese el lugar en donde viera por primera vez a Zaytseva. La sensación y el incremento en su ritmo cardiaco seguramente era compartido, pues ambas se miraron de reojo sin pronunciar nada. Era obvio que sus memorias se habían conectado por un instante. Siguieron adelante y encontraron las repisas llenas de dulces de todo tipo, aunque destacaban los que referían a Halloween.

—Vas a coger demasiada energía con toda esa azúcar —comentó Sashenka llevándose la diestra a la barbilla mientras Dylan se estiraba para alcanzar un paquete de gomitas en la estantería más alta—, ¿así es como evades la pereza?
—No son para mí —dijo la rubia tomando después un paquete de caramelos macizos—, son para Gomamon, Vanya, Gaomon, Dex, Tommy, Halsey —hizo las matemáticas en su cabeza, esperaba no dejar desapercibido a nadie. Finalizó con una bolsa de mentas de color blanco y rojo y viró hacia la ucraniana con los brazos repletos— y para ti.

Aleksandra le analizaba con los ojos bien abiertos, tal vez sorprendida por su deseo de celebrar algo que consideraba tonto o porque había caído en la mercadotecnia y pagaría casi mil bits por todas esas cosas sin sentido. Un leve rubor apareció en las mejillas de Dylan mientras se preguntaba si es que su pareja tendría alguna fecha festiva que sí gustase de celebrar. Existían aspectos acerca de ella que no conocía en absoluto y preguntarle a Digi Google por las fiestas ucranianas más importantes no iba a ser tan gratificante como lo sería escucharlo de su boca, con toda la impresión y sentimiento que pudiese brindarle.

Después de pasar por caja, salieron de regreso a la fría noche replicando su andada, salvo que el brazo que debía estar libre de la nadadora cargaba ahora con la bolsa llena de todos sus artículos. El edificio donde vivían quedaba frente a ellas.

Las nueve de la noche. Más que seguro todos estarían despiertos en el departamento. A la entrada del lobby fueron abordadas con un grupillo de seres digitales que exigían golosinas para dejarles avanzar. Todos ellos portaban máscaras de iban desde payasos terroríficos, brujas, monstruos, zombies. ¿Dulce o truco? La rubia con gusto les compartió una pequeña porción de lo que comprase en el supermercado, la albina prefirió mantenerse un poco al margen.

Para prolongar aún más su momento juntas, ambas coincidieron en tomar el elevador hasta el último piso. El crudo clima se hacía sentir con más fuerza en la azotea, pero las luces de Ciudad File vistas desde ahí valían cualquier resfriado que pudiese coger a la mañana siguiente. Gaia estaba con la mitad de su cuerpo casi volando, recargada sobre el barandal. Sus cabellos blanquecinos se movían con el viento mientras la luz de la luna delineaba con graciosidad sus finas facciones. Cuando cerró sus ojos por un largo instante, Dylan supo que disfrutaba tanto de las sensaciones gélidas como ella podría disfrutar de un chapuzón en la piscina. De espaldas a la misma barandilla, decidió colocar sus compras en el piso y se cruzó de brazos porque a ella no le agradaba tanto una enorme ausencia de calor.

—¿Quieres ir a casa? —tuvo que preguntarle Gaia al ver cómo se estremecía con cada corriente de aire—. No me gustaría que te enfermes.
—No —renegó con la cabeza y entrelazó los dedos con ella, se acercó más—, quiero preguntarte otra cosa.
—Dime —la seriedad volvía a gobernar el ambiente. A la ucraniana se le tensó la mano cuando la germana le miró intensamente y le preguntó con la voz más firme que pudo conseguir:
—¿Por qué has estado durmiendo en tu anterior departamento?



Bishamon Bishamon dele
 

All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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—¡Gaia, Gaia!
—¡Shura, contéstanos unas cuantas preguntas!
—¡Gaia, por aquí!
—Solo unos minutos, ¡por favor!

Eran como grabadoras que no paraban de decir lo mismo una y otra vez. Querían respuestas inmediatas, sobre todo tras la última entrevista concedida. Zaytseva contó ante cuanto espectador sintonizase la televisión, un día cualquiera que no pudiera atrofiar sus pensamientos (al no poder atiborrarlos con recuerdos amargos), cómo había sido su infancia y lo agradecida que estaba con sus padres; fueron personas dedicadas. Continuaban siéndolo, aseguró para que no quedaran dudas. También habló un poco sobre sus labores sociales, más que nada de la ayuda brindada a niños en orfanatos o los afectados por las secuelas del accidente nuclear de su país. En una de esas pidió a quienes estuvieran viéndole que no temieran ser solidarios con otros porque era muy satisfactorio el resultado detrás.

Justamente tenía programados dos viajes relacionados a los niños de Chernóbil: uno hacia Cuba y el otro hacia Canadá. Ambos países fueron de los pocos que abrieron sus puertas para que personas directamente perjudicadas por la radiación pudieran emigrar, sin sentirse rechazada o bien porque necesitasen un tratamiento especial.

Era verano y tuvo la bendición de que no hubiese ninguna tormenta tropical amenazando la isla más grande de las Antillas Mayores. A Gaia le interesaba ver el progreso de los ucranianos radicados y para su sorpresa muchos ya hablaban en español; de hecho, los hijos de los que hubieran arribado desde pequeños o relativamente jóvenes, tenían dicho idioma como el principal. Era gracioso escucharles.

Como parte del viaje, al finalizar el itinerario, la modelo fue guiada hasta alguna playa bonita; no tan concurrida. Desde que pudiera se quitó la ropa porque debajo llevaba su traje de baño, aunque exentó de miradas alegres todo lo que abarcara la pieza inferior del bikini y parte de sus piernas debajo de un pareo. Antes de dar el paso hacia el mar, avisó que caminaría un poco (a solas) para ver el rededor. Sentir la arena mezclarse con los dedos de sus pies le ayudaba a relajarse; como si el calor a través de ellas fuese energía y su cuerpo el receptor que esperaba cargarse a tope.

Durante su paseo encontró un punto escaso de visitantes, personas muy pendientes de sus propios asuntos. Sus orbes zafiro encallaron sobre el ancho azul brillante, escenario que no la convertía en su amante pero que lograba despertar cierto interés gracias a sus misterios. Grácil, Zaytseva llevó parte de su cabello hasta detrás de una oreja; la brisa lo removía enloquecida, como encantada por tan largas, suaves y sedosas hebras blancas. Sobre un tronco dejó sus pertenencias, que sin saberlo serían cuidadas por la persona que se hubo vuelto su sombra.

Gaia avanzó hacia la arena húmeda con la mirada puesta al frente. Justo una ola arribaba a la punta de sus pies, convirtiéndose en espuma de inmediato. Aquel lugar era idóneo para pensar, quizás hasta para tratar de encontrar respuestas a preguntas difíciles de contestar por uno mismo. Irónico. Tan irónico que considerarlo le sacó una leve sonrisa, porque en ningún lado del mundo existía algo parecido; extenso e infinito, porque aquel punto en el que se encontraban el cielo y el mar solo era el principio de lo que hubiere más allá. Le asustaba esa extensión, le preocupaba no tener un puerto al cual llegar. Imaginarse como un punto flotante en medio de la nada era asfixiante; solo que más asfixiante sería vivir sin tener nada claro en la vida.

Al momento en que otra ola bañara sus pies cubriéndolos hasta los tobillos, Shura aparcó la filosofía y se dispuso a caminar hacia el interior. A su pálida piel no le haría daño refrescarse con el agua salada ni bañarse con los rayos del sol. Ojalá supiera mantener su cuerpo flotando bocarriba, para así dejar que su mirada se perdiera en el cielorraso natural; allí donde, según los creyentes espirituales, están los muertos.

Vladimir se le quedó viendo. Yacía sentado en alguna roca, disfrutando de algún trago mientras fumaba. Llevaba puestas unas gafas de sol, camisilla y bermudas. Si una chica pasaba frente a su nariz y le saludaba con coquetería, él levantaba su bebida y sonreía. En otra época no hubiera desperdiciado lo popular que podría ser entre mujeres caribeñas o de su misma etnia, porque se dio cuenta que una de las trabajadoras del centro médico que visitara con Sasha le estuvo enviando señales a través de la mirada.

Nunca creyó que poseyera tanto autocontrol.

[…]

—¿Quién es Vladimir Matvéyev? —El público coreó un sonido pícaro y cómplice. Aleksandra echó hacia atrás de la oreja izquierda unos cuantos flequillos. —Es como tu guardaespaldas y algo más, ¿no?
—No es mi guarura, es solo un amigo —la gente no creyó tal afirmación. Zaytseva levantó las manos para declararse inocente.
—¡Pero si van a muchos lados juntos! Ya no vale la pena ocultarlo más.
—Es la verdad, Vladimir y yo solo somos muy buenos amigos.
—No te creo, no, no. —Carcajeó.

Pudiera estar viendo la entrevista pregrabada de no estar tratando de resolver cierto asunto que alimentaba la flama de esos chismes. Al cruzar la línea que sentía la dividía de Vova, se despertó en ella una necesidad extraña que no terminaba por agradarle. Pero era tan desquiciada que la única manera de saberlo a ciencia cierta era dejándose llevar por los impulsos. Sabía que pronto la despojarían de su blusa, que faltaban segundos para la catástrofe libidinosa… empero se apoyó del pecho del varón utilizando sus propios brazos como resorte.

—¡No! —Cuasi gritó o gruñó. El caso fue que lo soltó de repente, desconcertando al hombre con el que se besaba. Sasha tenía una expresión que rozaba el espanto. Su mano derecha yacía extendida, bien abierta. Le pedía que no se acercara. —Esto no está bien.
—¿Me estás jodiendo, Sashenka?
—No. —respondió más tranquila. —Perdóname, Vladimir. Prefiero que no hagamos nada.
—¿Qué tiene de malo? —Intentó cortar la distancia, pero la modelo le dio la espalda al caminar hacia otra parte de la habitación. —Si es por lo que hemos hablado sobre Iván y…
—Sí, exacto —echaba un poco de agua en un vaso de cristal—. Siento que es incorrecto.
—¿Por qué? Yo no estoy con nadie, tú tampoco.
—Fueron muy amigos, te conozco desde que le conocí a él… —consumió el líquido muy rápido—. ¡Es… extraño! Es como si le estuviera siendo infiel.
—Sashenka —aprovechó que la mesa estuviera entre ellos para apoyar sus manos en la base—, Vanya está muerto.
—¿Sí y eso qué?
—Está muerto.
—No te entiendo.
—¿Vas a decirle a cada pareja que tengas que no puedes tener sexo porque piensas en tu novio muerto?

Tantas palabras dichas en tiempo record y a modo de pregunta. ¿De verdad esperaba una respuesta? Gaia quedó atónita y no pudo ser capaz de organizar sus ideas así de rápido. Tenía lo que le diría en la punta de la lengua, mas le resultó demasiado increíble que el peliblanco le cuestionara de esa forma. ¿Es que no podía entender su razón? Manifestó su molestia al endurecer el rostro, al casi gruñir e incluso al apuntarle con el dedo acusador.

—Tú no eres mi pareja. —El muchacho no pudo creerlo. Se pasó una mano por la cara, mostrándose sorprendido por tan evidente afirmación; que en el fondo sintió como un pellizco incómodo. —Y que nos besemos no significa que tengamos que ir más lejos.
—En eso tienes razón. —Suspiró. —Aunque sigues sin responderme. —Empezó a acomodarse la ropa. —Si tienes ganas de estar conmigo y yo tengo ganas de estar contigo…
—Es una confusión —le cortó.
—Yo sé lo que quiero.
—Y yo también —le miraba a los ojos con firmeza—. No quiero hacerlo.

Vladimir terminó de recoger sus pertenencias de mala gana. Tanto así que prefirió terminar de vestirse mejor fuera del departamento. No obstante, Shura le impidió la salida al ponerse frente a la puerta. Por un instante él pensó que la modelo se retractaría o diría algo más al respecto que le hiciera querer quedarse. Lo que al final sucedió fue solamente una petición: si salía en esas fachas, daría poder a los rumores. Gaia le dio las gracias, bisbiseándolo.

.
..

..
.

“—¿Me has sido infiel alguna vez?
—¿Podría? —Los dos mantuvieron el silencio placentero para deleitarse viéndose a la cara. El primero en reír fue Vanya y su risa ingenua y hermosa motivó a la albina a hacer lo mismo. Shura negó para responderle. —Ahí tienes.
—Si yo muero primero que tú, no quiero que estés con nadie más.
—Qué loca y posesiva me saliste. —Zaytseva continuaba riendo. Iván la rodeó con un brazo.
—Es que te quiero solo para mí.
—Yo también te quiero solo para mí —besó la frente de ella—. Pero si yo muriera primero…
—No vas a morir nunca.
—Pero quiero igual decírtelo. —Se separó para poder verla de tú a tú. Él tenía una facción tranquila, algo risueña. Gaia estaba más neutral aunque expectante. —Si yo llegara a morir primero, no quiero que te quedes sola. Donde sea que esté, me haría sentir bien ver que encuentres a alguien parecido a mí —levantó su índice diestro para dar más firmeza a su afirmación—, jamás mejor que yo —volvieron a reír—, que prefiera una buena compañía a la soledad. Que te admire y jamás se canse de verte, de escucharte —acariciaba la parte baja de la quijada de la fémina—. Alguien no tan ruidoso; que prefiera leer un libro antes que ir a una fiesta para drogarse o tener sexo desenfrenado.
—¡Oye! No soy muy fiestera —hizo un puchero gracioso—. Ni tampoco fogosa.
—Bueno… —descendió la mirada antes de alzar un poco la cobija que los arropaba a ambos, no lográndolo gracias a que la peliblanca le palmoteara mientras le regañaba entre risas. Iván acomodó su cabeza sobre la de ella. —Debe ser alguien contrario a eso, para que complementes bien y sepas lo bueno que puede ser quedarse en casa, sentada con la pijama puesta —su forma de hablar era muy afectuosa—, con una cobija cubriéndote las piernas al lado de tu persona idónea… —hizo una corta pausa para darle varios besos cortos—. Tomando alguna bebida caliente.
—Eres muy sentimental, ¿sabes? —Su pareja rio y cuando quiso responderle no pudo hacerlo porque Sasha selló sus labios con los suyos.”


Sashenka abrió los ojos sin dificultad. Un repentino aroma le embriagó al tiempo en que su mente le hacía recordar varios momentos que posiblemente nunca olvidaría. Era de noche, intentaba durar horas seguidas durmiendo. De repente la soledad se volvió molesta, otra vez; lo que le hiciere extrañar la presencia de Vladimir así sea para sentirle cerca. Su compañía era suficiente. Lástima por la discusión suscitada, que ponía la relación de ambos en una balanza.

Por lo menos tenía una excusa para volverle a ver pronto. Sobre la mesa de noche a su lado yacía uno de los celulares del hombre, mismo que empezó a vibrar por culpa de unos mensajes.

[…]

—¿Por qué me has estado evadiendo? —Le tiró del brazo izquierdo para que volteara a verle a la cara. Odiaba hablar y que no le vieran a los ojos. —Ha pasado una semana del viaje a Canadá y no me has contestado.

Shura se relamió los labios e intentó solventar ese “tema” para ya no tener que sentirse en un drama novelero. Entró a su departamento e invitó al muchacho a pasar. Él lo hubiera hecho de todos modos. Caminó hacia el salón de estar y en vez de tomar asiento se quedó de pie mirándolo al rostro, como le gustaba. Otra vez surgió un silencio tenso que Sasha no parecía querer destruir primero.

—Me encantaría poder leer tus pensamientos, pero ¿qué crees? —Levantó más los párpados. —Soy un mortal sin poderes divinos.
—Ya te dije lo que sucede, Volodya —su rostro denotaba mucha seriedad, constatado por su tono de voz.
—He sido honesto todo el tiempo —el área de sus ojos se ensombreció—. ¿Quieres que te mienta?
—Solo quiero que me digas qué es lo que sucede en el Bosque Rojo, ¿por qué carajos es tan difícil? —Empezó a caminar en medio de sus sofás mientras movía los brazos. —¿Qué puede tener de malo saber qué mierda hace la persona que… —se mordió la lengua figurativamente. La expresión de los dos hubo variado a una no tan dura casi en sincronía.

Gaia se dejó caer sobre el sillón que tuviera más cerca. Sus azules estaban fijos en algún punto del suelo y sus pensamientos revoloteando. Una parte de ella se reprochó porque estuvo a nada de revelar un sentimiento que no había sopesado hasta hacía un par de semanas. Vladimir se puso de cuclillas frente a ella, y sobre sus níveas piernas apoyó los brazos. Tocó el mentón de la albina, empero no lograría que moviera las pupilas en su dirección.

—Vale, te diré todo —no. Todavía no podía corresponderle la mirada—. Unos investigadores lograron captar en imágenes a una criatura muy extraña. No parecía ser alguna mutación; podría ser una nueva especie felina o… —respiró para tomar algo de aire. Su compañera le escuchaba con atención—. Quieren encontrarla para estudiarla.
—¿Nada más? —Él le dijo que sí. —¿Tanto escándalo y secretismo por un animal?
—No es cualquier animal, Sashenka.
—¿Solo porque podría ser una nueva especie de… algo?
—Tiene algo sobre su frente, cabeza… con una flama —ahora sí le observó a sus rubíes—. Tiene una cola como el personaje este de… —divagó un poco—, ¿Pokémon? —Gaia subió una ceja. —Charmander. Seguro ni sabes quién es.
—Charizard es el mejor. —Vladir se impresionó en demasía.
—Ya puedes imaginarte la locura que acarrea este misterioso y escurridizo amiguito.
—O sea que creen que tiene poderes.
—Radiactivos.
—Comprendo.
—Y todos andan estresados porque nos están obligando a trabajar el doble o el triple —fue cortando la distancia entre ellos. Con sutileza agarró la cabeza de la modelo—. ¿Feliz?

Para demostrarle que se sentía más complacida asintió lento y curvó los labios, formando una corta aunque jocosa sonrisa.

[…]

—Mamá me comentó hace un rato que sabías quién es Vladimir Matvéyev.
—Sé quién es porque le llegué a ver antes, cuando tu novio… —suspiró toda vez recapacitara sobre su mínimo pero importante error. Se disculpó de inmediato.
—No te preocupes.

La modelo se había reunido con su progenitor en un café del centro de Kiev. Al señor se le hacía más cómodo llegar porque se encontraba en Ivankiv. A veces iba a uno de los pueblos habitables de dicho Raión en pos de compartir un rato con gente conocida.

Más allá de una junta casual, Gaia esperaba que Andrey pudiera platicarle sobre los acontecimientos “recientes” en la parte más contaminada del país. Tenía que ser cuidadosa con sus preguntas para no lucir demasiado interesada, sospechosa. Conocía el control que ejercía el gobierno y la milicia en todos los que desempeñaban “hasta el más absurdo” de los cargos en la planta, y él debía seguir asistiendo pese a no estar operando. Porque la central nuclear yacía totalmente apagada respecto a sus reactores. Debían velar por la seguridad y ser “guías turísticos”, siempre que la gente interesada en la historia pagara la cuota. A veces se volvía el trabajo más aburrido, pero siempre uno de los más peligrosos.

—¿Tienes una relación con ese chico?
—No es algo oficial, pero ahí la llevamos. —Mintió. Desde que pasara lo último entre ellos, no ha vuelto a besarle.
—¿Por qué te metes con los más problemáticos, hija? —Shura tomó un trozo de su postre con el tenedor que usara y le llevó a la boca.
—¿Qué quieres decir?
—Es militar de una unidad especial, no es como los que cuidan los puestos de control o patrullan por toda la zona de alienación, o cuidan todo el perímetro que comprende la central —Sasha le miró de reojo; continuaba degustando de su tarta de moras rojas—. Esos tipos no me dan buena espina, aunque no todos transmitan eso —agarró su taza de café para beber un poco; quería verificar si estaba bien de azúcar—. Son enviados de Rusia.
—¿Te han hecho algo o alguien conocido? Sé que muchos se sienten con demasiado poder, solo porque tienen permiso de disparar si lo ven necesario.
—Parece que todos los días es necesario.

El señor Zaytsev hizo silencio ipso facto. Procuró no hacer ni siquiera un gesto relacionado con lo que hubiera dicho prácticamente sin pensar. Empero Aleksandra le cuestionó con la mirada, pues lo que dijera sonaba muy grave. Pensó que Andrey no quería revelar lo que guardara en su interior tan de golpe, pero se dejó llevar; ansiaba desahogarse y probablemente le resultaba complicado elegir al conocido adecuado para escupir sus sentimientos. Podría ser peligroso si su opinión terminaba en oídos de personas equivocadas.

Por pura intuición la albina echó un vistazo alrededor de la mesa que ocuparan. Mantuvo la discreción y la naturalidad; incluso hizo señas para que un mesero se acercara para pedir la cuenta. Por ahí se encontraba un sujeto sentado que apostaba haberle visto cruzar a su lado cuando fuere a recoger a su familiar en la parada de autobús público, antes de llegar a la cafetería. Si ese tipo era “alguien”, seguro había más como él esparcidos en puntos estratégicos.

Zaytseva marcó al teléfono de Volodya para que fuera a recogerles. Por nada en el mundo expondría a quien le diera parte de su vida.

[…]

Gaia tenía una sesión de fotos para una revista muy importante e internacional que no podía posponer por nada en el mundo, ya que intentó cambiar la fecha. Era invierno y quien dirigiera todo el proceso tuvo la loca idea de pedirle que simplemente usara un abrigo sin más nada de ropa, que realizara distintas poses en una banqueta cubierta de nieve. En unas fotos se le podía ver mostrando uno de los hombros, mirando hacia algún punto lejano, con una expresión a lo Mona Lisa, enseñando las piernas, un poco la espalda; en fin, le pidieron muchas poses atractivas buscando resaltar su belleza natural.

Para lograr la acometida con éxito sin morir de hipotermia, tuvo que tomarse unos cuantos tragos de vodka.

Su próximo destino sería un centro comercial popular para la inauguración de una famosa tienda. Ella era una invitada de honor y las cámaras estaban preparadas para lo propio. Al poner un pie en el lobby no pararon las preguntas, los halagos, las peticiones, las muestras de afecto… su representante pidió a los de seguridad personal que no dejaran que le tocasen un pelo, que abrieran bien los ojos porque de unas semanas para acá parecía que estuvieran acosando a la modelo con más afán. Aquel hombre de la cafetería, entre otros, solía estar en los mismos lugares que ella.

Por eso no le sorprendió volverle a ver haciéndose pasar por cliente del nuevo local.

Shura avisó a sus conocidos que iría al tocador y que no necesitaba que los guardaespaldas fueran con ella. Al doblar por el pasillo correspondiente se adentró en un espacio estrecho por unos cuantos minutos; ahí esperó pacientemente hasta que sucediese lo que imaginó que pasaría si se alejaba del resto. El desconocido que la siguiera iba a entrar al baño de chicas si Gaia no le hubiese interrumpido. Toda su aura gritaba cuán fastidiada estaba por el asedio. Fue directa. Lo que menos deseaba era socializar con el enemigo.

—Dime a dónde está la criatura y te dejaré en paz.
—¿De qué me estás hablando?
—No estás en posición de hacerte la tonta —dio varios pasos hacia adelante, llevándose una mano casi a la cadera—. Hace dos años, quizás más, estás buscándole.
—Asegúramelo —no le importaba si cargaba con una pistola.
—Hiciste tus investigaciones en el Bosque Rojo junto a Iván Shevchenko —por un instante se le cortó el oxígeno a la fémina—. Pero él tuvo la mala suerte de morir mientras que tú sigues aquí —la manera de sonreír del hombre le parecía muy molesta, pseudo intimidante—. ¿Pensaste que la naturaleza no podría hablar?
—Lo que hubiera hecho con Vanya no tiene por qué estar relacionado a eso que buscan —Sasha replicó lo que hiciere él sobre sus pasos. No titubearía si era eso lo que quería—. Cometes un error.
—No te confundas. Me lo vas a decir quieras o no.
—¡Sashenka!

La mano del desconocido estaba a nada de extraer el arma de fuego que se hallaba entre su pantalón, pero la aparición de Vova truncó sus planes. Para apantallar díjole a la muchacha unos cuantos halagos, felicitándola por su exitoso trabajo y carrera, motivándola a no dejar de deslumbrar a la humanidad con su belleza, porque sería una lástima que el mundo perdiera a un ícono de la moda que iba creciendo muy rápido. Se despidió fingiendo su sonrisa en contraste a la extrema seriedad de la chica; saludó cordialmente a Matvéyev sin correspondencia.

—¿Quién era?
—No sé —Vladimir no le creyó—. Sácame de aquí.

Las despedidas quedaron en el olvido. Los dos salieron por otra entrada para no llamar la atención. Gaia estaba muy extrañada, conmocionada. No podía dejar de repasar cada palabra, punto y coma que dijera el sujeto. Él llegó a erizarle todos los vellos del cuerpo con tan solo pronunciar el nombre completo de su persona favorita. Sus manos ardían; la cabeza amenazaba con dolerle. Respirar le era más complicado que cuando le enfrentó y en todo el camino no pronunció nada, hasta que no pudo más y resolvió gruñendo, maldiciendo. Quería gritar. Su acompañante se abstuvo de preguntar en lo que conducía.

No se dirigieron a casa de ella y tampoco pararon en otro lugar de Kiev. El trayecto culminó en algún pueblo limítrofe de la ciudad, en el sur. Pronto caería mucha nieve según meteorología. Al pagar por la noche que pasarían en un hostal modesto y de buena pinta, el piloto pidió que no avisaran a nadie sobre la estancia de la peliblanca.

—¿Qué te hizo ese tipo para que te enojaras tanto? —Se despojaba de algunas prendas tras encender la calefacción.
—¿No le conoces? —Tenía la pregunta en lista de espera para cuando se calmara. No pudo evitar pensar en esa posibilidad en vista de que el extraño conocía los pasos que hubiera dado Iván. Vladir negó. Le aseguró que nunca había coincidido con esa persona. —No era un simple admirador.
—Eso fue evidente.
—Sabe sobre lo que Vanya y yo hacíamos en el Bosque Rojo.
—¿Qué? —Una pregunta genuinamente incrédula. —¿Y qué con eso? ¿Qué quería de ti o de Iván?
—Asegura que yo sé sobre la criatura extraña —Shura le dio la espalda. Para su sorpresa, el varón no hizo ningún comentario, pues él “no encontró pertinente” interrogarla sobre ese tema—. ¿Por qué desean encontrarle a toda costa? Ese hijo de puta estuvo a punto de matarme.
—No iba a hacerlo —que lo dijera con tanta seguridad llevó a Gaia a verle con una expresión de poco convencimiento—. Porque si te ve como una fuente de información, no se arriesgaría a perderte.
—Se equivoca de fuente.
—¿De verdad? —Ahora levantó una ceja. —¿Se equivoca en serio? —Zaytseva entrecerró los ojos. El emisor depositó sus manos sobre sus hombros desnudos, develando su tacto cálido, firme pero no rudo. Le daba la impresión de que él ocultaba algo de valor y que jamás se atrevió a compartir, ¿o por qué motivo la cuestionaba de esa manera? Era molesto.

La chica retiró una de las extremidades del peligris en pos de abrirse un espacio para evadirle, aunque fuese su mirada. Sobre una pequeña mesa había una cafetera con unos sobres del polvo aditivo y oscuro, azúcar, cucharitas, una botella de agua de tamaño mediano… prepararía un poco de café para ver si eso le ayudaba a minimizar la tensión. Matvéyev se acercó a ella, rodeándola por detrás al nivel de la cintura. Le regaló un beso en un hombro, cuello, finalmente sobre un moflete.

Gaia echó a un lado su cabeza y no para invitarle a que continuara dándole mimos. No estaba dispuesta a nada, pero no renegó la cobertura que le brindara su acompañante al abrazarla.

—Me constaba que a Iván y a ti les gustaba realizar expediciones peligrosas en la zona más contaminada —le hablaba cerca del oído izquierdo; al principio le estremeció lo repentino del acto—. Jamás pregunté qué buscaban hasta que supe que él iría a la Polesia —en ese lugar ocurrió todo—. Es el punto más radiactivo junto al reactor cuatro y el hospital abandonado —lo tenían bastante claro porque tomaron en cuenta todas las medidas de seguridad—. No quería que le acompañaran, pero me pidió que estuviera pendiente por si necesitaba ayuda inmediata; éramos como hermanos y eso es lo que hacen los hermanos, protegerse mutuamente —apretó un poquito el abrazo—. Vanya me dijo que estabas a punto de descubrir algo grandioso y fuera de este mundo… una criatura.
—¡No pudo habértelo dicho! —Con un movimiento brusco se zafó de la unión. Su tono de voz fue duro, entre dientes para no alzar el volumen. —Iván sabía que era muy arriesgado comentarlo. Podrían atentar contra ese animal desconocido, cuando supone ser un logro para la fauna, la ciencia y la misma naturaleza de un lugar hostil —sus ojos grises chocaban con los rojizos de él; los labios de Sasha temblaban casi imperceptible y su corazón latía tan rápido cual carro de carreras.
—Si Iván no me hubiera dicho, ¿crees que estarías viva?
—Pude salir por mi cuenta pese a estar irradiada.
—Te desmayaste tan pronto llegaste a los pies de la planta y los guardias pudieron retenerte en secreto para hacerte escupir todo —iba a responderle, pero las palabras se atascaron en su garganta. La misma le ardía. —Yo encontré a Iván, yo traté de salvarle.

Shura golpeó la mesa con su puño derecho. Después afincó ambas manos de la madera, apretándolas tan fuertes en búsqueda de dolor, de sentirlo, de expulsarlo de su interior con ayuda de sus uñas. Su mirada se empañó mas no hubo lágrimas, aunque su interior estuviera crujiendo. Se sentía arder como agua hirviendo y unas horribles ganas de aventar todo lo que estuviera cerca cruzó por su cabeza. Se sintió bien imaginarlo, podría ser mejor si lo intentaba. Pero no estaba sola y lo peor que pudiera pasar sería mostrar su vulnerabilidad ante el tema. No quería lucir como una mujer atrapada en sus horripilantes memorias, porque al menos era natural sentirse triste al hablar sobre ello.

Inhaló y exhaló varias veces hasta creerse más apacible para con el mar de sentimientos negativos. Dio la vuelta queriendo mirar al hombre, preguntándose si en todo ese rato de silencio se le quedó viendo mientras pensaba en ella o mientras lidiaba con sus afecciones emocionales. De su boca salió un “gracias” con suavidad toda vez que anulara la distancia entre los dos; puso una mano sobre el pecho de él. No hubo respuesta. Sus azules, ligeramente grises, se aparcaron sobre el dije del collar que usara Vova, mismo que tomara entre sus dedos.

—Dime lo que descubriste. No permitiré que pase nada que le ponga en riesgo.
—¿Por qué si sabías que yo estaba investigándole, no me preguntaste antes?
—No quería involucrarte —ladeaba sus ojos entre los de ella y sus labios rojizos—. Con lo poco que me dijo Iván, creí que iba a bastar.
—No me has dicho todavía por qué desean dar con él, para qué… —una cuestión repetida sin una respuesta satisfactoria.
—¿Control? Lo que suceda en La Zona y pueda ser un problema, debe permanecer bajo perfil y en control del gobierno.
—Ruso.
—Que Rusia apoye no quiere decir que sea autora intelectual de esta búsqueda.
—Supongo que tienes razón.




Raving George Raving George postearé de nuevo B )
Tizza Tizza pase porfa.
 

All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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“Muchos manifestantes se conglomeraron en la entrada del nuevo proyecto del sector eléctrico del país; se muestran tajantes ante la próxima apertura de la primera planta de energía nuclear en el territorio bielorruso. Los del gobierno aseguran que evitarán cometer los mismos garrafales errores plasmados en la historia de la energía más limpia del mundo, pero los que están en contra no paran de mencionar los miles de casos que existen hoy en día por el accidente en el reactor cuatro en la central Vladimir Ilich Lenin de la antigua Unión Soviética, ahora Ucrania. Recordemos que Bielorrusia se llevó la peor parte”.

Shura desayunaba un plato de frutas del bosque, acompañándolas con algún jugo natural mientras escuchaba las noticias matutinas. Por parte de su padre supo sobre la intención de Bielorrusia de abrir aquella mentada planta, lo más probable con financiamiento de Rusia por su enorme reputación y conocimiento en el tema. Y según la propia historia, el país fronterizo (al norte) continuaba muy interesado en depender, en cierto grado, de su madre patria. Quería ser como el hijo pródigo; lo que Rusia anhelaba que hiciere Ucrania.

Las protestas eran pacíficas aunque intensas. Supuso que el no volver a ver a Vova por un buen rato estaba relacionado a ese caos. Tampoco buscó llamarle. Gaia aprovechó su ausencia para hacer ciertos movimientos como: viajar a Slavutich a visitar a un par de amigos de la infancia. Uno de ellos, por cierto, le entregó un sobre de manila con información quizá valiosa respecto a Ivankiv y sus demás localidades.

La modelo prefirió ir en persona a buscar justamente eso, aunque el tipo que la atosigara hasta hacía un par de días de repente dejó de hacerlo. De todos modos no se consideraba a salvo ni con demasiada privacidad. Del montón de papeles tomó los primeros dos. Eran noticias del periódico local, reportajes muy cortos que nadie leería a menos que el título fuese llamativo. Precisamente lo que leyera la albina no encajaba en la anterior descripción.

“Muere un liquidador más y los honores continúan por el suelo”.
“Turistas quedan encantados por la historia que envuelve Chernóbil”.
“La Babushka con más tiempo residiendo en La Zona falleció”.

Zaytseva prestó más atención a ese último artículo. Si mal no estaba, esa mujer no parecía sufrir de nada… ni siquiera por los altísimos niveles de radiación que hubiera a su alrededor. La conoció la primera vez que se aventurara a recorrer el perímetro limítrofe de la planta nuclear; las aldeas hoy en día inexistentes, arropadas por la maleza empoderada y las ciudades fantasmas. Por fin pudo ir a aquel lugar sin la presencia de un adulto hostigador ni paranoico; en su mente figuró la imagen de su madre. Bastaba con mostrar un permiso firmado por alguna institución científica y el acompañamiento de alguien que supiera moverse entre el enemigo invisible. Lo primero lo hizo sin decirles a sus padres, falsificando sus firmas para engañar al organismo dedicado al estudio experimental; lo segundo lo tenía a la mano por descarte.

“—Todavía me pregunto qué hace una niña queriendo jugar en este bosque.
—No vas a encontrar respuestas —examinaba la formación anormal de una tela de araña culminada; el patrón se repetía en cada una de las que había avistado ese día, clara muestra de ser una alteración en la genética de los arácnidos del lugar—. Porque número uno: esto no es un juego. —Observó el suelo, cerciorándose del camino que pisaría a continuación. —Número dos…
—Tienes quince.
—No soy una niña. —Volteó medio cuerpo para atizar con la mirada al sujeto. —He terminado el colegio; he participado en numerosos programas y estudiado lo suficiente para saber qué le hace falta a este lugar.
—Aquí solo vienen expertos. —Zanjó antes de ponerse a su lado. —Personas que tienen en claro lo que están buscando y para qué van a trabajar.
—He detenido lo que mi madre siempre ha deseado para mí —el hombre la miró con curiosidad y extrañeza. Creyó que diciéndole lo otro le causaría alguna reacción que mermara su confianza, en pos de hacerle ver que estar allí no era un asunto para “niñas bonitas” —. Mientras estudiaba, realicé trabajos relacionados al modelaje y la fotografía. Desde pequeña. —Ambos caminaban a un ritmo pausado hombro con hombro, a pesar de diferencia de altura. —Toda mi vida he escuchado sobre este sitio, del cual a penas hablan en las clases de historia o de química. Es como si quisieran borrarlo del mapa… tal vez porque fue una tragedia muy triste —hizo silencio brevemente—, o porque fue demasiado vergonzoso descubrir que al final la Unión Soviética se destruyó a sí misma. ¡Perdona! Debe incomodarte que digan esa clase de verdades. —Se mofó, encontrándose el asunto más divertido al ver la mueca del muchacho.
—Esto ya no es la Unión Soviética —carraspeó queriendo aguantar una risa intrusa—. Mi lealtad está con Ucrania. Y si eso te han enseñado en las clases…
—Por supuesto que no. —Se cruzó de brazos. —Lo he aprendido escuchando a mis padres hablar al respecto. A ambos seguro les dolió mucho ver cómo el imperio perfecto se caía a pedazos.
—Lo que nos deja en claro que nada es para siempre.
—Exacto —pronunció con suavidad, esta vez parada frente al varón—. Un día mi padre me dijo que “nada crece mientras esté en la oscuridad.” —Llevó sus zafiros hacia una rama en la que yacía una pequeña ave con una mancha blanca en la cabeza. —Puedes engañarte diciendo que tu vida fluye porque la rutina no se rompe; ¿no suena a una ilusión? —Iván sonrió. —Lo admito. Odio las rutinas. Es demasiado lamentable vivir así.
—Estás buscando escapar.
—Estoy queriendo crecer.
—¿Tan oscura ha sido tu vida? —Gaia levantó los hombros en lo que sonreía. —Supongo que como todo, existen distintos tonos para definir esa oscuridad. —Retomó el andar adentrándose por una brecha que parecía acortar la vía. —Te presentaré a alguien.”


La mujer de avanzada edad vivía en una parte recóndita, casi perdida, entre árboles y hierba sin podar desde hacía muchísimos años. Su residencia era modesta, típica casa rural con sus divisiones a disposición del criadero de animales y la siembra de hortalizas. Tras el accidente, la mitad de dichos beneficios se terminó yendo al trasto. Sin embargo, la mujer se propuso a no dejar de sembrar sin importarle que la tierra estuviera echada a perder por el cesio. Era mejor morir de cáncer que morir de hambre. Era un lema recurrente en aquel sitio. Cualquier forma de muerte sería mil veces mejor que la inanición.

Ella era un ejemplo de superación y fortaleza en medio de aquel ambiente tóxico, sobre todo por…

Otros documentos consistían en fotografías que fueron tomadas con suma delicadeza y prudencia. En una de ellas yacía el hombre que la asediara, vestido muy similar a como suele hacerlo Vladimir. Consecuentemente, fue viéndole en otras imágenes mientras interactuaba con varias personas; esas fotos tenían una nota que rezaban el nombre del sujeto y su labor principal.

Gaia se había dado a la tarea de contratar a un investigador privado para que fuese al lugar de exclusión y consiguiera tanto como pudiese. Lo que tenía en sus manos, gracias a eso, bastaba para terminar de recompensar al “detective”, así que en la tarde le depositaría en su cuenta lo que quedara por saldar. Sin embargo, la búsqueda de información no se quedaría hasta ahí. Una de sus amigas, hija de un buen conocido de Andrey, le comentó que su padre (no el de la protagonista) solía quejarse del estorbo militar ruso; “así La Zona nunca será considerada como museo natural, sino como un fuerte al aire libre”. Díjole que en una ocasión acompañó a su papá a una de sus casuales juntas en Orane y que un guardia no dejaba de mirarla. Lo reconoció un minuto después, pues tampoco pudo evitar corresponderle. Era guapo.

—Seguro ya debe estar muerto —probó su café. Era uno de esos extraños por sus varias combinaciones. En tanto, Sasha hizo caso omiso al mal chiste.
—¿Y si no?
—Esos hombres no duran demasiado. Además, no son mi tipo.
—Pero te gustó —la otra chica sonrió con la taza cerca de sus labios.

Aleksandra tardó toda una madrugada convenciéndola de hacerle un enorme favor sin preguntar detalles, por su bienestar. Lo que necesitaba de su amiga era que fuese a esa localidad más de una vez con el pretexto de volver a ver a ese guapísimo militar —hizo énfasis en el adjetivo para diversión y pena de su conocida—. También le advirtió sobre Vladimir, a quien conociera desde hacía años. Por supuesto que su relativa interpretó ese aviso como el típico que diría una mujer pendiente a su “cartón”, valga la analogía. A Gaia no le quedó más que reír.

[…]

—Esta reunión es muy importante y no puedes dejar de asistir con nosotros.
—Hace tiempo que crecí, mamá.
—Lesya, sigues siendo mi hija —touché—. Hace mucho que no te pido hacer algo por mí o por tu padre —tenía la certeza de que si rebatía una vez más, la mayor se pondría muy intensa. Ese día, Shura no quería discutir otra vez, ya que en la mañana tuvo un pequeño-gran altercado con una mujer salida de la nada que reclamaba a Volodya como suyo. Si tanto lo quería, podía comérselo.

Las amigas de su madre, algunas entre comillas, se encontraban encantadas en exceso por la grata presencia de Sashenka. Al final había accedido a ir con sus padres, a una actividad de esas que se repetían a lo largo del tiempo, pero no solo porque sí. Esa noche usaba un vestido negro con detalles brillantes y zapatos de charol con plataforma, cerrados y altos de tacón. Era una muñeca, según muchas señoras; un ícono de verdad, dicho por varias jóvenes. Y una mujer muy atractiva, expresó más de un hombre. Uno de sus planes era llamar la atención, lográndolo sin dificultad; específicamente la de cierta persona que se acercara un par de horas más tarde.

Un hombre de unos diez años mayor que la modelo, por poco chocaba con ella en su trayecto hacia los cocteles. Si la hubiera llegado a topar, le hubiera manchado el vestido envidiado por muchas con la bebida que ella degustaba. Empero, el vaso se le resbaló de la mano por culpa de otra persona que le empujara desde atrás. Gaia iba a bajarse a recoger los pedazos en medio de sus disculpas; él se agachó seguido, insistiendo en que no era necesario hacerlo. “Porque no había hecho nada”.

—Es lamentable que haya personas sin educación —hizo un gesto de indignación.
—Estoy de acuerdo —se puso de pie y le invitó a imitarlo—. ¿Te conozco?
—No lo sé.
—Bien, ya tenemos de qué hablar mientras tomamos algo.

Ese sujeto se hacía llamar Alexey. Hijo de un ingeniero eléctrico, conocido del padre de Gaia, quien continuara ejerciendo en otra central nuclear pero rusa. Él, quien estuviera con Sasha, tuvo el privilegio y la mala suerte de haber nacido y vivido en Pripyat. Su madre era arquitecta y para la fecha del accidente estaba diseñando un par de planos para en el verano iniciar las construcciones pertinentes. Esas creaciones nunca vieron la luz y quienes contrataron sus servicios no terminaron de pagarle; se llenaron de deudas, asuntos que atender… un verdadero caos. De esa historia saltó a otra que abarcaba otros años de su vida hasta relatar lo que vendría siendo un final feliz.

—Me dedico a los negocios, específicamente de bebidas alcohólicas.
—Tienes un mercado bien amplio, muchos clientes y buenas oportunidades de ingreso.
—Es un poco competitivo, pero puedo controlarlo —brindó con la fémina.
—¿Solo operas en Rusia? —Alexey negó entre risas.
—Abarco Bielorrusia, Letonia, Lituania, Rumania, este país y pronto dominaré a los alemanes.
—Será fácil —tomó un trago corto sin dejar de mirar a su acompañante—. Ya los dominamos dos veces.

Eso fue inevitablemente encantador para el varón. A partir de ahí, la conversación entre ellos dos fluyó natural e iniciaron las presentaciones en cadena.

[…]

El día que regresaría a Kiev se reunió con aquella amiga que debía seducir devuelta al militar. Fue esta misma chica que en la fiesta hiciera que su trago terminara en el suelo, con los restos del vaso esparcidos en el líquido desperdiciado, en pos de que el negociante cayera en el juego. A Zaytseva le convenía tener cerca a gente poderosa financieramente, porque eso era sinónimo de dos cosas: la primera era el poder y la segunda, las influencias. Por supuesto que de la noche a la mañana no obtendría algo de valor por su linda cara. ¿O sí? De hecho sí. Gaia aceptó ser quien saliera en los comerciales de vodka y otras bebidas, de las más caras y exclusivas, que las promocionarían en todos los países objetivos para atraer nuevos consumidores. Ambos ganaban.

—¿Pudiste hablar con él?
—Me deberás un favor ultra enorme por lo que tuve que hacer —la otra fémina se acomodó en la silla que ocupaba—. Hay varios grupos militares patrullando ese territorio porque hay algo por ahí que desean encontrar para un proyecto —su amiga movió las manos, pidiéndole más información—. No me dijo qué buscan o para qué —Gaia suspiró—. Pero vi yo misma a Vladimir hablando con un sujeto muy parecido al que te seguía hace una semana.
—¿Solo muy parecido?
—Su nombre era…

Su receptora entrecerró los ojos. Ese detalle podría confirmarlo con ayuda de las fotografías que ya poseía. Y en medio de dicha revelación, no podía dejar de pensar en Vova hablando con ese sujeto… ¿casualidad? Casualidad era que ambos vistieran muy parecido; ahora esto. ¿Debía pensar lo peor?

[…]

“Tendremos una actividad importante en Alemania, Italia y España por motivo del éxito que hemos tenido. Debes asistir; no es obligatorio pero será un gran honor para mí. Tu invitación vale por dos, y está abierta para que sea así en cada país”.

No pudo terminar de leer porque el sonido de las cerraduras le tomó por sorpresa. Matvéyev tenía un juego de llaves y no lo recordaba. Solo por unos segundos se sintió pálida, mas regresó a la normalidad al intuir que no tenía “de qué preocuparse”, o bien no le había dado motivos hasta ahora.

—Si tanto me extrañabas pudiste haber llamado. —¿Era sarcasmo disfrazando su reproche?
—Tú tampoco me llamaste —ella alzó los hombros.
—¿Y por eso enviaste a una mujer a espiarme? —Encerró la última palabra entre comillas al hacer las señas con sus dedos. Esa pregunta le permitió a Gaia entender a qué se estaba refiriendo. —Pensaste que estaba con alguien.
—Yo… —se detuvo voluntariamente.

Lo que menos deseaba era lidiar con suposiciones y dramas, pero aquel momento le vino como anillo al dedo para encubrir la verdadera razón de que su amiga estuviese en el mismo lugar que él. No se le iba a desprender un pedazo del alma por discutir con el peligris; además, Vladimir la tenía disgustada por su mentira. Él sí sabía quién era el molesto persecutor, porque el nombre que le dijera su relativa coincidió con el de las fotos. Y no solo eso… vaya, iba recordando situaciones que podría usar para echarle en cara.

—Nunca has confiado en mí.
—No seas dramático —eso le molestó a él—. No desconfiaba de ti hasta que un día apareció una mujer exigiéndome que te dejara.
—¿Qué? —Se mofó aún enojado. —Buen intento de excusa.
—A ver, Vladimir —respiró hondo—. No tengo tiempo para crear excusas y menos para inventar unas tan malas.
—Me alegra que lo reconozcas.
—No estoy jugando —por un brevísimo instante se sintió frustrada por ese tema.
—Yo tampoco.

Bien. Suficiente de ese asunto. Ya no le quedaban dudas y no tenía que ni pensar en la posibilidad de que él supiera la verdad. Sasha abrió la puerta principal e indicó con un gesto a Vova que se marchara. Le tomó un par de minutos asimilar aquella petición, pues lucía sorprendido por lo drástico. Él se detuvo frente a la peliblanca, debajo del umbral, y la miró de cabeza a pies sin prisa; sin obviar detalles.

—No he encontrado a nadie mejor que tú desde hace tiempo.
—Me mentiste —no lo pensó. No quería sentir que se había precipitado al confesárselo, mas su corazón empezó a latir rápido y sus manos a sudar; lo tomó como una señal a su favor. Matvéyev continuaba preso de la impresión, sumándosele el desconcierto. Estaba listísimo para disparar preguntas por montón. Incluso abrió la boca, en vano. —Sí conocías a Petrovski —volvió a interrumpirle—. Sabías que iba a seguirme, que iba a acosarme hasta el punto de amenazarme si no respondía sus preguntas. Cuando apareciste en la plaza… no fue casualidad —no tenía pruebas de eso, pero no perdería nada tirando la punta a ver si le daba al clavo—. Trabajan juntos en La Zona. ¡Por qué carajos no me dijiste la verdad?
—¿Tu espía te contó esto?
—Qué importa… —Vladimir se relamió un poco el labio inferior.
—Deberías decirle que se cuide.
—Si algo le llega a pasar te habrás equivocado de objetivo y definitivamente me habrás perdido —pronunció casi en susurro. Sasha tenía un dolor incómodo en el pecho.

[…]

—De todas las veces que me han querido matar, el que Vladimir me mintiera resultó mil veces peor que esas mierdas.

Se veía al espejo, uno enterizo que estaba adherido a la puerta derecha de su gran closet. Estaba usando ropa interior; antes se probaba por encima un par de prendas a ver cuál de todas se ganaba la dicha de viajar con ella. Ninguna lograba complacerla, llenarla, satisfacerla… todas acabaron en el suelo, a sus pies. De repente se encontró abrazándose, con la mirada de su reflejo pidiéndole a gritos que se permitiera perderse en un mundo de ensimismamiento fantasioso.

—No lo necesitas. —Pronunció una voz ligeramente infantil.
—Tú no comprendes…

Cerró el armario tras un largo suspiro y caminó con intención de meterse al baño. Sus zafiros se aparcaron sobre el mensaje de Alexey y los boletos de avión en primera clase, los pases de hospedaje en hoteles de lujo y las entradas a su fiesta. Llegó a considerar invitar al peligris… aunque sería muy tonto de su parte. No podía concebir que estuviera extrañándole. Su otra opción fue su amiga de infancia, pero no estaría disponible en esas fechas.

Su primera parada fue en la tierra del jamón serrano y el flamenco. La gente en España solía ser en exceso afectuosa en comparación con su país. Pintorescos, sin la palabra “rendirse” en su vocabulario mental a la hora de hacer chistes, tampoco al bailar. Tuvo suerte de que unos cuantos hablaran en inglés. No obstante, su preocupación se anuló desde que se topara con nativos rusos y ucranianos políglotas.

Todo el que la reconociera la invitaba a una foto, le pedían autógrafos (jóvenes y niñas que la veían en la calle), a tomar un trago… en fin, Sasha no podía decir que se la estuviera pasando mal. Era mucho mejor de lo que se imaginó. Solo que entre tanta gente variada y dispuesta a divertirse había una sensación en su pecho que le impedía ser uno de ellos; no podía disfrutar del todo la experiencia.

Al ver el reloj de la habitación que ocupara se dio cuenta que su percepción sobre el tiempo fue errónea. Las manecillas apuntaban las doce de la noche, cual Cenicienta sin estar encantada. Seguro que cualquier hada madrina sería feliz con un prototipo como ella. A falta de un “príncipe encantador”, cualquiera podría ser la mujer, la hija, la ahijada… lo que sea, más obediente.

Menudo desliz.

En Italia la cosa no fue distinta, hasta que se obligara a espabilarse y desinhibirse más. Alexey le presentó a algunos conocidos y desde ahí todo se volvió parranda, risas, alcohol… no llegó a perder la conciencia como otros que se espantarían al descubrirse como nuevos integrantes de la comunidad LGBT y letras derivadas y añadidas posteriormente. Fue gracioso imaginarse la cara que pondrían esos que durante muchísimas horas se encargaron de defender su heterosexualidad.

A mitad de su desayuno y un malestar en la cabeza, recordó que alguien le preguntó sobre su orientación: si era exclusiva para los machos, si llevaba la contraria a la sociedad o si permitía que tanto hombres y mujeres disfrutaran del placer de estar con ella.

La modelo no participó en la orgía masiva en la que se perdieron sus acompañantes. Esas actividades lujuriosas eran excesivas; tal vez por eso le preguntaron… ¿o fue antes? ¿Fue después? Qué más daba. Lo que sí recordó fue haber dicho que no le parecía desagradable besar a otra chica. Y, bueno, ellas no eran su objetivo. ¿Tan siquiera tenía uno?

“—¿Por qué no pruebas con alguna?
—¿Qué cosa?
—El sexo, obvio.”


Había carcajeado. Esa fue su respuesta. En el presente también rio al pensarlo, antes de tomar un trago largo de su café amargo; era horrible. Quizá menos malo que haber pensado en Vova.

Durante el vuelo hacia Alemania no pudo aprovechar los privilegios de estar en primera clase sobre la cantidad de comidas que tenía a la distancia de una petición, un por favor y un gracias. Todo por haber caído rendida a los brazos de Morfeo. Al pisar tierra se percató que ese era solo el inicio del verdadero trayecto, pues debía tomar otro avión para arribar en la ciudad correcta. Y como no era suficiente, la chica de información le dijo que tendría que esperar entre tres a cinco horas, una buena oportunidad para conocer el interior de aquella terminal.

Usualmente Sashenka no andaba con pintas de modelo en situaciones así; se ataba el cabello, a veces usaba gafas oscuras y ropa muy casual, casi sin gracia siempre que la usara una persona común y corriente, algo que ella no era por imposición social. Su estrategia no siempre tenía éxito, mucho menos al detenerse frente a frente a un anuncio publicitario de alguna tienda famosa; obviamente con ella destacando en todo su esplendor.

Se le había quedado viendo cual boba, como si ella misma fuese una desconocida para sí. Nunca dejaría de decirse lo muy extraño que sentía ver el resultado de su trabajo por su naturaleza. No era como curar a alguien, construir un edificio o vender un producto. Nadie podría intuir cómo habría de estar al hacer esa sesión de fotos, porque su deber era mostrarle al mundo la cara que todos quisieran ver.


I know I'll wither so peel away the bark
'Cause nothing grows when it is dark

Aleksandra tuvo que retirarse antes de que la muchedumbre la arropara. Queriendo ocultarse por un rato, entró a una tienda de suvenires. Estaba más pendiente de que nadie advirtiera su presencia que a lo que se encontrara a su paso. Por eso al girar a medias chocó con la mochila de otra persona, provocando que virara en su dirección. Juró, además, haber escuchado una especie de gritillo o queja tras el abrupto.

—Lo siento, no me di cuenta que estabas ahí —por como la miraba entendió que su excusa era muy tonta—. Quiero decir… I’m sorry. I should have...
—He entendido —Shura se cubrió la boca, queriendo no ceder a una risilla intrusiva y divertida.
—Interesante —echó un rápido vistazo hacia atrás—. Lo que sucede es que estoy tratando de ocultarme. —Confesó muy natural, como si aquella persona fuese la única en el mundo que no sería capaz de delatarle.
—E-entonces pretenderé no haberte visto; nada… pasó —todavía le parecía extraña la actitud de quien le hablara; no podía discernir su rostro iluminado por una, tal vez, estupefacción.
—Te lo agradezco.


Cover your crystal eyes
And feel the tones that tremble down your spine

La albina le mostró una sonrisa a modo de despedida. De repente creyó haberle escuchado decir algo, mas no detuvo sus apurados pasos. De todos modos pudo apreciar cómo la fémina respondía a varias personas que llegaron a perseguirla; les apuntó al lado contrario por el que tomara para escapar. En alguna tienda Sasha compró unas cuantas prendas; se cambió en los vestidores, peinó su melena de otra forma y pagó. Debían verla detenidamente para percatarse de que su cabello estaba atado y por eso engañaba respecto al largo. ¿Lo que llevara puesto? Nada que ver para alguien bello. Un terrible insulto. La chica que aparecía en numerosos escaparates de tiendas extravagantes en aquel aeropuerto no podía estar luciendo atuendos condenados por todos los gurús de la moda. Y por eso, su plan marchaba bien.

Gaia sabía de sobra que ir en contra de la corriente era lo más sensato y útil, porque las personas aficionadas a cuestiones superficiales e impuestas por la sociedad no atinaban a pensar en soluciones con psicología inversa. La cuestión era simple: no llamar la atención de ninguna manera. Confiada de tener las cosas bajo control, consideró que podría relajarse en una pequeña cafetería. Sobre un sofá dejó su equipaje de mano, un bolso, e iría a pedir algo que pudiera contener su apetito. Su estómago se lo iba a agradecer. Dentro del mostrador vio un pedazo de pastel de frambuesas, apenas denotando que había más gente esperando a ordenar. Sin motivo o por precaución miró a ambos lados, deteniéndose a su izquierda.

—… —hizo un sonido con la garganta que espabiló a su receptora. La sorpresa por poco le hace dejar caer el bulto que tuviera entre sus brazos—. Espero no seas una de esas personas que fingen no saber nada y que se dedican a perseguir a otras con… —caminó para ponerse frente a la aludida— discreción —hizo comillas con los dedos.
—N-no, n-no yo no… —tragó fuerte en lo que buscaba no mirarle a los ojos; además apretujaba el bulto que cargara evidenciándose más nerviosa de lo normal. Shura llevó una mano hasta su hombro izquierdo y con una sonrisa afable le pidió que se relajara. Lo que menos quería era hacerla sentir mal. La fémina trató de recuperar la compostura haciendo un corto ejercicio de respiración. —Lo siento. Juro que no te seguía.
—Tranquila, estaba bromeando —la chica soltó una gran bocanada de aire desde que la modelo dejara de tocarle el hombro—. No pareces ser del tipo de persona que sea soplona. —Ladeó su cuerpo para cerciorarse de que sus pertenencias estuvieran donde las dejó. —Debo agradecerte una vez más.
—¿Por qué? —Al sentirse más tranquila aflojó el equipaje, incluso le colocó en una mejor posición para mayor comodidad. Vio entonces que la modelo moviera la cabeza para indicarle que se adentrara con ella a la cafetería. Como niña chiquita fue tras sus pasos, sin descuidar ni perder de vista la silueta de la esbelta mujer. A veces apretaba la correa de su bulto para sentir la textura raposa en su piel y así descubrir que no estaba soñando; algo muy bueno habría hecho que la vida le estaba recompensando, pensó.
—¿Quieres algo? Pide lo que quieras y yo pago —se tocó el pecho.
—N-no es necesario —pronunció bajito; su postura rígida delataba sus persistentes nervios. Miró el bulto unos segundos, luego buscó el rostro de la eslava.
—Este pastel está muy bueno. —De reojo se dio cuenta de que la chica la miraba demasiado embelesada. Pensó que su forma de usar el diminuto cubierto o de mover la quijada podría ser rara para alguien de otro país (distinto al suyo), porque asumió que la de hebras doradas no era de su etnia. Sus facciones no lo indicaban así. Se relamió los labios sin prisa, cuidando no verse grotesca; enseguida aceptó una servilleta que le facilitara su acompañante. —Ya te he dado las gracias muchas veces hoy; igual, gracias. —La receptora negó con dejo tímido restándole importancia, con ayuda de su cabello intentó ocultar sus mejillas encendidas. —Qué bueno que te encontrara otra vez —los esmeraldas de la otra fémina se encontraron con las oscuras gafas de la modelo, quien sin llamar demasiado la atención se despojó del obstáculo en su rostro. Ahora sí, verdes contra azules—. Vi que enviaste a unos fanáticos por el lado contrario que tomé.
—N-no fue nada —levantó los hombros con pereza—. Quería ayudar.


Cover your crystal eyes
And let your colours bleed and blend with mine

Muy a diferencia de Sashenka que se sentía en su salsa, la rubia movía los dedos constantemente debajo de la mesa. Para la ucraniana no fue un acto que pasara por alto, que tampoco cuestionaría, porque con ver el ligero vaivén de sus brazos le bastaba para saberlo. Tras varias insistencias de la peliblanca, terminó pidiendo su brebaje favorito y unas cuantas galletas para acompañarlo. Hasta cierto punto continuaba actuando con una torpeza ingenua sin que fuera a propósito o porque fuese alguien deficiente. Dicha persona le confesó que estaba así porque estaba cerquísima de ella, con solo una mesa en medio de las dos.

—Lo menos que me hubiera imaginado sería esto —no sabía si reír o mantener la seriedad—. Disculpa, seguro te parezco muy rara.
—No —su rápida respuesta hizo esbozar una mueca de genuina sorpresa a quien se encontrara frente a ella—. No me pareces mala compañía.
—Falacia.
—¿Qué? —Recibió un movimiento de cabeza de lado a lado, y tras medio minuto de silencio dejaron fluir una risilla. —Hablas muy bien el ruso, ¿eres de…
—Soy de aquí —Shura abrió los ojos un tanto, no demasiado; degustaba otro trozo de su postre—. Me dirijo a mi ciudad. Frankfurt. —Su mirada yacía puesta en otros puntos, menos en Zaytseva. Se le percibía algo preocupada. —¿Y tú? Seguro tienes una pasarela.
—Esta vez no.
—¿Vacaciones? ¡Oh, perdona! —Fue impulsiva, sintió. No tenía por qué meterse en asuntos que no le concernían y menos sin confianza. Por otra parte, a Gaia le parecía gracioso que actuara así; en buen sentido.
—Iré a una fiesta, una de esas actividades que pueden tornarse aburridas —no se le antojó raro que alguien como ella participara de esos eventos. Conocía “bastante bien” lo que implicaba tener cierta reputación encima—. O divertidas si te encuentras con las personas correctas. —Y precisamente quien escuchara se creía todo lo contrario a esa descripción. —Qué lástima que parece que tengas cosas que hacer, desconocida —suspiró—. No todos los días suceden encuentros como estos.

La de orbes esmeraldas trató de disimular su sonrojo al tomar lo que restara de su té.

El tiempo pasó volando entre chácharas y paseos discretos que por un momento hicieron que Gaia pensara que su acompañante también buscaba pasar desapercibida. La de pasarelas escuchó el llamado de abordaje hacia Múnich y tras ese anunciaron el que esperara la otra chica. Las puertas de embarque se encontraban en lados opuestos, así que debían decirse adiós. En verdad fue grato compartir con esa “sin nombre”, ¡porque nunca le preguntó! Lo único que le quedaría para recordarla era su lugar destino y el último apellido que de casualidad alcanzó a leer en una de las tiras que colgaba de su equipaje. Cada vez que regresara a suelo germano o leyera Frankfurt por ahí, tendría algo o alguien en quien pensar.

Schlüter… —pronunció en tono bajo un par de veces mientras veía a la mencionada marcharse, queriendo grabárselo y remarcarlo con un resaltador mental.

[…]

Rumbo a tomar un taxi a las afueras del aeropuerto de Kiev, yacía Matvéyev esperándole. En un comienzo le ignoró e hizo tripas corazón para que no se saliera con la suya; pero él le espantó a cada persona que se ofreciera a transportarle. Tras insistir y que Gaia desistiera, aceptó su oferta de ser quien la llevara a su apartamento. Supuestamente tenía algo importante que decirle. Por culpa de su seriedad, Sasha pensó lo peor; enseguida tomó su celular con la intención de comunicarse con su familia. Empero Volodya le aseguró que ellos no tenían nada que ver. Ni siquiera su amiga “la espía”.

La albina le atizó con la mirada.

—No quiero alterarte —conducía—, pero he dado con el responsable de lo que les pasó a Iván y a ti.

Shura procesó la revelación segundo tras segundo, solo que en cámara lenta. Su corazón se comprimía, impidiéndole respirar con decencia. Su mente se puso en blanco; ¿qué debía pensar? Sus ojos se llenaron de lágrimas y pasaron a ser grises. Quería no temblar. Que no le doliera la garganta o le picara la nariz, rogó internamente. Fue sutil consigo misma al envolver sus manos hirvientes sobre sus tiesas piernas para contener su recién despertada ira.

—¿Quién fue?


Raving George Verwest regresamos al nick de antes, vaya (?) Ya le toca continuar 8 )
 
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xx
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Gaia se quedó de espaldas al muro y Dylan contuvo el aliento al extender una mano hacia ella, colocándole un mechón rebelde de cabello detrás de la oreja que le distraía por la forma en que la brisa jugueteaba con él. Francamente la luz de la luna le sentaba increíble a su rostro, a su figura completa. Y de repente tenía unas terribles ganas de olvidar lo que había dicho, tomarle de la cara y obligarle a besarle hasta que saliera el sol y se rompiera el hechizo. Es que, que la modelo le correspondiera de la forma en que lo hacía, debía ser alguna clase de brujería. Pero Gaia apagó la hoguera y no le dio tiempo de hacer nada de eso cuando dio un paso atrás, lanzándole una mirada en plan molesto.

—¿Por qué pasas tanto tiempo en la piscina? —una tirantez se apoderó de su pecho al percibir la dureza en las palabras de la ucraniana. Además, que le respondiera su pregunta con otra pregunta no era muy gratificante. ¡Ella había preguntado primero!
—Porque me gusta mucho, mucho nadar —se sinceró—. Solo quiero saber qué sucede —desde la boca de su estómago empezó a surgir una sensación algo incómoda, como una pequeña úlcera originada por lo que diría a continuación—: si crees que todo esto es muy rápido o necesitas espacio, debes decírmelo. Puedes quedarte con Halsey, yo regresaré a mi viejo piso —apretó un puño, sus ojos rebotaban perdidos entre las calles de File porque temía encontrar una respuesta prematura en el semblante de Gaia.
—No —escuchó tras unos segundos de espera, y parecía que a la ucraniana se le había pasado la molestia porque su tono fue uno más sosegado—. No es eso.

A Tanneberger le regresó el alma al cuerpo. Saber que ella no era la causante de las actitudes extrañas de Zaytseva le llevó a soltar un suspiro muy fugaz, aunque la curiosidad aumentó al dos por cien. Sentía los latidos en las sienes, no sabía qué le sucedía a la ucraniana, pero algo le sucedía seguro. Aquellos ojos azules atrajeron los suyos como si fueran un imán y por un momento se miraron solamente haciendo reposo emocional.

—¿Te gusta Halloween? —para Gaia la pregunta fue muy extraña porque se había preparado para retomar un hilo de conversación serio. Dylan se le acercó y le tomó de ambas manos, anestesiándola— ¿Te gustan las flores? —se le encogió un poco el corazón cuando vio a la rubia sonreír— ¿Te gustan los waffles? —le devolvió la sonrisa sintiendo sus manos subir por sus caderas.

Shura meditó sus respuestas.

—Halloween es algo que no me interesa mucho, me gustan las flores, pero no en presentación par, y los wafles están bien —respondió con calma. Dylan arrugó su frente e hizo nota mental.
—Quiero domingos de wafles —se le ocurrió de repente.
—¿Qué significa eso? —preguntó Gaia.
—Cada domingo, waffles para todos nosotros. Gomamon, Dex. Vanya, Tommy, Halsey, Gaomon, tú y yo —hizo matemáticas nuevamente en su cabeza, porque sus manos estaban bastante ocupadas adueñándose de la cintura de su pareja—. Y Rhydian, él podría venir de vez en cuando —Gaia le estrechó el cuello con los brazos.
—Okay —cedió, aunque no parecía muy convencida. Le miraba de una forma muy rara, como si ella fuese un cuadro expresionista o como si tuviera algo pegado en la frente.
—Todos juntos, mientras estemos juntos.
—Okay —terminaron compartiendo una corta risita.

A Dylan le sorprendió la poca resistencia que Gaia ponía a su disparatada idea. Verla en un ambiente tan familiar era algo que permanecía en un punto ciego, así como muchas otras facetas. De pronto sus manos descansaban apoyadas en la superficie de la barandilla atrapando a la modelo en ese pequeño espacio entre sus brazos y su cuerpo. Se miraban muy de cerca, demasiado cerca. Rápido, bajó la vista a aquellos labios enrojecidos en un simple gesto que resultó muy revelador. Gaia se mantuvo a la expectativa, Dylan se acercó un poco más y la espalda de la albina hizo tope contra el muro.

—Gaia —dijo su nombre con voz más ronca de lo normal. Y la pregunta que vendría después se le quedó atorada en la garganta.

Sintió a la ucraniana tensarse y escuchó cómo contenía la respiración cuando besó su cuello. Se apartó unos centímetros para conectar sus ojos una última vez, después estampó sus labios contra los de ella. Tal vez estaban a treinta y dos grados Fahrenheit, pero con el calor del cuerpo de Gaia pegado al suyo no necesitaba un abrigo extra. Le presionó ligeramente contra el murete y le tomó por la nuca, profundizando el beso e inclinando la cabeza a un lado porque así se acoplaban mucho mejor. Casi enloqueció al sentir que Gaia le sujetaba de las caderas acercándole más a ella, y no se resistió porque era sencillamente imposible, pero sabía que pronto tendrían que parar y continuar con su charla. Debía detenerse.

Tomó la cara de Zaytseva entre sus manos y culminó con un último beso lento.

—Gaia —repitió su nombre casi sin aliento, ajena a sus deseos se había separado de ella. Estudió sus facciones un segundo y le acarició la mejilla sintiendo el calor de sus cuerpos en descenso— ¿Qué es lo que sucede? —no acostumbraba ser tan directa, pero vio la oportunidad y se tiró en picado, como un águila al detectar un conejo indefenso. Ambas tenían serios problemas para mantener la respiración bajo control, pero la ucraniana lo manejó mucho mejor y contestó tranquila, casi indolente:
—Es muy tarde, debemos volver a casa.

La rubia se quedó congelada con esa nueva evasión y le sostuvo la mirada a Zaytseva digiriéndolo. En un principio, aquella charla significó para ella una oportunidad de intercambiar anécdotas, información que tuviese un significado más allá de algo cotidiano. Gaia Aleksandra Zaytseva era una modelo cotizada, muy famosa, pero ¿qué conocía más allá de lo que leía en las revistas? Le gustaba el frío, la cerveza, dibujaba en sus tiempos libres, y poco más. La ucraniana no le daba ni una pequeña señal por donde pudiese derribar sus barreras emocionales. Lo intentó, de verdad que lo intentó, y estuvo a punto de darse por vencida mientras calcaba con demora los pasos de Gaia que llevaban al interior del edificio. Por alguna razón, la albina decidió tomar las escaleras prolongando así su dramática lucha interior casi sin darse cuenta, porque tomar el elevador le habría llevado mucho más rápido a casa para resguardarse entre sus cuatro paredes con sus Digimon. Pero era muy ingenua si creía que de esa manera encontraría paz mental. Pasaría la noche en vela preguntándose qué habría sido si, y reprochándose a sí misma el no haberse atrevido a hacer lo que estaba a punto de hacer si no lo hacía.

—Le prometí a Halsey un mes, un mes entero de Digi-aerobics así que seguro podrá esperar más —dijo Dylan, pisando firme para atajar a Gaia en el primer descanso de la escalera impidiéndole seguir adelante. Tuvo intenciones de sonar graciosa, pero la ucraniana se quedó quieta, no se movía en absoluto y el azul de sus ojos se había tornado del mismo gris que eran las nubes cuando está a punto de caer un aguacero. Se le secó la garganta en un segundo

Gaia se metió las manos en los bolsillos de su abrigo y llevó la vista al suelo porque tal vez así Dylan no notaría que en verdad la estaba pasando mal. En esos instantes deseó desaparecer por completo, una combustión espontánea le vendría de maravilla, lo que sea para no tener que responder sus preguntas y poder seguir con su disfraz de autómata o mujer biónica.

No le gustaba hacer sentir incómoda a Gaia ni tampoco le gustaba verle triste, por eso levantó los brazos en señal de rendición y tomó asiento en el filo del último escalón. Recargó la espalda en la pared y suspiró con mucha pereza, relajando los hombros. Sus manos seguían rígidas a causa del frío, pero cuando Zaytseva se sentó junto a ella no dudó en estirarlas para abrazarle y se quedó en silencio, adormeciéndose con el aroma a mentol que desprendía la cabellera de la albina porque se había situado entre sus piernas, inclinándose de espaldas sobre su pecho. Cerró los ojos y disfrutó de la mejor de todas las jodidas siestas en Digital World entero, al menos durante unos minutos, hasta que la ucraniana le preguntó algo:

—¿Solías comer waffles cada domingo con tu familia?
—En realidad nunca he hecho eso antes —respondió bisbiseando.
—¿Cómo era tu vida en el mundo real?
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué los Digimon te llaman Heroína? —continuó preguntando Gaia, Dylan abrió los ojos de golpe y sus dedos que hacían un nudo con los de la ucraniana sobre el vientre de esta se tensaron un poco—. Nunca dices mucho de ti, ni siquiera durante el documental de Halsey —Tanneberger abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, tratando de darle un significado a sus sonidos.
—Si contesto tus preguntas, ¿hablarás conmigo? —consiguió decir al fin. Gaia lo pensó y tras casi un minuto mudo la sintió asentir con la cabeza.

Ygg sabía cuánto le disgustaba hablar sobre sí misma, pero iba a hacerlo. El aliciente era mucho más grande que sus miedos.

—Y-yo... —comenzó cuando recordó que no había tomado suficiente aire, así que llenó sus pulmones antes de proseguir—. Mi vida en el mundo real no es emocionante. Viví en diferentes lugares porque he sido expulsada de un colegio tras otro.
—Lo que quieres decir es que, ¿eres problemática? —inquirió en tono amigable.
—No exactamente —carraspeó antes de proseguir—. ¿Recuerdas mi condición? —dijo sintiendo los nervios disparándosele un poco, se golpeó ligeramente la cabeza contra la pared—. Nunca pude aprobar trigonometría ni geografía avanzada, pero sé en dónde está Ucrania —se apresuró en aclarar—. Y mis notas iban mejorando mucho, en verdad, mucho —intentó sonar firme.
—Y, ¿acerca de lo otro?

Apretó los labios y cuando los abrió de nuevo, las palabras salieron enrevesadas de su boca. Nunca había hablado largo y tendido de ese tema antes. Nunca. Ni con sus amigos, ni parejas, ni para el Tengu. Esa sería la primera ocasión, pero no se detuvo ni un poquito a pensarlo porque entonces su cabeza crearía un montón de pensamientos atemorizantes. Tras una versión corta de su relato seguramente su cara no tenía color, la garganta le dolía por forzarse a no rompérsele la voz y sus dedos apretaban más que nunca los de Zaytseva.

—¿Estás decepcionada de mí? —preguntó al final, se sentía afortunada de no ver el rostro de su pareja porque encontrar un sentimiento de desilusión en él le habría demolido por completo.
—¿Por qué? —preguntó Gaia.
—Porque fui una cobarde —dijo con total sinceridad, recordando a aquellos chicos valientes que deberían respirar el aire que respiraba ella.
—‘Decepción’ es una palabra muy fuerte, ¿qué tal ‘sorprendida’? —la ucraniana se volteó y le miró directo a los ojos para no dejar lugar a dudas. Algo se agitó en el pecho de Dylan y la angustia cambió muy rápido a alegría.
—Tu eres mi primera persona favorita —le aseguró tras una corta sonrisa. No se lo dijo antes, al menos no directamente y ese era el momento perfecto para aclararlo. Y tuvo que besarla, porque si no lo hacía iba a enloquecer.
So, un mes entero de Digi-aerobics —retomó Zaytseva después de separarse. A la rubia se le colorearon las mejillas, era un mal momento para mirarse de frente—. ¿No pudiste prometer solo una semana?
—¿Eres la voz de mi consciencia?



Bishamon Bishamon dele
 

All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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Gaia esbozó una mueca que se debatía entre las ganas de reír causadas por la pregunta (la manera en que fuera dicha), y la impresión por la irónica coincidencia. Finalmente sucumbió tras sonreír mostrando su perfecta dentadura en contraste de lo que hiciere su chica: Dylan se cubrió media cara a modo de lamento al considerarse saboteada por sí misma. Apenas podía ver a la peliblanca por el entremedio de sus dedos, porque odiaría mucho más perderse de esa atractiva curvatura de labios.

—Estaré en primera fila viéndote —el corazón se le aceleró a la germana—, no puedo perdérmelo.
—No los primeros días, por favor, Aleksandra. —La Ucraniana se apoyó de sus manos para inclinarse hacia DTB. Su intención era mantener su rostro bastante cerca del de la otra fémina en lo que se evidenciaba divertida por la situación; Tanneberger se enfrascó en negar con un movimiento muy lento de cabeza tratando de no perder la batalla contra el asentir de Gaia y el hechizo de esa mirada. ¡Pura trampa! Porque las circunstancias se encargaban de poner todo en favor de la modelo, ¿o del suyo? No podía negarlo: hacía minutos no se hubiera imaginado estar así con su pareja, en una lucha sinsentido pero tontamente entretenida, de sobra placentera. Ni siquiera cuando la médium inclinara un poco su cabeza casi que debajo de la de la rubia, no dejaron de rebatirse.

Ni siquiera cuando sus labios se encontraron.

Ambas resolvieron sonriendo sin romper el roce, preámbulo de lo que sucedería tan pronto la más experta en cuestiones digitales pusiera sus manos en la parte baja de las mejillas de Gaia, permitiendo que los flequillos blanquecinos recayeran sobre sus falanges. Momentos como esos serían perfecta excusa para querer controlar el tiempo, poder detenerlo o retrocederlo siquiera siempre un segundo. El retrato no solo sería perfecto; también eterno. A Zaytseva no le importaba quedarse prendada de esos suaves, aditivos y atractivos labios. Podía admitir que jamás hubiera esperado que la mujer perezosa, que la acorralaba, besara tan bien; que fuera tan devota al estudio de su cuerpo para grabarse sus zonas clave… y no perdiera conocimiento teórico durante las múltiples prácticas. Lástima que no fuese un asunto académico; aprobaría siempre con notas sobresalientes, sin esfuerzo. Por ello se removió un tanto al sentir el toqueteo detrás de sus orejas, en el recorrido que empezara DTB hacia su nuca. Sus brazos temblaron, alerta de una pronta pérdida de fuerza a causa de oleadas cargadas de éxtasis.

Esta vez Dylan fue la primera en reír al saberse con cierto control. Al término de saborear su boca, no permitió que la eslava se alejara porque sabía que le reprendería con la mirada; rodeó su cabeza, atrayéndola hacia su pecho, permitiéndose recostar el moflete derecho sobre los mechones blancos y respirar el buen aroma de los mismos.

“—¿Te asusta?
—¿Quién? —El de fuego apuntó al sujeto del dibujo. —Solo me preocupa que pueda estar aquí porque sabes lo que significa, ¿no?
—Pero ya no es igual —su tamer bajó la cabeza—. Cada vez más me hago fuerte y tenemos amigos. Halsey y Rain nos ayudarían siempre; Dylan te quiere, ¿no? —Shura regresó la mirada hacia el child, quien tuviera una flama figurativa en sus ojos producto de la firmeza con la que hablara. —Y si una persona quiere a otra, no dudaría en estar ahí, ¿no?”


«No lo dudaría» «No lo dudaría» No dudaría en lo que pudiera hacer Dylan por ella ni en lo que profesara por ella. Motivada por la cálida sensación que emanaban sus cuerpos, Gaia acomodó su cabeza en el antebrazo de la heroína, cerró los ojos un instante e inhaló profundo. Quería embriagarse del aroma natural que desprendiera su pareja, perfecto elixir que sosegaba sus sentidos. Que DTB empezara a acariciarle el cabello le sacó una sonrisa boba que poco le interesaba retener. Supo que su persona favorita le descubriría si continuaba apartando las hebras que le separaban de su mirada, quizás nada le daría más gusto que el que confirmara lo que era capaz hacer con un simple gesto. Abrió los ojos al tiempo que recibía un beso en la mejilla, de repente queriendo componerse para poder delinearle el borde de la nariz antes de estampar sus labios contra los de ella brevemente.

El contacto fue fugaz porque la modelo tenía otros planes y hasta hacía poco reparó que se hallaban en medio de un pasillo, de cara a una hilera de apartamentos por el que pudiera aparecer alguien oportunamente. Odiaría que aquel momento fuese interrumpido por azares del destino, así que tomaría las riendas del presente empezando al sujetar las manos de la alemana.

—No he sido muy justa contigo. —No tuvo necesidad de alzar sus azules para interpretar el silencio de la expert. —No debí… evadir tu pregunta, allá arriba.
—Ya no importa —repuso rápido, con una suavidad particular que atrajo la mirada de su receptora hacia sus orbes—. Mientras contaba mi experiencia me di cuenta de que hay detalles de nuestras vidas —ahora tomaba el anterior papel de su pareja; observaba la unión de sus manos, cómo jugueteaban sus dedos a punto de entrelazarse—, que… —tragó en seco, queriendo no titubear—, serán problemáticas de contar. —Dejó caer los hombros y suspiró, liberando una gran carga ficticia que parecía oprimirle el pecho. —Qué pereza, ¿no? —Agradeció que su acompañante le contagiara sus ganas de sonreír. —Sé que algún día me contarás.
—¿Qué crees? —La curvatura de sus labios se tornó ligeramente suspicaz. —No tengo por qué guardármelo por más tiempo.
—Soy todo oídos. —díjole en tono automático por los efectos de la incredulidad, genuinamente deseosa de escuchar. Sin embargo, Sasha carcajeó casi entre dientes en lo que daba palmaditas al dorso diestro de la rubia.
—Lo sé y me encantaría empezar ahora, pero —arrugó los ojos a modo de no agradarle mucho la idea—, prefiero usar lo que nos queda a solas contándote otras cosas. —Se puso a rotar la yema de su índice por los nudillos de la otra tamer. —Pagarás con un mes de digi aerobics. Halsey no puede salirse con la suya tan fácil. —Levantó la mirada, un poquito una de sus cejas en lo que sonreía de lado, sumamente confiada y socarrona. A Dylan se le colorearon las mejillas.

La decisión puso contenta a la amante del océano, quien le regalara un sutil apretón de manos con la intención de hacérselo saber. Esperó que su chica pudiera percibir sus sentimientos a través de la sonrisa que quisiera esbozar a sus anchas, mas sabía que lograrlo en su cabeza era mucho más sencillo. De todos modos lo intentó.

Antes de empezar, Shura preguntó si prefería que se mantuvieran de frente o si no le importaba volver a compartir su calor, por supuesto usando otras palabras menos poéticas. La germana no lo pensó ni un cuarto de vez; separó su abrigo invitándola a ponerse en medio, cubriéndose ambas con la misma tela desde que Gaia se despojara del suyo y se dejara atrapar entre sus brazos.

Justo aparecieron las voces de un grupo de digitales y sus tamer arribando por el ascensor. Las féminas optaron por el silencio, a la espera de que desaparecieran por el pasillo. Asimismo les dio orgullo que ninguna reprimiera sus sentimientos ni destruyera la postura en la que estaban a causa de unos extraños, miradas que inevitablemente dieron a parar sobre ellas. Tampoco ignoraron los murmullos al respecto, sobre todo tras reconocer a la compañera de Gomamon y mencionar la palabra prohibida. Gaia se aferró al abrazo de Dylan fungiendo ser su soporte, apenas notando que la nadadora bajara la cabeza y no por intentar (banalmente) pasar desapercibida.

—Hey —susurraba aun mirándola—, no tienes por qué castigarte. —La aludida trató de espantar el aura naciente de amargura, dibujada en su diminuta sonrisa. Casi todo el tiempo sus pensamientos lograban dominar sus emociones, siempre resultando ser más fuertes que la propia fe que se tuviera a sí misma. Por eso era fácil caer, tropezar; dudar. —Dylan, ¿has pensado por qué Gomamon no se siente afectado al escuchar esa clase de comentarios?
—Blasfemia, ¿de verdad lo preguntas?
—Obvio que la respuesta inmediata es que se cree el rey del Digimundo —la escuchó reír un par de segundos—, que le gusta la atención y agasajarse.
—So?
—Más profundo —Tanneberger frunció el ceño—. Esos detalles son superficiales.
—¿Qué quieres decir? —Sus ojos se encontraron durante una brecha corta de silencio.
—Si te juzgaran, si tuvieran malas intenciones al reconocerte, on budet pervym, kto otvergnet eti kommentarii. —Tenía razón, constándole que en ocasiones puntuales ha pasado por eso y su queridísimo digimon no ha desperdiciado el chance de defenderles; proteger su honor. —No seas tan dura contigo —apoyó su frente del mentón de la rubia—. Aunque es irónico que te diga estas cosas. Soy la primera en reprocharme los errores —DTB alzó los párpados—. Por eso puedo entender cómo te sientes —se separó unos centímetros, viéndola a la cara—, y saber que por lo mismo no es un sentimiento agradable. —Retomó su acomodada posición al poner la espalda sobre el pecho de quien la escuchara. —La gente dice que de los errores se aprende.
—Quiero aprender a que no me afecte… —confesó muy honesta.
—Sé que aprenderás; yo también lo haré. —pronunció lo último en un tono más bajo pero audible.
—Tú eres perfecta.
—Tú eres perfecta. —repitió queriendo simular la manera en la que lo dijera Dylan, solo que no pudo aguantar reír al darse cuenta de cómo la miraba la aludida. —No somos personas perfectas. —Repuso más seria, aun sonriendo. —Solo eres —se mordió un poquito el labio inferior; sus pómulos se tiñeron de rojo, color que acrecentara ante la mirada expectante de su persona favorita—, mi complemento perfecto. —El cerebro de Tanneberger hizo corto circuito un instante. —¿Recuerdas lo que ocurrió en el aeropuerto? En Alemania.

Luego de empezar a frecuentarse más seguido, de parecer que poco a poco iban forjando una amistad motivada por la prioritaria necesidad de tener humanos cerca que destilaran confianza, entendieran el manual de supervivencia de aquel universo y se apoyaran entre sí para apalear la incómoda soledad, Gaia logró remembrar su primer encuentro con Dylan suscitado en el planeta de ambas. Venía con la sensación de que aquella insípida, taciturna y atolondrada tamer la había visto en alguna parte. Cinco años atrás, para ser precisos. ¿Cómo logró conectar recuerdos? Gracias al dato que juró no olvidar nunca: su apellido. Sería inevitable saberlo más temprano que tarde, sobre todo al tener una conocida en sus vidas llamada Halsey “Torbellino” Volk. Luego Gaia confirmó que la germana llevaba tiempo con esas imágenes de antaño rondando en su mente; ¡cómo olvidar uno de los momentos más OMG de su, según ella, no tan interesante vida! Aunque al principio la incredulidad la invadiera, precisamente tras tantos años ajena a cualquier atisbo terrícola.

¿Toparse dos veces con una de sus modelos favoritas? ¿En serio?

DTB hizo un sonido en son de responder positivamente.

—¿Qué crees que hubiera sucedido si te invitaba a venir conmigo? —echó la cabeza a un lado, de modo que no le fuera trabajoso alzar la vista hacia el rostro de la rubia. —A la fiesta —añadió queriendo dar trasfondo al recuerdo—, a la actividad que me llevara a tu país.
—Seguro yo… —apretó los labios un poquito—, yo no te hubiera gustado para nada.
—¿Cómo sabes qué no? Me pareciste agradable.
—Agradable. Blasfemia, Aleksandra. —Su voz cuasi monótona hizo reír a la eslava. —Ha pasado mucho tiempo. No parece que sea la misma de antes.
—Admites que has cambiado.
—Me esfuerzo por ser mejor persona. —Decirlo le sorprendió mucho más a su propia consciencia que a quien la escuchara con especial atención.
—¿Qué hubiera pasado entonces, Dylan Tanebergar Sch… —le resultó trabajoso pronunciar correctamente ese apellido durante un largo rato, perfecta excusa para sacar a colación en los ratos que no quería guardar silencio estando en su compañía, pues la germana se dedicó a enseñarle el fonema para una correcta reproducción. Ahora bromeaba con el asunto y la rubia solo se dejaba llevar.
Sshlútar.
Scchuter. —Su temporal maestra puso su mano izquierda sobre el mentón, encajando el hueco entre el pulgar y el índice en dicha zona cual prototipo de muleta para quijadas. Fue delicada al pedirle sin verbo que reclinara la cabeza hacia atrás con tal de verla lo más que se pudiera debido a la posición. Graciosamente Dylan le apretó las mejillas con los dedos, produciendo a la par el sonido de la consonante “sh”, incitándola a imitarla en lo que le apretujaba los labios. A la ucraniana solo le daban muchas ganas de reír. —Sshlútar, Sshlútar.
—Muy bien, Zaytseva. —Se dejaron llevar por las risas que pronto, casi de golpe, ahogaron los residuos de aquel gesto debido al eco del pasillo. La expert entonces le regaló varios besos en distintas partes del rostro como premio. —Respondiendo tu pregunta, otra vez… —suspiró. Suerte que tenía más para decir, que no estuviera relacionado con echarse por tierra—, era una desconocida. ¿De verdad ibas a andar con alguien que apenas veías por primera vez?
—So? —Levantó los hombros un segundo. —Partimos de lo desconocido todo el tiempo, Dyl —aparcó una de sus manos cerca de la cara de la expert, inmediatamente acariciándole la mejilla con los dedos; grácil y ladina—, rumbo a lo que se supone podría formar parte de nuestras vidas.



Raving George Verwest
 

xx
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—¿Puedes ayudarme? —le preguntó Zaytseva.
Ja —respondió en su idioma natal y ensanchó una sonrisa mientras se quedaba enganchada al espectáculo que era la modelo caminando hacia su habitación, de regreso, cruzar el vestíbulo y llegar a sala de casa de Halsey para sentarse junto a ella en el sofá. Ni siquiera necesitó palomitas, con toda esa comida en el restaurante italiano no le hacían falta, de todos modos—. ¿Qué necesitas? —se inclinó hacia ella lo justo para obligarle a mirarle a los ojos. Le inquietó encontrar en aquellos azules una mezcla de disgusto y pánico fusionándose para convertirse en enojo.
—Saber en dónde está —determinó molesta, levantando sus manos para mostrarle una fotografía instantánea protagonizada por un hombre.

Aquella premisa casi le paró el corazón del pecho, porque el varón gozaba de rasgos puntuales que aludían a los retratos en la vieja libreta de Gaia: se parecía a Vanya, pero el Vanya de carne y hueso. Jodidamente aterrador. Seguramente su cara carecía de color y deseó que no fuese tan fácil reconocer el escenario de la instantánea, la verdad.

—Su nombre es Vladimir —aclaró Gaia, y le agradeció en silencio que lo hubiese hecho. Sus latidos retomaron el cauce natural de su organismo.

...
..
.

Frunció el ceño nada más despertar y abrió los ojos, pero había demasiada luz como para abrirlos de golpe. Enterró la cara de vuelta en la almohada y dos segundos después, inició la maniobra que podría haberle dejado ciega para siempre, porque su cabeza le llevó a recordar algo que era casi tan importante como respirar. Se levantó tras un sobresalto y salió de los futones en pijamas.

—¡Dylan! —le llamó Gomamon con tintes de preocupación desde ‘el lecho del rey’, o más bien desde su propia colchoneta.

El Digimon le siguió por el pasillo de la vivienda, por el pasillo del edificio y por las escaleras hasta llegar a la azotea. En ese sitio buscó casi desesperada la bolsa de dulces que comprase la noche anterior en la tienda de Monzaemon, solo para descubrir que se había esfumado por completo. Kapoom, como por arte de magia. Se llevó las manos a la cara y bufó un poquito, molesta con sí misma, pues ahora tendría que inventar una excusa para Tommy y Dex después de haberles prometido caramelos típicos de Halloween. Era eso u obtener nuevas golosinas en tiempo récord. Qué pereza.

—Blasfemia, mil veces blasfemia —masculló con la misma impresión que un autómata.

Pero, ¿podía culparse realmente? Cuando se acercó al murete en donde acorralase a la ucraniana la noche anterior para besarle hasta perder la respiración, sus mejillas se colorearon un poco. Adiós automatismo y hola humanidad. En tal situación, fue normal que algo tan trivial como dulces hubiese quedado relegado a un segundo plano.

—Dylan, ¿qué sucede? —indagó Gomamon luego de trepar sobre sus hombros—. ¡Te dio fiebre! —le señaló observando sus mejillas—. Estás enferma, Dyl, sabía que esa cena preparada por seres inferiores era una muy mala idea. Deberás reposar y no salir otra vez, jamás, con esa humana cabellos de...
—¡N-no! —interrumpió—. No es eso —se apresuró en aclarar— Süßes oder Saures? —le preguntó al Digimon pinchando una de sus mejillas.


[...]


Sabafaj oran Surejes —repitió el Digimon, con la cara escondida detrás de un libro de alemán para principiantes. Esa fue su frase preferida en todo el viaje a la tienda de Monzaemon de ida y vuelta. A tan temprana hora, ellos habían sido los primeros clientes.
—Estás mejorando —afirmó para alentar los ánimos de su compañero, pese a que su pronunciación aún necesitaba mejorar bastante. Gomamon sonrió con sus feroces dientes de fuera y movió la cola de lado a lado.

De vuelta en su habitación, no le sorprendió ni una pizca encontrar a Dex fuera del Xros Loader corriendo de esquina a esquina para alivianar sus energías. Quizá si le ofrecía al Baby una barra de chocolate con crema de maní, le daría aliciente para seguir corriendo por todo el departamento, por todo el edificio, por toda la isla entera. Tan sólo imaginárselo le arrancaba una diminuta sonrisa y le divertía en proporciones generosas, así que se puso en cuclillas en medio de la habitación y vio al Child ir y venir, hasta que este reparó en la bolsa de golosinas que colgaba de su brazo izquierdo. Cuando Dexter lo descubrió, sus ojos brillaron como dos relucientes estrellas.

—Hey, Kiddo —saludó Tanneberger atrapándole entre sus manos.
—Comida, comida —parloteaba sin parar el Baby.
—Es tuya —le dijo para que se tranquilizara un poco—, pero, ¿podrías responderme algo primero?
—Barbaján, debe ser difícil poner en práctica tus inexistentes modales, ¡bah! —Gomamon le miró de una manera juzgona—. Será mejor que escuches a mi querida Dylan.
—¿Podrías decirme en dónde es esto? —Tanneberger sacó la fotografía de Zaytseva de uno de los bolsillos de su abrigo y se la mostró a Dexter. Irremediablemente, Gomamon se inmiscuyó sobre su regazo y en el espacio entre sus brazos y se asomó para no perderse nada de lo que estaba sucediendo.
—Dyl, ese lugar es... —el acuático arrugó su frente y enarcó una de sus cejas.
—Folder, Folder, Folder —recitó el Baby llenándose la boca de dulces, confirmando sus sospechas.
Bist du sicher? —preguntó una vez mas.
—Folder, Folder, Folder.



Bishamon Bishamon este pedazo estaba muy corto (?
 
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All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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Tal como se lo había anunciado: haría que Volk no se saliera con la suya tan fácil, a pesar de que pasara lo que pasara en realidad no iba a afectarle a la montenegrina. Dylan y Gaia continuaron charlando de asuntos menos pesados, iguales de importantes. Ese “domingo de wafles”, ¿desde cuándo empezaría? ¿Qué sabor de mermelada les gustaba? ¿Estaba bien el cereal? Siempre que fuesen Cheerios. ¿Por qué las flores en presentación impar? ¿Tenis o zapatillas de tacón? ¿Pasarela o fotografía? ¿Té negro o té verde? ¿Con un poco de leche o burbujas frutales? Mientras más sencillo y tradicional, mejor. ¿Calor o frío? Definitivamente frío, porque fue inevitable coincidir en una irrefutable verdad: tan solo era la excusa perfecta para acurrucarse como hacía rato y encontrar calidez.

¿Habría forma de convencer a Gomamon y Vanya de que fingieran… sentir atracción? Ni siquiera con una apuesta; eran como agua y aceite, uno más adaptativo que el otro. Coincidieron en que la foca se comportaba levemente mejor con el ígneo cuando se trataba de sus fotografías y a modo de revelación de último momento, aunque confidencial, DTB le contó que a veces Gomamon extrañaba sus platillos. De repente, la heroína detuvo el tiempo en su mente un instante; qué perfecto sería todo si todos lograban mantenerse unidos, felices, como una… familia de verdad.

—Dyl, ¿estás ahí? —La germana parpadeó varias veces ante el vaivén de la zurda de Gaia frente a sus ojos. —¿Qué te pasó? Te fuiste lejos.
—Lo siento. —Giró un poquito para poder ver mejor a Shura. —Pensaba.
—Hmm. —La eslava se puso de pie, quitando las arrugas de su vestimenta antes de ponerse encima su abrigo.
—¿Qué? —Le imitó, pero parándose un escalón más arriba. Gaia pasaba sus dedos entre su larga melena, intentando sentirse conforme con algún peinado improvisado. Sin embargo, su acompañante se tomó el atrevimiento de continuar esa labor: primero lisando sus suaves hebras, aprovechando que podría acariciarle la cabeza; después hundiendo sus dedos, partiendo por la frente y luego hacia atrás, guiando los flequillos en dicha dirección. De esa manera el rostro de la modelo quedaba totalmente expuesto. No habría ningún detalle que se le pudiera escapar a sus ojos verdes. De repente, Shura se sintió nerviosa. ¿Cómo disimularía el rojo de sus pómulos estando así? —Pensaba… en nosotros.
—¿Nosotros? —Alzó ligeramente los párpados, expresión que variara al tacto de Dylan contra su mentón. Apenas curvó los labios cuando su persona favorita empezara a acariciarle con el pulgar.
—Sí —hablaba casi ida, bastante embelesada en su labor táctil—, todos nosotros.
—¿Hablas de nuestros digimon, nosotras, y… —Tanneberger asintió a pocos centímetros de robarle un beso. Gaia se sorprendió, pero no tardó nada en aceptar la muestra de afecto al mover los labios al ritmo correcto.

.
..

..
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—¿Te quedarás dibujando toda la noche? —Vanya acomodaba su espacio para dormir. Su tamer llevaba un buen rato realizando trazos en la usual libreta que utilizaba para plasmar sus sentimientos, como lo denominaba el ígneo. Era terapéutico, según Sasha, sobre todo al confrontarse con ciertas imágenes. Esa en particular lograba que mantuviera una sonrisa boba por mucho tiempo.
—Me quedaré con la luz de la lámpara para no molestarlos.
—¿Está todo bien, entonces? —Lo preguntaba por lo mismo de que Gaia solía dibujar a modo de desahogo. La aludida se limitó a morderse el labio inferior unos cuantos segundos, en lo que las imágenes de lo ocurrido con DTB le terminaban de reanimar cada fibra del cuerpo. Sin despegar la mano del papel le respondió con un “sí”. —Me alegra que Dylan te haga feliz, Shura.

La humana se detuvo de golpe. Su mejor amigo yacía con los ojos cerrados, lo que no le impediría preguntarle si lo que escuchó fue lo que en verdad dijera. ¿Acaso era demasiado obvia? Se sentía un tanto impropio de su ser. Solo pronunció su mote sin esperar que de verdad fuera a corresponder el llamado; sus oídos no pudieron haberle engañado porque conocía muy bien al sagrado, su sentido optimista y protector para con ella. Le impresionaba siempre lo absorbente que era al tratarse de las emociones humanas y sus múltiples formas de manifestarse. Como con solo observar era capaz de entender mensajes que no requerían alterarse con palabras.

Sasha le deseo buenas noches. También le agradeció.

Sus azules retornaron al boceto que esperaba culminar para tempranas horas. Sutil y sin ninguna prisa paseó sus dedos por el papel, por las líneas; los expertos solían decir que ante trazos fuertes, la presencia de sentimientos caóticos se evidenciaba más. Tal vez no se equivocaban. La eslava arrancó esa hoja para ponerla sobre la mesa junto a otras dos que también expropió de la libreta.


Iván -> Dylan <- Vladimir

Pintaba a ser una ecuación interesante porque cualquier forma de resolución llevaría a un único resultado.

—Qué buena diseñadora eres, Gaia. —díjose para amenizar consigo misma.

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..

..
.

Se escuchaba la melodía de una canción infantil producida por un programa de tv que a Gumita le gustaba ver. Era tan similar a un niño pequeño, pues imitaba los movimientos de otros digitales bebés y se esforzaba por seguir la letra, consiguiendo solo decir palabras sueltas. En el comedor yacía Zaytseva apenas percibiendo los sonidos en la lejanía porque sus pensamientos se hicieron dueños de toda su atención; tenía curiosidad de lo que pudiera estar preguntándose o suponiendo su persona favorita al acceder quedarse la imagen del ruso parlante. No quería terminar una buena noche con algo no tan agradable, pero quería dejar de excluir a la rubia de sus “problemas” y ese era el primer paso.

—Toma —Vanya le había preparado un zumo con algunas moras—. Espero que no esté muy dulce. —Gaia agradeció y probó la bebida, dando su aprobación al verle de determinada forma. —Shura, ¿cómo te fue en la cita con Dylan? Regresaron tarde. —La interrogada entrecerró los ojos.
—¿Mi madre te ha pagado para que me supervises tan minuciosamente? —Coronamon se sobresaltó. Dicha reacción provocó una corta risa en la humana. —No sabía que tenía que pedirle permiso, señorito.
—Solo me preocupo —cruzó sus brazos dramatizando indignación—, Lesya.
—En serio sabes imitarla.
—Todavía sigues siendo mi hija —levantó un dedo—, me preocupo por tus asuntos, sobre todo al tratarse de tus relaciones personales —Gaia se cubrió la boca al reír—. Ten la decencia de presentarme a tu pareja.
—Mi pareja… —subrayó la palabra con su resaltador mental amarillo chillón; Tanneberger hizo alusión al significado de aquella comprometedora palabra mientras cenaban. Su voz interior empezó a repetirla sin cansancio y con cada pronunciación le gustaba cómo sonaba. La modelo acomodó su cabeza en su mano izquierda; tenía el codo apoyado en la mesa. Al diablo la etiqueta y el protocolo. —Ayer solo sucedieron cosas muy buenas —confesaba casi risueña hasta que se espabiló ante la consciencia de un hecho—: ¿puedes creer que utilicé el ascensor sin sentir que me asfixiaba? —Vanya se asombró más que ella. —Ni siquiera lo pensé. Entramos ahí y… me sentía tan segura y protegida que nada pasó.
—¿Entonces te curaste? —Negó en medio de la sonrisa que aun mantuviera.
—No tienes que preocuparte por nosotras. —Agarró el vaso para terminar con lo poco que quedara. —Bueno, de repente puede que me veas algo pensativa —Coronamon confirmó esa sospecha—. Es porque, ya sabes, no saber de Vladimir a veces ocupa mi mente.
—Aleksandra.

El child de fuego y su tamer giraron con una perfecta sincronía, mostrada también en la expresión de sus rostros. El felino fue el primero en recobrar su anterior postura, adelantándose a cualquier otro intercambio verbal al ofrecerles a DTB, Gomamon y Dex un poco del jugo que preparó. A Shura se le detuvo el corazón una céntima de segundo. Queriendo lucir discreta, quitó de encima de la rubia su mirada aprovechando que Dylan aceptaba cortésmente lo que le ofrecían; Dorimon ni siquiera tenía que responder porque su opción era obvia, mientras que el rey se abstuvo. Su razón era digna de la realeza… del siglo XV. Probaría del vaso de su querida humana luego de que ella diera luz verde y se inventara una excusa que solo le resultaría convincente a él; en el juicio del barbaján no confiaba ni un gramo.

La nadadora dejó libre al pequeñajo morado, quien no perdería el rastro del alimento mientras retozaba junto a Tommy. La silla que tomara se ubicaba a un lado de la modelo, permitiéndole verse de frente en dado caso. Gomamon descendió a la base de la mesa.

—Creemos saber cuál es el lugar donde fue tomada la foto. —¿Hola, cómo dormiste? Bien, ¿y tú? Estuve pensando toda la noche en ti… solo quería que lo supieras; ¿Ese era su saludo? Gaia no solo guio sus luceros hacia la otra fémina por la fresca información. Probablemente Dylan escuchó lo último que le dijera a Vanya. —Te sorprenderás cuando te cuente quién lo descubrió.
—Ese barbaján tenía que ser bueno para algo —Dex correteaba detrás de Tommy—. Bah, solo fue suerte.
—Es Folder. Estoy segura que fue en ese continente, ¿el lugar específico? Quizá Star City.
—¿No fue allí donde estuvieron?
—Y debimos quedarnos.
—Gomamon. —Sasha tomó la fotografía que la nadadora le devolvía, aparcando sus azules cuasi grises sobre la misma.
—Espero te guste. —Vanya depositó el vaso con el néctar frutal frente a la otra humana del cuarto.
—Muchas gracias —DTB trató de sonreír.

En ese instante Sashenka se puso de pie, arrastrando los orbes verdes de quien estuviera interesada en ella y su situación; un par de miles de preguntas más inundaron la cabeza de la heroína porque siempre sí escuchó el comentario que hiciere Gaia, segundos antes de llamarla. No quería ser presa de la angustia ni de los pensamientos intrusivos que solo servían para despertar su lado hiperactivo. No obstante, se reprimió al no alzar la voz cuando la modelo se disculpara y marchara por el pasillo que guiara a su habitación. Gomamon que estaba muy cerca pudo sentir que las extremidades de su tamer temblaban un poco.

Dylan resolvió imitando a la otra chica, cediéndole lo que quedara de bebida al child acuático y pidiéndole que la esperase ahí mismo. Los más conscientes de lo que ocurría le siguieron los pasos sin mover un ápice de sus cuerpos; aguardaron casi en suspenso la decisión que tomaría la alemana una vez se parara en el punto medio del corredor de los cuartos. Su cuello giró hacia el camino que viera a la ucraniana perderse. ¿Quién podría imaginarse una escena tensa con una música infantil detrás? ¿Sería acaso la música de fondo ideal para con la actitud que su impulsivo ser le exigía mostrar? Blasfemia.

La expert tomó la dirección opuesta a la de cabellos blancos. Gomamon y Coronamon chocaron miradas manteniendo la extrañeza, hasta que la foca adoptó otra postura y facción más dura.

—¿Qué le hizo la pelos de anciana a mi querida Dylan? ¿Por qué Dylan le dio la foto de ese ser ordinario? —habló con el pitillo en su boca.
—Shura no hizo nada —también cambió su expresión facial—. Y la foto le pertenece a mi tamer.

El autoproclamado rey estaba dispuesto a escupir otra pregunta o alguna frase exclamativa por la impresión que le generara la noticia, para mal; abrió la boca, solamente pronunciando unas cuantas palabras, pero tuvo que interrumpirse porque Vanya iba rumbo a alguna habitación. Parado en el sendero que se partía en dos miró a la izquierda y figuró en su mente a Sashenka. Luego llevó sus pupilas al lado opuesto bajo el llamado imperativo de Gomamon y reaccionó... DTB había salido de su habitación dejando ver la parte superior de su traje de baño, mientras que el resto lo cubría su pantalón corto. Llevaba el cabello recogido sin estética y sobre su hombro derecho yacía colgando una mochila. Coronamon no tuvo que caminar hacia ella, ya que la misma regresó al salón en busca del ególatra y Dex.

El de cabellos naranjas ya sabía para dónde irían; eso minimizó unos puntos la desazón de lo que descubriera hacía minutos, mas no era demasiado ingenuo para dejar que el estar a solas con su querida Dylan opacara su percepción. Estaba un poco preocupado. Antes de cruzar el umbral el child sagrado corrió hasta los que se marchaban, manteniendo una distancia prudente. Enfocó su mirada en la humana, obviando a su majestad y la presión que ejercía en que les dejara ir en paz.

—Si Shura pregunta, ¿qué le diré?
—Qué le importa, bah —Gomamon infló las mejillas.
—Solo vamos a nadar un rato —enseguida su digimon principal le llamó cuasi a modo de reproche, pero ella también ignoró esa actitud. Con lentitud se dio la vuelta y salió. Desde el interior se podía escuchar algo de la conversación que tuviesen humana y digital en lo que se abrían paso al ascensor.
—No tienes por qué decirle siempre a dónde vamos, Dyl.
—No tengo problema en decirlo —a diferencia de su receptor, su voz se notaba apagada —. Además, Gaia es mi... —los ojos del pelinaranja se abrieron desmesuradamente, expectante—, es... —recordó lo que le había dicho en el restaurante al caer en cuenta de que aquella salida era la primera que hicieren como una pareja; la eslava no pareció estar en desacuerdo con su observación, lo que le dio a entender que podían formalmente tratarse como una, ¿o no?—, es mi... ¿recuerdas lo de la cheeseburger y las papas fritas? —También estaba el misterio del sujeto de la foto. ¿Por qué le afectaba mucho a Sashenka? ¿Quién era en su vida? No sabía si era un obstáculo personal o un estorbo en su recién nacida formal relación. Por eso no la trató en calidad de pareja frente a Gomamon.

[...]

Gaia tenía minutos corridos observando la fotografía que disparara varios de sus terribles recuerdos. A veces se decía que podría tratarse de otra persona, con eso de que en el mundo supuestamente cada quien tiene un similar. Pero creería más en sus ideas si ese tatuaje no estuviera presente; apretó el puño, arrugando la esquina por donde la sujetaba. Sin embargo dejó la imagen sobre su escritorio y la enderezó lo más que pudo. No podía echar a perder la única prueba de que él se encontraba en el digimundo, no cuando tenía el presentimiento de que debía encontrarlo antes que él a ella.

—Vanya, Taras. —Se alejó del escritorio al sentir la presencia de los mencionados.
—¿Estás bien? —Gaia movió la cabeza de arriba hacia abajo suavemente. —¿Qué tienes en mente? —Cómo la conocía. Esa pregunta provocó que Shura curveara los labios. Gummymon fue hacia ella saltando para caer sobre sus piernas.
—Siento que debo ubicarlo primero.
—¿Lo extrañas?
—¡No! —Respondió sin titubeos, con el ceño un poco fruncido. —No tengo nada que añorar respecto a él.
—¿Entonces? —Tomó asiento más cerca de su tamer, dándose cuenta de que los ojos de la mujer habían cambiado de color. —Es un hombre peligroso.
—Por eso debo adelantarme a sus pasos... —suspiró. Con delicadeza pasó un par de dedos sobre la cabecita del baby. —No creo que haya venido por nosotros. No tenía manera de saber que vinimos, si acaso lo sabría después aunque no sé cómo. No soy famosa en este mundo.
—Pero Dylan sí.
—Apenas estamos empezando. —Refiriéndose a mostrarse más en público como lo que pretendían ser.
—¿Qué cosa?
—¿Qué cosa? —Repitió la interrogante para sí misma, por un instante confundiendo al sagrado.

Otra vez la imagen de las dos en el restaurante, el beso en la azotea, los mimos prolongados en las escaleras, su poco temor a hacerle saber en un baño público: cuánto podría estar muriendo por besarla (a la vez que burlaba al resto de la humanidad), lo cómodo que se sentía caminar abrazadas, sujetándole la mano o el brazo; sus manos tocándose sin resquemor ni vergüenza, sus bocas probando cada rincón de sus cuerpos… todo y más la hizo vibrar. Tan solo pensarlo daba abasto para que naciera una grata calidez en su pecho y que sus mejillas se empañaran de rojo. Inconsciente abrazó a Gumita; en un dos por tres se puso de pie con la intención de buscar a la experta.

—Si vas a buscar a Dylan, no está.
—¿A dónde fue? —Solo quería confirmarlo, pues supuso el sitio al tiro de escuchar a su mejor amigo. —¿Cómo la viste antes de marcharse? —Dio varios pasos más al interior de la habitación.
—Parecía querer salir rápido, pero no dijo cómo se sentía —otro suspiro por parte de Sashenka —. Iba a nadar. ¿Es malo eso?

La humana dejó libre al pequeño gelatinoso para poder llevarse las manos hasta su cabeza. Esta vez se sentó en el suelo, con las piernas reclinadas hacia arriba y los codos sobre sus muslos. Echó hacia atrás parte de su cabello, permitiendo que Vanya y todos los espíritus que estuvieran allí, de ser así, la viera con una expresión parecida a la angustia. Conociendo la guerra principal e interna de Tanneberger, lo más que podría hacer era evitar ser una causa de sus afecciones. Un detonante. Pero no quería pensar así. Decirlo de esa manera le hacía sentir como si estuviera a punto de romper lo que apenas estaba iniciando; una de las mejores cosas que le ha pasado en la vida, al menos algo puro, genuino y honesto.

—Necesitaré tu ayuda, Vanya.

[…]

La piscina que ocupara Tanneberger era otra de las instalaciones que quedaba a un paso de distancia de la residencia. Pertenecía a un complejo deportivo en donde digimon y humanos podían practicar estilos de lucha, trabajar la resistencia, ejercitarse o un deporte, como la natación; aunque la riquilla del mundo humano tenía sus razones particulares. Para pasar era necesario dejar una huella dactilar que para el caso de los digitales servía para diferenciarlos entre mismas especies.

El espacio de la alberca podría ser el más grande de todo el plantel. Estaba compuesto por dos niveles y todo un lateral ocupado por palcos. Daba la impresión de que en ocasiones realizaban competencias internas. Shura y Coronamon se ubicaron en el balcón, encontrando a la germana enseguida en una aparente carrera contra el rey, o bien él la alentaba a continuar cual entrenador con un pupilo. Los recién llegados concluyeron en eso porque la foca iba de un lado hacia el otro.

Si la heroína volvía a nacer, seguro reencarnaría en algún animal acuático. Estar rodeada de agua era estar en su salsa. No obstante, podría estar equivocándose con lo que le pareciera la interacción de su chica con el líquido clorado; una batalla. Un combate entre la germana y la realidad.

—Dylan nada muy rápido —la humana volvió a centrarse en el momento—. ¿Debo ir ya?
—Ya sabes qué hacer.

Zaytseva se echó para atrás, cuidándose de no dejarse ver por alguien que pudiera delatarla. Enseguida Vanya vociferó el nombre del ególatra con insistencia, logrando que tras un quinto llamado Gomamon reaccionara cuestionándole lo evidente: ¿qué hacía ahí? Su tamer se sacó los lentes una vez alcanzara el borde. El ígneo le pidió que aguardara un minuto, que se acercaría. Tenía algo importante que decirle y no podía esperar a que regresaran. Dylan aprovechó para salir en busca de un termo; ella y el felino se saludaron al cruzarse por el lado. Qué extraño, pensó la fémina, e inconsciente escudriñó el rededor en busca de algo perdido.

—¡Cómo osas en interrumpir este momento sagrado!
—Su majestad, sucede que estoy en un dilema que solo usted puede resolver —ahí estaba su tono burlesco; lo hacía tan bien que parecía que de verdad le rendía pleitesía.
—Tienes suerte de que soy misericordioso con los seres inferiores —levantó la cabeza en pos de verle con las pupilas hacia abajo.
—Es que, ¿recuerda al V-mon que vendía los churros? Que le reconoció como héroe…

No recordaba al súbdito pero sí la situación. Estaban grabando el documental de Halsey y decidieron hacer una parada para merendar unos churros. Gomamon apostó a que si le reconocían como “héroe”, además recibió churros gratis. Los engulló todos casi de un bocado. ¿Cómo olvidar un momento de humillación hacia sus plebeyos? Ubicado en tiempo y espacio, Coronamon prosiguió con su parte del plan: díjole que V-mon había localizado su residencia, buscándole para que fuera la imagen de su puesto. Tenerlo de modelo le ayudaría a que sus ventas incrementaran.

La palabra “modelo” hizo clic en el pelinaranja.

—¿Escuchaste eso, Dyl! —Sus grandes ojos brillaban. Todo su ser desprendía un aura digna de anime, de fondo rosa y detalles coloridos, destellantes. La aludida tenía un par de minutos cerca de ellos, por lo que escuchó lo que dijera Vanya. Parecía ser cierto. No obstante, la palabra con h hizo que bufara. Una tremenda pereza le invadió.
—Necesitamos mostrarle fotos suyas, majestad. No sé cuáles elegir…
—¡Yo debo ser quien las elija, por supuesto! —Tocó su propio pecho con una aleta.
—¿Me acompaña?
—Obvio no puedo, pelafustán.
—No puede pasar de hoy y mientras más temprano mejor.
—¿Qué dices Dyl? —Buscó su mirada, obteniéndola ipso facto. La rubia peinó sus pelos naranjas.
—Creo que deberías hacerlo —Y se emocionó aún más—. Yo estaré aquí un poco más. Te veré en el departamento, ¿okay?
—Ja! —Eso sí lo pronunciaba bien.

Les vio marcharse sin apartar la mirada de ese mismo sendero, como si esperase a que ocurriera algo más. Tenía la corazonada de que lo de Coronamon no solamente era para beneficio de Gomamon, si es que en verdad la promoción estaba en puerta; que se tomara la molestia de venir a avisarle decía mucho.

Cinco minutos más tarde, convencida de que nada extraordinario sucedería regresó a la orilla de la piscina solo introduciendo sus pies en el agua. Cerró sus ojos para iniciar un corto ejercicio de relajación en conjunto a la respiración. DTB inhaló con suavidad y exhaló con la misma parsimonia por su boca, repitiendo el proceso un par de veces mientras buscaba concentrarse, captar entre lo más profundo de los demás estímulos el olor del agua clorada. No era un aroma grato, pero sí placentero; formaba parte de lo que le funcionara para sumergir sus pensamientos en lo que ella quisiera y a veces era el silencio que proporcionaba estar debajo del líquido cristalino. Al terminar abrió los ojos sin prisa, lista para lanzarse al agua de no ser por quien estuviera a su lado.

—Perdón por invadir tu lugar especial —Shura también tenía los pies dentro del agua.
—¡Lo sabía! —la albina no pudo preguntar al respecto, pues de un momento a otro se encontró atrapada entre el suelo y quien le gustara. Gracias a la almohadilla que fuese la mano de Dylan al estar detrás de su cabeza, el encuentro con el concreto no fue doloroso. Su corazón latía rápido y la calidez de su cuerpo aumentaba a medida pasaban los segundos, perdiéndose en los ojos esmeraldas de la rubia. DTB dejó escapar una cortísima carcajada que hiciere que Sasha sonriera tras confirmar algo que por supuesto le encantaba desde hacía mucho: le gustaba muchísimo cómo el rostro de la germana se iluminaba al manifestar esa clase de sentimientos.

Tanneberger no tenía idea de lo linda que era su sonrisa.

Los brazos de Zaytseva rodearon la húmeda espalda de su chica poco antes de darse un beso. La nadadora acariciaba la mejilla derecha de su amante, poco a poco introduciendo sus dedos por detrás de su cabeza. De esa forma le diría que deseaba profundizar el contacto, pero por más que desearan dejarse llevar sabían que aquel no era el mejor lugar para ceder a los impulsos; aquel beso ansioso se convirtió en otros más cortos y tiernos que sucumbieron ante la risilla que las embargara, tal vez por la pena o solo porque yacían contentas.

—Quiero que vengas conmigo a mi lugar especial —confesó Zaytseva con un tono bajo.
—Okay. —No existía forma de negarse a la petición, tampoco mucho que sopesar.

¿Preocupaciones? ¿Con qué se comía? Todas pasaron a un décimo plano.



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Tizza Tizza pase porfa.
 
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—Entonces te gusta nadar mucho, mucho —le hablaba en lo que se dirigían a los vestidores. DTB iba pasos adelante por ser la guía, no por eso desaprovechaba cada oportunidad en segundos para hacer contacto visual con la peliblanca; al escucharla, sus mejillas se calentaron un poco. Agradeció tener la toalla en las manos para disimular lo más posible cubriéndose la mitad del rostro—, mucho, mucho…
—Me encanta. —Se atrevió a agregar, queriendo descubrir la reacción de su acompañante. Gaia se detuvo frente a ella sin quitarle los ojos de encima. De repente la modelo torció un poco la boca y su mirada se transformó en una de sospecha. —D-de verdad. Nadar me reconforta. A Gomamon le encanta que hagamos esto.
—Igual no tienes que explicarme —su facción se suavizó, dando paso a una sonrisa que sosegaba los sentidos de la germana—. Solo lo comentaba.
—Bueno… —Frenó su lengua de golpe para tomarse un par de segundos y sopesar si necesitaba revelar una verdad a medias, pues la forma de hablar de Shura le dio a entender que se venía imaginando que no solo su gusto por el deporte acuático la arrastraba a aquel lugar—. Aquí también puedo distraerme — añadió segura de que era lo mejor sincerarse; danzaba sus pupilas en un punto y otro, no sobre los azules de la soviética—. Ocupar mi mente en otras cosas. —De repente la heroína se espabiló al contacto de las manos de Gaia contra sus hombros. Lentamente la modelo fue apretando la zona cercana a su cuello.
—¿Estás bien? —La rubia retuvo la respiración un instante. Sus ojos estaban bien abiertos. —Pareces un poco tensa. —Dylan respondió con un sí muy rápido. —Ni siquiera me saludaste en el desayuno. —La aludida separó los labios queriendo articular palabra, quedándose en el intento. —Pensé que lo de la fotografía y que quisiera saber en dónde podría estar el hombre en ella…
—¡No! —Le cortó; su frente se arrugó a penas detectable. —Blasfemia. Quiero ayudarte en todo lo que pueda —la expresión de Sasha pareció iluminarse con el ademán de sorpresa en sus ojos, mucho más desde que la nadadora pusiera sus frías manos a los lados de su cintura—. In every single thing.

Sonó confiada, firme. Así eran sus intenciones y así las percibió quien le gustara, dejándose ser atraída con una sutil retracción de los brazos de Dylan. De un momento a otro la nariz de la ucraniana se encontraba a centímetros de la misma zona de la germana; con cierta dificultad no incómoda, apreció el sonrojo en sus pómulos y lo bien que se asentaba sobre su piel. Sasha terminó por unir sus manos detrás del cuello de Tanneberger poco antes de cerrar los ojos a la espera de un beso que nunca llegó a su destino.

Un digital se acercó a ambas, específicamente por la heroína, bastante preso de una emoción desbordada que ni le dejara ver su impertinencia. Para Shura solo representó un instante de desconcierto, no así para la rubia; DTB adoptó una expresión privada de sentimientos, digna de su estado de ánimo más recurrente. Gomamon era el experto en el asunto de tratar a los aparecidos de la nada que solicitasen algo de atención, al igual que debía saber hacerlo su persona favorita. En esas se preguntó: cómo se deshacía Gaia de los que demandaran un poco de ella. Seguro no era sencillo entre paparazis, acosadores y verdaderos fanáticos.

—¿Podrías darme tu autógrafo? —Tenía un papel y una pluma. Curiosamente volteaba cada tanto para mirar a otro grupillo de digimon que yacían malamente ocultos detrás de un muro. Estos se reían a modo de burla. Sasha fue la única que notara ese detalle.
—¿Sabes quién es ella? —Dylan se sobresaltó al escuchar y ver a la peliblanca apuntarle. El aludido se vio un tanto contrariado por la repentina confrontación.
—D-dicen que es una de las h-heroínas del digimundo —ladeaba sus ojos entre las humanas.
—Gaia, mejor vámonos. —La de orbes azules lo único que hizo fue asegurar el medio abrazo a la altura de su cuello, provocando que la alemana por igual afianzara su mano sobre su cadera. —Okay, ya entendí.
—¡Pero desapareciste por mucho tiempo! A-así que seguro eres una i…
—Es ella —contrapuso la eslava—. Salvar el digimundo no debe ser cosa sencilla —fue Shura quien tomara el papel y la pluma para empezar a escribir—, tampoco cosa de cualquiera. Y como resulta agotador proteger a tantas personas y digimon, lo más natural es que alguien tan poderoso se tome un momento de descanso. —El digital no encontraba palabras para objetar, mostrándose todavía estupefacto y nervioso. —Pero cuando menos lo esperen, esa chica fuerte que creían desaparecida volverá.

Sasha le regresó la hoja junto al lapicero, enseguida siendo leída por la criatura con mucha impresión en su voz y su expresión facial, de inmediato preguntando por la tamer de Gomamon. Dylan no perdió oportunidad de escabullirse desde que no tuviera retención, más rápida que un correcaminos y silente como un fantasma. Gaia supuso el lugar donde podría encontrarla, asimismo el que no hubiera escuchado lo que rezara en el escrito, tal vez ni la mitad de lo que le dijera al digimon.

—Si de verdad es ella, espero que vuelva en serio. —¿Se mofaba de la huida magistral de la afectada o mostraba interés en ella y lo que representara su nombre? Zaytseva se abstuvo de decir alguna otra cosa, aguardando a que ese grupillo de digimon se marchara entre murmullos que no parecían positivos.

Encontrar los vestidores no fue complicado, lo mejor era que no había nadie que pudiera entrometerse. Los zafiros de Gaia encallaron en la silueta de Dylan, en todo lo que estuviera haciendo: se quitó el gorro, guardó los lentes; su cabello desparramado cubría perfectamente su rostro delator. A nada de bajar las tiras de su traje de baño, un ruido estrepitoso la espantó. Sus verdes apuntaron a la puerta porque fue la causante de su susto, empero no fue el objeto lo que se ganara la dicha de su mirada. A DTB le hubiera gustado ser un avestruz en ese momento.

—T-te lo dije. —Bajó sus pupilas tratando de protegerse de lo que pudiera estar pensando la médium de ella. —Soy una cobarde.
—Basta. —replicó con un tono de voz más fuerte. —Si continuas repitiéndolo, seguirás creyéndotelo.
—Blasfemia, es la verdad —se atrevió a alzar sus luceros hacia los de Sasha, casi sintiéndose sucumbir por los flashes de ansiedad.
—¿No te das cuenta? —Dio un par de pasos adelante, luego de asegurar la entrada. —Cada vez que dices que lo eres, lo haces con demasiada convicción. —Dylan sumió sus hombros tras tomar asiento en la banqueta que tenía detrás; empuñó sus manos a la vez que mordía ligeramente su labio inferior.

Su mente empezó a maquinar una serie de imágenes y frases que colaborarían para destruir la poca tranquilidad que poseyera, hasta que una calidez abrazadora embargó todo su ser. Esa sensación estaba dispuesta a luchar contra lo que fuera negativo. Tanneberger reposó su cabeza sobre el hombro derecho de Gaia desde que esta le invitara a usarle como soporte. Con delicadeza acariciaba sus dorados cabellos y parte de su brazo, incluso su espalda media descubierta.

—De verdad lo intento, Aleksandra. —Compuso el torso porque quería que sus palabras no fueran tomadas a la ligera, considerando que si le veía a la cara podría lograrlo. —Espero me creas.
—Tonta —le sujetó por cada mejilla—. Obvio te creo.
—No debí marcharme, hace rato —en lo que hablaba, Gaia paseaba sus pulgares sobre su fría dermis—. Me hace ver más débil frente a ti. —Soltó un suspiro cargado de pesar y pizca de amargura. —Es lo que menos deseo.
—¿Qué cosa? —Removía los flequillos húmedos del rostro de la experta.
—Que... —su garganta emanó un ligero ardor; la idea convertida en palabras de una de sus varias preocupaciones la ponía algo tensa. Echarse para atrás no sería una opción bien vista por la ucraniana, así que tragó fuerte antes de continuar—, que me quieras dejar por ser… así. —El contexto se entendía, esperaba.
—¿Qué estás diciendo, Dylan? —La aludida respiró hondo. —No te dejaría por algo así. —En un dos por tres la rodeó con sus brazos, no tardando nada en ser correspondida por la nadadora. —Si hiciera eso —bisbiseaba cerca de su oído—, la única cobarde sería yo. —La heroína cerró los ojos lo que durara aquella reconfortante posición. —Yo también estoy para ti, lo sabes. —Sentir que el abrazo se hiciera más fuerte, fue suficiente respuesta para la peliblanca.

Gaia aguardó en el asiento a que Dylan terminara la faena de vestirse, y mientras se estuviera quitando lo poco de humedad que le quedara al despojarse del traje de baño, Shura no se abstuvo de admirar su anatomía. Sus piernas firmes junto a su retaguardia lucían bastante bien; agradeció, internamente, el breve espectáculo en el que pudiera apreciar su cuerpo desnudo.

Por su parte, la germana no pudo contener un par de bostezos que le tomaron por sorpresa. Se tomó al menos un minuto buscando mentalizarse porque no quería echar a perder lo que fuera a pasar por culpa de sus síntomas. Respiró hondo y repitió en su cabeza cuán capaz era de controlarlo; su mal no sería más fuerte que su voluntad, ni lo era ahora ni lo sería después.

En todo el trayecto que les llevara arribar al antiguo apartamento de Sasha, ninguna emitió palabra. Fueron imprescindibles, porque el silencio se mostró agradable y cómplice. Además, tenían los dedos entrelazados desde que salieran del complejo deportivo. La modelo saludó al digital que custodiara el recibidor del edificio, enseguida considerando si subir por las escaleras o tomar el elevador. Lo que le dijera a Vanya apareció como un vívido recuerdo, entonces optó por presionar el botón de ascenso. Observó a Dylan un segundo; ella volteó para hacer lo mismo, cual imán. Las dos sonrieron, una más que la otra.

Aprovechando que estaban solas y encerradas en el cajón metálico, la germana se atrevió a darle un primer beso en la mejilla más próxima a modo de agradecimiento. Pero no pasó medio segundo para que sus bocas se encontraran. Estando así no habría cabida para ninguna fobia ni nada que pudiera disparar cualquier otra preocupación. Sin ganas de cortar el beso, entraron en una especie de juego para el cual establecieron las reglas sin necesidad de conversarlas: Dylan guiaba los pasos de Gaia por ser quien pudiera ver el camino. Al retenerle la cabeza, en medio de negaciones sonoras que hacían reír a la eslava, impedía que intentara dejarle de besar. Así pues con pasos torpes recorrieron el pasillo hasta alcanzar la puerta.

En vez de abrir y continuar adentro, las dos tuvieron la necesidad de aplacar las ganas de profundizar el beso allí mismo. Entre movimientos acelerados y apasionados, la rubia recorría con sus manos todo el contorno del torso de su chica; incluso se ciñó en su espalda unos segundos, descendiendo directo a cada lado de sus posaderas. Gaia tenía sus manos entre su cuello y parte atrás de su cabeza. Que empezaran a hacer sonidos fue el botón de “pare” que tuvieron que presionar.

Sasha puso unos cuantos dedos sobre los labios de DTB, pero ella le sujetó los mismos para besarlos.

La expert le abrazó desde atrás, apartando los cabellos del lado derecho de su cuello en función de continuar satisfaciendo sus deseos. Era difícil parar, sobre todo al percibir la afinidad entre ellas; la forma en la que el cuerpo de la peliblanca respondía a sus muestras de afecto. Fue la misma Dylan que cerrara la puerta usando un pie con tanta maestría, haciendo gala de la capacidad femenina de realizar varias cosas a la vez.

—Dylan… —los besos sobre su cuello eran un fuerte distractor; no sabía si reír o dejarse derrotar por el cosquilleo erótico que le erizaba la piel—. Dyl.
—¿Hmm? —Que respondiera al llamado era una buena señal en pos de retomar el control. Sin embargo, estaba algo lejos de la realidad. Al darse la vuelta para frenar a la heroína, quedó atrapada en los brazos de esta; de repente se vio en el aire, luego encima de su mesa. Todo ocurrió en menos de un parpadeo.

DTB se colocó sobre ella, compartiendo otro beso desenfrenado hasta que no les quedara aire. Ambas respiraban por la boca, importándole poco compartir el mismo oxígeno. Tanto los orbes de Gaia como los de Tanneberger tenían un brillo particular que les hipnotizaba. A veces Sashenka se preguntaba cómo es que aquella mujer podía despertarle cosas que nunca experimentó con ninguna otra persona. Le daba “miedo”; era una sensación en exceso gratificante.

Despacio movió las hebras rubias del rostro de su chica. Le hubiera gustado quedarse prendida a sus esmeraldas, solo que Dylan prefirió reposar su frente sobre la suya.

—Quiero que sepas más sobre mi vida. —confesó sin aumentar el tono. —Te he traído para eso. —La amante del océano se apoyó de sus manos para separarse lo que hiciera falta. Terminó prácticamente sentada sobre las piernas de Sasha, que no parecía sentirse incómoda por el peso ni el impedimento para moverse más allá del torso. La ucraniana esbozó una sonrisa de lado debido a la impresión tatuada en el rostro de Dylan. —¿Estás loquita, sabes?
—Lo sé —su respuesta automática hizo que Gaia riera, de paso que le diera un beso sobre los labios que no pasara de ellos—. Ah, blasfemia… ¿por qué lo dices? —Fue como si reaccionara de golpe a la realidad.
—¿No era más cómodo continuar en la cama? —Casi todo el rostro se le coloreó a la teutona, empeorando al confirmar que el lecho no estaba muy lejos del corto comedor. —De perdida en el sofá.
—Lo siento. —Se cubrió el rostro mientras escuchaba a su persona favorita reír.
—Tienes unos brazos muy fuertes, Dyl —por su forma de hablar, la aludida continuaba sintiéndose apenada por el hecho y Gaia disfrutando de verla en ese estado; de vez en cuando le encantaba molestarla sin afán de hacerle sentir mal—. La natación te hace muy bien.
—Aleksandra, stop.
—¿No puedo halagar a la persona que me gusta?
Eto stydno.
Net. It’s cute. —Poco a poco Dylan fue bajando sus manos, esperando que la sonrisa que quisiera recrear fuera más que un intento torcido de sus labios. —¿Puedes abrir las ventanas en lo que busco algo?

Ese día no hacía un clima espeluznantemente frío a consideración de la germana, por eso no llevaba ninguna vestimenta adepta al mismo. La brisa era refrescante y le hizo muy bien sentirla chocar contra su acalorada piel. Lo único que no hiciere fue recoger las cortinas aunando a la privacidad. De la nada quedose observando la estructura del frente, justo el apartamento que le perteneciera. Recordó los primeros días de interacción con Sashenka, lo hilarante que era comunicarse usando libretas y marcadores. Sin darse cuenta yacía sonriendo mientras experimentaba algo parecido a la satisfacción de haber logrado un objetivo importante.

—Dylan —al girar vio que Gaia le invitaba a sentarse en una de las dos sillas de la mesa. Sin más que decir por los momentos, sin mucha meditación intermediaria, extrajo de una mochila la libreta que solía usar para dibujar—. En ella no escribo nada, solo dibujo.
—La he visto antes y te he visto hacerlo. —Shura la depositó a su frente, invitándola a ver lo que con tanto recelo ha cuidado durante muchísimo tiempo. —¿De verdad? —Sonaba incrédula.
—Es una manera de contar cosas sobre mí sin tener que explicarme demasiado —puso sus manos sobre la mesa, golpeteando la libreta con las uñas a un ritmo pausado—. ¿Recuerdas lo que me dijiste en las escaleras? Es verdad, no es tan fácil hablar del pasado.
—No quiero que te sientas obligada ni incómoda, Gaia.
—No me malentiendas —empujó su material de desahogo hacia la rubia—. Quiero que la veas. —Dylan vaciló sus verdes entre la tapa del cuaderno y los azules de Zaytseva. Bastó un gesto para confirmar aquel permiso. Tocar la esquina del cuaderno disparó sus latidos y más emotiva se percibió al captar el primer dibujo.

Like a river flows surely to the sea
Darling so it goes some things are meant to be

—Está incompleto.
—Al principio me costaba mucho terminarlo… —hablaban del primer retrato a medias de una persona. Dylan reparó en los detalles, puesto que ella igual sabía dibujar y entendía muy bien de técnicas, entre otras cosas. Le pareció bastante curioso ver que los intentos de Aleksandra por terminar lo que quisiera plasmar no se remitieron a un par; fueron más de diez y cada uno tenía algo que el anterior no poseía. Como piezas de un rompecabezas que se hallaba en la memoria de la eslava. —Luego, sucedió…
—B-blasfemia.
—Vanya me había dicho que debía darme la oportunidad de dibujar a alguien más —la germana no podía despegar su mirada del papel. Tampoco sabía si reír, si decir algo más… se encontraba impactada—. No lo pensé demasiado porque ya sabía a quién elegir. —Las mejillas de las dos se enrojecieron en sincronía; Tanneberger continuó pasando las páginas, viéndose a sí misma en distintas poses sin siquiera dar crédito a que podría ser la modelo de su modelo favorita.

Y tras varias páginas que la hicieron sentir sumamente feliz, llegó a una que con solo verla su pobre corazón alborotado punzó. Sus ojos se clavaron en el retrato de un joven hombre, a quien Gaia le presentó como Ivan.

—Es el dibujo completo de los primeros intentos. —Dylan levantó los ojos. Creyó que lo mejor era ver a Gaia a la cara en esa oportunidad. —Ivan fue mi novio y la persona que más quise.
—¿Qué le sucedió? —Sentía un hormigueo en sus manos.
—Falleció. —Tanneberger realizó la ironía de un detalle que parecía unirlas más de lo que pudieran imaginar: ella igual conocía lo que dejaba la pérdida de un ser muy querido; un vacío que le hace creer a cualquiera que nunca se llenará. Hasta que un día, sin siquiera buscarlo, aparece otra persona que pone todo tu mundo de cabeza. Esperaba que Sasha así lo viera. —Completarlo fue como poner un punto final a una historia que no quería cerrar.
—¿Por qué no… —otra vez una pregunta con respuesta aterradora—, no querías cerrarla?
—Porque pensé que no encontraría a nadie que me importara igual —Dylan tragó en seco, jurando que su corazón se detendría en cualquier momento—, o más que él. —Se notó el esfuerzo que puso para que su voz no terminara quebrada. Sus ojos de por sí brillaban.

Wise men say only fools rush in
But I can't help falling in love with you

—Dejarlo ir también significaba que dejaría pasar ciertas cosas sin resolver. —Sacó de la mochila la fotografía que hubiera visto DTB antes.
—Dijiste que no podías dejar de pensar en él —le resultaba amargo pronunciar la frase pero tenía que sacarla a la mesa, y para la soviética fue un tipo de revelación/confirmación escucharle referirse al respecto.
—No en el contexto como suena —repuso pronto y suspiró—. Su nombre es Vladimir Matvéyev. —En otra página, la heroína pudo apreciar su rostro. Su mirada era alusiva a la malicia, cizaña, la ambición; típica de alguien que buscaba salirse con la suya. —Era el mejor amigo de Ivan. Un falso amigo. Por un tiempo me vio la cara de estúpida —recordarlo le hizo enfadar—. Hasta que un día descubrí la verdad. —Hizo una pausa de segundos. —La organización para la que trabaja, perteneciente al gobierno ruso, querían atrapar a Coronamon para usarle como recurso de energía. Su propósito era poner una planta nuclear en funcionamiento sin tener que recurrir a elementos como el uranio. —Sus pupilas se tornaron grises. —En este mundo, el poder de Vanya se adecúa a las condiciones que lo rigen. Con el paso de los meses me di cuenta de eso… por algo tenemos un digivice. —Dylan escuchaba con mucha atención, denotando el cambio del color en los ojos de Shura. —Pero fuera de este mundo, el poder de los digimon superaría la norma por mucho. ¡Nada bueno puede salir de personas como ese imbécil! —Guardó la fotografía al tiro; verlo le causaba repelús. —Que esté aquí no es bueno. —Sentir el calor de la mano de la germana sobre la suya fue como ingerir un tranquilizante. Gaia apretó los dedos de la rubia sin provocarle dolor, agradeciéndole haber atinado con el gesto.
—Entiendo que puede ser alguien peligroso —observó aquel rostro dibujado brevemente—. Pero, ¿por qué quieres saber dónde está?
—Sé de lo que es capaz —antes de que sopesara alejar su mano de la unión que mantuviera con DTB, esta última se aseguró de impedírselo reteniéndola más fuerte—. Si sabe que estoy aquí, podría ser un problema para sus planes. Tampoco es que quiera que se salga con la suya —miraba a Dylan a los ojos con cierta fiereza—. Si puedo impedirlo, lo haría.
—Te quedaría bien la palabra con H.
—Si me lo dices es porque sabes de qué hablas.

¿Acaso fue un mensaje con otro entrelínea? ¿Con algún código para ser descifrado? Tanneberger maldijo en su idioma natal, sin abrir la boca, reprendiéndose por ser la primera en dar luz verde a cada chance de recordarse como una de las salvadoras del digimundo. Únicamente levantó sus manos declarándose inocente, un alto al fuego; tenía cero ganas de convertirse en el tema de conversación, así que no tardó en dejar que su mente maquinara otra frase sobre la situación.

—Es probable que no sepa que estás aquí.
—Sí y no.

Shura llevó sus manos cerca de su rostro apenas chocando la parte superior de sus falanges. Fue una pose parecida a cualquier otra de meditación instantánea; definitivamente quería decir algo más, pensó Dylan. De todos modos su última respuesta se le antojó inconclusa y confusa. Por decisión propia, cambió la página de su libreta para que la heroína continuara admirando otras creaciones suyas.

—Es posible que no sepa porque no soy famosa en este mundo —díjole en lo que detallaba con sus azules otra imagen de DTB—. Te quedaría bien esa combinación. —Ensanchó su sonrisa ya sintiéndose muchísimo más calmada.
—No puedo creer que… ¿me tomaras de modelo? —Notó cómo se mantenía la curvatura de labios en el rostro de Sashenka, de repente sintiéndose atraída por el gesto. Le encantaba verla así.
—Tu rostro serio y falto de emoción te hace digna.
—No quisiera lucir así. —Resopló. —¿En serio no se nota cuando sonrío?
—Yo lo he notado. —La revelación hizo que la teutona desviara su foco visual, tratando de disimular el sonrojo. —Me gusta que sonrías cuando estás conmigo. —¿Quería que su corazón enloqueciera? Lo estaba consiguiendo sin nada de esfuerzo. Por ello, la aludida se centró en ver otros dibujos de sí misma. —Las modelos de pasarela siempre mantienen su cara de piedra.
—No podría ser modelo ni en mil años, Aleksandra.
—Solo quiero que lo seas para mí.

Zaytseva arrastró su asiento en pos de sentarse muy cerca de su acompañante. Su intención primera era poder compartir un poco de su calidez, en contraste con la de la persona que le gustara; segundo tener su mismo ángulo de apreciación. Tercero, depositar sobre su moflete cuantos besos le diera la gana. Al segundo contacto, sus labios dieron a parar sobre los de Dylan. Le gustó que hubiera movido su cabeza a propósito.

—Suficiente tengo con que seas una figura pública —encerró la última palabra entre comillas manuales—, como para también soportar que tengas fanáticos por modelar.
—Blasfemia. A la única persona que se quieren comer con la mirada es a ti —Gaia fingió sorpresa e ignorancia.
—Solo me ven porque estoy contigo.
—No es cierto —sujetó el mentón de la peliblanca teniendo especial cuidado, tratándola cual si fuese de porcelana—. Se fijan en mí porque tú estás conmigo.
—Entonces… se fijan en nuestra felicidad. —La nadadora sonrió un poquito.
—Sí. —Dylan pretendió cortar la distancia al casi encuentro de sus labios, empero Sashenka se las ingenió para aguantar las ganas de fundirse con ella en un beso que bien podría durar hasta que amaneciese de nueva cuenta. La evasión atolondró un poco a la alemana, quien fuera sujetada por los hombros.
—Es por eso que Vladimir puede enterarse de que estoy aquí. —El ceño de su receptora se arrugó un tanto. —Pero no me importa que lo sepa. No me importa si cualquier otro se entera de que tenemos algo.
—Desde que lo sepa, nos escapamos. —bromeó.
—Okay. —Continuó la farsa tratando de no reír a destiempo. —Nos vamos a donde quieras.
—¿De verdad te irías conmigo a cualquier lugar?
—¿Recuerdas lo que te dije cuando regresaste?

No pronunciaron más nada. Dylan empezaba a enojarse consigo misma porque por más que no lo quisiera, su propio cuerpo la traicionaba, comenzando con sus ojos y su afán de no dejar de admirar cada ápice de aquel rostro tan terso, delicado. Aunando a eso, que Sasha la viera como lo hacía, dificultaba las cosas. Podría denominarse como demente, pues una corazonada maldita le decía que entre las dos había un aura bastante fuerte; en una palabra: atracción. No obstante, sus propios instintos le jugaban en contra. No podía ser nada más.

—¿Y eso te hizo… sentir mal? —La tamer de Gomamon bufó. —No iba a darle explicaciones a él cuando deseo dártelas a ti.
—Pero yo no quiero escuchar.
—Tendrás que hacerlo —DTB bajó su cabeza—. Si lo que te molestó es que le dijera que me gustaba alguien pero que no dijera tu nombre —y la volvió a subir en un santiamén—, estar tanto tiempo con Gomamon en serio te está afectando.
—Tú no le dijiste eso —quiso sonar como si le dijera un reproche, sin embargo el sonido dubitativo destacó más—. No te interesaba nadie. ¡Eso! —Su garganta ardió.
—Exacto —todavía la otra mujer continuaba desorientada—. No me interesaba nadie porque ya había alguien en mi vida que tenía toda mi atención.
—¿Qué?

—Me preguntaste cómo estábamos y te dije que iba a pensarlo —comenzó a caminar—. Si prometes no huir, a menos que huyas conmigo…

Gaia se dio cuenta de que su persona favorita había recordado esa corta e importante conversación, pues fue lo que marcó un antes y un después en su relación. En medio de su lapsus pensativo, recibió un beso dulce sobre su frente. La eslava se había puesto de pie e indicado terminar de ojear la libreta porque al final tendría que contestar a una pregunta que jamás fuese dicha. Se vieron con dejo cómplice un momento, después DTB solo se centró en los varios bocetos restantes al perderla de vista. Shura había ido por un vaso con agua.

La amante del océano disfrutó de más imágenes de su persona, de Vanya (digimon), de la misma Gaia, incluso había una que otra de Tommy. Sin dudas la mujer que le gustara en demasía era muy talentosa; con más razón debía sentirse orgullosa por ella misma. Una parte dentro de sí estaba muriendo de la curiosidad por saber qué más tenía para contarle Zaytseva o mostrarle, que los últimos dibujos no los repasó tanto como los demás.

En la última hoja donde hubiera un dibujo, había otro retrato de Dylan. Según la misma Gaia, aquel era su favorito porque en él no se perfilaba una chica en exceso sobria, silenciosa, que a veces poseía una mirada digna de juez sin ser de los que critican a los demás en realidad. Todo lo demás pintaba a ser una fachada de la experta. En ese dibujo lucía como se supone debía verse a sí misma.

A punto de cerrar la libreta se percató de que había una que otra letra; lo supo por el contorno. De repente, Tanneberger abrió los ojos con desmesura y el tiempo se detuvo.

—Aleksandra… —Se giraron en sincronía, encarándose; una trataba de mantenerse seria y la otra estaba conteniendo la risa.

Shall I stay
Would it be a sin if I can't help falling in love with you

—Khochesh' byt' moyey devushkoy? —preguntó (justo lo que rezaba en el papel), la de medidas perfectas.


Raving George Verwest jiji
 
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A Tanneberger se le tenía que haber ido el color de la cara, porque toda su sangre acudió de emergencia a regar su órgano palpitoso que nunca había latido tan acelerado antes. Aguantaba la taquicardia como toda una campeona. ¿Por qué asumió su situación sentimental sin el consentimiento de Zaytseva? Permaneció petrificada unos segundos sin saber qué decir, hasta que la eslava se envalentonó.

Skazhy shcho-nebudʹ —Gaia se ruborizó visiblemente, pero por fortuna el sol no alumbraba aquel pedazo a medio camino entre la sala y la cocina, eso disimulaba un poco sus mejillas.

Gaia ya lo sabía, podía verlo, probarlo, tocarlo; era accesible a los cinco sentidos. Seguro lo notaba con mayor vehemencia cada vez que Dylan sostenía su mano en un elevador o cuando le miraba en plan «me encanta la modelo, pero me encanta más la persona de convicciones claras, cuidadosa con Gummyta y difícil de hacer sonreír». Ambas lo daban por sentado, aunque la modelo necesitaba una confirmación verbal. La alemana quiso gritar miles de veces que sí porque novecientas noventa y nueve no iban a ser suficientes. Sí. sí, sí. Pero era un manojo de nervios, no le cabían más emociones por dentro y las palabras se quedaban atoradas en la boca. Toda una vergüenza. Cuando percibió que Zaytseva comenzaba a impacientarse, tan rápida como torpe tomó el bolígrafo y detrás de la hoja en el cuadernillo escribió un solo monosílabo, dos letras, una palabra: ‘ja’.

—N-no es una risa —se apresuró en aclarar antes de que alguien pensara que encontraba todo gracioso y se partía de risa por dentro. Ja-ja... Jajaja—. ¡Está en mi idioma! —la ucraniana era la nueva edición petrificada.
—Lo sé —respondió después de un rato. Por supuesto que lo sabía, era la única palabra que había aprendido Gomamon en sus clases de alemán y la repetía sin parar cuando estaban todos juntos en casa de Halsey.

Dejó el cuadernillo sobre la mesa y recortó la distancia que la separaba de Gaia con pasos firmes, sabía hacia dónde se dirigía y para qué. Acarició sus costados y miró sus propias manos mientras lo hacía porque le encantaba verlas recorrer cada milímetro del cuerpo de la ucraniana. Como eran casi de la misma estatura, cuando alzó la cabeza se encontró con un azul intenso detallándola. Zaytseva nunca le había tratado como un objeto que merecía admiración o respeto, así como solían hacer algunos Digimon y Tamer. En lugar de eso trataba a la persona, como si fuese un ser humano interesantísimo en cualquier mundo y no entendía por qué, pero lo agradecía de todas formas. Al final sus manos se detuvieron en sus mejillas e intentó esbozar una sonrisa.

—Tardaste en responder —dijo Gaia frunciendo el ceño como cuando lo hacía para ocultar el tono de sus palabras.
—No me lo esperaba —admitió Dylan más tranquila, sintiendo los brazos de su novia alrededor de su cintura—. Pregúntame de nuevo —se le ocurrió de pronto. A la ucraniana le pareció extraño porque no estaba tan claro el contexto, pero igual lo hizo.
Khochesh' byt' moyey devushkoy?
Ja —contestó Dylan sin tardar ni un segundo, lo hizo prácticamente contra su boca.
Khochesh' byt' moyey devushkoy? —repitió Gaia para conseguir el mismo efecto.
Ja.

Tanneberger le besó y le besó, cortos besos suaves y más que besarla a ella besaba a su sonrisa, la percibía debajo de sus labios. Continuó con ese ritmo casi planificado, como si le sobrase el tiempo, a Zaytseva no parecía molestarle. Sintió el calor de aquellas manos sobre su cuello y después anudándose detrás de su nuca, entonces le tomó de las caderas y la acercó más a ella con un tirón.

—Te quiero —lo susurró entre besos casi sin darse cuenta, como si pensara en voz alta. Gaia lo sentía también, ¿cierto? De lo contrario era imposible que respondiera a sus suaves embestidas de esa forma.
—Y yo a ti —le contestó en una agitada exhalación, disipando sus dudas y separándose un poco.

Se sostuvieron la mirada compensando por unos instantes el hormigueo en sus cuerpos y Tanneberger meditó quedarse así, enganchada al espectáculo que eran las facciones de la ucraniana enmarcadas por una luz muy tenue. Pero otra idea cruzó su mente.

—Voy a cerrar las ventanas —dijo desviando un poco su vista.
—¿Por qué? —Zaytseva lo preguntó con media sonrisa en sus labios, pretendiendo sonar inocente, como si no entendiera por qué la alemana se apresuraba en apartarse de su lado, sellar la cristalera y correr las rejillas.

En menos de un minuto estaba de vuelta. Dylan se inclinó hacia ella, atrapó sus labios entre abiertos con la boca y Gaia la aceptó una vez más, dejándose guiar de espaldas hasta la entrada de su habitación. Se dejó presionar contra la puerta y ladeó un poco la cabeza, invitando a la rubia a entretenerse con su cuello. Dylan ni se lo pensó un segundo. Lo lamio y lo besó despacio mientras le acariciaba los costados y sonrió sobre su piel cuando la sintió removerse. Cuando abrió la puerta, escuchó un leve resoplido. Le sostuvo al ingresar a la habitación, le deslizó la camisa por encima de sus hombros y le levantó hasta sentarle al filo de la cama. Conectaron miradas una vez más y las mejillas de la rubia se tiñeron un poco al recordar el incidente sobre la mesa.

—Gracias por considerar un escenario más cómodo —se burló la ucraniana.
—No es nada.

Quería arrancarle el resto de la ropa, quería transmitirle sensaciones positivas en cada parte de su cuerpo, pero sobre todo quería hacerle olvidar al misterioso hombre de aquella fotografía. Aleksandra se lo estaba poniendo en bandeja, la verdad, al darse la vuelta en la cama para recostarse boca abajo. Dylan tuvo un cosquilleó en los dedos al recorrer la delicada curva de su dorso desnudo y la vio apretar los puños cuando besó el hueco al final de su espalda. Aquellos roces eran electricidad en estado puro. Se moría por tenerla debajo, así que se sacó su propia camisa, se colocó poco a poco sobre ella y le besó la nuca. Cuando sintió sus caderas presionándose contra las suyas, algo hizo corto circuito en su sistema nervioso, susurró algo en su oído y comenzó a moverse.

JAAAAAAAA

La sensación de piel con piel era increíble, llevaban un rato en silencio esperando que sus agitados cuerpos pudieran regresar a la normalidad. Gaia estaba de espaldas en su lado en la cama mientras Dylan descansaba tumbada boca abajo. La segunda miraba a la primera de una forma tan intensa que le extrañaba que no le hubiese desgastado ya un poco las facciones, hasta que la ucraniana le cubrió los ojos con la mano. Se levantó y le dio un beso demasiado suave que tuvo por consigna atrapar sus labios, pero hacerlo a ciegas provocó que fallase por centímetros y se plasmase en la punta de su nariz. Dylan lo intentó otra vez.

—¿Cuánto tiempo tardarás en dormirte? —le preguntó a Gaia después de cumplir con su cometido. Volvió a su lado de la cama y se quedó reposando en uno de sus costados, con la cabeza colgando de su mano de ese mismo lado para no perder de vista a su novia.
—Es viernes y son las seis de la tarde —contestó la ucraniana viéndole de vuelta, con un gesto extraño—. ¿Por qué quieres saber eso? —Dylan carraspeó un poco.
—Blasfemia, b-bueno —comenzó dudosa—. Mientras duermes yo, me levantaré y... —sus pómulos adquirieron una tonalidad entre rojo y rosa— me levantaré y me desharé de esos dibujos míos —develó hablando rapidísimo. Admitía que su pareja tenía una habilidad especial para dibujar Digimon y personas, pero saberse prototipo de sus trazos aún le ocasionaba un poco de vergüenza entremezclada con pánico. Gaia le reprendió con la mirada.
—No.
—Sí.
—No —fue tajante, después se acercó a la rubia—. Te amarraré a la cama —amenazó.
—No me molestaría, la otra noche no estuvo mal.

Ambas sonrieron y la ucraniana tuvo que pegarle en el brazo por inventarse algo que nunca sucedió. Después de eso, le dio la espalda y se alejó de ella para buscar su ropa. No lo habían planeado así, ni habían previsto dejar su conversación a medias para atender otros asuntos meramente físicos. Por eso y entre otras cosas (como aprovechar el tiempo que les quedase juntas antes de que Gomamon clamase histérico la presencia de su preciada Tamer), tomaron una ducha, se vistieron y regresaron al comedor. Lo primero que hizo Gaia fue recoger su libreta y estirarse para esconderla en lo más alto de una de las estanterías de la cocina.

—Aleksandra, no soy un hobbit, la alcanzaré mientras duermes —escuchó la voz de la alemana muy cerca del oído y no pudo suprimir una pequeña risa. Dylan pensó que si algún día se quedaba sorda, seguro echaría de menos ese sonido, era uno de sus favoritos.

De repente, sucedió. A medio camino entre los alimentos no perecederos y los frascos de azúcar. A Zaytseva se le dispararon las pulsaciones y a Tanneberger se le escapó el aliento: los dedos de la ucraniana habían resbalado dejando caer el objeto de preciado deseo de la alemana y de entre las páginas se asomaba la fotografía de Matvéyev. Es que a la rubia casi se le abrió la boca por la sorpresa y cuando quiso mirar a su novia notó que ella no le miraría de vuelta porque nadaba inmersa por completo en la imagen del hombre, y el hombre parecía mirarle a ella.

Incomodidad en grado extremo. Los cielos se cerraron, las sonrisas terminaron, la alemana se sentía fuera de la ecuación y todo lo que hubiese dicho y hecho previamente no estaba funcionando. Ya nada era romántico, todo se volvió jodidamente espantoso, como Carrie en su baile de graduación cubierta de sangre de cerdo. Recogió la libreta y la fotografía con la pereza más grande que había sentido en toda su vida y se las entregó a Gaia.

Se sentaron enmudecidas en la mesa del comedor para beber una cerveza de un lado y una taza de té por el otro. Tanneberger apreciaba el humo que desprendía su taza y sentía que Zaytseva se iba desvaneciendo así, como vapor en el frío ambiente, y por más que extendiera su mano para atraparle quizá no iba a poder hacerlo. De forma literal levantó su mano y sostuvo con ella el humo. Tras unos segundos, descubrir que su objetivo se convertía en humedad que quedaba salpicando entre sus dedos, le llevó a levantar la cabeza.

—Él quiere hacerte daño, ¿cierto? —su pregunto perturbó la seriedad de Gaia, quien levantó una ceja confundida pese a que sabía que hablaban del mismo hombre—. No debes temer.
—No tengo miedo —la ucraniana lo dijo con voz cansada y volvió a arrugar su frente. Cuando quiso encontrar a Dylan, la vio agachada a su lado derecho tomando sus manos.
—Estoy contigo y si él aparece estaremos listas —la rubia no se atrevía a mirarle a los ojos, pero se le acercó lo suficiente para tocar poner su frente contra la suya—. Seré más fuerte, lo prometo —acabó en un susurro que les oprimió algo en el pecho a ambas.


[...]


Las festividades de Halloween se fueron en un abrir y cerrar de ojos, se acercaban las épocas decembrinas. Más pronto que tarde, las calles de la ciudad estarían llenas de adornos y luces navideñas. Había mucho alboroto por todas partes, mucha comida y también actividades para competir y convivir entre Tamers y Digimon. Una de estas era ‘el Grand Prix de File’. El evento consistía en una carrera en la cual los Tamer tendrían que montar a sus Digimon en una pista de tierra, hierba, asfalto o agua dentro de la ciudad. Tanto Halsey como Gaia y Dylan mostraron interés en participar sin imaginar que ese sería el día en el cual Zaytseva se encontrase de frente con el hombre que seguía ocupando cada día un pequeño espacio en su cabeza.



¡Dylan! He is… —una sordera involuntaria le atacó al descubrir la identidad del competidor por su izquierda, pero alcanzó a leer la frase completa de los labios de Gaia quien competía por su derecha.

Había visto su fotografía numerosas ocasiones y podía concluir que Vladimir, en vivo y en directo, no difería nada en su aspecto físico. De pronto, la carrera que significase un poco de diversión antes de las compras navideñas se convirtió en un desafío que iba a determinar el devenir de los acontecimientos próximos. La rubia sintió unas enormes ganas de salir victoriosa, puso todo su empeño en ello y empujo a Ikkakumon para conseguirlo. Pero al final, quien resultase ganadora fue Zaytseva, desplazando a Matvéyev y a ella a los últimos puestos.

Caminaba con la ropa y el cabello mojado, efectos secundarios de una competencia cargada de obstáculos y tácticas sucias, auspiciadas por su adversario particular. Cargaba sobre sus hombros a Gomamon y su gigantesco orgullo herido, el digital jamás encajaría bien las derrotas. Se dirigían a los vestidores exclusivos para los participantes del evento porque shí se reuniría con sus compañeras de piso. Pero para poder llegar, tenía que tomar el sendero largo, la ruta más enrevesada de todas.

—¡Dylan! ¡Dylan Tanneberger! —los flashes y cámaras de los periodistas que cubrían el evento estaban por todas partes.
—Es la segunda vez que participas en un evento de File en tan poco tiempo —dijo otro reportero. La alemana iba cabizbaja intentado ignorarles—, ¿has vuelto para quedarte?
—¿Quién es la chica que besaste durante el Muscle Matsuri? —preguntó otro.
—¡Dinos unas palabras!
—¿Es cierto que perdiste tus poderes?
—Es cuestión de tiempo para que vuelvas a desaparecer —rió un Picodevimon que revoloteaba sobre su coronilla sosteniendo una cámara de video—, cobarde.
—¡Seres inferiores! —Gomamon alzó la voz tras lo último, pero su Tamer le reprendió con la mirada. Ella le había pedido explícitamente que no emitiera comentarios, tampoco información porque con eso sólo les alimentaban y provocaban que siguieran volviendo por más y más. Y todos sabían que no podía soportar ese tipo de presión sobre ella. Caminó más rápido— Dylan no es una cobarde —concluyó el digital, colocándose sus gafas oscuras.

El camino hasta los vestidores resultó ser un auténtico viacrucis. A la rubia le reconfortaba saber que en ese sitio estaba prohibido el acceso a quienes no fuesen competidores y que podría pasar un buen rato con Gaia y Halsey. Entró al sitio que era una especie de pabellón con muchas casetas individuales y una antesala. Echó su cabellera hacia un costado sacudiéndose los restos de agua y cuando volvió su vista hacia el frente, tuvo la mala fortuna de reconocer la voz de alguien que se encontraba reposando en los sillones de espera.

—¿Eres una actriz o cantante famosa? —preguntó Matvéyev poniéndose de pie.
—Ni tan famosa, nunca la había visto —agregó su Digimon. La alemana giró su cabeza con mucha pereza para verlos.
—¿Qué hacen aquí?
—Yo también soy un competidor.
—¿Lo recuerdas o eres tonta? —atizó Tsukaimon.
—¡Infame! No te atrevas a insultar a mi Tamer —Gomamon le mostró sus enormes colmillos.
—¿Qué harás, foca fanfarrona? —Tsukaimon se regodeaba divertido desde el hombro de su humano— ¿Hostigarme con tu olor a pescado? Pobre mi olfato —ironizó al final.
—Te lo mostraré, ser inferior.
—Gomamon, espera —Dylan le detuvo con su dedo índice y él apretó sus garras, conteniendo su furia—. ¿Qué es lo que quieren? —lo preguntó dirigiéndose al hombre.
—Ver a Sasha, claro —contestó Matvéyev sin ninguna clase de preámbulo. Dylan sintió un pinchazo en el pecho que se hizo más grande al descubrir una sonrisa muy desagradable en la cara del hombre.
—Ella no quiere verte. ¿Podrías retirarte, por favor? —respondió política y muy artificial.
—Mi asunto es con ella, no contigo.
—¿Qué es lo que quieres de ella? —tuvo que preguntar, porque tal vez si atajaba el problema de raíz conseguiría que desapareciera de sus vidas. Echó su cabellera hacia el otro costado buscando sacarse las gotas de agua sobrantes en ella y también la tensión— ¿Podrías... decirme? Por favor —la curvatura en su boca era tan falsa que Vladimir terminó burlándose.
—Dylan, ¿es ese tu nombre? O ¿debería llamarte ‘nuevo entretenimiento pasajero de Sashenka’? —río otra vez y a carcajadas—. Si estás tan interesada en lo que yo quiero, ¿por qué no me haces un favor? —Vladimir extrajo un sobre de correspondencia postal de uno de los bolsillos de su saco y atrapó una de las manos de Dylan para obligarle a cogerlo—. Entrégale esta carta a Sashenka —le ordenó cambiando las risitas por un gesto furioso.

Tanneberger tiró de su propio brazo para zafarse de él y con mala fortuna se quedó con el sobre. Miró su mano, después al varón, al final otra vez el sobre.

—¡Aléjate de Dyl, pelafustán! —Gomamon saltó para alejar al hombre.
—Si el mensaje no llega a Sasha, lo sabré —la voz áspera de Vladimir y la rapidez con la cual sucediera todo le estaban provocando a Tanneberger una pequeña taquicardia. Se plantó como una piedra porque no sabía qué hacer—. Nos veremos pronto —el hombre se despidió y se marchó rápido.
—¡Nos veremos nunca, ordinarios! —Gomamon siguió lanzando provocaciones a quien ya solamente les mostraba la espalda—. Si aparecen por aquí les mostraré mis grandiosos poderes —Tsukaimon le sacó la lengua para aclarar que tenía poco o nada de respeto hacia él. Gomamon se sintió desafiado e infló sus mejillas— ¡Infames!

Su Tamer estaba ausente. Tenía la mirada puesta en esa cosa aplastada dentro de su mano y parecía haber perdido el sentido auditivo, el del habla, el del tiempo. Gomamon tuvo que llamar su nombre al menos tres veces.

—¡Dyl!
—¿Dime? —reaccionó de repente.
—¿Estás bien? —el Child le miró con desconcierto— ¿Quién es ese infame y por qué busca a la humana ‘Cabellos de Anciana’?
—No lo sé, pero debemos tener cuidado.
—¿Cuidado acerca de qué? —preguntó Gaia.

Ni bien terminaba de revivir cuando sentía que podía morir de nuevo, muy lento. Sus latidos volvieron a acelerarse: una radiante Zaytseva con atuendo distinto al que utilizara durante la competencia apareció con Halsey, Vanya y Rain por la vuelta del pasillo. Claramente había escuchado sus últimas palabras, si no es que más. De inmediato se llevó las manos detrás de la espalda para esconder el pedazo de papel en el bolsillo trasero de sus pantalones.

—Los periódicos —habló tan rápido su cabeza pudo inventar una excusa—. Los periodistas abundan por la entrada principal, será mejor que encontremos otra salida.
—¿Dyl? —Gomamon le miró de forma extraña— Pero ese hombre... —la rubia le tomó en sus brazos y le hizo callar antes de que echara su coartada abajo. Fue el turno de Gaia y todos los demás de mirarlos raro.
—Felicidades por tu victoria —le dijo a la ganadora del Grand Prix con una pequeña sonrisita y se despidió para ir en busca de un cambio de ropa. Iba presurosa hasta que la ucraniana volvió a llamarle.
—¡Dylan! —la rubia volteó por encima de su hombro sin dejar de moverse—. ¿Qué sucedió con Vladimir?
—Él se fue.




Bishamon Bishamon lo partí en dos y aún así quedó larguísimo :36:
Tizza Tizza un pase para esta pobre ciega, pls (?
 
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Recorrió el camino hasta los vestidores con mucha prisa, entró sola y le puso el segurillo a la puerta. Después se miró en el espejo: era ella, la misma Tanneberger de siempre, ¿o algo más? ¿qué había cambiado exactamente desde que prometiera ser más fuerte? Sintió nervios y un hormigueo en el estómago, un sudor frío brotaba de la base de su cuello por culpa del pedazo de papel que guardaba dentro de su bolsillo derecho. Se enjuagó la cara en el lavabo, apretó la mandíbula y respiró profundo.

—Lo prometí —se dijo a sí misma con la cabeza hundida entre los hombros, reprochándose. Si hubiese tomado acciones más determinantes contra Vladimir no cargaría ahora con una jodida bomba de tiempo. Es que ni siquiera fue capaz de responder las estocadas verbales de forma decente. Gomamon se había encargado de todo lo referente a palabras mientras ella balbuceaba como un niñito de tres años.

¿Qué es lo que iba a hacer? Desarrugó la carta y con la yema de su pulgar izquierdo amagó con romper el sello. Valiente... necesitaba ser valiente.


[...]


Hizo varios largos sin detenerse, tocando una pared del extremo de la piscina y después la otra, así durante varios minutos en los que solo sacaba la cabeza para tomar aire. El agua estaba fresca y causaba un efecto anestésico en ella. Cuando estuvo lo suficientemente cansada para dejar de pensar, se detuvo y empezó a relajarse, su cuerpo flotando, el cielorraso adornado con estrellas y Gomamon reposando junto a ella. Era un momento perfecto. Comenzaba a sentirse mucho mejor. Estaba segura de que esa noche dormiría como un Level Baby... si tan sólo no tuviese que enfrentarse a algo que no podía posponer ni un día más.

De repente, sus torcidos ideas regresaron a ella como una ráfaga. Blasfemia. Tuvo la sensación de que podría hundirse ahí mismo.

A Tanneberger le costaba poner orden a las cosas en su cabeza. Omitirle su encuentro con Vladimir a Zaytseva le sentaba bien, pues con el paso del tiempo su novia se iba sobreponiendo al asunto y dejaba de enfocar su energía y atención en dicho hombre, lo cual se traducía en una estabilidad entre ambas. Pero, por otro lado, su parte racional le alertaba de lo peligroso que sería seguir sosteniendo una mentira. A lo mejor era tan mala farsante que llevaba escrito en la frente aquel pensamiento: «te estoy escondiendo algo», porque Gaia notaba que había algo extraño en ella, aunque no se atreviera a presionarle lo suficiente para romperla.

—Dylan, estás muy distraída hoy —comentó Gomamon mirándole directamente.
—Debería redoblar las horas de nado —respondió en modo automático.
—¡Dyl! Todo lo que necesitas es descansar, beber té y comer una deliciosa hamburguesa en compañía del Rey —el acuático sonrió emocionado mientras nadaba en círculos alrededor de ella—. Pasaremos la tarde juntos, sin el Barbaján, sin la Cabellos de Anciana.
—Su nombre es Gaia —aclaró apenas curvando sus delgados labios.
—No hay mejor compañía que la mía —la idea de tener tiempo a solas con su querida Tamer hizo que Gomamon soltara un tendido suspiro lleno de romanticismo—, ¡yo te haré sentir mejor, Dyl!
—Es un buen plan —los ojos del Digimon brillaron como un par de esferas—, pero no será posible.
—¿Qué? Pero ¿por qué?
—Necesito hablar con Gaia.
—¡Bah! —Gomamon se hundió con el agua cubriéndole hasta la altura de los ojos, ocultando un gesto de indignación— ¿Qué es lo que hace especial a esa Cabellos de Anciana, Dyl?
—Se llama Gaia —repitió con una sonrisa más amplia, no dejaría de insistir hasta que su compañero llamase a su novia por su nombre.
—¿Qué es gracioso? —el Child arqueó una de sus cejas notando el repentino cambio de humor en su Tamer. Levantó la cabeza salpicando a ambos lados y le devolvió la sonrisa con muchas ganas— ¿Lo ves? ¡Dije que te haría sentir mejor!
—Vamos a casa.


[...]


De vuelta en el piso de Halsey, el desayuno con sus Digimon fue muy breve. Dylan recogió la mesa y metió su plato, el de Gomamon y el de Dex en el lavavajillas. El nuevo año se asomaba por la vuelta de la esquina y el autoproclamado rey deseaba ampliar su colección de fotografías para publicar un calendario con su majestuosa figura, por eso no estaría en casa el resto de la mañana, ni tampoco Vanya. Que Ygg no permitiera que Gaomon se enterase de ello, había una extraña dinámica entre esos tres que explotaba cuando el acuático y el ígneo pasaban demasiado tiempo a solas.

La alemana se sentó en el comedor y suspiró largo, seguía inquieta y un poco cansada. Sus pensamientos se estaban volviendo indomables, peligrosos, como si estuviera haciendo malabarismo sobre un cable de metal. El tiempo se agotaba tal cual su té con cada pequeño trago. Tarde o temprano vería el fondo de su vasija y tarde o temprano tendría que enfrentarse a Zaytseva. Pese a que aún le quedaba la mitad de su brebaje, se dijo a sí misma que debía cambiar de actitud cuanto antes y decidió no dejar pasar más. Se levantó y pisando firme cruzó el salón, pasillo, el vestíbulo. No se detuvo ni cuando vio a Halsey y a Gaomon en la sala con atuendos deportivos, practicando unos pasos de baile muy cuadrados al ritmo de una canción muy rápida. Los latidos se le aceleraron acorde.

MÚSICA RARA DE HALSEY

—Hola, perezosa Dylan —le saludó Halsey. Hablaba sin dejar de moverse en sincronía con el lobezno. Era increíble cómo su respiración no se entrecortaba con el esfuerzo, tenía una buena condición física—. Me pregunto si aún te duele.
—¿El qué?
—¡Tu orgullo herido, claro! —dejó caer a risas. A la rubia se le colorearon las mejillas. Para Volk y para Zaytseva fue gracioso ver a Tanneberger cumplir con su deuda de digi-aerobics, pero para Tanneberger resultó una auténtica vergüenza. Sus pies eran lentos y no coordinaban todo lo bien que podían hacerlo en una piscina—. Podrás mejorar si continúas practicando, ¿quieres intentarlo ahora?
—L-lo siento Halsey, no puedo —se excusó y desapareció casi corriendo.

Continuó derecho hasta llegar al corredor que llevaba a la habitación de su novia. Frente a la puerta no lo pensó ni un segundo antes de tocar con sus angostos nudillos. Una mezcla de angustia y ansiedad a partes iguales le ocasionó un nudo en la garganta y otro en el estómago. Gaia tardó en atender el llamado, pero cuando lo hizo sonrió al ver que se trataba de ella y ella le devolvió la sonrisa junto con un rápido beso en la mejilla izquierda.

Hallo —saludó en su idioma natal.
Pryvit —la ucraniana también.
—Vine a hablar contigo —Gaia le miró con curiosidad.
—¿Quieres pasar? —se hizo a un lado para darle una vista completa de su habitación, pero negó suavemente con la cabeza.
—Será muy rápido.

En sus manos Tanneberger sostenía la carta de Vladimir magullada y sucia, con manchas secas de té. Pero nada de eso importaba porque el sello en la parte trasera estaba intacto. La rubia nunca se atrevió a romperlo porque entendió que no era su lugar hacerlo. Se la extendió a Zaytseva quien encontró el detalle muy gracioso.

—¿Es una carta de amor? —preguntó en un tono jocoso al tomarla. A la rubia se le terminó el aire.
—¡No! —negó inmediatamente. Le aquejaba un repentino ataque de pánico, nunca consideró que la carta pudiera ser una confesión romántica. Y quizá se había exaltado un poco porque Gaia se echó hacia atrás con una sonrisa misteriosa—. Espero que no, yo no la he escrito —reculó en su comportamiento.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿quién lo hizo? —indagó Gaia, esperando una respuesta.
—La escribió Vladimir.

Ambas se quedaron ahí, congeladas en medio del pasillo como dos estatuas de sal. La sonrisa en el rostro de la ucraniana se desdibujó mientras respiraba con dificultad, preguntándose qué es lo que estaba sucediendo. Encogió los ojos esperando que la alemana agregara algo, y Dylan simplemente parpadeó perpleja antes de dar media vuelta. A pesar de las enormes ganas que tenía de saber qué era lo que decía la carta, se marchó muy rápido y se resguardó en su habitación.

MÚSICA RARA DE HALSEY

—Hola, Gaia —era una escena calcada. Torbellino Volk continuaba ejercitándose con su Digimon en medio de la sala— ¿Quieres hacer digi-aerobics para saldar la deuda de tu novia con nosotros? —preguntó enérgica.
—Hoy no, Halsey.

Zaytseva pasó de largo, llegó hasta la puerta de Tanneberger y tocó con calma. Por la expresión en su rostro al abrir, supo que la alemana no esperaba que reapareciera tan pronto.

—Sabía que algo te sucedía —los ojos de Tanneberger seguían arrojando desconcierto—. ¿De dónde la sacaste?
—Él me la dio.
—¿Cuándo? —la siguiente respuesta iba a requerir un poco más de su parte.
—E-en —titubeó y se secó las manos contra el material de sus pantalones. Maldito sistema nervioso—, e-en el Grand Prix.
—¿En el Grand Prix? —la quijada y toda la frialdad de Gaia se fueron evaporando lentamente— ¡¿En el Grand Prix?! —repitió incrédula.
—Sí —asintió a media voz.
—Dylan, han pasado cinco semanas desde el Grand Prix —señaló molesta. ¿En verdad había pasado tanto tiempo? A la alemana le parecían solo un par de días. Con la ucraniana siempre era así, estando con ella el tiempo era lo más relativo del mundo.
—Tienes razón —tuvo que aceptarlo después de verificar la fecha en su Digivice.
—Cinco semanas con él al acecho. Vladimir se encuentra un paso delante de nosotras —Gaia lo dijo haciendo ademanes extraños mientras daba vueltas por el pasillo—. No puedes ocultarme este tipo de cosas —levantó un poquito su voz—, ¿por qué no me lo dijiste?

Por primera vez en ese rato, Dylan conectó su mirada con Gaia y se perdió sin remedio en aquel gris gélido. Sin darse cuenta se había acercado a ella y sus manos estaban sosteniendo su cara, acariciando sus mejillas. ¿Por qué no se lo había dicho? Sabía muy bien la respuesta a esa pregunta y se moría de ganas por gritarla.

—Porque no me gusta verte de esta manera —le afirmó desde lo más profundo de sí misma—, con él en tu cabeza todo el tiempo —siguió diciendo, fingiendo una seguridad que en realidad no sentía. Quedó a la espera de que su novia contradijera sus palabras, pero al paso de los segundos sospechó que no iba a decir nada y se vio obligada a seguir hablando con un incómodo ardor en la garganta—. Debí dártela antes, pero todo iba bien entre nosotras y tenía miedo de arruinarlo.

Gaia reaccionó casi un minuto tarde porque su revelación la debía de haber tomado por sorpresa. Se le encogió el corazón en el pecho al reconocer el temor en los ojos de Dylan y decidió continuar enmudecida, pero solo porque prefería atrapar los labios de la rubia con los suyos. Tanneberger la aceptó sin cuestionarlo y trasladó sus manos a su espalda para traerle más cerca. Las embestidas de la ucraniana eran lentas, muy dulces, y la alemana se las devolvía respetando su ritmo de manera perfecta.

—¿Podemos ignorarlo y seguir adelante? —le preguntó Dylan con voz ronca, casi contra sus labios. Gaia abrió los ojos y se percató de que la carta seguía ahí, atascada entre su mano y la cabellera rubia.
—¿Dices que no debería leer la carta? —pensar en lo que le provocaba estar tan cerca de su novia y en lo que podría decir el mensaje al mismo tiempo iba a freírle el cerebro, así que cuando la rubia intentó besarle una vez más se apartó sin avisar. Dylan arrugó la frente confundida.

Haciendo alarde de una capacidad de autocontrol fuera de toda realidad, Gaia dio dos pasos hacia atrás, rompió el sello y abrió la carta. Dylan se llevó las manos a la cabeza y se golpeó la nuca contra la pared por mera frustración, sin mucha fuerza. Durante los siguientes minutos no volvieron a hablar. La ucraniana no desvió ni una sola vez su vista del pergamino con manchas de té y la alemana no tenía ni idea de en qué podía estar pensando.

Para cuando la música de Halsey terminó, Gaia sacó su rostro del papel y se recargó de espaldas al muro mirando hacia ningún punto específico. Había palidecido tanto que a Dylan le preocupó su estado de salud.

—¿Estás bien? —le preguntó sin aproximarse para esquivar otro rechazo, la ucraniana apenas asintió con la cabeza— ¿Qué es lo que quiere? —lo último lo soltó de forma impulsiva entremezclada con una pizca de ansiedad. La música de Halsey se reanudó y Gaia contestó con amargura antes de emprender la retirada:
—Veme a solas —la alemana sintió un pinchazo en el pecho.

MÚSICA RARA DE HALSEY

Le siguió por el sitio y al pasar por la sala vio a Torbellino Volk y a Rain bailando felices, la Tamer tenía una mueca divertida tatuada en la boca y le miraba haciendo una seña con su dedo índice y su dedo medio en forma de una ‘V’ invertida. Enseguida leyó de sus labios: «Alfa, protege a tu Omega». Toda una revelación. Tanneberger se atragantó y comprendió que su amiga gozaba de un oído tan prodigioso como la habilidad de Gomamon para hablar locuacidades. Pensó que a veces le gustaría ser un poco más como ella, tener la caradura o el arrojo necesario para hacer ciertas cosas. Agitó la cabeza para enfriar sus mejillas y alcanzó a su novia en el vestíbulo del hogar de Volk tomando su abrigo del perchero y preparándose para salir.

—Espera, Aleksandra —la rubia lo dijo tomándole de la mano y llevándole a retroceder lo más lejos de la puerta—, no deberías ir sola —le acarició con su pulgar el dorso de su palma.
—Tengo que hacerlo para terminar con esto —le respondió Gaia desviando la vista un poco incómoda porque le miraba de manera intensa. No sabía qué palabras emplear para lo que necesitaba expresar, ¿cómo se decía algo así? La quijada le tembló, le sobraban latidos y le faltaba valor.
—No voy a permitirlo —dijo sin más. La ucraniana arrugó su entrecejo.
—¿No vas a permitirlo? —exclamó totalmente sorprendida alzando una ceja—. No confías en mí, ¿cierto?
—No es eso —se apresuró en aclarar—, no se trata de eso.
—Ni al entregarme la carta ni con esto —que Gaia desechara su mano fue un detonante para que ambas levantaran sus voces.
—¡Él es muy peligroso!
—¡No tienes ni idea!
—Su Cerberumon es nivel Perfect y podría lastimarte.
—¿Crees que no lo sé?
—Déjame acompañarte.

...
..
.

—¿Por qué están peleando? —le preguntó Rain a su Tamer sin dejar de ejercitarse, su excelente condición física tampoco estaba en entredicho.
—‘Rebecca’ —Volk hizo alusión a un viejo filme estadounidense—, de Hitchcock.



Bishamon Bishamon listo
 
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All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
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Sasha se sintió incómoda. No le hacía falta tener un espejo al frente para darse cuenta de qué color yacían sus pupilas, pues otras partes sensibles de su cuerpo no tuvieron problema en evidenciar la marejada de sentimientos que buscaban apretujarle las entrañas con el pasar de los segundos, tiempo que parecía querer volar. Tal vez la rapidez de la música de fondo no jugaba a su favor. De todos modos no lucharía contra eso porque de nada le serviría querer congelarlo todo para que todo se sumiera en silencio. El malestar no se iría.

A sabiendas de que tenía la mirada de Dylan sobre sí, Gaia observó la arrugada misiva. La levantó a la altura de su pecho en lo que la veía con desazón. Entonces supo, también, que la rubia igual le tenía de foco visual. Sin decir nada la depositó sobre un mueble con múltiples gavetas, al lado de un florero. Era increíble el poder de las cosas pequeñas; que si los detalles más pequeños eran los que contaban, que si las letras pequeñas eran las que te advertían de lo peor, que si cualquier cosa pequeña podía hacerse espacio sin problema cuando parecía que no lo habría, que si los mejores momentos podrían ser los más pequeños... Que una carta maltrecha y pequeña era capaz de hacerle sentir fastidiada porque tuvo el poder maldito de ponerla en discordia con su persona favorita.

Cuando la música terminó, la voz de Tanneberger se escuchó mucho mejor a pesar de que empleara un tono bajo, aunque suave.

—¿Acaso pone la dirección? —La pregunta logró trastocar a la peliblanca. Un segundo fue suficiente para cuestionárselo; no lo recordaba, pero daba fe de que allí había una dirección escrita. —¿La fecha? ¿Es... hoy? Sería demasiada casualidad.
—Considerando que te la guardaste por días. —Su lengua actuó más rápido que el filtro en su cabeza. Al ver la reacción de la germana, sintió una especie de nudo en el pecho. Tratando de huir de sus afecciones, volvió a releer el papel fijándose en las partes clave. —Dice que cada fin de semana estará asistiendo al café que está en el centro, cerca del restaurante que le hace homenaje a Gomamon.
—Blasfemia. —Sasha guardó la carta en un bolsillo casi de mala gana. Si la memoria no le fallaba, era viernes. Viernes trece. ¿Podría achacar el infortunio a un día catalogado como de mala suerte? Al ver que Sashenka se acomodó el abrigo en vez de regresarlo al perchero, la atención de DTB le provocó un respingo. —Aleksandra. —La aludida se detuvo en la puerta con una mano en el manubrio.
—¿Sí?
—Nada.

Le tenía más miedo a una respuesta frívola cargada de reproche por parte de su novia, que al mismo Jason (por quien achacaran el mal augurio de un día, de un número, como el que marcaba el calendario). Entendió que la eslava solo podría querer estar a solas; no iba a arruinar “también” eso gracias a su afanoso deseo de protegerla, a su dudoso sentido egoísta que le hacía sentirse a veces afuera de las cuestiones de su pareja cuando la misma le confió parte importante de su historia. Ya no quería volver a levantar la voz.

La ucraniana abrió la puerta sin siquiera despedirse o dejar algún mensaje para Vanya y Tommy. Ya se inventaría una excusa, superponiéndose a su gran pereza. Tras el clic de la entrada, de quedarse con la silueta fantasma de quien le gustara, la alemana echó su espalda hacia la pared. Respiró tan hondo como pudo, haciendo tripas corazón en el banal intento de ahuyentar sus pensamientos negativos. No tardó en maldecir en su idioma, de reprenderse. Había ocultado su penosa cara detrás de sus manos cuando la madera volvió a sonar, motivándola a entreabrir los dedos para ver qué estaba pasando.

Dylan no lo pensó. Sujetó la mano de la modelo cual si fuera un salvavidas, enseguida sintiendo el golpe cálido de esa extremidad mezclarse con su temperatura. Se sentía segura, confiada de que al levantar sus verdes tendría los luceros azules de su chica puestos en ella. Atentó con sonreír al verse poseedora de la razón, empero creyó que lo mejor sería mantenerse calmada; esperar a que Sasha continuase dando los primeros pasos.

—Ven conmigo. —La expert miró por el pasillo y Gaia comprendió por qué—. Halsey nos cubrirá. —Tanneberger agarró su abrigo, aceptando ser arrastrada hacia cualquier lugar siempre que estuviera la persona a su lado. Sus dedos se entrelazaron en medio del trayecto a uno de los sitios más confidenciales que habían creado, sin planearlo; subir a la azotea por las escaleras prolongaría el rato a solas. —Lo siento.
—Blasfemia —negó moviendo su cabeza—. Yo soy la que debe disculparse. Me tomé atribuciones que no debía porque... —no dudaba de la eslava; el problema era “el barbaján” de dos patas que resurgió de un triste pasado. —Aleksandra yo no...
—Shh. —Se encontraba frente a Dylan todavía con la unión de sus manos. Con la que tuviera a merced, tocó los labios de la germana. —No me gusta discutir contigo. Es demasiado desagradable la idea de pelearnos y no hablarnos por horas. —En medio de las delicadas caricias sobre su boca, DTB la curvó un poco. —Sobre todo por algo que no lo vale.
—Me pasa igual —atrapó esa otra mano con sus falanges libres apretándole con delicadeza. A pesar de la brisa fría en aquella mañana, en la que los rayos del sol no conseguían traspasarles la piel, aspiró profundo por la quietud del momento y para disfrutar del dulce aroma de la loción que estuviera usando la modelo—. No quiero imaginar tener que irme a dormir o ir de quest estando así con la persona que quiero. —Las mejillas de la peliblanca se encendieron igual o más que las de su emisora, reacción que le desatara una corta pero radiante risa a ojos de Dylan.
—Qué cursi eres. —Y antes de escuchar alguna objeción, se apresuró en pactar su boca contra la de su novia. No dejó de besarla hasta no percibir que sus labios se pusiesen tibios. Compartieron un instante a punta de caricias con la nariz hasta fundirse en un abrazo, en el que Sasha acomodara su cabeza en el hombro de DTB y cerrase los ojos a la vez que disfrutara la sensación de estar totalmente cerca de ella. Apreciaba el que Dylan fortaleciera el acto, que le acariciara el cabello y que al oído volviera a repetirle que la quería en todos los idiomas que conociese.
—Perdón. —añadió, hundiendo su rostro en el hueco del cuello para no tener que lidiar con la molestia nacida en sus esmeraldas. Queriendo no ser tan evidente, vivo retrato de sus temores, empuñó levemente el abrigo de Gaia.

La más experta deseaba con todas sus fuerzas perpetuar aquella ocasión, que se congelara en el tiempo lo suficiente para atrapar cada gota de la esencia de su chica hasta el hartazgo, cosa que dudaba sucediera de todos modos. Cansarse de su persona favorita no era una opción admitida por su cerebro. Teniéndola entre sus brazos le hacía sentir más que capaz para cuidarla, mantenerla consigo; ni Vladimir ni cualquier otro percance lograría destruir la coraza que formaban ambas estando así. Nada podría.

Una corriente enloquecida meció la cabellera de las dos justo cuando se separaban unos centímetros. Rieron por visibles tonterías más producto de lo bien que se sentían al dejar atrás las riñas. Sasha peinó las hebras doradas de la germana como si fuese su muñeca más preciada; le colocó detrás de las orejas los mechones que cubrían sus ojos, cepilló con sus uñas el flequillo improvisado… Ya no veía el miedo en sus pupilas y eso le tranquilizaba.

—Tal vez en tu lugar hubiera hecho lo mismo —bajó la mirada un par de segundos—. Es solo que siento que, con simplemente ignorarlo, todo no se resolverá. —Sasha apuntó a la nada al girar el cuello. A su frente solamente había edificios de distintos tamaños, formas y colores. El vaivén de sus largas hebras añadía un efecto especial que embellecía su perfil desde la perspectiva de la experta, quien se sintiera encantada de ser la primera y única espectadora de ello.

Sus pupilas empezaron a moverse al compás de los pasos de la ucraniana. No se abstuvo de escanear cada parte de su cuerpo, mismo que no lucía nada especial al no vestir prendas que acomodaran su complexión. Pero, ¿quién necesitaba motivación visual si perfectamente conocía lo que había debajo de la tela? Dylan tragó fuerte, buscando aplacar el ardor de sus pómulos. Gaia detuvo su andar al borde de la corta pared, más cerca de poder descubrir lo que se moviera debajo.

—Vladimir no dejará de insistir —confesó con notorio pesar en su voz—. Y no me malentiendas. No es que vaya a ceder a lo que quiera conseguir con esto —no tuvo que voltear para encarar a su pareja porque Tanneberger se había colocado a su lado; tenía las manos dentro de los bolsillos—. Para alejarlo es necesario saber qué es lo que quiere.
—Entonces... —contó hasta tres antes de proseguir—, ¿me dejas acompañarte? —Rápidamente armó una respuesta por si recibía una negativa, mas se obligó a ser paciente.
—Odiaría que te hiciera algo —al girar, queriendo mirarle el rostro, no esperaba toparse de lleno con esos esmeraldas que suplicaban una confirmación; de su pecho surgió una extraña calidez que no sabía cómo llamar: ¿ternura? ¿cariño? ¿amor? Lo que fuera tuvo la fuerza para hacerla sonreír. Shura agarró la mano izquierda de Dylan apretándola enseguida—. Pero quedamos en hacer esto juntas. —El pecho de la experta se sintió liberado.
—Yo también odiaría que intentase cualquier cosa contra ti.
—Con su digimon de nivel perfecto —imitó de mala forma, aunque bromista, las palabras que su chica le dijera rato atrás. La reacción de la aludida fue tirar de la peliblanca para atraparla entre sus brazos; Gaia aplacó las risas antes de proseguir con un tono bajo y confidencial—, al cual solo le puede vencer mi... —frenó a posta. La intriga de DTB por escuchar el final de aquella frase le resultaba entretenida; no tenía que verle fruncir el ceño o que levantara sus cejas en señal de incitación. Había estudiado tan bien a la fémina que la abrazara que sabía en dónde radicaba su zona más reactiva si de sentimientos se trataba: sus ojos—, el mejor amigo de mi novia. —Corrigió divertida. Y los orbes de la amante del océano adquirieron una tonalidad más clara.

No agregaría nada a su discurso, pues era mayor el placer del silencio cómplice que de repente surgió. Tan solo le dedicó una grácil sonrisa, a cambio recibiendo un beso en la mejilla. Sasha empezó a detallar las estructuras sin encontrar nada especial, a la vez reconociendo lo espléndido que era el panorama que se beneficiaba de ellas. No parecía molestarles el que la brisa les despeinara; prestar atención a otros pequeños eventos del rededor se antojaba mejor: el sonido lejano de la cotidianidad, bebés digimon revoloteando con el viento, las decoraciones sobrantes de Halloween que resaltaban producto de los rayos del sol.

Bien decían que lo único positivo de discutir era la reconciliación. Zaytseva acomodó su cabeza en el espacio entre el cuello y el hombro de DTB. Unió sus manos detrás de la rubia, acción que repitiera la misma para encerrarla en el gesto.

—Gracias. —Díjole la eslava con honestidad y cariño.

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..

..
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—Intruso, intruso, intruso.

Lo último a lo que recurriera fue cubrirse la cara usando su cojín favorito. Gomamon no lograba detener a Dex, ni siquiera pudo sacarle información sobre lo que sea que hubiera disparado su defectuoso detalle de transformarse en disco rayado. El de pelos morados corría en círculos con mucha energía, a veces chocando con la pared donde estaba la ventana. A los minutos añadió otro punto de parada grotesca: la puerta. Y en cada uno de sus abruptos encuentros con el concreto movía sus cortas patas exigiendo salir.

Un claro comportamiento reprochable bajo la estricta vara constitucional del rey del Digimundo.

Lo que ignoraba el acuático era que había demasiada verdad en tan estresante monólogo. Mientras prestaba total atención a lo que sucediera entre su tamer y las papas fritas, situación que superó su capacidad de reacción, Dexter se hallaba embelesado, casi que atolondrado, con sus ojos bien abiertos apuntando la ventana. Dio cortos pasos cuales respingos al ver las morisquetas que le hacía “el intruso”. Y como nadie se dio cuenta del hecho, obviaron el frenesí con el que reclamaba estar afuera de la habitación. Incluso se perdieron sus gruñidos. No era la primera vez que se sentía envalentonado.

Y ahora yacía en su habitual sintonía, replicando una y otra vez algo que el child no entendía. Qué difícil era ser alguien tan importante y que el mundo no cooperara para hacerlo todo más llevadero. Gomamon consideró ir en busca de su querida Dylan, que ya se había tardado mucho en compañía de la pelos de anciana, empero recordó que debía esforzarse por aceptar lo que a su adorada humana le hiciera feliz... solo que si su mente no le traicionaba, juraba haberla visto preocupada.

Esa era la excusa perfecta.

—Espera aquí, barbaján —Dex intuyó lo que haría, así que como buen niño pequeño se acercó a la puerta para salir corriendo desde que detectara espacio suficiente—. ¡Tú debes quedarte aquí en lo que regreso!
—¡Dylan, Dylan, Dylan! —La foca le atizó con la mirada. —Intruso, intruso, intruso. —Simuló escarbar en la esquina del marco de la entrada.
—Qué haremos contigo. —Se lamentó luego de soltar un gran suspiro. Entonces, como milagro del cielo, Dex vio su oportunidad al escuchar el clic y figurar el pasillo, que sin escuchar nada salió disparado más rápido que una bala.
—¿Dex? ¿A dónde fue?
—¡Qué bueno que estás de regreso, Dyl! —Su ánimo volvió a restaurarse. —Bah, el barbaján está loco. Insisto en que debemos encontrarle un tamer ¡ur-gen-te! —La germana se paró en el umbral con medio cuerpo afuera.

El peludo corrió apurado sin rumbo fijo detrás de un objetivo humano, no obstante toparse con una exhausta Halsey y Gaomon, además de ver en la televisión a otras personas y digimon moverse al ritmo de una música escandalosa le impresionó mucho. Se frisó momentáneamente.

—¡Hola, pequeña bola de energía! —Saludó la pelirrosa atentando con acercársele. Para el bebé no representaba peligro, pero estaba tan metido en su perplejidad que retrocedió muy rápido. Lo que se le ocurrió fue correr por toda la sala formando un círculo perfecto, culminando al tomar el pasillo que llevara a su habitación.
—¡Bye, bye, bye! —La montenegrina no le quitó la mirada de encima hasta no verle perderse.
—¿Escuchaste? —preguntó a Rain. —Estoy casi segura que se despidió cantando.

Dorimon aceleró al captar la voz de la perezosa. Inmediatamente fue tras ella otra vez repitiendo el mensaje, el ímpetu pudo más que los llamados de la rubia porque Dex corrió a su alrededor y solo se detuvo cuando chocó contra sus piernas. Dylan se puso de cuclillas, recibiendo al peludo en su regazo tras un inesperado salto.

—Ten más cuidado con mi querida Dylan, barbaján. —El aludido hizo gala de su capacidad para ignorar al acuático. Sus redondas cuencas reflejaban a la humana.
—Intruso, intruso, intruso.
—¿Qué sucede, Dex? Tranquilo —acariciarle en la cabeza no estaba surtiendo efecto—. ¿Quién es el intruso?
—Bah, por supuesto que habla de sí mismo —Tanneberger miró a Gomamon—. No me veas así, Dyl.
—No seas tan duro con él.
—Alas —pronunció repentinamente el bebé—. Tiene alas. —Gruñó.
—Bah, hay miles de digimon con alas que saben que su rey vive aquí —levantó el pecho; a su lado derecho había un espejo que le ayudó a elevar su ego—. No puedes tratar mal a mis súbditos visitantes.
—Malo, malo, malo —empezó a remenearse en las manos de la experta, visiblemente molesto.
—Tranquilo, Dex. —Trató de contenerlo, mas fue imposible evitar que saliera corriendo. Su rutina de recorrer la habitación empezó de cero. —¿Recuerdas más detalles? ¿No viste nada, Gomamon?
—Me gustaría estar en todo a la vez, Dyl —se acercó a su tamer—. Te vi preocupada cuando hablabas con la pe... Gaia. —DTB lo premió con una caricia sobre sus cabellos.
—Lo estaba —cortó la intentona del child al intuir que se manifestaría cual padre preocupado en exceso—. Hemos hablado y todo está bien.
—¿De verdad? ¿No te hizo nada? —La germana negó en silencio.

¿Debía sentirse complacido, no? Gomamon se sumergió en su propio mar de pensamientos relacionados a su amada humana y a la amiga de la antorcha andante. No ladeó la mirada, ni siquiera cuando la heroína tratara de dialogar con el efusivo Dex. Él siempre se había considerado como el único con el poder de mejorar cada aspecto de la vida de su tamer, así que caer en cuenta (cada vez más seguido) de que existía alguien que le igualaba, porque todavía no concebía que le superaba, se sentía como estrellarse contra una puerta transparente.

“Solo tienes que observar”

[…]

El marcador rojo yacía en su lugar, debajo de un calendario colgado en la pared de su habitación. Cinco semanas atrás no existía ninguna equis que tachara los días en los que cayera un fin de semana. Otra persona hubiera desistido de esperar “el milagro”; si contar con una entidad divina para esas cosas era como jugar a la lotería, qué sería confiarse de un ser humano sin palabra. Vladimir tomó lo que quedara de su cerveza, aplastó la lata y le lanzó al zafacón que estuviera a una esquina; perfecto enceste. El ruso parlante estaba bastante seguro de que Sashenka no era una persona que careciera de compromiso, sin embargo admitía sentirse impresionado por su tardanza. En su cabeza escribió unas cuantas razones de ello; no. No pudo hacerlo, aunque figurara un número dos para proseguir con sus hipótesis: su inasistencia podría estarse debiendo a terceros.

Sobre un escritorio tenía imágenes de una fémina distinta a la ucraniana: en actividades de la ciudad, en competencias de nado, en artículos publicados en el Tengu. Se burló de su silueta sin gracia, siempre carente de emociones. Se notaba demasiado cuánto necesitaba de su foca para “brillar” delante de la gente, porque sin el carisma de ese parlanchín cómico —rio con solo recordar su encuentro en el Gran Prix—, la tal Dylan Tanneberger no sería más que una chica singular fácil de olvidar.

Y aun así le hacía sentir ligeramente ansioso.

—Por fin llegas —captó la entrada de tsukaimon por la ventana—. ¿Qué observaste?
—¿Por qué tan desesperado? —Se detuvo sobre la cama, en la que empezara a caminar. —¿Te asusta que vuelva a faltar? —Vova le dedicó una mirada furtiva. —Deberías dejar de insistir.
—¿Qué viste? —Su compañero se echó en una almohada con la panza hacia arriba.
—No pude ver mucho porque no hay ventanas en todo el apartamento —Vladimir se mordió la lengua para evitar desviar la conversación; ganas de comentar con sarcasmo no faltaron por la obvia información—. Pero... —empezó a mover sus patas; entre segundo y segundo miró a su tamer queriendo no perderse de su facción, ya que adrede estaba prolongando su recuento de los hechos.
—¿Pero? ¿Puedes decir todo de golpe? No tengo todo el tiempo del universo para esperar por ti.
—¡Ja! Sé que te mueres por saber lo que sé —sonrió con astucia—. La verdad, no sé si deba contártelo. Mi deber es protegerte. —Se tocó el pecho en medio de su dramatización.
—¡Qué hables de una puta vez! —Tsukaimon estalló en risas.
—No vuelvas a enviarme a espiarlas —hizo una mueca de náuseas—. Pensé que vomitaría por tanta cursilería barata. ¡Horrible! Las hubieras visto como se abrazaban y besaban... ¡PUAG! —Se acercó al borde de la cama, simulando desechar lo que se hubiera comido por su gran boca—. Tuve que comprarme un Pepto Bismol.
—No seas ridículo.
—Vale, lo tomé de la ventana de alguien más. —Se dio pequeños golpecitos en la panza. —¡Pero fue horrible! ¡Casi muero! Y no puedo morir en medio de mis propios vómitos arcoíris.
—Así que... están más unidas que nunca. ¿Eso es lo que quieres decir? —Su digimon y él compartieron miradas enseriadas, uno por la incredulidad mezclada con fastidio; el otro por solamente no terminar de comprender el por qué esa chica era tan importante. —Sashenka no puede estar con ella.
—Tú y esa humana no son nada, ¿por qué no puede estar con esa perdedora? —La recordaba de la competencia.
—Esa perdedora —hizo comilla con las manos—, puede resultar un estorbo. ¡Qué importa si Sashenka quiere destruir la moral de su familia cayendo en indecencias! —¿Quiso reír? Porque su amigo solo notó una mueca mal tramada. —O su reputación al salir con una mujer.
—La verdad, yo creo que... —el peliblanco le encajó sus rubíes exigiendo silencio. —No me veas así. No soy el homosexual aquí.
—Ella solo está confundida.
—Yo la vi muy cómoda.
—Cualquiera es buena compañía en medio de la soledad.
—¿Te meterías con un hombre entonces? —Vladimir le miró de soslayo; su rostro se tornó rígido. —Dime, ¿por qué es tan importante y por qué la perdedora es un problema?

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Raving George Raving George 1/2 (?)
Tizza Tizza pase.
 

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Acomodó el pañuelo azul claro que optó llevar en la cabeza cual cinto, asegurándose de que el nudo detrás estuviera firme y su cabello perfectamente peinado. Lo dejaría suelto. En lo que veía su reflejo para darse unos cuantos retoques, se imaginó un montón de escenarios posibles que podrían suceder durante su encuentro con Matvéyev. Todos coincidían en el mismo detalle: ninguno era agradable. Notó que el accesorio combinaba con el azul de sus ojos, objetivo logrado, casi lamentándolo porque estaba segura de que no tardarían nada en variar de color. Paseó su índice sobre sus labios con un poco de labial transparente, de repente sintiéndolos resecos.

La noche anterior conversó con Vanya su decisión de verse con Vladimir y así como lo detestara la pareja de su tamer, así lo manifestó inclusive en el idioma natal de la modelo. Él tampoco quería que Sasha se expusiera sin siquiera tener una razón para ello; para Vanya no quedaban deudas pendientes. No obstante, en medio de la conversación Zaytseva hizo una larga pausa de fácil interpretación.

“La venganza no es la mejor opción nunca”.

“Solo quiero saber por qué...”
—No supo cuándo sus propios ojos le permitieron mirar más allá de su bien perfilado rostro. — “por qué sacrificó a su mejor amigo.”

Coronamon abrió la puerta para que quien la hubiera tocado pasara adelante. Gaia se sobresaltó al sentir que le agarraban por los hombros, abrupto aterrizaje a la realidad. Dibujó una sonrisa a la par que acariciara una de las manos de su novia, que torpemente intentaba regalarle un corto masaje. La eslava agradeció el gesto.

—¿Estás lista? —Atrapó su mirada a través del espejo.
—Net, ya khochu ostat'sya, kak seychas.
—Ya ne khoroshiy massazhist
—rieron, hasta que las carcajadas quedaron relegadas por las muestras de afecto. La medium trató de cerciorarse de que no hubiese moros en la costa, mas su persona favorita se encargó de aplacar sus dudas al decírselo al oído—. Ich bin gut in... —Gaia se removió producto del leve mordisco en su lóbulo; sus mejillas se colorearon y girar su rostro hacia la rubia le costó un beso en los labios.

Tanneberger se acomodó mejor al ponerse sobre sus rodillas, a un lado del asiento de su pareja. Sin desprenderse de su boca, la sujetó de la cintura. Que Gaia reposara sus manos entre su cuello y rostro, regalándole diminutas caricias con la yema de sus dedos, fue el motor de arranque que disparara su éxtasis. El sabor del pintalabios era aditivo; dulce, provocativo. Dylan se encargó de extinguirlo de la manera más pasional.

—Ya by khotel ostat'sya s toboy v posteli. —Confesó rozándole los labios.
—Davay ostanemsya. —Afianzó las manos en el torso de su chica, ejemplo de la firmeza de su petición. Sasha envolvió a Dylan en un abrazo, dejando que fuera dicha muestra de afecto la que hablara por sus palabras. Ganas de quedarse sobraban, solo que las razones no le hacían justicia a una situación que nunca pudo resolverse.

Gomamon cuidaba el emparedado que preparó para la rubia de la voraz hambre de Dexter; si tenía que escalar a la repisa más alta, estaba dispuesto a hacerlo. Empero, lo que para él representaba una labor honorable y compleja, del nivel de un monarca, se tornó peor con Tommy inmiscuido en el juego. Ambos bebés atentaban contra la paciencia del ególatra, además de la estabilidad del platillo.

Ver a DTB dirigirse hacia el comedor fue su mayor error, uno que no lamentaba (si le preguntaban); su propia emoción le llevó a colocar el plato a una altura en la que fue alcanzado por los bebés, prácticamente tirándosele encima. La foca quedó aplastada y embarrada de mermelada y mantequilla de maní por los desordenados mordiscos del barbaján. Unas cuantas migajas cayeron de su boca, perfecto imán para la lengua de Dex. Vanya fotografió cada momento vergonzoso del rey.

—Y el supuesto rey del Digimundo ha sido derrotado por dos bebés.
—¡Jamás! ¡Blasfemia! —Su discurso quedó interrumpido por un último lengüetazo del peludo. Todavía le quedaba un poco de mermelada en el moflete derecho. —¡Suficiente, barbaján sin modales! ¿Cómo osan en aplastar al rey? —Dex y Taras huyeron de un recompuesto Gomamon.
—Qué bueno que estés jugando con ellos —comentó la rubia para ayudarle a bajar los humos. Sabía que para el child no tuvo que haber sido agradable.
—¡Dyl! Te había preparado un sándwich.
—Gracias —Gomamon movió la cola ante las caricias de su humana sobre su melena anaranjada—. Haré otro y uno para Gaia. ¿Me acompañas? —El acuático se le colgó del hombro sin emitir respuesta.

Lo primero que captara Zaytseva al arribar al comedor fue una situación común, nada envidiable pero sí entrañable bajo el conocimiento de lo que se avecinaba. La espina de un pensamiento molesto apareció de la nada; temía que la tranquilidad que auguraba esa “normalidad”, que solía disfrutar, se quebrara. Ubicó a Taras y a Dex correteando alrededor de la mesa y sin ánimo de irrumpir su juego, llamó al gelatinoso para introducirlo en su digivice. No quería exponerlo. Dex se mostró levemente decaído, mas le bastaron unos cortos toqueteos entre su panza y la espalda para derretirse en la mano de la eslava.

—Quedamos en que me enseñarías a hacer eso. —habló la rubia desde atrás.
—Habrá oportunidad de enseñarte luego. —Le guiñó un ojo con coquetería. —¿Para mí? Gracias. —Dio una mordida al emparedado, validando el relleno que escogiera su pareja.
—¿De verdad tenemos que ir? —Desde hacía rato quería lanzar la pregunta cual patada voladora, arriesgándose a que la peliblanca se fastidiara. No obstante, Sasha hizo un sonido afirmativo por tener la boca llena. Ni siquiera era ella quien tendría que reunirse con Vladimir; el corazón le empezó a latir rápido. Si su novia se encontraba confiada, ella era la que menos debía sucumbir por culpa de ideas apresuradas. Tanneberger se repitió alguna frase motivacional e hizo un corto ejercicio de respiración poco antes de que salieran de casa. Ella y Gomamon cubrieron sus ojos usando gafas a juego.

[…]

Gracias a Vanya pudieron encontrar el café que mencionaba la carta, un edificio que pasaba desapercibido gracias a la imponente estructura a la izquierda: lleno de pequeñas tiendas de diversos artículos, restaurantes y oficinas de servicios; a la derecha se alzaba el excéntrico restaurante creado en honor al autoproclamado rey del Digimundo. Para entrar debían adentrarse por un callejón.

Un servicial lalamon recibió a las humanas al entrar. Un adorno clásico, metálico y llamativo resonó al empujar la puerta. Azules y verdes escudriñaron cuánto les alcanzara observar del espacio: era más profundo que ancho, tenía tablas clavadas en cada pared y encima yacían floreros con radiantes rosas rojas y blancas. La ucraniana reconoció otros detalles del local muy típicos de su cultura, mas fue su mejor amigo quien lo declarara en voz alta.

—Mira Shura, pisanka. —Se acercó a una vitrina que resguardaba unos seis huevos cuidadosamente coloreados.
—Son huevos de fabergé —corrigió la pequeña digital—. El dueño de esta cafetería es ruso.
—¿Huevos de qué?
—Permítame iluminarle —Gomamon bufó—: esos huevos fueron diseñados para los zares de Rusia, una de sesenta y nueve joyas —al acuático se le encendió la bombilla de la nobleza—, antes de la Unión Soviética —Vanya levantó un dedo—. Se consideran una obra maestra de la joyería.
—¿Qué son zares, Dyl? —La humana se notó levemente contrariada, mas el mismo ígneo la sacó del apuro.
—Eran gobernantes nobles de Rusia, como reyes.
—¡Necesito tener mis propias joyas! —Vanya carcajeó un poco, ganándose una mirada cargada de reproche.
—La clase de Historia no era mi fuerte... —confesó a su novia con dejo apenado—, me ponía a dibujar.
—Nunca he visto un dibujo tuyo. —Tanneberger respingó.
—Y yo nunca había visto este lugar —comentó, evadiendo la mirada de Zaytseva.
—Yo tampoco —se miraron un instante, justo lalamon preguntó si deseaban una mesa—. Vinimos a encontrarnos con una persona.
—¿Tiene una mesa reservada? ¿Está por aquí? —Ni Coronamon, ni Dylan ni Sasha dieron con la silueta del peliblanco. Gomamon trató de ubicar a la bola de papa con alas. —¿Cómo se llama?
—… —Zaytseva sintió su saliva más pesada en el tramo de la garganta. Que su novia le tomara una mano fue un gesto acertado; enseguida se aferró de sus dedos. —Vladimir Matvéyev. —La heroína aplicó fuerza en la unión de sus manos; ahora era cuando menos podía permitirse verse afectada por sus temores. Consideraba al aludido como un sujeto impredecible, calculador y frívolo, de esos que obligaban a los demás a tener ases bajo la manga. La nadadora recordó lo que le dijera su persona favorita al respecto: “necesitaba estar pasos adelante”. Podía comprenderlo un poco más estando a segundos de confrontarse con esa amarga parte de la realidad.
—¡Yo las atiendo, Lala! —Un joven mesero que no pasaba de los diecisiete, de expresión tranquila y amable extendió su brazo derecho mostrándoles el camino. —Vova es un cliente habitual. Ya nos había comentado que alguien podría venir —DTB y Sasha no se equivocaron al pensar lo mismo, transmitiéndose el mensaje a través de una fugaz mirada.
—Me citó aquí, así que debió referirse a...
—Perdón —tocó su pecho al detenerse frente a una puerta—, mencionó a dos personas.
—¿Mujeres? —El muchacho asintió.

Una habitación aparte, un nuevo espacio que aprenderse por si necesitaban actuar rápido. El carismático chico les permitió pasar, apuntándoles donde mismo la ubicación del de orbes rojos. Aquel lugar empezaba a disociarse de la fachada de un típico café, dando paso a un bar que sabía mimetizar el ambiente de un local nocturno, aunque el reloj marcase las doce del mediodía. Al cerrarse la entrada de aquel pasadizo, la oscuridad les arropó; las luces tenues, molestas si se les veía fijamente, empeoraban la labor de detectar todos los detalles del cuarto.

Un bar tender les saludó, ofreció alguna bebida y ambas negaron.

—Puedo quedarme en otra mesa.
—Será lo mejor —Dylan atrapó las manos de su chica. La oscuridad no sería obstáculo para demostrarle su cariño y apoyo; levantó los brazos de Gaia, regalándole un beso en el dorso de su diestra. Supo que ella le había correspondido al sonreír. Ojalá hubiera podido hacer lo mismo.
—¿No nos enfrentaremos a... —DTB cubrió la boca de Gomamon.
—Tranquilo. —Le susurró.

La modelo movía los dedos como si fuesen víctimas de un cosquilleo fantasma, finalmente apretándolos al decidir deshacerse de las preocupaciones. Vladimir no sería capaz de hacer nada; no se atrevería a llamar la atención para luego leer su nombre en un titular enorme del periódico. Gaia le asintió al sagrado, acto siguiente se detuvo frente a la mesa más alejada del salón.

Vladimir no reaccionó de inmediato al creer que se trataba de una mesera, empero sintió una fuerte atracción hacia dos cosas: el aroma de la crema que llevara puesta la eslava y sus piernas contorneadas, firmes. Conocía muy bien esa zona de su cuerpo de tantas veces que pudo admirarla; había perdido la cuenta de sus intentos por romper la barrera entre los dos, cegado e hipnotizado por sus lascivos deseos.

—Finalmente, Sashenka. —Recorrió todo el torso de la mujer sin discreción; la mirada era gratis. A otro hombre le hubiera gustado deleitarse observando sus atributos, mas se sorprendió consigo al determinar que adoró tener sus... plateados luceros sobre sí. Sonrió de lado. —¿Puedo saludarte cómo lo dicta nuestra cultura?
—No somos amigos. —Matvéyev se sobó el mentón. —¿Qué se supone qué es esto?
—Una sucia carta, ¿no es obvio? —Gaia la estrelló sobre la mesa. —No me digas. ¿Es la carta que le di a tu amiga? —Retuvo la risa sardónica. —Qué desastre. ¿No sabe cuidar lo ajeno o qué?
—Con Dylan no te metas.
—Miren esa mirada... y ese tono. —Notó que la modelo tenía las manos empuñadas. —¿Dylan, no? Fue divertido correr contra ella.
—¿Por qué no me la entregaste, a mí?
—Porque entendí que tu amiga podía dártela —movió una mano al compás de su discurso—. Y no me equivoqué. Cinco semanas después hizo lo que le pedí.
—Cinco semanas en las que decidí darte largas —corrigió sin titubear a pesar de ser mentira.
—No lo creo —recostó su espalda—. Se ve que eres importante para ella. ¿Por qué me ve como a un problema? No nos conocemos bien.
—Al grano, Vladimir.
—Toma asiento —señaló una silla—. Tú también —Vanya se cruzó de brazos—. Tsukaimon está por ahí. Le aburren estas reuniones. ¿Y Dylan por qué no se nos une? Sé que está aquí. —La peliblanca rodó los ojos. —De todos modos, va a enterarse de lo que te diga.
—En eso estamos de acuerdo —curvó los labios un poquito, destilando fastidio—. Ocultar cosas a tu pareja nunca termina en nada bueno. —De repente a Vladimir le dieron muchas ganas de reír. —Es más, te complaceré. —Su confrontación mermó las sonoras carcajadas del muchacho, además de conseguir que él expresara consternación en su facción. Conocía demasiado al ruso parlante; le constaba lo difícil que le resultaba retener sus pensamientos porque su cara siempre le traicionaba. ¿Y ahora? Tragó fuerte, respiró pesado. Miró en la dirección que lo hiciere la ucraniana para no perderse de la llegada de la otra tamer, pues DTB entendió la invitación de su pareja. —Es mi novia. —Dylan casi se ahogaba con su saliva; su corazón latió como si soltase un tremendo puñetazo. Gomamon abrió los ojos con desmesura, y a nada de escupir sus pareceres la rubia le cubrió la boca con su temblorosa zurda. Vanya se mostró emocionado y así como lo hiciere la modelo, disfrutaba al ver el ceño fruncido en el bien tallado rostro del hombre. —Deberías tener cuidado con quiénes te metes.
—Tú deberías tenerlo más que yo. —Tomó un poco de agua. —Pero bueno. Veo que poco te importa las creencias de tus padres... —¿lucía preocupado? Quien se tragara su triste cuento.
—Eres el menos indicado para esos discursos —Vladimir evadió mirarla—. ¿Cómo es que llegaste a este mundo? ¿Cómo me encontraste?
—No te cité para hablar de esas cosas, Sashenka —la observó con el dejo de preocupación; tanto a la afectada como a su acompañante le repugnaba su actuación—. Te encontré de casualidad y me lo pensé mucho antes de planear este encuentro. —Vaciló sus rubíes entre los grises y verdes de las chicas. —Como ves, no soy tan malévolo como crees que soy.
—¡¡¡Por tu culpa murió Iván!!!

Toda el área de su nariz y pómulos se enrojeció del coraje. Tenía tantas ganas de explotar y gritarle hasta la enfermedad de la que tendría que morirse. Mas contuvo sus hirvientes sentimientos; tal como se repetía en momentos así, no valía la pena demostrarle al enemigo cuán afectado se estaba. Era como abrirle las puertas de la debilidad para que ingeniara mil maneras de atacarte después. Solo que, en aquella ocasión, Zaytseva dudó de su propio autocontrol; hasta que su digimon le sujetó de una mano. Si pudiera hacer algo para que su tamer le traspasara el hervor de su rabia contenida, lo haría sin chistar. Dulce inocencia. A la modelo le ayudó su veloz reacción; su innegable empatía. A eso se le sumó el sutil apretón en su hombro cortesía de la experta. Permitirle a Tanneberger asistir fue la mejor decisión.

El rey del Digimundo fue el único confundido.

—Responde las preguntas de Gaia. —Pidió la rubia, con calma. —¿Qué quieres con ella?
—¿Tomándote atribuciones de pareja? —Se burló; era su manera de minimizar los efectos de la acusación de la eslava. —Qué seria. ¿No sonríes? Ni siquiera en el Gran Prix lo hiciste.
—¡Deja de meterte con mi querida Dylan, ser inferior!
—A mala hora Tsukaimon decidió irse —también se burló del acuático al sonreír—. Está bien. Responderé. —Suspiró. —Yo no maté a Yan.
—Fuiste cómplice.
—Fui una víctima también —jugaba con un palillo que yacía flotando en la nada de un plato—. Para entender qué fue lo que pasó, tuve que fingir estar de parte de la organización que quería atrapar a... —bastó que mirara a Vanya para que completaran la frase. —No sé cómo descubrieron mi mentira, pero gracias a eso es que estoy aquí.
—¿Tu digimon también estaba en nuestro mundo? —preguntó Sasha visiblemente incrédula.
—No. Conocí a tsukaimon aquí —se relamió el labio inferior al sentirlo reseco—. Esa historia no importa ahora.
—¿Para qué querías ver a Gaia? —DTB añadió seriedad a su tono. —Es obvio que no eres una buena influencia.
—¿Tú sí? —Ninguno titubeó al chocar miradas.
—Lo es —contestó la eslava bajo la atención de la foca—. Dudo muchísimo que estés deseando mi compañía.
—La añoro —DTB quiso golpearlo; fue sencillo en su mente—. En cambio, tú... te consuelas... bien. Creo.
—Se acabó. Dylan, vámonos. —La tomó de la mano.
—Mataron a tu padre. —Las humanas no pudieron saltar esa piedra. Ambas regresaron la atención a Vladimir, una más afectada que la otra. Shura demandó la mirada de Vova y una repetición sin filtro de lo que hubiera escupido.
—¿Qué? —La germana y Vanya aumentaron la guardia sobre la modelo, quien estuviere demasiado tranquila.
—Ellos lo hicieron. —A Dylan se le apretujó el pecho al ver la primera lágrima caer de su tersa mejilla. Tuvo un enorme arrebato: se sintió tan enfadada que no se abstuvo de decir:
—¡¿Cómo puedes ser tan cruel?!
—La noticia de una muerte no puedes suavizarla de ninguna manera. —Se levantó para añadir ímpetu a su afirmación. En el fondo se moría por intimidar a la alemana y la diferencia de alturas podría colaborar con ello.
—Lo estás inventando. —Le retó su homóloga en rango.
—¿Qué puedo ganar con eso? —Dylan mantuvo su postura firme. En conjunto a Gomamon, el peso de la mirada de ambos estaba empezando a ser demasiado molesto.
—Hacer daño —dio un paso adelante sin importarle que tuviera que alzar el mentón para verle a la cara—. Y no te lo permitiré.
—Esto no te concierne, Tanneberger. —Un movimiento casi inteligente el mencionar su supuesto desconocido apellido, que solo sirvió para aturdirla menos de un segundo. DTB impidió que Vladimir se acercara a Sasha al interponerse en medio.

Desde atrás, Shura dejó de pensar en lo que suscitara a su alrededor. Sabía que Dylan le reñía a Vova, pero la razón se volvió lo de menos. Tumbó sus posaderas sobre la silla, absorta. Atrapada en una marea de sentimientos que no conseguía desatar, pero que le quemaban por dentro. No lo podía creer. Era una pésima broma; una treta vil de alguien sin corazón. Se preguntó, ¿por qué lloraba? Se había tocado los pómulos, solo así cayendo en cuenta de que las lágrimas le traicionaron.

—No es cierto. —El otro par le prestó atención. Gomamon bajó del hombro de Dylan al comprender que su tamer podría necesitar espacio. La rubia reclinó las piernas a su lado. —Estás mintiendo. —¿Por qué no dejaba de llorar entonces? —Estás mintiendo.
—Es la verdad. —Gaia comenzó a negar.
—Eres un mentiroso, ¡¡¡estás mintiendo!!! —Se puso de pie con exabrupto; agarró el vaso de la mesa y aventó el líquido que quedara al rostro del varón. —¿Qué mierda te he hecho? ¡Dime!
—¿Qué diablos te sucede? ¡Te estoy diciendo la maldita verdad! —Sintió rabia por el agua aventada, mas frenó sus pasos al ver a los digitales preparados para atacar y a la heroína contener a su pareja. —Por tu culpa mataron a tu padre. —A Gaia le disminuyeron los latidos. —Te pedí muchas veces que no te metieras en los asuntos de La Zona.
—No tienes pruebas. —Temblaba en medio del abrazo que le diera Dylan.
—Que incendiaran el bosque —Coronamon reaccionó al recordarlo—, no fue una idea brillante. ¡Descubrieron tu identidad, me descubrieron también y todo se fue al diablo!
—Deja de mentir…
—¿Te parece falso esto? —De su bolsillo extrajo varios recortes de periódicos ucranianos. —Quédatelos. Es lo único que tendrás de tu padre.
—¿Para esto querías verla? —Le encaró el ígneo. —Para hacerla llorar.
—No hay verdad que no duela —se escuchó desde atrás. El primero en reconocer ese tono fastidioso fue: —la foca fanfarrona, el gatito y las humanas. ¿Qué tal? —Tsukaimon se colocó al lado de Vladimir.
—Guárdate tus comentarios, ser inferior.
—No tengo por qué hablarte —Gomamon infló los mofletes—. Vladimir quiere vengarse. La misma persona que intentó matarlo, pero terminó enviándolo a este mundo, se encuentra aquí. —Los llorosos orbes de Zaytseva centellaron. —Fue quien asesinó a tu padre.
—Sashenka, tenemos que unirnos… —trató de acercarse otra vez, empero Dylan lo impidió.
—Es mejor irnos, Gaia. —Le sujetó de la cara, apartando los flequillos adheridos por la humedad. Le acarició sin prisa en son de motivarle a ceder.
—Sashenka, tu padre era inocente. Iván era inocente. —DTB sintió una punzada y a su novia se le resquebrajaba el corazón en incontables trozos.
—Vámonos, por favor.
—Recuérdalo. El asesino está aquí.


Raving George Raving George c:
 
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