Fanfic デジモンリセット(最初本、闇呼)

Creo que de los 4 capítulos hasta ahora, este es el mas revelador, en función del contenido argumental que se ha desplegado, hasta el punto que empieza a resolver algunas de las dudas que se han planteado en el inicio del fic. Se me hizo muy interesante, también es quizás el de lectura mas pesada de los 4, porque mucho de su contenido son interlocuciones largas o reflexiones extensas. La escena del juicio esta muy bien estructurada, tanto desde el punto del trasfondo del fic como desde la base legal de lo que seria un hipotético juicio, sin embargo creo que le quita algo de ritmo al capitulo.

Veo que al parecer en el mar oscuro donde esta Kari el tiempo esta aun mas dilatado que en el digimundo, por lo que apenas acaba de llegar. Esa noción me resulta bastante interesante (lo comente en su momento cuando en adv2020 insinuaron algo parecido con respecto a la red y el digimundo), o al menos esa es la impresión que me dio. Por otra parte, la escena y la relacion en general entre patamon y gatomon me resulto enternecedora, y me gusta que justifiques ese vinculo con la convivencia de 3 años que ambos tuvieron en la ciudad del inicio.

El punto flojo del capitulo me pareció Tai, que a pesar de entender por todo lo que esta pasando me resulto excesivamente iracundo y caprichoso, incluso mas que al inicio de adv99, temporada en la que entiendo que su arco personal lo condujo justamente a ser un poco mas juicioso y maduro como líder y persona, derivando en el Tai de 02 que me parece uno de los pocos buenos desarrollos de personajes de la temporada. Acá sentí un retroceso con el personaje, aunque como digo, esta pasando por mucho.

Destaco de nuevo el arco de tu personaje original, me gusta mucho la construcción que le estas dando, y realmente me interesa mucho leer sobre la aventura paralela de los padres en el mundo humano que sin duda va a involucrar tanto a Ushikawa como la turbia red tras de ella. Otro aspecto que me gusta mucho del fic es el énfasis en witchenly y como integras tu OS, que a estas alturas ya es prácticamente lectura obligatoria para entender lo que esta pasando con hackmon y sus investigaciones. Hay un tema, que es la ambición que muestras en el desarrollos de muchas líneas argumentales paralelas, lo que le da una profundidad fascinante al fic pero al mismo tiempo puede ser difícil de llevar. Hasta ahora siento que todo se desarrolla muy bien, y espero puedas continuarlo pronto.
 
Me gusto como narraste el entrenamiento que hackmon llevo a cabo durante su estancia con gankoomon, y puedo imaginar el pesar de su primer gran fracaso al intentar salvar una vida. En general me gusta como le vas dando poco a poco trasfondo a tus diferentes personajes, e integrándolos a un universo ya establecido de manera orgánica.

Igualmente con los padres de Izzy, tanto los biológicos como los adoptivos. Ese tema fue un artefacto importante durante adventure pero no demasiado explorado, acá usas la tragedia tanto del pobre Kenta como de los padres biológicos para darles un papel mas importante, hasta involucrar a los Izumi en una especie de conspiración que termino en su asesinato, y la cual se nota que vas a usar en algún momento para hilar la trama.

El final del juicio también me gusto, mas que nada porque sirvió para entender mejor tu versión de la era primitiva, el conflicto antiguo con los demon lords y la tormentosa relacion entre las bestias sagradas y sus tamers originales, de los que va a estar interesante conocer mas en el futuro. Aun se me hace injustificado el profundo odio de Zhuquiaomon por su tamer, y me pregunto que habrá ocurrido para desatar esa reacción en el, mas allá del dolor disfrazado de ira.

Lo que mas me gusto del capitulo sin embargo, fue ver que por un lado gatomon recupero el conocimiento, y por otro que la trama se dirige a witchelny, un lugar que me interesa mucho y que he desarrollado también en mi fic.

Hasta el próximo (y hasta ahora ultimo) capitulo
 
Bueno, leído el ultimo hasta ahora. El inicio es bastante desalentador, y vemos probablemente la primera manifestación por parte de Tai en la que parece que por fin entra en razón, así como vemos que hackmon es el digimon diferente en este fic, el que duda, piensa y razona. Me gusta la caracterización que le estas dando.

Luego vemos a tu otro personaje original, que me gusta aun mas que hackmon, meterse en el entramado que ya habías empezado a desarrollar en capítulos anteriores. Por lo que veo toda la trama de los padres de Izzy esta ligada a la creación del digimundo, eso me parece una vuelta fascinante, que esperare ver como se resuelve en el futuro. Me sorprendió la mención a Akiyoshi jaja no la esperaba por natural que fuera, pensé que el nombre iba a ser sobre el padre de Izzy o algo por el estilo.

Me gusto la escena de Tk dándole al grupo algo a lo que agarrarse, por mas que luego no funcionara, supongo que de eso se trata la esperanza. También me gusto que el por que no pudo ser la evolución se haya trabajado con anterioridad, habla de que has preparado con cuidado el escrito. En general toda la secuencia y los diálogos desde que los encarcelan hasta que hackmon los libera, y posteriormente viajan al espacio supra dimensional me pareció que estuvo bien llevada. Te confieso que pensé que hackmon iría con ellos.

Ya vi cual es la parte que editaste posteriormente, me gusto la descripción de tai en su primera aventura sobre ese lugar, y aunque no pudimos leer sobre Witchenly estoy de acuerdo en que funciona perfecto como un cliffhanger para esperar el próximo capitulo. Supongo que Sora y gomamon están vivos, aunque los lanzaste a ese lugar cuya descripción suena peor que el mar oscuro donde esta Kari. Me imagino lo que debe ser para Tai, que primero su hermana, y ahora la otra persona verdaderamente cercana del grupo desaparezcan a quien sabe donde sin saber si están vivas, esta ultima además llevada a ese sitio gracias a querer ayudarlo a recuperar a su hermana. Si ya estaba roto ahora debe estar destruido. Veo un paralelismo inverso a cuando Tai rescata a Sora de datamon y luego también desaparece en la nada.

No te voy a decir nada nuevo, salvo que estas haciendo un gran trabajo. Estaré atento al próximo y deseo que logres romper tu bloqueo y poder publicarlo pronto. Saludos
 

選ばれし子供

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Digimon Reset
デジモンリセット
Libro primero: La llamada de las tinieblas
最初本、闇呼
Capítulo 7: Un despiadado país de las Maravillas
第七章、 ハードボイルド・ワンダーランド


Thus grew the tale of Wonderland:
Thus slowly, one by one,
Its quaint events were hammered out

Lewis Carroll


Incluso Koushiro Izumi, cuya desaforada ansia de conocimiento lo llevaba siempre más allá de los ingenios de la naturaleza, de los milagros y de la magia, fue incapaz de poner palabras a la turbia experiencia de atravesar el espacio supradimensional; pero, lejos de amilanarle el ánimo, aquel nuevo reto intelectual inflamó su determinación y lo impulsó a conservar intacta la memoria de cada una de sus experiencias, para que una revisión ulterior de todos sus pormenores desembocara en una fructífera re significación de las mismas. Ni siquiera el postrero colapso de aquel absurdo lugar y la oscuridad que lo precedieron lo distanciaron de su propósito. Durante un tiempo imprecisamente dilatado hasta el vértigo por la adrenalina y el instinto de conservación, Izumi contempló, absorto, el múltiple rostro de la nada; luego, como si el universo sucumbiera ante la imposibilidad lógica de aquella atrocidad, aquí y acullá aparecieron súbitos vislumbres de formas indecibles. Ávida de patrones y coherencias, la mente de Koushiro buscó agruparlas y categorizarlas; al cabo de un tiempo, comprendió que contemplaba la perspectiva cenital de un paisaje imposible, hacia el cual se precipitaba con una rapidez pasmosa. La memoria de la similitud entre esa experiencia y otras ya pretéritas lo hizo luchar contra el atávico e inútil instinto de cubrirse la cara con las manos, pero tuvo que repetirse varias veces que la caída no sería letal para calmar su pavor.
Cuando ya estaban a punto de tocar tierra, una ráfaga de aire caliente los envolvió y los separó en múltiples direcciones. Koushiro no pudo distinguir cuál de sus compañeros fue lanzado a qué dirección, pues la velocidad con la que descendían los había convertido, ante sus ojos, en una suerte de pequeñas centellas, y ciertas figuras del color del emblema del conocimiento lo rodeaban y le impedían ver bien; pero sí pudo percatarse de que eran once cuerpos los que caían, sin contar a él mismo, en lugar de los catorce que debían ser. Poco tiempo tardó en recordar que los ausentes eran Jyou, Sora y Gomamon. No pudo pensar más antes de tocar el suelo.

A medida que se precipitaba hacia el suelo incógnito de aquel universo remoto, Tailmon no dedicó un solo pensamiento a la contemplación del paisaje, ni a sus compañeros, ni a la posibilidad de morir por la caída, pues su mente se debatía entre estériles reproches por confiar en Hackmon y preguntas inútiles sobre el paradero de Hikari. Recordaba que, durante algún instante de su caótica zozobra a través del espacio supradimensional, le había llegado una reminiscencia sutil de lo que ella identificaba como el aroma de Wizarmon, pero el fárrago de imágenes sensoriales era tan descontrolado que de ninguna manera podía afirmarlo más allá de toda duda razonable. “Si algún Dios o entidad del mundo digital me está escuchando, por favor, llévame con Hikari, o, por lo menos, hacia Witchelny”. Eso fue lo último que llegó a pensar antes de que la ráfaga de aire caliente los dispersara a todos. A diferencia de los cinco niños y de los otros seis Digimon, ella no sintió ni el más mínimo vértigo al acercarse al suelo a tal velocidad, pues su cuerpo ágil siempre le permitía caer de pie e ilesa. Giró con destreza sobre sí misma, pero una brusca turbulencia encefálica la hizo zozobrar. “Maldición”, pensó. “Todavía no me he recuperado de los golpes de Aero-v-dramon”. Luego de esa reflexión, su pie se posó en una superficie inestable, trastabilló y se quedó tumbada en el suelo, la vista perdida en un cielo que parecía la conjunción de un sinfín de auroras boreales que se deshojaban en crepúsculos escarlatas, mientras lunas decrépitas fosforecían, recónditas, y unas figuras de color naranja y gris opcaso bailaban ante ella.

Contrariamente a lo que Palmon había esperado dada la velocidad con que se precipitaron al suelo y la distancia que los separaba de él, el aterrizaje había sido apacible; pero, lejos de sorprenderse por aquel hecho, su mente se dedicó a repasar las peripecias de los últimos segundos, mientras acumulaba razones para culparse y descartaba los posibles atenuantes con argumentos baladíes, como para regodearse en su conmiseración. De nada le valió la certeza de que había utilizado hasta el límite de sus fuerzas para proteger a sus compañeros, ni la certidumbre de que al menos había conseguido poner a resguardo a la mayoría, ni la convicción de que la escaza alimentación de las últimas jornadas y las drogas que les había proporcionado Hackmon habían mermado sus habilidades; lo único importante para ella era repetirse, hasta que el tedio de la insistencia reemplazara la realidad por sus creencias, que, de no ser por su incompetencia, Jyou, Sora y Gomamon estarían vivos. Como en un intento de ensañarse en su culpa, ni siquiera se había masajeado las adoloridas extremidades posteriores para atenuar el dolor, que intuía como una suerte de penitencia, ni había dejado de repetir las palabras “lo siento”, a pesar de que sabía perfectamente que aquellos con quienes debía disculparse no podrían oírla jamás. Simplemente mantenía los ojos cerrados, gacha la cabeza, en tierra la frente y las manos, como en una estéril posición de súplica, implorando un perdón que no creía merecer ni quería recibir; y habría permanecido así, indiferente al fluir del tiempo y al continuo devenir de la existencia, hasta que las eras interminables la redujeran a un cumulo de datos sin consciencia y que los glaciares del olvido la enterraran, pero una voz cercana, que era la primera vez que oía pero que no estaba del todo exenta de familiaridad, la sacó de su ensimismamiento culposo.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué pides tantas disculpas?
Ella siguió en la misma posición; no quería que nadie llegara a regocijarse con su sufrimiento o a sentir lástima de su pena. Optó por no responder, creyendo en vano que el silencio haría desistir a tan molesto visitante, pero la insistencia del entrometido colmó su paciencia.
—¿Puedo ayudarte en algo? —insistió él, molesto—. No es bueno encerrarte en tu dolor. Si dejas que tus emociones negativas te consuman y te regodeas en tu dolor, nadie podrá ayudarte.
Palmon estaba harta. Dejando de lado el silencio, alzó la cabeza y abrió los ojos. Su furia la volvió indiferente a la belleza del paisaje que la rodeaba, concentrada su atención en el molesto intruso que estaba frente a ella; y, cuando lo interpeló, su voz le pareció diferente, más aguda, acaso distorsionada, pero lo atribuyó más a su angustia que a factores externos.
—¡Cállate! —le dijo—. Tú no me conoces, no sabes nada de mí y no sabes por qué me siento como me siento. Lo único que haces es venir a repetir frases hechas, que no se sustentan en nada y que sirven para que los débiles de mente busquen reflexionar sobre cosas vacías.
—Yo también he hecho cosas terribles —dijo el entrometido—. Pero aprendí a perdonarme a mí mismo. Por suerte, porque mi culpa me estaba consumiendo. Y parece que a ti te está pasando lo mismo, a juzgar por la oscuridad que te rodea.
—Si pudiste perdonarte, entonces tus culpas no debieron ser tan graves. O eso, o eres un ser completamente apático. Seguro que tus actos no se comparan con los míos.
—No lo sé —replicó él—. ¿Qué hiciste para sufrir tanta culpa?
—¡Maté a tres de mis mejores amigos, a los que se suponía que debía defender!
Al articular estas palabras, Palmon sintió una punzada en las sienes, acaso porque su subconsciente estaba intentado decirle que esa versión de los hechos no se correspondía con la realidad, acaso porque su cerebro estaba comenzando a aceptarla como tal; pero, pese a la notoria molestia, no modificó sus palabras.
—Ya veo —dijo el entrometido—. Si te sirve de consuelo, en una ocasión, yo intenté hacer lo mismo, pero no lo logré, aunque no por falta de voluntad, sino de poder.
—¿Eso quiere decir —preguntó Palmon, sarcástica— que en el mundo hay gente que es tan o más basura que yo? ¡Oh, sí! ¡Qué consuelo más grande!
Pretendía que su tono amilanara la resolución de aquel intruso, pero el tipo siguió importunando, sin hacer caso de su sarcasmo.
—En ese momento, mi compañero estaba confundido, buscando cuál era su papel en nuestro grupo desde que su hermano había aprendido a defenderse por su cuenta y desde que nadie parecía tomar en cuenta sus opiniones. Por eso fuimos manipulados por uno de nuestros enemigos para atacar a nuestros aliados. Yo tiré a matar; la única razón por la que no lo conseguí fue porque mi amigo era mucho más fuerte que yo.
Palmon no tuvo que escuchar más; conocía esa historia a la perfección, porque había formado parte de ella, pero ni el aspecto ni la voz de su interlocutor le recordaban a quien la había protagonizado. En efecto, el intruso tenía la forma de una centella de figura indefinida y colores cambiantes, y su voz apenas guardaba similitudes con la que debía ser.
—¿Gabumon? —preguntó ella.
—Sí —respondió él—. Ese es mi nombre. ¿Te conozco?
Ella no respondió. Sin decir una palabra, bajó la vista para descubrir que su cuerpo era bastante similar al de quien tenía en frente. Luego, recordó un comentario de Gennai, durante la noche que habían pasado en su casa. En aquel momento, habían estado discutiendo sobre el orden de colocación de las cartas, y Taichi, siempre imprudente, había dicho que no había problema con eso, porque solamente había que agruparlas de cualquier manera, a lo que Gennai había replicado, mientras inmovilizaba al chico, que no debían hacer eso, pues las consecuencias eran peores, ya que podían viajar a mundos desconocidos y sus cuerpos podían sufrir mutaciones. Al oír aquello, Mimi había preguntado a qué se refería con mutaciones, y el anciano ente digital había utilizado un ejemplo muy gráfico, en el que la fisonomía de su cara y la de Palmon se intercambiaban. El pequeño Digimon planta recordaba la reacción de espanto de Mimi ante esa perspectiva, y se ensimismó preguntándose cómo estaría reaccionando ante ese percance, a punto tal que ni siquiera respondió la pregunta de Gabumon.
—Mimi —susurró levemente. No se dio cuenta de que, en ese momento, la oscuridad que la rodeaba se había disipado.

Al igual que en su primer viaje al Digimundo (y a pesar de la enorme fuerza de voluntad que había puesto para que eso no sucediera) Taichi Yagami se desmayó, como un hombre alcanzado por un rayo, quizá por la violencia con la que golpeaba el aire, quizá por la tensión, y, al igual que en la ocasión pretérita, fue despertado por una voz que llamaba su nombre; pero, esta vez, al abrir los ojos, no se encontró con una bola rosa que lo miraba con dos enormes orbes carmesí sino con una forma indefinida, que, sin embargo, tenía dos ojos verdes que el chico conocía bien. Fue justamente aquello lo que impidió que actuara como en la ocasión anterior, saltando hacia atrás y arrojando a su compañero por los aires, pero, a pesar de todo, no pudo contener el espanto al ver la forma extraña que había adquirido su propio cuerpo. Como para no pensar más en eso, ni en la posible muerte de su mejor amiga, se puso de pie e intentó averiguar dónde estaba. Con su mente pragmática, apenas y dedicó unos segundos a la exuberancia del color del cielo o a las múltiples lunas que lo ornamentaban, pues su mayor preocupación era encontrarse con el resto de los miembros del grupo. Para ello, rebuscó en su bolsillo (pues el cambio que habían sufrido aparentaba ser solo estético) y sacó su Digivice y el de su hermana; pero, acaso porque el viento los había dispersado a una distancia mayor a la que él había calculado, acaso porque en ese mundo los aparatos no funcionaban o acaso como una consecuencia más de su paso por el espacio supra dimensional, no apareció ningún punto rojo en la pantalla del dispositivo, así que Taichi se dedicó a hallar algo que le sirviera como punto de referencia, algo que pudiese ser vistos desde todos los lugares de ese mundo, para que resultara lo suficientemente llamativo para que el resto se dirigiese hacia allí. Y, naturalmente, no tardó mucho en encontrarlo. Alto, muy alto, y, ante los ojos de Taichi, ridículamente angosto, en el centro de ese yermo se alzaba lo que parecía una torre, o, más bien, un obelisco. Taichi apenas se preguntó por su utilidad, casi convencido de que era una especie de puesto de vigilancia, pero alcanzó a pensar que, si era lo suficientemente grande para ser visto desde varios puntos de aquel paraje, era bastante posible que el resto de sus compañeros también lo hubieran visto y hubiesen decidido tomarlo como punto de reunión. Con esa idea en la cabeza, le dijo a Agumon que lo siguiera y se encaminaron hacia ese lugar.
En realidad, Taichi nunca supo decir cuánto tiempo había pasado desde que comenzara su caminata, pues su hambre, su sed, su preocupación por su hermana, por Sora, por Jyou y por Gomamon, y la consciencia de su fracaso lo habían dilatado hasta la fatiga; pero cuando le consultó a Agumon, que tenía el corazón mucho más templado que él, le dijo que probablemente hubiesen transcurrido un par de horas. Aquella revelación preocupó sobremanera al líder de los elegidos, quien, ávido de información, sacó su catalejo e intentó calcular la distancia que los separaba de aquella torre poco práctica: para su horror, descubrió que apenas habían avanzado; acaso confundido por la distancia o por el tamaño de la estructura, la había intuido más cercana.
Quiso, una vez más, maldecirse a sí mismo, despotricar contra su temeridad, contra su arrogancia, contra su estupidez, pero en ese momento, unos ruidos le indicaron que había alguien al acecho, y se precipitó a esconderse.

En otro lugar de aquel disparatado y errático cosmos, el comportamiento de la portadora de la inocencia no distaba mucho de las elucubraciones que se fraguaban en la mente de Palmon. En un primer momento, al ver que su figura se había permutado de forma tan atroz, la joven Tachikawa había entrado en negación, mientras su mente buscaba excusas, a cual más rebuscada, para encontrar una explicación de lo que estaba experimentando que no implicara aceptar lo que le indicaban sus sentidos: desde la improbable posibilidad de que la intrincada red de causas y efectos que se habían ensañado con ella a partir de la desaparición de Hikari fueran una mera proyección onírica, hasta la idea de que el universo en el que se encontraba le hubiese permitido acceder a una percepción sensorial alternativa que le diera una versión distorsionada de sí misma; pero tales elucubraciones, que para la preclara mente de Koushiro eran una actividad cotidiana, superaban ampliamente la capacidad cognitiva de Mimi, de modo que la sola idea de concebirlas le supuso a la chica un esfuerzo tal que la hizo desistir a los pocos segundos, caer de rodillas y ponerse a llorar, como lo había hecho tanto tiempo atrás, en el coliseo donde Chumon y Piccolomon habían conocido la muerte para salvarla. El recuerdo de aquella fatídica jornada y de las palabras que, pocas horas atrás, le dedicara Zhuqiaomon, comparándola con una incógnita Miki que no había hecho más que llorar mientras los Digimon enemigos destruían pueblos, estuvieron a punto de hacerla cesar, pero las palabras de Hackmon en la celda, asegurando que Piccolomon no volvería a resucitar porque su Digicore había sido destruido, hicieron que su llanto se incrementara. Sus lágrimas y sollozos se dilataron, se dilataron en el tiempo hasta el vértigo, sin mermar sino aumentando su potencia, convirtiéndose, ante la indiferencia o el desconocimiento de la chica, en un imán para curiosos de todo tipo.

El primero en llegar a su lado fue Patamon, quien ya se había percatado (y había asimilado sin los problemas que afrontaban Mimi y Palmon) los anómalos cambios en su anatomía. Bastante tiempo y esfuerzo le tomó reconocer quién era la figura que lloraba en aquel páramo desolado, pues, al igual que en el caso de Palmon y Gabumon, su voz había cambiado; pero el contenido de sus palabras le indicó que era Mimi, así que se acercó a ella con su confianza característica. En un intento vano de tranquilizarla, le dijo que todo estaría bien, que era probable que tuvieran esa forma porque la necesitaban para sobrevivir en ese mundo, que, seguramente, cuando salieran de allí volverían a la normalidad y que esta circunstancia solo sería un mal recuerdo; pero ignoraba que las causas del llanto de la chica no eran solo por su desfiguración, así que sus intentos por calmarla no solo fueron estériles, sino que contribuyeron a acrecentar su cólera.
—Tú no tienes ni idea de por qué estoy llorando, así que déjame en paz. No quiero que opines sobre cosas que no te importan, seas quien seas.
“Que brusca”, pensó el Digimon volador. A su mente acudió, entonces, un recuerdo, de una remota noche en la ciudad de Shibuya, en la que había sido increpado con argumentos semejantes. En aquella ocasión, se había ofendido tanto que había abandonado, en un instante de cólera irreflexiva, el medio de transporte en el que viajaban, lo que había derivado en una búsqueda exhaustiva que acabó con la vida de dos Digimon inocentes; pero en este momento solo podía sentir empatía por la persona que tenía delante, de modo que simplemente se quedó callado, en una señal de respeto por su dolor, y dejó que siguiera con sus lamentos. “Creo que he madurado un poco”, pensó con algo de orgullo.
Al cabo de un tiempo, inevitablemente, los sollozos y gemidos de la joven Tachikawa atrajeron a más curiosos. Con alegría, con alivio, con esperanza, Patamon vio que eran diez personas, el mismo número que su grupo, descontándolo a él mismo, a Mimi, que estaba a su lado, a Sora, a Jyou y a Gomamon, que habían caído en el espacio supra dimensional, y a Hikari, que se encontraba en paradero desconocido.
—Muchachos —los llamó—. ¡Estamos aquí! ¡Somos Patamon y Mimi! Me alegra que se hayan podido reunir todos.
Las diez figuras no respondieron. Se limitaron a rodearlos en un círculo, como para no dejarles escapatoria. Al cabo de un tiempo incalculable para Patamon, uno de ellos habló, pero lo hizo en un idioma que, además de desconocido, parecía prácticamente impronunciable. Entonces, los temores del pequeño roedor volador se incrementaron hasta lo inconcebible.

A pocos kilómetros de allí, Tailmon enfrentaba una situación análoga. Tras estar tirada en el suelo, al borde de la inconsciencia, durante un tiempo que le fue imposible computar, había sido perturbada por unos lamentos de alguien que llamaba a Sora de forma intermitente. La voz era ligeramente más aguda de lo que recordaba, como si hubiese sido distorsionada por un rudimentario programa de computadora, pero el contenido del mensaje y cierta familiaridad en el tono le hicieron darse cuenta que se trataba de Piyomon. A duras penas se incorporó, estremecido su cuerpo por el recuerdo de la suma de los golpes de Aero-v-dramon, los impactos contra las piedras, la dura internación interrumpida antes de tiempo, las torturas de viajar en el espacio supra dimensional y la reciente caída, y buscó con la vista el origen de los lamentos. Esperaba encontrar una pequeña ave de ojos celestes, cuerpo rosa y plumas azules; pero lo que vio fue una forma indecible, conjunción enigmática de centella y esfera de luz, que parecía ni siquiera poseer una cavidad bucal y que estaba rodeada por un aura oscura. En un primer momento se sorprendió, pero luego recordó que Wizarmon le había dicho que, en Witchelny, su cuerpo era diferente, aunque nunca había llegado a explicarle de qué forma; de manera que ese simple detalle bastó para que confirmara que era probable que estuviera en el lugar al que quería ir.
—¿Piyomon? —preguntó Tailmon para confirmar sus sospechas. La interrupción del simple monólogo de su acompañante y el hecho de que pareciera estarla escuchando bastaron para confirmarlas. —Me alegra que seas tú. Yo soy Tailmon. Ahora, apúrate, que tenemos que encontrar a los otros.
—¡No quiero! ¡Sora está muerta! ¡Mi misión era protegerla y n pude hacerlo! ¿Para que querría hacer algo?
Tailmon se sorprendió por un instante. Luego, pensó en qué haría si la muerta hubiese sido Hikari. Inmediatamente después, recordó que su misión era rescatarla a ella y recuperó la compostura.
—No sabemos si Sora está muerta o no. A lo mejor cayó en este mundo, pero por otra entrada—. Para ella, que daba por sentado que Sora, Jyou y Gomamon estaban muertos, esa excusa le pareció barata y frágil, pero algo tuvo que haber habido en ella de efectivo, pues Piyomon pareció pararse a pensar por unos segundos.
—Pero… pero…—dijo—. Nosotros vimos como su cuerpo se convertía en datos y desaparecía… Y tú sabes tan bien como yo que eso pasa cuando un Digimon muere. Déjame tener el duelo por Sora en paz, por favor.
Tailmon comenzaba a perder la paciencia, pero se obligó a buscar algo en lo más recóndito de su ánimo.
—Tal vez a nosotros nos sucedió lo mismo cuando atravesamos el vórtice dimensional para llegar aquí. Eso no lo sabemos.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila ante esto?
“Porque tengo que mantener la calma para encontrar a mi compañera y devolverla a su mundo antes de que le pase algo terrible”, pensó la gata.
—Porque sé escuchar a mi corazón, y mi corazón me dice que Hikari está viva —fue lo que dijo. “Pero no por mucho tiempo”, pensó para sí. —¿Qué te dice el tuyo?
—Que Sora está muerta —fue la respuesta—. Y que yo tengo que quedarme aquí y morir con ella.
En ese momento, Tailmon oyó el grito:
—¡AYÚDAME, TAILMON!
Y algo en ella se quebró, y a su alrededor se formó un aura roja.
—Si tantas ganas tienes de morir, pues adelante. Muérete. La verdad, no sé por qué confié en gente tan débil de espíritu, que se deja amilanar ante el primer traspié. —En ese momento se interrumpió, acaso consciente de que sus pensamientos reales no encajaban con sus palabras, y de que, quizá, estuviera repitiendo, desfiguradas por la corroción de los años, sentencias que había oído de boca de alguien que despreciaba, pero de todas maneras prosiguió: —En este mundo solo sobreviven los fuertes. Si no eres lo suficientemente fuerte para sobrevivir, entonces hay que dejarte atrás.
Mientras decía estas palabras, que en el fondo de su corazón sabía que eran injustas, pero que su cólera, su estrés, su nerviosismo y sus experiencias pasadas dictaban sin ningún reparo, recordó su primer y su último encuentro con Wizarmon, se estremeció e hizo silencio.
Y el silencio se dilató, se dilató y se dilató hasta el límite de lo insoportable. Tailmon, cuya aura roja había desaparecido hacía rato, quiso ser la primera en romperlo con un “Lo siento mucho”, pero no pudo ni siquiera articular las primeras palabras de esa sentencia cuando fue interrumpida por la voz de Piyomon, entrecortada, esta vez, más por la furia que por la tristeza.
—Había escuchado palabras así antes —dijo el Digimon ave—, pero siempre en boca de los emisarios de nuestros enemigos o de tipos salvajes y despiadados. Por un momento, pensé que estaba hablando con Tailmon, la compañera de Hikari Yagami. Ahora parece que estoy hablando con Tailmon, la sirviente de Vandemon.
La crueldad e injusticia de esas palabras encolerizaron a la gata, pero, sea por su cansancio, sea por un pequeño resquicio de lucidez, sea por vergüenza, optó por no replicar nada hiriente, y se limitó a agachar la cabeza.
—¿Sabes por qué no estás muerta? —continuó Piyomon—. Créeme si te digo que no fue por tu fuerza, porque Aero-v-dramon te hizo pedazos. Fue por la piedad de Jyou. Cuando estabas en el suelo, agonizante, él se sentó a tu lado e hizo algo para que tu Digicore no se destruyera. Él estuvo ahí cuando lo necesitaste. Pero ahora tú ni siquiera le dedicas un pensamiento. Entiendo que estes preocupada por el destino de Hikari, pero también debes mirar a tu alrededor de vez en cuando. Sora, Jyou y Gomamon son tus amigos, no meras herramientas.
Tailmon lo sabía; también sabía que sus palabras anteriores habían sido fruto irreflexivo de la cólera y la desesperación, pero nada dijo, pues se creía merecedora de todos los reproches. Sin embargo, Piyomon, indignada, había elevado su tono más de lo prudente, y al poco tiempo, ambas se vieron rodeadas por un grupo de curiosos. Pensando que podían ser sus compañeros, Piyomon les habló para que caminaran juntos; pero uno de ellos respondió con palabras imposibles, semejantes a aquellas que en ese mismo momento escuchaban Mimi y Patamon.
Piyomon se asustó, pues esa era la confirmación de que no se encontraban ante gente conocida y, peor aún, que la comunicación podría ser imposible; pero Tailmon se llenó de alegría, pues, si bien no conocía el idioma la perfección, lo había escucado varias veces, en cada oportunidad que su amigo Wizarmon necesitaba hacer un conjuro. Ávida de conocer más acerca de ese ser a quien tanto apreciaba, le había pedido, o prácticamente obligado, a que le enseñara ese lenguaje; pero su complejidad era tal que hubo de desitir a los pocos intentos, ocupada como estaba en el reclutamiento de tropas. Sin embargo, había llegado a memorizar algunas frases básicas, como saludos, presentaciones y despedidas, y sabía algunos rudimentos del manejo de pronombres; de manera que, buscando en lo más recóndito de su cerebro, pudo encontrar algunas frases adecuadas para comenzar la conversación, aunque era consciente de que no podría seguirla por mucho tiempo.
—¿Qué les has dicho? —preguntó Piyomon no bien hubo escuchado la inusual lengua brotar de los labios de su compañera.
—Los he saludado, les he dicho que me llamo Tailmon y que es un gusto conocerlos. Querría decirles que soy amiga de Wizarmon, que soy uno de los Digimon elegidos y que hemos venido a este mundo en busca de mi compañera, pero no tengo vocabulario para eso.
—No hace falta que lo digas —dijo una de las figuras en perfecto japonés—. Esto es muy divertido: los humanos que destruirán el mundo guiados hasta aquí por la amante de un traidor.
Al escuchar tales palabras, la esperanza de Tailmon flaqueó considerablemente.





Por su parte, Koushiro Izumi había caído solo en ese mundo extraño. “Tú nunca estarás solo, Koushiro. Yo siempre estaré a tu lado”. Las palabras que le dijo Motimon durante su primer encuentro resonaron en su cabeza. Recordó que, en aquella oportunidad, se había quedado un rato ensimismado, mirando el paisaje, sintiendo el tacto de las hojas, que asemejaban goma espuma, y apenas escuchando las insistentes palabras de su compañero, a quien, en un primer momento, había tomado por la mascota de un parque de diversiones. Pero, a diferencia de en aquella oportunidad, ahora no había nadie a su lado: Koushiro Izumi estaba solo. El hecho no lo intimidaba; estaba acostumbrado a la soledad; desde pequeño había aprendido a arreglárselas por su cuenta, acaso porque la conciencia de determinado secreto había minado su confianza incluso en sus padres. Sin embargo, cuando escuchó movimientos a su derecha y vio moverse lo que parecía ser una suerte de arbusto, hubo de reconocer que el hecho de encontrarse en un mundo desconocido y probablemente hostil lo intimidaba.
Intentó esconderse, pero antes de que pudiera hacerlo, algo saltó hacia él y lo tiró al suelo.
—¿Quién eres y qué lugar es este? —le gritó al oído una voz parecida a la de alguien que conocía.
—Me llamo Koushiro Izumi. Soy del mundo humano y no sé qué lugar es este —dijo el chico, claramente nervioso.
Al escuchar esto, el extraño aflojó su agarre y lo saludó como si fuera un amigo. Luego, otra figura, bastante parecida a la primera, salió de las sombras, y también le dio la bienvenida.
—Soy Taichi, Koushiro. Me alegra haberte encontrado. Eso quiere decir que todos caímos en este mundo.
—Según parece —dijo Koushiro—, todos menos Sora, Jyou y Gomamon.
Taichi no dijo nada, pero su rostro se ensombreció. Koushiro podía imaginar el porqué. Apenas habían visto un vislumbre de eso, pero era evidente que el mundo en el que habían caído Sora y Gomamon parecía extremadamente peligroso. Koushiro sabía que Sora era una de las mejores amigas de Taichi, y quizá, algo más que una amiga, así que su preocupación y angustia debían ser extremas. Como para distraerlo buscó otro tema de conversación.
—¿Sabes por qué nuestros cuerpos se ven así?
Taichi no respondió ni mostró entusiasmo alguno, pero Agumon parecía interesado en el tema, de modo que Koushiro prosiguió.
—Yo tampoco lo sé a ciencia cierta. Pero creo que es porque en este mundo nuestros datos se procesan más rápido. Nuestro mundo está compuesto por átomos y quartz; el Digimundo, por código binario. Al parecer, este mundo está compuesto por código ternario. Como la velocidad de procesamiento del código ternario es más rápida, nuestros cuerpos han cambiado. También es probable que el tiempo aquí sea más rápido que en el Digimundo y en el mundo real.
—Eso es bueno —dijo Agumon—. Significa que tenemos más tiempo para encontrar a AcientWisemon y pedirle que nos lleve con Hikari.
—Sin embargo, podría ser peligroso —dijo Koushiro—. Nuestros cuerpos tal vez no estén preparados para procesar código ternario, así que podría traernos problemas.
—¿Qué clase de problemas? —preguntó Taichi, mientras miraba con su catalejo en dirección a la torre.
—Puede que nuestros cuerpos se sobrecalienten y terminen colapsando, al no poder aguantar tanta información. No sé qué podría pasar en ese caso.
—Nos preocuparemos de eso cuando pase, si es que pasa —dijo el elegido del valor—. Ahora tenemos problemas más apremiantes. Alguien se acerca. Y no parece ser uno de nuestros amigos.

Tentomon, por su parte, también pensaba en la promesa que le había hecho a Koushiro de nunca separarse de su lado, y recordaba que siempre había mantenido su palabra, salvo en dos ocasiones: en el laberinto de Centarumon y en su despedida, tras la batalla con Apocalymon. La segunda había sido motivada por circunstancias que lo superaban, pues era la voluntad misma de su mundo la que se interponía entre ellos; la primera, por otro lado, se debió más a la lástima, pues juzgó más necesario ayudar a Mimi que a su compañero. Pero ahora, una vez más, estaban separados, y algo en su corazón le decía que su compañero lo necesitaba con suma urgencia.
Tentomon, sin embargo, no estaba solo: los hermanos de la esperanza y la amistad habían caído a su lado. Si bien los problemas de asimilar los cambios en sus cuerpos fueron análogos a los del resto del grupo, su situación actual era diametralmente opuesta.
En un primer momento, Yamato había racionalizado que su mejor alternativa era alcanzar el prominente zigurat que se alzaba sobre el resto del paisaje, de modo que se habían encaminado hacia allí sin nada de dilación y con esperanza en sus corazones; pero, a medida que avanzaban, a Takeru comenzó a consumirlo la fiebre. En un principio, nada dijo, menos por la esperanza de que ese mal pronto se disiparía que por la necesidad de no preocupar a su hermano; sin embargo, la situación no hizo más que agravarse, mientras él se encerraba en su empecinado silencio.
Las ansias de Tentomon por llegar a la torre cuanto antes le impidieron percatarse de que el pequeño portador de la esperanza se había ralentizado; pero Ishida, atento desde la época de su primer viaje a los posibles malestares de su hermanito, no fue indiferente a aquello. Lo más rápido que pudo, ordenó a Tentomon que detuviera la marcha y se puso a la altura de Takeru para preguntarle si le pasara algo, y él dijo que no de un modo casi tan desganado como el que pocos días atrás mostrara Hikari al responderle a Taichi la misma pregunta; de manera que Yamato optó por poner una mano en su frente (o en el lugar en el que, por la forma que habían tomado, intuía que estaría su frente) y se encontró con que la temperatura allí era muy elevada, tanto, según dijo, como no creía que podía tener un humano.
Si bien era incorrecto afirmar que los Digimon fueran inmunes a las enfermedades, no era menos incorrecto afirmar que eran tan proclives a ellas como los seres humanos, y de los ocho Digimon elegidos, el único que había padecido la fiebre había sido Gabumon, de modo que la experiencia de tal fenómeno resultaba ajena a Tentomon; pero, por el comportamiento de Takeru y la preocupación de Yamato, podía hacerse una idea no muy errada de las consecuencias que eso podría tener. Acaso contagiado un poco por algunos esbozos de la personalidad de su compañero, la pequeña marqiuita digital intentó racionalizar que, tal vez, desde que entraran en este mundo, habían mutado tanto que ya no se podían considerar humanos y Digimon, y que era probable que esa fuera la temperatura normal de las criaturas en las que se habían convertido, y que Takeru estuviese reaccionando así porque aún su estructura interna no había asimilado del todo las características de su nueva forma; sin embargo, optó por permanecer callado, pues intuyó que tales elucubraciones simplemente inflamarían el ánimo de Yamato en su contra; de modo que optó por una solución más pragmática, y puso una zarpa sobre su frente, solo para encontrar que su temperatura era bastante similar a la del pequeño Takaishi. “Entonces, ¿por qué no me pasan estas cosas a mí también?”, se preguntó, justo antes de recordar la no por breve menos terrible enfermedad de Hikari durante el ataque de Mugendramon en las ciudades de la Montaña Espiral y concluir que, tal vez, la causa fuera la debilidad de Takeru, que, junto con Hikari, era el más pequeño de los elegidos. “Los seres humanos son más débiles que nosotros, y Takeru es el más débil de nuestro grupo; no es de extrañar que haya sido él quien sucumba a este mal”. La conclusión de tal pensamiento (a la que Koushiro había arribado con éxito y a la que seguramente Jyou también hubiese podido arribar sin mucho más esfuerzo) escapaba, sin embargo, a la no tan ágil mente de Tentomon.
Pero su hilo de pensamiento se vio interrumpido, pues, en ese momento, Takeru cayó al suelo y comenzó a convulsionar, al mismo tiempo que balbuceaba incoherencias en algo que parecía una conjunción enigmática de fonemas aleatorios, como parece cualquier idioma que nos es ajeno.
—¿Amante de un traidor? ¿De qué estás hablando? ¡Wizarmon era incapaz de traicionar a nadie!
El miedo de Tailmon había sido reemplazado por cólera, y su cuerpo nuevamente bañado en un aura roja que no había pasado desapercibida para el resto de los presentes. Nada sabía de quien estaba frente a ella, pero no podía permitir que le faltaran al respeto a Wizarmon. Ni siquiera se planteó la posibilidad de que los individuos que le hablaban conocieran más de su compañero que ella misma; pero tal verdad la golpeó con la siguiente pregunta del desconocido.
—¿Qué sabes tú de él? ¿Sabes cómo era cuando nació? ¿Sabes qué hizo en su juventud? ¿Conocías sus motivaciones? ¿O lo único que viste de él fue la imagen que intentó mostrarte? ¿Por qué crees que estaba en tu mundo? Créeme si te digo que no estaba en un viaje de placer.
Era obvio que no. Tailmon recordaba a la perfección la primera vez que se habían visto, en un pequeño poblado en los confines recónditos de las virutas de hierro de la llanura Gear: él, tumbado en el suelo, abatido por el rechazo, el miedo, la fatiga y el hambre, a punto de sucumbir a la desesperación, la sed y la muerte; ella, de viaje, cumpliendo una misión que sentía que la alejaba cada vez más de su sendero en la vida, pero repitiéndose hasta el hartazgo que ese era su verdadero objetivo, como para acallar las aciagas voces de su conciencia; ambos acosados por los fantasmas de sus pasados. Recordaba, también, la primera vez que habían tenido una charla más o menos íntima, una noche, al lado de una fogata, en la que se habían preguntado, tras ser salvados por la oportuna intervención de alguien que luego descubrieron que era Hikari Yagami, sobre la posible existencia de otros mundos. “Yo vengo de otro mundo”, había dicho él en aquella ocasión. “Si algún día se presenta la posibilidad, hablaremos de eso”. Pero la muerte lo había encontrado antes de que la posibilidad se presentara. ¿Habría tenido intenciones reales de hablar, de todas maneras? Y, si las tenía, ¿por qué no hablar en ese momento?
En el instante exacto en el que se dio cuenta de que estaba comenzando a dudar de la posible fidelidad de su compañero, se maldijo en voz alta, y volvió a adoptar la misma actitud de cautela; pero en ese momento, sucedió algo que la hizo distraerse: una de las criaturas que aparentaba no hablar su idioma gritó lo que parecía ser una advertencia, y su interlocutor agregó:
—Faltan cinco segundos —mientras todos se alejaban del suelo, levitando a una distancia prudencial.
—¿Para qu…? —comenzó a preguntar la gata, pero la respuesta le llegó mucho antes de lo que esperaba, con una súbita violencia: el firme sustento a sus pies desapareció, y ella y Piyomon cayeron, cayeron, cayeron…


Koushiro, Taichi y Agumon esperaban con la actitud resignada de quien aguarda una fatalidad. En un principio, habían buscado consuelo en la posibilidad de que la permutada figura fuera uno de sus compañeros, trasmutado por virtud o maldición de este cosmos anómalo; pero la destreza y seguridad con que se movía, y su tamaño, comparable o quizás superior al de Omegamon, descartaban esa posibilidad. Luego, estuvieron unos minutos interminables pensando en esconderse, pero además de no encontrar ningún lugar guarnecido, la velocidad del intruso y la firmeza de su avance daban a entender que ya los había visto, y que se estaba dirigiendo a ellos.
—Agumon, prepárate para la batalla —dijo Taichi en un último momento de desesperación.
Su compañero asintió y se puso en guardia. Fue Koushiro quien tuvo que recordarles su situación.
—¿Crees que Agumon pueda pelear? Recuerda que ha bebido el suero que imposibilita la evolución.
Taichi, cuya preocupación por Sora y Hikari, fatiga y temeridad le habían vedado el recuerdo de aquel contratiempo, hizo un cálculo rápido y se dio cuenta de que no habían pasado veinticuatro horas desde la última vez que Agumon consumirá la nefasta droga, que era exactamente el tiempo entre una ingesta y la otra, por lo que las posibilidades de éxito de la evolución eran escazas.
—Además —prosiguió Izumi—, estamos en otro mundo, así que es probable que la evolución sea diferente o ni siquiera pueda darse.
—De todas formas, tenemos que intentarlo —dijo Taichi—. Y si no funciona…
—Pelearé como Agumon —dijo su compañero.
“Ojalá no tengamos que llegar a eso”, pensó Koushiro. “Ojalá este sujeto no tenga intenciones hostiles”.
Y, mientras su mente divagaba en esas reflexiones, el gigante aterrizó frente a ellos y se quedó unos segundos mirándolos sin decir nada. Ante esto, quizá más como medida intimidatoria que como intención real de declarar hostilidad, Agumon comenzó a evolucionar: giró sobre sí mismo y se vio envuelto en un haz de luz, pero, acaso porque el medicamento todavía conservaba algo de su efecto, acaso por las leyes físicas de ese mundo dispar o acaso por una cojunción de ambas cosas, el proceso se detuvo a medias y Agumon quedó tirado en el suelo, gritando que su cuerpo ardía.
—No vuelvas a hacer eso —dijo el recién llagado. En su voz no había atisbo alguno de hostilidad, más bien de genuina preocupación—. Si lo haces, morirás. Y no es una amenaza. Es una advertencia. Lo he visto muchas veces, más de las que puedo recordar. Sus cuerpos aún no se han aclimatado a este universo. Mientras no lo hagan, cualquier sobreescritura de data que tengan, por mínima que sea, puede ser peligrosa. Y una evolución fuerza al límite la sobreescritura de data.
—¿Por qué nos dices esto? ¿Qué ganas tú? —preguntó Koushiro, mientras Taichi ayudaba a Agumon a levantarse.
—Porque tengo interés en que permanezcan con vida. Permítanme presentarme. Soy MedievalDukemon —dijo mientras hacía una leve reverencia—. Mi amo, AncientWisemon, sabía que llegarían hoy, niños elegidos. Me ha pedido que los lleve ante él.
—¿Cómo sabe que estamos aquí? —preguntó Taichi.
—Él lo sabe todo, aún antes de que pase. Sabía que siete partirían del mundo humano al Digimundo, que quince del Digimundo a este y que solo doce llegarían. Sabía qué estaban buscando cuando llegaron allí y sabía qué trato recibirían de aquellos a los que alguna vez defendieron con valor. Sabía que viajarían por el espacio supra dimensional y que sufrirían tres bajas allí. También sabe en qué universos cayeron el elegido de la sinceridad, su compañero y la elegida del amor. Y sabe dónde está la elegida de la luz y el peligro que corre. Y quiere ayudarlos a salvarla.
Aquellas últimas palabras habían bastado para convencer a Taichi, y, aunque Koushiro seguía guardando cierto recelo, intuía que todas sus objeciones serían desoídas.
Sin embargo, antes de que Koushiro o Taichi pudieran decir algo, como por arte de magia, el suelo bajo sus pies despareció, y, al igual que Piyomon y Tailmon, ellos comenzaron a caer.

Yamato estaba pidiendo ayuda a gritos. Al principio, había cargado a Takeru sobre su espalda, queriendo llevarlo a la torre o a algún lugar donde pudiera mejorar su estado; pero poco tardó en darse cuenta de que el peso del niño de ocho años que había ido al Digimundo en el verano de 1999 era muy inferior al del muchacho de once años en quien se había convertido, así que, con una imprudencia como la que solo demostraba en situaciones extremas que escapaban por completo a su control, dejó caer a su hermano y se puso a gritar con toda la fuerza que tenía, sin importarle que aquello pudiera delatar su posición.
Tentomon, que había ascendido volando tan alto como le permitían sus endebles alas, para tener una vislumbre más clara de las características geográficas del terreno circundante, fue el primero a cuyos oídos llegaron los ecos de tan tremebundo ruego; y, al escucharlos, temeroso, no sin razón, de que la situación hubiese dado un giro aún más dramático, descendió lo más rápido que pudo, rezando para que a los dos hermanos no les hubiera pasado nada y maldiciéndose por no ser capaz de evolucionar sin la ayuda de Koushiro. "Si pudiera evolucionar, podría cargar a Takeru en mi espalda y llevarlo volando hasta la torre, como hice con Hikari tantos años atrás", decía una voz en su cabeza; y otra, no por más despiadada menos realista, se apresuraba a replicarle: "Sí, y si fueras aero-v-dramon podrías llegar en cuestión de minutos, para que veas de que te sirven esta clase de deseos".
Cuando aterrizó, se dio cuenta de que la situación era bastante diferente a la que había esperado ver, pero no por eso menos terrible: no había enemigos, pero Takeru estaba tirado en el suelo, inconsciente y (Tentomon lo sabía) consumido por la fiebre; a su lado, un Yamato rendido de fatiga, con la espalda encorvada por cargar el peso muerto de su hermano, pedía ayuda a gritos; podía decirse que, dada la situación, era un milagro que algún enemigo no los hubiera localizado. Tentomon estaba pensando que lo único que faltaba para empeorar su situación era que se abriera la tierra y se los tragara, como les había ocurrido a Koushiro y a él en la cima de la montaña de Vademon; y, como si aquel universo quisiera burlarse de él, efectivamente eso fue lo que sucedió: el suelo en el que se apoyaban, que hasta ese entonces parecía sólido e inamovible, desapareció como por obra de un conjuro, y Yamato y Takeru cayeron al vacío.
La mariquita, por su parte, atinó a volar; pero sus alas no eran muy fuertes, así que comenzó a caer también. Ante la imposibilidad de evitarlo, quiso usar su habilidad para ralentizar la caída, con la esperanza de amortiguar el impacto. Al cabo de un rato, descubrió que ante sus ojos se desplegaba un paisaje diferente a la llanura en la que había estado: un valle lleno de ríos y montañas. Rezando para que los hermanos hubiesen caído en uno de los ríos, se precipitó hacia abajo.


Efectivamente, Yamato y Takeru habían caído en un río, pero su situación no era ni mucho menos tranquila. Una corriente inmensa los estaba arrastrando a toda velocidad hacia lo que muy probablemente fuera una catarata. Takeru seguía desmayado y Yamato consumía todas sus fuerzas en dejar su cabeza fuera del agua, para que no se ahogara; no había ni siquiera un tronco del que aferrarse.
En ese momento, los rodearon unas figuras borrosas, que flotaban a la misma velocidad que a ellos los arrastraba la corriente. Yamato les pidió ayuda, pero ellas se limitaron a hablar en una lengua extraña, inarticulable. Entonces, Yamato les tendió la mano, pero las criaturas no las aceptaron, aunque los sacaron del río mediante un hechizo de levitación.
Mientras levitaban, Yamato les preguntó si podían ayudar a su hermano, y uno de ellos le respondió en perfecto japonés que era imposible, que muchos de los suyos habían muerto por un mal semejante, hacía varios milenios atrás, cuando habían llegado a ese mundo. Según dijo, él era de los pocos supervivientes del grupo de hechiceros que habían seguido a AncientWisemon en su exilio. Le contó que la gran mayoría de los exiliados habían muerto en el espacios supra-dimensional, y que muchos de los supervivientes habían sucumbido al mal que ahora aquejaba a Takeru.
—Los pocos que sobrevivimos lo hicimos porque nuestro cuerpo se aclimató a este mundo. Luego, comenzamos a multiplicarnos, y los nuevos nacidos ya estaban aclimatados.
—¿Y qué hace su líder al respecto? —preguntó Yamato.
—¿AncientWisemon? Nada. Él es experto en no hacer nada. Lo llama “pensar”. Desde que llegamos a este mundo, solo está encerrado en su torre. Lo último que se supo de él es que exilió a un traidor que leyó un libro prohibido. Por lo que sabemos, hasta podría estar muerto.
—Wizarmon —susurró Yamato.
—Sí, era un Wizarmon. Creo que lo exiliaron a nuestro mundo de origen.
En ese momento, llegaron a una orilla y aterrizaron suavemente.
—¿Podrían llevarme a esa torre? Quiero hablar con AncientWisemon.
Yamato recordaba cómo Wizarmon había curado a Lilimon del hechizo de Vandemon, y seguía teniendo fe en que el mago más poderoso tendría herramientas para curar a Takeru.
—No. Lo siento. La torre está muy lejos. Además, en su interior, las leyes de la física son muy raras. Se podría decir que las gobierna la aleatoriedad.
Yamato apenas escuchaba a su interlocutor. Se limitaba a acariciar la ardiente cara de su hermano, mientras su mente vagaba al pasado. Ni siquiera se dio cuenta de que Tentomon se había unido a ellos.


Patamon y Mimi, por su parte, no habían tenido la suerte de encontrarse con alguien que hablara su idioma. Al ver eso, el primer impulso de Mimi había sido alejarse, pero los extraños se lo impidieron, cerrando todavía más el círculo que habían formado en torno a ellos. Mimi estaba pensando que Patamon podría escapar por arriba, pero él tenía otras ideas.
—Yo —dijo mientras saltaba en su ligar y hacía esfuerzos visibles para indicar que se estaba refiriendo a sí mismo— soy Patamon. Ella —agregó mientras se posaba sobre la cabeza de Mimi— es Mimi. Somos amigos —terminó mientras caía en los brazos de la elegida de la pureza, quien lo sostuvo como si fuera un peluche.
Los recién llegados no parecieron entender, pero se alejaron del grupo volando, como si temieran que la actitud infantil de Patamon pudiera ser contagiosa. En ese momento, se abrió la tierra.
—¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? —gritó Mimi mientras se precipitaban al vacío.
Movido por terror o por prudencia, el primer impulso de Patamon fue alejarse volando; pero al ver que Mimi se precipitaba a lo recóndito, decidió ir a ayudarla. Descendió a toda velocidad hacia ella, pero no pudo llegar a sujetarla antes de que se estrellara contra la apacible superficie de un lago multicolor.
Ante esta situación, Mimi maldijo su vida, su destino y la imprudencia que la habían embarcado en esta estéril aventura. En vano, Patamon intentó tranquilizarla argumentando que, por lo menos, los intrusos hostiles se habían alejado; pero ni siquiera pudo terminar de articular esas palabras cuando, una vez más, se vieron rodeados por los visitantes, que, de nuevo, habían formado un círculo en torno a ellos. No sin esperanza (acaso no sin ingenuidad) Patamon intentó reanudar su intento de comunicación; pero antes de que pudiera siquiera comenzar con su intento, uno de los intrusos gritó lo que parecía ser una especie de orden, y al instante, el cuerpo entero de Patamon se petrificó, y los restos de su fuerza ya mermada ni siquiera le fueron suficientes para mover un músculo.
“Espero que al menos Mimi pueda escapar”, pensó.
Por un momento, se alegró al escuchar que los sonidos de su llanto se habían acallado, porque eso quería decir que acaso había buscado la forma de escapar, o, por lo menos, se había tranquilizado y podría pensar con la cabeza fría; al poco tiempo cayó en la cuenta de que los llantos ya no se escuchaban porque la lengua de Mimi estaba tan paralizada como la suya.
A continuación, al igual que cuando, en la oficina central de la Fuji TV, Hikari y Tailmon fueron elevadas sin poder impedirlo por la fuerza psíquica de Vandemon, los cuerpos petrificados de Mimi y Patamon se alzaron en el aire enrarecido de ese mundo extraño, y, rodeados por sus secuestradores, ascendieron y se alejaron de ese lago en dirección a lo desconocido.


Por fortuna para Taichi, Agumon y Koushiro, fueron rescatados por MedievalDukemon.
—¿Por qué ocurrió eso? —preguntó Izumi.
—Sobreescritura de data —respondió MedievalDukemon, mientras los llevaba volando a toda velocidad hacia el enorme zigurat—. Al igual que el Digimundo, este mundo está hecho por código de programación. Pero, a diferencia del otro, que está compuesto por código binario, éste está compuesto de código ternario. Eso se traduce en que la sobreescritura de data es más violenta y que cada tanto suele haber cambios así.
—¿Y a pesar de eso ustedes se mantienen en este mundo? ¿No es peligroso? —preguntó Agumon.
—Lo es. Pero es la dimensión más segura que encontramos, después del propio Digimundo.
Taichi se estremeció. No dijo por qué, pero Koushiro podía imaginarlo: Sora. Quiso decirle algo para que se tranquilizara, pero no encontró las palabras. Además, MedievalDukemon continuaba hablando.
—Algunos sugirieron ir al mundo humano para conquistarlo, pero AncientWisemon se negó. Sé que un grupo intentó ir de todas maneras, contrariando las órdenes de nuestro líder. Ignoro qué fue de ellos.
—Ningún Digimon de Witchenly ha intentado conquistar jamás nuestro mundo, al menos que yo sepa —dijo Izumi.
—Entonces imagino que habrán muerto en el espacio supra dimensional o en algún universo distante. No me sorprende. Nosotros perdimos a muchos. Es más, cuando llegamos aquí, muchos otros murieron.
—¿Por qué? ¿Por los cambios abruptos en el paisaje como el que acabamos de ver?
—No. Porque nuestro código binario se sobrecalentaba. Solo sobrevivimos los que logramos aclimatarnos y transformar nuestro código a ternario. Me sorprende que no les haya pasado a ustedes.
—¿El código ternario es lo que hace que nos veamos así y que aparezcan auras de colores cuando nos mueven emociones fuertes? —preguntó Izumi
—Probablemente —dijo AncientWisemon.
Luego, hubo un rato largo de silencio. Al final, Agumon lo rompió:
—Sigo sin entender por qué se quedaron en este mundo —comentó.
—En realidad, fueron órdenes de AncientWisemon. Dijo que este lugar nos abriría las puertas a que nos aceptaran de nuevo en el Digimundo. Desconozco por qué, pero creo que tiene que ver con el libro.
—¿El libro? —preguntó Izumi.
—Cuando llegamos a este mundo, la configuración del espacio era mucho más caótica que ahora. Nosotros la adaptamos, en la medida de lo posible, al Digimundo. Pero lo que siempre estuvo fue la torre. Sólida, eterna, inmutable, indiferente a los cambios del universo. Y en el interior de la torre hay una biblioteca. Y, según AncientWisemon, en esa biblioteca hay un libro. Y en ese libro está escrita la historia del universo, o al menos eso dice AnciuentWisemon.
—Como el laberinto de nuestro mundo —dijo Agumon
AncientWisemon no dijo nada, pero se tensó visiblemente. Oushiro Izumi estuvo tentado de preguntarle por qué, pero en ese momento Taichi habló.
—Llegamos, AncientWisemon —dijo más para sí que para sus interlocutores.
Era cierto. Ante ellos se erguía una enorme puerta doble. Y tras ella, los aguardaba el rey de ese mundo.



 

22 Aniversario de Foros Dz

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