Trabajo Dependiente de la librería Ēterubukku | Amayah & Rashidi

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Registro: Amayah Nomura y, como invitado, Rashidi Lalbay.
Tipo de trabajo: Dependiente de la librería Ēterubukku.
Descripción del trabajo: Después de descubrir los libros en el pequeño cuartito de almacén, Maya no iba a ser capaz de ignorarlos y dejarlos en cajas. ¡Era hora de darles su lugar adecuado! Aunque con cierta compañía inesperada.
Modalidad: Grupal.


Nya Nya, acepto la responsabilidad de que, si llega a darse el caso, deba dividir la mitad o la cantidad que te parezca de los yenes que gane con Lazy Lazy. También he de decir que sólo yo puedo lanzar dado en el último post acerca de la Suerte Japonesa.
 
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—¡Buenas tardes!
—Amayah, ¿qué te dije?

La azabache sonrió con suavidad, sacándose el haori. Sabía bastante bien de lo que su jefa hablaba, le había comentado que en las últimas semanas de clase no debía asistir al trabajo y aun así lo hizo cada día; le insistió en que mejor ocupara el tiempo recogiendo sus cosas y ahí se encontraba.

—Si vienes mañana…
—No se enoje conmigo —
imploró—, usted trabaja aquí y viene sin falta cada día. ¿Por qué yo no?
—Porque eres estudiante, cariño, y tienes otras responsabilidades.
—E hice un compromiso con usted. Además —
ignoró sabiamente su mirada mientras guardaba el haori en el bolso, escogió uno lo suficientemente grande sólo para eso— en casa limpiamos la última semana aunque no haya mucho que limpiar para que el nuevo año nos reciba como nuevos. No me puedo ir de Nagoya sin haber sacado los libros de sus cajas ahí atrás.

Mië Koemi sacudió ligeramente la cabeza, de lado a lado. Había pasado el tiempo suficiente como para saber que la joven Nomura era una muchacha terca y obstinada, le gustaba, era una jovencita muy responsable. Sabiendo que sería incapaz de echarla hasta que terminara, tomó asiento en su lugar de siempre.

Maya postergó demasiado aquella labor, creía que si no lo hacía antes del nuevo año no lo haría jamás, sería una tarea de siempre posponer y no se lo iba a permitir. Era ese día o nunca. Accedió al diminuto almacén, encendiendo la luz. Necesitaría una escalera.


—Koemi, ¿tiene…? —guardó silencio, siendo consciente de que todo lo que estaba a la vista era lo que la mujer mayor poseía—. Iré a la cafetería de al lado a pedir una escalera.
—Está bien, ¿puedes ordenar mi refrigerio de siempre también, por favor?
—Por supuesto —
y salió.

La señora Mië no pensaba que alguien fuese a aparecer antes de que su pequeña asistente regresara, pero se equivocó. La puerta se abrió para darle paso a un joven, apuesto y alto extranjero con un kimono que hacía brillar sus ojos dorados, también se refugiaba del frío invernal con un gran haori que se quitó al notar que el interior de la tienda era más cálido de lo que se había imaginado.


—Bienvenido a Ēterubukku —se levantó para recibirlo con una leve reverencia—, ¿cómo puedo ayudarlo?


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Yo… ehm… —Rashidi miró a la anciana antes de comenzar a buscar con sus ojos dorados a la personita que tanto deseaba visitar en ese bello y frío día de invierno—. Vengo… a…

Como era de esperarse de una mujer con tantos años encima, Mië era poseedora de una paciencia sumamente impresionante por lo que esperó sin prisa alguna a que el joven contestara su cordial pregunta. No obstante, le pareció un poco inapropiado la nula atención que le estaba prestando aquel singular muchacho de piel tostada, pues evidentemente parecía estar buscando algo o a alguien.

¿Busca algo en concreto, jovencito? —Nuevamente Rashidi le miró, dándose cuenta en el proceso lo grosero que había sido su comportamiento.
Perdone, es que estoy buscando a alguien —comentó Rashidi volviendo su atención a la tienda.

La mujer se sintió un poco impresionada, normalmente los muchachos de su edad acordaban una reunión en lugares un poco más amplios como la cafetería que estaba al lado de su tienda. Le sonó tan extraña la respuesta del extranjero que, sin pensarselo dos veces, preguntó si estaba seguro de la dirección del lugar. Lalbay dejó de buscar y volvió a centrarse en ella, respondiendo afirmativamente a su respuesta. Fue entonces que a Koemi se le encendió el foco.

¡Oh! Buscas a Amayah —exclamó sonriendo, al notar como aquel nombre alteraba (en el buen sentido) al chico, pues apenas escuchó el nombre de su querida empleada las mejillas del extranjero se tiñeron de un tenue rojo.

Lalbay intentó responderle, mas no pudo gracias al nerviosismo y el intenso calor que le invadió el cuerpo tras ser descubierto.
Oh qué tierno fue lo que pensó Koemi tras escuchar las palabras titubeantes y apenadas del joven frente suyo.

Só-sólo soy un compañero de clases —exclamó, intentando calmar sus nervios—. La otra vez estaba terminando un trabajo y… —se rascó la mejilla—. Pensé que sería bueno visitarla pero veo que no está —lo último lo había dicho con un tono bastante desanimado.
Oh, no te preocupes, jovencito —Rashidi posó sus dorados ojos en ella—, ella está en la cafetería pidiéndome un aperitivo... y una escalera.
¿Escalera? ¿Para qué?
Quiere sacar los libros que aún están en las cajas del almacén —suspiró—. Aunque le dije que no hacía falta —negó con la cabeza—. Ella vendrá en unos minutos, puedes esperarla un poco si gustas.
¿No hay problema con eso? —A la mujer le pareció chistoso y tierno el brillo en los dorados ojos del árabe.
Claro que no —tras eso, Mië se alejó para poder sentarse en su silla—, mientras la esperas puedes echarle un vistazo a la tienda.

Cuando la anciana le dejó pase libre, Rashidi no pudo evitar agradecer por semejante oportunidad.


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—No necesitaba tu ayuda —se escuchó de repente la voz de la chica en toda la pequeña librería.
—Me gustaría saber cómo ibas a abrir la puerta con las manos ocupadas —le comentó Rowan con tono divertido.
—Me las hubiera arreglado.
—¡Ahí estás! —
la anciana recibió con una sonrisa a su joven ayudante.
—Aquí tiene su refrigerio, Koemi —cargando con una escalera plegable abierta de cuatro peldaños, Amayah apenas la inclinó para que la mujer pudiera tomar el vaso y el contenedor del de más arriba. Luego miró a su pelirrojo guardaespaldas—. Muchas gracias.

El hombre le sonrió, dedicándole un respetuoso saludo a Mië antes de cerrar la puerta y volver al local de al lado. La azabache iba a seguir con su camino pero dos cosas pasaron a la vez: advirtió la extraña sonrisa en los labios de su jefa, entre divertida y expectante, y percibió la presencia de otra persona en el interior de la tienda, y no cualquier persona.

—¡La-Lalbay! —por la sorpresa, Maya dio un pequeño bote y retrocedió, chocando contra la puerta.
—¿Estás bien? —el extranjero parpadeó, sorprendido también, y mucho le costó quedarse en su lugar—. No quería asustarte.
—No me… asustaste —
abrió los ojos que había cerrado por el repentino golpe, pero no se atrevió a levantar la mirada—. ¿Qué estás-?
—Maya, cariño, aléjate de la puerta —
intervino Koemi— y empieza rápido, no quiero que te quedes aquí todo el día. Deja que el joven apuesto te ayude.
—Pero… —
la aludida se detuvo en su camino al diminuto almacén para mirar a la anciana que estaba levantándose y recogiendo su refrigerio—. ¿A dónde va? —el tono pudo serle gracioso a ambos testigos puesto a que sonaba desesperado y ligeramente ansioso.
—No quiero llenar todo el lugar con el aroma de mi comida, así que lo tomaré ahí al lado. Pondré el cartel de que volveré luego para que nadie te moleste, ¿de acuerdo?

Algo parecido al terror empezó a invadir a la joven Nomura mientras las esperanzas de que Koemi en realidad no fuera a abandonarla ahí con un muchacho se desvanecían. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Y por qué? Se sintió un poco forzado para sí misma el girarse a observar al chico colocar el libro en sus manos justo donde lo había encontrado, cuando notó su mirada ella se apuró a correr la suya, dirigiéndose al cuartito trasero. Debía recordarse que se encontraba en el trabajo, quizás aquello la ayudaría a no salir corriendo, sin embargo, apenas era capaz de caminar con normalidad.

—¿Necesitas ayuda con eso?
—Puedo llevarlo —
soltó más rápido de lo que le hubiese gustado y no pudo evitar morderse el labio.
—Está bien… Déjame abrirte la puerta —el moreno se le adelantó para hacer lo que había dicho y esperó, pero la chica no se movió.
—Déjala abierta —dijo en cambio.
—No hay problema —le tomó un momento encontrar cómo se aseguraba.
—Y entra primero.
—… De acuerdo.


Al pasar, Rashidi se sorprendió por lo pequeño que era el espacio y comprendió a medias por qué Amayah había querido que entrara primero. Fue hasta el fondo, echando un vistazo al extraño diseño de la estantería del almacén: desde el piso hacia arriba podía apreciar cuatro largas cajas adheridas a la pared, de borde grueso y sin tapa. En sí sabía que no eran cajas, sólo no sabía cómo describirlas. Dentro de las estanterías sí habían cajas en cuyo interior descubrió más libros. Detrás de él, Maya dejó la escalera en el suelo, sintiéndose un poco mejor al tener el camino hacia el exterior completamente despejado.

—Vas a sacar los libros de sus cajas —concluyó.
—Sí, así se cuentan en el catálogo.
—¿Cómo te puedo ayudar? —
sonrió, gustoso de hacer algo a su favor.
—Sí, mira… —Yahra se llevó una mano a la nuca con cierta incomodidad—. Agradezco que hayas venido y quieras ayudarme, pero es mi trabajo, no tienes que hacerlo.
—Pero quiero hacerlo.
—Ni siquiera sé qué estás haciendo aquí.
—Podemos hablar mientras trabajamos, tu jefa dijo claramente que no quiere que te quedes aquí todo el día… y yo tampoco —
murmuró sin saber que ella era perfectamente capaz de entenderlo.

La azabache suspiró, pasándose la mano por la cara. Debía olvidar que se encontraba protagonizando un escenario nunca antes imaginado si realmente quería concentrarse en su labor del día, jamás la habría creído tan difícil. Tenía que dejar pasar el hecho de que el árabe que no dejaba de observarla en clases con la misma mirada intensa que ahora se encontraba a escasos metros en un lugar angustiosamente reducido. Podía hacerlo… Tenía que hacerlo.


—Está bien —concedió, cambiando el peso de sus pies—, planeaba empezar desde arriba.

Apenas terminó de decir la última palabra cuando Rashidi acomodó la escalera para subir hasta el peldaño más alto.

—¿Qué estás haciendo?
—¿Qué sigue?
—Lalbay —
reclamó en tono de regaño, frunciendo el ceño.
—Por favor, llámame Rah.

Que el moreno apoyara el brazo en el estante y la caja para mirarla directo a los ojos con los suyos brillantes en conjunto a aquella sonrisa, siendo consciente o no de que ella sabía del entusiasmo que le estaba recorriendo el cuerpo, fue suficiente para que Amayah bajara la mirada, sonrojada.

—Sí, ehm… Esto… Rah…
—Vamos, déjame ayudarte. ¿Qué sigue?
—Bueno —
aclaró un poco su garganta—, hay que bajar las cajas y- ¡No!

Al menos lo detuvo a tiempo. El árabe se quedó con los brazos medio flexionados para tirar de la caja al tiempo que la chica se detuvo con las extremidades extendidas hacia él. El silencio duró más de los que ambos habían esperado y el hijo de Egipto no tardó en reír con nerviosismo.

—¿Qué? —terminó preguntando.
—Las cajas pesan demasiado como para sólo tirar de ellas, estoy bastante segura de que podrías lastimarte si lo intentas. Además, aunque no, son demasiadas cajas como para que al final sí termines lastimado.
—Sí, está bien, no tirar. ¿Qué pensabas?
—Vas a tener que sacar los libros hasta vaciar la caja para sacar la caja y acomodar los libros. Puedes ir pasándomelos y yo los colocaré aquí mientras tanto —
comentó, acercándose y apoyando las manos sobre el segundo tramo del estante -de abajo hacia arriba.
—De acuerdo, haremos eso —aceptó mientras abría la primera caja.


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¿Por qué Rashidi se hallaba tan emocionado? ¿Acaso era esa clase de personas que se emocionaba por el simple hecho de ayudar a la gente? Si eso era cierto, entonces Maya podía entender a la perfección la razón por la cual el muchacho aspiraba a ser un héroe. No obstante, la idea que tenía en la cabeza sobre el sentir de su compañero era una bastante alejada de la realidad, pues el joven egipcio se hallaba en ese estado por una razón que ella tal vez no había maquinado o no contemplaba.... por el momento. Era la primera vez que Lalbay interactuaba con ella de una forma tan cercana y la verdad, esperaba que con su ayuda pudieran tener el tiempo suficiente para invitarla a salir antes de que se hiciera la hora de buscar a la pequeña Coco y al resto de perros que debía cuidar ese día. Es por eso que, haciendo uso de aquel subidón de energía, Rashidi comenzó a sacar los libros de la caja con el cuidado adecuado.

El árabe no tardó en notar el buen estado de aquellos libros en las cajas. A pesar de no tener una cobertura que los protegiera del polvo los libros no mostraban ninguna señal de suciedad, por lo que sería normal pensar que no llevaban mucho tiempo guardados.

Wow… tiene muchos —exclamó sorprendido, luego de ver como después de sacar la cantidad de ocho libros, la caja se veía bastante llena—. Espero que no estemos mucho tiempo haciendo esto.
Rah… aún tienes tiempo para arrepentirte —la chica posó sus dorados en él luego de haber dejado el libro que tomó en la segunda estantería.

El hijo de Egipto la miró y entendió lo que seguramente había interpretado la hermosa sensora.

¡Oh! Por favor, Amayah, no me malentiendas, a mi me encanta estar contigo —aquello lo había soltado con tanta naturalidad que, cuando vio el rostro enrojecido de la chica, no pudo evitar sonrojarse también— ¡¿Qué estás haciendo Rashidi?! ¡Dioses!

Tanto Maya como Rah rodaron sus rostros a lados diferentes de la habitación para evitar el contacto visual. El nerviosismo les invadió a ambos: uno buscaba controlar sus emociones mientras que la otra no sabía si lo que las vibraciones le transmitían eran los latidos acelerados de su propio corazón o los de Rah. La mente de la chica le repetía una y otra vez que se calmara, a su vez, el cerebro del chico se maldecía sin cesar por haber expresado algo tan bochornoso en voz alta. Las mejillas les ardían y por un segundo se sintieron como si fueran a desfallecer por el calor exagerado de sus cuerpos.

Aunque quisiera, Rashidi no podía articular palabra alguna por lo sucedido. Por otro lado, Amayah no pudo pensar en otra cosa que no fuera el salir corriendo de aquella habitación, después de todo, había planeado que el muchacho entrara primero para tener el camino hacia la puerta totalmente libre por si sus nervios le jugaban en contra, no obstante, decidió dejar pasar el momento y se calmó un poco para poder mirar por rabillo de su ojo a su compañero, quien intentó calmar las aguas carraspeando la garganta.

C-creo que deberíamos de continuar —exclamó, mirándola de reojo.

Maya asintió a duras penas extendiendo su mano sin mirar al muchacho, aunque no necesitaba hacerlo para poder percibir el semblante ligeramente enrojecido del hijo de Egipto.

El silencio volvió a reinar entre el dúo de estudiantes, tal vez porque no habían logrado superar el momento o quizá porque no hallaban nada de qué hablar para aliviar la tensión mientras trabajaban; lo cierto era que ambos lo sentían un poco… extraño. Terminaron la primera y segunda caja en total silencio en el cual su única interacción fue la de verse de reojo. No fue hasta terminada la cuarta caja que Rashidi se armó de valor para hablarle.

Amayah —la chica se sobresaltó un poco antes de mirarlo.
¿S-sí?
Ehm… sé que te gustan los libros y que tienes muy buen gusto para ellos —comentó tranquilamente y sin detenerse en su labor—, pero quería preguntarte: ¿cuál es tu género favorito?
¡Oh! Es una pregunta interesante —su voz se notaba animada, sin embargo, se tomó un segundo antes de pensar en una respuesta correcta para el muchacho que le veía con total interés—. Creo que no puedo escoger un solo género, Rah. He leído muchos libros y cada uno ha sido de un género diferente —rió divertida por aquel hecho—. Decidirme es algo difícil —exclamó con una sonrisa que derritió el corazón del moreno—. Tal vez hubiera sido más fácil que me preguntaras cuál género no me gusta del todo.

La risa inocente que soltó Nomura tras finalizar su respuesta fue como música para los oídos del moreno.

¿Y qué género te gusta, Rah? —extendió la mano para seguir tomando los libros que él le pasaba.
Pues… no lo sé, quizá el género de fantasía, el de ciencia ficción, el romance y puede que un poco el terror.
¿Romance?
Sí, puede que suene un poco extraño.
¡Oh! ¿Por qué lo sería? No me imaginaba que también fueras un romántico.

Rah le sonrió y Yahra imitó el gesto. Los dos siguieron conversando tranquilamente sobre sus gustos, los libros que habían leído y cómo estos habían influenciado en su forma de pensar. El ambiente era tan ameno y agradable que Rashidi no se percató de que Mië había regresado del café.


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Una de las dos cosas la habían hecho, pero por la grata conversación se olvidaron de la otra y Maya no podía dejar de reprochárselo para el momento en el que Rashidi dejó la última caja del primer estante (de arriba hacia abajo) en la esquina a su espalda. Tenían todos los libros de ese espacio fuera de sus cajas, pero encima de las del segundo estante si se contaba de abajo hacia arriba. Aún les faltaba la parte importante, y quizá la más fácil, para bajar de nivel.

—¿Entonces sólo los pongo y ya? —le preguntó Rashidi con el primer paquete en las manos.
—Sí. Creo que cabrán sin problemas de esa manera. Y no los presiones, déjalos tener su espacio.

Con aquellas palabras en mente, el egipcio dejó la primera cantidad de pie, no acostados, con una dirección paralela a la anchura del cajón. Apenas los sostenía con una mano para evitar que se cayeran, teniendo la intención de no apretujarlos entre sí mientras recibía con la otra más libros para colocar. Era una labor sencilla, pero habiendo tantos de ellos se volvía incómoda.

—¿Planeabas hacer todo esto sola? —le cuestionó el muchacho, viendo más como un fastidio el tener que bajar de la escalerilla, moverla a lo largo de la habitación y subir de nuevo.
—Sí, no es un problema. Es mi trabajo, después de todo.
—Sí, lo sé, pero… —
la observó desde arriba. Amayah le mantuvo la mirada sin temor ni rubor, se veía tranquila y segura, y notarlo produjo que él mismo se ruborizara, corriendo la vista luego de tomar los libros—… nada, es sólo que me parece demasiado.
—Entonces terminemos con esto y cambiemos el método —
soltó con resolución.
—¿Cambiarlo? —parpadeó con cierta sorpresa.
—Sí, para ir más rápido. Te lo contaré cuando estos libros estén listos.

Los minutos se fueron acumulando mientras la cantidad de libros se fueron reduciendo hasta haberlos colocado todos. Rah, al estar arriba, los podía ver y sentía una especie de satisfacción por el orden que había creado; al principio no estuvo muy seguro, pero cada uno tenía su espacio y tal vez los tuvieron desde antes incluso de llegar en esas cajas. Casi lo creía predestinado… Giró el rostro para mirar al ángel y la descubrió con los ojos cerrados, como si disfrutara de algo fuera de su alcance. “… como nosotros”, pensó y sonrió.

—Bien, ahora…

Luego de que el árabe bajó, la chica tiró de la escalera para llevarla casi a la puerta, hasta el comienzo de la estantería. Subió en ella, para estar a gusto con el tercer nivel, y lo miró, Lalbay aún sin moverse desde el fondo del almacén.


—Ahora trabajaremos separados —abrió la primera caja y le dijo con un gesto que la imitara con la última. A Rashidi parecía que la altura del tercer estante -de arriba hacia abajo- no le molestaba, por lo que hizo lo mismo que ella con la caja que tenía enfrente—. Acomodaremos los libros de la primera caja sobre la segunda, luego de vaciarla sacamos la caja y colocamos los libros en el espacio libre para ir a la siguiente. Puedes tomar un descanso cuando vayas por la mitad —lo miró.
—También recuerda tomarlo si lo necesitas —él le sonrió un poco y, tras corresponderle la sonrisa, ambos comenzaron.

Amayah aceptaba que ya no se sentía tan agobiada, mucho menos al poder trabajar sin necesitar que él se moviera para avanzar. Se encontraban en puntas opuestas, les tomaría un poco de tiempo alcanzarse, y, de todas formas, cuando llegara ese momento, sólo debían intercambiar de posición o terminar el tramo que el otro había comenzado. Definitivamente esa manera le daba más tranquilidad y, por lo que podía percibir, a su compañero también, el enfrentarse los inquietaba a ambos, aunque, como él dijo antes, su compañía no era precisamente mal recibida. Una sonrisa tonta jugó en sus labios. “Al menos esta tarea es muy sencilla y no necesito concentrarme”, pensó.

Justo estaba terminando de pasar el pensamiento cuando se sobresaltó, paralizándose como si no lo hubiera creído. Ella, que era el doble de cuidadosa que el resto de las personas… Rashidi se había acercado para recoger el libro por ella y se lo tendió después de echarle un vistazo.

—Está bien, no le pasó nada —aseguró. Abochornada, Maya lo tomó—. No hay ninguna prisa, no es una carrera —bromeó. Ella rio con suavidad, más por pena que por gracia.
—Lo sé.

“¡Concéntrate, Amayah!”


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Pero… —Amayah le miró con un deje de vergüenza—. Si fuera una competencia, es obvio que yo estaría ganando.

El bochorno de Yahra no desapareció por completo gracias a las ondas que había recibido por parte del muchacho. Quizás aquellas palabras las había dicho con total seriedad, pero las vibraciones le decían que en realidad el tono no era más que una simple fachada para ocultar su intento de broma, así que, por consecuente, Amayah se lo tomó -con algo de esfuerzo- como lo que era: una simple broma. Rió suavemente para poder hacer lo mismo que el muchacho: enmascarar la vergüenza que aún sentía.

N-no es una competencia, Rah —susurró lo suficientemente alto para asegurarse de que escuchara sus palabras.

El hijo de Egipto sólo se limitó a sonreír, pensando que su broma había logrado el efecto que esperaba.

Tras ese momento, Rah y Maya se dedicaron a continuar con la tarea que tenían entre manos, de vez en cuando hablaban de temas diversos como la escuela o lo bonito que era esa época del año, pues no quedaban muchos días para que todo el país estuviera “vestido” para conmemorar las festividades de diciembre. Entre amenas charlas, los dos estudiantes se detuvieron un segundo para reposicionarse, pues los dos habían culminado con las dos primeras cajas de sus respectivas estanterías, quedando en el proceso uno al lado del otro. Como ambos necesitaban espacio para sacar los libros y recolocarlos en el cajón, Rashidi comentó:

Me moveré al otro extremo para encargarme de la última caja, así no tendrás que moverte de ahí —le sonrió mientras se movía al lugar que mencionó.
Gracias, Rah.

Gracias a eso, Amayah prosiguió con lo que hacía antes de detenerse. Los minutos pasaron y ya ambos se encontraban sacando los libros de las últimas cajas.

¿Sabes? Este lugar es muy tranquilo, me gusta. Me quedaría si no tuviera bebés que cuidar.
¿Ah sí? Yo también... —Maya sonrió sin dejar de prestarle atención a los textos que apilaba con tranquilidad hasta que volvió a analizar las palabras de su ayudante—. Espera… ¿bebés? ¿Eres niñero? —se dio un momento para impresionarse un poco, había escuchado de estudiantes cuidando niños pero nunca uno que cuidara de bebés como un trabajo. Rah rió ligeramente divertido.
Perros, cuido de perros, Amayah —la impresión en el rostro de la joven se esclareció—. Sólo que algunos son pequeños y parecen bebés.
¡Oh! Sí, eso tiene un poco más de sentido —la aspirante a héroe regresó su mirada a los textos que tenía en las manos—. ¿Te gustan mucho las mascotas?
Me encantan —contestó, alegre—. Tengo un gato llamado Roy. Está en Egipto con mis padres, no lo traje conmigo porque no sabía cómo sería el ambiente para él… Por cierto —Maya regresó su atención a la figura del imán—. ¿Qué ibas a decirme antes de que cambiaras al tema de mi trabajo?

La pregunta hizo que Maya llevara el dedo índice hacia su barbilla mientras que sus hermosos ojos dorados se posaban en el oscuro pero iluminado techo de la habitación; buscaba recordar entre todas sus palabras lo que quería decirle al hijo de Egipto antes de que pasara de tema. Amayah se veía increíblemente adorable y Rah estaba maravillado con esa pose, sin embargo, el gusto no le duró tanto gracias al chasquido que hizo su ángel cuando recordó lo que iba a expresarle.

Quería decirte que yo también pienso lo mismo, lo de la tienda. Es un sitio muy pacífico y hay muchos libros, no hay nada mejor que un buen libro y aquí tengo muchos —sonrió con tranquilidad mientras alzaba los dos ejemplares en sus manos para expresar su emoción de trabajar en un lugar tan ameno, cosa que enterneció el corazón del egipcio.
Sí, tienes razón… —Rah le miró desde su posición, suspirando con el pensamiento de que, tal vez, la chica a su lado se equivocaba.

Amayah se apenó por la intensa mirada del árabe y decidió volver a su labor, esforzándose en el intento de ignorarla. No era la primera vez que recibía ese gesto por parte del árabe, en clases le había descubierto en más de una oportunidad cuando ella tomaba el foco para explicar algunas peticiones de los profesores. Era tan extraño, ¿por qué le dedicaba esas miradas a ella? Esa pregunta rondó más de una vez su cabeza. Suspiró, negando suavemente para apartar la incertidumbre.
¡No pierdas la concentración! Todavía hay trabajo que hacer, Maya, pensó tras acomodar el último libro en la cajón.

El tiempo siguió pasando con tranquilidad y ahora los pequeños aspirantes a héroes se hallaban sentados en el suelo mientras terminaban las primeras cajas del último estante. Rashidi se hallaba más animado, si bien le encantaba realizar aquella tarea junto a su amada, la verdad era que quería terminar lo antes posible para intentar invitarla a salir. Estaba tan ansioso, tanto que no se esperó para poder preguntarle.

Mm, ¿Maya?
¿Sí?
Ya que estamos terminando y aún podemos decir que es temprano... Yo me estaba preguntando si tal vez tú quisieras… —tragó fuerte, sus palabras se bloquearon por el nerviosismo, ¿podría hacerlo? ¿Podría invitar a salir a la chica que tanto le encantaba? No lo sabía y tampoco podía probar por culpa de la inquietud que el escenario le generaba. Se repetía una y otra vez que lo intentara, que dijera las estúpidas palabras de una buena vez por todas, no obstante, la situación empeoró para el árabe gracias a la curiosa mirada de la azabache—. ¿Por qué es tan difícil? Sólo dilo, di: ¿Te gustaría salir conmigo, Amayah?
¿Rah?
¡Ah! Si… Espabila de una buena vez, Rashidi Lalbay. Yo me preguntaba si tú… si tú quisieras… —su corazón iba a salirle por la boca si continuaba así, ¡por los dioses! Ni siquiera podía mantenerle la mirada a la chica a su lado por más de un segundo—. Es sólo si quieres, claro, no te estoy obligando…
No puedo saber si quiero si no sé de qué trata... —comentó suavemente y comprendiendo el nerviosismo en el muchacho.
¡Vamos! ¡YA!... Ok, lo siento. Sólo quería preguntarte si te gustaría sa…

Su voz se cortó abruptamente por la vibración que sentía en el bolsillo de su kimono y la suave melodía que se escuchaba. Los dioses, tenía que ser obra de los dioses antiguos, después de todo, ellos daban oportunidades como también podían quitarlas. Rashidi se maldijo en todos los idiomas que conocía, ¿cómo había sido tan tonto como para desperdiciar semejante coyuntura? Quería matarse por ser tan patético.

Disculpa, tengo que atender —exclamó, evidentemente desganado.
… Claro.

Ya sabía de quién era la llamada y sabía el por qué de la misma, por lo que no tuvo mucho para decir en esos treinta segundos que duró la charla. La dueña de Coco lo necesitaba, pues al parecer la reunión que tenía en su trabajo se había reprogramado y ella debía estar lista una hora antes de lo acordado. Suspiró mientras frotaba su entrecejo, ¿por qué los perros tan lindos como Coco no podían ser independientes? ¿Por qué su dueña no le dijo más temprano? Así hubiera estado más tranquilo y no se hubiera ilusionado de la manera en que lo hizo. Soltó un segundo suspiro.

¿Todo bien, Rah?
No… quiero decir, sí —expresó, intentando no mirar a su amada compañera—. Me tengo que ir, Amayah. Parece que tengo que ir a mi trabajo un poco más temprano.
¡Oh! Está bien.
Sí… claro —forzó una sonrisa.
Gracias a ti avancé mucho, no tienes que preocuparte —exclamó sonriente, buscando relajar al árabe.
Bueno.

Tras eso, Rashidi salió del pequeño cuarto para dirigirse a la salida de la tiendita. El árabe le explicó a la dueña el motivo de su partida y, como era de esperarse, Mië entendió a la perfección y le agradeció por haber estado presente y darle una mano a su testaruda y querida empleada.

Maya sintió como el pesar del moreno se alejó, relajándose por aquel hecho. Cuando llegó el momento de despedirse, Amayah recordó un asunto muy importante y que se le había olvidado por tanto trabajo, así que se levantó rápidamente del suelo y caminó hasta la salida de la librería.

¡Oh! Rah —el recién nombrado se detuvo en la puerta, segundos antes de abrirla—, escuché que cumpliste años hace unos días... yo... realmente espero que la pasaras muy bien en tu día —concluyó, mirando al suelo y sonriendo con sinceridad mientras sentía ese ligero y agradable calor en las mejillas.

El corazón de Rashidi palpitó con fuerza luego de escucharla y observarla sonreír, se veía tan hermosa. Dioses… ¿por qué estaban siendo tan inoportunos con sus decisiones?

Gracias, ángel. Realmente fue un buen día —respondió con una sonrisa antes de salir por la puerta de la tienda con el pensamiento de que volvería para pasar otro día junto a ella.


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—No importa cómo ni por cuánto tiempo mires la puerta, Amayah, el apuesto jovencito no regresará~.

La aludida se sobresaltó por las palabras de Koemi, sonrojándose y pensando por un momento en regresar al almacén sin decirle nada, pero eso sería demasiada descortesía con una señora que no había sido con ella más que cortés. Le sonrió con ligera pena.

—Lo sé, no esperaba que volviese. Simplemente… estoy un poco sorprendida porque no habíamos hablado antes.
—¿Ah, no? —
la sorpresa ahora invadió a Mïe—. Se ve tan interesado que creí que ya habían tratado personalmente.
—Sí... —
murmuró—. Lo sé... —el silencio se asentó por unos segundos—. Sólo quedaron unas pocas cajas, me ayudó bastante pero todavía no he terminado, así que regresaré al almacén.
—Por supuesto, continúa.


Con la turbación apoderada de su mente, Amayah volvió a arrodillarse en el lugar en el que se había quedado para seguir con lo que estuvo haciendo toda la tarde: sacar los libros de la caja, sacar la caja y acomodar los libros. El tiempo se percibe de forma diferente cuando te encuentras sumido en tu mente y, por su repentina aparición, Lalbay Rashidi ocupaba un lugar mucho mayor al que debería en los pensamientos de la chica.

—Tan... —susurró para sí misma con la intención de llevar una mano a su pecho, pero ésta se detuvo a medio camino.
—Maya.
—Amayah.


La chica llevó su mirada a los pelirrojos en la puerta con expresión ausente, le tomó unos segundos darse cuenta de su presencia.

—¡Oh, chicos! —apoyó la mano sobre el segundo cajón -de abajo hacia arriba- para levantarse—. ¿Qué están haciendo aquí?
—Hace una hora el chico se fue y la señora Koemi dice que le habías confirmado que te quedaba poco, pero seguías sin salir —
le informó Rowan.
—¿Una hora? —se sorprendió.
—Ya nos encontrábamos aquí, así que...
—… pasamos a ver si te había ocurrido algo —
completó Markus.
—Estoy bien... —echó un vistazo al cajón del suelo para cerciorarse de que todos los libros estaban correctamente acomodados y las cajas desmontadas y perfectamente apiladas en la esquina. No recordaba hacía cuánto lo había hecho—... Y ya terminé.
—¡Genial! Eso significa que ya nos vamos.
—Un momento.


Amayah no tuvo que buscar, llevó la mano directo al centro de la parte de abajo del segundo cajón -de abajo hacia arriba- para activar el interruptor. Una luz azul pasó, como efecto dominó, por todos los libros en cada uno de los cajones; la luz se movía de una esquina a la otra y recorría cada libro en su camino. Era fascinante de ver. Los dorados de Maya se quedaron adherida al camino de color hasta que éste hubo terminado, permaneciendo "pegado" a cada libro como si despidieran una especie de aura. Frente a ella apareció una ventana que informaba de la cantidad de libros que se habían actualizado en el catálogo y la chica sonrió antes de llevar su dedo hasta el cuadro que decía "Aceptar".

—¿Por qué lo enciendes si estás por irte? —le preguntó Markus.
—Porque de esa manera los libros ya están en el sistema —le sonrió antes de apagarlo.

Los gemelos le hicieron espacio para que pudiera salir del almacén y lo primero que hizo la joven Nomura fue sacar de su bolso el haori y colocárselo.


—Ya todos los libros están perfectamente colocados~.
—No esperaba menos —
sonrió la mujer desde su lugar—. Salúdame a tu familia, pasen felices fiestas y tengan un deslumbrante comienzo de año.
—Igual usted, Koemi —
Amayah la abrazó con todo el cariño que sentía por ella—. No pase sola las fiestas.
—Por supuesto que no, Amayah. Cuídenla bien, chicos.
—Cuente con ello —
le sonrió Rowan, sosteniendo la puerta para que la azabache pasara, pero Markus se detuvo antes de salir para mirar a la mujer.
—… Gracias por aceptarla y cuidarla mientras está aquí… Nos veremos el próximo año —y se marchó sin esperar respuesta, ni él la necesitaba ni Koemi iba a darla, lo que sí hizo la anciana fue sonreír.


Lazy Lazy Nya Nya
Maya es el no. 214 en la Suerte Japonesa, queda entre los puestos 185 y 221, correspondientes de las 5 caras del dado.
Qué suerte QwQ un 10% más a la paga QwQ
 
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Y el trabajo quedó, por completo, en segundo plano. Si no fuera porque tenía una ligera idea de lo que se debía hacer y lo que se hacía no sabría qué se estaba haciendo en este tema, aparte de tontear; pero digamos que el trabajo se hizo... de alguna manera.

Se acreditan 1000 yenes más el 10% (que en mi opinión no debería agregarse porque este trabajo se realizó "antes de el nuevo año") correspondiente a la suerte japonesa. Se dividirá de forma equitativa entre los participantes.

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