Actividad Destino en el Coliseo

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Destino en el Coliseo

El inmenso coliseo bullía bajo las luces eléctricas. Al compás de los pesados pasos de DeathMeramon, y de los saltos de mono de Hanumon, la audiencia profería ánimos y abucheos, esperando que el siguiente movimiento fuera favorable para sus apuestas. Los menos atrevidos, que estaban del lado de DeathMeramon, vieron respondidas sus plegarias cuando la llameante cadena de su candidato rodeó el cuello de Hanumon. El simio intentó zafarse, sin éxito, y, desesperado, dirigió su hueso hacia la enmascarada cabeza del gigante. Aquellos que lo habían apoyado perdieron toda esperanza al ver cómo DeathMeramon lo paraba sin esfuerzo. Como último recurso, el mono lanzó sus afilados pelos dorados, pero las poderosas llamas de su oponente los quemaron. Sin aire, Hanumon se desplomó, y el equipo médico entró a la jaula para recogerlo.

Detrás de la verja metálica, los ojos rojos de Candlemon observaban la escena. Al igual que muchos otros, había ido para probar suerte contra el campeón invicto, y ahora sabía contra lo que se enfrentaría. Estaba inquieto, no por miedo o preocupación, sino por las ganas que tenía de luchar; su llama bailaba de un lugar a otro. Le habría gustado comentar el combate con Álaba, pero la humana había ido a inscribirlo, y todavía no estaba de vuelta. Estuvo a punto de llamarla; sin embargo, una voz ronca atrajo su atención.

-
¡Eh, tú, el de cera!

Al girarse, a unos metros vio a aquel que lo llamaba. La madera de su cuerpo de marioneta estaba cubierta por un peto de color verde apagado, y su cabeza redonda estaba coronada por un viejo casco militar a juego. Bajo éste, una fina nariz metálica asomaba, y bajo ella había una retorcida sonrisa pícara. Estaba sentado delante de una mesa llena de papeles, y lo acompañaban un par de humanos con traje negro y gafas de sol.

-
¡Acércate! - le decía.

Se aproximó con cautela, mas el muñeco insistía en acortar más las distancias, y a base de pequeños saltos, Candlemon acabó a un paso de él. Antes de que pudiera reaccionar, la marioneta llevó un grueso puro a su llama, y después se lo llevó a la boca. Candlemon retrocedió un poco, claramente turbado.

-
No vuelvas a hacer eso... - musitó - ¿Quién eres tú?

-
Pinocchimon – respondió, reclinándose en su silla – Pero también puedes llamarme destino, porque te traigo noticias especiales. Estamos buscando voluntarios para algo muy nuevo que vamos a hacer... Estoy seguro de que nunca has visto a un humano – dijo, señalando con secretismo al hombre que se sentaba a su lado – Eso es un humano – susurró – Y te lo creas o no, si firmas un poco de papeleo puedes tener uno para ti solo. Este es tu día de suerte, porque nos los quitan de las manos. Igual se nos agotan en nada.

Candlemon escuchó todo lo que decía sin decir nada, pues su mente ya estaba en otra parte; era demasiada palabrería para él. Pinocchimon se dio cuenta, y no desaprovechó el momento para una broma.

-
Anda, parece que te has quedado... ¡en blanco! – bramó.

La única respuesta fue el silencio. Se quedó anonadado.

-
¿Por qué no te ríes? Tenía gracia – dijo, tras lo cual su nariz creció - ¡Eso sí que no tiene gracia! - y creció más - ¡Oh, venga ya! Mis napias me están vacilando.

Las carcajadas de Candlemon no se hicieron esperar, y Pinocchimon resopló en su derrota. La vela recordó a qué había ido, y decidió buscar a su compañera.

-
Eres divertido, pero me voy - se despidió, levantando su mano de cera - Tengo un combate que ganar.

Dándose la vuelta se metió entre el público, y dejó a la marioneta con el desconcierto aún en la cara. Álaba no fue difícil de encontrar, ya que lo esperaba frente a la jaula. La cola para apuntarse era larga, así que había tardado bastante, pero no tenían que esperar más: eran los siguientes.

Pinocchimon vio cómo Candlemon subía las escaleras que llevaban a la puerta de la jaula y, señalándolo, se giró con una sonrisa hacia los humanos que lo acompañaban.

-
¿Crees que me concederán un deseo si soplo? - comentó.

Cuando una humana de cabello granate apareció detrás de la vela, la expresión de la marioneta cambió a una de sorpresa. Una luz cubrió a Candlemon, y un segundo después su forma era la de un caballero de armadura blanca y dorada, con unos cuernos angulosos y unas alas de color violeta; era Dynasmon. El puro de Pinocchimon cayó a su regazo, y con un chillido se apresuró a recogerlo.

-
¿Sabes qué? - suspiró - Creo que es mejor que retiremos nuestras apuestas.

En cuanto la puerta se cerró, DeathMeramon mandó su cadena hacia el cuello de Dynasmon, pero el alado caballero la paró con su brazo.

-
Demasiado predecible - se limitó a comentar, con sus rasgos dragónicos en reposo.

Sujetándola con fuerza, tiró de ella, y con ella de su oponente, estampándolo contra el alambrado. Se alejó y esperó a que se levantara, decidido a no acabar con la batalla demasiado rápido. DeathMeramon lo fulminó con la mirada, humillado, pero luego no pudo reprimir una carcajada: por fin había encontrado a un rival digno.

-
¡Observad, pusilánimes! - vociferó, dirigiendo sus gruesos dedos al público - ¡Esto es un combate de verdad!

Su boca se llenó de llamas azules, como las que cubrían su cuerpo, y con un grito las lanzó hacia su enemigo. Las alas de Dynasmon se cerraron alrededor de su cuerpo, y cuando las apartó, el fuego se había disipado. Impulsándose con el pie, se abalanzó contra DeathMeramon para propinarle un puñetazo, y luego otro; su objetivo bloqueó el tercero, e intentó devolverle el golpe, pero sólo dio al aire. El dragón se había alzado, y bajo la cúpula de metal extendió sus garras, en cuyas palmas brillaban dos joyas doradas. Hubo un destello, y medio segundo después su enemigo se encontraba en el suelo. Su fuego se había extinguido, pero todavía respiraba. Dynasmon se frustró.

-
No me lo pongas tan fácil.

DeathMeramon hizo el amago de ponerse en pie, pero se desmayó como antes habían hecho sus víctimas. Yukidarumon y sus enfermeros se lo llevaron para darle tratamiento, y el decepcionado caballero agachó la cabeza.

-
Qué desperdicio – masculló.

Después, animándose un poco más, dirigió una media sonrisa hacia Álaba, que se la devolvió; habían ganado, después de todo. Mientras tanto, los atónitos presentes murmuraban como locos: algunos comentaban la lucha, otros celebraban sus ganancias o lamentaban sus pérdidas; también estaban los que, habiendo sentido siempre antipatía por el anterior campeón, se alegraban de tener a uno nuevo. Sin embargo, todos los cuchicheos cesaron cuando los grandes portones del recinto se abrieron de par en par.

La luz del exterior fue recortada por las oscuras siluetas de un par de individuos; uno superaba los dos metros de altura, mientras que el otro superaba los seis. Una vez dentro, los focos del coliseo iluminaron sus formas: el más pequeño escondía su figura con una armadura islámica de tonos arenosos, y una capa verde del mismo color que sus ojos, que se dejaban entrever bajo su casco; el gigante, de aire azteca, tenía el cuerpo de un hombre, pero la cabeza, alas y garras de un águila, todo de colores terrosos y sanguinolentos, a excepción de sus adornos dorados y de pequeñas notas de colores llamativos. Los dos parecían Digimons formidables, con un nivel evolutivo mayor al de la mayoría de los Digimons.

-
No esperaba que nuestra reunión nos llevara a un sitio como este, Selahemon - farfulló el águila, mirando con desprecio el suelo de chapa - Donde haya tierras vírgenes que se quiten estos nidos de ignorantes. Aislarse de la santa Digiplant de esta manera...

-
Sé que no es de tu agrado, Cuāuhpillimon, pero aunque ya no seamos miembros de la Orden, tenemos obligaciones con los habitantes de este mundo - contestó el otro.

Dio un paso al frente, y alzando su brazo con benevolencia se dirigió a los Digimons que los rodeaban.

-
Hemos sido informados de actividad sospechosa, y venimos a asegurarnos de que nadie se está aprovechando de la confianza de sus vecinos. Si alguien sabe algo, le ofrezco mi humilde atención, además de protección ante los males a los que se pueda exponer.

Un montón de frentes sudorosas y ojos nerviosos aparecieron entre la multitud, escondiendo las papeletas de sus apuestas, pero unas cuantas miradas se posaron con determinación sobre un sujeto en particular: Pinocchimon. Cuāuhpillimon y Selahemon se dirigieron hacia él, que estaba absorto hablando por teléfono.

-
Sí, Geppetto, aquí hay un Sukamon que quiere firmar, pero no sé si es una buena decisión financi... Bueno, en eso tienes razón, hay gente para todo.

Apartó el teléfono un momento, buscando al Sukamon, pero en su lugar se encontró a los que habían silenciado el estadio. Un brillo especial llenó sus ojos, y con rapidez se pegó otra vez al aparato.

-
Me ha tocado el premio gordo. Luego te llamo – colgó, y ofreciendo un bolígrafo a los caballeros, les mostró su mejor sonrisa - ¿Qué opinan sobre firmar papeles?

Cuāuhpillimon no quiso aguantar esas payasadas, y con un gesto de su mano derritió el utensilio como si fuera mantequilla. Selahemon frenó a su compañero, con intención de resolver la situación de manera diplomática.

-
Motivados por quejas de ciudadanos, debemos pedirle que cese cualquier actividad deshonesta – le dijo a la marioneta, que puso las manos en alto.

-
Soy completamente de fiar – declaró, mas su nariz creció para desmentirlo - ¡Venga ya!

-
Apártate, Selahemon – pidió el águila - Déjamelo a mi.

Selahemon le hizo caso, y se ocupó de que la muchedumbre evacuara el edificio. Un temeroso Etemon se quedó, escondiéndose bajo una butaca, y Dynasmon se llevó a Álaba a un palco seguro, desde el que podían observarlo todo. El muñeco les dijo a sus ayudantes humanos que se llevaran el chiringuito a otra parte, y que informaran a Geppetto de la situación. Preparando su martillo, clavó sus pupilas sobre Cuāuhpillimon. El caballero le devolvió la mirada, y levantó una de sus zarpas, envolviéndola en llamas.

-
No seas muy duro – le advirtió Selahemon.

El águila cerró su puño, y así el fuego desapareció, pero sus enormes alas se extendieron hasta su límite; cuando las batió, una oleada de plumas se tragó a la marioneta. Pinocchimon se protegió con su arma, y una vez la técnica finalizó volvió a ser visible, sin haber recibido mucho daño. Levantando su martillo ametralladora, disparó una ráfaga de balas hacia el caballero, pero un escudo de energía lo rodeó antes de que pudieran herirlo. El muñeco gruñó audiblemente, y lanzó la cruz de madera que llevaba a su espalda. Sin embargo, no tuvo efecto, y volvió como un bumerán.

-
Parece que tengo que pedir refuerzos – masculló.

Sus ojos se iluminaron. En ese momento, el suelo empezó a templar bajo sus pies, siguiendo el ritmo de unos pasos descomunales. Las puertas de acero se abrieron de golpe, quedando como versiones deformes de lo que antes eran; desde el otro lado los observaba, con rostro inexpresivo, una forma humanoide de madera, todavía más grande que Cuāuhpillimon. Se tuvo que agachar para pasar por el umbral, y cuando ya estuvo dentro, los caballeros se dieron cuenta de que la cabeza y los hombros de la criatura parecían formar parte de una casa.

-
Esto puede ser un un buen entrenamiento. Quizás me entretenga con él – confesó Cuāuhpillimon, girándose hacia su compañero – Mientras peleo, asegúrate de que ese tunante no se escapa. Usa tu arena, si lo crees necesario.

Tras eso, el águila se lanzó en dirección al coloso, asestándole un puñetazo en su falsa mandíbula. No mostró ninguna señal de dolor, pero la superficie se resquebrajó ligeramente. Le devolvió el golpe, y el águila lo encajó con fortaleza. Cuāuhpillimon siguió con un par de patadas a las pantorrillas de su enemigo, consiguiendo que perdiera el equilibrio. Cayendo sobre su rodilla, el hombre de madera arremetió contra el estómago de su oponente, y agarrándolo por las piernas y los hombros, lo elevó sobre su cuello. Antes de que pudiera estamparlo contra el suelo, Cuāuhpillimon invocó unas estrellas que lo derribaron; él permaneció en el aire, valiéndose de su vuelo.

-
No sé si estás vivo, o si sólo eres leña para el fuego – proclamó – Pero te respeto de una forma u otra, y no voy a insultarte conteniéndome como hasta ahora.

Cuando el hombre de madera se puso en pie, recibió una ráfaga de impactos por todo su cuerpo. Las garras del águila lo arañaron y perforaron dentro de un remolino de pestilentes flores oscuras. El veneno de los pétalos habría afectado a otros, pero en la madera no había corriente sanguínea en la que infiltrarse, y el único efecto del ataque fue destrozar y astillar la superficie. Entonces el fuego de Cuāuhpillimon hizo aparición, anunciando su victoria. El gigante de madera desapareció consumido por las llamas, y las miradas se posaron de nuevo sobre Pinocchimon, que se sacudía la arena agitando su cuerpo articulado de arriba a abajo.

-
Usas un arma en la que los gatos hacen caca – gimió.

Los dos caballeros, dispuestos a no demorarse más, se acercaron hacia él para hacerle responder ante la ley, pero una voz los detuvo.

-
¡Un momento!

El origen de la voz descendió desde un palco, con su armadura impoluta y sus alas desgarradas, como una figura familiar para los dos caballeros: Dynasmon. Lo observaron confusos, y Cuāuhpillimon no muy contento, ya que lo recordaba como un amigo de su detestado LordKnightmon. Selahemon tampoco apreciaba al último, pero siempre había tenido una buena relación con Dynasmon y, dado que apenas se habían visto desde que dejó a los Caballeros Reales, se decidió a saludar.

-
Buenos días, Dynasmon.

-
¿Qué hace un caballero de la Orden en un lugar como este? - inquirió Cuāuhpillimon.

Dynasmon tardó un momento en asimilar lo que estaba pasando. Negó con la cabeza y los confundió aún más.

-
No os conozco personalmente, y no soy el Dynasmon de los Caballeros Reales – explicó – Viajo con mi compañera humana, Álaba, en busca de combatientes fuertes, y es eso lo que tengo frente a mí. Así que os ofrezco lo justo, un dos contra dos: Selahemon contra la marioneta, y yo contra Cuāuhpillimon.

-
Acepto – contestó el águila, extendiendo su garra en señal de respeto.

Selahemon se encogió de hombros. Mientras el águila y el dragón alzaban el vuelo, encaró a Pinocchimon con sus ojos amables. El muñeco se puso en posición defensiva, con sus rasgos torcidos en una mueca de desconfianza. Selahemon intentó acercarse, pero Pinocchimon retrocedió; el caballero se quedó donde estaba.

-
No quiero hacerte daño. Si te rindes, me ocuparé de que el castigo sea leve.

La marioneta dio una larga calada a su puro, dejando que el humo cubriera su rostro. Cuando se disipó, su boca cerrada rechinaba con la risa contenida, que en unos segundos fue liberada.

-
Y yo voy, y me lo trago – soltó, elevando su martillo y disparando hacia Selahemon.

El caballero fue lo suficientemente rápido como para defenderse usando una de sus tormentas de arena como muro. Cuando la última bala hizo impacto, Selahemon se esfumó, dejando sólo aire donde antes estaba. Pinocchimon miró con cautela a su alrededor, buscándolo en cada rincón, pero no había rastro de él. De pronto, todo se volvió negro, y sintió una fuerza invasiva metiéndose en su cabeza. No tardó en darse cuenta de que una tela lo rodeaba, y cuando vio de nuevo a Selahemon, supo que era su capa.

-
¡¿Qué me has hecho?!

-
Nada dañino – aclaró el caballero – Sólo lo necesario para saber qué hacer. Cada Digimon tiene sus motivos para ir hacia la oscuridad. Algunos consideran que la senda oscura es la más cómoda.

Pinocchimon ahogó un grito al ver cómo el coliseo se trasformaba en su sala de juegos personal. Todo estaba ahí: su tiovivo, su mesa de billar, sus videoconsolas, y un sinfín de cosas que llenaban la estancia.

-
Pero, por cómodo que parezca – continuó Selahemon – El camino del mal es uno desagradecido y peligroso.

Frente a los ojos de la marioneta, un fuego salido de la nada cubrió todo con un manto negro. El crepitar de las llamas, que lo rodeaban con su brillo anaranjado, se escuchaba poderoso junto a su oído, y las temperaturas se elevaron hasta se inaguantables. Miró horrorizado cómo el fuego se acercaba a sus piernas desnudas, inmóviles por el miedo, y dio todo por acabado. Sin embargo, con la misma velocidad con la que apareció, el incendió se desvaneció como la ilusión que era. El caballero extendió con benevolencia su mano enguantada, mirando al muñeco a los ojos.

-
El camino de la misericordia es mucho más propicio – concluyó.

Pinocchimon cayó de rodillas y se arrastró hasta él, aceptando su mano. Aferrándose al caballero, empezó a sollozar.

-
Lo reconozco, nunca he sido un niño bueno – confesó – He hecho muchas cosas malas, y... tengo que decir que... ¡Lo siento muchísimo!

En ese momento, su nariz creció al menos un metro, hincándose en la cara de Selahemon, que la tuvo que apartar. Empezó a girar como un taladro, y con ella Pinocchimon dio unos cuantos golpes rápidos, para luego darle al caballero un martillazo en la cabeza y darse a la fuga. Selahemon empezó a perseguirlo, pero el muñeco extendió sus hilos hacia una de las butacas, y al estirar de ellos, sacó algo que puso entre su cuerpo y el del caballero: el Etemon.

En las alturas, los otros dos luchadores esquivaban los ataques del otro con maniobras acrobáticas. Cuāuhpillimon había sacado su Espada Huitzilopochtli, blandida con la mano izquierda, y con el Chrome Digizoid de la hoja lanzaba destellos de energía solar concentrada a su oponente. Dynasmon disparaba desde sus manos, siempre pendiente de los movimientos de su contrincante. Ambos habían acertado unas cuantas veces, pero aguantaban esperando que el otro cayera primero.

-
No lo haces nada mal, para no ser un verdadero miembro de la Orden – reconoció Cuāuhpillimon.

-
Podría decir lo mismo de ti – respondió Dynasmon, con una sonrisa.

El águila no supo si tomárselo como una ofensa, pero se estaba divirtiendo demasiado para que le importase realmente; sonreía sin darse cuenta, metido al máximo en la pelea. Extendiendo sus brazos, envió en dirección al dragón una oleada de aire gélido. Dynasmon respondió invocando un guiverno de energía. Los dos ataques colisionaron y se descontrolaron, destrozando parte de los muros, y cubriéndolos de hielo.

Cuāuhpillimon preparó su ataque final, reuniendo las fuerzas celestes y terrenales, junto a las de las sombras; empezó a gritar, rodeado por distintas auras. Dynasmon, viéndolo así, y temiendo el posible resultado en el que hasta ahora no había pensado, se abalanzó a toda velocidad hacia el palco en el que estaba Álaba y la cubrió con sus alas. Cuando el águila liberó la tremenda explosión que arrasó el coliseo, la humana, a salvo en el abrazo de su compañero, no sufrido daños graves, pero él se desmoronó como el resto del edificio. Sobre los escombros, Dynasmon desapareció, y en su lugar volvía a estar la pequeña vela que había observado los combates. Cuāuhpillimon, viendo toda la destrucción, y consciente de que podría haber matado a la humana, se dio cuenta de que se había sobrepasado. Agachó su enorme cuerpo para acercarse a Candlemon, abrumado por su pequeño tamaño. Yacía con su espalda de cera contra la piedra, junto a álaba, y posó sus grandes ojos donde estaba el águila

-
Ya lucharemos otro día – dijo, con voz débil.

-
Eso haremos, eso haremos.

Tras despedirse, arrepentido, decepcionado y frustrado, buscó a Selahemon, a quién encontró meditando sobre una roca. Al principio, cuando el caballero de la arena le dijo que la marioneta había escapado, se enfadó; cuando supo que la presencia de un rehén había hecho imposible atacar, empezó a insultar a Pinocchimon, tachándolo de cobarde y rastrero. Desahogándose, en definitiva. Selahemon escuchó todo lo que tenía que decir, sabiendo que había fracasado. Sin embargo, no iba a deprimirse; encontrarse con el muñeco había sido cosa del destino, y algún sentido debía tener todo aquello. Analizaría todo lo que había hecho, y buscaría una lección. El sol se estaba poniendo, y volvieron por donde habían venido.

En el estado en el que estaba, Candlemon no se podía mover, así que su compañera había ido en busca de objetos curativos, y no sabía cuándo tardaría en volver. Cerró los ojos, pensando en cada momento de la batalla: qué había hecho bien, qué no debía repetir nunca más... Pensó y pensó, pero su cabeza no daba para tanto, y acabó por rendirse. Lo único que sabía es que iba a perseguir a Cuāuhpillimon hasta derrotarlo; ese era su sino. Quiso pensar en bromas para relajarse, pero había algo incómodo que no llegaba a poder explicar; algo en su boca, grueso y humeante, con un sabor muy raro. No pudo descifrar lo que era hasta que una voz familiar le dio sentido a todo.

-
Si soplo, ¿me concedes un deseo?

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Blair

Y... ya está.

He metido algún personaje más, intentando siempre que sean poco importantes y que los protagonistas sean los que tienen que ser (que creo que era el objetivo). Quizás DeathMeramon chupe demasiada cámara (?), pero quería que desde el principio se viera que es de acción, y poner a los protagonistas a luchar sin contexto alguno se me hacía raro.

Espero que sea lo suficientemente "de acción", especialmente porque puede que me haya pasado con las bromas. La acción no es mi fuerte, y creo que se nota mucho. Me cuesta a horrores alargar las batallas. He tenido que evitar usar ciertos ataques de los caballeros honorarios para que no acabaran de un sólo golpe.

Puede que Selahemon haya salido un poco mal parado en la historia... Sorry.

:metmett: Mejor dejo esto para los jueces.
 
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La historia es agradable de leer y debido a ello termina muy pronto xD Tú ya has dicho que trataste de alargar las batalles y realmente se podría haber dado más juego con los personajes en ese sentido. Noté que Dynasmon ganaba muy rápido, y aunque le puse como un digimon que vive por y para ello, no todo es fácil. Debo reconocer que me gustó la forma en que lo utilizaste, supiste usar bien su personalidad. Y, como en mi escrito, donde Candlemon no dice nada, en éste Álaba ni abre la boca, jaja.

Hay una frase que debo citar porque me estuve riendo un buen rato con ella:

Usas un arma en la que los gatos hacen caca
Mucha suerte en el concurso.


 
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Gracias. La batalla contra DeathMeramon la hice corta porque no quería darle demasiada importancia al personaje, pero leyéndolo ahora, las demás no son mucho más largas... Al menos he hecho reír a alguien.
 
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Ésta historia la había leído hace cinco meses y aún recuerdo el error fuerte que encontré por acá, el cual fue que tu personaje le "ganó" a Selahemon.

Comprendo que los personajes de Elohim eran difíciles de usar porque son dos moles hiper fuertes, y por eso mismo no me paso que Pinocchimon la haya sacado tan barata en ésta pelea. Dynasmon me dejó satisfecho, porque hubo una pelea, pero el otro caso simplemente no lo paso.

Además, noté que usas el guión corto para poner los diálogos, cuando es el guión largo (Alt+0151). De resto, la historia es simple: una pelea de dos Vs. dos, con una lucha concluida.

Buena suerte en el concurso.

Saludos.
 
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Bueno, realmente no ganó nadie. Recuerdo que me daba cosa hacer que ganara alguno en particular, así que me limité a empates. Pinocchimon, de un golpe en serio, habría acabado pulverizado (muerto 7 veces y media, básicamente), así que lo puse a pelear con el pacifista e hice que escapara mediante engaños. Pero sí, el hecho de no arriesgarme no ayudó a la historia.
 
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El único campeón de Mortal Kombat.
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Creo que uno debe de tomar riesgos, esa es la gracia de escribir: tomar riesgos. Aunque para mí, Cuahpillimon ganó su pelea y la otra quedó inconclusa.

¡Saludos!
 
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