Cuentacuentos Oscuro
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ATENCIÓN: Se avisa que el siguiente es un Fanfic con contenido desagradable y gore que puede herir las sensibilidades y las infancias de los posibles lectores. Si eres menor de 16 años, le tienes especial cariño a los personajes de las temporadas de Adventure y 02, eres excesivamente sensible a la sangre y la violencia o los temas paranormales te dan mal rollo; tal vez deberias pasarte por otro fic si no quieres pasar un mal rato. Si, en cambio, eres igual de raro que yo y te mola el tema del gore mezclado con esa sensación de infancia siendo descuartizada, adelante, te estábamos esperando.





CAPÍTULO 1: LA FÁBRICA.


Madrid, primer día de agosto en el sexto año del nuevo milenio; el calor empieza a ser aplacado por una brisa ligera envalentonada por la noche y la hora que la representa, pero que, aún así, no consigue que los siete jóvenes que recorren las calles en su paseo renieguen de las ropas de verano.

La antigua fábrica con casi un siglo de antigüedad permanece en mitad del descampado, aislada del mundo exterior por las vallas, los alambres y los muros; hace décadas que nadie pisa sus suelos, atraviesa sus puertas o pasa más allá de la garita del guarda que se limita a rondar cada cuatro horas por sus alrededores, siempre a una distancia prudencial:


Desde la distancia escucho la conversación, las bromas, las risas subsiguientes. Lo escucho todo.

–Yo me la imaginaba de otra forma la chica de pelo castaño largo mira a sus amigos esperando algo más que la confusión palpable–. La ciudad, no sé, no es tan interesante como las de U.S.A. ni tan armoniosa como las de Japón. Es como muy aburrida y fría, sin madera, sin papel, solo piedra, acero y mármol.

–Mimi, a ti todo lo que no huela a repostería te parece aburrido –el chico del pelo pincho parece el gracioso del grupo, he visto muchos como él; se desinflará pronto y tendrá que reinventarse como persona.

–Cállate, Davis, hay muchas cosas que me gustan y no son dulces.

–Mimi, no puedes decir que es aburrida, ya hemos ido a ver la Gran Vía y el campo de fútbol –la chica pelirroja la coge del brazo y la aparta del tal Davis, al que parecía querer mostrar lo que ocurre si la ofendes demasiado, cosa que iba acontecer en su siguiente frase.

–Y los museos –el conciliador, esta vez un chico de pelo azul y larguirucho que va del brazo de otra de las chicas, parece uno de esos tipos que seguiría pareciendo amable hasta escupiéndote directamente a la cara.

–Y los chicos –la chica que va del brazo del peliazul, tiene el pelo morado y ya no sé qué tipo de genética tienen los humanos para que sus pelos parezcan salidos de un mundo de luz y color–. Claro que yo solo me he fijado en Ken, pero creo que he visto alguno de refilón que parecía muy guapo.

–Chicos, os olvidáis de lo más importante de todo lo que hemos visto aquí
–el castaño del pelo indomable está tan emocionado que podría apostar que va a decir alguna estupidez.

–¿La comida? –El chico rubio resulta ser el entrañable sarcástico, empezaba a desesperar porque nadie regalara un comentario mordaz y antipático al viento para que llegara hasta mí.

–Pues no, listo –una mirada de soslayo entre la chica pelirroja y el rubio aclara las cosas: iba a decir la comida–, iba a decir los edificios antiguos y abandonados, ¿habéis visto la fábrica de ahí detrás? Es genial –vaya, parece que acaba de sembrarse el germen de una idea, ¿acabarán por venir o se irán como tantos otros?

–Bien salvado, Tai, es muy bonita –la chica del pelo castaño le guiña un ojo que casi nadie ve y todos miran hacia aquí.

–¿Cuánto llevará abandonada? –Impertinente…

–Si TK se hubiera dignado a venir con nosotros seguro que ya habría sacado el móvil para hacerle una foto, o un cuaderno para ponerse directamente a escribir –oh, parece que el grupo tiene más integrantes. Me pregunto si la idea de entrar aquí les entusiasmará tanto como a la mayoría de los presentes.

–¿Y si nos colamos y pasamos aquí la noche? –Et voilà, eso es lo que estaba esperando, pelo pincho.

–Bueno, una cosa es que sea bonita y otra…

–Davis, ¿acabas de tener una buena idea o me lo parece?
–La tal Mimi parece genuinamente sorprendida.

–Eso parece, sí, fíjate, si hasta parece que pueda pensar
–la chica del pelo morado se ha vuelto ahora la sarcástica después de que el rubio se haya apartado lo más silencioso posible para que no huelan su miedo.

–Pues yo me apunto, ¿quién se viene? –Las dos manos femeninas se alzan como apoyo a las dos masculinas y la chica pelirroja le echa un vistazo al rubio lo suficientemente corto como para que ni siquiera él la vea, pero lo suficientemente intenso como para confirmarme dos cosas: que él tiene miedo, mucho miedo y que ella padece de ese encaprichamiento tan típico de los humanos.

–¿De verdad os estáis planteando asaltar una fábrica abandonada en mitad de la noche? Esto no es Japón; si nos pillan, las cosas no se van a solucionar con una llamada a nuestros padres y mover un par de hilos. Si nos pillan, nos encarcelarán antes de que podamos siquiera excusarnos y el poco español de Ken no nos salvará de nada –vaya, el rubio acaba de descubrir su propio pánico ante sus amigos, esto va a traer carcajadas.

–¿Qué pasa, Matt? ¿Tienes miedo?
–El castaño no tiene ninguna piedad…– ¿Te asusta la vieja fábrica abandonada? ¿Quieres que te traiga un peluche? –He presenciado descuartizamientos menos brutales que una batalla de insultos y humillación entre dos buenos amigos.

–Tai, cállate, no es miedo… Es sentido común, como nos metan en la cárcel por una de tus brabuconerías, no te salva ni el mismísimo Gennai de la paliza
–es increíble lo frágil que puede llegar a ser el honor de un humano, y lo fácil que parece restaurarse al reafirmarse en la violencia. Si me dieran un trozo de oro por cada comentario así escupido en mi presencia, sería completamente de oro.

–Matt lleva razón, chicos, meternos ahí es arriesgarnos mucho
–por si alguien entre ustedes necesitaba más pistas para saber que el amor se respira entre el tal Matt y la chica pelirroja, ha venido ella a confirmarlo.

–Vale, ¿qué os parece si volvemos al apartamento y se lo decimos a los demás? Así decidimos entre todos
–el tal Tai está viendo la situación poco halagüeña y prefiere poner pies en polvorosa a entrar aquí. Supongo que, de momento, nadie vendrá.

–Está bien, a ver si los demás tienen un poco más de sentido común y os hacen entrar en razón
–bueno, amigos, que se diviertan, han sido un magnífico entretenimiento esta noche, lástima que no les vuelva a ver…


 

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Tsssssssssssssssssssssss, por fin puedes ponerle una marca distintiva al narrador: los colores. Te has currado la presentación del capítulo 1 y quiero ver la misma calidad en los próximos jajajaja. Por cierto, ¿qué días actualizarás? Buen inicio de fic, me sigue haciendo gracia el narrador. :07:
 

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Tsssssssssssssssssssssss, por fin puedes ponerle una marca distintiva al narrador: los colores. Te has currado la presentación del capítulo 1 y quiero ver la misma calidad en los próximos jajajaja. Por cierto, ¿qué días actualizarás? Buen inicio de fic, me sigue haciendo gracia el narrador. :07:
Siiiiiii, dios no sabes la alegría cuando he visto que puedo distinguir por fuente, por colores, por tamaños y por todo, es genial. Pienso actualizar los sábados, como es un fic terminado, no voy a faltar ni un solo día y luego... ya veremos que pasa. :19::22:
 

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CAPÍTULO 2: KARI.



–Tai… Tai, ¿estás seguro de que el guarda ya se ha ido a casa?

Casi cien años de vida y sigo sin saber morderme la lengua en el momento adecuado.

–He visto un coche irse y es la única persona que he visto rondar este sitio, así que sí, se ha ido –el aludido empieza a correr hacia aquí nada más soltar su informe al pelo pincho.


–Sigo diciendo que esto es una estupidez –por lo que veo, el rubio sigue intentando que los demás recapaciten y se vayan todos juntos a jugar al ajedrez.

–Tranquilo, hermano, todo irá bien: tenemos comida, agua, linternas y los sacos de dormir, si quieres puedes meterte en el tuyo y dormir hasta mañana, que nos vayamos –está bien, voy a tener que aprenderme los nombres de cada uno, han duplicado al rubio y no quiero que os perdáis en el relato, veamos…

El rubio de brazos cruzados y que mira hacia aquí de reojo como si nadie supiera que tiene miedo es Matt, la chica de largo pelo castaño que está dando saltitos celebrando que ha podido superar la verja era Mimi, el de pelo indomable que parece el jefe es Tai, el loco de pelo pincho que está corriendo hacia aquí para ayudar a Tai creo recordar que era Davis y juraría que el peliazul que está ayudando a saltar a una chica de pelo castaño corto es el tal Ken del que hablaban ayer; tengo la sensación de que comparte un complejo enamoramiento con la chica del pelo morado. Si me permiten ustedes, seguiré el relato llamándoles por su nombre de pila, no por otra cosa que buscar su propia comodidad.

–Tai, ¿todas las entradas están tapiadas? –Davis es un lince en cuanto a observación.

–Todas con más de dos metros de ladrillos, no sé cómo vamos a entrar.

Ni el mejor de los linces (ni ningún funcionario del gobierno, dicho sea de paso) habría visto el hueco que hay entre el muro de ladrillos y la mampostería de la pared en la entrada que está justo a su espalda, así que voy a dejar caer un ladrillo, veamos si son capaces de captar tan sutil invitación.

Sí, yo también quiero un poco de compañía, no es necesario que me juzguen por ello.

–¿Has oído eso? –La voz de Davis suena como un ligero lamento emitido a media voz. Si ayer por la noche podía oler el miedo de Matt, el de este chico podría usarlo para hacer manualidades.

–Sí, ha sonado como si algo se hubiera roto en la tapia de una de las puertas, ven a ver.

–¿Y por qué no mejor esperamos a los demás y vamos todos juntos?

–Vamos, será solo un momento, a lo mejor ha sido un animal y nos enseña cómo entrar a este sitio
.

–Está bien, vamos –con más cuidado del que les he visto moverse a ambos desde ayer, se aproximan a la tapia como si fuera un tigre especialmente agresivo que se ha escapado del zoo.

–Además, si pasa algo yo soy el que corre más rápido de los dos –ahora susurran, como si sirviera de algo–, si fuera solo tendría que correr más que lo que me ataque, si vienes conmigo solo tengo que correr más rápido que tú –interesante lógica, quiero ver cómo la aplica.

–No me vaciles, Tai… Yo corro más rápido que tú.

–Sueñas, Motomiya, sueñas que corres más rápido que yo. Parece que se ha desprendido un ladrillo, hay un hueco grandecito por donde podemos colarnos. Ve a avisar a los demás, yo voy entrando
–por fin un invitado va a pisar mi suelo…

Sangre.

Sangre fresca en mí.

Sangre que espera caliente en su torpe contenedor a ser derramada…


–¿Dónde están Davis y Tai?


Oscuridad.

–Nos ha comido un lagaaarto gigante y ahora somos parte del gruuuuupo de fantasmas de la fábricaaaa.

Sangre oscura y viva....

–¡Aaaah! –Sangre. Miedo–. Ay, Davis, perdón, ¿te he hecho daño? ¿Cómo se te ocurre ponerte detrás de mí con esa voz?

Sangre derramada, quiero más…

–Sí, estoy bien, Sora, no te preocupes, solo es un poco de sangre. Tienes un buen directo en esa izquierda. Tai y yo encontramos una entrada a través de una de las tapias, nos está esperando dentro.

Oscuridad, quiero más…

–Davis, ¿estás seguro de que estás bien? Parece que sangra mucho.

Miedo, quiero más.

–Sí, no te preocupes, Kari, estaré bien.

Horror ante los últimos momentos de vida reflejado en los ojos…

–Vamos adentro, a ver si Joe puede hacer algo con ella.

Necesito sangre caliente que salga a borbotones de las venas de su dueño…

–Sí, ven aquí, seguramente no sea nada, pero a ver qué puedo hacer… Nada, esa farola apenas alumbra desde aquí; en cuanto entremos pongo una linterna y te lo miro.

Necesito sangre bombeante... Sangre que sepa a vida…

Ne ce si to …


–¿Has oído eso?

–¿El qué?

–Alguien ha dicho oscuridad, es como si me lo hubieran susurrado al oído. TK, ¿estás seguro de que vamos a estar bien aquí?

–¿Oscuridad? Kari, ¿tiene algo que ver con…?

–No, no ha sido igual que las otras veces, siempre pasaba sin más, aparecía allí, pero esta vez es como si alguien me lo susurrara, es… raro.


Los dos jovenzuelos entran, son la pareja extraña, tienen una conexión que nunca había visto, la más fuerte de las tres que he visto en este grupo; ambos parecen desprender luz o algo así.

Y, por fin, tras más de veinte años, vuelvo a tener gente aquí, personas humanas que recorren los pasillos, los despachos y las pasarelas. Me pregunto si alguno encontrará mi sorpresa… De momento, vamos a devolver los ladrillos caídos a su sitio, ya no miran y el juego está a punto de empezar.

–¡Este sitio es enorme! Casi no se ve el techo de lo alto que es –halagadora, sigo sin saber el nombre de la chica del pelo morado, pero está entusiasmada de estar aquí.

El entusiasmo es recíproco.

–Yolei, no deberías gritar tanto, aunque no haya guardia podrían oírnos desde fuera…

–Sí, sí, entendido, no queremos que nadie llame a la policía, relájate, Izzy, estamos en un país extranjero y en un edificio abandonado, nadie nos va a encontrar excepto los fantasmas –cuantas más generaciones pasan, menos consideración hay para con las almas de los muertos, veremos si su desfachatez llega hasta el amanecer.

–Tk, no me estoy encontrando muy bien, quiero descansar un rato.

–Sí, no te preocupes, siéntate sobre este cubo, voy a buscar un sitio para colocar tu saco de dormir y así te podrás acostar un rato y descansar, ¿vale?

–¿Pasa algo, hermanita?
–Así que los dos castaños son hermanos, curioso, me pregunto si la otra chica castaña, Mimi, también es su hermana.

–Nada, es como que me he mareado un poco, seguro que es lo mismo de siempre, no te preocupes.

Adoro esta parte del juego, todos se separan y empiezan a recorrer los pasillos y los despachos del primer piso, ingenuos niños que no saben dónde se han metido. La chica pelirroja, cuyo nombre todavía se me escapa pero no la fuerza de sus puños, ya ha encontrado la sala de juntas al lado de la escalera norte, en el primer piso. Matt no se ha separado de su lado desde que pasaron la valla.

–¿Por qué votaste para venir? Sabes que esto es una locura, Sora –y ahí está…

–Vamos, no te preocupes, es solo una noche en un edificio abandonado. De verdad, Matt, no va a pasar nada. Si quieres, cuando empiece la ronda de historias de miedo, te cojo la mano sin que se note para que no sepan que tienes miedo –no pondría la mano en el fuego por vuestra inteligencia, ya que estáis aquí, pero no me creo que no sepan que tiene miedo, esos ojos huidizos le delatan.

–No tengo miedo –la nota aguda que su voz de tenor lanza al aire demuestra que apenas él se cree su mentira–. Es solo que no me gusta que acabemos todos pasando nuestra última noche aquí encerrados en los calabozos de la policía –la risa de Sora representa mis pensamientos.

–Claro, entiendo. De todas formas tendré mi mano cerca, por si me asusto, coger la tuya y que se me pase un poco.

–¡Sora, Matt, venid a ver esto!
–Desde luego Yolei tiene su propia definición de discreción.

–Amor, no deberías gritar, te lo han dicho todos –amor, así que son pareja oficial, interesante…

–Sí, pero es que es tan genial este sitio… –En mitad de la pasarela norte, que comunica todos los despachos con la sala de juntas y la escalera, es incapaz de no ver cómo, desde los despachos de la pared de enfrente, Izzy la mira con desaprobación–. Tranquilo, Izzy, no volveré a gritar en toda la noche –afirma entre gritos y con grandes aspavientos de sus manos; finalizando todo con el gesto de cerrar una cremallera sobre sus labios.

En los despachos de la misma pared que la pasarela en la que Izzy se encuentra, el pequeño del grupo rebusca con curiosidad entre los cajones de los escritorios. Subiendo las escaleras sur hacia los despachos de esa primera planta, se encuentra Mimi, exaltada de felicidad y con la linterna moviéndose en su mano de una manera que incita a pensar que intenta deslumbrar todas las tinieblas que la rodean al mismo tiempo. Y abajo está uno de los jóvenes, con aspecto de ser el mayor y gafas rectangulares, que observa, coloca y cura la nariz deliciosamente sangrante de Davis mientras Tai se dirige hacia él.

–Y ya está, como nueva, solo te la había torcido un poco, enseguida te dejará de sangrar. Lo malo es que estarás unos días con la nariz taponada por el coágulo de sangre. No lo toques, se caerá solo –¿coágulo? Que me aspen, tenemos un médico en el grupo, cada vez me gustan más.

–Gracias, Joe, si llega a ser por Sora me desangro aquí mismo –tranquilo, solo es cuestión de tiempo.

–De nada. Anda, vamos a acompañar a Mimi, no quiero quedarme aquí solo, por muchas linternas que traigamos esto sigue dando un miedo increíble, no sé cómo se os ocurrió siquiera pensar en venir –así que el médico es el miedica oficial del grupo, cada vez me gustan más estos niños.

–Joe, Kari está un poco mareada, ¿podrías echarle un vistazo? No quiero arriesgarme a que sea lo de siempre.

–¿Y quedarme aquí, con casi todas las luces de las linternas, la comida y dos personas más? Supongo que haré un esfuerzo y me quedaré, pasadlo bien enfrentándoos a lo que vive en la oscuridad.

–Lo intentaremos, tú cuida de Kari
–dos locos más que se unen a la expedición de los despachos del sur, dejando solo a tres personas en la gigantesca planta baja (y única planta completa que existe, todo hay que decirlo).

–¿Encontraste algo, Cody?

–Nada, Izzy, solo papeles de hace casi un siglo escritos en español, o al menos creo que es español… –Adoro a este tipo de turistas que viajan, ya no sin saber hablar el idioma del sitio al que van, sino que directamente no saben nada del mismo.

–Supongo que no podemos pedir más a una fábrica abandonada en el centro de Madrid…

–¿Por qué crees que la abandonaron?
–Ahora es cuando vienen las teorías conspiranoicas, las historias de fantasmas y asesinos o los aliens.

–Supongo que cambiaron la sede, se modernizaron y el edificio quedó desfasado. Apostaría que han intentado venderlo y no han podido por cualquier cosa, seguramente cueste más dinero tirarlo abajo que mantenerlo
–vaya, esa teoría dejaría frío a un esquimal. Aún así, ahora sabemos que Izzy es el cerebro pragmático y, por cómo le mira, Cody es su pupilo, un joven con muchas ganas de aprender todo lo que el maestro esté dispuesto a enseñarle.

Bien, esta vez tenemos a tres locos hiperactivos cubiertos por una fina capa de inocencia que les envalentona a enfrentarse a cualquier peligro, un médico miedica pero sincero, un hombretón asustadizo, una exaltada gritona, un callado amable y conciliador, dos cerebros pragmáticos, una luchadora que los quiere y cuida como si de una madre se tratara y una pareja indefinida, pero desde luego ella es una niña enfermiza y él un cuidador concienzudo; en menos de cinco minutos ha creado el perfecto catre para el descanso de su amada. Desde luego es uno de los grupos más interesantes y divertidos que han entrado aquí… Veremos cómo acaba el juego.


–Joe, ¿cómo está Kari?

–Está bien, supongo que la adrenalina la ha hecho un poco más vulnerable, hoy no es que haga el calor de otros días que digamos. En cuanto descanse unas horas, se sentirá mejor.

–Bien, en ese caso, ¿podrías ir a avisar a los demás para que vengan y cenamos? Cuanto antes coma Kari, antes podrá meterse en el saco de dormir y descansar
–¿le acaba de proponer al miedica del grupo que se adentre solo en la oscuridad para buscar a los demás?

–TK, sé que quieres estar con Kari a solas un segundo, ¿pero pretendes que me adentre solo en la fábrica a buscar al resto?
–Por lo menos alguien de acuerdo conmigo–. ¿Quieres matarme de la ansiedad? –No solo es el asustadizo del grupo, también es el histérico, maravilloso.

–¿Por favor?

–Algún día aprenderé a imponerme ante vuestras necesidades. Ese día os quedaréis de piedra del susto y yo me reiré a vuestra costa –dirá lo que quiera, pero está yendo a por la linterna para buscar a los demás.

–Gracias, Joe, eres el mejor.

–Sí, sí, deberíais recordarlo más
–con la linterna apuntando a toda sombra que haga un mínimo amago de moverse, el joven se aleja del centro repleto de luces alzando la mano libre de manera acusatoria.

–¿Qué?

–Nada, lleva a Kari adonde quiera que vayamos a cenar y prepara la comida, anda.


La partida ya está en marcha, por fin todas las piezas están sobre el tablero, ya lo noto, la sangre salpicando las paredes, el suelo, la piedra y el metal… Pero me estoy adelantando, avancemos por encima de las partes más lentas y dejemos atrás la apacible cena comentando las vistas de este precioso y místico lugar, para pasar al fuego de campamento. Vayamos directamente al corro de historias de terror de mercadillo que nos llevarán a lo importante. Once adolescentes sentados en círculo compartiendo historias de hospitales tenebrosos, cementerios fantasmagóricos y cruentas series de asesinatos; mientras una más trata de descansar en su saco de dormir y, por qué no decirlo, dos de ellos se mueren de miedo.


–Y nunca se volvió a saber nada de Koichi. Solo encontraron su zapatilla izquierda cerca del bosque, donde Hypno lo retiene
–la pausa dramática es completamente necesaria, este Tai sabe contar bien algunas historias–, para siempre.

–¡Tai! Dijiste que nos ibas a contar una historia de miedo y no tengo miedo, eres un timo –Mimi ha resultado ser un público difícil, parece que las historias de miedo le agradan, ya que Joe, Sora, Ken, Davis y Cody la miran como si hubiera dicho que aquí dentro no está oscuro. Matt por su parte se ha dedicado a garabatear en la tierra que recubre el suelo, parece una buena forma de aislarse de la historia y no morir de un infarto, aunque no le ha salvado del que le ha asaltado cuando Mimi gritó. TK simplemente pasea la mirada sobre Mimi entre divertido por cómo los demás la miran y preocupado, sin duda con la mente puesta en la situación de Kari–. Bueno, no me miréis así, a mí no me ha asustado nada. Os voy a contar una historia terrorífica de verdad.

–Kari, ¿estás bien?
–El paseo de su mirada no se detuvo sobre su amiga, sino que siguió hasta encontrarse con la figura de Kari recortada en la oscuridad de la escalera. La aludida se gira hacia TK con una mano en la barandilla que protege las escaleras del norte, ha estado todo el tiempo tumbada “intentando” dormir después de haber cenado medio sándwich casi vacío.

–Sí, solo necesito un poco de aire, es como si me costara respirar.

–Espera, te acompaño
–TK parece uno de esos jóvenes llenos de vida que no son capaces de quedarse a un lado, necesita cuidar a los demás de la misma manera que yo necesito su sangre…

–No, no te preocupes, es solo tomar el aire en una de las ventanas rotas de…

–De verdad, no me cuesta nada, no creo que sea buena idea dejarte pasear a oscuras tal y como estás.

–Kari, deja que TK te acompañe, solo por si acaso.

–¡No! ¡Dejadme en paz los dos! ¡Quiero estar un segundo a solas y dejar atrás este mareo! ¿Lo entendéis?
–Mientras todos la miran como si acabara de soltarles una bofetada a cada uno, ella se gira para mirarles directamente a los ojos–. ¿Tai? ¿TK? Gracias –esta jovencita tiene ciertos problemas en cuanto a controlar su ira, por lo que parece. Ha dejado mudos a once adolescentes a la vez, casi seguro que ha roto alguno de esos récords mundiales que hacen los humanos.

–¿Dónde creéis que va?

–A una ventana de arriba, Cody, no te preocupes
–Joe puede ser el que más miedo acumula dentro de él, pero desde luego sabe escuchar–. Sé dónde hay una con los cristales rotos y que entra bastante aire, la vi mientras os buscaba para que bajáseis a cenar. Voy con ella, a mí no me puede rechazar, mientras estemos aquí soy su médico.

Y ya son dos los que desaparecen en la oscuridad que envuelve a sus linternas en el primer piso. Casi puedo sentir la sangre… Los minutos discurren, el ruido de cadenas y el metal entrechocando llena algunos despachos de la primera planta, lejos de los oídos del grupo que comparte historias abajo. Mimi es muy buena contando historias de terror, pero la realidad es aún mejor.

Un grito agudo rompe el aire y todos se alarman, Joe sale a la barandilla que conecta los despachos del noroeste y se asoma sobre sus compañeros, su rostro es una máscara de horror blanca como la ceniza.

–Chicos… Venid, por favor –la sangre de sus manos calma mi sed contra el hierro de la barandilla–. ¡Rápido! Por favor, es Kari…

 

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CAPÍTULO 3: DAVIS.




ATENCIÓN: en este capítulo y en los próximos hay descripciones explícitas de escenas de muertes brutales y horribles, si eres sensible, de estómago asqueroso, poca correa o especialmente aprensivo, avanza con cuidado o busca otro fic en el que entretenerte: no queremos que nadie más salga herido... A no ser...



–Chicos… Venid, por favor –la sangre de sus manos calma mi sed contra el hierro de la barandilla–. ¡Rápido! Por favor, es Kari…

La desesperación recorre al grupo entero como un rayo en mitad de una tormenta. Todos se levantan a toda velocidad y corren a la escalera, Cody tropieza con una tubería de metal y cae al suelo, Izzy se detiene para ayudarle. Davis, TK y Tai encabezan la carrera, aunque es Tai el que lleva la delantera. De nada sirve ya.

–Joe. Joe, responde. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Kari? –Está desesperado, pero su amigo, de cuclillas ante la barandilla, solo es capaz de lamentarse en voz baja, pedir perdón como si fuera un mantra y se mira las manos, la sangre corre por ellas. Una sangre roja oscura que casi parece negra cuando se ilumina con la luz de la linterna del castaño–. Joe, por favor, dime dónde está Kari.

–Tai –el nombre para los lamentos y las exigencias de uno y de otro. El aludido se gira para encontrarse con TK y Davis dentro del despacho que se encuentra a espaldas de Joe. Davis está de rodillas en el suelo y Tai entra a la vez que el resto del grupo llega a la barandilla, con Joe. El espectáculo es grotesco y macabro a partes iguales que bello. La sangre de la joven salpica el suelo del despacho en gotas densas y palpitantes de vida que se escapa. Los ganchos le atraviesan las muñecas, los tobillos y varias partes del torso. Solo dos están unidos a cadenas: los de las muñecas, que hacen que el cuerpo cuelgue entre el archivador y la lámpara que sujetan los otros extremos de ambas cadenas. La niña débil, enfermiza y que solo parecía transmitir luz, cuelga en la posición de la cruz. Es casi poético, pero no suficiente; quiero más sangre–. Dime que esto no es verdad.

–No –la palabra sale de su garganta como un lamento susurrado. Lo he visto antes; tiene una frase en el fondo de su ser, pero el golpe de la realidad hace que solo parte de ella vea la luz. Su mente se ha quedado en blanco en cuanto la ha visto. Este chico va a colapsar y más temprano que tarde. Señor, echo de menos sentir un suicidio.

–Joe, ¿estás bien? –Izzy y Cody llegan los últimos y se acercan a Joe sin mirar la habitación, pero a estas alturas el resto se está dando cuenta de que algo ha ocurrido ahí dentro.

–TK, ¿qué está pasan…?

–¿Tai?

–¿Davis? ¿Qué pasa ahí den…?

Uno a uno van entrando todos en la habitación e iluminan, con sus haces de luz, el cuerpo mutilado de su amiga; las frases se apagan a medio emitir y los ojos se abren como platos. El primero de ellos es Matt, que entra con Sora, de la mano y, cuando ve el espectáculo, ya no puede apartar la mirada, ya no hay miedo en ella, su iris brilla azul como un fuego fatuo; también he visto esa promesa muchas veces y nunca la cumplen, por muy sinceramente que la formulen. Sora, en cambio, ahoga un grito de esos que desgarrarían un corazón sensible si no murieran en la garganta, para acto seguido apartar la vista hacia los tres primeros muchachos que han entrado, a cada cual más destrozado. La siguiente en entrar es Mimi, que mira el cuerpo de Kari de abajo arriba mientras la primera lágrima rodea su mejilla izquierda; no aguanta lo suficiente como para verle la cara y entierra la suya propia en la espalda de Matt, que recibe el cabezazo sin inmutarse, solo alarga la mano libre, buscando la de ella. Por último entran Ken y Yolei y ella sí grita, grita como si le hubieran arrancado el alma de cuajo y la hubieran arrojado a la más funesta de las torturas. Él simplemente la abraza y aparta la mirada dando la espalda al cuerpo de su amiga, para susurrar al oído de su amada. Nadie deja de alumbrar el cuerpo colgante con su linterna, nadie es capaz de apartar la luz de ella.

–Joe, ¿qué es lo que sientes? ¿Qué ha pasado?

–Chicos, ¿qué hay…? –Por fin Izzy se digna a entrar en la habitación y lo ve. Se queda ojiplático por un momento y automáticamente se gira hacia su pupilo–. Cody, quédate aquí fuera con Joe.

–¿Qué ha pasado Izzy?

–A Kari le han… –Asombroso, cualquiera diría que está a punto de decirlo en voz alta, pero se detiene a sí mismo y recapacita. Creo que a este chico le han enseñado hace poco lo que es tener tacto–. Es Kari. No entres.

–Izzy, si puedo ser de ayuda…

–No entres, Cody… Por favor –el jovencito desde luego es alguien valiente, pero coincido en que no debería ver este espectáculo, mejor que se lleve la sorpresa cuando llegue su turno. Sin decir más a su pupilo, el joven se adentra al despacho con la mirada evadiendo el cuerpo de su amiga, pero un andar seguro–. Ken, Matt, Sora, os necesito aquí –hasta ahora es el que más se ha acercado al cuerpo. Algo en su interior está tan agitado que sus manos tiemblan como hojas en un viento otoñal, pero su mirada es analítica, este chico sabe alejarse de lo que le rodea y centrarse en lo verdaderamente importante–, tenemos que bajarla.

–¿Qué? No, ni de coña Izzy –la afirmación del chico parece que ha despertado a uno de los tres petrificados, concretamente al hermano, que se acerca a él de manera casi amenazante–. Podríais matarla.

–Tai, ahora mismo no puedes pensar y Joe está claro que no puede ver si está viva o muerta –ante tan cruda afirmación, Tai se estremece y devuelve la mirada a su sitio de origen, Kari–. No, Tai, mírame a mí. No le puedo ver la cara con todo el pelo delante y los únicos puntos en los que sé tomar el pulso son las muñecas, las ingles y el cuello, así que a menos que quieras que le quite los ganchos para bajarle los pantalones, tenemos que quitar las cadenas y bajarla para ver si está viva o no –de nuevo, los ojos de Tai buscan a su hermana, buscando algo, permiso tal vez–. Tai céntrate en mí. Te juro que no voy a mover ningún gancho, si está viva, quiero que siga así –para nada es el mayor del grupo, pero es indiscutible que sabe lo que hace–. Mírame Tai; Ken, Sora y Matt me van a ayudar a cuidarla, tú vas a coger a todos los demás, los vas a sacar de aquí y los vas a bajar donde estábamos, ¿de acuerdo?

–Pero Kari… –Sus ojos vuelven al cuerpo colgante de su hermana, es como dos imanes que se atraen con muchísima fuerza, como decía antes, estoy seguro de que colapsará.

–Tai mírame, ya. Nosotros la ayudamos, tú haz lo que te he dicho, ¿vale? Además –con un gesto de la mano atrae a su amigo. Tiene un as guardado para asegurarse de que no hace ninguna tontería–, quien quiera que haya hecho esto a Kari debe andar por aquí, debemos permanecer unidos o en grandes grupos para que no nos pille desprevenidos. Tienes que sacarnos a todos de aquí Tai, igual que hace siete años. Sigues siendo el líder.

Curioso… Parece que nuestro grupo favorito sufrió hace unos años de una situación peligrosa… Aunque está claro que no eran más que unos mocosos que apenas levantarían un palmo del suelo… Esto se pone interesante. Las palabras de Izzy han despertado algo en Tai mucho más primario de lo que ya es él, algo que tiene escondido en sí mismo pero que la normalidad le aplaca. Tal vez me quede sin ese suicidio esta vez.


Con un asentimiento de cabeza, Tai se acerca a un TK susurrante y catatónico que no para de repetir que no es verdad, que nada de esto es verdad. Tal vez solo me haya equivocado con quién va a colapsar. Con un pequeño apretón en el hombro, le obliga a girarse y dar la espalda al cuerpo de Kari. Acto seguido se acerca a Mimi y la arranca de la espalda de Matt con un fuerte abrazo, con el que la acompaña fuera, junto a una sofocada Yolei que se une a ellos entre lágrimas y sollozos nada comedidos.

Por su parte Matt, Sora y Ken se acercan a Izzy. Sora no es capaz de mirar a su amiga, mientras que Matt es incapaz de hacer otra cosa y Ken se agarra el estómago como si lo hubieran abierto en canal y sus intestinos lucharan por desparramarse en el suelo de piedra.

–Izzy, quiero ayudar, pero no me siento demasiado bien… –Nunca me ha resultado estimulante el sonido de una arcada, pero he de decir que el vómito de este joven lo recivo muy satisfecho. Por supuesto, no es como la sangre viva y bombeante de Kari, pero la sangre es sangre igual, aunque sea negra y coagulada. Por lo que puedo ver, hay algo más que Ken ha expulsado de su cuerpo y no es nada agradable ni para mí. Una lástima que ninguna linterna lo alumbre, así podrían averiguar algo…

–¡Ken! –El chillido recorre el aire en manzanas a la redonda y desgarra tímpanos a quien tiene la desgracia de oirlo. Un perro empieza a ladrar a dos manzanas de aquí, pero, de nuevo, es una lástima que nadie sepa por qué lo hace. Mientras tanto Yolei, que se había detenido en la puerta a mirar a Ken cuando este dijo que no se encontraba bien, corre hacia su amado y se pasa su brazo derecho por encima de los hombros justo antes de que se desplome–. ¡Cody, ven, ayudame, lo bajamos con nosotros!

–Sí, será mejor que os lo llevéis, nosotros tres podremos bajar a Kari. Y llevaos a Davis –cierto, el joven alocado, ahora que por fin ha parado quieto, prácticamente ha pasado desapercibido para todos. Sigue de rodillas sobre el suelo, con las manos cubriéndose la cara; casi se podría decir que se le ha agotado la batería.

En el descuido de Yolei por coger a Ken y de Izzy de darse cuenta de la existencia de Davis, se han olvidado de algo: Cody no había visto a Kari.


–Kari…

–Cody, ¿por qué demonios…? Ah, claro, mierda –es asombrosa la capacidad que tienen los humanos de aguantar el dolor cuando se lo inflingen ellos mismos, porque la palmada que Izzy se ha asestado en la frente, ha sonado como un cañonazo.

–¿Está…? –Apenas le salen las palabras, calculo que tiene unos doce o trece años y sus ojos son puros, al principio lo confundí con pragmatismo, pero ahora veo que es determinación, disciplina, honor; este niño tiene un alma antigua, pero también es muy sensible y eso le está rompiendo justo ahora.

–No lo sabemos. Ahora, ayuda a Yolei y saca a Ken de aquí. Cody por favor.

El más joven de todos se acerca a sus amigos y se pasa el otro brazo de Ken por encima de los hombros para ayudar a transportarlo fuera, aunque apenas lo levante unos centímetros porque por poco le alcanza el hombro con el tope de su cabeza.

–Matt, Sora, ¿vosotros podéis con esto?

–Yo… Creo que sí, pero vamos a terminar rápido, tenemos que salir rápido de aquí y llevar a Kari a un hospital.

–Estoy de acuerdo contigo Sora. ¿Matt?

Parece que el hechizo que mantenía a Matt anclado a Kari se ha roto y ha conseguido escabullirse de los dos para acercarse a Davis, que no ha movido ni medio músculo desde que cayó de rodillas hace como diez minutos.

–Davis, oye, tienes que bajar, nosotros nos encargamos de Kari. Todo estará bien.

–No –oh, se masca la tragedia, lo que había tomado por un agote de baterías, resulta que era una calma chicha. Ese chico es un volcán a punto de explotar.

–Davis, sé que esto es difícil para ti como el que más, pero tenemos que bajarla de ahí.

–Que no, que no la vais a mover –ahí viene, las manos han abandonado su cara para aferrarse a sus rodillas–. Kari no se merece esto y se va a quedar como está para que la policía la encuentre tal cual y puedan dar con su asesino para que yo mismo le parta el cuello en dos –ahora que lo pienso, TK era su novio y Tai su hermano, pero él parece el más afectado de los tres petrificados y no sé qué relación tenían entre ellos. Tal vez amantes, aunque a nadie del grupo le ha resultado raro que reaccionara así; ¿lo sabían todos pero nadie hacía nada? Aquí hay algo que se me escapa.

–Davis, tienes que salir de aquí, bajarla es la mejor opción si está viva…

–No, ni yo me voy, ni vosotros la vais a descolgar, ni ella está viva, ya no. Da igual lo que creáis o queráis hacer, no la vais a tocar, Izzy. Se queda como está para que puedan encontrar a su asesino y no hay más que hablar.

–Davis escúchame, ¿vale? Sé que la querías… Que la quieres, pero esto te está sobrepasando, tienes que ir con los demás, nosotros nos encargaremos de… Ella –Sí… El sonido de una voz al romperse por la aceptación de la pérdida es maravilloso. Sora se ha agachado junto a Davis, que no para de mirar el suelo entre sus rodillas castigadas por la presión de sus dedos. Sin embargo soy capaz ya de ver qué es lo que le unía a ella: el amor no correspondido. Es más, yo diría que tiene esa frescura del primer amor, ¿no es cierto?

¿Cómo? ¿Ya lo sabían? Mis queridos lectores, ¿tienen información sobre estos jóvenes que yo no poseo? Bien, bien. Juguemos a un juego. Yo también poseo cierta información que ustedes no, a partir de ahora tendrán que adivinar la información que yo poseo y yo adivinaré la suya. Una vez termine esta velada y el último capítulo haya sido lanzado, tendrán una semana para deliberar antes de que desvele mi información en un capítulo extra, así podrán contrastar la idea que ustedes se hagan durante este relato, con la realidad.

Pero volvamos con nuestros amigos, porque esta situación está a punto de escalar a niveles que resultan bastante violentos.


–No lo entiendes, ninguno de vosotros lo entiende, tenemos que dejar que la policía la encuentre así para que den con el asesino, ¡ella ya está muerta!

–Davis, todavía hay una posibilidad de que…

–¡Cállate, Izzy! ¡Está muerta y no hay nada que hacer! ¡Como os acerquéis os parto la cara aquí mismo!

–Davis, ya. Para, estás dolido y es normal, pero tenemos que ayudarla.

–¡QUE NO! –Sin previo aviso, Davis se levanta y arremete contra el último que ha tenido el valor de hablarle. Coge a Matt por el cuello de la camiseta y lo estampa contra la pared. Sí… Adoro estas pequeñas reyertas posteriores a la primera muerte, cómo poco a poco todos pierden los papeles y el grupo se divide hasta límites que lo debilitan.

Sora e Izzy se abalanzan sobre Davis, pero este rechaza a Izzy de una bofetada que lo tira al frío y duro suelo. Con quien es incapaz de poder es con Sora; ella le coge la cabeza entre sus manos y lo mira a través de las lágrimas que inundan sus ojos. En la nariz del chico queda una pequeña marca del puñetazo que le asestó antes de que entraran.


–Tranquilo, ya está, déjalo.

–Pero ella… –Ahora viene el gimoteo–. Ella…

–Tranquilo, Davis, tranquilo. Vamos, suelta a Matt, yo te acompaño con los demás, ¿de acuerdo? –Despacio, Davis suelta a Matt y este le apoya una mano en el hombro. Es asombroso cómo no ha respondido al golpe, juraría que es uno de esos jóvenes que se las dan de duros y no dudan en meterse en una rellerta. Al parecer prefiere una amistad por encima de una buena pelea–. Ya está, se acabó Davis, no pasa nada.

–No quiero bajar, quiero estar aquí, quiero estar con ella.

–Vale, pues entonces vamos a salir tú y yo a la barandilla, a coger aire. Cuando Matt e Izzy la hayan bajado, entraremos, ¿vale?

–Nosotros nos encargamos, no te preocupes. Izzy, ¿estás bien?

El joven es sin duda alguna de cuerpo débil, un pequeño moretón le decora la mejilla derecha allí donde la mano de Davis le impactó. Una vez levantado, ambos jóvenes se encaran a la tarea que les queda por delante mientras Sora y Davis abandonan la habitación.

–Sora, ¿estáis bien? –Por lo que parece, Tai se está recomponiendo poco a poco y empieza a recuperar su estatus de persona. El grito de Davis le alertó y está a punto de subir las escaleras para ver qué ocurre.

–Sí, no ha sido nada, estamos todos bien, Davis necesitaba tomar el aire –el joven alocado que entró aquí ha desaparecido en pos de un niño tembloroso que llora a lágrima viva–, y tranquilizarse.

–Entiendo, ¿necesitan ayuda arriba? ¿Izzy sabe si está…? –Con el comentario de Tai, TK levanta la cabeza y la mira con ojos ausentes pero llenos de esperanza vacía sobre los brazos de Mimi, cuyos lagrimones le manchan gran parte del hombro izquierdo. Estoy aburrido de lágrimas, quiero sangre, Dios.

–Hemos salido antes de que la bajen, ahora cuando salgan nos dirán.

El chico asiente y se aleja de la escalera en dirección a Joe, el cual ha conseguido bajar las escaleras, pero no para de repetir su mantra de disculpas. El estado catatónico no es tan divertido como debería, convierte a los humanos en cascarones apenas conscientes de lo que los rodea, no hay resistencia, ni dolor, ni agonía. Es como matar de un golpe en la cabeza a un cadáver que murió de un disparo; sí, los huesos del cráneo suenan al romperse y la sangre estalla, pero no es igual de satisfactorio ni para el asesino, ni para mí.

–Joe. Joe, ¿cómo estás? Joe, no pasa nada amigo, estamos contigo –ni las palmadas en la espalda, ni los intentos por girarle la cabeza para mirarse a los ojos, nada devuelve la conciencia al joven médico, tengo la sospecha que podría asestarle un puñetazo sin recibir a cambio nada que no fueran más disculpas, ni un simple parpadeo–. Escucha, en cuanto Izzy y Matt salgan y nos digan que está viva, te vamos a necesitar con ella para que siga así hasta que llamemos a una ambulancia, ¿de acuerdo? Joe, por favor, respóndeme. ¡Joe! –El grito alerta a todos los presentes en la planta baja (menos al inconsciente Ken), que se giran para mirarle–. ¡Reacciona maldita sea! ¡Es Kari de quien estámos hablando, tienes que mantenerla con vida! ¡Joe! –Una estruendosa bofetada cruza el aire haciendo que Sora se precipite hacia las escaleras, Mimi deje de llorar y que TK, por fin, reaccione. El joven rubio se desembaraza de los brazos de su amiga, se acerca a Tai con tranquilidad y, en frente de él, cruza sus miradas.

–Tai, ya está, Kari estará bien. Joe tiene que descansar, nosotros tenemos que encontrar una manera de encontrar a quien lo ha hecho, ¿vale? –Su voz es firme, es resuelta y desde luego está haciendo un esfuerzo por parecer convincente, pero esa mirada habla por él. Espera que ella esté viva, pero no se lo cree, su esperanza es vana y la tiene por tener. No asume lo que su cerebro dice y se autoconvence de lo contrario. Está ausente porque por dentro está luchando contra sí mismo y de esa lucha está naciendo algo más, algo salvaje y desmedido.
La reacción de TK deja a todos boquiabiertos, supongo que nadie esperaba que él fuera una voz de la razón después de ver el cuerpo de su pareja tal y como lo dejaron. Ambos jóvenes se separan del grupo que ocupa el centro de la planta baja y se dirigen a una de las antiguas máquinas oxidadas que hay en el sur de la planta, seguramente a crear un plan genial que desenmascare al asesino.


Mimi se levanta y se dirige a Joe, a quien abraza por la espalda, el mantra de disculpas es como un soniquete que me hace tener ganas de matarle con mis propios medios. Sora, en cambio, retrocede por la pasarela del primer piso y se dirige a un sofocado Davis que intenta controlar los estertores de un llanto que no termina de finalizar. Pero algo le detiene: Izzy abre la puerta y sale junto con Matt del despacho, cabizbajos y con aspecto derrotado.

–No hay nada que hacer, no le encuentro el pulso. Está fría, yo… –El joven es incapaz de levantar la mirada del suelo mientras las lágrimas lo empapan a sus pies. Estoy cansado de esto, ¿puede morir alguien ya? Matt mira a Sora con la tez pálida de un fantasma y el gesto más duro que el granito. Dentro de la habitación, Kari yace en el suelo, las cadenas cuelgan lánguidas sobre la lámpara apagada y el fichero que sostenían el cuerpo en forma de cruz.

–Tenemos que decírselo a los demás, hay que encontrar a alguien que nos pueda prestar un móvil.

–Sora, si nos pillan aquí, la policía…

–¡Me da igual la policía, Matt! ¡Vamos a salir de aquí y a llamar puerta por puerta hasta que alguien nos deje un teléfono para llamar a una ambulancia si hace falta!

–Id vosotros, yo me quedo con ella.

–Davis, no deberías…

–Sora, para. Os lo dije, que estaba muerta, pero no me habéis escuchado. Os he dejado que la bajárais, os he dejado hacer y está muerta. Ahora decido yo, vosotros buscáis el teléfono y yo la cuido –el silencio se hace palpable entre los cuatro adolescentes antes de que Matt asienta y, junto con Sora, se pongan a ambos lados de Izzy y lo conduzcan hacia las escaleras para bajar por ellas–. Seas quien seas, ven, te estoy esperando –Con ese último susurro, el joven quinceañero se interna en la habitación dejando la puerta abierta.

–Vale, chicos, no os preocupeis, les doy la noticia y nos organizamos para cuidar de Davis, Ken y Joe, e ir a buscar un teléfono.

–No, Sora, yo me encargo, sé que no soy el mejor hablando con los demás, pero bajarla de ahí ha sido mi idea, yo le he tomado el pulso y puesto esperanzas en que estuviera viva. Soy yo quien tiene que decirles que ya no está –algo se revuelve en la oscuridad, el ambiente está cargado de una tensión que haría que me relamiera si pudiera ante la perspectiva de más sangre mientras el trío de jóvenes baja las escaleras hacia los restos de su grupo–. Chicos, yo… Tai, TK, ¿podéis acercaros? Tenemos noticias de Kari –ansiosos como perros hambrientos, los aludidos corren hacia el grupo congregado en el centro. Izzy los mira con la cabeza gacha, sus mejillas siguen rojas e hinchadas por el llanto derramado por su amiga perdida–. Ya la hemos bajado, pero no tiene pulso. No soy médico como Joe, pero, a priori, yo diría que está muerta.

–No, Izzy, no es momento para bromas, ¿vale? –Aquí viene, la lucha interior que tenía se está decidiendo por el lado en el que se siente menos cómodo, y eso hace que esa parte salvaje crezca a demasiada velocidad. Mira a su amigo y no quiere entender lo que le dicen sus palabras, así que busca refugio en su hermano, que abraza a Sora detrás de Izzy–. Hermano, tú la has bajado con él, ¿verdad? Izzy nos está gastando una broma de mal gusto, se ha cabreado porque le hemos hecho dejar su portátil en el hotel y ahora se está tomando la venganza, es eso, ¿no? –Todos bajan la cabeza, este momento siempre trae un chispazo de patetismo por parte de quien se reserva la esperanza de todo el grupo, todavía no he visto a nadie que quiera ver a algún amigo protagonizar un momento como este. Tan… patético. Solo Matt levanta la mirada hacia su hermano, también llora, y niega con la cabeza–. No… ¡No! ¡No es posible! ¡Kari! ¡Kari, acaba con todo esto por favor!

La desesperación se abre paso por encima del salvajismo, mientras Tai le posa una mano sobre el hombro: “ya está”, susurra y le abraza mientras que el otro baja la voz, pero sigue repitiendo el nombre de su amada. Unos sonidos se escuchan arriba, la voz de Davis sale, incomprensible, por la puerta abierta de la habitación en la que descansa el cuerpo de Kari. Todos se giran, los gritos se hacen más audibles.

–¡No puede ser! ¿Quién eres? ¿Qué eres?

El tono de Davis pretende ser valiente, pero no lo es, su voz suena a dolor, aunque yo solo oigo al suelo pedir a gritos más sangre. Los gritos se intensifican, Tai levanta la vista y empieza a correr hacia las escaleras con Matt, Sora y Cody siguiendo sus pasos.

–¡Tú no eres ella!

El último grito abandona la garganta del joven mientras corre hacia la puerta abierta de par en par. Bloqueándole el paso hay una sombra apenas distinguible, que se aparta justo en el centímetro anterior a que el joven impacte con ella. La velocidad, mis queridos lectores, es algo peligroso, y siempre que se empieza a correr, es recomendable tener controlada la forma de frenar. El intento de recuperar el control de su carrera fracasa estrepitosamente y el cuerpo del joven se estrella contra la barandilla con demasiada fuerza. El metal oxidado cruje y los huesos de su cadera hacen lo propio cuando la velocidad hace su trabajo. Davis se precipita por encima de la barandilla hacia el suelo de piedra de la planta baja, una caída que puede dejar un par de huesos rotos, a menos que aterrices con la cabeza. Y ahí está, por fin vuelve otra vez, la sangre estalla contra la fría piedra y esparce encéfalo y huesos craneales por igual en dos metros a la redonda. Con la mala suerte de que la zona del impacto se encuentra a metro y medio del cuerpo convaleciente de Ken, llegando a aterrizar un molar completo, arrancado de cuajo, junto a la vaporosa falda de Yolei; la cual queda, por primera vez en toda la noche, muda y boquiabierta al mismo tiempo, contemplando la pieza dental de su ahora inerte amigo.


Nadie se mueve, todos miran el cadáver tumbado en el suelo, cuya cabeza, ahora reducida a simple y viscosa pulpa, apunta hacia ellos. Las gafas que solía llevar descansan en el suelo cubierto de sangre, la lente izquierda rota y la goma sobre el cuello, atascada en una vértebra que atraviesa la piel y el músculo, empujada tras la caída.

Señor… Esto, esto es exactamente lo que yo estaba buscando desde hace ya un buen rato: sangre derramada sobre la piedra, huesos destrozados en un sonido inconfundible y melodioso y, sobretodo, sangre bombeada fuera del cuerpo durante los últimos estertores de un corazón aún latiente. Es satisfactorio, pero, aún así, insuficiente.
 

Cuentacuentos Oscuro
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CAPÍTULO 4: MIMI.


El silencio apenas dura un segundo, porque Yolei recuerda cómo usar sus cuerdas vocales y desgarra tímpanos con un chillido cerca de entrar en el ultrasonido, llegando a despertar a un confuso Ken, que se encuentra de pronto con su amada al borde de un ataque de ansiedad. Mira a Yolei y la abraza en el momento en el que ella entra en estado de pánico, hiperventilando como si alguien le estuviera estrujando los pulmones. Desde ese abrazo mira al resto del grupo; sus caras lo dicen todo. Otro de ellos ha muerto, así que intenta hacer recuento, buscando averiguar por descarte cuál de sus amigos se ha convertido en alimento de gusanos. Justo a su lado, TK da un paso hacia Davis extendiendo una mano para recogerla enseguida y quedarse completamente quieto. Al lado de las escaleras, Cody hace ademán de correr hacia el cuerpo, pero la férrea mano de Sora le impide ningún movimiento: la chica está pálida como un fantasma, mira hacia la habitación en la que está el cuerpo de Kari y respira, obligándose a no entrar en pánico. Izzy ha apartado la mirada, girándose hacia el grupo paralizado al pie de la escalera. Mira a Tai a los ojos, esperando que él reaccione, pero Tai no aparta la mirada de la habitación del primer piso. A través de la barandilla ha visto algo, así que cierra los puños y empieza a correr escaleras arriba.

–¡Matt!

Su nombre parece despertar al rubio, que mira a su hermano, a sus amigos y a su novia, esperando que algo le diga qué debe hacer. Pero, por suerte para él, Sora ha recuperado la compostura, suelta el hombro de Cody, que no para de mirarla mientras se aleja para ayudar a su amigo a calmar a Yolei.

–Ve con Tai. No dejes que haga una tontería, por favor.

Apenas un segundo después de la orden de Sora, Matt desaparece en las escaleras y Tai aparece corriendo en la pasarela camino a la habitación en la que Kari descansa. Su cara es un poema que habla de desesperación y rabia. Joe lo mira, incrédulo. “¿Qué he hecho?” es lo único que acierta a susurrar antes de echar a correr por las escaleras. Mimi, que había tenido la cabeza enterrada en su espalda, llorando, lo mira irse, boquiabierta y confusa por sus palabras. Echa un vistazo al cuerpo de Davis y, acto seguido, corre tras Joe.

Para entonces Tai ya se ha internado en la habitación y Matt llega justo a la puerta. El joven líder está acuclillado al lado del cuerpo de su hermana, acariciándole una mejilla salpicada de sangre reseca, la rabia ha desaparecido y solo queda la desesperación que deja la pérdida, el dolor de ver a una persona que ama de esta manera, no solo fría, sino, también, mutilada.


–Aquí no hay nadie, ha debido escapar –su voz suena lejana, como si hablara con él desde otro plano de existencia.

–¿Y en el despacho de al lado? Están todos comunicados, tal vez se ha escondido en uno cerca –con el fuego fatuo azulado de nuevo en sus ojos y sin pararse a ver qué ocurre realmente en su amigo, Matt entra en la habitación sin detener la carrera que inició en las escaleras.

–No, Matt, déjalo. Tenemos que reunirnos todos, hay que salir de aquí.

Las palabras de Tai detienen los pies de Matt a pocos pasos de la puerta que comunica con el despacho de al lado; con ese resplandor ocular se gira hacia su amigo con una réplica que seguro es de lo más hiriente, pero, entonces, lo ve. Se para a mirarle, pero Tai no levanta los ojos del cuerpo de Kari, así que, con un asentimiento de cabeza lento, Matt entiende todo, relaja el cuerpo y el alma para dejar un segundo a solas a Tai.


Al salir a la pasarela, ve algo que no esperaba en el piso de abajo. Yolei, por fin se ha calmado del sofoco que le causaba la visión del cadáver de Davis, así que suelta un poco el abrazo sobre Ken, lo suficiente para que este pueda girarse y ver el cadáver de su amigo. En un segundo, el chico parece sufrir una epifanía: sus ojos se nublan con una visión del pasado y su mirada solo transmite terror. Antes de que nadie pueda reaccionar, su cuerpo convulsiona y sus amigos se giran para mirarle. Al segundo siguiente Yolei, Cody, TK e Izzy le sujetan cabeza y las extremidades mientras sufre un ataque de ansiedad que convulsiona su cuerpo con violencia infinita. Por lo que parece nuestro joven amable y gentil sabe muy bien lo que es ver un cadáver destrozado en el suelo, ya ha visto algo así y no le trae felicidad; incluso diría que veo culpa en su rostro a través de la pesadilla que su cerebro le obliga a presenciar. Es en ese momento que Joe aparece en la planta baja por las escaleras, corriendo solo y se dirige a su joven amigo para tratarlo.

–Ken. Mírame, Ken –para los humanos una bofetada es siempre una ofensa excepto si quien la recibe está lo suficientemente ido como para no poder defenderse, una lástima que las pequeñas bofetadas de Joe sean incapaces de traer de vuelta a Ken–. Tranquilo, ya está, ¿me oyes? Ya está –con un movimiento brusco apunta a la joven que se había quedado observando de cerca las violentas convulsiones de su amigo–. Sora, acércate a mi mochila, está junto a la lámpara del círculo, dentro del bolsillo más grande hay un botiquín, ¿lo ves? Abrelo, dentro tiene que haber un pequeño estuche de metal con cuatro jeringuillas, coge una y tráemela, corre.

La joven, que había corrido a por la mochila, saca el estuche de cinco huecos y cuatro jeringas, agarra una y corre de nuevo hacia el grupo sin prestar mucha más atención a lo que ha tenido entre manos.

–Vale, Izzy necesito que me desabroches el zapato, cojas el cordón y se lo anudes en el brazo. Cody, TK, sujetadle muy bien, sobretodo del hombro al codo, ¿de acuerdo?

–¡¿Qué le vas a hacer?! –En una inesperada explosión de energía, Yolei intenta desesperadamente detener a sus amigos mediante la fuerza de su mirada para no soltar a su amado–. ¡Quietos todos! ¡No, Izzy, Cody, TK, quietos! ¡¿Qué es esa aguja?!

–Yolei, tranquila, es un poco de morfina, le calmará y podrá dormir hasta que encontremos la salida.

–¿Y qué demonios haces tú con morfina en la mochila? –Bien, dudas. Cuando sospechas que un amigo no es tan bueno como creías, cualquier cosa es posible.

–No soy ningún drogadicto Izzy, todavía estoy en primero de carrera. Le cogí las agujas a mi padre antes de venir a España, como parte del botiquín de primeros auxilios, por si ocurría algo y la ambulancia tardaba; y metí el botiquín en la mochila para venir aquí porque no sabía lo que podía ocurrir en una fábrica abandonada que tiene máquinas de metal oxidado y cristales rotos en la parte de arriba del muro que la rodea. Ahora, aprieta bien el nudo debajo de la manga y sujétalo. Así, muy bien…

He de decir que tener un médico entre el grupo resulta mucho más interesante, traen drogas y armas nuevas, lo cual da muchísimo más juego a la hora de esparcir sangre.


En unos segundos, Ken ya está completamente inconsciente y todos vuelven a respirar lo más tranquilos que pueden estar en semejante situación. Sin embargo, el alivio es fácilmente erradicado cuando una verdad asalta al grupo junto con la llegada de Tai y Matt: falta alguien.

Mimi resulta ser toda una aventurera y, con un poco de ayuda en forma de ladrillos movidos y un par de ruidos, ha encontrado la escalera tapiada en el primer piso norte y está a punto de encontrar la mayor sorpresa de todas. Aunque no puedo decir con seguridad que la vaya a ver, ya que ha tenido la grandiosa idea de adentrarse en las tinieblas sin una simple linterna que alumbre su camino, no parece que tenga muchas luces.

–¿Hay alguien aquí? Escu… Escucha, te he oído tropezar con los ladrillos así que sal de donde estés y… y no te haré daño –desde luego tiene más miedo del que quiere aparentar, pero ni sus piernas, ni su voz ayudan a tomar una actitud amenazante más allá de la que tendría un cachorro. Poco a poco se va internando en la oscuridad que puebla el ultimísimo tramo de las escaleras y, cuando llega al pasillo en el que desembocan, coloca la mano derecha en la pared para poder guiarse mientras se gira hacia la escalera–. ¡Sora! ¡Tai! ¡Matt! ¡Joe! ¡Chicos, he encontrado algo! ¡Aquí hay un pasillo, puede que sea la salida! ¡Venid!

Una lástima que nadie la oiga porque todos se encuentran en la planta baja, buscándolas (a ella y a la tan ansiada salida) como locos.

–Vale.


Una voz, amortiguada por la roca le responde de manera familiar y distante, vaga a alzarse, mientras Mimi decide proseguir su marcha a través de la oscuridad.

–¡Daos prisa! Tengo mucho miedo –la chica avanza por el pasillo en una negrura densa mientras la voz se le rompe en la última frase, aunque no es tan sorprendente teniendo en cuenta que no es lo único que se le va a romper. La sangre llama a la sangre y una sombra, invisible en la oscuridad opaca del pasillo, aparece por la escalera detrás de ella. Mimi se vuelve, lo ha sentido, pero no puede verlo–. ¿Quién eres? Jooooo, Palmon, ¿por qué no estás aquí conmigo? –Poco a poco los pies de la chica avanzan en el pasillo, llevando su cuerpo, marcha atrás, hacia la puerta que se encuentra justo en la mitad del pasillo, ahora es su mano izquierda la que tantea la pared a su lado, sus ojos revolotean por todas partes en busca de la sombra que se encuentra dos pasos frente a ella, pero que no puede ver, solo sentir –. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí, de nosotros? Si te acercas te pegaré. Yo… sé cómo dar buenos puñetazos.

Aunque se nota que está completamente aterrorizada, ella se mantiene firme. Sí, sus piernas tiemblan tanto que podría tener un terremoto interno, pero su mano derecha cerrada en un puño apretado al máximo indica que no dudaría en soltar un gancho a la sombra. Es asombroso cómo ha pasado de hablar en japonés a amenazar en inglés, desde luego este grupo es una caja de sorpresas, aunque ninguna como la que le espera al otro lado de la puerta que acaba de descubrir en la pared que lleva tocando desde el principio.

Una exclamación de sorpresa se ahoga en su garganta ante el nuevo tacto de la madera y la distracción es suficiente para la sombra, que se adelanta a Mimi y consigue abrir la puerta de un golpe en la manilla, acto seguido le da un empujón en el hombro derecho que manda a la joven al centro de la habitación. Bienvenida a mi secreto Mimi.

El sonido de los huesos al crujir bajo su cuerpo forma el tipo de música que a mí me gusta escuchar. Mimi queda tumbada en el centro de la habitación, confusa por lo que acaba de oír y dolorida por el golpe, pero no se ha partido ningún hueso, no duele de esa manera. La sombra entra en la habitación y tira de un cordel haciendo que un chispazo de luz inunde la habitación y ciegue a Mimi.


–¿Qué… qué eres? –Su cara de absoluta confusión se tuerce en una mueca cuando reconoce las mismas palabras que dijo Davis antes de caer–. Fuiste tú, tú has matado a Kari y a Davis.


Sin saber dónde mirar por los ojos nublados de lágrimas que le emborronan la vista, la joven se gira lo más rápido que puede para ponerse boca abajo y levantarse, dispuesta a enfrentarse a la sombra en nombre de sus amigos. Pero la superficie que tiene debajo es irregular y su mano resbala hasta hacerle caer. Sus ojos ya se han adaptado a la escasa y, en un principio, deslumbrante luz de la bombilla, y las lágrimas que se los emborronaban corren por sus mejillas, así que, cuando cae, ve perfectamente las dos cuencas vacías del cráneo que le devuelve la mirada. Con el horror escenificado en su cara y sus ojos, Mimi se aparta torpemente de la montaña de huesos en la que ha caído, sus ojos vuelan por la centena de esqueletos perfectamente limpios que se amontonan por toda la sala, mis visitantes a lo largo de casi cien años, reunidos en un solo lugar. El horror, y otra sensación igual de fuerte que creo interpretar como asco, no hacen más que aumentar en su rostro hasta desencajárselo en una mueca que expresa el trauma que está viviendo.

En todo este silencio, la sombra ha recorrido la habitación lentamente hasta llegar a un martillo olvidado durante años en una esquina. Con la misma lentitud vuelve otra vez, directa hacia Mimi, que está demasiado ocupada recorriendo los huesos con la mirada y que busca a tientas la manilla de la puerta que todavía queda demasiado lejos de su espalda. Sin ningún cuidado, la sombra rompe una costilla del suelo, que perteneció a un joven austriaco de nombre Hans y que tuvo la mala suerte de entrar aquí hace más de cincuenta años. El sonido alerta a Mimi, que había olvidado su presencia y se gira para mirar a la sombra, su visión remueve algo dentro de ella que la hace vomitar sobre los demás restos de Hans y un par más de visitantes mientras la sombra tira otra vez del cordel. La luz se apaga, las lágrimas de Mimi caen sobre el vómito. Esto siempre es desagradable y ya es la segunda persona de este grupo que lo hace, espero que la sangre no se mezcle con él porque entonces me enfadaría sobremanera.


–¿Por qué? ¿Por qué nos haces esto? –Sus últimas palabras, empapadas en lágrimas, no conmueven en lo más mínimo a la sombra, que la interrumpe al romper el lado derecho de su cráneo con un golpe contundente de martillo. La sangre estalla y mancha huesos y puerta a su paso, para luego dejar un rastro sobre el suelo del pasillo. Dios… que satisfactorio sentirla salir de la herida abierta, incluso puedo saborear trazas de cerebro mezclado en ella… Pero sigue sin ser suficiente para calmar mi sed.

En la planta baja los ánimos están cada vez más caldeados y crispados, Sora lleva un rato intentando hacer entrar en razón a Tai, ella aboga, con todo el nerviosismo que es incapaz de tragarse, por ir todos juntos a buscar a Mimi, mientras que él no para de repetir que todos deberían ir a la salida por la que entraron y buscar un teléfono.

–Mira Tai, ¿sabes qué? Vete, lárgate de aquí. Saca a todos de este sitio y busca un teléfono. Yo voy a por Mimi.

–Sora, no. Yo no quiero decir eso. Claro que quiero ir a por Mimi, pero después de lo que ha pasado con… –Por un segundo una sombra cruza sus ojos y estos se desvían al cadáver de Davis, estrellado contra la fría roca y con la sangre esparciéndose lenta y dulcemente por el suelo; para, justo después, volver a los de su amiga con más fuerza–. No creo que Mimi esté viva e ir todos a buscarla es arriesgarnos a que nos puedan liquidar en cero coma. Míranos, somos nueve de los doce que entramos, estamos todos destrozados por lo que ha ocurrido y, para colmo, Ken está inconsciente. No vas a ir sola, eso solo serviría para que, lo que sea que vive aquí, te matara a ti también. Por favor, vamos a movernos, cada segundo que pasa es un segundo que podríamos usar para llamar a la policía.

–No, Tai, cada segundo que pasa es un segundo que Mimi está sola y es un segundo en el que puede morir, somos los niños elegidos, maldita sea. Parece mentira que tengas el emblema del valor. Con el tiempo has perdido hasta eso –la cara de desprecio de la chica y sus palabras dan justo en el blanco, pero mucho más allá de lo que creía. Inconscientemente, Tai se gira para mirar la puerta de la ya famosa habitación de Kari y es entonces cuando Sora se da cuenta de todo lo que Tai ha perdido en realidad. Los ojos de la chica se abren en exceso al seguir su mirada antes de volver a él–. Tai, yo…

Con un gesto de su mano, Tai consigue que Sora no termine su frase, ni siquiera la mira, sus ojos, clavados en las escaleras a la espalda de Izzy, reflejan con claridad el fondo de su alma, está dolido y ese dolor lo usa para alimentar un fuego en su interior; la rabia, el odio refulgen en su interior como el sol en un eclipse: radiante, pero oscurecido.

Todos se miran entre ellos, desde luego Tai se ha llenado de determinación, ¿pero tienen que seguirle? Matt se acerca a Sora y la abraza, lo cual ya no sorprende a ninguno de ellos.


–Vamos, tenemos que encontrar a Mimi para salir de este sitio de una vez –les dice mientras coge la mano de Sora y empieza a andar detrás de su amigo.


Me parece interesante algo que dijo antes Sora sobre un emblema del valor y ser los niños elegidos, no sé de dónde vendrá eso ni a qué se referirá, pero sí sé que en su sangre no hay nada diferente a la de los demás… ¿Quizá tenga algo que ver con las palabras de Izzy sobre lo que pasó hace siete años? Lo cierto es que no lo sé, pero ustedes, mis queridos lectores, parecen saber exactamente a que se refieren todos. Bueno, puede que me encuentre la pista que necesito en las agonizantes últimas palabras de alguno de ellos.

Y hablando de sangre y últimas palabras, antes de que Tai se acerque más allá de cinco pasos de las escaleras, el cuerpo de Mimi se precipita por el hueco de la misma. El golpe sordo del cadáver es suficiente para que los pies del muchacho se detengan junto con los del resto del grupo, menos uno.
 

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OOoooh mierda me partiste el cerebro !

Jamas habia leido un fic como el tuyo, no se si es el unico porque no soy el graaan lector de fic, pero al menos yo jamas lei algo asi,.
La forma siniestra en que el narrador interactua con el lector y la ansiedad que provoca con sus insinuaciones... es delicioso... Incluso llegue a emular el golpe de Davis poniendo la cara sobre la mesa del pc para imaginar mejor la brutalidad del golpe y me di un golpecito en la cabeza para imaginar como debio salirse de su lugar al golpearse con el martillo... woow... como decimos aqui "quede para adentro amigo"
De primeras pense que Joe se había vuelto psicopata y mato a Kari de cabreado, luego crei que era el propio narrador, pero luego dice algo de "matar a Joe con sus propios medios", osea que la sombra no es el narrador en tercera persona, imagino que debe ser la fabrica misma deleitándose con los asesinatos de esa cosa misteriosa... la verdad no se y me quedo con ganas de seguir leyendo (pretendia leer un capitulo y ya! pero lo termine leyendo completo xd)

Sinceramente te felicito y espero que actualizes pronto !

Salud!
 

Cuentacuentos Oscuro
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OOoooh mierda me partiste el cerebro !

Jamas habia leido un fic como el tuyo, no se si es el unico porque no soy el graaan lector de fic, pero al menos yo jamas lei algo asi,.
La forma siniestra en que el narrador interactua con el lector y la ansiedad que provoca con sus insinuaciones... es delicioso... Incluso llegue a emular el golpe de Davis poniendo la cara sobre la mesa del pc para imaginar mejor la brutalidad del golpe y me di un golpecito en la cabeza para imaginar como debio salirse de su lugar al golpearse con el martillo... woow... como decimos aqui "quede para adentro amigo"
De primeras pense que Joe se había vuelto psicopata y mato a Kari de cabreado, luego crei que era el propio narrador, pero luego dice algo de "matar a Joe con sus propios medios", osea que la sombra no es el narrador en tercera persona, imagino que debe ser la fabrica misma deleitándose con los asesinatos de esa cosa misteriosa... la verdad no se y me quedo con ganas de seguir leyendo (pretendia leer un capitulo y ya! pero lo termine leyendo completo xd)

Sinceramente te felicito y espero que actualizes pronto !

Salud!


Me alegro de que disfrute de mi trabajo como narrador de esta nuestra historia. Es un honor saber que mi pequeño afer con el mundo de la escritura le resulte tan atractivo, inmersivo y, sobre todo, adictivo. Para mi, este tipo de comentarios es lo que me da el ánimo suficiente para llegar a mi hora, cada sábado, para poder entregaros una nueva entrega de esta historia.

Y hablando de lo cual, aquí tienen mis queridos lectores, a continuación, la siguiente parte de mi humilde narración.
 

Cuentacuentos Oscuro
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CAPÍTULO 5: IZZY



Joe consigue pasar de ser el último del grupo a ser el primero en llegar al cadáver. Con el sonido de sus zapatos y pantalones al arrastrarse contra la piedra, llega de rodillas al lado de Mimi y le inspecciona los ojos, el pulso y mira la sangre que sale, ahora oscurecida, de la parte derecha de su cráneo. A su espalda, todos miran cómo va pasando por el cuerpo de su amiga en busca de algún rastro de vida desesperado. Yolei se abraza, llorosa y jadeante, a Sora, que intenta reconfortarla con caricias mecánicas y frías que resultan artificiales. Sus ojos y su mente están muy lejos, mientras, no despega la mirada de su amiga y ni su otra mano de la de su novio. A su lado, Matt le sujeta la mano con cariño, mientras que la otra la aprieta en un puño tan compacto que los nudillos se vuelven blancos. TK sujeta a Ken con firmeza, pero el cuerpo del joven cimbrea como un junco de la rabia y la impotencia de verse incapaz de hacer nada. Cody intercala miradas a Joe y Mimi con miradas de socorro a Izzy, buscando apoyo y guía de quien considera su mentor. Pero Izzy no le mira, ni siquiera se da cuenta de sus miradas, solo tiene ojos para ella. Hipnotizado por la escena y la posibilidad que encarna, la cual su mente se niega a tomar por cierta; el joven da dos pasos hacia ella antes de encontrarse, a la altura del pecho, el brazo de Tai, que le cierra el paso. El pequeño golpe le despierta del hechizo y mira con ojos anegados de fastidio, odio y rabia a su amigo, que se gira hacia él con las manos en sus hombros.

–Sé que ahora mismo me odias, pero sabes tan bien como yo que ir hasta ahí y verla, no te va a hacer ningún bien –en los ojos oscuros del joven, poco a poco, el cerebro empieza a perder la irracional batalla contra sus propios sentimientos y el desenfreno que estos necesitan, dejando que todo ese dolor, esa rabia, esa ira y ese odio afloren a la superficie y le enloquezcan–. Izzy, por favor, escúchame…

–¡No quiero escucharte Tai! ¡Es Mimi! Necesita nuestra ayuda… –Los sollozos de Yolei paran y el grupo queda en silencio mientras la mayoria observa a Izzy con la mayor de las incredulidades. Parece que ninguno sabía que el joven era capaz de enfadarse, pero todos lo son, absolutamente todo ser humano tiene un límite que, si se cruza, puede hacerle perder la cabeza, apenas un mal día.

–No, Izzy, está muerta, ya no podemos ayudarla.

–¡Mientes!

–¿Joe? –Tai fija sus ojos en los de Izzy para intentar calmarlo, mientras este último arremete una y otra vez contra el férreo agarre de su amigo, intentando acercarse al cadáver de Mimi.

–Está… está muerta, Izzy. Ya no podemos hacer nada –la voz del joven sale a duras penas entre los sollozos que le causa el llanto, mira a los ojos lechosos de su amiga antes de girar su cuello y descubrir el hueco sanguinolento que hay en su cráneo, tras la oreja derecha. Intentando apartar los ojos de ella y sus amigos, Joe levanta la mirada hacia el techo, encontrándose con la sombra, que mira la escena, impasible, desde el primer piso.

–¡NO! No puede ser, Tai… Mimi no puede… –Ahora sí, Izzy mira directamente a los ojos de Tai buscando un agarre, algo que le ancle a la poca cordura que le pueda quedar en lo más profundo de su ser.

–Chicos… –Sin apartar la vista de la sombra, las palabras de Joe se niegan a salir de su garganta.

–Sé que es difícil, pero tienes que aceptarlo. Vamos, Izzy, todavía quedamos nueve, tus amigos. Eres el más listo, tienes que sacarnos de aquí, solo tú puedes –en un movimiento desesperado, Tai evoca las mismas palabras y el mismo sentimiento que evocó su amigo cuando encontraron a Kari, pero Izzy no está tan seguro: mira una vez más el cadáver de Mimi por debajo del brazo de Tai y una bombilla se enciende en su cabeza. Eureka…

–No, Tai. Ese es tú trabajo, sacarnos a todos sanos y salvos es algo que tienes que hacer tú, y has fallado. Esto. Esto es tú culpa.

–Chicos, deberíais…

–¿Perdona?

–Y aparta tus manos de mí, Tai. ¡No me estás protegiendo, no nos has protegido a ninguno! –Con un golpe seco, Izzy aparta las manos con las que Tai había estado sujetándole; estas caen a ambos lados del joven, que ante semejante grito es incapaz de mirar a su amigo. Izzy ya no quiere correr hacia Mimi, el odio le invade y ahora solo quiere hacer el daño que cree merecer, pero que no está dispuesto a inflingirse–. Si no hubieras estado perdiendo el tiempo discutiendo con Sora y hubieras tomado la determinación de ir a por Mimi, seguramente estaría viva –sobre el papel puede que parezca verdad, pero no olviden, mis queridos lectores, que yo tengo el control y si quiero que uno de ellos muera, muere. Aunque Tai se hubiera determinado a ir a por Mimi, aunque se hubieran separado para buscarla, jamás habrían encontrado el acceso a las escaleras al segundo piso, ese hueco se abrió solo para Mimi y para la sombra.

–Chicos, en serio… –Poco a poco, Joe va encontrando más volumen dentro de su garganta, a pesar de que su cara sigue desencajada por el miedo y la saliva apenas es capaz de bajar cuando intenta tragarla.

–Izzy, para ya, entiendo que estés enfadado, todos lo estamos, pero Tai no tiene…

–¿Qué no? Por favor, TK, es lo que Sora ha dicho, con los años Tai ha perdido su valor y se ha dejado llevar más por el miedo –empezaba a preguntarme cuándo aparecerían las trifulcas de grupo, han aguantado unidos demasiado tiempo con respecto a los demás visitantes que he tenido. Mientras, Joe, ya se ha puesto de pie, dejando la cabeza de Mimi sobre la piedra, y con los ojos pegados a una sombra impertérrita, como si tuviera miedo a que esta desapareciera si dejara de mirar; Tai ha agachado la cabeza, con la culpa carcomiéndole las entrañas y recibiendo cada palabra de Izzy como una puñalada en el estómago–. Si se hubiera enfrentado a su miedo como hace años, habría encabezado la búsqueda de Mimi, sin necesitar que Sora le hiriera en el orgullo.

–Chicos, tenéis que ver…

–Izzy… te estás pasando.

–Claro, yo me estoy pasando. Tai decide dejar atrás a Mimi para que la maten, ¡pero yo soy el que se está pasando! ¿Verdad? Mira, Matt, entiendo tu postura, pero a diferencia de Kari y de Davis, Mimi está muerta porque la abandonamos sabiendo lo que eso suponía. Y Tai es nuestro líder, es quien se resistía a ir a buscarla… Así que la mayor culpa es suya, suya. No nuestra –la voz del muchacho se rompe como un plato de porcelana golpeado con un martillo y, por fin, muestra sus razones para enfadarse, que salen a borbotones al mismo tiempo que sus lágrimas. Se siente culpable, culpable de no haber apoyado a Sora en el momento adecuado, de no haberle dado más voz a esa idea que a la de Tai dentro de su cabeza, confió en la dinámica del grupo. Y ahora ve que los resultados de su propia incompetencia como cerebro pensante y lógico del mismo son nefastos para alguien demasiado querido. Supongo que es demasiado para él, así que busca otro culpable en quien proyectar esa misma incompetencia. Sin embargo, no es el único desesperado, al verse completamente ignorado, Joe ha ido subiendo cada vez más el tono de voz hasta prácticamente gritar al mismo volumen que Izzy y, por primera vez desde que la vio, su mirada se desvía de la sombra, para mirar a sus amigos.

–¡Chicos! Demonios. Os estoy hablando, hay alguien en el primer piso.

–¿Cómo? –El movimiento general se centra en el médico y Tai, Cody y TK corren para ponerse a su lado, no sin cierto reparo de acercarse a Mimi, y mirar hacia donde les guía, de nuevo, su mirada.

–Es… estaba ahí, lo juro, llevo un buen rato intentando avisaros, pero no me hacéis caso, se habrá ido corriendo, pero sé que había alguien –con la mirada de quien cree que le van a tomar por loco, Joe se gira hacia la primera figura de autoridad que es capaz de reconocer–. Tai, yo lo vi.

–Tranquilo, Joe, te creo. Yo también vi a alguien antes de que Davis… ya sabes –por un segundo sus ojos se oscurecen de nuevo, repitiendo ante él las muertes de sus tres amigos, pero una sacudida de cabeza hace que todas las ideas se oculten bajo un falso manto de normalidad y Tai vuelve como si nada hubiera ocurrido. No puede escapar a esto; tarde o temprano explotará y me pregunto quién será el que sufra las consecuencias–. Vale, chicos, nos están cazando e Izzy lleva razón, lo de Mimi ha sido culpa mía.

–Tai… –Sora ha vuelto en sí ante los gritos de Joe, su mirada vuelve a estar con su grupo, pero sigue vacía. De forma distraída, acaricia el dorso de la mano de Matt, que se ha quedado paralizado, mirando el último tramo de escaleras antes del primer piso, como esperando que la sombra asomara por ahí.

–No, Sora, déjame acabar –poco a poco la mueca de la cara del muchacho se contorsiona en algo distinto, es esa determinación sin fundamento que la guiaba cuando quería ir en busca de Mimi, ese eclipse que haría que hasta yo me estremeciera, si me fuera posible–. Ha sido culpa mía, pero ahora estamos juntos y tenemos que decidir qué hacer, buscar la salida y encontrar un teléfono, o buscar al culpable y convertirnos nosotros en cazadores… –Sus palabras quedan suspendidas en el aire por un segundo, sí, este es mi momento favorito, cuando la desesperación y la pérdida cambian a la gente.

Izzy, que se había girado para dar la espalda al grupo en el momento en el que habían cambiado de tema, se gira ligeramente para mirar a Tai. Cody mira el cadáver de Mimi, trada en el suelo a su lado, las lágrimas no dejan de resbalar por sus mejillas, es asombrosa la fortaleza de este muchacho, siendo el más joven, es el único al que no he visto sollozar ni perder los estribos. Joe no para de lanzar miradas nerviosas hacia el hueco que ha dejado la ausencia de la sombra en el primer piso, intercaladas con miradas al grupo, esperando que se decidan. TK, detrás de ellos, piensa a toda velocidad con Ken entre los brazos, en su interior vuelve a agitarse aquella fuerza oscura y salvaje que apareció con la visión de Kari colgada; y pide venganza de una manera visceral y violenta. La última esperanza de un corazón roto. Justo frente a él, Matt alterna miradas entre su amigo y su novia, incapaz de decidir qué puede ser lo mejor. Si al principio de la noche podía oler su miedo, ahora es prácticamente sólido, pero ya no quiere correr, algo en su interior agita el fuego que refulgía en sus ojos; es el más controlado de los tres, pero la pérdida de sus amigos ha despertado ese algo. A su lado, Sora ha parado de acariciar su mano y sus ojos están llenos, ha vuelto al presente, y desenlaza sus brazos del torso de Yolei, que se queda mirándola, llorosa y confundida. Noto cómo las venas de sus sienes palpitan por la fuerza de los latidos de su corazón. Un aura extraña la envuelve, es esa misma energía que alimenta la esperanza vengativa de TK, el fuego fatuo de Matt y la determinación oscura de Tai. Su corazón clama venganza.

–Sé que no está bien, pero creo que llevas razón, no vamos a salir de aquí, nos van a cazar uno a uno hasta que estemos todos muertos –sus palabras arrancan escalofríos en varios de su amigos, sobre todo en Yolei y Cody–. Y yo no me voy a quedar parada mirando como nos masacran, ya he visto suficientes amigos morir esta noche… –Por un segundo sus ojos se desvían hacia el cadáver de Mimi, luego hacia el de Davis y hacia la habitación en la que descansa el cuerpo de Kari–. Sea quien sea, quien está haciendo esto tiene que pagar…

El silencio vuelve a envolver al grupo, todos piensan en las palabras de Sora, en las de Tai, en los cadáveres de sus amigos… Pero ninguno sabe qué hacer para empezar una caza. Es en este momento en el que sé qué tipo de grupo es al que he dejado entrar. Unos deciden escapar y gastan sus últimas horas de vida en intentar tirar tapias que no se van a mover a menos que yo quiera, y no quiero. Otros deciden dividirse y buscar al “culpable” de todo esto y eso solo facilita el trabajo de la sombra, que los va eliminando uno a uno, deleitándose con cada muerte y deleitándome con cada salpicadura de sangre.


Solo un grupo, hace aproximadamente sesenta años, habían entrado diez y quedaban seis humanos con vida, se unieron todos juntos y acamparon en el centro de la planta baja. Duraron días aquí dentro, iban a hacer sus necesidades en grupos de no menos de tres personas. Pero todo se les vino abajo cuando, al segundo día, se quedaron sin comida ni agua, después de eso ya no volvieron a ser los mismos, supongo que os imaginareis por qué. El último de ellos se arrojó desde la primera planta con sus últimas fuerzas; siempre tuvo la esperanza de que alguien les encontraría, pero tengo la increíble capacidad de hacer que nadie se entere de lo que ocurre después de que mis visitantes entran.

Sin embargo no estáis aquí para escuchar anécdotas de la época de vuestros abuelos, la que nos ocupa es la actual y, por fin, se mueven. Los ocho muchachos empiezan a subir las escaleras con Tai y Joe en cabeza; este último explicando la visión de la sombra para que todos estén atentos. La comitiva la cierran unos silenciosos Izzy y Cody, prácticamente puedo oír cómo sus cabezas funcionan y los engranajes de sus cerebros chirrían en la meditación de los últimos acontecimientos. El primero absolutamente sumido en la culpa y el arrepentimiento, varias veces sus ojos se han desviado hacia el cadáver de su amiga a través del hueco de la escalera. El segundo, en cambio, noto cómo rumia infinitas ideas en el interior de su cerebro, buscando una solución fiable y realista.

–Izzy –cogiéndole de la muñeca, el más pequeño de los dos obliga al otro a parar y volverse para mirarle de frente al llegar a la primera planta–, ¿tú de verdad crees que esta es la mejor opción?

–No lo sé, Cody, yo… yo ya no sé nada –los ojos abatidos de Izzy miran a través de Cody, que está de espaldas al hueco donde yace Mimi, mirándola a ella a través del cuerpo del chico–. Creía que la mejor opción era bajar a Kari de los ganchos y saber si estaba viva o no, y me equivoqué. Creía que lo mejor era dejar a Davis solo mientras dábamos la noticia de la muerte de Kari, y me equivoqué. Creía que lo mejor era que Tai nos guiara, dejar que el grupo hiciera su magia y, al final, ir todos a buscar a Mimi, y nunca he estado más equivocado. Sé que no es esto lo que esperas de mí, Cody, pero no me voy a arriesgar a equivocarme una vez más y que eso le cueste la vida a otro amigo –con las lágrimas asomando por sus ojos, el joven erudito se gira para seguir al grupo, esperando que su amigo haga lo mismo.

–¿Es una broma? ¿Y si te estás equivocando con eso? ¿Lo has pensado?

–¿Qué? –En un movimiento lento, pesado y sin ninguna elegancia, Izzy se gira para mirar a Cody una vez más.

–¿Y si te estás equivocando al no hacer nada? Piensa, Izzy, por favor, piensa con la cabeza. Sé el chico al que yo admiro, mi mentor de emblema –yendo con la sinceridad por delante, he de decir que no saber a qué se refieren en cuanto a los emblemas y etcétera, me está resultando cada vez más molesto–. ¿Crees que para los demás es una broma? ¿Y si esta decisión que estás tomando le cuesta la vida a otro de nosotros? ¿Lo has pensado? ¿No crees que estamos todos igual de destrozados que tú, y que no ayudas nada dejando que tiremos nosotros del grupo?


El joven erudito, por primera vez desde la muerte de Mimi, reflexiona y se limpia las lágrimas de la mandíbula, su cerebro vuelve a funcionar sin chirridos, calculo que al setenta por ciento, pero ya es un porcentaje mucho más halagüeño. “Tal vez…” murmura mientras vuelve a girarse con aire más resuelto y se encamina hacia el resto de sus amigos, sin percatarse de la sombra que acecha a espaldas de Cody.

–Tai –el nombre del líder detiene al grupo entero en mitad de la pasarela, dejando a Sora y a Matt a pocos segundos de entrar en el primero de los despachos del ala este de la primera planta y con el grupo dando la espalda por completo a toda la parte sur de la misma–. Chicos, he tenido una idea. Joe, la sombra que viste, ¿era de apariencia humana?

–Pues… Pues sí, parecía humana, lo que os decía, era alta y…

–¿Tenía algo extraño en su silueta?

–¿Algo extraño como qué, Izzy? No entiendo a dónde quieres llegar.

–No te preocupes Tai, ahora lo verás. Piensa, Joe, ¿no notaste nada en su silueta como pantalones muy anchos, botas altas o una especie de abanico detrás de la cabeza?

–¿Abanicos? Izzy, ¿te has terminado de volver loco? –Lo cierto es que no solo Tai mira al joven como si hubiera perdido todo sentido en algún punto entre el suelo y la primera planta.

–A ver chicos, pensad, ¿Quién puede estar haciéndonos esto? –Ahí vienen, las teorías de la conspiración son mi parte favorita después del dulce, dulce derramamiento de sangre. Nunca son ciertas, pero suelen ser de lo más original que puedo escuchar aquí–. Desde luego el orden no es casual. Sí, sigue un esquema de oportunidad, pero no sería la primera vez que vemos algo que no es lo que parece, ¿verdad? Vale, ahora quiero que os concentréis en pensar cuál de todos nuestros enemigos no ha muerto tras enfrentarse a nosotros.

Un aura de reflexión invade al grupo al mismo tiempo que otro poco de sangre se derrama sobre el suelo de la segunda planta, frente a la escalera sur que baja a la primera planta. Y hablando de sangre, ¿nuestros queridos amigos acaban de confesar que en un pasado han asesinado a enemigos? ¿Quiénes son estos humanos?

–No lo sé, Izzy, hace demasiados años que ocurrió la última aventura, no estoy seguro, creo que derrotamos a todos. Ken es el único que ha tenido oportunidad de volverse bueno –tal vez los juzgué mal al principio, hasta el joven conciliador de aspecto amable y tendencia a desfallecerse parece tener un pasado oscuro en este grupo–. Y sigo sin entender qué rayos tiene que ver eso con lo que está ocurriendo –de manera bastante perceptible puede verse cómo Tai está tratando de no asfixiar ahí mismo a su amigo por, seguramente creer, que les hace perder el tiempo, mientras que los demás siguen a medio caballo entre pensar en lo que está diciendo Izzy y observar la discusión.

–Sobre eso, ¿nadie se ha fijado en que Kari se puso enferma justo cuando entró en este sitio? –A su lado, apoyado en la barandilla, Joe traga saliva, aunque parece que nadie ha llegado a oírle, todos están concentrados en sus propios pensamientos, en Izzy, o en Tai–. Me he puesto a darle vueltas y desde que llegamos no había dado signos de estar enferma, ni siquiera esta tarde, pero cuando entró aquí, de pronto, estaba enferma y ahora hay alguien que nos quiere matar. ¿Véis la conexión?

–No, Izzy, no te sigo. ¿A qué demonios te refieres?

–Piedmon, Tai, hablo de Piedmon. El psicópata que HolyAngemon mandó al reino de la oscuridad. Qué casualidad que Kari, precisamente Kari, se ponga enferma al entrar aquí, un lugar en el que nos han acabado masacrando poco a poco –no tengo la más remota idea de quién es ese dichoso Piedmon, pero parece el tipo de humano que me caería bien, por muy extraño y estúpido que suene su nombre–. ¿No lo entendéis? Aquí está claro que hay algo oscuro, tanto que afectó a Kari a nivel físico. Si hasta Ken, que es la otra persona más sensible a la oscuridad de todos nosotros, está sin sentido por segunda vez en toda la noche. Pensadlo, ir primero a por Kari y dejarla en esa posición, como si hubiéramos perdido a nuestra salvadora, a la niña que todos protegimos aquella vez –el rostro de Joe se contrae en una mueca al mirar hacia otro lado y ver la barandilla al sur, detrás del resto del grupo, automáticamente mira a los demás, deteniéndose en Izzy y dándose cuenta de que, por mucho que grite, nadie le hará el menor caso, así que se decide a salir corriendo hacia las escaleras que le llevan a la planta baja–. Luego Davis que, por lo último que gritó antes de caer, yo diría que fue engañado con trucos de magia y espejismos. Y ahora Mimi, que ni siquiera se enfrentó a él directamente aquel día. Estoy seguro que Yolei, Cody y Ken son los siguientes, así solo quedaremos los que de verdad nos enfrentamos a él –Ante la mención de su amigo y su novio, Yolei empieza a buscar al primero de ellos con la mirada entre el grupo, pero no está ahí y eso no implica nada bueno.

–Chicos… –El color muda de su cara, ya de por sí pálida, al darse cuenta de todo lo que implica lo que está a punto de decir–. ¿Dónde está Cody?
 

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CAPÍTULO 6: CODY






–¡Cody, aguanta! –El grito de Joe hace que todos se giren a tiempo para verle llegar a la pasarela del primer piso sur.

Antes de proseguir, creo que es de recibo aclararles un par de asuntos, mis queridos lectores. ¿Cómo? ¿Quieren saber qué ocurre y que me deje de aclaraciones que no interesan? Bueno, para saber qué ocurre, deberán saber este par de detalles para no perderse dentro de la narración, lo hago por su bien. En cada publicación he ido añadiendo un pequeño mapa en el que se aclara la disposición de cada planta para que sepan ustedes exactamente dónde y cómo ocurren todas las cosas. Iré haciendo añadidos asiduamente, así que os invito a comprobar cada vez que lean las fotografías añadidas al inicio de los capítulos. La planta baja es rectangular y bastante extensa. El segundo detalle son los seis metros que separan la planta baja con las pasarelas de la planta intermedia, suficientes para Davis, pero demasiados para Cody.

¿A cuento de qué esta última aclaración? Pues bien, porque nuestro querido niño, Cody, lucha contra la gravedad pataleando mientras cuelga de una soga atada a su cuello y que le hace colgar del extremo de la pasarela sur, justo frente a nuestro grupo favorito de adolescentes, pero, aun así, separado de ellos por un abismo de cinco metros de ancho y seis de alto.

Para remate de males, sus pies cuelgan a más de tres metros de altura y la cuerda de la que cuelga mide más de un metro, por lo que es imposible que sus amigos lleguen a él a menos que tiren de la propia cuerda, apretando aún más el nudo que asfixia sin piedad al joven. Es una pésima situación para medir un metro y medio.

En la pasarela norte, Sora, Matt y Tai empiezan a correr hacia las escaleras al mismo tiempo que asumen la situación y Joe se agacha en la pasarela correspondiente, para tender un brazo insuficientemente largo hacia su amigo. Aún en la pasarela norte, Yolei contempla por unos segundos el cimbreante cuerpo del joven antes de reaccionar chillándole que se agarre de la mano de Joe. A su espalda, Izzy se bloquea mientras sus ojos se ausentan, repitiendo la conversación anterior a la desaparición de Cody. TK se gira hacia Izzy, buscando un apoyo a quien dejarle el cuerpo de Ken para ir a ayudar a Cody, pero nadie se da cuenta y él queda dando vueltas de un lado para otro hasta que se decide a entrar en el segundo despacho que hay en esa pasarela y dejar a Ken allí, tumbado, antes de salir corriendo, sin querer mirar más allá del suelo, ya que era la misma en la que habían descubierto el cuerpo mutilado de Kari.

En la pasarela sur, las zancadas de Tai, Sora y Matt hacen temblar el suelo de hierro mientras corren hacia Joe, que no desiste en gritar a Cody que le coja la mano, por supuesto, sin ningún resultado, ya que, si Cody saca sus dedos del hueco que ha abierto entre la soga y su cuello, le apretará tanto que terminará de asfixiarse, si es que no lo hace la sangre antes. Porque sí, un chorro de sangre inunda la barbilla y el cuello del muchacho, empapando la soga que le cubre la nuez, y el cuello de la camiseta de manga corta.

Matt, Tai y Sora aparecen al lado de Joe al mismo tiempo que TK llega debajo de Cody, en la planta baja, me pregunto qué estarán pensando…

–¡Tai! –Desde abajo, TK señala el nudo que ata la cuerda a la barandilla, sobre la cabeza de Joe, que permanece tumbado en el suelo y con el brazo colgando, intentando llegar a su amigo. Acto seguido hace un gesto hacia sí, como pidiendo que le lancen algo.

–Lo sé TK. Joe, levanta, no te preocupes, nos encargamos nosotros. ¡Cody, necesito que dejes de dar patadas. Como no podemos llegar a ti, voy a soltar el nudo aquí arriba y TK te cogerá, aguanta un poco! –Los pies de Cody dejan de agitarse en el aire en busca de un agarre que alivie la presión de su garganta, mientras unas burbujas borbotean en la sangre que inunda su boca abierta, haciendo que otro gran chorro se derrame por su barbilla y cuello. Ojalá llegara hasta el suelo.


Las manos de Tai se deslizan sobre el nudo, se mueven, se doblan y no ocurre absolutamente nada, ni un milímetro consigue aflojar la fuerza del lazo mientras los minutos pasan. Matt se lleva a Joe hacia las escaleras mientras TK y Sora miran expectantes a Tai. Bajo sus pies, Cody abre la boca de nuevo y una cascada de dulce sangre se desperdicia sobre el pecho de su camiseta en un intento de articular palabras que solo salen de su garganta como quejidos ininteligibles. Se está ahogando en su propia sangre. Tai pierde los nervios y ataca la cuerda con los dientes, intentando tirar con ellos de la cuerda con más acierto que sus dedos. A su espalda, los nervios de Sora también alcanzan el punto de ebullición y coge al joven por los hombros, para apartarlo del nudo y probar con sus dedos.


En la pasarela norte, Yolei tiene la mitad del cuerpo sacada por encima de la barandilla, inclinada con los nervios a flor de piel y gritando, por encima de los quejidos de Cody, para que Tai y Sora se den prisa. Tras ella, Izzy derrama lágrimas, consciente de que, otra vez, ha dejado morir a un amigo, pero sin ser capaz de reaccionar. Inconscientemente echa un último vistazo a sus amigos para ver cómo Sora se rompe una uña contra la cuerda y Cody vuelve a escupir una catarata de sangre sobre su pecho. Algo hace click en su cabeza y el rostro se le ilumina ante una nueva esperanza, que le hace girar su cuerpo hacia la puerta del despacho en el que TK había dejado a Ken a todo correr hacía apenas un minuto. El mismo despacho en el que todavía estaban las cadenas y, sobretodo, los ganchos que mutilaban el cuerpo de Kari y que eran mucho más afilados que los dientes y más fuertes que las uñas.

Con la fuerza de un huracán la puerta se abre y entra en la habitación en el mismo momento en el que se escucha un estruendo tremendo que agita paredes y suelo cercanos, seguido de una explosión de dulce, dulce sangre caliente, viva… y un grito que evoca a las primeras horas de esta larga noche. Izzy, en la habitación, se petrifica y la puerta se cierra tras él. Fuera de ahí, todos se giran hacia las escaleras del sur.

–¡Chicos…! ¡Venid ya! –La voz de Joe rompe el aire y el tiempo se congela para todos. Cody se debate sobre el fino hilo que separa respirar de morir asfixiado en su propia sangre. Solo espero que, cuando muera, lo descuelguen, no soportaría que esa sangre se desperdicie colgada en el aire.

Sora mira a Tai, suplicante porque ocupe su puesto y la deje correr al lado de Matt. Pero él le susurra unos pocos ánimos para que salve a Cody justo antes de echar a correr hacia la escalera; será el mejor líder de este grupo, pero en cuanto a los sentimientos de los demás no es ningún lince y Sora es demasiado lista. Matt y Joe fueron a la escalera, pero solo se oye gritar al segundo. La chica no aparta los dedos de la cuerda, que no cede ni un milímetro, pero sus ojos se desvían hacia TK, que asiente con el miedo y la comprensión impresos en los ojos y sale corriendo.


Acto seguido, Sora levanta la vista hacia la pasarela norte y grita a Yolei que baje para recoger a Cody cuando caiga. Pero la chica no responde, sus ojos, cansados, se fijan solo en el cuerpo colgante de Cody, cuyos brazos se descuelgan, lánguidos a sus costados. El joven de apenas trece años cuelga de la soga con la cara hinchada y los ojos extremadamente abiertos, como si se le fueran a salir de las órbitas; la sangre todavía cae en un incesante chorro por la comisura de los labios de su boca, abierta en exceso en busca de una última bocanada de aire que nunca llega. El espectáculo es grotescamente atractivo, ha peleado hasta el último instante, de hecho ha aguantado más que la mayoría de los ahorcados que he llegado a ver, hombres fuertes a los que se les rompía el cuello en la primera caída o que lloraban y suplicaban hasta la extenuación cuando eso no ocurría. Sin embargo él no ha soltado ni una palabra, aunque, para ser justos, tampoco habría podido; por si se lo están preguntando, la sangre viene de lo más profundo de su garganta, la sombra se ha asegurado de que no podría decir ni una palabra, si se salvaba. Le arrancó la lengua antes de colgarlo.

–Yolie.

–Yolie.

–¡Yolie! ¡Mírame por favor! –El grito de Sora parece que la despierta un poco de su sopor y hace que separe la mirada de su colgante amigo y la mire a ella–. No te preocupes, quédate con Izzy y Ken, voy enseguida.
 

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CAPÍTULO 7: MATT





Sora le dedica una última sonrisa y se gira, sin mirar el cuerpo colgante a sus pies, para correr hacia las escaleras del sur. Cuando llega a estas se encuentra con su propia definición de horror personificada. Matt yace en el suelo, bocabajo. Al lado de su cabeza, Joe se sujeta la suya con ambas manos sentado en el suelo, el cristal izquierdo de sus gafas luce agrietado entre sus dedos. Y, a corta distancia de él, Tai abraza a un desconsolado TK, que no para de empujar contra él, intentando con todas sus fuerzas agacharse y probar, de nuevo, a quitar el pesadísimo trozo de hormigón que, hace apenas unos minutos, dejó su lugar en el techo, para ocuparlo justo encima del torso de Matt.

–Chicos, Cody ha… –La noticia de la muerte de Cody, paradójicamente, muere en la garganta de Sora al mismo tiempo que su piel muda de color hasta parecer un fantasma a la luz de la linterna de Matt, que la alumbra directamente desde el suelo. Pero ella no se detiene en la entrada a las escaleras, sino que sigue andando. El charco de la dulcísima sangre, ya viscosa, convierte la planta de sus zapatillas deportivas en pegajosa cuando se acerca a la mole de hormigón y a Joe. TK para de forcejear con Tai y la mira con el rostro enrojecido y las lágrimas bañando sus mejillas.

–Sora… Por favor, dile a Tai que no es tarde, que queda esperanza, podemos sacarlo de ahí entre los cuatro. Por favor, Sora, ayudame. Podemos salvarle, podemos…

La joven sigue avanzando sin prestar atención a los dos chicos hasta que se detiene junto a la cabeza sobresaliente de su amado, al lado de Joe.

–Joe, necesito que me lo digas, ¿qué ha pasado? –La voz de la joven acalla las súplicas de TK si necesidad de nada más.
Lo que lo calla es el sonido de estas, es impersonal, sus palabras pretenden ser amorosas y tranquilizadoras, pero están vacías. El tono, las palabras, hasta yo sé que son falsas y carezco de la capacidad de hablar.


–No… No lo sé. Sora… Yo … Íbamos a bajar con TK para ayudarle a coger a Cody, de pronto sonó un ruido, los dos miramos hacia arriba… Venía a mi cabeza, me gritó que me apartara pero yo… No sé… No sé… No sé… –La respiración del médico se va acelerando por segundos hasta que el chico comienza a hiperventilar.

–Tranquilo, lo estás haciendo muy bien, no te preocupes. Respira, ¿vale? No pasa nada –agachada en cuclillas a su lado, la joven adquiere la expresión de una madre amorosa que resultaría enternecedora si no fuera porque está vacía: sus ojos están ausentes, sus palabras huecas y no hace ni un intento de tocar a su amigo, que poco a poco va recuperando su respiración–. Ya está, sigue, no te preocupes.
–Lo siento. Lo siento mucho, Sora, de verdad, perdoname… –Las lágrimas y los mocos recorren la enrojecida cara del joven mientras pretende mantener su respiración a duras penas y trata de mirar directamente a su amiga a través del vaho que empaña sus gafas–. Joe, no pasa nada. De verdad, estás perdonado. Sigue con lo que estabas diciendo –me resulta asombroso que las palabras de la chica tengan algún efecto en él, teniendo en cuenta que las podría estar diciendo la piedra que Matt insiste en llevar a cuestas...

–Pues… Pues… Yo estaba quieto, mirando cómo la roca se me venía encima, no podía parar de mirar… –Sus ojos se vuelven hacia el techo, en el cual ahora existe un precioso agujero que da a la oscuridad del segundo piso, aunque eso ellos no lo saben...– Pensé que iba a morir, pero él… Matt… –El nombre estremece a todos por igual y la mirada vacía de Sora se desvía hacia los ojos lechosos del joven, que miran algún punto detrás de ella–. Él me empujó contra la pared... Me golpee la cabeza contra el suelo y, cuando me giré, estaba así… Ha sido mi culpa Sora, es todo mi culpa… –Mientras que los ojos de Sora y TK son incapaces de mirar a otra cosa que no sea Matt, Joe vuelve a enterrar su cara entre sus manos, y Tai mira al agujero para pasar, después, a la pared al lado de Joe, donde unos pocos ladrillos movidos dejan suficiente espacio para pasar a la oscuridad al otro lado y, aunque él no sabe qué se esconde detrás de la pared falsa, puedo ver que intuye que algo se esconde.

–No, Joe, no es tu culpa –la mirada de Tai está en otra parte y repite las palabras que han sonado en su cabeza en piloto automático, pero aún así no están vacías como las de Sora.

–Tai, tú no lo entiendes. No lo entiendes, todo es mi culpa… –La mirada de Joe no sale de sus propias manos y no se da cuenta de que su amigo tampoco le está mirando a él.

En el otro extremo, Izzy sale de la misma habitación en la que entró a buscar los ganchos con el corazón latiendo a tal velocidad que casi puedo oír su sangre saliendo de él con cada latido. El joven se lanza con ojos enloquecidos hacia una Yolei deshecha que llora todavía la muerte de Cody y le pide con rápidas palabras, que a ella se le hacen incomprensibles, que entre en la habitación y se quede con Ken. Acto seguido, el chico comienza a correr por la pasarela entre gritos, tan acelerado que no llega a ver la sombra que se cierne sobre él al principio de las escaleras.


–¡Chicos, lo tengo! ¡No es Piedmon! ¡No es nadie a quien nos hayamos enfrentado! ¡Sé exáctamente quién nos está haciendo esto! ¡Lo sé! ¡Está todo en…

Primero son unas gotas resbalando por su nuca y sigue con una explosión de sangre saliendo por su frente abierta al paso de un hierro cilíndrico que abre un agujero en su cabeza de parte a parte. Tanto es así que si alguien mirara a través de el hierro, podría ver nítidamente a la sombra al otro lado, entre sus finas paredes, aunque son lo suficientemente fuertes como para atravesar el cráneo de Izzy mientras este baja los dos últimos peldaños del primer tramo de escaleras.


Su cuerpo consigue dar los últimos pasos por inercia, pero cuando la sombra suelta el hierro, el cuerpo de Izzy se derrumba sobre el descansillo de las escaleras al norte.

Yolei, que se ha limitado a mirarle en su carrera sin moverse del suelo de la pasarela, se levanta y se lanza contra la barandilla; alargando un brazo sin fuerza hacia Izzy, como si quisiera salvarlo, pero sabiendo que no puede hacer nada. La inercia del movimiento marea su mente y el brazo extendido cae hacia la barandilla para apoyarse, justo en frente de la puerta que Izzy había dejado entreabierta. Un grito quebrado y débil es lanzado por sus cuerdas vocales en un intento de pronunciar el nombre de su amigo.

En la escalera sur todos se giran hacia el tramo de escaleras que dan a la planta baja al oír los gritos de Izzy y Yolei. Tai mira a los amigos que todavía le quedan vivos y sale corriendo mientras grita el nombre de Izzy. Joe ha parado de gimotear y mira con los ojos abiertos de par en par hacia las escaleras con la mirada inmersa en el horror, paralizado de nuevo. Sora se levanta de inmediato como un resorte. Conozco la mirada que tiene, perdida, vacía… Ya ha perdido mucho pero cree que no es el momento para derrumbarse, cree que tiene que poder con esto. Si hubiera visto a tantos hacer eso y fracasar, como he hecho yo, se derrumbaría como está haciendo Joe y no perdería el tiempo que le queda de vida en una fortaleza impostada. No dudo en lo absoluto de lo fuerte que puede ser, pero vamos, han muerto cuatro amigos ante sus ojos, más su pareja y un quinto amigo que todavía no ha visto; eso podría derrumbar muros de diamante, pero ella intentará mantenerse en pie. Veremos cuánto aguanta en su pantomima.


Con un andar casi robótico, se acerca a TK y lo abraza con el brazo izquierdo para llevárselo escaleras abajo, siguiendo los talones de Tai. Antes de bajar el último escalón desvía la mirada hacia su espalda, Matt le devuelve la mirada blanca y muerta, pero a su lado, Joe ha desaparecido. La joven acelera el paso hacia Tai, que se ha parado en mitad de la planta baja y alterna la mirada entre el cuerpo colgante e inmóvil de Cody y el cuerpo de Izzy, que yace completamente tumbado en el suelo, pero con la cabeza levantada del suelo gracias al hierro, que todavía le atraviesa el cráneo.

–Tai… –De nuevo, la noticia que Sora intentaba llevar a su amigo muere antes de ser expresada ante la visión de Izzy.

–No… –TK deja escapar el monosílabo en un suspiro lastimero antes de mirar hacia Yolei, que tiene el aspecto demacrado de quien ha perdido la fuerza y la esperanza. Es la derrota de quien ha estado completamente convencido de algo y ve cómo eso mismo se derrumba como un castillo de naipes, una inocencia perdida en favor de nuestro queridísimo festival de sangre.
 

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Aquí les dejo otro capítulo de mi humilde narración, mi respetable público. Les recuerdo que pueden contestar tranquilamente sus alabanzas, quejas o repulsiones ante mi escrito en cualquier momento, estaré en perfecta disposición de contestarles a la mayor brevedad.

Que sigan disfrutando y un saludo de esta humilde narrador.
 

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CAPÍTULO 8: YOLEI







–¡Yolei! ¡¿Lo has visto?! ¡¿Has visto que ha pasado?! –La chica mira a Tai a los ojos negando con la cabeza, su boca está abierta pero de ella no sale ningún sonido. A su espalda la puerta de la habitación se abre un poco más en silencio. De pronto, en una de las negativas, sus ojos se posan en una sombra recortada contra el haz de luz de la linterna de Matt, que queda de pie entre la escalera y la pasarela sur, con un mareo creciente, Yolei eleva su brazo derecho hacia la sombra justo antes de que esta desaparezca, haciendo que todos se giren a mirar en esa dirección, sin llegar a ver nada, ni siquiera, el brazo que sale como una exhalación de la puerta a la espalda de Yolei y la coje del cuello de la blusa que lleva para arrastrarla hacia el interior de la habitación entre gritos y un portazo.

El escándalo hace que los tres jóvenes se giren hacia el espacio vacío que hace unos momentos ocupaba su amiga. Al otro lado de la puerta, Yolei se debate por gritar tras la mano, muy sólida, de la sombra cuando siente su otra mano detrás de su propia cabeza.
Entonces comprende, es su turno y no hay forma de escapar, el agarre férreo de esas manos no le dejarán escapar en la oscuridad. En un segundo, Yolei patea el espacio ante ella y golpea varias veces a Ken con el pie, sus ojos rotan hacia donde ha sentido el cuerpo del joven justo antes de que la sombra obligue a su cabeza a girar más allá de lo que sus huesos permiten para mantenerse viva. Su cuello se rompe con un sonoro chasquido para caer, inmediatamente después, encima del cuerpo de Ken, que yace todavía inconsciente en el suelo.

De vuelta con los otros tres chicos que aún respiran, Tai sube el segundo tramo de escaleras gritando el nombre de Yolei, Sora le sigue apenas un par de escalones por detrás y TK simplemente cae de rodillas en el descansillo, mirando el cadáver de Izzy. Después se gira y mira la estampa: al fondo están las escaleras del sur, en las que sabe positivamente que está su hermano, aplastado contra el suelo; después está Cody, colgando en la soga, sus pies se agitan de forma tétrica movidos por alguna corriente de aire que nadie nota o, tal vez, es el rastro que ha dejado todo su forcejeo por vivir; más cerca está el cadáver de Davis, que yace estampado de una manera grotescamente deliciosa, con su cabeza reducida a una pulpa viscosa y sanguinolenta; la más cercana es Mimi, con un charco de dulce sangre ennegrecida que la rodea por detrás; y, por último, está Izzy, ahora a su espalda , con el cráneo atravesado de atrás hacia delante y el cuerpo descansando en una posición que, de haber estado vivo, seguro le habría resultado incómoda.

La imagen que componen sus amigos resulta escalofriante y desesperanzadora. El cansancio abruma los ojos de TK al mismo tiempo que sus rodillas fallan y cae sobre ellas al suelo. Sí, el salvajismo de antes lo ha abandonado a su suerte, dejándole carente de fuerzas hasta para mantenerse en pie. Con ojos llorosos, el joven levanta la vista hacia los pocos amigos vivos que le quedaron, en el mismo momento en el que Tai abre la puerta de la habitación de Kari de una patada.


El golpe hace que la cerradura se rompa y la madera, con más tiempo del que me gustaría admitir, se entreabre para chocar con algo en el interior del antiguo despacho. El golpe sordo de la puerta al impactar con lo que quiera que está al otro lado, hace que tanto como Tai, como Sora se estremezcan. El haz de luz de la linterna de Sora ilumina las tinieblas al otro lado del pequeño espacio que ha dejado la puerta al abrirse, en el suelo relucen unos cuantos mechones de pelo castaño de Kari y uno de los pies de Yolei envuelto en una fresca sandalia de tiras rojas y verdes.

Tranquilos, no está cercenado, pero si en una posición que implica que ella está tumbada bocabajo y que es más que probable que sea su cabeza lo que hace tope con la puerta. El poco color que quedaba en el rostro de Tai le abandona para empezar a tener el mismo que tiene Sora desde que vio a su amorcito espachurrado contra el suelo.

En una sola mirada ambos amigos se entienden a la perfección y Tai se pone en movimiento para pasar a través del hueco de la puerta mientras Sora intenta iluminar la habitación lo mejor que puede con el cuerpo de Tai metiéndose en medio del haz de luz en todo momento.
Al otro lado de la puerta, Tai contempla la estampa con la luz de su propia linterna; el cuerpo de Ken yace en el suelo a cierta distancia entre el de Kari y la puerta, pero, como ya habíamos supuesto, no es su cuerpo lo que entorpece el paso de esta última. El cadáver de Yolei yace tumbado sobre el pecho de Ken, que se esfuerza por seguir respirando. La madera de la puerta tiembla contra su cabeza, girada en un ángulo imposible que le permitiría ver el techo de haber seguido con vida, lo extraño de todo esto es que el resto de su cuerpo, sigue bocabajo.

Desgraciadamente partirle el cuello a un humano no me satisface en absoluto, no derrama sangre y yo la necesito. La sombra no solo se está divirtiendo a costa de nuestros queridos jóvenes; y eso me enfada, mucho.


La luz de Tai tiembla en su mano mientras contembla la cara desencajada, tanto del cuello como de gesto, de Yolei. Solo, rodeado de la penumbra y con solo su propia luz para iluminar lo que le rodea, parece que flaquea. Su mirada se permite desviarse hasta su hermana y luego vuelve a Yolei. Las rodillas le fallan y sus ojos se llenan de lágrimas.

–Joe se equivoca –el joven deja que la lágrimas le recorran el rostro mientras se lo sujeta con ambas manos mientras susurra incoherencias por el shock, tranquilo amigo mío, torres más fuertes que tú se han derrumbado entre estas paredes–. He sido yo. Os he matado a todos –la dulce, dulce culpa infundada por el simple hecho de haber sobrevivido–. Yo y mi maldito orgullo. ¿Qué me costaba admitir que iba a decir que lo mejor de estar aquí era la comida? ¿En qué momento me dejé llevar por la manía de no darle la razón a Matt? ¿En qué maldito momento miré aquí? ¿Por qué tuve…?

–¿Tai? –La voz de Sora rompe el festival de autocomplacencia y culpabilidad infundada en el que Tai trata de ahogarse y le despierta de la ensoñación de cuerpos sin vida en la que se ha sumido–. Tai, ¿ves algo? ¿Está… Está Yolei bien?

Mientras se incorpora, la mirada del joven vuelve al rostro de su difunta amiga y observa su expresión retorcida en un último grito ahogado e infinito.

–No –el monosílabo sale de Tai como un disparo, sin casi esfuerzo y absolutamente devastador para Sora, que cierra los ojos y se obliga a respirar cuando le impacta en lo más profundo de su alma.


Con un esfuerzo que parece sobrepasarle en demasiados sentidos, el joven se acerca a Yolei, le da la vuelta para que su cuerpo quede mirando al techo y la coge en brazos con la intención de moverla fuera del tétrico abrazo en el que había aprisionado el cuerpo durmiente de Ken. En todo el proceso, el joven es acompañado por una sinfonía de crujidos y sonidos propios de los huesos que raspan, chocan y friccionan entre sí; lo propio de un cuello roto.

Cuando el cadáver de Yolei yace junto a Kari y la cruda tarea de Tai ha concluido. Este coge en brazos al mismísimo Ken y abre la puerta con el pie, apareciendo ante Sora como un fantasma de tez pálida y ojos hundidos.

–Salgamos de aquí –como si os fuera a resultar tan fácil.


Sin cruzar palabra, ambos bajan las escaleras y recogen a TK, que seguía agachado de espaldas al cadáver de Izzy, para llegar al círculo de linternas y sacos de dormir que organizaron hace unas pocas horas, cuando todos respiraban. Tai deja a Ken tumbado encima del saco más alejado del cadáver estrellado de Davis, que reposa unos pocos metros al sur de su pequeño campamento. Al incorporarse, el joven y agotado líder mira a su grupo y se da cuenta, son cuatro, pero deberían ser cinco.

–¿Dónde está Joe? –La pregunta es pronunciada con un pequeño silencio entre cada palabra, completamente consciente de que fue lo último que dijo Yolei antes de que descubrieran a Cody colgando de la soga, tal y como se encuentra a su espalda.


Desde el suelo, TK le devuelve la mirada, rendido a las circunstancias y con su cerebro aceptando que ha perdido a otro amigo más; mientras que Sora se lleva las manos a la boca mirando fijamente las escaleras al sur.

–Es verdad, Tai, Joe desapareció. Antes, cuando bajábamos las escaleras, miré hacia atrás y ya no estaba. Simplemente se esfumó –los tres quedan quietos, esperando. No entiendo a qué esperan hasta que Tai y Sora se giran hacia TK. Por supuesto, ahora lo entiendo: el joven es el esperanzador del grupo, por eso tuvo aquel momento tan lamentable tras saber sobre la muerte de Kari.


Y ahora sus dos amigos esperan que se levante y les dé ánimos para ir a buscar a su amigo desaparecido, que tire de ellos para salvarlo. Pero el joven sigue quieto, con la vista clavada en Tai, suplicando con la mirada que acabe con todo el sufrimiento de esta noche.
Más quisiera él que esto acabara aquí.

En una rápida mirada, Tai y Sora se lo dicen todo, no pueden mover más a Ken, hay que despertarlo, pero también hay que ir a por Joe. Es hora de separarse. Tras un asentimiento de cabeza, el chico corre hacia las escaleras del sur y ella se inclina sobre el cuerpo de un Ken reacio a responder a estímulos.

–TK, necesito que me ayudes, ven aquí –tras una última mirada a Tai y con una cara que me indica, sin lugar a dudas, que se está preguntando si su amigo volverá con vida, TK se gira hacia Sora para ayudarle a despertar a Ken.
 

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weno weno como siempre amigo, aunque te debo confesar que me pierdo un poco cuando explicas mucho las ubicaciones de los cuerpos, pero el relato en general sigue siendo tétrico y de mi entero gusto , solo falta esperar a que reveles los que habria descubierto izzy !
 

Cuentacuentos Oscuro
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weno weno como siempre amigo, aunque te debo confesar que me pierdo un poco cuando explicas mucho las ubicaciones de los cuerpos, pero el relato en general sigue siendo tétrico y de mi entero gusto , solo falta esperar a que reveles los que habria descubierto izzy !

Jajajaja me alegra que disfrutes de mi pequeño relato, por supuesto, cualquier falla de mi narrativa la puedo resolver con posterioridad y resolverte cualquier duda. Sí es cierto que con el paso del tiempo me he ido dando cuenta sobre cuán enrrebesadas y caóticas resultan mis descripciones, pido disculpas ante ustedes, los repetables, por ello.

En cuanto a las palabras de Izzy, se quedarán para siempre en el olvido que supone su propia muerte, sin embargo, me hago una ligera idea de lo que trataba de decir; para saberlo tedrán que esperar unos pocos capítulos más.

Un saludo, mi querido amigo.
 

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CAPÍTULO 9: JOE






Sin la presión de las miradas de sus amigos, Tai sube el último tramo de escaleras para llegar al piso intermedio, temblando como una hoja otoñal que se resiste a su natural caída. Cuando llega, se encuentra de frente con la lechosa mirada de Matt y se mortifica mirándole fijamente durante más tiempo del necesario. Al cabo de unos segundos, el joven suelta un suspiro y mira el haz de luz que la linterna de su amigo desgarra en la oscuridad, directamente hacia el espacio vacío que hay más allá de la barandilla, justo encima de la planta baja,donde descansan el resto de sus amigos; tanto los que respiran, como los que no.

Cuando vuelve la mirada al cadáver de Matt, sus pies se mueven como si pesaran lo indecible, al llegar a su lado, sus rodillas fallan y Tai cae derrotado junto a la cabeza de su amigo, el pelo rubio del cadáver hace un pequeño ademán de moverse, pero apenas lo revuelve más de lo que lo consiguió su muerte. Las primeras lágrimas se derraman hasta sus pantalones y el chico levanta la mano en lo que yo creo que va a terminar en una caricia. Pero, en vez de eso, el chico deja caer la mano en una bofetada que apenas mueve la cabeza, inerte, contra el suelo. Y, como si de un saco de boxeo se tratara, repite el proceso, tomando la mejilla derecha de Matt como objetivo de toda la tensión que ha sufrido esta noche; bofetada tras bofetada.

–Me has dejado solo
–bofetada–. Egoísta de mierda –bofetada–. Deberías estar aquí ayudándome –bofetada–. Eres un estúpido –bofetada–. Me has dejado solo –bofetada–. ¿No podías tirar a Joe y apartarte? –Bofetada– ¿Tenías que morir aquí? –Bofetada– ¿Tenías que abandonarme y que me encargara yo de sacarlos? –Bofetada– Como me maten, te pienso encontrar y sacudiré a tu fantasma como te estoy sacudiendo a ti, desgraciado –bofetada–. Te odio, Yamato Ishida –bofetada–. Me has dejado solo para siempre –bofetada–. ¿Cómo quieres que los saque yo solo de aquí? –Bofetada– Estúpido –bofetada–. Eres un tonto idiota –bofetada–.

He de decir que ensañarse con un cadáver nunca me ha parecido de recibo, máxime, siendo el de un amigo. Pero por sus palabras diría que la impotencia y el dolor hablan y actúan por Tai esta vez. Sin embargo, esta truculenta escena no dura para siempre. De pronto, unos pasos acelerados rompen con el macabro hipnotismo que la cara de Matt había atraído sobre Tai. Los pasos suenan como los de alguien que baja unas escaleras metálicas a toda prisa, pero las escaleras que conectan los dos pisos de los que Tai tiene conocimiento son de hormigón; así que el joven se levanta desorientado y limpiándose las lágrimas restantes de sus mejillas mientras mira a todas partes en busca del origen de los pasos.


Cuando Tai está a punto de declararse loco y de pensar que los pasos son una alucinación; un cuerpo se estrella contra la pared que hay al lado de las escaleras que conducen a la planta baja. La cual es, exacto, la tapia que cubre las escaleras metálicas que suben a la última planta. Sin embargo, el sonido proviene del lado de la pared contrario al que Tai puede ver, cuestión que deja al chico más confuso de lo que estaba; dejándolo inmóvil ante el sonido de golpes contra la tapia.

Oh, no, no vas a salir de ahí. El hueco que te permitió entrar se cerró a tu paso y no voy a ceder ni un milímetro para que lo reabras.

–¿Dónde demonios está el hueco? –La voz de Joe retumba a través de la tapia y parece despertar a Tai, que ya no se cree tan loco como hacía unos segundos, pero que sigue más confuso de lo que debería estar. Ya ha demostrado no ser ninguna lumbrera, pero de verdad, que no es tan difícil suponer que no es una pared al uso–. ¡¿Dónde ha ido a parar el maldito hueco?! –La voz del pequeño médico suena histérica y aterrada a partes iguales, llegando a ciertos sonidos agudos aleatorios que chirrían en mis tímpanos, si tuviera.

–¿Joe? –Eureka.

–¿Tai? Tai, por favor, ¿eres tú?
–En la oscuridad semiabsoluta detrás de la tapia, la cara de Joe pasa directamente al histerismo al escuchar los primeros pasos de la sombra, que empieza a bajar las escaleras metálicas a su propio, lento y renqueante ritmo.

–¡Joe! –Por fin, Tai hace algo más que mirar los ladrillos desnudos de la pared y corre como un condenado hacia ellos, buscando un hueco en el que ver a su amigo. Por un segundo creí que se iba a quedar quieto oyendo como la sombra masacraba a su amigo, la verdad. No sería la primera vez que veo a alguien paralizarse en un momento así.

–¡Tai! ¡Tai, por favor, sácame de aquí! ¡Ya viene! ¡Tai, por favor!

–¡¿Cómo has acabado ahí dentro, Joe?!

–Había un agujero, abajo a tu derecha, entré por ahí cuando bajasteis. ¡Deja de hablar y sácame de aquí!

–Joe, aquí no hay ningún agujero, todo está lleno de ladrillos…
–Por supuesto, de eso ya me encargo yo. Aquí no se salva ni se muere nadie sin mi permiso.

–¡Tiene que estar en alguna parte! ¡Te juro que pasé por él hace un minuto! –Los niveles de histeria a los que llega este chico son asombrosos, parece en todo momento a punto de colapsar, pero a la vez creo que es su estado predilecto–. ¡Por favor, Tai, sácame de aquí!

–Joe, por favor, tranquilizate, vas a salir de ahí
–más quisieran ellos–. Date la vuelta y corre en otra dirección, te encontraremos.

–¡No hay otra dirección, Tai! ¡Solo hay unas escaleras y la sombra está en ellas! ¡POR FAVOR!


El joven pierde la poca compostura que le quedaba y se desquita a puñetazos contra los ladrillos mientras, al otro lado, Tai busca desesperado un hueco para sacar a su amigo; un ladrillo suelto quizá, lástima que yo no haya dejado ninguno. En la oscuridad que le rodea, Joe cae al suelo con los nudillos sangrando, sin fuerzas ni esperanzas. Su espalda está pegada ahora a los ladrillos que antes castigaba y su mirada se pierde en la escalera, intentando vislumbrar la silueta de la sombra que se le viene encima. Pobre diablo, ni siquiera tiene una linterna para alumbrar su camino: no tiene luz, no tiene esperanza, está perdido, pero en su mirada resplandece un último atisbo de bravura. Inútil.

–Tai, lo siento mucho –su voz cambia, ya no es histeria, por fin ha aceptado mi condena–. Siento todo lo que he hecho esta noche.

–¡¿Pero qué demonios dices?!
–La calma en la voz de su amigo parece despertar del todo a Tai, que enloquece de nervios y empieza a intentar arañar el mortero entre los ladrillos. Una cosa le voy a conceder a este muchacho, es pertinaz–. ¡Joe, vas a salir, aguanta lo que puedas, voy a por ti y pienso partirle la cara a esa maldita ssombra!

–Tai…

–¡No, Joe! ¡Lucha, por tu madre, o yo mismo te partiré la cara después de acabar con la sombra!

–Tai, escuchame…

–¡Te escucharé cuando hayas salido de ahí! ¡Joe, lucha por favor! ¡Por tus padres, por Setsuko, por mi…!
–Las lágrimas resbalan por las mejillas del arrojado joven mientras golpea los ladrillos con las palmas de sus manos, poco a poco va perdiendo la fuerza. Al final es algo que los humanos nunca han aprendido, no sirve de nada toda tu fuerza, todo tu arrojo, si te enfrentas a un muro impenetrable e indolente–. ¡No puedo perder a nadie más, Joe! Lucha, por favor.

–Tai, escucha atentamente…

–¡No!
–Si los humanos aprendieran a cerrar la boca de vez en cuando, al igual que yo, seguramente resolverían puzzles en un cuarto del tiempo que tardan normalmente.

–Tai, para. Tengo a la sombra prácticamente encima, por favor, escúchame –los lloriqueos y gritos de Tai se apagan mientras cae de rodillas y apoya la frente en la pared de ladrillo mientras aprieta los dientes y sus lágrimas empapan su cara. En la oscuridad, su amigo suspira y cierra los ojos, seguramente buscando fuerzas para rebelarse–. Todo lo que ha ocurrido esta noche es mi culpa; todo. Pídele a Sora que te enseñe las agujas de morfina, sabe donde están y –los pasos de la sombra se hacen más cercanos en los últimos peldaños metálicos de la escalera y la voz de Joe se acelera por el miedo–, Tai, saca a los demás de aquí, no dejes que mi error…

El primer golpe del martillo impacta contra la mano y hace que esta golpee la cabeza que pretendía proteger. Joe suelta un gemido y, cuando el dolor llega a su cerebro, un alarido que levanta las cabezas de Sora, TK y Ken; que por fin consigue volver del mundo onírico. Calculo que se habrá roto la mano, ya que uno de sus dedos sobresale de su mano en un ángulo que antes no tenía.

–¡Apártate de mí! –En su desesperación final, pierde toda la determinación que había adquirido momentos antes y se arrastra por el suelo, boca arriba y tratando de no apoyar la mano reventada como apoyo–. ¡Déjame en paz de una vez!

–¡Lucha, Joe, lucha!


Pero en vez de eso, el joven intenta subir las escaleras arrastrandose como puede, hasta que llega a la altura suficiente como para que la sombra pueda agacharse y agarrar de su tobillo derecho justo antes de tirar hacia abajo de él; golpeando su cabeza contra el metal de los escalones. Cuando Joe vuelve a abrir los ojos a través del dolor, siente la presencia de la sombra justo a su lado y tiene tiempo a empezar una frase que, supongo, es una oración antes de que la sombra lance, con todas sus fuerzas, el martillo que posee. Estallando en mil cristales las gafas del joven y aplastando su cráneo contra el bordillo de fatal forma.


La sangre salpica las paredes, la escalera y los ladrillos que les rodean además de las piernas espigadas de la sombra. Que dulce, dulce manjar digno de ser llamado mi propia ambrosía.

Al otro lado de la tapia de ladrillos, Tai chilla una y otra vez el nombre de Joe, animándole a luchar, a pesar de que ya es demasiado tarde.

Los pesados pasos de la sombra suenan en el eco de la escalera y la sangre del joven resbala sobre su pelo, su piel y su cara hacia los escalones que lo aprisionan bajo el martillo, como si del mismísimo Mjolnir se tratase.
 

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CAPÍTULO 10: SORA





En el mundo fuera de este espectáculo, Ken observa horrorizado el campo de cadáveres en el que se ha convertido su alrededor y comienza a temblar de rabia, ira, impotencia y desesperación con su cara contorsionada en una mueca de dolor tan intenso como la de Cody.

Cuando Sora y TK llegan al final de la escalera, en el primer piso, la cara blanqueada de Matt les da la bienvenida que ellos ni quieren, ni miran; y, al volver la cara para no verlo, se encuentran con Tai, que arremete su furia y desesperación a puñetazos contra la tapia de ladrillos.

Bien, creo que va siendo hora de dejar a mis invitados entrever que, a parte de ellos y la sombra, hay algo más: quien ha manejado los hilos desde el mismo principio de esta noche. Yo.
Con el último puñetazo de un Tai sin fuerzas y abrazado por la espalda en un intento de TK por resultar tranquilizador; dejo que los ladrillos de la parte de abajo a la derecha de la tapia se suelten y caigan al suelo con un ruido que desconcierta, asusta y alerta a los tres jóvenes por igual. En la tapia se abre un hueco lo suficientemente grande como para que un humano adulto entre gateando; al otro lado, los niños son capaces de ver un zapato de vestir de color negro, caido del pie en la intentona de huir arrastrándose.

Dos gotas de sangre gotean del último escalón al suelo cercano al zapato y solo TK es capaz de dirigir el haz de luz de su linterna hacia allí y agacharse a observar la grotesca escena que domina los escalones que hay por encima. Detrás suya, Tai entra en pánico e hiperventila en brazos de Sora; que solo es capaz de ver como su amigo colapsa en llanto e intentos de golpearse a sí mismo. Mientras ella mira hacia el rostro ceniciento de Matt, sus ojos preguntan “por qué”.

¿Por qué, qué? Os preguntaréis, mis queridos lectores; bien, dado que no me encuentro dentro de su cabeza, todo lo que puedo deciros es que, entre los grandes éxitos que he llegado a escuchar en estos años se encuentran: “¿Por qué nosotros?” “¿Por qué no estás aquí?” “¿Por qué no morí yo?” “¿Por qué nos castigas así, Dios?” Y un largo etcétera que me niego a relataros por el mero hecho de no entrar en redundancias, repeticiones o reiteraciones innecesarias. Pero creo que con estas ya pueden captar el concepto de los pensamientos que le rondan a una adolescente que se ve obligada a vivir esta grotesca estampa tan magnífica junto a sus amigos.

Pero volvamos a ellos, que, al fin y al cabo, son los verdaderos protagonistas de esta historia. Cuando el ataque de Tai empieza a ser incontrolable y el joven no atiende a razones para dejar su empeño de hacerse todo el daño que le permitan sus extremidades. TK consigue apartar la mirada del cadáver de Joe y acercarse a la pareja, mientras Sora da pequeñas palmadas a la mejilla de Tai, buscando una reacción que no llega.

–¡Vamos a morir! ¡Es mi culpa! ¡Yo los he matado!


Tai se contorsiona en brazos de Sora entre gritos histéricos y aullidos de dolor cuando consigue que un golpe llegue hasta su propio cuerpo. A espaldas de Sora, TK busca fuerzas en el cadáver de su hermano y en los intentos de la joven para despertar a su líder del ataque introspectivo en el que se encuentra, para hacer lo que realmente le va a despertar. Cuando, en las escaleras, aparece el único joven, a parte de ellos, que todavía conforma ese grupo.

En un abrir y cerrar de ojos la mano de Ken impacta contra la mejilla de Tai, cruzándole la cara en el mismo momento en que este alcanzaba a golpear su propio muslo. El joven amable y apacible ha desaparecido y su cara tiene algo distinto: una sombra la recorre haciéndole parecer mayor. Aunque hay algo más, está más recto y hay algo en su postura que le hace parecer altivo.

–¿Ken? –Desde el suelo, Tai mira confuso a su amigo, debatiendo en su interior si de verdad debería creer que ha sido él quién le ha propinado semejante soplamocos. Detrás de Sora, TK permanece de pie mirándole con más miedo que confusión.

–No…

–Sí, pero no el que tu crees, visto que sois incapaces de hacer nada por salvar nuestras vidas, ha llegado la hora de que alguien tome el control como es debido –definitivamente no es mismo joven que había aquí hace unos instantes, ¿qué diantres está ocurriendo?–: vuestros sentimientos os hacen débiles y os hacen perder el tiempo mientras vais muriendo poco a poco. No es que me perturben en exceso vuestras muertes, ya no. Pero eso hace que yo tenga cada vez mayor posibilidad de ser el siguiente. Y eso no es un escenario que me guste –desde luego este joven me gusta mucho más que el conciliador que entró aquí.

–Ken, no tienes que hacer… –Con un simple golpe en la muñeca, Ken aparta la mano que TK había usado para aferrar su hombro, su rostro es un poema de incredulidad, miedo y odio.

–¿No tengo que hacer qué, exactamente? ¿Quedarme quieto viendo como todos mueren y esperar mi turno? ¿Gimotear como un niño hasta que la muerte me arrastre de los pies? Vale que somos los niños elegidos, pero esto es pasarse hasta para vosotros.


¿Elegidos? Sí, este grupo me parece especialmente curioso desde un inicio, pero de ahí a ser "elegidos"... Creo que el cambio en Ken ha traído ciertos delirios de grandeza.

–Eso no es justo, Ken, hemos hecho todo lo que hemos podido… –La cara de incredulidad de TK es un completo poema, sus sentimientos varían en un espectro que abarca desde la confusión más absoluta hasta el odio más intenso.

–Os habéis encogido en una esquina a llorar con las manos en los oídos, pretendiendo que dáis vuestro cien por cien para salvaros. La realidad, TK, es que habéis hecho tanto por detener a la sombra como Gennai por detenerme a mí en su día: esperar y rezar por que alguien os venga a salvar el cuello. La diferencia está en que Yolei, Davis, Izzy, Cody, Mimi, Joe, Matt y Kari no van a resucitar en la Ciudad del Comienzo. Les habéis dejado morir por nada y aún tienes la cara de decirme que esto no es necesario –han pasado decenas de personas por aquí. Todos diferentes: unos más listos, otros más idiotas, unos más calmados y otros más pasionales; pero, hasta ahora, nadie, absolutamente nadie, había dicho algo como esto. En frente de él, TK está completamente tenso y su cara apenas expresa otra cosa más que odio–. Por el amor de Dios, TK, eres tan obvio que hasta un niño habría descubierto lo que piensas. Si quieres repetir una golpiza como aquella, adelante, lanza el primer golpe. Pero recuerda que eso no solucionó nada entonces y no lo hará ahora.

–¿Te crees que puedes despertar y, de la nada, darnos lecciones de cómo hemos llevado todo esto? –Las lágrimas asoman en los ojos de TK y su voz se rompe de una forma distinta a la de los demás. Es como si su garganta estuviera acostumbrada a la perturbación que supone el llanto, pero llevara demasiado tiempo sin sufrirla. Es un sonido especial, desde luego–. ¿Dónde estabas cuando había que bajar a Kari? ¿Y cuando Cody se ahogaba en su propia sangre? ¡Yo mismo te estaba llevando en brazos cuando Mimi cayó por el hueco de la escalera! ¡Si estás vivo es por nosotros! ¡No has hecho nada para solucionar esto mas que dormir, así que no tienes derecho a echarnos en cara una mierda!

–¡TK! Ya basta –sacudiéndose el polvo de los pantalones, Tai, por fin en sus cabales, se yergue delante de Sora, que sigue de rodillas, pero ahora con la vista clavada en Matt y llorando, de una vez, su pérdida junto a todas las demás. Por otro lado, la voz de Tai consigue parar a TK con las lágrimas corriendo a mares por su cara y toda la rabia concentrada en su puño derecho, cargado y listo para disparar el puñetazo directo a la cara de un impertérrito y altivo Ken–. Lleva razón. Que nos peleemos entre nosotros no es lo que necesitamos. Y hacer lo que hemos estado haciendo tampoco nos ha dado resultado –una mueca de autosuficiencia chulesca cruza el semblante de Ken por un segundo al mirar a TK, demasiado corta como para regodearse, pero demasiado larga como para que Tai la pase por alto–. No te rías, que lleves razón no significa que me alegre tenerte por aquí en este plan. Sigo recordando todo lo que hiciste, si te perdoné fue por en quién te convertiste, si deshaces ese camino, mi perdón desaparece.

–Parad –con los ojos llenos de lágrimas, Sora se levanta ante todos y se pone entre Ken y Tai–. Parad ya con tanta hostilidad. Quedamos solo cuatro –el dolor se va haciendo cada vez más palpable en su voz a cada palabra que pronuncia–. Cuatro. Y entramos doce. Creo que no es momento para que os pongáis a ver quién tiene razón o quién puede dar más puñetazos antes de caer. Ya hemos perdido –la joven mira a sus tres compañeros y TK, ante sus palabras no puede hacer otra cosa más que bajar el puño y abrirlo, seguramente considerando el ajustar cuentas más adelante–. Lo hemos perdido todo. Así que vamos a salir de aquí y a hacer justicia para todos –Tai y TK agachan la cabeza y asienten levemente, parece que se reagrupan; tal vez finarlos sea ahora más arduo de lo que ha sido hasta ahora–. Ken, Izzy antes de morir averiguó quién es en realidad la sombra, pero no llegó a decirnoslo, ¿puedes averiguarlo tú solo ahora?

La cara de suficiencia del aludido se ensancha ante la pregunta y una sonrisa socarrona le parte el rostro antes de darse la vuelta y encaminarse a las escaleras seguido de Sora y, después, de Tai y TK.

–No me fio de él, nos dejará morir para salvarse sin remordimientos en cuanto se vea en peligro –el susurro de TK detiene a Tai en el primer escalón para bajar la escalera, aquí viene, el cisma del grupo, la paranoia, la muerte–. Tenemos que tener un plan por si decide traicionarnos.

–Estoy de acuerdo.

Más adelante, recorriendo la planta baja en dirección a las escaleras del norte, Sora se seca las lágrimas de las mejillas mientras mira constantemente al suelo que va apareciendo delante de sus pies. Es palpable la tensión en sus hombros, quiere contenerse para no echar un vistazo a los cadáveres que pueblan su alrededor. No se cree capaz de soportar semejante visión por más tiempo. Puedo oír sus latidos en su sien y la sangre luchando por acceder más allá de sus nudillos blancos de apretar los puños. Es un sonido casi igual de hipnótico que el de la sangre saliendo a borbotones.

–¿Qué esperas encontrar?

–Sé que piensas igual que ellos. Ni perdonas, ni olvidas. Soy consciente de que si no soy el corderito en el que me convertí, a vosotros se os olvida el perdón. Pero ese corderito no nos sacaría de aquí –duras declaraciones, ya que ni el corderito ni el prepotente presente van a sacar a nadie de aquí.

Una sombra cruza la cara de la chica y sus puños se aprietan un poco más antes de contestar.

–No te he preguntado eso. Entiendo lo que haces, no me parece correcto, ni me gusta. Pero estamos desesperados. No sé qué es lo que puedo llegar a hacer si veo morir a alguien más –de forma casi imperceptible, Ken desvía su mirada hacia Sora, que camina a su lado, pero un poco por detrás y se hace todo evidente.

Está impostando todo esto. No es más que un numerito de teatro en el que finge ser quien cree que necesitan para salir de ahí. Una pena que toda la enemistad que se está ganando no sirva de nada.


–No puedo saber lo que voy a encontrar en el cuerpo de Izzy antes de registrarlo, pero espero averiguar quién es la sombra y que eso me lleve a una salida. Suponía que era obvio.

La tensión entre ambos no hace más que acrecentarse con el silencio que sobreviene al llegar al cuerpo de Izzy. Con frialdad metódica, Ken se agacha junto al cuerpo y comienza a meter las manos en sus bolsillos y sacar su contenido: una billetera, un paquete de pañuelos abierto y arrugado, tres o cuatro cacharros tecnológicos que no reconozco porque mi edad va más allá de la del primer ordenador y el premio gordo, un gancho metálico manchado de sangre seca.


El pobre diablo debió cogerlo de la habitación de Kari para cortar con él la soga de Cody.

Todavía agachado y con los pies rodeados de las cosas de Izzy, Ken sube el gancho y lo alumbra con su propia linterna y un brillo cruza sus ojos cuando tiene una idea.

–¿Cuál ha sido el orden en el que han muerto?

–¿Qué?

–¿En qué orden han ido muriendo todos?

–Pues, primero fue Kari –las lágrimas amenazan con salir de los ojos de Sora al rememorar todo lo acontecido a lo largo de la noche. Más lágrimas no, por favor. Yo necesito sangre–, luego fue Davis, después apareció Mimi efectivamente, las lágrimas han vuelto, parece mentira que los humanos no se deshidraten en seguida con todo el agua que desperdician llorando–, después Cody, después Matt, después Izzy, después Yolei y, por último, Joe –el llanto ya se vuelve incontenible y la voz está rota desde que pronunció el nombre de Matt, hasta yo puedo ver quién era el favorito de la madre del grupo–. ¿Pero qué tiene que ver eso con que Izzy tuviera un gancho de Kari en el bolsillo?

–Puede que nada, puede que todo –el brillo de la idea se forma lentamente tras sus ojos mientras Ken se levanta y se encamina escaleras arriba, dejando el gancho en el suelo, entre las pertenencias de Izzy–. Llama a Tai y a TK para que vengan antes de que hagan que nos maten a todos por su culpa, vuelvo en un segundo, tengo que comprobar una cosa.

Y, sin más, Ken desaparece en la oscuridad de la planta intermedia, dejando a Sora completamente sola, contemplando el hierro que atraviesa la cabeza de Izzy y luchando por apartar la mirada.


En la planta intermedia, cuando Ken deja atrás la puerta de la sala de reuniones y se encamina hacia la habitación de Kari, la sombra hace aparición al abrir la puerta de la sala de reuniones y se encamina hacia las escaleras. Se acerca mi querido festival de sangre.


Justo en ese momento, Sora consigue quitar la mirada de Izzy y se da la vuelta, dispuesta a ir a buscar a los dos jóvenes que no dan señales de vida. Sin embargo, desde detrás de ella, un gancho recién recogido del suelo atraviesa su cuello en un rápido movimiento por el lado derecho. La boca de Sora se mueve en un intento de gritar, pero el gancho se retuerce, haciendo que su extremo más afilado penetre aún más en su cuerpo, desgarrando a su paso tendones, músculos, cuerdas vocales y vasos sanguíneos.
 

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CAPÍTULO 11: TK





Allá por donde el gancho ha entrado en su carne, una cascada de sangre comienza a derramarse lenta, pero imparable. Sora levanta una mano, con el ademán de dirigirse hacia las escaleras del sur, donde Tai y TK están terminando de recorrer los últimos escalones.

Pero nada es tan sencillo y la sombra, que se encuentra ajena a cualquier piedad, tira del gancho hacia las escaleras del norte de su espalda, arrastrando a Sora, que poco a poco se va quedando sin fuerzas para luchar.

Cuando Tai y TK terminan de bajar las escaleras sur, se encuentran la planta baja desierta a excepción de los cadáveres ya habituales, pero sin rastro de Ken o Sora.

–¿Dónde han ido?

–No lo sé, pero no te separes, no me fio un pelo. ¿Recuerdas el plan?

–Sí, Tai. No es tan difícil: yo sujeto, tu atizas. No hace falta ser un genio para acordarse.

Un gran golpe suena en la misma habitación donde descansan los cuerpos de Yolei y Kari, seguido del ruido de las cadenas al arrastrarse y entrechocar. Ambos jóvenes dirigen la vista hacia la planta intermedia y echan a correr como alma que lleva el diablo.

En apenas un par de segundos se plantan en la pasarela que conecta todos los despachos y abren la puerta de la habitación en cuestión. Sus caras reflejan que nunca, nada podría haberles preparado para lo que verían. Ken, con las manos cubiertas de la dulce y chorreante sangre de Sora, se encuentra tirado en el suelo al fondo de la habitación, su mano derecha descansa sobre la empuñadura del gancho que atraviesa el cuello de Sora, cuyo cuerpo descansa a los pies del joven. Su mano izquierda agarra las cadenas que hace unas horas aguantaban el peso de Kari a la vez que su linterna, ahora en el suelo, rueda, abandonada, iluminando la escena desde abajo. Su cabeza se levanta bruscamente al oír la puerta y mira a los que habían sido sus amigos hasta hacía escasos minutos con ojos enloquecidos mientras trata de recuperar el control de su respiración acelerada.


–Yo… Yo no… Estaba repasando los últimos paso de Izzy cuando se abrió la puerta y… Chicos… Yo no…

Tai y TK se quedan paralizados por la escena. Pasando su vista desde los cuerpos inmóviles de Yolei y Kari, hasta los ojos de Sora, cuyo brillo se hace más tenue a cada segundo, y hasta las manos manchadas de sangre de Ken.

Creo que la sombra solo arrebatará once vidas. La de Ken, parece ser que Tai y TK la reclaman para sí mismos. Sin decir una palabra, ambos jóvenes se internan en la habitación y rodean, uno por cada lado, a Ken. Tai, desde la izquierda de Ken, arrebata con todas sus fuerzas el gancho de la mano del susodicho, haciendo que el cuerpo desmayado de Sora caiga a plomo al suelo. Desde su derecha, TK coge a Ken y suelta su mano de las cadenas, para pasarle sus propios brazos por debajo de las axilas y sujetarle.


–Tai... TK… Chicos, de verdad… –Con la ya común llantina, Ken apenas ofrece resistencia y su máscara de diluye en las lágrimas que surcan su rostro, vuelve a ser el niño aterrado y conciliador que entró aquí, pero eso es algo que, ni TK, ni Tai pueden ver a través de sus propias lágrimas–. Ha sido la sombra, lo juro. Yo no quería…

El primer golpe de Tai impacta en la boca del estómago y deja a Ken sin aliento suficiente como para dar paso a los alegatos de Tai.

–Te dimos un hueco –el siguiente puñetazo impacta en su mejilla y llena los nudillos de Tai de humedad por las lágrimas a la vez que los reblandece el impacto contra el hueso–. Te dimos un hogar, amor –el tercer puñetazo impacta en sus costillas con tanta fuerza que no podría asegurar con firmeza no haber escuchado el crujido del hueso al romperse. Desde luego, Tai tiene bastante más fuerza de la que aparenta–. Maldita sea, te lo perdonamos TODO –la ira de Tai se descarga una vez más contra la otra mejilla de Ken al mismo tiempo exacto en el que Sora, a sus pies, exhala su último aliento.

–Tai… Por favor…

–Ni por favor –las lágrimas se derraman por las mejillas de los tres jóvenes, las de TK contra el cuello de la camiseta de Ken, las de Ken sobre las pequeñas heridas que se van abriendo por su cara al paso de los puños de Tai, y las de Tai, no pondría la mano que no tengo en el fuego porque fueran solo del dolor que le causan los puñetazos que está propinando–, ni hostias –puñetazo–. Nos has fallado –puñetazo–. Y, encima, ¡has matado a Sora! –Puñetazo.

–¡No he sido yo! –Ante la debilidad de TK, que había soltado un poco su agarre gracias al llanto, Ken consigue soltarse y lanza, cegado por las lágrimas, un puñetazo directo a la cara de Tai, que se tambalea dos segundos intentando recuperar el control de su cuerpo tras la sorpresa inicial–. No he sido yo, lo juro. Tai, yo no he matado a Sora. Ni siquiera he vuelto a ser Digimon Emperador.

Ken se planta ante Tai con las manos extendidas a los lados de su cuerpo, en señal de rendición. A su espalda, TK colapsa en el llanto y cae al suelo mientras se arrastra hacia el cuerpo de Kari, que todavía descansa en el suelo de la habitación. ¿Acabo de oír en serio que este muchacho es realmente un emperador? ¿O al menos que lo ha sido en algún momento de su vida? Su apariencia, su presencia, sus modales, desde luego, nada en él apoya dicha teoría.

–Y una mierda. Te he visto, tu forma de mirar, tu postura, ¡eras él! –No termino de entender, según las palabras de Ken, él fue un emperador, uno relacionado con algo llamado "digimon", pero por las palabras de Tai se podría deducir que son dos personas completamente distintas.
Aunque sí es cierto que el muchacho que ha demostrado ser y la mascarada que pretendía hace unos minutos, no tienen nada que ver entre ellos; como dos personas distintas. Tal vez sea uno de estos humanos que parecen tener dos almas compartiendo un mismo cuerpo.


La desesperación de Tai alcanza límites insostenibles e, inconscientemente, desvía su mirada hacia el cuerpo de Sora a sus pies, momento en el que se desata completamente, pateando su propia linterna contra la pared del fondo repleta de cadenas.

El foco de la linterna se hace añicos en el impacto y la habitación se vuelve más oscura, únicamente iluminada por la linterna de Ken, que todavía permanece en el suelo, y por la linterna de TK, abandonada en el suelo que marca la puerta y que cayó de sus manos cuando Tai y él se lanzaron contra Ken al verlo agarrar el cuerpo de Sora.


–No he vuelto a ser él, solo creía que era lo que necesitábamos para salir de aquí –también es posible que sea algún tipo de actor de método y el tal "Digimon Emperador" fuera un personaje de su pasado. Pero no tiene sentido todo el odio que le profesaban los demás cuando creyeron que era él–. Solo quería salvarnos a los cuatro, vine siguiendo los pasos de Izzy, pero cuando estaba por unir las piezas de todo este puzzle, la puerta que conecta con la otra habitación se abrió y algo me lanzó a Sora encima justo antes de que abrierais la puerta.

–¿Se supone que tengo que creer eso? –Mientras Tai se pone a dar vueltas intentando poner su mente en un necesario orden, TK consigue abrazarse al cuerpo de Kari en el suelo con la cara desencajada por el llanto y los mocos. Sigo sin saber de dónde sacan tanta agua en su cuerpo como para llorar tanto sin deshidratarse. Da igual los grupos y los años que pasen, todos sueltan cantidades de agua en lágrimas suficientes para ahogar a un elefante.

–Tai, te juro que te estoy diciendo la verdad, por favor, tienes que creerme en esto, si no, no me creerás con lo que vi mientras seguía los pasos de Izzy.

–¿Qué? –Entre las sombras, algo se mueve dentro de la habitación. Un gemido sale de la boca de TK a espaldas de los dos conversantes y, apenas un minuto después, la linterna de Ken les apunta directamente a los ojos al mismo tiempo que la abandonada linterna de TK estalla del golpe que recibe de la puerta al cerrarse de un portazo.
 
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CAPÍTULO 12: KEN/TAI




En la habitación ahora reina una oscuridad casi absoluta, solo rota por el haz de luz que la linterna de Ken va intercalando entre los ojos de Tai y los de Ken, que ya empiezan a cerrarse por la hinchazón de los golpes de Tai.

Tras la luz, la sombra se mueve por la habitación, asestando un puntapié a TK, que le hace girarse sobre su espalda, enseñando las tijeras oxidadas que se adentran en su pecho izquierdo hasta la juntura de las dos hojas. La sangre sale de la herida a dulces borbotones, derramándose por su camisa de manga corta hasta el suelo en cada bocanada de aire que su boca se esfuerza por tomar. Todo inútil, ya que el aire que consigue llegar a su pulmones sale junto a la sangre a través de la herida. Las tijeras es lo único que impide que el joven termine de desangrarse por completo. Dulce, dulce sangre viva.

Sin embargo el pronto cadáver de TK queda lejos de poder ser visto por sus amigos gracias a la luz que la sombra proyecta contra los ojos de ambos, cegándoles. Mientras la sombra se aproxima a ellos renqueante y lenta.

Poniendo un brazo entre la luz y sus ya hinchados ojos, Ken gira la cabeza hacia Tai y, detrás de él, la puerta abierta que da al despacho contiguo. Sin mucha gracilidad, el joven trata de correr hacia la puerta con el palpable dolor que siente en la cara y las costillas y, en el camino, agarra la mano libre de Tai para arrastrarlo consigo.

Cuando el umbral de la puerta queda atrás, Ken suelta la mano de Tai y se gira para cerrar dicha puerta, aislándolos en el despacho. Para, después, caer hiperventilando mientras con la mano derecha se abraza las costillas. Noto la sangre burbujear tras su piel, así que seguramente tenga lo que los médicos humanos llaman hemorragia interna. Yo lo llamo tener la sangre dolorosamente cerca.

–Tenemos que volver –La voz de Tai suena ronca e imprecisa en la oscuridad de la habitación–. Tenemos que volver a por TK, no podemos dejarlo ahí con esa cosa.

–Tai…

–Ken, vamos a entrar ahí, creo que se ha abrazado a… Creo que está en el suelo al lado de la puerta, si entramos corriendo y yo lo cojo mientras tú abres la puerta, podemos sacarlo de ahí y entre los tres buscar una salida. Ken, vamos, ¿dónde estás?

–Tai, la sombra ha entrado por esa puerta y he oído como golpeaba algo con los pies, creo que TK ya está muerto, Tai…

–¡No! Me niego, Ken. Vamos a entrar ahí y a sacar a nuestro amigo con vida antes de que lo mate.

–Tai, Tai. Tranquilo, ya está, no hay nada que hacer por TK. Ahora solo podemos buscar una salida y llamar a la policía. Sé quién es la sombra, pero estoy destrozado físicamente, creo que me habéis roto una costilla. Y todavía no entiendo cómo encaja en todo lo que ha ocurrido.

Los humanos son desternillantes, capaces de tener estas conversaciones tan profundas y difíciles mientras tantean la oscuridad y hablan en direcciones aleatorias en las que creen que están sus interlocutores Como Tai, que no desiste en su intento de buscar a Ken a su misma altura, cuando en realidad está a la altura de una silla baja, doblado sobre sí mismo. Mientras sus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad más absoluta, sus bocas no paran de hablar y sus manos no paran de moverse intentando encontrarse. Son como pollos sin cabeza corriendo en círculos, creyendo que están escapando.


Pero la tranquilidad y la gracia de esta estampa termina cuando la sombra atraviesa la puerta con dos pesados ganchos de metal y empieza a tirar de la puerta con ellos. Al sentirlo, Ken se levanta a duras penas y se aleja de ella, sabiendo que su fin está muy cerca. Tal vez todavía no se han dado cuenta, mis queridos lectores, pero aunque la sombra sea un ente renqueante y errante, posee una fuerza a tener en cuenta. Sobre todo, cuando arranca de cuajo la puerta de madera usando solo los dos ganchos para tirar de ella.

Los goznes explotan y la sombra tira la puerta atravesada al suelo. En la oscuridad, Tai y Ken se alejan torpemente del estruendo. La sombra entra a la habitación entre tinieblas, ya que se ha deshecho de la linterna que portaba previamente. Ahora juega con ventaja.

–¿Quién eres? –Tai intenta sonar seguro y fuerte, pero su voz está ronca y puedo ver cómo las lágrimas recorren silenciosas sus mejillas–. ¿Por qué haces todo esto?

Sin responder, la sombra se mueve ahora más rápido de lo que se ha movido en toda la noche y consigue situarse tras Ken, al que agarra del pelo y lanza contra la pared detrás de Tai.


La sangre explota cuando su cuerpo impacta contra la pared, manchándola con un precioso y dulce mandala de sangre, huesos y trazas de algún que otro órgano; entre ruidos del crujir de los huesos que se rompen de la potencia del impacto.

Asustado por el grito consecuente de Ken antes de morir y por el impacto, que siente justo a su espalda, Tai se lanza contra la pared del fondo, sabiendo que hay una ventana. Pero sus ilusiones de salir por ahí se ven truncadas. Y entonces se da cuenta, cuando llegaron, ninguna de las ventanas tenía los cristales tintados hasta el punto de ser negros y había muchos que estaban rotos.

Es una lástima que yo pueda controlar a mi antojo todo en cuanto a salidas o entradas, ¿verdad?

–¡No! ¡No! ¡NO! –En su desesperación, Tai empieza a asestar puñetazos contra los cristales, enloquecido por una salida, mientras la sombra recupera su velocidad habitual al acercarse a él.


Cuando el joven siente su presencia, la locura de toda esta noche se adueña de su cuerpo y cambia de objetivo, lanzándose contra la sombra, que resulta ser muy tangible.

En el forcejeo, cuando el joven empieza a cansarse, su cabeza se calma y empieza a hacer conexiones, reconociendo el cuerpo que tiene debajo un segundo antes de que la sombra le dé la vuelta a la situación y lo someta. De tal modo que termina sentada a horcajadas sobre su espalda, con él tumbado boca abajo y con los brazos cruzados sobre su espalda en un agarre que hace imposible que el joven se mueva.

–¿Por qué? ¿Por qué demonios nos haces esto, a nosotros?

–Porque es divertido –la sombra se inclina sobre Tai y le susurra al oído con una voz familiar y perfectamente reconocible–, la fábrica necesita sangre, la oscuridad necesita nuestra sangre, onii-chan.






Bien, bien, bien. Hasta aquí queda nuestro relato, tal y como prometí a partir de aquí tendréis una semana para hacer preguntas y ruegos por clemencia que yo personalmente oiré y contestaré si lo creo necesario. Depués de esa semana se publicará un epílogo en el que todo quedará esclarecido, sin embargo, su publicación significará mi desaparición, así que las dudas tendréis que resolverlas antes de leerlo.

Buenas noches mis queridos lectores, quedo a la espera de sus reclamaciones.



 

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CAPÍTULO 13: LA FÁBRICA




Con un último grito, la sombra arranca los brazos de Tai de un solo tirón y le deja desangrándose dulcemente en el suelo. Posteriormente vuelve a su habitación, y empieza a cargar los cadáveres de sus amigos para llevarlos, poco a poco, hacia la sala de los huesos que Mimi descubrió hace unas horas. Una vez están todos allí reunidos, arranca las tijeras del pecho de TK y se las clava en la barbilla, atravesando su cerebro y, por fin, terminando el trabajo que empezó esta misma noche.

Fue fácil que la joven luminosa se corrompiera por la oscuridad una vez entró en mi interior. Ha habido muchos que han sido la temible “sombra” (como la han bautizado estos últimos) de su propio grupo, pero ninguno aceptó tan rápido la oscuridad en sí mismo. Supongo que es cierto lo que se dice y cuanto más brillante es la luz, más oscura es su sombra.

Después de eso yo solo tuve que esperar a que hiciera el trabajo. Por supuesto intervine en varios factores, cuando eres el propio escenario de la masacre, resulta escandalosamente sencillo manipular la situación. Un agujero que se abre en la pared, unos cristales que no se rompen, una tapia que se cae desvelando una entrada, un trozo de techo que se desprende de un simple golpe desde arriba y muchas de las cosas que, seguro, habéis captado durante el relato.

Lo cierto es que Kari como la sombra ha sido un elemento nada decepcionante, se ganó a Joe en seguida para que le ayudara con su plan. Desde luego no es la primera sombra que finge su propia muerte para andar libre entre mis pasillos y matar a su antojo. Pero sí es la primera que hace partícipe de ello a otro miembro del grupo argumentando una broma.
Por supuesto el miedica de Joe se negó en rotundo al principio, pero no hay opinión que un poco de oscuridad no pueda cambiar.

Así que se pusieron manos a la obra. Un poco de morfina para no sentir el dolor y colocar los ganchos en lugares estratégicos que no causaran daño permanente a la joven, pero que sí le han dado ese andar renqueante y lento que tanto ha caracterizado a la sombra. Luego fingir el subsiguiente ataque de pánico al que Joe estaba tan acostumbrado. Todo sería algarabía en cuanto vieran que tenía pulso y Kari debía asustar a todos al bajarla, pero la cosa se torció para Joe: la mayoría salieron de la habitación y Ken se desmayó. Joe pensaba que Kari terminaría la broma diciéndoles todo a Izzy, Sora y Matt, pero no fue así, según ellos estaba muerta.

Por supuesto, no fue culpa de Joe, él solo había administrado a Kari media jeringuilla de morfina, la suficiente como para que no sintiera demasiado dolor, pero no la suficiente como para dormirla. Sin embargo Kari le robó la jeringa en un descuido y sí se administró toda la dosis. Suficiente como para caer inconsciente y que Izzy, tan inexperto, no notara su débil pulso.

Después todo fue sobre ruedas. Kari solo tuvo que levantarse luego de que todos la dieran por muerta para desequilibrar mentalmente a Davis hasta el punto en que le pareciera buena idea el lanzarse contra ella.

Joe desapareció del grupo cuando se dio cuenta de que no tenía la jeringa y empezó a pensar que Kari había muerto de una sobredosis, por supuesto culpa suya, y Mimi se perdió mientras le seguía. Joe volvió con el grupo cuando Ken tuvo el ataque porque no podía permitir, según él creía, que otro amigo muriera por su culpa.

Y así fue como cayeron Mimi y Cody. Solos y sin posibilidad de socorro por parte de sus amigos.

Cuando Joe vio a Kari tras la muerte de Mimi, pensé que el plan de Kari se iría al infierno, pero el joven estaba tan confundido y se sentía tan culpable que no sabía qué era real y qué una alucinación que le mandaba su cabeza como una cruel venganza. Aun así, Kari intentó acabar con su amenaza tirándole un trozo de techo sobre la cabeza, pero nadie contaba con que Matt se sacrificaría por el médico. Al final tuve que confinarle en la última planta a la espera de que la renqueante y lenta Kari terminara con Izzy y Yolei y pudiera ir a por él.

Por supuesto las últimas palabras de Izzy No fueron para nada acertadas, estaba tan sumamente emocionado de haber descubierto el misterio que no cuidó las palabras, su frase, como estaréis imaginando era algo más o menos así: “Está todo en… la habitación en la que hemos encontrado a Kary”. Pero, por supuesto, no se refería a algo que hubiera ahí, sino a lo que faltaba y, esto es, el cuerpo de Kary.

Después del finamiento de Joe, solo quedaba esperar a que se fueran dividiendo y Ken, con su transformación fue clave para separar al grupo. Y que existiera la oportunidad de matar a Sora y, ya, a todos los demás.

Lo que aconteció con Ken al principio de la noche fue curioso, ya que estuvo a punto de volverse una segunda sombra. Sin yo tener nada que ver, fue absorbiendo oscuridad mientras estaba aquí, pero algo en él la rechazó. Si fue su alma, su corazón, o él mismo, se me escapa. El resultado final es que vomitó literalmente toda la oscuridad después de ver el cuerpo de Kari colgado en las cadenas y su cuerpo y mente colapsaron hasta el ataque que la morfina de Joe le cortó y, ya después de ello, su último despertar.

Ahora ya solo queda absorber la sangre de paredes, suelo, utensilios y ropa, limpiar los huesos y mantenerme con una alimentación sana y nutritiva. Mientras que mis queridos invitados reposan para siempre en lo más alto de mis entrañas.

Espero que hayan disfrutado de la historia. Por mi parte, me despido, ha sido un completo honor ser su narrador y, esperaré con ansias su próxima visita; a poder ser, en persona.
 
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