Fanfic Digimon: Re Genesis(Capitulo 7) [07-08-16]

選ばれし子供
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Hola:
Hace un par de meses leí tu fic en fanfiction.net y me pareció excelente. Realmente deberías enseñarle a Yuuko Kakihara cómo puede uno tratar con respeto a los personajes con los cuales trabaja. Tus personajes se comportan como versiones maduras de los que creó Satoru Nishizonon y no como tipos con síndrome de Peter Pan, y las temáticas que se tratan en este texto son las que se tocaban en Adventure, pero desde una óptica mucho más madura. En pocas palabras: esto es lo que tendría que haber sido Adventure Tri.
 
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Saludos de nuevo. Lo que parecía ser un par de meses terminó por convertirse en más de un año, pero finalmente paso a dejar el séptimo capítulo de este fic. El capítulo está basado en metáforas, como es habitual, sin embargo acá son más notorias. Es tiempo de enfocarnos en Sora, quien va a llevar el peso principal esta vez. El capítulo se me hizo muy humano, espero les guste. Como siempre, gracias por leer, y si desean comentar doble agradecimiento.


“Hay un mundo que se esconde, paralelo al nuestro, en el laberinto. Es posible asomarse y observarlo, e incluso si se es cuidadoso, es posible volver a salvo. Pero una vez que se cruza cierto punto, y te adentras en él, puedes perderte en sus entrañas.


El laberinto asfixiante, mito arcano sin escape ni salida. Corres y cruzas sus esquinas, pero no puedes moverte del mismo lugar. El laberinto asfixiante, acechado por un monstruo. Y en medio de la incertidumbre y el miedo, te das cuenta que una vez en sus entrañas, el mismo laberinto te consume, como un rio serpenteante penetrando en la oscuridad de la selva.

Pero el laberinto que se encuentra en el exterior, no es más que una proyección del laberinto que hay dentro de ti, y el laberinto interior, es una proyección de aquel laberinto fuera de ti. Ambos convergen, cuerpo y alma, en una metafórica reciprocidad. Los muros que te rodean, no son sino los muros de tu alma, y el monstruo que te acecha, habita en tu corazón. Por eso, a veces, puedes hollar en el laberinto interior pisando el laberinto exterior. Aunque eso, en la mayoría de los casos, es muy peligroso.”


El gesto nervioso que traía en el rostro lo acompañaba desde hacía varias horas. Y mientras atravesaba velozmente los distritos de Tokio recargado con desidia sobre la ventana, observando el colorido paisaje, era todo en lo que podía pensar. La resequedad en su garganta y el leve temblor en sus manos. Y es que, siempre que su mejor amiga cumplía años, el nervioso era él, pero esta vez, en su defensa, no se trataba de un cumpleaños cualquiera, o al menos no en sus circunstancias. Era un asunto de lo que había pasado para llegar a ese día… la antesala, el preludio, y cualquier otra forma, más o menos elegante, de definirlo.

Detuvo sus cavilaciones por un momento, mientras las puertas del vagón abrían tras el monótono pitido que anunciaba que se encontraba en la estación de Kaihin-koen. Ya estaba en casa.

Porque para empezar, llevaban varias semanas sin hablarse, tres semanas y tres días, para ser precisos. Eso de por sí ya bastaba para hacerlo atípico… hizo memoria, intentando encontrar otro lapso de tiempo similar tras conocerla en que hubiesen estado sin cruzarse ni un mensaje de texto. Falló. Era difícil encontrarlo, especialmente porque se conocían desde que ambos apenas podían articular palabra. Luego volvió a hacer memoria, recordando el motivo que los había llevado hasta esa circunstancia. Se sonrojó. Definitivamente no era un cumpleaños cualquiera, y por eso era tan importante.

Matt nunca entendió cuál era el gran problema, y Kari… Kari era aún muy pequeña para siquiera comentárselo. Pero el sentimiento generalizado, y así se lo transmitió su amigo, es que no era nada del otro mundo. “-Ella es una chica, tu eres un chico ¿De verdad te sorprende?-”.

Bufó sacudiendo la cabeza, mientras atravesaba como en un trance, uno a uno, los 25 pórticos que daban la bienvenida al complejo de apartamentos donde ambos vivían. No era cualquier cosa, se habían besado ¡Maldición! Uno no besa a su mejor amiga todos los días, en doce años no lo había hecho ni una vez… hasta esa tarde de abril.

Culpó al polen que acompaña la llegada de la primavera, culpó al ambiente embelesado que todo el mundo lleva consigo al parque Ueno durante el Hanami, a los cerezos en flor, al efecto hipnótico del rojo atardecer cuando alcanza con cierto ángulo su cabello carmesí…

Pero lo cierto es que la única culpa la tenía el, y había estado latiendo en su interior por un tiempo, esperando salir. Porque lo cierto, lo negara o no, es que le gustaba Sora. Le gustaba su mejor amiga, la única persona fuera de su familia con la que había compartido desde antes que supiera que los chicos y las chicas podían llegar a gustarse, y eso lo asustaba.

Ya habían hablado del amor, por supuesto. Pero siempre en un plano general, como si se tratara del tema de un ensayo pero no algo real. Ella dijo que era como saltar de un sitio alto. O como ahogarse. Honestamente nunca lo entendió, para él era mucho más simple que eso.

Ella era perfecta. Siempre lo había sido, y él deseaba mantenerla así, de esa manera, aunque fuese imposible.

Esa tarde, tras besarse, fue como si nada hubiese ocurrido. Ninguno de los dos lo mencionó aquel día, porque ambos sabían que esa fue la tarde en que algo se les desapareció, y en su lugar dejó algo que no conocían. Sentía que eso entristecía a Sora, y a él lo estaba destrozando.

El camino a la residencia Takenouchi fue poco menos que un parpadeo, o al menos así lo sintió. Sus piernas deambulaban por si mismas mientras su cabeza solo daba vueltas, y se aferraba con inseguridad a la pequeña caja roja con bucles dorados que sostenía en su mano izquierda. Al menos agradeció el pretexto del cumpleaños para poder intentar recomponer las cosas, aunque recomponer, quizás, era un término atrevido. La verdad es que lo que saliera de aquella tarde, sin duda sería algo nuevo, por lo que trataría de inclinarlo a su favor.

“Solo dile que es bonita, eso siempre funciona” Se sacudió las palabras de Mimí antes de tocar el timbre que acompañaba a esa puerta negra, impoluta, y únicamente decorada con un letrero escrito en perfecta caligrafía japonesa, “Familia Takenouchi”. No era tan fácil como parecía hacer lo que sugería la castaña. No para él, por obvio que resultase. Quizás un regalo podría hacer lo que las palabras no. Y a eso se aferraba, a esa pequeña caja roja.

—Buenos días Tai. Tiempo sin verte.

La mujer de cabello negro y kimono que abrió la puerta no era otra que Toshiko, la madre de la pelirroja. Tai no supo que responder, una vez que la excusa “Disculpa, es que tu hija y yo nos besamos” quedó del todo descartada.

—Es un gusto volver a verla señora Takenouchi. exclamó con una amplia sonrisa, inclinando la cabeza ¿Esta Sora en casa?

La mujer arqueó una de sus perfectamente perfiladas cejas, como examinando al moreno, y Tai juró en ese momento que ya lo sabía todo. Pero finalmente sonrió, apartándose del portal. Claro Tai, pasa. Está en su habitación.

Toshiko guio al castaño personalmente hasta la habitación de Sora, lo que le resultó extraño, ya que probablemente después de su propio departamento y de la escuela, aquel era su lugar más frecuentado.

Qué bueno que viniste, Tai. Sora ha hablado mucho de ti los últimos días. susurró con un extraño gesto de complicidad que confundió al elegido, mientras golpeaba de manera pausada pero firme la puerta– Hija, tienes visitas. Tai vino a verte.

¡¿Tai?! se escuchó desde adentro, seguido de un amplio ruido de cosas moviéndose de sitio en el interior de la habitación ¡Voy en un momento!

Bien, los dejaré para que charlen. suspiró resignada la mujer, caminando hacia el salón sin perder detalle con el rabillo del ojo.

La puerta se abrió lentamente luego de unos segundos, y desde su interior, la pelirroja lo observaba temerosa, con sus pupilas bailando de lado a lado. Tai suspiró… quizás por el tiempo que tenía sin ver a su amiga, quizás porque siempre le gustó como le quedaba el rosa, quizás por las hormonas; pero en ese momento pensó en las palabras de Mimí, y estuvo de acuerdo en que lucía realmente linda.

No sabía si vendrías. exclamó en voz baja como primera palabra entre ambos en casi un mes.

¿Venir? Sora, es tu cumpleaños. Con este van ¿Qué? ¿Ocho?…

Nueve. Afirmó confiada, sonrojándose al darse cuenta de cuanta seguridad había impreso en esa declaración.

Bueno, en ese caso aun me debes uno. Me aseguraré que estés presente cuando te alcance.

El castaño mencionó aquello con el tono del mal abogado que pregunta sin saber la respuesta, y sintió alivio al notar que la expresión de su amiga era de alegría. Suspiró, reuniendo el aire en sus pulmones para decir lo que tenía que decir, lo que tan cuidadosamente había ensayado frente al espejo, y se aventuró al interior de la habitación. Sora desvió la mirada, y atravesando su brazo contra el marco de la puerta le dejó claro que no era una buena idea. Reculó entonces, dejando escapar el aire, y él juraría más tarde que también parte de su valor.

No Tai, espera… musitó cabizbaja Lo que ocurrió la última vez…

¿La última vez? el moreno abrió los ojos hasta el máximo, mientras sus dedos marchaban velozmente de un extremo a otro por la pequeña caja que traía en sus manosSupongo, que no hemos hablado al respecto.

La pelirroja lo miró a los ojos. Quiero que lo hablemos, Tai. ¿Qué ocurrió ese día?

El castaño estaba paralizado, más allá de todo miedo razonable. Sentía su seguridad, trabajada cuidadosamente durante los últimos días desmoronarse como un castillo de naipes, y a pesar de que la respuesta estaba perfectamente clara desde el principio, no lograba sacarla de su interior.

Mira… te traje un regalo. fue lo que le salió finalmente, escudándose en la caja de bucles dorados. Sora la observó confundida, y la recibió con extrañeza.

Es un… broche para el cabello. exclamó contemplándolo con los dedos, alternando la mirada entre el presente y su reflejo en uno de los espejos del pasillo, el de una delgada chica con sombrero.

¡Ah, sí! dijo aun nervioso, rascando la parte posterior de su cabezaYa sabes… pensé que te verías bien con él.

Sora no entendía del todo, observaba frente a si un reflejo cada vez más distante, de una chica cada vez más extraña. Una chica que jugaba al football y usaba sombreros desde que tenía memoria, pero que nunca había llevado broches para el cabello, nunca había besado a su mejor amigo y quizás tampoco había logrado, a pesar de sus intentos, que la mirase como algo más. ¿Pero acaso, no te gusta mi cabello?

¿Tu cabello? Tai la observó perplejo… ¡Pero si eso era justo lo que trataba de decirle! El funcionar de las chicas seguía siendo un misterio, quizás lo que Mimí sugería hubiese sido una salida más simple¿Cómo saberlo, si siempre llevas sombrero?

La pelirroja retrocedió por instinto, tomándose los extremos del sombrero de lana amarillo que llevaba puesto… se sintió una completa idiota, ahora estaba segura. ¡Ah! ¡¿Entonces no te gusta mi sombrero?!

Tai no tuvo oportunidad de responder. Lo siguiente que pudo ver fue un par de lágrimas formándose en el rostro de su amiga, seguido por un fuerte portazo que de no haber reaccionado pronto lo habría derribado sin ningún problema.

No, Sora no era un espejo, y las cosas con ella nunca son tan sencillas.

¡Sora! Hija, abre la puerta de inmediato. exigió Toshiko llegando a la escena apenas escuchó el sonido de la madera ¡Esa no es forma de tratar a una visita!

No hubo respuesta esta vez, y Tai tampoco la necesitaba. No entendía del todo qué era lo que había pasado ese día, pero estaba seguro que algo había hecho astronómicamente mal con Sora. Era de nuevo ese sueño esquivo, ese futuro nebuloso que vez tras vez parecía escaparse cuando ya lo atesoraba en sus manos. Y sintió la brisa entrando por la ventana, derribando definitivamente su castillo de naipes, la oportunidad perdida…


Los rayos de sol que dieron sobre su rostro cuando el astro alcanzó su punto álgido bastaron para obligarlo a abrir los ojos. La noche había pasado de forma frenética, y a pesar de haber podido dormir algunas horas mientras se movían, se sentía agotado, física y emocionalmente.

La primera imagen que atesoró fue la de un cielo azul, resplandeciente, abriéndose hasta el infinito en las alturas. Luego se acomodó un poco de su postura inicial… el lomo de la versión adulta de piyomon no era particularmente incomodo, pero tampoco podía considerarse una cama.

—¿Cómo rayos puedes dormir tanto en un lugar como este?

La voz de Matt lo sacó de sus cavilaciones. Giró como pudo la cabeza para cruzar miradas sin tener que levantarse. El mayor de los hermanos Ishida estaba a menos de un metro de distancia acompañado por gabumon, y su rostro delataba que apenas había dormido, si es que había dormido algo.

—Matt… —Bostezó tallando sus ojos— Pareces un experimento fallido.

—Idiota. —Exclamó con una tenue sonrisa. Joe había logrado convencerlo después de un largo e insistente debate en que debía preocuparse por su integridad física, y el resultado era un brazo precariamente entablillado y una profusa venda envolviendo su pierna derecha.

Tai se levantó finalmente, tomando con firmeza las plumas de un birdramon en pleno vuelo, una rápida ronda visual confirmó que tanto Sora como agumon seguían dormidos.

—Wow. —dejó salir involuntariamente un gesto de sorpresa ante el titánico paisaje— Esto definitivamente no es Japón.

Birdramon sobrevolaba el lecho del rio de un colosal cañón, que inhóspitamente definía el horizonte con muros de cientos de metros, afiladamente escarpados en una fina arenisca roja, levantándose como milenarios centinelas ante el tiempo.

—Eso no es nada, llevamos siguiendo el rio de esta forma alrededor de una hora y media.

—Esto… es como en América ¿Cierto? Mimí lo mencionó hace un tiempo.

Matt frunció el labio superior, encogiéndose de hombros. —Tk me enseñó las fotos que tomaron cuando estuvieron en los Estados Unidos, pero este es mucho más grande.

—Tai… —El castaño volteó de pronto ante el cambio de actitud de su amigo— ¿Tu si crees que Tk esté en este lugar?

—No hay forma de saberlo. —suspiró volviendo la mirada a ese brillante cielo azul— Pero Izzy sabe lo que hace, Matt. Quizás no esté en este lugar, en ese caso estoy seguro que los demás chicos lo encontrarán, hay que confiar en ellos.

El rubio lo meditó por un instante, antes de afirmar con una amplia sonrisa. —Sí. Tienes razón, no hay de qué preocuparse.

—Hablando de eso. —lo interrumpió el castaño— ¿Tienes las coordenadas? Este lugar es enorme, no sabría por dónde empezar a buscar.

—No son tan exactas, Tai. Solo debemos observar algo fuera de lo normal, miragemon no parece el tipo de sujetos que se esconden después de todo.

—Si… eso supongo.

—¡Muchachos, miren! —birdramon los llamó de pronto, interrumpiendo su silencioso viaje, y despertando de golpe a la pelirroja, que parecía extraviada— El rio se interrumpe más adelante.

—¡Maldición! ¿Qué rayos es eso?

Las apoteósicas paredes de roca que definían el cañón súbitamente se estrechaban de forma violenta a un par de kilómetros de distancia, cortando el rio. Y en medio de la convergencia natural, algo mucho más artificial cerraba el paso, para la indignación del castaño, y de todos los demás.

Matt lo observó extrañado. —Parece un…

—Un laberinto. —Concluyó Sora preocupada— Birdramon, por favor trata de sobrevolarlo.


—¡Abran las puertas! —gritó uno de los dos golemons que vigilaban las atalayas de la fortaleza. El eco de su respuesta se hizo presente cuando unos segundos después, el pesado rastrillo de hierro que impedía el acceso al enorme recinto empezó a levantarse.

Desde la distancia se aproximó a una velocidad sorprendente aegiochusmon, con Tk aun a cuestas, dejando detrás de si el rocoso e imponente paisaje rojizo del cañón para adentrarse en el edificio.

—Bienvenido de vuelta señor. —saludó un hagurumon en la entrada, mientras diligentemente lo acompañaba a través del corredor principal— ¿Cómo estuvo el viaje?


El interior del lugar se asemejaba más a un palacio que a la fría fortaleza de adobe y caliza que cerraba de lado a lado la garganta del cañón, resistiendo los embates de los elementos. La monumental torre que componía el centro mismo de la construcción era hueca, ataviada únicamente por una espiralada escalera de piedra que ascendía desde sus bordes los más de ciento veinte metros de altura de la estructura, conectando las entradas a las diferentes secciones del lugar hasta perderse en un brillante haz de luz.

—El viaje no fue un problema. —rezongó incomodo el fauno, golpeando sus pezuñas contra el suelo— El problema es esta maldita arena del desierto que parece no querer dejarme.

El hagurumon asintió, indicándole que subieran.

—Lo han estado esperando por un tiempo.

—¿El general?—El digimon mecánico volvió a asentir— Perfecto, indíquenle que lo veré en mi despacho.

Al decir esto último, se quitó el cuerpo inconsciente de Tk de encima de su hombro derecho como si se tratara de una prenda, entregándoselo a su subordinado. —Y a ese humano, colóquenlo en una de las habitaciones. Es el motivo de que el general esté aquí.

—Desde luego, me aseguraré de que un golemon lo cuide personalmente.

—No te molestes, no irá a ningún lado. De cualquier manera ya está medio muerto. —afirmó con un ademan de la mano restándole importancia.

Aegiochusmon subió las escaleras con parsimonia, sacudiéndose cada tanto la arena atrapada en su pelaje. La entrada que buscaba estaba en uno de los puntos altos de la torre, y la elegante puerta de caoba y plata que decoraba su acceso hacía notar de inmediato la diferencia con respecto a las demás. Adentro, en la lujosa habitación de estilo persa, una figura de aspecto tenebroso lo esperaba, sosteniendo un báculo entre sus calavéricas manos.

—General. —el fauno de inmediato hizo una leve reverencia— No sabía que ya estaba aquí. Me complace anunciarle que el objetivo fue llevado a cabo de forma impecable.

—Por supuesto virrey. Espero entienda la importancia que le da miragemon a este asunto, como para enviarlo personalmente.

—Solo soy un soldado. —se excusó acercándose al centro de la habitación— Siempre que mi cuerpo me lo permita, cumpliré las ordenes que se me asignen.

—¿Y dónde está el humano?

Aegiochusmon lo miró curioso. —Ordené que lo trasladaran a una de las habitaciones.

—Perfecto, me lo llevaré conmigo. Miragemon quiere asegurarse personalmente la custodia del chico.

—¿Y por qué no dejarlo aquí? —se cuestionó el digimon enmascarado— Después de todo, esta fortaleza es el límite meridional del imperio. Convivimos con áreas salvajes y nunca nadie ha podido violar su seguridad. No creo que haya un lugar más seguro para cuidar un tesoro tan preciado.

—Estoy seguro de eso virrey, pero es imposible. —afirmó tajante el visitante— Hay planes de por medio, miragemon lo necesita más que como un trofeo… y por cierto, el humano no estaba solo. Es posible que hayan más siguiéndolo desde el desierto, y eventualmente lleguen hasta acá.

—¿Mas humanos? —preguntó divertido— Hace tiempo no los veía en el digimundo… no importa, si vienen del desierto, no podrán siquiera acercarse a esta fortaleza.

—Cuidado comandante. —previno serio el skullsatamon— miragemon ha hecho mucho énfasis en que son peligrosos.

El líder del lugar sacudió la cabeza, caminando hacia el balcón de la suite y retirando las cortinas de seda que entrecortaban el paso de la luz. Bajo sus pies, un inmenso laberinto se abría paso entre los perfilados muros de roca del cañón, cubriendo el estrecho fondo como una negra telaraña.

—Pueden serlo. —dijo finalmente aegiochusmon, convencido— Aun así no podrían llegar hasta acá, no desde el desierto. El acceso está cerrado por el laberinto desde hace años. No es un laberinto cualquiera, general. Lo hizo un digimon de Witchelny, muy sabio, con un lenguaje de programación tan avanzado que es virtualmente imposible atravesarlo. Lo que entra al laberinto, muere en el laberinto, sin ningún atisbo de dudas.


—¡Sora!—gritó piyomon desde el centro del grupo, a unos 20 metros de distancia— No te alejes demasiado, ya está oscureciendo.

La pelirroja suspiró, dándole una última mirada al imponente muro frente a ella. No había señales de vida en aquel extraño lugar, únicamente ese rítmico sonido lejano que cada cierto tiempo volvía a aparecer sin motivo alguno.

Para entonces, ya en las entrañas del laberinto, se habían asentado en una pequeña encrucijada que les permitía suficiente espacio para armar una especie de campamento nocturno. Matt había traído unos leños del bosque, y ahora agumon y gabumon luchaban por prenderlos. Eso al menos los mantendría calientes durante la noche.

—Es ese sonido de nuevo. —dijo la elegida sentándose junto a los demás, con el semblante serio— Es… mecánico.

—Yo tengo una teoría respecto a eso. —Matt robó la atención de los 5, al tiempo que terminaba de desempacar algunos enseres— Creo que es el laberinto, que está cambiando. Si analizamos un poco, aun eligiendo caminos aleatoriamente hemos tomado suficientes como para haber avanzado mucho más en cualquier laberinto común. Creo que este laberinto cambia su diseño cada vez que emite ese sonido, por eso tenemos horas dando vueltas sin llegar a ningún lado, y por eso parece que ninguna opción que tomamos es correcta.

—Ahh… rayos. A este ritmo se nos acabarán las provisiones antes de encontrar la salida. Deberíamos simplemente tratar de volar algunos muros.

—No creo que sea tan sencillo, Tai. —sonrió su amigo con dejadez, tomando un puñado de la roja arcilla en su mano derecha— Por algo una extraña energía ocasionó que birdramon perdiera sus fuerzas al intentar sobrevolarlo, y no hemos visto ningún guardia en todo el día. No creo que podamos salir de este lugar con algún atajo.

El castaño lo miró con resignación. —En ese caso, creo que daré una última ronda antes de dormir, con suerte podremos encontrar algo que nos ayude a entender que es todo esto. ¿Agumon, me acompañas?

—Claro Tai.

Matt, quieto, observó cómo Tai hacia un ademan con la mano para señalar que volvería pronto y desaparecía tras el filo que delimitaba el corredor. El ojiazul exhaló, se encontraba tan ansioso como su amigo por encontrar una salida, y sin embargo, la oportunidad de resolver algo que había estado inquietándolo desde que partieran de la aldea de los omekamons se presentaba, en este caso, inmejorable.

—Dime Sora ¿Es tan malo como parece lo que tienes, que no crees que Tai o yo podemos ayudar?

Sora enmudeció. Sintió que poco a poco se debilitaba, como cuando se abre un pequeño agujero en una bolsa con agua. Dejó de oír el viento del cañón que se filtraba tras las piedras. A duras penas le llegaba lo que le decía Matt. Tan solo oía un eco lejano e ininteligible, como si le hablaran bajo el agua en una piscina. Y en la medida que se alejaba, cada vez se hacía más ajena a la realidad de aquel laberinto, salir a la superficie y asomar la cabeza se volvía una quimera.

—No es nada Matt, en serio. —Observó algo sorprendida, sin cambiar el semblante de preocupación e intentando emular una sonrisa, mientras de reojo se aseguraba que los digimons aun estuvieran ocupados en la preparación del improvisado campamento— Solo que últimamente he estado teniendo estos recuerdos esporádicos, itinerantes… de momentos que hace mucho hacia enterrados en el pasado. He estado pensando en ellos, eso es todo.

—Recuerdos como flashes, cada vez más recurrentes. —Afirmó Matt ante el asombro de la pelirroja.

—Así es.

—Desde que saliste del portal en el desierto.

—Si…

El elegido de la amistad se aproximó hacia ella, dubitativo sobre si romper o no la barrera del contacto, que finalmente decidió mantener. —Al principio pensaba que lo que ese extraño digimon… o lo que sea que haya sido, nos hizo experimentar en el portal eran nuestros miedos e inseguridades. Pero si así fuera no tendría sentido todo esto… Ahora creo que se trata de algo mucho más elemental. —dijo el elegido con una compresiva sonrisa— En ese lugar indescriptible, creo que estuvimos frente a frente con una parte de nosotros que extraviamos en algún punto, y que nos debilitó. Es bastante simple, y al mismo tiempo casi utópico, aceptar que somos también parte de ese reducto olvidado, marginado por nosotros mismos. Y en la medida que podamos hacerlo, y entendamos que hay virtud en eso, la comunión con nuestros digimons será más pura, e incluso como le ocurrió a Tai en la aldea, puede llegar a manifestarse. O al menos eso pienso.

Un nuevo sonido desde el interior de la estructura los alertó, robando la atención de ambos por un segundo.

—Sora… Sora. —inquirió mucho más serio— ¿Qué viste allá adentro?

La pelirroja parpadeó, recuperando la compostura.

—Solo viejos recuerdos traídos de vuelta Matt. De mi padre, mi madre… de Tai.

El rubio soltó un suspiro de alivio al escuchar esto último, aun cuando Sora no mostraba un gran cambio. Con energías renovadas se inclinó y tomó con fuerza la mano de su compañera.

—Ninguno de ellos buscaría lastimarte.

—Lo se…


—Ahí está de nuevo.

El crepitar de la roca hacía imaginar a dos enormes piezas de relojería encajando una con otra. El castaño observó brevemente el reloj de muñeca que había traído consigo al digimundo, completamente electrónico y desprovisto de aquellos complejos y fascinantes mecanismos. Había trascurrido aproximadamente quince minutos desde la última vez. Intentó escuchar con más detalle apoyando la oreja sobre la fría piedra, tratando de indagar en los secretos que albergaba. -¿Lo escuchas?

—Matt tiene razón… —susurró afirmando a su compañero— Está moviéndose.

—Tai, deberíamos volver con los demás, podríamos quedar separados si uno de los muros cercanos se mueve.

El elegido del valor negó con la cabeza, sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra la roca. —Se mueve, pero no lo siento mecánico como mencionó Sora. Más bien es como respirar… como si estuviera vivo.

—En este mundo no solo habitamos los digimons, pero jamás había escuchado de un laberinto viviente.

La sonrisa de su tamer tras aquella afirmación se desvaneció con la preocupación que formó agumon. —Hay algo más ¿Cierto? Algo por lo que aún no quieres volver.

—¿Sabes? En realidad extrañaba hablar contigo. —dijo finalmente Tai relajando la tensión— No es nada grave, solo creo que Sora necesita algo de espacio.

—En ese caso… —la frase de agumon fue violentamente interrumpida, el moreno lo miró sorprendido. El gesto de su compañero cambio repentinamente a un estado automático de alerta.

—¿Qué ocurre agumon?

—Se mueve.

—¿De nuevo? ¿Tan pronto? —Preguntó extrañado, colocando la palma de la mano sobre el muro.

—Te equivocas. —aclaró— Es algo más. Viene hacia acá.

Tai tragó saliva, y tras un momento de duda se puso finalmente de pie. —¿Puedes digievolucionar?


Al tercer golpeteo la puerta se abrió sin mediar palabras. Se levantó con la impresión de haber dormido profundamente durante muchas horas, y lo primero que vio fue al hagurumon que servía como contramaestre en aquel impresionante complejo. Su cuerpo se hallaba sumido en un agradable torpor que no lo abandonó hasta que finalmente se levantó de la cama. La travesía por el desierto había sido ciertamente agotadora, y la molesta arena no parecía irse del todo a pesar de sus múltiples intentos. El cielo estaba gris, mas allá de la noche que arropaba esa región del digimundo, aunque no había visos de que fuese a llover. Tras sacudirse el sueño con rebeldía se dirigió hasta su súbdito, quien sin necesidad de petición alguna procedió a darle el mensaje.

—Ya llegaron, los humanos que advirtió el general. Entraron al laberinto hace unas horas.

—Avisa a los golemons que estén preparados para partir a primera hora, en la mañana deben buscar los restos de los humanos. Quizás lleven algo que sea de valor para miragemon.

Hagurumon lo miró perplejo. —¿Los restos? ¿No cree que deberíamos levantar las defensas por si se presentan acá?

—No es necesario. —exclamó el fauno con seriedad— Ellos van a morir esta noche, es la penitencia por la estupidez de pensar que podían simplemente llegar hasta aquí y rescatar a su amigo.

—Pero señor. —se disculpó sin entender— Actualmente no tenemos ninguna defensa en el laberinto.

Aegiochusmon enmudeció. —Cierto, no te he hablado nunca de él. El laberinto fue la ofrenda que le hizo una antigua tribu que habitaba este cañón a miragemon, una vez que conquistó la región, a cambio de dejarlos marchar. La tribu no era originaria de este mundo, ni tampoco sus habilidades. Hay un laberinto, y hay un monstruo en su interior. El laberinto y el digimon que lo habita son uno solo, el perfecto diseño para la trampa perfecta. De día, los tontos que entran allí se pierden, se cansan, dando vueltas por sus interminables acertijos, donde no hay agua ni tampoco alimentos. De noche, la criatura ataca. Ella conoce el laberinto pues forma parte de él, y su golpe es rápido y demoledor. No hay forma de que sobrevivan, ya sea por el laberinto o el monstruo, ellos perecerán.

—En ese caso. —musitó el pequeño digimon mecánico aun sin digerir completamente la impresión— Le informaré a los guardias. Es una pena que esa tribu no este de nuestro lado ¿Verdad?

—Sí… nunca había conocido a unos digimons tan extraños y sabios. Sin embargo después de semejante obra, miragemon tuvo que dejarlos marchar, y mantener su palabra después de todo. Si su honor se ponía en duda, podía traer inestabilidad a la región entera.

Hagurumon asintió con un gesto de reverencia, y se marchó a las almenas para informar a los guardias de las nuevas órdenes.

—Yo, por otro lado, no necesitaba mantener tales apariencias. —la voz de su maestro lo detuvo de golpe— Y por eso, tan pronto abandonaron la región fui tras de ellos personalmente.

Los dos grandes ojos del sirviente miraron fijamente a un aegiochusmon que casi podía saborear la escena, y supo finalmente el motivo por el que era tan temido en aquellas tierras.

—Fue rápido, no eran buenos guerreros… a pesar de su habilidad.


Tus recuerdos te hablan ¿Qué te dicen tus recuerdos?

No estoy segura de que dicen… es confuso.

El frio de aquel inimaginable lugar le cortaba la respiración como cuchillas, se sentía desnuda, y no podía ver nada. Solo aquella profunda y calmada voz, hablando desde su interior. Emanaba un poder sobrecogedor, absoluto. Aun para ella, que no era muy apegada a ninguna creencia religiosa, fue imposible no hacer la asociación de que aquella voz, de ser real, debía tratarse de la voz de Dios.

Deja de huir. De otra forma será imposible que los escuches con claridad.

No huyo. Evito.

No es el fantasma de tus recuerdos a quien temes, sino a la persona que esta tras de ellos, y la idea de que pueda ser tan mala como temes, y lastimar a otros.

No puedo enfrentarlo. dijo reducidaAun no. Es confuso, no puedo entenderlos.

Es el legado de tu emblema. Al elegirte, ya sabias que implicaba. Es el más poderoso de los ocho, y el más pesado.

¿Por qué?

Porque los hace lo que son. Humanos.

¿Qué si me hablan y es como dices, como temo… y lastima a otros?

Aun así, te hablaran con la verdad.

Abrió los ojos de pronto, volviendo a caer en el laberinto. Y por un momento, aun en medio de esa interminable maraña de corredores, se sintió aliviada. Matt se encontraba junto al fuego con gabumon, y piyomon estaba acompañándola.

—¿Tai aún no ha vuelto? —El ave rosa negó con la cabeza.

—Matt estaba pensando en ir a buscarlo.

—¡Chicos! —La voz alarmada del castaño en la lejanía hizo inútil cualquier intento de búsqueda. Los cuatro voltearon al instante, mientras los pasos acelerados de Tai se aproximaban en su dirección. Al cruzar el pasillo y llegar a la encrucijada pudieron finalmente verlo.

Tai estaba pálido, y su ropa y su cabello, que lucía más desordenado que de costumbre, impregnados de la tierra del cañón. Simplemente apareció frente a ellos, como un espectro, y los observó por un instante. Sus labios no se movieron, pero en su mirada quedo claro el mensaje que traía consigo. Peligro.

—¡Tai! —El grito de Sora se ahogó en el amortiguado impacto que lo sucedió. Greymon apareció de pronto tras de su tamer, y la embestida de su cuerpo arrastrado por una tercera criatura lo llevó directo contra uno de los muros cercanos.

El digimon que aplastaba a la versión adulta de agumon tenía el aspecto de un toro antropomorfo. Ni siquiera reparó en ellos, toda su atención se encontraba en un lastimado greymon, a quien constreñía contra la gruesa pared de piedra gracias a la presión que sus cuernos aplicaban contra el torso del dinosaurio. En un intento desesperado este intentó liberarse atacándolo con una mega flama, pero el enemigo impidió toda reacción al tomar su cabeza con la mano que poseía libre, desviando el ataque y estrellándola repetida y violentamente contra la roca. Finalmente lo sujetó por el cuello, ya inconsciente, y con desidia lo arrojó a un lado, solo para que unos segundos después volviera a su forma básica.


Una vez culminado el combate la criatura volteó hacia ellos. Medía fácilmente unos 5 metros de altura, y su piel, con visibles costuras a lo largo de todo su cuerpo lo hacía lucir si cabía aún más atemorizador. Empezó a caminar hacia la pelirroja, lentamente e ignorando a los demás. En la medida que se acercaba, el taladro que sustituía su mano izquierda empezó a acelerar. Sus pasos se hicieron más rápidos, y cuando Sora se dio cuenta ya estaba encima de ella.

—¡Cuidado!

La elegida cubrió su rostro con el brazo instintivamente y al retirarlo se dio cuenta que birdramon había acudido al rescate, sujetando al digimon con sus garras hasta llevarlo a una distancia segura, donde ahora se encontraba tratando de resistir.

—¿Están bien? —Matt bajó del lomo de garurumon, quien enfiló su mirada hacia el enemigo.

—Matt, se trata de minotarumon. Pónganse a salvo, birdramon y yo nos encargaremos.

—Ten cuidado garurumon. —advirtió Tai, llegando con un lastimado agumon a cuestas— Es poderoso, y usa el laberinto como arma. Al parecer puede cambiarlo a voluntad.

—Amigo, no luces nada bien. —el rubio lo observaba con un claro semblante de preocupación, alternando la mirada entre sus maltrechos compañeros y el encarnizado combate a solo unos metros de ellos, donde birdramon y garurumon parecían tener problemas para aguantar— ¿Qué ocurrió?

—Atacó de pronto, apenas pude digievolucionar a tiempo.

—Agumon… descuida, nosotros nos encargaremos esta vez. Sora ¿Puedes quedarte con ellos un momento? —Matt partió de inmediato ante la afirmación de la elegida. Agumon había sido notablemente lastimado, y Tai apenas podía mantenerse de pie.

—¿Estas bien Tai? No debieron alejarse tanto.

El semblante serio de la chica causó un leve rubor en su amigo, que solo pudo afirmar tenuemente con la cabeza antes de colapsar, extenuado. El tiempo pareció detenerse, mientras lo único que alcanzaba escuchar eran los gritos mudos de Sora, apagándose en la lejanía.

—¡Tai! Estúpido Tai… estas herido.

La garra de agumon intentó calmar a la pelirroja, que reaccionó al contacto. —Tranquila Sora, estará bien. Solo necesita descansar un poco.

Al otro lado de la encrucijada minotarumon tenía dificultades. Matt daba instrucciones a garurumon, que aprovechaba su velocidad para hacer múltiples ataques furtivos desde diferentes ángulos, mientras birdramon lo mantenía ocupado con sus meteoros fugaces.

—Vamos garurumon ¡Un poco más y lo tendremos!

Minotarumon estaba reducido, pero de cierta forma la voz de Matt le permitió entrar en perspectiva. Tomó el taladro de su mano izquierda y a toda potencia perforó el suelo bajo él, levantando una nube de polvo y escombros. Con el otro brazo tomó un puñado de estos y se los arrojó encima a birdramon. Nada que pudiera lastimar al ave, pero si descolocarla el tiempo suficiente para interceptar uno de los ataques de garurumon, sujetarlo por una de sus patas y arrojarlo con fuerza en la dirección donde se encontraba Matt.

—¡Garurumon! —El chico corrió hacia su digimon, que aunque se encontraba en el suelo no presentaba mayores daños. Fue el sonido mecánico que los había estado persiguiendo durante todo el día lo que realmente alertó al elegido— Maldición…

Sora observaba el combate junto con agumon cuando se dio cuenta al igual que el rubio de lo que sucedía. En cuestión de segundos dos de los muros adyacentes al elegido de la amistad se desplazaron, formando un nuevo diseño en aquel intrincado laberinto y aislándolo de la batalla junto al lobo. La criatura inmediatamente giró su mirada hacia ellos, clavando sus ojos rojos en la próxima víctima… poco podría hacer birdramon por si sola. Se trataba de la muerte, en una de sus múltiples representaciones.

Tai seguía inconsciente, y Sora estaba paralizada. Birdramon intentaba sujetar al digimon perfeccionado con sus garras, conseguir de alguna manera que no siguiese avanzando, pero era inútil. Minotarumon se la sacudió un par de veces, a la tercera la tomó por las alas, estrellándola contra el suelo y acabando con los intentos desesperados. Su objetivo no era el ave, y ahora nada podría molestarlo.

—Sora, debes escapar, ahora. —agumon no apartaba la vista del enemigo, interponiendo su cuerpo entre sus amigos y la muerte que cada vez más, parecía cernirse sobre ellos— Llévate a Tai, corre lo más rápido que puedas. Trataré de ganar todo el tiempo posible. Y si vieras que no puedes escapar, sigue sola. Trata de volver hacia el cañón.

—Agumon… ¿Qué estás diciendo? ¿Que lo deje?

—¡Por supuesto que no! —respondió el digimon con la voz entrecortada— Tai es la persona más importante para mí y gustoso daría mi vida por protegerlo, pero… si ves que no puedes escapar con él, aun así, por favor Sora, huye. Consciente o no, él te protegería. No traiciones eso, aun ante un probable final.

Sora permaneció un instante callada. Parecía estar remontándose en el tiempo y el espacio para visibilizar algo que no se encontraba en aquel laberinto, sino mucho más allá. En algún universo lejano o en su más profundo interior.

¿Cómo puedo hacer para entenderlos?

Para entenderlos, debes encararlos. Ver el abismo con ojos de águila, y con garras de águila aferrarte al borde, aunque temas caer. Ese es el tipo de valor que necesitas.

Lo meditó. Estoy lista.

Muy bien. Tus recuerdos te hablan ¿Qué te dicen?

Ellos… pareció dudarlo por un instanteMe hablan de amor.

—Lo siento agumon. —dijo de pronto decidida, tomando con fuerza la mano de un Tai aun inconsciente— No lo abandonaré, y tampoco escaparé. Tú lo dijiste… aun ante el final él me protegería. Esta vez, al menos esta vez es mi turno de protegerlo, a todos, pase lo que pase.

Agumon volteó ante el repentino cambio en la elegida. De alguna forma, como les ocurrió a Tai y a él mismo en el bosque, Sora se encontraba brillando con una tenue luz rojiza que emanaba de su interior. El digimon abrió sus ojos sorprendido, con la decisión que ahora le contagiaba su amiga.

—¿Estas segura?

La pelirroja asintió. —Es lo que tratan de decirme.

Minotarumon observaba desde la distancia, al tiempo que birdramon, a su lado, parecía estar recuperando las fuerzas con su propio brillo rojizo. El monstruo resopló y arremetió a toda velocidad contra la elegida. Agumon se interpondría, pero no sería un obstáculo difícil de eliminar. En pocos segundos recorrió la distancia necesaria y preparó su golpe. Sin embargo, en el momento que debía asestar el impacto y eliminar al digimon frente a él, se dio cuenta que algo, o alguien sujetaba con fuerza su brazo. Intentó vencer la resistencia que lo limitaba sin apartar la mirada de su objetivo. No pudo moverse ni un ápice, era inútil.

—Yo me encargaré de protegerlos de ahora en adelante Sora. Puedes estar tranquila, gracias a tus sentimientos pude volver a alcanzar mi vieja forma.

La pelirroja estaba atónita, inundada por la emoción y algo encandilada por el intenso brillo que despedía su digimon, al tiempo que una solitaria lagrima, como único testigo de su alegría y desahogo empezaba a recorrer su rostro. —¡Sí! Gracias, garudamon.

La criatura que defendía el laberinto volteó al instante, pero la figura que lo restringía era ciertamente sobrecogedora. Un par de inmensas alas rojas y la sensación del azufre nacido del mismo muro de fuego que protege al digimundo era todo lo que en ese momento podía sentir, junto con un potente ardor en su brazo derecho.


—Este es tu laberinto, pero ahora estas en mi juego. —con sus palabras, la versión perfeccionada de piyomon aplicaba más presión sobre el brazo— Fin del juego.

La expresión en el rostro del monstruo que vigilaba el laberinto, aun en su abstracto pensamiento, era de terror. No ese que se presenta ante la incertidumbre o el cambio, sino el tipo de terror que emana de una certeza imposible de alterar. El que de tener consciencia sentirían las moscas ante el segundero de un reloj… el terror a una constante, en este caso el final, es ciertamente asfixiante.

Con algo de lucha intentó de nuevo liberarse del agarre de su oponente. Finalmente logró hacerlo activando su taladro e impactándolo directamente contra el brazo del digimon de fuego, que no tuvo otra opción que soltarlo y armar la guardia.

—¡Garudamon!—Sora observaba como el enemigo, ahora libre, arremetía ferozmente contra su compañera, en clara posición defensiva. El laberinto actuaba como una importante limitación de espacio para el estilo de lucha del ave legendaria, y el bloqueo digievolutivo que protegía el espacio aéreo del mismo le impedía llevar la batalla a otros frentes.

Minotarumon continuó golpeando a garudamon en los antebrazos, pero poco a poco se hizo evidente que a pesar de su esfuerzo, el daño que estaba logrando era prácticamente nulo. Sora continuó observando, y la mirada de su digimon, al abrirse el mínimo resquicio en el ataque que estaba sufriendo finalmente la tranquilizó.

Al ritmo de su golpe carmesí, garudamon incendió velozmente sus puños, penetrando la defensa de un agotado minotarumon e impactando una impresionante combinación de golpes en la mayoría del cuerpo de su enemigo, que pronto cedió, precipitándose hasta el suelo.

—¡Alas de espada! —El grito de guerra fue acompañado por un fugaz proyectil de fuego que surgió de la totalidad del digimon perfeccionado, atravesando velozmente la distancia que lo separaba de minotarumon. Al impactar este se revolvió, perdiendo poco a poco sus datos entre el fuego y las cenizas de su propio ser, intentó fallidamente emitir palabras, si acaso alguna vez fue capaz de tal cosa. Al desintegrarse, el único mensaje que sí pudo transmitir fue el que sus ojos expresaron desde el principio de la batalla. El terror al final. La realización de esa constante, imposible de alterar.


—¿Cómo sigue?

La preocupación en el tono del ojiazul despertó un leve escalofrío en su amiga, que instintivamente agachó la mirada. —Tiene fiebre, pero no parece haber ninguna herida de importancia.

—Ya veo. —dijo frunciendo el labio— Debo irme Sora. Tk no puede esperar, y ya pronto amanecerá.

Desde el final de la batalla, el laberinto había dejado de emitir ese extraño sonido, por lo que presuntamente también su capacidad para cambiar de diseño estaba ligada a la presencia del minotauro. Y sin ella, el laberinto mismo, otrora monstruo multicefalo que perseguía a sus ocupantes, despertando en ellos la sensación de un desafío imposible, se veía reducido a un conjunto de muros y pasillos, sin mayor dificultad para sortearlo que la que pudiese acarrear la paciencia. Era solo una impresión por supuesto, la de ahora y la de antes, pero Sora no pudo evitar la certeza de que una simple impresión puede cambiar por completo el resultado de una vida, y convertir aterradores monstruos en inofensivos objetos cotidianos. Sonrió al recordarlo, la metáfora de la gran sombra, y se regocijó al darse cuenta que no solo aplicaba para un conjunto de muros de piedra.

—No es que no sea cierto Matt. Pero lo que sea que espere más allá de este laberinto será aún más peligroso. —La pelirroja lo observaba preocupada, mientras humedecía con los últimos resquicios de agua potable en sus cantimploras un par de paños para Tai— No te aísles de nuevo. Somos un equipo, recuérdalo.

El elegido suspiró al escucharla, alzando la mirada. —No lo entiendes, debo hacerlo… aun solo. Mi alma, y la vida de mi hermano dependen de ello. Yo tengo que ir allá, y tú tienes que quedarte en este lugar, cuidándolo. Los dos sabemos que ambas cosas son irrenunciables, y lo que deseemos no hará nada para cambiarlo.

Y así, con un ademan de la mano Matt le hizo saber a gabumon que era hora de partir. El reptil asintió, entregándole parte de los enseres a sus dos compañeros, a quienes dedicó una última mirada antes de darse la vuelta. El mayor de los hermanos Ishida se aproximó rápidamente hasta el cruce que limitaba esa sección del laberinto, y justo antes de desaparecer se detuvo, para asombro de la pelirroja.

—Sora… tus recuerdos. Ya no duelen ¿Cierto? —la elegida parpadeó.

—Me di cuenta que nunca intentaron lastimarme.

—Me alegra escucharlo. —Matt dijo esto último con una sonrisa melancólica, pero genuina. Y tras unos segundos de duda finalmente se dio la vuelta, retomando su camino— Cuida bien a Tai.

Tras borrarse en las entrañas del laberinto, Sora se dejó ir, colapsando de espaldas sobre sus brazos extendidos. El sol ya pujaba por salir en el horizonte, y Tai seguía dormido. Dio una última mirada a su entorno, que ahora lucia mucho menos atemorizante, y supo que en parte se debía a que en su interior también el sol estaba asomando. Finalmente tomó el paño que piyomon había preparado y lo colocó sobre la frente de su amigo. Deslizó sus dedos entre la cabellera desordenada y castaña y luego los dejó allí. Aun no llegaba el alba.

—Pude activar la digievolución. —suspiró exhausta— pero aún sigo confundida.


Torpe, descuidado, sin idea de cómo tratar a una chica y definitivamente experto en arruinar el momento. Siempre la palabra equivocada en el instante equivocado. Era asombroso como el mal funcionamiento del corazón podía lograr que algo que fríamente analizado lucia terrible fuese, en ocasiones, tan importante. Al menos lo suficiente para haber consumido despiadadamente sus últimos 3 días, que como los cigarrillos que en ocasiones fumaba su madre a escondidas, yacían dispersos en el aire, en forma de irrecuperables cenizas.

Estúpido Tai. musitó en un tono apenas audible, mientras acurrucada en el marco de la ventana observaba con desesperación su asistente personal de bolsillo. Esa simple palabra resumía de forma impecable a su amigo¿Por qué no has escrito?

La chica de doce años no estaba atravesando por su mejor momento, a pesar de que su tío, eterno soltero residente de la prefectura de Tokushima, le dijese hace solo unos días que con este nuevo cumpleaños empezaba la mejor etapa de su vida…

Su madre ya había intentado animarla, e incluso ahora basaba sus esfuerzos en que aceptara acompañarla a tomar un helado en el parque de Shiokaze, pensando que aquello podría ser mejor para ella que pasar la tarde encerrada en su habitación, observando su bandeja de correo electrónico.

Dejó escapar un suspiro ¿Cómo iba a ser mejor? Si en aquel lugar Tai solía ir con Hikari, y bajo ningún concepto podría manejar encontrárselo frente a frente, al menos no sin previo aviso.

Ya había intentado hablar con él, por supuesto. La última vez incluso llegó hasta su departamento. Pero cada vez que pensaba que era una buena idea terminaba por darse cuenta antes de lograrlo que estaba equivocada. En aquel momento se sentía atrapada en un laberinto, que ella y Tai, que durante tantos años habían sido inseparables, se encontraban en planetas diferentes, y la distancia lucia insalvable.

Sus ojos parpadearon emocionados cuando un correo nuevo entró de pronto, solo para darse cuenta que era una de esas molestas promociones de las tiendas de ropa. Estúpidos formularios. masculló resignada ante la facilidad con la que una chica podía dar su información personal a cambio de un descuento en la colección de la temporada.

Por su mente cruzaban todo tipo de ideas, y las repasaba mientras deslizaba entre sus dedos el broche para el cabello que le había regalado el día de su cumpleaños, pero todo lo que pensaba, desde llamar a Matt para pedirle que sirviera como espía, hasta aceptar finalmente uno de los consejos de belleza de Mimi, colapsaba al recordar que Tai simplemente no la veía de “esa forma”. Eso era todo para ella. Fin del juego, gracias por participar. Se sentía como una tonta y el dolor era insoportable, en parte por el largo periodo de tiempo en el que había estado convencida que no era así.

Su atención fue súbitamente absorbida por una suave vibración. El marco de madera donde se encontraba había empezado a agitarse levemente desde hacía unos segundos. Al hacer una rápida ronda visual, observó que también lámparas y porta-retratos estaban vibrando, por lo que podía tratarse de un temblor. Hizo un amago por buscar sus zapatillas en caso de que fuese necesario evacuar, cuando de pronto se percató que también había un zumbido presente. Leve, pero in crescendo, por lo que intuía, algo se aproximaba.

Recordó que Izzy había intentado comunicarse por teléfono, al igual que Tai, y que quizás podía tratarse de algún problema en el Digimundo, algo serio, que ameritara su inmediata atención.

Tienes un correo. la mecánica voz de su asistente haló sus pupilas hacia la pantalla con una efectividad escalofriante, y todo peligro, sísmico o digital paso a segundo plano cuando observó el remitente.

¡Tai! Ya era hora…

“Querida Sora,

Lamento lo ocurrido. No me había sentido tan mal desde la vez en que accidentalmente vomité en tu sombrero y no te avise antes de que te lo pusieras. Sé que nuestra relación ha estado un poco tormentosa últimamente, pero tú adoras las tormentas, así que qué son un par de gotas entre amigos.

Con amor, Tai.”

Parpadeó un par de veces al terminar de leerlo. Era un texto breve, y definitivamente no el mayor esfuerzo poético por parte de Tai, pero era sin ninguna duda Tai, en toda su expresión, torpeza y descuido incluidos, y eso, trataría de convencerse mas tarde, era lo que cortaba su respiración.

¿Amor? Exclamó para sí misma recorriendo de nuevo el escrito, esta vez no sin un leve sonrojo. Era casi ofensiva la ligereza con la que su amigo podía emplear palabras tan grandes. Definitivamente era Tai, en toda su expresiónEstúpido Tai…

Una vez había leído sobre Einstein, en uno de los textos de la escuela. La mayoría no le interesó, pero algo que no pudo olvidar fue como este hombre intentó por todos los medios a su alcance, enseñarle al mundo no solo que el tiempo y el espacio eran una sola cosa inseparable, sino que además, para rematar, eran ambos completamente carentes de sentido. Le impresionó como alguien podía hablar también con esa ligereza, y afirmar que algo tan grande era, después de todo, insignificante.

Y ahí estaba ella, en medio de un torbellino interplanetario, viviendo de primera mano la Teoría de la Relatividad General, escuchando crujir el tejido cósmico y observando como dos personas, aun en planetas diferentes podían ser tan cercanos. Era el laberinto resolviéndose por sí solo, mientras su madre, alarmada, gritaba a través de la puerta algo sobre un cohete y la bahía.

De nuevo, ojala haya sido de su agrado, este capítulo abre la fase de resolución de este primer arco argumental. Les recuerdo que los comentarios respectivos sobre el capítulo estaré colocándolos en mi blog probablemente mañana mismo. Hasta pronto.




 

選ばれし子供
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Estuvo muy bueno, sobre todo la relación con Bokura no war Game y la metáfora del laberinto para representar los conflictos existenciales de Sora (y de todos los chicos en realidad). También fue interesante que hicieras mención a Witchenlny; eso quiere decir que la posibilidad de que vayan a ese lugar es bastante alta. Me pregunto cómo lo harás. Yo tengo varias ideas pensadas para graficarlo, pero es extremadamente complicado llevarlas a la escritura.
Supongo que el capítulo 8 lo subieras el año que viene. A esperar no más.
 

Dragruler Phantom

Illusionary Revenger
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Cray
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Me gustó que usaras esa referencia de la mitología griega al unir un minotauro con un laberinto que cambia de forma. Me pregunto si Jupitermon aparecerá, debido a que una de sus formas ayuda al General. Los conflictos de Sora mencionados aquí tienen bastante más fundamento que cualquier cosa WTF que probablemente vaya a aparecer en Tri cuando Garudamon evolucione a su nivel Mega.
 
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Me acabo de lanzar un maratón de lectura, no había leído tu fic pero realmente me gustó bastante. La forma en que escribes y la historia en general me parece excelente, por lo que veo tardas un tiempo largo en actualizar pero espero que sea más pronto que tarde la salida del próximo capítulo.

Me gusta mucho que los capítulos sean largos, de cierta forma pareciera que se estuviese leyendo una novela y bastante positiva esa sensación porque te atrapa más de lo normal, a diferencia de otros fics que con unas pocas palabras piensan que es suficiente.

Otro aspecto positivo es que hasta ahora se ha centrado más en la historia como tal que en las relaciones románticas de los personajes, hoy en día muchos quieren resaltar el amor de los personajes y dejan la historia con un mal sabor de boca. Has dosificado bastante bien este aspecto sin empalagar al lector con tanto tinte romántico. Aunque en el último capítulo si pudimos ver más de los sentimientos de Tai, Sora y Matt.

La historia es impresionante, me enganchó por completo y me gustó mucho el toque de ir a rescatar a TK, todavía tengo la duda de saber que ganaba Miragemon con regresar a los niños elegidos espero que pronto sea resuelta. Y bueno, como dije espero que actualices pronto es de esas historias que uno quiere que nunca se acaben porque está muy bien hecha. Saludos.
 

選ばれし子供
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"Un colega me preguntó hace unas semanas a propósito de la publicación del mismo si mi intención era publicar uno al año". ¿Quién fue el desubicado? (?).
Igual te entiendo: trabajar con 16 personajes en simultáneo, en un mundo rn el que el tiempo trascurre de manera diferente, y a eso sumarle que tenés que respetar las personalidades que tenían y hacerlos evolucionar de acuerdo a ellas es complicado.
Yo, por ejemplo, quiero publicar el capítulo 3 del mío el 23 de septiembre, el mismo día que sale Kokuhaku, pero al ritmo que voy no creo que llegue.
 
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