+18 Original Fic Proyecto M/M El ultimo Dragón [3/??]

Tom Grimm

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—Se aproxima una tormenta— murmuró el maestro.
Marco Bravento levantó la vista del pergamino que estaba copiando y observó el cielo despejado, sin una nube a la vista. El sol de la tarde entraba por las pequeñas y largas ventanas de la torre norte. Iluminaba vivamente la habitación reflejándose en las paredes de piedra blanca pulida y en los espejos hábilmente colocados para proporcionar una buena luz de trabajo durante la mayor parte del día. Estuvo a punto de objetar pero, en casi ciento cincuenta años, la rodilla del viejo maestro Vermin no se había equivocado una sola vez. ¿O acaso era joven? Marco no estaba seguro de cuanto vivían los Pequeños Dragones de Niishv’ar. Algunos apenas llegaban a los cien años. Otros pasaban los quinientos. En un antiguo pergamino, que alguna vez había copiado, decía que el Gran Maestro Jöhrmen de Tiishv’ar habría visto novecientos treinta y seis inviernos. Y tal vez habría pasado los mil de no haber muerto durante la Guerra de la Niebla junto con los Grandes Dragones y todo el reino de Tiishv’ar.
«Grandes Dragones…» el nombre resonaba en su cabeza con una mezcla de temor y admiración. El maestro Vermin era uno de los llamados Pequeños Dragones y tenía más del doble de su tamaño. Marco no podía imaginar como serían semejantes criaturas. En diez mil años el mundo no había vuelto a ver uno y no había ningún registro confiable que los describiera objetivamente. Solo historias y leyendas contradictorias. Algunas decían que eran tan altos como una casa incluso más. Otras que medían lo que un zorro. Marco prefería ésta última versión. La idea de que se trataba de una ingeniosa ironía le resultaba mas agradable que pensar que los seres más maravillosos que el mundo hubiera visto jamás fueran inmensos lagartos que echaban fuego por la boca como relataban los cuentos infantiles.
—Cuando termines de reflexionar será mejor que vayas a cerrar las ventanas de la biblioteca— le ordenó Vermin sin levantar la vista del libro en el que estaba trabajando. Un hermoso volumen de “La historia de los cinco Reinos” al cual si maestro había estado dedicado por los últimos tres años. No era un libro ordinario como los miles que poblaban la biblioteca de La Casa del Silencio. Este era especial. Marco lo sabía porque había pasado meses moliendo fibras de lino y algodón para hacer el papel de las páginas, protegiéndolo con hechizos para mantener alejados a los insectos, en especial a los ácaros azules que podían devorar un libro en cuestión de días. Las tapas estaban hechas de madera roja del Árbol de Sangre recubiertas en oro, con detalles grabados en relieve tanto alto como bajo. Cuatro rubíes rojos decoraban las esquinas y uno mas pequeño en el medio, en el ojo de un león de acero pulido. No, no de acero, el acero no brilla de esa forma.
—Maestro. Eso es oran?
—Ahh muy bien mi pequeño aprendiz —el maestro Vermin dejó su pluma a un lado y cruzó los brazos escondiendo las manos dentro de su túnica como siempre lo hacía cuando quería enseñar algo— Y Dime. ¿Cómo lo reconociste?
Marco sabía todo acerca del oran, era parte de su entrenamiento como aprendiz de la Casa del Silencio. Diez veces mas fuerte que el mejor acero y diez veces mas ligero. Ni las llamas más intensas pueden fundirlo y sólo puede ser forjado en las profundidades de las Montañas de Fuego al sur de Niishv’ar.
—Cuando la luz del sol lo ilumina la descompone y destella como un arco iris. Nada más brilla como el oran.
—Muy bien. ¿Algo más?
—Si —Marco pasó su mano por el emblema— se siente frío —el oran siempre se siente frío al tacto.
Vermin sonrió complacido de su alumno.
—Maestro, este emblema… pertenece a la casa Mbale.
—Ahh. Háblame de ellos.
—Gobiernan Na’dgaar, el reino de los felinos. El rey Matar Mbale y su reina Tanesha Bawati. Tienen tres hijos, Tau, el mayor y heredero al trono, y los gemelos Talib y Taliba. El rey tiene además otros hijos con sus otras esposas.
—Excelente. Y dime… ¿Para quién es este libro?
Marco lo pensó un momento.
—Para el rey por supuesto.
Los ojos del viejo maestro se entornaron.
—Para el rey Tau —dijo Marco antes de que pudiera corregirlo— Matar llegará pronto a la Edad de la Partida y deberá abandonar el reino para explorar el reino prohibido de Tiishv’ar. Como han hecho todos los reyes desde la Guerra de la Nieba, y como todos ellos, nadie volverá a saber de él.
—¡Impresionante! —Vermin lo felicitó— Marco, se acerca el día de tu nombramiento ¿Ya decidiste a que casa vas a pertenecer?
Marco limpió la pluma con la que estaba escribiendo y tapó el frasco de tinta.
—A la de los Guardianes, maestro.
Vermin suspiro. ¿Estaba decepcionado? Marco había soñado con la idea de ser un Guardián del Pasado desde que visitó la Casa de la Memoria con su maestro cuando tenía cinco años. Estaba por cumplir los diez y en tiempo de zorros eso significaba que ya era un adulto.
—¿Estás seguro muchacho? Podrás ser un Escriba, se te dan bien las cuentas, o un Sanador, eres buen alquimista. De hecho tienes aptitud para hacer cualquier cosa que desees. Incluso dejar Niishv’ar y recorrer el mundo por tu cuenta ¿Por qué encerrarte con un montón de viejos a copiar pergaminos y libros antiguos?
—Me gustan los libros antiguos y los pergaminos. Además. ¿Para que viajar cuando toda la historia y el conocimiento están a mi alcance en la biblioteca mas grande del mundo?— dijo Marco con una sonrisa. Esta respuesta pareció agradar al maestro Vermin. O al menos parecía ser la que esperaba.
—No todo. Mucho de ese conocimiento se perdió en el gran incendio de hace diez años. El mismo día que… bueno ese día— Vermin dudó un momento.
—El día que mis padres murieron —agregó Marco—. Está bien, nunca los conocí. Apenas era un bebe cuando el barco naufragó. Aunque a veces siento curiosidad por saber quienes eran.
—Nunca supe sus nombres. Yo era un pasajero más regresando a Dalantis ese día desde las islas del oeste con un cargamento de tinta de calamar azul y plumas de los gansos dorados de Naam. Ellos eran comerciantes que transportaban telas y especias exóticas. Cuando nos rescataron traté de encontrar a tu familia pero lo único que sabía de ti era el nombre que tenias inscripto en un brazalete al rededor de tu muñeca. No quise dejarte en ese lugar. Todos sabemos lo que le pasa a los huérfanos en Dalantis, así que decidí traerte conmigo a la Casa del Silencio. Necesitabas un nombre para nuestros registros así que eres Marco por tu brazalete y Bravento por el barco en el que viajábamos.
Marco lo miró en con la boca entre abierta. Quería decir algo pero no encontraba las palabras. Había escuchado la historia cientos de veces y nunca le había dado mucha importancia. Hoy no era distinto.
—Entregaré este libro personalmente al rey Tau el día de su coronación —Vermin volvió a su trabajo— ¿Por qué no me acompañas a la capital de Na’dgaar. Dalantis queda de camino tal vez descubras algo más en sus registros. Los Dalantii son muy meticulosos con sus archivos. Le enviaré un mensaje al Gran Maestro Escriba para que nos ayude. Nos conocemos hace mucho tiempo. Será educativo. De regreso te presentaré en la Casa de la Memoria, a menos que cambies de idea sobre tu futuro durante el viaje.
Marco iba a contestar cuando el sonido de un trueno a lo lejos lo detuvo.
—Ahh… La tormenta ya esta aquí— murmuró el maestro.

Capitulo 1: Tau

Capitulo 2: Marco

Capítulo 3: Marco
 
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Tom Grimm

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Tau Mbale ya estaba despierto cuando el sirviente entró a su recámara.
El mozo dejó la bandeja que traía, sobre una mesa y abrió las cortinas de terciopelo dorado que cubrían el enorme ventanal.
Tau cerró los ojos preparado para recibir los primeros rayos del sol de la mañana, pero nada ocurrió. Toda la semana había estado lloviendo y hoy no iba a ser diferente.
Ya eran varias las noches en las que no dormía bien. Se acercaba el día en el que sería coronado rey de Na’dgaar y eso lo llenaba de miedo y ansiedad. Pero lo que realmente lo aterraba era no volver a ver a su padre.
Se sentó en la cama y dejó escapar un gran bostezo.
—Buenos días Su Alteza— dijo el joven puma mientras acomodaba en la bandeja el desayuno de su amo. Un tazón con frutas y un vaso de jugo de piña, un jarro con leche y pan recién horneado, chorizo de sangre y huevos hervidos en vinagre como todas las mañanas.
Tau lo miró en silencio. El cansancio era visible en sus ojeras y su cara seria. Su melena despeinada y la sensación pastosa en su boca completaban el cuadro.
—¿Otra vez no pudo dormir Majestad? Le diré al maestre Jurkho que esta noche le prepare una poción de sueño— el mozo puso la bandeja en la cama encima del regazo del príncipe.
—¿Cuánto falta Nym?¿Cuanto falta para que me convierta en rey?— «¿Cuánto falta para que mi padre tenga que irse para jamás volver?» Tau miró su desayuno. No tenía hambre. Aún así se obligo a comer. No quería sumar debilidad al cansancio.
—La Última Luna será en un veinte más dos días, mi Señor. Cuando Su Majestad el rey Matar llegue a la Edad de La Partida —Nym acomodaba sobre la cama una chaqueta de tela dorada y unos pantalones de lino blanco para el príncipe— Todo el reino se prepara con ansias para ese momento. Y también con gran tristeza. Matar el Longevo fue el rey que más tiempo gobernó en los últimos mil mas tres cientos años. Ha traído paz, prosperidad y justicia —por supuesto que Tau sabía todo eso, pero el joven puma hablaba con tal pasión que no quiso interrumpir su exposición con la esperanza de contagiarse de un poco de entusiasmo— El pueblo ama a su rey.
—Y también ama a su príncipe— continuo Nym regalándole una sonrisa.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Mi señor. Todas las jóvenes del reino mueren de amor por el apuesto príncipe que jamás ha perdido un combate. Esas cosas se comentan— Tau salió de la cama y desnudo como estaba avanzó hacia la ventana. La lluvia había comenzado de nuevo a caer y golpeaba sobre el cristal del color del hielo.
—Han sido solo torneos. Esos combates no son de verdad.
—Pues ésto si lo es— Nym acarició su espalda. Las marcas de las viejas heridas eran evidentes e imposibles de disimular, las cicatrices rojizas contrastaban con el blanco pelaje del príncipe.
—Solo son superficiales. Mi vida nunca estuvo en peligro.
—No diga eso mi Señor. Los dioses no lo permitan pero algo llegara a pasarle…— Lo abrazó por la espalda. Tau podía sentir el calor del joven y por un momento dejó ir todas sus preocupaciones. Cerró los ojos y se entregó a esos brazos cálidos como lo había hecho tantas otras veces. Tau estaba flotando, su cuerpo no tenía peso, el mundo había desaparecido y solo existía ese abrazo que lo envolvía por todos lados. Sintió el calor y la hinchazón entre sus piernas a medida que su miembro se iba endureciendo. Dio media vuelta para encontrarse con su amante, quería hundir la cabeza en su pecho y refugiarse allí para siempre, pero Nym se puso de rodillas para satisfacerlo y el abrazo terminó. Eso lo trajo de vuelta. Estaba de nuevo en su habitación. Ya no flotaba. Otra vez el mundo volvía a aplastarlo con una montaña de preocupaciones que no desaparecerían por mucho que intentara escapar.
—No —suspiró— hoy no.
Tau se paró frente al espejo —Ayúdame a vestirme.
—Si mi Señor— el joven se puso de pie con una reverencia. Le ofreció una camisa de algodón con botones dorados. Le acomodó los pantalones y los ajustó a la cintura con una faja de seda roja
Tau volvió a bostezar, esta vez con mas fuerza.
—¿Mi Señor desea un té de vigilia?— preguntó Nym mientras le acomodaba la chaqueta cerrada con un broche de oran en forma de león. El emblema de la casa Mbale.
—No. Iré yo mismo a ver al maestre. Ve que mi caballo este listo antes del medio día
—¿Piensa salir mi Señor?
—Si. Me vendrá bien un poco de ejercicio.
—Alteza, no creo que sea prudente, tantos días de lluvia han hecho que los caminos se aneguen y se vuelvan traicioneros. Esta misma mañana antes del alba el maestre Botánico regresaba de su inspección periódica de los campos de cultivo cuando su caballo tropezó con un pozo oculto por el lodo y se rompió una pata. Tuvo que sacrificarlo.
—¡Oh no! Timofer amaba a ese caballo.
—Aún así dijo que la carne era algo dura— Nym bromeo divertido.
Tau quedo en silencio un momento. Sabía que los osos tenían costumbres raras. Nunca desperdiciar nada que se pudiera comer.
«Salvajes» pensó. Sin embargo no podía dejar de ver el sentido práctico. En Ros’Svaranya, la ciudad de los osos, los inviernos son crudos y los veranos fríos. La comida no abunda y desperdiciarla es un crimen. Recordó el cuento de Los Tres Osos y la Doncella del Lago. Su padre se lo contaba cuando aun era un cachorro. Volvió a pensar en su padre y en el viaje que lo alejaría de él.
«Que tradición más estúpida» Y todo por el juramento de un tigre viejo y loco de hacía más de diez mil años. Los Grandes Dragones se habían ido para siempre y nunca iban a volver. ¿Por qué había que sacrificar la vida del rey en una búsqueda sin sentido? ¿Por qué su padre debía ir a morir solo a una tierra extraña de la que nadie había regresado? Tau nunca había conocido a su abuelo pero sabía que su destino había sido el mismo. Y el de su padre antes que él y el de todos los reyes Mbale desde hacía tres mil años, cuando Raj’ehl el Tirano había decidido cortar la tradición y seguir gobernando a pesar de haber visto mil lunas, lo que desató la rebelión que llevo a la caída de los tigres y el ascenso al trono de los leones de la casa Mbale. Eso y el hecho de que Raj’ehl era un tirano despiadado que desollaba a cualquiera que se interpusiera en sus planes y estaba llevando el reino a la ruina. Raj’ehl era mal rey. Tau lo comprendía, y también comprendía las responsabilidades del reino y por supuesto el por que su padre debía seguir el camino de sus antepasados. Eso no lo hacía menos doloroso.
Nym terminó de atarle las sandalias de cuero cocido que usaba dentro de palacio y comenzó a peinar su melena.
—¿Dónde esta Timofer ahora?
—En los establos eligiendo un nuevo caballo
—Iré a avisarle para que este listo
—No hace falta, no es nada oficial. Ire primero a ver al maestre Jurkho
—Si mi Señor
El maestre sanador residía en la torre este, una de las seis inmensas torres que delimitaban el Castillo Blanco. Cada una conectada con la siguiente por una pared de piedra tan ancha como seis hombres con los brazos extendidos y diez de alto. Tau comenzó a subir por los tres cientos más cincuenta más dos escalones de piedra negra hasta donde se encontraba Jurkho. Todo el castillo estaba construido con piedra negra de las canteras de Niish’var tan dura y resistente que habría tardado mil años en ser terminado. Comenzado por el primer rey tigre Dor’ehl quien participó en la Guerra de la Niebla antes de la caída del imperio de Tiishv’ar, y terminado por su treintavo sucesor. La Fortaleza Negra, como era llamada entonces, durante siete mil años se mantuvo en pie en la soledad de su colina. Ni siquiera la rebelión que llevó a sus antepasados al trono había podido dañar los muros que protegían el castillo. Durante doscientas lunas mantuvieron el sitio hasta que al final, débiles y famélicos los sirvientes mataron a los pocos soldados que que quedaban aún en pie y abrieron las puertas. Cuando Anuris Mbale el primer rey león tomó el poder ordeno cubrir el exterior del castillo con el mármol mas puro que pudo encontrar, blanco como el hielo. También ordenó construir la pared exterior a cien saltos de galope y con la misma forma exagonal del castillo dentro de la que luego se establecería la ciudad capital del reino.
Casi sin aliento llegó a lo alto de la torre. La pesada puerta de madera oscura de la habitación principal estaba abierta. Tau oyó a dos personas hablando, inmediatamente reconoció una de las voces. En lugar de anunciarse decidió entrar en silencio.
—¿Ya tienes todo listo?
—Aquí están los mapas que me pidió Majestad. En cuanto a la ropa y las pociones que me solicitó, necesito unos días mas para terminarlas. Pero le prometo por mi honor como maestre de Niish’var que estarán antes de que parta, mi Señor
—Jurkho, en todos tus años de leal servicio no me has dado menos que excelencia, confío en ti viejo amigo— el rey le dio una palmada en el hombro, era lo mas alto que llegaba. El imponente Matar Mbale parecía diminuto al lado del Pequeño Dragón.
—Me honra con sus palabras Majestad.
—Pronto solo seré otro soldado de los Dioses. Jurkho, promete que serás tan buen consejero para Tau como lo has sido conmigo todos estos años y que no lo dejarás apartarse del camino correcto.
—Lo juro con mi vida— dijo el maestre con una rodilla en el piso. Aún en esa posición era tan alto como el rey. Fue en ese momento en el que Matar Mbale se percató de la presencia de su hijo.
—Padre.¿Qué son esos mapas?¿De que pociones habla?— preguntó Tau. Hizo un gran esfuerzo para tratar de disimular la angustia en su voz.
—Son cosas que necesitaré en mi viaje, cuando el momento llegue.
Se miraron en silencio.«No te vayas» quiso decir pero tenía un nudo en la garganta.
Fue el maestre de Armas quien interrumpió el momento. Tau respiró profundo
—Mi Señor. Mi príncipe— Kar’poh saludo cortésmentea ambos. Vestía su armadura blanca con detalles dorados, inmaculada como siempre había sido característico en él.
—Su Alteza todo esta listo. Los condenados esperan.
Matar asintió gravemente y suspiró profundo aceptando su deber.
—Hijo, quiero que vengas conmigo.
No esperaba eso. Sintió como se le erizaba el pelo de la espalda. No le gustaban los juicios. Decidir sobre el futuro de un hombre era demasiada responsabilidad. Pero sabía que el rey era el encargado de impartir justicia. Y pronto se convertiría en el rey.
Tau acompaño a su padre a la Plaza de Armas. Un gran predio circular donde entrenaban los caballeros de la Guardia Real. Nunca lo había visto tan lleno de gente, ni siquiera cuando se realizaban los torneos en los que solía participar. Parecía que toda la ciudad había ido a ver el grotesco espectáculo. Las gradas estaban repletas y había gente en la arena. En el centro de la plaza habían instalado una tarima donde tres encapuchados esperaban de rodillas y maniatados. En el medio de la tarima había un gran tabique de madera.
Buscó su lugar en el palco real pero los asientos no habían sido dispuestos. Eso era ridículo. El rey debía estar presente en cada juicio que se celebrara. Subió por los escalones de madera recién clavados detrás de su padre. Era extraño. Todo esto era extraño.
Tau se paró junto a su padre tratando de parecer solemne. Entonces el maestre de Armas descubrió los rostros de los prisioneros.
El corazón del príncipe se detuvo un momento. Conocía a estas personas. Kha’ehl, Duque de las Tierras Humedas, las mas ricas y fértiles del reino. Su esposa Darjin y su hijo Sha.
—Habéis sido sometidos al juicio de los Dioses y encontrados culpables bajo el cargo de traición al reino. Yo, Matar Mbale, el tercero en mi nombre, Rey de Na’dgaar y defensor de Tiish’var, llevaré a cabo la sentencia. Decid vuestras últimas palabras.
Kar’poh le entrego la espada. Cuando el rey la desenvainó el inconfundible brillo de un arco iris no dejaba duda alguna del oran con el que estaba hecha. Rugido, la espada real de la casa Mbale.
El primero fue el duque. Sus ultimas palabras fue un gorgoteo de sangre y saliva. Le habían arrancado la lengua y la herida aún no había cicatrizado. Tau estaba horrorizado. Los guardias pusieron en posición. El rey levantó su espada y cuando el arco iris resplandeció Tau uso todas sus fuerzas para no apartar la mirada pero en el ultimo momento cerro los ojos. Cuando los volvió a abrir el cuerpo sin cabeza del duque Kha’el yacía sobre el tabique ensangrentado.
La siguiente fue la esposa. La duquesa mantuvo la compostura hasta el final, ella sola se recostó y extendió su cuello. Tau jamás había visto a nadie enfrentar la muerte de forma tan digna.
Finalmente fue el turno del hijo. Tau lo conocía. De niños habían sido amigos. Habían pescado juntos, habían cazado ratas de la pradera juntos y habían competido en torneos juntos. No importa cuanta fuerza tuviese, Tau no podía ver esto. Se volteó dispuesto a retirarse pero una mano lo detuvo.
Su padre lo miraba fijamente de forma sombría. Tau desvió la mirada de esos ojos que le eran desconocidos solo para ver algo mucho peor. Su padre le estaba ofreciendo su espada. Le ofrecía a Rugido.
Volvió a mirarlo a la cara, a esos ojos vacíos. Quiso negarse, gritar a su padre que no lo haría y salir corriendo de allí. Pero su boca estaba cerrada. Su quijada tan fuertemente apretada que fácilmente podría haberse astillado los dientes. Ningún sonido salió de ella.
—Es tu deber— la voz de su padre de repente era profunda y fría como el abismo mas oscuro.
Con las manos temblorosas tomó a Rugido. Apenas sentía fuerzas para levantarla.
El joven prisionero sollozaba como lo había hecho durante toda la ejecución. Se había ensuciado en los pantalones y por el olor no era solamente orina.
No se resistió cuando los guardias lo guiaron al tabique.
«No me mires. Por favor no me mires» Tau temía que la poca fuerza que tenía lo abandonara si se encontraba con la mirada suplicante del joven tigre. Pero no ocurrió. Su mirada estaba perdida en el publico. El pánico lo había paralizado y aceptaba su destino sin resistirse.
Levantó la espada sobre su cabeza cerró los ojos, respiró hondo y la bajó. Lo haría rápido y sin pensar. Cumpliría con su deber. Con el deber del rey. El oran atravesó la carne y el hueso casi sin esfuerzo. Cuando los volvió a abrir solo vio el rastro de sangre.
Y a continuación un grito de agonía que lo tapó todo. Sha’ehl se retorcía de dolor. Tau había fallado el corte y la oreja del joven tigre y parte de su cráneo yacían el el piso de madera de la plataforma.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas. Había intentado impartir justicia y había fallado. Los Dioses lo habían juzgado y no era digno de ser rey. Contemplo el agujero en la cabeza del pobre joven, los sesos comenzaban a salirse y la sangre no paraba de brotar. El mundo transcurría en cámara lenta. Su padre le estaba diciendo algo pero no podía oírle, los gritos inundaban sus oídos.
«Es justicia. La justicia del rey. Yo soy el rey. Es mi deber»
Su padre intentó quitarle la espada para terminar con el sufrimiento del chico pero Tau estaba tan fuertemente aferrado a ella que ya era parte de su brazo.
—Es mi deber— dijo casi sin voz y se puso de pie. Volvió a levantar la espada real sobre su cabeza y esta vez mantuvo los ojos bien abiertos. Cuando la bajó los gritos por fin cesaron y la plaza quedó en silencio.
Esa noche Tau no durmió, ni la siguiente, ni la que vino después.
Sha’el no fue el único niño que había muerto ese día.
 

Tom Grimm

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El glörg avanzaba con paso zigzagueante y monótono levantando polvo con su cola. El viaje a Dalantis estaba resultando más aburrido de lo que Marco había esperado. Era la primera vez que dejaba Niishv’ar, eso lo había emocionado pero todo lo que había visto hasta ahora eran piedras arena y mas piedras.
De pronto apareció una roca. Era grande y tenía una especie de musgo amarillo que crecía en uno de sus lados. Lo miraba desafiante desde un na segura distancia. Inmovil, petrea, inerte. Marco la observo con desdén. Era lo más emocionante que había visto desde que comenzó el viaje y eso empezaba a desesperanzarlo.
El paso por las montañas fue especialmente turbulento. El glörg se movía ágilmente, sus patas se aferraban con firmeza al terreno pedregoso pero el carruaje en el que viajaba con el maestro Vermin se sacudía de forma salvaje. Su asiento era acolchonado y estaba suspendido por resortes pero tanto movimiento hacía que su estómago se revolviese como si estuviera en el mar. Marco nuca había estado en un barco salvo por aquella noche de su nacimiento, sin embargo con solo pensarlo se sentía enfermo.
Un glörg no era la bestia más indicada para tirar de un carro pero ningún caballo podría haber cruzado las montañas de Niishv’ohpar. Durante tres mil años habían sido una protección natural de Niishv’ar tras la caída del imperio de los Grandes Dragones. Una barrera infranqueable que cualquier ejercito que quisiera cruzar, debía de hacerlo a pie. Sin carros ni caballos ni elefantes, solo con las armas que pudieran cargar. Pero eso nunca había ocurrido. Niishv’ar era un desierto árido y rocoso. Lleno de volcanes y ríos de lava que emergían de la tierra y volvían a internarse en las profundidades. Su riqueza minera era incalculable. Pero los únicos que podían vivir en estas condiciones eran los Pequeños Dragones. En tres mil años ningún ejército había intentado cruzar Niishv’ohpar.
A medida que avanzaban, el paisaje iba cambiando. El marrón rojizo de las tierras de Niishv’ar iba dejando paso al verde frondoso del valle del Phor incluso el cielo se volvía mas azul. Donde antes había arena ahora había pasto. Donde había rocas comenzaban a verse algunos árboles. Un sonido agudo captó su atención. Se repetía en forma melodiosa a intervalos regulares. Marco había leído sobre el canto de las aves primales. Pero nunca había oído o visto una antes. Escuchó fascinado el silbido que pasaba de agudo a grave, alternando entre sonidos largos y cortos y luego entrecortados. Así debía ser la lengua de Bael’dgaar, el reino de las aves con palabras que no pueden ser escritas.
—Allí— dijo Vermin señalando la copa de un frondoso árbol que crecía al costado del camino.
Marco vio con asombro como decenas de pequeños pájaros amarillos y rojos se cobijaban del sol entre las hojas. Su atención se centró en las ramas que crecían en forma aleatoria y desordenada. Un árbol salvaje. Los arboles de Niishv’ar habían sido plantados y cuidados por los Pequeños Dragones tan minuciosamente que todos eran iguales. Las aves quedaron en silencio cuando pasaron cerca de ellos.
Mientras más se acercaban al río Phor, más crecía la vegetación. Los árboles que hacía pocas horas nacían solitarios en medio de la inmensidad ahora eran más grandes y frondosos, y formaban grupos cada vez más numerosos.
—Maestro…— la voz de Marco era carrasposa por la sequedad del viaje así que se aclaró la garganta -¿Alguna vez ha estado en Dalantis?
—Muchas veces— contestó Vermin con una sonrisa —y cada vez es como si fuera la primera.
Marco lo miró extrañado
—Ahh mi pequeño. Aún te queda mucho por aprender —Vermin le palmeó la espalda—. Dalantis es una ciudad viva y cambiante. Donde todos los reinos se juntan no solo a comerciar. También intercambian conocimiento, cultura y… otras cosas que aún eres muy joven para saber…
—Tengo diez años. Ya soy un adulto— respondió indignado
—Jojojo, lo siento, lo siento de verdad. A veces lo olvido. Debes entender que para mi ha sido un suspiro solo ayer te cambiaba los pañales.
Avergonzado Marco desvió la mirada hacia el camino. Era un adulto con todas las responsabilidades que eso implica y no le gustaba ser tratado por un niño.
—Dalantis es una ciudad en constante movimiento. En solo doscientos años calles edificios y monumentos han ido y venido, cambiado de nombre de lugar y de recorrido. Por eso cada vez que la visito es como si fuera mi primera vez allí.
—¿Cuanto viven los Dragones?— sentía que era algo inútil decir Pequeños, los Grades Dragones habían desaparecido hacía diez mil años y hacer esa distinción le parecía absurdo.
—Solo los Amos lo saben— Vermin y todos los dragones que Marco había conocido se referían a los Grandes Dragones como los Amos. Y siempre lo decían con el tono más solemne posible.
—La verdad es que una vez que alcanzamos la madurez no envejecemos. Algunos eruditos creen que podríamos vivir miles de años o hasta eternamente, si es que no nos matan antes. Pero lamentablemente nadie ha sobrevivido tanto como para comprobarlo.
—Maestro… —una pregunta rondaba en su cabeza hacía mucho tiempo y no había encontrado nada que pudiera responderla en ninguno de los libros de la Casa del Silencio— si no hay dragones hembra… ¿cómo es que… —las palabras se atoraban en su lengua— cómo es que nacen?— Lo que quería saber realmente es como se reproducen, pero no se atrevió a ser tan directo.
—Bueno a decir verdad tampoco hay machos.
La respuesta lo dejo sin palabras. Los Pequeños Dragones de Niishv’ar eran hermafroditas. Por eso nunca había visto una hembra.
—Lo que voy a decirte es para tus oídos solamente. Es uno de los secretos del Niishv’alen—
—Maestro…— Marco Bravento miró a su maestro en silencio. Su respiración era agitada. El Niishv’alen era la ley sagrada. Entregada por los Grandes Dragones de Tiishv’ar. La única razón por la que Vermin lo compartiría era porque lo consideraba un igual. El pecho del joven zorro apenas podía contener tanto orgullo.
-No nos reproducimos. Nacemos de un huevo. Igual que las aves y los reptiles primales. Sin embargo esos huevos no fueron puestos por un ser vivo. Fueron creados por los Amos.
—Pero entonces eso quiere decir que…
—Así es. Algún día nacerá el último de los sirvientes. Y con el comenzaremos a extinguirnos— «Sirvientes» Marco había oído antes al maestro referirse a si mismo y a los dragones como sirvientes.
Marco permaneció en silencio mientras el glörg avanzaba con aparente dificultad. Era capaz de moverse sin el menor problema por el terreno rocoso pero la hierba parecía disgustarle.
—¿Cuántos quedan?— preguntó finalmente
—Solo los miembros del Gran Consejo lo saben
—Creí que usted era parte del Consejo.
—¿Yo? Oh no no. Apenas soy un escriba de La Casa del Silencio.
—Pero hace dos lunas llego esa carta donde decía que había sido admitido…
—Como tantas otras veces— Vermin sonrió divertido —y mi respuesta siempre ha sido la misma.
—Maestro… no lo entiendo.
—La política no es lo mío, muchacho.
Avanzaban por un bosque tupido. Marco no se había dado cuenta en que momento habían entrado. Nunca había estado entre tanto verde. Tanta vida al su alrededor exaltaba sus sentidos. Tanto que no oyó una flecha que voló a pocos dedos de su cabeza. Ni la que pasó cerca de su oreja y se clavó en la espalda del glörg.
Vermin agitó las riendas y el gigantesco lagarto comenzó a correr veloz como el viento. La flecha se había clavado en una de sus escamas, ni siquiera había podido atravesar la dura piel del animal y se cayó a los pocos pasos. De repente aparecieron dos jinetes a caballo. Golpeaban con sus espadas las ruedas del carro hasta que uno de los ejes se rompió El carruaje dio unas vueltas en el aire y otras tantas sobre el suelo de hierba hasta que se detuvo contra un enorme árbol. Otros dos hombres a caballo aparecieron por el frente.
Marco había quedado atrapado dentro del carruaje. Para cuando logró salir arrastrándose vio a Vermin enfrentándose a tres de los atacantes. De una patada hizo volar a uno. ¿Eran tres o eran cuatro? ¿Donde estaba el otro? El mas grande había sacado su espada y se disponía a atacar al maestro. Eso fue todo lo que pudo ver. Y entonces sintió un ruido sordo y contundente contra su cráneo y todo se volvió oscuro.
 

Tom Grimm

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La carreta se movía sin cesar.
La cabeza le dolía por el garrotazo y para colmo no dejaba de golpearse una y otra vez contra los barrotes de la diminuta jaula en la que lo habían encerrado. Marco apenas podía ver gracias a la poca luz que se filtraba por los agujeros de la lona que cubría el carro. No podía moverse, estaba atado de pies y manos por grilletes de cuero cocido unidos por una delgada cadena de hierro. Tenían marcas de dientes arañazos y manchas de lo que parecía ser sangre. Evidentemente no era el primero en usarlos.
Marco estaba aterrado. Intentó liberarse con todas sus fuerzas pero fue inútil. La cadena era mas resistente de lo que parecía y no tenía lugar suficiente para moverse en la jaula. Lo habían secuestrado. Pero ¿por qué?. ¿Quienes eran sus captores?. Había leído miles de historias y reportes en la casa del silencio sobre comerciantes que desaparecían y nunca volvían a ser vistos. ¿Dónde estaba Vermin?
Desesperado comenzó a gritar con todas sus fuerzas hasta que la carreta se detuvo. La lona se levantó y la luz del sol lo cegó. Oyó como la jaula se abría y de pronto una mano enorme le estaba apretando el cuello y arrastrándolo hacia afuera. No había mucho que pudiera hacer. Ni siquiera fue capaz de poner resistencia. Marco sintió todos sus huesos tronar al chocar contra el suelo y un dolor que le recorrió todo el cuerpo. Volvió a gritar, esta vez con angustia y pánico.
No tardó mucho en acostumbrar sus ojos a la luz del día. De pie frente a él había un enorme lobo gris que le gritaba algo en una lengua que Marco no entendía. Le propinó un fuerte golpe en la cara y otro en el estómago que lo dejó sin aire. Volvió a sujetarlo del cuello y lo arrojó dentro de la carreta. Al menos esta vez no volvió a la jaula.
Avanzaban con lentitud a medida que el día iba muriendo. Afuera de la carreta los hombres hablaban en una lengua extraña. Marco había podido distinguir tres voces hasta ahora. Lo que oía no era Dalanto, ni Tiishari, la lengua de los Pequeños Dragones con la que se había criado en la Casa del Silencio. Emitían gruñidos, chillidos y sonidos guturales. Estaba seguro de que era «relyo» la lengua de Ry’dgaar. Marco la había estudiado a fondo la lengua que pensaba era la de sus padres incluso había aprendido a leer relyo en unos viejos documentos que había encontrado en la biblioteca, pero nunca la había oído hablar hasta ahora. Poco a poco y con gran esfuerzo fue descifrando lo que estaban diciendo. Al menos eso apartaba su mente del dolor que sentía.
«Tesoro», «niño», «venta», «Dalantis», era lo que hasta ahora había logrado entender. Marco no era un niño, con diez años ya era todo un adulto. Se sintió extraño al darse cuenta de que se había indignado por eso y no porque pensaban venderlo en Dalantis. ¿Quienes eran estos sujetos? Las tres voces pronunciaban as palabras de modo diferente lo que dificultaba aún mas entender. ¿Hablaban con acentos distintos? ¿O eran de distintas especies?. Había identificado la voz del lobo que lo golpeó era el que viajaba más atrás. Los otros dos viajaban adelante. El cuarto, Marco recordaba que eran cuatro, seguramente era el que manejaba la carreta y aun no había dicho nada.
La conversación giraba en torno a lo que harían cuando llegaran a Dalantis y como gastarían el oro que recibirían por su carga.
—Cansancio… hambre… detener— entendió Marco.
Ya era de noche cuando acamparon a la orilla de un arroyo. Ph’al, la primera luna iluminaba la cálida noche. En el horizonte se asomaba el resplandor azulado de su hermana Dh’al marcando el final de la primavera. La tercera luna Kh’al, no se vería hasta el final del verano.
Atado a un árbol Marco observaba a sus captores mientras comían y hablaban entre ellos. Como suponía eran cuatro lobos. El gris que parecía ser el líder era el que lo había golpeado. Los otros, más pequeños, eran uno el reflejo del otro, ambos eran de color blanco a excepción de una de las orejas que era de color negro. El último parecía una montaña de pelo negro. Tenía una cicatriz en la mitad del ojo izquierdo y una en el cuello. No había dicho nada en todo el viaje y ahora comía en silencio.
La barriga le hacía ruidos, Marco no había comido nada desde la noche anterior.
—Grr…Nube— dijo, no muy convencido.
—Graaawww…Montaña— Marco podía leer relyo y había comenzado a entender algunas palabras pero hablarlo era mucho más complicado de lo que había anticipado. Modulaba gruñidos torpemente y de forma lenta como el Tiishari al que estaba tan acostumbrado.
—Grroo…mida…
Gris se puso de pie y avanzo hacia él con paso amenazante. Marco temió que lo fuera a golpear nuevamente. El lobo gruño algo demasiado rápido para que Marco pudiera entenderlo y lo abofeteó con el revés de la mano. Luego le arrojó unos pedazos de carne seca y le desató las manos para que pudiera comer.
Marco recogió la carne seca y comenzó a mordisquearla con dificultad, no había mucha diferencia con comer un pedazo de cuero cocido. No era mucho pero calmaría un poco el hambre.
No tardaron en dormirse. Uno de los lobos blancos, el que tenía la oreja izquierda de color negro fue el primero en hacer guardia.
—Rrrr…gua— Marco tenía la garganta tan seca que le costaba emitir sonidos —Arrr…gua.
—Déjalo muchacho. Eres terrible— Dijo Blanco hablando en dalanto. Se acercó tranquilamente con una calabaza de agua y la apoyó delicadamente en sus labios. Marco bebió desesperado. No era consciente de que tuviese tanta sed.
—Tranquilo. Si te mueres no nos darán un buen precio
—¿Precio?¿Qué van a hacer conmigo?
—Vamos a venderte como esclavo de placer en algún burdel de Dalantis.¿Qué más? Seguro Zerog conseguirá un buen precio por un muchacho tan apuesto como tu.
Marco se estremeció cuando Blanco le acarició la cara y las lágrimas comenzaron a brotar sin control. Pero el miedo apareció recién cuando sintió las manos del lobo recorriendo su cuerpo y el aliento caliente en su cuello. Su respiración agitada olía a alcohol y excitación. Se bajo los pantalones dejando expuesto su miembro rojo como la sangre y de un tirón le arrancó la túnica blanca de los aprendices de la Casa del Silencio. Marco no llevaba nada debajo.
El pequeño zorro se había paralizado y solo podía ver como estaba a punto de ser usado para satisfacer los deseos de ese lobo lujurioso y ebrio. Eso es lo que hacía un esclavo de placer. Esta era la vida que le esperaba. Vio convertirse en humo sus sueños de ser un Guardián del Pasado en la Casa de la Memoria. Su futuro sería satisfacer a cualquiera que pagara por ello. Pensó en Vermin y lo que diría al verlo en esa situación. ¿Qué había pasado con su maestro? ¿Estaba muerto?
Marco estaba recostado boca arriba con las piernas separadas cuando sintió la presión en su esfínter.
—Mírame. Quiero ver tu carita cuando este dentro de ti— el aliento a alcohol era aun peor cuando le hablaba de frente. El lobo empujó sus caderas con fuerza pero la punta de su miembro resbalo y erró su objetivo. Se acomodó y lo intentó una segunda vez sin éxito. En el tercer intento fallido la fricción y la excitación fueron mas de lo que pudo soportar y Marco sintió el calor espeso del lobo derramándose sobre su abdomen.
—Mierda…— dijo el lobo y se desplomó con sonoros ronquidos.
Maco sintió todo el peso del lobo sofocándolo y luchó con todas sus fuerzas para quitárselo de encima. Cuando por fin pudo escabullirse vio su oportunidad para escapar. Se cubrió con su túnica y corrió lo más rápido que pudo. Hacia el bosque. Hacia la oscuridad. No importaba hacia donde solo corrió lejos de los que lo habían capturado.
Marco nunca había estado en un bosque y avanzaba con dificultad. Intentaba cambiar de dirección para que fuese más difícil perseguirlo o eso suponía. Pronto se dio cuenta de que sus esfuerzos no habían servido de nada al ver al líder de los lobos a pocos pasos cortándole el escape. Sintió la fuerte presión en el cuello cuando el lobo lo sujetó levantándolo en el aire. Solo vio el resplandor del acero moviéndose en la oscuridad y un dolor que le recorrió todo el cuerpo.
El grito de Marco resonó en el bosque.
 
Arriba Pie