Actividad Encerrados

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Jamás pensé que me tardaría tanto para escribir un OS, pero debo decir que usar personajes de otros lo hace todo más complicado. Mi deber era:

5 Personajes


-Gian Pasquale Torelli
-Álaba Yuste
-Puppetmon
-Cuāuhpillimon
-Kumbhiramon

Y género: Suspense



Encerrados
Había una noticia que corría por el Digimundo: dos humanos y tres digimon habían sido encerrados durante días. Había muchas interrogantes y una sola verdad que jamás sería descubierta. Desde las sombras, se podía ver la brillante sonrisa de la mente maquinadora.

Días atrás…

Al abrir los ojos, nadie articuló palabra. La sorpresa, y que la luz estuviera apagada, los mantuvo callados durante minutos, mientras que trataban de deducir que estaba sucediendo. Nerviosos y aturdidos, sólo eran capaces de palpar el suelo y buscar alguna respuesta a sus preguntas. No recordaban que había pasado, sus mentes estaban nubladas, como bloqueadas. Pero de alguna forma tendrían que haber llegado hasta allí.

Fue la voz de una muchacha joven la que alertó a los presentes que había alguien:

Escucho respiraciones… ¿quiénes sois? ¿Qué queréis?

Primero, silencio, luego, el sonido de un mechero al encenderse. Fue la pequeña llama de aquel objeto lo que consiguió darles una idea de cómo era la habitación y quiénes más había en ella. El dueño del mechero era un hombre anciano, con un pelo largo gris y negro. Iba vestido con un traje impecable, y a pesar de estar encerrado como todos los demás, sus ojos parecían tranquilos; a su lado se encontraba un digimon de madera, parecido al cuento de Pinocho, con una larga nariz y una cruz en la espalda, pero lo más llamativo de él era un casco militar.

¿Eres tú, joven señorita, la que ha hablado? Espero haber aclarado sus dudas.

La sorpresa se dibujó en el rostro de todos. A parte de aquel hombre y el digimon que tenía a su lado, en la habitación había una chica humana y dos digimon. El más llamativo era un digimon con forma de hombre águila, ataviado con una armadura rojiza. Su rostro tenía plumas de distintos colores y sus grandes alas golpeaban el techo; se notaba que estaba incómodo debido a su tamaño, por eso no se movía mucho. Al llamar tanto la atención, el águila carraspeó:

Mi nombre es Cuāuhpillimon.

¿Cómo… cómo has dicho…? ¿Cua… qué?

Cuāuhpillimon suspiró. Con los humanos era más complicado conseguir que pronunciaran su nombre correctamente, y en esas condiciones no tenía los ánimos para tratar de que lo hicieran. Era orgulloso y no le agradaba que le llamaran con motes o su nombre a medias, pero no tendría sentido que le diera importancia a eso cuando se encontraba encerrado. Cerró los ojos y se cruzó de brazos para meditar en una solución.

Como no respondió, la muchacha se resignó y observó a los demás para tratar de conocer algo. Lo único seguro es que estaba encerrada con unos completos desconocidos, o, al menos, eso parecía a simple vista. Todos se miraban con atención, calculando la edad y repasando la apariencia de cada uno. Dos humanos y tres digimon, aquello podría decir mucho o nada. El tercer y último ser digital se trataba de una rata, con tres pequeños cuernos en la cabeza. Su cuerpo, por otra parte, era la de un robot, y en vez de dar seguridad, su presencia detonaba peligro. De repente, el digimon soltó una carcajada y se movió con las cuatro piernas hacia delante.

Así que ya os habéis dado cuenta de quién soy, ¿eh? —Su voz sonaba chillona y algo sarcástica, como si todo lo que dijera tuviera una pizca de broma y maldad—. Soy la Gran Rata Deva-chü, el más poderoso, el más veloz, el que os podría matar ahora mismo sin que os dierais cuenta… Pero sí lo notaríais porque me encanta el sufrimiento. Sí, queridos, humanos patéticos y digimon inútiles, mi nombre, y más os vale recordarlo, es: Kumbhiramon-chü.

Su presentación no impresionó al resto, mucho menos a Cuāuhpillimon, que había desconectado por completo de la sala para calmarse y pensar en otras cosas. La única en reaccionar fue la chica, que se acercó y tocó, curiosa, los diminutos cuernos que tenía la rata, para después fruncir el ceño, la cual dio un respingo y amenazó con atacarla, colocándose en una postura defensiva y cabreada.

¡Cómo te atreves, humana!

Bueno, mi nombre es Álaba. No creo que sea necesario añadir el apellido.

La joven llevaba una vestimenta sencilla: chaqueta negra y pantalones vaqueros. De uno de los bolsillos le sobresalía un dispositivo digital, así que imaginaron que era una humana elegida que tendría como compañero un digimon. Era obvio que ninguno de los digimon presentes lo era. Tenía el pelo largo, pelirrojo, y unos llamativos ojos azules. No le echaron mucha edad, entre diecisiete y dieciocho.

Dado que todos nos estamos presentando, no quedaré atrás y os otorgaré el saber mi nombre —la voz del anciano era petulante y muy segura—. Me llamo Gian Pasquale Torelli. Señor Torelli, para abreviar, si así lo desean. Él es Puppetmon, mi compañero —señaló al digimon de madera.

No veo nada importante que añadir, por ahora —rió Puppetmon—. Y mucho menos que logréis entenderme.

Estupendo… —masculló Álaba.

Así que ahí estaban, cinco desconocidos que acababan de presentarte. Tres con un carácter bromista y petulante, que complicaría las relaciones para salir de allí con alguna solución en equipo. Luego estaba la chica, que poco podían saber de ella con el nombre, la cual parecía inquieta, como si pensara en algo. Y, finalmente, con los ojos cerrados y sin hacer caso de nadie para no alterar sus nervios, estaba un hombre águila que había aprendido del silencio, y que no le gustaba encontrarse en una sala vacía y oscura, y que sólo podían iluminarse gracias al mechero del anciano. Lo bueno era que se podían comunicar gracias a los digivice. Hasta ahora nadie se había percatado, pero a veces Álaba decía una palabra en otro dialecto.

Pues yo no pienso quedarme aquí mucho tiempo más —declaró Kumbhiramon, acercándose a un lado de la habitación—. Destrozaré todo esto y me marcharé. Me da igual si morís en el proceso.

Antes de que pudieran detenerla, la rata preparó su ataque, y con una risa burlesca, se lanzó a la pared. Grande fue su sorpresa cuando no logró preparar el golpe y se dio contra ella sin conseguir nada. Cuāuhpillimon abrió un ojo, desconcentrado. Álaba se acercó hasta Kumbhiramon, para ayudarle, pero la rata rechazó la mano y se incorporó, molesto.

¡Qué significa esto! ¡Me siento débil! —exclamó, frustrado.

Al escuchar eso, Cuāuhpillimon se levantó y caminando lentamente para no golpear a nadie con sus enormes alas, se colocó al lado de la rata y dio un puñetazo a la pared. Tal y como había imaginado, le recorrió un dolor por el brazo y se dio cuenta que la pared estaba intacta. No cabía duda: algo extraño les estaba sucediendo a los digimon; Kumbhiramon no era el único.

Nos han drogado —murmuró el águila, regresando a su asiento anterior.

¿Drogado? —Repitió la rata—. ¡No digas tonterías! ¡Somos digimon, nada podría bloquear nuestra fuerza! No me relaciones contigo, ser con nombre estúpidamente largo, yo tengo el poder necesario para reventar esta sala cuadrada si lo creo conveniente.

Creo que deberíamos tranquilizarnos y pensar en otra solución si es cierto que no podéis usar vuestros ataques especiales —opinó el señor Torelli—. Unos minutos aquí, despiertos, claro, y ya nos estamos insultando. Discutir no servirá de nada. De todas formas, verificaré lo que habéis dicho. Pinocho, usa tu arma contra las paredes. Si funciona, trata que no se derrumbe por completo.

Kumbhiramon se hizo un lado, mosqueado, pero quería demostrar que nadie era mejor que él, así que rogó para que aquel digimon de madera también fallara. Era demasiado orgulloso para querer salir de allí gracias a otro. Álaba, por otro lado, le había hecho gracia el mote de Pinocho, y se imaginó un apodo perfecto para el anciano. Ella no dejaba de mirar a Puppetmon, esperando que realizara su ataque.

Hizo aparecer en sus manos un martillo largo, que era gris y tenía unos agujeros. Puso el martillo hacia delante y abrió los ojos con una gran sonrisa esperando algo… algo que no llegó. El digimon de madera bufó y se dio la vuelta. El anciano asintió.

Han usado algo con vosotros para debilitar el poder del ser digital, debilitando todas sus técnicas —comentó—. Al parecer no quieren que salgamos mediante la fuerza bruta ni con ataques especiales. Quizá deberíamos pensar en otras cosas. ¿Tenéis amigos que os busquen?

Álaba alzó la cabeza al oír esa pregunta.

Candlemon. Él debe de estar preocupado de que no regrese.

El hombre sacó algo de su bolsillo y lo colocó en la sala, encendiéndolo con el mechero. Se trataba de una vela para perfumar habitaciones, aunque ahora serviría para tener un poco de luz. Álaba le echó una mirada fría, aunque apenas era visible para los demás.

¿Llevas siempre encima algo así por si te encierran? —espetó, frunciendo el ceño.

Da la casualidad que me gustan los sitios tranquilos y con buen olor. Me faltaría algo más para sentirme bien, pero supongo que aquí no hay alcohol —sonrió un poco y se inclinó hacia delante—. ¿Me está acusando de algo, señorita?

Ella suspiró y se tocó la frente con una mano.

No… No, estoy intranquila. Todo esto es muy extraño.

Todavía hay una oportunidad de salir, humana —habló Cuāuhpillimon, que después de comprobar que nada de lo que él hiciera funcionaría, se había resignado a escuchar a los presentes—. Eres una elegida, así que tu compañero no tardará en encontrarte.

¡Ja! No me hagas reír… Los humanos no saben hacer nada bien —replicó el Deva.

Los dispositivos tienen la capacidad de encontrar a otros —asintió Álaba, más animada—. Lo que significa que si Candlemon habla con otro tamer y le cuenta lo que sucede, se pondrán a buscar por todas partes. Es verdad; saldremos de aquí.

Me temo que eso no será tan sencillo —objetó Torelli.

Miraron al anciano cuando puso su digivice arriba de la vela. Álaba se acercó, confusa, y sacó el suyo propia para comprobar que ambos se conectaran. En realidad, tendrían que haber pitado una vez apretara el botón que buscaría otros artilugios parecidos, pero no pasó nada. Los dos humanos fruncieron el ceño.

No es… posible —susurró ella.

Creo que nuestro mayor problema es que no veo nada de alimento. Quizá deberíamos revisar la habitación con más atención. Podríamos descubrir las razones de nuestro secuestrador si conocemos donde nos ha encerrado. Para empezar, ¿alguno recuerda si un digimon o humanos os atacó repentinamente?

¿Y por qué deberíamos confiar en ti, vejestorio?

Era cierto que la forma de hablar del anciano era muy calmada teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban. Acababan de descubrir que los digivices no funcionarían y los digimon no eran capaces de abrir agujeros para lograr escapar. ¿Sólo podían quedarse quietos mientras que morían? Gian Pasquale Torelli no contestó, porque creyó que no era necesario, además de que tenía otros pensamientos. Recogió la vela con una mano y caminó por la sala, dándose cuenta que no había ningún mueble.

Ya llegará el momento de acusarnos si no salimos de aquí —dijo el águila—. Pero sea quien sea el que nos trajo aquí, recibirá su castigo. La justicia caerá encima de él.

Justicia —resopló Kumbhiramon—. Chorradas.

No hicieron caso a los comentarios de la rata y siguieron investigando la sala. Álaba tenía que acompañar al anciano porque era el único que llevaba una luz, además de que no sabía cómo pedirle que le dejara el mechero. Puppetmon seguía revisando su martillo, pensativo, y no se había molestado en explicar que no había sentido la energía que siempre obtenía al atacar con su arma. Tal y como había expresado la humana, todo lo que estaba sucediendo era extraño.

Palparon las paredes por si algo les llamaba la atención, y así fue cuando las yemas de los dedos del anciano acariciaron una superficie más suave. Sin embargo, en cuanto lo hizo, recibió una descarga eléctrica por todo el cuerpo y lo echó hacia atrás, golpeándose la espalda contra el suelo. La vela rodó y Álaba se asustó, separándose por completo de la zona donde había tocado Torelli. Los digimon se incorporaron, alerta, y observaron al anciano, que ya volvía a estar bien, aunque aturdido por el calambrazo.

La cosa mejoró —si se podía decir así, dadas las circunstancias— cuando la habitación se iluminó con una luz azul que emanaba de las paredes. Todos levantaron la cabeza para mirar la puerta que Torelli había encontrado y fue al tocarla lo que les otorgó poder ver la sala. No obstante, ya no estaban tan seguros de querer abrirla. Algo salió de debajo de la puerta: una hoja. Álaba no tardó en ir hasta allá para recogerla.

¿Qué es? —quiso saber el hombre águila.

El rostro de la muchacha se contrajo en una mueca de disgusto. Pasó la hoja a los demás y fue Kumbhiramon quien la leyó en voz alta:

Un día y la puerta se abrirá.

La rata destrozó el papel con los dientes y luego lo escupió a un lado, cabreado por no saber quién estaba jugando con ellos. Puppetmon se acercó a la puerta y golpeó con su arma. De repente el martillo recibió una descarga y el digimon tuvo que soltarlo. Las instrucciones de la hoja eran claras: debían esperar o tendrían que sufrir daños por cabezotas. No tenían otra opción.

¿Creéis que hay alguien detrás? —curioseó la muchacha.

Si de verdad es así, se habrá marchado. Mi duda es qué esperan de nosotros cinco si no nos conocemos. Pero al parecer tendremos que ir superando las pruebas de esa mente maestra… —Torelli negó con la cabeza—. Diría que es majestuoso, mas soy uno de los peones y eso no me gusta. ¿Alguien tiene un reloj?

Ninguno llevaba encima uno, así que negaron.

Nos guiaremos por nuestro instinto —dijo Puppetmon—. Aunque no sabemos si esta “partida” incluye muertes. ¿Quién será el primero?

Vosotros sí os conocéis —comentó Kumbhiramon, mirando al dúo con recelo—. ¿No seréis la mente que nos trajo hasta aquí? Os veo muy tranquilos y eres tú, anciano, el que ha averiguado, de la nada, como iluminar la sala y salir de esta primera habitación. Además de que eso explicaría porque estáis juntos, sería muy sencillo decir que nadie os puede buscar. ¿Era vuestro plan, eh? ¡Porque como así sea, yo me encargaré de arrancaros la lengua! ¡Nadie embauca a esta rata! ¿Entendido? ¡Nadie!

Cuāuhpillimon se colocó en medio de ambos para evitar una pelea. El águila no quería permitir que se mataran por unas teorías, aunque fueran bien argumentadas. Era demasiado pronto para acusarse entre ellos y crear discordia, cuando, efectivamente, ninguno se conocía.

Ya basta —ordenó.

¿Quién te ha puesto al mando? —gruñó el Deva.

Nadie, es verdad, mas no dejaré que ataques a inocentes. Ninguno lo hará mientras que yo esté presente —declaró.

No me hagas reír… —bufó el digimon de madera.

Dispuestos a esperar durante un día para conocer más detalles sobre el secuestrador, los tres digimon y los dos humanos se sentaron en el suelo. Lo único que podían hacer en esos momentos era pensar y no dejarse llevar por los nervios. Apenas llevaban ahí un rato, al menos eso creían, pero saber que estaban encerrados sin nadie fuera que pudiera encontrarlos, lograba que el miedo se acrecentara en sus corazones. ¿Qué hacer cuando te ves rodeado de desconocidos? ¿Cuándo sólo puedes confiar en tus pensamientos? Hasta ahora, no se habían visto involucrados en situaciones como ésa. No lo olvidarían. Y tenían un objetivo en común, algo que los unía: escapar.

Detestaré la hora en que alguno sienta necesidad de ir al lavabo —murmuró Puppetmon.

Ni lo menciones, Puppetmon-chü…

Quizá los comentarios trataban de llevarse por un lado cómico para hacer el encierro más agradable, mas lo que acababan de decir era muy cierto.

Candlemon vendrá a por mí. No importa que los digivices no funcionen, él hará todo lo posible para encontrarme —aseguró Álaba, abrazándose las rodillas—. No sé que pretende el raptor, mas no obtendrá lo que quiere.

A pesar de que querían llevarse por aquella esperanza de la muchacha, no sabían cómo era ese tan Candlemon, y muchos ya habían aprendido a solucionar los problemas sin ayuda de nadie. Algunos tenían más curiosidad por descubrir qué habían usado para debilitar la fuerza del digimon, de tal manera que no pudieran ni golpear una pared sin hacerse daño; otros se preguntaban qué tenían que ver ellos cinco, porque era extraño que los hubieran encerrado de la nada, debía haber una razón; y Kumbhiramon estaba deseando que terminara aquello o encontrar al culpable y destruirlo: nadie se burlaba de él.

Puppetmon cogió el mechero del bolsillo de su compañero y encendió un puro que nadie sabía de dónde había sacado. Dio una calada y expulsó el humo para después sonreír, como si aquello le acabara de relajar.

El hombre águila carraspeó para llamar la atención de los presentes. Respiró hondo y se dispuso a hablar, sintiendo que debía hacer algo ante una situación así.

Creo que deberíamos dejar claro unos puntos importantes sobre lo que está pasando. Estamos encerrados, no podemos salir y tampoco sabemos cómo llegamos aquí. A excepción, claro, de que alguno de nosotros empiece a recordar quién os atacó por sorpresa, porque es raro que nadie lo sepa.

¿Estás inquiriendo algo, Cuāuhpillimon-chü? ¿Acaso crees que de saberlo no lo diría? ¡Yo mismo me encargaría de aplastar a ese gusano!

Cuāuhpillimon sonrió: por lo menos uno de ellos había hecho ademán de aprender su nombre por completo. De todas formas, no le gustaba el comportamiento del Deva, siempre tan agresivo cuando se trataba de demostrar su fuerza. Para él no era necesario hacer ese tipo de comentarios para creerse superior.

A lo que quería llegar es que yo estaba en el bosque, meditando, y suelo escuchar perfectamente cualquier digimon que se acerca, aunque esté lejos. Es como si el raptor nos conociera a todos y a nuestros puntos débiles. Por lo que seré directo: ¿tenéis algún enemigo que desee cobrar venganza?

No tiene sentido —discrepó Álaba—. ¿Por qué meternos a todos en el mismo saco si es un enemigo sólo de uno de nosotros?

Cierto —habló el anciano—. Yo tengo muchos… en contra a la hora de manejar mis negocios, mas dudo que alguno haya hecho todo esto cuando podrían haberme eliminado de otras formas más rápidas. Veneno, por ejemplo. O usando algún artefacto creado por mí…

Y yo no tengo a ningún enemigo, soy todo amor —añadió Puppetmon, dando otra calada.

Gian Pasquale Torelli rió ante lo dicho por su camarada.

La vida de cada uno era distinta, desde a ser un competidor en los combates de tamer y digimon, hasta ser un digimon que busca una nueva forma que le haga ver mejor. Pero tenían un pasado que no iban a contar y mucho menos cuando no entendían las intenciones que llevaba a los demás a estar allí. ¿Por qué confiar cuándo, por algún motivo, habían sido encerrados? ¿Y si sólo uno tenía la culpa pero ellos habían estado en el sitio equivocado

¿Quiénes tendrían razones para hacerles esto?

Kumbhiramon se había dedicado a ir por libre, así que tenía por seguro que nadie haría mucho para encontrarlo. Todavía no había logrado activar esa esfera y no encontraba explicación a su deseo de evolucionar, pero no importaba, ya que él era eficaz sin necesidad de tomar una nueva forma. Al menos se había librado del agobiante Mihiramon, aunque admitía que le divertía burlarse de él y hacerle bromas en sus continuos encuentros. Podría pensar en todos los digimon que querían vengarse de él por todo lo que había hecho con ellos: traicionarlos, abandonarlos, atacarlos… Era una gran lista, mas no se arrepentía de nada. Y ahora se daba cuenta que esa vida de exploración era grandiosa a diferencia de encontrarse encerrado en una sala sin muebles, donde se iluminaba una puerta y echaba calambres, donde sus poderes eran anulados y la limpieza pronto se iría al garete. Sería una de las cosas que peor llevaría: lo sucio. Lo que no sabía era que cierto humano compartía esa debilidad con la limpieza. Hasta ahora no lo había sopesado, pero tal vez el gato le había ganado esa partida, aunque eso no explicaría la presencia de dos humanos y otros digimon.

El anciano italiano era un importante magnate en la Tierra, mas no era muy conocido entre digimon como Cuāuhpillimon y la rata Deva. Y era una de las mejores cosas, ya que sus materiales no siempre consistían en maquinaría informática o tecnológica. Junto a Puppetmon, escondía un gran secreto el cual jamás diría a menos no tuviera otra opción: comercializaba con digimon. Poseía, a parte, una mente maestra, capaz de crear un digimon a partir de unos pocos datos encontrados, siendo así como creo y adoptó a su compañero de madera, apodado más adelante Pinocho. Desde entonces eran grandes amigos, y era gracias a su comportamiento calmado y calculador que podían pensar con claridad incluso en las situaciones más complicadas. Estar dentro de esa habitación podía significar varia cosas; por ejemplo, que los hubieran descubierto. Sin embargo, no era la única, y nunca lo comentarían en voz alta.

El hombre águila estaba casi seguro de quién podría haber maquinado todo eso, mas no lo comprendía, ya que su antigua familia no debería tener deseos de realizar castigos similares. Ellos aplicaban la justicia, eran orgullosos y poderosos, se encargaban de la protección del Digimundo, nunca usarían a unos humanos y otros digimon para sus propios propósitos. Cuāuhpillimon había sido uno de ellos, pero su naturaleza salvaje habría dado problemas y pronto tuvo que marcharse, no sólo por ello, también por otros acontecimientos, mas no le importó demasiado. Allí dentro encontró un amigo, Selahemon, con el que sigue viéndose fuera. De todas formas, él nunca había confiado en Yggdrasil, por lo que irse no le costó. Desde entonces había conocido a su maestro y vivido en el Pantanal Ibera, donde meditaba y ahogaba sus deseos de combates, a pesar de que los añoraba. Cada vez que alguien trataba de destruir su hogar, él volvía a las andadas. Muchas veces perdió los nervios y fue Tejujaguamon, su maestro, quien le paraba los pies. Así pues, si tenía que pensar en un nombre, en un digimon, en un enemigo, se le venía a la mente un Caballero, con el cual jamás se había llevado bien y con quien tuvo una fuerte confrontación: Omegamon. Y quizá sí sería capaz de encerrar a unos humanos para echarle la culpa y cobrarse su venganza.

Para finalizar, y la que menos idea tenía de quién podría haberlos encerrado, era Álaba. Era la que tenía la vida más tranquila, como una tamer que viajaba por el Digimundo para buscar rivales y competir contra ellos, tratando de ganar siempre y obtener mejores resultados en las batallas. Era imposible que algún contrincante quisiera tomarse su venganza por haber perdido, en todo caso le habría pedido una revancha. Y de haber sido Candlemon, ella lo sabría, porque la relación que tenía con su compañero no escondía secretos por parte de ninguno. A parte, ella era alguien que no muy conocida, no le gustaba llamar la atención y aunque era reconocida por algunos humanos debido a sus insistencias a la hora de tener un combate contra el que se creía el mejor, no por ello iban a encerrarla, ¿cierto? Sin embargo, sí hubo una vez en que Dynasmon, sin control, eliminó las casas de unos pobres digimon. Quizá ellos quisieran hacerle sufrir raptando a su camarada humana.

Por mucho que hablaban sobre el asunto no sacaban nada en claro. Y era inevitable que empezaran a cansarse, por lo que pronto se quedaron callados, en silencio, con la única compañía de sus pensamientos. Y, como era normal, alguien fue el primero en explotar.

Se acabó —dijo la muchacha, incorporándose, y acercándose a la puerta—. Me da igual si tiene una alarma eléctrica, no soporto ni un minuto más. ¡Es necesario!

Torelli y Puppetmon no hicieron nada para detenerla, pues tampoco les importaba mucho lo que le pudiera pasar a la chica. El Deva pensaba más o menos lo mismo, aunque quería comprobar si conseguía hacer algo. No obstante, el hombre águila había estado demasiado tiempo protegiendo a cualquier ser vivo que no iba a permitir que una humana hiciera una tontería debido a los nervios. La entendía, hasta cierto punto, mas ya habían comprobado que era imposible escapar.

Así pues, Cuāuhpillimon la agarró de los brazos y la echó hacia atrás, ahora bien, Álaba ya estaba harta y dio una patada a la puerta, con fuerza, violentamente, cabreada. Debido al impacto, ella cayó hacia atrás pero el cuerpo del digimon la salvó de un golpe en el suelo. Lo que más llamó la atención fue que Álaba no recibió una descarga, aunque la puerta seguía intacta.

¿No te has hecho daño? —preguntó el italiano, interesado de pronto.

No. Y de haberme dejado más libertad, ya estaríamos fuera de esta habitación. ¿Vas a dejarme ahora? —inquirió, mirando a Cuāuhpillimon.

Esperad —habló Puppetmon, con una idea en la cabeza—. No has recibido una descarga pero eso no quiere decir que no se haya percatado ya de tus intenciones, es obvio, que me refiero al secuestrador. Lo que quería comentar, es que hemos intentado destrozar la puerta individualmente. ¿Qué pasaría si lo hacemos todos a la vez? Al cogernos de la mano la descarga será menor.

Se miraron entre ellos, y asintieron poco a poco, colocándose delante de la puerta. Hicieron lo que había indicado el digimon de madera, y dieron patadas y golpes con el hombro hasta que la puerta cedió. Lo más extraño fue que no recibieron una descarga en ningún momento, como si el ser que los hubiera encerrado allí estuviera ausente. De todas formas, no perdieron más tiempo y se adentraron a una nueva habitación, pues, tal y como habían imaginado, no iban a salir tan pronto del lugar.

Hubo exclamaciones de sorpresa al observar la nueva estancia de más cerca. Era más grande que la anterior, iluminada por unas bombillas en el techo que tenían un color verde. Había estanterías en el lado izquierdo, repletas de comida en botes, junto con botellas de agua, un pequeño rincón con unas cortinas que tapaban un váter y un lavabo. Algo que les provocó temor fue comprobar que, esta vez, no había más puertas y no había manera de escapar, ya que los digimon seguían debilitados. Y, para finalizar, una mesa de escritorio y arriba de él, en la pared, unas letras escritas, dirigidas para los presentes.

Enhorabuena, habéis llegado a la segunda y última prueba. Os daré una noticia: uno de vosotros es el causante de que estéis todos encerrados sin saber cómo ni por qué. Suerte, y sed sinceros.

Leyeron de nuevo lo escrito con escepticismo, al menos al principio, para luego dibujarse en sus rostros una mueca de preocupación. Álaba tragó saliva, y miró a un lado a otra, tensa: era la menos protegida. El anciano y su compañero trataron de mantener la calma, pensativos, pues lo mejor era no llamar la atención. La rata Deva no le interesaba saber de quién se trataba, porque pronto perdería la compostura como no se revelara. El hombre águila tuvo que hablar por todos para que la tensión no continuara en el ambiente:

Puede ser un engaño —su voz sonó autoritaria. Se giró para que observar a los humanos y digimon por igual. Alguien tenía que controlar la situación, y él sabía cómo hacerlo.

¡Eso dices tú! ¡Seguro eres un traidor! Tanta chorrada de justicia. ¿Qué pretendes hacernos? ¿Es acaso un castigo divino? ¡No me vengas con tonterías! —bramó Kumbhiramon, saltando encima del escritorio, a punto de empezar una pelea si era necesario.

Dos humanos y tres digimon —comentó Torelli, caminando por la habitación—. ¿Deberíamos empezar a acusarnos como locos? ¿Servirá de algo? Si de verdad vamos a cegarnos por unas palabras escrita, entonces no tenemos razonamiento. Deberíamos buscar otra solución al problema que nos acaban de plantear —se detuvo—. Uno de nosotros nos ha encerrado. ¿Un humano tendría la posibilidad de lograrlo? Aunque tuviera un compañero, se vería en peligro. ¿Jugarse la vida para encerrar a unos tipos? ¿Con qué propósito? Hay hasta comida —señaló las estanterías y soltó un bufido—. Es difícil de creer. A mi parecer, aquí hay algo escondido. Si es cierto que uno de los aquí presentes ha sido el culpable, puedo apostar que quiere algo del resto, algo que no es asesinarnos.

Así que quieres hacernos creer que un digimon es el culpable, y teniendo en cuenta que uno de ellos es tu compañero, directamente nos acusas a Cuāuhpillimon-chü y a mí —masculló Kumbhiramon, radiando enojo por todos lados—. ¡Qué nos hayan quitado nuestros poderes prueba que ha sido obra de un humano! Y…

Eso no es del todo cierto —interrumpió Álaba, cruzada de brazos. Hasta ahora había estado atenta a la conversación, y no iba a permitir que por esa estúpida razón saltaran las alarmas hacia ellos, sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba sola y no sería capaz de luchar contra la rata, por mucho que ahora no fuera tan fuerte, podría vencer a una humana—. Un digimon pudo haberlo hecho también perfectamente conocedor de que las paredes no iban a soportar un ataque de vosotros. Por lo tanto, seguimos en la misma encrucijada.

La discusión duró un buen rato. Todos gritando y aportando ideas de por qué el otro lo habría hecho o todo lo contrario. Pero no llegaban a ningún lado, ya que ambos bandos podrían haberlos encerrados por una razón. El único que no se metía en la disputa era Cuāuhpillimon, que, cansado ya de cómo se estaban comportando, se dirigió hasta una de las estanterías y la tiró al suelo. Los botes se desparramaron, rodando por toda la sala. Y consiguió lo que quería: atención. Los demás se habían callado y ahora lo miraban.

¿No os dais cuenta que esto es una locura? —Dijo el hombre águila—. En vez de echarnos la culpa tendríamos que pensar en un plan en equipo. Si algo me ha enseñado mi vida, es que los pleitos no llevan a nada bueno. Vamos a calmarnos.

Su proposición no hizo más que crear más enojo.

Quizá lo que quieres es que nos quedemos aquí encerrados por algo, ¿no? —Inquirió Puppetmon—. Eres el más callado, eso te hace el más sospechoso.

No, no, Pinocho; él tiene razón —sonrió el anciano italiano—. Creo que lo más apropiado sería entender el significado del mensaje. ¿Os habéis percatado de las últimas palabras? —Alzó el brazo para acariciar las letras pintadas— “Sed sinceros” Es evidente que quiere que hablemos de algo, pero ¿de qué?

Álaba frunció el ceño. No confiaba en nadie desde que habían entrado en esa habitación. Sin embargo, admitió que el hombre podría estar en lo cierto. La rata, por su parte, no dejaba de mascullar y no se creía nada de nadie. Le faltaba poco para hartarse y empezar a interrogar a su manera.

Te das cuenta rápido de las cosas. Como si ya lo supieras de antemano —comentó la chica, para quitarse toda duda.

Soy atento —contestó, encogiéndose de hombros—. Sinceros, sinceridad, decir la verdad. Una historia, ¿quizá? ¿De nuestra vida? ¿Estará aquí la razón de por qué nos han encerrado? Incluso… —calló durante unos segundos, al mismo tiempo que fijaba sus ojos en el resto—. A lo mejor tenemos una relación en algo que sucedió hace tiempo y alguien quiere que confesemos.

La idea fue clara en ese instante: el anciano estaba declarando que se conocían, aunque ellos no lo recordaran. ¿Y cómo podía saber tanto con unas simples palabras del secuestrador? Era bastante probable que se tratara de él mismo, y por eso había entrado con su compañero, para protegerse.

Se acabó —proclamó el Deva—. Yo averiguaré la verdad. Id soltando todo lo que sepáis. Torelli-chü, ya que pareces tan seguro, puedes empezar a explicar por qué crees que te encerrarían.

La otra sería no hacer caso a lo escrito —dijo Álaba, y las miradas se dirigieron a ella automáticamente. Ella carraspeó y explicó—. Ya hemos dado por sentado que el secuestrador dice la verdad, pero tal y como había comentado el… águila, podría tratarse de un engaño. ¿De verdad nos vamos a creer las palabras del humano, digimon, o lo que sea, que nos trajo aquí?

Yo no tolero esto —añadió Cuāuhpillimon—. Y me encargaré del raptor en cuanto sepamos quién es con toda seguridad. Tenemos comida, nada más falta encontrar la manera de salir.

Hubo un silencio mientras que los demás pensaban en aquello. Álaba suspiró y se sentó lo más cómodamente posible en el suelo, recogiendo los botes que tenía cerca y haciendo una torre con ellas. Torelli y Puppetmon se apoyaron en la pared, hablando entre ellos, y el hombre águila se dispuso a levantar de nuevo las estanterías, ya más tranquilo. Pero Kumbhiramon no estaba conforme, y lo hizo saber enseguida:

No me creo del todo lo que hay en la pared, no obstante, quiero salir de aquí. Y a mí no me importa ser sincero, pues no me arrepiento de lo nada hecho. ¿Queréis escuchar mi historia? Bien, así tal vez encuentre motivos de por qué alguno de vosotros ha tenido la brillante idea de encerrarme con otros inútiles. Soy lo suficientemente listo y poderoso para conocer la verdad en menos de un día.

Claro, y yo os mimaré a todos antes de dormir —sonrió el digimon de madera, rodando los ojjos—. Deja de alardear, eres una nena —la rata no hizo ningún movimiento—. Ah, perdona, es posible que no hayas entendido el insulto. Eres un idiota.

Esconde tu lengua, mascota arrastrada de los humanos, pues en cuanto recupere las energías lo último que harás será abrir la boca. Yo soy el mejor, ¿entiendes? Será apropiado que no olvides ese detalle, Puppetmon-chü.

Bueno, pero tú no sabes cómo salir; yo sí.

Todos se quedaron boquiabiertos a excepción de su tamer, que negó con la cabeza y movió una mano.

No lo toméis en serio, por favor, no seáis tan crédulos.

Pero si estoy diciendo la verdad —colocó las manos detrás de su cabeza, soltando una larga y ruidosa carcajada—. ¿No lo notáis? Yo sabía que esto iba a pasar desde el principio, nada más quería ver cuánto aguantabais.

No hizo falta que continuara porque su nariz se movió un poco, delatándole. Rodaron los ojos y continuaron con lo que estaban haciendo. Incluso en esa situación uno tenía que hacerse el gracioso, aunque el digimon no lo había hecho para eso, sino para dar esperanzas y luego destrozarlas. Obviamente, la misión no le había salido del todo bien.

Las siguientes horas pasaron sin más sobresaltos, aunque esperaban nuevas noticias de su secuestrador, éste no hizo acto de presencia con otras notas o iluminaciones llamativas. Muchas veces, Álaba se había levantado para caminar hacia la otra habitación vacía y comprobar si algo había cambiado, mas regresaba con una mueca de disgusto, sin necesidad de dar explicaciones de su búsqueda. El águila se colocó en la misma posición para meditar, la rata movía los dientes y de vez en cuando usaba algún ataque, ansioso de recuperar sus poderes.

Así había pasado un día, durmiendo en el suelo, cenando de botes con comida fría, sin saber qué hora era o que sucedía afuera. Álaba cerraba los ojos cada vez que quería retroceder en sus pensamientos y observar a su pequeño digimon. Los ánimos ya no eran los mismos, pues habían esperado que alguien los encontrara o que el culpable les mandara un aviso. No pasó nada. Tenían el mensaje de la pared, y parecía que eso sería lo último que iban a obtener en esa ocasión. Sin embargo, el anciano italiano había estado despierto, junto a Puppetmon, más tiempo que los demás y ambos habían podido deducir algo.

Me gustaría enseñarles algo. Y será mejor que prestéis atención, pues creo que hemos descubierto la manera de salir de aquí —los ojos le brillaron—. Os recomiendo que no sonriáis todavía, porque no será de vuestro agrado, y mucho menos del mío. Eso os lo puedo asegurar.

Se pasó una mano por la barbilla e indicó con la otra a Puppetmon que se acercara. Álaba presentaba ojeras, hecho de haber dormido mal, y los otros dos digimon tenían un comportamiento distinto: furioso y serio. Era fácil saber de quién era cada uno. Torelli respiró hondo y comenzó hablar sobre lo que había descubierto:

Tengo la sensación de que nos llamó la atención las palabras finales, pero no las del principio. Observad bien: habéis llegado a la segunda y última prueba —esperó para ver la reacción de los demás—. Lo que quiere decir que ya habíamos pasado una, y creo saber cuál: la de la puerta. Quisimos hacer casi todo individualmente, pero dimos con la solución al unir las manos. Todavía no le encuentro explicación a que en ese instante no recibiéramos una descarga, sin embargo, ya lo pensaré más detenidamente, ya que hay multitud de respuestas a eso. Ahora, a lo que quiero llegar, es que estamos en otra prueba, en una distinta, que presenta una pista: sed sinceros.

Eso nos lleva a lo de antes: quieren que contemos una historia —bufó el Deva.

Cierto, pero no una cualquiera. ¿De qué le iba a importar al raptor conocer nuestro encantador pasado donde nada interesante ha pasado? —Torelli se ajustó la corbata, cada vez más emocionado—. ¿Qué es, pues, lo que le podría interesar a una mente que es capaz de encerrarnos por algo tan absurdo, y al mismo tiempo, vital para según qué cosas?

Secretos —murmuró el hombre águila.

Exacto. Secretos. El mundo es un secreto en sí. Si conoces el secreto de alguien, ya lo tienes en la palma de tu mano. Manipulación, control… Eso es lo que quiere el raptor —asintió el italiano.

Si se paraban a pensarlo, era lo más posible, ya que, de querer matarlos, no les darían de comer. Si bien la comida podría acabarse en cualquier momento, en unos días o semanas, alguien que desea asesinar, le gusta ver sufrir a sus víctimas, ¿cierto? El digimon o humano que los trajo allí tenía imaginado que pasaran las pruebas antes de cierto tiempo.

¿Y para qué? —preguntó Álaba.

Pregúnteselo al secuestrador cuando salgamos, señorita —respondió Torelli.

Torelli-chü, me sorprende que siempre des en el clavo, tú o tu animal. ¿No serás tú el culpable y te interesa controlarnos? De todas formas, si la clave es tan sencilla como ésa, yo mismo hablaré primero, y una vez descubra quién de todos es el secuestrador, no podrá escapar de mí. Puesto que no me arrepiento de lo nada hecho en mi vida, no sé de qué le servirá, pero aquí va.

Hace unas semanas me encontré con un viejo… amigo. Se podría decir que siempre estoy escapando de él por motivos que no os concierne a ninguno. Lo que sí puedo admitir es que me encanta hacerle pasar por situaciones complicadas para que su vida sea más inútil de lo que ya es. Porque, vaya, vivir para encontrarme debe ser una estupidez, pero ahí sigue, tratando de perseguirme, como si lo fuera a conseguir algún día. En resumen: es un completo bobo, que para recibir las felicitaciones de unas bestias, hace de todo.

Hasta ahora he podido burlarme de él en tres ocasiones; ocasiones, que, por cierto, disfruté al máximo. A partir de entonces mi vida ha sido un reto diario para perderle la pista, y os puedo asegurar que ese idiota es muy cabezota. Ya debería saber de sobra que no se puede comparar conmigo, mas insiste en hacerlo. No lo mato porque me divierte. No obstante, tenemos, lo que se podía llamar, una antigua relación de compañerismo. Sí, porque yo soy un Deva, y no soy el único. En teoría debemos realizar las misiones juntos, aunque siempre me he valido de mi fuerza e inteligencia para salir de cualquier aprieto, cuando era joven me tocó hacer dúo con otros. Tenemos… mmm… prohibido matarnos. Es por eso que en vez de ir a por mí para acabar con mi vida, quiere raptarme y llevarme de nuevo donde las Bestias Sagradas. Tengo mi derecho de guardarme el por qué cambié de vida.

La charla estaba siendo escuchada en silencio, sin interrumpir, curiosos por la historia y a donde llevaría. Kumbhiramon respiró hondo, puso en orden sus ideas, y prosiguió con el relato:

Un día normal, vi que Mihiramon-chü, sí, así se llama, había podido descubrir mi paradero, pues ya hacía bastante tiempo que había logrado escapar de ellos. Lo malo fue que estaba acorralado, ya que en el bosque él podría ser más rápido. ¿Qué hice? Me fui por el lado de una cueva. Con suerte, esa mañana algo había pasado en la aldea cercana, y no había ningún digimon dentro. Así podría correr sin tener que esquivar a estúpidos. Como sea, que Mihiramon-chü no tardó en venir detrás.

Nunca se me había ocurrido atacarle, ya que me habrían criado para no hacerlo. Eso no quería decir que no pudiera burlarme y maltratarlos en algunas situaciones, y esa fue una de ellas. La cueva estaba a oscuras, ya que me había encargado de apagar las llamas antes de que él entrara. Su voz sonó como eco dentro, avisándome de que esta vez lograría atraparme y que no seguiría con mi vida. Aquello presentó un reto para mí y me cabreó. Al instante, me hice ver, y empecé a atacar por todas partes. El techo de la cueva se derrumbó, en la mitad de los dos, y golpeando el cuerpo de Mihiramon-chü, que gruñó y me enseñó los dientes desde la otra parte. Nos separaba una muralla, por lo que él ya no iba a conseguir nada ese día.

Me asomé por un agujero y le saqué la lengua, burlesco. Él me dirigió una larga mirada, y luego bajó la cabeza. Todavía puedo recordar lo que me dijo: has ganado, lo acepto, pero un día volverás. Volverás y entregarás lo robado.

Mi deber como Deva era darle una oportunidad de salir, pero quería libertad y ese digimon me estaba molestando demasiado. Di media vuelta y destruí por completo la entrada de la cueva, para que no pudiera salir jamás. Era posible que otros digimon lo ayudaran o que excavaran, pero para entonces yo ya estaría muy lejos y tendría nuevas estrategias para que no me cogiera.

La rata terminó de hablar y observó al resto para ver si alguno iba a comentar algo al respecto. Como nadie lo hizo, carraspeó y él mismo habló sobre lo sucedido:

Ése es mi secreto. Robé la esfera de una Bestia Sagrada y desde entonces he estado huyendo. Al menos hasta que consiga lo que deseo —mostró una sonrisa—. Así pues, ¿de qué me serviría encerraros? No tengo ninguna relación con vosotros y mucho menos perdería mi tiempo realizando todo este trabajo. Lo único posible sería que Mihiramon-chü lo hiciera para molestarme y, de paso, eso sería una culpa indirecta hacia mí.

Pensaba que no nos ibas a decir por qué te seguía —comentó Puppetmon.

Al final me ha dado igual.

Aunque quizá Kumbhiramon podía estar en lo cierto con no ser el raptor, ninguno de ellos podía estar seguro, ya que a la rata le gustaba hacer bromas. Acababa de repetirlo varias veces en la historia, y el encierro podría ser unas de sus estrategias para no ser encontrado y, de paso, tenerlos controlados y usarlos como escudo si le volviera a suceder algo con su perseguidor. No, no iban a quitarle los ojos de encima nada más porque él lo dijera.

Y ahora, que el siguiente cuente algo. O se lo sacaré a la fuerza —masculló el Deva.

No todos tenemos secretos —contestó Cuāuhpillimon.

Ahora vas a decir que nunca has hecho nada malo —Kumbhiramon soltó un bufido, aunque en el fondo estaba deseando callar a ese hombre águila, ya que desde el principio le había caído mal—. Todos tenemos un pasado, presente o futuro oscuro. Y tú no eres la excepción. Nadie lo es.

El hombre águila entrecerró los ojos.

Sé que en mi vida he tomado las decisiones correctas. Incluso cuando tuve que pelear o aplicar la justicia, fueron por buenas razones, y por tanto no hay nada que lamentar ni que comentar. He sido educado para hacer el bien, para proteger a los demás, no para guardar secretos. No tengo ninguno.

Álaba se rascó una oreja y suspiró. Ella acababa de darse cuenta de que Cuāuhpillimon era demasiado orgulloso, así que no soltaría prenda a pesar de que tendría que hacerlo para salir de la habitación. Lo malo era que eso también les impediría a ellos poder marcharse. Sin embargo, ninguno daba indicios de querer continuar con sus secretos.

¿En serio os vais a quedar callados? —espetó Kumbhiramon.

Estamos pensando qué le puede interesar al secuestrador —respondió la muchacha—. Yo puedo contar algo pero tal vez no sea lo que quiera. Tampoco es que mis batallas por competición sean un secreto. Mi compañero y yo luchamos con todo lo que tenemos, sin detenernos, para ganar siempre. ¿Eso es importante?

Habrá algo. Si nos han encerrado es porque todos tenemos un secreto —observó el italiano—. Eso sí, yo no le voy a dar el gusto de hablar tan rápido. Tendrá que hacer algo más si desea que lo suelte. No tengo porque cumplir con los caprichos de una mente lunática. Tampoco tengo prisa por salir —rió.

Las intenciones de Gian Pasquale Torelli eran las de ganar en una partida de paciencia. Él podía esperar todo el tiempo para que el secuestrador hiciera acto de presencia o tuviera la brillante idea de regresar para llamar su atención de alguna manera. Y en el caso de que uno de ellos fuera el culpable, entonces debía tener un cómplice. Además, no podía dejar de pensar que la rata podría haber mentido sobre su historia, y junto con el otro digimon que había nombrado, se había dedicado a jugar una partida con humanos. Eso explicaría porque se ponía tan nervioso.

¡Aaaagh! —Explotó Kumbhiramon—. No entenderé nunca a los idiotas. Me voy a la otra habitación, por lo menos así no veré vuestras caras. Cuando os dignéis a hablar, me avisáis. Panda de… —y se marchó de la sala echando maldiciones y soltando uno que otro insulto.

Puppetmon se sacó otro puro para calmarse. A él también le divertía la forma que tenía su camarada de decir las cosas, y como conseguía que muchos se enojaran. Álaba pensaba casi igual que el anciano, puesto que no le hacía gracia tener que contar parte de su vida a un completo desconocido. Encontrarían otra forma de escapar, de salir de esa habitación y hacerle pagar al secuestrador. Por otro lado, el hombre águila no comprendía qué debía hacer, pues él estaba completamente seguro de que no había hecho nada malo.

Candlemon… —susurró la chica.

No te preocupes —dijo Cuāuhpillimon—. Él también te echará de menos. Puede ser que nos encuentre. Confiemos en ello.

No me gusta estar lejos de él —se cogió la cabeza con las manos—. Si al final no lo hace, yo seré la próxima en hablar. No me siento bien aquí encerrada, y no le daré el gusto al secuestrador de verme mal —masculló.

Otro día comiendo comida de latas, otro día durmiendo en el frío suelo, otro día en una habitación junto con desconocidos. La desconfianza aumentaba a cada hora, culpando a aquel que no quería continuar hablando de los secretos para poder salir de allí. A pesar de que casi todos se habían negado a ello, por una razón u otra, así que la rata era la más enojada.

Algo les despertó bruscamente. Álaba cayó de la pared al suelo, golpeándose en la cabeza. En mitad de la sala, saltando y haciendo ruidos, estaba Kumbhiramon. Puppetmon bostezó y el hombre águila se restregó los ojos. Al parecer la rata no iba a permitir que perdieran más tiempo cuando tenían la pista para salir.

Podéis empezar… o podéis empezar —repitió dos veces Kumbhiramon, yendo hasta la muchacha y cogiéndole del brazo para llevarla al centro de la sala.

¿No había opción? Al parecer, no. Les tocaría abrir la boca si querían tener un encerramiento tranquilo. El anciano no se inmutó, pero porque sabía que no era su turno. La chica ya lo había comentado ayer, y ahora le tocaría hablar sobre un asunto delicado.

Está bien. De todas formas, aún no comprendo de todo si esto que voy a contar le podría servir de algo… —rodó los ojos—. Quizá después de esto queráis matarme, quien sabe.

Candlemon, mi compañero, y yo, siempre hemos estado explorando el Digimundo para encontrar rivales dignos de enfrentarse a nosotros. No hay nada más importante para nosotros que ganar y hacernos más fuertes. Es nuestra vida, le dedicamos todo a eso, entrenamos día y noche para superarnos. Candlemon tenía unos amigos, casi hermanos, que cuidó cuando era pequeño. Así que a veces venían y entrenábamos con ellos. La verdad es que no hay nada que pueda comentar, ya que no creo que tenga sentido explicar cada batalla contra humanos o digimon salvajes poderosos.

Pero si tuviera que pensar en un delito que cometimos, creo que fue hace tiempo. Ocurrió cuando apenas Candlemon había obtenido la última etapa, convirtiéndose en un fiero Dynasmon. Era imparable, magnífico y muy fuerte. Todo en él era increíble. ¿Qué podría salir mal? Todo lo que habíamos hecho hasta ahora fue para que creciera, y lo consiguió.

Fue entonces cuando escuchamos rumores de un digimon que estaba dando un premio a cambio de que le ganaran. A nosotros el dinero o los objetos antiguos nos daban lo mismo, pero queríamos enfrentarnos a ese digimon, ya que muchos de nuestros amigos habían sido derrotados. No había nadie tan fuerte para ganarnos, eso lo teníamos claro. Así que seguros, fuimos hasta allí y le retamos. Ah… nunca olvidaré su nombre, ni su sonrisa sarcástica, ni sus palabras… Murmukusmon nos avergonzó delante de todos los humanos y digimon que se encontraban allí, y no eran pocos. Acabó con Dynasmon con un solo ataque; aprovechó el descontrol de mi compañero, adivinó todos sus movimientos. Dynasmon no lo tocó. Cada vez que cierro los ojos revivo ese fatídico día.

Murmukusmon no aceptó la revancha, ya que había terminado su viaje y regresaba a sus tierras hasta el próximo año. Hace unas semanas supimos que él había vuelto y que confirmaba dar un premio más valioso a quien le ganara. No obstante, por unos motivos ajenos a esto, no pudimos verle. Por supuesto, en el transcurso de este tiempo, nos habíamos entrenado, así que le insistí y aceptó; entonces planeé aumentar en ese tiempo mientras esperábamos el día del combate. Ahora bien, hubo un día, cuando fuimos a la montaña, que realizamos un asesinato. Nunca matábamos, siempre los dejábamos debilitados hasta que se rendían, pero esta vez fue diferente. De alguna forma, sabíamos que para derrotar al demonio teníamos que superar nuestros miedos, no podíamos mirar atrás. Dynasmon tenía que absorber los datos de sus adversarios.
Lo acababa de decir, se había confesado. Notó como el hombre águila rechinaba los dientes, como aguantándose las ganas de comentar algo. Atisbó un destello curioso en los ojos del anciano y un suspiro de disgusto por parte de la rata Deva. No se atrevió a seguir mirando porque todavía no había finalizado. Tragó saliva y continuó:

Yo podría haber detenido a Dynasmon, ya que, como otras veces, había perdido el control y no dejaba de golpear a su contrincante. Hemos batallado tanto que ya ni recuerdo de quién se trataba. Habría bastado con una palabra para que no prosiguiera, pero había escuchado que había una forma de hacerse más fuerte en menos tiempo: obteniendo los datos de otros digimon. Y así lo hicimos. Candlemon no estaba del todo de acuerdo y logré convencerlo. Una vez, luego otra, y así hasta que una humana nos vio y salió corriendo, espantada. El temor en su mirada me avisó de que lo que estábamos haciendo era un crimen, un asesinato. Además de que Dynasmon ya estaba repleto de energía. Dejamos de hacerlo hará una unos días…

Supongo que lo peor de todo es que eran esos momentos donde me sentía viva. Con cada victoria, queriendo tener razón…

No hay mucho más —dijo ella, recuperando el aíre y dando un sorbo a la botella de agua.

Cuāuhpillimon se levantó del suelo. Su rostro decía todas las palabras que se estaba callando: sentía asco por la humana. Parecía que iba a dar media vuelta e ingresar a la otra habitación, pero se lo pensé mejor y finalmente se dignó a señalar a Álaba con un dedo, ya que no podía aguantar que cualquiera, ya fuera humano o digimon, se cobrara la vida de lo demás.

Desgraciada… Te mereces estar encerrada. ¡Absorber datos! Había leído de esto, mas jamás creí que alguien sería capaz de ello. ¡Vergüenza! La justicia caerá sobre ti…

Ay, Cuāuhpillimon-chü, hablar así cuando puedes matarla ahora. Es culpa de esos débiles por dejarse absorber. Gracias, humana. Ahora veo que el hombre águila puede ser un culpable.

El antiguo caballero real se giró de inmediato, sorprendido. Álaba no iba a pedir disculpas, lo había hecho para hacerse más fuerte, y ella creía que era lo más adecuado.

¿Cómo dices? ¡Yo no sabía nada de esto!

Eso es lo que tú dices. No podemos asegurar que sea la verdad —contestó el anciano, metiéndose en la charla—. No lo había visto hasta ahora, pero es verdad. Tanto hablar de justicia, es posible que quieras que aprendamos de nuestros errores a las malas. ¿Y qué pasará si ninguno de nosotros se arrepiente? ¿Volverás a ir a por más comida hasta que nuestros corazones se hagan puros?

Buen chiste —añadió Puppetmon.

Cuāuhpillimon respiró hondo y negó con la cabeza. En esa habitación nadie creería sus palabras, y mucho menos comprenderían su forma de ser. No podía cambiar a la gente de un día para otro, así que hacerlo en unas horas sería prácticamente imposible. Miró unos segundos a la chica joven y después cambió al otro humano, el cual correspondió con una sonrisa maliciosa, como si conociera las intenciones de todos y cada uno de ellos.

No tengo que demostrar nada —replicó el digimon, agitando sus alas—. El efecto de la droga que nos dieron pasará de un momento a otro. Entonces aprovecharé para destrozar el techo. Me llevo por una vida justa. Nunca entenderé a los humanos.

Torelli movió un dedo de izquierda a derecha. Se acercó hasta los botes de comida y destapó uno de ellos. Metió el dedo para coger un poco de alimento y masticarlo lentamente.

Creo que eso no será tan sencillo. ¿Acaso creías que, después de traernos aquí sin recordar nada, dejarían que el efecto que os bloquea la fuerza se pasara? —enseñó el bote a todos—. Hemos comido todos de estos botes, porque era necesario. Puppetmon y yo nos dimos cuenta enseguida, ya que la primera noche que pasamos sin comer nada, él notaba como recuperaba las energías. Claro, teníamos hambre, y finalmente caímos en la tentación. Minutos más tarde, él se sentía como antes.

No es posible… —susurró Álaba.

Exacto, muchacha. La comida no está envenenada pero lleva lo mismo que os drogó. A los humanos no nos afecta, al menos no tengo ninguna sensación extraña en mi cuerpo. Así que te puedes ir olvidando, porque de una forma u otra, no tendrás capacidad de romper techos. Si no comes, estarás igual de débil.

La comida ya no era tan apetecible. La preparación del encierro estaba demasiado bien hecha, y cada vez estaban más seguros de que el humano o digimon que los había metido ahí, era uno de ellos. Por eso se cercioraba de que comieran y no pudieran escapar hasta que contaran sus secretos. Sin embargo, era obvio que tenía una ayuda de fuera… La pregunta seguía siendo la misma: ¿quién había maquinado todo eso? ¿Y de qué le servía conocer a los demás si no se conocían?

¿Por qué sabes tanto, Torelli? —inquirió Álaba de pronto, confundida.

Eso, querida, es porque yo fabrico esta droga —alzó las manos—. No me preguntéis ni me miréis así, pues muchos la compran, tanto digimon como humanos. No obstante, el remedio para ello es difícil de crear y necesito de ingredientes complicados de conseguir. Aunque… quien iba a decir que algo mío me fastidiaría.

No sé si deberíamos confiar en ti.

Entonces, ¿por qué debería hacerlo yo también, chiquilla? —Replicó Torelli—. Y contaría mi secreto, aunque tengo miedo de asustarle, Cuāuhpillimon.

El águila ya tenía suficiente. Primero, un digimon que escapaba y usaba trampas para escapar de su perseguidor sin una pelea digna, y luego una humana que se había dedicado a convencer a su compañero para que absorbiera datos de otros, arrancándoles la vida de una forma tan horrorosa. No podía permanecer allí mucho más tiempo, o terminaría por hacer una locura. No era muy tolerante ante ciertas cosas.

Tras las discusiones y las desconfianzas, el día pasó sin que nadie más quisiera hablar. Álaba sentía la mirada de los digimon posadas en ella, pero no le importó: al menos había tenido el valor para confesarse. Faltaban Cuāuhpillimon y el anciano, junto a Puppetmon. Aunque imaginaban que su parte estaría relacionada con ambos. A causa de lo dicho por la droga en la comida, los digimon a excepción del de madera no comieron, dispuestos a comprobar si podrían usar su fuerza dejando de alimentarse. Como ya poco importaba lo que hicieran los demás, la situación no cambió en absoluto.

Cada cierto tiempo Kumbhiramon trataba de realizar un ataque, y notaba que nada le servía. Llevaba horas sin comer y el estómago le rugía, pero luchaba por contenerse. El efecto tendría que pasar tarde o temprano, y aunque se encontraba hambriento, no sucumbiría. El hombre águila cerró los ojos para concentrarse en otra cosa y no pensar continuamente en comida, mientras que los demás no podían hacer otra cosa que esperar a que esos dos se dieran por vencidos. Álaba miraba al anciano, confusa, porque él mismo había dicho que creó esa droga, por tanto debería saber que sería inútil, ¿por qué no contaba ya algo, entonces? ¿Le daba igual estar encerrado? ¿Sería él el culpable?

Puppetmon no dejaba de sacar puros y tomárselos. Mientras que tuviera, todo lo demás le daba lo mismo. Y fue hasta que notó que nada más podría dar una última calada, que el digimon de madera le planteó al humano empezar a hablar. Tampoco es que tuvieran una esperanza: el digimon de la otra chica no parecía que los fuera a encontrar, y Cuāuhpillimon y la rata estaban tan débiles que apenas podían mantenerse en pie: no tardarían en comer. Quizá la comida mezclaba algo más, ya que sí tendría que haber una oportunidad para los digimon y, sin embargo, cada vez estaban peor.

Está bien —dijo finalmente Torelli—. Supongo que ya os habéis dado por vencido. La verdad es que a mí no me importaría estar aquí, soy muy paciente.

Álaba frunció el ceño. ¿Acaso estaba declarando que lo hacía por ellos y no por sí mismo?

¿Por dónde debería comenzar? Los métodos para conseguir lo que me propongo no son del todo legales, aunque claro, lo son si nadie te descubre. Y yo pienso que tampoco son tan malos porque al final serán una ayuda general para todo el que necesite algo. Ser firme con tus ideales incluso en las peores situaciones no quiere decir que seas una persona horrorosa, ¿verdad? Muchos estarían de acuerdo conmigo. Quién algo quiere, algo le cuesta. La vida se basa en eso. Simplemente hay que encontrar el camino más rápido, el más sencillo y el que te aportara los mismos o mejores beneficios.

A mí me costó llegar a ser lo que soy ahora, y no me arrepiento de lo que hice para ello, porque nosotros tenemos que superarnos, debemos hacerlo para no ser pisoteados. El más inteligente siempre encontrará una forma de acabar con el tonto, porque tendrá una segunda opción que el otro ni imaginó. Y lo mismo sucede con los fuertes. Hacer trampas es un atajo, fabricar drogas o pócimas con efectos varios es el automóvil para conducir por ese atajo. Eso es a lo que yo me dedicaba en el Digimundo. No es la misma empresa que tengo en la Tierra, pero me gané mi buena reputación, gracias a que nadie conoce como pruebo mis creaciones.

Oh, sí, señores. Puede que la chica tuviera de meta que su compañero fuera más fuerte absorbiendo datos, lo respeto: su único fallo fue dejar que la descubrieran. Por eso es adecuado tener un sitio que sólo tú y los más allegados conozca, y no permitir que nadie más lo sepa, y si alguno te traiciona… Bueno, la regla es básica, supongo que ya sabréis la respuesta. ¿Y qué hacía? Pues necesitaba digimon dispuestos a ser tratados como cobayas para verificar que las drogas fueran las correctas. Largas semanas después, y con varias muertes a mis espaldas, obtuve lo que me proponía.

¡Experimentaste con nosotros! —ladró el hombre águila.

Casi daba la sensación que se abalanzaría a por el humano, pero como el guerrero era orgulloso y respetaba a todos los seres vivos, aunque estos fueran horripilantes, no se atrevería a atacarlo sin un duelo justo. Puppetmon, por si acaso, se interpuso entre los dos, ya que no dudaría en proteger a su camarada.

Como dije antes —habló el Deva, sin inmutarse por la historia—, es culpa de esos inútiles por ser débiles.

Aún no he finalizado. No me interrumpan —contestó Torelli, y su voz sonó autoritaria, como si aquello le hubiera molestado de sobremanera. No que le ofendieran, pero odiaba que no le escucharan y mucho menos que hablaran antes de que terminara con su charla.

Se colocó mejor la corbata, se pasó una mano por una barba que empezaba a crecer y continuó:

Es igual de culpable el que lo vende como quien lo compra. Eso es lo que pienso cada vez que alguien viene a comprar alguna receta curativa a base de hierbas y preguntan por algo más. Así es como empecé a recibir clientela distinta, tanto humanos como digimon. Ambos necesitaban dormir o debilitar a un amigo o enemigo, yo no hacía preguntas al respecto, sólo pedía que me notificaran si había dado resultado.

Nadie sabía ni sabe las pruebas que tuve que hacer para lograr ese tipo de cosas, y vosotros tampoco deberíais.

¿Es una amenaza? —inquirió Álaba.

El italiano no contestó pero mostró una extraña sonrisa.

¿Y tú estás de acuerdo con lo que hace tu humano? —preguntó el hombre águila, indignado.

Le debo la vida, literalmente —contestó el digimon de madera—. Además, me gusta ver sufrir a los demás. ¿Cómo crees que conseguía tantos digimon? Yo se los traía —hizo movimiento de sacar otro puro, y recordó que ya no le quedaban—. Bueno, sólo quedas tú, justiciero.

Era cierto. Puppetmon no tenía nada que contar porque había vuelto a nacer gracias a Torelli, y había estado a su lado desde ese momento. Por tanto, sus secretos eran los suyos, y lo de experimentar con otros digimon y hacerles sufrir era idea de ambos. Álaba se sorprendió de lo natural que había sonado el anciano mientras que hablaba, como si aquello no fuera un delito. Ahora comprendía porque no la había mirado de mala manera cuando ella y su compañero absorbían datos.

Por otra parte, Cuāuhpillimon seguía convencido de que no tenía nada que decir, porque él nunca había hecho tan perverso como sus compañeros de habitación.

¿Nunca has peleado contra otro digimon? ¿Uno salvaje? —inquirió el Deva.

Por supuesto, mas esos digimon no controlaban su furia. Tuvimos una contienda justa, con reglas y sin trampas, hasta que uno de los dos caía derrotado.

Yo también soy un santurrón —rió Puppetmon.

¿Te das cuenta de que todavía no ha pasado nada? Es evidente que escondes algo y hasta que no te atrevas a comentárnoslo, seguiremos aquí encerrados. Todo depende de ti —dijo Álaba.

No aceptaba los consejos de ellos, pero respiró hondo para no entrar en una nueva disputa y meditar sobre el asunto. Él nunca había hecho nada malvado, siempre había sido en defensa propia o para defender lo que es suyo, y cuando le habían buscado para hacerle perder los nervios, eso tampoco era culpa de él. Imaginó que no podría hacer otra cosa que pensar en un momento y ponerse en la piel de su contrincante.

Quizá haya algo —confesó, tragándose el orgullo.

Adelante —contestó Álaba.

No recuerdo cuando fue exactamente, pero sucedió un día como muchos otros donde entrenaba con mi maestro. Después de ello, nos pusimos a meditar y dejamos que el tiempo pasara. Así era mi vida desde que abandoné a los Caballeros reales. Como el pasado en concreto no tiene nada que ver con esto, no añadiré mucho más, pero deberé contar que tuve una fuerte disputa con uno de ellos: Omegamon. Logró hacerme perder mi objetivo principal: la tranquilidad y la justicia, consiguiendo que me olvidara de todo y sólo quisiera darle golpes. Pero eso un punto y aparte, ya que no le pasó nada grave y pudo recuperarse.

A lo que quiero llegar, es que el caballero blanco quiso vengarse, de forma indirecta, utilizando a sus súbditos, enviándolos a una muerte segura. Tal vez creía que ellos podrían derrotarme, mas muchos le hubieran advertido que era una locura. Una docena de Wargreymon interrumpieron mi paz y empezaron a lanzar sus ataques sin pensar en el peligro de hacer arder todo el bosque. Mi maestro y yo intercambiamos una mirada, repartiéndonos la seguridad del lugar. Yo me encargaría de detener el avance de esos digimon.

No olvido ese día porque mi mente se nubló, y tras todo el esfuerzo que había hecho para aprender a controlarme, fue un duro golpe para mí. Empecé a atacar a esos Wargreymon sin pararme a pensar lo que estaba haciendo, que ellos seguían órdenes y yo no tenía porque acabar con ellos. Ya era demasiado tarde, mi cuerpo se movía por sí solo y yo disfrutaba con cada combate, gritando y dejándome llevar por la rabia. Maté a dos de ellos, y ya le iba a arrancar la cabeza a un tercero de no ser porque mi maestro apareció y me cogió del brazo. La víctima cayó al suelo, rogó por su vida y salió huyendo al recibir el permiso de mi amigo.
Nadie tenía ya ganas de hacer un comentario sobre eso, por lo que se quedaron callados y esperaron a que algo sucediera: que la mente maquinadora hiciera acto de presencia, si es que el verdadero raptor no era uno de ellos, o que la habitación se destrozara por sí sola. Cualquier cosa para poder escapar de allí de una vez por todas.

Pasaron unos segundos, después cinco minutos, y nada ocurría.

¿Qué… demonios?

Creo que entiendo lo que sucede —contestó el italiano—. Antes de decir el por qué, me gustaría que escucharais algo más. De todos nosotros, ¿quién tendría intenciones de traernos aquí? ¿Alguien que huye? ¿Una chica que le gusta competir contra otros y dar la cara? ¿Un digimon dedicado a la meditación?

O… un humano que le gusta experimentar con digimon y nada le importa más que sus propósitos —asintió Kumbhiramon—. ¿Entonces, te estás confesando?

No. A mí me parece que el verdadero culpable me investigó y supo que yo sería el más sospechoso. No soy tan estúpido —se cruzó de brazos—. Dejando eso de lado. Puedo asegurar que uno de nosotros miente y por eso nada ha pasado.

Se miraron entre ellos sin comprender quién mentiría en algo cuando todas las historias tenían un secreto. Álaba frunció el ceño, y dedicó una fría mirada al anciano, el cual parecía muy sereno a pesar de todo. Cuāuhpillimon suspiró.

¿Sabéis quién es la mentirosa? —Comentó Puppetmon—. Ah, perdona, que sólo hay una femenina. Miento demasiado como para saber quién lo hace también. Y en el momento en que hablaste sobre el digimon que os derrotó, tuviste un tic en el ojo. ¿Cuál es el verdadero nombre?

Álaba abrió los ojos, sorprendida. Se mordió el labio inferior, pensativa, pero finalmente se dio cuenta que ya no podía callarse más.

Nosotros nunca perdemos… Y que ese digimon barriera el suelo con mi compañero, fue… —negó con la cabeza—. Su nombre es… Mercurymon.

Para los presentes no una noticia muy reveladora, ya que conocer el nombre de ese tipo les daba igual. Lo que no llegaban a entender era porque la chica había mentido, por mucha rabia que le diera haber sido derrotada por otro. Sin embargo, no tuvieron tiempo para pensar sobre eso, ya que ahora sí que sucedió algo nuevo.

De las paredes salieron unos látigos verdes, que atraparon el cuerpo de todos ellos sin que se pudieran resistir. A parte de eso, aparecieron unos espejos por toda la habitación, y se escuchaban risas y palabras ininteligibles por todas partes. Álaba gritó, pataleó y ordenó que el loco hiciera acto de presencia, pero fue el anciano quien contestó a sus preguntas:

Así que un digimon… Hemos estado dentro de un digimon…

Enhorabuena —escucharon, y la voz provenía de unos de los espejos—. Me llamo Sephirotmon. ¡El juego ha sido divertido! Por cierto, antes de que os suelte… ¿Queréis saber por qué olvidasteis todo o por qué creíais que nadie os atacó? ¡Es sencillo! Sólo tuve que crear una ilusión óptica, y todos caísteis en la trampa. Eres de gran utilidad, anciano, tu tienda tiene de todo: drogas para dormir, drogas para debilitar, ambas me sirvieron de mucho.

¿Por qué has hecho esto? —Preguntó Cuāuhpillimon—. ¿De qué te iba a servir?

No es de vuestra incumbencia. Eso sí. Un día, a cualquier hora, en cualquier lugar, quizá quiera algo de vosotros, y tendréis que aceptar. Bueno, mi cómplice, nos veremos más tarde.

Una potente luz los obligó a cerrar los ojos. Notaron como los látigos hacían fuerza y los llevaban hacia atrás, y después… después nada. Cada uno de ellos volvió a encontrarse donde la última vez. Todo había pasado demasiado rápido que no fueron capaces de articular palabra o buscar al resto: por lo menos, habían salido.

Dos semanas después

Álaba y Candlemon comían cerca de un lago, alegres. La chica había comprado unos bocadillos de pechuga de pollo para disfrutar del día como si se tratara de una excursión, y todo iba realmente bien hasta que los dos escucharon unas pisadas. Una figura de un humano se acercaba a ellos con paso lento, cuando ya estaba en frente, la chica adivinó: el anciano, Gian Pasquale Torelli. Le acompañaba Puppetmon.

Por su rostro imagino que no se alegra de verme, señorita —saludó el italiano.

No he visto a ninguno del encierro desde entonces —contestó—. Es más la sorpresa que otra cosa.

Candlemon ya se había levantado por si tenía que proteger a Álaba.

¿Has escuchado la noticia? Ya hablan de nosotros, aunque no conocen nuestros nombres. Bueno, el mío sí, ya que he sido yo el encargado de hacer saber que hay un digimon peligroso atrapando a gente. ¿O seria una casualidad que lo hiciera con nosotros?

¿A qué has venido?

Entiendo, quiere que sea directo. Bien.

Torelli rebuscó entre su traje hasta que sacó una cinta de vídeo. La chica frunció el ceño, sin comprender. El hombre le tendió el objeto.

Tengo copias. Es posible que no se lo dijera antes, ni siquiera dentro de esas habitaciones, pero unos días atrás, antes de que ocurriera, alguien robó en mi tienda. Lo que más me sorprendió es que no se llevó dinero ni nada valioso. No, prefirió robar unas cajas que llevaban una potente droga para bloquear y dormir a otros digimon. Y hoy, recibí las grabaciones.

La cinta resbaló de las manos de la muchacha. El anciano soltó una carcajada y volvió a entregársela.

¿Qué va a hacer? —susurró ella.

Nada. Debo admitir que me divertí. Si he venido hasta aquí, es porque me interesa saber por qué lo hizo. Pero supongo que nunca entenderé una mente joven, ¿cierto? Me ha asombrado —se dio la vuelta—. Ha sido un placer, señorita.

Lo siento, habéis llegado tarde. Para la próxima.

¡No! ¡Exijo mi revancha! No pude llegar antes porque todas las zonas estaban bloqueadas. El bosque era un peligro porque unos WarGreymon habían dado aviso de un monstruo que acabó con sus compañeros, y la entrada de la cueva había sido destrozada, así que me tuve que quedar en la Aldea, donde un anciano intentaba vender unos extraños productos. Por favor, denos la revancha. ¡Candlemon se ha hecho más fuerte!

No me interesa el por qué no ha podido. Volved el año que viene.

La chica no aguantó más y golpeó sobre la mesa. Mercurymon levantó la vista del libro que estaba leyendo.

Haré lo que sea necesario para que acepte —rogó ella.

¿Lo que sea necesario? —repitió.

Álaba asintió.

Eso me gusta. ¿Sabe cuál es la forma más rápida de controlar a todos?

No —no entendía a ese digimon, ella había ido hasta allí nada más para poder tener una batalla y demostrar que su compañero había mejorado.

Los secretos —el digimon sacó un cuaderno, repleto de imágenes e imágenes de digimon y humanos que convivían en el Digimundo—. Y adoro los juegos. Hay algunos que todavía escapan a mí, así que es hora de cambiar eso. Yo te haré un favor, ya que castigaré a esos seres que te han importunado.

Ni siquiera yo los conozco.

Yo lo sé todo. Ahora, escúchame bien…

______________________________

Blair Terminado. Lamento que al final haya quedado largo.

Notas:

-Hablé con el dueño de “Cuāuhpillimon” para saber si podía reducirle el tamaño. Al obtener una respuesta afirmativa, me encargué de hacerle más pequeño pero igualmente es más grande que todos los demás

-Kumbhiramon nada más añade –chü cuando se refiere a un nombre o Deva, por lo que si menciona a alguien despectivamente con anciano/humano, no lleva.

-En algunas ocasiones las frases de los personajes pueden ser tomadas para hacer comedia, pero no es así, es que la mayoría son bromistas o les gusta fastidiar con comentarios, así que intenté relacionar sus personalidades con suspense.

-Cada secreto es invención mía, a base, claro, de lo que leí de cada persona; exceptuando el mío. Pido disculpas por si el personaje usado nunca hubiera hecho algo similar.

-Crazy usa el nombre de Pinochimon, mas yo siempre lo he escrito como Puppetmon, es una costumbre difícil de quitar.

 
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Tengo que aplaudir el uso de mis personajes, y el OS en general. El final no me ha parecido predecible, y aún así no ha salido de la nada; está bien consolidado. El género que se te pedía ha sido claramente usado.

No me molesta el uso del nombre Puppetmon, porque es simplemente una cuestión de terminología "base" de la franquicia y no afecta al personaje. Personaje bien usado, además. En mi OS quizás parezca diferente porque me he dejado llevar un poco con las bromas (el género que me tocó, acción, no impide el uso de momentos cómicos tanto como el suspense. Aún así he intentado que la acción predomine), pero eso ya se verá cuando lo acabe.
 

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C CrazyAristocracy Me alegro mucho que te gustara y, sobre todo, que el uso de tus personajes haya sido el correcto. Me costó bastante idear el plan, así que es un alivio comprobar que dio resultados.

Lo cierto es que de haber tenido el género comedia, podría haber usado a Puppetmon y Kumbhiramon de una manera diferente, pero debía acoplarme a lo que me tocó, y traté de que se notara y al mismo tiempo que no xD Pues nada, te agradezco el comentario y te deseo suerte en tu escrito.
 

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Sólo hay un detalle que antes he pasado por alto, pero como me parece que hay otros que usan a Puppetmon, al final voy a decirlo: no es lo mismo disfrutar del dolor ajeno que sentir indiferencia. Lo que tenía pensado para Puppetmon era más lo segundo; hace malas acciones no porque disfrute del sufrimiento, sino porque no le molesta en absoluto hacerlas para conseguir lo que quiere.

Es un detalle pequeño, y como no estaba seguro de si estaba claro en la ficha (se dice que "a nivel moral es como Gian Pasquale", y en la de él pone que no es un sádico, pero en la de Pinocho no lo pone de forma explícita), no le había dado importancia. Pero me imagino que puede ayudar, así que ahí queda.

Aún así, repito lo dicho: Bravo.
 

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Brillante. Digo, la extensión es un poco dura de sobrellevar, no lo negaré, pero mientras se va desenvolviendo la historia, al mismo tiempo la lectura va perdiendo pesadez y se vuelve muy dinámica.

Lo que más te va a ayudar en el concurso es haberlo orientado a los personajes. Básicamente no encontré muchas fallas respecto a las fichas y mira que comparar 5 personajes y ajustarlos a una trama en menos de 3 semanas no es sencillo.

Te la volaste, Soncarmela. No me molestaría si esta historia ganara. Muy buen trabajo. :3
 

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S Sorvali No suelo hacer OS tan largos, pero según escribía me venían ideas y pensaba: si lo paso rápido quedará mal, todos deben tener protagonismo. Y con una cosa y otra me salió así xD Me alegro que te haya gustado y te agradezco el comentario. Igualmente, mucha suerte en tu proyecto.
 

El único campeón de Mortal Kombat.
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Recuerdo que leí hace cinco meses ésta historia, y bueno, por más que esté bien narrada y no hayan errores de ortografía (más allá de algo con las preguntas que aún no arreglas y luego te contaré), la historia no me gustó.

No sentí terror en ésta historia, es más, acá en cualquier momento terminan todos de la manito caminando por las praderas en un rosedal. Lo lamento, pero esto sentía al leer la historia.

Una última cosa antes de retirarme: no me paso por nada del mundo que un Mercuremon de un golpe derrote a un Dynasmon. Es como que un Greymon le gane a un Spinomon; carece de sentido.

Buena suerte.

Saludos.
 

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Una última cosa antes de retirarme: no me paso por nada del mundo que un Mercuremon de un golpe derrote a un Dynasmon. Es como que un Greymon le gane a un Spinomon; carece de sentido.
En realidad esos dos casos no se parecen en nada. Un Greymon sólo puede usar su propia fuerza, mientras que Mercuremon usa la fuerza de su contrincante en su contra. Cuanto más fuerte sea dicho oponente, más fuerte será Mercuremon, ya que su espejo le devolverá los ataques. Eso no quiere decir que sea invencible, pero si lucha bien puede ganar con facilidad a enemigos poderosos.
 

El único campeón de Mortal Kombat.
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No quiero entrar en debates sobre Mercuremon y su habilidad de espejos (la cual no le sirvió de nada contra un Ultimate debilucho como Ardhamon). Esa habilidad es debatible, aunque uno no sabe que técnica usó Dynasmon, quien no sólo es tirar un rayito con forma de wyvern. Por eso no la paso: Dynasmon tiene variedad de ataques que podría usar para anular con suma fácilidad a Mercuremon (tal como su fuerza bruta).
 
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