Fanfic Fuego Quimérico

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el Principio del Mundo.
Fuego Quimérico


Nueva historia basada en muchas cosas. Algunas muy recientes y otras no tanto.



Seguro conoces la historia: tiempo atrás, cuando las montañas aún eran jóvenes, nuestras especies dominaban este mundo. La única ley válida era la del más fuerte, y puedes jurar que éramos los más fuertes. Eran días duros en los que pelear para comer, comer para crecer, pelear para tener hijos y pelear para que alguien no te coma primero eran las únicas aspiraciones que podías tener en vida. Y nuestros amigos los humanos, bueno, tenían suerte de no ser los más débiles por ahí afuera ni los más fáciles de cazar.

¿Recuerdas la época de los lazos? Esos pequeños humanos aprendieron a usar la cosa que tienen entre los hombros para construir otras cosas con las que lentamente se apoderaron del mundo. Cambiaron las reglas a su beneficio, y en lugar de pelear entre nosotros por la supervivencia, peleábamos para entretenerlos. "Humanos y pokémon liberando juntos su potencial", o algo así les gustaba decir. No fueron tiempos tan malos, para ser sincero. Una vez aceptabas la sumisión... podía ser divertido que alguien cuidara de ti.

No, claro que no recuerdas nada de esto. Pertenece a un pasado tan distante que ni tú ni tus padres habían nacido aún. Hablo de la época en la que el sol rojo cayó de las sombras y la diosa de la luna perdió su corona. Hablo de la guerra entre nuestras especies que sucedió al cataclismo y que sólo llegó a su fin cuando los dos héroes del oráculo unieron sus fuerzas. Es historia antigua ya, pero fue gracias a ellos que ahora, para bien o para mal, vivimos en el mundo en que vivimos. Un mundo en el que ningún humano correrá peligro al cruzar la hierba alta, en el que todo pokémon será acogido en toda ciudad humana como un invitado de honor, y en el que nadie, nunca jamás volverá a ser cautivo en una pokéball. Un mundo en el que por fin somos iguales, pese a todas nuestras diferencias.

Pero, ¿qué me dices tú? ¿Es esta la clase de mundo en la que quieres vivir? ¿No te gustaría... sacudir un poco las cosas?


Capítulo I — Voto Fantasma

En el que Aemon tiene un encuentro desagradable y más tarde pierde algo importante en un templo.


«Esto es lo mejor de mí, aquello en lo que destaco sobre otros. Sé que no es gran cosa y quisiera poder hacer más por ti; enmendar, de algún modo, todos los problemas que te he causado, pero es lo único que puedo darte. Y aunque las cosas han sido difíciles entre nosotros, estoy un poco feliz por ello. Saber que lo que puedo ofrecerte es mi mayor talento».

Aemon despertó como solía hacer en las mañanas: con un fuerte dolor de espalda y ganas de golpear a alguien. Últimamente escuchaba la misma voz todas las noches susurrando en su cabeza; a veces planes absurdos sobre cómo conquistar el mundo y en ocasiones también le daba lecciones de historia. Una o dos veces trató de gastarle una broma y en ocasiones... decía esa clase de cosas. Sabía de otros pokémon, como el abuelo Paras y alguna ralts, que escuchaban voces en sus cabezas, así que debía ser algo normal. Lo único que no entendía era por qué la suya tenía que ser tan molesta.

Por suerte, solía callarse durante el día.

Bajó del árbol que había elegido como refugio para exponerse a la luz del sol. Sus alas ardían de dolor con el más ligero roce de la brisa. Estaban casi completamente quemadas y estropeadas, víctimas de la pelea que había tenido días atrás. Aemon no era un cobarde, pero le entristecía ver sus propias alas en ese estado; las mismas con las que surcaba los cielos cuando aún era un scyther.

Extendió el manto negro que llevaba consigo sobre sus hombros y su cabeza a manera de túnica, ocultando sus cicatrices, su rostro y su identidad tanto como le era posible. Entonces abrió su tenaza izquierda para liberar de ella una pequeña gema roja, traslúcida y brillante como un rubí, tallada en forma de cuadro y engarzada sobre una cadena negra que se ajustó al cuello. Volvió la vista hacia el horizonte justo cuando su vientre hizo un sonido hueco.

Estaba listo para partir. Ciudad Reliquia se alzaba a pocos kilómetros de él.



La razón por la que había pasado los dos últimos días en la intemperie era que no le gustaban las multitudes, ni de humanos ni de pokémon. Los de su propia especie le traían malos recuerdos, y los humanos... no eran precisamente malos, no todos al menos. La población de la ciudad se componía casi exclusivamente de estos últimos: vio jóvenes humanos jugando en el parque con una pelota, los conocidos vigilantes del orden en sus uniformes azules, sombreros azules y ojos azules, una humana adulta mirando a través de la ventana de su casa de ladrillos, más humanos trabajando en la construcción de otro edificio cruzando la calle, y un grupo más grande congregado alrededor de un humano más viejo que hablaba a voces. Humanos, humanos y humanos por todas partes. Un taillow surcando los cielos más allá de la vista que reconoció por su graznido y una pareja de emolga entre las hojas de un árbol fueron los únicos pokémon que reconoció. Una parte de Aemon se sentía aliviada por no encontrar al monstruo de ojos ambarinos por ningún lado, pero los humanos eran quienes lo ponían nervioso.

La capa negra ocultaba su piel, pero no el hecho de que era un pokémon. Las puntas de sus patas y la forma en que abultaba bajo el manto lo delataban y a cada paso que daba, podía sentir cómo las miradas se clavaban en él; algunas con miedo, otras simplemente con incomodidad, pero todas expresando rechazo. Incómodo, mantuvo la vista fija en los adoquines rojizos que formaban las calles, tratando de hacerse invisible a los ojos humanos, y deseando especialmente que la humana de ojos dorados no estuviera entre la multitud.

¿Qué iba a hacer? Lo primordial era encontrar un sitio en el cual dormir y algo para comer, aunque la idea de tratar con humanos no le gustaba. De acuerdo a las Leyes de la Armonía, cada pokémon sería recibido con hospitalidad en cualquier población humana, y Ciudad Reliquia debía contar con un albergue para pokémon como todas las demás, pero pese a su situación, no se sentía con deseos de suplicar por caridad. Ya encontraría su sustento de un modo u otro.

La suerte le sonrió cuando un destello repentino hirió su vista, proveniente de una lata vacía en el suelo que reflejaba los rayos del sol. Aemon logró contener una sonrisa y, sin acelerar su paso, cruzó disimuladamente los tres metros que lo alejaban de su objetivo y cuando estuvo junto a sus pies, la pateó suavemente para alejarla de nuevo.

Dio un vistazo a su alrededor. Los humanos volvían gradualmente a sus actividades y le prestaban menos atención. Esperó unos segundos y la pateó otra vez en dirección al parque. Una humana adulta lo miró con curiosidad, pero siguió su camino sin molestarlo. Aemon asintió para sí mismo y dio otra patada como si fuera un accidente para mandar la lata a volar hacia el césped, al otro lado de una vieja fuente. Esta vez no hizo ningún intento de disimular, saltó tras su botín para inclinarse en el suelo y la aferró con su tenaza derecha, y justo cuando estaba por darle un mordisco, notó que sobre su superficie metálica había cinco dedos rosados sujetándola por el otro extremo.

—¿Pokémon?

Había un humano pequeño tratando de robar su almuerzo. Era joven, pero su cabello era gris como el de los humanos ancianos y estaba peinado en un par de trenzas fijadas con un prendedor en forma de "v". Sus ojos eran marrones, grandes y amistosos, y se cubría con una capa azul tan vieja y raída como la suya, pero mucho más sucia.

—¡Eres un pokémon!

—Me descubriste. Seguro eres el más listo de tu camada —respondió. Entender el lenguaje humano era fácil para la mayoría de los pokémon, pero muy pocos contaban con las cuerdas vocales para replicarlo adecuadamente. Aemon no era uno de ellos, así que el pequeño solo abrió la boca aún más en su asombro.

—¡Sisoor! ¡Te llamas Sisoor!

—Supongo que sí. Ahora sé un buen humanito y ¡Quita tus manos de mi presa!

Tiró de la lata con fuerza y el niño la soltó, pero en lugar de alejarse, se sentó junto a él en la orilla de la fuente mientras balanceaba sus piernas.

—Yo me llamo Rodia, y estoy de viaje.

—¿Sabes qué es lo más importante en un viaje? Aprovechar cada segundo. ¿Seguro que no llegas tarde?

—Eres muy raro —prosiguió ajeno a su sarcasmo—. Nunca había visto un pokémon como tú.

—No hay pokémon como yo —respondió con un esbozo de sonrisa—, sólo yo.

—No hay muchos pokémon en Ciudad Reliquia, ¿sabes? Es raro.

—Ni tan raro —suspiró mientras daba un mordisco a su lata—. No nos gustan los humanitos.

—Creo que los pokémon de los alrededores no quieren ser nuestros amigos.

—Es lo mejor para todos. —Un leve rastro de amargura escapó de su voz—. No tienes idea de lo que pueden hacer nuestras especies cuando trabajan juntas.

El niño humano miró hacia adelante, haciendo silencio por un largo momento que Aemon agradeció.

—Hay otro pokémon en la ciudad... pero no me gusta.

—Al menos tienen algo en común —rio, pero la alegría había escapado del infante. Ahora parecía temeroso.

—No lo he visto, pero está en el templo. Hace ruidos extraños y... vi su sombra, y es horrible. Y la gente del pueblo dice que hace daño quienes lo molestan. Dicen que está maldito.

—Bueno, tú sabes... algunos pokémon son muy territoriales. No vuelvas a ese lugar y le des más motivos para atacarte —respondió con un tono más bajo. Tal vez el niño no podía entenderlo, pero esperaba calmarlo con una voz más suave, y funcionó. Volvió la vista hacia Aemon y sus ojos bajaron a la gema en su cuello.

—¿Eso qué es?

—¿Esto? —Aemon tiró de la cadena para exhibir la joya roja—. Alguien me la dio. Es la prueba de que eres un Augur.

El pequeño humano abrió la boca en una exhalación de sorpresa, encandilado por los brillantes reflejos de la piedra. Una tímida sonrisa trató de abrirse paso en el rostro de Aemon, pero desapareció de inmediato cuando el chico le apuntó con su dedo.

—¿Y eso qué es? —preguntó señalando a su pecho, más allá del esmalte rojo de su coraza, sobre la cual se extendía una mancha de óxido blanco.

—¡Scizor! —gritó enfurecido al tiempo que azotaba su tenaza violentamente contra el borde de la fuente, haciendo saltar el concreto a su alrededor.

Todo fue tan repentino que ni siquiera supo en qué momento terminó. El niño humano había desaparecido, los otros volvían a mirarlo con aprehensión. Un vigilante del orden se mantenía alerta a pocos metros. El agua de la fuente corría libremente por el césped.




«Un estallido, ¿eh? ¡No puedes ponerte así cada vez que alguien te molesta!»

Ni siquiera tenía ganas de discutir. Muy probablemente fuera la voz de su conciencia, y además tenía razón. El humanito trataba de ser amable y no era culpa suya que Aemon fuera tan sensible sobre algunas cosas.

—¿Es que sigo siendo un maldito scyther?

De todas formas no podía hacer nada para reparar el daño, y probablemente el niño se olvidaría de él. Y si no lo hacía, mejor para él. Algunos pokémon harían cosas peores que asustarlo.

«Claaaaaaaro. Fue por su propio bien. Si quieres engañarte a ti mismo necesitas mentir un poco mejor».

Por lo menos algo bueno había salido de la conversación: había un templo en Ciudad Reliquia. La parte mala era que probablemente tendría que pelear.

Su primer pensamiento fue que "templo" era una palabra demasiado amigable. Lo que tenía frente a sí eran más bien ruinas. Dos altas paredes de piedra gris y la mitad de una tercera eran todo lo que se mantenía en pie, sosteniendo a duras penas la cúpula ovalada que las coronaba, permitiendo que la luz se filtrara a través de sus múltiples fisuras. La estructura era tan vieja que una fuerte sacudida bastaría para tirarla abajo. El musgo empezaba a pintar los muros de verde mientras la hierba crecía sobre las rocas. En el interior encontró asientos de concreto, algunos ya rotos o resquebrajados, dispuestos en dos filas a lo largo de la sala. En los huecos que deberían ocupar las ventanas y el suelo que los rodeaba, había fragmentos de vidrio tintado multicolor que en sus tiempos de gloria debieron formar hermosos vitrales, pero de ellos sólo quedaban los armazones de hierro oxidado que vagamente se asemejaban a lo que eran.

Aemon exhaló un hondo suspiro cuando se sentó en el brazo de una cruz tan alta como él. Sospechaba que debía ser parte de la bóveda.

—¿Qué es esto, mi Señor?

No era la primera vez que estaba en un templo como aquel. Después de la guerra, los humanos solían construirlos en sus ciudades como un espacio de oración y entendimiento para recordar ambas facciones que ahora eran amigas. Su señor también lo creía, pero el estado del templo le decía algo completamente diferente: ni a humanos ni a pokémon les importó que se viniera abajo.

—Tal vez sea mejor así —reflexionó en voz alta—. Los humanos y los pokémon ya son lo bastante malos por separado, juntos...

Su memoria evocó un rugido en mitad de la noche que se abría paso entre los colmillos que le arrebataron las alas. Y más allá de él, la odiosa risa de esa mujer humana.

A veces se preguntaba qué lo mantenía en pie. La misión de su señor lo destruía poco a poco, y tarde o temprano ellos lo alcanzarían de nuevo. ¿Y para qué? Ni siquiera creía en la misma causa que su señor.

Se obligó a seguir buscando por el lugar para apartarse de sus pensamientos, pero no encontró nada que pareciera útil en su misión ni le apetecía dormir ahí. Justo cuando estaba por irse, notó una sombra alargada deslizarse sobre la pared del fondo. Era alargada, torcida y más oscura de lo que debería.

—Oye —le llamó—. Deja de asustar a los humanos.

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Resultó que el centro de acopio no quedaba lejos del templo. Era un edificio recio de paredes blancas y tejado carmín, con amplias ventanas alrededor de su superficie que reflejaban el rojizo resplandor del atardecer. Desde el exterior parecía un lugar confortable, pero en cuanto cruzó las puertas, se encontró con una amplia recepción, vacía en su mayor parte salvo por algunas sillas y plantas en las esquinas, una ventanilla al fondo atendida por una humana que daba acceso a otro pasillo, y frente a la misma, una fila de veinte o quince pokémon esperando su turno de ingresar. Reconoció un klefki, una nidorina y un sneasel, y junto a la humana de la ventanilla pudo ver a un murkrow que servía de traductor entre ella y los pokémon.

Se ajustó la capa sobre sus hombros antes de encaminarse al final de la fila. La última pokémon era pequeña y bípeda, cubierta de pelaje negro y amarillo. Una extraña cresta salía de su cabeza con la forma de dos fieras fauces, pero sus ojos rojos eran amigables cuando se volvió para saludarle..

—Hay mucha genter, pero la fila se mueve rápido. Probabremente haya espacio para todos.

—Quince pokémon no es lo que llamaría “muchos" —respondió inconscientemente. La pequeña pokémon asintió dos veces.

—Somos pocos en Ciudad Reliquia. Los humanos aquir... no nos quieren mucho, y son aún más pocos los que se quedan por mucho tiempo.

Esta vez fue su turno de asentir. Humanos y pokémon podían fingir que ahora eran iguales, pero nunca lo habían sido, y todos lo sabían.

—Es la primera vez que veo a uno como tú... —prosiguió la pequeña— ¿qué erers?

—Acero — respondió lacónico—. Lo mismo que tú.

La pequeña sonrió mientras daba un paso hacia adelante. Tenía razón, la fila se movía.

—Y Hada. Soy una mawile.

Aemon se sorprendió al notar que estaba sonriendo. La pequeña le caía bien y estaba hablando más de lo que solía. Y necesitaba saber todo lo que pudiera decirle.

—No eres de por aquí, ¿cierto? ¿Cuánto tiempo llevas en la ciudad?

—Cerrca de un mes, ¿por quer?

—Escuché que había un templo hechizado cerca de aquí, donde aparecen espíritus y se escuchan voces. Quería saber si hay alguna historia o leyenda sobre el lugar...

—¿Ese montón de piedras sucias? —inquirió mientras alzaba una ceja—. No hay nada ahir.

—Tal vez no monstruos —cedió contrariado—. Quise decir, un pokémon fantasma o algo así.

—No hay ningún pokémon en ese templo—insistió—. A veces los niños humanos van ahir a jugar. Son tan molestos que nadie quiere acercarse, menos un pokémon fantasma.

—Debe ser un error, estoy seguro de haber visto un pokémon ahí...

—Hay un solo templo en Ciudad Reliquia, y te digo que no hay pokemon en ér.

Aemon dio un paso hacia atrás. Las versiones del niño humano y la pequeña de acero se contradecían, y él mismo había visto la sombra de un pokémon. ¿Uno de los dos le mentía? ¿Y de ser el caso, quién?

Sintió un escalofrío recorrer las cicatrices de sus alas. En el intervalo de un segundo, el mundo se volvió un lugar helado, oscuro y vacío.

Supo que estaba ahí, aún antes de verla. Aún antes de que sus largos y delgados brazos envolvieran sus hombros, antes de sentir ese frío aliento sobre su nuca. Incluso antes de su primer pensamiento, supo que ella lo había alcanzado.

—¡Nos volvemos a encontrar!

Vio su reflejo a través del cristal de la ventanilla. Una humana adulta, aún más alta que él, enfundada en un traje gris de dos piezas y una blusa oscura. Sus manos, finas y terminadas en uñas plateadas que acariciaban su coraza. Su piel era pálida aún comparada con la de otros humanos y su cabello negro caía como seda por sus hombros, rematado en puntas rubias. Una sonrisa perenne era signo su de distinción, así como esos brillantes y diabólicos ojos dorados.

—No hagas una estupidez —susurró en su oído—, conoces las reglas.

Sin soltar a Aemon, bajó la vista hacia la pequeña de acero.

—Mi amigo y yo tenemos mucho de qué hablar, disculpa las molestias.

Su corazón latía enloquecido, ¿cómo fue que no la vio llegar? ¿Cómo había sido tan descuidado? Tal como ella decía, ahora estaba en su poder. Las Leyes de la Armonía indicaban que ningún humano se atrevería a atacar a un humano, y en medio de una ciudad, en el momento en que tratara de defenderse de ella, sería su fin.

Derrotado, se dejó arrastrar hacia las sillas vacías. Ella sabía lo que hacía y no pensaba perder su ventaja.

—¿De verdad creíste que podías escapar? ¿Que hay algún lugar en el mundo que pueda ocultarte de sus ojos?

Se sentó en una de las sillas con las piernas cruzadas. Aemon se dejó caer en la que tenía al lado. Los otros pokémon del recinto miraban a uno y otra con inquietud.

—¿Cuánto tiempo llevamos con esto? —dijo con los ojos fijos en la pared y una mueca de burla en los labios—. ¿Cuatro meses o cinco? Te escondes en un sitio, te encontramos y te perseguimos hasta que te escondes de nuevo. ¿No estás cansado de todo esto? ¿Por qué no simplemente cooperas? No tienes que seguir sufriendo por algo que no es tu culpa.

—Esta es la parte en la que me dices que eres la buena —respondió presionando sus tenazas entre sí.

—Solo quiero esa piedra bonita que llevas en el cuello. Te prometo que ni yo ni Miles te haremos más daño. Podrás dedicarte a... lo que sea que haga tu especie, o vagar de un lugar a otro por el resto de tu vida. Será una vida más larga que la que puedes esperar si seguimos con esto —rio—. ¿Por qué esa expresión? ¿Crees que miento? No encuentro placer en seguirte por praderas y pueblos, y para ser sincera, estoy perdiendo la paciencia. Pero él... se divierte.

Llevó una mano a la cara de Aemon, quien solo pudo estremecerse cuando sus uñas rozaron su frente.

—¿Cuánto tiempo podrás seguir con este juego? La última vez fueron tus alas, y apuesto que ya no eres tan rápido como antes. ¿Qué perderás esta vez tratando de huir? ¿Cuánto perderás de ti mismo antes de darte por vencido? ¿Quieres sentir otra vez el beso de sus colmillos?

Tan lento como se lo permitían sus instintos, Aemon alzó su tenaza izquierda para apartar la mano de su perseguidora.

—Nos protege la misma ley —declaró con seguridad mientras la miraba a los ojos—. Tú tampoco puedes hacerme nada mientras estemos en esta ciudad, ni tú ni tu compañero. Y no pienso entregarte nada.

La mujer se le quedó viendo por espacio de unos segundos con una expresión de completo desconcierto. Sus labios empezaron a temblar y sus párpados cayeron un poco sobre sus ojos. Un momento después, sus hombros se sacudían mientras exhalaba una sonora carcajada.

—No entiendo una palabra de lo que dices... pero me hago una idea de lo que estás pensando. Y estás muy, muy equivocado.

Deslizó sus uñas por la tenaza de Aemon. Un simple movimiento bastaría para rebanar sus dedos, pero en todo su cuerpo no había una pizca de miedo.

—Las reglas se hicieron para los chicos buenos... Miles.

Las ventanas estallaron con un estruendo ensordecedor. Humanos y pokémon lucharon por cubrirse de la lluvia de cristales afilados que voló hacia el interior del edificio. La iluminación se fue en un instante, dejando como única fuente de claridad la purpurea luz del ocaso.

Y bloqueando la entrada, la imponente silueta negra de la bestia de larga melena.

—Fin del camino, campeón.

Su voz era recia y rencorosa. Su aliento tenía el olor del azufre y sus agudas garras brillaban como bengalas. Aemon se aferró a su capa, tratando de disimular el temblor que sacudía su cuerpo, pero como decía la mujer, nada escapaba de los ojos de Miles, ni siquiera el miedo.

—¿Asustado? Yo lo estaría en tu lugar. Pero al menos espero que des algo de pelea, por poca que sea.

Dio un paso hacia adelante, y luego otro, con suavidad; saboreando la sangre que estaba a punto de derramar. Aemon conocía esos ojos ambarinos tan bien que podía leer sus pensamientos, y todos ellos hablaban de muerte y violencia.

—¿Aceror? —preguntó una tímida voz al fondo de la estancia. Era la pokémon con la que había cruzado un par de palabras, asustada y sujeta a los otros pokémon. Un vistazo le bastó para saber que ninguno de ellos sería de utilidad. La bestia los partiría a la mitad en un destello.

—No teman, viene por mí.

Se llevó la tenaza al cuello para quitarse el collar con la gema y apuntar con él a la bestia.

—No voy a entregarte nada —declaró.

La pinza escarlata empezó a brillar, liberando minúsculas partículas plateadas que giraban a su alrededor, ganando intensidad en resplandor y velocidad.

—¿Qué pretendes, campeón? —se burló—. No vas a destruir la piedra con eso.

La estancia se iluminó cuando liberó un potente haz de energía hacia su oponente, pero este lo repelió con la fuerza de su rugido y se preparó para cargar hacia Aemon, justo cuando este apuntaba con su otro brazo hacia la mujer de gris.

—Puño Bala.

Miles saltó para interponerse en su camino, pero no antes de que la pared tras ella se hiciera pedazos. Aprovechando la escasa distancia que había alcanzado entre ellos y la puerta, Aemon echó a correr tan rápido como sus piernas le permitían.

—¡Eso es! ¡Huye! —escuchó rugir a su perseguidor— ¡No será divertido de otra forma!

Envuelto en una espiral de electricidad, la bestia negra dejó atrás el centro de acopio para emprender la carrera tras él.

«Está bien, siempre has sido más rápido».

—¿Sabes a cuantos he matado antes que tú? ¿A cuántos he cazado hasta su último aliento?

Impulsado por sus poderosas patas traseras, el felino dio un poderoso salto hacia él para embestirlo.

—Di mi nombre y lo sabrás.

Miles cayó sobre él con la fuerza de un airete, lanzando su maltrecho cuerpo contra el suelo para hacerlo rebotar contra los adoquines. Sintió que su coraza se reblandecía, y sus pulmones gritaban de dolor cuando trataba de respirar, pero aún así se forzó a levantarse. Reunió cada onza de fuerza en sus patas para ponerse de pie y encarar a su oponente.

—¡De pie! ¡Si no te levantas no puedo derribarte de nuevo!

El cazador volvió a tensar sus patas, preparado para arremeter de nuevo, cuando una gruesa cadena plateada rodeó su cuello. Le siguió otra igual en torno a su pata izquierda y una más sobre su garra derecha. Confundido, miró a su alrededor para encontrarse con tres vigilantes de la ciudad tratando de someterlo, y otros tantos más a su alrededor para prestar apoyo.

—Sabemos que puedes entendernos —dijo el que parecía el líder—. No te muevas si no quieres empeorar las cosas para ti.

Los humanos escucharon un siseo amenazante. Aemon, una risa cruel cuando sacudió su cuerpo con violencia para desprenderse de sus captores. Sus colmillos refulgían incandescentes cuando atraparon y destrozaron una de esas cadenas.

—¿Saben cuántos de ustedes han intentado detenerme antes?

Aemon escuchaba las descargas eléctricas y los gritos de aquellos hombres mientras corría por su vida. Sabía que antes o después Miles se libraría de cada uno de ellos para ir tras él. Había pasado tantas veces por lo mismo que apenas y recordaba otra forma de vida.

«¿Para qué?» se preguntó. «¿Por qué sigo haciendo esto?»

Su cuerpo pesaba como nunca antes, y aun así consiguió obligarlo a moverse, tan lentamente como si estuviera arrastrando una roca. Los gritos y los rugidos se hacían más y más lejanos hasta que desaparecieron. ¿Los había dejado atrás o empezaba a perder la conciencia? No lo sabía, y tampoco quería averiguarlo. Sólo debía mirar al frente y seguir avanzando. Si se daba vuelta, Miles estaría tras él.

Cuando llegó al templo de la armonía había alcanzado el límite de sus fuerzas. Se dejó caer de espaldas contra una pared y su acero cantó de dolor contra la roca como si fuera a derrumbarse, pero no podía importarle menos. Nadie podría escucharlo, al menos hasta que él lo alcanzara.

—Piensa —se dijo—, piensa en algo, maldita sea. Antes de que lleguen...

—¿No crees que ha sido suficiente?

Ni siquiera tuvo que alzar la vista. Sabía que ella estaba ahí, en la bóveda del templo, justo sobre su cabeza. Incluso podía adivinar su postura con las piernas cruzadas, los dedos entrelazados y esa sonrisa cruel en los labios.

—Siempre estás solo, entre humanos o pokémon, siempre temeroso de que estemos tras de ti. Aquél que te envió en esta misión no está sufriendo en absoluto. Tal vez ni siquiera sabe por lo que has pasado, ¿y para qué? Sabes que no puedes escapar por siempre. ¿Qué harás cuando ya no puedas moverte? ¿De verdad es justo todo esto? ¿Por qué debes ser tú el único que sufre? ¿Qué has recibido por tu bondad?

Sus ojos empezaron a escocer, pero se forzó a creer que no estaba llorando. ¿Qué podía saber ella? ¿A quién trataba de engañar?

—No vas a volar de nuevo. No volverás con los tuyos jamás. Tus alas, tu piel... ¿cuánto más estás dispuesto a perder? ¿Cuánto más vas a ofrecer por esta causa perdida? ¿Tu alma? ¿Tu vida?

El silencio se prolongó por segundos que parecían eternos. ¿Estaba hablando aquella mujer, o la voz en su cabeza? Decían las mismas palabras, con el mismo tono y la misma certeza.

—...do.

—¿Dijiste algo? ¡No puedo oirte!

Escuchó el sonido de sus pisadas. Él era un cazador nato y podía moverse sin hacer ruido desde el día en que nació. Si ahora dejaba que Aemon lo oyera era porque quería anunciar su llegada.

—Bueno —rio la mujer—, será mejor que le respondas a él.

—Me gustan tus ojos —dijo la bestia—. Ojos de una presa abatida. Ojos de alguien que se ha resignado a su destino.

Sus garras emitían destellos de electricidad; una corriente luminosa envolvió su pelaje cuando saltó hacia su objetivo.

—Todo —respondió Aemon—.

Bajó la cabeza. Contrajo sus patas, y embistió a Miles en la quijada con sus crestas de acero.

—¡Todo!

El felino retrocedió, más impresionado que herido por la súbita muestra de resistencia, e intentó esgrimir una sonrisa, pero la tenaza izquierda de Aemon ya estaba sobre su hocico.

—¡Todo!

Uno tras otro, sus golpes caían como balas sobre su rostro.

—Por mi señor —exhaló—, estoy dispuesto a apostarlo todo. Por cumplir su misión, estoy dispuesto a hacer todo.

Miles saltó hacia atrás para ganar distancia y preparar un contraataque, pero antes siquiera de que tocara el suelo, Aemon ya estaba debajo de él cruzando sus brazos como dos agudas espadas.

—¿Qué puedes saber tú, que solo matas por placer? —le recriminó cuando su pelaje negro empezó a humedecerse por su propia sangre—. ¿Qué puedes saber si para ti esto es un juego?

Sus tenazas se convertían en hojas de luz bajo la luna. Miles era mucho más grande y fuerte, pero la diferencia de altura y postura favorecía a Aemon para golpearlo bajo su guardia y esquivar cualquier intento de agresión.

—Y por mi fe —declaró con una tenaza sobre su pecho—, estoy dispuesto a entregarlo todo.

El cazador rugió de ira y dolor cuando el acero se abrió paso a través de su carne y cayó pesadamente sobre su costado, esforzándose por respirar ante la mirada determinada de su presa.

—Peleo por una causa más allá de tu entendimiento —afirmó tanto al pokémon como a la mujer—. No me midas bajo tus estándares.

Un hilo de sangre corría por los labios de Miles, manchando su pelaje y sus bigotes, pero su piel se contrajo en lo que parecía una aterradora sonrisa mientras se relamía. Su cuerpo se agitaba en espasmos de risa, de expectación y éxtasis.

—Ya era hora, campeón. Al fin estás ofreciendo resistencia.

Aemon tomó distancia. La pelea aún no había terminado.

—¿Cuántos crees que han logrado herirme antes que tú? —preguntó mientras se levantaba—. ¿Cuántos crees que han sentido esa misma esperanza vana?

Sus fauces se encendieron, liberando un olor a sangre y azufre. Aemon entendía lo que estaba por venir. Era el mismo ataque que había quemado sus alas.

—Di mi nombre y lo sabrás, campeón.

El beso de las llamas que traía la muerte.

—¡DI MI NOMBRE!

No hizo el menor intento de esquivar, sabía que no lo lograría a tiempo; así que extendió sus brazos y abrió sus tenazas para detener sus colmillos de fuego. El acero gritó de rabia al sentirse atravesado, goteando como lágrimas plateadas por el intenso calor, pero el ardor le daba fuerzas, lo mantenía consciente y alimentaba su determinación.

—Di mi nombre, ca...

Afirmó su agarre para contener la acometida del león, ignorando las súplicas de su cuerpo por parar, y haciendo uso de todo su espíritu, giró sobre sí mismo para arrojarlo violentamente contra la pared. La fuerza destructiva de su cuerpo masivo sacudió la misma estructura del templo más allá de sus límites, y las piedras de la bóveda cayeron como una avalancha sobre su ser. No pudo esquivarlo, ni pudo protegerse. Sólo gritar de terror al ser sepultado vivo.

Aemon empezó a oscilar, mareado y al borde de la inconsciencia. De sus tenazas se alzaban hilos de humo y no se parecían mucho a lo que eran antes de besar sus colmillos.

—Tu nombre... —murmuró—, tu nombre... es muy estúpido.

Escuchó el sonido de dos palmas chocando una contra la otra. La mujer de ojos dorados apareció en su campo de visión.

—Qué... valor, qué arrojo suicida tan encantador. Es una lástima que haya sido en vano.

No le quedaba aliento para responder, pero tampoco importaba. Un humano común no tenía forma de superar su coraza.

—Pero no creas que hemos terminado. No tienes idea del potencial que tenemos humanos y pokémon cuando luchamos juntos.

Se llevó una mano al interior de su blusa y la sacó con una estrella de cristal blanco entre sus uñas plateadas. Se inclinó sobre el cuerpo herido de Miles y la depositó entre sus fauces.

—Come.

Contra todo pronóstico, la bestia pudo cerrar sus fauces y tragar lo que le ofrecían. Gimió con un suspiro de dolor, pero pronto sus ojos ambarinos empezaron a brillar y su cuerpo a emitir poderosas descargas eléctricas.

—Es una broma...

Sacudió la cabeza y después el resto de su cuerpo, apartando las rocas que lo cubrían. Las heridas en su pecho, patas y lomo seguían ahí, pero las fuerzas habían vuelto a su ser.

—No más ofertas —declaró la mujer—. La tomaremos de su cadáver.

Aemon sintió que su cuerpo flotaba. Se había vuelto tan ligero que el latido de su propio corazón lo sacudía, aún si este era cada vez más débil. Incluso el dolor empezaba a remitir. Su conciencia se desvanecía.

Qué final de mierda. Ni siquiera pudo llevarse a uno de ellos. Con sus tenazas en aquel estado tan deplorable, ni siquiera podía aspirar a destruir la gema de su señor.

Dio un último vistazo a los colmillos de Miles antes de inclinar la cabeza. Su sistema estaba tan roto que casi creyó escuchar una voz.


«¿Sabes? Creo que puedo ayudarte un poco, si me lo permites».

Lo sucesivo pudo ocurrir en verdad o ser solo una alucinación. Al día de hoy, Aemon no puede dar con la respuesta. Todo lo que sabe es que vio lo que vio, y lo que vio fue esa sombra luminosa extenderse sobre las ruinas del templo, trazando un extraño patrón de círculos, líneas y estrellas en el suelo. Como si fuera magia. Recuerda escuchar una risa maliciosa envolver lo que quedaba del recinto mientras siluetas negras danzaban a su alrededor, y recordó las palabras de aquel niño humano.

Recordó la figura que creyó ver ese mismo dia, aunque no podía reconocerle, se asemejaba a un fantasma.

Luchó por los próximos segundos para no desmayarse, pero había llegado a su límite. Y esa canción parecía arrullarlo, seducirlo para dormir.

Miles y su aliada humana buscaban a su nuevo enemigo en la oscuridad, pero ni ellos ni Aemon pudieron distinguirle hasta que se hizo presente.

La gigantesca, etérea y siniestra silueta de una bruja espectral.




Despertó al medio día; envuelto en su propia manta y con los rayos del sol en su frente. No hizo el menor esfuerzo por moverse, un vistazo a su alrededor bastó para decirle que aún se encontraba en el templo, o lo que su batalla había dejado del mismo.

—¿Despierto?

Una voz lo llamó. Una voz conocida.

La mujer de uñas plateadas caminaba hacia él con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios. Tal vez fue porque estaba demasiado cansado, pero Aemon creyó notar un matiz más sincero en su expresión.

—Tenemos mucho de qué hablar.


Le tomó un momento más notar el sombrero puntiagudo sobre su cabeza.


Próximo capítulo: Albor en Ciudad Reliquia
 

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Se ve interesante amigo 👍
 
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