Original Fic Genocidia: Región Romanis

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A principios de la década de 2080, los italianos y los griegos comenzaron a crear una nueva isla artificial situada en el mar Mediterráneo al sudeste de la península italiana y al suroeste de la península balcánica. Su finalidad era instaurar en esta isla personas provenientes de Grecia y de Italia para ver cómo evolucionaban las dos nacionalidades en un lugar común. Egipto, en el año 2091 participaría de igual manera en este proyecto, aportando principalmente mano de obra. En 2097 Iraq tomaría también su parte en el proyecto, apoyando de forma económica. En el año 2100 ya estaba completamente construida y con una delimitación política basada en cuatro regiones: Romanis, Helenis, Kemetis y Sumeris. Al año siguiente, los ingleses tomaron cartas en el asunto y se produjo un confrontamiento político con esta isla. Finalmente, los ingleses llegaron a tener cierto protagonismo dentro de la isla, destacando principalmente el nombre de todos los habitantes de la misma, que debían ser de origen inglés, mientras que el apellido pertenecería a la lengua clásica empleada por cada una de las regiones, respectivamente: latín, griego, egipcio y sumerio/acadio.

Quien no conoce la historia está condenado a repetirla, ¿verdad?

Tomé un sorbo de mi café favorito, miré a mi alrededor y suspiré. Todas las personas en aquella cafetería estaban acompañadas de su pareja, amigos o sus hijos, mientras yo me encontraba solo, sentado en una mesa para dos. La música de fondo que sonaba por los altavoces era lo suficientemente relajante como para olvidarme de todo y dejarme llevar por las notas del piano, el tintineo de las tazas de café y el suave murmullo de las personas. Aquel tipo de ambiente era el que necesitaba de vez en cuando, no solo para poder descansar, sino también para pensar y ver el mundo. Me hacía feliz ver a los demás ser felices, siempre se me escapaba esa típica sonrisilla cuando alguien se reía cerca de mí, aunque fuese un completo desconocido. Sentía que vivía para el mundo, de hecho, me ejercitaba por los demás. Luchaba por los demás. Sacrificaba mi vida por los demás…

—Son tres siliquos caballero —dijo el camarero acercándose tímidamente a mi mesa.

Saqué del bolsillo de mi gabardina negra cinco monedas de plata y las dejé cuidadosamente sobre la mesa.

—Quédate con el cambio.

—Gracias, muy amable.

Eso es lo que quería y necesitaba el mundo, ser amables y sentirse amados.

Me levanté del asiento con la taza de café medio vacía para dirigirme al servicio, pero justo en ese momento una mujer rubia y alta dejó sobre mi mesa un sobre blanco. Cuando se percató de que la había visto, salió corriendo de la cafetería, y yo, tras ella. Nada más salir de la cafetería, la chica entró en un coche que, al cerrar la puerta, arrancó y salió a toda velocidad.

Disgustado por no haber podido entablar una conversación con aquella mujer para conocer sus intenciones, volví a mi mesa y cogí el sobre. No había nada escrito en él, ni remitente, ni destinatario… Nada. Saqué una pequeña tarjeta de él en el que se podía ver en ella letras elegantes y ornamentadas que decían “Teniente Swan Magnus. Calle Eméria nº 5”. ¿Un nombre y una dirección? ¿Sería alguna especie de broma? Me quedé un buen rato mirando aquella tarjetita, echando un vistazo un par de veces más el interior del sobre por si algo se me había pasado por alto. Nada de nada, era lo único. Al menos una explicación podría haber sido de gran ayuda. Pero no me iba a quedar con la intriga, debía ir, y si algo ocurría, al menos estaba preparado y armado para lo peor, así que me bebí de un trago el café que quedaba, acomodé la funda de la pistola y la vaina de la espada y me metí en el coche para ir a aquella dirección, no muy lejos del lugar de donde estaba.

Una vez allí, saqué la tarjeta del bolsillo y apoyé mi espalda en el asiento para respirar profundamente.

—Aquí es.

No sabía lo que me esperaba, pero armado y preparado no tendría por qué pasarme nada malo, así que reuní valor, salí del coche cerrando la puerta lo más silencioso que pude, para no llamar la atención de cualquier persona que por allí estuviera. Me dirigí hasta la puerta de aquella casa de ladrillos esquivando los charcos que habían dejado esa fría noche y golpeé la puerta con la aldaba lo menos estruendosamente posible. Casi al momento, un hombre mayor trajeado, esbelto y en pose erguida apareció al otro lado de la puerta con un papel en la mano. Miró al papel, luego a mí, y, con una leve reverencia me invitó a entrar, señalando la puerta que se encontraba en el fondo de un pasillo estrecho y oscuro iluminado solo por un par de velas. Tras esta otra puerta había una especie de salón en cuyo centro se encontraba una mesa amplia y cinco sillas sobre una alfombra roja y amarilla propia de los palacios, aunque algo desgastada; las paredes estaban escondidas tras estanterías repletas de libros viejos, algunos incluso sin lomo o con este casi desprendido por completo. Detrás de la mesa, un perro, inquietantemente parecido a un lobo, se encontraba acostado en la alfombra, mirándome a los ojos, sin mover un solo pelo. Asombrado por la belleza salvaje del can, no me percaté de que había alguien detrás de mí, lo que me hizo llevarme la mano al pecho en cuanto saludó. Me di la vuelta y allí estaba, un hombre similar al anterior que vi, aunque con un abrigo negro bastante peculiar, con botones dorados.

—Perdona, no era mi intención asustarte —dijo con voz ronca y pausada mientras, cojeando, se fue hacia uno de los asientos, ofreciéndome a mi uno con un movimiento de brazo.

Me senté frente a él, de momento, sin sospechar nada malo de él. Por su apariencia parecía ser una persona seria y con carácter. Tantos libros en una misma sala, que no parecía ser ni siquiera el despacho de Magnus, daba a entender que era un hombre con conocimientos y mucha sabiduría, tanto por los propios libros como por su edad, quizá de unos cincuenta y muchos años, cosa que deduzco por su canosa y larga cabellera. Algo que llamaba mucho la atención eran sus ojos azules, de un matiz muy oscuro, como el fondo del mar, igual de pesado y agobiante que su mirada.

—Sabes mi nombre, ¿verdad? Creo recordar que te lo escribí en la tarjeta que te envié.

—Sí, el teniente Swan Magnus, ¿no es así?

—Eso es, pero mejor solo llámame Magnus —respondió esbozando una pequeña sonrisa, rompiendo un segundo con esa seriedad tan profunda que desprendía su cara.

—Quería verme, ¿no es así?

—Lacerta, a lo largo de la historia ha existido un concepto que siempre ha permanecido constante en todos los lugares del mundo y en todo momento, ¿sabes a qué me refiero? —preguntó.

Sin saber con exactitud de qué estaba hablando o a qué quería referirse, callé y negué con la cabeza, intentando, de alguna forma, combatir su seriedad con mi propia seriedad.

—El cambio. Me atrevería a decir que todo el mundo ansía un cambio en su vida, desde un cambio material, hasta uno mental o emocional. Gran parte de esas personas ni siquiera se atreven a salir a buscar ese cambio, temen a la vez que lo desean, pues prefieren la comodidad de su aburrida e insatisfactoria rutina. Otros se lanzan a la aventura, superando dificultades y obstáculos de todo tipo para alcanzar ese ansiado cambio, estos son los luchadores, los que, a pesar de todo, siguen avanzando para querer más y más felicidad.

Aún no sabía a dónde quería llegar con todo ese sermón, pero sabía que me necesitaba para algo, ¿por qué entonces estaría allí? ¿Para matarme? No sería tan fácil, y menos si lo tuviese que intentar él solo.

El perro se acercó a mí, y se sentó a mi lado. Sus ojos, del mismo tono azulado que el de Magnus, miraban fijamente la funda de la pistola que sostenía mi cinturón, como si creyese que la iba a desenfundar en cualquier momento para asesinar a Magnus, actuando a modo de alarma o guardaespaldas. Era tal su belleza que imponía, a pesar de estar tranquilo.

—He escuchado buenas palabras sobre ti. Dicen que eres un soldado fantástico, mejor que ningún otro en esta ciudad, durante los cinco años que has ejercido— dijo Magnus.

He estado trabajando como militar desde que cumplí mi mayoría de edad a los dieciocho años, y lo que Swan comentaba era cierto. En el cuartel general todo el mundo destacaba mi aptitud en el mundo de la guerra. Mi adaptación a cada momento del combate, mi capacidad de análisis la cual me hacía ver los puntos flacos de mis rivales son aspectos que, sin duda alguna, hacían de mí un soldado extraordinario. A eso hay que sumarle la particularidad de que empleo el uso de armas de fuego y armas de cuerpo a cuerpo por igual. Siempre llevo mi espada claymore a mis espaldas, a la que llamo Salvator, y una pistola en mi cinturón a la que he bautizado Primis.

—Lo siento, pero me retiraré dentro de poco. Esa es mi decisión, mi futuro, mi cambio tan ansiado.

—¿Y qué vas a hacer después de retirarte? —Magnus apoyó los codos sobre la mesa y entrecruzó sus manos—. Sabes de sobra que la sociedad de hoy en día no va a querer a un exsoldado, por ello te costará encontrar un trabajo decente con un sueldo que no sea miserable y con el que al menos puedas… sobrevivir.

—Dime qué quieres de mí— dije, levantándome del asiento y alzando un poco la voz.

—Pues… precisamente te busco a ti, quiero que entres en el Grupo Antiterrorista de Lotus. Nuestro pelotón se centra principalmente en prevenir y defender nuestra ciudad de ataques terroristas.

El teniente chasqueó los dedos y a los pocos segundos entró el hombre que me recibió al principio con una bandeja en la cual rodaban dos periódicos enrollados. Tan pronto como Magnus los cogió y los lanzó a mi lado de la mesa, se marchó aquel hombre que aparentaba ser una especie de mayordomo, dejándonos solos de nuevo a Magnus y a mí.

Eché un vistazo rápido a los titulares de los periódicos. Ambos hacían referencia a unos atentados ocurridos en enero de 2144 y octubre del mismo año.

—¿Qué ocurre con los atentados de hace dos años?—pregunté, aún sin saber el motivo de mi presencia en esta habitación.

—¿Recuerdas también los del año pasado?

—Claro. Los tres atentados costaron la vida de cientos de personas, aniquilando a uno de los pueblos de esta ciudad. Uno de estos atentados incluso acabó con la vida del anterior presidente de la región.

Los atentados realizados por el grupo terrorista Atarquivius eran cada vez más y más. Provocaban explosiones en zonas frecuentadas por los ciudadanos, realizaban tiroteos en tiendas y cafeterías, conducían de forma temeraria por aceras y lugares concurridos, entre otros muchos más casos. El motivo de todo esto era la jerarquización social tan extrema y notoria que existía. La sociedad en la región de Romanis se dividía principalmente en dos grupos: los plebeyos, que era el grupo peor considerado y más pobre; y los patricios, los más poderosos y adinerados, como podían ser el presidente del gobierno de Romanis o los ministros. Luego existen tres grupos más aparte: los marginados, que tal y como su nombre indica son aquellas personas pobres y casi sin recursos como serían los vagabundos o los propios integrantes del grupo terrorista; los militares, grupo al que pertenezco, dedicado a la defensa del Rex y a la de los ciudadanos durante las guerras; y el Rex, que era básicamente el monarca de la región, quien reunía en su mano todos los poderes existentes, era la máxima figura, quien gozaba de una gran variedad y número de privilegios. Han existido amotinamientos contra el rey para instaurar una república, pero al final, el poder del ejército sofocó todas estas, para luego mandar el rex a torturar hasta la muerte a todos los involucrados en dichas revoluciones.

Los Atarquivius, por otro lado, no se trata de un grupo organizado, simplemente parecen ser personas radicales que, descontentas con su situación económica y política, buscan llamar la atención. Muchos de ellos pertenecen a los grupos marginados y plebeyos, los cuales no tienen ni voz ni voto en el mundo político, pero también existen patricios y militares que colaboran en estas revueltas para intentar derrocar al rex, claramente, sin conseguir nada. Eran personas que no tenían nada que perder, y de alguna forma u otra, luchaban contra el sistema para conseguir emerger en la sociedad y ser reconocidos social y políticamente, además de querer deshacerse del actual rex Tarquivius, cuya personalidad arrogante y su desprecio por el pueblo han sido sus características más llamativas.

—Tu nombre era…

—Scales Lacerta—dije, fijando mi mirada con la suya.

—Lacerta, ¿te unirás al grupo antiterrorista entonces?

—No.

Retirarme del ejército era uno de mis objetivos en ese instante, pues, al perder a mi pareja en uno de los atentados , me prometí no arrebatar ni una vida más, ni por venganza, ni por ningún otro motivo. Aunque… el dinero sería de gran ayuda, ya que los militares no son bien recibidos por los plebeyos y encontrar un trabajo digno sería toda una aventura. Aunque podía negociar un precio. Al fin y al cabo me estaré jugando más la vida que incluso siendo un soldado normal y corriente.

—Hablemos de dinero —comenté.

—Cada uno de nuestros integrantes cobran 500.000 siliquos por cada misión.

—¡¿500.000 siliquos?!

—Creo que con esto ya te he convencido— dijo, riendo un par de veces solo—. Pienso que es lo justo, pues en cada misión os estáis jugando la vida, además de salvar la de cientos de personas

Esa cantidad de dinero era casi el triple de lo que ganaba siendo un soldado normal y corriente, por lo que la oferta era sin duda muy apetecible. Por un lado, podría retirarme por completo de la vida militar, vivir tranquilo, no matar más personas en mi vida y dejar de sentirme culpable por ello; pero, por otro lado, la suma de dinero que me ofrecía Magnus era sin duda un factor determinante en mi decisión, vivir una vida de lujo haciendo cuatro o cinco misiones de esas y acabaría siendo casi de oro. ¿Merecía la pena? Probablemente sí.

—Pero necesito cerrar el trato con una condición—dije.

—Tú dirás.

—Podré retirarme cuando yo quiera del grupo, sin imposiciones, multas o impedimentos.

—Claro, aquí todos se pueden marchar cuando quieran, con eso no vas a tener problema Lacerta.

—Entonces… cuente conmigo. —Me levanté y estreché mi mano con la suya.

En aquel momento solo esperaba que todo fuese para bien y que no me arrepintiese de haber tomado tal decisión, aunque al menos, podría tener ese colchón económico que tanta falta me haría para sobrevivir en un futuro cuando esté retirado.

El dinero no da la felicidad, pero facilita mucho las cosas. Hoy en día sin dinero no eres nadie, o vives como puedes siempre al límite, sin poder gozar de privilegios o caprichos, o vives literalmente en la calle, siendo un vagabundo despreciado por el resto de las personas que pasen por delante de ti. En definitiva, si no tienes dinero, eres escoria. No es mi punto de vista, pero sé más o menos cómo funciona la mente de las personas de mi alrededor, sé cómo funciona la sociedad de hoy. El dinero siempre ha sido dueño de las personas, hecho que es bastante triste, pero es así; y yo, no era una excepción. A lo largo de la historia, la riqueza ha encajonado la sociedad en todo momento. Quien tiene dinero tiene poder, y, por lo visto, todos tenemos un precio en monedas, yo incluido.

El perro de Magnus se fue con él, quien le acarició la cabeza con un cariño que parecía no ser propio del teniente.

De pronto la puerta se abrió. Era la misma chica de la cafetería, la que me dejó aquel sobre en la mesa. Llevaba como una especie de uniforme militar negro, pero lo que realmente llamaba mi atención era el color de sus ojos, tan amarillos y brillantes como los de un gato, pudiéndose ver hasta en la oscuridad de aquella habitación. Parecía algo alterada.

—¡Teniente, hay un tiroteo en la cafetería donde tuve que entregarle el sobre a él! — dijo a la vez que me señalaba.

Ambos me miraron.

—Lacerta, ahí tienes tu primer sueldo—dijo Magnus.

La suerte parecía estar de mi lado, al menos por ahora. Mi primera misión, y justo en el lugar donde me encontraba hace un momento, por lo que, de una forma u otra, había escapado de una escena en la que yo estaría en peligro; ahora ellos estaban en peligro. Me levanté de mi asiento y me dirigí hacia la chica, que aún seguía esperando en la puerta.

—Vamos en mi coche—dije.

—Yo os esperaré aquí, cada vez me hago más viejo, ya sabéis—comentó Magnus, acariciando al perro que se encontraba sentado a su lado.

—¿Y los otros? —preguntó la joven, mirando a Magnus.

—No tengo ni idea—respondió. —¡Id rápido!

La chica y yo nos dirigimos hacia mi auto. La noche aún era húmeda y fresca, y parecía estar cayendo alguna gotita que otra. Era sin duda la noche perfecta para quedarse en casa con unas mantas, pero había gente que necesitaba nuestra ayuda, y, además, una gran suma de dinero que ganar.

Una vez que llegamos, entramos en la cafetería, yo con la pistola en la mano izquierda y la espada en la derecha, mientras que la chica llevaba únicamente una pistola que sostenía con las dos manos. La cafetería estaba toda hecha un desastre: porcelana y cristales rotos y esparcidos por el suelo, mesas tiradas con agujeros hechos seguramente por disparos… Aunque lo más impactante eran las tres personas que yacían en el suelo, dos al parecer muertas, y una herida y viva quien parecía ser el mismo camarero que me atendió. Aparte de todo eso, no veíamos a nadie más, lo más probable es que hubiesen podido escapar, lo que me extrañaba bastante, pues los terroristas de Atarquivius no suelen perdonar la vida de nadie.

—Hemos llegado tarde—comentó la chica.

—Eso parece.

Nos acercamos a la persona que estaba agonizando. Se estaba estremeciendo por dos disparos, uno en el lado derecho del pecho y otro en el muslo. A pesar del dolor que tenía que estar sufriendo, no gritaba, solo se trataba de tapar las heridas con las propias manos, lo que era, claro está, insuficiente.

—Por favor… parad ya…—dijo el camarero.

—Somos militares, ¿dónde están los terroristas?

—Están aún… en el almacén—. De pronto, los ojos se le iluminaron, fijando su mirada detrás nuestra. — Se escapan.

Nos dimos la vuelta, y allí estaban, dos personas con sacos, seguro que llenos de dinero. Intentaban huir.

—Y una mierda—dije, levantándome lo más rápido posible para luego esprintar a través de la puerta de la cafetería.

Tras correr más o menos una manzana, apunté con mi pistola y disparé. Uno de los hombres empezó a cojear y se cayó al suelo soltando gotas de sangre en la acera y dejando caer el par de sacos que llevaba, los cuales no resistieron la caída y se rompieron, llenando todo el alrededor con monedas y billetes; el otro hombre simplemente torció una esquina y lo perdimos de vista.

Me aproximé al hombre que había herido, y detrás de mí, llegó la chica que me acompañaba.

—Por favor, tened piedad—dijo el hombre.

—¿Acaso tú la has tenido? —dije mientras pisaba la herida del hombre, haciendo que se retorciera de dolor. —Mátalo.

—Te lo dejo a ti—respondió la chica.

—¡He dicho que lo mates!

Y así lo hizo.

La frialdad de la chica me dejó boquiabierto, no se lo pensó ni un solo momento. Quizá el sentimiento de rabia debió actuar por ella, al igual que ocurría conmigo ocasiones similares. A pesar de la desagradable situación, aún mantenía la promesa de no asesinar a nadie más. Debía hacerme con la confianza de los del grupo para así poder usarlos a modo de mercenarios. Yo hería, ellos mataban, así de fácil sonaba en mi cabeza.

—¿Tu nombre? —pregunté mientras guardaba mis armas.

—Amber Stella—respondió—. Tú eras Scales Lacerta, ¿verdad? Los demás han hablado muy bien de ti, sobre todo el teniente, pero no veo que tengas nada especial que aportar a nuestro grupo.

El nombre le venía que ni pintado. Su pelo dorado brillaba con luz propia durante aquella noche, aunque su actitud contrastaba mucho con su belleza, pues parecía sobrevalorarse mucho a sí misma.

Supongo que me menospreciaba por no haber matado con mis propias manos a aquel hombre. Sé que merecía morir, pero insisto, la promesa que hice a mi pareja era más importante que cualquier asesino muerto.

Aprovechando que Stella se dio la vuelta, me hice con un par de billetes de cincuenta siliquos cada uno, escondiéndolos en el bolsillo de la gabardina lo más disimuladamente posible. ¿Estaba robando? Pues claro, era evidente, pero estaba casi seguro de que esta vez no iba a cobrar nada de nada. ¿El motivo? No eran terroristas, los del grupo Atarquivius por norma general no se dedicaban a robar cafeterías de un barrio pobre como este, sino que más bien se esforzaban en infundir el terror y asesinar personas en masa, cuantas más mejor, y aseguro que había más de tres personas en aquel establecimiento; además, una cafetería no sería la mejor opción para hacer un ataque terrorista. Quizá estuviese equivocado, pero era lo lógico.

De pronto, una musiquilla comenzó a sonar. Stella hurgó en el bolsillo del pantalón hasta encontrar su teléfono móvil para mirar la pantalla con cara extrañada. El móvil de Stella era similar al mío, pues ambos éramos al fin y al cabo militares y poseíamos el mismo modelo, recubierto de un material muy resistente contra golpes. Además, contaba con una serie de aplicaciones muy útiles como un geo-localizador para encontrar a nuestros compañeros, escudo antibalas, una potente linterna, pantallas de camuflaje, entre muchas otras aplicaciones. Desde 2137 la tecnología se empezó a parecer mucho a lo que llamaban magia por aquel entonces; actúa como tal, pero claro, hay aplicaciones que consumen demasiada batería, y sin batería, pues no funcionan. Como casi todo lo tecnológico, los primeros modelos se suelen reservar para los militares, y no ha llegado aún a manos de ningún otro fuera de este grupo. Lo peligroso del avance tecnológico es que evoluciona para poder hacer el bien, pero por supuesto, también para hacer el mal, por lo que el gobierno puede desactivar todas las aplicaciones de cualquier persona si esta la emplea para hacer algún ataque contra la propia ciudad o la región.

—Dime Magnus—dijo Amber.

Por la gran expresividad de la cara de Stella, algo malo parecía estar ocurriendo, algo no iba del todo bien. Me cogió de un lado de mi gabardina y tiró de mí.

—¡Ha sido todo esto una puñetera distracción, tenemos que ir al palacio presidencial, rápido!

Iniciamos una carrera tan rápida como pudimos hacia mi coche, arranqué y nos dirigimos hacia aquel lugar, situado en el centro de la ciudad, más o menos a dos kilómetros de distancia. Durante el viaje, pregunté a Stella sobre lo que ocurría. Estaba dándose en la plaza del palacio un atentado del grupo Atarquivius, en el que, por lo visto se han puesto a tirotear a los inocentes allí presentes.

Una vez llegamos a la plaza, vimos a muchísima gente gritando horrorizada, a otros tantos tirados en el suelo ensangrentados acompañados muchos de ellos por otras personas arrodilladas lamentándose y llorando.

—No puede ser…—dijo Stella. —Cómo hemos podido ser tan imbéciles.

—Esta vez sí hemos llegado tarde…

De pronto, un estruendo sonó, haciendo que retumbase hasta el suelo. A los pocos segundos, otros dos fuertes ruidos sonaron. El palacio estaba siendo derrumbado delante de nuestras narices. Al cabo de tan solo unos minutos, pasó de ser una obra arquitectónica lujosa a un montón de escombros. Amber intentó correr hacia el palacio, pero yo la frené, y echó a llorar sobre mi pecho.

—No… No, ¡no! —exclamó Stella. —Es-esto no puede estar pasando.

Me di cuenta de que en una de las esquinas de la plaza había una muchedumbre gritando y formando un corro. Dejé a un lado a Stella y me acerqué a ver qué estaba ocurriendo. En el centro del círculo de personas había una mujer y hombre, que por sus aspectos parecían ser vagabundos. Algunas personas de toda esa masa de gente estaban pegando patadas y puñetazos a esas dos personas, mientras que otros se dedicaban más a insultar. Entendí que las personas a las que estaban pegando eran los terroristas causantes de aquella masacre.

—¡Pron-pronto seremos es-escuchados! —gritó la mujer que estaba siendo golpeada, para luego perder el conocimiento.

Haciendo referencia a lo que me comentó Magnus, el grupo Atarquivius ansiaba el cambio social y político. Quizá para muchos no era la forma correcta de alcanzarlo, pues siempre se ha dicho que la violencia nunca es la solución; yo, no pienso así. La violencia puede cambiarlo todo, si se hace de la forma correcta. Es el dilema de la situación, pues Atarquivius en sí perseguía la igualdad social mediante la violencia, mientras que el resto de plebeyos quería lo mismo, pero de forma más pacífica. ¿Es, por lo tanto, un grupo maligno? En gran parte sí, pues al fin y al cabo el terror era el mensaje que este grupo querían mandar al rex, aniquilar a cualquier tipo de persona, sea quien sea, con tal de hacerse oír, lo que parece en principio algo contradictorio, pues también acaban con la vida de personas plebeyas. Por otro lado, tenían parte de razón, ya que el cambio que quieren es el cambio que durante toda la historia ha deseado la población menos privilegiada, querer ser todos iguales frente a los ojos de la política, la economía, la sociedad, entre otros ámbitos.



—Stella, aquí poco podemos hacer ahora mismo.

—Lo sé.

—Deberíamos ir a casa de Magnus—dije, despegando a Amber de mi pecho y secándome las lágrimas que había dejado en la gabardina.

Después de mi corta experiencia con mi nueva compañera, vi que era una persona empática con aquellos que se lo merecían. En ese sentido me recordaba mucho a mi pareja, aunque Lucis siempre veía el lado bueno de todas las personas, y jamás hubiera sido capaz de acabar con la vida de alguien o de algo. Amber, en cambio, si tenía que matar lo hacía, si tenía que llorar y lamentarse por los inocentes lo hacía también; simplemente, sentía la llamada de la justicia. Tener piedad con una persona cruel, es un acto de crueldad en sí mismo. Ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre…

El mismo hombre de la primera vez nos recibió de nuevo en casa de Magnus. Fuimos rápido a la sala donde nos encontramos y allí estaba, tomando una copa de lo que parecía ser vino.

—¿Habéis conseguido frenarlos? —preguntó Swan con media sonrisa en la cara.

—Hemos matado a uno en la cafetería, pero en la plaza del palacio…—dijo Amber, cabizbaja y con los ojos rojos.

—Lo de la cafetería era un robo normal y corriente con dos muertos y un herido grave, nada que ver con un ataque terrorista—comenté; —en cambio, el ataque terrorista llevado a cabo en el palacio ha sido imposible de parar, porque ya estaba en una fase muy adelantada.

—Vaya…

—¡¿Te lamentas?! —dije.

Había algo que no me cuadraba. Se supone que era un grupo para prevenir y sofocar los atentados. En mi primera misión, lo único que hemos medio arreglado ha sido un robo.

—¡Magnus, no nos avisaste a tiempo! — . Me senté frente a él, en el mismo asiento de la primera vez. —Ha sido toda esta misión una auténtica basura.

—A veces suele pasar. Hay falsas alarmas y atentados a los que no llegamos a tiempo.

Miré a Stella, quien asintió con la cabeza.

Magnus cogió su móvil y, con el índice, pulsó una única vez en la pantalla. Detrás suya, apareció tras la pared una televisión de último modelo, en la que podíamos ver cómo retransmitían en directo desde el mismo lugar donde ocurrió el atentado, en la plaza del palacio.

—Veinticuatro personas han sido asesinadas en este atentado de hoy… Día 23 de enero de 2146… Aún no se ha encontrado el cuerpo del presidente de la región, quien, al parecer podría estar bajo los escombros del palacio—dijo la periodista, entre sollozos.

La primera misión y el primer fracaso estrepitoso. Pero, ¿cómo quedaría todo esto ahora? El palacio presidencial destruido, el presidente posiblemente muerto… Esto era prácticamente un golpe de estado. La política comenzaba a deteriorarse, aunque, mientras el rex siguiese vivo, nada se descontrolaría en gran medida. Al fin y al cabo, el rex Tarquivius era el titiritero de todos los demás cargos políticos, la persona con mayor poder de toda la región. Quizá otro rex diferente negociaría con el grupo terrorista para acabar de una vez por todas con esta masacre, pero conociendo la forma de actuar de Tarquivius, no tardaría en dar órdenes nuevas para acabar con el grupo terrorista que le amenaza.

Tras una breve conversación con Magnus y Amber si mucha importancia, me marché a mi casa para dormir, o al menos, intentarlo, pues seguí dándole vueltas a las preguntas que en ese momento me martirizaban ¿De quién sería el próximo movimiento en el tablero? Y lo más importante, ¿cuál sería ese movimiento?
 
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