Genocidia

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Buenas.
He pensado hacer una novela furry y quería ver si tenía un recibimiento aceptable para continuarla y tal. Tenía pensado en hacer una novela larga con capítulo cortitos para que sea más fácil de leer y eso.
Cualquier comentario mientras sea constructivo es bienvenido, estoy aquí para aprender y ser aconsejado. Chaoo <3

CAPÍTULO 1 | ALGUIEN DIFERENTE
Era sin duda el momento perfecto. Solo yo y mi capuchino con mini malvaviscos en una noche fría, resguardado en la cafetería más elegante de la ciudad. Sonaba de fondo la típica música de jazz placentera que, unida al tintineo de las tazas de café y el suave murmullo de las personas, creaban un ambiente tan relajante que te hacía olvidar hasta el más grave de los problemas, al menos, por un rato.

La soledad era algo que a muchos preocupaba. Las personas necesitaban de la cercanía y el cariño de otras, ya fuesen familiares, amigos, o incluso desconocidos. Yo, en cambio, disfrutaba cada momento de soledad como si fuera el último. Jamás había tenido pareja, hecho que no me acomplejaba para nada, pues pensaba que sería un completo ataque a mi privacidad; tampoco consideraba que tuviese amigos, más bien me relacionaba con compañeros del trabajo y otros con los que no tenía más remedio, como el cajero del supermercado o el banquero. Tenía lo necesario, dinero y autoestima, que para mí son los dos pilares fundamentales de la vida; ¿y el amor, la felicidad y tantas otras cosas que las personas consideraban importantes? No hay mayor amor que el que se tiene a uno mismo, y el dinero da la felicidad, así que… qué más necesitaba, ¿eh?

Llamó mi atención una mujer que se encontraba sentada en la mesa más cercana a mi izquierda. No era la primera vez que la veía por allí, pues ella siempre solía venir las noches del viernes a esta cafetería para sentarse a leer el mismo libro, el cual parecía no acabar nunca, pues llevaba ya meses con él. Suspiraba de forma repetitiva mientras cerraba el libro para contemplar el lugar y quizá descansar la vista. En uno de esos momentos, se dio cuenta de que la estaba observando. Con un movimiento torpe a la vez que brusco, aparté la mirada y di un sorbo al capuchino. Procuré tapar mi rostro con la gabardina, el sombrero negro y la bufanda que llevaba puesta para así evitar algún comentario de aquella mujer, aunque parecía no funcionar, pues aún me seguía observando. Mientras tanto, yo seguía clavando mi mirada en mi taza, aunque mirando de vez en cuando de reojo a aquella mujer.

—¿Te has leído esta novela? —preguntó la chica, mostrando la portada del libro que leía.

La voz de aquella mujer era dulce, aunque parecía albergar un toque de timidez, a pesar de la iniciativa de la chica para hablar conmigo. Yo no estaba muy por la labor de charlar con nadie, y menos con una desconocida, pero con tal de no faltar al respeto, miré a la mujer y negué con la cabeza, siendo lo menos expresivo posible. No me gustaba mucho leer, antes prefería hacer otras cosas, como dibujar o pensar; aunque a veces he llegado a pensar que pienso demasiado…

—Te veo mucho por aquí—comentó, cerrando el libro para prestar toda su atención en mí—. ¿Siempre vienes solo?

Sin decir una palabra, asentí. No comprendía qué le incitaba a hablar conmigo, nunca antes me había sentido así, nadie había querido dirigirme la palabra porque yo no me mostraba receptivo a ello.

—Siéntate conmigo, me vendrá bien algo de compañía. Yo te invito al café.

Ante la invitación, acepté. Cogí la taza y me senté enfrente de ella, tratando aún de no mostrar mi rostro. La chica entrecerró los ojos, fijándose en los míos. Parecía sorprendida por el color de estos, amarillos y brillantes como el ámbar, los cuáles contrastaban con los suyos, marrones y oscuros, para nada llamativos. Prefería no llamar la atención, pero mis ojos me estaban delatando.

—Mi nombre es Natalí.

No dije nada, pero el nombre me pareció de lo más hermoso.

—Tienes unos ojos muy bonitos—dijo, a modo de alago.
—Igualmente.

No se me ocurrió decir otra cosa más que eso. Estaba nervioso, y no por la belleza de la fémina, pues era más bien alguien del montón. La chica abrió de nuevo el libro y continuó leyendo. Ante esto, me relajé un momento y tomé un sorbo de mi café. La mujer volvió a cerrar el libro de un golpe y me señaló con su mano derecha sin llamar mucho la atención, dejando su brazo apoyado en la mesa.

—Eres un Proyecto, ¿verdad?

Mi sorpresa fue tal por ese comentario tan repentino, que me atraganté con el poco de café que estaba tragando en aquel instante. Supongo que lo habría acertado por mis ojos.

Los Proyecto somos seres nacidos de un experimento consistente en mezclar el código genético de un animal con los de una persona humana. Esto, por supuesto, alude tanto a cualidades como al físico, es por ello que trato de ocultar mi rostro y mis manos, además de mis peludas y puntiagudas orejas. Soy una especie de zorro antropomorfo desde que nací de forma artificial. Fui el Proyecto número 21, por lo que existían unos cuántos más que, al igual que yo, nacieron con rasgos de animales de todo tipo, desde lobos y raposos como yo, hasta lagartos y otros animales escamosos y viscosos. Ser una mezcla entre zorro y humano me ha traído desventajas y ventajas por igual; las personas no estaban acostumbradas a ver animales a dos patas caminando por la calle, por lo que siempre tenía que salir con una tupida gabardina negra, un sombrero fedora del mismo color y una bufanda gris, todo esto para ocultar mi apariencia zorruna y no llamar la atención o escandalizar a los transeúntes. Por otro lado, me he vuelto mucho más ágil y veloz desde entonces, aunque mi olor corporal ha empeorado muchísimo, teniéndome que duchar hasta dos o tres veces en un mismo día.

—¿Me han delatado mis ojos? —pregunté.
—No sólo. Digamos que tu hocico y bigotes han dicho mucho también mientras estabas tomando el café.
—¿No te doy miedo?
—¿Miedo? He conocido a otros Proyecto como tú.

Por lo visto no había sido lo bastante cuidadoso tapando mis rasgos físicos, pero no se veía a Natalí nada alterada con mi presencia.

Hacía tiempo que no hablaba con alguien de esta forma, me sentía simplemente bien, sin preocupaciones. Natalí tenía pinta de ser una persona malvada, aunque debía tener cuidado, pues aún no conocía sus intenciones.

—¿Y sales a la calle siempre con todo ese montón de ropa? —preguntó, relajándose y apoyando su espalda en el asiento.
—No te puedes ni imaginar la de humanos que discriminan a nuestra raza.
—¿Raza?
—Sí, por llamarlo de alguna forma.
—La discriminación siempre es algo que estará presente en todo momento y en todos los lugares, por eso he querido llamar tu atención.

La chica sacó del bolsillo de su abrigo una tarjetita color crema, la cual me dio con delicadeza. En ella se podían distinguir unas letras elegantes y muy ornamentadas que aludían a una calle y un número.

—Esa es la ubicación de nuestra guarida.
—Espera, ¿cómo que una guarida?

Una musiquilla empezó a sonar de repente. Natalí sacó de su bolso su teléfono móvil, al cual echó un vistazo rápido y lo volvió a guardar donde mismo.

—Mierda…tengo que irme. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?
—Saúl—respondí.
—Encantado, Saúl. Si no te fías de mí, mañana por la mañana sobre las nueve te puedes acercar a la plaza central, frente al museo, ya hablamos sobre ello.

La mujer, casi sin despedirse, se marchó corriendo, no sin antes dejar unas monedas en la mesa. El camarero se acercó y les echó el guante en cuanto pudo.

De nuevo, solo. Di el último trago al resto de capuchino que quedaba, me hice con las llaves del coche y me marché a casa para descansar, o al menos, intentarlo.


CAPÍTULO 2 | EL ESCONDRIJO
Desperté aquella mañana, cansado, pues casi no había pegado ojo en toda la noche. Eran las ocho y cuarto. Aún tenía tiempo suficiente hasta las nueve para ducharme, desayunar y vestirme.

Ducharme era una tarea de lo más complicada, pues me costaba a horrores secarme todo el pelaje, en especial mi algodonosa cola, la cual trataba de deshumedecer con una secadora de pelo normal y corriente.

En cuanto a las comidas… nada especial. Por lo general solía tomar carnes típicas que consumen los humanos, nada de ratas y otros bichos asquerosos. Las verduras las odiaba, prefería mil veces antes una rica y jugosa manzana o un trozo de sandía, con sus pepitas y todo.

La vestimenta sería muy similar a la de ayer. Tenía cuatro gabardinas para ir intercambiando entre ellas, pero la manera de vestir era siempre la misma, incluso en verano, pues en esta zona de España siempre hacía frío, hecho que aprovechaba a más no poder. No me suponía ningún problema ocultarme de los humanos corrientes, estaba más que acostumbrado, aunque quizá también ayudaba mi personalidad solitaria y huidiza. Existían confecciones especiales para teriomorfos, de hecho, mis botas altas estaban diseñadas a mi medida, y por suerte, no llamaban mucho la atención de las personas.

Todo lo rápido que pude, me dirigí hacia la plaza del museo, donde había quedado con Natalí la noche antes. La curiosidad por saber de esa guarida me había quitado el sueño casi por completo. Estaría bien conocer a otros Proyecto como yo, pero por otro lado sí que me asustaba la idea de que todo esto fuese una trampa para burlarse de mí o hacerme algún daño. Aún así reuní valor y me acerqué a la chica que allí me estaba esperando, en un banco, vestida con una chaqueta vaquera y unos jeans negros.

—¿Qué tal zorro?
—Baja la voz.
—Ven conmigo.

La chica, tan pronto como se levantó del asiento, se dirigió hacia la avenida principal. Durante el trayecto no dijo ni una sola palabra ni nada. A mitad de la amplia calle, se paró y subió unas escaleras de metal oxidado que daban muy poca confianza.

—¿Subes o qué?

Seguí los pasos de Natalí, no sin antes echar un vistazo por si alguien nos estaba mirando. La niebla de aquella mañana era bastante espesa, lo que ayudaba mucho a ir con discreción. Torcimos la esquina de un edificio y llegamos a un largo pasillo colgante que tampoco tenía el mejor de los aspectos.

—Saúl, ¿a qué viene esa cara? —dijo Natalí mientras daba pequeños saltitos, comprobando quizá la estabilidad de la superficie por la que caminábamos—. ¿Ves? Es resistente.

Cruzamos todo el pasillo hasta llegar a una puerta roja de emergencia. La mujer trató de abrirla sin éxito alguno.

—Memoriza esto.

Natalí se agachó para dar tres golpes en la zona inferior de la puerta, luego dos en la parte superior y para finalizar, una palmada. Tras esta extraña coreografía, que parecía ser alguna contraseña para entrar, me guiñó. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió un poco, lo suficiente para ver unos ojos azules brillantes a través de ellos.

—¿Natalí? —preguntó alguien con voz grave desde dentro—. ¿Y ese quién es?
—Ah, mi nombre es Saúl—dije.

Natalí alcanzó mi sombrero y me lo quitó, dejando al descubierto mis puntiagudas orejas.

—¿Así que eres otro Proyecto?

Al momento, la puerta se abrió del todo, mostrando a un tipo medio lobo con una camiseta negra que marcaba mucho sus músculos, seguro que de forma concienzuda por supuesto. Me pareció alguien rudo, pero al instante, mi percepción de él cambió. Estrechó su pata con la mía. El apretón me lo dio con fuerza, lo que, además de comprobar que era un tipo duro, era alguien confiado y en quien se podía confiar. Siempre me han dado buenas vibraciones aquellos que dan los apretones con decisión y contundencia y miran de manera fija a los ojos.

—Mi nombre es Orson—dijo, haciendo una pequeña reverencia, a modo de invitación para entrar—. No os quedéis ahí, pasad y sentaos en la barra, os pondré el mejor vino que tenga.

Entramos y lo que vieron mis ojos fue espectacular. Tras esa puerta de emergencia mugrienta se encontraba lo que parecía ser un bar de lujo. La baja intensidad de la iluminación lo hacía de lo más acogedor, la limpieza del local era sin duda impecable, y las personas que allí se encontraban, bueno, … los Proyecto que allí se encontraban me daban la seguridad y la tranquilidad que necesitaba en aquel momento; algunos de ellos se voltearon, por mera curiosidad o para saludarme sentados desde la lejanía.

—Bienvenido a El Escondrijo—comentó Natalí—. Aquí te sentirás como en casa, te lo aseguro.

Nos sentamos en la barra, desocupada en su totalidad. Orson nos sirvió dos copas de vino blanco, el cual me refrescó la boca que tenía seca por los nervios y me dejó un buen sabor, además.

—No solemos tener zorros blancos por aquí, debes ser uno de los primeros Proyecto—comentó Orson mientras aprovechaba para fregar algunos vasos y platos que había en el fregadero.
—El número 21.
—Tuviste suerte, ya sabes que los primeros quince fueron los más perjudicados durante el experimento; son unas bestias en todo el sentido literal de la palabra. Por cierto, yo soy el Proyecto número 127, pero aquí ya sabes, preferimos llamarnos por nuestros propios nombres.

En el experimento se comenzó a usar primero código genético de zorro, pues lo consideraban un animal de cualidades interesantes, pero a la vez no sería peligroso tratar con una criatura mitad zorro mitad humano. En futuros experimentos, los Proyecto iban siendo cada vez más atrevidos, mezclando código genético de animales más peligrosos para la raza humana. El Proyecto 200 fue el último. Dejaron de crear más seres por cuestiones de ética y seguridad para la población.

Orson agarró dos periódicos que tenía en una estantería y me los lanzó. Los titulares de estos hacían alusión a los asesinatos de varios Proyectos, y la desaparición de otros tantos. Como ya he mencionado, para muchos humanos no éramos seres de fiar, por lo que muchas personas ejercían una especie de terrorismo contra nosotros.

—Supongo que te habrás enterado de todas estas noticias—dijo Orson, tratando de secarse los ojos para evitar que alguna lágrima corriese por su hocico—. Hace un par de meses asesinaron a uno de mis mejores amigos. Esos cabrones de Genocidia…

Genocidia era un grupo organizado implicado en muchos de los casos de muerte entre los Proyecto. Digamos que estaban dedicados especialmente al asesinato de nuestro grupo racial, trataban de aniquilar a todos y cada uno de nosotros. Genocidia vivía para infundir el terror entre los teriomorfos. Puede que mi miedo a mostrar mi apariencia física estuviese más que justificado por este tema.

Al menos parecía que en aquel lugar podía respirar y ser un poquito más yo.


CAPÍTULO 3 | LA REBELIÓN
Orson colocó los vasos recién fregados de forma muy ordenada en las distintas estanterías que tenía a su espalda. Salió de la barra y se acercó a mí. Yo mientras tanto estaba embobado viendo el resto del local. Sin quererlo, mi atención se fijó en el atractivo de un solitario medio zorro rojo. Su chaqueta gris y camiseta blanca describían a un tipo que cuidaba su aspecto sin llegar a ser demasiado sofisticado. Orson se dio cuenta de a dónde estaba mirando yo, y casi sin pensarlo, me cogió del brazo y tiró de mí. Natalí, mientras tanto, siguió en la barra terminándose su bebida.

—Te tengo que presentar a nuestro raposo—comentó Orson.

Nos sentamos frente a él. El rostro del desconocido zorro anaranjado se iluminó, sorprendido quizá por ver a un nuevo cliente.

—¿Un zorro polar? —preguntó aún con la cara de asombro, mientras se ajustaba las gafas para ver mejor, la cuáles ocultaban unos preciosos ojos verdes.

—Soy Saúl—dije a la vez que ofrecía mi pata para estrecharla.

—Mi nombre es Javier. Hacía mucho tiempo que no veía un nuevo zorro por aquí. Natalí te ha traído, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. Orson se sentó frente a Javier y yo hice lo mismo, parecía que íbamos a tener una conversación bastante larga, pues el medio lobo aprovechó para acomodarse bien en su asiento. Mientras tanto, me di cuenta de que Javier, estaba sacando algo de su bolsillo del pantalón, algo que dejó oculto debajo de la mesa, por lo que no pude ver lo que era.

—¿Podemos confiar en él? —preguntó Javier a Orson, con voz algo tímida.

Orson levantó los hombros como respuesta. No sé de qué estaban hablando con exactitud, me encontraba algo desconcertado.

—Haz los honores—dijo Orson.

—Muy bien.

De debajo de la mesa, Javier sacó una pistola blanca y la posó sobre una de las servilletas. Mi sorpresa fue tal que me llevé la pata al pecho, tratando de ahogar un grito no con mucho éxito.

—No te preocupes, no va a hacerte nada—aclaró Orson.

—Supongo que habrás oído hablar del grupo Genocidia, ¿no es así? —preguntó Javier.

—Claro—respondí, aún algo asustado.

—Te lo diré muchos rodeos. Natalí te ha estado observando todas estas semanas atrás, y pareces ser un buen candidato para llevar a cabo nuestra misión.

—¿Buen candidato? ¿Qué misión?

—He planeado una estrategia para hacer que Genocidia se derrumbe. Tras estudiar y hacer un seguimiento a cada uno de los miembros durante años y años, he dado con la ubicación de muchos de los integrantes del grupo, y además conozco casi al completo las rutas que toman. Muchos de ellos siguen un mismo patrón. Conozco sus puntos débiles y queremos acabar con cada uno de ellos.

—¿Y por qué iba a ser yo un buen candidato?

—Dos motivos principales. Primer motivo, Natalí ha comentado siempre que andas solo por ahí, por lo que sospechamos que no tienes mucho que perder. Segundo motivo, según nuestra compañera, esa gabardina que llevas la ofrecen como obsequio en la academia de policía, es decir, que debes de tener cierto conocimiento sobre armas, ¿no es así?

—Así es…—respondí boquiabierto.

Todo este tiempo había estado siendo espiado por ellos. Era verdad que la gabardina me la ofrecieron cuando estaba ejerciendo de policía en la ciudad; al final me retiré cuando el grupo Genocidia salió a la luz, ese fue en el momento en el que empecé a ocultar mi físico con más ahínco. En cuanto a lo que ha comentado Javier de que no tengo mucho que perder…quizá tuviese razón, pues familiares no tengo al haber nacido en base a un experimento, y amistades, en principio tampoco.

—¿Te unes a la rebelión entonces zorrito blanco? —preguntó Orson, apoyando su codo sobre la mesa.

—No sé yo, parece peligroso.

—Sería peligroso si no tuviésemos información alguna, pero está todo aquí—dijo Javier señalando a su cabeza.

Daba la sensación de que Javier era la cabeza de toda esta pandilla, por llamarlo de alguna manera. Parecía un tipo inteligente, aunque no eso no quería decir que fuese un enclenque, pues tenía un cuerpo bastante bien trabajado.

—¡Venid aquí chicos! —gritó Natalí desde la barra del bar algo alterada.

Nos acercamos Orson, Javier y yo a ella, quien estaba mirando las noticias en su teléfono móvil. Un corto vídeo de poco más de medio minuto sería el detonante perfecto para iniciar la rebelión que antes habían comentado. En él se mostraba a un grupo de personas gritar cosas como “Los Proyecto son un error, deben morir” o “Los Proyecto son animales, tratémosles como lo que son y no como personas”. Pude ver la rabia de Javier en sus ojos, a la vez que apretaba los puños, intentando contener su ira. Orson, por otro lado, se quedó paralizado.

—Chicos, contad conmigo—dije.

—¡Perfecto, me alegra mucho oír eso blanquito! —dijo Orson con entusiasmo, quitándome el sombrero para acariciarme con brusquedad y despeinarme el pelaje.

No sabía muy bien dónde me estaba metiendo. Debo admitir que tenía algo de miedo, pero esto me ayudaría también a salir mi monótona vida. Algo de acción nunca viene mal, y, además, ya era hora de ponerme en forma otra vez.

Javier sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña libreta, donde apuntó un nombre: “Damián”.

—Las piezas blancas mueven primero, ahora nos toca jugar a nosotros—comentó Javier, entre entusiasmado y rabioso.
 
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Muchas gracias por los comentarios c:
Trataré de hacer un capítulo más o menos por cada día. Como máximo cada 3 días. Nuevamente insisto, cualquier comentario constructivo siempre ayuda. Chaoo <3


CAPÍTULO 2 | EL ESCONDRIJO

Desperté aquella mañana, cansado, pues casi no había pegado ojo en toda la noche. Eran las ocho y cuarto. Aún tenía tiempo suficiente hasta las nueve para ducharme, desayunar y vestirme.

Ducharme era una tarea de lo más complicada, pues me costaba a horrores secarme todo el pelaje, en especial mi algodonosa cola, la cual trataba de deshumedecer con una secadora de pelo normal y corriente.

En cuanto a las comidas… nada especial. Por lo general solía tomar carnes típicas que consumen los humanos, nada de ratas y otros bichos asquerosos. Las verduras las odiaba, prefería mil veces antes una rica y jugosa manzana o un trozo de sandía, con sus pepitas y todo.

La vestimenta sería muy similar a la de ayer. Tenía cuatro gabardinas para ir intercambiando entre ellas, pero la manera de vestir era siempre la misma, incluso en verano, pues en esta zona de España siempre hacía frío, hecho que aprovechaba a más no poder. No me suponía ningún problema ocultarme de los humanos corrientes, estaba más que acostumbrado, aunque quizá también ayudaba mi personalidad solitaria y huidiza. Existían confecciones especiales para teriomorfos, de hecho, mis botas altas estaban diseñadas a mi medida, y por suerte, no llamaban mucho la atención de las personas.

Todo lo rápido que pude, me dirigí hacia la plaza del museo, donde había quedado con Natalí la noche antes. La curiosidad por saber de esa guarida me había quitado el sueño casi por completo. Estaría bien conocer a otros Proyecto como yo, pero por otro lado sí que me asustaba la idea de que todo esto fuese una trampa para burlarse de mí o hacerme algún daño. Aún así reuní valor y me acerqué a la chica que allí me estaba esperando, en un banco, vestida con una chaqueta vaquera y unos jeans negros.

—¿Qué tal zorro?
—Baja la voz.
—Ven conmigo.

La chica, tan pronto como se levantó del asiento, se dirigió hacia la avenida principal. Durante el trayecto no dijo ni una sola palabra ni nada. A mitad de la amplia calle, se paró y subió unas escaleras de metal oxidado que daban muy poca confianza.

—¿Subes o qué?

Seguí los pasos de Natalí, no sin antes echar un vistazo por si alguien nos estaba mirando. La niebla de aquella mañana era bastante espesa, lo que ayudaba mucho a ir con discreción. Torcimos la esquina de un edificio y llegamos a un largo pasillo colgante que tampoco tenía el mejor de los aspectos.

—Saúl, ¿a qué viene esa cara? —dijo Natalí mientras daba pequeños saltitos, comprobando quizá la estabilidad de la superficie por la que caminábamos—. ¿Ves? Es resistente.

Cruzamos todo el pasillo hasta llegar a una puerta roja de emergencia. La mujer trató de abrirla sin éxito alguno.

—Memoriza esto.

Natalí se agachó para dar tres golpes en la zona inferior de la puerta, luego dos en la parte superior y para finalizar, una palmada. Tras esta extraña coreografía, que parecía ser alguna contraseña para entrar, me guiñó. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió un poco, lo suficiente para ver unos ojos azules brillantes a través de ellos.

—¿Natalí? —preguntó alguien con voz grave desde dentro—. ¿Y ese quién es?
—Ah, mi nombre es Saúl—dije.

Natalí alcanzó mi sombrero y me lo quitó, dejando al descubierto mis puntiagudas orejas.

—¿Así que eres otro Proyecto?

Al momento, la puerta se abrió del todo, mostrando a un tipo medio lobo con una camiseta negra que marcaba mucho sus músculos, seguro que de forma concienzuda por supuesto. Me pareció alguien rudo, pero al instante, mi percepción de él cambió. Estrechó su pata con la mía. El apretón me lo dio con fuerza, lo que, además de comprobar que era un tipo duro, era alguien confiado y en quien se podía confiar. Siempre me han dado buenas vibraciones aquellos que dan los apretones con decisión y contundencia y miran de manera fija a los ojos.

—Mi nombre es Orson—dijo, haciendo una pequeña reverencia, a modo de invitación para entrar—. No os quedéis ahí, pasad y sentaos en la barra, os pondré el mejor vino que tenga.

Entramos y lo que vieron mis ojos fue espectacular. Tras esa puerta de emergencia mugrienta se encontraba lo que parecía ser un bar de lujo. La baja intensidad de la iluminación lo hacía de lo más acogedor, la limpieza del local era sin duda impecable, y las personas que allí se encontraban, bueno, … los Proyecto que allí se encontraban me daban la seguridad y la tranquilidad que necesitaba en aquel momento; algunos de ellos se voltearon, por mera curiosidad o para saludarme sentados desde la lejanía.

—Bienvenido a El Escondrijo—comentó Natalí—. Aquí te sentirás como en casa, te lo aseguro.

Nos sentamos en la barra, desocupada en su totalidad. Orson nos sirvió dos copas de vino blanco, el cual me refrescó la boca que tenía seca por los nervios y me dejó un buen sabor, además.

—No solemos tener zorros blancos por aquí, debes ser uno de los primeros Proyecto—comentó Orson mientras aprovechaba para fregar algunos vasos y platos que había en el fregadero.
—El número 21.
—Tuviste suerte, ya sabes que los primeros quince fueron los más perjudicados durante el experimento; son unas bestias en todo el sentido literal de la palabra. Por cierto, yo soy el Proyecto número 127, pero aquí ya sabes, preferimos llamarnos por nuestros propios nombres.

En el experimento se comenzó a usar primero código genético de zorro, pues lo consideraban un animal de cualidades interesantes, pero a la vez no sería peligroso tratar con una criatura mitad zorro mitad humano. En futuros experimentos, los Proyecto iban siendo cada vez más atrevidos, mezclando código genético de animales más peligrosos para la raza humana. El Proyecto 200 fue el último. Dejaron de crear más seres por cuestiones de ética y seguridad para la población.

Orson agarró dos periódicos que tenía en una estantería y me los lanzó. Los titulares de estos hacían alusión a los asesinatos de varios Proyectos, y la desaparición de otros tantos. Como ya he mencionado, para muchos humanos no éramos seres de fiar, por lo que muchas personas ejercían una especie de terrorismo contra nosotros.

—Supongo que te habrás enterado de todas estas noticias—dijo Orson, tratando de secarse los ojos para evitar que alguna lágrima corriese por su hocico—. Hace un par de meses asesinaron a uno de mis mejores amigos. Esos cabrones de Genocidia…

Genocidia era un grupo organizado implicado en muchos de los casos de muerte entre los Proyecto. Digamos que estaban dedicados especialmente al asesinato de nuestro grupo racial, trataban de aniquilar a todos y cada uno de nosotros. Genocidia vivía para infundir el terror entre los teriomorfos. Puede que mi miedo a mostrar mi apariencia física estuviese más que justificado por este tema.

Al menos parecía que en aquel lugar podía respirar y ser un poquito más yo.
 
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wow ya quiero conocer mas a Orson y a los proyectos "bestia" una pregunta por que los llamas teriomorfos? ^^
 
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wow ya quiero conocer mas a Orson y a los proyectos "bestia" una pregunta por que los llamas teriomorfos? ^^
Cuando escribo suelo usar muchos sinónimos y palabras similares (mitad zorro mitad humano, animal antropomorfo, teriomorfo...), el problema es que a veces usar algunas palabras no son las más idóneas. Teriomorfo, con total sinceridad, no sé si es la palabra más adecuada (Teriomorfismo - Wikipedia, la enciclopedia libre) y estaba pensando en dejar de usarla por eso mismo; además, es un término que prácticamente nadie conoce, así que peor para la comprensión de la novela.
 
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jajajaj en realidad me causo mas curiosidad y pues segun wikipedia tienes razon pero al final me parecio muy cool e interesante
 
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CAPÍTULO 3 | LA REBELIÓN

Orson colocó los vasos recién fregados de forma muy ordenada en las distintas estanterías que tenía a su espalda. Salió de la barra y se acercó a mí. Yo mientras tanto estaba embobado viendo el resto del local. Sin quererlo, mi atención se fijó en el atractivo de un solitario medio zorro rojo. Su chaqueta gris y camiseta blanca describían a un tipo que cuidaba su aspecto sin llegar a ser demasiado sofisticado. Orson se dio cuenta de a dónde estaba mirando yo, y casi sin pensarlo, me cogió del brazo y tiró de mí. Natalí, mientras tanto, siguió en la barra terminándose su bebida.

—Te tengo que presentar a nuestro raposo—comentó Orson.

Nos sentamos frente a él. El rostro del desconocido zorro anaranjado se iluminó, sorprendido quizá por ver a un nuevo cliente.

—¿Un zorro polar? —preguntó aún con la cara de asombro, mientras se ajustaba las gafas para ver mejor, la cuáles ocultaban unos preciosos ojos verdes.
—Soy Saúl—dije a la vez que ofrecía mi pata para estrecharla.
—Mi nombre es Javier. Hacía mucho tiempo que no veía un nuevo zorro por aquí. Natalí te ha traído, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. Orson se sentó frente a Javier y yo hice lo mismo, parecía que íbamos a tener una conversación bastante larga, pues el medio lobo aprovechó para acomodarse bien en su asiento. Mientras tanto, me di cuenta de que Javier, estaba sacando algo de su bolsillo del pantalón, algo que dejó oculto debajo de la mesa, por lo que no pude ver lo que era.

—¿Podemos confiar en él? —preguntó Javier a Orson, con voz algo tímida.

Orson levantó los hombros como respuesta. No sé de qué estaban hablando con exactitud, me encontraba algo desconcertado.

—Haz los honores—dijo Orson.
—Muy bien.

De debajo de la mesa, Javier sacó una pistola blanca y la posó sobre una de las servilletas. Mi sorpresa fue tal que me llevé la pata al pecho, tratando de ahogar un grito no con mucho éxito.

—No te preocupes, no va a hacerte nada—aclaró Orson.
—Supongo que habrás oído hablar del grupo Genocidia, ¿no es así? —preguntó Javier.
—Claro—respondí, aún algo asustado.
—Te lo diré muchos rodeos. Natalí te ha estado observando todas estas semanas atrás, y pareces ser un buen candidato para llevar a cabo nuestra misión.
—¿Buen candidato? ¿Qué misión?
—He planeado una estrategia para hacer que Genocidia se derrumbe. Tras estudiar y hacer un seguimiento a cada uno de los miembros durante años y años, he dado con la ubicación de muchos de los integrantes del grupo, y además conozco casi al completo las rutas que toman. Muchos de ellos siguen un mismo patrón. Conozco sus puntos débiles y queremos acabar con cada uno de ellos.
—¿Y por qué iba a ser yo un buen candidato?
—Dos motivos principales. Primer motivo, Natalí ha comentado siempre que andas solo por ahí, por lo que sospechamos que no tienes mucho que perder. Segundo motivo, según nuestra compañera, esa gabardina que llevas la ofrecen como obsequio en la academia de policía, es decir, que debes de tener cierto conocimiento sobre armas, ¿no es así?
—Así es…—respondí boquiabierto.

Todo este tiempo había estado siendo espiado por ellos. Era verdad que la gabardina me la ofrecieron cuando estaba ejerciendo de policía en la ciudad; al final me retiré cuando el grupo Genocidia salió a la luz, ese fue en el momento en el que empecé a ocultar mi físico con más ahínco. En cuanto a lo que ha comentado Javier de que no tengo mucho que perder…quizá tuviese razón, pues familiares no tengo al haber nacido en base a un experimento, y amistades, en principio tampoco.

—¿Te unes a la rebelión entonces zorrito blanco? —preguntó Orson, apoyando su codo sobre la mesa.
—No sé yo, parece peligroso.
—Sería peligroso si no tuviésemos información alguna, pero está todo aquí—dijo Javier señalando a su cabeza.

Daba la sensación de que Javier era la cabeza de toda esta pandilla, por llamarlo de alguna manera. Parecía un tipo inteligente, aunque no eso no quería decir que fuese un enclenque, pues tenía un cuerpo bastante bien trabajado.

—¡Venid aquí chicos! —gritó Natalí desde la barra del bar algo alterada.

Nos acercamos Orson, Javier y yo a ella, quien estaba mirando las noticias en su teléfono móvil. Un corto vídeo de poco más de medio minuto sería el detonante perfecto para iniciar la rebelión que antes habían comentado. En él se mostraba a un grupo de personas gritar cosas como “Los Proyecto son un error, deben morir” o “Los Proyecto son animales, tratémosles como lo que son y no como personas”. Pude ver la rabia de Javier en sus ojos, a la vez que apretaba los puños, intentando contener su ira. Orson, por otro lado, se quedó paralizado.

—Chicos, contad conmigo—dije.
—¡Perfecto, me alegra mucho oír eso blanquito! —dijo Orson con entusiasmo, quitándome el sombrero para acariciarme con brusquedad y despeinarme el pelaje.

No sabía muy bien dónde me estaba metiendo. Debo admitir que tenía algo de miedo, pero esto me ayudaría también a salir mi monótona vida. Algo de acción nunca viene mal, y, además, ya era hora de ponerme en forma otra vez.

Javier sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña libreta, donde apuntó un nombre: “Damián”.

—Las piezas blancas mueven primero, ahora nos toca jugar a nosotros—comentó Javier, entre entusiasmado y rabioso.
 
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