Misión D Guardería canina

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Oiseau rebelle
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No, no podría llamarlo perverso, pero ciertamente, el propio TK se sentía culpable al asignar esa tarea. Iden había vuelto mucho antes de lo esperado, cargando consigo la bolsa donde la ahora inquieta Hani maullaba, hambrienta y hasta algo erizada. En la oficina, el Kaguya parecía haber resuelto con cuál tarea asignar a continuación. El gran problema de mandar Tsuiho a cualquier encargo, no radicaba tanto en lo atropellado que podía llegar a ser su paso por cualquier sector; más bien, su mentalidad como tutor cambió mucho cuando se percató de que, cual fuera la tarea escogida, las probabilidades de algún incidente grave sólo creían más y más. Debía pensar más como un examinador filoso que como un profesor preocupado; después de todo, si realmente algo malo debía suceder en toda misión donde participara, la mejor forma de contrarrestar la amenaza sería asumiéndolo como una responsabilidad, una misión de investigación.

Los Inuzuka eran un ejemplo perfecto de capacidades sensoriales, por no decir que representaban el sinónimo de estas; cualquier cosa que ocurriese en su territorio sería detectada y testificada con facilidad. Incluso, si uno de los perros terminaba herido o asesinado, serviría como justificación para realizar una investigación mucho más profunda. Kaguya había comenzado a ver a su estudiante como un objetivo, una misión sin rumbo aparente que debía ser desentrañada antes de que sucediera algo peor. Le costó poco entregarle el documento, esperando por sí mismo a ver su reacción, y como temía: por más tranquilo que se presentara, era intimidante presentar un encargo que involucrara el cuidado de tantas vidas, sospechaba -por no decir que sabía- la sensación de caminar por un campo minado que debía provocarle algo así, no parecía una situación mejorable en cuanto a anzuelos lanzados, restaba ver si sería capaz de picar.

Idenshi no era alguien ajeno al cuidado animal, al contrario, durante su vida lo llegó a tomar casi como una rutina dentro de los pedidos de su tía y estaba más que habituado a trabajar con diferentes tamaños y formas, pero claro, el componente vital, sería su primera vez desde el inicio de sus accidentes que debería siquiera encargarse de colocar comida a un simple cachorro, y el recuerdo de la serpiente en la academia no le auguraba nada bueno. Fue quizás, y sólo quizás, aquel pensamiento tan extremo el que le hizo mantener la firmeza anterior, como una reacción ante un impulso demasiado fuerte, lo suficiente como para que el ímpetu reluciera por encima del temor. Miró perdidamente a la hoja, esperando que se la entregara.

—¿Eh? —Tenshi no pudo evitar extrañarse, aunque tampoco podía augurar que un caso con la complejidad que aparentaba fuese tan simple de deducir y acorralar—. ¿Sabes bien de qué trata la tarea?
—Ya la leí, no es difícil —recibió una mueca intrigada ante sus palabras, pero el tutor terminó por entregar el pergamino—. ¿Puedo ir ya?
—Los encargados del clan salen de casa al mediodía y necesitas media hora de anticipación para que te expliquen todo y te asignen a un supervisor, tendrías que llegar en quince minu…
—Nos vemos. Gracias.


Guardería canina (D)
En el clan Inuzuka existe una zona especializada en animales en general, tipo una veterinaria, donde los ninjas y aldeanos civiles pueden llevar a sus mascotas para ser atendidas. Por esta ocasión, han permitido la participación de futuros genin que quieran colaborar brindando servicio de cuidado a perros especialmente del clan. Sí, los Inuzuka serán sus clientes por un día.
Objetivos:
-Brindar los cuidados básicos a los canes (alimentar, peinar, bañar, jugar...).
-Evitar cualquier incidente, sobre todo con los cachorros.
Notas:
-Habrá perros con capacidad del habla (adultos) que pudieran ser los más difíciles de atender. Descuida, no te morderán porque llevarán puesto un bozal.
-Igual tendrás la supervición de algún miembro del clan.
-Sí habrá intervención de uno de los sensei en cualquier momento de la tarea.
 

Oiseau rebelle
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Las prisas no alteraban aquel escudo invisible que había forjado en contra de su asechador interno, pero lo que sí comenzaba a atacarle era su propio ciclo vital. Usualmente, el fin de una tarea como aquella involucraba un cese pleno de actividad, además de una de sus siestas esporádicas, pero la sensación del vigor. En gran parte, su emoción era producto de la ausencia de accidentes notables; altercados siempre habría, y en su condición actual, los sollozos lejanos o un dolor extraño, aunque leve, se mantenían en la escala de la indiferencia; terminó desarrollando una insensibilidad digna de enfermos mentales para lograr oponerse a su propia preocupación, y seguía funcionando de maravilla hasta el momento. Hani debió quedarse en la oficina de la academia amén de evitar conflictos con cualquier sabueso, aparte de que su estado de ánimo indicaba un resquicio de estrés postraumático inexplicable, como si en lugar de haber salido de una bolsa la hubiesen bañado en alquitrán; claro que el chuunin pensó en examinarla por sí mismo, pero ya tenía el primer punto de partida en caso de requerir el análisis que tanto anticipaba, era cuestión de esperar y ver lo que sucediera con Tsuiho.

La residencia de los Inuzuka era un sector envidiable en cuanto a modernidad e hibridación, un paraíso naturista en toda regla. La vegetación verdosa imperaba por doquier junto a todo lo posible para acomodar a los canes de cada pariente, cunas, fuentes y hasta vallas diseñadas para entrenarles, todo dispuesto a modo de una sinergia natural entre humanos y perros; ni hablar de qué sucedería el día que uno de los suyos tuviese la dudosa suerte de acabar con un pacto felino. Aunque ciertamente, existían algunos casos particulares que llevaban jabalíes y hasta un zorro entre tantos canes, pero nada que se identificara como un felino pisaba esos prados. El camino transitado le llevó hasta la entrada de una casa notoriamente más grande, y desde afuera era visible la magnitud de su patio interno; supuso que debía tratarse de alguna sala de reuniones comunales, algo así tendría que ser tan o más espacioso que aquello. Pasó sin ningún impedimento de los miembros salientes hasta que el sol dejó de vislumbrar con intensidad, develando las decenas de razas que allí reposaban y ejercitaban.

Entre los jadeos y las carreras llamativas, logró distinguir un cartel con tinta fresca dejado junto a una cúpula de arcilla enorme, tanto que su tope llegaba a medir más de cuatro metros, un gran portal abría paso a su interior. No había ningún tipo de seguridad o compuerta que se interpusiera para que alguien entrara o saliera, pero sólo alcanzaba a escuchar una respiración profundísima y agraviada emanando desde el interior; intentó prestarle poca atención y enfocarse en el cartel, donde se le dictaban a quien llegase para cubrir el cargo de atención a sus canes. No se trataba de nada parecido a una lista formal, o siquiera a algo hecho por un encargado adulto, eran más bien consejos sueltos, como una serie de mandados dichos a prisa y sin mucha coherencia entre ellos, pero todos y cada uno apuntaban preferencias de varios canes, junto con sus fotos correspondientes. Al final, una nota casi se desprendía de la hoja principal: “posdata: Kenhu te asistirá”.

Todos los canes allí enlistados gozaban de una ficha donde destacaban sus nombres, capacidades y actitudes, todo firmemente archivado en un folio negro y algo descuidado, pero que servía de sobra para resguardarlo. Kenhu aparecía entre los miembros del clan más antiguos, al parecer, se trataba de un hombre octogenario, de los pocos en su generación que llegaron a ser Jonin reconocidos, pero había algo que no cuadraba: según el documento, Kenhu tenía cuidados y rutinas igual de estructuradas que los canes allí presentes; no se imaginaba cuán bestializado podía terminar un Inuzuka en su longevidad.

Aunque la realidad del asunto se desató con un portentoso pisotón que replicó como un golpe seco, y una respiración mucho más honda, casi vaporosa, emanando desde el interior de la cúpula. No tardó en asomarse su causante, un hocico arrugadísimo, tan negro como un abismo, pero brillante por la miel escamada, varios vellos disparejos y algunos hasta amarillentos tras años de suciedad se cernían sobre él. El cuerpo del animal terminó por salir a pasos cortos y apesadumbrados, con la piel de cada pata moviéndose incontrolablemente ante cada pisada. Era el mastín napolitano más grande que hubiese visto en su vida, y probablemente que llegaría a ver; de sus fosas emanaba un gas del mismo color amarillento, pero que no alcanzaba a olerse siquiera a esa distancia, Iden media menos que una de sus patas delanteras. La criatura ladeó la cabeza lentamente, permaneciendo frente a la entrada.

—Un visitante… El encargado —dedujo. Su voz era tan anciana como su cuerpo—. Un muchacho… de las nubes, ¿qué hace un muchacho de la nube aquí? —entre cada frase, olfateaba un poco más—. Una incursión en nuestra aldea… profesores nerviosos, ¿por qué? Por qué te tienen nervios a… —cesó de respirar de golpe, como si se asfixiara; bajó el rostro hasta quedar nivelado con el de Iden y sus ojos amarillos se clavaron sobre él—. ¿Qué es lo que tienes encima? Y no finjas que no sabes de qué hablo.

Aquella cosa resultaría intimidante para cualquiera con una mínima valoración personal, pero a Tsuiho no le parecía tan mala la idea de terminar siendo devorado en ese momento, considerando que los verdaderos motivos de sus nervios fuese lo que pudiera decirle o hacerle el animal.

Nuevamente, un aura blanquecina le invadió, haciendo que comenzaba a percibir todo a un ritmo irreal, como un sueño en intervalos: se vio a sí mismo encargándose de cuidar a cada uno de los cánidos, colocando sus comidas en cada sitio y hasta paseando con varios de ellos, eran imágenes plenamente cálidas, agradables, sensaciones que comenzaba a olvidar, y misma razón por la que sospechaba de un sueño. Lo que sí caracterizaba a todas las imágenes era la ausencia de Kenhu en cada una de ellas. Para cuando se dio cuenta, volvía a encontrarse fuera del sector, sólo habiendo escuchado claramente un aullido ronco que no duró ni la milésima de un instante, y un pequeño estruendo, como si la tierra temblara. Para cuando vio el papel del encargo, volvía a encontrarse firmado.

Al Iden de hace unos días probablemente le hubiera provocado pánico sentir que su vida ya no era vivida, a ese Iden hasta le habría pasado por la cabeza la idea de voltear, tanto en el balneario como ahora, a ver qué demonios había sucedido. Iden había dejado de preocuparse, por todo, y sabía que mirar atrás sólo lo empeoraría: lo importante estaba ante él: un sello aprobatorio, no habrá prueba más grande.

 
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