Fanfic Guerra Santa [Adventure]

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Bueno, empezaré con un hola. Esta es una idea con la que he andado por un par de años y decidí publicarla. La historia que leerán a continuación es un remake de Adventure 02, eliminando todo lo sucedido en dicha serie, e incluso quitando personajes de ésta. Espero les guste y se animen a leerle y nos les parezca ni tediosa ni aburrida, pues la forma de redacción es un tanto compleja. Gracias.

Quisiera invitar a estos amigos míos a leer esta historia, pues me parece que les gustará: [MENTION=96869]Lord Patamon[/MENTION] [MENTION=406691]Magna[/MENTION] [MENTION=203433]Haou[/MENTION]



Cinco años han pasado, aunque hayan parecido una eternidad. Cinco años desde que los niños elegidos, esos buenos niños, lucharon, en una guerra que no les correspondía, para salvar nuestro mundo.

Hace apenas dos años, algo terrible sucedió. Un niño elegido, corrompido por la maldad, proclamó ser emisario de Yggdrasil, Dios y creador de nuestro mundo. Aunque algunos no le creyeron y lo ignoraron, hubo diez digimon que sí lo hicieron. Ahora mismo, dichos digimon se han convertido en aquello que creíamos una leyenda. Los Caballeros de la Realeza regresaron.

Aquellos guerreros que, alguna vez, nosotros habíamos santificado, nos declararon la guerra. Todo en nombre de su ‘todopoderoso Dios’. Yggdrasil.

Mi nombre es Seraphimon. Pero, hasta hace dos años, yo era un simple Patamon. Al enfrentarnos a seres tan poderosos, y al carecer del poder de los digidestinados, necesitábamos una nueva fuente de energía.

En el digimundo, nuestro hogar, existe algo conocido como digimemoria. Ocho, de hecho. Es gracias a éstas que nuestro mundo puede seguir existiendo. En ellas existen los datos que permiten, no sólo recrear su respectiva zona del digimundo, sino la vida de todos los digimon que vivían en dichas zonas.

Mis camaradas y yo, nos comprometimos a proteger las digimemorias, y, a cambio, éstas nos brindarían un gran poder. Tan grande era aquel poder que pudimos lograr lo impensable: digievolucionamos a la etapa definitiva. Alcanzamos el nivel Mega.

La Guerra Santa, como le llaman ellos, pareció haberse anivelado, gracias a nuestros nuevos poderes. Sin embargo, no contábamos con el ingenio del emperador de los digimon, como se llamaba a sí mismo el niño perdido.

Debido a unas terribles edificaciones, conocidas como Agujas de Control, la digievolución fue prohibida, salvo a nosotros: los elegidos por las digimemorias. Todo empeoró cuando esos aros negros aparecieron. Cualquier digimon que fuera atrapado por uno de esos artilugios se convertiría en el esclavo del emperador.

Sin importar qué, la guerra no parecía tener fin. Nosotros, especialmente yo, habíamos decidido luchar por nuestra cuenta. No deseábamos involucrar a nuestros niños, que ya deberían vivir sus propias vidas, en lugar de enfrascarse en otra guerra que no les correspondía en lo absoluto. Pero, los emblemas, aquel poder sagrado que se usó para restaurar el equilibrio en nuestro mundo, tenían otras intenciones.

Por razones que, aún hoy, desconocemos, pidieron la ayuda de nuevos digidestinados. Niños que no tenían ni idea de en qué se metían. Ahora que el tiempo del digimundo y del mundo real fue sincronizado, ellos realmente fueron alejados de su hogar. Sus familias, sus amigos, todos deben estar agobiados de tanta angustia. Ya ha pasado un año desde entonces.



Capítulo I
“Alma de Bestia; El lobo solitario y el león sabio”

Corría con furor a través del oscuro bosque. Debía darse prisa, los aros negros no tardarían en atraparlo, tenía que llegar. Si no llegaba con SaberLeomon pronto, toda esperanza para los digimon de tipo animal estaría perdida.

Su energía estaba casi por agotarse, pero su deber era seguir. Pues, aparte de su propia vida y la de los demás digimon, estaba la de la persona más importante para él: su Tamer, no, era más que eso, su mejor amigo. Kouji Minamoto estaba en riesgo de morir.

Gaogamon, ése era él. Un digimon similar a un perro: era de gran tamaño, rivalizando con el de un Garurumon, de un pelaje azulado y blanco; con una pequeña cola, que resultaba ser, algo desproporcional; con sus temibles colmillos sobresaliendo de su hocico, siendo opacados, únicamente, por sus enormes garras, que parecían venir de unos guantes de boxeo, que cubrían sus patas delanteras; mientras que las patas traseras eran cubiertas por vendajes; además de una extraña cinta roja, proveniente de algún lugar entre su amplio pelaje. Para terminar con una extraña cruz amarilla en su frente. Ése era Gaogamon.

Kouji, por otra parte, no tenía nada que pudiera describirlo bien, salvo por su largo y maltratado cabello azulado. En este preciso momento, él yacía tendido en el lomo de su compañero, con una enorme y sangrante herida en su pecho. Sus ropas estaban destrozadas, prueba inequívoca de una batalla perdida.

“¡Aguanta, Kouji!” musitó el digimon canino, mientras oía los gemidos de dolor de su compañero. En el bosque se suponía que vivían bastantes Cherrymon, alguno de ellos sería capaz de curar a Kouji con alguna de sus bayas. De eso podía estar seguro. Empero, gran parte del bosque había sido talado en la batalla. Lo que alguna vez fue un lugar paradisiaco para que los digimon, tanto plantas, como animales, o incluso insectos, pudieran vivir armoniosamente, se había convertido en un infierno. Así era la guerra.

Cuando Gaogamon llegó al Templo de Merukimon, hogar de SaberLeomon y refugio para aquel que lo necesitase, su camino fue bloqueado por el guardián del lugar. Pandamon, que, como su nombre implica, asemejaba a un oso panda, aunque usaba una bufanda roja que flotaba con el viento.

“¡¿Quién eres, bellaco?!” preguntó el digimon perfeccionado, es decir, Pandamon, quien estaba listo para pelear en caso de ser un enemigo.

“Pandamon…soy yo…” pronunciaba el can, mientras salía de las sombras para ser visto. Apenas los ojos del oso lograron reconocerlo, Gaogamon cayó rendido. El digimon campeón perdió su forma y regresó a ser un Gaomon, dejando caer a Kouji consigo.

“¡Oh, diablos! ¡Lilamon, ven enseguida!” pidió Pandamon, al notar la gravedad del asunto.

Lilamon salió del templo para ayudar. Ella era como un hada hecha de flores. Era en extremo hermosa, además de la mejor curandera del bosque. Si alguien podía curar a esos dos era ella.

Tras echarle un rápido vistazo, Lilamon pidió a un digimon con forma de tronco, un Woodmon, que cargará a Gaomon, mientras que Pandamon cargaría a Kouji. Debían entrar al templo cuanto antes. Allí les revisaría y curaría.

El templo de Merukimon era similar a una pirámide maya. Sin lugar a dudas llevaba mucho tiempo en el digimundo. Era algo fácil de saber, pues el estado en el que se encontraba la delataba. Un arqueólogo se podría divertir ahí.

Toda la pirámide estaba llena de jeroglíficos extraños. Siempre eran acerca del viento y la noche. También había cuatro estatuas: dos antes de las escaleras y las otras dos estaban antes de la entrada. A pesar de los daños ocasionados por el tiempo, se podía notar qué clase de criatura era. Se trataba de un lobo, no, de un Garurumon. Eran estatuas de Garurumon.

Al entran en el templo, se pudo observar que era más grande de lo que se mostraba en el exterior. Aparte de encontrar los mismos jeroglíficos de afuera, había muchas camillas que, obviamente, eran recientes.

Había muchos digimon, ya sean animales, plantas, o insectos, que habitaban en el bosque. Ahora mismo, aquellos que se encontraban muy heridos eran ayudados por los que tuvieran heridas menores. Lilamon, con la ayuda de varias Floramon, digimon con apariencia de flor, como su nombre lo dice, eran las encargadas de curar a todos los heridos en batalla. Gracias a las extrañas bayas medicinales de Cherrymon.

Un Cherrymon sano puede producir entre 50 y 100 bayas, de las cuales sólo una quinta parte son medicinales. Lamentablemente, sabiendo esto, el enemigo hizo lo posible por exterminar a cuanto Cherrymon se encontraran. Era estrategia militar básica. Lo que todo estratega haría.

Gaomon despertó, y lo primero que vio fue la cara sonriente de una Floramon. “Al fin despertaste, Gao-Gao” dijo con verdadera felicidad, y un especial cariño en aquel nombre.

Gaomon tenía la apariencia de un cachorro o de un perro pequeño, además de unos extraños guantes de boxeo, también poseía la habilidad de caminar erguido.

Al abrir bien los ojos pudo ver al digimon femenino. “¿Lucy?” así era cómo la llamaba, con tal de diferenciarla de las otras Floramon. Otra forma de reconocerla, sería por la orquídea blanca atada con un listón en su cabeza.

“Un momento… ¡¿y Kouji?!” reaccionó de inmediato, sintiendo una punzada de dolor.

“¡No seas bruto!” regañó. “Si haces movimientos bruscos, abrirás tus heridas y morirás” alertó Floramon a su… ¿amigo? La verdad no sabía cómo categorizar su relación, pero, DEFINITIVAMENTE, ése no era el momento para averiguarlo. ¿O tal vez sí? No estaba segura, pues, tal vez, moriría esa misma noche.

“Kouji está bien” dijo, señalándolo. Él estaba durmiendo, su respiración parecía ser normal. “Gracias a Lilamon-sama, ahora su condición está estable. Pero no podrá pelear en ese estado” dijo, haciendo referencia a la enorme herida cerca de su corazón. “De hecho, podría tomarle mucho el despertar” aclaró Floramon, intentando ser realista, mas no cruel.

“Esto es mi culpa” musitó el digimon perruno, sosteniendo su cabeza entre sus, ahora, desenguantadas manos. “Pensé que podría enfrentarme a unos simples Kurisarimon yo solo. Fui ingenuo. No quise huir, ni siquiera cuando nos empezaron a rodear. Fue hasta que absorbieron suficiente información y evolucionaron a Infermon que lo entendí. Yo iba a perder. Pero, antes de que yo pudiera hacer cualquier cosa para escapar, ese Infermon le disparó a Kouji con su ataque, con tal de evitar que me hiciese digievolucionar” reveló con pesar, aguantando las lágrimas. “¡Maldición! ¡No sirvo para nada! ¡No pude proteger a mi Tamer! ¡Ni siquiera soy capaz de alcanzar el nivel ultra!” espetó hastiado, dejando que las lágrimas salieran libres por esta vez.

Floramon intentó tranquilizarlo, pero él estaba inconsolable. Fue entonces que una fuerte garra lo tomó del cuello y lo azotó contra uno de los muros de la pirámide. “¡Cálmese, Capitán!” gruñó una voz gruesa y varonil.

“…Leomon-sama…” musitó Floramon, intentando apaciguar al digimon hombre león. Si maltrataba más a Gaomon, sus heridas se abrirían y correría el riesgo de morir.

“Por tu imprudencia tu compañero casi muere, sí, pero la culpa también es de él. Los dos son un equipo, sus triunfos y derrotas son de ambos, al igual que sus equivocaciones. Tú eres el capitán de las Fuerzas Salvajes del ejército revolucionario y, como tal, tienes el deber de mantenerte sereno en todo momento. ¿Si tú pierdes la cabeza, qué esperas de tus subordinados?” argumentó el general, sin bajar el tono, salvo en la última parte, que fue susurrada. Soltó a Gaomon, quien cayó al suelo, sólo para ser, rápidamente, atendido por Floramon.

“Gracias, General” musitó con sinceridad. “Lo…necesitaba…”.

Leomon sólo soltó un bufido de gracia. “Sobre la aguja de control y ese Infermon…No tiene que preocuparse, ya los destruí” espetó, tranquilo. Le dio la espalda a los jóvenes y se dirigió a ver a su… ¿mujer? Lilamon, quien estaba bastante agotada después de curar las heridas de Kouji.

Los digimon tienen una versión del matrimonio humano, salvo que ésta no se puede romper por nada del mundo. Se llama la unión. Consiste en compartir un fragmento de tu propia información con tu pareja. Así, de dicha manera, no importa qué pase, el uno siempre estará con el otro.

Es una costumbre primitiva, pero que, en estos tiempos de guerra, se ha puesto, como diría un humano, de moda. Pues, sabiendo que, tal vez mañana sea tu último día, ¿no te gustaría saber que alguien te ama, o pasar tus últimos momentos con dicha persona? Ése es el principio de la unión. Dicen que fue ideada por los digimon de la antigüedad, justo cuando el digimundo se encontraba en su era más oscura.

Floramon envidiaba a todas aquellas parejas. Pero, no de una mala manera. Es que, ellos habían sido capaces de confesarse los sentimientos el uno por el otro; mientras que ella, tan mansa como era, no podía decirlo, es más, ni siquiera sabía lo que sentía. Mentira. Claro que lo sabía, y lo sabía muy bien. Amaba a ese digimon canino, con todo su corazón. Pero él era un verdadero idiota que sólo tenía cabeza para esta guerra.

Otro problema que acosaba a su mente eran sus digievoluciones; Gaomon, al ser un digimon elegido, era capaz de decidir si desea mantenerse en su forma evolucionada o no; mientras que ella, con miedo, no sabía ni en qué se convertiría. Las Floramon tenían dos ramas de evolución: por un lado, su próxima evolución era Kiwimon, que era un ave incapaz de volar, cuya única posible, y tal vez última, digievolución era Deramon, quien parecía un pavo. Aparte de ser un digimon bastante inútil, sin querer ofenderlos demasiado, era… ¡Masculino! ¡¿Cómo una simple evolución te lleva de mujer a hombre?! No puedo creerlo; otra rama, sería Sunflowmon, quien parecía un bello girasol, que, además de ser hembra, era bastante fuerte. Dicho digimon sólo pertenecía a una línea de evolución: una que llevaba, únicamente, a Lilamon. Justo como su maestra, un digimon en verdad hermoso. Aunque claro, alcanzar el nivel Ultra toma muchos, pero muchos años. Si no se cuenta con un Tamer para ayudarte, claro está.

“Oye, Gaomon…” llamó ella, cambiándole los vendajes al can.

“¿Sí, Lucy?” preguntó, extrañado. Era raro que ella no le llamara por su, supuestamente, tierno apodo.

La aludida se sonrojo al ser llamada así, dejando confundido al perro digimon. “Me preguntaba…si alguna vez, no lo sé, te unirías a alguien…” dijo, desviando la mirada, la vergüenza no la dejaba en paz.

Sin pensar en las consecuencias siquiera, Gaomon soltó un rotundo “No” de una formal de lo más casual. Floramon bajó la cabeza con algo de tristeza. “Soy un digimon demasiado vago y maleducado. No creo que haya una sola hembra en este amplio y conflictivo mundo que sea capaz de aguantarme. Y si la hubiera, ha de ser una completa masoquista o bien, no tiene ningún respeto por sí misma” comentó con burla, sin medir sus palabras. Pues, tal como lo dijo, hirió los sentimientos de Lucy. En paga, ella lo hirió a él, en una manera, un poco más, física.

Lo que había iniciado como una escena semi-romántica, terminó como un momento de anime. Floramon se fue bastante enojada, murmurando “¡Idiota!” repetidas veces; mientras que Gaomon quedó peor que una momia, en cuanto a vendajes, además de la docena de chichones en su cabeza. “¿Y ahora, qué hice?” preguntó al cielo, rogando por una respuesta, sabiendo que no la tendría.

En otra escena, justo afuera de la pirámide, en la parte más alta, al lado de lo que pareciese un hombre lobo, se encontraba Leomon. Él estaba recargado en la base de una estatua, siendo ésta la figura del susodicho hombre lobo.

Merukimon. Un digimon tan poderoso que fue considerado divino. Dicen que cuando la era primitiva del digimundo había terminado, cuando los más fuertes lograron sobrevivir a la evolución, las 8 digimemorias fueron creadas. Con la finalidad de proveer la reconstrucción de datos a todos los digimon que fueran a morir en un futuro próximo. Merukimon y otros siete, e igualmente poderosos digimon, crearon las memorias.

Al ver la estatua del dios del bosque, Leomon dejó que la nostalgia lo albergara. Él era conocido como un prodigio entre los digimon. Pues, al tercer año de nacido, logró alcanzar la fase adulta, es decir, el nivel de campeón. Ahora, dos años después, era un general en el ejército revolucionario. Vaya, el destino tenía formas extrañas de hacerle una broma a alguien.

Supuestamente, en el pasado, antes de renacer, él fue de gran ayuda para la antigua generación de niños elegidos y sus compañeros digimon, los cuales eran los actuales líderes de la revolución. Tal vez, esa sea la razón por la cual él, un digimon común y corriente, había sido escogido para dicha misión.

¡Patrañas! Cuando esta guerra inició, él sólo era un capitán. Su general, y antiguo cuidador de la digimemoria, fue MetalGarurumon. Un buen amigo y un gran líder. Un día, antes de que la guerra tomara auge, él le dijo que se iría y le entregó la digimemoria. Lamentablemente, ahora sabe la razón de ello. No sabía si sentir decepción u odio. Todo era muy confuso. Él ni siquiera era capaz de conservar el nivel Mega por un tiempo prolongado. Su cuerpo, simple y sencillamente, no estaba diseñado para soportar una evolución con un poder que no fuera el propio.

Los pensamientos que lo habían dominado fueron interrumpidos por un quejido. Su joven capitán estaba balbuceando cosas sobre jóvenes locas. Tal palabrería le devolvió el ánimo a Leomon. Casi lo hizo reír.

Gaomon le recordaba a sí mismo, cuando estaba bajo el ala de su propio general. “Mm, la primera vez que lo vi era un verdadero manojo de nervios” se burló, riéndose por primera vez en mucho tiempo.

“General, perdone la pregunta, pero… ¿Qué se siente morir?” fueron las primeras palabras que ese novato le había murmurado.

“Ahora que lo pienso, esa fue una pregunta muy, pero muy extraña” meditó un momento. Los digimon no necesitan procrear porque pueden renacer; sin embargo, es extremadamente raro el recordar algo que haya sucedido en tu vida pasada.

Lo único que lograba recordar era, lo que parecía ser, sus últimos momentos antes de morir. Era capaz de verse a sí mismo, usando el regazo de una linda niña—humana, por cierto—como si fuera su lecho de muerte. Ella lloraba por él. Lo lloraba a él. La tristeza lo albergó, cual gorrión enjaulado.

Él era un león, el rey de las bestias. Pero era un rey sin propósito. Creía que el proteger la digimemoria en esta guerra le traería uno. Fue un ingenuo. Necesitaba algo o a alguien, no lo sabía con certeza. Había un hueco en su corazón que ni Lilamon, la más hermosa hembra del digimundo, había podido llenar. Ni siquiera las 112 noches de un asombroso frenesí, un festín de ansia, un incontrolable deseo por la carne. Ni siquiera eso había sido capaz de borrar tal vacío.

Ahora, helo aquí, en solitario, bebiendo su habitual, sin mencionar rutinaria, botella de sake, tras su, igualmente rutinaria discusión post-coito con su hembra, dada al cumplir con la noche 113. Estaba a punto de, en un vano intento por calmar su soledad, llamar a su subordinado y pedir por un compañero de tragos. Tal vez eso le faltaba. No lo sabía.

Después de darle un último trago a su fiel compañera, su botella, estaba a punto de articular un saludo, el cual nunca se dio. Un grito, seguido de un terremoto, dio una declaración. De haber sido en diferente orden, el llamado hubiese sido otro. Pero, no. Con tal orden ya establecido, sólo había una cosa posible: ¡Guerra!

El Imperio los había encontrado…tal vez sería mejor afrontar sus problemas existenciales en otra ocasión. Sólo esperaba poder llegar a otra ocasión.




¿Les gustó? Espero y sí. Como verán, incluso "nuevos digidestinados" aparecieron. ¿Volverán nuestros héroes originales? Eso me toca a mí saberlo y a ustedes el averiguarlo. Gracias, los leo luego.


 
Última edición por un moderador:

PataGato Fan #1
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Se ve bastante bueno. Continualo, al parecer la cosa está bastante dura para los héroes o.o
 

× Little Star ×
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Siempre este tipo de historias llama bastante mi atención. No es la misma trama chiclé de elegidos y tiene un buen realismo x).
Esperaré tu siguiente entrega~​
 
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