Ocio Historia Interminable | 2021

Miss Spencer
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Hola gente! Les vengo a proponer una pequeña actividad ociosa: la historia interminable.
La idea es ir creando una historia entre todos, como una especie de cadáver exquisito en el que nunca se sabe qué rumbo tomará la historia. Todo aquel que quiera participar podrá hacerlo, sin necesidad de avisar que quiere participar, sólo llegando y escribiendo una parte de la historia.

Para mantener un mínimo de coherencia, hay únicamente 3 "reglas":
- Escribir por lo menos 20 palabras, para que su participación tenga relevancia.​
- Leer el último post para más o menos continuar con esa idea.​
- La historia será narrada en primera persona por una voz masculina, y en pasado.​

Espero que se animen a participar! Comienzo:

Mis recuerdos de aquel día son algo borrosos, pero hay dos momentos que fueron de suma importancia y que te debo explicar. El primero, al despertar. Me levanté de la cama medio mareado y me dirigí hacia el baño sin abrir los ojos. La resaca que traía encima me pedía a gritos que no tuviera ni el menor contacto con la luz, y de todas maneras, conocía a la perfección el camino hacia el lavabo. Pero en medio del pasillo me tropecé con algo, una cosa que no debía estar allí y que salió disparada hacia la puerta del baño. Entreabrí los ojos y rebusqué por el suelo hasta que vi el maldito objeto que me hizo trastrabillar: una pantufla rosa y pomposa, y que claramente no me pertenecía.
 

Soichiro

Yukino's boyfriend

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Y aunque este podría haber sido el segundo momento importante, hubo inmediatamente uno aún más digno de mención: una chica que no debía tener más de veinte años -más o menos mi edad, vaya-, de rostro atractivo y aniñado, cabello corto, alborotado y teñido de azul claro, y cuerpo esbelto envuelto en una toalla verde azulada o azul verdosa que no era mía, me estaba mirando con curiosidad en el dintel de la puerta de mi baño.

-Ops, mi pantufla- exclamó de repente mientras se calzaba su pie derecho. Me volvió a mirar-. Ya veo que tienes resaca. Típicos efectos secundarios.

Yo parpadeé un par de veces. Me dieron ganas de cerrar los ojos, descaminar el camino a mi habitación y volver a tumbarme en la cama, y dormir un par de horas más, o las que hicieran falta. En eso estaba, cuando la chica sacó de no sé dónde una especie de pequeña pistola y plantó el agujero del cañón sobre mi frente. Yo dirigí las pupilas hacia arriba, sin reaccionar, y al cabo de unos segundos la desconocida apartó la pistolita y se miró una pantalla que había sobre la culata.

-Exactamente treinta y cinco- comentó para sí misma-. Ha bajado, pero aún estás en el límite. En fin, aún así se puede soportar- me miró-. Bueno, ante todo, buenos días.

-Chos chías...- pude decir entre mi jaqueca.

-Perdona que haya usado la ducha sin permiso. Si hace falta te repondré el agua utilizada.

-No te preocupes...- fue lo único que se me ocurrió decir.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos cuantos segundos, mirándonos mutuamente, ella con una impaciencia creciente, yo con mis ojos entornados y mi mente nebulosa.

-Si te parece bien, podemos seguir manteniendo una conversación durante el desayuno- dijo ella finalmente-. Debatiremos sobre lo que tenemos que hacer a continuación. Ahora, si me dejas pasar, procederé a ir a tu habitación y me vestiré.

-Ehm, sí, adelante- balbuceé, y me aparté a un lado.

-Con permiso- respondió ella, y se marchó con paso rápido por el pasillo. Yo la vi alejarse durante unos momentos. Entonces recordé que tenía que ir al lavabo.

Durante un rato, desapareció de mi mente toda aquella escena, y volví a encontrarme como un tipo resacoso normal y corriente, tras una juerga nocturna. Luego, tras lavarme la cara con agua fría, me miré al espejo y recordé a la chica desconocida que había salido de mi lavabo hacía unos minutos envuelta en una toalla. Sentí una sensación de inquietud. ¿Había sido un sueño? ¿Había visto un fantasma? ¿Era el último ligue de Mónica, mi compañera de piso? Aunque la chica parecía que de algún modo me conocía. Me sorprendí. ¿Acaso es que había ligado la pasada noche y con la resaca no me acordaba de ello? Aunque la chica no se comportaba de manera muy amorosa, y curiosamente había dicho, y hecho, cosas con poco sentido. Respiré profundamente, sin apartar la mirada del espejo. A ver, ¿qué era lo último que recordaba de ayer?
 

選ばれし子供

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Durante un tiempo indefinido, que mi consciencia erosionada por el alcohol, la fatiga y la resaca computó en minutos, pero que, visto fríamente, no pudieron ser más que unos pocos segundos, intenté reconstruir los acontecimientos de la jornada pretérita, sin más resultado que un fárrago de imágenes sensoriales que se conjugaban en sinestesias absurdas. Tal esfuerzo derivó en una jaqueca descomunal, que en circunstancias diversas, me hubiera obligado a desistir; pero si las últimas veinticuatro horas habían derivado en que mi vida se convirtiera en una mala copia de "Qué pasó ayer", era menester que entendiera cómo había sucedido eso.

En los recuerdos que pude extraer de ese fárrago de confusión abundaban los hiatos, pero las primeras horas de ese día no diferían de cualquiera de los otros de mi vida. No fue sino hasta la caídas de la tarde que habían comenzado las anomalías.
 

Homolove is all you need

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Al final de mi rutinaria jornada de oficina, aburrida como de costumbre, a mi cubículo llegó Ramírez con su típica sonrisa boba. Seguramente iba a pedirme un favor, no podía esperar menos de ese tipo desagradable; pero no podía negarme, nunca he sido capaz de hacerlo. Recuerdo vagamente que me pidió que atendiera a un cliente porque había programado dos reuniones a la misma hora y que era demasiado tarde para posponer cualquiera de ellas. Tomó un trozo de papel de mi oficina, sacó un bolígrafo, me anotó la dirección de un lugar muy cerca de mi departamento que reconocí de inmediato y quise protestar, pues no me parecía el mejor sitio para una junta de trabajo. Su última petición me hizo entender la razón: "No importa lo que tengas que hacer, debes cerrar el trato o la compañía perderá un gran negocio, de esto depende tu puesto y el mío".

No me quedaba más alternativa: salí de la oficina con rumbo a ese bar ubicado en las orillas de un barrio de mala muerte que había jurado nunca pisar mientras viviera en esa ciudad salvaje. Entré y me dirigí a la barra de inmediato, antes de que se me ocurriera echar por la borda el puesto que tanto trabajo me costó obtener: "Maldito Ramírez". Pedí un whisky y esperé.
 

Miss Spencer
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En el momento en que la mesera dejaba la bebida frente a mi, una mole entró al local. Y con mole me refiero a un hombre tan alto que tuvo que flexionar las piernas para no golpearse la coronilla con el marco de la puerta y del ancho de dos hombres adultos y fornidos. Comenzó a caminar hacia la barra, dejando a su paso una estela de silencio entre los clientes. Quería desviar la mirada, quería volver a concentrarme en mis cosas y fingir que no había notado su presencia, pero algo me obligaba a seguir observando cada uno de sus movimientos. Y no era simplemente la impresión de ver a alguien de semejante tamaño, era que su belleza me había dejado el cerebro atolondrado.
Ahí me encontraba, admirando su brillante y bien recortada barba, cuando una mujer habló a mis espaldas.
- Tú debes ser el enviado de Ramírez.
Susurró tan cerca de mi oído que un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, dejándome una sensación desagradable por largo rato.
- Si quieres ganarte a su cliente - prosiguió, y no pude evitar notar que su forma de hablar imponía respeto - será mejor que dejes de mirarlo con esa cara de idiota.
 

Soichiro

Yukino's boyfriend

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Miré con extrañeza a la mujer, cercana a la treintena, rubia y de penetrantes ojos verdes. Ella me sonrió con condescendencia, y se llevó a los labios lo que debía ser una naranjada, al menos por su color. Luego se dio la vuelta y se alejó de mí.

-La mitad de la vida se compone de problemas- oí de repente a mi izquierda-. La otra mitad la pasamos resolviendo dichos problemas.

Me giré y ahí encontré sentado a mi lado al gigante que había entrado.

-¿Disculpe?- le dije algo descolocado.

-Naranjada- pidió el gigante, con su grave voz, a la chica del otro lado de la barra. Hizo una pausa-. Enrique Normand, veintidós años- dijo sin apartar la mirada de un lugar indefinido delante de él-. No lograste entrar en la universidad, así que hiciste un curso de administrativo que aprobaste a duras penas. Te pasaste dos años buscando trabajo hasta que lograste que te contrataran en una pequeña empresa de diseño gráfico, en el departamento administrativo. Un empleo que no te hace mucha gracia, pues lo encuentras monótono y soporífero, además de que estás rodeado de una fauna humana no demasiado agradable, empezando por nuestro amigo Ramírez. Si quieres que te diga la verdad, a mí tampoco me cae simpático. Con todo, este empleo te permitió independizarte de tu familia y ahora vives en un piso compartido, junto a una chica con la que contactaste mediante un anuncio en el que indicaba que buscaba un compañero de piso. Por cierto, te resultó bastante decepcionante que no le gustaran los chicos, pues te habías hecho esperanzas. Y más teniendo en cuenta que nunca has tenido novia.

Yo había estado escuchando toda aquella perorata con los ojos como platos, sin dar crédito a lo que oía. En ese momento la chica de la barra le entregó la naranjada al gigante. Por un par de segundos, vi que ella me miraba y luego me sonreía, antes de marcharse de nuevo. Pero volví a dirigir la vista al hombre que tenía a mi lado.

-¿Cómo...? ¿Cómo sabe todo eso?- exclamé- ¿Quién es usted?

El tipo se llevó su bebida a los labios, dio unos cuantos tragos y volvió a dejar el vaso de tubo sobre la barra. Entonces se giró hacia mí.

-Soy Rojo, el cliente de Ramírez- dijo. Bajo su barba vi que se formaba una sonrisa-. Ni más ni menos. Y tú eres la mercancía que me envía.
 
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Airi Li Astelle

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En mi mente solo se repetía esa ultima frase : "Tu eres la mercancía que me envía" a mi alrededor el aire se sentía pesado, los colores se mezclaban y todo era caos, no podía moverme ni pronunciar palabra, mi cerebro repetía como ronda infantil y con la voz de ese hombre desagradable esa frase que podría estar definiendo mi futuro o tal vez mi ultimo presente. Paradójicamente mi cuerpo me incitaba a correr, a buscar una salida y huir, la adrenalina al fin empezaba a fluir sin compasión por todo mi ser...
 

Soichiro

Yukino's boyfriend

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Miré a mi alrededor: desconcertado, vi que los cuatro o cinco clientes que estaban sentados en las mesas ahora tenían sus caras aplastadas sobre las comidas de sus respectivos platos, percatándome que tenían los ojos cerrados, como si de repente hubieran caído en un sueño profundo, o quizá en algo peor. Sin embargo, me fijé que la mujer rubia estaba sentada a tres taburetes alejada de mí, bebiendo con toda naturalidad su naranjada. Una naturalidad fría, incluso diabólica, que aumentó mi miedo aún más si cabía. Miré hacia el otro lado de la barra, y me percaté que la chica que me había atendido había desaparecido. Como los clientes, ¿había perdido el conocimiento y ahora estaba tumbada en el suelo?

-Mírame- oí ordenar a la voz del gigante.

Cumplí aquella orden inmediatamente, como un reflejo. Ante mí apareció el rostro de aquel que había dicho llamarse Rojo, un rostro imponentemente serio, y sentí inmediatamente un pinchazo en el cuello. Asustado, de nuevo, llevé con rapidez mi mano derecha al lugar donde ahora empezaba a sentir un pequeño dolor sordo.

-Listo.

Me giré de nuevo y ahí encontré a la chica rubia sonriendo satisfecha, mirándose una pequeña pistola azul con una especie de arpón como cañón, la cual llevaba en la mano.

-¿Qué...? ¿Qué...?- titubeé.

-Tranquilo, no puedes hacer nada contra nosotros- sonó en mi cerebro la voz del gigante.

Miré hacia él, pero lo único que vi fue su imagen distorsionada, mientras una pequeña sensación de mareo empezaba a apoderarse de mí.

-Señorita Amarillo, ¿me hace el favor?- oí de nuevo aquella voz como si estuviera en estéreo.

-Con placer, señor Rojo- respondió a mi espalda la mujer rubia, en el mismo tono estereofónico.

Pero, para mi sorpresa, el gigante se desplomó ante mí, cayendo al suelo. Me giré y vi que a la mujer rubia le había ocurrido lo mismo. Ambos estaban ahí tumbados, con los ojos cerrados, inmóviles. Ya no supe qué hacer. La sensación de mareo y mi visión distorsionada me impedían pensar con claridad, así que me quedé ahí sentado y volví a mirar hacia delante, hacia el otro lado de la barra. Entonces una nueva pistola apuntándome apareció ante mis ojos para luego dirigirse a mi frente.

-Perdona, pero no podía enfrentarme a ellos por las buenas- sonó en mi cerebro la que reconocí como la voz de la chica de la barra-. Mierda, sesenta. Esto no es bueno. Rápido, abre la boca.

Así lo hice, perdida mi capacidad de reflexionar, y ella me metió dentro lo que parecía un chicle.

-Ahora mastica durante unos veinte segundos- oí decir-. Siento decirte que mañana te dolerá la cabeza- dijo con resignación-. Qué le vamos a hacer.

-¿Qui...? ¿Quién eres? ¿Qué ha pasado aquí?

-Soy Ultravioleta- respondió la chica-. Aunque la mayoría de gente me llama Ultra- miró a los dos que estaban en el suelo-. La hacialera que les he puesto en sus bebidas no tardará en desaparecer de sus organismos. Lástima que no tuviera nada mejor- me miró y me mostró una sonrisa amigable-. Y ahora, no sería mala idea que me acompañaras.
 
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Miss Spencer
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Ultra se dirigió hacia el fondo del bar, a una puerta trasera. Me levanté del taburete y la seguí con cierta dificultad. Notaba que a medida que se consumía la pastilla mi cuerpo se iba recuperando, pero en ese momento todavía tenía la vista borrosa y mis piernas temblaban. Aunque no sabía si eso era efecto del sedante o simplemente el miedo y la confusión que acababa de vivir. Nos metimos en un patio trasero con grandes cubos de basura y una pequeña playa de estacionamiento para los pocos empleados del local. La muchacha me guio hacia un pequeño auto azul de la década del 2000 y cuando ya estuvimos ambos dentro y con los cinturones de seguridad puestos, dio arranque al motor y salió disparando hacia la avenida principal.
- ¿A... a dónde vamos? - le pregunté con pesadez.
Como única respuesta, Ultra encendió la radio. Entendí el mensaje, no volvimos a hablar durante la media hora que duró el viaje. Al poco rato me perdí, llegamos a una parte de la ciudad que no conocía y dejé de intentar analizar mis rutas de escape. Entonces, me concentré en Ultra. Era una de esas personas que pasan fácilmente desapercibidas; su rostro era agradablemente común, con la tez recientemente bronceada, el pelo castaño y ondulado y la nariz recta y levemente prominente, y su atuendo parecía pensado para que no la miraran demasiado, una blusa de un color oscuro que ocultaba a la perfección la silueta de su cuerpo y unos jeans completamente normales. Aún así, había algo en ella que llamaba extrañamente mi atención, que despertaba una sensación similar a la de volver a lugar conocido, pero mi cerebro estaba demasiado aturdido para poder procesar la información.

Llegamos a un edificio de unas cinco plantas y Ultra me llevó hasta un departamento al fondo del 4to piso. No sé muy bien qué esperaba encontrar dentro, pero sin dudas no estaba preparado para lo que vi. Era un monoambiente bastante espacioso y bien iluminado, del lado derecho había una cocina acompañada de una pequeña mesa con dos sillas, y en la punta opuesta, arrinconada sin importancia, una cama de una plaza con las mantas medio arrugadas, como si la persona que la ocupa las hubiera estirado sin demasiado esmero. El resto del lugar estaba ocupado por un laboratorio, y en el medio de una enorme mesa metálica, entre un cúmulo de frasquitos y tubitos de colores, había una pantufla. Una pantufla rosa. Una pantufla rosa con su borde de peluche que se burlaba de mi.
 

Soichiro

Yukino's boyfriend

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....

Desperté de mis pensamientos. La pantufla rosa. ¿Esa chica que acababa de salir de mi cuarto de baño y se había ido a mi habitación era la misma que me había salvado del gigante y su amiga? Parecido físico sí que tenían, aunque, si no recordaba mal, tenían el color de cabello diferente. Pero las dos parecía que tenían predilección por las pantuflas pomposas y rosas. Respiré profundamente. Era hora de recibir algunas explicaciones. Sin ir muy rápido, pero sin detenerme, me dirigí a mi habitación. Cuando llegué la puerta estaba cerrada. Llamé con los nudillos un par de veces, no sin cierta cautela.

-Adelante- sonó la voz de la chica.

Abrí la puerta lentamente, tal vez demasiado lentamente, con miedo a encontrarme con alguna sorpresa desagradable. Pero no, ahí estaba la chica, sentada en la cama, ya vestida (la blusa y los jeans que recordaba) y leyendo concentrada una novela que reconocí como mía, la cual seguramente había tomado de una de las estanterías. "Universos para lelos", se leía en la portada. Sonreí. Yo avancé hasta sentarme en la silla de mi escritorio, de cara a ella. La observé. Me di cuenta que aquella chica tenía el cabello azul, cuando la tal Ultra que me había liberado del gigante era castaña. ¿No era entonces la misma chica?

-Perdona...

-¿Sí?- dijo sin levantar la vista del libro.

-¿No tenías antes el cabello de otro color?

-Te refieres a la peluca que llevaba cuando nos conocimos, ¿verdad?- dijo mirándome con una pequeña sonrisa- En esta dimensión no es muy habitual que digamos tener el cabello azul natural -tomó unos mechones de su pelo entre sus dedos-. Es mejor que pase lo más discreta posible. Lástima que haya perdido la peluca en nuestra huida de mi departamento. Tendré que comprarme una nueva.

-Bueno, tampoco es extraño teñirse el pelo de un color no natural...- dije desconcertado, tratando de seguirle la corriente- Puedes hacerlo pasar como teñido.

La chica asintió con la cabeza, y volvió a su lectura.

-Si no recuerdo mal, tú te llamas Ultra- le dije-. Yo me llamo Enrique.

-Sí, ya lo sé- respondió ella de nuevo sin mirarme.

Hubo una pausa.

-¿Cómo lo sabes?

-Se lo oí decir a Rojo.

Hice otra pausa, procesando aquella información.

-Ese Rojo parecía conocerme muy bien- dije alzando una ceja-. ¿Tú no tienes sus mismos datos sobre mí?

-No, por desgracia- respondió ella, en un tono que parecía destilar cierta molestia-. Me costó dar contigo.

Hubo un silencio de un par de minutos, en los que no me atreví a decir nada más. La chica se los pasó leyendo unas páginas de la novela, sin hacerme el menor caso. Parecía que podía ser simpática cuando quería, pero, en cambio, no le gustaba mucho dar explicaciones. Pero tenía que dármelas. Yo tenía derecho a saber lo que estaba ocurriendo.

-Oye...

De repente, Ultra cerró la novela violentamente, lo que me causó un susto. Entonces me miró y me sonrió.

-Dime, ¿te encuentras bien?- preguntó con interés- ¿Te duele aún la cabeza?

-No, ya no, ya estoy mejor.

Entonces me miró fijamente.

-Así, ¿recuerdas lo ocurrido ayer?- preguntó.

-Si te refieres al lío con el gigantón, nuestra huida del bar y nuestra llegada a tu supuesto departamento, sí que lo recuerdo- expliqué-. Aún tengo que hacer memoria sobre lo demás. Porque es cierto, ¿cuándo llegamos a mi casa? ¿Estoy aquí a salvo de aquellos dos? Y ya puestos, ¿qué querían de mí? ¿Y tú quién eres exactamente y qué relación tienes con ellos?

-Preguntas, preguntas...- murmuró Ultra. Suspiró- Como dije, vamos a desayunar y hablaremos. Pero antes tenemos que retirar los restos de clorolina de tu boca- la miré sin entender-. Ya sabes, el chicle que te di a masticar. Puede dañar a tus dientes. Este aparatito nos ayudará.

Extrañado, la vi meterse en la boca lo que me pareció una pequeña bola de cristal. Luego se levantó y dejó la novela en su lugar de la estantería. Seguidamente caminó hacia mí y, tras inclinarse hasta mi altura, puso las manos en mis mejillas y ante mi sorpresa juntó sus labios con los míos.

-¡Mmmh!- exclamé con los ojos como platos. Pero entonces noté una agradable sensación de aspiración en la boca que me hizo calmarme y cerrar lentamente los párpados.

Así estuvimos durante un tiempo que no sabría precisar, besándonos, hasta que una carraspera forzada nos sobresaltó e hizo que Ultra dejara mis labios y se irguiera, y que ambos miráramos hacia la puerta.

-Vaya, Enri, veo que por fin te has sacado novia- dijo una chica de cabello rubio y largo, vestida con un pijama violeta, que nos miraba con una sonrisa burlona. Junto a ella había otra joven, con una pequeña expresión de sorpresa. Era morena y de pelo corto, y estaba ataviada con una camiseta con el emblema de la serie de terror de moda y que le cubría hasta medio muslo-. Me alegro.
 
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