Misión B La flor más bella | Hiroto - Ruigetsu

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Oiseau rebelle
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Un día radiante en el horizonte, tanto como para despertar al aguado antes del mediodía gracias al brillo que se colaba por la ventana; aquel calor no era propio de un día pesado o fastidioso, llamaba a salir y quedarse en la playa por horas, o al menos eso habría querido. Sus responsabilidades tocaban puerta por primera vez en mucho tiempo; tratándose de un evento diplomático, le costaba creer que su ayuda fuese necesitada, mucho más cuando recordaba qué ocurrió la última vez, en días donde ni su rango ni su voz sirvieron de nada ante la ira de una matriarca como la que podía ser Min Penshin, una antigua concubina del señor feudal que logró ascender al puesto de esposa luego de, presuntamente, asesinar a sus compañeras.

Se trataba de una dama muy astuta, o al menos eso señalaban en la mayoría de sus menciones; lo cierto es que nunca se interesó en conocerle, pero la instrucción del encargo era bastante clara, bastaría con llevar a alguien para entretenerse por el camino y darle la bienvenida antes de enfrentar la travesía. Toshio lejos, Sakura también, su as bajo la manga se delató al entrar en su habitación sin previo aviso, restregándose la cara: el sol apenas se dignaba a salir cuando múltiples alarmas comenzaron a sonar en todo Nagare, solo para asegurarse de que recordara el acto.

—¿Por qué hay tanto ruido? Nunca te levantas antes del mediodía.
—Mejore sus modales, señor Jojoto —Vociferó con un tono agudo y pedante—, debemos recibir a la señorita Penshin en la entrada de la aldea.
—Está bien, deja de hablar así —Ante el uso de un imperativo en vez de una pregunta, Ruigetsu se echó atrás.
—¿Acabas de darme una orden?
—He pasado tiempo con Toshio, se me pegan las mañas.
—Me visto y salimos, Min llegará en diez minutos —Estaba desnudo, pero poco le importaba en presencia de -cualquier persona- Hiroto—. Ah, avísale a Mameha que vendrá con nosotros.
—¿Y eso?
—Necesito que alguien preste atención a lo que diga si nos distraemos.

Salieron del recinto y caminaron hasta los límites del puente Kamichi para aguardar a su invitada. Se mantuvieron allí por algo más de cinco minutos hasta que lo que aparentaba ser el sonido de alguna maquinaria les alertó, observando el panorama cercano para divisar un punto negro en el cielo que, poco a poco, se fue acercando hasta develar a Penshin, sentada plácidamente en algún tipo de bicicleta aérea con dos grandes alas de tela y bambú, moviéndose al son de los pedaleos de un enano frente a ella, exhausto y jadeante. Hicieron una señal desde tierra, viendo al chofer sonreír y comenzar a descender hasta aterrizar frente a ellos; la dama bajó con mucha gracilidad, sosteniendo su kimono para evitar miradas intrusivas; se colocó frente a Hozuki, observándolo de arriba abajo.

—Tú debes ser el tal Toshio…
—En realidad, soy Ruigetsu, un placer.
—Sí, Sí, cómo sea —El aguado no pudo evitar bostezar, recibiendo una mirada de desprecio el doble de fuerte—. Y bien, ¿dónde me voy a quedar?
—A este paso te quedarás en la ca… —Cuchicheaba, pero Mameha le embistió antes de que Min detallara sus palabras.
—Tenemos preparada una gran mansión solo para usted.
—Hm —examinó a la Jonin, fijándose además en Hiroto, quien jugaba con unas hormigas en el suelo tras ellos—. ¿Quién es ese pueblerino?
—Encantado, soy Hiroto —El susodicho le saludó desde el suelo, mientras se sacaba un moco.
—Qué desagradable… vaya que esta aldea tiene problemas pedagógicos si ese es el tipo de niños a los que crían.
—Seguramente soy más inteligente que usted, señora —La fémina no pudo reaccionar más que con risas, dirigiéndose al frente de Otsutsuki sin que la kunoichi o el ANBU pudiera o quisiera hacer algo respectivamente.
—¿En serio? —le encaró con voz retadora—. ¿Cuánto es mil quinientos treinta y ocho por doscientos setenta y tres?
—Señora Min, discúlpelo por favor, es solo que… —Y antes de que cualquier frase parecida a “¡Bah! No hay de qué” saliera a flote, el monje respondió:
—Cuatrocientos diecinueve mil ochocientos setenta y cuatro, aunque seguramente apenas y sabe que da un número entero.
—Pero qué pedazo de… —tomó fuerza en su brazo y comenzó a agacharse—. Genio tenemos aquí —Mameha casi se desmaya, Rui si acaso reaccionó, estaba muy ocupado formando burbujas de saliva—. Ruishio, me hubieran dicho que este pequeño era alguien tan... ¡especial!
—¿Eh? ¿Dijo algo?
—¿Usted también forma parte de ellos? Qué fantástico, siempre quise conocer ejemplares como ustedes, serán los recolectores ideales para mis preciosas flores.
—Señora, yo no creo que…
—Descuida, amiga mía, no hace falta que me expliques —sacó una especie de pergamino lleno de polvo, lanzándolo frente al aguado—. Aquí están las pautas básicas para encontrar mi jardín preferido, estoy segura de que será tarea fácil para unos genios tan infantiles como ustedes, ¡diviértanse! —le dio un beso en la frente a cada uno antes de adentrarse en la villa.
—Pero señora… —gritó Iron Fist, lista para perseguirle.
—Descuida —Nagare se había levantado junto al monje, ambos inspeccionaban ansiosamente el escrito—, nos pidió algo interesante. Hiroto, nos vamos —sacó su máscara personal, entregándosela a la Jonin, quien casi la deja caer ante el nerviosismo—. Encárgate de la aldea mientras no estoy, ponte eso y ya.
—Pe-pero qué…
—Jojoto, nos vamos.
—Vale.
—Escúchenme los dos de una buena vez —Les tomó de sus prendas—, no van a salir de la aldea mientras esa señora siga aquí, mucho menos sin Hogaku.
—¿Por qué lo haces tan difícil? —dio media vuelta, soltando el agarre y mirando fijamente a Mameha, quien se atontó ante la ilusión en la que recién caía—. Primero, déjame tocarte las tetas —dicho y hecho—. Bien. Segundo, te disfrazarás de Nagare mientras no esté y te encargarás de complacer todo lo que Min pida, ¿de acuerdo?
—S-Sí —Vaya que tenía rabia por el reciente manoseo como para oponer resistencia al mandato.
—Otra agarradita —Hecho y dicho—. Bien, y no tomarás represalias contra mí luego de esto, ahora vete corriendo a toda velocidad hasta el extremo opuesto de la aldea —Salió despavorida; Hozuki realizó varios sellos hasta invocar un ave gigantesca, montándose y agarrando a su pupilo por el brazo—. Nos vamos.

Emprendieron vuelo. Una vez que yacían instalados sobre el ave, y lo suficientemente lejos como para que la fémina no llegara sedienta de sangre, se sentaron frente a frente, posando en pergamino en el espacio que les separaba en el lomo del animal; comenzaron a leerlo nuevamente, observando que la mayoría de sus datos yacían a modo de pinturas bastante excéntricas, delatando su antigüedad. Una frase llamó su atención por encima de cualquier cosa: “Tengan cuidado si se acercan al valle Shinkin”; el pájaro aclaró su garganta antes de toser, sorprendiéndose tras lo escuchado.

—¿Quién demonios les ha pedido ir al valle Shinkin?
—Hola Manā, tiempo sin verte, ¿cómo estás? —El aguado sentía un especial disfrute al burlarse de Manā, el águila arpía que montaban, una muy obsesionada con los pocos modales de su invocador—. Tanto tiempo sin vernos y ni preguntas por mí.
—Ruigetsu, es en serio, ese lugar es conocido por los peligros que alberga.
—De seguro hay una escuela de modales allí, falta de respeto —Dio una rápida pirueta, volcándolos a ambos y sosteniendo a Hiroto con su pico para volverle a colocar a sus espaldas, dejando caer al aguado.
—Hiro, escúchame, ese lugar es todo menos un valle. Los únicos terrenos seguros son sagrados y puros, sí, pero tanto es el contraste que el valle es en realidad un cañón, lleno de gases tóxicos, muchos de ellos imperceptibles por forasteros.
—¿Puedes buscar a Rui? Tengo que comentarle algo sobre eso —El ave acató, volando en picada hasta servir como aterrizaje para la caída del ANBU.
—¿De qué me perdí?
—Nos hará falta un médico, no podemos arrancar la flor.
—¡¿Les pidieron buscar la flor que crece en Shinkin?! Pero… ¡¿Ustedes dos con quiénes se juntan?!
—Ya sé, dejé a Orenji en Tensai, va a pedirle a Keiko enviar un ave para que venga con nosotros y la invoque, no puede salir de casa mucho tiempo.
—¿Qué acaso nadie me escucha?
—Aja, peligros, muerte, impresionante, como si fuera la primera vez que escucho eso.
—Hay un poblado cerca —continuó el monje—, deberíamos parar allí antes que nada, el valle tiene muchas flores venenosas además de esa.



La flor más bella (B)

La esposa del Daimyo del Agua llegará a Tensai en veinticuatro horas. ¿Motivo? Ha oído maravillas de la aldea veraniega, y quiere comprobarlo de primera mano. Además de sus minis “vacaciones” que durarán unos tres días, también aprovechará su asentamiento en el Horizonte para comprobar que la aldea es próspera en salud, educación y por supuesto, económicamente. En teoría, debería ser recibida por Toshio y Ruigetsu, pero el primero se encuentra lejos en una misión, la otra opción sería Sakura -mejor que el Aguado-, pero ella también se encuentra en un asunto externo a la aldea, por lo tanto, la última opción sería Ruigetsu.

La mujer es un tanto “especial”. Adora las flores, y cuando se dice que las adora nos quedamos cortos. Siempre está rodeada de ellas, sus Kimonos, adornos, entre muchos objetos que usa diariamente, miles de flores de todos los tipos son especialmente tratadas para ser incrustadas en estos objetos, sin perder su belleza, claro.

Como ofrenda para la esposa del señor, la mejor manera de impresionarla y de que esté contenta con su llegada a Tensai es darle como regalo su flor favorita. Es una flor con un olor nauseabundo, quizás el peor olor en el planeta. La gente que se adentra a recoger esta flor no suelen volver, pues es tan horrible que mueren, muy pocas personas regresan con vida y ninguna con éxito alguno. Se dice que solo existe una persona en el mundo que era capaz de recoger la flor con un secreto ancestral que poseía, por lo tanto, era el principal productor de esta a la esposa del Daimyo… Pero murió olvidándose usar aquel truco. Esta flor, una vez arrancada de la raíz ya no es “venenosa”.

Objetivos:
-Descubrir donde se ubica la flor.
-Ir al lugar y recogerla.
-Entregar la flor a la mujer del señor feudal -ya tratada y que no sea peligrosa para ella-

Notas:
-Como es obvio, no podrán usar pinzas para la nariz como remedio o algo parecido, pues ni aun así es efectivo el remedio.
-El lugar donde se encuentra esta planta tiene MUY poca visibilidad, pues expulsa esporas nocivas.
-Necesitarán un médico para que trate la flor antes de entregársela a la mujer. Pues, aunque ya no es nociva, retiene restos que podrían ser mortales si se pasa mucho tiempo a su lado.
-Otro de los efectos. La flor es tan bella, hermosa y fantástica, que dicen que solo con mirarla sirve de afrodisiaco y te hace caer en tus instintos más primitivos, cuidado.
Zim Milo-sama
 
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Manā parecía totalmente reacia a la idea de visitar el valle Shinkin, e inclusive, advirtió a su invocador que no sobrevolaría por esos lares. El temor del ave era tal que Hiroto podía percibir que su lomo temblaba, y cuando hizo la observación, Manā realizó una violenta voltereta en el aire que esta vez arrojó al monje al vacío. Le recogió un par de segundos después, pero quedó muy claro que era mejor no tocar el tema. Quiero decir que quedó muy claro para personas normales y con convenciones sociales, no para ese dueto de intransigente inadaptación social conformado por Ruigetsu y Hiroto, quienes insistieron en hacer preguntas referentes al valle, sin mencionar un par de bromas sobre un posible trauma sexual de Manā en la temible zona.

Muchas volteretas y caídas al vacío después, nuestros protagonistas descendieron sobre un pequeño poblado llamado Shikage. Como era usual en el archipiélago, se trataba de un poblado de dos o tres avenidas principales rodeado por pequeñas zonas de suburbios, sostenidos económicamente por las posadas de una noche y el comercio minorista.

―¿Por qué escogiste este pueblo? ―preguntó Hiro.
―Porque está cerca del valle, Manā no iba a tolerarnos por otros cinco segundos y aquí hay un buen establecimiento de comida ―El castaño pareció olfatear un aroma hechizante pues sus ojos resplandecieron como monedas de oro y su estómago hizo un rugido―. Nos dividiremos para recabar información.
―Vas a comer.
―Soy un ANBU, mis métodos son secretos.

Los ninja se separaron. Ruigetsu se dirigió a la “Taberna del Búfalo” para hacer un profundo interrogatorio a todo el menú. Por otra parte, su extravagante estudiante incursionó en la calle principal, que estaba poblada de vendedores muy interesados en ofrecerles sus productos. Ōtsutsuki era demasiado propenso a olvidar su misión cada vez que alguien se acercaba mostrándole cualquier baratija: collares, talismanes, pulseras, muñecos cabezones de ninja importantes como Toshio y Nashla, peluches, relojes de arena… literalmente, cualquier producto llamaba románticamente la atención del chuunin, quien no dudó en invertir parte de sus ahorros en un montón de chatarra y también en un bolso color negro con nubes rojas para guardarlo todo.

Hiroto estaba satisfecho con su día de compras, pero finalmente, cuatro horas después y al presenciar la puesta del sol, recordó que había una misión pendiente e información valiosa por recolectar… ¿Y su maestro? Seguramente estaba en “fase de postre”.

Volvió sobre uno de los comerciantes más prolíficos -en timarlo vendiéndole hasta cáscaras de banana pintadas de colores-, quien por supuesto estuvo encantado de volver a recibirlo y trató de ofrecerle más productos. El monje educadamente se negó.

―Necesito información sobre una flor que dicen que crece en el valle Shinkin. ¿Sabe algo?
―Eh… ¿Una flor? Yo… Mira, muchacho, creo que es mejor que te vayas ―El hombre lo miró por última vez con un deje de preocupación y comenzó a alejarse dando largas zancadas, dejando al cabeza de arándano muy confundido.
―Es lo mismo que el ave… ―Llamó por el hombro a otro de los vendedores―. ¿Sabe algo de la flor que crece en el valle?
―¡Muchacho! ¡Eso no se pregunta! ―Otra vez le dejaron plantado en plena conversación, esta vez con bastante indignación.
―Señora, la flor que crece en el valle…
―¡Cielos! ¿¡Cómo te atreves!? ―La señora obesa alzó su diestra, cuyo brazo estaba cubierto de pulseras ruidosas tan pesadas como ella misma, y le propinó una potentísima bofetada a Ōtsutsuki que lo tumbó al suelo, y de milagro no se derramó el contenido de su bolso.

El varón no perdió la paciencia pese al dolor y miró a la comerciante rechoncha alejarse excesivamente molesta, como si él le hubiese preguntado su peso o por su virginidad. Hiro comenzaba a entender que los pueblerinos estaban cerrados a la posibilidad de tocar ese tema, casi de la misma manera que Manā.

―¿Buscas la flor?

La pregunta provino de un hombrecito que usaba unos lentes de sol desproporcionadamente grandes para su altura y contextura enclenque. Este señor tendió su mano a Hiroto para ayudarlo a ponerse de pie y recoger su bolsa.

―¿Cómo lo sabe?
―Cuando escuchas gritos aquí y que Miss Fina agrede a alguien, es por un ladrón o porque alguien pregunta sobre la flor ―bromeó―. Mi nombre es Finngard, pero puedes decirme Finn.
―Hiroto. ¿Usted qué sabe de la flor?
―¿Y qué sabes tú? ―El hombre enarcó una ceja―. ¿También te hablaron de una supuesta flor con un terrible olor y muy venenosa? ¿Tan venenosa que nadie puede acercarse? ―El monje asintió―. ¡Ignorantes! ¿En serio crees que una flor puede oler tan mal? Mi estimado, no es la flor la que produce el olor, sino el veneno. El veneno pudre todo a su alrededor y ese estado de putrefacción perpetuo es el origen de la pestilencia. Y por alguna razón, todo permanece descompuesto en ese lugar no importa cuántos años pasen. Cadáveres, vegetación… y el olor es peor según la época.
―Entonces… es solo una flor venenosa.
―El valle Shinkin es inhabitable por lo mismo, la flor matará a cualquiera en kilómetros a la redonda. La vida allí es imposible porque el oxígeno está corrompido… ―Cuando Finn hablaba de la flor, parecía que el mundo exterior pasaba a un segundo plano―. No puedes acercarte ni siquiera con una máscara de gas. ¡Ninguna máscara sirve! El veneno es muy potente.
―¿Y si… no respiras?

El hombre se echó a reír.

―¿Puedes aguantar la respiración por horas acaso?
―De hecho, sí, no necesito respirar.
―¡¿Qué?! ¿Qué eres? ¿Un extraterrestre? ―Hiro no reaccionó. Por supuesto, esa idea era ridícula―. ¡Los ninja sí que son raros! Oye, quizás tú puedas acercarte a la flor…
―Esa es mi misión, debo recoger la flor para mi cliente.
―La princesa del chakra…
―¿Mi cliente?
―No, no, la flor. A la flor le dicen la princesa del chakra. El mito dice que está hecha de chakra y supuestamente es comestible, pero claro, nadie puede acercarse, y no sabemos si hay otros obstáculos además del veneno. De hecho, todo esto es solo un mito.
―Una flor de chakra ―repitió Ōtsutsuki, relamiéndose. ¿Por qué Finn conocía esa información? ¿Por qué había aparecido repentinamente en el momento justo? ¿Por qué todo era tan conveniente? ¡¿Y a quién le importa?! A Hiro, menos que a nadie. La princesa de chakra había enamorado su curiosidad y esas interrogantes estaban lejísimo de la órbita de sus pensamientos.
―Oye, ya que es tu misión y siempre ha sido mi sueño ver la flor… podría guiarte. Sé llegar hasta cierto punto, pero a partir de allí queda todo en tus manos.
―Es un trato ―El hombrecito aplaudió varias veces y cogió afectivamente al chuunin por los hombros.
―Esa flor es nuestra, muchacho. Ya lo verás. ¡Vamos, en marcha! ―Literalmente, Finn comenzó a marchar con mucho entusiasmo, siendo observado por el monje durante unos segundos antes de que se decidiera a seguirlo.

Ōtsutsuki pensaba que algo se le estaba olvidando, un gran detalle, pero recordó la flor de chakra comestible y desechó sus preocupaciones por completo.

Diez minutos después, Ruigetsu terminaba de engullir su postre y se reclinó sobre su asiento, contemplando las pilas de platos y cubiertos que daba al techo del establecimiento. Sacó “su” cartera y entregó una tarjeta de crédito dorada con el símbolo del Clan Uchiha al mesero, indicándole que le daría un 20% de propina como recompensa por sus servicios.

El aguado se sobó la barriga, satisfecho. Entonces, su estudiante se le vino a la mente, y la misión.

Decidió que mejor pedía otro postrecito.

St. Mike St. Mike
 

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Mameha corría de un lado a otro, intentando acatar todas las órdenes que Min le exigía. Se hallaban en el salón más espacioso y confortable que la mansión Nagare podía ofrecer, luego de que entraran accidentalmente a la habitación de su dueño y el desastre les ahuyentara. Retsudo se alejaba del estrés al no tener una demanda tan cuantificada como la de su comensal acostumbrado, pero las exigencias de Penshin no lograban más que desajustar hasta el mejor de sus platillos; que si langosta bañada en oro de veinticuatro quilates, que si un racimo de azafrán encurtido en trufas blancas; Tensai se habría quedado sin insumos si seguía pidiendo tanto.

Mientras, Nohara limaba las uñas de sus pies al tiempo en que esperaba el último pedido de almohadas con plumas que le había encargado. De repente, el centro de atención decidió ordenarle que se retirara, pateándola en la quijada; de haber sido cualquier otra situación, su cabeza estaría colgando del techo mientras utilizaba su cuerpo como saco de boxeo. Logró controlarse, haciendo una reverencia y retirándose de los aposentos; el ayudante que le había traído hasta el Horizonte, llamado Sonner, se le acercó en cuanto la puerta se cerraba, recibiendo un sonoro golpe en su nuca que le hizo trastabillar.

―¡Inútil! ―pisó la mano del pobre con su tacón hasta perforarla―. ¿Crees que esto es como cualquier otro encargo? Nos hacemos pasar por gente de la realeza.
―Mi-mi señora, pero, ¿qué quería que hiciera?
―No nos enviaron aquí para perder el tiempo ―se levantó de la cómoda, comenzando a ejecutar sellos hasta que una gran ola de chakra se dispersó alrededor; una avecilla posada sobre el balcón fue brutalmente desmembrada en cuanto la energía le tocó, no querían que nada ni nadie permaneciera con vida de espiarles―. Ese hombre… si no cumplimos nuestro trabajo, la familia Yume desaparecerá, ¿no lo entiendes? ―pateó su rostro, aún en el suelo.
―Me aseguraré de distraerlos ante cualquier anormalidad, lo prometo.
―Ni siquiera pienses en reivindicarte ahora, irás con Finngard a asegurarte de que el muchacho llegue hasta el punto de control; debemos mantenerlo cerca o él nos matará.
―Pero Numir, ¿por qué estás tan nerviosa? Nadie puede acabar con los Yume, mucho menos si Finngard lo lleva a la flor.
―Ese hombre nos dejó bien claro que todos sus intentos anteriores habían fracasado y no se guardó nada al contarme qué fue de quienes le fallaron ―realizó una segunda cadena, posando ambas manos en el suelo de la habitación―. Si cualquier ninja de esta aldea vuelve a entrar, no tendremos que preocuparnos por una detección.


~~~


La carta lucía tan apetitosa como antes de engullir el primer bocado. El abanico de posibilidades que brindaba aquel local era de sus favoritos: desde fideos hasta carnes en brochetas desproporcionalmente grandes, sin mencionar el postre estelar de torta con triple chocolate y glaseado de arequipe; no sufrir un tembleque orgásmico durante la ingesta habría sido bastante extraño, justo por ello el aguado recordó sus responsabilidades tan tarde, aunque no había motivos para preocuparse por el momento, ¿verdad? Continuó su festín, intentando olvidar ese ruido en su mente que le recordaba al monje.

Una señora caminaba tranquilamente por el local, pasando inadvertida entre la multitud de asientos hasta llegar al que reposaba frente al aguado, se sentó sin mayor cuidado, llamando la atención del ANBU hasta que dejara de lamer el plato y le observara con su rostro totalmente manchado por chocolate; la mujer rio tranquilamente, como si se tratara de un niño maleducado, aunque, obviando el uniforme ninja, no estaba muy lejos de la realidad. Nagare planeaba pedir una última porción antes de salir, pero lo fija que permanecía la mirada de aquella señora: tenía el cabello gris, junto con una piel lisa pero bastante tersa; para tratarse de una anciana, la huella en su cuerpo era bastante reducida; mantuvo siempre una sonrisa muy serena.

―¿Quiere comer algo? ―Al aguado no le causaba mayor molestia un acompañante, pero algo debía querer decir para aguardar por tanto tiempo; tenía que hacerla hablar.
―No te preocupes, comí antes de salir. Eres Ruigetsu, ¿verdad?
―Sí… ―La fémina no le dejaba mucha cuerda de dónde tomarla, sus intervenciones eran muy exactas―. ¿Quién pregunta? ―soltó una leve risa en respuesta. Era inocente pensar que solo por saber su nombre le conocería, pero alguna forma debía buscar para prolongar su diálogo y marcharse.
―Ha de ser un martirio venir a un pueblo donde pocos se familiarizan con los ninjas. Me llamo Confel, perdona por molestarte, pero la ansiedad me ganó.
―Señora, no estoy interesado en las mujeres de su edad ―lo decía en serio, esa viejita le asustaba―. A menos que estuviera mejor cuidada… ―susurró.
―¡No! Por favor, no me confundas con ese tipo de gente ―tosió varias veces, reclinándose en el proceso―. Solo vine en nombre de lo que este pueblo pide, pero nadie debe saber que tú puedes ayudarnos; la verdad, tampoco me agradaría que este lugar se llenara de ninjas, pero, si están aquí, algo deben poder hacer.
―Vinimos a buscar una flor en el valle Shinkin, ni siquiera sabíamos que este pueblo quedaba cerca.
―Es justo por eso que vine a buscarte, se han reportado desapariciones de muchos aquí, el pueblo comienza a vaciarse y no tenemos mucho para ofrecer… ―se acercó a Hozuki para susurrarle: ―. Creo que hay algo muy malo viviendo dentro del valle, la misma cosa que asesinó a nuestro anterior jardinero.
―Si hay algo allí dentro, nos lo encontraremos por el camino ―se levantó sin más, alertando a la anciana―. No se preocupe, igual teníamos que ir hasta allá.
―Tenga mucho cuidado ―le tomó del brazo―, el valle es un lugar de temer con esa cosa, no se confíe.

Salió de inmediato, observando los costados de la avenida para verificar que Hiroto no se encontraba cerca. Trató de volver adentro para preguntarle a la mujer sobre cómo llegar al valle, pero ya se había marchado; volvió a salir, con algo de angustia que empezaba a florecer. De súbito, sintió un zumbido que pronto se transformó en dolor tan punzante que le hizo caer al suelo, comenzando a perder la noción de consciencia a medida que se intensificaba; pudo observar varias sombras rodeándole mientras un grito era audible a lo lejos, al menos hasta que un sonido gutural le hizo callar. ¿Qué estaba pasando?

~~~

Avanzaron bordeando un cultivo de trigo hasta encontrar un acceso que extendía el camino entre los matorrales, el hombre simplemente cambió la dirección de su caminar para indicarle al monje por dónde debían seguir. El atardecer daba paso a la noche y con ello decidieron encender un par de lámparas que Finngard llevaba consigo. Siguieron con su caminata, mientras Otsutsuki se quedaba mirando los alrededores: arbustos, trigales, incluso cultivos de arroz; se notaba que aquella gente les tenía aprecio a sus tierras; algo no dejaba de llamarle la atención, después de todo, hasta a un ignorante de la vida comercial como él le extrañaba ver tantos campos de cultivo sin un alma que los cuidase, ni hogares bordeando las granjas.

―¿Dónde están todos?
―Esos cultivos son un regalo divino para estas tierras, crecen y perduran, incluso cuando el cultivador se ha marchado.
―¿Quién se encargaba de cultivarlos? No parece un trabajo sencillo ―El hombre rio levemente.
―No lo es para muchos.
―¿Tú los cultivas?
―Alguna vez ayudé, pero me agrada mucho más la botánica experimental, por eso me interesa estudiar la flor que crece en el valle.
―¿Falta mucho? Nos alejamos demasiado del pueblo.
―Chico, el valle está justo aquí ―Caminó con prisa hacia uno de los matorrales, apartándolo con ambas manos.

Detrás de lo herbáceo, una vista muy particular se presentó: aquello no era un valle, más bien parecía una garganta excavada; varios pedazos de tierra fértil y llena de vida se mantenían al mismo nivel que el suelo que pisaban, unidas a la profundidad de aquella fosa por delgadas torres de piedra; del nivel superior, solo se podían observar nubes de un gas incoloro desde ahí; Hiroto se acercó lo más que pudo, estando a punto de caer, pero Finngard le tomó de su ropa para evitar un suicidio. El anciano le explicó que no debía ir por la flor desde allí, la profundidad que aquel desnivel era fácil de obviar vista desde arriba; le señaló un camino a pocos metros que le ayudaría a descender.

―Te esperaré aquí, si necesitas algo, grita mi nombre ―El Chuunin tan solo asintió, apresurándose a avanzar. El hombre ejecutó varios sellos hasta invocar un cuervo―. Ve con Numir, dile que todo va de acuerdo al plan.

~~~

Era una cueva de lo más insípida. La piedra era el único revestimiento que la adornaba, junto con un olor a descomposición que finalmente haría despertar a Nagare, quien trató de erguirse, pero algo jaló de su cuello bruscamente al momento de intentarlo, una especie de mano demacrada; se dispuso a sacar su katana para ejecutar un corte fugaz, librándose del apresamiento mientras la extremidad se retorcía y volvía ceniza. Pudo contemplar muchos cuerpos colgando de la pared que portaban el mismo color, pero se mantenían inamovibles; sus órganos sensoriales habían sido extirpados, dejándoles con rostros huecos y oscurecidos.

Comenzó a reincorporarse, encontrándose con otros instrumentos pintorescos por el camino, todas armas cortantes bastante afiladas y cuidadas, ubicadas en una vitrina sobre la pared. No sabía dónde estaba, pero debía salir de allí. No había compuertas ni fisuras, era una cúpula de piedra sin entrada, suerte que tenía Nami para traspasar las paredes, eligiendo la zona más elevada como predilecta. Su escape fue exitoso, asomándose en lo que ahora parecía un terreno hundido en la tierra, con varias torres de piedra rodeándole; grandes nubes en lo alto impedían que la luz entrara.

De súbito, escuchó cómo algo caminó a sus espaldas, volteando con la misma velocidad para intentar divisarlo, pero el terreno no le ayudaba con la presencia de esas columnas; volvió a percibirle, esta vez viéndolo trasladarse detrás de una a otra; corrió hasta el punto, sabiendo que la velocidad de su acosador era mucho menor hasta acorralarlo: era tan solo un hombre, bastante desnutrido y tembloroso, observando al aguado con pánico frente a él; su cabello también se encontraba en completo descuido y sus ojos indicaban que no había dormido hace días.

―¿Quién eres? ―El sujeto no respondió, reclinándose sobre el apoyo de la columna, como si quisiera esconderse―. ¿No sabes hablar?
―¡Mun, déjalo! ―escuchó a la distancia. Una silueta comenzó a acercarse: era una mujer, igual de descuidada que el muchacho, pero con un cuerpo esbelto; sus únicos ropajes, conformados por trapos, cubrían su cuerpo como una toga―. Discúlpalo, no había visto a alguien normal hace meses, soy Rume.
―¿Qué hacen aquí? ¿Dónde estamos?
―Oh, así que también te raptaron a ti… pero, ¿cómo lograste escapar? ―el joven señaló los ropajes de Hozuki―. Eres un ninja, ¿cierto?
―Lo soy, y sigo sin saber dónde estamos.
―Este es el valle Shinkin. Déjame adivinar, ¿una mujer te pidió venir hasta aquí?
―Una mujer muy importante.
―Sí, siempre se disfraza de mujeres importantes, caíste en la misma trampa que todos los demás. Mun y yo logramos sobrevivir sin comida, el valle te mantiene vivo incluso cuando no comes durante semanas; yo pude encontrar algo comer, pero él no ha tenido la misma suerte.
No comer por semanas ―El infierno en la tierra―. ¿Cómo salgo de aquí?
―¿Salida? ―soltó una carcajada―. Esas nubes de gas están hechas de chakra nocivo, si intentas cruzarlas, morirás en el trayecto ―observó que su mirada permanecía persistente, quizás, con él podrían escapar―. Aunque hay una forma, pero deberás acatar lo que te pida.
―Soy todo oídos, no es como si me provocara quedarme a charlar.
―Hay un punto donde las nubes se separan, por allí podrías volver a la superficie.
―Entonces, andando.
―El problema ―continuó―, es que ese lugar se expande debido a una gran concentración de energía, un monstruo por así decirlo, el mismo al que le rinden culto los que te trajeron aquí, quieren alimentarlo para que siga cuidándoles.
Hiroto… ―El monje había desaparecido hace mucho tiempo―. ¿Quiénes dirigen todo esto?
―La familia Yume es temida y amada por todos en el pueblo, hacen crecer las tierras infértiles con sacrificios a su dios, pero el precio a pagar es alto, siempre deben ser ninjas los que caigan en su trampa. Yo y mi hermano vinimos desde el país del viento para investigar la flor, así como tú, pero caímos en su trampa. Si seguimos con vida es gracias a nuestra capacidad para nulificar los conductos de chakra, pero dudo que tengas la misma suerte ―Un potente rugir se escuchó, alertándolos―. Escóndete.
―No será necesario ―realizó varios sellos hasta crear uno de sus clones característicos, enviándolo a la vanguardia―. Tengo con qué distraerlo.
―Un clon con red de chakra idéntica al original… ¿quién eres?
―Un ninja que quiere salir de este lugar antes de que me dé más hambre.


Zim Milo-sama
 
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Si eso era un valle, entonces ellos estaban en la cima. Cuestión de perspectiva, pensó Hiroto. Aquello estaba muy lejos de parecer un valle; por el contrario, era más fácil describirlo como un hondo abismo. Como esa clase de abismo que si miras fijamente, te devuelve la mirada.

Tras cruzar las últimas cortinas de trigo, los viajeros se encontraron a muy pocos metros de una pendiente pronunciada hacia abajo. Hiro sospechó que ni siquiera el Sharingan de Hogaku habría sido capaz de ver más allá de esa densa nube de gas, tan semejante a aquella que separaba el mundo de las almas en pena del empíreo. ¿A quién no le daría mala espina? Del mismo modo, la fosa estaba colmada de grandes islas rocosas, que parecían flotar; pero una observación más prolongada resultaba en descubrir la presencia de profundos pilares que las sostenían, de los cuales solo podía distinguirse la sombra. Eran como platillos florecientes ofreciéndose a los visitantes incautos.

El monje sentía que la madre tierra le pedía precaución a gritos, pero esa era una alarma demasiado baja para una gran curiosidad.

Hiroto se acercó lo más que pudo, estando a punto de caer, pero Finngard le tomó de su ropa para evitar un suicidio. El anciano le explicó que no debía ir por la flor desde allí, la profundidad que aquel desnivel era fácil de obviar vista desde arriba; le señaló un camino a pocos metros que le ayudaría a descender.

―Te esperaré aquí. Si necesitas algo, grita mi nombre.

Esa era una solución totalmente inútil cuando se trataba de descender por un abismo sin fondo, pero Ōtsutsuki omitió cualquier comentario. En vez de ello, se dirigió por la vía indicada por el hombre, descubriendo una pendiente menos inclinada por la cual podría comenzar a bajar. Llevando chakra a las plantas de sus pies, comenzó a bajar y entonces sucedió algo anonadado: resbaló. Aun en una superficie sólida y firme, su cuerpo derrapó como el de cualquier mortal. El ninja trató de detener su caída plantando sus pies nuevamente en la pared, también ayudándose de sus manos buscando cualquier roca de donde agarrarse. Todo fue absolutamente en vano, pero recordemos que nuestro protagonista cuenta con las Gudōdama multiusos.

Dejó de respirar para no inhalar el gas y luego se dejó ir en caída libre hasta aterrizar sobre una plataforma Gudōten. Dedicó unos cuantos segundos a mirar a su alrededor, descubriéndose en medio de la nada. La nube restringía toda su visión, salvo por las grandes sombras de los pilares. Por fortuna, pensó él, el gas no dañaba su piel ni sus ojos, así que bastaba con aguantar la respiración para salir ileso.

Sin embargo, era otra su preocupación.

Si no puedo usar chakra para escalar y no sé la profundidad de esto, nada más tengo diez minutos antes de que la Gudōdama se desactive… ―pensaba―. Mejor me apresuro.

Y así lo hizo, bajando a tal velocidad que su cuerpo era separado del platillo volador. Esto ya estaba planeado y no era la primera vez que Hiroto lo hacía. Simplemente, se soltaba en caída libre una y otra vez para ir más rápido y siempre llegaba sobre su Gudōten. Al cabo de un par de minutos, oyó algo que le hizo detenerse en seco.

¿Lamentos? ―Hiro escuchaba sollozos muy silenciosos, pero pareció que aquellos se sintieron por fin atendidos y empezaron a aumentar los decibeles. Venían desde todos lados y estaban acercándose.

Ōtsutsuki se sintió nervioso como pocas veces en su vida, incluso intimidado. Eso sí que superó toda su curiosidad y le hizo pensar en salir de allí a todo dar, pero lo siguiente fue un gran impedimento, literalmente. El monje distinguió una gran sombra en el horizonte cercano, una especie de cuerpo alargado en diagonal. La sombra se acercaba a él rápidamente, previéndolo para hacer maniobras evasivas. No obstante, nada iba a prepararlo para lo que vio.

La silueta resultó ser un brazo gigantesco de tono enrojecido como el músculo. Aunque trató de echarse a un lado, la aceleración de la extremidad fue tanta que fue abatido como cualquier mosca, enviado a volar hasta chocar de bruces contra uno de los pilares.

¿Un… gigante?

El impacto fue muy brusco, suficiente para que Hiro perdiera el control de su transporte e incluso su disciplina para no respirar. Comenzó a precipitarse en picada, desorientado, con un fuerte dolor en la espalda y los efectos del gas haciendo arder su cuerpo por dentro. Sería un milagro si sobrevivía, pero ya no dependía de él pues de inmediato perdió la consciencia.


En algún punto, empezó a parpadear y vislumbrar borrosamente el panorama. Más adelante se dio cuenta de estar despierto y ello bastó para que se sentara de golpe, doliéndose de una terrible molestia en la espalda. El cabeza de arándano se llevó una mano a la cabeza, sintiendo un líquido húmedo en su cabello. Sangre. ¿Fue producto de la caída? Porque hubo una caída o eso alcanzó a recordar. Algo le había derribado. Sin embargo, habría sido muy suertudo de su parte caer a tan poca distancia del suelo como para no morir en el intento. Demasiado conveniente.

Era imprescindible recordar cómo había llegado hasta allí, o esa era su prioridad absoluta hasta que reconoció lo que estaba frente a él, tan solo a unos pocos metros. Una flor cernida sobre la amplísima alfombra de roca, de pétalos azules y radiantes como el neón.

La princesa del chakra ―Se puso de pie con dificultad y avanzó hacia la flor, colocándose en cuclillas para estar a su altura.

Hiro acercó su mano al tallo, usando su dedo para dar una leve caricia a los pétalos. Eran fríos. Sintió una nueva energía fluyendo por todo su cuerpo aunque no había intentado absorber el chakra. Entonces, se dio cuenta de que en el lugar donde estaba no había gas. Miró hacia arriba para darse cuenta de que toda la nube estaba acumulada en una zona intermedia de la fosa.

Decidió que primero probaría la flor y luego vería cómo abandonar el valle. Cuando se disponía a hacerlo, varias luces comenzaron a titilar a su alrededor, haciendo que se pusiera de pie y diera vueltas sobre su propio eje. De repente, estas luces se transformaron en muchísimas princesas de chakra y Hiroto se vio a sí mismo envuelto en un jardín resplandeciente.

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Oiseau rebelle
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Las cenas festivas son espacios reconfortantes y llenos de vida, o al menos suelen ser así. En aquella oportunidad, Shikage vivía una de sus principales reuniones -si no es que la única-, donde los Yume organizaban un gran banquete a orillas del valle Shinkin. La mayoría de rostros presentes no cambiaban su semblante por otro que no fueran sonrisas y una que otra carcajada ocasional, no debían hacerlo. Para los forasteros, el motivo de aquella celebración podría parecer sumamente curioso, después de todo, ninguna fecha de júbilo, nacional o internacional, concordaba con aquella, mucho menos la fundación o el nacimiento de algún prócer para el poblado. Todos los años, la renombrada familia llevaba acabo aquello como un concurso, una demostración de cualidades frente a lo que ellos tanto querían: respeto. Era bastante agradable para la mayoría; incluso si la mitad de la mesa se comportara de manera inadecuada, los Yume tendrían la benevolencia de sólo enfocarse en tres o cuatro de los invitados.

Todo era servido encima de un largo mesón de madera, compuesto por otros de menor tamaño. Albergaba un total de treinta sillas más las dos cabeceras, ocupadas por Finngard y Confel, los responsables de todo gasto que costara el festín y padres de la familia organizadora; nunca escatimaron en precios, todo lo servido en su mesa procedía de las mejores granjas o huertos, cocinados con los mejores métodos y presentados de estupenda forma; desde aves asadas hasta pastas con trufas, cualquier manjar conocido era emplatado hermosamente ante las decenas de comensales. Cada cual iba comiendo y sirviéndose, sin mayor cuidado, al menos no en cuanto a la comida.

Lamentablemente, los más jóvenes solían ser quienes perdían el concurso anualmente; en aquella ocasión, la atención de ambos anfitriones viró en torno al gesto que portaban un cuarteto de adolescentes, ubicados cerca del centro de la mesa; todavía podían salvarse, siempre y cuando demostraran una actitud apta para el momento. Muy para el pesar de sus padres, presentes, pero sin poder abandonar su papel festivo en pro de aconsejarles -reglas de la casa-, debieron ver cómo sus hijos no lograban mantener suficiente ímpetu como para demostrar felicidad ante la ingesta, mucho menos por estar presentes en aquella reunión.

Confel esperó varios minutos, esperando que se reincorporaran, pero insistían en mantener aquella actitud reacia tan chocante. Terminó su plato, junto con una amena conversación mantenida con dos de sus amigos más allegados en el pueblo, levantándose y tomando su copa en alto.

―¡Buenas noches, amigos míos!
―¡Buenas noches, Lady Confel! ―La energía de sus respuestas era inmensa, tanto o más que las del primer saludo.
―Estaba cenando tranquilamente, bueno, eso ya debieron haberlo notado hace mucho ―soltó una leve risa, a lo que el pueblo respondió carcajeando, deteniéndose tras ver que la fémina volvía a mover sus labios―. Como les decía: comía tranquilamente, disfrutando con todos ustedes en la mejor cena del año, cuando un pensamiento comenzó a llamar mucho mi atención ―pausó su discurso, llevándose su mano al mentón mientras observaba el panorama, muy concentrada―. Tú ―señaló a uno de los presentes―, dime, ¿qué es lo que más te gusta de Shinkin?
―¡Sus paisajes, sin duda!
―Tienes buen gusto, nos hemos esforzado por mantener nuestros árboles y caminos en las mejores condiciones ―Se dio un momento para contemplar lo recién dicho―. A ver… tú ―señaló a otro―. Misma pregunta, dime, sin vergüenza.
―¡Nuestras nueces, son deliciosas!
―¡Denle más nueces a ese hombre, ahora mismo! ―Dijo firme y tranquilamente, un mesero llegó con varios frutos secos servidos―. Tienes buen gusto, sin lugar a duda ―siguió caminando hasta llegar a las espaldas de los muchachos que habían permanecido la noche sin tocar sus platos―. Y ustedes, díganme, ¿qué les gusta? ―preguntó con un tono muy delicado, alzando la voz para completar―. ¡Porque queda claro que no es la comida! ―Nuevamente, el pueblo soltó otra carcajada; Confel se acercó al oído de uno de ellos ante el silencio―. Dímelo, no te preocupes.
―S-sus paisajes.
―¿Qué dijiste? No puedo escucharte si hablas tan bajo, querido.
―¡Sus paisajes!
―¡¿Paisajes?! Eso ya lo dijeron, debe haber algo más que les guste.
―El arroz ―dijo otro de los muchachos.
―Así que te gusta el arroz, ¿y por qué no lo comes?
―N-no…
―Anda, hablar es muy fácil, solo te hago preguntas sencillas.
―No tengo hambre.
―¡No tienes hambre! ―vociferó―. Ya veo. Dime algo, ¿durante el resto del año tienes hambre? Porque supongo que en algún momento debes comer ―Los padres del muchacho fueron fácilmente distinguibles debido a que sus semblantes temblaban―. ¿Come el resto del año? Porque pareciera que no le gusta comer ―No hubo respuesta―. Entiendo, bueno, este tipo de problemas nunca han sido tarea difícil ―chasqueó sus dedos un par de veces.

El suelo comenzó a temblar, justo antes de que cuatro brazos envueltos en lo que parecía ser un chakra rojizo atraparan a los cuatro jóvenes, alzándolos en el aire y comenzando a desmembrarlos poco a poco, mientras sus gritos eran audibles a los cuatro vientos y la sangre comenzaba a manchar la mesa, mientras que los comensales tenían la obligación de celebrar el momento, gritando y vitoreando mientras varios eran manchados por una lluvia roja. Tras haberles despojado de sus extremidades, cada mano gigantesca comenzó a apretar poco a poco los sacos de vísceras, aunque solo tres seguían vivos, el restante había sufrido un infarto. Sus gritos fueron ahogados con las vísceras y fluidos que comenzaban a inflarse, trancando sus gargantas; un último apretón bastó para romper todas sus costillas y quebrar las cervicales de cada uno, lanzando los cuerpos sin vida y desapareciendo por los mismos hoyos de tierra de dónde salieron; los sacos de carne fueron halados al subsuelo.

―¡Ustedes! ―señaló a los padres de aquellos jóvenes―. Tuve piedad con sus hijos, pero ustedes tuvieron la osadía de no celebrar el momento. ¡Sonner! ¡Numir! Llévenlos al fondo del valle.

El dúo de ayudantes acató, llevándose por la fuerza a la pareja mientras gritaban, suplicando el mismo castigo sufrido por sus hijos, pero ya era tarde; la fiesta debía continuar y las risas volvieron a imperar. Lo último que se escuchó de ellos fueron sollozos, silenciados abruptamente en el horizonte. La cena acabó sin más problemas, los comensales ya se habían ido y la familia se disponía a recoger todo cuando el llamado de Sonner y Numir a sus espaldas alertó a Finngard y Confel, quienes se apresuraron en correr hacia el borde del valle.

No entendían cómo era posible, pero lo tenían allí, frente a sus ojos: la densa niebla que poblaba el abismo había desaparecido, dejando al descubierto toda su inmensidad. No entendían cómo era posible algo así. Aquel manto de chakra era generado por una criatura de tal poder que solo ella misma podría deshacer la cortina gaseosa parcialmente; escucharon un golpe en la tierra detrás de ellos, volteándose de inmediato para encontrarse con un hombre de piel blanca como la nieve y vestimentas nobles. Tomaron una posición defensiva al instante, sin saber de quién se trataba.

―¿Qué quieres? ¿Qué haces en este lugar?
―Así que ustedes son los que han mantenido a mi mascota con vida, se los agradezco.
―No sé de qué hablas, pero te aconsejo que te retires.
―No.
―¿Qué?
―No voy a retirarme, necesito hablar con ustedes.
―Tú lo pediste ―susurró Confel, volviendo a chasquear sus dedos para hacer surgir otros ocho brazos megalíticos, pero, para su desconcierto, el suelo se mantuvo intacto; chasqueó repetidas veces intentando replicar la orden, sin éxito.
―Es inútil, no te hará caso a ti mientras yo siga aquí ―Esta vez, fue el hombre quien chasqueó sus dedos; en lugar de invocar extremidades como las anteriormente vistas, un aullido ronco se escuchó en el fondo del cráter tras ellos, justo en el momento que una sombra gigantesca saltó a los cielos y aterrizó junto al hombre. La familia cayó de rodillas al intentar tomar distancia, presas de un temor indescriptible.
―No… no es posible que le sea leal a alguien más, ¡lo hemos mantenido por veintitrés años!
―Y les agradezco, ya se los dije, pero no olvida a su verdadero dueño. Necesito de su ayuda.
―¿Quién eres?
―Solo quiero recuperar mis pertenencias, nos les haré daño si me ayudan a lograrlo ―sacó un pergamino de su chaleco, entregándoselo a Finngard―. Deben encontrar a esos dos, quiero que retengan al Hozuki y que consigan que el otro caiga en la trampa de la flor. Tienen tres meses, volveré cuando termine el plazo para buscar al chico. Hasta entonces.

El hombre desapareció.


~~~

Se resguardaron tras uno de los pilares a la espera de que el clon del ANBU hiciera el trabajo sucio de inspeccionar el área; pasaron unos cinco minutos sin escuchar más que el sonido del viento en sus costados, hasta que Rui confirmó la destrucción del clon, dispuesto a examinar los datos que rápidamente invadían su mente. Para su desconcierto, no pudo ver mucho, solo sombras que nublaron la vista de la réplica un par de veces hasta que su vista se ennegreció. No lo comprendía, pero suponía que, si aquel par había estado perdido desde hace semanas, de algo iban a servir; para aumentar su preocupación, no tenía ni idea de dónde se encontraba el monje, y no había ningún aperitivo al frente para distraerle de aquel hecho.

―Algo no anda bien ―pensó en voz alta.
―¿Qué vio tu clon?
―No sé ni qué vio, pero no es eso lo que me preocupa.
―¿Y entonces?
―Esa técnica la diseñé para poder burlarme de quienes la enfrentaran, la verdad. Si recibe un golpe, debería licuarse y volver a la normalidad, pero no pasó.
―Lo que tu clon vio es la bestia que habita este lugar, es normal que su habilidad no haya relucido.
―Eso no me tranquiliza mucho que digamos. ¿Por qué no funcionó? ¿Otro conveniente nulificador de chakra?
―En realidad…
―Fantástico ―rió―. ¿Y ahora? ¿Quieren jugar a la ruleta de la suerte?
―Llevo meses investigando los datos de lo que acecha aquí, encontramos un libro en el pasadizo que nos sacó de la cueva ―sacó el libro de entre sus ropajes―. Se le debió haber caído a quien se encargue de vigilarlo. Tenemos una oportunidad.
―¿De suicidarnos? No soy muy bueno peleando si me quitan el chakra, sinceramente.
―No tendrás que llegar a eso, esa cosa debe concentrar energía para anular al enemigo, siempre lo hace en la misma parte del cuerpo que te arrebata. Si eres capaz de atacar esa zona, podrás contra él.
―Díganme algo ―interpuso con escepticismo―. Si es tan fácil, ¿por qué no lo han hecho ya?
―No somos ninjas, nuestra familia posee la habilidad de nulificar el chakra circundante, pero es lo único que podemos hacer.
―Si supieran lo aterrador que sería ver eso en un coliseo… ―susurró.
―Me llamo Kina, ya te conociste con Mun.
―Rui, no soy la persona más oportuna del mundo, pero creo que no es el mejor momento para presentaciones.
―Sólo debemos coordinar lo que sé del monstruo con tus técnicas y saldremos victoriosos.
―Tu optimismo es digno de un libro de autoayuda; cuando salgamos de aquí, deberías dedicarte a eso.
―Andando, el lugar de la bestia está muy cerca de aquí.
 
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El monje quedó boquiabierto, tan sorprendido que cayó sentado sobre sus posaderas. Aquel era un gran espectáculo de luces azul neón, un banquete servido para el mejor y único postor. En la mente de cualquier otro, cabía sospechar sobre la naturaleza de aquella puesta en escena. ¿Pero Hiroto? Él estaba completamente cautivado por su horizonte, como un niño con sus golosinas favoritas.

Se sentó apoyado en sus rodillas, cogió desde el tallo la flor más próxima entre sus dedos y haló; esta cedió fácilmente. Contemplativo, llevó la princesa de chakra a la altura de su mirada y la hizo danzar. Le sorprendió que la flor no cediera cuando trató de absorberla para transformarla en un fruto, pero un atrevido ejercicio de lógica resolvió el misterio: la princesa en sí misma ya era el fruto. De tal manera que el emocionado shinobi la devoró de un mordisco, apreciando su temperatura fría y su débil consistencia, que se deshizo en su garganta como azúcar.

Su sabor era magnífico y embriagador, y la sensación, vigorosa, literalmente restauradora. La herida en su frente cicatrizó en un abrir y cerrar de ojos, igual que su dolor de espalda; percibió además un incremento en sus energías y su chakra. Todo parecía demasiado bueno para ser cierto. ¿Y adivinen? No era tan bueno. Hiroto sintió que el mundo comenzó a dar vueltas a velocidad de vértigo, provocando que se desplomara bocarriba. Aquello consiguió amilanar el fuerte mareo, pero no su gran y súbita confusión. Era como si alguien hubiera azuzado su cerebro y ahora todos sus recuerdos, emociones y objetivos, desperdigados, electrificados, trataran de recomponer el rompecabezas.

“¡Hisan!”

Aquel era un nombre familiar, pensó su voluntad. Hiro logró sentarse torpemente, con una rodilla y otra mano apoyadas en tierra firme. Todo parecía indicar que su mente estaba recuperando la uniformidad con el progreso de los segundos. De repente, una silueta que no vio venir se fundió con él en un enérgico abrazo, despidiendo un aroma peligrosamente familiar. Se trataba de una joven mujer, de cabello lacio y castaño, vestida con un kimono muy tradicional. Su rostro permaneció oculto sobre el hombro del monje, cuya mejilla rozó la de ella, humedecida con lágrimas.

―Hisan ―sollozaba, estrujándolo con más fuerza―. Tú…

Su voz mutó en un alarido de dolor, provocado por el apuñalamiento limpio y crudo de una lanza que le atravesó desde el torso frontal hasta su espalda, a la altura del corazón. Acto seguido, el arma se retrajo, provocando que la fémina sufriera un espasmo y desmoronara hacia atrás, sostenida por un atónito Hiroto. Durante un eterno instante, los ojos completamente abiertos de ambos se tropezaron por una última vez, hasta que los de ella se perdieron bajo sus párpados. Estaba muerta.

Guiado por un instinto que prometía respuestas, Ōtsutsuki desvió la mirada hacia abajo para observar su propio abdomen, descubriendo que la Gudōdama flotaba allí, silente, con una protuberancia filosa y ensangrentada. El susto fue tal que separó sus manos de la muchacha con violencia, dejándola caer. ¿Él lo había provocado? Juraba que no conscientemente. Había sido la Gudōdama, por sí misma, por su libre albedrío. Hiro no recordaba que eso fuera posible; al menos, a lo largo de su vida, las esferas jamás habían actuado solas. No se suponía que tuvieran voluntad.

Se fijó en el cadáver. Era terriblemente familiar, pero su cabeza constreñida era incapaz de recordar. La sensación de que acababa de perder a alguien importante estaba allí. La sensación, nuevamente, de que era un asesino. El temor. Todo era tan confuso que nunca se preguntó cómo había llegado la muchacha a ese lugar inhóspito.

¿Yo… la maté?

El cadáver se desvaneció, al tiempo que un estruendo estalló a espaldas de Hiro, levantando una gran polvareda. Este miró en esa dirección por encima de su hombro, descubriendo una mastodóntica criatura, que le observaba fijamente con sus ojos fríos y brillantes como dos bombillos dorados. Esta era tan enorme como un edificio pequeño, de unos quince metros de altura, aun con sus musculadas piernas en cuclillas. Su torso era desproporcionado con el resto de su cuerpo, inflado como una bóveda, pero sus dos brazos eran aún más amenazantes debido a su robustez y extensión, como gigantes barrotes de carne. El rostro lo tenía cubierto por una máscara de hueso que parecía la de un buey gigante. Pero ninguno de esos aspectos era tan perturbador, ni tan intimidante, como el hecho de que la criatura carecía de piel; su carne estaba al rojo vivo, palpitante, sangrienta, con jirones de músculo y arterias adheridas por doquier.

El monje estaba en estado de shock y por ende no reaccionó a tiempo para evitar que, con un movimiento espantosamente rápido, el monstruo lo cogiera como a un muñeco y lo elevara a la altura de su cara. Lo miró más de cerca son sus luminarias, insuflando al chuunin de un gran temor. Sin embargo, esta vez las Gudōdama no fueron a su auxilio. De hecho, le era imposible moldear chakra.

―Hi-san… ―balbuceó la criatura en un tono muy gutural. Nuevamente, aquel nombre hizo tronar su mente sin resultado.

Lo siguiente fue que su cuerpo entero tronó, literalmente, a causa de que su captor amplificó varias veces la fuerza de su agarre. El grito de Ōtsutsuki fue tan desgarrador como el daño que sus costillas produjeron al encajarse en sus pulmones y romperse. Al cabo de unos segundos, se estaba ahogando en su propia sangre.

Casi con desdén, la bestia abrió la mano –tenía siete dedos–, dejando caer al hendido muchacho contra el suelo. El impacto había fracturado más su esqueleto, pero al menos todavía podía usar la fuerza de sus brazos para arrastrarse. Solo quien hubiera vivido una situación como esa podía entender cuál era el impulso que llevaba a alguien a hacerlo, a enterrar las uñas en la tierra y utilizar sus últimas fuerzas en ganar centímetros de distancia sobre una fuerza superior y desconocida.

“La flor…”

Aquella voz le dio el envión que necesitaba para alcanzar entre sus dedos la princesa más cercana. Por alguna razón, el monstruo se encontraba firmemente inmóvil, a la espera. Hiroto arrancó la flor y la metió en su boca cuando estaba por desfallecer; al igual que la primera vez, el fruto se disolvió en energía pura y acto seguido sintió cómo todo su cuerpo empezó a restaurarse; sus costillas volvieron a juntarse; las paredes de sus pulmones se cerraron; la oscuridad se despejó frente a sus ojos. La misma sensación placentera de antes. Sin embargo, con sus mismas consecuencias. El monje se sintió tan aturdido que apenas se reincorporó apoyado en sus rodillas y manos, vomitó.

Oyó sollozos, los mismos que en su ¿primer? encuentro con esa abominación, misma que lo recogió con ambas manos, para después estrellarlo contra el suelo como a un muñeco roto, ocasionando un cráter poco profundo. Demás está decir que esta vez los daños fueron mucho peores, dejándolo tendido y sin posibilidades de movilizarse. Ni siquiera podía sentir sus piernas, por lo que su columna debía estar hecha polvo. Ōtsutsuki dio su vida por perdida, renunciando a apelar un milagro. No esperaba que su maestro llegara en el último momento para salvarlo. La única incertidumbre era si se desmayaría a tiempo para no sufrir una muerte más dolorosa.

Pero en los planes de la bestia no estaba matarlo. Al contrario. Esta última usó una de sus manos para hacerlo rodar hasta una de las flores azul neón. Luego, de la misma mano surgieron dos extremidades menores del tamaño de las de un humano, esqueléticas y alargadas, una de las cuales despegó el tallo mientras que la otra abría la –demolida– mandíbula del cabeza de arándano.

―Co-me…

Una extremidad forzó la princesa dentro de la boca del joven y la otra le cerró la mandíbula, suficiente para que absorbiera el chakra milagroso. Tal cual sucedió antes, Hiro se recuperó de todos sus pesares a cambio de una gran confusión y de escuchar voces sin ningún origen aparente.

“¿Recuerdas ahora?”

La bestia parecía complacida, pero no lo suficiente. Apenas su trasto de juegos se regeneró a plenitud, esta lo agarró a ambos lados de la cabeza haciendo presión con dos de sus dedos, alzándolo por los aires.

¿Iba a estallar su cráneo? Tal vez era lo mejor, pensó el monje, confrontando esa opción con la de seguir sufriendo aquella tortura. ¿Cuál era el objetivo de ese ser? ¿Hacerle morir de puro dolor? ¿Torturarlo? ¿Para qué? Desgraciadamente, la abominación tenía planes más siniestros. Desde la mano con la que lo sostenía emergieron varios brazos reducidos como los anteriores, los cuales se aferraron los brazos y piernas de Ōtsutsuki. Ejerciendo presión, y después de vencer una limitada resistencia de los ligamentos, los gritos del ninja fueron testigos de cómo su cuerpo fue desmembrado inmisericorde, liberando la sangre a chorros por todos los orificios. Ni siquiera tenía control sobre las lágrimas que ahora descendían sobre sus mejillas.

Esta vez no lo soltó. El monstruo usó su enorme brazo libre para agarrar un puñado de tierra repleto de princesas de chakra, las cuales eran recolectadas por otras sub extremidades en el proceso. Lo siguiente fue obvio. La criatura usó varios de sus mini brazos para ofrecer los frutos a Hiroto, pero este no reaccionaba ni iba a reaccionar. Solo repetía entre balbuceos “Mátame”, pero la respuesta siempre era la misma:

―Co-me.


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Cada día me sorprendo más con las ocurrencias de mi hermano. La verdad, nunca he sido fanática de experimentar fuera de mis límites, siempre he preferido basarme en explotar mis capacidades dentro de mi área, que los demás hagan el trabajo sucio. Debo admitir que su forma de ser me intriga cada vez más, y sé bien que ha estado moviéndose últimamente. Me enternece. Desde que perdió a Hisan no para de buscar métodos para recobrarse. No soy quien para obligarlo a detenerse, pero debería comenzar a ponderar las consecuencias de sus actos o terminará por destruirse a sí mismo. En cierta forma, es admirable la determinación que mantiene para plantearse sus horizontes, mientras que yo me he quedado en esta isla por más de medio siglo. Pero no importa, pronto cosecharé mis propios frutos.

Comenzaré a hacerle seguimiento a su obra, tal parece que ha intentado engendrar el poder de Suouyou artificialmente, pobre iluso. Qué curioso, hasta llegué a desear que Hisan volviera por un momento.

Nota de un diario hallado en la isla Rakuen.


~~~


Avanzaron con sigilo por un risco hasta llegar a un punto muerto donde la fémina les indicó que debían escalar. Ante las dudas, sólo respondió afirmando que el monstruo sería imposible de combatir desde el suelo, al menos inicialmente. Nadie se sentía cómodo, ni mucho menos tranquilo; tanto Mun como Kina se notaban cansados, aunque la determinación de ella parecía ser suficiente para mantenerla avispada; su compañero no corría con la misma suerte, siendo más que evidente su fatiga y ansiedad crónica, es probable que por falta de sueño. Pero lo que realmente volvía inusual la situación fue el nerviosismo de Nagare; no sabía cómo, ni por qué, pero desde que comenzó a caminar por esa garganta pétrea se percató de que algo le perturbaba, como si una fuerza invisible pero presente y perseverante se incrustara en su cuello, presionándolo hasta el fastidio.

No había intercambio de información, ni mucho menos iniciativa por parte del ANBU a dar la cara. ¿Estaba sintiendo miedo? No era una sensación fácilmente reconocible para él, al menos no en entornos desconocidos; su naturaleza le impedía ser así en cualquier otra ocasión, no existían razones palpables para perder la calma, hecho que lograba aumentar su impotencia en gran medida. No era miedo a lo desconocido, Ruigetsu nunca demostró temor por una incógnita; al parecer, lo que sí podía sentir era familiaridad con alguna sensación, como un perro reconociendo olores del pasado; le tenía miedo a algo que reconocía como superior, pero ¿qué?

¿Algún efecto del gas? Tal vez, pero no podía asegurarlo; entendía que indagar no le funcionaría hasta que se encontraran con la criatura; prefirió actuar con normalidad hasta tener algo en lo que enfocar su atención, las alarmas no servirían de nada. Aprovechó la vanguardia de Kina para detallarle, intentando descubrir qué le permitía permanecer así luego de los días relatados en aquel infierno. No parecía alguien muy reflexivo, su vista se mantenía siempre atenta, escrutando cada rincón con su mirada, como si su vida -acertadamente-, dependiera de ello. Mun se limitaba a seguirles, cualquier atisbo de su verdadero ser se ocultaba entre el cansancio, no era alguien siquiera sensato en aquel entonces. Quizá tenían un plan más que estructurado, pero la melancolía del aguado le impediría captar el más obvio de las artimañas.

Continuaron desde un nivel intermedio entre la cima repleta de bruma y el fondo del abismo, saltando entre varios riscos de piedra que sirvieron como escalera para llegar a otro gran sub nivel, uno que rodeaba como gradas otro gran espacio inhóspito, distinguible como uno de los extremos del lugar al observar una gran pared de piedra que se cernía al fondo. Aún estaban a medio kilómetro del borde cuando sintieron pequeños temblores en la tierra, junto con gritos difusos que se perdían a la distancia, pero fácilmente reconocibles para Hozuki: era Hiroto. El sólo hecho de escuchar algo tan particular y extraño como los alaridos del monje le hizo espabilar, acelerando el paso rápidamente y siendo perseguido por Mun y Kina a duras penas.

A pesar de que su velocidad le permitió recortar distancias con el punto en cuestión a medio minuto de iniciar su carrera, tuvo que detenerse en seco en cuanto dejó de escuchar los sollozos, intentando divisar a su aprendiz, pero en aquel callejón sin salida no había más que flores rojas carmesí, mismas que brillaban con un tono atrapante, hasta hipnotizante.

―¡Hey! ¡Aquí solo hay un jardín! ―bramó, a la espera de quienes le acompañaban. Las siluetas de ambos se aproximaron con lentitud hasta colocarse frente al aguado. Kina apretaba sus puños y se le notaba temblorosa, como si estuviera a punto de romper a llorar.
―Hay que bajar, la criatura sigue dormida, podremos escapar por un pasadizo en la montaña ―De pronto su voz se había vuelto forzada, temblorosa en ocasiones. Linterna Demonio se colocó al borde del risco, a punto de saltar, cuando recordó lo mencionado anteriormente por Kina.
―¿No dijiste que la única salida era un hueco en el gas?
―L-Lo siento, me prometieron que si te llevaba hasta aquí me liberarían ―comenzó a llorar, justo cuando empujó a Ruigetsu al abismo nuevamente, ejecutando un sello único que cubrió la zona floreada donde recién caía―. Adiós.

Nagare presenció cómo ambos huyeron sin mirar atrás, mientras él aterrizaba entre aquellas flores, sabiéndose engañado y con más preocupaciones que seguían invadiendo su consciencia. Se veía rodeado de aquellas especies tan particulares, de pétalos radiantes y colores tan vivos que hacían preguntarse si realmente eran flores y no algún producto sintético. Comenzaron a titilar, desprendiendo destellos de luz incluso más potentes que los de antes. Un sonido rechinante provino del centro, a pocos metros del lugar donde el agua reposaba, fijando su atención en lo que ahora parecía ser un cuerpo emanando desde la tierra cual fantasma; el ente se posó en cuatro patas, encorvando bruscamente su espalda para tener contacto visual con Hozuki. Su piel era tan negra como el carbón y se notaba reseca; nunca se habría percatado de las similitudes de no ser por la máscara que portaba, una hecha de madera con varios surcos y pintura roja; sus sospechas se hicieron reales.

―Akuma…

El ser, fácilmente reconocido como aquellos cadáveres que colgaban de los Eisei, se mantuvo en aquella pose cuadrúpeda y atenta por un minuto, tiempo en el que Ruigetsu se sabía en completa desventaja si sus percepciones eran ciertas, aguardando lo peor. La criatura gritó con fuerza, haciendo surgir varios paneles negros que se posaron a modo de círculo alrededor de la zona. Nagare debía pensar en la situación por encima de cualquier duda sobre lo que acababa de pasarle, asumiendo a su contrincante como principal altercado para recuperar a Otsutsuki y, sobretodo, intentar salir con vida.

Dedicó una ojeada fugaz a los paneles justo antes de que el Eisei particular se abalanzara con una agresividad y rapidez que dejaban en claro sus diferencias con respecto a los confrontados ante Akuma. Esquivó la embestida, lanzando un par de cuchillas a los tobillos de la criatura; creyó haber acertado, pero bastó con percatarse de que su carrera siguió hacia delante para identificar un nuevo problema: Inton, presente en una aberración tan o más fuerte físicamente que cualquier taijutsuka. Era un combate apasionante, en cualquier caso, pero sabía que no tenía seguridad de victoria, o siquiera de reencontrarse con el monje si otra bestia como aquella lo acosaba.

El Eisei se introdujo en uno de los paneles, desapareciendo por breves instantes, mismo tiempo en el que Hozuki identificó aquella capacidad con una habilidad propia. Al momento, generó sus propios platillos e hizo que estos se posicionaran de tal forma que cubrieran los puntos ciegos desde el cielo. La bestia se dignó en aparecer nuevamente, desde uno de los portales alrededor, volviendo a abalanzarse y siendo esquivada por segunda vez, sólo que, en esta ocasión, volteó en medio de su elongación para lanzar una gran cantidad de púas en contra del aguado. Habría querido evitar tener que licuarse en un lugar lleno de gases tóxicos, pero el hecho de no haber logrado esquivar uno de los proyectiles obligó a su cuerpo a actuar.

―¡Im-pu-ro! ―masculló el ser extraño, con una voz tan deshumanizada como el resto de su ser.

Tan pronto como regeneró la zona afectada, comenzó a sentir un incremento exponencial de cansancio, junto con varios dolores articulares que lo obligaron a soltar un gemido quejumbroso; no era un dolor punzante, pero sí capaz de generar una increíble pesadez mental y física. Acercó el platillo que usaría para transportar técnicas; debía actuar el doble de rápido en una situación así. La bestia volvió a lanzarse, su vanguardia vino cargada con más proyectiles desde que aceleró. Nagare sabía, incluso en su estado actual, que sólo tenía una forma de detener a una criatura capaz de dominar el Inton. Replicó sus acciones, escupiendo brea y activando Nami, mientras el cuerpo de la criatura y el del aguado eran atravesados por sus técnicas respectivas, la confrontación parecía destinada a perecer en medio de dos golpes secos, donde, seguramente, el ANBU perdería por falta de agresividad.

Habría sido así, de no ser porque el aguado aprovechó los kunai lanzados al inicio del combate para transportarse a uno de ellos, dejando a la criatura en un estado momentáneo donde creyó que su propia intangibilidad contrarrestaría la de Nami, dándole un segundo a Ruigetsu para cambiar la naturaleza de la brea y hacer que impactase contra el Eisei. Aquella acción sería lapidaria siendo un combatiente normal; sin embargo, el ser fue capaz de resistir la corrosión, dándose la vuelta nuevamente con más rabia que antes, levantando su diestra y comenzando a apretar fuertemente su puño. En ese momento, el panel a espaldas de Hozuki se acercaba a velocidad de vértigo, mientras que uno de los tantos en los laterales se dirigió a la criatura.

El aguado logró percatarse de lo que haría justo a tiempo para esquivar el portal a sus espaldas, dando un salto hacia atrás mientras el Eisei se transportaba, soltando un zarpazo con impotencia al no lograr alcanzarle; esa sería la última de sus arremetidas amables. De súbito, todos los paneles comenzaron a moverse de un lado al otro, sobrevolando sin patrón distinguible por encima del jardín; Nagare se encontraba en medio de todos, observando cómo su contrincante se desvanecía en el interior de uno. La batalla dio un vuelco garrafal. No existía habilidad que pudiera resguardarle contra el hecho de ser rodeado por portales que parecían infinitos, como una plaga a su alrededor; aquella cosa sería omnipresente y los reflejos del ANBU se mostraban como única herramienta viable para bloquear los ataques.

La primera oleada llegó, aunque el enemigo optó por utilizar una sustancia muy parecida a la brea del Linterna Demonio en esta ocasión, comenzando una lluvia de Inton de la que no parecía haber escapatoria; en aquel punto fue donde bestia y ninja se distanciaron por capacidades de razonamiento, pues tal ofensiva solo podía dar el terreno por perdido: si se disponía a salir de entre los portales, se arriesgaba a caer bajo el efecto de la lluvia o de algún ataque. Lanzó el mismo kunai de antes a los cielos, saliendo del rango de acción de la técnica en un santiamén y teniendo panorama aéreo para comenzar el tiro con arco. Invocó un ave tan grande como él, montándola al instante y comenzando a rociar su propia brea por encima de los portales; le costaba apuntar por el mareo, pero la eyección abrupta de la brea le permitió atinarle a más de uno, destruyéndolo.

Aquello solo sirvió para que la criatura se enfureciera aún más y recurriese a una maniobra suicida.

―¡Im-pu-ro!

Acto seguido, los portales comenzaron a girar y cada uno empezó a lanzar su propia eyección Inton, provocando una explosión de la sustancia en todas direcciones que Ruigetsu -junto a su ave- bloqueó con Safu, misma técnica que logró resistir el vendaval justo antes de destruirse, develando el campo que ahora yacía inundado por elemento Yin junto con el Eisei que respiraba con violencia desde el suelo, observando el vuelo de su adversario con rabia desde una de las paredes de chakra creadas antes del combate. La adrenalina le había impedido percatarse, pero ahí estaban: varios surcos, más y menos profundos, se plasmaban en forma de piel carcomida, producto de la lluvia bloqueada anteriormente; el ardor comenzaba a pasarle factura, pero la pelea estaba a punto de terminar.

Hora de hacer manualidades.

Darse cuenta del encierro que significaba para el Eisei aquella situación fue muy satisfactorio para él, comenzando a ejecutar una última jugada. Resistiendo los mareos y el dolor creciente, ató un kunai a la pata del animal que montaba, quedando colgado por un hilo transparente. Tras ello, se lanzó al pozo azabache mientras ejecutaba una sucesión de sellos, a sabiendas de que la bestia intentaría atacarle. Sin perder el tiempo, colocó un último kunai frente a sí, comenzando a absorber el charco gigantesco de brea hasta hacerlo desaparecer. La bestia intentó atraparle, pero el aguado no perdió tiempo en lanzar su kunai nuevamente hacia arriba, volviendo al lomo del animal en pocos segundos. No le dio tiempo ni de voltear a la bestia cuando se dio cuenta que una sombra oscura empezaba a devorar cualquier luz residual proveniente del cielo; en cuanto volteó, tuvo frente a sí una cascada de Inton que caía desde el kunai en la pierna del ave, pero Nagare sabía bien que aquello no bastaría.

―Encárgate de mantenerte encima de él ―ordenó al animal―. Yo me encargo del resto.

Y por última vez, se lanzó en picada, cuidando siempre el mantenerse cerca de la cascada, y por tanto, de la trayectoria que mantenía la bestia. Fue justo en ese momento, cuando las distancias entre ambos eran mínimas y el líquido negro rociaba a la criatura, que Ruigetsu aprovechó para hacer surgir un geiser Suijin en paralelo a la criatura, misma que soltó un estruendoso alarido ante el dolor que le provocaba tanto el hervor del néctar sagrado como la corrosión de la brea, pues su instinto le impedía detener la alternación entre ser tangible o no.

Ambas lluvias cesaron y la bestia no dejaba de retorcerse en el suelo, con pecho y piernas completamente carcomidos junto con varios sollozos que se intensificaban a medida que su cuerpo se evaporaba. No había sido una lucha fácil, ni siquiera satisfactoria; la integridad de Hozuki se veía desgastada y no se veía capaz de continuar por mucho tiempo. Para su infortunio, cuando se tomaba por ganador, el esperpento realizó un selló único; las flores, que habían permanecido intactas incluso después de aquello, comenzaron a brillar con mayor intensidad, tanto que lograron generar un destello único y cegador, mismo que tragó tanto al Eisei como al ANBU y se esfumó.

―¡Im-pu-ro!



Zim Milo-sama

JE: dentro del post, se hace referencia a estos NPC en varias ocasiones.

-Uzo
-Akuma
 
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La bestia cogió a Hiroto con ambas manos, alzándolo a la altura de su máscara. Parecía que comenzaba a perder la fe primigenia en aquella faena, además que, por supuesto, su objetivo no era que el ninja ingiriera las flores como un fin en sí mismo. En síntesis, eso no estaba funcionando.

Sin embargo, la criatura no había sido dotada de raciocinio sino solo de insistencia. “Come”, volvió a repetir, aunque no hubiera ninguna flor próxima. Sus manos enormes empezaron a hacer presión sobre el cuerpo del monje, produciendo un coro de cracs y quejidos.

“¿Usarás tu poder ahora?”

Se oyó la misma voz de antes, esta ocasión más vibrante y sugerente. Ōtsutsuki sintió la voz en sus venas, pero la voz ya no era solo voz sino un influjo. Algo más. Ya no era solo una invitación bastante clara a reaccionar, sino un empuje que provenía desde lo más profundo de su ser, como el instinto que lleva a todo animal a sobrevivir.

Hiro abrió los ojos con fuerza, y la criatura dejó de constreñir, inexplicablemente consternada. También lo había sentido; después de todo, era pura energía y voluntad, y aquello había sido una manifestación de la misma naturaleza.

De repente, un aguijón oscuro brotó desde la diestra del monstruo; más bien, penetró fuera, igual que la hoja de una espada atravesando un cuerpo. Una especie de brea negra chisposa comenzó a emerger a presión desde el origen del aguijón, y entonces, un hipotético espectador habría entendido todo: el aguijón era una Gudōdama, y la brea chisposa era “sangre”.

La bestia gimió de dolor y arrojó a Hiroto contra el suelo, rompiéndole todos los huesos del tórax. Por fortuna, el monje cayó junto a una princesa y no dudó ni un segundo en llevársela a la boca, digiriéndola a la vez que todas las heridas de su cuerpo desaparecían.

Tres Gudōdama perfectamente esféricas se aglomeraron alrededor de su amo, develando que cualquier impedimento que tuviera para moldear chakra había cesado. La voz se lo hizo entender, y también, que rodeado de esa vegetación mágica que curaba todos los males, el monstruo podía ser otro.

La criatura volvió a rugir y lanzó un manotazo contra el monje, llevado por una ira prehistórica. Las Gudōdama se movieron frente al ninja y comenzaron a proyectar decenas, tal vez cientos y alguno apostaría que miles, picos largos y endiabladamente filosos de su materia, saliendo y volviendo tan rápido que ni siquiera el Sharingan podría verlos.

La extremidad gigante fue aguijoneada tantas veces que terminó hecha girones, deshecha en mil pedazos. Terminó por desprenderse del cuerpo y caer al suelo como una pesada lluvia de granizo.

Ōtsutsuki no se sentía satisfecho, ni siquiera con los gemidos de su torturador. Su entrenamiento en el monasterio le permitió conservar la compostura incluso después de haber perdido la fe en seguir viviendo, de tanto dolor físico, pero una emoción negativa sí brotó de sus vísceras: la venganza.

Las Gudōdama se posicionaron en forma de triángulo rodeando a la bestia, girando a toda velocidad de manera amenazante. El monstruo trató de deshacerse de ellas como un gigantón torpe aventando manotazos a una mosca, pero fue inútil. Acto seguido, las esferas divinas repitieron el procedimiento de antes, creando miles de aguijones que penetraban y rasgaban el cuerpo de su objetivo mientras las esferas satélite giraban más rápido de lo que el ojo podía captar.

Al cabo de unos segundos, toda la integridad del enemigo se había vuelto puré y brea.

Hiro suspiró, para luego perder la fuerza en sus rodillas por un súbito ataque de jaqueca. Las visiones y los sonidos de otros tiempos volvían a llamar a la puerta de su cerebro. “¿Qué me está pasando?”, atinó a pensar, cuando una luz cubrió todo el espacio.

Una nueva entidad descendería sobre los restos de su par, pero para fortuna del monje, su maestro aparecería en el mismo viaje.

St. Mike St. Mike A ese bicho tienen que hacerle Super Effective x4 las Gudodama. Y Hiroto despertó el nivel Jounin aunque no lo sabe (?).
 

Oiseau rebelle
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Fueron leves segundos, pero la sensación mortuoria vivida en un periodo de tiempo tan corto por poco les hace ceder ante el instinto de parar su corazón. Resurgieron, siendo eyectados de sus destellos respectivos, en un claro entre las cosechas, uno que, según detallaron al posar su vista en el horizonte, se ubicaba en la mitad aproximada del “valle”, pues virar hacia ambas direcciones daba a entender que estaban casi tan lejos del pueblo como del fin de aquella garganta pétrea. Lo más importante recayó en su condición de altura: ya no estaban hundidos a merced de los habitantes de la fosa; estaban a punto de suspirar aliviados, como si todo el aire inhalado se hubiese retenido en sus pulmones. Habían olvidado la noción de respirar. Voltearon ante el resonar de crujidos y reacomodos, similares a los de la chatarra siendo compactada, pero se trataba de algo completamente distinto.

Dieron súbita vuelta para atestiguar la aberración que se componía en aquel lugar. Los destellos eran tema del ayer. Ambos parecían haberse fusionado hasta desaparecer, dejando una amalgama de carne, piel y huesos semejante a un puré heterogéneo, misma que se recomponía poco a poco, intentando tomar forma de lo que se atrevían a definir como el cuerpo de una mujer. Sin embargo, cada vez que aquella cosa intentaba comprimir los tejidos y recobrar forma, el último impulso necesario le traicionaba, devolviéndole al estado sin nombre ni forma una y otra vez en rebote. No sabían cómo proceder, ni mucho menos querían atacar a esa cosa, especialmente Hiroto, quien habría dejado a un lado su estoicismo por facciones de temor absoluto, casi traumático, de seguir presente en ese lugar.

Por extraña fortuna, la concentración que tal atrocidad exigía se esfumó con la llegada de la familia Yume al lugar, rodeándoles en los cuatro puntos cardinales. Ruigetsu agitó sus corneas de lado a lado con vértigo, ni él se sentía en sus cabales durante aquel momento, además de una inusual sensación recorriendo toda su piel hasta erizarle. ¿Miedo? Era algo demasiado impío para denominarse así. El cuarteto de degenerados comenzaba a ejecutar sellos sin moverse de su posición, y fue sólo gracias a su velocidad de reacción que el aguado pudo tomar a su aprendiz del tórax y saltar a los cielos. Estuvieron a punto de ser sellados.

O lo estaban.

Un círculo de caracteres indescifrables se formó en la superficie abandonada. Con su salto, varios tentáculos de lo que parecía tinta hirviendo fueron disparados a su posición. A Nagare se le habían agotado muchos de sus recursos y la enervante sensación le hizo actuar sin una pizca de pensamiento, por primera vez en años. Empujó al monje lejos, alejándole de la trayectoria y cayendo a pocos metros de distancia; rodó hasta detenerse junto a la cosecha limítrofe. Fugori no tuvo la misma suerte, siendo apresado de muñecas y tobillos por las extremidades susodichas, mismas que le empujaron a tierra con agresividad y comenzaban a diluirse en su piel, sedándole y dotándole de una coloración tan oscura como la tinta misma. A las puertas del desmayo.

―¡Rui! ―bramó el chuunin con furia.

En un impulso tan iracundo como irracional, las esferas del monje surgieron a sus espaldas y se precipitaron con velocidad sónica a las extremidades del sello, destrozándolas sin detener su camino hasta posarse frente a la familia Yume. Los ojos de Hiro se tiñeron de un azul mucho más claro, casi blanquecino, al momento en que se levantaba con un semblante tan decidido como aterrador; no era él mismo. Avanzó con decisión hasta quedar frente a frente con los miembros de la familia, mismos que habían sido arrastrados como planetas en órbita de las Gudōdamas, flotando frente a él en el espacio. Alzó sus manos, tensas y latiendo como nunca, hincando sus filosas iris en cada una de las víctimas antes de proceder.

―Desaparezcan.

Con el apretar de sus puños, las esferas fueron eyectadas al pecho de cada uno, comenzando a introducirse en su piel sin aparente daño o forcejeo, aunque sus rostros indicaban un dolor mucho mayor, incapaces de moverse, como si lo recién ejecutado por el monje les paralizara sin remedio. Una vez que las cuatro desaparecieron, abrió sus palmas, desatando el poder de las mismas en el interior de cada Yume. Un último sollozo fue callado en sus pulmones con la explosión que se produjo desde el interior de sus cuerpos; los pulmones colapsaron al instante y el corazón casi se carbonizó junto con el resto de órganos vitales, por lo que, a pesar de brutal, la muerte había sido rápida en acabarles. Los restos menos afectados de su cuerpo volaron en todas direcciones, varios tajos de carne y tejido adiposo dieron un golpe seco contra el suelo al caer. No había rastro reconocible de sus cráneos o figuras, todo quedó hecho papilla empapada de sangre, misma que había sido secada y chamuscada parcialmente por la misma técnica.

Ruigetsu atestiguó todo con delirio y falta de consciencia hasta que sus ojos recobraban la luz. En aquel momento, las Gudōdamas se habían redirigido nuevamente, esta vez con destino a la bolsa de carne que seguía sin recobrar forma. Hiroto seguía en su trance asesino y no parecía dispuesto a salir de allí. Hozuki se envalentonó a correr con las piernas aún débiles y temblorosas. Una silueta de ropajes blancos se atravesó de golpe, haciéndole caer de bruces ante la sorpresa, misma que posó una mano en el hombro del chuunin, acto que bastó para desmayarle.

Se volteó, afincando su vista en la del aguado quien parecía más débil que nunca. Un ataque en ese momento habría bastado para matarle, pero no era el tiempo ni el lugar. Le bastó un gesto con sus dedos para que la amalgama se comprimiera hasta implosionar sin dejar rastro, volviendo a desaparecer en el acto, sin dejar de observar a Nagare durante todo el suceso.

~~~

Los días habían transcurrido con normalidad desde el incidente en el valle Shinkin. Un equipo de ninjas especializados asistió junto a Jitna Maku y demás representantes del Horizonte para verificar la naturalidad de los hechos: la familia Yume fue declarada culpable de cientos de homicidios, todo el pueblo sirvió de testigo sin rechistar al enterarse de que el valle había perdido su particular vaho venenoso. Se descubrió, además, que la familia se había coordinado para hacerse pasar por una petición de la esposa del feudal del Agua. Los cargos poco importaron en cuanto el equipo de búsqueda dio con varios restos humanos alrededor de las cosechas, mismos que, según se confirmó, pertenecieron a la familia y fueron destrozados por una fuerza desconocida.

Ruigetsu y Hiroto regresaron a casa gracias a la ayuda del escuadrón enviado a buscarlos tras una alerta de los pobladores, convencidos de que ambos shinobis fueron sus salvadores. El terror se había esfumado, dando paso a un poblado campante y en medio del paroxismo más brillante.

Las investigaciones señalaron, además, un sello dejado en la habitación principal de la mansión Nagare, mismo que intentaron remover con arduo esfuerzo, pero no cedía ni un ápice. La técnica permanece en investigación y todo habitante de la villa tiene prohibida la entrada al edificio, exceptuando a sus inquilinos y ni siquiera ellos tienen permitido entrar a la habitación.

Sin embargo, el lenguaje críptico del sello sí logró ser descifrado, develando un nombre sin sentido aparente.

“Uzo”

El caso del valle Shinkin sigue abierto y sin conclusiones rigurosas.





Zim F. Underwood done
 
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