Original Fic Los Salvadores (Capítulo 2: Dudas)

Mi honor se llama Fidelidad
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¡Hola a todos! Dudo que alguien aquí me conozca, pero he venido para presentarles una historia original que escribí hace algunos años. Podríamos decir que es un borrador, es una historia que empezó como un fanfic de Yu-Gi-Oh! nunca publicado y que con los años ha evolucionado debido a diversas ocurrencias en mi vida, y ha evolucionado tanto que la versión actual se parece a ésta como en un 5%, aun así esta versión está terminada y ha estado guardando polvo en mi ordenador desde hace algunos años ya; así que me dije, por qué no compartirla con alguien. Y bueno aquí la tienen. No quiero publicarla toda de golpe, más que nada para que pueda haber algo de interacción en los comentarios. Así que siéntanse libres de decirme qué piensan de ésta, una de mis primeras y únicas incursiones en el mundo de la escritura, que conozcan a los personajes y su historia así como yo, a su vez, la redescubro. Por esta razón quizá publique uno o dos capítulos semanales.

Pero bueno, sin más preámbulos, les presento: Los Salvadores. Espero que les agrade.


Capítulo 1:
Un nuevo orden mundial


Ese sueño… Una vez más, el mismo sueño lo había abordado mientras dormía. En un principio, aparecía vagamente, entremezclándose con otras imágenes en su cabeza, pero a medida que el tiempo pasaba, iba adquiriendo más protagonismo y se hacía cada vez más nítido. Aunque para ese momento ya no era capaz de recordar la primera vez que lo tuvo, ahora podía rememorar a detalle las imágenes, como si éstas se le hubiesen imprimido en las retinas.

Esa noche, cuando se metió bajo las cobijas, las escenas se repitieron nuevamente como una película.

Su mente fue suspendida en un mar de oscuridad y vacío. Aquel lugar era, probablemente, lo más parecido que uno pudiera encontrar a la nada. El silencio era absoluto, tanto que permitía fácilmente escuchar el tintineo de un alfiler cayendo al suelo.

Pronto, las imágenes comenzaron a aparecer borrosas, distantes, igual que una cámara incapaz de enfocar un paisaje. Poco a poco, todo comenzó a hacerse más claro y lo que era informe comenzó a tomar cuerpo. El cielo nocturno arriba, salpicado de brillantes estrellas. Debajo, la ciudad, con sus altos rascacielos de acero.

Se reconoció a sí mismo de pie, sobre el asfalto, como el joven de dieciocho años que era. Su pelo corto negro y sus ojos cafés. Una especie de armadura negra cubría de manera anatómica su cuerpo, confiriéndole una apariencia más imponente.

A su lado, se proyectaba la imagen etérea, casi fantasmagórica, de una niña de unos doce años que parecía estar levitando. Los cabellos de su cabeza eran dorados y sus ojos, de brillo azul. La toga de sedosa apariencia, caía dejando al descubierto la piel blanca de sus delicados hombros, brazos y piernas. Sin embargo, lo más enigmático de todo era, quizá, el aura angélica que irradiaba de todo su ser.

Ambos, contemplaban como en trance, un rascacielos, el más alto de todos, que se erguía sobre sus cabezas. La sombra en la cúspide igual que siempre. Resultaba imposible advertir cualquier rasgo en ella. A pesar de ello, la identidad de esa figura era lo que más intriga le provocaba al muchacho. Su presencia le transmitía una poderosa sensación de familiaridad que le aporreaba el pecho. Él la conocía, estaba seguro de ello aun cuando no pudiera verle el rostro, simplemente lo sabía.

«¿Quién es?»

No importaba lo mucho que se lo cuestionara, en ninguna ocasión había sido capaz de encontrar respuesta a ello.

Y en ese momento, el sonido parecía alejarse, los colores se perdían y todo se volvía confuso…




***

Caía la noche. El mundo ahora no era más que la sombra de lo que hubo sido alguna. Altas torres plateadas que se confundían con el cielo, estrambóticos hologramas que anunciaban productos variopintos, centros comerciales y discotecas de luces parpadeantes mantenían en actividad a la ciudad que nunca dormía. Aquello era prueba irrefutable de que la tecnología había avanzado a pasos agigantados gracias a los avances de la ciencia.

Sin embargo, esa era la buena vida que sólo podía ser disfrutada por los habitantes de la Capital, la metrópoli edificada sobre los cimientos de la américa septentrional, quienes tenían los suficientes recursos como para costearse todos los lujos que el dinero pudiese comprar. El resto de las personas eran condenadas a vivir vidas miserables fuera de esa utopía terrenal, en las zonas precarias del resto del mundo. En esos lugares, la evolución se había detenido en las edificaciones de concreto que se encontraban en mal estado debido a la falta de mantenimiento.

El gobierno de aquel tiempo también había cambiado. Ahora todo era regido por una organización conocida como la Comisión de Seguridad Pública, la división gubernamental responsable de unificar al mundo en una sola nación conocida como el Sacro Imperio de Zion, bajo la fachada de resolver las crisis económicas que amenazaban con destruir el sistema. Una vez estuvieron en el poder revelaron su verdadera cara: eran un régimen teocrático que clamaba ejercer la voluntad de los dioses en la Tierra, encargándose de mantener la paz y el orden en el planeta.

Uno de sus tantos decretos había sido la implantación obligatoria de un microchip de identificación, un sistema nanotecnológico que recopilaba la información personal, médica y bancaria del portador, siendo este el nuevo método de comercio. Posteriormente se descubrió que todo no era sino una tapadera para encontrar aquellos quienes poseían el «poder de Dios», en otras palabras, una mutación en el ADN que, según ellos, los volvía el siguiente eslabón en la cadena evolutiva. Incluso los miembros de la Comisión eran de estas personas.

La disciplina que se ejercía rezagaba a la de las peores épocas en la historia de la humanidad. Cometer cualquier transgresión menor era acreedora a cumplir una sentencia en el centro de detención, de donde probablemente no saldrías a no ser que fuese en una caja. Por otro lado, crímenes tales como robar eran castigados a ejecución pública, escarmiento para que los marginados, o como ellos los llamaban, los hijos de hombre, no intentaran llevarles la contraria o les pasaría lo mismo. De esa manera era como habían logrado crear una sociedad perfecta, con un índice de criminalidad casi nulo. Habían obtenido paz a través del dominio.

Era por esa opresión que muchos de los hijos de hombre habían orquestado levantamientos, con la esperanza de recuperar la igualdad que se les había arrebatado. Todo fue en vano. La mayor parte de esas personas fueron fusiladas junto con sus familias. A partir de ese momento, los levantamientos fueron decreciendo. Los hijos de hombre tuvieron que someterse ante el implacable poder de la Comisión, deseando en sus corazones que llegaran mejores días en que los más jóvenes pudiesen disfrutar de la libertad que, como tal, se había perdido.

En el centro de esa extensión de tierra que era el continente, se encontraba Ephraim, un pequeño pueblo rodeado por grandes murallas arborescentes que proporcionaban un oxígeno puro que en ningún otro lado se podía respirar. Ahí donde prevalecía el imperante color opaco del concreto, a las puertas de un humilde teatro, podía escucharse a duras penas el resonar de una canción de la lejana época a blanco y negro. El letrero intermitente anunciaba que una función se estaba llevando a cabo. Dentro, había varias hileras de butacas revestidas de terciopelo cardenal, ocupadas por un puñado de personas que parecían estar atentas a lo que pasaba en el escenario. Los reflectores de baja luz amarillenta enfocaban a un grupo de bailarines que se movían con gracia al compás de la música. Vestían chapados a la antigua: ternos, sombreros de copa y bastones que eran batidos en el aire en una coreografía espectacular.

No obstante, si había alguien que se distinguiera de los demás, ese era el pelinegro del centro. Tenía talento. Se movía con más ritmo y fluidez que sus demás compañeros, fruto de su perseverancia. Y eso, sumado a su carisma, y probablemente, al bigote postizo que llevaba adherido al rostro, hacía que la gente posara su mirada en él.

Todos se quedaron estáticos en su última pose cuando se escuchó la nota final de la música. Aplausos y vítores comenzaron a inundar el lugar entre carcajada y carcajada. Los bailarines se tomaron de las manos e hicieron una pequeña reverencia en señal de agradecimiento, y finalmente, desaparecieron detrás del telón que cayó sobre ellos. Otra presentación exitosa.

Ya en los camerinos, bajo la luz de un foco que pendía del techo de un tripero de cables, los artistas se encontraban colgando sus vestuarios y limpiándose el maquillaje de las caras. El joven de cabello oscuro ya se encontraba listo para irse, vistiendo su sempiterna cazadora azul que le caracterizaba.

—Buen trabajo a todos —dijo él.

Un joven de veintitantos, de una abundante mata de pelo negro, una cicatriz que le bajaba por la mejilla y una chaqueta de cuero que le daba la pinta de ser un rebelde sin causa, se le acercó, sonriendo.

—Tú también has hecho un excelente trabajo, Dante —dijo.

Entonces recordó que había escuchado un rumor de que la comunidad orquestaría una manifestación esa noche, en el edificio de gobernación. Esa era su oportunidad, por fin podría aportar algo. Era un revolucionario que ya no estaba dispuesto a mantenerse al margen.

—Jericho, ¿es verdad que habrá un levantamiento? —le preguntó al de chaqueta de cuero.

—Sí, la comunidad lo organizó y algunos de nosotros también iremos —dijo.

—Yo también iré —dijo Dante, sin darle derecho de réplica.

—¡¿Qué?! —Jericho procuró no hablar muy fuerte, para no llamar la atención—. ¡¿Estás loco?! ¡Es peligroso, podrían encerrarte o matarte si vas!

—¿Y cuál es el problema? —objetó Dante—. ¿Qué no te harían no mismo a ti?

—B-Bueno sí —balbuceó. No vio venir la protesta de su amigo—. Pero tú eres más joven, tienes una familia. A nosotros ya nos lo quitaron todo. Sólo nos queda luchar. Pero a ti aún te queda un camino por delante, tienes que aprovecharlo.

—¡Eso no me interesa! —bramó—. Ni siquiera estoy pidiendo tu consentimiento, ya tomé una decisión. Estoy harto de tener que vivir con miedo de que hasta por estornudar nos mande a matar. Ellos se creen mejores que nosotros, se creen elegidos por los Dioses. ¡Hasta nos llaman hijos de hombre! Como si ellos no fueran hombres —se interrumpió y esbozó una sonrisa irónica al recordar de lo que esa gente era capaz-. No… no lo son.

Era verdad. No era como que los levantamientos fueran un evento exclusivo, a decir verdad cualquier que lo deseara podía ir a protestar. A pesar de los esfuerzos de Jericho por ser discretos, todos los demás lo escucharon. Estaban perplejos. Uno de ellos miró a Jericho, como instándolo a dejar que el muchacho hiciera lo que creyera conveniente, después de todo, ya no era un niño.

El camino rumbo al edificio de gobernación no fue muy difícil. No había guardias en el perímetro, al parecer se habían dispersado. Los mosquitos orbitaban los faroles que iluminaban las polvorientas calles a intervalos. De cuando en cuando, veían fuego que crepitaba sobre las calles. Ya habían tenido que carraspear un par de veces para sacar las partículas de ceniza que se habían tragado involuntariamente. Seguramente los inconformes habían tenido un encuentro con los gendarmes y les habían hecho retroceder. Sólo eso explicaría la ausencia de seguridad en la zona. Aunque de ser así, era seguro que no se darían por vencidos, y regresarían en mayor cantidad.

El taconeo de sus zapatos contra el pavimento era lo único que podía escucharse a medida que caminaban. Pero pronto, algo más comenzó a oírse. Eran murmullos, los cuales se volvieron gritos luego de atravesar un callejón que los ubicó a las faldas del edificio de gobierno. Una iracunda muchedumbre rodeaba el perímetro. Lanzaban imprecaciones todos al mismo tiempo, haciendo imposible decir a ciencia cierta qué estaban diciendo. Arrojaban cocteles molotov al edificio, que había sido envuelto en un mar de explosiones.

Jericho se abrió paso entre el tropel, pidiéndole a Dante que permaneciese cerca. Y así lo hizo.

Entretanto, más allá de las nubes, en la órbita terrestre, se encontraba la SS Arcadia, la nave insignia de la flota de la Comisión de Seguridad Pública. Un crucero estelar de gloria siniestra. Era gigantesco, ataviado de placas de blindaje que conformaban su casco. El puente de mando estaba lleno de estaciones y pantallas holográficas operadas por la élite de los técnicos. Una andanada de alertas palpitaba al rojo vivo por toda la nave.

Y en el nivel más alto, desde donde se gobernaba la nave, una mujer de unos cuarenta años enfundada en un saco negro. Su cabello anaranjado estaba recogido pulcramente en una coleta. Los rasgos del rostro se habían endurecido por la severidad propia de los militares. Al lado suyo, su mano derecha, una mujer joven de corto pelo rubio, con las puntas yendo hacia varias direcciones.

—¡Comandante Kelvin, nuestros esfuerzos por contener los disturbios en el sector 47 han sido en vano. Los escuadrones Alfa y Romeo se ha retirado! ¡Es cuestión de tiempo para que irrumpan en el edificio y capturen a nuestros hombres! —dijo uno de los técnicos.

La comandante Janeth Kelvin, líder suprema de la flota de la Comisión ni siquiera se inmutó.

—¡Atención! ¡Todas las unidades de infantería a sus estaciones de batalla primarias! ¡Objetivo: los rebeldes! —ordenó Kelvin con voz potente.

—¡Recibido! —coreó la tripulación.

—¿Así que les tenderá una emboscada? —se dijo la vicecomandante, sonriendo—. Parece que hasta aquí llegaron los hijos de hombre.

—¡Prepárense para el enfrentamiento! ¡Que las tropas comiencen el desplazamiento! —gritó Kelvin.

Los furiosos alaridos de los inconformes que se intensificaban con cada segundo, sólo daban a entender que la euforia se había apoderado de ellos. Como lograran entrar en la alcaldía lincharían a cualquiera que estuviera dentro. Ese era el principal problema de someter a la gente, llegará el momento en el que se harten y no habrá nada que pueda detenerlos, o al menos eso era lo que pensaba Dante.

Apenas se pudo distinguir un sonido que cada vez se escuchaba más fuerte. Los gritos se atenuaron, y todos comenzaron a mirar a su alrededor, intentando hallar la fuente de aquel ruido. Al principio les pareció que era un rugido, pero luego se dieron cuenta que era el fragor de un motor. Un convoy de camionetas blindadas con el escudo de la Comisión rodeó la manzana. Un aluvión de soldados se apeó, marchando en coreografía hasta sus posiciones. Asieron sus escudos, en pos de contener a los atónitos presentes. Dante había sido demasiado ingenuo como para creer que un montón de revoltosos de pueblo podrían hacer algo contra la implacable Comisión.

El silencio duró más de lo que debió haber durado. Uno de los oficiales lanzó un sonoro grito. Fue una orden de arrestarlos a todos y, acto seguido, el cuerpo policial avanzó en tropel hacia la muchedumbre. El pánico se apoderó del ambiente y lo que le siguió fue confuso. Gritos, empujones, golpes, disparos. Muchos murieron atropellados por la estampida de gente. Dante sólo atinó a ver a Jericho, que le indicaba que escapara, antes de desaparecer en la ola de gente que se agitaba de un lado a otro.

Él hizo caso. Consiguió abrirse paso entre el bullicio que le rodeaba, codeando para apartar los cuerpos hasta salir del tumulto. Corrió tan rápido como pudo, dando trompicones a causa de su desesperación. Cuando se quedó sin aliento, optó por refugiarse en un callejón. Miró a ambos lados, asegurándose de no haber sido seguido y, acto seguido, se dejó caer sobre sus sentaderas. El lugar donde se metió no era más que dos paredes de ladrillo con una escalera de acceso que daba a la terraza. Y justo cuando creyó que estaba a salvo, una luz cegadora le iluminó. Se cubrió el rostro con la mano, intentando mitigar el resplandor. La luz se apagó abruptamente, y en su lugar vio una motocicleta montada por un hombre corpulento, de piel morena. Aquel sujeto se apeó de su vehículo y se acercó a Dante, contemplándolo con una mueca de repulsión.

—Vaya, vaya, vaya, pero qué tenemos aquí —dijo el uniformado—. Uno de los hijos de hombre inconformes. Dime muchacho, ¿cuál es tu nombre?

Dante pasó saliva y dio un paso hacia atrás. Su espalda se topó con concreto. No había manera de escapar.

—G-Dante Flores —respondió, enmarcando sus ojos con un ceño fruncido.

—Así que, Dante, ¿nos acompañarás al centro en santa paz? —preguntó.

El chico tan sólo se limitó a apretar los puños, sintiéndose impotente. La cosa no mejoró cuando una de las camionetas de antes se aparcó en el callejón, y de ella bajaron dos uniformados más, los cuales le apuntaron con sus armas.

—Esperen a mi señal —indicó el tremendo gorila.

—Entendido, sargento Titor —dijeron los otros dos al unísono, y bajaron sus armas.

—Es una verdadera lástima que tu linda cara se vaya a tener que estropear —El sargento dio un paso al frente y blandió un bastón de acero.

—Son unos monstruos —dijo Dante con un hilo de voz.

—¿Qué? ¿Unos monstruos? —se mofó Titor, echándose a reír—. No me hagas reír, hijo de hombre. ¿Qué no viste el desastre que armaron antes? Ustedes sí que son unos monstruos que no hacen más que corromper la paz en el mundo.

Entonces lo recordó. Una chispa había nacido dentro de él hacía mucho tiempo. Una chispa que se fue avivando cada vez que veía las atrocidades de la Comisión. Cada vez que alguno de sus compañeros de la escuela le pedía que le regalara su almuerzo porque no había comido en días. Ahora, aquella diminuta chispa se había convertido en una llamarada que abrasaba su interior.

—¡¿Qué paz?! —bramó Dante—. ¡¿La de ustedes?! ¡¿O la que nosotros fingimos para no tener nada que ver con ustedes?! ¡Gracias a ustedes hay millones de personas viviendo en la miseria! —Las lágrimas comenzaron a bordear sus ojos—. ¡No reparan en torturar a niños, mujeres y ancianos cuando los ajustician! ¡Son unos malnacidos! ¡Y encima claman haber sido llamados por los Dioses! ¡¿Qué clase de Dioses querrían ver a las personas sufrir de esta manera?!

Titor sonrió, divertido por la sarta de estupideces que el muchacho le había dicho.

—¿Cómo te atreves a cuestionar nuestro linaje escogido? –preguntó, casi ofendido—. Mocoso, te obligaré a que pidas perdón por semejante blasfemia.

El sargento ya se alzaba imponente frente a él. Desde la perspectiva del muchacho, el tipo parecía ser tan grande como un poste de luz. Titor empuñó su bastón con fuerza y se preparó para asestarle un poderoso golpe al muchacho. Dante dio un traspié y cayó al suelo. Cerró los ojos y espero pacíficamente el golpe, pero éste nunca llegó. Abrió uno de los ojos para ver lo que había ocurrido. Para la sorpresa de todos, el bastón de Titor se había detenido a unos centímetros antes de tocarlo. Era como si una especie de pared invisible lo estuviese protegiendo. Pero ni bien el sargento hubo proferido una imprecación, cuando una fuerza mística lo repelió, arrojándolo por los aires. Derribó todo a su paso, incluyendo a sus compañeros, y finalmente se estrelló contra los vehículos.

Dante no podía dar crédito a lo que había atestiguado, sin embargo, no se detuvo a asimilarlo. No supo de dónde sacó fuerzas, pero fue capaz de dar un salto que lo elevó varios metros en el aire, consiguiendo sujetarse de la escalera de acceso. Sintió un punzante dolor en la palma, seguramente se habría raspado con el metal oxidado, pero no dejó que eso lo detuviera. Se asió de la escalera con la otra mano y levantó todo su peso hasta haber asentado los pies en uno de los fierros.

Los gendarmes se incorporaron con dificultad. Titor se limpió la sangre que la bajaba por una de las comisuras de la boca antes de decir:

—¡¿Qué esperan?! ¡Abran fuego!

Los otros dos no perdieron tiempo. Prepararon sus armas y una lluvia de haces de luz comenzó a llover sobre el muchacho, aunque todos ellos se estrellaron con los muros. Algunas partículas de materia ardiente salpicaron sobre los brazos de Dante, lacerándole la piel, pero no nada grave. Contra todo pronóstico, llegó al techo y se perdió de la vista de los oficiales.

Sólo entonces el sargento ordenó a sus subordinados detenerse, al tiempo que observaba hacia el cielo nocturno con una sonrisa.




***

Más tarde, esa misma noche. En el centro de una ominosa sala sumida en penumbras absolutas, se encontraba un hombre maduro. Llevaba puesto un fino traje de color negro, tan pulcro como el lustroso calzado que usaba. Su largo cabello dorado estaba bien engominado hacia atrás. Su fría mirada estaba dirigida a lo alto de aquella habitación que, si tenía un fin o no, no se podía decir. Ahí en lo alto, podía distinguirse el contorno de cuatro gigantescas siluetas que eran como sombras proyectadas sobre asfalto, formando un semicírculo a su alrededor. En un extremo, el de cabello erizado y ojos refulgentes. A su lado, uno visiblemente más pequeño que el resto, de ojos verdes y de pelo tan largo que fácilmente le caía debajo de la cadera. El tercero estaba en el otro extremo, de pelo corto. Sin embargo, era el último el que resultaba más atemorizante. Estaba en el centro, parecía ser quien presidía la reunión. Tenía cabello largo y ojos profundamente celestes, que rezumaban una inquebrantable voluntad. Cualquier detalle más allá de sus formas y el color de sus ojos era imposible de dilucidar.

Súbitamente, un holograma apareció frente al elegante hombre. Era la comandante Kelvin.

—Señor Henix —dijo ella.

Morpheus Henix, el presidente de la Comisión de Seguridad Pública puso su atención en la comandante, quien no se inmutó ante la mirada del hombre, que hubiese hecho sentir a cualquiera la sensación de ser apuñalado.

—¿Cuál es el problema, comandante? —inquirió Henix. Su tono de voz era áspero.

—Se me ha reportado que a las 2300 horas hubo un muchacho que manifestó una longitud de ondas psicométricas anormal en el sector 74 —dijo Kelvin.

—¿Muchacho? ¿Qué muchacho?

—Dante, Dante Gentile, señor.

El holograma de la comandante se extinguió repentinamente. Henix cerró los ojos, introduciéndose en sus pensamientos y sus manos enguantadas se encontraron en su espalda.

—Dante Gentile… me pregunto si serás ESA persona…
 
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Bien, pues aquí tienen el capítulo 2. Espero que lo disfruten y que me hagan saber sus opiniones y críticas :)


Capítulo 2:

Dudas



Esa noche le costó trabajo dormir. Las pesadillas hacían que diera vueltas una y otra vez entre las sábanas. Le afligía la incertidumbre. La misteriosa fuerza que lo protegió contra aquel oficial y la probabilidad de que lo empezaran a buscar; que lo ajusticiaran a él, o peor aún, a su padre. Era probable, después de todo, había sido participe en un levantamiento contra el máximo poder en el mundo.

Un tenue sonido le devolvió la consciencia. Era un ruido molesto, un pitido, debía de ser la alarma de su despertador. Ya era de día. Los primeros luceros del alba se habían filtrado a través de la ventana, y ahora le acariciaban las mejillas. Se talló los ojos que veían borrosos, buscando mitigar esa sensación de mareo matutino. Inspiró profundo y dejó caer la mano sobre la mesita de noche a su lado. Fue lo suficientemente preciso como para apagar el despertador de una, fruto de haberlo hecho durante tanto tiempo ya.

Se sentó sobre la cama, y descansó la espalda en la cabecera de la misma. Se estiró un poco para despabilarse y posteriormente, apartó las sábanas de su cuerpo, revelando su pijama de franela. Salió de su alcoba y entró al baño. Abrió la regadera. El chorro de agua caliente comenzó a caer, saturando la habitación de volutas de vapor. Se sacó todo lo que llevaba encima, hasta hallarse desnudo frente al espejo. Admiró las medias lunas bajo sus ojos, apenas visibles entre un montón de manchas difuminadas de dentífrico. Se metió bajo el agua y le dio la impresión de que la relajante sensación cálida que sintió, más que despertarlo, parecía invitarle a seguir durmiendo.

Una vez hubo terminado de asearse, se embutió con el uniforme escolar, el cual era apenas una camisa blanca a manga corta y un par de pantalones oscuros. Usó un poco de gel para arreglarse el cabello, dándole ese efecto alborotado que tanto le gustaba, aunque cuando acabó, se veía exactamente igual a cuando recién se había levantado.

El departamento en el que vivía era pequeño. Era, básicamente, un cuadro de concreto dividido en cuatro secciones. Dos habitaciones, un baño completo, la zotehuela y una sala-comedor-cocina. Tampoco era que tuvieran muchos bienes, sólo lo necesario. Dos catres, unos viejos sofás, un par de televisiones analógicas, una mesa, el frigorífico, una estufa y el mueble para los trastos.

En la mesa ya se encontraban servidos dos platos de huevos revueltos, pan tostado y zumo de naranja. Su padre solía levantarse más temprano que él y preparaba el desayuno. Dante se sentó, y luego su padre le acompañó. La sonrisa bonachona del hombre, acentuaba las arrugas de expresión que ya habían comenzado a aparecer en su rostro. A decir verdad, eran bastante parecidos, sólo que su padre tenía usaba anteojos y tenía un estilo más conservador.

—Buenos días, Dante —le saludó.

—Buenos días, —contestó él, comenzando a engullir el desayuno y bebiendo generosos tragos de su bebida.

—¿Qué tal dormiste? –preguntó su padre, comiendo sin tanta voracidad.

Dante se detuvo en seco, agachando la cabeza. Era verdad, lo que había ocurrido la noche anterior no había sido parte de sus pesadillas, era real. La angustia lo embargó, pero intentó no demostrarlo para evitar preocupar a su padre. Al fin de cuentas, si lo peor llegaba a pasar, terminaría enterándose.

—Bien —repuso y se apresuró a terminarlo todo, más porque la conversación estaba tomando un curso que él prefería evitar que por otra cosa—. Bueno, ya me tengo que ir porque si no me van a regresar.

—De acuerdo —dijo su padre, y de pronto pareció recordar algo—. Oye, Dante, por cierto, hoy me toca el turno de la noche en la planta, así que te dejaré preparado algo de comer.

—¡Sí! —dijo Dante, cerrando la puerta tras de sí.

Dante bajó de dos en dos los escalones, hasta que estuvo en la entrada de su edificio, donde se detuvo por un momento. Dejó escapar un suspiro, aliviado, aunque aun así estaba asustado. Necesitaba contarle a alguien lo que había ocurrido. Se metió una pieza de pan tostado en la boca y continuó con su camino.

Las calles comenzaban a llenarse de gente. De personas que ya se encaminaban a sus puestos de trabajo y estudiantes que se dirigían al colegio por pura inercia. En Ephraim sólo había una escuela que atendía las necesidades de todos los alumnos, impartiéndoles asignaturas básicas como matemáticas, ciencias naturales, lenguaje y sociales. Lo necesario para acabar como un obrero al servicio de las exigentes necesidades de la gente de la Capital.

Al cabo de unos minutos, Dante estuvo frente a las puertas de la institución. Aún para un lugar tan precario como esa región, la fachada del edificio era una bonita obra de arquitectura popular. Era todo blanco, grande y con una torre del reloj en el centro. Tenía áreas verdes y canchas para educación física.

Y ahí en la entrada, esperándole como todos los días, se encontraba aquel joven. Tenía más o menos su misma edad. Era un poco más alto que él. El estilizado cabello rubio cenizo, los ojos azul hielo y la tez pálida. Era semejante a los ángeles ministrantes que aparecían representados en los vitrales de las iglesias.

—Buenos días —saludó el muchacho.

Joshua Salvatore era el mejor amigo de Dante. Lo conoció cuando era muy pequeño, la tarde de un día lluvioso, cuando su madre falleció a causa de una enfermedad. Él lloraba hecho un ovillo en una acera cuando el melódico tintineo de las teclas de un piano consoló su herido corazón. Caminó hasta hallar la fuente del sonido, en las ruinas de una capilla. Ese fue su primer encuentro. Dante le había platicado la causa de su angustia a Joshua, quien en respuesta le confesó que su madre también había muerto al darlo a luz. Dante preguntó por su padre, pero él contestó que nunca había hallado indicios de haber tenido uno. Comprendía su dolor y pronto demostró ser un verdadero amigo, estando ahí tanto en las buenas como en las malas, consiguiendo ganarse la confianza del muchacho.

Joshua se mantenía con una pequeña remuneración proporcionada por los agentes de la CSP, quienes le habían ofrecido un convenio aceptar ser su conejillo de indias y someterse a chequeos médicos frecuentes a cambio de su manutención. No obstante, entendía a la perfección su postura respecto a la Comisión y no lo juzgaba, ni se asustaba porque lo fuesen a juzgar por juntarse con él, aunque él fuese neutral, no por el convenio, ya que después de todo los de la Comisión sacaban provecho por ello, sino más bien, porque era lo que se llamaba pacifista. Era quien mejores notas tenía en todo el colegio, además de ser talentoso en todo lo que hacía: deportes y música. Era de los que los profesores presagiaban que, con algo de suerte, sería el único que no moriría en ese basurero.

Dante le devolvió el saludo.

—Luces terrible —admitió Joshua al ver el aspecto lánguido de su amigo.

—Lo sé —dijo Dante—. Es que no pude dormir demasiado bien.

—Vaya. Bueno, no hay de qué preocuparse. Estamos en verano y en un par de semanas saldremos de vacaciones. Entonces podrás descansar a gusto.

—Sería más alentador si pudiéramos salir de aquí. Ir a una isla paradisiaca con spa o algo por el estilo —suspiró Dante.

El zumbido casi nasal del timbre resonó por toda la escuela. Los muchachos se miraron las caras y convinieron en no perder más tiempo y entrar a las instalaciones. Se negaron a pasar una escena humillante frente al resto de sus compañeros si alguno de los maestros que estaban de guardia, los regresaban por entrar después del toque.

Llegaron al salón justo a tiempo. El profesor recién había arribado y, tras pedir su autorización, les permitió entrar. Todas las aulas eran idénticas. Con unos quince pupitres de madera repartidos por todo el lugar, un pizarrón verde y un escritorio para el maestro. Nada muy elaborado. Dante ocupó su lugar en la penúltima hilera, junto a una ventana que daba al jardín. Joshua se sentó en el pupitre adyacente. Sacaron sus útiles y el profesor comenzó con su perorata, de la cual Dante se aburrió muy pronto. Comenzó a divagar en sus pensamientos, aún con esa carga de culpa y preocupación abrumándolo. Pasó el dedo encima del corazón escarbado en la placa de madera de su asiento. Seguramente lo habría hecho una niña, pensó, y cómo lo detestaba, había gente que maltrataba el inmueble escolar a sabiendas de que no había presupuesto para más. Eso sí que era no tener consciencia. Joshua lo miró de soslayo un par de veces, preocupado por su actitud despersonalizada.

Pronto, el timbre volvió a sonar. Dante se sobresaltó. Había memorizado el horario, por lo que sólo bastó echar un vistazo al reloj colocado sobre la pizarra para saber que era la hora del receso.

En el patio, miró a su alrededor en busca de un lugar dónde sentarse. Si bien en la cafetería, y a lo largo del patio habían distribuidas varias mesas, él siempre se había inclinado por disfrutar sus alimentos bajo la sombra de un buen árbol, y esa ocasión no fue la excepción. Tardó unos breves segundos en avistar un gran abeto de tronco grueso y frondosa copa que tamizaba la columna de luz que sobre ella descendía. Se le escapó un gemido al hacer un esfuerzo para sentarse sobre el césped adornado con brillantes gotas de rocío. Adosó su espalda contra el rugoso relieve e inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aire más puro que se pudiese respirar. Abrió la bolsa de papel, sacó el sándwich de queso que su papá le habría preparado y comenzó a degustarlo.

Joshua se le unió al poco rato. Los minutos se les pasaron volando entre plática y plática. Hablaron concerniente a los exámenes finales que serían a finales de mes, del festival de clausura que solía hacerse y de las vacaciones, y las incipientes salidas que aquello conllevaba, aunque probablemente acabarían yendo a la sala recreativa que estaba en el centro del pueblo, como siempre.

Y entonces, de repente, la sonrisa se esfumó del rostro de Joshua. En su lugar, había una expresión severa y un ceño fruncido. Una gota de sudor deslizándose por la mejilla. Se le hizo un nudo en la garganta cuando lo abordó.

—Dante, hay algo que quiero preguntarte y me gustaría que fueses honesto… —comenzó a decir.

El aludido pasó saliva que le bajó espesa por la tráquea. ¿Se habría enterado ya de lo que había hecho anoche?

—¿Q… Qué pasa? —preguntó.

—Bueno, es que en todas las clases parecías haber estado en la luna, así que me preguntaba…, si habría algo de lo que quisieras hablar.

Dante se mortificaba. No sabía si contarle a su amigo lo que le había ocurrido la noche anterior. Temía que lo fuese a tomar a loco o a lo mejor lo increparía; sin embargo, su amigo tenía derecho a saber lo que había ocurrido ya que quizá podrían acusarlo de cómplice en sus actividades vandálicas, además, los amigos no se ocultaban cosas, ¿verdad? Al final reunió el coraje necesario para hablar. Él consideraba a Joshua como alguien muy letrado, por lo que parecía factible que, en el mejor de los casos, pudiera orientarlo un poco.

—Bueno…, la verdad es que sí hay algo —confesó, cabizbajo—. Lo que pasa es que anoche participé en un levantamiento cerca del edificio de gobierno y pues todo salió muy mal… E… El caso es que estuvieron a punto de atraparme, pero justo cuando parecía que todo se había perdido, una especie de misteriosa fuerza me salvó. Empujó a los oficiales que me tenían rodeado y los mandó volando por los aires… Sé que creerás que estoy loco, pero juro que estoy diciendo la verdad. Entenderé si decides dejar de hablarme. En verdad lo siento.

Levantó la cabeza y miró el rostro de su amigo. Él lo miraba cálidamente, como un hermano mayor que escucha las metidas de pata de su hermano menor. Y eso era para él: un hermano.

—Para nada quiero terminar con nuestra amistad. Todos cometemos errores, pero todo estará bien mientras nos arrepintamos. No hay nada qué preocuparse.

—Gracias… —musitó Dante, que no entendía la condescendencia de su amigo.

—Ahora, respecto a lo otro que me comentaste —dijo—. No creo que estés loco, al menos no veo razón por la cual estés mintiendo, y no eres tan mal mentiroso como para intentar distraer la atención del problema con algo así. Según me cuentas, aquello puede ser una de esas cosas que se conocen como poderes parapsicológicos. No sé mucho del tema, sólo sé que son habilidades místicas que, según esta pseudo ciencia, el cerebro humano puede generar. Aunque si deseas más información, estoy seguro de que podrás encontrar algo al respecto en la biblioteca y en internet también.

La declaración de Joshua le dio vueltas en la cabeza el resto del día. Cuando la jornada de estudios concluyó ese día estaba decidido a seguir su consejo. Tan pronto sonó el último timbrazo, se echó las correas de la mochila a los hombros y salió volando del salón.

En la biblioteca de la escuela casi no había nadie, apenas unos cuantos alumnos que buscaban material de investigación para sus proyectos o, simplemente, para aprender más. El lugar era relativamente amplio. Desde la entrada ya podían verse las filas de libreros retacados de libros. También había estantes colocados en todo el contorno del lugar. Era una vasta colección, pensó Dante antes de acercarse a la recepción.

—Disculpe —llamó él.

El hombre que tecleaba tras la computadora lo volteó a ver.

—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte?

—Buscaba algún libro que hablara sobre parapsicología o poderes mágicos. Cualquiera está bien.

Quien lo atendía se rascó el mentón un momento.

—Sí, me parece que hay algo de eso. —Y volvió a teclear en el computador anticuado del que disponía—. Sí, hay varios títulos. Los puedes encontrar en la sección de filosofía.

Dante agradeció el gesto con una reverencia y, acto seguido, se introdujo entre las murallas literarias. Atisbó curioso el aluvión de volúmenes variopintos: de diferentes grosores, material de las pastas, géneros, autores y épocas. Desde volúmenes con conocimientos alquímicos hasta estudios más contemporáneos que no diferían mucho. Pensó que la ciencia, hasta cierto punto, no era muy diferente de cualquier libro esotérico, o más bien, que las creencias supersticiosas de antaño no estaban muy alejadas de la verdad científica. Escudriñó los títulos de las obras, y tomó una titulada «Los escogidos». Lo hojeó y escrutó algunas palabras plasmadas en las páginas. Una de ellas hablaba de que antes del día terrible, aparecerían niños especiales que harían descender fuego del cielo. También hablaba de que el mundo sería controlado por una orden sacerdotal que lo controlaría todo. Le aterrorizó la similitud que hallaba entre el texto, lo que estaba pasando con él y la organización que lo dominaba todo. Tomó otro, «Poderes psíquicos». Aquel era un estudio más profesional que rezaba que, el cerebro era un órgano del cual se utilizaba apenas una mínima parte, pero que era posible entrenarlo para poder utilizar más de esta capacidad psíquica y poder desarrollar habilidades tales como la telequinesis. Decía que, si un humano fuese capaz de utilizar el poder de la mente en su totalidad, no sería diferente de un dios.

El cielo había adoptado un color anaranjado propio del crepúsculo, y Dante ya era bañado por diferentes matices de rojo cuando tenía ya una pila de libros sobre los brazos. Se fijó en el reloj de pulso que traía puesto. Las cinco en punto. Se le había ido el tiempo en un abrir y cerrar de ojos. No tardaba para que el velo nocturno se cerniera sobre el pueblo, pero aún le faltaba muchísimo por leer. No se lo pensó dos veces antes de optar por ausentarse del teatro esa noche y decidió llevarse los libros a casa para reanudar su investigación. En la recepción, el hombre que lo atendió le pidió que escribiera sus datos en una libreta y los títulos que se llevaba. Tras ello, partió.

Se oscureció en el trayecto de la escuela a su casa. Cuando llegó estaba todo sumido en sombras. Encendió la luz de la sala y llamó a su papá, mas no hubo respuesta. Entonces recordó que por la mañana le había dicho que no estaría debido al trabajo. Su padre trabajaba en la planta eléctrica, por lo que a veces se le requería que trabajara en un turno matutino o en uno nocturno, y en esa ocasión había sido lo último. Dante se regocijó, era del tipo de personas que disfrutaba la soledad, y sobre todo en la noche.

Jaló una bolsa de papitas fritas de la alacena, agarró los libros que había tomado prestados, encendió la vieja laptop para ampliar su búsqueda y se tiró sobre su colchón. Alternó entre los libros y los artículos que encontraba en internet, encontrando información interesante que aparecía de manera cuasi intermitente en las diferentes fuentes. Leyó que esas habilidades sobrenaturales se detonaban con emociones poderosas como la que tuvo en aquella confrontación con la CSP, pero que, con el debido entrenamiento, podía manipularse a voluntad. Vio videos de gente que presuntamente tenían este don y que lo usaban para mover objetos con la mente. Si esos videos eran auténticos o retocados, no podría decirlo; empero, decidió darse una oportunidad.

Ubicó un lápiz cerca suyo, en la mesita de noche, y, siguiendo las instrucciones de los libros, cerró los ojos, se relajó e inhaló hondo y luego expulsó el aire en una bocanada. Sintió su propia energía fluyendo a través de su cuerpo como la sangre fluía a través de sus venas. Fijó la mirada en el lápiz y se concentró en poder transmitir esa energía en ese solo punto… No pasó nada. Comenzó a sentirse como un idiota, y justo cuando estaba por darse por vencido, se percató de que el lápiz estaba vibrando. Estaba anonadado aún a esas alturas, pero no se distrajo más y forzó la vista sobre el objeto. De repente, se escuchó un chirrido, el lápiz saltó como una bala y fue a ensartarse en el techo de su habitación.

Dante se puso de pie sobre su colchón y acercó temeroso una de sus manos al objeto aflautado. Tuvo que usar algo de fuerza para sacarlo del concreto, pero cuando lo logró notó que había entrado limpio. El orificio también era una circunferencia perfecta, era como si el lápiz hubiese atravesado algo tan blando como la gelatina. Todo aquello le pareció mágico y divertido, sin embargo, poco sabía que su vida estaba a punto de cambiar.
 

Mi honor se llama Fidelidad
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Hoy: doble capítulo, disfrutad!



Capítulo 3:
Primer encuentro


A la mañana siguiente, ocurrió la misma rutina que al día anterior: el despertador sonó, se levantó, se metió a bañar, desayunó y se encaminó a la escuela. A sus puertas lo esperaba Joshua como de costumbre; sin embargo, ese día no se dirigió en su compañía al salón de clases. Tenía algo de sed, por lo que le pidió a su amigo que se adelantara, mientras que él iría por un vaso con agua.

La sala de espera, que estaba contigua a la oficina de la directora, era la única habitación en todo el edificio que contaba con un dispensador de agua. La razón de esto era que, de otro modo, los estudiantes se las ingeniaban para pedir permiso para ir por agua a los docentes, y terminaban saltándose la clase.

En el camino, el joven pensó en lo que había ocurrido durante la noche, cuando logró mover el lápiz sin siquiera tocarlo. Le costaba creerlo, aun cuando él mismo lo había experimentado. Se lo contaría a Joshua, estaba seguro de que él lo creería, y cosas como esas son las que no te puedes guardar para ti solo por más que quieras.

Giró el picaporte de metal y abrió la puerta. La habitación no era muy grande. Tenía unos cuantos asientos acolchados adosados a la pared, un par de cuadros de autores desconocidos colgados adornando el lugar y el escritorio de la secretaria, pero lo más importante, al menos en ese momento, era que también estaba aquel tan ansiado dispensador para agua.

El muchacho se quedó parado ahí, en el umbral. Reparó en la luz amarilla que iluminaba los confines de un cuarto cerrado. Recorrió el lugar con la mirada. La secretaria no estaba, menos mal, de lo contrario lo primero que hubiese hecho nada más al verlo sería chillar de qué hacía fuera de su clase. Sin embargo, había alguien allí, además de él, cuya presencia apenas advirtió a causa de su quietud. Estaba sentada en uno de los asientos. Él se quedó sin aliento, examinándola por unos segundos. Era hermosa, de piel blanca y deleitable, nariz respingada y delicados labios llenos de sangre palpitante. La cascada de bronce que era su cabello descendía en perfectas ondas sobre los hombros. Estaba enfundada en un recatado vestido que le llegaba a la altura de la rodilla, dejando a la vista las torneadas piernas casi tan blancas como el vestido que usaba. Un suéter de igual color y unos tenis oscuros completaban el atuendo de la bella jovencita. Ella pareció sentir la penetrante mirada de Dante, puesto que, con un parpadeo, cruzó sus ojos grises con los del muchacho.

Dante se sobresaltó. El modo en que se la había quedado viendo había provocado una sensación incómoda en ambos.

—Hola —dijo la chica, intentando romper el hielo.

La voz de Dante se atoró en la garganta. Carraspeó, recuperó la compostura y desvió la mirada con desdén.

—Hola.

Volvió a lo suyo. Se acercó al garrafón y tomó un cono de papel. Presionó el botón del dispensador, mas no salió nada. Hizo falta que presionara el botón unas cuantas veces más para asimilar aquello.

—No hay agua.

«Ya me di cuenta» se le cruzó por la mente al muchacho, procurando no pensar en voz alta.

—Recién han mandado a alguien a ir por un garrafón nuevo —informó la chica.

—Oh, bien —dijo él.

No era que aún estuviera inmutado por la belleza de la chica, sino más bien, era que le costaba trabajo socializar con cualquier persona. La vida le había enseñado a no confiar ni en su sombra, por lo que siempre era bastante precavido. Era por esa misma razón, que el número de amigos que tenía podía contarlos con los dedos de la mano.

La puerta tras de sí se cerró. Se escuchó una voz chillona.

—Perdón por la espera, hija, ya traigo tus papeles del archivero.

Dante miró por encima de su hombro. Era la secretaria, la Srta. Kumón —que de señorita no tenía nada—, una mujer cuarentona, oronda y de baja estatura. Tenía el pelo rizado con bigudíes y teñido de rojo carmesí y vestía un traje de oficinista en lavanda. Traía una tanda de documentos bajo el brazo. Él reconoció los pequeños ojos de cerdito tras los anteojos redondos de armazón grueso.

—¿Pero qué está haciendo usted aquí, joven? —recriminó la Srta. Kumón, al advertir la presencia del muchacho—. Hace ya un rato que sonó el timbre, debería estar en su aula.

—L… Lo siento, Sra. Kumón —balbuceó Dante—. Quería un poco de agua, así que he venido y…

—Pues supongo que ya te habrás dado cuenta de que no hay —le interrumpió—. Ahora más vale que te vayas a tu clase antes de que te reporte.

—B… Bien… —musitó él, tras lo cual salió de la sala con la cola entre las patas.

De nueva cuenta, se encontró en los pasillos de la escuela, caminando cuasi automáticamente. Se sabía el horario de memoria, por lo que sabía exactamente a qué salón acudir. Ya no tenía más sed. Ahora la ansiedad se había canalizado hacia sus pensamientos respecto a aquella chica, ¿sería una alumna nueva? Imposible, el verano se acercaba, sería absurdo que ocurriera una transferencia a esas alturas del ciclo escolar.

Entró a su salón con una advertencia del maestro de turno, quien le dijo que de volver a llegar tarde a su clase, se quedaría afuera. Él asintió con un suspiro de resignación, y acto seguido tomó su lugar. Joshua le recalcó en tono de susurro su retraso, a lo que él replicó de muy mala gana que ya había recibido suficientes llamadas de atención por ese día.

Todo continuó como cualquier otro día, hasta la hora de tutoría, fue ahí cuando todo cambió. El profesor al frente de la clase tenía unos anuncios que hacer, empezó con lo referente al convivio de fin de ciclo, pero lo más impactante ocurrió cuando alguien de la administración le llamó desde la puerta, comunicándole algo que sonó como un murmullo. Luego, anunció que había un estudiante transferido que sería presentado.

—Pasa, por favor.

La puerta fue atravesada por la chica que se había encontrado en la mañana. Al final sus sospechas habían sido certeras. Realmente era una estudiante de intercambio que se incorporaba a unas semanas de terminar el curso.

—Ella es Anna Rey —la presentó el profesor—. Ella se mudó a Ephraim hace unos pocos días desde la Capital, y nos estará acompañando estos días y a partir del próximo año también. Sean amables con ella.

—Es un gusto conocerles —dijo Anna, haciendo una reverencia.

Todo el mundo estaba atónito. No veían con buenos ojos a nadie que viniera de la Capital, a la gente que los discriminaba y los etiquetaba como hijos de hombre. Seguramente ella era igual, una petulante chica que se sentía superior a todos ellos juntos. Para Dante, la cosa era cada vez más rara, ahora la cuestión no era sólo por qué se había transferido al final del año, sino por qué se mudaría de la Capital a ese paupérrimo pueblo. Nada tenía ningún sentido.

El profesor no siguió esperando a que le dieran la bienvenida todos, de cierta manera, lo había visto venir, por lo que procedió a indicarle dónde se sentaría a partir de ahora. Señaló el asiento vacío que se encontraba justo en el centro del salón, como si no resaltara suficiente por el simple hecho de ser la misteriosa chica nueva. Las miradas siguieron a la muchacha que desfilaba entre los asientos. El suave aroma a perfume saturó el aire. El repiqueteo garboso de los tenis contra el linóleo. Finalmente, se sentó en el lugar designado y Dante la miró de refilón. Ella pareció percatarse de esto, pues giró levemente la cabeza y le dedicó una sonrisa. Dante desvió la mirada a la paleta del pupitre y procuró hacer como si no existiera durante el resto de clase.

Desde ese momento hasta casi el final del día, la tensión y la incomodidad plagaron el ambiente. La última clase era química, se dijo Dante, aprestándose para salir al patio, ya que no contaban con laboratorio. Entonces la volvió a mirar y se preguntó a quién sería asignada de equipo. Durante todas las clases, la mayor parte de sus compañeros no hizo más que ignorarla o cotillear desagradables indirectas contra su persona. Era de esperarse, después de todo era una chica de la Capital. Atiborrándose hasta al hartazgo de comida gourmet y gastando grandes cantidades de dinero en ropa de alta costura para estar siempre a la moda. No parecía que nadie quisiera tenerla con ellos. Bueno, quizá la única excepción eran Samantha y Michelle, las dos niñas más odiosas del grupo, unas completas chupamedias que se la pasaban elogiando a Anna en busca de su aprobación. Pero qué poca dignidad tenían. Anna, por su parte parecía indiferente ante la veleidad de los comentarios.

Fuera, en el patio, se encontraban repartidas varias mesas con diferentes instrumentos sobre ellas: pinzas, tubos de ensayo, embudos y demás. Era inteligente trabajar en el exterior, ya que si algún experimento saliera mal, se correría menos riesgo al aire libre que en un aula aislada.

Los chicos se colocaron por parejas en sus estaciones de trabajo. Pusieron sus cosas en el suelo y el docente comenzó a pasar lista. Uno a uno, fue nombrando a cada integrante de la clase, quienes confirmaban su asistencia cuando escuchaban su nombre. Dante realizó que la pausa después de que el profesor pronunciara el nombre de su compañero de equipo se prolongó más de la cuenta. Se volvió a repetir el nombre y no hubo contestación. Dante no se había percatado que su compañero se había ausentado ese día, quizá porque había estado divagando demasiado.

Una vez que hubo terminado de pasar lista, el profesor le pidió a Anna que llenara provisionalmente la vacante en la estación de Dante. Vaya suerte con la que corría ese día. Cómo detestaba estar con un desconocido, la sensación incómoda de no saber qué decir. Lo que era peor es que dicha persona era encima de la Capital. Inaudito.

Anna llegó hasta su lugar. Se quitó su mochila y la colocó debajo. Giró la cabeza levemente para mirar al muchacho quien miraba fijamente los instrumentos que tenía en frente.

—Hola otra vez —dijo ella.

—¿Ah? Sí —fue la contestación del muchacho.

—¿Siempre sí conseguiste ese vaso con agua?

—Pues no —contestó muy escueto, sin siquiera voltear a verla.

El profesor comenzó con la clase. Explicaba las instrucciones para hacer una solución básica al tiempo de que caminaba por los espacios entre las mesas. Los muchachos se pusieron sus gafas de seguridad y se pusieron manos a la obra. El metal de las pinzas que tintineaba al entrar en contacto con los tubos de cristal producía un sonido casi melódico.

Dante se dispuso a comenzar a trabajar, aunque de mala gana. Anna desistió de tratar de hablarle. Decidió que era tiempo de hacerse a la idea de que no le agradaba a nadie de ahí.

El muchacho añadió unas cucharadas de bicarbonato al tubo de ensayo. Siguió agregando más elementos a su composición, dándole apenas oportunidad a Anna para poder participar. Su sola presencia le desconcentraba, simplemente seguía los pasos por inercia. Las palabras del profesor se sentían lejanas, como si no fueran más que una música de fondo. Ni siquiera se fijó cuando tomó el vinagre por error y lo vertió al final en la mezcla.

—¡Espera! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Eso no…!. —La voz de Anna le llegó demasiado tarde.

Entonces ocurrió la reacción. Un líquido tan espeso como espumoso saltó fuera del tubo hacia el cielo despejado. La clase entera ahogó un gemido. Dante trastabilló y cayó al suelo, sobre sus posaderas. Su compañera pegó un brincó hacia atrás, parapetándose del chorro que se desparramaba por las orillas de la mesa de madera. Lo siguiente que escucharon fue un gruñido molesto. Humberto Calvo se levantó furioso de su asiento. Ese sujeto era el más infame estudiante, no sólo del grupo, sino del colegio entero. Él y su pandilla estaban involucrados en delincuencia juvenil, y no el tipo de delincuencia en la que entraban los levantamientos, sino del tipo que dañaba directamente a los propios marginados. Había repetido año varias veces ya, llevando a los profesores a creer que sólo asistía al colegio para no tener sus qué veres con la Comisión. Lo que acababa de ocurrir no era para nada una buena señal.

Una inocente risa se escapó de los labios de Anna, al ver los pantalones de Humberto manchados con aquella sustancia. Humberto se volvió hacia ella, con las venas de la cabeza rapada hinchadas por la rabia.

—¿De qué te estás riendo, perra? —interrogó Humberto, irguiéndose imponente ante ella.

La sonrisa en el rostro de Anna desapareció de repente. De ninguna manera se había reído con intención de ofenderlo, sólo era que la escena entera le había parecido divertida.

—Así me gusta. Más vale que no tenga que volver a ver esa estúpida sonrisa en tu cara.

—Humberto, vuelve a tu lugar —intervino el profesor, pero su voz fue opacada por la de Anna.

—¿O qué? ¿Me golpearás? —inquirió—, ¿así te sentirás más hombrecito?

Nadie pudo dar crédito a sus oídos. ¿Acaso estaba loca? Humberto era un sujeto peligroso, nadie se atrevía a llevarle la contraria ni de broma, y ella se había atrevido a confrontarlo. Humberto mostró los dientes igual que un perro salvaje antes de lanzar su ataque.

—Maldita zorra —bufó y se relamió los labios—. Tienes una linda cara. Disfrutaré la expresión que pongas cuando te haga mía.

Anna no se inmutó ante la amenaza; en cambio, frunció el entrecejo de manera desafiante. Humberto extendía uno de sus brazos de hierro en dirección a la chica, en pos de sujetarla, cuando súbitamente una mano lo detuvo por la muñeca. Tanto Humberto como Anna se sorprendieron al ver quién se había metido a defenderla. Era Dante, que no parecía dispuesto a dejar que le hiciera daño a la muchacha. La verdad era que no lo hacía por ella, más bien lo hacía por sí mismo, por sus propios principios. Aún si se trataba de alguien de la Capital, era justo para no ver esas cosas por lo que peleaba. Joshua también llegó para socorrerlo, más para servir como escudo humano que para otra cosa.

—¿Pero qué carajo? —se mofó Humberto.

—Escúchame idiota, no permitiré que la toques, ¿entiendes? —exclamó Dante.

Humberto se liberó de la mano enclenque que lo sujetaba.

—¿Y quién va a impedírmelo? ¿Tú y tu amigo marica? Más vale que te prepares, porque te domaré como la buena perrita que eres.

Dante apretó el puño, preparándose para asestar el primer golpe. Era cierto, tenía miedo, pero debía hacer sacrificios para alcanzar sus metas, aún si no ganaba. Deseó con todas sus fuerzas que su cerebro trabajara al triple para que ese místico poder lo ayudara. El primer golpe se hundió en su estómago, sacándole el aire. Cayó sobre sus rodillas, abrazándose para intentar atenuar el dolor. Humberto lo cogió por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo, antes de regresarlo a él de un golpe que le dio de lleno en el rostro. El chico paladeó el sabor a hierro de la sangre que había comenzado a rezumar de su boca. El pie de Humberto aplastó su cabeza contra el suelo, obligándolo a besar el asfalto. Y justo cuando el maleante se preparó para propinarle el golpe de gracia, algo lo frenó.

—¡Detengan este espectáculo de una buena vez!

Era la Sra. Kumón. El profesor había enviado a un alumno a buscarla para que le ayudase a controlar la situación, y ahora se había acercado para separar a los contendientes.

—¡Con que una pelea! —bramó la Sra. Kumón—, ¡Criminales, les voy a hacer sentir el peso de sus acciones! ¡Joven Dante, póngase de pie y vaya a la enfermería. Después hablaremos con la directora de esto! ¡Y usted, Humberto, me acompañará directamente a la dirección!

Humberto hizo caso omiso a la orden de la secretaria. Se dio la media vuelta, y tras escupir el suelo, se fue del lugar. Por supuesto, los docentes fueron tras él, de ninguna manera eso se iba a quedar así.

Dante se incorporó con la mejilla hinchada palpitándole. Se frotó la boca con la mano, para borrar la mancha de sangre, pero sólo consiguió llenarse la cara de tierra. Anna aún seguía ahí, y lo miraba aún atónita.

El muchacho tomó la palabra, para su sorpresa.

—No me lo agradezcas. No somos amigos ni nada, sólo lo hice por convicción. Espero que la próxima vez no cometas una tontería así. La próxima vez quizá ni yo ni los profesores estemos para ayudarte.

—Yo sola puedo defenderme, no pedí tu ayuda —dijo ella.

Dante se volvió, perplejo. No se había esperado una respuesta así.

—¡Pues bien, no sé ni siquiera por qué te ayudé! ¡Ni siquiera eres agradecida por eso!

—Tú quisiste jugar al superhéroe.

Dante chistó disgustado ante la actitud insolente de la chica.

—¡Como lo supuse, todos los de la Capital son iguales!

Después de haber aclarado su disgusto mutuo, la jornada de estudios finalmente terminó con un timbrazo. Para el crepúsculo, cuando los matices malvas y sonrosados incendiaban las nubes en una explosión de color, Dante se dirigía camino al teatro. Aún no podía creer que había ayudado a esa estúpida niña. Pero diablos que era molesta. Era ruda y poco educada. De la clase de personas que él más detestaba. Y aunque lo que menos quería era pensar en ella, involuntariamente terminaba haciendo todo lo contrario. Al menos, cuando estuviera arriba del escenario olvidaría el mal trago. Se preguntó cómo les habría ido el día anterior, que él había faltado.

Para cuando se dio cuenta ya había llegado. ¿Pero qué era ese olor? Percibió un asqueroso olor a quemado. Dante alzó la mirada hacia donde se hallaba la estructura del teatro. Abrió tanto los ojos que éstos casi salieron de sus cuencas. Sintió cómo el corazón se le detuvo por unas milésimas de segundo y la expresión en su rostro se distorsionó cuando vio lo que estaba frente a él.

Los remanentes que aún estaban en pie de lo que alguna vez había sido el teatro se encontraban carbonizados. El letrero y fragmentos de concreto, madera y tela ahora formaban una alfombra de cenizas bajo sus pies. Un gran estandarte con el blasón de la Comisión se izaba triunfante sobre los restos avasallados del lugar.
 

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Capítulo 4:
Tiempos de paz


Para cuando llegó el sábado, Dante no quiso salir de la cama. Llevaba así unos tres días. De repente, todo su entorno estaba en metamorfosis constante. La probabilidad de que lo arrestaran a él y a su padre, la fuerza misteriosa que lo protegió, Anna, la odiosa chica de la Capital y ahora el teatro. Todo empezó desde aquella noche del levantamiento. Pensó en que quizá realmente se había rebelado contra los elegidos de Dios, y ahora recibía un castigo divino como retribución a su blasfemia.

A decir verdad, no trabajaba por necesidad. Si bien no tenía lujos, una buena hogaza de pan nunca faltaba en la mesa. Si iba ahí cada tarde, era porque de cierta forma sentía que nadie podía reprimirlo arriba de un escenario. Ahí podía olvidarse de sus problemas y divertirse. Podía sonreír, y más importante aún, podía regalarle una sonrisa a quienes más lo necesitaban. Esa era su manera de ayudar. Pero ahora, lo había perdido. La Comisión de Seguridad Pública lo había incinerado aquella madrugada, reduciendo a escombros el lugar. Pero lo que más dolía, era que habían coronado la destrucción con su bandera. Era un mensaje que decía los tenemos dominados, no importa cuánto luchen, nosotros siempre nos alzaremos con la victoria. Dolía porque empezaba a pensar que era cierto. El sentimiento de impotencia lo atribulaba.

Sin embargo, ese día no podía seguirse lamentando. Hacía un par de días, cuando le contó a Joshua lo sucedido, éste trató de animarlo y le invitó a un partido de soccer en las canchas de un parque no muy lejos de ahí. A lo mejor había pensado que le serviría de distracción, para no afligirse más por pensar en ello. Así que se levantó de la cama, se enjuagó el rostro y salió de su apartamento.

El camino al parque fue muy tranquilo. No hacía demasiado calor para ser verano, en su lugar, soplaba una brisa fresca que le sentó muy bien. El cielo, despejado, ni una sola nube ese día y de un brillante color azul. Pensó en la similitud entre el océano y la bóveda celeste.

El parque no era muy grande. Con pasto que no se había cortado en un largo rato. Unos columpios, un pasamanos y una resbaladilla que habían adquirido ya el color de la herrumbre. La cancha era de pura arena, con dos porterías sin red. Atisbó a Joshua que se camuflaba con el resto de su equipo con el uniforme blanco que llevaban. El balón iba de un lado a otro, acompañado de una nube de polvo que se levantaba con cada patada. Seguramente tendrían mucho trabajo sacándoles la suciedad a la ropa cuando la lavaran.

Dante descansó en unas gradas de metal, en uno de los extremos de la cancha cuando el silbato sonó. Uno de los muchachos, que hacía de árbitro marcó el medio tiempo. El balón se detuvo y los jugadores se dispusieron a recuperar el aliento y a beber un poco de agua.

Joshua se acercó a Dante, quien le recibió con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hola, Dante, que bueno que viniste! —exclamó el muchacho.

—Ya sabes, para eso están los amigos, para apoyarnos.

Joshua no supo si lo dijo porque vino a animarlo en su juego, o si había sido porque él le invitó para que pudiera distraerse un rato, aunque fue lo suficientemente humilde como para no darle importancia a la respuesta.

—¿Y cómo van? —preguntó Dante.

—Tres a uno, favor nosotros. Yo metí uno, hubieras visto —dijo su amigo.

Joshua tomó una sucia mochila que había cerca de allí. La abrió y sacó una cantimplora y un paño. Se secó el sudor que le perlaba la frente, destapó la botella y bebió a raudales, hasta saciar su necesidad de hidratación. Realmente tenía buena condición física. Dante lo sabía, y aunque Joshua lo había instado más de una vez a practicar con él, Dante siempre se negó. Decía que lo suyo no eran los deportes, que traducido significaba que quería evitar la fatiga.

—Sí, perdón, es que me tardé en arreglarme —se excusó Dante.

—No te preocupes —dijo Joshua, y luego miró por detrás de su hombro, con el pico de la botella pegado a la boca—. Por cierto, adivina quién más está aquí. Son tus súper amigas.

Dante arrugó la frente, sin saber a qué se refería el joven. Se inclinó un poco para poder ver tras de Joshua. Entonces las vio. Estaban al otro extremo de la cancha, en las gradas que eran pareja de en la que ellos estaban. Eran Samantha, Michelle y, por supuesto, Anna.

La sorpresa prorrumpió en un grito que lo hizo irse de espaldas. Joshua rió. No podía ser que ellas estuvieran aquí. Ya tenía suficiente con tener que soportarlas todos los días en la escuela, y ahora también parecían dispuestas a echarle a perder el fin de semana.

—¡¿Pero qué demonios están haciendo ellas aquí?!

Resulta que Samantha había escuchado del partido de esa tarde y había invitado a las otras dos a acompañarla a verlo. No era que le gustara el soccer ni nada por el estilo, más bien era su deseo compulsivo de poder ver chicos fornidos vestidos con ropa atlética. Era un sueño. Claro que le aclaró a Anna que seguramente no serían tan guapos como los de la Capital, pero que seguramente serían buenas opciones si tal vez consideraba la idea de hacerse de un novio, más que nada para que no se llevara una mala impresión de lo que los sectores pobres de la sociedad podían ofrecerle después del altercado que tuvieron ella y Dante. Pero qué oportuno, no pudo evitar pensar el muchacho. La tesitura no mejoró cuando Joshua empezó con su perorata acerca de los valores.

—Yo sé lo que te digo, Dante, sería mejor que fueses a solucionar la situación entre ustedes. No es bueno ser rencoroso. No digo que te vayas a disculpar, sólo sugiero que arreglen el malentendido.

—Bueno, ¿qué? Ya pareces mi papá —dijo Dante entre dientes.

Pero sabía que tenía razón. Si no resolvía algo ahora, seguiría amargándose la existencia cada vez que la viera, y haciendo cuentas, eso era una semana, y los años después de las vacaciones. Lo más conveniente sería ir y hacer las paces de una vez por todo. No había espacio para el orgullo.

—Muy bien, lo haré —suspiró Dante, resignado—. Pero no será mi problema si ella se pone insufrible otra vez.

—La intención es lo que cuenta —dijo Joshua con una amplia sonrisa.

El silbato volvió a sonar. Joshua le deseó buena suerte a su amigo y regresó a la cancha para dar inicio con el segundo tiempo. Por su parte, Dante se levantó de su asiento, y caminó por inercia hasta el otro lado de la cancha. Pudo ver a las chicas murmurarse algo la una a la otra, probablemente se estarían preguntando si iba hacia allá. Sus sospechas se hicieron realidad cuando Dante ya sólo estaba a unos pocos metros de distancia. Lo miraron casi con terror, como si fuese a temiesen a ser contagiadas de viruela o algo peor.

—¿Qué es lo que quieres, Atlas? —interrogó Samantha.

—Vaya, quizás estás celoso de que chicas como nosotros se fijen en muchachos como ellos que en chicos como tú —se mofó Michelle, profiriendo una risa burlona.

—Cállense, no estoy aquí para perder el tiempo con ustedes —dijo Dante y miró a Anna—. Quiero hablar contigo.

La boca entreabierta y los luceros verdes que le miraron intrigados. Pensó en el color de las hojas de los profusos bosques que cercaban el pueblo.

—No me hagas reír —dijo Samantha—. Estás loco si crees que Anna va a perder el tiempo contigo. ¡Piérdete!

Se acercaba. Lo sabía. Lo siguiente sería oír a Anna gorjear palabras hirientes en su contra. Al menos tenía la consciencia limpia. El resto ya no estaba en sus manos.

—Está bien, quiero escuchar lo que tiene que decir —dijo.

Todos quedaron atónitos. Ninguno podía dar crédito a lo que acababan de escuchar. Samantha y Michelle intentaron persuadirla de que no valía la pena, pero ella insistió.

—Este, sí… Respecto a lo del otro día, cuando lo de Humberto. Creo que fui un poco grosero al tratarte de esa manera, quiero disculparme por juzgarte sin siquiera conocerte.

Anna sonrió, complacida.

—Acepto tus disculpas. Permíteme a mí también excusarme por mi comportamiento. Creo que fue impropio y descortés.

Definitivamente era difícil acostumbrarse a escuchar a una persona expresándose con esas palabras, pero así la habían educado, no había nada que pudiera hacer.

—Entonces, ¿todo bien? ¿Podemos empezar desde cero? —inquirió Dante, sin poderse creer lo que había pasado.

—Sí, todo bien —asintió la chica.

Oh pero que sabias palabras las de Joshua. La comunicación era clave, siempre no se cansaba de repetirlo. Una pena que le haya tomado tanto tiempo corroborarlo.

—Por cierto, ¿sabes? No estoy muy familiarizada con el pueblo. Además de mi hogar y el colegio, ignoro cómo ir a todos lados. ¿Podrías ser tan amable de darme un tour? Eso sería mucho más interesante que estar aquí. Los deportes no son lo mío —Casi se escuchó a sí mismo en la castaña.

—¡P-Por supuesto! —contestó—. Podemos ir a un par de lugares e iremos a comer si quieres.

Anna accedió y se dispuso a acompañar al muchacho. Las otras dos jóvenes tan sólo miraron anonadadas cómo se alejaban ambos, gritándole a Anna que no le convenía una amistad como la mía, que quizá todo había sido una actuación para hacerle algo cuando estuviesen a solas. Ella las ignoró.

Estaba muy nervioso. La verdad no había ningún lugar que pudiera mostrarle para asombrarla. Seguramente había visto sitios infinitamente más impresionantes en la Capital, tanto en su arquitectura como en su propósito. Estaba más allá de su imaginación. No obstante, trató de no pensar mucho en ello, al fin de cuentas, ella no le había pedido que la sorprendiera, sino simple y sencillamente que la llevara a conocer mejor el pueblo.

Pasearon un largo rato. Las horas les parecieron apenas unos breves minutos. Le mostró la dirección en donde quedaba el edificio de gobierno, pero le explicó que estaba restringido su acceso para los civiles a menos de que tuviesen un permiso especial. Si tratabas de entrar, generalmente eras detenido por los centinelas que franquearan el lugar. La llevó al centro del pueblo, donde le enseñó los puestos de comida que había. Probablemente ella estaría más acostumbrada a los platillos más sofisticados como el filete de ternera con una copa de jugo de uva, pero no se negó cuando le invitó a comer en un café donde servían unos antojos deliciosos.

Después de haber devorado unas tortas en compañía de un espumoso licuado de chocolate, por la tarde, se dirigieron a uno de los lugares preferidos de Dante, la sala recreativa. Tal y como sucedía con la escuela, sólo había una en toda el pueblo, pero contaba con juegos suficientes para hacer pasar un buen rato a cualquier adolescente. No quedaba muy retirado. Apenas tendrían que caminar unos minutos para llegar.

Dante invitó a la chica a subir a su espalda para llevarla hasta allá. Ella no se hizo rogar y lo montó. El tráfico de personas en la pequeña plazoleta en la que estaba el salón era lo normal para un día no hábil. Los jóvenes acudían en grupos al negocio, buscando despejarse un montón del estrés que los deberes académicos representaban para ellos.

El lugar no era nada del otro mundo. Una estructura de concreto con techo de lámina. Se asemejaba más a un gimnasio escolar que a una arcadia. Al menos eso les pareció hasta que entraron. El pecho de Dante se hinchó de orgullo al ver que Anna se había quedado boquiabierta. Había toda clase de juegos repartidos por todo el lugar, bañados por los rayos del sol que se colaban a través de las ventanas, algo inusual para una sala recreativa, que suele ser ostentosa con todas las luces de neón brillando en la oscuridad.

Ambos acordaron que el primer juego que probarían sería en el que demuestras tu destreza en el baile. Se colocaron en posición. Escogieron una canción y, acto seguido, la pantalla comenzó a llenarse de flechas al compás de la música. A Dante no le fue muy difícil acertar en la mayoría con una puntuación casi perfecta. Por el contrario, a Anna le costó más trabajo. Si bien no estaba rígida como una piedra, ni por asomo era tan buena ni fluida como su compañero.

Lo siguiente fue matar zombis. Uno de los juegos más predilectos entre quienes solían visitar ese establecimiento. Fue una competencia bastante reñida. Dante había adquirido experiencia tras intentar con ese juego cada que frecuentaba el lugar, sin embargo, Anna parecía tener una puntería innata. Todos los disparos se perforaban entre los ojos putrefactos de los no muertos. No falló un solo tiro. Fue una indiscutible victoria para la castaña.

En futbolito no había nada qué decir. Los dos eran pésimos. Daba la impresión de que eran malos sólo porque fuera un juego que tenía que ver con deportes, aunque no fuera uno en sí. Por otra parte, lo que sí disfrutaron, fue el hockey de aire. Dante pidió los mazos y el disco, y la contienda comenzó. El marcador estaba en ceros cuando el fragor del primer tiro rebotó contra las paredes. El disco se movió como un borrón amarillo en la mesa. Anna apenas tuvo tiempo de reaccionar, contestando con un movimiento de mano. La castaña volvió a ganar. Sonrisas y carcajadas compartieron ese día. No recordaban haberse divertido así en mucho tiempo. Tiempos de paz como nunca habían tenido.

—Parece que gano yo —dijo Anna.

—No te creas, sólo fue un punto de diferencia.

Dante casi pudo olvidarse de todo el asunto con la Comisión, sino hubiese sido por una cosa. La silueta de un corpulento hombre que se paseaba de rutina por ahí, verificando que nadie estuviese causando disturbios: el sargento Titor.

El muchacho tomó del hombro a la chica, que en el acto se percató de la expresión severa en su rostro. Llena de incertidumbre, siguió la dirección a la que apuntaban los ojos del chico, y entonces pudo ver al gendarme.

—¿Quién es ese tipo? —inquirió Anna, en tono de susurro.

—Luego te cuento. Debemos irnos cuanto antes —sugirió Dante de la misma manera.

El pelinegro miró a ambos lados, buscando alguna salida que pudieran usar para escapar. La puerta principal no era una opción, estaba hasta el otro lado del establecimiento. Si iban por ahí se cruzarían con Titor. Vislumbró un pasillo al final del cual había una puerta con un letrero de «sólo personal autorizado». Cogió la mano de la castaña, y se escabulleron hacia aquel pasillo, procurando no llamar la atención. Dante se colocó de espaldas contra el muro, y asomó la cabeza para ver al sujeto. No pareció reconocerlo, pero coligió que su comportamiento le había parecido sospechoso, puesto que ya se acercaba en su dirección.

—¡Por aquí! —musitó Dante.

Guió a Anna hacia la puerta que estaba a frente a ellos. Ella se negó al principio, alegando que ellos no podían entrar ahí, empero, Dante insistió, de otro modo, serían atrapados. Y aunque se preocupaba por su propia seguridad, temía que fuesen a inculpar a Anna de cómplice por estarlo acompañando. Había más en riesgo que la última vez. Giró el picaporte y abrió con cuidado la puerta. Un chirrido metálico se pudo escuchar. El chico miró a través de la abertura que había dejado, cerciorándose de que no hubiera nadie allí. En la oscuridad de la habitación, atinó a ver unos cuantos escritorios con pilas de documentos encima. Algunas hojas de papel se encontraban desperdigadas por el suelo. Parecían ser las oficinas de la administración del lugar.

Para cuando le indicó a su amiga que no había moros en la costa, Titor ya los había alcanzado.

—¡No creí volver a encontrarme contigo, Dante! —dijo el emisario, complacido—. ¡No se muevan!

El muchacho abrió la puerta de una patada y ambos irrumpieron dentro. Ni lento ni perezoso, Dante cerró la puerta tras de Anna, asegurándose de trancar la manija con una silla. Momentos después, el estrépito de golpes retumbó en los oídos de la pareja. La puerta se agitó de tal manera que parecía que fuese a caerse en cualquier momento. Sabían que no tenían mucho tiempo antes de que Titor entrara y los aprehendiera.

La salida de emergencia estaba a unos pasos de ahí. Dante estaba tan alterado, que sin la ayuda del letrero fosforescente que le coronaba, seguramente no hubiera advertido siquiera que había una puerta allí. Tumbaron la puerta. Al salir pudieron escuchar la silla cayendo al suelo y la puerta de la oficina abriéndose. Corrieron con todas sus fuerzas, mezclándose entre los peatones que transitaban por ahí.

Anocheció rápidamente. Hacía unos minutos, el astro rey aún daba al cielo un aspecto bochornoso. Se detuvieron a mitad de la calle, seguros de haber corrido lo suficiente como para haber perdido al oficial. Dante comenzó a toser. Sintió que en algún momento escupiría los pulmones. Ahora que era un prófugo, se le ocurrió que a lo mejor no le caerían mal unas cuantas horas de ejercicio diarios. Incluso Anna no se veía tan mal como él, apenas y se había hiperventilado. Era una completa vergüenza tener menos condición que una chica.

Cuando se hubieron calmado, Dante fue el que por fin rompió el silencio.

—Bueno, creo que mejor cada quien se irá a su casa —dijo él—, por si aún nos siguen.

Anna notó la mueca hecha en el rostro del chico, que denotaba que se sentía mal por lo que pasó. Ella sintió el impulso de animarlo.

—Fue divertido, aún a pesar de aquello —dijo.

El muchacho pareció sorprendido ante esta declaración. Se rebuscó en los bolsillos de sus pantalones, y sacó una hoja de papel doblada en cuatro. Se la extendió. Ella la tomó, aunque no la abrió inmediatamente. Él le pidió que la abriera cuando ya se hubiera marchado, y ella asintió.

—Supongo que nos veremos pronto —dijo Anna.

Dante se dio la media vuelta y antes de marcharse le dijo:

—Hasta luego, cocodrilo.

—No pasaste de caimán —respondió Anna con una sonrisa.

Ella lo observó alejarse hasta que no fue más que una diminuta mancha que se perdía en el horizonte. Bajó la mirada a la nota pobremente doblada. Percibió el sonido del papel abriéndose. La caligrafía era de un nivel promedio, no tan estética como la de una niña, pero al menos era legible. No supo cuándo lo habría escrito. Quizá en una de sus tantas idas al baño, sólo ahí pudo tener tiempo. Las últimas líneas le fueron imposibles de ubicar cronológicamente.

La nota decía:

«Anna, es un milagro que hayamos aclarado el malentendido, ¿no crees? En serio lamento haberme hecho un prejuicio de ti. La verdad es que me la pasé muy bien contigo hoy. Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto. Quiero pedirte una disculpa por la escena de hoy. Hay un lugar más que quiero mostrarte. Ahí te lo explicaré todo.

Dante»



Bueno, releyendo estos dos capítulos me hicieron recordar que ambos los soñé: la clase de química en el patio, la visita a la sala recreativa y su escapada del sargento Titor jajajaja Lo había olvidado pero me trajo buenos recuerdos. Me causó gracia cuando Dante está tratando de servirse agua y no salía nada, y Anna le dice "No hay agua". "Ya me di cuenta". Siento que se me daba mejor escribir momentos jocosos antes.

En fin, espero que les haya gustado, y seguiré subiendo: nos acercamos al punto de no retorno.
 
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