Manchay pt. I

Facu

𝓑𝓻𝓲𝓶𝓼𝓽𝓸𝓷𝓮
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16 Dic 2019
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𝐍𝐨 𝐟𝐢𝐱𝐞𝐝 𝐚𝐛𝐨𝐝𝐞
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Mi nombre es irrelevante, mi identidad innecesaria y mi condición inenarrable. Porque de hecho, no soy un hombre. Lo era. Y mi cuerpo yace postrado sin ningún tipo de decoro en aquellos lugares de olvidada oscuridad y agónica luz.

Denme un voto de confianza al comentarles que mis palabras no son más que un eco sin vida de un espíritu que hasta sus últimos momentos vio la pesadumbre en las ternuras más amenas. Y sin embargo, en algún momento creyó ver un atisbo de claridad, una última esperanza al final del solitario túnel que le rodeaba y en el que él mismo se había encomendado a una procesión casi perpetua, o que al menos para él, sería hasta el fin de sus días. Su pequeña eternidad, efímera comparada a la eternidad de todo lo demás.

Vio la grieta en la pared de ladrillos ennegrecidos por el hollín, y si bien se tentó a salir, se percató de que el camino hacia la luz sólo tenía una cosa en común con el actual, y ese era la soledad.

Y esa era la sensación que tanto le había acompañado en cada tramo, y la que se había vuelto su inseparable compañera; al punto que manifestada en la sombra, siempre pendiente de su avance ante la claridad, y oculta en la penumbra, no se apartaba de su firme paso por entre las muchedumbres que alguna vez intentó conquistar con carisma tristemente fingido e imitaciones falaces de personalidades ya formadas.

Lo cierto es que en días más antiguos, cuando las emociones más intensas brotaban de un corazón joven, sano y dichoso, intentó con esmero y presteza ser uno más entre aquellos que se acompañan entre jolgorios y risas. Y si bien no acusa a nadie de malas intenciones, se encontró frente a una pared al ser incapaz, sea por condiciones propias como ajenas a sí mismo, a generar lazos duraderos... o lazos per se. Muchos pensamientos tuvo. Algunos considerándose superior, otros, inferior. Pero ningún tipo de razonamiento pudo apartarlo de la innegable realidad y sus consecuencias. Y como tal, se convenció a sí mismo de que aquella experiencia en mi vida era opcional, una opción que por algún motivo nunca pudo elegir. Fue apartado (o se apartó), fue separado (o se separó) y se colmó buscando salidas cuyo único remedio era olvidarse de aquellos que habían desviado la mirada ante aquel que intentó agradarles. Y aunque no los culpó, porque incluso él mismo hubiera mirado al costado ante un ser tan inmaduro como pudo haber sido en su momento, las dolencias y las inseguridades están marcadas a fuego en un alma que reconoce una de sus pocas virtudes: buscar mejorar.

Erigió murallas con una indómita determinación, con la esperanza de que alguien detenga su mano con lágrimas en los ojos para decir que su camino era el erróneo; pero aquello nunca ocurrió, porque las murallas fueron terminadas antes de tiempo, incluso, debido a que no hubo demora de ningún tipo, ni real ni virtual.

De nada sirvieron falsos profetas de palabras amables y carisma de vendedor que lo único que pregonaban era una masculinidad nociva para aquellos que no pudieron nunca encontrar placer en compartir una cama con una extraña y en relaciones sin vínculo, en ser el dominante, en tener una personalidad arrolladora y para nada empática. Tampoco en salas de incontables personas reunidas de diferentes lugares, compartiendo momentos y conversaciones en su mayoría superficiales. Ni mucho menos aquellos fantasmas del pasado que al volver, endulzaban de cariño situaciones del pasado con palabras de arrepentimiento.

¿Acaso no se percatan de que su cariño y compasión no son más que dagas de calor que atraviesan la frialdad con la que intentaba desenvolverse? ¿Tanto es el intento de verlo derrotado? ¿Por qué le permitieron construir una muralla si cuando por fin está orgulloso del titánico logro de su mano, intentan dinamitarla con sus arrolladores intento de penetrar en un corazón que se acostumbró a no necesitar ni contar con nadie?

Es inútil su resistencia. Porque irremediablemente siempre será un ególatra que nunca creará nada duradero.
 
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