Misión D Mercado de influencias | Arata

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Mercado de influencias (D)

La situación es sencilla en apariencia y aquí les va: existe una flor que es usada para muchas cosas que van desde la decoración hasta la salud. La misma es muy demandada por los pobladores nativos y ciertos turistas que creen en sus múltiples capacidades. Sucede que se ha recibido la petición de tres partes que requieren la dichosa flor y que, por alguna razón, la única tienda que la posee se ha negado a venderla e incluso negado a regalarla porque sí.

Objetivos:
-Convencer al poseedor de la flor que se la facilite a ustedes, sea regalada o vendida. Contarán con dinero para su compra en caso de acceder.
-Decidir a cuál de los solicitantes entregarle la flor.

Notas:
Los solicitantes presentaron sus respectivas situaciones:
1. La necesita para preparar un remedio que ayudará a la mujer de la relación (es una pareja), a embarazarse. Ya han intentado otros métodos pero ninguno ha dado en el clavo.
2. Un chef la requiere para preparar uno de los mejores y más exóticos platillos del país y de ese modo no perder su restaurante, debe convencer a unas personas de que vale la pena mantener el local y él necesita ingresos.
3. A unos científicos les hace falta la flor para culminar con la elaboración de su elíxir de la inmortalidad. Estas personas tienen algo de fama y hasta ahora, sus inventos han tenido éxito.
Ficha: Oficiales | Compendio de Fichas - Foros Dz
 

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―¿Para qué necesitan la flor?

La pareja, sentada el uno junto a la otra en el sofá, intercambió miradas. Sus manos parecieron fundirse con más ahínco, ansiosas, con vida propia. Luego, el hombre miró a Arata con intensidad. En su rostro cansado se reflejaban muchos más años que aquellos veinte recién cumplidos. Era una tortura tener tanto sexo, todas las noches, en mil posiciones distintas, con todos los juguetes sexuales habidos y por haber, cumplir los fetiches más oscuro… Incluso hacerlo colgados bocabajo de árboles con cuerdas en los tobillos, en plena intemperie. Hacerlo en el baño de una funeraria. Hacerlo dentro de un ataúd. Hacerlo dentro de un ataúd en una ceremonia funeraria (nadie se enteró). ¡Y la mujer no alcanzaba su objetivo biológico! Oh, pobre hombre, qué desesperante.

Nada de esto lo relató a Arata. Pensó que era demasiado para que el aspirante a ninja pudiera procesarlo. Así que dio la respuesta más genérica (y obvia) que pudo:

―Queremos un bebe. Klara, más que nadie ―Dedicó una mirada amorosa a su pareja. Ambos sonrieron, con desazón―. Hemos intentado todo, pero…

Alois recordó aquella vez en que tuvieron un sexo feroz vistiendo cosplays de bijuu, y sus mejillas adquirieron un fuerte rubor. Cabe decir que las colas no fueron solo un adorno. Tartamudeó tanto en lo que iba a decir que Klara tomó el testigo de sus palabras.

―Por favor, ayúdanos ―La mujer hizo una reverencia con la cabeza―. Si esa flor no lo consigue, nada lo hará.

Arata se llevó una mano al rostro, como si intentara darse una caricia. Sus dedos se toparon con la firmeza de su máscara, blanca con relieves escamosos, como los de la piel de serpiente. Acto seguido, el estudiante se puso en pie. La conversación había terminado.

Alois le observó como en un sueño, resignado a que el niño se marchara y su situación quedara igual. Una idea atacó su mente como un chispazo, un relámpago de genialidad, y sus ojos se abrieron como platos. La certeza de que aquello resolvería el problema produjo que extendiera su mano para coger a Arata de la muñeca, haciéndolo volver el cuello. El hombre sonrió y las comisuras de sus labios estuvieron muy cerca de rozar sus orejas. Era la sonrisa de alguien desesperado, entregado al abismo.

¡Sí! ¿Cómo no lo pensó antes? ¡Un trío! No habían intentado eso. ¡Mejor aún! ¡Un trío con un menor de edad! ¡Klara tendría que embarazarse! Si no de él, ¡del niño! Tal vez los dioses no permitirían que concibieran un hijo, pero con la ayuda de un tercero… Definitivamente…

―Q-q-quiero que… ―Alois no sabía cómo realizar la propuesta. Empezó a tartamudear como antes, repitiendo “q-q-q-q-q-q-q” durante largos e incómodos segundos.

Klara, desconcertada, separó el brazo de su esposo del de Arata de un solo tirón, y se disculpó con éste. Y mientras Alois continuaba en sus esfuerzos por superar el “q-q-q-q-q-q-q”, el joven aspirante, alarmado por la violación de su espacio personal, aceleró la marcha.

Suspiró del alivio al abandonar esa casa de locos.​
 

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―¿Para qué necesita la flor?
―Para…

Para envenenar a esos sujetos. Verás, mi pequeño amigo, desde hace meses soy extorsionado por dos hombres del bajo mundo. Vienen a mi restaurante, comen gratis, los platos vacíos se acumulan uno sobre otro… cortesía de la casa. ¿Acaso creen que un humilde chef tiene mucho para ofrecer? ¿Por qué no dedican su tiempo en aterrorizar a los ricos del pueblo? ¿¡Por qué a mí!? Pero la realidad es que aparecen el primer día de cada mes, con la puntualidad con que sale el sol, y reclaman su “mesada”. Si me niego, aseguran, mi hija pagará las consecuencias. Han sido muy gráficos en explicar cuáles consecuencias. Mi valentía solo alcanza para decirte que involucra bates (no para golpearla, precisamente…), embudos y trampas para osos. ¡Ah! Pero les ofreceré un platillo que no podrán rechazar. La flor que busco tiene propiedades venenosas a medio plazo, si es administrada inteligentemente. Tengo que hacerlo. No solo es justo, sino que quebraré en un par de meses de continuar con esta tendencia. Mi hija y yo seremos libres y podremos fugarnos del país, solo por si las moscas. Oh, por cierto, las consecuencias involucraban moscas…

¿Pero cómo se me ha ocurrido siquiera por un instante ser sincero contigo? Eres solo un mocoso, mi pequeño amigo. Así que te diré lo que esperar escuchar, lo que aparece en ese pergamino que sostienes como si fuera una vida extra.

―… convencer a mis financistas de que me presten más dinero. Requiero hacer ciertas inversiones.

Puse mi mejor sonrisa. Me habría gustado ver tu reacción, pero portas esa odiosa máscara con relieves que asemejan la piel de una serpiente. ¡Dios mío, serpientes! ¡El embudo! ¡El embudo es para metérselas por el…! Dios mío, ayúdame. Oh, Toshio-sama, no me abandones. Por favor, Toshio-sama, por favor.

―¿Cree que un platillo v-vaya a hacer la diferencia? ―se atrevió a preguntar Arata, buscando en sus registros un tono que no ofendiera al hombre.

¡Claro que no, estúpido! Solo un babieco como tú podría creer en esa historia. ¿Que no les enseñan en la escuela a detectar el lenguaje facial, corporal? La flor es para matarlos. Ellos en principio solo distinguirán un exótico sabor (que no tendrá nada que ver con la flor); se irán, maravillados, contando los billetes, recordándome lo que harán a mi hija si no me “porto bien” (¿tiene que ver con pelotas de tenis?). Al cabo de un par de semanas, caerán gravemente enfermos. Morirán en cuestión de dos o tres días, paralizados, con las lenguas hinchadas hacia afuera.

―Por supuesto, Arata-san. Soy un especialista en los platillos con esta flor, pero es costosa. Por eso prescindo de ellos. ¡Pero la necesito ahora! Hará un mundo de diferencia.

Kakuzu observó al señor con una mirada circunspecta, escondida bajo la máscara. Las razones del chef se le hacían… superficiales. Aquella pareja parecía sufrir más.

―Estudiaremos su solicitud, Pino-san ―El estudiante se puso en pie y realizó una atenuada reverencia.
―Te lo agradezco.

La flor. Tráeme la flor. Debo matarlos… El mejor veneno. ¡Rápido! ¡Mi hija y yo no podemos esperar más! ¡Oh, Dios, oh, Toshio-sama, ilumina la mente seca y podrida de este aspirante! No dejes que la idiotez se apodere de sus entrañas! ¡Oh, por favor, no!

Arata se marchó y entonces, el chef tuvo la súbita certeza de que no le volvería a ver.​
 

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―¿Para qué necesitan la flor?
―Arata-san, te contaré una historia ―dijo el científico.

Arata echó otro vistazo a la habitación, de paredes blancas, vacías, salvo algunos estantes con libros, retratos y una cafetera. En el centro estaba la mesa que les separaba, limpia salvo por una taza de café (del lado de Uchio Kaname) y un cuaderno deshilachado.

Era la sala que empleaba el laboratorio para recibir invitados, realizar encuentros y/o entrevistas. Arata supuso que debía de transmitir tranquilidad, pero para él, era como si utilizaran barniz para ocultar una uña infectada de hongos. Imaginó aquellas paredes, con la pintura derritiéndose como mantequilla al calor, revelando mohos verdes y malolientes.

Imaginó que el rostro del científico adoptaba rasgos familiares.

―Mi madre murió cuando era un niño ―dijo Uchio, con ojos cansados, sosteniendo la taza con ambas manos―. Una terrible enfermedad acabó con ella, la devoró desde adentro… Los médicos no pudieron hacer nada. Eso es lo que me motivó a convertirme en científico, para impedir que esto se repitiera.
―¿La flor podría ayudar? ―El hombre asintió―. ¿Cómo?
―La flor tiene propiedades medicinales muy potentes. Ese es un hecho probado ―Sus ojos adquirieron un fulgor repentino―. Nosotros queremos medir hasta qué punto podemos aprovechar estas propiedades. Estamos casi seguros de que podríamos crear una medicina antidegenerativa… en todo sentido. Podríamos ser capaces de detener el envejecimiento y regresar el cuerpo humano a su nivel más sano, curando cualquier clase de enfermedad ―Se hizo un silencio y Uchio dio un sorbo a su café. El golpecito de la taza cuando se le dejó sobre la mesa fue para Kakuzu como el de un martillo―. Claro que es una hipótesis que debemos probar y tomará tiempo.

Pero Arata, desde que oyera el martillo, dejó de escuchar. Percibió sus latidos como palpitaciones sordas en sus orejas. Tac, tac, tac. Los martillos quebraban cráneos y hacían ceder rodillas. Las costillas se rompían como palitos de pan. Tac, tac, tac. Estaba sudando.

―… Esto no revivirá a mi madre, pero evitará que vuelva a suceder. Sería maravilloso, ¿no crees, Arata?

El aspirante se sintió atropellado por la mirada fulgurosa del científico. Y aquella sonrisa maniática. ¿Era así, o se la estaba imaginando? ¿Era tan ancha como él la veía? ¿Era un juego de sombras sobre ese rostro, el que generaba la impresión de estar frente a un desquiciado? Arata desvió la vista hacia abajo, aturdido. Acto seguido se levantó con brusquedad, antes de siquiera haberse decidido a hacerlo.

Uchio se sobresaltó, poniendo sus manos sobre el borde de la mesa como si pretendiera levantarse. En vez de ello preguntó, azorado, si el estudiante estaba bien.

―Sabrá nuestra decisión, Uchio-san ―dijo Arata con una contundencia inusual.
―Gracias ―se le ocurrió decir al científico, con los ojos bien abiertos. Se puso en pie y condujo al joven a la salida―. ¿Estás bien? ―insistió.

Kakuzu dejó el laboratorio sin responder.​
 

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Arata no entregó el reporte en el tiempo solicitado. Un asistente del Concejo de Profesores llamó a su puerta pidiendo explicaciones, y el joven, resignado, confesó que no tenía ninguna. La tarea fue reprobada y se responsabilizó a otro aspirante para cumplirla, quien decidió sin mayor dilación que la flor sería adjudicada al laboratorio.

El problema era que el dueño de la misma, un reputado florista, continuó negándose a entregarla. Era la última de aquellas misteriosas flores que le quedaba en inventario. El hombre advirtió que tal vez no recibiría otra de aquellas especies, puesto que estaban en peligro de extinción y provenían de tierras muy lejanas. El traslado era dificultoso y largo, y el clima era otro impedimento. La flor no podía sembrarse en Modan.

La Academia exigió al hombre que hiciera entrega de la flor y que no podía negarse. Éste respondió la misiva indicando que llevaría formalmente la flor al laboratorio al día siguiente. Sin embargo, al no hacerlo, un escuadrón de genin fue a buscarlo a su hogar.

Le encontraron muerto en su lecho, apuñalado varias veces. La sangre dotó al edredón de una tonalidad oscura con aroma metálico y húmedo.

La flor había desaparecido.

Al igual que la pareja del principio.​
 
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