Original Fic Not Over

تالف و مكسور تماما
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Este escrito es para 7 Days of Love.



1. Narita

Las 14 horas de vuelo casi llegaban a su fin. El piloto acaba de anunciar, primero en japonés y después en un inglés con un acento bastante comprensible, que se acercaba el momento del aterrizaje y que era hora de subir las mesitas, enderezar el asiento y abrocharse el cinturón de seguridad. Instantes después, distinguió a dos miembros de la tripulación de cabina (una señorita de lentes y un joven alto que le pareció agradable) revisando que todo estuviera en orden.

Por una parte, Océanne estaba agradecida. Aunque estaba viajando en Premium Economy (que era el mayor lujo que se había atrevido a pagar) y los asientos eran bastante amplios, seguía siendo incómodo permanecer tanto tiempo en ellos. Llevaba varios libros en el Kindle, pero el nerviosismo y las ganas de llorar que de vez en cuando le daban cuando recordaba quién le había regalado el dispositivo no le habían permitido avanzar mucho. Por eso había pasado gran parte del viaje mirando por la ventanita, preocupada por el momento en que tuviera que pedir permiso a la persona que se sentaba a su lado para poder ir al baño.

Así que agradecía que llegara el fin del recorrido. Sin embargo, se sentía extraña. Asustada por estar dirigiéndose a un país cuyo idioma no hablaba (comenzaría a tomar clases en unas semanas, a finales de febrero) y cuya cultura no digería del todo, pero que siempre había constituido una parte fundamental de su existencia y representaba la culminación de uno de sus mayores sueños. E igual melancólica o tal vez triste por haber dejado atrás su vida, así sin más; había renunciado con los 15 días de antelación requeridos por su contrato, le había avisado a su arrendadora que dejaría el departamento, se había despedido de familiares y amigos, todo como si fuese una decisión meditada durante mucho tiempo y no un impulso para alejarse de la persona que más había querido y más le había hecho daño.

Era una nueva época de su vida, una nueva fase, un paso adelante. Había ahorrado casi todo su pago (horas extra y fines de semana incluidos) durante los últimos 5 años para una boda que jamás iba a ocurrir, para una casa que jamás tendría y, en resumen, para una vida que creía que estaba confirmada, dada por hecho, vivida, pero que en la mente de su ahora exnovia no había siquiera llegado a germinar como idea.

Tomar esos vuelos, primero a Vancouver y después a Tokio, era poner a fin a su anterior y feliz vida en pareja para adentrarse en lo desconocido, en lo nuevo. Ese fue uno de sus motivos principales para tramitar la vida de estudiante para Japón: no conocía a nadie, jamás había pisado el país y podría reconstruir su desmoronado ser sin preocuparse demasiado por su entorno. Y visitaría todos esos lugares que había llegado a idealizar. Viviría, por fin viviría con libertad.

Cuando Océanne Thériault sacó su celular para tomar una fotografía de sus primeros pasos en Narita, antes de llegar a los puestos de control de inmigración, con su mochila a la espalda, su pequeño bolso de mano atravesándole el pecho, una sudadera oscura vieja y el cabello esponjado, sonrió. Llevaba un colguije pequeño en el teléfono que casi había olvidado. Decía “LOVE IS NOT OVER”. Se tomó la foto pensando en que era cierto, su relación había fracasado, pero el amor era algo intangible y enorme. Sin darse cuenta, comenzó a tararear una melodía alegre y rítmica que coincidía con su estado de humor en ese momento. Siguió sonriendo mientras continuaba con su camino.






Ya hace un rato que no hago nada de varios capítulos, así que a ver qué sale jaja.
 

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2. Destino

Llevaba 10 días en Tokio. El clima de esa primera semana de febrero era fresco y le parecía bastante agradable. Aunque le encantaba el clima de su ciudad natal, la experiencia de estar en un lugar unos cuantos grados más cálido no le venía mal. Se preguntaba si el verano le resultaría igual de encantador.

Rentaba un pequeño departamento cerca de la estación Omokagebashi y después de entrar por primera vez le había quedado claro el significado de la palabra “acogedor” (lo que más se repetía en el anuncio de la página de la escuela de idiomas). Se trataba de un rectángulo de 35 metros cuadrados que, increíblemente, resultaba funcional e incluso se las habían ingeniado para hacer caber una pequeña bañera y contaba con un diminuto balcón al que le gustaba asomarse para contemplar el paisaje urbano.

Ese día había decidido dar una vuelta por Ikebukuro. Había visto en internet que allí se encontraba una librería de buen tamaño que contaba con ediciones especiales de libros de todas las épocas. Sería una buena experiencia, aunque no comprara nada, básicamente porque no era capaz de leer ni dos kanjis, y después podría caminar hacia Sunshine City o encontrar algún lugar para comer. De esa forma había pasado los días en esa ciudad, dirigiéndose hacia una zona primero y luego dejándose llevar por la brisa.

A pesar de que al principio las líneas de tren, tranvía y metro se le habían hecho confusas, ya lo había superado y era capaz de moverse con bastante confianza por toda la ciudad. Así que en menos de 25 minutos se encontró en la famosa librería, diciéndose que si se esforzaba lo suficiente en algún momento podría leer casi cualquiera de esos libros en su idioma original. Quizá estaba siendo demasiado optimista, pero en realidad Océanne no tenía ningún motivo para no serlo.

Recorría los pasillos lentamente, sin preocupaciones, disfrutando la tranquilidad del entorno. Había otras personas en el lugar, por lo general de pie frente a un estante, con un libro abierto y una expresión plácida. Cuando recorría una parte dedicada a la Era Meiji, algo le llamó la atención: una portada blanca y antigua, kanjis rojos en posición vertical y la hoja de un árbol que en algún momento había sido verde y ahora lucía más bien azul.

Corrió hacia la mesita. Estaba segura de que era un libro de Ichiyô Higuchi (claro, esos kanjis negros que estaban abajo de los rojos eran el nombre de la autora, eso debía ser). Había leído algunos relatos de ella en una clase de literatura y le habían encantado, quizá debido a la especie de cotidianeidad que desprendían o a la inquieta melancolía que teñía las palabras. La mujer en sí era todo un ícono literario y por supuesto que debía tener ese…

Contuvo un pequeño grito cuando su mano sintió el tacto de otra piel en lugar de aquel preciado libro. La retiró de golpe, como si quemara, como si fuera algo indebido y pecaminoso. Si estuviera en su país quizá no le habría parecido la gran cosa, pero allí le aterraba haber hecho algo mal o ser maleducada y que la señalaran por eso.

La escena no transcurrió en más de 10 segundos y cuando se atrevió a alzar los ojos se encontró con una sonrisa divertida, unos ojos verdes y un cabello claro a la altura del hombro. Le alegró de cierta forma que no se tratara de una persona japonesa, pero entonces le empezó a inquietar que esa chica la estuviera mirando sin decir nada y, lo peor, le comenzaba a entristecer la perspectiva de quedarse sin el libro.

—¿Todo bien? Creo que te he asustado —le preguntó la extraña. Hablaba en inglés, con las vocales un poco más cerradas de lo habitual y entonación británica.

—Claro, perfecto, lo siento. No esperaba toparme con nadie. Lo lamento.

Se estaba avergonzando y cuando eso pasaba no sólo tendía a hablar más rápido, también se disculpaba sin cesar.

—No tienes por qué disculparte, no es la gran cosa. ¿Entonces también te gusta Higuchi?

—¡Desde luego! En mi país no se han publicado todas sus historias, pero las que he leído han bastado para cautivarme —en ese instante Océanne se olvidó de la vergüenza que sentía, podía hablar con alguien sobre algo (alguien) que le gustaba.

—Es lo mismo que pienso. Y en esas épocas tan oscuras fue un gran logro —bajó la voz—, aunque aquí en Japón aún no son las épocas más brillantes para las mujeres.

—Bueno, ha mejorado mucho la situación.

—Es verdad, pero podría ser mejor —respondió la otra joven alzándose de hombros—. Siempre se pueden mejorar las cosas, ¿no lo crees?

Al escuchar lo último, se le cerró la garganta. Su exnovia le había dicho algo similar (aplicado a otro contexto) cuando se separaron. Y era cierto, lo peor es que era cierto.

—¿Estás bien? ¿He dicho algo malo? Lo lamento mucho, a veces me emociono y no me fijo en lo que digo o en las palabras que uso. No ha sido mi intención molestarte… Eh, ¿cuál es tu nombre?

La chica se veía bastante apenada y eso le arrancó una sonrisa a Océanne. Eso y la repentina preocupación por su nombre, acompañada por una mirada de confusión.

—Océanne —respondió con una risita. La cara de la otra era muy divertida. Casi sin darle importancia, notó que le parecía bonita—. Es algo así como océano. Ya sabes, uno de esos nombres franceses.

—¿Eres francesa?

—Canadiense en realidad.

—Mmm, sí, tienes el tipo.

Se preguntó qué significaba eso y estaba a punto de abrir la boca para expresar su duda, cuando sonó un pitido agudo. La otra chica se miró el reloj y apagó el sonido.

—Ups, lo siento, es mi alarma. Tengo clase en 20 minutos y si no me voy corriendo no llego. En esa escuela son muy estrictos con la puntualidad, ya me ha pasado antes —le hizo gracia la rapidez con la que dijo todo—. Puedes quedarte el libro, pero tendrás que prestármelo. Y, ah, ¡cómoodiotenereltiempoencima! —sacó una libreta de un bolso grande que estaba a sus pies y que Océanne no había notado, escribió algo, arrancó la hoja y se la dio—. Mi información de contacto. ¡Escríbeme! —añadió ya alejándose.

Se quedó de pie mirando cómo se iba. Tomó el libro que había quedado abandonado sobre la mesita y cuando salió de la librería, echó un vistazo a la hoja que le había dado la otra chica. Tal vez había hecho una amiga.





El reto para este escrito es que esté inspirado en una historia de la vida real. En el siguiente spoiler está esa historia:
Mi novia y yo fuimos a Ikebukuro, a un Mandarake donde venden sólo yaoi (un lugar muy interesante, por cierto). Entonces ella vio un doujinshi de Sousuke y Rin (Free) con una portada hermosa (+18 y todo el asunto) e iba por él... cuando otra chica lo tomó. Cabe mencionar que no volvimos a encontrarlo lol
 

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-O-O Lugar donde venden puro yaoi suena a paraíso para ti amiguis!
O-O- Si llega a pasar que de repente alguien te dice algo que te trae un recuerdo y te sacas de onda, a veces la memoria funciona de formas tan curiosas jaja, cuando quieres recordar algo y te esfuerzas no pasa nada pero hasta oler un aroma en específico pone los recuerdos a trabajar.
 

تالف و مكسور تماما
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3. 14 de febrero

En efecto, le escribió. Y platicaron mucho. Al principio sólo por mensajes de texto y luego en su mayoría con mensajes de voz. Hubo igual una breve incursión en las llamadas por teléfono, pero finalmente descubrieron que la manera más cómoda de comunicarse eran las videollamadas. Lo más increíble de todo es que el florecimiento de esa amistad había tenido lugar en un período muy corto, de una semana a lo mucho, y a Océanne eso la sorprendía e incomodaba levemente.

Ese nivel de confianza no era lo que muchas personas considerarían normal para haber interactuado durante sólo unos cuantos días, por más horas que hubieran pasado en el teléfono. Incluso Arina le había dicho que su profesora la había regañado por no estudiar lo suficiente. “Son muy estrictos en esa escuela”, le recordó, un comentario similar al que había hecho en la biblioteca el día que se conocieron. “Quizá deberíamos hablar menos”, había respondido Océanne, tumbada boca arriba en su pequeña cama mientras se echaba a la boca un dulce suave de melón. “No, me gusta así”, había sido la respuesta de su nueva amiga.

Océanne había analizado el asunto desde varias perspectivas y no podía negar que le alegraban esas conversaciones. Y lo peor era que quería verla de nuevo. A esas alturas ya se había acostumbrado a su cabello claro, siempre pulcro y ordenado (a diferencia del suyo), a la expresión atenta de sus ojos verdes, al leve rubor que le subía a las mejillas cada vez que le preguntaba alguna palabra en japonés y admitía que no tenía ni idea.

Arina era divertida, culta, abierta, inteligente, una de esas personas con las que resulta facilísimo platicar y uno jamás se aburre. Incluso se había atrevido a contarle su fracaso amoroso y, sorprendentemente, se había sentido mejor. Con palabras tranquilas y reflexivas, le había hecho notar que no todo había sido culpa suya y que a veces las cosas simplemente salen mal. También la había ayudado a ver que su exnovia había tomado una decisión coherente, posiblemente para no lastimarla (aún) más. Por primera vez en mucho tiempo, su pecho se sentía ligero.

Debido a todo eso, no le pareció mala idea salir con Arina en San Valentín. Como era domingo, su amiga no tenía que preocuparse por la escuela, a pesar de que tenía pendiente algunas tareas. El plan rudimentario que habían hecho la noche anterior consistía en ir al parque Ueno, caminar por ahí, comer algo y sentarse a platicar, quizá cerca del lago.

El día de la cita (en algún momento había comenzado a denominarla así), llegó 10 minutos antes de lo acordado y se dedicó a contemplar a los grupos de chicas que pasaban por ahí, todas cargando chocolates. Pensó que quizá debió haber comprado algo, aunque fuese pequeño, y justo cuando estaba a punto de caminar de regreso a la estación, Arina apareció. Llevaba una bolsita roja con tiritas rosadas y lo primero que hizo en cuanto llegó a su altura fue ofrecérsela.

—Te compré esto, no pude desaprovechar tanto chocolate a mi alrededor. El otro día leí que la mayor parte de las ventas de chocolate del país ocurren en estas fechas, ¿a que no lo imaginabas? —comentó con una risa un poco distinta de la habitual.

Océanne, que ya sentía la cara roja y rogaba que la bufanda le cubriera lo suficiente, tomó la bolsita y la abrió un poco, lo suficiente para ver que contenía un chocolate grande en forma de corazón.

—No debiste —respondió. Le temblaba levemente la voz y esperaba que su amiga no lo notara. Ese gesto la había conmovido profundamente—. Gracias, Arina.

Sonrió. Y aunque desde su llegada a Japón había vuelto a sonreír con libertad, en esa ocasión se sentía… diferente. En esa sonrisa no sólo había gratitud, había también cariño y algo más (tal vez muchas cosas más). Miró a su amiga en el momento justo en que ella veía hacia otro lado, hacia los árboles que en poco tiempo volverían a florecer, y en su perfil captó un poco de pena y a la vez de alegría. Su sonrisa igual era diferente.

—Estaba pensando, ¿y si vamos al santuario? Podemos comprar amuletos —preguntó Arina volteando hacia ella. Irradiaba felicidad, brillaba—. Y te puedo contar un poco de historia. Mi maestra dice que soy un poco vaga, pero he aprendido algunas cosas por mi cuenta.

A Océanne le hizo gracia su expresión, una parte de orgullo, un poco de satisfacción y una pizca de su habitual buen humor.

—Suena bien. Será la primera vez que entre a un santuario. Y la lección de historia no me vendrá mal —agregó con sorna.

—Empecemos entonces —dijo mientras la tomaba por el brazo y se colocaba a su lado—. ¿Sabías que el santuario de Toshogu data del período Edo y se ha mantenido en pie a pesar de las guerras, los terremotos y demás contratiempos? Bueno, todo comenzó en el año 1627…

Océanne no supo qué decir, así que sólo se dejó llevar hacia el famoso santuario, un pie delante del otro.
 

تالف و مكسور تماما
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4. Alegría

Febrero había llegado a su fin y se había adentrado en un marzo agitado para Océanne. A mediados de mes (cuando cumplía 3 semanas en la escuela de japonés en la que se había inscrito) comenzó a preguntarse seriamente qué truco usaba Arina para siempre tener tiempo libre. A ella le resultaba imposible y, para ser una persona bilingüe, le avergonzaba no lograr memorizar del todo bien el hiragana y el katakana.

Su amiga se había ofrecido a ayudarla con las tarjetas que había hecho durante su propio proceso de aprendizaje y Océanne se había negado porque quería seguir intentándolo por su cuenta. “No puedes intentarlo para siempre”, le había dicho una tarde de domingo que la había invitado a su departamento a ver películas y comer frituras de sabores extraños. “Ya”, había sido su lacónica respuesta. Era verdad y desde luego que deseaba aceptar su ayuda, pero había algo que la detenía.

Quizá era pena o tal vez la necesidad de mostrarse como una persona autosuficiente. No lo sabía, lo que sí sabía era que hacía todo lo posible para seguir hablando con Arina por las noches y al mismo tiempo intentaba memorizar lo que aprendía en clase. También se esforzaba por terminar sus tareas para poder salir con ella el fin de semana. Era como si aquella primera vez que salieron hubiera desbloqueado un nivel de confianza adicional y ya jamás fuera suficiente.

Además, se acercaba el florecimiento de los cerezos. Había varios árboles afuera de la estación que quedaba más cerca de su departamento y en los últimos días había puesto atención al cambio que presentaban y hasta ella (que no sabía nada de flores) podía notar que no faltaba casi nada para que florecieran. Quizá pudieran volver a ir a Ueno y hacer una de esas cosas tradicionales que tanto había leído, con flores de cerezo cayendo por todas partes. Sonaba bien.

Salió de sus pensamientos cuando notó que su teléfono sonaba. “Claro, por eso no aprendo la gran cosa”, pensó antes de suspirar y responder la llamada de su amiga.

—¿Quieres ir a un festival? —preguntó de repente, así, sin saludar. Claro que habían hablado hace poco, pero aun así el asunto le pareció un poco repentino y levemente descortés.

—Hola, Arina, hola.

—Ups, lo lamento, me emocioné —respondió riendo—. ¿Entonces quieres ir?

—Claro —sabía que debería haberse informado un poco sobre el evento, datos tan simples como el lugar o la hora o… algo así.

—¡Genial! Paso por ti en 1 hora, ¿vale?

—¡¿Qué?! ¿Ahora? ¿Dónde hay un festival ahora? —iba a añadir que estaba estudiando, aunque le avergonzaba un poco tener que esforzarse tanto para aprender el idioma.

—Comienza hasta la tarde y está cerca de donde vives, creo. Ya buscaremos. Mientras tanto voy de camino.

—Pero no hace mucho que me levanté y no he desayunado y… —pena, eso era, le daba pena.

—Yo te llevo algo para desayunar, no te preocupes por eso. Tengo muchas ganas de verte, Océanne, estoy muy emocionada. Ya he ido a otros festivales, pero ahora todo me parece distinto. Ah, no sé cómo explicarlo. Me siento feliz y quiero que vayamos.

Últimamente, las palabras de su amiga causaban en Océanne una ola de calor en su rostro y en ese momento sentía claramente el sonrojo. Cedió. Era fácil ceder cuando Arina la miraba con esa alegría. Supuso que alguien con ese poder sobre ella no era algo del todo bueno, pero le gustaba la sensación.

—No vamos a usar kimono, ¿o sí? —preguntó pensando en lo que había leído sobre los festivales—. ¿O es yukata? No sé la diferencia.

—Mmm, creo que se pueden usar los dos. No he puesto mucha atención a eso. Pero no, vamos con nuestra ropa normal. Aunque si quieres ponerte un kimono no voy a quejarme —añadió.

—Olvídalo —le dijo, feliz de repente, contagiada quizá por la emoción de Arina—. Tráeme algo sin arroz, ¿vale?

—Anotado. No tardo. Bye.

Colgó. Eso que sentía era felicidad y por un momento esa sensación la asustó. Alejó ese pensamiento cuando vio su reloj. Debía bañarse y arreglar un poco el departamento. Debía hacer tantas cosas en esa vida.








P.D. Se me hizo tarde para vivir jaja
 

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-O-O ¿Pudiste dormir amiguis?
No ;w; Y me desperté temprano.

-O-O Lugar donde venden puro yaoi suena a paraíso para ti amiguis!
Olvidé decir que en efecto lo fue jaja. Ahí conseguí mis piezas más valiosas de Hydra <3

O-O- Todo tan light y esponjoso jaja, como algodón de azúcar!! Me encantó!
No me gusta lo dulce, pero ya ni modo =P Me alegra que te gustara.
 

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No ;w; Y me desperté temprano.



Olvidé decir que en efecto lo fue jaja. Ahí conseguí mis piezas más valiosas de Hydra <3



No me gusta lo dulce, pero ya ni modo =P Me alegra que te gustara.
También wolfito despertó temprano y de paso tuvo un sueño horrible -O-O.
O-O- Es gracioso porque lo dulce y kawaii te sale de maravilla jaja.
 

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5. Ofensa

Cuando el curso de japonés de 8 semanas en el que estaba inscrita llegó a su fin y las flores de cerezo ya no cubrían las calles, Océanne comenzó a plantearse seriamente el siguiente paso de su vida. Después de aceptar la ayuda de Arina, sus resultados habían sido bastante buenos. No sólo había aprendido hiragana y katakana, también conocía varios kanjis y era capaz de mantener conversaciones sencillas. Sabía que le faltaba mucho camino por recorrer y quería intentarlo, llegar al final y… Bueno, aún no tenía del todo clara esa parte.

Arina, que tenía visado de estudiante y planeaba continuar en el departamento de manga y animación de una escuela vocacional bastante reconocida, le recomendó que solicitara la visa de estudiante e iniciara sus estudios en una escuela que le diera la oportunidad de matricularse en una universidad y, con el tiempo, conseguir un empleo formal. Océanne recordaba bien los ojos de su amiga al hablar sobre sus planes y no pudo evitar querer formar parte de ellos.

En las últimas semanas su amistad se había vuelto más estrecha y le resultaba increíble que en un lapso tan breve pudieran compartir tanto. A veces Arina dormía en su departamento, a pesar de que la cama era pequeña y les costaba encontrar una postura adecuada, por lo que terminaban más o menos abrazadas en una situación que por algún motivo les resultaba reconfortante. Océanne la extrañaría muchísimo si tuviera que regresar a su país.

Un día simplemente hizo los trámites y esperó. Desde luego, seguía estudiando por su cuenta e intentaba aprender todo lo posible. En algún momento se convenció de que el hecho de hablar dos idiomas prácticamente desde siempre no la hacía más apta para el aprendizaje de un idioma nuevo y no supo si reír por su ignorancia o lamentarse un poquito por haber sido tan arrogante. La recomendación de Arina iba por el camino de la risa.

Y en eso estaba, leyendo un poco, recordando a su amiga y llevando una existencia pacífica cuando su teléfono sonó. Al principio creyó que se trataba de Arina (sus pensamientos siempre se desviaban hacia ella y quizá debía darle más importancia a ese hecho) y respondió sin pensarlo mucho. No le sorprendió que fuera una llamada de voz, pero sí la voz que estaba del otro lado.

—No te desperté, ¿verdad?

Océanne no dijo nada. No pudo. No podía pensar y aunque pudiera hacerlo las palabras no habrían salido de su garganta. Eso sí, vio el reloj. Era medio día.

—Acá son las 10, de la noche por cierto, ¿qué hora es allá?

“¿No lo buscaste antes de llamar?”, pensó (finalmente). Y qué desconsiderado asumir que le iba a responder. Por un instante deseó haberles hecho caso a sus amigos y bloqueado su número. Pero no podía. Quería ver sus fotos de perfil y saber que estaba bien, que seguía respirando sin ella pese a su propia incapacidad para hacer lo mismo.

—Mediodía —respondió por fin, después de una pausa larga que la otra voz no se esforzó por llenar.

—Qué interesante es eso de las zonas horarias —comentó. Se oía feliz y eso le hacía un poco de daño. No porque quisiera que estuviera sumida en la miseria y la desesperación (había pasado esa breve etapa hacía mucho) sino porque ella quería sentirse igual y le era imposible ya. Esa voz, los recuerdos, el dolor que aún sentía, aunque ya no por los mismos motivos ni de la misma forma, habían ensombrecido su día.

—Mucho.

—Te noto un poco rara, ¿estás bien?

—De maravilla —mintió.

—Me alegra. Hacía mucho que no te escuchaba. No sabía que estabas en Japón. Le llamé a Claudette la semana pasada para preguntar cómo iba todo y, entre muchas otras cosas, me dijo que habías viajado. No me lo esperaba, creí que jamás te había interesado salir del país.

Océanne deseaba gritar. Pasó 5 años con Emma (que para ella habían sido esplendorosos y apasionados mientras que para su exnovia habían representado un desperdicio de su juventud o algo así) y durante ese tiempo le comentó en muchas ocasiones lo mucho que le atraía Japón. Veía NHK, escuchaba J-Rock, leía mangas, revistas e historias de diversos escritores japoneses, entre ellos Ichiyô Higuchi, e incluso consultaba paquetes vacacionales, los clásicos, los que decían “12 días, Tokio, Osaka, Kioto y Nara”. Y Emma jamás lo notó o tal vez ya lo había olvidado.

Enfurecida, dejó escapar algunas lágrimas. No muchas, mas sí las suficientes para sentirse inútil.

—¿Para qué llamas, Emma? No te habías preocupado por mí en los últimos —hizo una breve pausa con la intención de mostrar que tenía que tomarse algunos instantes para recordar eso— 4 meses y ahora me llamas, ¿qué quieres?

Su exnovia guardó silencio durante un momento. Océanne contuvo el impulso de colgar.

—Te seré sincera. ¿Recuerdas a Alice?

Aunque el nombre le causó una punzada en el pecho y cierta incomodidad en el estómago, hizo un ruido para indicar que la recordaba (cómo podría olvidar a la persona por quien la dejó).

—Bueno, ella es fan, de verdad fan, de Pokémon. Tiene todos los juegos y una colección enorme de merchandise.

—Ya —veía por dónde iba el asunto.

—Cuando le conté que estabas allá, me dijo que había un peluche de Ditto shiny, una edición especial y limitada que sólo se vende en Japón…

Océanne había tenido suficiente.

—Olvídalo —murmuró antes de colgar. Y bloqueó el número. También siguió llorando. Las lágrimas habían comenzado como una muestra de enojo mezclado con el leve daño que había sufrido en el pasado, pasaron por una etapa de frustración y se habían estancado en la humillación. Eso era, vil humillación. Se sentía fatal. Estúpida y fatal.

Su teléfono volvió a sonar y sólo la costumbre hizo que volteara a verlo. Esa vez sí era Arina:

“Mira, he comprado este helado en una cafetería cerca de la escuela. Debemos pasar el fin de semana”.

El mensaje iba acompañado de una foto de una bola de helado rosa en un vasito transparente. Sonrió, aún con lágrimas en los ojos. Quizá la conexión entre Arina y ella era tan fuerte con su amiga sabía que necesitaba una pequeña ayuda. O tal vez era mera casualidad. De cualquier forma, le respondió:

“¿Sabes quién me acaba de llamar?”.

“¿Llamar? ¿Quién? Cuenta”.

“Emma, mi exnovia”.

Arina envió un emoticono de sorpresa.

“¿Puedes creer que quería que comprara algo para su nueva novia?”.

Otro emoticono de sorpresa, esa vez de un perrito gris.

“¡¿Qué pasa con ella?!”.

“¡¡Lo sé!! Me da tanto coraje”.

Siguieron escribiéndose así durante un rato. Al final de la plática, la sensación de impotencia y humillación se había desvanecido.
 

تالف و مكسور تماما
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6. Arina

Arina aún no llevaba ni 1 año en Japón (iba por el noveno mes) y ya le estaba ocurriendo: extrañaba la comida de su país. Y no sólo se trataba de la carencia de ciertos alimentos, era más bien la gama de sabores. No es que no le gustara la comida japonesa, claro que no, pero faltaba algo. Un toque ácido o quizá salado. No podía decirlo con precisión. Tal vez se tratara de que al final todo terminaba pareciéndole dulce y le resultaba difícil desprenderse de esa sensación en la lengua, por más té verde que tomara.

La mayoría de sus compañeros de clase (principalmente chinos o de otros países asiáticos) parecían no tener muchos problemas con eso, aunque tenía 2 amigas italianas que habían comenzado a sufrir desde el primer mes. “Faltan productos frescos”, le había comentado una un día. Eso no era realmente cierto. Había bastantes productos frescos, pero eran caros, en especial para el presupuesto de un estudiante.

Fue en una ocasión que extrañaba especialmente el Schweinsbraten que preparaban en su localidad cuando decidió que dedicaría cierta parte de su tiempo libre a buscar comida que no le pareciera tan dulce. Varios meses después se daría cuenta de que esa misión básicamente había fracasado, pero que eso no significaba que hubiera sido en vano. El motivo era que uno de esos días, mientras se deslizaba con lentitud por Ikebukuro, de repente le dieron ganas de visitar una librería grande a la que jamás había entrado. Una especie de corazonada la llevó a la zona de la Era Meiji, donde vio una edición antigua de relatos de Ichiyô Higuchi y eso fue lo que finalmente la llevó a conocer a Océanne.

Sabía que sonaba tonto, como cliché de película romántica, pero lo que sintió sólo podría ser lo que la genta llamaba “amor a primera vista”. Océanne era una chica delgada, quizá demasiado, y eso le daba un porte desgarbado que sentaba bien con su aura general. Usaba sudadera amplia, pantalones de mezclilla, zapatos deportivos y una bufanda enorme; ninguna prenda combinaba. En realidad, tenía una apariencia bastante casual, con el cabello castaño y revuelto, y los ojos de color miel. Y una expresión de ensimismamiento que la hizo sonreír incluso antes de que tuvieran el primer contacto.

Resultó ser también una buena amiga, abierta y lista, con un amplio conocimiento de temas que le parecían fascinantes. Una persona con convicciones y valores firmes, aunque ella misma no era consciente de esos rasgos y solía mostrarse insegura sobre el futuro. Le gustaba pasar el rato con ella y reírse e intentar animarla cuando la veía decaída. Aprovechando que tenía más experiencia en japonés, empezó a ayudarla a estudiar y cuando terminó su curso corto la animó a que siguiera aprendiendo.

Incluso la invitó a sus aventuras en busca de comida que no le resultara tan dulce. Océanne no parecía muy entusiasmada con nada que se relacionara con los alimentos, pero de cualquier manera la acompañó en todas las ocasiones. Arina no tuvo suerte; sin embargo, eso no la desanimó, siempre se podía seguir intentando. Además, era una forma de aprovechar su compañía.

Si en algún momento pasó por su mente que esa relación sería sólo un crush, se esquivó rotundamente. Se enamoró (era la única palabra que podía más o menos englobar todo lo que sentía). Cuando Océanne le habló sobre su exnovia estaba ya tan enamorada que quiso abrazarla, besarla y decirle que ella jamás le haría algo así porque no había forma de que dejara de quererla. En cambio, respiró profundo e intentó comprender la situación y darle su punto de vista de la forma más objetiva posible. Creía que esa estrategia había funcionado.

Arina empezó a conocer una faceta de sí misma que nunca creyó posible y le avergonzó lo melosa que podía llegar a ser. Jamás se le cruzó por la mente que podría tratar a alguien con tal delicadeza, no por miedo a romperla o hacerle daño, sino por simple y pura devoción. Pero no se lo dijo. Y todo habría seguido igual, con la excepción de que ese amor habría seguido creciendo hacia adentro, en secreto, si aquella noche en el departamento de Océanne no hubieran bebido de más.

—Me gustas —había dicho.

Y Océanne la había mirado durante un tiempo que a Arina se le había hecho larguísimo, como si los engranajes del reloj no pudieran encajar en su lugar. Ni el rubor provocado por el alcohol logró ocultar cómo se extendía el sonrojo por sus mejillas.

—¿Yo?

Su amiga estaba borracha, Arina lo sabía, pero esa respuesta le había hecho mucha gracia.

—Tú —había sido su respuesta.

—Oh.

Después la escena le resultaba complicada, aunque era muy consciente de que la había besado. Puesto que Océanne no había puesto resistencia, había aprovechado para profundizar el beso.

Quizá debió haberse quedado callada, pero no era momento de ponerse a reflexionar.
 

تالف و مكسور تماما
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7. Aquello

Esa noche soñó que Arina y ella tenían sexo. De cierta forma, lo había estado esperando desde que comenzaron a compartir cama. Todo era parte de su mente subconsciente, desde luego, pero estaba ahí, aguardando el momento adecuado para dar ese paso con toda la naturalidad del mundo. Y eso se debía a que su amiga le atraía, no exactamente en el ámbito físico (pese a que le parecía guapa) sino por su personalidad.

En su sueño, Arina la besaba y Océanne se dejaba llevar. Era una sensación agradable. Los besos, el contacto con su cuerpo, la forma en que la abrazaba, como si no quisiera dejarla ir jamás. Era tan… reconfortante. En algún momento ambas estuvieron desnudas y aunque le apenó un poco ver a su amiga sobre ella, puso de su parte también. Al final, se cubrió la cara a medias, quizá porque le avergonzaba que la viera así.

Luego se dio cuenta de que no había sido un sueño. Cuando abrió los ojos, aquejada por un leve dolor de cabeza, lo primero que notó fue que estaba desnuda. Lo segundo fue que Arina la estaba abrazando, desnuda también. No le costó mucho unir las piezas. Y aunque no quería despertarla, se dio cuenta de que ya había comenzado a tocarle el hombro con suavidad.

Was ist los? —preguntó, abriendo perezosamente los ojos. De repente, pareció darse cuenta de la situación porque dejó de abrazar a Océanne y se incorporó con lentitud, sin molestarse en cubrirse los senos (cosa que Océanne tampoco había hecho)—. Te lo dije, ¿verdad? ¿Te dije que me gustabas? Que me gustas, quiero decir.

Océanne no esperaba escuchar eso. De hecho, no esperaba escuchar nada en específico. No se le había ocurrido qué pasaría después de que Arina despertara. Meditó por un momento en sus palabras. Cierto, le había dicho que le gustaba y luego la había besado y luego habían tenido sexo.

—Sí, eso creo —respondió por fin.

—Demonios. Lo lamento mucho, nunca fue mi intención decírtelo. El alcohol me dio el valor de hacerlo, no lo sé, parecía muy buena idea hace un rato.

Por primera vez, Océanne se sintió incómoda a su lado y esa sensación no tenía nada que ver con el hecho de que estuvieran desnudas. Tampoco era por la confesión en sí. Se relacionaba más bien con que tendría que decirle algo, darle una respuesta, pensar en si su amiga le gustaba, en si sentía algo por ella (algo distinto de la amistad). Y sospechaba que sí, pero no se sentía lista para todo lo que conllevaba. ¿Una relación? ¿Tan pronto? No sabía si…

—No te preocupes, no te estoy pidiendo nada —dijo Arina, interpretando correctamente la expresión contrariada y levemente atormentada de Océanne—. No te digo que lo pienses, ni que aceptes mis sentimientos ni nada de eso. Simplemente pasó. Podría decir que fue un error o una equivocación, pero de cierto modo me alegra haber podido decirlo. Comenzaba a pensarme un poco, ¿sabes? Y no quiero que tú cargues ese peso. Podemos seguir siendo tan amigas como siempre y fingir que esto fue un encuentro casual entre personas adultas que están explorando su sexualidad.

Su elección de palabras la hizo reír y la tensión que poco a poco había ido llenando la habitación se desvaneció de golpe. También se fue la profunda tristeza que amenazaba con inundar a Océanne. Su amiga tenía razón, más o menos.

—¿Explorando su sexualidad? ¿De verdad? —unas risas acompañaron sus preguntas— Supongo que de vez en cuando viene bien reafirmar las convicciones.

—Exacto. ¿Qué tal que te estabas volviendo hetero y no te habías dado cuenta? Terrible, ¿no?

—Totalmente.

Ambas se rieron, felices a pesar de todo. Arina sabía que Océanne no estaba preparada para tener nada con ella, pero estaba dispuesta a esperar un poco. Quizá en el futuro… Aún tenían mucho que compartir.

—Tengo hambre, ¿quieres que te prepare algo? —preguntó Arina mientras se levantaba. No le molestaba ni le avergonzaba su desnudez, así que se tomó su tiempo para encontrar su ropa y vestirse. Océanne la observaba apreciativamente.

—Ahora que lo mencionas, sí, me parece perfecto. Si no lleva arroz, mejor.

—Veré qué se puede hacer.

Océanne siguió contemplando los movimientos desenvueltos de su amiga en la pequeña zona de cocina. Luego de un rato, se puso su ropa y la fue a ayudar.
 
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