Quest B "Pánico en el agua" - [Dylan Tanneberger & Gomamon]

Asta.

Kill. Me. Slowly~♡.
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"Pánico en el agua”

- NPC involucrado: -​
- Sinopsis: La semana pasada ocurrió un incidente en el que una Tamer que nadaba en la Bahía de los Salvadores casi se ahogó cuando fue hundida por algo. En esta ocasión el incidente se repitió, siendo Hangyomon el culpable identificado. Tenemos que detenerlo antes que ocurra una desgracia.​
- Escenario: Bahía de los Salvadores​
- Objetivos:​
Encontrar al Hangyomon responsable​
Detenerlo​
- Notas
Hangyomon es extremadamente rápido y hábil dentro del agua, cuidado con ser hundidos​
Aunque no sabemos si tiene relación, también se han avistado ataques de Gesomon en el área, tengan cuidado​


Quest B


Participantes:
- Dylan Tanneberger & Gomamon.
Digivice:
- iC
Plazo: 21 días.
Cantidad de post: 7 post.
Acompañantes: -
Extra: Los NPC's personales "Drew Taggart", "Lottie Lindblad" y "Lex Pall" estarán presentes.

Verwest Raving George aquí está su misión, que se divierta~!
 

xx
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—¿Quieres acompañarme a ver residencias? —la pregunta salió como un mazazo sorpresivo de proporciones bíblicas. Zaytseva se plantó frente a ella dando a entender que no estaría cómoda con ese tema de conversación, se escondió las manos en los bolsillos.
—¿Residencias? —Tanneberger asintió con la cabeza— ¿Te refieres a casas? ¿Una casa para vivir en ella?
—Sé que suena muy cliché, pero sí, mi intención en vivir en ella —bromeó buscando el azul de sus ojos.
—¿En File? —probó Zaytseva.
—En Cabo Coela —Tanneberger se encogió de hombros.
—Vas a mudarte de casa de Halsey —Zaytseva razonó sin ganas, suavizando su entrecejo y bajando la mirada al piso.
—Sí.
—A una zona que queda a una hora de distancia de casa de Halsey.
—¿Has estado estudiando geografía de File? —bromeó Tanneberger otra vez, con una media sonrisa, pero debía ser una jodida miseria para Comedy Central ya que Zaytseva le devolvió la mirada muy seria, algo molesta—. B-blasfemia —musitó apenada—, en realidad, son cuarenta y cinco minutos o treinta y cinco con poco tráfico.
—No entiendo por qué.
—Quiero que vengas conmigo —se apresuró en aclarar, sintiendo un hormigueo en la palma de las manos, el corazón le bombeaba muy fuerte. Y con esa frase sí que captó la atención de Zaytseva, porque la eslava había dado por sentado muchas cosas demasiado pronto y aquella observación nunca cupo en su cabeza—. No es permanente —añadió, tomándole de las mejillas con sus torpes manos para no darle oportunidad a sus ojos de regatear—, dejaremos todo aquí y volveremos cuando nos plazca —hablaba con mucho cuidado—. Conseguiremos cosas nuevas y llenaremos el espacio para nosotras, para Gomamon, para Vanya, para Tommy y para Dex. En un lugar muy amplio con un enorme jardín en donde Tommy y Dex puedan jugar tag sin parar, en la orilla de la playa en donde Gomamon atrapará Digi-Carpas que Vanya preparará en una grandísima cocina para la cena. Todo mientras tú y yo disfrutamos el sol de verano adquiriendo tonalidades saludables para nuestra piel —a Tanneberger le fue muy sencillo imaginar todas esas cosas que salían de su boca—. Das ist alles was ich jemals wollte —remató recortando las distancias, saboreando los labios de Zaytseva muy rápido—. Por favor, di que sí.
—Deberíamos llevar al menos nuestras cosas favoritas —respondió tras un rato Zaytseva y Tanneberger suspiró aliviada, porque por un momento pensó que a su novia se le había olvidado cómo sonreír.

«El secreto para sobrevivir un rompimiento es negar. Negamos que estamos rotos, negamos que estamos asustados, negamos lo mucho que anhelamos estar junto a la otra persona y, sobre todo, negamos que estamos en negación. Solo vemos lo que queremos ver y creemos lo que queremos creer. Y funciona. Nos mentimos tanto a nosotros mismos que al cabo de un tiempo las mentiras empiezan a parecer verdades. Es tanto lo que negamos que no sabemos reconocer la verdad que tenemos delante».

—Cuando me fui, dijo que estaba bien —habló Taggart tomando un puñado de palomitas. Para hacerlo no necesitó estirar mucho su brazo ni tampoco fijar el objetivo en su vista.
—Nadie se recupera tan rápido de una ruptura —comentó tranquilamente Lottie antes de tomar un Digi-M&M’s verde.
—Tanneberger sí —Pall lo afirmó encogiéndose de hombros—. Es demasiado fría —prosiguió, captando las miradas de los otros dos—. Es fuerte, le corre hielo por las venas, hace lo que tiene que hacer.
—No lo entienden —objetó Drew—, terminó una relación larga, vivían bajo el mismo techo, se querían y, ¡ahora actúa como si no le importase! —dio un brusco manotazo sobre la mesa que le valió un reclamo de parte de Lindblad. Es que el americano comenzaba a exasperarse ante la pasividad de sus compañeros—. Dylan es 'hola, estoy perfectamente bien y tengo que hacer cien mil Quest’. Se comporta como si no sintiera afecto, sin emociones, le falta calor, está perdiendo su...
—Seguro no la quería tanto —interrumpió Lottie.
—¡Lottie! —Pall le reprendió con la mirada por la falta de tacto.
—Ugh, literal, es la verdad —no obstante, la británica no se achantó—. Si ella no quiere tocar el tema, entonces no es importante, IMO —mantuvo su postura y prolongó la tensión en el momento comiendo otro Digi-M&M’s verde. Los varones suspiraron resignados.
—Tanneberger sería una gran cirujana o política —dictaminó luego de un rato Pall—. si no muestras debilidad, llegas a la cima —las miradas de los implicados se magnetizaron a la figura de la rubia, quien flotaba en el agua de la piscina enseñándole al pequeño Dexter a nadar.

Los tres humanos estaban sentados alrededor de una mesa de jardín, con cubierta de cristal y una enorme sombrilla desplegada sobre sus cabezas. Desde la parte trasera de la residencia podían observar el mar, sentir la brisa, disfrutar el calor y escuchar a la gente escandalosamente feliz que paseaba por Overflow Beach. A Dylan no le importó despilfarrar sus ahorros para decorar su nueva casa de aspecto rústico por fuera, con muebles modernos de líneas limpias que conseguían que las estancias se llenaran de luz. Se rodeó de sus objetos y sus personas favoritas, porque solamente así no tendría que volver a salir corriendo a Metal Empire, a Ciudad File o a cualquier otro sitio jamás. Ese ahora era su hogar, el de Gomamon, el de Dex y, ocasionalmente, también el de sus amigos y Digimon acompañantes.

—¿Por qué sólo tomas los de color verde? —le preguntó Lacrosse a Lindblad después de observar que seguía sacando de la pequeña envoltura de papel chocolates del mismo color que su cabellera.
—Me como los Digi-M&M’s en orden alfabético —contestó la chica con naturalidad, el norteamericano se restregó los ojos, incrédulo, pensando que Lindblad no debía estar muy bien de la azotea.
What?
—La invitaré a salir —anunció Pall, antes de tomar un sorbo de humeante té. Lindblad y Taggart creyeron escuchar mal. El británico hablaba en una frecuencia casi indetectable para el oído humano, ¿o no?
—Te refieres a, ¿salir, salir? —tuvo que corroborar la chica. Pall asintió con una sonrisa de medio lado.
—Ella usará un lindo vestido, yo pagaré por la comida, le abriré la puerta del auto.
—¿Se lo dices tu o se lo digo yo? —le preguntó Taggart a Lindblad después de una carcajada sonora.
—No soy su tipo, lo sé —Pall se adelantó a las acciones—. Pero no se preocupen, no estoy realmente interesado en ella. Solo pasaremos un buen rato, tal vez podamos hacernos sonreír el uno al otro, ella será mi nuevo desperdicio de tiempo y yo el de ella —el tono malicioso con el cual revelase sus verdaderas intenciones no impresionó ni una pizca a Lindblad. Caso contrario el de Taggart.
—No te atrevas a jugar con Dylan —lanzó el americano entre dientes. Tenía cara de rata y parecía a punto de devorar al otro hombre con el enfado.
I’m sorry, is this coming from a male prostitute? —Pall ni siquiera volteó a mirarle.
—¡Aléjate de ella! —Taggart sorprendió a todos cuando se levantó y tomó a Pall del cuello de su camisa. A lo mejor pensaba alejar al británico de la alemana a base de golpes. Todo aquello era demasiado primitivo para Lindblad, quien se escabulló horrorizada para no volver nunca.
—Camino por la orilla de la playa —escuchó a Pall hablar—, compro velas de aromaterapia, voy a la iglesia los domingos y soy muy Zen, pero ahora mismo juro que quiero patearte el trasero tan fuerte que me está matando.

[...]

A veces Tanneberger sentía que los humanos eran demasiado predecibles como para conversar con ellos. Sonrió de forma amarga recordando sus intentos fallidos por desnudarse física y emocionalmente con otros de su misma especie. Algo dentro de ella le decía que, si lo hacía, volvería a sentirse perdida, sola y vacía. Le aterrorizaba a montones. Era extraño haber acabado en Folder, lejos de todo lo que le importase en Digital World a excepción de Gomamon y Dexter.

—He pensado escribirle. Es decir, no somos extrañas, ¿cierto? —dijo Tanneberger, después de dar por concluida la sesión de nado con Dexter. Su oyente volteó sin muchas ganas hacia ella con una cara de aburrimiento.
—¿Te parezco amigable? —le preguntó con acidez.
—Eres una bola con alas que esconde sus emociones detrás de una sonrisa malvada —aseveró ella apática, viendo al Baby incorporarse a los entrenamientos de ‘Los Caballeros de la Órden del Rey Gomamon’. El acuático hacía un fantástico trabajo inventando nuevas formaciones, tácticas de batalla junto a Blaidd, Frankie y Dexter.
—Ve y habla con alguien a quien le importe —Picodevimon le dio el portazo, pero sabía que seguía del otro lado con los oídos bien abiertos dispuesto a escucharle.
—Has dicho eso tantas veces que ya ni siquiera parecen palabras —a Dylan le pareció divertido—. Incluso si se lo contaras a alguien, nadie te creería porque a nadie le agradas.
—¿Gracias? —el Child pestañeó un par de veces, incrédulo y ofendido por partes iguales— Qué halagador.
—Tabula rasa —se dijo a sí misma—. Todo saldrá bien, he hecho esto muchas veces y todo estará bien, todo estará bien, todo estará bien —recitaba rapidísimo. «Todo estará bien». Ese era su mantra desde que aterrizara en Folder.
—Qué tonta eres —le hizo entender el Virus antes de salir volando hacia otra parte. Ella se quedó ahí flotando cerca de la escalerilla de salida—. Si de algo sirve —escuchó en su oído tras unos segundos—, el idiota en tu lugar estaría borracho y perdido en un bar de mala muerte —esbozó una minúscula sonrisa y vio a Picodevimon por la esquina de su ojo hasta desaparecer.

Suspiró hondo. Era una tarde muy fría pero necesitaba despejar la cabeza, así que se propuso hacer algunos largos en el agua. Se sobresaltó cuando escuchó la voz de Lindblad porque no esperaba tener compañía:

—¿Hay sitio para una más? —cuando giró la cabeza, la vio sentándose en el borde de la piscina, con los pies y parte de las piernas sumergidas en el agua.
—Claro —¿claro? Pero si no le apetecía compartir con ningún humano—, de todos modos, debería irme.
—No te vayas —le pidió Lindblad mirándole fijamente a los ojos.
—¿Por qué no?
—Porque no. Quédate.

Deseaba irse, pero el tono suplicante de la británica se lo impidió. Apenas consiguió moverse de donde estaba para salir de la piscina y sentarse a su lado. Tenía el cabello mojado, echado hacia atrás y el traje de baño pegoteado. Varios días de sol le habían dado un aspecto saludable. Se colocó una toalla sobre los hombros y tembló un poco al sentir una pequeña corriente de viento.

—Sé que la has pasado mal, Twisted —comenzó la británica con una sonrisa misteriosa—. Y no estoy hablando de Metal Empire.
—Ah, ¿sí? —Dylan ladeó la cabeza—. Y, ¿qué más sabes? —le retó a que le dijera, aunque en realidad no quería escucharlo. Se distrajo tomando un Digi-M&M de los que comía la británica y cerró los ojos unos instantes.
—Si te lo dijera, no tendría gracia —respondió Lottie, siguiéndole el juego—. Además, me gustaría que me lo contaras tú —estaban lo suficientemente cerca para sentir un aumento en las respiraciones de ambas. La parte racional de Dylan le alertó acerca de lo peligrosa que podría tornarse esa charla, miraba a Lottie como si quisiera decirle que frenase aquello—. Ugh, como sea, relájate —la británica captó la misiva y la alemana tomó otro chocolate—. Hagamos algo divertido.

Era el segundo amarillo que se llevaba a la boca porque no lo hacía al azar. Dylan escaneaba el interior del paquete de Digi-M&M’s hasta encontrar el que buscaba y después, sin darle menor importancia, se comía los amarillos. Los amarillos. Amarillo, azul, café, naranja, rojo y verde. Dylan estaba empezando por el principio lo que ella empezaba por el final. A Lottie se le descompensó un latido.

—¿Te gustaría ordenar pizza y engordar mucho conmigo?
—Soy más del tipo que come una hamburguesa con muchas,
muchas papas fritas —se arrepintió en el mismo instante de haber contestado con total sinceridad. Dylan quedó muda e inmóvil, como un vegetal haciendo la fotosíntesis.

«A veces la realidad llega inesperadamente y nos sorprende. Y cuando el dique se desborda, no queda más que nadar. El mundo ficticio es una jaula, no un capullo, no podemos mentirnos a nosotros mismos por mucho tiempo. Estamos rotos, estamos asustados, negarlo no cambia la verdad. Tarde o temprano, debemos hacer a un lado nuestra negación y enfrentar el mundo cara a cara, muy violentamente. Negación no es como un río, es como un maldito océano. Así que, ¿cómo evitas ahogarte en él?».

—Tengo que hacer una Quest —se levantó y se marchó muy rápido, deseando desaparecer.
Really? No te creo —Lindblad fue tras ella.
—Es gracioso que me acuses tú de deshonesta.
—Hey, ustedes dos —les alcanzó a medio camino Taggart—, ¿a dónde van?
—¡No me dejen con el kindergarten de mounstros digitales! —escucharon a Pall gritar.



Asta. Asta. pásele
 
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Existían pocos establecimientos que vendían comida y refrescos para las personas y Digimon que decidieran turistear en ese sitio, precisamente porque no era un destino turístico oficial. Ella estaba a orillas de una calita pequeña, en un chiringuito en donde el único platillo que preparaban sin pescado (porque no le apetecía comer algo con olor a Gomamon) era aquel servido sobre su mesa. ¿Se trataba de comida de verdad? Si no incluía cubiertos, no lo era. Aunque a veces para comer pizza vegana sin gluten tampoco necesitaba un tenedor y un cuchillo. Lottie mordió la hamburguesa tal como lo hacía Lex y la degustó con mucha salsa de tomate; su mueca se tornó amarga.

—¿Cuándo vas a decírselo? —le preguntó Lex después de pasar su bocado por la garganta. Rodó los ojos. En ocasiones su compañero de equipo carecía de sensatez y hablaba de temas muy importantes en los momentos menos adecuados.

—¿Ves cómo camina como si fuera la dueña de cada lugar a donde vamos? —con una mirada señaló a Tanneberger, quien disfrutaba la brisa marina junto a Gomamon, Picodevimon y Taggart—. Es un bloody disfraz, nunca puedes dar todo lo que los demás quieren y mantenerte fiel a ti mismo. Lo último que Dylan necesita ahora es otro drama relacionado con su madre.
—Si ella descubre que le estás mintiendo de nuevo, nos echará de la casa —masculló Pall. Moduló la voz y se inclinó hacia Lindblad cuando vio de reojo a Tanneberger acercándoseles—. No te ofendas, pero no quiero volver a esa pieza de cuatro paredes con colores de hospital en Holy Angel Citadel —recitó rapidísimo.
—No le estoy mintiendo —refutó en un susurro Lindblad.
—¿Podrían decirme por favor por qué me han acompañado hasta acá? —cuestionó sin preámbulos Tanneberger. La otra chica se llevó la mano derecha al pecho y dramatizó sintiéndose atacada.
—Por Dios, ¿qué tal tu transporte? Your welcome —tiró de sarcasmo
—Es un gusto poder ayudarte, Tanneberger —Pall era su escudero perfecto.
—Siempre quise conocer la Bahía de los Salvadores.
—Maravilloso lugar en Digital World, si me permites opinar.
—Por favor, después de ti.

Dylan se llevó las manos a las caderas y suspiró cansada. Su paso por la Central de Tamers de Star City fue fugaz. Por fortuna encontró una tarea que se ajustaba a ella tan bien como un guante hecho a la medida. A la salida de la ciudad, se encontró con algunos fotógrafos y periodistas que deseaban una poquita de su atención. Con una reputación como Tamer en activo, su nombre y el de Gomamon redespertaba interés en los tabloides, pero no tanto como el que despertaba Lindblad por sí misma. Ella era conocida por publicar entradas referentes a chismes, consejos de salud y datos curiosos en un blog que contaba con miles, millones de seguidores. Como fuere, sus figuras conjugadas se estaban convirtiendo en el platillo principal de los periódicos, en primera plana. Y no era que no apreciara el conveniente, cómodo y rápido escape-traslado que el Digimon de la británica les había ofrecido, pero a veces sentía que eran demasiadas bocas para tan pequeño pastel. La Quest era suya y de nadie más.

—Okay, ustedes pueden vacacionar o lo que sea mientras yo trabajo —admitió resignada, dejando que Gomamon le aplicase un poco de crema solar en los brazos. La aristócrata le miró sin comprender, ¿trabajo? ¿A qué se refería?
—Twisted, la mayor parte de mi fortuna en DW la he amasado nunca debido a mi antiguo puesto en el Tengu News, mucho menos en mis actividades como Tamer, sino a costa de estar en los lugares indicados y rodeada de gente correcta —habló entonces—. Tú y yo lo único que tenemos que hacer es ir a restaurantes, ir a fiestas, hablar sobre lo que queramos hablar y estaremos en el periódico al día siguiente. Dinero a manos llenas.
—No estoy haciendo esto por dinero —confesó sin pensarlo.
—Humana, mi querida Dylan es una Tamer muy valiente y yo el Rey del Digimundo, eso es lo que nos lleva a los periódicos. Los periódicos no nos llevan a ser Tamer o Rey —explicó Gomamon y por una vez Tanneberger tuvo ganas de que siguiera hablando, pero era momento de marcharse. Se despidió de Lindblad y Pall y se dirigió hacia el otro lado de la playa.
—Llámanos si necesitas algo —escuchó al británico antes de desaparecer.

Si no lo hacía por dinero, entonces ¿cuál era su motivación? Tiempo. El tiempo le agobiaba, le aterraba cada vez que no tenía algo para ocuparlo. Necesitaba trabajo, propósito, dignidad, pero sobre todo necesitaba llevar su cabeza a un sitio seguro. Con cada paso que daba hundía un poco sus sandalias y podía sentir la odiosa arena, se acercaba cada vez más a su destino: otro pequeño local en donde preparaban bebidas que serían muy apetecibles si estuviesen en pleno verano. En ese lugar iba a encontrarse con la chica que resultase atacada por Hangyomon para una corta entrevista, recopilación de información.

Estaba a puertas de su destino cuando escuchó la voz de Taggart por la espalda. El chico había gritado su nombre con la respiración agitada por correr un largo trecho para alcanzarle. Juntos entraron al restaurante y pidieron un par de bebidas para amenizar la espera.

—¿Sabes? Esta playa me recordó a una tía que perdió a su marido antes de que yo llegara a DW y eso la sumió en una fuerte depresión —Taggart le dio un gran sorbo a su botellín de cerveza, después prosiguió haciendo ademanes exagerados. La rubia bebió un poco de agua y le vio, enarcando una de sus cejas—. Ups, a lo mejor no debería estar hablándote de eso, discúlpame, no controlo mis pensamientos —soltó una sonrisita casi burlesca, de esas que llevaba Picodevimon tatuada en su cara todo el tiempo—. Bueno, bueno, solo lo decía por si acaso.
—Mugroso ladronzuelo, ¿a qué te refieres? —preguntó Gomamon después de beber de su propia agua.
—Discúlpenlo, el idiota está siendo idiota —respondió Picodevimon, revoloteando sobre sus cabezas—, solo habla cosas sin sentido.

Taggart les ignoró porque miraba a Tanneberger como si esperara impacientemente una respuesta de su parte que profundizara el tema. Ella captó el mensaje enseguida. Sabía mejor que nadie que su amigo esperaba que se abriera con él, lo había estado posponiendo demasiadas semanas y eso inquietaba al norteamericano. Agradecía su preocupación, pero, ¿qué decir al respecto? No sabía qué podía contarle. Ella estaba bien, sorprendentemente bien y eso era todo. No había más que contar. Tenía que concentrarse en el trabajo.

De repente, la campanilla de la puerta del restaurante les alertó del arribo de una nueva persona. A Dylan se le indigestó el agua, si es que eso era posible. Era uno de esos momentos en los que desaparece el ruido y dejas de respirar. Como a cámara lenta, pero de verdad: ahí estaba Zaytseva de espaldas, conversando con el hombre en la recepción. Con el pelo grisáceo, casi blanquecino moviéndose a merced de caprichosas ráfagas de viento. Ese mismo cabello con el que ella había jugueteado mil veces y que le hacía cosquillas en la nariz cuando la abrazaba, ese que olía permanentemente a menta. Toda ella estaba igual que siempre, en serio, como si no hubiera pasado el tiempo.


«Dolor. Viene en todo tipo de formas. Punzadas leves, un poco de ulceración, molestia ocasional, dolores normales con los que vivimos a diario. Existen dolores que no podemos ignorar, un grado tal de dolor que bloquea lo demás y hace que todo se desvanezca hasta que en lo único que podemos pensar es en lo mucho que nos duele. Cómo enfrentarlo depende de nosotros. Lo anestesiamos, lo sobrellevamos, lo acogemos, lo ignoramos mientras esperamos que desaparezca por sí solo. Esperamos que sane la herida que lo causó. No hay soluciones ni respuestas fáciles, solo respirar hondo y esperar a que se calme».

La recordó sonriéndole desde el marco de la cocina en casa de Halsey, diciendo que Vanya había preparado raviolis para el almuerzo. Se acordó también de sus delgadas manos moldeándose tan perfectamente a las suyas, de sus extravagantes gustos por las bajas temperaturas y los sitios tropicales al mismo tiempo. A lo mejor por eso estaba ahí, la Bahía de los Salvadores era el sitio ideal para ella. ¿Era real o se trataba de un Nightmare Wave lanzado por el Bakemon que hacía de bartender? Le ardían las mejillas y su corazón se había ido de vacaciones con Lottie y Lex. Se colocó las gafas oscuras para ocultar una indisciplinada lágrima y carraspeó deshaciéndose del terrible nudo en su garganta.

—No es ella, no te preocupes —escuchó a Taggart muy cerca de su oído—. Vi en una revista que se cortó el cabello.
—¡Dyl! —Gomamon saltó de su asiento—. Se parece a...
—Lo sé, lo sé —interrumpió porque no estaba lista para escuchar su nombre, ni siquiera el pseudónimo con el que le bautizara su Digimon.
—Es muy atractiva —Lacrosse ofreció una opinión que nadie pidió y le dio otro sorbo a su cerveza—, pero no tanto como... —Dylan le amenazó con una mirada así que se retractó muy rápido—. Mierda, ¿lo dije en voz alta?

En ese instante una combustión instantánea le habría venido de maravilla, porque la chica clonada de ‘ya-saben-quien’ iba directo hacia ellos, con la mirada fija en ella. Pero tras unos segundos, tuvo que admitir en su cabeza que, cara a cara, la situación no era tan espeluznante. Las medidas de cuerpo y la cabellera eran todo lo que tenían en común aquella extraña y la persona que deseaba enterrar en sus pensamientos, nada más.

—¿Dylan Tanneberger y Gomamon? —la rubia asintió con la cabeza, se puso su disfraz y extendió la mano a forma de saludo. La extraña la tomó enérgicamente.
—Humana, serán atendidos personalmente por el Rey del Digimundo —habló Gomamon con su porte característico de monarca. La chica y su Lalamon soltaron un pequeño grito de emoción.
—¡Cuando supe que resolverían esta Quest, apenas pude creerlo!

Maia Vasilieva. Ese era su nombre. Es que debía ser una jodida broma, pensó Dylan. Al final la chica y su Digimon resultaron ser acérrimos admiradores de los cuentos del Child acuático y muy a pesar de los refunfuños de Lacrosse, quien no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Picodevimon se rio de él con muchas ganas. Tomaron dos o tres bebidas más el tiempo que Maia tardó en relatarles su experiencia en la cual casi fue asesinada por un Hangyomon. Les dio también un par de pistas para comenzar con su búsqueda.



Asta. Asta. pásele, pásele
 
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—Digital Security no ronda mucho por esta zona porque no es un lugar turístico, suelen decir. Pero si me preguntas a mí, dude, la Bahía de los Salvadores tiene las mejores olas en todo Folder.

Explicó Maia mientras caminaban por la orilla de la playa, bordeando la cala para llegar al punto exacto en donde fuese atacada. Dylan reconoció cada tramo de arena a través de sus gafas oscuras y notó que el oleaje se iba volviendo más agresivo, perfecto para un poco de deporte acuático. A lo lejos vio pasar algunos barcos que adornaban el horizonte.

—El turf es un deporte digno, ser inferior —comentó Gomamon, colgaba de la espalda de su Tamer—, avalado por el Rey.
—Surf —corrigió Maia alegremente—. ¡Y por supuesto, su alteza! Miren a su alrededor —Lalamon y la chica extendieron sus brazos señalando el escenario—. Dude, ¿Overflow Beach el qué? En un par de años, la Bahía de los Salvadores será la playa más famosa del continente. Los mejores surfistas vienen aquí cada año —con la revelación, a Tanneberger y a Taggart se les ocurrió una teoría muy básica.
—¿Dices que los Hangyomon y Gesomon estén molestos por la transformación de su ecosistema? —preguntó el norteamericano.
—Puede ser —contestó Maia—. La única manera de descubrirlo es encontrarlos y charlar con ellos —charlar, ja. Pensó Dylan, soltando un resoplido.
—Si Hangyomon intenta lastimar a otro Tamer sin razón, vamos a doblegarlo. Fin de la charla —decretó con una imperturbabilidad tan grande como su petulancia.

Estiró el cuello y terminó dedicándole a Maia una media sonrisa y un rápido vistazo por encima de sus gafas: era atractiva, el norteamericano tenía razón. Si cerraba un poco los ojos y se tapaba los oídos para no escuchar su acento juvenil, perdía contacto con la realidad y sentía otra vez que se trataba de Zaytseva. Y el dolor regresaba en proporciones generosas. A Taggart le fue imposible no pasar por alto su extraña actitud, le miró como si le hubieran crecido dos cabezas en los hombros o cuernos en la frente. No sabía qué era más curioso: la confianza galante de su amiga, sus ganas de combatir o las cabezas extras y cuernos.

—¿Y si no se doblega? —indagó Lalamon.
—Lo romperemos.

Hasta a ella misma le sorprendió que su aseveración sonase tan dura. A los demás debía de haberles impactado porque se quedaron en silencio un rato sin nada qué responder. Nada. Cero. Nichts.

—Bueno, dude, lo único que quiero es montar esas olas sabiendo que ningún Digimon salvaje va a matarme, ¿sabes a lo que me refiero? —retomó Maia tras un minuto, restándole hierro al asunto—. ¿Tienes idea de cuán difícil es realizar un ‘cutback’ con un Gesomon detrás de tu pescuezo?
—Tengo idea de lo que es lidiar con súbditos indignos —dijo Gomamon—. Pero con el Rey y la Orden de Caballeros del Rey cerca no tendrás nada de qué preocuparte, ordinario.
—¡Rey Gomamon, se lo agradecemos muchísimo!

[...]

El sol de la tarde brillando como oro puro en medio del otoño les invitaba a nadar, a dar un paseo en bote o solamente chapotear entre las olas. Dylan, Gomamon, los amigos de Dylan y sus Digimon se asentaron en un pedazo de la bahía en donde había otros turistas y surfistas disfrutando del buen clima. Ni Lex ni Drew, mucho menos Lottie eran adeptos al deporte que practicaba Vasilieva, pero eso no detuvo a la rubia de conseguir unas tablas de paddle y skimboard e insistirles en pasar un buen rato juntos. Se adentraron al mar, cada vez más profundo. Blaidd compartía tabla con su Tamer, Frankie y Picodevimon sobrevolaban encima de sus cabezas y Gomamon nadaba muy cerca de Dylan.

Llevaban casi una hora haciendo una pobre imitación de Kelly Slater cuando decidieron detenerse en medio del mar para tomar un descanso.

—Sé lo que estás haciendo, Dylan, y puede ser peligroso —le dijo el norteamericano a la rubia conteniendo un nerviosismo, pues las actividades acuáticas no eran su traje más fuerte. En realidad, las encontraba desagradables. Pero no iba a quedarse quieto en la orilla de brazos cruzados mientras Pall se lucía frente a las dos chicas. Rompió torpemente una ola con su tabla de skimboard y maldijo en su idioma después de tragar casi un litro de agua salina—. ¡Fuck!
—¡Pedazo de idiota! —Picodevimon se burló de él.
—Lo que hago es divertirme con mis amigos —respondió Dylan con mucha pereza, casi indiferencia—. Cuánta dicha, no puedo contener la emoción —expresaba exactamente lo contrario. Rompieron otra ola y se aferró a su tabla de paddle.
—Mugroso ladronzuelo, lo más divertido que existe en todo el universo para mi querida Dylan es nadar junto a mí —se jactó Gomamon, y la rubia tuvo que esbozar una minúscula sonrisa, de esas de verdad.
—A diferencia de la opinión popular, las mejores playas para hacer surf en el mundo real no están en Hawaii sino en Australia —comenzó Pall, poniéndose perfectamente de pie sobre su tabla para lucir la musculatura de su torso desnudo. Taggart rodó los ojos. Las habladurías del británico le apetecían tanto como un lavado de estómago—. Cuando mis padres cambiaron las condiciones de mi fondo fiduciario para recibirlo a los dieciocho años, lo primero que hice fue comprar acciones mayoritarias en un equipo de criquet. Y lo segundo fue viajar por todo el mundo en busca del séptimo chakra. He conocido a muchas personas gracias a ello, hermosas surfistas, pero desafortunadamente soy pésimo para recordar rostros de personas sin encanto.
—¿Por qué nunca te callas? —soltó Taggart masajeándose las cienes, todo aquello estaba a punto de provocarle una jaqueca.
—¿Disculpa? —Pall y Blaidd hostigaron al norteamericano con la mirada—. No aprecio tu forma de hablarme.
—¡Mi tono educado se fue al carajo con tu tono engreído!
—Dyl, lo que dijiste acerca de Hangyomon —en medio de la controversia entre los varones, Gomamon se dirigió a su Tamer—. ¿Realmente debemos ser agresivos con él? —preguntó con el agua cubriéndole hasta la altura del cuello y una preocupación visible en sus pupilas. Jamás cuestionaría las decisiones de su Tamer, aunque le costaba trabajo entender los por qué.
—Cuando el momento llegue no habrá tiempo de pensarlo, tenemos que detenerlo rápido, no podemos permitir que lastime a más personas, ¿cierto? —le explicó, aplanando sus cabellos puntiagudos bastante húmedos—. Ellos confían en nosotros, debemos ser muy valientes —con el rompimiento de otra ola, se rompieron también los temores del Child.
—Esta bien, ¡Dyl!
—Mantén tus ojos bien abiertos.

Gomamon se sumergió para sondear las aguas, sus ojos eran los únicos que tenían por debajo del nivel del mar. Mientras tanto los demás continuaron avanzando con dirección a una pequeña isla de las que conformaban el archipiélago de la Bahía. A Dylan le sabía un poco mal exponer a sus amigos de esa manera, eran una gorda carnada para atraer a los Digimon que atacaban a los surfistas de la zona, pero jamás permitiría que les sucediera algo malo así que al final daba igual. Carnada, diversión, convivencia social, llámese como sea; todo era lo mismo. Se paró, se reacomodó la mochila que hacía una pésima combinación con su bañador de dos piezas y remó haciendo mucha fuerza en sus brazos y pecho. Repentinamente le aturdió un destello por su izquierda.

—Luces desconcertada —le dijo Lottie después de que Frankie le hubiese sacado una fotografía con el flash más intenso en todo Digital World. Mantenía el equilibrio sentada en su tabla luciendo otro bañador de dos piezas del mismo color que sus ojos—. FYI, el único motivo por el cual expongo mi vida como alimento para tiburones es porque buenas fotografías son esenciales para mi blog —habló despreocupada, viendo su vívida imagen digital en la cámara—. No es porque quiera hacer algo divertido contigo —Dylan reconoció un atisbo de indignación en ella. De pronto una dieta a base de pizza vegana sin gluten no le pareció tan mala idea para dejar otras opciones fuera del menú.
—Claro —asintió como un automatismo y sacudió la cabeza, se restregó los ojos—. Debo prestar atención a esto —se reprendió a sí misma por pensar en comida, le faltaba enfoque en su Quest.
—Ayúdame a elegir un filtro. ¿X-pro o Valencia?
—Discúlpame, no puedo —lo dijo con pereza antes de continuar remando.
—Necesito también una frase muy astuta para el marco de la foto. ¿Sabes? Existen dos tipos de personas —la británica se quedó ahí, inmóvil en su sitio. A Tanneberger le pareció que se había cansado de seguir posando para el lente de Frankie, le miró de reojo.
Takers and givers? —enarcó una de sus cejas. Lottie apreciaba las ondulaciones en el agua las cuales se hacían cada vez más grandes, era como si algo se estuviese moviendo debajo de ellos. Arrugó la frente antes de contestar:
—Las personas a las que les gustan las sorpresas y las personas a las que no.

Por unos segundos Dylan no respondió nada, es que se había quedado sin nada que decir. Después reaccionó, porque la única persona que pudiera dejarla muda estaba en otro continente: un Gesomon emergió de improviso sacudiendo el mar, agitando sus tablas y provocando que todos se dispersaran en direcciones diferentes.

—¡¡Gomamon!! —gritó con las fuerzas que le quedasen restantes.



Asta. Asta. pásele
 
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«A veces es una mirada en los ojos de la gente, hay una punzada, el olor a nervios. Es una especie de sexto sentido. Cuando tienes la corazonada de que algo inesperado va a suceder, lo sientes venir. Es espeluznante. ¿Qué puedes hacer al respecto? ¿Qué es eso que siempre has soñado hacer antes de morir?».

La gente en el público ahogó exclamaciones de sorpresa. Cuando los bateadores se dirigieron a su cuarta corrida, todos se pusieron de pie. El final fue como de película; la pelota de criquet hizo contacto con los wicket, pero antes que eso Pall consiguió poner un pie en su base. Eran cuatro corridas, su equipo resultó vencedor de la Copa Mundial de Criquet. Sus amigos corrieron a celebrar con él.

—Marqués de cara rosada, tus monólogos son muy interesantes y eres un buen súbdito —Gomamon hizo una leve reverencia para el británico, quien se cruzó de brazos y sonrió con altivez.
—Lex, si fuese un humano me gustaría ser como tú —Blaidd le aduló por su otro costado.
—Creo que tú y yo podemos ser algo más que primos, Lex —escuchó a Lottie en su oído derecho y sintió sus manos toquetear su hombro—. Siempre lo he querido y siempre lo querré.
—Pall, eres el hombre más fuerte y más masculino que conozco —Dylan le habló en su otro oído en un tono que le pareció atractivo—. Por supuesto que saldré contigo. Día, tarde y noche.
—Eres más inteligente que yo y tienes un cabello genial —culminó Taggart dándole un golpe en el pecho a modo de saludo.

Y ese por supuesto que no era el sueño de Taggart, tampoco el de Lindblad, mucho menos el de Tanneberger. Gesomon había salido casi de la nada y agitando sus enormes tentáculos consiguió que Tanneberger y Pall se hundieran. Lindblad y Taggart tuvieron la fortuna de ser rescatados por el Digimon volador de la británica que evolucionó a forma Adulta antes de que fueran tragados por las olas. La rubia sencillamente se dejó arrastrar por la fuerza de empuje de la extremidad de Gesomon, aunque quisiera no podría escapar de ella. El agua estaba fría, muy fría. Cuando sintió que el tentáculo se le despegaba y que su cuerpo dejaba de moverse, abrió los ojos y lo primero que vio fue a Gomamon nadando hacia ella. Inmediatamente empuño su Digivice.

Ikkakumon emergió con su Tamer abrazada muy fuerte a su lomo, respirando agitada y reconociendo el panorama a su alrededor. Dado que el Digimon acuático le era más asequible que el que volaba a una altura para él inalcanzable, Gesomon preparó sus filosas garras y le lanzó su Devilr Bashing. Ikkakumon lo contrarrestó con un Horn Attack. Forcejearon un poco hasta que Tanneberger notó que Blaidd llevaba unos segundos con la cabeza fuera del agua, pero no así su Tamer.

—¡¿En dónde está Lex?! —gritó el lobezno, maniobrando para mantenerse a flote. La excitación de las olas provocada por la batalla entre los acuáticos lo hacía todo muy difícil.
—¡Twisted! Lex sigue debajo del agua —le hizo saber Lindblad a Tanneberger. Bastante obvio, la verdad.
—Blasfemia —Tanneberger se apresuró en sacar la máscara de buceo de su mochila y luego regresó al agua.

Dio gracias a que el sol del atardecer aún arrojaba un poco de iluminación en las profundidades marinas. El eco de la batalla de su Digimon reconvertido en una corriente marina le hizo perder un poco de balance mientras se iba sumergiendo, pero cuando se recuperó, pudo verlo. Tan claro como el día: Pall estaba atrapado entre una formación rocosa y un montón de algas, luchando cada vez con menos fuerzas por liberarse. Twisted le vio apagarse como una pequeña flama sin oxígeno, sin combustible, hasta que cayó como un objeto inanimado. Y habría caído hasta los confines más oscuros del Oceano Net si ella no le hubiese sujetado de la cintura y le hubiese prestado su máscara. Nadó con todas sus fuerzas para escapar de aquel infortunio. Su salida era sucia, muy sucia, solían decirle sus instructores de natación. Inconvenientes de ser una chica distraída. Pero siempre recomponía su trayectoria con gran potencia en el braceo. Después de un rato insistiendo, las algas se rompieron y Tanneberger logró salir a la superficie con un inconsciente Pall.

—Ríndete, infame —advirtió Ikkakumon a su adversario.
—Será mejor que se retiren de la Bahía de los Salvadores —contrapuso Gesomon.

El Digimon de Dylan irradió un aura congelante que servía para aumentar su defensa, a ella le sacudió los huesos.

—¡Squire Dome! —Gesomon le arrojó a Ikkakumon un portentoso chorro de agua y él congeló con su aliento.
—¡Northern Lights! —pequeños pedazos de hielo y escarcha cayeron por todo el mar, era como una blanca nevada en pleno otoño.

Gesomon se distrajo unos instantes porque por primera vez en su vida conocía la nieve e Ikkakumon aprovechó para embestirle, yendo como un buque a toda velocidad hacia él y propinándole un fuerte cabezazo en la frente. Dylan le había dicho que debía doblegar muy rápido al villano que apareciera y les atacase sin ningún motivo aparente, así que teniendo eso en mente remató a Gesomon lanzándole otro aliento congelante en toda el área de su horripilante carota y tronco. Lo único que se movía del molusco eran sus dos tentáculos. Ikkakumon mordió uno de ellos y lo arrastró, tirando del Digimon para llevarlo como remolque hasta la orilla de una pequeña isla cercana.

Birdramon llevaba a su Tamer, a Taggart y a Picodevimon sobre el lomo. Tomó a Blaidd en una de sus garras y a Tanneberger y a Pall dentro de la otra y los llevó hasta donde iría Ikkakumon.

—No puedo ver nada, estoy ciego, ¡estoy ciego! —se quejó Gesomon.
—Silencio, infame —masculló Ikkakumon antes de afianzar su mandíbula para provocarle un poco de dolor. Al llegar a su destino lo arrojó sobre la arena y se mantuvo a su lado para asegurarse de que no fuera a irse a ninguna parte. Mientras tanto, su Tamer lidiaba con el ‘Marqués de cara rosada’ quien seguía inconsciente.
—No está respirando —informó Dylan, recostando a Lex sobre la arena. Y, sin pensarlo, aplicó en él técnicas de reanimación cardiopulmonar. Hizo compresiones sobre su pecho, inclinó su cabeza hacia atrás para abrir las vías respiratorias y después le brindó respiración de rescate; boca a boca. A Ikkakumon se le escapó aliento.
—¡Dylan! ¿Estás compartiendo pensamientos con ese infame? —le preguntó su Digimon. Eso es lo que ella le había explicado que sucedía cuando un humano unía sus labios con otro ser humano, bastante conceptual para no abordar una charla acerca de sentimientos que, en sí, ya era muy complicada de entender para ella. Es que besar debía ser un arte telepático. Lo ignoró porque seguía ocupada con lo suyo—. Creí que sólo hacías esas cosas con...
—¡NO! —Le cortó antes de que pronunciara su nombre.
—¡Lex! —gritó desesperada la británica, el norteamericano se llevó las manos a la cabeza. Ambos miraban horrorizados lo que estaba sucediendo.
—No puedes morir, ¡blasfemia! —en un arranque de cólera, Tanneberger le propinó a Pall un fuerte golpe en el pecho con ambos puños. Si alguien le hubiese dicho que descargar su frustración a golpes podía salvar vidas, entonces habría abofeteado con todas sus ganas a Catherine, a Killian, a John. Tantos amigos muertos.

Pall expulsó abruptamente el agua en sus pulmones y ella se echó hacia atrás, cayendo sentada sobre la arena, con la mirada enardecida, las pupilas desorbitadas. Lottie y Blaidd se encargaron de reubicar al agonizante británico mientras ella se levantaba para ir a donde yacía Gesomon esperándole. Caminaba con los puños a cada lado y una determinación recién nacida.

—La primera vez que llegué a este mundo tenía diecisiete años —comenzó con su monólogo—. Fui traída para pelear contra un Digimon que asesinó a otros que intentaron detenerle. Tenía miedo, mucho miedo, y no sabía qué hacer —Gesomon escuchaba atento, era lo único que podía hacer dado que aún no regresaba su vista y apenas podía extender sus heridos tentáculos—. Lo único que cruzó por mi mente fue huir, porque nadie me había preguntado si me apetecía tomar unas vacaciones permanentes en un sitio plagado de bestias digitales con razonamiento y habla.
—¿De qué estás hablando, humana? —le preguntó el molusco.
—Apuesto que a ustedes tampoco les apetecía ser invadidos por una especie diferente. Ni ustedes ni nosotros tuvimos opción —esbozó una media sonrisa, como si estuviese contando un buen chiste y luego se puso en cuclillas frente al Digimon caído—. Quedamos atrapados en una retorcida tragedia griega, pero hay una manera de terminarla —su tono se hizo más serio, arrugó la frente—: aprender a adaptarnos —la afirmación molestó al Digimon, porque intentó con uno de sus tentáculos atacarle, pero ella fue mas rápida en propinarle un fuerte palmazo en la cabeza cargado de Digisoul que le inmovilizó, convirtiéndole en un objeto indefenso durante algunos segundos. Quienes le observaban no se atrevieron a protestar, nadie movió ni un solo músculo—. Todos estamos en constante evolución —prosiguió después de un rato, el Digimon crujió los dientes—, el progreso es imposible sin cambio y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada.
—¿Qué es lo que intentas cambiar en ti, humana? —probó de nuevo Gesomon.
—No es la especie más fuerte la que sobrevive ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio —algo molesta, Dylan se puso de pie y se sacudió las manos llenas de arena—. Ahora, irás con los otros Gesomon y con Hangyomon y les dirás que, si continúan atacando a personas inocentes sólo porque les molesta la urbanización de la Bahía, haremos que asimilen el nuevo régimen evolutivo a golpes —le ordenó al molusco.
—¿Crees que atacamos a los humanos con el afán de detener lo que hacen con nuestro ecosistema? —toda la palabrería de la germana al fin había llegado a un destino y Gesomon se preparó para contraatacar—. Lo único que hacemos es manifestarnos contra la inoperancia de Digital Security. No dejaremos que las Rogue Guild sigan atrapándonos para la venta ilícita de nuestra tinta.
—¡Vete! —gritó Dylan porque no deseaba escuchar más excusas.

Casi arrastrándose, el Digimon regresó al agua y se perdió entre las olas. Ikkakumon, Lottie, Drew, un semiconsciente Lex y sus Digimon miraban a Dylan de una forma extraña. Hola otra vez cabezas extras y cuernos en la frente.

—En ocasiones ese disfraz de ella es adorable —comentó Lottie cruzándose de brazos y cambiando a su otro pie el peso de su cuerpo, estaba incómoda—, en otras ocasiones no —terminó en voz muy baja, solo Drew pudo escucharle.
—Se está volviendo loca, como una cabra, como un rebaño de cabras —respondió el chico.





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Viajaron de regreso a la gran isla a unas barracas a orilla de la playa que ofrecían hospedaje. Estaba oscureciendo y Tanneberger no podía marcharse de la Bahía hasta comprobar que sus amenazas rindieran frutos. Quizá si los Gesomon tomaban sus palabras y reconsideraban su comportamiento, sería innecesario atraparles. Tampoco tendría que buscar a Hangyomon y entonces el objetivo de su Quest se cumpliría sin más esfuerzo.

—Dylan, actúas extraño —Ikkakumon rompió el silencio a medio trayecto. Ella viajaba sobre su lomo y los demás iban con Frankie y Lindblad.
—¿Qué he hecho? —preguntó tras un suspiro, la verdad es que intuía a qué se refería su amigo.
—No fuiste amable con Gesomon, ni con Triceramon en el Valle de los Dragones. ¿Qué te está sucediendo?
—Estás cansado —intentó evadir el tema—, pero todo estará bien —le acarició los cabellos blancos en la nuca sintiendo cómo se removía un poco, antes de expulsar de una todo su aliento:
—¡Y ahora tienes otras papas fritas! ¡Dijiste que no se podían canjear por unas que no tuvieran cabellos de anciana! —la aseveración cargada de molestia le tomó por sorpresa. ¿Desde cuándo Zaytseva contaba con el sello de aprobación máxima de su Digimon? ¿Por qué le molestaba si la canjeaba por otra persona? Si la ucraniana llegó a agradarle o no, ya no tenía ningún sentido, la verdad.
—¿Es esto acerca de Pall? —probó otra vez para desviar el tópico.
—Dyl, estás cambiando —Ikkakumon continuó firme—. Reemplazas tus cosas favoritas con cosas nuevas, compraste una casa en Folder y a ti no te gusta Folder, usas otro acondicionador y tu cabello huele diferente —ella levantó la cabeza y miró el océano desierto, no podía rebatir y tampoco quería pronunciar una falacia, estaba genuinamente abatida.
—¿Escuchaste lo que le dije a Gesomon? —engrosó la voz—. Ich meinte das wirklich.
—Charlas mucho con el Digimon del mugroso ladronzuelo —dijo el acuático sin ganas y aun así consiguió avivarle los nervios porque no creyó que estaría al tanto de sus conversaciones casuales con Picodevimon, no sabía cómo iba a reaccionar a eso. Ikkakumon comenzó a temblar, pero no era furia sino miedo—, ¡no quiero que me reemplaces con él!


[...]


Abrió los ojos y una sensación que le oprimía el pecho empujó más fuerte. Estaba recostada en su cama mirando el falso techo, con el sonido del viento por compañía. No iba a dormir porque las palabras de su Digimon seguían bailoteando en su mente, así que decidió hacer un ejercicio de introspección que le provocó alivio y pánico a partes iguales. Lo que en un inicio fuera un maldito disfraz de sabandija indiferente se iba adhiriendo a su piel como un tatuaje imborrable. Su personalidad estaba cambiando, mucho. Y aunque le parecía fascinante esa habilidad para adaptarse a las circunstancias y sacar lo mejor de ellas, sin el beneplácito de Gomamon no podía seguir adelante. Pero no tenía muy claro cómo frenarlo.

Asustada por sus propios sentimientos, se incorporó y buscó su ropa, después se acercó a Gomamon quien dormitaba sobre un enorme sofá. Hacía una noche fría y necesitaba despejar la cabeza, así que se inclinó frente a él y le despertó sin pensárselo dos veces.

—¿Dylan? —el Digimon bostezó y se estiró para sacarse la pereza.
—Jamás querría reemplazarte —pronunció claro y preciso. Para Gomamon resultó muy inesperado, una extraña subida de temperatura le provocó un nudo en la garganta y un ardor en las mejillas—. No importa a dónde corra, tú siempre has estado conmigo y no voy a dejarte atrás —el digital sonrió complacido—, ni a ti ni a Dexter —pero tal gesto se esfumó con el nombre del Barbaján en el aire. Sus hombros cayeron como si alguien hubiese colocado una losa sobre ellos.
—¿Te gustaría reconsiderar lo del Barbaján sin modales? —tuvo que preguntar, pero ninguno de ellos esperó por la respuesta ya que la sabían con antelación. Compartieron otra corta sonrisa.
—Acompáñame —le pidió Dylan peinando sus cabellos.

Tras dejar una nota a sus compañeros, salieron aventajando a los primeros rayos del sol y tomaron un paseo en las frías aguas de Océano Net. Dylan abordó a Ikkakumon y le pidió que navegara a la zona en la cual habían sido atacados por Gesomon la tarde anterior porque deseaba encontrarle y, si todo iba bien, tener una genuina charla con él. Comportarse de la manera que su Digimon esperaba de ella. Y mientras llegaban allá, le aquejó la necesidad de aclarar otro par de cosas aun a sabiendas de que iba a doler. No tenía ninguna gana, la verdad, el masoquismo no era lo suyo, pero Ygg sabía que con Ikkakumon a diferencia de sus amigos no había opción, era un deber. Se sacó los M.I.G. para dejar la búsqueda de lado por unos instantes y carraspeó aclarando su voz.

—No canjeé mis papas fritas —comenzó a hablar, toda la atención de Ikkakumon se centró en ella—, no canjeé mis papas fritas, p-porque —la quijada le tembló un poquito. Nunca había tenido la desgracia de ser apuñalada en el corazón, una chica afortunada. Pero salvando las distancias la sensación debía ser parecida a aquella. Se sentía físicamente enferma, con el metabolismo ralentizado—, porque decidí ya no tener papas fritas, en absoluto.
—Dyl —Ikkakumon había tardado unos segundos en responder—, nadie es digno y no me gustan sus cabellos de anciana —infló sus mejillas y se ruborizó un poco, como cuando se le atragantaba algo que quería decir—, pero yo observé.
—¿Tu qué?
—Yo observé —ratificó, frunciendo su entrecejo. Y la cara que se le había quedado a Dylan no era muy expresiva, pero estaba desconcertada.
—No importa —agitó la cabeza—. No puedo regresar a File, no puedo recoger mis objetos viejos y en Folder no venden el acondicionador que solía usar antes —admitió apartando la vista del mar para contemplar los cabellos de su amigo—. Quizá estoy cambiando, pero eso no significa algo malo.
—Dylan, ¿cómo podría significar algo bueno? No luces bien.
—Falacia, estoy bien —Ikkakumon le miró de reojo, seguro lucía como un jodido cachorrito abandonado en medio de una autopista porque su expresión cambió a una muy preocupada y tras unos segundos a una molesta.
—¡Dyl! ¡La furia de Odín caerá sobre...
—¡No, no! —renegó haciendo aspavientos—. No puedes culpar a alguien, ella es feliz y yo también —mintió a medias, su corazón era un simple nudo demasiado apretado en el interior de su pecho —, y si te agrada G-Gaia —pronunciar su nombre se sintió como una bofetada muy fuerte en toda la cara— debes estar feliz por ella también —¿le agradaba a su Digimon quien fuera su novia? Tenía ganas de preguntar, pero era estúpido seguir hurgando en la herida.
—¿De verdad estás bien?
—Totalmente.
—Bueno, ¡Dyl! Tendrás espacio para una hamburguesa más grande —a Ikkakumon le salió una enorme sonrisa confidente, un «siempre estarás bien al lado del Rey del Digimundo» condensado en ese simple gesto. Alzó la cabeza como si llevase su corona puesta—. No podrías ser mejor Tamer, pero puedes ser Tamer mayor tiempo.
—¿Eso crees? —el nudo se desapretó por momentos.

El sol se presentaba ante ellos alzándose en el horizonte. Con una visibilidad completa y más clara de su alrededor, Tanneberger notó que estaban muy cerca de la pequeña isla en donde atendiera a Pall de su ataque cardiopulmonar. Se colocó sus M.I.G. y casi de inmediato le pidió a Ikkakumon que acelerara porque lo que veía a través del artefacto era un puñetazo directo a su gallardía como Tamer. ¿Podía tratarse de un error? Empuñó fuerte el digivice en su mano izquierda cuando de pronto, una enorme ola se paró frente a sus ojos y tras ella se dejó ver un Gesomon. A Ikkakumon no le costó trabajo frenar su impulso para quedar cara a cara con el enemigo.

Si la batalla habría de llevarse a cabo en un uno contra uno, seguro que Twisted y su Digimon saldrían victoriosos. Pero cuando la humana se sacó las gafas y torció la cabeza, atestiguó con sus ojos lo que su objeto tecnológico le venía señalado desde el principio: estaban rodeados por una cuadrilla de Gesomon. No tenían ni la más mínima brecha de escape.

—Infames, no hemos venido a luchar contra ustedes —la declaración de Ikkakumon le recordó que debía exhibir un comportamiento a la altura de lo que él esperaba de ella. Por supuesto que sería amable. Por eso maniató sus impulsos, apretó más fuerte el Digivice conteniendo su Digisoul y apretó también sus labios, dejando que las palabras inapropiadas murieran sin abandonar su garganta—. Soy Ikkakumon, Rey del Digimundo, guerrero de Odín, Héroe, sobreviviente de Hazard, líder de los Caballeros de la Orden de Gomamon.

Los Gesomon intercambiaron cortas miradas entre ellos, como si dictaminaran algo en forma silenciosa. Dylan lo vio venir e intentó impedirlo, pero el Deadly Shade y el posterior Devil Bashing de los enemigos fue demasiado rápido. Ikkakumon rugió haciendo un sonido que desescaló tonalidades mientras regresaba a su forma Child, hundiéndose en el agua junto a su Tamer.


[...]


Se estaba riendo. Dylan se estaba riendo sentada sobre la tierra contra una pared de rocas, con las manos atadas y los ojos cubiertos por un paliacate.

«Incluso los más cautos toman malas decisiones, decisiones de las cuales se arrepentirían en ese mismo instante o a la mañana siguiente. Lo intentan, pero aun así algo en su interior decide hacer algo insensato, algo que saben que hará que les salga el tiro por la culata y sin embargo, lo hacen de todas formas. Cosechas lo que siembras. El que la hace la paga. Es el karma y el karma es horrible. Y no podemos quejarnos de él. No es injusto, no es inesperado, simplemente iguala el marcador».

—¿Qué haremos con ellos? —escuchó Dylan a uno de sus captores hablar.
—Esa foca habladora dice ser un rey —respondió otro.
—¿Un rey? Entonces podemos negociar con él —dijo un tercero.
—No hay nada que negociar, ellos escucharán si no les damos opción. ¿Qué es exactamente lo que dijo esa humana?
—Ella dijo... —titubeó— ella dijo que harán que asimilemos el nuevo régimen evolutivo a golpes.




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—¿Cuántos Gesomon han desaparecido en el último mes? —preguntó Hangyomon avanzando entre una decena de Gesomon.
—Seis, señor —le respondió uno de ellos.
—¿Cuántas veces Digital Security ha acudido a nuestro llamado? —continuó interrogando.
—Ninguna, señor —le dijo otro.
—Quizá no podemos combatir a esas poderosas Rogue Guild que siguen secuestrando Digimon en la Bahía de los Salvadores —de su espalda sacó su arpón y lo maniobró como una bastonera experta de ‘senior year’. Después trazó una línea en el piso, tallando la roca rugosa y haciendo un ruido seco—, pero haremos que Digital Security escuche. Ellos nos escucharán si no les damos opción.

La mitad de los Gesomon gastaron un poco de su aliento para derrochar apoyo incondicional a quien ejercía como su líder. La otra mitad, casi al mismo tiempo, echó un poco de tinta de la palma de sus tentáculos como clara muestra de descontento. A ninguno debió gustarle lo que declarara el Perfect con tanto entusiasmo. La tierra debajo de ellos adquirió una tonalidad entre negro y púrpura que olía como a agua de pescado con un toque de orina de gato. Quien se encontraba al frente del conglomerado, dio dos pasos al frente y tomó a Hangyomon del brazo para entablar una charla privada con él en una de las esquinas de la cueva.

—Hangyomon, con esa foca que dice ser un rey bajo nuestro control, podremos negociar con Digital Security —habló despacio Gesomon—. Le cederemos a tu comunidad una parte de nuestro territorio como lo hemos prometido. Lo has hecho bien, tu trabajo con nosotros ha terminado —con su tentáculo más largo le señaló al de nivel Perfect la dirección de salida, pero él no se movió ni un poco. Ambos encogieron los ojos mirándose como si desearan gritar otro par de cosas.
—De la manera en la cual lo veo, Gesomon, ustedes aún me necesitan —habló Hangyomon—. Si le das una opción, Digital Security no dudará en catalogarnos como terroristas, criminales que rompen la paz en la Bahía.
—No asesinamos a nadie —protestó Gesomon.
—¿Crees que les importa eso? Para ellos, interrumpir las vacaciones de verano de un montón de humanos que montan olas es tan punible como lanzar una bomba atómica.
—Está por verse.
—No —la voz ronca de Hangyomon hizo eco en los oídos de todos—. No podemos sentarnos en una mesa a charlar con ellos como lo haría un par de humanos, tenemos que imponernos —al empotrar su arpón en perfecta perpendicular sobre el piso, Gesomon retrocedió en un sobresalto, algo desconcertado—. Tomaremos la Bahía y les obligaremos a atender a las comunidades desprotegidas, ¡les haremos entender a golpes! —el Perfect se ganó otra ovación por parte de quienes seguían a ciegas sus predicamentos.


[...]


—Debería matarte —anunció una voz.
—¿Y no lo harás... por qué? —Tanneberger se golpeó la parte trasera de la cabeza contra la pared hecha de piedra. Al rasgarse un poco la nuca, el vendaje en los ojos se deslizó para permitirle ver a un Gesomon.
—Hangyomon ha convencido a otros Gesomon de atacar la Bahía —le dijo su oyente antes de arrancarle el vendaje por completo con uno de sus tentáculos. Se echó hacia atrás y puso la espalda recta en la pared, alejándose lo más posible del digital—. Nosotros no podemos detenerlo.
—¿Te importa lo que le suceda a la Bahía? —se atrevió a preguntar, tenía la mandíbula y todo su cuerpo tan tieso como una barra de metal.
—Te lo dije, humana —Gesomon inclinó la cabeza hacia ella y pudo sentir su aliento—. Lo único que deseamos es protección por parte de Digital Security. Hangyomon nos dijo que lograríamos atraer su atención si cometíamos ataques en contra de los turistas humanos —explicó sin despegársele—, pero lo único que conseguimos fue que enviaran a una Tamer engreída, raquítica y bocona para detener los incidentes en lugar de investigar la verdadera causa de ellos —terminó bufando de molestia. A Dylan se le destensaron las mejillas, sus pupilas se hicieron más anchas.
—Jamás me habían adulado tanto en toda mi jodida vida —ni siquiera en los periódicos, se dijo en su mente—, tengo la autoestima por los cielos —imitó el tono sarcástico de Lottie y Lex.
—Si no los detienes, Digital Security nos mirará como criminales —continuó Gesomon, y más que una declaración a Dylan le pareció que era una clase de amenaza.
—¿Por qué debería hacerles ese favor? —le retó a que le dijera con una sonrisa pretenciosa en la boca. Con el karma igualando el puntaje, no tenía más obligación de ser amable con esos Digimon, ¿cierto? Se mantuvo firme en esa postura y así transcurrieron unos segundos en los que nadie quiso pronunciar nada. Gesomon frunció el ceño realmente confundido.
—Porque además de engreída, raquítica y bocona esta es tu misión —respondió Gesomon al fin—. No tienes elección, es tu deber proteger la Bahía —el Digimon destruyó las ataduras en sus muñecas y piernas, después le mostró la vía de escape, pero ella se quedó como una piedra con la declaración haciendo eco en su cabeza. Grabada a fuego como una maldita canción, el hit del verano: no era una elección, era su deber, deber, deber. La sonrisa se le borró de la cara—. La foca habladora se encuentra encarcelada al final del pasillo, ¡vete! —le gritó el digital.

Dylan se levantó del suelo sacudiéndose las muñecas y miró la espalda del Digimon, quien marchó hacia la salida de la mazmorra creada dentro de una caverna en una isleta del archipiélago de la Bahía. De simple aquello no tenía nada, pero iba a admitirlo: por instantes se le traspapelaba el verdadero objetivo de su Quest con sus ganas de probarse que su personalidad era diferente. Ahora los Gesomon no eran tan malos como había creído y quizá ella no era tan buena como decían en los noticieros. Una subida desmesurada en la potencia eléctrica de sus pensamientos hizo que se le hinchara la cabeza como un globo a punto de explotar.

«Buscar lo que te hace sentir bien, a menudo implica olvidarse de lo que sabes que es correcto».

—Lo lamento —soltó de repente, logrando que Gesomon se detuviera antes de desaparecer—, lamento haberte gritado y no darte una oportunidad de hablar antes.
—No me gritaste a mí, le gritaste a él —con un tentáculo, Gesomon señaló a otro de su misma especie que asomó la cabeza por la puerta. Los dos eran idénticos y tenían cara de querer asesinarle si volvía a confundirles. A Dylan se le atascaron las palabras con lo atropellado de la situación.
—Extiendo mis disculpas a su agrupación entera —escupió rápido como si eso fuese a salvarle de descender a los infiernos.

Cuando los Gesomon se retiraron, tomó su mochila con sus pertenencias, se la colgó al hombro y salió de puntillas al pasillo. Miró hacia un lado y después al otro, reconociendo el escenario para continuar caminando hasta una pared al final. Y tal vez Ygg sabía que escapar de ese sitio estaba siendo demasiado fácil, por eso decidió poner del otro lado del camino a un Gesomon que le gritó para cortarle el paso. Dylan le echó un rápido vistazo antes de obligar a su perezoso cuerpo a correr con todas sus fuerzas y sin volver a mirar atrás. Sabía que aquel no era un ensayo, podía ser alcanzada por un ataque mortal en cualquier instante.

—¡Gomamon! —gritó el nombre de su amigo al llegar al final del pasillo.
—¡Dylan! —escuchó su voz y levantó su digivice.

Por culpa de un terrible golpe en la parte trasera de su cráneo, a Twisted le costó atornillar su aturdida cabeza al cuello para comprender lo que estaba sucediendo: el muro explotó, liberando una cortina de polvo, después una brillante luz que pertenecía sin duda a su compañero acuático. Recostada en el piso se restregó los ojos y los abrió con muchas ganas para comprobarlo. De inmediato sintió una grata placidez, como un depresor actuando en todo su sistema nervioso.

—¡Infame! ¿Cómo osas molestar a mi adorada Tamer? —Dylan esbozó una enorme y blanca sonrisa, de esas que valían la pena colocar en un comercial para pasta dentífrica—. Te ordeno que te detengas.

Gesomon les lanzó una mirada llena de incertidumbre cuando el autoproclamado rey le pidió que se comportara como un súbdito admirable y le ayudase a detener a Hangyomon. En definitiva, no tenían intenciones de obedecerle.

—Devil Bashing.
—¡Horn Attack!

El pasillo y media cueva quedó destruida cuando la batalla dio comienzo. Por un agujero grandísimo en otro muro, Dylan le pidió a Ikkakumon que escapasen. Hubo un cambio de ritmo en sus alocadas pulsaciones al sentir la brisa marina y el calor del sol matutino golpeándole el rostro.



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—¿Qué le dice un niño muerto a otro?
—¿Qué le dice?
—¿Me das gusanitos? —Taggart empezó a reír como lo hacía el personaje animado Patán, sacudía la espalda con una carcajada sanguínea que venía de dentro de su pecho. Lindblad giró lentamente el cuello y le miró a través de sus gafas oscuras como a un perro que se hubiese revolcado en algo apestoso.

En alguna dimensión desconocida y totalmente inalcanzable, las ocurrencias del norteamericano debían ser tan graciosas que despertaran las risas de cada humano, cada Digimon, hasta las de los propios animales. Ja-ja. Pero en la dimensión actual y con una situación tan delicada en su entorno, el chascarrillo no le hacía ni la más diminuta pizca de gracia. En absoluto. Era tan absurdo como la nota que reposaba en su mano izquierda: «Brb, Satan». (Be right back, Satan). Dos palabras y un significado que dejaban más preguntas que respuestas. Terrorismo emocional. ¿Satan? A Lottie comenzaba a disgustarle su improvisado nickname.

—¿En dónde está Twisted? —preguntó después de leer por quinta ocasión el esperpéntico mensaje con letra de su amiga—. Ella no resolvió el problema, tan sólo ocasionó otro más grande —a lo lejos, un grupo de al menos seis Gesomon iban emergiendo desde las profundidades del mar hasta la orilla de la playa, disparando chorros de tinta tan oscura como el petróleo a diestra y siniestra. Los demás turistas huían del sitio de prisa.
—'Lottie dos' hizo enfadar a esos Gesomon —habló Blaidd, su Tamer recogía los bártulos de playa: un par de sillas, una gran sombrilla. Aquella mañana corría un poco de brisa y era perfecta para almorzar en uno de los cuatro restaurantes con terraza a su alrededor, pero ellos habían decidido sólo para pasar un buen rato tendidos sobre la arena.
—Haré algo al respecto —dijo Lex.
—Aún estás débil —le reprendió su Digimon. Lottie les miraba por encima de las gafas.
—Ella me salvó —les recordó Lex, chocando las manos para quitarse la arena. En cierta forma se sentía endeudado con Tanneberger—, estoy seguro que puedo ser de ayuda.
—Señorita Lottie, fotografías de usted en batalla serían atractivas para su blog —Frankie lo propuso desde el hombro de su Tamer. Ella puso sus ojos en blanco y largó un bufido.
—Ugh, ya estoy arrepentida AF de esto —dijo tras sacar el iC de su bolso.

En un abrir y cerrar de ojos, Blaidd y Frankie se transformaron en Garurumon y Birdramon. Taggart sacudía su toalla y endureció su semblante cuando sintió a Picodevimon revoloteando y agitándole los cabellos en el tope de su cabeza.

—Digievoluciona —le ordenó, muy serio.
—No —el Digimon entonó una mueca burlesca.
—No lo estás haciendo por mí, ¿lo sabes? —masculló molesto—. Haces esto por ella, he visto cómo charlan —Picodevimon verbalizó un casi inentendible ‘eres un idiota’ mientras se transformaba en Devimon.


[...]


Dylan e Ikkakumon escaparon intactos de la isleta gracias a otros Gesomon que detenían a quienes intentasen atacarles. Navegaron a toda velocidad hacia la Bahía porque Hangyomon y sus aliados les llevaban un largo trecho de ventaja. La Tamer incluso utilizó su carta High Speed Plug-in H. Es que, si llegaban tarde hasta su destino y encontraban un panorama desolador, seguro sumaría generosos puntos a su lucida parafrenia. Para olvidar esos temores, durante el trayecto le explicó a su Digimon el verdadero motivo por el cual los Gesomon y Hangyomon atacaban a los turistas y qué es lo que tenían que hacer para detenerles.

A menos de tres kilómetros para llegar hasta la orilla de la Bahía de los Salvadores, Dylan apreció a los Digimon de sus compañeros de equipo y a dos o tres valientes Digimon de turistas quienes cortaban el paso de los enemigos. Estaba tan concentrada en agudizar un poco más su visión que ni ella ni su Digimon notaron cuando una corriente antinatural les alcanzó tan veloz como un torpedo, pero un poco más angosto, punzante y menos explosivo: era un arpón que con mejor puntería se habría incrustado en una de las patas traseras de Ikkakumon en lugar de hacerle sólo una rasgadura. El acuático bramó y se removió de dolor, provocando que su Tamer resbalase de su lomo y cayera a la deriva. A Dylan le importó muy poco un inesperado chapuzón en las aguas refrescantes, porque lo primero que ocupó su mente fue el bienestar de su amigo. Gritó su nombre tan pronto pudo estabilizarse y sacar la cabeza del mar.

—¡Ikkakumon! —la humana vio cómo su Digimon se sobeteaba la herida con la lengua y maniobraba para mantenerse a flote entre las aguas.
—Eres esa foca fanfarrona —escucharon a otro ser hablar, era Hangyomon. El Perfect les había reconocido y parpadeaba perplejo—, ¡ustedes dos deberían estar muertos!
—Digital Security viene en camino —se apresuró Dylan en revelar. En su camino a la Bahía había lanzado desde su D-T un llamado a Digital Security y se preguntaba cuánto tiempo es que tardarían en llegar—, ¡Digital Security viene en camino y atenderá sus quejas!
—No es necesario iniciar un combate absurdo, ser inferior, ríndete —ordenó Ikkakumon.
—Digital Security nos mostrará más respeto después de ver lo que hicimos con la Bahía —una sonrisa demencial enmarcó la peligrosa dentadura del Perfect—, en especial si asesinamos a sus enviados inútiles —Hangyomon preparó su arpón para un nuevo ataque. Por mero instinto Ikkakumon se colocó frente a su Tamer.
—¡Infame! ¡Detente!
—¡Alto! ¿Qué es lo que esperas conseguir con esto? ¡Blasfemia! —Gritaba Dylan.
—Esto es lo que merecen las personas y Digimon como tú, que no sienten compasión por otros —respondió el enemigo y justo antes de que asestara su ataque mortal, la humana se encargó de cubrir a su Digimon con la luz de su iC. El brillo esplendoroso le causó una ceguera momentánea al otro acuático.

Zudomon se levantó en medio del océano, agitando violentamente las aguas y recibiendo el arpón de Hangyomon con su férreo caparazón. La aguja se incrustó en él lo suficiente para provocarle un dolor parecido a una punzada muy molesta, seguramente había alcanzado a trastocar su carne digital, pero no hizo gran drama acerca de ello y con dos de sus dedos se retiró la pequeña aguja y la lanzó lejos, muy lejos, fuera del alcance de su verdadero dueño. Los niveles de enfurecimiento de Hangyomon iban en aumento. Aprovechando su mejor cualidad, se sumergió en las aguas y nadó a una velocidad tan impresionante que ni Zudomon ni Dylan pudieron detectarle. Zudomon apretaba su martillo muy fuerte y esperaba atento para conectar un golpe efectivo, pero tras un par de segundos la oportunidad nunca llegó. El infame reapareció saltando fuera del agua y dentro del aire, en línea recta justo frente a su nariz y cuando alcanzó su punto más alto, le propinó un fuerte cabezazo que hizo que se le removieran todos los cimientos de su cordura emocional.

Él cayó con una rodilla tocando el fondo del océano y las consecuentes olas salvajes hicieron que Dylan navegara en contra de su voluntad hasta la orilla de la playa. Tendida sobre la arena tosió el agua que había entrado a sus pulmones y luego se levantó de un salto, con las venas de las cienes palpitándole. A su alrededor pudo ver a los Digimon de sus compañeros batallando por contener los ataques de los Gesomon enemigos, uno de los pequeños restaurantes de la Bahía se encontraba en llamas.

Lottie, Lex y Drew; ellos estaban ahí para vacacionar y nunca les había pedido ayuda para cumplir con el objetivo de su Quest, así que de una forma u otra tenía que detener las hostilidades pronto. Buscó unos objetos en su mochila mientras lidiaba con las ganas de un analgésico para mermar su terrible dolor de cabeza, sacó el lector de memorias y puso en él la Digimemorie con nombre de Garudamon. Todo sucedió rapidísimo: el ave nivel Perfect ascendió a los cielos y disparó unas poderosísimas bolas de fuego que impactaron contra unos montículos de arena lejanos. El sonido de la explosión y el polvillo en el ambiente desconcertó a todos los Digimon y humanos quienes desistieron de sus acciones por unos instantes.

—¡Digital Security viene en camino! —anunció Tanneberger, complacida de obtener la atención de los demás, aunque no quería ganar en los Gesomon la misma reacción que Hangyomon así que suavizó un poco el discurso—. He venido a aceptar que subestimé los motivos por los que insisten desatar el terror en la Bahía —los Gesomon no tenían una expresión en el rostro—. Puedo asegurarles que, si renuncian a sus ataques ahora, Digital Security vendrá para atender todas sus quejas y yo misma participaré en la búsqueda de los Gesomon desaparecidos.

Los Gesomon se relajaron y parecieron meditar la oferta de la rubia. Garurumon, Birdramon y los Digimon aliados decidieron dar un paso atrás, excepto Devimon. El demonio apretaba dentro de una de sus garras el cuello de un enemigo y le hablaba escalofriantemente cara a cara.

—Acepten el trato de esa humana —le exigió antes de que su Tamer le ordenase liberarlo. Gesomon tosió mientras recuperaba el ritmo normal de sus pulsaciones ficticias.
—¿Cómo podemos confiar en ti? —preguntó ese mismo Gesomon.
—Pueden confiar en mí —Dylan se apuró en materializar una respuesta—, pueden confiar en mí porque es mi deber proteger la Bahía.
—Tú eres la humana que amenazó con apalearnos —razonó otro Gesomon.

Antes de poder emitir otra oportuna réplica, un leve estremecimiento de la tierra le hizo desviar su interés hacia otra parte: en medio del océano, Zudomon caía de bruces y se hundía en las aguas sin reaccionar, muy lentamente.



Asta. Asta. haré un post más
 
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—¡Zudomon! —gritó escandalizada el nombre de su Digimon.

El acuático se desplomaba como objeto sin vida en medio del océano y ella ni siquiera quería comprender lo que estaba sucediendo. Su amigo era fuerte, terco, orgulloso. El telón no podía caer aún para designarle el más fatídico, ruin, indigno de los finales. A Dylan le aquejó un dolor en el pecho, le dolía también la espalda y las piernas, pero se arrastró hasta la orilla del mar con el agua cubriéndole hasta la cintura y después introdujo furiosa una tarjeta en su lector de cartas (Símbolo de la Sinceridad). Ese era su penúltimo truco sacado de la chistera.

A partir de entonces, se quedó enmudecida esperando que sus acciones arrojaran resultados. Los humanos y Digimon cerca respetaron el silencio; todos menos Hangyomon que reía a carcajadas perversas capaces de trastocarle los oídos. De repente, las aguas comenzaron a inquietarse y las risas mermaron.

«Vamos, dilo, dilo, dilo». Imploró Twisted en su mente, aferrándose a su último clavo ardiendo. «¡Dilo!». Su deseo se hizo más profundo cuando observó el martillo de su Digimon rompiendo el plano horizontal del agua. De manera paulatina sintió un gran alivio, como si su corazón volviera a estar en ese recoveco dentro de sus costillas y no en otra parte. Los cielos se cerraron y un estruendo entre las nubes iluminó el firmamento sólo para exaltarles.

I feel electrified

—Parece que tendré que demostrarte lo que es un verdadero trueno, infame —Zudomon lo dijo con la respiración entrecortada de cansancio pero muy decidido. Esa frase que a Dylan solía causarle gracia y le brindaba tranquilidad, ambos efectos al mismo tiempo por partes iguales. El Digimon se volvió a parar para una segunda ronda de combate y ella disfrutó del aura gélida que emanaba y que llegaba hasta la orilla. Una leve curvatura en sus labios se hizo evidente.
—¡Acabaré contigo! —el tono de Hangyomon era desesperado.


Electrified

Sin aguardar a que Zudomon hiciera su siguiente movimiento, Hangyomon se sumergió encendiendo la turbina en su espalda y comenzó a nadar alrededor de su enemigo en círculos, creando una poderosa vorágine que trastocó su estabilidad. El gigantesco Digimon dobló las rodillas y aguantó el impulso, pero nunca imaginó que el otro acuático recuperaría su arpón y lo utilizaría para querer agujerarle las piernas. Soltó un atemorizante bramido de dolor cuando recibió un pinchazo en una de sus pantorrillas, después en la otra. Se mantuvo firme a costa de los daños y soltó un martillazo (Hammer Head) al agua, a donde debería estar su atacante.

Pero como era costumbre, el escurridizo Digimon evitó el percance y se desplazó a una distancia desde donde pudiese observar a Zudomon y dedicarle unas palabras finales. Se acercaba el embate definitivo.

—Si te rindes ahora y prometes seguir mis predicamentos así como esos tontos Gesomon, te perdonaré la vida —dijo Hangyomon, cerrando la puerta a una resolución diplomática. El pecho de Zudomon se infló tanto como un enorme balón de playa y negó con la cabeza, muy lento. Algunas tiras de códigos brotaban de sus dos patas bajo el agua, pero el dolor físico no era nada comparado con el de su orgullo.

Hangyomon emprendió su trayectoria a toda velocidad hacia Zudomon con su arpón al frente. A medio camino se topó con el martillo boomerang y no fue ningún trabajo sortearlo para seguir adelante. Desprotegido, el guerrero de Odin juntó sus garras a la altura de su pecho en una pose defensiva. Hangyomon saboreó la victoria y se preguntó qué tan profundo podría llevar su flecha incrustada el corazón de aquel, pero antes de poder al menos tocar su piel, de entre las manos de Zudomon se materializó otro martillo idéntico al original (el último truco, Thor’s Hammer). El arpón chocó haciendo el ruido característico de metal contra metal y Hangyomon salió repelido hacia atrás. Un instante después, el primer martillo pasó volando como una ráfaga por su costado izquierdo y por poco le abofeteó las mejillas, el cuerpo entero. Al volver su vista encontró a Zudomon con un martillo en cada mano y los antebrazos formando una cruz; el miedo apareció en sus pupilas.

—¡Hammer Spark! —Zudomon desdobló los brazos y le propinó un doble mazazo eléctrico a su enemigo.

Una luz intensa en medio del mar que ascendió hasta los cielos paralizó a Tanneberger, como una clase de hechizo que también le erizó los cabellos en la nuca. Segundos después, su Digimon conducía hasta la orilla con Hangyomon inconsciente y atrapado dentro de su garra más grande. Zudomon rugió enfurecido y los Gesomon temblaron de pánico.

—Por favor, no nos maten —pidió uno de ellos dirigiéndose a Dylan. Ella endureció sus facciones y soltó un resoplido. Se abstuvo de responder algo, se sentía asediada por las miradas expectantes de Lottie, Lex y Drew. De cualquier forma su Digimon tomo el control y dijo:
—No lucharemos contra ustedes, infames. Nuestro deber es proteger la Bahía y ayudarles —los Gesomon se relajaron un poco, al igual que Birdramon, Blackgarurumon, Devimon y demás Digimon aliados.

Después de apagar el incendio que casi consumió completo uno de los restaurantes del lugar, Dylan, Zudomon y sus amigos esperaron hasta el atardecer la llegada de los oficiales de Digital Security. Hangyomon pasaría el resto de sus días en una celda y los Gesomon derrotados se reunieron con los Gesomon reivindicados para expresar sus inquietudes a los encargados de la paz en DW. Reporteros indiscretos y vacacionistas curiosos completaron el combo explosivo en donde Gomamon se lució relatando el desarrollo de su aventura con un agregado generoso de fantasía.

—Lacrosse, dame tu brazo —le pidió Lottie a Drew frente a las cámaras.
—¿Para qué? —preguntó algo desconcertado, dejándose tomar.
—Lo bello siempre sobresalta en contraste con lo feo —se señaló a sí misma, después al chico. Al final él retiró su brazo molesto.
—¡Arpía nocturna!

En el cuadro también aparecían Dylan y Lex. El varón le dedicó una sonrisa misteriosa a la rubia y ella le devolvió una mirada inescrutable, quedándose tiesa.

Tal como lo prometiera, Dylan se involucró en la investigación de los Gesomon desaparecidos, Gomamon nunca habría permitido que faltara a su compromiso. Al cabo de unos días, se unieron a otros Tamer serviciales, muy fuertes y valientes para realizar la Quest en la cual atraparían a la fortísima Rogue Guild que traficaba con Digimon de la Bahía de los Salvadores. Digital Security reforzó su seguridad en la zona luego del incidente para asegurarse de que nada parecido volviera a suceder nunca.

...
..
.

Estaba recostada sobre la alfombra con la cabeza debajo del árbol de navidad, observando las alucinantes luces y luchando por contener a Dexter en su regazo. Para poder conseguirlo, aplicaba en él presión en ciertos puntos a lo largo de su espalda, acariciando también su pelaje. Se trataba de un extraño procedimiento muy efectivo y aprendido meses atrás llamado Prytulok. «Es una técnica psicosensorial que eleva los químicos que te hacen sentir bien». Escuchó a Zaytseva en su mente y apretó los ojos.

Al tomar una Quest, el tiempo perdía su significado. En medio de batallas y de salvar vidas, el reloj dejaba de importar. Quince minutos, quince horas; en las situaciones más peligrosas de Digital World, los mejores Tamer pueden hacer que el tiempo vuele. Sin embargo, fuera de ese trabajo, a Dylan el tiempo se daba el lujo de patearle el trasero. Parecía burlarse de ella y también de su heroico Digimon. Todo se hacía más lento, se suspendía, hasta que se detenía por completo y la dejaba atascada en un momento sin poder moverse en una dirección o en otra.

Es que aquella era tan sólo una jodida alucinación con una voz que ya había olvidado un poco, en serio. Pero, carajo, cómo dolía. No recordaba tampoco su último beso. Siempre creyó que tendrían infinitos para compartir, así que jamás pensó que la última vez sería la última ni tampoco se preocupó demasiado por enmarcarla. Brutalmente triste. Igual sabía que era mejor así. El tiempo se va, el tiempo espera a ningún hombre, el tiempo cura todas las heridas. «Todo estará bien». Se repitió a sí misma. «Soy diferente ahora».


Escuchó pasos acercándosele, le daba lo mismo quien se recostase a su lado e iniciara el mismo ritual reconfortable de luces. Dexter había perdido la lucha desde hacía minutos y cayó dormido sobre su pecho, entre la cicatriz de Louboutin y la incisión quirúrgica de su antebrazo izquierdo.

Every single scar that you claim
Is a stone in the path to this place

—¿Qué es esto? —preguntó al tomar la bolsa de Digi-M&M’s que le ofrecían.
—Digi-M&M’s amarillos.
—¿Por qué son Digi-M&M’s amarillos?
—¿Amaneciste existencial el día de hoy? —Lottie sorteó la pregunta con otra pregunta, pero Dylan ni siquiera dio muestras de seguir escuchando. Ninguna dijo nada—. Intenté conseguirte el álbum de Coldplay porque cuando la vida te trata mal, Coldplay te ayuda a ver las cosas con perspectiva, pero es tan difícil en este mundo —comentó tras un rato. La rubia seguía inmóvil como una planta observando el interior del paquete el cual, efectivamente, estaba repleto de chocolates del mismo color. Solo amarillos—. Es espeluznante cuando te quedas callada así, ¿hola? —insistió—. Ugh, ¿por qué no luces feliz?
—¿Quieres que traiga fuegos artificiales de colores? Los enciendo y bailo eufórica si eso es lo que estás buscando —contestó Dylan y cuando quiso mirar a su amiga, esta decidió desviar la vista hacia las luces. Estaba enfadada y ella comprendió que su tono al hablar había sido fastidioso. No se le ocurrió una buena excusa para justificarse así que se conformó con lo básico—. Lo siento... no sé qué me sucede —agachó la cabeza y vio a Lottie de reojo encogerse de hombros, como si le quitara importancia al detalle—. No sé si me gusta la persona en la cual me estoy convirtiendo —confesó tras un minuto de contemplación. A veces tan sólo se sentía como una niña corriendo por el parque buscando desesperadamente encajar.
So, ¿no es un disfraz? Fuiste compasiva con los Gesomon.
—Sólo porque Ikkakumon me lo pidió.
—Ah.

Every single choice that you made
Has led you this way

—En el punto medio está la virtud —dijo la británica y volvieron a quedarse en un silencio únicamente mancillado por el sonido de la tv encendida en otra habitación. Se miraban de frente.
—El punto medio es mediocre —aseveró la alemana con una media sonrisa e intentando bromear, estaba demasiado confundida para hablar muy en serio.
—Oye, no lo digo yo, lo dice Aristóteles —refutó Lottie pegándole en el brazo—. ¿Por qué no te detienes y das un pequeño paso hacia atrás?
—¿Cómo se supone que haga eso? —Dylan fingió que le había dolido.
—Tan sólo hazlo, Twisted. Todo estará bien.
—Ni tu ni Aristoteles lo saben.
—Número uno: jódete —Lottie levantó su dedo índice, rodó los ojos e interpretó un papel muy indignada—. Y número dos: tienes razón —levantó su dedo medio también—, pero eso es lo que le dices a las personas para que se sientan mejor —terminó hablando como si se refiriera a algo muy obvio.

Tanneberger tuvo que sonreír un poco, porque a pesar de que hacerlo le apetecía menos que el pescado frito que preparaba Gomamon, Satan siendo amable con ella y diciéndole que todo estaría bien era lo último que se habría esperado. Fue agradable escuchar esas palabras de alguien más que no fuese su propia consciencia.

—Cuando me lancé al agua para sacar a Pall, tuve un presentimiento —continuaron charlando—. No se ha ido desde entonces —explicó, de aquello habían pasado semanas.
—Tengo de esos de vez en cuando —Lottie trató de ofrecer algún tipo de consuelo.
—Y, ¿qué es lo que haces?
—Si esperas lo suficiente, terminan pasando.
—¿Qué es lo que hacen ahí abajo? —les preguntó Drew apareciendo.
—Esperando a que pase —respondieron ambas.




Asta. Asta. listo
 
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