Original Fic Pokémon | All - In - One |

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Introducción

Esta historia tiene lugar veinte años después de los hechos sucedidos en Pokémon Rojo y Azul, y transcurre en el mismo canon de los videojuegos principales (tomando prestados ciertos personajes muuuy secundarios del anime). Se desarrollará en el marco de un torneo mundial organizado por la Liga Pokémon (llamado All-In-One) para enfrentar a los mejores entrenadores activos de Kanto, Johto, Hoenn, Sinnoh, Unova, Kalos y Alola. ¿Galar? Uhm, tal vez haya sorpresas.

El marco temporal me sirve para transformar un poco la vida en las regiones y para dar por sentados algunos sucesos de los juegos que puedan o no tener relevancia en el presente de mi historia, además de "jubilar" a la mayoría de los personajes clásicos o cambiar su rol en el mundo; volviéndose líderes de gimnasio en otras regiones, profesores, jubilados o desapareciendo para tener aventuras en regiones distantes y desconocidas.

En todo caso, ésta no será una historia sobre Red y Green adultos, sino que introduciré un (importante) número de personajes nuevos y originales; jóvenes de entre doce a veintipico de años que son las nuevas caras del mundo de los entrenadores Pokémon.
Tendrá un fuerte enfoque en los combates, pero también trataré de hacer interactuar y crecer a los personajes a través de sus victorias y de sus derrotas. Me interesa ver cómo vayan a relacionarse entrenadores sumamente competitivos y que provienen de lugares muy distintos. Ojalá ustedes compartan el interés y acompañen a estos personajes, y sus Pokémon, en el viaje.

Los dejo con el prólogo.


P o k é m o n
| A L L - I N - O N E |



Prólogo
El anuncio


Aquel mes de noviembre del año 2X18, en todo el mundo se hablaba con gran expectativa del inicio del Torneo Mundial de la Liga Pokémon, un evento sin precedentes en el que se enfrentarían los mejores entrenadores de las siete principales regiones adheridas al comité de torneos y competencias oficiales de la Liga. Kanto, Johto, Hoenn, Sinnoh, Unova, Kalos y Alola serían representadas como cunas de auténticas promesas, aquellos con un talento capaz de enfrentar -y vencer- a líderes, capitanes, élites, cerebros, kahunas y campeones de todo el mundo, haciendo uso de los Pokémon mejor entrenados.

En un principio, la información sobre el evento comenzó a circular tímidamente entre reducidos grupos de entrenadores; aquellos allegados a ex-líderes de gimnasio que formaban parte del comité oficial, o que eran hijos de algún empleado de diseño gráfico que trabajaba en los afiches del torneo. Poco a poco, la insignificante pelusa de información comenzó a tomar velocidad y a agigantarse hasta que prácticamente se convirtió en una verdad silenciosa que todos ya habían asumido.

Esto provocó un boom en la carrera de muchos entrenadores; aquellos que recién comenzaban su viaje se amontonaban en filas kilométricas en los principales Frentes de Batalla, convencidos de que era su pase más rápido para clasificar. Otros, de gran experiencia, le sacaban polvo a sus viejas pokébolas y se dirigían a los laboratorios donde comenzaron sus andanzas para reencontrarse con sus bestias más curtidas en el arte de la batalla. Corrían rumores, incluso, de que algunos líderes de gimnasio y hasta miembros de la Élite 4 abandonaban sus puestos para poder participar de la competición, puesto que quienes estuvieran ejerciendo el cargo oficialmente no podrían inscribirse. Algo grande se avecinaba.

Finalmente, la noticia se confirmó un día viernes 15 de noviembre, con la transmisión en directo por los principales canales de radio y televisión del comunicado del presidente de la Liga Pokémon, Charles Goodshow. Sobre su baja estatura y entre una maraña de pelo blanco que conformaba su barba y sus pobladas cejas se asomaba una mirada ardiente de pasión. El señor Goodshow no parecía presidente de nada, más que de una sociedad de fomento del skate; se mostró ante las cámaras con una gorra girada hacia atrás, una remera roja y blanca con diseño de pokébola y unas bermudas púrpuras. De pie sobre una tarima de mármol, la máxima figura de autoridad de la Liga Pokémon vociferó el anuncio con una euforia que debía tener preocupado a su médico de cabecera:

Hoy es un gran día para ser entrenador pokémon. Aquellos que, como yo hace ya muchos años, emprendieron su viaje con entusiasmo para explorar el mundo, descubrir a esas misteriosas criaturas que llamamos Pokémon y entrenarlas con cariño estrechando lazos de amistad, deben sentirse orgullosos de sus logros. Deben estar orgullosos de su sueño, de haber elegido su propio camino, de haber apoyado a sus amigos Pokémon e incluso deben estar orgullosos de sus derrotas, de aquellas marcas y cicatrices producto de tantas caídas, pero sobre todo producto de tanto aprendizaje” —el señor Goodshow le hablaba directo a la cámara sin apenas pestañear, no parecía leer ningún discurso redactado ni telepronter en otra pantalla. Cada palabra surgía de su boca espontáneamente, como si estuviese sentado junto a su propio nieto, aunque le hablaba -y lo sabía- a cientos de miles de entrenadores de todo el mundo—. “Celebremos hoy, entonces, la cúspide de todos sus logros, de sus viajes, de sus capturas y entrenamiento: ¡Anuncio de manera oficial el Torneo Mundial de Pokémon: ALL-IN-ONE! Donde los entrenadores elegidos de las siete regiones del planeta adheridas al comité de eventos oficiales de la Liga Pokémon podrán verse las caras y enfrentar a sus mejores Pokémon para obtener el título de Campeón Mundial. ¿Así que quieren ser Maestros Pokémon, chicos? Reúnan sus medallas, alisten sus pokébolas, empaquen sus pociones… Porque el torneo empieza en un mes.”

Una chica trepada a un árbol en una jungla de alguna isla de Alola soltaba un grito de felicidad tras escuchar el mensaje a través de una vieja radio llena de moho que colgaba torpemente de una rama, espantando a una parvada de Trumbeak de las copas de los árboles que levantaban vuelo raudamente despeinando sus largos cabellos rosados.

Un muchacho rubio, de lentes y aspecto distinguido tomaba con calma un café entre las calles bohemias de Ciudad Lumiose, y le daba un sorbo a su bebida caliente esbozando una sonrisa mientras observaba la transmisión en un plasma gigante ubicado en la torre de oficinas frente a la cafetería, donde una multitud se amontonaba para mirar.

Dos rivales de toda la vida irrumpían un encarnizado combate entre sus Gallade y Lucario en las montañas nevadas de Sinnoh tras escuchar el victoreo de una multitud de entrenadores atiborrados en una taberna ubicada a pocos metros del sendero.

Una chica menuda, de pelo castaño y ondulado y kimono con motivo floreado se abría paso entre ruinas antiguas, oyendo en segundo plano el comunicado a través de un dispositivo de pulsera rosa con forma similar a un pequeño celular, escoltada por un Pokémon cuadrúpedo y negro como la noche, que hacía brillar los aros dorados que decoraban su pelaje para iluminar el espacio cerrado, revelando toda clase de símbolos dibujados en los muros de piedra que la rodeaban. El murmullo distorsionado que salía del aparato resonaba con eco por todo el recinto, pero los misteriosos huéspedes que aparecían y desaparecían entre los muros dibujando círculos en el aire detrás de ella no parecían darles importancia a las palabras del anciano.

Montado a lomos de un formidable Arcanine, un entrenador de piel bronceada y largo cabello oscuro y ondulado se abría paso a través de un infinito desierto en algún rincón del mundo. Sus ojos miraban fijos hacia el horizonte que asomaba inalcanzable tras el manto de arena que bañaba todo su campo visual. Pero ni las distancias ni los agresivos rayos de Sol parecían ser obstáculo suficiente para su ambición. En el momento que el señor Goodshow le habló al mundo, él no lo supo. Pero más temprano que tarde le llegaría su invitación.
 

¡Que el mundo se trague su odio!
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interesante bro
 

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Capítulo 1
De la cima para arriba

Era una nublada tarde de noviembre sobre el acceso norte al Frente de Batalla de la región de Johto, ubicado a una hora por mar desde Ciudad Cianwood. Las olas rompían estruendosas contra las colinas rocosas que daban acceso a la isla sobre la que se había cimentado el popular asentamiento de la región; un predio similar a un parque de diversiones, pero con edificaciones espectaculares donde solo los mejores entrenadores podían verse las caras para obtener los Símbolos de Batalla. Dichos símbolos eran insignias que abrían las puertas a la calificación para el Torneo Mundial All-in-One, que se había anunciado tan solo una semana atrás.
Las rondas eliminatorias se disputarían durante el mes de diciembre, por lo que los entrenadores de todo el mundo que aún no reunían los requisitos suficientes para inscribirse se agolpaban y formaban largas filas en la entrada. Como tantos otros que se formaban en fila, tres jóvenes entrenadores aguardaban su turno para ingresar al Frente. Se trataba de dos chicos y una chica, todos ellos de unos dieciséis años de edad y que parecían conocerse desde hacía ya bastantes años. Uno de ellos tonteaba sentado en el suelo contra la pared con su pokégear -un objeto símil-celular de color negro y verde y que podía ajustar a su muñeca con una correa deslizante-, con cara de hastío y el cabello negro pintado de rosa cayéndole desprolijamente sobre los ojos, que ocultaba detrás de un par de gafas de montura gruesa.

—Kyo, ¿a cuántos ves delante nuestro? —preguntó sin despegar la vista de la pantalla de su pokégear mientras pulsaba botones rápidamente, sumergido en algún juego de video.
—Aún si te dijera el número de personas, dudo que pudiéramos hacer algo con esa información, Gin —le respondió el otro muchacho, de cabello castaño peinado en flecos hacia el costado, quien vestía ropa tradicional de la región: un kimono azul oscuro por fuera y blanco por dentro con motivo de olas blancas, lo que hacía gran contraste con la ropa informal de su amigo.
—Mierda —masculló, al tiempo que sonaba un tono monofónico en su dispositivo, recordando a una melodía de game over—. ¿Eso significa que hay veinte o treinta formados antes?
—Significa que vamos a poder entrar antes de que arranque el All-In-One, nerviosito.
—No me preocupa entrar, me preocupa salir cuanto antes de acá para poder inscribirnos, geniecito.
—Vamos chicos, están dejando pasar a alguien y la fila se mueve —les dijo desde atrás con calma una chica de yukata rosa con motivo floreado y brillantes ojos color café, mientras volteaba a disculparse con un muchacho con cara de pocos amigos que se amontonaba atrás en la fila para avanzar.
—Tsk, no entiendo por qué la gente se impacienta tanto por una patada en el culo de parte de un frontier brain —gruñó el pelirrosa, mientras arrastraba su cuerpo hacia adelante, todavía sentado, a medida que la muchedumbre acortaba la fila.
—Quizás quieran ver cómo te patean el culo a vos en un rato -suspiró Kyo encogiéndose de hombros, escoltando caballerosamente a la chica de yukata rosa hacia adelante para quedar detrás de ella en la fila, interponiéndose entre ésta y el entrenador malhumorado que no paraba de escupir insultos por lo bajo, golpeando el suelo con el pie.
—Para eso tengo a mis buenos Pokémon —sonrió con malicia, mientras sacaba de su cinturón una esfera negra con franjas amarillas y la apoyaba en su pecho—, siempre dispuestos a que les pateen el culo por mí.
Un entrenador delante de ellos ocultó la risa, pero Gin no tuvo tiempo de enorgullecerse por su ácido comentario cuando la chica pasó por delante suyo clavándole el taco de madera de su sandalia en el pie, mirándolo por lo bajo con un gesto de reprobación y desagrado.
—¡Riza! ¡¿Qué te pasa?! —gruñó, agarrándose el pie con ambas manos.
—Por comentarios así de desagradables podrían expulsarte de la fila —le espetó, arqueando las cejas—. Y yo celebraría eso, la verdad.
—Mi cerebro empieza a funcionar mal después de la quinta hora en esta fila.
—Y el carácter dócil de Riza también, Gin —añadió el chico castaño con una sonrisa incómoda, mientras rascaba su barbilla con el dedo índice.
—¡No es por la fila, Kyo! —dijo la chica volteando hacia él—. Es porque me molesta que traten a los Pokémon como herramientas. Johto pasó épocas muy oscuras por culpa de gente con esa filosofía.
—Tranquila, Riza, que estoy escondiendo bien la R en mi pecho —masculló Gin, incorporándose y dando saltitos sin apoyar el pie magullado.
—Mejor guardá esa ultrabola, creo que se movió un poco y parece que Ukyo escuchó tu chiste tan divertido. ¿No lo querés ayudar a sacarle filo a sus tenazas?

El pelirrosa tragó saliva y miró con desconfianza la ultrabola inerte en su mano izquierda. Pensó en responderle algo a la chica, pero decidió callarse y guardarla nuevamente en el compartimento de su cinturón.

—“ATENCION, ENTRENADORES” —se escuchó por los parlantes ubicados en los pilares de la entrada—. “EL AMO DE LA TORRE DE BATALLA, BARRY, ESTA RECIBIENDO DESAFIANTES PARA COMBATE DIRECTO A AQUELLOS QUE ASPIREN A PARTICIPAR DEL ALL-IN-ONE, PERO SOLO QUIENES POSEAN AL MENOS TREINTA MEDALLAS DE GIMNASIO. AQUELLOS INTERESADOS QUE REÚNAN LOS REQUISITOS PUEDEN SALIR DE LA FILA Y AGUARDAR LA INSPECCIÓN DE UNO DE NUESTROS ACOMODADORES.

Todo el brillo y entusiasmo que se encendió en los ojos de los entrenadores en fila al escuchar el desafío cara a cara con el Amo de la Torre, se apagó inmediatamente cuando se anunció el requisito de las treinta medallas de gimnasio, un logro sólo al alcance de aquellos con años de experiencia y viajes por diversas regiones. Uno de los hombres trajeados del Frente comenzó a avanzar desde el principio de la fila averiguando quiénes cumplían con las condiciones del cerebro de la frontera, pero los entrenadores solo agachaban la cabeza o hacían el ademán de contar las medallas en su estuche, sabiendo con creces que no alcanzarían el número mínimo e indispensable. Un poco más adelante que Kyo, Gin y Riza, un grupo de chicos le pasaba sus medallas rápidamente a quien parecía el más experimentado de ellos, vigilando que el acomodador no los atrape.

—¡Vamos, Kanchou, es tu oportunidad de ganar ese símbolo!
—Sos el mejor de entre nosotros y el orgullo de Azalea, vos podés.
—¡No seas idiota, me estás pasando la Medalla Zephyr que ya tengo!
—¡Cállense, ahí viene!

Cuando el acomodador, de traje y anteojos oscuros de Sol que le daban el intimidante aspecto de un guardia de seguridad, llegó hasta ellos en la fila, el tal Kanchou -un chico delgado, de unos doce años, con cabello pelirrojo peinado en un profundo jopo hacia atrás y ropa de karateka- avanzó tembloroso y le enseñó con una exagerada sonrisa de orgullo su estuche entreabierto, del cual cayeron dos medallas al suelo. El señor de traje arqueó una ceja y se agachó para recoger las insignias, tomando luego el estuche del chico y acomodándolas cuidadosamente en uno de los compartimentos. El brillo de las varias decenas de medallas relucía con fuerza, reflejándose en las gafas oscuras del acomodador, que escrutaba al entrenador con la mirada como un Terminator a su víctima antes de disparar. Varias gotas de sudor caían por la frente de Kanchou, despeinando algunos flecos de su jopo. Sus amigos, detrás suyo, parecían rezar en silencio, aterrados. Gin y Kyo observaban la situación divertidos, mientras que Riza les dedicaba una mirada reprobatoria y suspiraba, resignada.

—Muy bien, señor Kanchou de Pueblo Azalea, parece que consiguió con esfuerzo treinta medallas de gimnasio y… una chapita de Poké-Cola —le dijo, serio, mientras sacaba del estuche una tapa roja de botella de refresco y se la devolvía al pálido entrenador—. Diríjase a la entrada y presente las medallas en la mesa de recepción para realizar el trámite de admisión.

El pelirrojo parpadeó atónito un par de veces, mirando la chapita de Poke-Cola en su mano mientras el acomodador continuaba su inspección en la fila sin volver a dirigirle mirada alguna. Creyó escuchar a sus espaldas la risa atragantada de uno de sus amigos, y le pegó un codazo seco en el estómago con expresión de hastío. Los demás lo empujaron fuera de la fila y lo llevaron eufóricos hacia la entrada, ante la mirada incriminatoria de aquellos entrenadores que permanecían en sus lugares.

—Disculpe, mi amigo cumple los requisitos para enfrentar al Amo de la Torre.

Distraído viendo cómo los jóvenes y atrevidos entrenadores desaparecían en el túnel de acceso al Frente de Batalla, Gin no se había percatado de que frente a su grupo ya había avanzado el acomodador, interceptado por Kyo.

—¿Ah, sí? ¿Cuál es su nombre, joven entrenador? —inquirió el robusto hombre trajeado, espiando a Gin por debajo de los anteojos oscuros. Al ver al entrenador que ocultaba su rostro bajo mechones de cabello rosa, inmediatamente cambió su actitud, quitándose las gafas con una velocidad inhumana para mirarlo bien. Los ojos del acomodador eran mucho más pequeños y menos intimidantes sin los lentes oscuros cubriéndoselos. Kyo le devolvió una exagerada sonrisa, haciéndole el símbolo de la paz con los dedos—. ¡¡N-no puedo creerlo, pero si usted es Gin Irou!!

Una multitud de entrenadores en la fila asomaron sus cabezas tras escuchar ese nombre, fijándose de inmediato en el pequeño grupo de tres entrenadores. Los murmullos rápidamente dieron paso a exclamaciones, y algunos se salieron de la cola para acercarse a ver de cerca a quien había trastornado la actitud del serio y formal acomodador.

—¿Qué es tan difícil de creer? —preguntó incómodo Gin, encogiéndose de hombros y bajando con una mano la gorra negra de lana en su frente—, ¿que un ex campeón regional quiera participar del evento competitivo más importante en la historia?
—Lo difícil de creer es tu pelo, y no digas esas cosas en medio de una multitud —le dijo la chica de kimono, mientras sonreía amablemente a la multitud que se agolpaba detrás de ella para verificar la identidad del entrenador.
—D-disculpe mi falta de profesionalismo —el señor de traje se ajustó la corbata y acomodó sus gafas de Sol, exagerando que tosía—. Es un placer verlo por acá, señor Irou, sus credenciales son de sobra conocidas por todos. Le pido que se dirija al vestíbulo de recepción de la Torre Batalla, el Amo de la Torre estará encantado de recibirlo.
—¿De verdad ese es Gin Irou?
—¡Increíble, el ex campeón de Johto y Kanto!
—Creí que tenía el cabello diferente…
—¡Idiota, es obvio que se lo tiñó para pasar desapercibido!
—Es un poco bajito.
—Dicen que Lance se retiró tras perder contra él en Sinnoh.
—Hace un rato se estaba sacando un moco.

Los murmullos y comentarios de la multitud que los rodeaba venían por todas partes, y mientras que Kyo y Riza oficiaban de guardaespaldas y trataban de contener a las masas que intentaban ver, fotografiar o simplemente saludar al popular entrenador, Gin solamente se acomodaba un par de grandes auriculares y los conectaba a su pokégear, escabulléndose con habilidad entre la marea de gente.

—En realidad —dijo mientras eludía con destreza ninja a un par de chicos de diez u once años que se le tiraban encima para pedirle su autógrafo—, me teñí el pelo porque pensé que se vería genial. La verdad es que me arrepiento un poco.

Kyo se disculpaba y abría paso entre la muchedumbre, tomando de la mano a Riza para ayudarla a salir del tumulto. Detrás de ellos, el acomodador les rugía a los entrenadores que regresen a la fila si querían ingresar al Frente. Rápidamente alcanzaron a su amigo y lo rodearon por los hombros.

—No sé a quién pretendías impresionar —arqueó la ceja Riza.
—Los tres sabemos que lo hiciste para declararle tu amor a Whitney —asintió Kyo, dándole una palmadita en la espalda.
—¿Ah? —volteó Gin hacia el castaño, levantando uno de los audífonos—. ¿Viste lo que generé ahí atrás? No necesito usar un kimono anticuado para impresionar a la gente.
—Gin, no estamos acá para impresionar a nadie más que al Amo de la Torre —le reprochó Riza, frunciendo el ceño—, y a alguien como él no lo vas a impresionar con otra cosa que no sean tus habilidades en batalla.
—Alguien sin habilidades en batalla no podría enfrentarse a él, por empezar —le sacó la lengua a Riza, con tono infantil.
—Se va a impresionar cuando enfrente a Kanchou de Pueblo Azalea, eso es seguro —rió Kyo, tratando de distender el ambiente.

Tras avanzar por lo que quedaba de fila, Kyo, Gin y Riza ingresaron a la recepción techada del Frente de Batalla. Allí dentro fueron recibidos amablemente por atractivas secretarias, quienes les pidieron que enseñen sus medallas y sus pokédex. A diferencia de los entrenadores de afuera, las recepcionistas no se inmutaron cuando los tres amigos depositaron en el mostrador sus estuches, todos ellos repletos de insignias metálicas de todas formas y colores. Gin tenía unas cuarenta, mientras que Kyo enseñó treinta y dos medallas y Riza dieciséis. Cada entrenador esperaba delante del mostrador a que las recepcionistas ingresen en la base de datos sus respectivos títulos y credenciales, conectando sus pokédex a las computadoras portátiles.

—Riza Minamura, entrenadora de Ciudad Violet y apoderada del Profesor Elm, en New Bark. Derrotaste a la Elite 4 de Sinnoh hace tres años, una bastante dura, felicidades —decía sonriente una muchacha de cabello prolijamente recogido y gafas de marco rojo, mientras tipeaba a la velocidad de la luz en su teclado, ingresando los datos de la entrenadora en el sistema del Frente de Batalla.
—Kyo Kodoiro, entrenador promesa de Ecruteak, también representante de Elm. Pudiste contra la Elite 4 de Johto y la de Sinnoh, además de haber sido el líder suplente en el gimnasio de tu ciudad cuando Morty no pudo ocupar el puesto. Excelentes credenciales —asentía amablemente otra recepcionista, de cabello rubio y mirada adormecida, alternando su vista entre la pantalla del monitor y el muchacho de kimono azul.
—Gin Irou, entrenador de New Bark y representante del Profesor Elm (aunque no te menciona demasiado en el registro de la Liga de Johto). Campeón tanto en Johto hace cuatro años, como en Kanto hace dos. El año pasado venciste a la Elite 4 de Sinnoh y enfrentaste a Lance, pero no fuiste por el título de campeón. Es una pena, porque ser tri-campeón interregional es un logro que muy pocos pueden conseguir —decía rápidamente la recepcionista de Gin, con cabello recto negro y mirada aburrida, perdida en la pantalla e ignorando la expresión un tanto incómoda del pelirrosa.
—E-es que no me gustan los números impares —tosió ruborizado, bajando la gorra negra sobre su frente. Los mechones de cabello negro y rosado se enmarañaban en un largo flequillo, ocultando sus gafas. Kyo, a su lado, le dio un sutil codazo bajo la manga ancha de su kimono.
—Entonces —cortó la recepcionista, levantando por primera vez su mirada para verlo fijamente. Sus ojos eran dardos desafiantes—, ¿vas a desafiar al Amo de la Torre para calificar en el Torneo Mundial?

A Gin se le ocurrieron un puñado de respuestas sarcásticas, pero por algún motivo decidió tragárselas y ponerse firme:

—Sí. Vengo por el símbolo dorado.

Tras escudriñarlo unos instantes con la mirada, la chica le devolvió a Gin su estuche con medallas y su pokédex, acompañado por una espléndida sonrisa. Además, le hizo entrega de un pase especial para enfrentar al Amo de la Torre.

—Le deseo suerte, señor Irou. Adelante, el Amo de la Torre espera.
—Muchas gracias —asintió con la cabeza, sin borrar su nueva expresión de seriedad impostada—. ¿”Señor”? Pero si debo ser varios años más joven que ella —le susurró a su amigo mientras guardaba el estuche y pokédex, avanzando todos finalmente hacia la puerta de entrada.

Una vez se abrieron las puertas corredizas, delante del grupo se alzó imponente aquél pináculo del entrenamiento Pokémon; un descomunal predio al aire libre repleto de puestos donde se podían cambiar PB (Puntos de Batalla) por toda clase de objetos raros y tutores de movimiento, además de una serie de portentosos edificios donde entrenadores experimentados de todo el mundo se acercaban a probar sus capacidades frente a temibles jefes, también conocidos como Frontier Brains. Música alegre sonaba por parlantes dispuestos a lo largo del predio, y los más jóvenes correteaban felices con globos con formas de Pokémon. Al tratarse el Frente de Batalla de un predio tan enorme, de un par de cientos metros cuadrados, a todos los aspirantes se les entregaba un folleto con el mapa del lugar al entrar, indicando la ubicación exacta de cada edificio destacado. Sin embargo, nadie allí necesitaba mirar el mapa para conocer la ubicación, a lo lejos, de la bestial Torre de Batalla; un edificio altísimo cuyo techo era difícil de mirar sin entornar la vista. Las nubes estaban apenas unos peldaños más arriba de donde se encontrarían con el Amo de la Torre.
En circunstancias normales, los entrenadores debían disputar sucesivos combates a medida que ascendían por la Torre, y cada derrota les supondría bajar un piso. Un escalón menos en la escalera al cielo, que suponía el máximo desafío del Frente para alzarse con uno de los símbolos de plata y oro que coronaban el reto. Gin tenía la oportunidad de enfrentar a uno de los entrenadores más poderosos de la región, solo para poder acceder a la eliminatoria de un torneo con los mejores del mundo. Se mostraba distraído y despreocupado frente a sus amigos, pero por dentro era un manojo de nervios y ansiedad. ¿Qué tan bueno podía ser el hijo de Palmer?

—Bueno, acá estamos: la Torre de Batalla —decía mecánicamente Kyo mientras leía el folleto, sin observar realmente el edificio en cuestión—. Parece que es tan alto que hasta a algunos Pokémon voladores les genera vértigo combatir en la cima.
—Eso no tiene sentido, Kyo —replicó Riza, sacándole el folleto de las manos.
—Entremos rápido, no quiero que Kanchou de Azalea se lleve todos los símbolos dorados —dijo Gin dirigiéndose a las puertas. Cuando estaba por cruzar el umbral, las puertas de vidrio templado se abrieron de par en par y alguien salió corriendo del interior del edificio, llevándoselo por delante y cayendo los dos al suelo. Kyo y Riza ayudaron a su amigo a levantarse, al tiempo que un grupo de chicos salía raudamente del edificio para darle una mano a su amigo. Era el joven entrenador pelirrojo que, mientras se sobaba la cara, apartó a sus amigos con la mano una vez se incorporó.
—¡¿Por qué no miras por dónde vas?! —le gruñó molesto a Gin, que revisaba que sus gafas no se hubieran roto.
—Es la puerta principal, tarado —soltó, acomodándose la gorra oscura—, perdón por no ser Spinarak-Man y entrar trepando por las ventanas.
—No te metas en más problemas, Kanchou, vamos al Centro Pokémon —le insistió uno de sus amigos. El pelirrojo tenía los ojos llenos de lágrimas, y su cara estaba completamente roja.
—Ay, no se preocupen —se disculpó Riza con ternura, haciendo una corta reverencia—, solo venimos a darle problemas al Amo de la Torre.
—Ni lo sueñen, ese tipo no es normal —afirmó otro de los amigos de Kanchou, con los ojos abiertos como platos.
—¡Sí, y eso que el Raticate de Kanchou no es un Raticate normal, está por encima de la media!
—Pero por debajo de un Frontier Brain. Ahora dejen pasar —espetó Gin, ingresando al edificio sin mirar atrás.

Los chicos de atuendo tradicional sonrieron con incomodidad y algo de pena al grupito de entrenadores de Azalea y, tras una última reverencia, entraron a la torre. Uno de ellos se les quedó mirando, perplejo.

—Hey, Kanchou, ¿ese de pelo rosa no era…?

Un elevador custodiado por dos guardias de seguridad se erguía al fondo de la planta baja de la Torre de Batalla; un espacio amplio, dividido en cubículos de paredes de vidrio -extremadamente reforzado- donde una multitud de entrenadores disputaban batallas en simultáneo. Los tres chicos de Johto avanzaron raudamente por el vestíbulo del edifico hasta llegar a los guardias quienes, tras examinarlos con la mirada y verificar el pase que entregó Gin, oprimieron un botón para abrirles las puertas al ascensor. Era una cabina espaciosa y sin ningún tablero de comando visible, que simplemente cerró sus puertas y comenzó a subir con ligereza. Kyo y Riza se miraron entusiasmados, y le dieron unas palmaditas en la espalda a Gin, que estaba de piedra frente a las puertas, con las manos hundidas en los bolsillos de sus jeans. Una pantalla LED marcaba los pisos, que se sucedían de arriba abajo. Al llegar al número cien se detuvo y abrió sus puertas, y una potente brisa casi los arrastra hacia atrás.

Salieron con dificultad del elevador, cubriendo sus rostros con los brazos (mejor dicho, todos lo hicieron menos Gin, que sujetaba con fuerza su gorra de lana para que no saliera volando por la corriente de aire). Tras adaptarse a las condiciones climáticas y la impresionante altura a la que se encontraban, Riza se acercó trotando al borde de la terraza, observando fascinada las increíbles vistas de toda la región de Johto. Estaba a tal altura que hasta creyó poder divisar Kanto a lo lejos. El cielo brillaba de un azul intenso, y las nubes estaban tan bajo que podían rozarse con los dedos. Hacia el norte, de cara a ellos y en la otra punta de la terraza, el Astro Rey contrastaba con su luz la silueta de un hombre alto, que aguardaba cruzado de brazos. Mientras Kyo alcanzaba a la chica de kimono rosa y la tomaba de la mano para que no se arrime más al precipicio, Gin avanzó dando largas zancadas hacia el centro de la terraza, sobre el cual se habían trazado los límites de un campo de batalla.

El hombre frente a él era difícilmente divisible a esa altura, con el Sol en su espalda y corrientes de aire que hacían volar los cabellos en la cara de Gin, pero alcanzó a apreciar un viejo tapado de solapas levantadas color marrón que llegaba hasta sus rodillas, una bufanda verde musgo que daba varias vueltas a su cuello y un suéter oscuro debajo. Era muy alto, y su cabello rubio danzaba enmarañado al compás de la brisa. Una fuerte mirada de ojos color ocre se posaba sobre él, y aunque no podía apreciarla con claridad, le dio toda la sensación de que el Amo de la Torre ya sabía quién había ido a enfrentarlo.

—¡¿Usted es Barry, el Frontier Brain de la Torre de Batalla?! —le preguntó, tratando de ahogar con su grito el ruido del viento.
—¡Ja, ja ja! ¡Finalmente un digno oponente! —rió alegre el hombre del otro lado, y sin más dilación infló una pokébola en su mano derecha—. Soy Barry, Amo de la Torre, ¡y espero tener una emocionante batalla con vos!
—Espero no quedarme sin oxígeno antes de terminar —murmuró para sí mismo, mientras repasaba con el dedo las pokebolas en su cinturón.

Un referí se acercó desde un costado, posicionándose entre los dos entrenadores sobre la línea divisoria del campo de batalla. Kyo y Riza se habían acercado, observando con atención al oponente de su amigo.

—Ni se te ocurra confiarte, Gin —le dijo con calma el castaño—, Barry es famoso por ser alegre y despistado, pero no le sacó el puesto a su padre por simple herencia familia. Es un feroz oponente.
—Y si vas por el símbolo dorado, no va a dudar en usar lo mejor que tiene contra vos —afirmó Riza.
—Déjenmelo a mí —sonrió, inflando una ultrabola en su mano izquierda.
—¡Esta será una batalla oficial entre el retador Gin Irou y el As de la Torre, Barry, por el símbolo dorado! —anunció el referí finalmente—. ¡Ambos utilizarán tres Pokémon sin límite de tiempo! ¡¡Comiencen!!
—¡¡A pelear, Ukyo!! —exclamó Gin, arrojando al cielo la esfera negra, blanca y amarilla.
—¡¡Vamos, Rapidash!! —gritó Barry, liberando a su Pokémon.

Ambas esferas estallaron con un haz de luz en el aire, liberando a los primeros contendientes de la batalla. Del lado de Gin salió volando una criatura bípeda, cubierta por una resplandeciente armadura carmesí. Tenía cuatro alas que zumbaban a una velocidad pasmosa hasta que, tras dar un par de vueltas en el aire, afirmó sus patas en el suelo de la terraza, adoptando rápidamente posición de combate, con una postura marcial que exhibía las dos grandes pinzas de acero que tenía por manos. Los ojos dorados y la mirada asesina completaban el intimidante aspecto de ese Scizor.

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Barry, por su parte, liberó una bestia cuadrúpeda de apariencia equina, que lucía un imponente cuerno en lo alto de la frente y un hermoso pelaje blanquecino bañado en el fuego que manaba sin control desde las crines de su cabeza, pasando por toda su espalda hasta terminar en una cola completamente ígnea. Se irguió con energía sobre sus pezuñas traseras y repiqueteó en el lugar algunas veces, encendiendo también llamas detrás de sus fibrosas patas. Era una Rapidash lista para la carrera, que despertó comentarios de admiración por parte de los chicos de kimono, mientras ambos Pokémon intercambiaban miradas desafiantes.

—¡Que excelente Rapidash, miren lo cuidado que tiene ese pelaje! —se asombró Kyo al ver al Pokémon de fuego.
—Le puede dar muchos problemas al Scizor de Gin —suspiró Riza, pero el pelirrosa ignoró el comentario.
—“Ok, uno de fuego” —pensó Gin, con expresión seria—. “Creo que Ukyo sabe de sobra cómo enfrentar a su mayor debilidad.”
—¡Ese Scizor parece un rival de temer, retador! —exclamó Barry con una ancha sonrisa, cruzando nuevamente sus brazos—. ¡Pero no esperes menos de mi Rapidash!
—¡Rápido Ukyo, Tijera X!
—¡Esquívalo con Agilidad!

El Scizor de Gin se impulsó en un veloz ataque frontal contra Rapidash, mientras sus grandes tenazas se bañaban en un fulgor esmeralda y las cruzaba para asestar un corte certero, pero el equino se movió a tiempo saltando hacia un costado, impulsado por sus robustas patas traseras y dando una espectacular vuelta en el aire. Rápidamente comenzó a tomar velocidad al galope, trazando un recorrido irregular y dejando una estela de fuego tras su paso hasta ubicarse exactamente en el lugar donde el insecto metálico había iniciado la batalla. Su velocidad era por mucho superior a la del Pokémon de Gin, que se giró para dedicarle una mirada de odio.

—¡No la dejes descansar! —ordenó el pelirrosa, viendo cómo las llamas en las patas de la Rapidash se avivaban.
—¡Agilidad!

Nuevamente y en sentido contrario, Scizor se abalanzó contra Rapidash corriendo ésta vez con los brazos hacia atrás para ganar velocidad, tirando todo su cuerpo hacia adelante y haciendo vibrar sus alas para aprovechar una correntada de viento a su favor. Esta vez logró asestar un golpe, o eso creyó por un instante, puesto que la imagen de la Rapidash se desvaneció de su lugar y apareció a varios metros lejos suyo, dejándole las tenazas incrustadas con pesadez en el suelo de concreto agrietado. No tuvo tiempo de girar la cabeza para dedicarle otra mirada de odio, cuando una descomunal llamarada se precipitó sobre él, doblegando el tamaño de su cuerpo y quemando el suelo a su paso.

—¡Lo atrapó! —exclamó Riza, tapándose la boca con las manos.
—¡Eso no va a asustar a Ukyo, caballo de mierda! —rugió Gin con una desquiciada sonrisa en el rostro, mientras una gota de sudor recorría su frente. La temperatura del combate comenzaba a elevarse, pese a la fresca brisa que golpeaba su rostro.

Cuando la humareda negra que dejó el fuego tras su paso se disipó, Barry y su Rapidash abrieron los ojos sorprendidos al ver que Scizor se encontraba perfectamente posicionado en el mismo lugar, con una rodilla hincada al suelo y sus dos brazos extendidos hacia adelante, sujetando con las tenazas un bloque de cemento carbonizado que arrancó del suelo para usar como escudo, protegiéndose así de la llamarada. Con un fugaz movimiento, partió el bloque en dos y arrojó uno violentamente contra el equino, como si de un gigantesco shuriken se tratase. El bloque de concreto salió disparado girando al ras del suelo y apuntándole a las piernas, pero el Pokémon de fuego ya había ganado suficiente velocidad como para anticipar el golpe y pegó un brusco salto, dejando un cráter en el suelo bajo sus pezuñas y eludiéndolo sin mayor dificultad.

—¡Lanzallamas! —ordenó Barry, sin borrar la sonrisa de su rostro.

Todavía en el aire, Rapidash infló su cuello y luego su hocico con fuego y vomitó otra enorme llamarada en dirección al oponente, pero Scizor no pensaba permanecer en el mismo lugar e, impulsado por la misma pierna que hincaba en el suelo, salió disparado como un jet aún sujetando firmemente el otro bloque de cemento en su tenaza, colocándose justo debajo de la equina y girando sobre sí mismo para arrojarle a quemarropa el pedrusco, que ésta vez salió disparado de forma perpendicular al suelo y golpeó de lleno al caballo en pleno estómago. Con una mueca de dolor, Rapidash resistió el golpe y disparó otra llamarada sobre el insecto, pero Scizor extendió sus alas retráctiles y voló en espiral alrededor del fuego hasta quedar por encima del equino, cazándolo por su robusto cuello con una de las pinzas y dando una vuelta de 180 grados en el aire, arrojándola con todas sus fuerzas al suelo, donde se estrelló levantando una polvareda.

—¡Todavía no es suficiente, dale con Cabeza de Hierro! —mandó Gin, notando con preocupación que en su última acometida una de las piernas de Scizor había sido alcanzada por algunas llamas.
—¡Está expuesto, Rapidash! —alertó Barry.

Scizor se puso de cabeza en el aire y luego se dejó caer con sus alas retraídas para ganar velocidad, apoyado por el propio peso de su armadura de metal, listo para propinarle un duro cabezazo a Rapidash. Pero al estar cerca del suelo notó que, en lugar de Rapidash, ahora había una cortina de fuego oficiando de trampa mortal, y que el caballo, aturdido por el golpe, se había alejado lo suficiente como para tenerlo en su rango de tiro, listo para propinarle otra llamarada. Así que extendió sus alas nuevamente y las batió con fuerza para permanecer en el aire, lejos de las llamas, y cambió el curso de su vuelo, yendo raudamente hacia su oponente.

—¡Vamos de frente, Envite Ígneo! —ordenó el Amo de la Torre, inclinándose hacia adelante con entusiasmo.

Las llamas envolvieron completamente el cuerpo del equino, que galopó a una velocidad infernal para enfrentar directamente a Scizor. Ukyo entrecerró los ojos, abochornado por sobrevolar el terreno ígneo a tan corta distancia, pero no apartó la vista de su rival, preparado para un choque frontal o para cualquier tipo de ataque sorpresivo. Brazas salían desprendidas del chasquido entre las pezuñas de Rapidash y el suelo de concreto que carbonizaba tras su paso, y en una fracción de segundo ya se encontraba sobre el insecto metálico, apuntándolo con el cuerno convertido en un taladro de fuego, lista para llevárselo por delante.

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—¡Ni lo sueñes, Ukyo! —gritó Gin, sacándole la lengua a su oponente—. ¡¡Doble Equipo!!

Justo cuando estaban por impactar, Scizor escuchó la orden de su entrenador y, estando a milímetros del fuego que consumía a Rapidash y que pronto lo consumiría también a él, se multiplicó a si mismo creando una veintena de copias, que siguieron de largo y desplegaron alas para volar alrededor de la yegua. La bestia de fuego clavó sus pezuñas en el suelo y giró rápidamente sobre su propio eje aún con las patas traseras al vuelo, concentrando las llamas que bañaban todo su cuerpo en el centro de su boca, formando una esfera de fuego inmensa que disparó sin dudar sobre el enjambre de Scizor en el cielo, consumiendo todas las copias en un instante. Los entrenadores de Johto miraban atónitos el formidable poder destructivo de esa Rapidash, secándose el sudor de la frente. El calor se tornaba insoportable y las fuertes corrientes de aire solo avivaban las llamas. El verdadero Scizor había escapado a tiempo, otra vez, del fuego, pero se lo veía agitado y se paraba con cierta dificultad sobre la pierna que antes habían logrado quemarle.

—¡¡JAJAJAJA!! —rió frenéticamente el hombre rubio, llevándose una mano a la cara—. ¡Pero si ese Scizor es impresionante! ¡¿Quién diría que un Pokémon con una armadura tan pesada sería capaz de moverse así?!
—Seh… Tu Pokémon tampoco está mal, Barry —gruñó Gin, viendo a la Rapidash repiquetear rápidamente con sus pezuñas sobre el concreto, resquebrajándolo y soltando chispas—. Pero la velocidad no es todo lo que importa en combate. Y, además —sonrió—, no creo en los corceles indomables. ¡¡Ukyo, Puño Bala!!
—¡Cuidado, Rapidash!

Antes de que Rapidash termine de recibir las ordenes de su entrenador y haciendo uso de una fuerza magnética inexplicable, Scizor se dejó impulsar a toda velocidad por su enorme tenaza de acero y ésta se enterró en un santiamén en el morro del equino, arrastrándolo hacia atrás un par de metros. El corcel de fuego sacudió la cabeza escupiendo algo de sangre y, en un arrebato de furia, le lanzó una cornada al insecto intentando asestar justo en la pierna quemada, pero eso suponía entrar en el juego que esperaban Gin y su Pokémon, que rápidamente levantó la pierna desplegando sus alas, propinándole una durísima patada en la quijada y levantándola por los aires unos centímetros hasta desplomarse hacia atrás, notablemente aturdida por los últimos golpes.

—¡Te lo digo más claro, Barry! —dijo Gin con una sonrisa llena de confianza, mientras el cristal de sus anteojos brillaba reflejando la luz del Sol y las brasas del fuego—. ¡A Ukyo no vas a ganarle con fuego, y mucho menos esperes hacerlo sin él!

Soltando un bramido terrorífico, Rapidash se incorporó pegando un salto directo contra Ukyo, pero el Scizor esperaba nuevamente ese tipo de ataque frontal e impulsivo y la recibió cazándola por el cuerno con una tenaza, girando elegantemente sobre su propio eje y estrellándola al otro lado contra el suelo, con la facilidad con la que alguien sacude una toalla. La fuerza en sus delgados brazos de acero dejaría pasmado a cualquiera, pero el jefe de la Torre de Batalla sabía que se enfrentaba a Pokémon de muy alto nivel. De alguna forma, esto comenzaba a parecer más un reto para él que para el verdadero retador. Justo cuando Rapidash amagó con volver a incorporarse, clavándole una ardiente mirada de desprecio al Scizor que preparaba su tenaza para asestar el golpe definitivo, Barry sacó su pokébola y retiró del combate a su Pokémon, tomando a todos por sorpresa.

—No tiene sentido que sigas sufriendo, lo hiciste muy bien, Rapidash —le susurró con ternura a su Pokémon a través de la pokébola, para luego guardarla en un bolsillo interno del abrigo—. Y vos también, Gin, ese Scizor es una máquina de matar, todo un Terminator, ¡JAJAJA! —nadie más lo acompañó en la risotada—. Pero tenés razón, parece que no habrá forma de ganarle de la manera obvia, así que vamos a jugar su juego. Después de todo, tu Pokémon no es el único insecto que disfruta de un buen combate cuerpo a cuerpo.

Dicho esto, y sin que Gin abra la boca, Barry infló otra pokébola y la arrojó con una sonrisa al campo de batalla, liberando a su segundo Pokémon, que los chicos conocían muy bien. Un escarabajo bípedo de color azul y robusta contextura física, con un par de amigables ojos amarillos parecidos a los de su amo y un descomunal cuerno en forma de cruz que medía casi lo mismo que el resto de su cuerpo. Era un formidable Heracross, que clavó su mirada en Scizor y le dedicó una sonrisa amable mientras adoptaba pesadamente una posición de combate con los puños hacia el frente. El insecto rojo de Gin lo observaba impasible, escudriñando a su nuevo oponente de pies a cuerno. Sería un duelo entre los insectos más poderosos de Johto.

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—Siempre me gustó Heracross —afirmó Gin, curvando una sutil sonrisa—. Pero de donde yo vengo, no es buena idea darles cabezazos a los árboles para atrapar a un Pokémon.
—¿Sí? Un chico de Pueblo Azalea me dijo hace un rato que era una práctica común, y que un Heracross siempre respetará al entrenador que sepa dar un buen cabezazo —respondió alegremente Barry, mientras se daba golpecitos con el puño en la sien.
—De hecho, es más inteligente atraerlos con miel… —murmuró Riza frunciendo el entrecejo, mientras Kyo soltaba una risita.
—¡Muy bien, Heracross, vamos a llevarnos el segundo round!
—¡¡Herra-Cross!! —exclamó el escarabajo, tensando los músculos y batiendo las alas en su lugar.
—¡Nada de eso, Ukyo, si a esa cosa le gustan los cabezazos, vamos a darle uno bueno!
—¡Scii-Zor! —chilló la mantis metálica, chocando sus tenazas entre sí.
—¡¡Megacuerno!!
—¡¡Cabeza de Hierro!!

Los dos insectos se abalanzaron de frente, y aunque Scizor cruzó en una fracción de segundo casi todo el terreno, Heracross aferró sus cortas pero musculosas piernas al suelo y recibió su envite con el cuerno, haciendo vibrar el hierro que recubría todo el cuerpo de Ukyo. El impacto fue mucho más duro de lo que pensaba, y aunque el suelo bajo el escarabajo había formado un cráter por la presión de la férrea cabeza de Scizor, el cuerno brillante del Pokémon de Barry superaba por mucho la fuerza del más duro de los aceros, y pronto comenzó a avanzar con una sonrisa cargada de confianza, comiéndole espacio a la mantis carmesí. Barry, aún cruzado de brazos, observó a Gin por un momento, orgulloso del poder de su escarabajo hércules, pero el pelirrosa no borraba la sonrisa calma de su rostro.

—Parece que confiás mucho en la fuerza del acero.
—Mejor dicho —lo cortó Gin—, parece que vos confiás mucho en el honor de un simple cabezazo.
—¡¿Qué?!

Volviendo la vista a los Pokémon, el entrenador rubio notó sorprendido cómo Scizor sujetaba con sus dos tenazas el largo y formidable cuerno de Heracross, apretándolo con fuerza sin dejar de empujar con su propia cabeza. El escarabajo soltó un gruñido de dolor, apretando los dientes, mientras sentía cómo el hierro se aferraba con violencia a su piel intentando quebrarla, y retrocedió unos cuantos pasos.

—Cualquiera diría que eso no parece un movimiento muy honorable —suspiró Kyo.
—Y tendría razón. Pero no deja de ser legal, y eso es lo que cuenta en una batalla de estas características —asintió Riza, echándole una mirada reprobatoria a su amigo, quién por supuesto se encontraba absorto en el combate e ignoraba cualquier comentario que le hicieran.
—¡¡JAJAJA, tenés toda la razón, Gin!! —carcajeó el Amo de la Torre con presteza, mientras descruzaba los brazos y empezaba a aplaudir el ingenioso agarre de su oponente—. Pero si no puedo derretir el acero, te aseguro que voy a abollarlo.
—¿Eh?

El pelirrosa acomodó sus gafas cuando un reflejo de luz lo cegó, y cuando pudo agudizar la vista vio con espanto cómo la otrora afable sonrisa de Heracross se había transformado, desde la mueca de dolor, en una nueva sonrisa, ya no amigable, sino cargada de sadismo y malicia. Antes de que su Pokémon pudiera reaccionar, el escarabajo aprovechó que sus tenazas estaban ocupadas con su cuerno para levantarlo unos centímetros por el aire con la propia fuerza de su cornamenta y, una vez desestabilizado, comenzó a asestarle una serie de puñetazos limpios en todo el torso y abdomen, con un salvajismo que rápidamente comenzó a hundir el hierro bajo sus puños. Los golpes fueron tan profundos que dejaron a Scizor sin aire, y casi al instante sus pinzas se aflojaron, soltando el cuerno del oponente y cayendo inconsciente al suelo. Había bastado una seguidilla de golpes genéricos para acabar con él. Gin no podía creerlo, estaba preparado para una batalla más larga. Ukyo todavía podía pelear.

—E-ey, Ukyo, vamos, arriba, todavía falta… —le dijo incrédulo a su Pokémon, que yacía inerte en el suelo.
—Gin, perdió la consciencia —le dijo tajante Kyo.
—Por duro que sea el acero, Heracross no deja de ser un Pokémon de tipo lucha, la ventaja seguía siendo clara —dijo Riza con expresión de lástima, viendo al magullado Pokémon de su amigo.
—¡Cállense, él ya pudo antes contra peores adversarios! —gritó el joven entrenador a sus amigos—. ¡¡Levantate, Ukyo!!
—¡¡Ni siquiera lo pienses!! —le gritó Barry de repente—. Tu Pokémon no puede seguir, y aún si pudiera ponerse en pie, sería desagradable que intentes mantenerlo en la batalla. ¡Aceptá su derrota con honor, y retíralo!

La actitud del rubio se había vuelto absolutamente firme. Pese a su risa y afable personalidad, no dejaba de ser un entrenador curtido y experimentado, un hombre que cargaba con una reputación a sus espaldas. La autoridad de sus palabras le sonó a Gin, de pronto, absolutamente natural. Agachó la cabeza, y devolvió a Scizor a su ultrabola.

—Perdón, Ukyo, estuviste increíble —le susurró a la esfera negra y amarilla antes de guardarla en su cinturón y tomar una pokébola común—. ¡Ja! Yo sabía que Heracross era bueno, pero te aseguro que, si mi Pokémon no hubiera estado quemado, su cuerno sería hoy mismo un bonito adorno en mi pared.

Barry soltó una genuina carcajada, y luego volvió a cruzar sus brazos irguiendo su postura. Era asombrosamente alto, y el Sol en su espalda sólo lo volvía más imponente.

—El combate sigue, entonces —dijo el Amo de la Torre, y sonrió desafiante.
—¡¡A ganar, Expert!!

El chico de pelo rosa arrojó su pokébola escarlata al cielo, que estalló liberando una nueva criatura al campo de batalla. Era bastante más alta que Heracross, alcanzando con su cuello alargado el tamaño de un hombre adulto. De pelaje gomoso y amarillo, y cuerpo en forma de botella, el nuevo Pokémon de Gin lucía intrigante y majestuoso con un par de perlas rojas coronando su frente y la punta de su alargada cola con aros negros. O al menos eso pensó Barry, hasta que Ampharos pegó un brinco hacia atrás, gruñéndole a Heracross ni bien vio el estado en el que había quedado el campo de batalla, presumiendo las consecuencias que había dejado para su compañero de equipo. En un momento, las nubes en el cielo comenzaron a cernirse en torno a la terraza sobre la cual se llevaba a cabo el enfrentamiento, cubriendo al Sol y bañándose en una tonalidad oscura. Chispas comenzaron a salir del cuerpo del Ampharos, que adoptó inmediatamente posición de combate. Estaba listo para vengar a Ukyo. Heracross le dedicó una desagradable sonrisa para provocarlo, y lo llamó con una mano.

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—¡Heracross, Cuerpo a Cuerpo!
—¡Expert, Rizo Algodón!

Desplegando sus alas por completo y levantando vuelo raudamente, Heracross acometió contra Ampharos tensando cada músculo de su cuerpo, pero el monstruo eléctrico comenzó a inflar rápidamente su pelaje amarillo, envolviéndose en varias capas de algodón generado espontáneamente. Recibió de lleno la seguidilla de brutales puñetazos, patadas y cornadas del escarabajo, pero poco efecto hicieron sobre él. Barry sabía que no podía dejar que aumente de esa forma sus defensas contra un Pokémon netamente físico.

—¡Levantalo por los aires! —le ordenó a su Heracross.
—¡Cola de Hierro! —mandó Gin.

Heracross levantó con ambos brazos a la bola de lana dorada que tenía por oponente, pero al apretarla a su cuerpo sintió una descarga eléctrica paralizante que lo dejó inmóvil unos segundos en pleno vuelo, cosa que Ampharos aprovechó para desprenderse de la lana y de las garras del rival y, con el cuerpo más liviano, pegar una vuelta completa en el aire asestándole un fortísimo golpe con la cola, que brillaba en intensos tonos plateados. El golpe fue directo al hombro derecho del Heracross, quién cayó al suelo de pie, sujetándoselo con una mueca de dolor. Ampharos cayó al suelo justo delante suyo, y arqueó el cuello hacia él dedicándole una mirada provocativa, como diciendo “Eso fue por Ukyo, hijo de puta”.
Sin esperar orden alguna de su entrenador, Heracross se escabulló con sorpresiva agilidad detrás de Ampharos y lo cazó por su larga cola con ambas manos, levantándolo por los aires y dándole un par de vueltas dispuesto a arrojarlo incluso fuera de la torre, pero no se percató de que a medida que giraba el Pokémon eléctrico, las nubes negras entorno a él comenzaron a girar en el cielo, iluminándose con fugaces destellos blancos que pronto dieron paso a estruendosos truenos. Antes de que sus manos pudieran desprenderse de la cola de Expert, éste soltó un destello cegador de la gema en su cola, seguido por una fortísima descarga eléctrica que aturdió cada músculo en el cuerpo del insecto. Lo tenía literalmente pegado a su cola, con un coro de truenos sobre sus cabezas vitoreando el encuentro.

—¡¡Heracross, Avalancha!! —ordenó Barry sin una sola sonrisa en su rostro. Estaba inmerso en el combate, tanto como su Pokémon.
—¡¡HERRRAAA!! —chilló el escarabajo guerrero que, aún con las manos inmovilizadas a la cola del monstruo eléctrico, golpeó el suelo con sus piernas levantando con sorprendente facilidad varios bloques de concreto, que arrojó sobre el cuerpo de Ampharos golpeándolos con su propio cuerno. Estaba dispuesto a sepultar a Ampharos bajo el propio terreno de combate, quizás eso anularía su poder electrizante.
Pero Gin tenía plena confianza en su monstruo, y así lo demostró dedicándole una cálida sonrisa, aún viendo cómo recibía duros y sucesivos golpes en la espalda.
—Sé que eso apenas te está haciendo cosquillas, Expert —le dijo con un tono de voz muy calmo, mientras su Pokémon lo observaba de espaldas al rival. Ampharos pareció devolverle la sonrisa, y en un santiamén expulsó una onda de energía eléctrica de su cuerpo que desintegró al instante cada bloque de pesado y duro concreto que le arrojó Heracross. La descarga fue tan fuerte y repentina que también liberó al escarabajo del estado de parálisis en sus manos, haciéndolo volar unos metros hacia atrás.
—Wow, de verdad estuvo perfeccionando el ataque especial de su Ampharos —murmuró Kyo, levantando apenas sus cejas. Riza no emitía palabra, pero su mirada calculadora no se desprendía de Barry.
—¡¡Cuerpo a Cuerpo!!
—¡Rizo Algodón! ¡¡No vas a tocarlo!!

El escarabajo voló como alma que lleva el diablo hacia Ampharos, atacándolo desde cada flanco posible con veloces y furtivos puñetazos, intentando asestar una cornada, o clavarle una garra en la piel, pero cada esfuerzo era aplacado por las propias defensas del monstruo eléctrico, que generaba cantidades inmensas de pelaje rizado en forma de algodón para amortiguar cada envite del oponente. Para colmo de males, los potentes golpes de Heracross no solo no dañaban a Ampharos, sino que éste le soltaba ocasionales descargas eléctricas que detenían su acometida paralizándolo y debilitando así sus intentos de noquearlo rápidamente. Ampharos había decidido, incluso, que las nubes ya no rujan con sus truenos, todo para no avivar las llamas del oponente, y para desestimar sus intentos de darle un combate a la altura. Simplemente estaban a otro nivel. Más pronto que tarde, el tipo bicho de Barry se mostraba agotado y respiraba agitadamente mientras algunas chispas aún salían de su cuerpo entumecido.

—Bueno, Expert, hiciste bien en bajarle los humos a ese Heracross —comenzó Gin, de nuevo con su tono irónico y provocador—, pero vamos a demostrarle que podemos ganar en un combate limpio, mano a mano. O aleta a pata, lo que sea que tengas por brazos.
—¡Phaaa! —gruñó molesto el Ampharos, girando su largo cuello hacia él y apuntándolo con su brazo en forma de aleta. Luego, volteó nuevamente a Heracross y adoptó una postura de combate diferente, parándose con las piernas separadas y doblando sus brazos como si de un boxeador se tratase, tirando incluso algunos torpes puñetazos al aire. Tanto Barry como Heracross fruncieron el ceño.
—Mierda, si hubiera sabido que estos aspirantes al Torneo Mundial iban a ser tan petulantes como vos… —gruñó por lo bajo el Amo de la Torre—. No los habría invitado a pelear tan fácilmente contra mí.
—Pero no podés negar que es divertido —rió Gin, enseñándole la V de la victoria con sus dedos. Ampharos intentó imitar el gesto de su entrenador, aunque la V le salió invertida.
—¡¡DESTROZALO, HERACROSS!!
—¡¡HERRRAAAAAAAA…!!
—¡Expert…!

Heracross saltó hacia Ampharos levantando y curvando su brazo en un derechazo que bajó directo a la gema en su frente. Todo sucedió en cámara lenta: el escarabajo se movió con un último arranque de velocidad que se estuvo guardando durante todo el combate y, aún con la parálisis entumeciendo hasta sus huesos, arrojó un golpe que hubiera conectado de lleno, de no ser porque el Pokémon de Gin deslizó entre sus piernas su propia cola, rozando con su perla un pie del insecto y paralizándolo de inmediato, aprovechando esa oportunidad para avanzar hacia él con el golpe preparado y completamente cargado de energía en el extremo de su brazo izquierdo.

—¡¡… PUÑO CERTERO!!

El golpe de Ampharos conectó limpiamente, estrellando un brutal puñetazo frontal que sacudió cada partícula de Heracross, hundiendo su rostro y luego todo su cuerpo en el suelo con un ruido seco, y provocando bajo él un cráter de algunos metros de diámetro. El golpe fue tan potente, que todos quedaron en silencio, incluso Gin, hasta que algunos tímidos truenos se atrevieron a escapar entre las nubes, negras como ovejas, como si estuvieran aplaudiendo a su creador. Fue el knock out definitivo para Heracross. Barry lo retiró perplejo, para luego felicitar su desempeño en el combate.

—No se puede subestimar a un entrenador que carga dos títulos regionales en su espalda —dijo Barry guardando su pokébola, para luego quitarse limpiamente el tapado y la bufanda que lo abrigaban, revelando colgada al cuello una esfera de color gris plomo y decorada con cuatro bolas azuladas que sobresalían al frente. Los chicos de Johto conocían bien esa clase de pokébola, y Gin arqueó una ceja.
—¿Va a mandar a su Snorlax? —le preguntó entre susurros Kyo a Riza, arrimándose a ella.
—Y admiro, de verdad, que hayas conquistado alguna vez la cima tanto en tu región natal como en la mía propia. Sinnoh y Johto siempre estuvieron hermanadas por la historia —su tono amable y tranquilo fue mutando lentamente a una voz áspera y profunda—. Pero es acá y es ahora cuando los lazos de fraternidad deben cortarse, y dar paso a una auténtica amenaza para tus Pokémon.
—Sin tanto teatro, que me está agarrando hambre… —espetó Gin, con su habitual falta de modales, hurgando en su oído con el dedo meñique y mirando hacia un lado, restándole importancia. Barry sonrió por última vez.
—No me agrada tener que usar este Pokémon, porque significa que todavía no soy tan bueno —dijo, arrancándose de un tirón la bola pesada en su cuello e inflándola con una mano. Sus ojos destilaban caos—. Pero es el legado de mi padre, y de lo que implica alcanzar la cima más allá de la cima en lo alto de esta Torre. Acá y ahora, Gin Irou, ¡¡voy a sepultar tu victoria!! ¡¡Regigigas, despierta!!

Con toda la fuerza de su brazo derecho, Barry arrojó la bola pesada hacia el aire, varios metros por encima del campo de batalla, haciéndola estallar con el estruendo metálico de lo que parecía ser el único receptáculo posible para la monstruosa bestia que surgió de ella. Se materializó delante de Gin y su Ampharos un Pokémon como nunca antes habían visto, cayendo pesadamente con una densidad superior a los cuatrocientos kilos que hizo temblar no solo la terraza, sino toda la Torre de Batalla en su conjunto, y lo sintieron hasta aquellos entrenadores que disputaban sus combates en los primeros pisos. Kyo notó cómo el arbitro del combate se alejaba dando grandes zancadas, colocándose a salvo en una garita blindada especialmente construida para soportar el poder del coloso.
El monstruo, de más de cuatro metros de altura, se encorvó posando en el suelo agrietado y chamuscado sus robustas piernas y brazos, que parecían columnas de marfil blancas con matorrales de verde y viejo musgo recubriéndolas, con un grosor que duplicaba el de Ampharos. Algunas venas hinchadas y ennegrecidas rebalsaban por sus extremidades, así como hombreras y muñequeras hechas de oro puro que brillaban incluso cuando el cielo sobre ellas se encontraba ya totalmente cubierto por nubarrones negros. Posó con pesadez sus dos brazos en el suelo, adoptando una postura encorvada similar a la de un gorila, y dejó apreciar una serie de joyas (¿ojos?) a ambos lados de su torso, que dormitaban apagadas en colores rojo, celeste y grisáceo. Su horrendo aspecto lo coronaba la carencia de una cabeza a la cual mirar directamente, sino que en lo alto de su cuerpo solo se veía una especie de casco dorado con algunos agujeros perforados de profundo negro.
Era algo más allá de lo natural, y a su vez parecía la encarnación viva de la fuerza de la naturaleza. El monstruo quedó inmóvil y no emitió sonido alguno.

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—¡¿Q-Qué carajo es esa cosa?! —gritó Gin, retrocediendo algunos pasos y apuntando a la bestia con el dedo. Expert, su Ampharos, lo miraba desde abajo aferrando sus patas al suelo y balanceando su cola enérgicamente. No se dejaría intimidar por ningún oponente.
—Lo que me temía —negó con la cabeza Riza, sin poder disimular su mirada maravillada al contemplar al Pokémon legendario con sus propios ojos—. Va a ir con el Pokémon insignia de su padre, Palmer, y de la Torre de Batalla.
—El Pokémon Colosal, que arrastra continentes a su espalda… Regigigas —sentenció Kyo con un hilo de voz, apretando la mano de la chica debajo de las mangas caídas de sus kimonos.
Palmer se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar, torciendo una sonrisa cargada de malicia.
—Hora de ponerse serios, Gin Irou… ¡Que siga el combate!


Continuará…
 

¡Que el mundo se trague su odio!
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Se pone interesante :31: Pero te sugiero que uses
Simple spoiler
para las imagenes y tengas mas espacio jejejejeje
 
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