Trama [S] Gaze of the abyss | Setsuna & Ruigetsu | Muffin time

Oiseau rebelle
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Puesto en tablero: 30. Pergamino Verde utilizado | Versus

Distinguir y comprender los pensamientos de Kohiko resultaba en una tarea abismal. Más allá de la fugacidad y puntualidad de su mente, lo que realmente separaba a la albina del resto de personas era su virtuosidad para recordar pequeños detalles; era un pan de cada día para ella imaginar planos inexistentes, cartas de navegación sin edición y diversos mapeados de lo que necesitara, tan nítidamente como su propio alrededor. Zen había oído rumores de tal habilidad, junto con otros tantos adjudicados a la huérfana, pero ninguno tan remarcablemente notado como aquel. Se había colocado en la punta de proa, justo al borde de los barandales y el océano, decía haber trazado las posibles rutas que tomarían los involucrados, teniendo en cuenta los peligros presentes en el pantano, al menos los tentativos. Claro que, para el caso, la probabilidad ganadora terminaría siendo la prevista por la mujer.

Kuronama se esmeraba en retirar las impurezas de su espada, tallando y puliendo los maderos, aunque sin perder la aparente tranquilidad; miraba de reojo a su compañera de cada en cuanto, intentando figurar el patrón que utilizaba por sí mismo. Descendió desde un techo en la oficina de comando para acercarse aún más, detallando garabatos grabados sobre los maderos del navío: una red rudimentaria, donde descansaban tres “x” sin relación aparente; de un momento a otro dibujó una cuarta, y poco después la quinta terminó por volverse coherente junto con el revoloteo de una parvada en la costa: no eran posiciones, mucho menos órdenes; cada una de esas “x” representaba a un soldado caído.

Mantuvo silencio hasta que le vio susurrando algo sobre las cruces, señalándolas a medida que sus labios articulaban palabras distintas por cada una. Zen fue lo suficientemente certero para distinguir un par, aproximándose a esperas de lo que ya deducía:

― ¿Qué con Kamoi? ―aquel era el nombre escuchado entre los murmullos.
― Él, Fudo, Dinde y Himo fueron masacrados ―sentenció, con tal seguridad sobre sus palabras que su homólogo no pudo evitar tomarlo a broma, hasta que el diálogo insistió―. Pero nos dejaron un buen marco.
― ¿Por qué fue que hicimos entrar a soldados a un pantano así? Recuérdame.
―Fueron de más ayuda que cualquiera en esta misión ―se incorporó, utilizando a Jormungand como bastón―. Sus muertes ocurrieron en puntos clave. Si hay algo de peligro allí para nosotros lo acabamos de exponer.
―Pues yo sólo veo el sol y a las gaviotas ―Indiferente, se aproximó de regreso a su sitio en el techo.
―Mejor así ―Hekmatyar no movió ni movería un ápice de su voluntad para explicar sus métodos.

Sutilezas, eso sí que hasta Zen fue capaz de identificar. Eran situaciones así donde sus diferencias sociales podían terminar favoreciendo al varón; Koko sabía bien de qué cuidarse con él, y sentirse analizada era suficientemente factible con tan sólo compartir espacio. Podría sentirse autónoma, más que nadie, pero ni el más absurdo de los payasos pasaría por delante de sus ojos sin ser tomado en cuenta, y no tenía ni la más mínima intención en averiguar si las maquinaciones de un hombre famoso por su locura incluían algún sabotaje, incluso entre aliados. Incluso así, Kenamura fue capaz de recolectar suficientes datos para sentirse satisfecho, por más que tampoco lo expresara. Variables de tiempo, de sucesos coincidentes con sus predicciones, todo era un vasto camino de posibilidades por recorrer, y no hacía más que encender su patológicamente intensa curiosidad sobre la fémina.

Se levantó sin esfuerzo, dispuesta a saltar a la ensenada.

― ¿Vendrás, o te descarto de todo esto? ―Por más que sus palabras fuesen más crudas que honestas, Zen buscaría tomarlas a su favor, de una u otra forma.
―Seré tu factor sorpresa ―Hizo un gesto exagerado, extendiendo ambos brazos―. Iré sólo cuando sea necesario, te irá mejor así.
―Sin duda.

Kohiko descendió en un salto grácil, aterrizando justo en el borde donde la arena era suficientemente espesa para no entorpecer el impacto. Su Yoroi se vio despedazado en varias placas de metal segmentado que comenzaron a flotar a su alrededor, justo después de que la espada tocase el suelo. Debería reactivar el efecto de cada en cuanto para mantener las partes de su armadura en órbita, resultaría esencial para lograr defenderse. Las hombreras, cintas y encajes flotantes se deslizaban inalterables entre la maleza, comenzando a adentrarse en las inmediaciones pantanosas. Dos de las placas bajaron a sus pies para fungir como botas, quería evitar el contacto con cualquier posible agente a toda costa.

Ya para aquellas horas, el metano y demás gases indeseables se sedimentaban en capas atmosféricas, imperceptibles desde lejos más que como un tímido fatamorgana, pero cuyo efecto en los sentidos explicaba, fácilmente, las suposiciones hechas en el barco: cualquier soldado sin resistencia admirable sucumbiría tarde o temprano ante la desesperación, y ni siquiera los de rangos más avanzados estaban absortos del peligro, pero claro, al fin y al cabo, la frialdad de Kohiko era capaz de anteponerse, al menos por el momento. Sonidos guturales profundísimos, la negrura misma de un aura invisible pero muy persistente rodeándole y el rechinido de quién sabe cuántos engendros entre los arbustos malolientes le hacían mantener la guardia lo más alto que pudiese.

El primer predador llegó de las alturas: un Dionauris entorpecido por su propia gula. Ya se hallaba digiriendo la mano y parte del brazo de uno de los enviados a la expedición; quiso hacerse con otro bocado ante el incesante olor a vitalidad bajo sus bulbos, pero tan sólo lanzarse involucró la expulsión del bocado actual, delatándole junto con la lentitud propia de su proceso digestivo. Un movimiento del sable bastó para que una de las hombreras flotantes le vapuleara contra un tronco en la lejanía, estampándolo contra éste. Varios otros intentaron aprovecharse del momento, unos llenos y otros apenas terminando de digerir la última comida.

Kohiko debió realizar más de una pirueta indecible amén de no caer a merced de las breas o criaturas a su alrededor. En el trayecto, divisó más de un resto sanguinolento de sus “allegados”, mezclado entre el resto del hedor y la descomposición. Surcó el pantano bajo el mismo pretexto, siempre intentando virar en sentido opuesto a los Dionauris cercanos. El mayor peligro se aproximaba a sus espaldas, y en medio de las maniobras, lo único que pudo delatar la trampa fue la ausencia de reflejo sobre su sable: una muralla de telarañas oscurecía el entorno, a tal punto que la luz del sol se hacía taciturna. Las placas metálicas impusieron freno; durante toda la maniobra, tuvo que usar la punta de Jormungand a modo de pivote sobre el cual balancearse, un solo error y su protección caería sin remedio.

La sucesión de evasiones acabó por hacerla trastabillar cerca de uno de los charcos hirvientes. La ausencia de sangre no podía ser más enervante que entonces; en un lugar así, la falta de restos sólo le hacían pensar que la resistencia había sido imposible, como si la fuerza que hubiese masacrado a quienes anduvieron por la zona no dejara el mínimo rastro, sólo pisadas, muchas y descoordinadas, algunas diminutas en comparación a su propio pie, marcándose en la extensión de la marisma. Viró en ambos sentidos, inquietada, pero sin perder su rectitud, mantener las piezas del Yoroi flotando seguía siendo prioridad, más ahora, cuando apenas restaban cinco. Ella no sería tan torpe como para entrometerse en un lugar así sin un plan de emergencia, pero temía que incluso aquel fuese capaz de fallar; dependía, por supuesto, de que los suelos cubiertos por fango tuvieran suficiente metal.

Chistó, comenzando a escuchar las pisadas rasposas de seres que pronto se develaron como humanoides, aunque precisamente, no la perseguían a ella.

Pudo distinguir la misma cabellera roja observada en la costa de Las Olas. Setsuna –o su clon, más bien-, corría sin mayor cuidado en sus perseguidores, aunque ya se habían amontonado lo suficiente como para hacer una amenaza; hambrientos, en más de un sentido, el sólo presenciar una existencia como la de Himekami despertaba la mayor de sus voracidades. Koko se concentró por un momento en aquellas criaturas, incluso llegando a pensar que serían capaz de atraparle. Fuese justicia o casualidad, el clon fue atrapado por una de las manos verdosas y resecas, con tal fuerza que lograron hacerle explotar en la nube de humo característica. Hekmatyar aprovechó el atolondramiento de las criaturas, abalanzadas aun así sobre la bruma a esperas de dar con su festín.

Una serie de piezas se sumaban a su tablero, aunque, siendo ninjas sus oponentes, las precauciones ante la situación de réplicas era algo ensayado para cualquier general. Claramente habían sido señuelos menores, ahora le quedaba preguntarse dónde se hallaba la original junto a Nagare, o si siquiera se encontraban juntos. Mordió la uña de su pulgar, observando el rededor y recuperando la compostura tras alejarse varios metros del perímetro. Fue incluso capaz de deducir, bajo el trayecto que llevaba la réplica junto a pisadas avistadas en su camino de inusual similitud, que el sendero tomado por ésta se veía marcado en más de un sector.

―Cinco o seis, probablemente. De manual ―sentenció en voz alta, dando un nuevo golpe en el suelo con Jormungand.

Fue fácil deducir entonces que buscar el punto de partida de las réplicas le llevaría al original como su epicentro. Siguió por el sendero dejado atrás por la recién esfumada, alejándose poco a poco de los peligros visibles, a medida que bordeaba una zona selvática mucho más espesa. Un rugido gutural, particularmente agraviado y carrasposo, fue audible entre los susurros de las hojas; no tenía tiempo que perder, ni la menor de las suertes para enfrentarse a otra de las criaturas, aullidos como aquellos no eran más que una alarma de huida, sin temores ni lamentos, era una cuestión de supervivencia primitiva lo que le hacía alejarse, como si el sonido evocara bestias sólo presentes en la antigüedad.

La mayoría de los samuráis, bajo protocolo, recibían el adiestramiento necesario para comprender las estrategias ninja; inferiorizados, hasta bajo sustentos mediocres, dando pie a confusión en muchas ocasiones. Un cadete no captaba el peligro al que se enfrentaban hasta que lo tenía en frente, por propia negligencia de sus superiores, todo amén de intentar cubrir cualquier posible falencia; algo inocente, dejado atrás en muchos de los subgrupos militares, pero que aún muchos intentaban defender: la ridiculización del enemigo para generar confianza.

Kohiko encabezaría la lista de descuidos de no ser por su temperamento natural; sus maestros siempre adornaban demás las historias de batalla y los métodos de precaución, animalizaban a los ninjas. No era casualidad que, entre sus promociones, ella fuese de las pocas ascendidas hasta un cargo tan alto, su temple fue lo suficientemente rígido para soportar la propaganda de su propia gente, y anteponer la realidad: los ninjas eran de temer, tanto o más que ellos. Ante un enemigo así, el análisis podía terminar decantando al ganador.

Circundó el perímetro con el mayor silencio que la ostentosidad de su armadura orbital permitía. De cacería, pero sin cometer el mismo error que muchos otros podrían hacer. Esos clones, más que un señuelo, eran satélites informativos, un dato que sólo algunos de sus filas comprendían en integridad; la información recolectada hasta su exterminio acabaría en la mente del original. Pero, al mismo tiempo, podían convertirse en la peor de las suertes informativas. Pocos se tomaban la molestia, con lo efectivo que podría resultar confundir a un shinobi por lo contemplado desde su clon.

El plan a seguir estaba frente a sus ojos, con grupos de Dionauris en cualquier horizonte de la cercanía. Fue tan fácil como recoger manzanas, dejando que se adheriesen a las placas del Yoroi flotante y disperso, algo tan frío y ajeno a la vida que jamás pensarían en devorarlo. Desde allí, sólo sería cuestión de seguir maniobrando con Jormungard.

Una tras otra, las réplicas fueron aniquiladas por lanzamientos imprededibles, sólo concordantes con la presencia de los Dionauris en cada uno, Koko fue tan precavida que esperaba a ubicarlas tras árboles, confundiendo a cada ejemplar con los susurros herbáceos de la selva y sus movimientos. No restó nada, y de hacerlo pronto terminaría por sucumbir, pero lo más importante: había logrado cegar a la original, dondefuera que se encontrase.

No fue hasta llegar mucho más al Este que lo vio: tras varios panales azabaches, propios de las avispas que habitaban el pantano, una de las suyas se retorcía, atrapada entre el suelo y el viento bajo el resquicio de un sello que la rodeaba. No tardó en identificarlo: aquel era una marca de cubierta, un escondite.

 
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El enemigo de mi enemigo, es mi amigo. Bajo aquella premisa primitiva, Udo aceptó la compañía de los recién llegados. Decir que intentaban desmantelar a To fue la llave idónea para abrir medianamente la defensiva del varón que, aunque compartía su mismo propósito por razones distintas, no les quitaba la vista de encima. Eran ninjas después de todo, opositores naturales de los samuráis. Tuvo intensiones de ahondar en el tema antes de revelarles alguna pista o el motivo de su presencia en la mina, trabajar allí le brindaba la ventaja de poder ubicarse en los largos y taciturnos túneles pero no los conduciría gratuitamente. Sabía de primera mano que los ninjas podían ser traicioneros, no importaba que les reconociera, sobre todo a Ruigetsu. Su aventura había terminado en Tensai.

A medida que avanzaban el pasadizo se estrechaba, la luz de la antorcha que llevaba en la mano se veía ahogada por los muros de caliza sostenidos por vigas de madera y metal, de tal forma que era complicado maniobrar. Polvo fino caía sobre sus cabezas necesariamente agachadas, dada la vibración al andar. La anchura era suficiente para una persona, obligándolos a pasar de uno en uno con Udo encabezando la fila. Bastaba poner la mano sobre la irregular pared, labrada a base de herramientas de minería, para descubrir lo blando del estrato y lo necesario del andamio. El varón esperó hasta ese momento de estrechez para comenzar con las preguntas. La sensación era la de estar atravesando un embudo por el área más angosta. Udo no era tonto ni confiado, si había permitido su compañía era para sacarles algún provecho ¿Qué tanto? Estaba por descubrirlo. Colocarlos en una situación complicada no era más que un seguro en caso de que las respuestas no fuesen las correctas.

―¿Por qué les interesa To? ―inquirió. Es decir, si es que de verdad no les importaba el Rinnegan, dado que todo Modan conocía la historia del robo. Setsuna se adelantó ávidamente.

―Están haciendo expediciones clandestinas en Cha. No existe ningún contrato que les permita explotar tierras ajenas. Y como las hay aquí, seguramente existen en otros países― para ese momento, los clones habían desaparecido en su exploración por el pantano, sin saber que su exterminio tenía una responsable.

―¿Quiere decir que planean seguir la pista de las operaciones clandestinas? ―su rostro no demostraba mucho y aunque lo hiciera, era imposible que los que estuvieran atrás lo vieran.

―Es más que eso―el tono de Nagare mostró cierto misticismo, anunciado que, como líder de Tensai, había descubierto acciones cuestionables dentro de la aldea. La naturaleza de Industrias To comenzaba a revelarse; de haber estado de frente ambos hombres se hubiesen mirado cómplices. Era un asunto que iba más allá de los pésimos salarios y la deuda que crecía a pasos excesivos―. Por ello nos hemos dado a la tarea de recopilar información de sus bases en Modan. Venimos de Nami, sorteando la armada de Sanrou ―un poco de verdad, un poco de mentira. Tener a Udo de aliado era la prioridad, o al menos cerca. Hozuki le había mirado en alguna ocasión pero jamás creyó que un sujeto tan aparentemente ordinario fuese capaz de utilizar jutsus de barrera. Aquello apuntaba que el hombre se guardaba muchos secretos y ese podría ser solo el inicio de algo más grande. De repente, hubo una sacudida dentro de la mina. El polvo cayó por puños en medio del derrumbe y la antorcha misma se vio ahogada. La vibración duró varios segundos y trajo con ella la oscuridad. No pasó mucho para que el grupo emergiera. De la misma forma en que se destapa una tubería con presión, la nube de polvo salió disparada hacia un área más abierta, extendiéndose y mostrando a los individuos atacados en toses. Aun con las manos sobre las rodillas y el rostro amarillento por la suciedad, el minero volteó a sus espaldas, observando el agujero del que por poco no salían; el derrumbe terminó estrechando el espacio pero no era eso lo que le intrigaba, sino la raíz del temblor, suponiendo que el área debía estar abandonada. Escupió para quitarse el resquicio del polvo de la boca y después pasó el brazo por su cara. Fue el puño ardiente de la pelirroja lo que le hizo devolver la atención al presente, trayendo claridad.

―Debe ser la tercera o cuarta cosa suicida que hacemos hoy y todavía no es medio día― se mofó el Aguado antes de licuarse por dos segundos y deshacerse de la mugre.

―Se supone que no pasara.

―La muerte no suele planearse ―completó Esdesu. Udo comenzó a buscar un trozo de madera para tener su propia antorcha y alimentarla con el fuego de la mujer. Piedras, algunos picos rotos, prendas olvidadas y basura dejada por los mineros, era lo que abundaba en aquel espacio de cinco metros cuadrados. Fue hasta que se aproximó a ella que su mirada se tornó incómoda. Las tinieblas naturales de los conductos apenas interrumpidas por la lumbre le habían impedido, hasta ese momento, notar la marca de Setsuna. La fijeza de sus orbes sobre los pechos de la pelirroja pudo haberse mal interpretado.

―He visto ese tatuaje en alguna parte― señaló sin mayor misterio, suponiendo que la figura debía ser una especie de adorno. La ocupación y propósito original de Udo le habían hecho recorrer gran parte de Modan y Sanrou, así que la memoria se antojaba difusa, emborronada por el tiempo. La de Raku ni se inmutó. Era realmente absurdo que alguien más tuviese esa seña. Solo su reflejo.

―Es imposible. Es una marca de nacimiento ―por supuesto que no iba a confesarse como producto de un experimento de su clan y que solamente ella la poseía a manera de identificación. Un destino sellado. Pensar en eso la removió profundamente, sin demostrarlo―. Vámonos ya ―. Zanjó, acallando sus propias paranoias, preocuparse por la afirmación del sujeto no traería fruto, solo sumaría a su cadena de ansiedad ¿Otro Samsara? ¿Otro experimento? Por supuesto el minero falso tampoco insistió, no era de su incumbencia, fue cosa de un recuerdo casual, una reminiscencia muy extraña acompañada de un escalofrío injustificado. Tuvo un punzón pasajero en la cabeza, lo suficiente para fruncir el ceño y detener su actividad un par de segundos. Memoria obstruida. Entonces unió el mango de un pico con el fuego para encenderlo, fue algo difícil dada la densidad de la madera pero con ayuda de la ropa vieja pudo improvisar su antorcha. Ahora podía seguir guiándolos. Los shinobi se quedaron atrás, comunicándose con genjutsu. Era necesario esclarecer las intenciones del tercero.

¿No sería más fácil matarlo para investigar todo lo que sabe?

¿Y después de matarlo darnos cuenta que era más útil vivo? ―Rui le miró de reojo. Desconocía a la mujer imprudente y apresurada que le acompañaba. De no haberla convencido de detener la ofensiva quién sabe cuántos asesinatos habría cometido a esa hora, y esto no porque le importasen las vidas de los samuráis o los aliados de To, sino por la evidente necesidad de desenfrenar su violencia. Se volvía una tendencia, una tendencia peligrosa que podía llevarlos a cometer un error.

En ese caso, estamos siguiéndolo sin saber a dónde va realmente. Podría estar guiándonos a una trampa.

Lo he pensado. Si es una trampa de los samuráis o de To, está bien ¿no? creí que ardías por corretearlos para sanear tu consciencia o algo así.

Quizás lo necesitas más que yo.

Solo los hombres tienen de eso.

¿Despersonalización? Buen intento, Hisha. Deja de huir. Estás dando mal ejemplo.

Creí que no me veías como tu maestro. No obstante, te veo hacer lo mismo. Estamos en el mismo sendero, deslizándonos felizmente hacia la locura. Tenemos toboganes.

Entonces hazlo de una vez.

¿Qué? ―preguntó, queriendo pensar que estaba interpretándolo mal. El susurro mental de su homóloga fue tan vívido que el propio Nagare contuvo el aliento. La invitación a despojarse de sus males, a entregarse al instinto para sanear el espíritu.

Suéltate.



Mientras tanto, un poco más arriba en los túneles, Kohiko no solamente había dado con la entrada a la mina por la que los shinobis escaparon del pantano, sino que se encargó de conducir una criatura al interior poniéndose como señuelo. Miró a la variada y mortal fauna como una forma de ayudarse en lo que sería el encuentro inminente con los ninjas. Una especie de ciempiés enorme pasó por la apertura en el intento por atrapar su aperitivo, mientras la general se quedaba colgada de una rama. El animal, tras cruzar, se halló en la desventura de perder de vista su alimento y de paso quedar inmersa en una espacio estrecho. Al menos unos diez metros de largo y un par de ancho, con sus afiladas y hambrientas pinzas delanteras, apenas y podía desplazarse con sus cientos de patas, viéndose obligado a exudar lubricante. Una especie de baba ácida que perló su superficie. Fue el movimiento brusco del insecto la causa del derrumbe al acercarse a sus víctimas. El rastro de calor estaba allí, información que se precisaba con tan solo sacar su lengua. El trío desconocía éste detalle, pero la muerte no suele planearse ¿verdad?

.
.
.
Estornudó y con la punta del dedo pulgar rascó su nariz. Una casualidad que nada tenía que ver con el clima frío de Tetsu, estaba más que habituado. Había pasado allí la mitad de su vida, haciéndose pasar por samurái o cualquier cosa que tuviese a la mano, un oportunista. Uno que había logrado escalar en la cadena alimenticia para hacerse de un nombre, hallando un puesto en To. Su ocupación, o su rango dentro de la industria, era muy ambiguo, algunos podían tomarle como supervisor, otros aseguraban que se trataba simplemente de un mercenario que vendía sus servicios al mejor postor, a veces aparecía solo para merodear las operaciones en calidad de mensajero. Solía viajar solo, se decía que se cambiaba el nombre cada dos años. Un aura de misterio le rodeaba y, por supuesto, también de temor. Existía algo en él que hacía imposible no contener el aliento y poner los sentidos alerta. De apariencia tétrica y rasgos graves, aproximadamente de unos veinticuatro años.

―¿Resfriado? ―inquirió el navegante, a juzgar por las condecoraciones parecía ser el Capitán del barco. Mantenía las manos detrás de la espalda y observaba el levar de las anclas. El aludido, de hecho, se encargaba de soltar las cuerdas para desplegar las velas. Se aprovecharía el viento a favor.

―Es ridículo hablarle de resfrío a alguien que ha estado por años aquí ―no cualquiera tenía el valor suficiente para dirigirle la palabra. Sí, solía ser un desgraciado la mayor parte del tiempo pero eso no significaba que fuese un incivilizado.

―¿A dónde vas? ―el viejo se acomodó el bigote blanco. Le reconocía como un empleado de To, no sería la primera vez que se cruzaban en viajes. Claramente, se hallaban en ligas distintas a pesar de servir al mismo amo.

―Fui enviado a Nami y a Cha ―bostezó, poca cosa―. Llegó información de que la gente de To ha comenzado a tener problemas con los del gobierno. Supe que se les cortó el suministro de armas y alimentos a las bases del oeste de Las Olas y todo el Té.

―Escuché de eso. No sé qué tan verídicos sean esos datos, pero han causado revuelco.

―Exacto. Pero ya sabes cómo son los de Sanruo. Actúan como si el Shogun fuese el centro del universo y el creador del mismo ¿Qué si los generales deciden aliarse a To? ¿Acaso no son libres de hacerlo?

―En realidad, no. Está considerado como traición. Entonces ¿Vas a poner paz entre ambos bandos? ―con la pregunta, intentó entender la jerarquía de su pasajero ¿En qué categoría lo tenía To? Al menos así sabría si se hallaba delante de un superior.

―O guerra, lo que suceda primero ―el Capitán soltó una risita. Era graciosa la forma en la que el muchacho hablaba de la guerra, como si se tratara de cambiar de figura en un tictactoe. Consideró normal el pensamiento, los jóvenes solían tener escasa visión de las repercusiones de sus actos, manejándose con superficialidad. Una imprudencia necesaria de la edad.

―La tendrás difícil. Nagare y Kurenai andan rondando. Al parecer andaban buscando el Rinnegan y dieron con To. A eso le llamo mala suerte. Por cierto ¿Cómo te llamas? ―el menor se quedó mirando el mar, sumido en una hipnosis auto-inducida. Contestó por inercia, tomando uno al azar.

―Shuuei.



Violador en potencia :3


 
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―¡Por aquí! ― llamó a punto de dar un quiebre por los intrincados túneles, asegurándose de que le siguieran. De reojo alcanzaba a mirarlos esperando que comenzaran a secretear entre ellos, pero no sucedió, si acaso el semblante del castaño se volvió extraño. Si había que definirlo, era la expresión usada antes de saltar un precipicio. Repasó también la marca de la pelirroja, estaba seguro de haberla visto en algún otro lado pero el simple hecho de desear evocarla le provocaba un punzón en la sien. Con antorcha en mano siguió avanzando, conduciéndose hacia un pasadizo más estrecho en comparación con aquella burbuja de aire, otro temblor se dejó sentir aunque de menor intensidad. En aquella área la estructura del estrato era más sólida, constituida por una piedra más densa, así que solo unas cuantas boronas cayeron desde el techo. Eso sí, hubo un rechinido generalizado de las vigas. Udo miró hacia arriba como adivinando el desplome, la simple existencia de esas sacudidas ya lo ponía lo suficientemente paranoico. Ponía en tela de juicio el hecho de que estaban solos pero ¿Quién más podría estar inmerso en ese pantano maldito? Nadie con un mínimo sentido de la supervivencia se adentraría allí sin un motivo de peso. Touché! Irremediablemente giró hacia los ANBU―¿Quién los está siguiendo? ―fue más una acusación que una pregunta.

―¿Recuerdas cuando dije que era la tercera o cuarta acción suicida en el día? ―el Aguado se sacudió el polvo del hombro, vaya que era una estructura endeble ―. Bueno, un par de generales contratados por To nos persiguen ―aquello era una mera premisa, lo último que supo de ellos fue lo avistado por la gaviota. No imaginaban que Kohiko les pisaba los talones.

―Tsk ― Apretó los dientes. Un nuevo temblor. Esta vez el epicentro fue predecible amén de la cercanía, Udo pudo escuchar el rugido resultante del remover brusco de la tierra. Había pasado tiempo suficiente trabajando en las minas como para deducir que aquello no podía ser buen augurio. Los propios shinobis se desplazaron hacia el lado contrario, prediciendo la llegada abrupta. Intempestivamente algo perforó el muro, elevando una estela de piedras y tierra que llenó el espacio, de por sí, reducido. La antorcha de Udo logró sobrevivir fungiendo como un pequeño faro ahora que la atmósfera se volvía opaca, de entre la cual, emergió el ciempiés agitando las tenazas. Su lengua danzó, tan larga como un gusano regordete, bífida en sus extremos y viscosa en abundancia. No hizo más que asomar la cabeza dado el espacio, constatando que sus víctimas estaban allí. Todas sus patas poseían una sincronización perfecta, formando una ola en su movimiento, marcando cada una a su tiempo como soldados parejos. Se deslizó apenas un poco, decantándose por la información de sus sentidos para terminar arrojándose sobre Udo quien, a su percepción y gracias a la antorcha, era el más visible. Con fauces abiertas y asomando un par de colmillos ocultos, avanzó silente. Una sombra oscura en medio de la pobre iluminación apareció delante del minero, proyectándose para devorarle. No le dio tiempo de reaccionar. Lo primero en caer fueron las tenazas de su boca gracias al rápido andar del chakram, la extremidad se precipitó a los pies del varón al ser desprendida de tajo, luego hubo un chillido agudo cuando cinco platos giratorios de agua lo rebanaron a lo largo del cuerpo. Su exoesqueleto abrillantado se quebró en un crujido. Entonces se retorció mientras una sustancia verdosa supuraba de su cuerpo y liberaba una horrible pestilencia. Aquello estuvo cerca de producir otro derrumbe de no ser porque finalmente su cabeza se desplomó dando fin a los espasmos de muerte del animal que quedó tendido tan repentinamente como apareció. El hombre comprendió que lo habían salvado. Una gota de sudor le escurrió desde la sien hasta las barbilla ¿Cómo había logrado entrar semejante criatura? De cualquier forma se alegraba que se tratase de una bestia y no de los supuestos generales que les pisaban los talones. Tosió. La gravedad lentamente fue sedimentando el polvo y solo hasta entonces las proporciones del insecto fueron visibles. El área escasa había ayudado a matarlo rápido, a juzgar por sus patas musculadas en espacio abierto debía ser muy escurridizo; parte de su cuerpo todavía estaba en el agujero, incapaz de emerger en su totalidad. Quedaba en evidencia que el animal no pertenecía a la vida subterránea de las minas.

―¿Solían tener de estas visitas?

―No. La entrada original es angosta, solo se me ocurre que pudo acceder por donde lo hicieron ustedes.

―Ojalá haya sido un accidente―no era descabellado pensarlo, aunque la presencia de un segundo temblor les hizo saber que no se trataba de una casualidad.

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.

.

El reloj marcó las cinco de la tarde cuando avistaron la costa, se hallaría a unos trescientos metros así que el pasajero pidió el descenso. No había necesidad de llegar hasta allá con el navío, aseguró. Un movimiento de su mano fue todo lo que el Capitán tuvo por despedida antes de mirar al pelirrojo saltar por la borda y caminar por encima del agua. La acción le perturbó un poco ¿Eso significaba que Shuuei era ninja? De resto, el barco siguió su camino rumbo al norte.

Caminar le asentaba bien luego de permanecer acostado por varias horas, de paso estiró también los brazos ¿Hacía cuanto que no estaba en Modan? Al menos unos cinco años sin pisarlo pero sí enterándose de los movimientos ocurridos, era imposible que la reverberación no llegase hasta su vecino. Una casualidad fue lo que le impidió ir a la guerra del País del Rayo, no era como si le importarse defender el honor samurái y acabar con los ninjas. Incluso, de forma silente, llegaba a sentirse más familiarizado con Modan en muchos aspectos, pertenecía al bando shinobi por haber nacido allí, sin crear ninguna lealtad. No obstante, reconocía que era más sencillo sobresalir en el Hierro. El asunto era reunir las herramientas necesarias y el conocimiento para sus propósitos, las facciones y las ideologías no era más que un adorno.

Sus pies pisaron la arena y al hacerlo, varios soldados le rodearon apuntándole con sus armas. Por supuesto le tomaron como enemigo y si no abrieron fuego fue porque la falta de algún movimiento de amenaza y la llamada del barco que todavía se divisaba como un punto en el horizonte. Es más, Eiri levantó las manos acorde a las exigencias.

―Identifícate ―los seis soldados no dejaron de apuntarle, el mismo teniente se acercó al extraño recién llegado, se suponía que el navío pertenecía a To y había anunciado la presencia de un aliado. Sin embargo, aquel hombre tenía pinta de todo menos compañero. Con calma buscó en su bolsillo para extraer una pequeña placa que lo acreditaba como parte de la empresa, solo así bajaron las armas. Era una suerte cargar con aquella baratija, menos mal la robó.

―Shuuei Eiri. Vengo a investigar la base.

―¿Por qué?

―De aquí salió el mensaje que To había traicionado al Shogún. Así que he venido a ver si es verdad. Como representante de To, deseo saber de dónde han sacado tal información. Se extendió como pólvora y está dañando nuestras operaciones ―sus palabras eran serias y cargadas de sentido, pero por alguna extraña razón sonaban como si se estuviese burlando de los soldados. Sería la sonrisa infame en su rostro o la docilidad que presentaba lo que lo volvía altamente sospechoso. El comandante ordenó bajar las armas más no la guardia.

―Tenemos un prisionero que viene de la expedición del este de Cha.


―¿Puedo verlo?

Un segundo repaso con la vista fue necesario para que el comandante accediera a la petición, guiándolo hasta donde estaba Totoro. Llevaba más de medio día atado y sin embargo aquello parecía no incomodarle, al menos estaba descansando en el suelo y con algo en el estómago. Cuando Eiri le miró le pareció irrisorio. Parecía más un viejo demente que un testigo de calidad, mucho menos alguien con la credibilidad suficiente para propagar ese rumor, pero si algo había aprendido era que no podía guiarse por las apariencias. Con un movimiento de barbilla el comandante señaló a Totoro.

―Es un canciller de To. Lo reconozco como tal. Es el único sobreviviente de la expedición norte de Cha ―aseveró el varón, todavía áspero con la visita. Por supuesto el preso de turno los notó al levantar la vista y su asombro fue tal que la incredulidad se evidenció al instante. El rostro de Shueei le recordó a su acompañante ninja, fue como verla por segunda vez en una versión masculina. Tuvo un recuerdo nítido de las cadenas que fueron capaces de leerlo y preso de un sudor frío rebuscó en su ropa para extraer su última porción de hipnomita, porque existían secretos que no debían ser revelados. Los presentes fueron atraídos por la brusca reacción, el comandante pensó que iba a matarse. Totoro se empinó el sobre de polvo a la boca para tragarlo y con la misma apuración por ingerirlo fue su salida intempestiva al recibir un certero golpe de Eiri. Toda la humanidad del viejo se estremeció, haciéndole devolver no solo la sustancia, sino el desayuno, yéndose con ello su oportunidad de sellar sus recuerdos. Con las pupilas contraídas y las carnes colgando del puño incrustado, el anciano susurró algo. Nadie le entendió, el alboroto ya había atraído a otros soldados. Entonces Shuuei le tomó de la cabeza, bastaba con apretar los dedos sobre el cascarón hueco que significaba el cuerpo de Totoro para levantarlo con facilidad, de tal forma que pudiese mirarle a los ojos.

―¿Qué tratabas de hacer? ¿Morir? ―evidentemente prefería la muerte que encarara a la verdad, según lo mostrado. Pero aquel hombre era todos menos un cobarde. Totoro levantó las manos pare hacer que la mano del pelirrojo lo soltara. Polvo en sus dedos―¿De qué lado estás? ―le miró a los ojos. Amaba intentar adivinar las intenciones de las personas antes de invadirlos, una especie de apuesta personal. Muchas veces acertaba, la respuesta siempre era la más fácil. Los hombres eran criaturas dóciles y predecibles cuando se trataba de dolor y muerte ¿Qué no dará el hombre por su cabeza?

―Los de To están traicionando al Shogún―repitió ―, y si no los detienen la empresa terminará quitándole a su personal. Tienen todo el poder para hacerlo ―lo último fue entrecortado gracias al dolor en su cabeza amén de la presión ejercida. El anciano se debatía en si debía pelear y por ende demostrar sus habilidades o esperar un cambio en la situación. El simple hecho de tener a ese varón enfrente le provocaba una gran urgencia, lo ligó inmediatamente con Setsuna, aunque a comparación ella lucía cien veces más humana.

―Así que has sido tú. Por tu culpa las operaciones de To se están estancando ¿Sabes cuánto dinero es? Más de lo que podrías ganar en toda tu miserable vida―guiones baratos de protocolo, a Eiri no le importaba ni la empresa ni el dinero. Aprovechaba para causar más dolor, calentando las yemas de sus dedos, midiendo al anciano. Como esperaba, no se trataba de un hombre normal que al toque se estaría retorciendo y pidiendo clemencia; por el contrario, soportaba apretando los dientes. Sin embargo el pelirrojo no dijo nada y con la mano libre hizo un sello rápido, de su palma comenzó a emerger un humo oscuro que parecía tener vida, danzó por el viento sin diluirse y se introdujo por la boca del viejo. Allí comenzó el suplicio.

Con ardor insoportable la humanidad de Totoro comenzó a retorcerse, de tal manera que aquello no era una reacción consciente. Sus músculos sufrieron espasmos involuntarios mientras espumeaba por la boca, una mezcla de saliva y sangre. Un vapor extraño ascendió de su cuerpo también, daba la impresión de que se estaba quemando por dentro y eso no era más que el vapor resultante de una temperatura alta hirviéndole vivo. Hubo gritos, no más de diez segundos de intenso dolor para después pasar a ser un pulpo desarticulado. Sus ojos quedaron en blanco. El comandante y los soldados estaban allí y más de alguno apartó la vista ¿Qué clase de interrogatorio era ese? Ojalá el hombre estuviese muerto ya. Los segundos de su agonía parecieron prolongarse de forma antinatural. Al final, quedó seco, semejante a un esqueleto con piel. Bastaba leer el gesto de Eiri para saber que se había enterado de algo, quién sabe si bueno o malo. Como último acto, tomó la mano de Totoro que todavía contenía un poco de polvo, hipnomita. Ahora conocía sus secretos y a decir verdad, le costaba procesarlos. Al final dejó el cuerpo sobre sus fluidos.

―Creí que era un interrogatorio ―agregó el comandante con voz ahogada, como si tuviera algo en la garganta. Debió imaginar que To asesinaría a quien fuese creador del rumor ¿acaso ellos serían los siguientes por difundirlo? Tragó en seco.

―Lo fue. Yo no uso palabras.

Dijo esto por inercia, inmerso en sus propias conjeturas. Acababa de explorar el alma de Totoro, destruyéndolo irremediablemente en el acto, sin quererlo en realidad. Lo visto era por lo menos interesante, no solamente se enteró de las viejas memorias del anciano de cuando la guerra en el Hierro y su búsqueda de venganza, sino de su encuentro con Setsuna. Era lo más fresco pues los relacionó a ambos apenas le vio ¿De verdad eran tan parecidos? Sí, por supuesto que sabía de su existencia ¿Cómo ignorar a la general de Raku? Haber explorado los recuerdos del viejo había sido una forma nítida de hallar la diferencia primordial entre ambos, y el motivo por el cual él fue desechado. Al inicio, en su infancia, le guardó mucho rencor al sentirse desplazado injustamente, con el tiempo supo que era una imbecilidad odiar a alguien que ni siquiera sabía de tu existencia. Qué ridículo ¿no? dejar aquello atrás y viajar al Hierro fue lo mejor que pudo hacer, alimentándose de las nuevas experiencias. De hecho, aceptó internamente, no haberse esforzado para ir a la guerra en el País del Rayo, por no sentirse preparado para ver a su otro yo. Ahora, sin embargo, la situación era distinta. Sentía una especie de curiosidad, una comezón exacerbada por los recuerdos de Totoro. Tenía a Setsuna cerca ¿Qué cara pondría cuando le dijeran que había otro Samsara marcado? Comenzó a preguntarse qué significaba ella y los Samsara.

Despertando de su ensoñación, giró el rostro para dar una nueva orden.

―Envíen otro mensaje, como lo hicieron la primera vez, para decir que era falsa la acusación sobre To. ―Los soldados se quedaron estáticos, por supuesto que el enviado de To iba a decir eso, solo un tonto aceptaría la realidad de la traición. Además de que ahora el único testigo estaba muerto, todo convenientemente a su favor ―Muévanse ¿Qué esperan? ¿Qué les haga un “interrogatorio” también? ―a regañadientes el comandante fue a la cabina. Cada vez las operaciones de la empresa comenzaban a parecerle más turbias, sin embargo guardó silencio por el momento.

Eiri se golpeó el rostro con la palma de la mano como intentando despertar, después soltó un bostezo largo. Supuso que To no se molestaría si iba un poco más allá rumbo a la raíz del problema y buscaba a los shinobis que estaban causando disturbios. Volvió a bostezar, encontrar a Totoro fue lo mejor que le pasó en el día, de resto, podía seguir somnoliento. Se acercó a la costa por la que había llegado.

―¿Tienen un barco por aquí, no?





 
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Su emisario pudo haber caído en batalla. El ciempiés no mostró rastros de éxito, ni siquiera de mayor avance antes de que vibraciones impropias del animal se sintieran por encima de la mina; astucia sobraba para comprender que, como mínimo, los ninjas le habrían vapuleado, pero allí, después de todo, estaba el mayor de sus intereses: Kohiko no sería tan ingenua como para enviar una criatura salvaje, por más brutal que fuera, no para finiquitar el trabajo al menos. Desde el preciso instante donde comenzó a percibir la problemática de Modan en serio, su módulo de pensamiento se estableció en el más arraigado de sus valores, una paciencia inmortal para lograr sus objetivos, y especialmente, llegar a llevarlos tan lentamente a su perdición que ni siquiera ellos se dieran cuenta del movimiento. Confirmar su presencia era sólo el primer paso, pero tan esencial como el resto de su telaraña surgente.

No era mera casualidad, una facilidad inusual llegó a sus ojos en forma de carta, o más bien un intento burdo de molestarla desde la playa. Algo había hecho saltar a Zen del barco al punto de escribir él mismo lo que ahora tenía entre manos, una referencia al documento que se escondía entre sus dobleces: un aviso directo desde To se había retrasado, pero finalmente llegó; los motivos del altercado les eran ajenos, y carentes de importancia al detallar de qué se trataba. “Mondai”, una simple palabra, pero que bien le ceñía cierta familiaridad, al menos según las historias de los generales en el Hierro. Y tras un marojo de la misma cosa escrita, un mensaje redactado especialmente desde las oficinas principales de la industria, advirtiendo sobre la existencia de un ninja que había sido capaz de utilizar los portales para huir, y cuyo paradero había sido perdido, o al menos, eso creían.

La carta ni siquiera tenía un remitente específico, probablemente fue enviada a todos los aliados de To en operaciones durante el momento, y entre todos, acabó también en manos del par presente. Lo único verdaderamente extraño, para el caso, figuraba en un anexo destacado como propio de la copia otorgada a Kenamura y Hekmatyar: “Se presume de un tercer shinobi en la zona, estén atentos”. Un mensaje así, y enviado bajo circunstancias tan turbias, generaría más confusión que ímpetu en las mentes de los cadetes, pero para la fémina, al menos, sólo era un hilo más del qué tirar, sólo debía encontrar su punta.

―Todo seguirá su curso ―pronunció para sí, apretando el documento antes de guardarlo en su bolsillo.

Kohiko habría sido una candidata predilecta a Hoshokusha hace mucho si la astucia fuese el factor primordial, por más que otras fuerzas innatas pudieran flaquearle. To había otorgado sellos especiales, diseñados por el mismo anónimo que materializó los portales, amén de que cualquier allegado pudiera “configurar” los traslados a seguir por cada apertura. Pensó en usarlo brevemente ante la ruptura del otro en la ensenada, pero ahora hallaba un uso mucho más nítido en todo esto. Sabía con certeza de la existencia de otro de los portales bajo tierra, mismo que podría modificarse desde su posición. Su misión se extendía, plácidamente, por un rumbo donde sólo tendría que estrangular a sus víctimas, poco a poco, hasta que cedieran, o la fuerza les sofocara, lo que sucediera primero. Un apretón bastaría, por ahora.

Las piezas aún orbitando de su Yoroi fueron enviadas en direcciones pensadas para simular una persecución, no de las mismas, sino de las bestias que reaccionarían ante su aparecer. Supo cómo emular a la perfección la sensación deseada bajo tierra. Los ninjas serían incapaces de sospechar de los portales si eran su salida al quedar acorralados, valerse de la fuerza bruta de varias fieras, Dionauris, avispas y demás criaturas sólo fueron ilusiones para el subterráneo, las mismas que les hicieron avanzar a Ruigetsu, Setsuna y Udo hasta su transporte instantáneo.

No hubo mucho tiempo que perder, aunque Setsuna fue capaz de distinguir una mirada fuera de lo usual en quien les acompañaba, un gesto de aturdimiento impropio hasta de las situaciones más aberrantes. Usar las cadenas en ese segundo se volvía tentador, y necesario por encima de todo, pero las miradas desentendidas al llegar frente a círculo de Inton les descolocaban.

Todo transcurrió tal y como Kohiko había querido, y no tuvo más que esperar a la reacción: bastaba plasmar el sello especial en la tierra frente a sí para que varios otros surgieran con una interfaz completa, misma que sería capaz de señalizar cuándo lo atravesarían, no hacerlo sólo atraería a más bestias en el peor de los casos, pero no se trataba de un riesgo, no para ella, era sólo uno más de sus pasos encaminados, sabía bien lo que debía priorizar, y si llegar a la nulidad de esos ninjas requería guiarlos por otras sendas, estaría más que complacida en guiarles al ojo del huracán.

Himekami viró hacia Rui, sospechando de que la estructura en la ensenada, lo que le había traído hasta allí y el manchón frente a sí podrían ser la misma cosa. La luz de las antorchas iluminó el gel idéntico al avistado, pero en una circunferencia mucho más reducida, lo suficiente como para que apenas pasaran dos personas a la vez por él. El salitre y la cantidad de descuido delataban su suerte, pues aquel era un sector apartado del área común, sólo abierto gracias a los propios derrumbes, una casualidad que complacería a Koko, por más que no la tomase desde un principio. El cuarto contaba con inscripciones firmemente marcadas a modo de tablas, justo en la piedra al pie del portal; el mismo semblante se esbozó en Udo, casi temblando por una conmoción que ni él mismo sabría identificar. El dúo ANBU lo atribuyó entonces, y muy brevemente, a la adrenalina del momento, pero era tan posible como probable que sus conocimientos se extendieran más allá del Kekkai demostrado.

Cruzaron el portal sin más remedio, más movidos por el riesgo creciente, aunque Hozuki se aproximó tras la pausa con completa naturalidad, conociendo su naturaleza lo suficiente como para que la idea de cruzarlo fuese instintiva; Esdesu fue capaz de distinguir el sacudir mental que Udo debió propinarse para seguirles de igual forma, esforzándose en dejar de observar las inscripciones.

Cruzaron el umbral sin más, siendo cegados brevemente por el chakra hasta dislumbrar el otro lado. Ni rastro de minería o civilización, aparentemente: un punto perdido en el País del Viento.

 
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Viento caliente raspándolos en forma de corrientes remolinas. El cambio de temperatura y humedad fue bastante brusco, pasando del pantano al desierto. Más de cuarenta grados se dejaban sentir siendo aquella la hora pico del calor. El relente de la arena caliente era visible, ellos estaban inmersos en esa marea densa situada entre el suelo y el sol; bastaron segundos para comenzar a sufrir las inclemencias del desierto. El ardor sobre la piel, el sudor escurriendo por sus frentes y la necesidad de cubrirse al paso de las fuertes y esporádicas corrientes arenosas. Udo fue el más desubicado en el asunto, según su experiencia el portal debía llevarles a un asentamiento samurái, no a la mitad de la nada.

―El país del Viento― dedujo el castaño. Había estado allí antes así que pudo identificar la hostilidad del paraje ―. El azote del calor es inolvidable ―el viento volvió a soplar con fuerza, era semejante a soportar la corriente de un huracán pero sin pizca de agua. Con la diestra, Hozuki señaló una roca cuya sombra significaba un alivio temporal. Las suelas del calzado comenzaban a calentarse también. La proyección de la piedra bastó para que pudiesen tener resguardo del intenso sol y el viento. La naturaleza era toda una artista, lo que una vez fue una inmensa roca impenetrable se había convertido, a base de erosión, en un montículo con su cúspide afilada. Se dejaba escuchar un silbido suave. Udo se pasó el antebrazo por la frente para limpiarse el sudor, todavía incrédulo de lo sucedido ¿Había sido un error suyo o el portal en realidad había cambiado de destino? Mantuvo la calma, inquietado solo por la persistente mirada de Setsuna. Al levantar el rostro no pudo evitar volver a mirar la marca, era un pensamiento que emergía de su psiquis de forma natural por más que hubiese más situaciones por las cuales preocuparse. De hecho, se esforzaba por dejarlo en segundo plano.

―¿Pasa algo? ―un ligero punzón en la sien. Comenzaba a relacionarlo con el símbolo.

―¿Se supone que llegáramos aquí? ―inquirió la pelirroja recogiendo en un movimiento el cabello que caía por su rostro, pasándolo detrás de su oreja. A la sombra la temperatura era un poco menor, haciendo lógico aguardar un poco allí hasta que el sol comenzara el descenso.

―Es obvio que no. Estamos en otro país, lejos de nuestros objetivos ―Ruigetsu rodó los ojos hacia Udo ¿Y si solo era un mentiroso cuya finalidad era alejarlos de algo importante? Cabía la posibilidad que, contra todo pronóstico, se hubiesen estado acercando al Rinnegan haciendo necesaria la aparición del chivo expiatorio. Los recursos humanos solían ser los más reemplazables. Udo sintió la amenaza implícita. Ellos estaban en su derecho de desconfiar tanto como él. La mala noticia era que se hallaba en desventaja. No le quedó más opción que sincerarse.

―Alguien cambió el destino. No tuve forma de saberlo ―y en realidad, momentáneamente desconocía la existencia de otro más, dejándoles varados en medio del desierto por tiempo indefinido.

―Perfecto ―sarcasmo con fastidio. Maldito el momento en el que decidieron seguirle. La pelirroja alzó la pierna y aplastó con su tacón a un pequeño alacrán que correteaba por la roca. Las vísceras viscosas quedaron embarradas aun cuando el arácnido retorcía sus extremidades. Fue entonces que Ruigetsu mencionó una zona, una especie de arbitrariedad que torcía la temporalidad, de la misma forma que lo hacía un portal, en alguna parte del desierto. Aun no terminaba de dar los detalles cuando una duna se movió ante sus ojos. Udo se talló con ambos dedos con disimulo creyendo que se trataba de un espejismo, pero los tres lo habían visto. Un montículo gigantesco se desplazó hacia ellos ¿Una roca? Conforme se acercó notaron la superficie dura y ligeramente granulada, de tal forma que sería fácil confundirle con una duna a la lejanía. Distaba mucho de serlo. Como si nadase en medio de la arena ardiente una tortuga enorme se desplazaba, ocultando las patas y la cabeza debajo de la superficie, provocando apenas una ondulación. La parte expuesta era su enorme caparazón comparable con cualquier geografía caprichosa del desierto. Intempestivamente levantó la cabeza lanzando un mordisco rumbo a sus víctimas y fue hasta que la miraron cerca que se vieron eclipsados por sus dimensiones. Una masa de unos veinte metros de largo; el cuello largo bien articulado y dientes de carnívoro, las patas como troncos macizos. En un salto el ser entero emergió de la arena, parecía más un dinosaurio. La arena salió salpicada, bañando la roca que les hacía de sombra. El trío se dispersó, ninguno de los ANBU le quitó la vista de encima a Udo.

La tortuga gigante se decantó por Nagare, moviéndose a una velocidad impropia del tamaño, una vez más como deslizándose en la superficie. Clavó las mandíbulas en el suelo recogiendo solo arena en el intento por devorarlo, la ágil silueta de Hozuki se alzó en un gran salto. Los granos resbalaron por entre los dientes de la tortuga, sacudió la cabeza antes de volver a emprender carrera contra él. La cola del animal intentó golpear a Udo, dando contra la roca para provocar un derrumbe. El aludido logró evadir y de hecho, saltó a la cima de la roca que todavía permanecía en pie, estaba caliente. Divisó cómo el animal volvía a clavar la mordida y a Rui permitiéndole un acercamiento peligroso. A un par de metros antes de encontrarse con la cara de la bestia ejecutó sellos de manos que provocaron su hundimiento instantáneo gracias al peso, transformando la superficie en barro de secado rápido, solidificándose casi en el acto y dejando al animal inmóvil. La técnica era ideal para atrapar invocaciones y aquel nativo del desierto no distaba mucho de una. Emitió un bufido intentando escapar, agitando la cabeza de lado a lado vuelto una furia. No era necesario matarlo, para cuando se liberara ellos ya no estarían allí. El minero observó con detalle, notando la ausencia de la mujer. No fue hasta que sintió una punzada en la espalda que se giró, mirando una cadena dorada que conectaba su cuerpo con el brazo de Setsuna. El enlace se deshizo cinco segundos después a pesar de intentar quitársela al instante. Esdesu se quedó pasmada, su respiración era irregular.

―¡¿Qué has hecho?! ―Udo sintió la intromisión con claridad, su cuerpo estaba recubierto de una malla imperceptible a base de kekkai para protegerse, inicialmente, del ninjutsu convencional. Así que no sabía si realmente había recibido daño. Con certeza, aquella cubierta le resguardó del noventa por cierto del efecto, logrando que Setsuna solo obtuviera recuerdos recientes y una permanencia muy corta al ser rechazada por la malla. Sin embargo, lo visto le dejó sin aliento, con más dudas que al inicio y una profunda perturbación mental. Su primera reacción fue tomar un puñado de armas arrojadizas. Udo echó el cuerpo hacia atrás para dejarse caer al otro lado de la roca y salir del alcance. No se desharía de la pelirroja. Sustentada por el descubrimiento, reapareció detrás suyo con el chakram en la mano, dispuesta a matarlo de tajo antes de que siquiera tocara el suelo, sin embargo, fue el peso extra y una sujeción lo que le impidió completar la tarea. Himekami azotó contra la arena con la rodilla de Hisha clavada en la espalda, con la diestra sujeta detrás. En seguida aterrizó el minero, íntegro.

―¿Qué crees que haces? ―no podía descuidarse ni un segundo porque ya estaba intentando matar a alguien. Sin embargo, esta vez ella tenía razones de por medio. Aun así no opuso resistencia al agarre de su compañero.

―Suéltame, Hisha. No sabes nada, lo vi―dijo entre dientes. La mujer no podía concebirlo ¿Cómo era posible que otra persona poseyera esa marca? Lo había visto. Un hombre, un hombre idéntico a ella, la misma seña. El recuerdo era turbio. Pero había algo inconfundible: estaba ligado con un Samsara y eso en ninguna manera podía ser bueno. Quizás el resquicio traumático de lo sucedido en Raku era lo que le hacía llegar a la premisa ¿Quién era él? ¿Dónde lo conoció? Si lo mataba podría anular aquella fuerza protectora y luego interrogar a su cadáver. Necesitaba información de ese sujeto. Se agitó tanto mentalmente que su rostro reflejó impotencia, con todo, Ruigetsu sabía que no era momento para hablarlo, es más, lo mejor era no hacerle saber que ellos lo sabían. Inclinó el rostro de tal forma que pareció besar el cuello femenino aunque en realidad el acercamiento tenía otro propósito, un susurro cómplice.

―No hables ahora. Lo mataremos después ―prometió para calmar las ansias de Esdesu. En realidad él desconfiaba tanto como ella, y no descartaba en absoluto lo que pudiese haber descubierto, sin embargo era mejor no hacérselo saber a su posible enemigo. Seguirían el juego un poco más. Se levantó con la misma naturalidad con que se inclinó y soltó el brazo armado de la mujer. Ayudándola a levantarse con amabilidad, incluso fingiendo un aire romántico, quitando con el pulgar la arena que quedó pegada en su piel por el sudor. Todo esto bajo la mirada de Udo.

―¿Qué intentabas hacer con esa cosa? ―la voz del minero sonaba incrédula. Todavía se sentía perturbado por la cadena dorada y el repentino ataque. De no haber sido por Nagare quizás estaría muerto.

―Fue un espejismo ―aclaró la mujer―, estoy demasiado cansada. Llevamos más en esto de lo que crees. No volverá a pasar―se talló los ojos.

―Por supuesto que no ―se adelantó el Aguado, ofreciendo su espalda. Era necesario para justificar la cuartada. Setsuna accedió, tendiéndose sobre él para dormir sobre su hombro y darle la seguridad a Udo de que no tendría más sorpresas desagradables. Rui tomó sus muslos para ajustar el agarre y comenzar a moverse antes de que la tortuga se liberara. Descansaban a intervalos y conforme hallaban un poco de sombra. De reojo el minero volteaba a ver a la mujer para asegurar la profundidad de su sueño. Le ponía nervioso, doblemente nervioso. No se creía del todo el espejismo. Hubo silencio por al menos una hora, el calor era suficientemente sofocante para mermar las fuerzas. Por supuesto, ellos se comunicaban por genjutsu.

―No estoy acostumbrada a ser la damisela en peligro.

―Perfecto, no te acostumbres ¿Qué fue lo que viste?

―Usé las cadenas. Este sujeto ha estado con un Samsara, me temo que trabaja para él. Eso no es lo único, posee una especie de protección en el cuerpo, de tal forma que rechazó mi jutsu.

―No hay muchas personas que puedan repelerlo.

―Exactamente ¿A qué le teme que debe usar un kekkai?

―¿Por eso querías matarlo?

―Es complicado de explicar.

―Bueno, al menos hay algo por explicar. La mayoría de las veces solo quieres matarlos porque sí.

―No puedo entrar a su alma mientras tenga esa barrera. Pensaba matarlo para desactivarla y así responder mis preguntas.

―¿Entonces cómo sabes lo del supuesto Samsara?

―Lo que vi fueron sus pensamientos superficiales. Él estaba pensando en ese hombre, porque yo le recuerdo a él. Somos idénticos. Posee una marca como la mía. Se supone que de los experimentos yo era el único funcional.

―Ya no te sientes tan especial entonces… ¿Es un hermano?

―Es alguien que no debería existir.
 

Oiseau rebelle
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Las hostilidades de desierto se aminoraban con cada pisada. No había ni rastro de relieves ajenos a las colinas de polvo, y el mismo mar de arena daba una sensación de infinidad insondable. Kaze no era sitio para relajarse, y la experiencia justificaba tal pensamiento en la mente de todo ninja mínimamente informado; el consuelo del frío nocturno siempre sería visto con más pavor que alivio, apresurarse a avanzar en un terreno casi ígneo sólo se justificaba por el deseo de evitar los vendavales nocturnos, tan o más escalofriantes que un invierno glacial. El avance se veía condenado a la suerte sin alguien con suficiente experiencia para reconocer las ondulaciones de la arena, una tarea que podía costar a los propios lugareños en la mayoría de los casos.

Sospechaban, aun así, deambular cerca de la zona central, en un estrecho entre las pocas áreas habitables y algunas ruinas. No era una deducción difícil, el Viento podría ser inhóspito pero realmente aislado sólo en raras ocasiones, siempre se podían ver restos, o intentos de edificaciones, murallas naturales de piedra asperísima, tormentas de arena o, si se era lo suficientemente atento, hasta dar con el paradero de la capital. Rui lo sabía por experiencia, y la desolación de su entorno abría un mapa de posibilidades que no terminaba por concluir entre alivio y alarma. Estrechó el amarre de sus manos con las piernas de Esdesu para evitar que empezara a deslizarse sobre su espalda, aprovechando para acomodar varias telas alrededor de sus sandalias. El calor exigía cubrirse de no querer morir calcinados, ya el cuerpo lograba airearse lo suficiente como para evitar el sofoco con las brisas. Ella seguía cumpliendo su papel tal y como se lo impuso, sin dejar de aprovechar el momento para relajarse, aún si lo hacía inconscientemente. La ola de ideas le había pasado por delante, y más que preocuparse por lo que Udo fuese capaz, ansiaba dar con las respuestas de lo observado en su mente, fuese él su medio para lograrlo o cualquier otro, eso no importaba.

El hombre se mantenía siguiéndoles, menos afectado por el sol abrasador según la rapidez de sus pisadas distinguía. Darlo por un ninja en cubierto habría sido fácil, pero algo en sus métodos le hacía dudar a Nagare, más por necedad que por tener pruebas reales de lo contrario; Udo podía ser simplemente un especialista en cualquier otra cosa, terminando por ilustrarse en los conocimientos del chakra por una necesidad mayor; a sus ojos era una posibilidad bastante probable, pero intentar probarlo se le hacía inútil. Su mente seguía dándole vueltas a la resurrección inexplicable de Apolo, y el porqué de To para actuar junto a él, pero, al final, todo caía bajo la misma vertiente: ¿qué hacía Udo en To?

Su imaginación habría volado por quién sabe cuántas perspectivas, pero por algo les había mencionado la existencia de la ilusión en el desierto, y que fuesen samuráis los “culpables” de hacerlos terminar allí no aminoraba la sensación de peligro. Se tentó a utilizar alguna técnica, era más una acción consistente que algo salido de la manga para comprobar que no se tratara del mismo lugar donde alguna vez le apresaron junto a Toshio y Nashla. Fue como un farol en el firmamento, una visión tan tajante que le impidió seguir pensando en ello: una estructura megalítica, compuesta de alguna arcilla especialmente dura probablemente, algo inadmisible para resistir el clamor desértico, y sin embargo, allí se postraba entre las dunas.

La sombra proveída era lo de menos, fueron las particularidades en su cima lo que llamó la atención del aguado y el minero; el edificio mantenía una figura arquitectónicamente envidiable, una torre cilíndrica perfecta que se elevaba casi diez metros, por eso se hacía tan inexplicable la forma de la cúspide, una figura arrastrada por el viento, como un trazo mal ejecutado en la realidad, surcos indecibles que se prolongaban lejos de la estructura, sin dejar de estar unidos por toda la amalgama en forma de un papel arrugado gigante y estirado.

―Un fallo en la realidad… ―susurró Udo―. Tú ―señaló a Nagare, sólo volteó a verle en respuesta―, ¿estamos en una ilusión?
―Creo que hemos visto cosas más raras sin que me lo preguntaran ―habló con sinceridad, casi sin pensarlo―, es raro, ¿no? ―Himekami fingió recién despertar:
―¿Qué es eso? ―viró al punto señalado arrugando la vista e intentando que la propia torre le cubriera del sol, apenas escondiéndose tras la punta―. ¿No puede ser simplemente arquitectura local? ―dijo, casi en tono de queja, escondiendo el rostro en la espalda de Hozuki.
―Sea lo que sea, servirá para descansar.

La puesta del sol estaba aún a varias horas de llegar, pero sus energías no eran las propias para realizar una expedición en el desierto, y el choque atmosférico seguía cobrando su parte. A medida que se acercaban al portal del edificio, Rui no pudo evitar distinguir destellos inusuales en la arena, como espejos que reflejaban la luz a medida que avanzaban; cristales, dispersos y sin forma definida, más parecidos a una escarcha o un escupitajo de vidrio que se extendían irregularmente cerca de cuatro metros desde el lateral de la torre por el que también se veía arrastrado su techo, era como si un dios imperceptible hubiese aruñado la estructura desde otra dimensión, dejando sólo los restos de su acción como huella, algo inexplicable. Sin embargo, su energía mental seguía enfocada en Udo, y en lo que fuese capaz de hacer, para bien o para mal; no era tanto el hecho de temerle a la traición lo que motivaba su ansia, sino el saber que alguien así había logrado pasar inadvertido por tanto tiempo; alguien que, por algún motivo, tenía la voluntad suficiente para resistir lo que fuera.

Setsuna se bajó por sí misma, tomando las manos de su homólogo para quitárselas de encima y postrarse de nueva cuenta en la sombra; no planeaba dejar aquel sitio sin explorar, pero cualquier contexto ajeno al hombre de la marca perdía importancia, hasta la propia motivación del Rinnegan terminaba por diluirse, y sus sentidos sólo buscaban prestar atención a Udo con suficiente disimulo para pasar inadvertida. El hombre sólo se limitaba a lanzar miradas que no ocultaban su incomodidad; decidió posarse al resguardo de la sombra creada por la estructura, pero lo suficientemente lejos como para creer ser capaz de reaccionar en caso de que la pelirroja quisiera arremeter nuevamente.

Al asomarse por el portal de piedra, fue sencillo para Nagare discernir entre el escombro y las ruinas; algo había arremetido contra ese lugar más allá de la naturaleza misma, y no se había esforzado en ocultarlo. La comparativa fue innegable entonces: la figura del hombre albino, el mismo que ya se había encontrado en múltiples ocasiones, se manifestó como un presagio sólido; Rui no conocía por completo la naturaleza de sus habilidades, pero si a alguien podía culpar de demostraciones apocalípticas era a ese sujeto, pero no recordaba nada parecido a aquello, sólo era una asociación simple, pero no muy alejada de la realidad.

Un leve escalofrío le recorrió, en parte por la cantidad de sudoración sobre su piel, la había ignorado hasta entonces. Volvió a virar al interior: los escombros se extendían entre columnas, algunas firmes y otras deshechas, atravesando un primer piso que parecía lleno de estatuas, y una entrada subterránea, nadie estuvo atento para mirar las facciones de Udo expresando sorpresa por breves instantes, había notado algo en aquella estructura que sus acompañantes ignoraban por completo. Él seguía centrado, a pesar de las sospechas, nada parecía quebrantar su temple para lo que sea que tuviese por delante.

―¿Tienen un rumbo o sólo huyeron de la samurái? ―preguntó Udo al aire, intuyendo que la fémina se mantenía atenta a sus acciones por más que demostrara lo contrario.
Este tipo sabe demasiado ―resonó en la mente del aguado, pero no era la voz de la kunoichi, esa densidad de presencia sólo podía ser propia de Namida, pero se negaba a aparecerse, fue como un simple recordatorio de su existencia, y lograba su cometido de enturbiar los pensamientos del afectado, por más que se resistiera.
―El Viento no es mal lugar para buscar pistas, siendo honestos ―soltó Nagare.
―No sé qué esperas encontrar acá que ayude a desmantelar To ―Udo se mostraba quejoso, y no estaban seguros de que el incidente con Himekami lo justificara, había algo más.
―Trabajaste para ellos mucho tiempo, ¿no? ―era una pregunta casual, no tenía verdaderas motivaciones para interrogarlo por el momento, aunque sabía que a Setsuna le tentaba intervenir, era morboso verla contenerse, por más que fuese necesario.
―Eso no es importante.
―Hm, lástima. Pensé que podrías decir más de diez palabras sin romper tu código de incógnito ―se echó junto a la fémina, empujándola levemente a un lado para acomodarse en el proceso―. ¿Un lugar aislado del mundo para ocultar sedes secretas? Oh sí, suena como algo que ninguna asociación corrupta haría ―No hubo respuesta.

El cansancio había sido una excusa planteada por Setsuna en principio, pero sus cuerpos finalmente empezaban a reclamarlo con insistencia, fingir pausarse sólo ayudó a terminar por apagarles. La fatiga se mezclaba entre el estrés de cada acontecimiento vivido y los que prevenían por suceder. Ni el propio Hozuki se salvaba, y el sólo pensar en cómo andarían las cosas en el Horizonte no ayudaba en lo absoluto. Udo fue el primero en retirarse, aunque no planeaba dormir, se colocó tras el mismo escombro que había usado para sentarse en la sombra, a modo de algo que le diera mínima privacidad para leer su pergamino a espaldas de los shinobis. Sus intereses no se veían tan contrariados por el cambio de localización de momento, pero debía continuar con sus asuntos. Al final, los ninjas no eran más que otro medio para culminar con sus añoranzas.

Un pequeño pedazo de tela se enterraba entre la arena a su lado, lo haló creyendo que se trataría de alguna prenda, en efecto, pero seguía unida a algo mucho más pesado. Era una seda fina y particularmente difícil de conseguir, no sólo en el mundo, sino en los tiempos que vivían, la distinguió fácilmente, y no hacía más que confirmar las sospechas sobre lo que podría haber sido ese templo antes del ataque. Sin saberlo, él y Ruigetsu sospechaban de la misma persona.

Bastó el mínimo silencio para que la somnolencia se adueñara del par restante, ahora apoyados entre sí. El calor seguía mermando cualquier frescura que el viento intentara brindar, y no tardó en obligarles a retirar sus prendas más pesadas de encima, quedando cubiertos por telas sólo en las zonas más susceptibles al calor.

Ambos terminaron dormidos tal y como si fuese una noche arrulladora.

~~~

Un cielo sin luna ni estrellas, sólo un velo del gris más denso ciñéndose sobre aquella miserable isla. El asedio había marcado lo que se grabaría en la memoria de los sobrevivientes como el infierno en la tierra, si es que alguien llegaba a poder respirar después de lo que ocurrió aquella noche. Las casas se teñían de un rojo tan profundo que la propia madera se encurtía a la vista, como si el lugar en sí mismo fuese capaz de rechazar el destripamiento. Por las alcantarillas corría sangre diluida entre la pestilencia y el descuido de varios cadáveres, el evento había durado lo suficiente para que las ratas empezaran a mordisquear los restos, mientras que algunos enfermizos aprovechaban el caos para ejercer su derecho a las anarquías más nefastas, hasta la necrofilia fue una visión común bajo el velo de ese fatídico día.

El resguardo sólo servía para atrasar lo inevitable. El interior de las casas y departamentos era incapaz de bloquear los rechinidos de huesos contra el metal, el volar de las vísceras tras explosiones que parecían globos pesadísimos de sangre y el constante y portentoso golpeteo en las puertas y paredes de cada edificación, no hacía falta que lo vieran para imaginárselo, quienes deambularan o huyeran por las calles, con suerte, sólo terminarían siendo vapuleado contra la primera pared que se les atravesara. La pestilencia era indecible, como si la propia brisa fuese ferrosa, aunque no habría hecho falta; cada grito no hacía más que envolver el entorno en una atmósfera tan densa que de no morir a manos de las parcas, un infarto terminaría fulminando a quienes presenciaran la masacre.

Dos siluetas se distinguían del resto, moviéndose como bestias silentes entre las luces que aún seguían sin romper. Aterrizaron bruscamente en una plaza, unos cuantos fueron degollados por un corte rápido del sable espectral, los más desafortunados llevaron suficiente atención como para seguir poniendo a prueba su ferocidad: algunos vieron cómo les arrancaban la mandíbula a presión, triturando sólo lo suficiente para destrozar el rostro sin asesinar; el llanto se mezclaba con la sangre, y la tentación de presionar los ojos hasta reventarlos no se hizo rogar. Varios vieron sus huesos romperse ante los métodos más retorcidos, siempre cuidando tener el equilibrio exacto entre lentitud y agresividad.

Los niños fueron obligados a canibalizarse, bajo órdenes de la figura más alta, siempre cuidando en retirar primero la piel de sus brazos, piernas y abdomen, para obligarles a hincar los dientes y cerrándoles la bola a presión hasta destrozárselas en el proceso. La armonía de cada quejido deleitaba al dúo, teñido por completo del plasma reseco. Sus cabellos se adherían a sus rostros, pero hace tiempo que habían decidido por desnudarse, las ropas se habían vuelto demasiado pesadas, rojas, endurecidas. La figura más pequeña no lo pudo prever: su compañero, con total neutralidad, avanzó con una fugacidad que le fue imposible no saltar del espanto. La tomó del cuello, estrellándola contra el piso y colocándose encima de ella; su mirada portaba el ardor más inconcebible, pero su rostro no esbozaba ni el más mínimo gesto, ni siquiera una arruga, eran orbes incendiados en una tez muerta, demasiado tensa como para mostrar emoción.

La fémina se resistió, y el hombre no hizo más que presionar contra el suelo, aprisionándola. Sus muslos apretaban con tal fuerza que casi disloca los de ella, obligándole a abrirlos. Su mano se deslizó hasta la de ella para aferrar los dedos, doblándola al borde de la fractura; sabía que no la haría gritar, no con dolor físico, pero justamente de eso trataba la prueba. Con su diestra le tomó del cuello, sin esperar mayor reacción y comenzando a hundir sus dedos en la piel resbalosa, la sangre superficial sólo había vuelto a diluirse ante el calor de sus cuerpos. Le siguió mirando sin remedio, obligándola a llevar la mano apresada hacia arriba, debía incomodarla todo lo posible para asegurarse que funcionaría, y sabía que el peso y la presión de su cuerpo no serían suficientes.

―¿Qu-Qué esperas? ―lo único que le impedía hablar con soltura era su propia garganta, ella se mantenía intacta anímicamente, al menos en el exterior.
―A esto.

Un espejismo indecible metamorfoseándose en su rostro. No pudo reaccionar, no tenía la fuerza para hacerlo. La vidriosidad de sus ojos pasó de ser propia de una bestia a la de un alma destrozada, deshilachada y contrariada por el mundo. No pudo explicarlo, pero su cuerpo reaccionó en el absurdo más impensable; cada músculo de su ser se endureció, torneándose de tal forma que era ahora el sujeto quien reposaba sobre su ferocidad, y no ella bajo su presión. Le tomó del cuello y se lanzó a morder su rostro, hasta que la violencia fue disminuyendo, sólo lo suficiente como para darle un beso agresivo, desfibrando sus labios y escurriendo un tónico de saliva ensangrentada. Lloró, fue sólo un reflejo de su cuerpo.

Setsuna y Ruigetsu despertaron. Debían hallarse a poco más de la media noche por la temperatura en el aire y el cielo estrellado; claro, de la temperatura no se percataron hasta después, algo los mantenía tibios. La fémina presionaba su cuerpo entero contra el del homólogo, quien tenía las piernas entumecidas, pronto sintieron la humedad alrededor de sus bocas, y un sabor salado entre los dientes. La piel de cada uno les adherían con especial facilidad, y una frescura propia del sudor nocturno era lo único que impedía la sensación viscosa.

Sus alientos mantuvieron el delirio de la pesadilla bajo un vaho que les incitaba a mantener los ojos cerrados. La única razón por la que Himekami no resbalaba hacia la arena ante tal cantidad de sudor y humedad general era porque algo bloqueaba a su cuerpo de seguir bajando, presionándose con fuerza contra su intimidad. Reaccionaron sólo entonces, separándose casi a empujones y percatándose de lo que había sucedido. La reaparición de Namida en el inconsciente de Nagare no era una casualidad, y esta vez había sido suficiente para cegar sus mentes incluso tras despertar. Limpiaron sus labios con la poca ropa que no se había hecho nudos al rodar por la arena, sin pronunciar palabra.

Para suerte de sus incomodidades, una voz susurrante les hizo desviar la atención. Udo era audible desde el otro lado de la torre, y no estaba sólo. Tuvieron la pericia de aguardar, acercándose con el mayor sigilo posible. La voz del acompañante era melodiosa, hasta envidiable, una poco acostumbrada de escuchar en el desierto, no sólo por su tono, sino la calma que demostraba, como si proviniese de alguien al que las condiciones climáticas no le afectara. “Guardianes”, “búsqueda”, “secreto”, eran palabras que resaltaban entre todo el tumulto de desentendidos, pero algo era claro: Udo quería mantener en secreto lo que sea que hablaran. No hizo falta ninguna demostración de sus presencias para que el sujeto terminara percatándose.

―Búscame siempre que no tengas compañía ―la figura desapareció, sin que alguno de los dos lograra verla. Udo intuyó lo que había pasado, volteando hacia la estructura tras de sí. No dijo nada, sólo caminó hacia la misma roca que había utilizado antes. Ruigetsu le intentó detener atravesándosele, pero sólo le apartó con el hombro.

―Tsk ―Setsuna avanzó, algo harta, estaba dispuesta a encararle y poner un ultimátum a su situación, el aguado le detuvo.
No hay necesidad, Namida se hará cargo.
¿Y cómo planeas que vaya a traspasar el Kekkai?
No lo hará. Sólo aprovechará la abertura que hiciste.
¿Por qué no lo hiciste desde que llegamos?
¿Tú querías una visita de él? Pero bueno, si ya está aquí…

Los preparativos para la técnica y su ejecución fueron ejecutados sin mayor impedimento, incluso el propio Namida se manifestó para cumplir con su cometido. Se intentó acercar a Udo sin más remedio, prestándole especial atención a la membrana de chakra que sólo la criatura era capaz de distinguir con nitidez. Al intentar hablarle, una fuerza invisible le vapuleó contra la estructura tras de sí, disolviéndose en un vaho negro. La ilusión infalible deshecha en un movimiento.

―No les interesa nada de lo que yo pueda saber ―El minero sabía del intento―, ni les debería interesar mi vida en general, así que, si realmente quieren mi ayuda, dejen de intentarlo.
―Podrías empezar por ayudarnos, entonces ―interpuso Himekami. Udo volteó con reproche, alzando la vista.
―Ninguno sabe de qué es ese templo, ¿no? ―el silencio le respondió―. No tengo idea de quién hizo esto, pero sí sé quiénes usaban el edificio.
―Sigo sin escuchar nada que nos ayude ―la kunoichi comenzaba a impacientarse, esperando escuchar detalles de su reflejo en la visión.
―Creo que a Nagare le deben ser más familiares. Los Maku tienen contacto con usted, después de todo.
―¿Jitna? ―no hubo respuesta―. Siempre pensé que era un apodo inventado por él, la verdad.
―Los Maku son uno de los clanes más importantes en la elaboración de sellos para cada una de las técnicas que hoy utilizas, aunque sus grabados yacen en lenguas muertas, pero descifrables. Probablemente encontremos algo aquí para avanzar, controlar los portales inclusive. Si realmente quieren desmantelar a To, deberían comenzar por sus sellos ―otro silencio, la información podía llegar a abrumarles―. No me preocuparía por encontrar algo útil, ya lo tienen ―señaló el sello grabado en la piedra―. Ese es un sello universal de protección, la naturaleza y el mundo en general lo evitan.
―Un súper campo de fuerza.
―Prácticamente, aunque sólo es el sello bloqueando lo que intenta entrar, cosa por cosa. Si realmente quieren preocuparse por algo, fíjense en la arena alrededor ―en efecto, era demasiado húmeda como para formar parte de las dunas, y se dieron cuenta de lo que Udo puntualizaba al distinguir los rasguños verticales en la base: ―. Alguien desenterró esa torre, nunca están expuestas, y seguramente fue el mismo que le hizo eso. No sé qué tan resguardados estemos contra el culpable, pero servirá contra samuráis.


 
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H I P I T I H O P
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“Si realmente quieren desmantelar a To, deberían comenzar por sus sellos…”

Rakugakure, semanas después del incidente. Los tres generales se hallaban en la mesa, apostados como solían hacerlo para las reuniones, en este caso no había mayores preparativos ni ceremonias. Se percibía cierta incomodidad por la cuarta silla que se mantenía vacía, daba la impresión de que una silueta fantasmal se sentaría una vez diese la hora. Setsuna, en un intento por disipar todo antiguo protocolo comenzó antes, en cuanto el trío estuvo presente. La situación política de la aldea seguía pendiendo de un hilo y aunque el distanciamiento seguía siendo evidente, resultaba más importante velar por la integridad de Raku, o lo que quedaba de ella. Parecía una ridiculez acudir a estos conceptos después de que la destrucción de la misma fue encabezada por la pelirroja, pero había que dejarlo atrás. En un movimiento significativo, la mano de Himekami barrió con varios documentos que permanecían en categoría de pendientes desde el día del incidente. Era hora de comenzar una nueva etapa. Si el daño estaba hecho era necesario hacerlo valer la pena. Los ojos taciturnos de Bjorn le decían constantemente que nada de lo futuro restituiría lo perdido, ni se compararía, así que trataba de evitarlos. Sein estaba en una posición más tranquila, seguramente contradiciéndose internamente, pero al menos más dispuesto a integrarse al asunto.

―La re-construcción ya comenzó―todo lo que le daba significado a Rakugakure había sido destruido. Su dios, su política y el emperador. Ahora era necesario darle significado al cambio para que cada sacrificio fuera recompensado con creces, lo repetía Setsuna constantemente en su mente. Posiblemente era eso lo que la mantenía obnubilada, obligándose a sanear cada rotura por más que sus voces internas le aseguraran que jamás, sin importar lo que hiciera, sucedería. Era difícil sobreponerse a muchas cosas a la vez, al conjunto de pérdidas que se sumaban en un peso que la hundía. Siempre fue capaz de mirar por sí misma, pero aquel intento de mirar por los demás salió mal. Muy mal. No se sentía capaz de guiar a una nación. Lo mejor sería que Blue o Sein quedaran a cargo, sin embargo, mientras tuviese oportunidad, velaría por la aldea. No obstante, ninguno de los dos parecía abiertamente dispuesto a afrontar el reto, posiblemente estaban tan asustados y confundidos como ella. Como huérfanos de un padre que los abandonó―. Se está trabajando paralelamente en el sector civil y el militar.

―Hay mucha emigración.

―Es natural, pero los que queden gozarán de garantías.

―La explicación que les has dado a la población no los dejó satisfechos ―alargó el ronnin―, no creo que sean capaces de creer nuevamente ―¿Una indirecta? Ciertamente, los civiles no eran los únicos incapaces de confiar. Esdesu bajó la mirada y pensó por un momento, decidió evadir la afirmación del clero y continuar con el pequeño informe.

―La construcción va rápido. Todos los recursos de la milicia y el clero se están invirtiendo en el levantamiento de las ruinas. En un par de meses tendremos al menos el cincuenta por ciento arriba―acolchonó Hunter, acorde a lo que leía en los documentos extendidos ―, es evidente que se tiene un compromiso con ellos. Con todo, no existe claridad política ¿Quién es el líder de Raku? ¿Los tres lo somos?

―Vamos a re-estructurar. Seguiremos siendo un imperio, con otras reglas ―en ese momento la pelirroja tomó una hoja con membrete ―, hay ofertas ―una copia les fue dada. Saltaba a la vista el logotipo de una empresa, lo más interesante era su fuente, no provenía de ningún lugar de Modan. Sein torció una mueca, poco convencido. Los servicios ofrecidos sin duda apresurarían la reconstrucción, pero sus requisitos eran dudosos. Blue, por otro lado, ya había lanzado la primera iniciativa para que los samurái fuesen bienvenidos en la nueva Raku, no como un grupo pequeño y aislado haciendo referencia al clan Ikari, sino como una población natural y general que gozara de las mismas garantías. Esto en un intento por romper la división ideológica. Había samuráis buenos de la misma forma en que existían ninjas malos. La premisa resultaba arriesgada, con el aumento de la “facción enemiga” ¿acaso no sería más sencillo otro golpe de estado? Además, ¿qué pasaría cuando existiera un conflicto entre ambos continentes? ¿los samuráis volverían a su patria o explotarían como una bomba desde el interior de la aldea? Era un asunto delicado por más que Bjorn deseare imponer la diversidad y abrir un poco el camino a una alianza, tal como pasaba el Jiyuugakure. Muchas medidas deberán ser impuestas, mantener un porcentaje samurái de 30% por seguridad, por ejemplo, pero eso a su vez violaría los propios dichos de su política. Aceptar el contrato de esta empresa allanaba el camino―. Debemos tomarlo en cuenta. De momento solo es una interacción de negocios, el primer paso.

―Es muy caro ―intervino Hunter de tajo―, mira esos intereses. Vamos a dejar a la aldea endeudada ―en realidad la cuenta podría zanjarse en un par de años así que no era eso lo que le preocupaba al cobrizo―¿Qué pasará si no podemos pagar?

―Mientras más rápido se vuelva a la vida normal, más pronto comenzaremos a generar― evadió la mirada del ronin, antes de escuchar una negación mental de que “la vida no volvería a ser normal nunca”. ―Sin embargo es necesario ser cautelosos, no lo descarto.

―Pronto traeré los lineamientos para que la aldea pueda ser mixta ―alargó Ikari, un tanto fuera de tema pero comprendiendo el camino de la vertiente―, serán puestos a prueba, sugiero que Kokoru esté presente la próxima vez. Será bueno tener otro punto de vista.

―¿Tan pronto?

―Sí, Sein. El trámite de aprobación tardará, habrá que pasar los lineamientos por varios filtros.

―No me niego a la mezcla cultural, pero sí están conscientes del peligro que eso conlleva ¿verdad? ¿Setsuna? no se trata solamente de nosotros o Raku―miró a la mujer― lo que menos necesitamos es que la Alianza nos mire como enemigos ―ella apretó los labios, recordaba el asunto de Arashi y como, en un abrir y cerrar de ojos, sus mandatarias pasaron a ser objeto de desconfianza por haberse visto involucradas con los samuráis en la guerra del País del Rayo. Entonces ¿qué sucedería si abiertamente Raku se alía? Devolvió la mirada a la publicidad de la empresa, se adjuntaba con ella una larga carta donde se exponía la política de la misma, una organización meramente comercial que se deslindaba de las acciones del líder de turno. En ese punto no se tomó una decisión, dejando sobre la mesa el ofrecimiento sin siquiera analizarlo amén del riesgo significativo.



Desde que miró el nombre de To en las memorias de Totoro éste recuerdo comenzó a merodear por su mente. Fue esa una de las razones principales por las que se decantó a seguir el hilo, relacionándose solo por el nombre familiar. Irónicamente, conoció la industria no por la carta, sino por los descubrimientos hechos. Se debatió en si debía hablarle del ofrecimiento a Hisha.


Sentía algo de alivio de no haber dado el visto bueno a sus negocios. Los cabos comenzaban a atarse lentamente, si To era capaz de extenderse por Modan gracias a sus portales ¿qué le aseguraba que esas no fueran las verdaderas intenciones en Raku? El que ellos se hubiesen robado el Rinnegan, en base a la premisa de Kiangu y Totoro, no sonaba para nada descabellado al mirar sus alcances, aunque en un inicio sonara exagerado. Haber comenzado la búsqueda del Rinnegan y encontrarse con To fue lo mejor que pudo pasarle, ahora sabía que no podía darle cabida en la aldea. Y si seguía la búsqueda junto a Ruigetsu no era por los ojos, en lo absoluto, era porque a ambos les competía descubrir la madeja que To tenía en Modan, por diferentes razones. Al final, el desgane dejaba ver una ruta, aunque fuese difusa desde el principio.

Llegado al punto, Setsuna se debatió si en realidad deseaba desmantelar a To tal como había venido repitiendo, midiendo lentamente el alcance e impacto de la industria ¿Significaba un riesgo para Raku? No mientras no hiciera trato. En seguida levantó el rostro y recordó que se hallaba en el desierto gracias a un portal de ellos, en una tierra muy alejada del Hierro que tampoco tenía contratos pero sí intervención ¿Qué le aseguraba que los dejarían en paz? Hasta ese instante fue que tomó en serio la destrucción de la industria, más allá del simplemente hecho de cazar samuráis. Comprendía que era un bien mayor por más indirecto que resultara. Al mismo tiempo en que, al hacerlo, podía estarse acercando a los ojos robados, realmente los recursos de la empresa eran impresionantes. Este razonamiento le ayudó a acallar sus demonios, encontrar un motivo para continuar fue suficiente para recuperar el enfoque. Se anclaba de nuevo a un propósito, no importaba si era pasajero mientras fuese de peso.

Miró a Udo inclinarse para revisar mejor las ruinas, pasando la palma de las manos por las diversas inscripciones, el relieve era perceptible a pesar de que aquella construcción seguramente llevaba décadas a expensas de la erosión. Nagare se quedó pensativo por un momento, con la vista clavada en las rocas, recordando lo que sabía de los Maku ¿Qué clase de persona era Udo? Terminó doblando las piernas para quedar de cara a una inscripción intentando hallar algo útil que los sacara de allí, el desierto era inmenso como para no poder cruzarlo por el aire. Terminó girando el rostro al percibir la mirada pesada de la mujer, no dejaba de escrutarlo y parecía estarse conteniendo. Posar sus orbes sobre la marca le causó dolor de cabeza así que pronto devolvió la atención al tallado.

―¿Qué posibilidades hay de que puedan manipular este portal? ―inquirió el castaño, revisando por curiosidad los bloques.

―Ninguno. No tiene nada que ver con To, aún así no existe ninguna garantía de que, al usarlo, terminemos en un sitio mejor.

―Casi cualquier cosa es mejor ―continuó caminando alrededor, las proporciones del templo eran asombrosas tomando en cuenta que por allí no existía ninguna cantera de la cual pudiesen extraerse semejantes monolitos. Anduvo un poco más allá del contorno de arena húmeda hallando un objeto inusual, un trozo de corteza. Lo tomó de la arena para observarlo mejor, relacionándolo inmediatamente con la tortuga de hacía un rato, pues parecía una porción del caparazón rugoso y granulado. No era un pedazo, como un residuo de algún cadáver, sino algo mucho más intrigante, una especie de rebanada delgada de unos milímetros de grosor. Se rompió en cuanto la sostuvo en el aire con dos dedos, volviéndose polvo que bien pudo confundirse con arena. Se preguntó si el caparazón de las tortugas cambiaba de “piel” al igual que las serpientes o si ese hallazgo tenía algo que ver con la destrucción del templo. No le dio tiempo de pensar más al respecto, pues un gemido de dolor le hizo devolver la atención a Udo. Había cometido el error de dejar a Setsuna sola con el individuo. Sintió el horror de pensarlo muerto. Sin embargo, cuando llegó miró a la mujer auxiliándolo, el sujeto se tocaba la cabeza. La mirada esmeralda pidió respuestas.

―No lo hice yo, desgraciadamente.

Una fluorescencia sobre el muro grabado comenzaba a disiparse, como si a pesar de estar derrumbado los sellos siguieran conservando su poder oculto. Udo lo comprobó al introducir un pulso de chakra, ascendiendo la frecuencia de su kekkai, logrando que la estructura lo repeliera, semejante a ser víctima de una corriente eléctrica. Lo cierto fue que algo en su interior se sacudió. Se presionó la sien. Había tenido una especie de visión, fue tan solo unos segundos. En ella estaban grabadas los últimos segundos del templo. No solo eso, abrió los ojos de par en par en cuando vio el rostro de Setsuna.

―Tú ―murmuró, arrugando el entrecejo e inmediatamente buscando liberarse de su agarre para, de un salto ponerse en posición de ataque mientras su mente regresaba a la escena actual―, eres idéntica al enviado de ese hombre―lo dijo de forma tan natural y espontánea, preso de sus propios nervios que no pensó en las consecuencias que eso tendría. Sus recuerdos estaban hechos una madeja, alborotados por la exposición al sello, confusos por la visión de tal forma que le costó asimilar la realidad al abrir los ojos.

―¿A quién? ―esas palabras no le hacían sentido a Setsuna.

―Shuu―se llevó ambas manos a la cabeza y comenzó a gritar, víctima de un terrible dolor y vértigos. Ahora ambos tenían preguntas pero Udo era incapaz de contestar alguna, no fue hasta que destruyeron la roca de la inscripción a petición que el minero cayó tendido, agotado y entre temblores. Fue auxiliado por los Anbu pero éste permaneció ausente por unos minutos, incapaz de reaccionar a los estímulos y efectivamente, veía todo a través de una película borrosa; los sonidos asíncronos con su fuente, ralentizado al mundo y su murmullo. Se le antojaba flotar con el cuerpo muerto, su cabeza hervía seguramente por la combustión de sus neuronas. Estaban fritas sus terminaciones nerviosas.

El misterio del templo también se acrecentaba ¿Qué había tocado Udo exactamente?
 
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Oiseau rebelle
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El aturdimiento se generalizó con el paso de las primeras impresiones. Jamás lograrían igualar el nivel de constipación que ostentaba Udo en aquel entonces, pero fue inevitable terminar siendo atacados por sensaciones similares, no importaba si las razones eran adversas, el resultado era mismo: descontrol. Nagare realizó un acto instintivo al tratar de deshacer alguna ilusión consecuente, la inutilidad del intento fue lo de menos, en comparación a la onda de choque recibida; Setsuna le vio caer de manera similar al minero, aunque con la resistencia de un shinobi por delante sólo fue capaz de notarlo ante el gesto y la rigidez de Hisha, incapaz siquiera de abrir la boca. El descenso le llevó hasta postrarse, de rodillas y con los brazos haciendo apoyo; no era un dolor acostumbrado, mucho menos para alguien que de por sí no solía experimentar demasiadas sensaciones físicas. Su mente apenas y le permitía discernir los detalles más notorios, como el dolor y la incesante vibración en los tímpanos, ojos y extremidades, como si sus propios sentidos estuviesen fallando de la forma más errática posible.

Las paredes del templo parecían absorber –o conectar- parte de la energía emitida por el contacto; rayos de plasma surgían paulatinamente adhiriéndose al afligido cual superconductor. Udo tardó poco menos de un minuto en reaccionar, pero Setsuna seguía petrificada, observando la escena, y ni ella misma sabía por qué; intentaba discernir qué sucedía, y no había mejor método para ello dentro de su crudeza que observando a la víctima, fuera quien fuera, pero allí yacía la mayor de sus confusiones. Su mente llegó a pensar en auxilio, sin desmedirse por intereses en Ruigetsu, era puramente una sensación, mínima, pero presente, de querer ayudarle. No supo cómo reaccionar, ni siquiera si realmente lo estaba pensando o era tan sólo polvo en su subconsciente. El sellador habló con suficiente rapidez para aclarar la situación, sin dejar de jadear por la fatiga aún presente.

―Es un sello canalizador ―se esforzaba en dejar de hiperventilar―, la estructura… ¡entera! Diseñaron esto para detectar intrusos ―tosió, incluso llegó a escupir sangre, no parecía importarle. Limpió su boca de una repasada con la manga de su chaleco―. La onda se apegará a cualquier cosa viva que la toque, y no la dejará hasta que otra canalice.

Los segundos pasaban como puñaladas, una sensación similar a cualquier quirófano en la peor de las emergencias, más por el nerviosismo de hallarse en un lugar así, pero Nagare era imposible de ignorar, no preocuparse era inaceptable, y no por ello dejaba de ser chocante la idea para la fémina. Ni siquiera escudarse bajo el deseo de matarle parecía funcionar, nada de lo que pensara contradecía con veracidad la sensación casi culposa. Para cuando pensó en invocar cualquier animal, Hozuki se les había adelantado:

Un águila fue invocada y empujada toscamente por el aguado, era lo más que podía hacer en su estado actual, ya el sólo ejecutar los sellos había sido agotador en esas condiciones. Tal y como enunció el minero, la onda fue nuevamente traspasada a la criatura, los efectos, sin embargo, fueron incluso mayores a los previstos. El animal se retorció tan quejosamente que terminó por dislocar sus propios huesos en medio de espasmos; las alas se volvieron inutilizables en cuestión de un minuto y su propio cuerpo parecía comprimirse, hasta que varios crujidos evidenciaron la gravedad de la sacudida, y la muerte del animal casi inmediata. Rui apenas y pudo captarlo en medio de su propio dolor residual, esforzándose por sacudirse aquellas sensaciones de encima, y levantándose en cuanto sus piernas reaccionaron. El dolor muscular era indecible, y hasta él podía saber que no era normal ver, ni siquiera a un ninja, soportándolo, pero Udo lucía tan lúcido que le costaba creer que hubiesen sufrido lo mismo.

―Tres, parece ser el límite ―dedujo Himekami. Fue la única apta para observar cómo la onda se desarrollaba con el paso entre cada cuerpo. No fue sólo cuestión de diferencias en cuanto a resistencia, la técnica había crecido a medida que mudaba de huésped.
―Este templo es un catalizador ―declaró el minero―, esa onda es un parásito. El que al tenga siempre cargará con la resistencia del huésped anterior.
―Un sello ejecutor habría sido más sencillo ―Más allá de las razones generales, Setsuna tenía la desconfianza al rojo vivo, y secundar las palabras de Udo era lo último que pensaba hacer. No fue necedad, si algo lograría que hablara un poco más sería afrontarlo, no quedaba de otra.
―Los Maku no pensaban en sencillez. Mínimo perdías un soldado si eso te atrapaba. A ellos no les interesaban las bajas físicas, sino cuánto lograran derrotarte anímicamente.
―Sí, la paciencia es una virtud, muy bonito ―Nagare recién lograba reincorporarse por completo―, ¿Me repites quién en To conoce estas cosas?
―Nadie domina los sellos de los Maku, es imposible ―Rui bufó descuidado―. La empresa sólo ha estudiado sellos, y estamos en la biblioteca más grande para encontrarlos.
― ¿De qué sirve si no puedes usar los portales? ―inquirió Setsuna, intentando ser lo menos filosa posible.
A veces en serio se me olvida que soy el único que sabe de lo que habla ―antes de responder, el propio Udo se encargó de usar la uña de su índice derecho, notablemente más larga y afilada, para grabar sellos en tres dedos de su otra mano, pidiéndole a los shinobis que se le acercaran con una seña―. Los sellos de To van mucho más allá del transporte, y si logramos anular el resto, de nada les servirán los portales ―marcó cada palma siniestra con uno de los sellos.
―¿Me acabo de unir a un rito o algo? ―Nagare intentó limpiar las gotas sobrantes sobre su piel, para percatarse de que la inscripción estaba grabada en sangre. Intuía el significado, pero la comunicación no estaba siendo el fuerte entre él y el minero como para deducir cosas―. Esto no ayuda.
―Buscaremos la información necesaria para desmantelar los sellos principales de To ―Himekami notó el tenue parpadeo de la inscripción al instante:
―¿Rastreadores?
―Y algo más ―se irguió finalmente, marchando hacia el fondo y comenzando a descender.

La estructura comenzaba a delatarse mucho más piramidal de lo que parecía; el suelo se mostraba más y más vasto con cada nivel descendido, aunque lo único que les daba la mínima seguridad para continuar era el propio incremento del brillo en aquellas marcas. Pronto extrañarían hasta la mínima luz de luna. El dúo ANBU pensó en dar iluminación con aceite y fuego, pero bastó que Udo se percatara de la intención de realizar sellos para advertirles que lo mejor era no concentrar chakra a menos que fuese estrictamente innecesario. Avanzaría, casi a ciegas, mientras sus ojos siguieran acostumbrándose al cambio.

Las paredes se mostraban más desabridas que descuidadas, costaba creer que aquello pudiera haber sido un templo alguna vez, y el descenso no traía más que confusión. Cualquiera pensaría que los máximos mausoleos o criptas mejor guardadas estarían hacia lo profundo, pero descender sólo aumentaba la aparente soledad, junto con la oscuridad rodeándoles, tendrían que generar iluminación en algún momento, pero no hacían más que seguir la prisa de Udo por el momento. Habrían descendido lo suficiente como para que la propia temperatura del subterráneo comenzara a hacerse notar, como si el desierto no se hubiese enfriado durante la noche.

―Aquí ―paró en seco, interponiéndose entre el piso frente a ellos y los ANBU―. Los sellos servirán para drenaje, simplemente recorran el lugar.
―¿Dónde están los archivos? ―cuestionó Himekami, más consternada que exigente, en aquel panorama abisal nada era distinguible, al menos entonces.
―Los Maku no usaban bibliotecas, decodificaban sellos de bloques transcritos. Los de sus manos iluminarán lo necesario y se transcribirá en sus brazos. Seremos atraídos al centro de la habitación en cuanto todo haya sido encriptado.

Las dudas, como de costumbre, abundaban más que la certeza, incluso si la firmeza del sellador se les ponía por delante. Avanzaron casi arrastrados por la inercia de su movimiento, comenzando a distinguir a lo que el sujeto se refería: varias estelas de luz surcaban con aparente arbitrariedad sus cercanías, cada una tenía cierta similitud con algunos símbolos, pero ninguna era lo suficiente familiar como para ser legible, o siquiera un sello distinguible como tal. Udo dio la señal de separarse, amén de hallar las inscripciones necesarias lo más rápido posible. Los garabatos afectados por el sello se grababan desde sus muñecas, ascendiendo incluso hasta el hombro de cada uno. Libres de sensaciones, al menos; no hacían más que seguir avanzando entre el espectáculo visual, sin siquiera sentir el posar de las marcas sobre sus pieles. La extensión y las paredes entre ellos convirtieron al sitio en un laberinto, y más temprano que tarde las luces se fueron atenuando entre los muros.

La oscuridad les tragaba, y era imposible evitar la sensación de claustrofobia. Las marcas seguían apareciendo con cierto tiempo entre cada una, pero nunca el suficiente como para asegurarles haber concluido.

El estruendo fue audible incluso entre las paredes.

Setsuna había llegado casi al borde del pasillo eterno cuando se cruzó con una criatura. Se le hacía similar a una rana deforme, albina, con una boca demasiado bestial como para ser un animal común. No cayó en la peligrosidad de aquella cosa hasta que abrió las fauces, expeliendo una bomba de energía que derrumbó por completo el muro fronterizo. La kunoichi apenas y alcanzó a realizar la maniobra necesaria para agacharse, intentando contratacar de inmediato con una alabarda fugaz, pero la criatura no hizo más que tragársela, y parecía dispuesta a devolverle su propia técnica. Hozuki dejó de darle atención a la búsqueda, incluso sin saber verdaderamente de qué se trataba aquel estruendo. La luminosidad de las marcas a sus alrededores era lo único que les amparaba. Udo seguía demasiado centrado como para preocuparse, preveía que un percance sucedería, aunque no viese de cuál se trataba.

Himekami se respaldaba en la misma luminiscencia, intentando centrarse en su oído, pues las pisadas de la criatura eran tan toscas como para agrietar el granito. Aprovechó los agujeros realizados en las paredes, pero escapar era el menor de sus problemas. Recorrer la distancia no parecía tarea difícil, al menos hasta llegar a un punto conocido, pero la ferocidad del monstruo parecía ser implacable más allá de lo habitual. Lanzó sendos sellos explosivos sin dejar de avanzar, esperando que el hollín aturdiese al engendro como mínimo, pero no hubo ni un paso en falso de su parte. El problema yacía a su propio rededor; usar una técnica lo suficientemente fuerte como para acabarle habría sido la primera opción, pero la estructura podría terminar por derrumbarse, o peor aún, acabar en el área de impacto.

Nagare se aproximaba en velocidad a los sonidos, dispuesto a encararlos antes de que la situación fuese en contra de Udo. Por menos que le aclarara, era sencillo deducir que su saber hasta ahora servía como puente, y sobre todo, la confianza en alguien de experticia en asuntos de To. El minero también detuvo su búsqueda, viendo el brazo casi completo con frustración, pero algo mucho más inusual fue un filtro para cualquier otro pensamiento: había partes en la roca profundizadas, erosionadas, efectos incapaces de ser generados naturalmente en un material bendecido por los Maku. El escepticismo le consumía, y casi olvidaba su propósito original. De cualquier forma, la búsqueda estaba completa.

Los sellos reaccionaron justo a tiempo para atraer al trío al centro de la habitación, similar a un magneto indetenible. La criatura no dejó de perseguir a Setsuna, quien aprovechaba el ángulo de acción para intentar cegarle, pero ninguna técnica lo suficientemente prudente parecía funcionar, y estaba a segundos de vapulearlo con jets de fuego cuando finalmente se dio de espaldas con el resto. Udo se petrificó en cuanto distinguió las pisadas y la forma de la criatura; el aguado también distinguió de qué se trataba, pero fue lo suficientemente rápido como para intentar acabarlo con un chorro de brea Inton. El Moru sólo repitió la acción, devorando la sustancia; la reacción entre las fuerzas opuestas ocurrió en su estómago, siendo capaz de contener la explosión sin verse en ella durante el proceso. Escupió un fluido mucho menos denso que empezó a derretir el suelo.

El combate jamás pudo darse. Udo se esmeró en salir de su espanto, tomando a ambos ninjas del brazo más cercano y ejecutando un sello único. Lo último que vieron en el templo fueron las fauces y el aliento rozando de la criatura. Cayeron sobre un montículo de arena, o al menos eso pudieron sentir. Se esmeraban en mantener los ojos entrecerrados, hasta la luz más leve les habría cegado entonces. No fue hasta que distinguieron el cuerpo del minero que recobraron algo de raciocinio.

―No es nada ―sentenció el hombre esforzándose para no demostrar quejas.
―Dijiste que no controlabas los portales ―Setsuna no tardó en increparlo―. ¿Para qué son estos sellos? ―el tono era más amenazante que pensativo.
―Y no lo hago, estas son las consecuencias de intentar mover a más de una persona sin un portal disponible ―su pierna derecha se había esfumado en un corte limpio, sin sangre ni coágulo alguno―. No importa.
―¿De dónde conocías a la cosa esa? ―Nagare distinguió el terror experimentado.
―Te puedo hacer la misma pregunta ―silencio―. Miren, no sé si realmente saben a qué se enfrentan, pero les digo: esa cosa no salió del templo. Nos perseguía, y si lo hace con alguno de ustedes es porque estamos cerca de él.
―¿Es un hombre pálido de casualidad?
―A eso me refiero ―Udo le señalo, casi con algarabía―. No se confundan. No me interesa ser compasivo, pero una pierna no es nada al lado de lo que me darán si permanecemos juntos.
―No veo por qué seguir tolerándote si dependes de nosotros, a menos que nos hagas un favor ―tanto Rui como Udo pensaban que la fémina pediría ser autorizada para usar las cadenas por encima del kekkai―. Dime lo que sabes de esta marca, y de quién es el enviado.
―Encantado, pero primero hay que movernos. Ya llegamos.
―Son sólo otras ruinas, puede esperar ―el minero se mostró confuso ante sus palabras, volteando para distinguir el panorama entre las rocas, un área donde la arena comenzaba a perder terreno. Había un edificio destruido, en condiciones mucho peores que el templo, pero bastó detallarlo con la mirada para percatarse:
―Esa es la base de To...





 

Oiseau rebelle
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Hace tres días, en el desierto del Viento…

La brisa era calma, casi imperceptible. La luz lunar bañaba las arenas hasta hacerlas parecer blanquecinas, sombreadas por las propias dunas, un suelo tan o más brilloso que en pleno mediodía por el reflejar de las incontables virutas vidriosas. Ni siquiera la tierra misma parecía apta para perturbar aquel paraje, y sin embargo, los carpinteros del desierto fueron los primeros en reaccionar; una de las aves más acostumbradas a los cambios bruscos, buscando siempre el refugio poco duradero de los cactus que no tardarían en resecarse. Fue esa misma noche, sin nada más que las siluetas herbáceas posándose sobre el horizonte, que partieron en parvadas, sin sonido, ventisca o trueno que les ahuyentase, y aun así, los animales parecían huir de un desastre natural por la prisa en su revoloteo.

Fuese un presagio o una coincidencia, los observadores de la base se extrañaron tanto como cualquier conocedor de las arenas lo hubiera hecho; no sólo era un acto inusual, rozaba lo inexplicable. La paranoia no fue suficiente como para prever lo que vendría, mucho menos relacionarlo de inmediato. La base de To en el país del Viento no era más que un centro de operaciones militares, camuflado bajo los permisos y terratenientes de la compañía, con suficientes sobornos de por medio como para que ningún incauto se atreviera a cuestionar la presencia de rasgos férreos. La estructura se camuflaba entre las dunas, hundida sobre un cuenco excavado hasta dar con tierra firme bajo las dunas. Su extensión era inabarcable para ojos externos, pues la mayor parte se había enterrado con la naturalidad del viento colocando cada grano en su lugar. Estuvo previsto desde el inicio de su construcción que fuese así, después de todo; la única parte visible era, precisamente, el centro de monitoreo.

Dos tenientes aparcaban la sala. No solía ser un trabajo demandante el de vigilar la extensión de un horizonte en el Viento. El cómputo utilizado por la empresa procesaba la mayoría de inspecciones y trabajos mecánicos por sí mismo, por lo que el ojo humano sólo servía como una suerte de verificador, destinado al hartazgo ante la falta de novedades. Las luces del sector sumergido sólo iluminaban a órdenes de los encargados, el resto debía ser verificado por ellos, pero poco o nada había para temer en un desierto así, al menos, usualmente.

El letargo nocturno marcó la pauta. Recién pasada la medianoche todo se volvió avistable: los pájaros revolotearon por encima de las vidrieras, sin miramientos ni intenciones de resguardo, sólo migrar, a velocidades inexplicablemente presurosas. En frente, entre el montón de nada, una silueta se hizo visible. Los encargados fueron incapaces de captarla por un instante, aunque ya entonces era demasiado tarde. Un mensaje fue enviado a la administración de la planta, informando del avistamiento de algo, aparentemente un viajero calmo, a punto de pasar por encima de la base. To decidía optar por el disimulo y el encubierto hasta que no quedara de otra. “Un nómada perdido”, sin consolación ni desolación añadida por el hecho de que los mineros y varios samuráis se hallaran allí, pues ninguna persona de aquella estirpe sería capaz de distinguir el subterráneo de la arena, ni siquiera la base desde donde los vigilantes viraban pues el casco de la estructura la camuflaba entre la arena perfectamente.

E incluso así, un mensaje de alarma fue audible desde el punto de control.

Las sirenas se encendieron desde la vigilancia, los parlantes de toda esquina funcional en el cuartel resonaron estruendosamente, con más estática y viento que palabras audibles. Algo había roto los vidrios blindados, claramente era el aire del desierto. Una voz fue sólo audible en un sollozo, callado tan rápidamente que nadie podría haberlo distinguido de entre el silbar del viento. Un golpe seco acalló el resonar de la brisa con los micrófonos; algo había dañado el puesto de vigilancia, pero ni siquiera entonces tenían forma de distinguir qué.

La estructura de la torre hacía preferente que el alto mando de la sede se ubicara en el nivel más profundo, lo más alejado posible de cualquier intromisión. Los encargados, un par de socios fieles a la empresa, escucharon el micrófono tanto como el resto del lugar. La dudosa fortuna hizo que se encontraran en vigilia para entonces, agobiados por la cantidad de reformas dictadas desde la sede central en aquella semana, y analizando las precauciones a tomar para cada caso específico. To había sido muy clara: nadie debía escrutar en sus asuntos, y los atrevidos deberían ser amedrentados.

Transcurría una reunión intensiva cuando las alarmas se dispararon, soltaron sus documentos con más fastidio que angustia, creyendo que lo que fuese que les había interceptado no era más que un estorbo del desierto.

—Notificaré al escuadrón —mencionó uno de los presentes, incorporándose como si no fuese más que un mero altercado lo que acontecía—. Que vayan decidiendo quiénes… —un estruendo, casi sísmico, le acalló.

La silueta, aún a varios metro del centro de la base, arregló su capucha, amarrándola bien para evitar que saliera volando en medio de cualquier movimiento, más por precaución de la arena que otra cosa. Un alzar de brazos bastó para que la verdadera apoteosis comenzara: la arena comenzó a vibrar con intensidad inexplicable, muchas dunas se precipitaron cuales ríos en direcciones opuestas a la estructura, mientras aquella, lenta y forzosamente, comenzaba a levantarse desde sus cimientos. El suelo mismo se desplazaba a medida que la estructura ascendía, las arenas no hacían más que facilitar la tarea para el extraño.

La incertidumbre rondó el cuartel desde sus cimientos, y ni siquiera los samuráis presentes parecían dispuestos a encarar lo que sucedía; ni siquiera pensaban que se tratase de algo intencional, era lo más parecido a experimentar un terremoto entre las arenas, uno que, poco a poco, les fue levantando desde la raíz, hasta que la estructura de vigas soldadas y paredes de piedra se expusieron a la misma luz lunar que el resto del desierto. Parte de la estructura cedió por el movimiento, partiéndose cual montaña de polvo por la mitad y dejando ver mucho de su interior. Los muros comenzaron a caer catastróficamente, y muchos perdieron la vida por la mismísima caída. El edificio desenterrado medía casi quince metros de alto, y los desafortunados de hallarse en su tope no tuvieron la suerte de contar con la suavidad de la arena para apenas amortiguar, sino que se dieron contra varias de las paredes ya destrozadas.

La teofanía se concretó cuando vieron a la figura, comenzando a elevar un vendaval de papeles que eclipsaban la luna sobre ellos. Varios se estrecharon hasta parecer lanzas que volaron inclementes con dirección a los expuestos entre las ruinas. Tajos de piel, carne y hasta órganos caían al son de varios gritos, incluso algún samurái descuidado terminó degollado por el origami. La sangre y los gritos bañaban las arenas, y los encargados, aún en su privilegiada posición cubierta –pues las paredes de la oficina habían resistido lo suficiente-, ojeaban el acontecer desde una pequeña fisura. No reconocían al ser, tampoco es como que tuviesen tiempo de hacerlo. Varios de los papeles se filtraron por la hendidura, revoloteando errática y frenéticamente hasta acabar por despedazar a ambos. La muerte sólo llegó con inmediatez para uno de los dos, pues su tráquea terminó con un corte profundo entre el ajetreo; el sobreviviente se aquejaba, recién postrado en el piso y con la mayoría de su cuerpo inhabilitado. Habría preferido morir en ese preciso instante.

La conmoción permitió que varios mineros y los samurái de menor talla intentasen huir, y lo habrían logrado de no ser por el alcance horroroso de la técnica. Varios afortunados perdieron la consciencia ante perforaciones craneales imprevistas, sólo un mínimo silbido indistinguible avecinaba la llegada de aquellos filos. Idealmente, un oponente como aquel habría sido filtrado poco a poco por la propia seguridad de la base, incluso si lograba encararlas, pero nadie previó el encuentro con un ninja, no sólo capaz de levantar el edificio de raíz, sino, claramente, de dañar la propia estructura sin siquiera tocarla: varios lo notaron, y es que varias de las paredes derrumbadas presentaron una erosión inexplicable.

Los pocos que quedaban vivos en las afueras sintieron una mínima calma, creyendo en una esperanza inexistente, al ver cómo las siluetas del general encargada a ese cuartel y sus allegados descendían desde una apertura en el piso de en medio. Presurosa encaró al extraño, pero siquiera antes de que pudiera soltar una amenaza su vida ya estaba decidida. Los telares y fibras que conectaban su armadura cedieron sin que siquiera pudiese captarlo, como si algo los hubiese evaporado. Las placas y monturas cayeron en otro estrépito, hasta que la mujer quedó completamente expuesta; un espadachín de experiencia, y su piel marchitada lo denotaba. Su desnudez no clamó piedad alguna, y antes de que siquiera terminase de digerir lo ocurrido, una decena de papeles se insertó en su cuello, rebanando todo obstáculo para que su cabeza terminase rodando al pozo formado por el levantamiento de la estructura.

—Todo listo —con suma parsimonia, el sujeto realizó otro sello, colocándolo sobre uno de los papeles que hizo volar a velocidad hasta el otro administrador, mismo que intentaba escapar, creyéndose libre al alejarse de la estructura.

Una fuente de Orin comenzó a emanar desde su cuello, donde la pieza se había adherido. La cantidad del polvo blancuzco fue tal que los sobrevivientes cercanos al sujeto fueron arrastrados y sumergidos bajo el montón. El hombre se aseguró de arrastrar a todo cuerpo con vida cerca de la estructura, fuese mediante paredes de papel u ondas de choque imprevisibles, hasta alejar cualquier rastro innecesario de lo que parecía ser su mayor interés: la estructura aparentemente derruida.

El gesto de un escupitajo marcó su mayor esfuerzo hasta el momento, haciendo surgir una cantidad megalítica de llamas que instantáneamente reaccionaron con el fósforo. No hubo llanto ni grito audible entre las brasas, sólo una luz flameante que encandilaba el desierto inalterable. La llama se extendió a tal punto que parte del vidrio entre el polvo comenzaba a moldearse, y el alto de la flama emitida fue como un faro en medio de la nada, pero, ¿quién podría verlo allí?

Yoi se alejó sin mayor pausa, habiendo cumplido con el trámite autoimpuesto de limpiar la zona antes de entrar, sus intereses distaban mucho de lo que cualquiera de esas personas pudiese darle, y no volvería a confundir el objetivo tras su visita al templo Maku: un sello de transportación desconocido en To, al parecer, útil para su causa.

 
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H I P I T I H O P
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From Heaven
Las ruinas se elevaban sobre el desierto, bañadas por la luz lunar y la pestilencia propia de la carne calcinada. Paredes despedazadas manchadas por el hollín de un gran incendio, marcas oscuras en la arena, la señal inequívoca del paso de la muerte. El patíbulo descansaba en la más fría soledad, ni rastro de sobrevivientes, el nivel de destrucción apuntaba con claridad a acciones definidas, aquello no era ningún accidente.

Hubo un silencio de sorpresa entre los presentes, comenzando desde la premisa de que la estructura pertenecía a una base de To ¿Qué hacía una porción samurái en medio del desierto? Para Setsuna no fue nada nuevo, desde su primera incidencia en Cha en el asunto del comerciante supo de las intenciones samurái por explorar Kaze. Al parecer lo lograron usando al Té como catapulta y es que ¿Quién los molestaría en medio de la nada? Los alcances de To no dejaban de repuntarse. Sin embargo, alguien se les había adelantado. Bastaba con revisar los alrededores para darse cuenta de lo evidente. Cadáveres calcinados reducidos a cenizas se tendían como restos irreconocibles e incompletos, era necesario tener un ojo entrenado para identificar los huesos de cualquier otra materia orgánica, no quedó casi nada. El agujero en el suelo era inmenso y la posición de la arena, que había permanecido intacta por la cristalización ante el calor, apuntaba que lejos de haberse elaborado el pozo, el edificio fue extraído. Elevado ¿Usuarios de doton y katon? Hasta el momento se consideraba imposible que una sola persona fuese la autora del desastre. De forma casi inmediata se le acreditó a un ninja. No sería improbable que alguien más estuviese detrás de To.

La partidura del concreto llamó la atención de Udo, el nivel de destrucción era descomunal. No existían proyectiles ni marcas que anunciaran una pelea justa entre la defensa y el ataque. La base nunca tuvo oportunidad, ni tiempo. Ruigetsu penetró por una hendidura, el edificio había perdido su forma, cediendo ante sí mismo en la elevación. En el interior el piso inclinado denotaba la profunda remoción de los cimientos, como si alguien hubiese introducido una cuchara gigante para sacar la base completa. Eso no era lo más impresionante, sino los cadáveres dispuestos por el suelo sin ninguna marca más allá del corte limpio. No hubo golpes ni señales de tortura, la muerte fue instantánea. Los documentos, muebles y computadores se hallaban intactos más allá del daño resultando de la remoción, varios estantes estaban sin abrir, los soldados ni siquiera sacaron sus armas. Aquello los tomó por sorpresa. La sangre estaba seca, un suceso de días. El castaño talló la sangre entre sus dedos, luego alzó la vista para evidenciar que el interior estaba intacto, el incendio quedó afuera. Marcas cortas alcanzaban a rasguñar las paredes, como arañazos o lanzamientos de armas, pero ¿Dónde estaban entonces? Ni un kunai o shuriken. Bien podrían haber sido provocadas por viento filoso, así se explicaría la limpieza de las decapitaciones o incluso… se agachó para estudiar un cadáver. El sujeto era un tipo mayor, mantenía los ojos abiertos, podría decirse que tenía cara de horror. Hisha introdujo un par de dedos en la abertura de la cabeza que dejaba expuesta el interior craneal. La rajadura, porque no era un agujero como tal, era tan larga como su dedo índice, delgada y profunda. Tras inspeccionar varios, notó la repetición del patrón. Por supuesto la pestilencia era penetrante.

Por otro lado, Setsuna descendió hasta al sitio de reunión antes del ataque hallando allí documentos en el suelo. Varios de ellos hablaban de los planes de expansión en un intento por colonizar el desierto. Aquella era la primera base, el plan era extenderse y plantar otras tres por el inmenso arenal. También se mencionaba una anormalidad en el flujo de información con las bases de Cha por intercepciones ninja y la supuesta sublevación de los generales, esto último no les sería nada nuevo. El asunto era que momentáneamente existía un corte ahora que uno de sus puertos de anclaje estaba paralizado. De cualquier forma no les afectaba mucho ante la monotonía de sus labores. La sala estaba vacía, la abandonaron ante el ataque. Al andar por los pasillos oscuros, ayudada por una llama, la mujer tropezó con un muerto, luego con otro y así hasta llegar a una sala que apuntaba ser de vigilancia. El hallazgo no distó mucho de lo encontrado por Hozuki, hombres perforados, muertos de forma instantánea, agujeros en forma de ranuras en los muros. La pelirroja miró que no hubiese nadie cerca y tomó su guadaña, escogiendo una de las víctimas. Así imbuyó el arma con chakra y la usó para rasgar las carnes de alguno, aunque no con la misma fluidez de un vivo. El tipo se retorció en el suelo y llevándose las manos a la garganta, abrió los ojos. Le resultó extraño volver a abrirlos al mundo si lo último que recordaba era su muerte. Dio un salto de espanto al mirar a la mujer, luego se tocó la cabeza para comprobar que la herida estaba allí, confundido. Sus movimientos en sí eran torpes. El tiempo estaba corriendo y Setsuna no había dado la orden.

―Si hubieras llegado hace una hora esto no hubiese pasado, Shuuei―dijo el hombre en forma de regaño, incapaz de notar el paso de los días ―, aunque ya no importa. Esto es un sueño. Debería estar muerto, tú deberías ser hombre, nada tiene sentido ―completó volviendo a tocarse la cabeza para repasar el corte, sus dedos tenían una mancha putrefacta y ahora también se le unía la abertura en el pecho. Ni siquiera podría mantenerse erguido si fuese la realidad. La intención de Setsuna era inquirir del ataque, pero ahora se abría una nueva posibilidad pues aquel hombre conocía a su copia. El nombre le causaba una punzada mental. No importaba que tan atrás deseare dejar el asunto y enfocarse en To para mantener a Raku a salvo, el asunto permanecía como una espina, picando y picando. Udo se negaba a decir más y no había forma de violar la integridad de su alma.

―Dime que sabes de Shuuei ―ordenó, entonces las pupilas del sujeto se ennegrecieron y sus brazos quedaron al frente, caídos en sus costados sin mayor actividad. Según la petición de quien ahora era su invocadora solo debía hablar y el resto era inútil. El aludido fue identificado como un inspector de To de carácter errante, le conocían desde las tierras heladas y existía la promesa vigente de una visita a Kaze. La descripción concordaba con las características de la mujer traspuestas a una facción masculina, el sello era inequívoco más nunca escuchó la palabra “Samsara” de la boca de su víctima.

―Está loco, asusta, bebe, fuimos a buscar prostitutas. Agradable, es un animal. Parche, tiene un parche, derecha, humo que mata―nada de su procedencia. En seguida se quedó en silencio, incapaz de seguir hablando y con la cabeza gacha, bastó un segundo corte para que regresara a su estado de mortandad. No solamente porque no tenía nada más que decir, sino por los pasos que se acercaban por el pasillo. Luego hizo sellos rápidos. Udo se asomó, reconociendo el resplandor de la luz, curioso por la voz masculina.

―¿Había sobrevivientes?

―No. Hablaba con mi serpiente, buscábamos señales de calor ― el reptil se asomó a los pies de la mujer, sacando su lengua bífida para saborearlo. El minero le miró por unos segundos con cierta desconfianza y siguió su camino por el pasillo solo para constatar que todos estaban muertos. Los hacedores de la masacre no deseaban dejar testigos, como si su único propósito fuese el exterminio. El resto estaba intacto.

Terminado el recorrido y la recopilación de pistas llegaron a la temible conclusión de que los responsables debían estar lejos. Se hallaban en el punto idóneo de la decisión: ir o no ir tras ellos. Claro, si es que eso brindaba algún beneficio. Afuera la claridad de la luna era acogedora, no así las bajas temperaturas que regresaban al abandonar el edificio. Vaho salía de sus bocas formando nubecillas.

―Quizás eran unos cazadores de samuráis, existe la posibilidad de que los residentes del país hayan notado la silente invasión y decidido actuar ―enunció Esdesu. Su mente divagaba más en el asunto de su homólogo que en el misterio de la base de To ¿Cómo era posible que existiera algo así a sus espaldas? ¿Significaba un peligro al igual que el resto de los Samsara? No. Debía tener una vertiente distinta si es que era verdad que trabajaba para la empresa ¿La conocía? ―Esa es la respuesta fácil.

―La pregunta no es el motivo. Casi cualquier ninja atacaría a los samurái. La cuestión es ¿Quién es capaz de hacer esto? ―Udo devolvió la atención a la base desenterrada. Toneladas de concreto removidas, un ataque unilateral.

―Al menos un par de anbu o varios jounin ―el Agudado se encogió de hombros―, descarto mayormente lo segundo. Si queremos una respuesta podríamos ir tras ella―. Esdesu permaneció pensativa, si hubiese usado el jutsu para preguntar por los atacantes estarían más cerca de descubrir si los autores eran aliados o enemigos. Sin embargo, la existencia de otro Samsara le perturbaba más. De cualquier forma, mientras no tuviesen que enfrentarse con ese grupo, no les afectaba. Entonces acordaron continuar avanzando, el frío era más soportable (al menos de momento) que el sofocante calor y pasar la noche en las ruinas no sería buena idea. Existía la posibilidad de que, tras no tener respuesta de la base, se enviasen refuerzos o una inspección, tal como se hizo con la expedición en Cha. Un enfrentamiento innecesario. El aura fantasmal de la base se acrecentaba con el brillo lunar ―¿Y si buscaba el Rinnegan? ―soltó de repente al comenzar la caminata. Las suelas al fin dejaban de querer fundirse con la arena.

―Nada estaba removido en el interior más allá de lo provocado por el derrumbe― rodearon la estructura, no existían huellas que delataran el camino tomado por los homicidas. Tampoco era rescatable algún elemento más que la advertencia. Lo notaron hasta ese instante. El viento sopló y en medio del silencio más inerte, el abanicar de un papel resonó. Un objeto ignorado pero inusual en la escena del crimen. Se mantenía adherido a una de las paredes exteriores, como pegado. Lo primero que pensaron al divisarlo era que se trataba de una nota. Bastó un salto largo a través del orificio para alcanzar al susodicho, un lugar inaccesible para cualquiera que no tuviese chakra. Justo debajo estaba la boca hambrienta de un agujero de varios metros de profundidad. Rui lo tomó con la punta de los dedos una vez lo alcanzó. No tenía nada escrito. Con todo ¿Qué haría un papel allí? Setsuna ni le prestó atención, ensimismada en sus asuntos, mirando a Udo de vez en cuando tal como lo haría un predador a su presa.

Lo voltearon. Blancura inmaculada. Puesto después del desastre tal como se haría con una cereza en el pastel. Esa fue su primera pista clara, al tenerlo en su mano y mirar sus proporciones Nagare notó que era cercano al tamaño de su índice, al igual que los cortes. No dijo nada, se le ocurrió que, si imbuía chakra en el objeto, comprobaría su teoría y le vería cobrar filo o un aura de viento, algo así. Jamás imaginó lo que vendría a continuación.

Inyectó chakra y lo siguiente fue una sensación de vacío brutal que les arrebató el aliento. Las tres siluetas se vieron como estiradas al ser succionadas por el fragmento de papel que se iluminó con un sello. Fue como diluirse y penetrar en las fibras, luego emerger por la otra cara, encogiendo las distancias. De no ser por sus cualidades hubiesen aterrizado estrepitosamente en ese nuevo paraje que se abría ante ellos. Otra porción del desierto nocturno. Entonces vieron el papel caer por el aire, planeando después de cumplir su labor, deslizándose hasta la mano de un sujeto desconocido. Lo atrapó con dos dedos y hasta entonces el sello dejó de brillar. Lo más relevante del hombre era su vestidura pues estaba de espaldas: gabardina negra con nubes rojas.

―Lamento el desorden ―dijo al voltearse para mirar a sus invitados. No era lo que esperaba y tampoco tan pronto. Apenas prestó el mínimo de atención alzó una ceja, desconcertado. Los rumores eran ciertos, existían dos Samsara iguales. Podría decirse que era el único que miraba a ambos y vivía para contarlo, al menos hasta el momento.




 
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La reunión transcurrió poco más de diez minutos, no había espacio para negociar o persuadir, no fueron más que aclaratorias impuestas, mismas que no dejaban de ser chocantes para Kohiko y Zen. Dōto y Kuteki apenas y se dignaban a revelar información, generales o soldados rasos, los samuráis no eran más que empleados bajo sus órdenes, y objetar cualquier imposición empezaba a tornarse preocupante, y no sólo por el propio castigo a la desobediencia que Sanrou pudiese dar sobre el acuerdo con la empresa, sino que las mismas accionistas, tan tajantes como de costumbre, no dejaban ni por casualidad que alguien las viese débiles; ninjas o no, habían impuesto una imagen tan pesada en quienes se cruzasen con ellas que el sólo violentar la propia concepción se volvía difícil, una sugestión por puro semblante, o puede que hubiese algo más. No era importante, al menos no por el momento, ninguno de los dos lograría deducirlo.

Ambas llegaron a la sede del Té tan pronto como les fue posible; aprovecharían la oportunidad para tener una reunión con los sectores locales. La imagen de To parecía seguir inmaculada, mientras el misterio circundante de aquellos ojos no tocase fondo. La visita fue anunciada desde el momento en el que Kohiko se valió de un sello de configuración en los portales, cualquier altercado ajeno era un añadido importante, pero anexo a la razón real: revisaban personalmente cada uso de dichos sellos y se llevaba un registro desde la sede central. La ocasión pedía que Apolo asistiera junto a ellas, siendo el supervisor a cargo. El par de samuráis estaban tan enterados de su resurrección como Nagare la primera vez que lo vieron, aquello no hizo más que reforzar las sospechas traídas desde el primer encargo.

Algo estaba por encima de To y de los samuráis, por encima incluso de Modan en su desenvolver, pero seguían sin saber qué, o quién.

La reunión sirvió más para inspecciones sin nombrar que cualquier otra cosa. El protocolo de To siempre fue estricto, y aquella ocasión hizo estallar las medidas preventivas. La reunión se gestó junto al portal de las minas, el mismo que los ninjas habían usado para escapar.

―Su idea fracasó ―sentenció Kuteki, mirando con obviedad a Kohiko―, se le revocará el uso del sello y será retribuido a Xen ―señaló al hombre de incógnito, aquel no era más que un alias―. Irán al Viento de inmediato, y le agradecería evitar usar suministro de la empresa en sus planes a futuro.
―Yo la sigo viendo en pie ―observó los grabados en el pergamino del sello, cuasi orgullosa: señalaban la inminente cercanía de los ninjas al punto más peligroso del desierto, emboscarlos allí sería cuestión de saber a dónde empujar―. Y le agradecería dejar la estrategia militar a quien sepa efectuarla.
―¿Qué tal si le rendimos honor a este país y nos relajamos con una tacita? ―Zen fue completamente ignorado, aunque permaneció a la escucha―. Hm, pero ella tiene razón ―soltó, y por su tono, Koko fue capaz de distinguir que se refería a lo dicho por la accionista, volteando por inercia y cuestionando a su compañero―. Ya había considerado la probabilidad, pero no pensé que tuvieras tan mala suerte.
―¿De qué hablas?
―Es obvio que hay otro grupo en esto, quién sabe qué tan grande será ―señaló la inscripción más reciente en el papiro, misma que denotaba una manipulación inorgánica del portal en el desierto además del surgir de un segundo puerto en la zona―. Sabía que si venían no sería sólo porque usaras el sello, alguien se te metió en la fórmula.
―Ojalá esa perspicacia le sirva en el Viento, general Zen ―congratuló Doto, virando inmediatamente al encapuchado―, pero este grupo tendrá un nuevo representante de la empresa por el momento ―Kuteki terminó por entregarle el pergamino. No hizo más que guardarlo bajo su chaleco; Kohiko fue capaz de distinguir un color tan pálido en la piel bajo las telas que costaba creer que aquello fuese un ser vivo, intentó no darle importancia.
―Independientemente del tercero ―volvió Kuteki―, corremos demasiado riesgo con el sujeto que acompaña a Himekami y Hozuki. Un espía lo vio usando un sello que pensábamos propiedad de la empresa, logró robarlo según parece.
―Y ahora necesitan que lo llevemos al Hierro. Señoras, empiezo a deducir demasiadas cosas, y demasiados problemas alrededor de su empresa ―la voz de Zen era más bien inocente, descuidada―. No quiero darles las malas noticias, pero ninguna comisión militar nos paga lo suficiente como para tolerar un riesgo tan alto.
―Y me sigue pareciendo que no ha deducido lo suficiente ―volvió Doto―. Es muy inocente. Hace mucho que esa salida está cubierta. Créame, general, que por lo último que deberá preocuparse de fracasar en esta misión será del Shogun o de los ninjas.
―Sólo quería que lo dijera en voz alta, gracias.
―Los detalles de la próxima ruta ―Kuteki lanzó otro documento a Kohiko―. Les sugerimos partir lo antes posible. Sírvanse de provisiones y usen este portal en cuanto estén listos.

~~~
Decenas de pilares rodeaban la escena junto con la única señal de movimiento entonces en una brisa sempiterna. Los monolitos serían el único testigo de aquel encuentro, por lo que no habría ninja o civil para constatar la gravedad del choque, por el momento. Debían estar cerca de la frontera con Tsuchi a juzgar por el clima, demasiado ameno como para ser el gélido desierto nocturno; la arena, además, se notaba más firme, cargada de minerales y fronteriza con cientos y cientos de formaciones terrestres en el horizonte, hasta que una montaña se hacía visible. Yoi se postraba sobre una de las tantas rocas, dando cara al sello impuesto en el suelo.

Se mantenía sereno, a pesar de saber a quiénes tenía enfrente, al menos según lo que todo ninja debería saber de cruzarse con cualquiera de los dos ANBU. Lo menos esperado fue un grupo shinobi de tal calibre, y le era difícil no ceder ante la posibilidad de que le estuvieran siguiendo, pero no hallaba las razones, en qué basarse para cualquier ninja así y buscarlo hasta el Viento, estaba enterado de las sospechas, y sus métodos tendría para lidiar con ellas, pero ni la más exagerada de sus demostraciones de poder lograba cubrir el vacío de preguntarse cómo esos dos habían terminado cruzándose en su camino. Casualidad o no, era lo que se gestaba frente a sí.

Se vio tentado incluso a la utilización del sello mortal; un par de clones bastarían para hacerlo funcionar parcialmente, mucho más sencillo de lo que sonaría para cualquier otro adiestrado; el riesgo era excesivo, incluso para él, en especial considerando las alternativas. Hisha y Kurenai miraban la silueta con más desconcierto que temor. La vestimenta era remarcable, la atribuyeron a un clan casi por instinto; bastó que varios papeles sobresalieran levemente desde el cuerpo de Idara para delatar la desconexión. Ambos reconocieron la línea sucesoria, acentuada además por las evidencias halladas en la base samurái.

― ¿Tú? ―Udo, aunque estuviese un par de pasos por detrás de sus compañeros, fue el primero en reaccionar―. ¿Por qué un Idara querría sellos de los Maku?
―Cada quién tiene algo además de su clan ―su cuerpo seguía disolviéndose en papel mientras hablaba, no parecía dispuesto a quedarse sin actuar―. ¿Por qué un desertor del Hierro sería entrenado con enseñanzas de los Maku? Eso sí me da curiosidad ―los ANBU no pudieron evitar extrañarse ante la declaración, aunque no era algo fuera de sus posibilidades.
―Buscabas el mismo portal… ―susurró Udo, diciéndoselo a sí mismo.
―No, eso no me interesa. Pero tú sí tienes sellos de los Maku ―al instante, los mismos sellos que tomaron en las ruinas del templo comenzaron a brillar en el brazo del minero; algo grave debían tener, pues la reacción del Idara tras hacerlos visibles fue de una sorpresa inimaginable―. Me debo cuidar de ti.

Un papel salió volando en el mismo segundo que acabó su frase, decidido a plasmarse sobre el brazo marcado; una lanzada igualmente ágil de Setsuna bastó para interponer un kunai, sabiendo que el cojo no podría defenderse a tiempo. Rui, casi sin querer, se había percatado de algo en esos sellos, lo suficientemente importante como para que proteger a Udo fuese una prioridad; la acción de su aprendiz probablemente devendría de otros motivos, pero sin aquello hubiese sido incapaz de notarlo. Yoi se irguió, sin desplazar más papeles por el momento.

―Ustedes dos representan a la Alianza. Iba a dejarlos tranquilos, ya sabemos que no son de lo más usuales en cuanto a lealtad; tu amigo Uchiha sabía mucho de eso ―señaló a Nagare―. En fin. El ladrón me da razones ―fue rápida, y no por ello menos certera, la deducción del momento: un grupo así en una situación como aquella no podría más que estar relacionado con la búsqueda de los ojos.

El empapelado no tardó en materializarse, como una nube a su alrededor. Tomar posición defensiva fue casi instintivo, las complicaciones devenían de Udo principalmente, incapacitado a reaccionar más que con movimientos cortos, entorpecidos por la falta de equilibrio; la herida, por fortuna, había sido sellada desde su propio surgir, el desangrado le importaba poco.

Himekami fue la primera en imponer la ofensiva, invocando sendos zorros que no esperaron siquiera a la disolución de la nube de humo para volverse invisibles. Por más que al aguado siguiera sintiendo la violencia como inoportuna, le costaba imaginar un desenvolver más adecuado, especialmente si ninguno de los dos conocía a Yoi como para saber del riesgo al enfrentarlo; era un ninja más, uno que consideraban erradicable. Hozuki aprovechó la situación para proteger al minero, aunque se mostraba decidido a usar los sellos a su favor, o eso dejaba ver su temple; su permanencia no hizo más que acrecentar la teoría, algo había ponderado el suficiente tiempo como para decidir quedarse con los ninjas, y sabían que la conclusión estaba lejos de cualquier fraternidad.

Las intenciones poco importaban, incluso con más favores de por medio, bastaba con su presencia para fungir de ayuda, y hasta el momento no había hecho más que demostrar cuánto lograba avanzar en sus objetivos, conocidos o no. Un ave de escolta serviría especialmente bien para alguien en su estado; le pidió montarla con una mera seña, y fue fácil distinguir la misma indecisión en su mirada. Huir le era tentador, pero ese “algo” permanecía atándolo a los ANBU. Abordó sin más; varios de los papeles alrededor de Idara se abalanzaron al instante, el ave apenas era capaz de esquivarlos con soltura, pero ese era el punto: el minero quedaba libre de la acción puntual, y seguiría así mientras el dúo en tierra se mantuviese lo suficientemente ocupado.

El par de zorros terminaron develándose a espaldas del Meijin, creyendo haber pasado lo suficientemente inadvertidos como para lanzarse a su cuerpo; un quejido sollozante fue lo único audible antes del estrépito de sus cuerpos contra el piso, tras varios papeles habiéndose clavado en todo su cuerpo; se desvanecieron en el acto, desde un principio habían sido invocados con la intención de distraer al origamista, aunque su mirada se mantenía fija al frente, sólo le hizo falta escuchar para saber dónde merodeaban los zorros. No hacía falta siquiera mancharse las manos por el momento.

Setsuna aprovechó su propia ofensiva para generar un trío de pilares eléctricos alrededor de Yoi. Rui seguía contemplativo, desde su ángulo era obvio que al extraño no le interesaba siquiera moverse para encargarse del asunto, pero había ido él mismo quien amenazó con el conflicto, y esas nubes rojas… seguía sin encontrar un hilo del que tirar, y sobre todo, un modo de aproximarse; reaccionó en cuanto la técnica de la fémina parecía concretarse, generando un dragón de agua eyectado al interior de los pilares. Una onda de choque fue audible desde el interior, los tres montículos fueron expelidos con fugacidad hasta acabar chocando con otros a la distancia. El proyectil iba con la intención entusiasta de generar una reacción en cadena con la electricidad desatada, pero incluso sin la técnica anterior prometía ser un golpe certero, hasta que el contrataque de Yoi se ejecutó.

La rapidez con la que sus manos ejecutaban los sellos necesarios casi hace que Setsuna no lograra distinguir la técnica a punto de ser ejecutada; percatarse trajo consigo la reacción inmediata, saltando hasta el ave de Nagare y casi obligándola a elevarse en vuelo, Ruigetsu no tuvo tanta suerte. Una onda de choque fue liberada tras ver cómo el Meijin posaba sus manos en el suelo. La parálisis fue inmediata, y por más que Namida pudiese ayudarle, fue incapaz de reaccionar a tiempo. El dolor era devastador, el sólo mantenerse en pie representaba un reto en aquel entonces. Idara vio al ANBU como una presa capturada, dispuesto a encargarse de la restante sin miramientos: aprovechó la carga eléctrica para facilitar la creación de una alabarda, lanzándola al cielo.

Esdesu previó el ataque nuevamente, pero no hubo reacción pertinente, al menos no parecía haberla. Udo no tardó en sacar un as bajo la manga, tomando un par de cuchillas en el estuche de la kunoichi sin previo aviso, lanzando una a sus espaldas en cuanto vio la acumulación de electricidad en la mano de Yoi. Sólo alguien con su aparente destreza en los sellos habría sido capaz de generar el necesario sobre el arma restante, colocándola frente a ellos: el relámpago se abalanzó, y la magnitud del chakra amenazaba con ser demasiada. El sello resistía y la pelirroja quería aprovechar el momento para deshacer el daño en tierra, pero Rui recién se liberaba gracias a Nami, aprovechando la atención en las alturas para abalanzarse contra el Meijin.

El estruendo de la alabarda resonó a lo lejos, junto con la onda de choque levantando arenales enteros. La tierra tembló, y fue casi como un preámbulo para que Idara reaccionase a tiempo; logró distinguir la carga de Inton en el cuerpo del ANBU de alguna forma, reaccionando en consecuencia:

―¿Un Otsutsuki? ―las cadenas surgieron a su alrededor, fue la velocidad del aguado la salvadora de su agarre.

La deducción devino tras distinguir la naturaleza del chakra que recorría el cuerpo del aguado, una capacidad poco o nulamente prevista por un Idara, pero justo por eso resultaba tan útil. Distinguió un chakra similar al Inton utilizado por los portales; sabía de Ruigetsu Hozuki como tal, como líder del clan, pero no tenía antecedentes sobre un uso aplicado del Yin, tal cosa era más por desactualización propia que verdadera desinformación, pero lo importante para él era notarlo, y prever en consecuencia. Fue un juego de niños para su mente deducir que tal cosa significaba intangibilidad, o al menos bajo situaciones simples. Fue justo por ello que el uso de las cadenas selladoras se volvió casi una obligación, más allá de facilitarle su tarea: nulificar.

Setsuna observaba junto a Udo desde el cielo, a la espera de la primera abertura, o más bien, a que ella misma pudiera generarla. Sacó la inmensa shuriken característica de su arsenal, provocando una reacción inmediata en el minero a sus espaldas; se había mantenido observando el estrago causado por la alabarda a lo lejos. Colocó un sello sobre uno de los filos sin previo aviso. La fémina intuyó que de algo serviría, pero no la detendría de su lanzamiento sólo por ello. La estrella cortó el viento en dirección a su objetivo.

Rui pudo prever el surgir de las cadenas, engañándolas de la forma más experimental pero instintiva posible: creó a uno de sus clones especiales y se zambulleron en él debido a la red de chakra falsa, pero sabía que sólo sería un bocadillo, y el plato principal seguía en plena vista de Idara. La distracción era primordial. Ejecutó los sellos sin dejar de retroceder, siendo perseguido por las cadenas a la lejanía, y más temprano que tarde, varios papeles con sellos grabados en su superficie se acercaban amenazadoramente; tal parecía que el fuuin utilizado por Yoi era a prueba de Inton. La conclusión de las posiciones manuales dio por resultado otro clon, mucho más veloz y errático, que se abalanzó hacia los papeles; estos le reventaron cual globo, develando que contenían un sello opresor, pero su verdadera naturaleza terminó imponiéndose: se trataba de un clon de vapor, mismo que comenzó a reconstituirse tras dejar la delgada nube de chakra que no hizo más que empañar los papeles a su alrededor.

Entre tanto, Yoi comenzaba a moverse cuando el impacto de las cuchillas en la shuriken gigantesca le cortó a la mitad, misma que terminó clavándose en el suelo tras de sí. La capacidad de atención ante el enemigo que ostentaba era terrorífica, y Udo fue el primer testigo de ella al ver cómo levantaba el arma del suelo, lanzándola de regreso con el doble de potencia; la velocidad potenciada les hizo saltar de la invocación por instinto, y aun así lograron sentir el choque de las aspas clavándose portentosamente contra el animal. Aterrizaron atropelladamente, viendo los efectos de la onda de choque, mermados tras su única víctima; Idara no había mostrado interés en mantenerla, pero fue lo suficientemente perspicaz para saber que el filo de la estrella yacía tallado por otro sello, uno que muy probablemente le habría hecho daño de no devolverla.

―Ve por Rui ―jadeó el minero, intentando ahorrar energías a duras penas; la caída fue mucho más atropellada para él sin un soporte adecuado, y empezaba a sentir el dolor recorriendo la pierna que le quedaba―, los ayudaré desde acá.

Himekami tan sólo asintió, corriendo para cubrirse con uno de los pilares. Los papeles sobrevolaban por doquier, cuidarse de cualquier contacto le era menester tras deducir lo mismo que su compañero en la base samurái: tales creaciones eran capaz de degollar en cuestión de un tajo. La senda a seguir parecía marcada por lo que lograran hacer, más que por la simple superioridad numérica; a Yoi le bastaron unos cuantos pasos para dejar clara, no sólo la diferencia de poderío, sino de energía para ese entonces, considerando el agotamiento que los ANBU y el minero cargaran encima desde el inicio de la misión.

El clon gaseoso danzaba siendo perseguido por los incontables papeles, mientras el original seguía a la expectativa de cada movimiento en Yoi, aunque el Meijin parecía más que decidido a insistir con las cadenas de chakra; fuese un desgaste de trámite o la necedad del momento, lo cierto es que de alguna u otra forma rendiría frutos; su temple dejaba en claro que estaba lejos de siquiera pensar en el cansancio.

La información que Esdesu o Nagare conocían de los Idara no bastaba para distinguir las anomalías que el minero examinaba desde que relacionó al sujeto con el ataque al templo Maku, y aún peor, con ser aliado de ese hombre. Aquello no evitó que la kunoichi actuara acorde a la situación: arriesgarse al corte de aquellos filos era lo último que quería; rápidamente hizo materializar la armadura distintiva, amén de intentar poder descuidar un poco los vendavales de papel; ante un enemigo de tal poder, la certeza de atacarlo con el suyo propio fue algo que todos alrededor compartieron, y en caso de Setsuna, fue eyectando uno de sus agujeros negros a cruzarse con la trayectoria de Yo-yo. Esta vez, fue incapaz de analizar la técnica antes de encararla, viéndose forzado a intentar contrarrestarla con otro enjambre de las hojas, siendo absorbidas al contacto y liberadas por la cantidad de chakra. La explosión le hizo saltar atrás, sin bajar la mirada ni por un segundo. Observó a Setsuna aproximándose a sus diez y al clon de aceite a las dos.

La apertura se dio, y parecía el momento ideal para ejecutar el Sabaku Soso; hallarse rodeado del material necesario resultó una bendición para el Meijin, seguro de que la técnica sería incapaz de matar a Himekami, pero de igual forma confiado en que su efectividad terminaría por mermarla. La arena empezó a arremolinarse y el clon de aceite explotó con el sólo roce furibundo de la tormenta, Udo se apoyó tras un pilar para evitar la absorción; Ruigetsu por poco es arrastrado pero su lejanía con respecto al punto le permitió mantenerse al margen.

El ataúd piramidal se formaba alrededor de Himekami a un ritmo forzosamente mortal; no quería verse obligada a utilizar algo tan experimental como las llamas rojas en aquel momento, pero parecían ser una de las pocas salidas viables. La ejecutó, casi acompañando la sensación con un grito; la flama surgió en uno de sus costados, liberando el suficiente calor para que la arena fuese incapaz de sobrepasarla sin cristalizarse; aprovechó la ralentización para escapar, valiéndose del ojo maldito para intentar el mismo efecto sobre Idara. La sangre corría sobre la armadura, pero el Meijin fue más rápido. Impuso varias paredes de papel frente a sí, mismas que terminaron absorbiendo las intentonas de la técnica. Inconscientemente, Esdesu acababa de dar el primer punto ciego desde el inicio del combate a sus aliados.

El clon de aceite llegó hasta la retaguardia de Yoi, impactando contra otra serie de paredes recién creadas; la naturaleza de sus adversarios le impedía confiarse de sus defensas corporales, pero seguía sin olvidar su objetivo: las cadenas volvieron a surgir en cuanto vio al aguado, posado en el perfil de un pilar lejano; su posición delataba la meditación del Senjutsu, y un estado de vulnerabilidad suficiente para lanzar las cadenas con decisión. El clon, con una parsimonia inexplicable, levantó una de sus manos, interponiéndola entre sus cuerpos y las cadenas; el henge se deshizo, develando a Udo: un sello en su mano absorbía las cadenas, y a Yo-yo le bastó distinguir un par de caracteres para saber que se trataba de un sello con factor de transporte, pero a dónde.

“El Monowasure. Maldición.”

Era demasiado tarde para cuando se dio cuenta. El Monowasure era un sello especial, capaz de mezclarse con otros sellos, entre los que destacaban los relacionados con el Hiraishin y el Fuuin, pero su cualidad radicaba en la capacidad de sellar fuentes de chakra, no sólo amén de ser reutilizadas, sino de ser sintetizables por el poseedor del sello, es decir, cambiar de ejecutor; aquello, junto con un sello reptante desde la hoja de la shuriken, fueron suficientes para que la mano de Idara terminara siendo presa fácil. El minero sólo esperó el resurgir de las cadenas para ejecutar su propio plan. Las mismas resurgieron desde la palma del Meijin, clavándose por todo su cuerpo.

―¡Noquéalo! ―le gritó a Himekami. Ni un conocedor del sello sería capaz de mantenerlo ante un rival claramente superior por más de un minuto―. ¡Lo necesitamos con vida!

Setsuna se abalanzó desde un costado, observando al oponente inmovilizado, pero incapaz de desviar la mirada; Yoi se esmeraba arduamente en levantar su brazo –cargado de chakra según intuían-, y apuntándolo a Udo. Nagare intuyó que aquello no era mera resistencia, dirigiéndose a la trayectoria entre el minero y su enemigo.

Un sonido inusual, ajeno a cualquier cosa que creyeran posible, se hizo audible al instante, similar a un globo de agua explotando. El brazo derecho del aguado terminó siendo el desafortunado: una onda de choque surgió desde su interior, atribuyéndola inmediatamente a Idara; la extremidad se deshizo por completo, bañando al propio ANBU con su sangre y al suelo a su alrededor; el dolor fue indescriptible, cientos de fibras colapsando en un instante, cientos de nervios enviando el mismo impulso ahogado al cerebro. Soltó un quejido sonoro, esforzándose por no echarse al suelo.




 
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H I P I T I H O P
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From Heaven

Abundante fue el fluir de la sangre, el piso manchado y el rostro oscurecido del ANBU fue el primer indicio de un peligro verdadero. El líquido goteó por su barbilla uniéndose al charco carmesí bajo sus pies, su ser entero pareció temblar. Con la mano vendada intentó detener la pérdida de esencia vital al presionar su hombro, más por sus dedos se escurría espesa y cálida, incapaz de hallar freno. Se quedó quieto por varios segundos asimilando el dolor para hallar la suficiente entereza y comenzar a curarse antes de terminar vacío. Fue sorpresivo. Setsuna se detuvo por un momento en su embestida como esperando que el resto del Aguado se disolviera en agua al hacer válida la sustitución por un clon. No sucedió. El daño era real.

Pocas veces el rojo se sentía tan vívido.

El chakra de la mujer se ennegreció cambiando completamente la ofensiva pensada y dejando nula la indicación de Udo. Noquearlo no sería suficiente, es más, posiblemente no existía una forma de hacerlo sin dejarle seriamente herido. Entrelazó los dedos de ambas manos para formar un solo puño y dejarlo caer sobre la cabeza de Yoi con intensiones claras de matarlo. El impulso de la inercia le permitió alzarse por al menos un metro sobre las alturas del varón, arqueó el cuerpo hacia atrás y dejó venir el impacto con todas sus fuerzas. La letalidad del golpe se vería combinado por la corrosión del chakra negro y si el amasijo no lo noqueaba lo haría el agujero en su carne. Fue una mezcla de furia, venganza y la necesidad de desencadenar sus propios deseos. Apretó los dientes y se dejó caer. De pronto la escena se vio distorsionada. Yoi estaba siendo atravesado por las cadenas a punto de ser sellado e incapaz de liberar su brazo a través del cual se estaba realizando la conexión y al mismo tiempo se veía envuelto por el chakra de Himekami en un intento por devorarlo. Nuevamente cientos de papeles fungieron como un escudo que lentamente se degradaban ante la corrosión, una velocidad lamentablemente inesperada. Sin embargo, era difícil definir qué sucedería primero, si el sellado del sujeto o el agotamiento de Udo. Hozuki jadeó desde su posición y sin necesidad de sellos un líquido azul cielo comenzó a emerger a su alrededor, una especie de agua extraña que apenas se acumuló fue lanzada con fuerza en unión a la ofensiva. Como ser embestido por una bestia, la defensa de Yoi resintió la llegada del suijin al tiempo en que su chakra iba mermando, lo único capaz de sacarle de tal situación era la ejecución de una de sus aristas, asunto imposible si una de sus manos estaba atrapada. El papel a su alrededor comenzó a disolverse con más rapidez.

Intempestivamente la cadena que recorría y apresaba su chakra se detuvo, disolviéndose instantáneamente al sonido de un estruendo ajeno. Retrajo la mano sujeta y con un doblez de su espacio eludió lo que vio como un ataque inminente. El área de concentración colapsó por el vacío provocado ante la distorsión aunado al lanzamiento unísono de varias armas, un conjunto de rayos apuntados que impactó aquello en un apoteósica detonación. Ruigetsu retrocedió obligatoriamente no solamente como una previsión sino amén de la onda expansiva, Udo había sido el primero en ser intervenido por la retaguardia obligándole a parar, frenando con ello el sellado de Yoi. Los responsables no eran más que el par de generales rezagados que, de alguna forma, lograron dar con ellos junto con su flota. Al menos veinte samurái apostados al ataque. Era imposible que hubiesen llegado a Kaze por vía marítima.

La espalda de Udo se adornaba por una extensa quemadura que deshizo su ropa. Jadeaba exhausto ante la intentona del sellado. A esas alturas le era complicado mantenerse en pie dada la herida en su pierna. Mirar el estado de Ruigetsu tampoco era necesariamente alentador aunque la hemorragia estaba detenida. Más allá estaba el cuerpo humeante de la pelirroja, quien por permanecer en el epicentro terminó envuelta en la hecatombe. El sujeto de las nubes rojas de alguna forma se las había ingeniado para teletransportarse, al menos en apariencia. Apenas y volteó al sonido de la voz de Koko, la expresión tranquila permanecía en su rostro a pesar de casi haber sido atrapado.

―Los encontramos―sentenció triunfante la general devolviendo la mano a su cintura luego de ordenar la ofensiva, Zen estaba a su lado. Kaze era inmenso como para recorrerlo a pie y fue el portal lo que le permitió realizar varios saltos en busca de sus presas. El registro de la base masacrada hacía tres días fue el primer dato a tomar en cuenta, constatando sus sospechas. Los ninjas no eran los únicos en movimiento, existía un grupo adyacente con objetivos independientes cuya aparición alteraba lo planeado y en ocasiones realizaban actos que desafiaban al Hierro. En el documento provisto por Kuteki se anexaba información del suceso de la base y otras interacciones desastrosas que, bien sabía, podían enlazarse dentro de la mente de Kohiko para dejar de ser datos aislados. Sin ser una certeza absoluta, la general apuntó al sujeto de la nube roja como el responsable de la masacre. No era el primero de indumentaria característica que recientemente se añadía a los registros. Un gesto victorioso se trazó en la albina―Jaque mate ―dos pájaros de un tiro. Sus planes jamás fallaban.

Esas malditas ancianas la subestimaron al creer que estaba equivocada. No todos los juegos son de jugadas certeras y rápidas, en ocasiones es necesario tantear al oponente e identificar el patrón antes de lanzarse a la yugular. Prueba y error, nunca se escatimaba en paciencia si el fin lo justifica. Luego incluso ni siquiera es cuestión de fuerza, pues hasta el rey puede verse en peligro por una buena jugada del alfil. Adelantó la mano, acción suficiente para que los soldados a sus espaldas se lanzaran al ataque. Era hora de otra prueba. Udo comenzó a correr a la velocidad que le permitían sus falencias sabiéndose incapaz de combatir, pasando incluso a unos metros de Yoi. En dado caso prefería morir a manos de ese sujeto que de los samuráis de To. Decir que avanzó desapercibido sería una mentira grande, el miembro de Akatsuki miró de reojo la lastimosa huida del hombre, haciéndosele mucho más chocante lo que tenía al frente siendo él el primer obstáculo del camino. Serían unos treinta individuos los que se avecinaban en contra, cargando sus armas con chakra, evidente por el fulgor. Se le antojó como una forma de dejavú, aunque claro, los anteriores no tuvieron ni siquiera oportunidad para armarse. Los ninjas esperaban a sus espaldas.

―¿Puedes continuar? ―Setsuna se acercó a Nagare, la sensación del dolor generalizado aun no la abandonaba. De no haber estado envuelta en su propio chakra recibir el meteoro hubiese sido letal, a pesar de ello múltiples heridas adornaban su cuerpo.

―Sí ―para entonces ya no existía herida abierta. La falta de una extremidad seguía siendo un problema. Udo se aproximó en estado automático, lo único que repasaba mentalmente era su negación a morir. No podía quedar allí y fallar en su objetivo, sin importar qué, continuaría. Pasó incluso a un costado de los ninjas como si no estuvieran allí, apretando los dientes para sobreponerse al dolor y la fatiga ―¿A dónde vas?

―No creo que estar en medio de esta batalla sea lo más inteligente.

―¿Crees que si corremos estaremos a salvo? ―ironizó la mujer―. No te queda energía para hacer otro portal que nos saque de esta situación. Por el contrario ―desvió la atención al enfrentamiento, las detonaciones comenzaban a ensayarse―, es nuestra oportunidad para terminar con todo.

―Esto no es un battle royal en el que te puedas divertir. Entiendo que el fuego cruzado es lo mejor a lo que podemos aspirar―la desventaja era evidente―, pero podemos intentar ambas cosas.



Los cabellos albinos de Yoi se sacudieron ante la vibración ejercida por la liberación de su propio chakra, extendiendo las palmas de sus manos como si con ello intentara parar la arremetida samurái. De sus manos abiertas confluyó un filamento de chakra que fue expandiéndose hasta ser el inicio de una red o, mejor dicho, un plano invisible que se apoderó de varios metros sin ser avistado dada la intangibilidad de la técnica. A través de sus pupilas azules pudo ver el objetivo concreto de la ofensiva, el moldeo claro del labrado energético propio del raiton, seguramente intentando reproducir el acto de su llegada. La confabulación silente era inútil delante de unos ojos capaces de discernir las naturalezas, echando por tierra el factor sorpresa. Teorizó que el grupo de soldados estaba entrenado para ser letal en grupo, enfocándose síncronos en un único propósito para cobrar sus víctimas en un disparo certero.

Terminó su recuadro de fibras en el momento exacto. Distaban unos diez metros para que la ola extranjera arremetiera, a un sablazo del meteoro. Luego, no faltaba nada. Yoi se deslizó a través de su teleraña de chakra llegando a ellos antes de lo previsto, apareciendo en el medio de la comitiva como un intruso inesperado, con el brazo extendido para impactar a la primera víctima. Un desdichado se atravesó para recibir la estocada inicial, la extremidad recubierta en papel no hizo más que fungir como un rebanador no solamente golpeando sino escindiendo un tajo de su cara en el acto. Dientes y lengua quedaron expuestos al cortar la carne y el cuero que protegía el rostro del armado. Su grito de dolor incidió inopinado en la avanzada, obligándolos a girar sobre sus hombros. La imagen de la víctima estremeció en sobremanera por la ausencia de su verdugo, quien en otro doblez de su mapa, reapareció por el costado derecho repitiendo la operación para cercenar. Hubo una lluvia de papel, que, más que eso, parecían finísimas cuchillas danzantes. Las armaduras eran traspasadas como mantequilla. El gemido generalizado desencadenó una reorganización, al menos ocho cuerpos cayeron inertes. Yoi apenas estaba comenzando, un pliegue más de su pequeña cuadricula lo posicionó en el centro de sus atacantes, ante él, cualquier espacio podía ser maleado y tratado como una pieza de papiroflexia. En un sobresalto por la nueva reaparición de Yoi, hubo un lanzamiento elemental intempestivo, opacado por el revolotear de nuevo papel que, en cantidad, era como un escudo. Aquello fue el inicio de la verdadera masacre y el fin de la comitiva. El chakra del Akatsuki brotó como un viento poderoso que casi tumba a los presentes, su misión fue arrebatar las armaduras protectoras de los soldados. En forma de láminas delgadísimas las capas de metal se fueron deteriorando hasta barrerse y transformarse en miles de trozos flotantes. Papel de metal, lo denominarían algunos y es que ¿Qué nombre se le puede dar al fenómeno? Ingrávidos, reflejaron la luz de la luna en un hermoso espectáculo para después, con un movimiento diestro del albino dejarse caer en un movimiento giratorio.

El aullido fue tal que la misma Kohiko no daba crédito a lo que sus ojos veían. Como metidos en una centrífuga con cuchillos, los hombres fueron rebanados, descarnados y desmembrados en un festín de sangre peor que el descrito en la base del desierto. Las armas cayeron al suelo, algunas todavía con manos en su mango, perdiendo el fulgor al ser desconectadas de su fuente. Hubo contrataques, todos fallidos, pues al acabarse el tornado Yoi permanecía en el centro tan fresco como al inicio. Las hojas asesinas aterrizaron para clavarse sobre la arena y los cuerpos inertes para terminar con el picadillo. Horrendo era el contraste de la piel blanca del Akatsuki humedecida por la sangre. Las nubes se enrojecían más. Se extendió el silencio. El espectáculo no pasó desapercibido para los ANBU y Udo, el sujeto en cuestión parecía poseer la virtuosa capacidad de descomponer los materiales para laminarnos, además de lo obvio. En pocas palabras, reconfiguraba el original para crear su propio papel dependiendo de la materia prima.

―Fiuuu ―Zen resopló, anunciando cierto asombro y excitando su curiosidad. Lo que a cualquiera le hubiese parecido sumamente atemorizante para él era un cosquilleo en los dedos, uno que le hizo tomar su espada. Dédalo fue puesta en vertical sobre el suelo, su punta se clavó ligeramente en la arena humedecida por la brisa nocturna. Imaginar lo que podría hacer con el control de esa línea sucesoria le hizo sonreír. En contraparte, a Koko no le hacía ni puta gracia, el rostro gélido era incapaz de denotar su orgullo herido, el hecho se vio reforzado por la activación de Jormungand, tomando como pretexto que, indudablemente, ese sujeto era el autor de la masacre anterior. El metal se extendió hasta tomar un tamaño impráctico excepto para Kohiko, al mismo tiempo en que ciertas chispas destellaron a su alrededor. Yoi volteó a mirarles. Su capacidad para hacer enemigos al paso se confirmaba.


 

Oiseau rebelle
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La vorágine de filos dejó apenas siete sobrevivientes, de los cuales apenas cinco eran capaces de sostenerse sobre sus propios pies; su destreza y reflejos les premiaban, pues no había sido más que el buen manejo de esquives y choques entre láminas y espada lo que les había salvado, por más pírrico que se hallara el bando samurái. Los ninjas, junto a Udo, habían contemplado a escena con ajenidad en sus posturas, lo suficientemente apartados del bullicio para no verse afectados, por el momento, Hozuki se había logrado esconder tras una piedra, valiéndose desesperadamente de una ilusión que le hiciera invisible para entrar en calma.

Observó el muñón sobresaliente de su hombro, era un tajo tan perfecto que costaba interpretarlo como el resultado de una explosión; él había sido el único capaz de verificar la naturaleza de aquella técnica, una especie de pulso de chakra que le había hecho vibrar a escalas impensables, inhabilitando a la extremidad siquiera de resistirse, fue como si se hubiera separado en millares de hilos hasta terminar gasificándose. El dolor se presentó por un instante diminuto, pues hasta los nervios parecían haberse cortado a la perfección. No sólo era el desconocer cómo contrarrestarle lo que le preocupaba sabiendo que ni la intangibilidad del Inton le había detenido, sino que, de arriesgarse, perder el brazo izquierdo significaría la muerte inmediata. Descartó inmediatamente cualquier posibilidad de invocar a Gure, en consecuencia, y recién lograba serenarse mínimamente cuando la oleada de gritos azotó al desierto.

La situación se truncaba a un punto de reacción inminente, y todo parecía indicar que, a partir de allí, cada paso al frente de cualquier bando se traduciría en letalidad, propia o para quien se atravesara. Dédalo se notaba dispuesta a encarar el peligro, y no se hizo de rogar; el primer vendaval metálico llegó en segundos, devorándolo con la sonrisa enfermiza de Zen acompañando el momento, en un disfrute tan ajeno al resto de la atmósfera que a Kohiko chocaba internamente; se adelantó a su compañero. El samurái avanzó sin más, en un movimiento tan sorpresivamente osado que los del rededor llegaron a creerle suicida; era gracias a su propia espada que lograba resistir, devorando continuamente todo lo que le lanzaran; sabía que el mecanismo del arma se resentiría, un poco más y hasta podría llegar a romperse, pero aquello había sido con la mera intención de llegar hasta Idara.

La tentación de desencadenar el caos con la capacidad más poderosa de su arma la sentía con cada pulsación, pero ponía por delante el estudio de un enemigo así, y sobre todo, la confirmación de sus sospechas: al intentar dar un tajo, el cuerpo simplemente cedió en un desastre de hojas perfectamente cortadas; intentó aventajarse con una bomba de luz, lanzada frente al Meijin al instante; ni se inmutó, no era cuestión de orgullo o temple, simplemente no veía razones para moverse ante ataques así, sería una pérdida de chakra considerando los enemigos por enfrentar. El resto de samuráis menores temblaban, en poses más propias de huida próxima que de disposición al contrataque, ¿y cómo no? Si ni sus generales eran capaces de encararle. Koko, sin ser un punto destacable en el combate, sonrió con pericia, habiendo dilucidado lo que, a su parecer, causaría la autodestrucción de los presentes, cada bando incluido. Setsuna y Udo no reaccionaron hasta entonces, cuando el segundo empezó a detallar el pergamino que la fémina sacaba de su armadura.

—Servirá de algo, después de todo —miró el pergamino, llenándose de una calma tan paradójica que los aliados más cercanos creyeron aquello como un acto suicida, pero nada más lejos de la realidad.

Las indicaciones de Doto y Kuteki habían sido sencillas, al punto donde cualquier ajeno al mundo ninja pudiese cumplirlas. Kohiko debería untar su propia sangre sobre el filo de Jormungand, dando un trazo firme sobre el pergamino desenrollado en el suelo; los dos expertos presentes en fuuin supieron lo que se avecinaba, y sus reacciones no se hicieron esperar. Yoi ignoró las intentonas de Kuronama por agredirle, lanzándose hacia la posición de la general para intentar evitar lo que se avecinaba, irónicamente, el estrafalario terminaría siendo útil más allá de su propia defensa: comenzó a concentrar chakra en la espada, impresionado por la habilidad recién descubierta; su único motivo real para acercarse había sido el mismo deseo de averiguar de qué se trataba, y encontró una que encajaba a la perfección con lo necesario.

Varias bombas de vacío surgieron entre la constitución de origami blanco, resintiéndose al reconocer de dónde venía tal fuerza, y peor aún: decenas de papiros se aproximaban desde la cima, generando una pared ardiente, cuyo contacto podría ser letal; la intención de Zen era encerrarle lentamente en un domo de su propia voluntad. Por encima de cualquier habilidad, el talento y facilidad de Yoi para imponer lo que él necesitara sobrepasaban cualquier intentona por el estilo; su alrededor se llenó de explosiones entre los papiros propios y los creados por Dédalo, claramente débiles en comparación, y por ende, bastaba un papiro del Meijin para contrarrestar un puñado de los generados por el general. Fuese aquel o no su objetivo, lo cierto es que había logrado lo que Kotoko tanto quería: una gran nube de humo rodeó la zona, llegando a quedar fronteriza con el punto donde Udo seguía observante.

—Ese sello…
—¿A qué nos enfrentamos? —preguntó la ANBU sin más.
—Eso me temo, no lo sé —apretó los puños, intentando erguirse como podía, una rama reseca le sirvió de bastón.

De entre la humareda, una silueta se difuminaba a tal grado que por un momento fue indistinguible de la propia nube: el sonido reptante de una criatura inmensa se acrecentaba, y su respirar bastó para esfumar la mayor parte de los residuos cerca de su cuerpo. Era algo serpentino, probablemente medía cincuenta metros de largo y unos modestos cinco de grosor; la criatura abrió sus fauces, mientras lo que parecía ser las escamas replicaban al ritmo de su corazón, su rostro era tan deforme que difícilmente sería comparable con una sanguijuela, y al parecer, aquello sólo era un acto de defensa inicial. Udo fue el primero en distinguirlo, con el ojo muy atento, Kohiko misma tardó en percatarse de su aparente aliado: una figura humanoide, de proporciones igualmente extrañas, pero mucho más cercana al tamaño humano; de apariencia fornida y cuernos sobresaliendo desde su frente, totalmente blanca, al igual que la otra bestia; un trío de dichos engendros se alzó frente al gusano gigante, y la petición de Udo le hizo entender a Setsuna que no se trataba de algo usual.

Junto a los recién llegados, el acompañante de los samuráis retiró sus prendas inservibles, develando una apariencia idéntica a las de los recién invocados.

―Invoca algo que me lleve hasta allá, rápido ―A Himekami le costó tomarse en serio la petición, no veía qué podría hacer en medio de aquel forcejeo de poderes con su estado actual―, si no tienes ninguna lánzame o llévame. ¿Quieren una oportunidad? No hay otra forma, si no llego hasta esas cosas, tanto tú como Ruigetsu están acabados.

No lo admitiría en palabras, pero el hombre le había demostrado en más de un punto su valía, cegada por un objetivo desconocido, pero que seguía siendo beneficiosa para ellos; asintió, apresurándose a invocar un zorro lo suficientemente grande para llevarle cual caballo; era un gasto de chakra mínimo en comparación a lo que veía avecinarse, pero sus fuerzas tampoco daban para mucho más. Administrarse sería primordial; Rui se mantuvo preparando energía natural desde que el duelo entre samuráis y el Meijin empezó, por lo que fue incapaz de distinguir, al menos con antelación, que sus sospechas eran ciertas:

Udo aprovechó la habilidad de su montura para camuflarse lo más que pudo, aunque sabía que la criatura frente a él era capaz de distinguir ante cualquier capacidad propia de las ilusiones, no era más que otra capa de entre sus infinitas confirmaciones, que por fin le habían llevado a tomar el paso más crucial de su misión: comenzó a generar chakra en la palma de su diestra, resintiéndose a un punto casi crítico, o al menos eso dejaba ver la técnica, con su brazo inyectado en sangre, como si fuese el segundo el explotar ese día, pero nada más alejado de la realidad. La llegada del respaldo los mantuvo estáticos hasta que Kohiko diese la primera orden, pero justo cuando se disponía, sucedió.

La diestra del minero se posó firmemente sobre el pecho de una de las bestias, confirmando su identidad al contacto; en ese instante, un remolino de energía succionó a ambos en contra de cualquier intentona del ser por salvarse, desapareciendo de la escena.

A Rui le bastaría terminar la meditación para percatarse de que, en efecto, el interés en los Moru era mutuo, y no podría confirmar entonces su otra sospecha, sabía que nadie se la diría.

~~~

La sangre escurría desde sus brazos y piernas, completamente inmovilizado; cada una de sus extremidades había sido obliterada por sus propias fuerzas, junto con el aplastamiento en poder de los esbirros del hombre frente a él. Se mantenía sólido, cual diamante intocable, una presencia tan magnánima y distante al mismo tiempo, a todos los ojos, una deidad encarnada. Ribashi jamás había sentido un dolor como aquel, sabía que retorcerse sólo lo empeoraba, pero era más dificultoso mantener los huesos, los músculos desgarrados, en los girones brutales en los que habían terminado; sabía que seguía con vida por mero capricho de su ejecutor, y rogaba que el destino aguardado por tantos años se cumpliese ante sus ojos, era lo último que deseaba ver, nada más le importaba. No era la primera vez que erguían a fuerza el cuerpo mutilado, y no esperaba que fuese la última, por encima de cualquier dolor indecible, no quería irse así.

El par de Moru dejó su forma terrenal para pasar a la humanoide y tomar al esperpento en el suelo, sosteniéndolo a la altura del sujeto. Un sello se reveló en todo su cuerpo, generando un portentoso latir, pero que fue incapaz siquiera de inmutarle; era un aviso de que su último invitado se avecinaba. Pudo sentir el chakra fluyendo por la habitación, condensándose lentamente tras de sí, pero no se movería.

Udo apareció, tan cojo como antes, sin rastro del Moru dejado atrás en el desierto; su aroma árido y suciedad indiscreta le hizo saber a su maestro, junto a la ausencia de una pierna, que había sacrificado tanto o más que él para lograr su cometido. El hombre simplemente se dejó tocar por un intento de sello aprisionador, similar a una pequeña barrera, una variante tan poderosa que hasta podría sellar a una bestia con cola de proponérselo. Era tal la exaltación de Udo al ver su meta casi cumplida que no distinguió las impresiones en el sello corporal del objetivo. Era una técnica reflectora, infalible.

El pulso de chakra rebotó al momento, y Udo no pudo tener un cambio más abrupto; ni la adrenalina le salvó de horror de sentir todos sus huesos crujir ante la repulsión, misma que era incapaz de devolver el chakra íntegro de la técnica en cuestión, pero eso poco importaba; es más, para el sujeto, era mejor así: volteó indistinto, con una mirada mortuoria, viendo el cuerpo del supuesto minero entre calambres y contracciones que no tardaron en dejar sus huesos y constitución entera en peor estado, inclusive, que las de su maestro al otro lado de la habitación. Ribashi no pudo evitar llorar en silencio.

―Xuen tuvo razón, entonces ―aquel era el nombre con el que sólo él conocía al samurái llamado Apolo―. Un maestro en sellos me intenta tender una trampa el mismo día que otro hombre casi logra aniquilarme con uno, casi ―pisoteó la única pierna retorciéndose tras de sí al instante, triturando piel músculo y hueso en su camino, fue casi un corte seco; un alarido ensordecedor emanó de Udo, incapaz de contener el martirio―, pero eso es lo más importante, casi lo hacen ―mostró una señal a los Moru a cada costado, indicándoles que despojaran de chakra a Ribashi, pero que a cambio, curaran sus heridas, sólo lo suficiente para que pudiese dialogar―. Y lo que quiero saber es… ¿por qué? ―la pregunta surgió con total neutralidad. Ribashi no podía ni creer que esperara una respuesta, pero el choque emocional era tan que hablaría, con más delirio mortuorio que razón.
―Dime… ―jadeó―. Tu nombre.
―Uzo, responde la pregunta ―con la misma neutralidad pisoteó su pie, a sabiendas de que había recuperado parte de la sensibilidad; se contuvo lo justo para no romperlo―. ¿Qué les impulsó a esto?
―No entiendo… ―le era imposible hablar con soltura, incluso tras la curación―. Como si importara.
―Son, ninjas, samuráis o como se definan, los humanos que más cerca han estado de acabar conmigo, y claramente su determinación fue superior a todo lo que se previó. ¿Qué motiva a una persona a comportarse así? Quiero escucharlo, cura mi ignorancia.
―Púdrete ―soltó Udo. Uzo ni siquiera reaccionó―. ¿Dónde mierda está Totoro?
Ah, el otro espía. ¿Shuuei lo mató, no? ―Uno de los Moru asintió ―No me lo tomo a la ligera, ni es un intento de manipulación. Si me lo explicas, puedo dejar que me mates. Los admiro, en serio, nadie había estado tan cerca ―su tono delataba una sinceridad imposible, pero en aquellas alturas, Ribashi era más complaciente que cualquiera.
―Sé que tú fuiste quien aniquiló Pibotto.
―¿Y eso qué tiene?
―Mi familia, mi vida. Todo estaba en ese lugar, pero eso fue lo de menos ―Sin el añadido, ya le hubiesen cortado la garganta por la simpleza―. Supe que mi camino debía ser aniquilarte luego de investigar. El daño que has hecho… no eres ni siquiera un tirano, ¡eres la muerte! ―soltó, tosiendo un poco de sangre. El propio Uzo se la limpió, sin dejar atrás la indiferencia.
―Me imagino que también sabes lo de To, entonces.
―Sí ―no dejaba de jadear.
―Entonces ―se sentó frente a él―, ¿crees que tanta ruina es por nada? ―vio a Udo tras de sí; no era su intención insinuar la hipocresía en sus palabras, él mismo recién se percataba de ella, ni la tomaba en cuenta como algo importante―. ¿Toda tu motivación vino de años y años con el rencor de saber que fui yo?
―El mundo es de bandos, ¿no? ―aquello vino con un aire sardónico, hasta hizo que levantara la cabeza levemente.
―Me complaces. Hoy lograste dos cosas, muy raras las dos, todo lo que planeaste y ser la primera persona que me dice lo que quiero oír. Te habría querido como aliado en otra vida ―le tomó del rostro, Ribashi volvió a llorar. Quería morir―. Pero tú mismo lo dijiste, esto va de bandos. ¿Sabes por qué tuve que hacer lo que hice en Pibotto? ―sólo un silencio como respuesta―. Yo también tengo rencor, uno que va más allá de ira y esas cosas. Unas cuantas vidas no iban a ser problema para lograrlo, nunca lo fueron. El mismo mineral que usó tu estudiante para perseguirme es el que necesito, y tengo prisa con el rumor del Rinnegan rondando por ahí. Dime, ¿te dolía saber la cantidad de gente que debió morir por mano propia? En tu intento de hacer esto realidad.
―No.
―Sí. Te digo, a mí tampoco me importan, no debería. Me caes bien, gracias por enseñarme todo esto.

Un corte seco decapitó al anciano.

Uzo no lo ignoró ni por un segundo, pero fue plenamente capaz de intimar con los deseos de Ribashi al punto de omitirlo. Lo había sentido, muy claramente, el chakra de Ruigetsu Hozuki.

La vida de Udo quien no había hecho más que seguir el rastro de Uzo su vida entera, llegó a su fin, con la desesperación del fracaso.



NPC's mencionados en el post:
-Apolo
-Uzo

La información sobre los Moru se encuentra en el spoiler correspondiente en la ficha de Uzo. Se añade uno especializado para el terreno desértico, cumple con las mismas características generales que el resto:
 
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Y la lista se acrecentaba. Innumerables eran las víctimas de Uzo, el asunto en Pibotto no había sido sino un peldaño más rumbo a sus ideales, la destrucción de un poblado insignificante se sumaba a los esfuerzos conjuntos en pos de algo mejor. Sin embargo, debía reconocer, Ribanshi y sus esbirros llegaron lejos aunque el final no fuese diferente de lo estipulado, si no murieron en aquella masacre, como debió haber sido, años después el destino los atrajo a su lugar. Totoro en su intento por desacreditarlo tomando el rumbo de To, creyendo que explotar desde adentro podría causarle daño. Udo uniéndose a las filas obreras de la empresa para robar sellos y terminar en alianzas dudosas que, de igual forma, lo condujeron a la muerte ¿Existía alguna ganancia en todo ello? ¿El esfuerzo de sus vidas valía la pena? Había almas que rompían toda regla buscando un objetivo más grande que sus cabezas, destruyéndose en el intento. Fracaso. La sangre bajo sus pies era la prueba más insolente, la risa más burda para aquellos que pensaban que el esfuerzo era todo. No le causaba pesar.

.
.
.

El Moru desapareció ante sus ojos al igual que Udo, restándole uno a la ofensiva samurái. Setsuna no sabía si sentirse aventajada tras la afirmación del minero ahora ausente. Ni siquiera comprendía la naturaleza de los seres de cornamentas o su relación con los samuráis. Al girar sobre su hombro, halló a Rui concentrado en la asimilación de energía, posiblemente era su forma de prepararse para lo que sería una batalla inminente entre las tres facciones. En apariencia, el sujeto de las nubes rojas era el enemigo en común. Realizó una larga cadena de sellos haciendo que la marca característica del jutsu apareciera en su frente, resplandeciendo como una semilla. Sería el primer paso antes de desencadenar el potencial completo de la técnica madurada.

Los samuráis, sin embargo, iniciaron con la ofensiva al primer movimiento del albino. Éste fue levantar las láminas de metal que se mantenían incrustadas en el suelo para triturar con ellos a los pocos sobrevivientes que recién se disponían a huir. Lo hizo sin necesidad de mover alguna extremidad, disminuyendo a carne a sus víctimas en una especie de molienda rápida; en ese momento, cuando las hojillas se mantenían suspendidas en el aire, Jormungand hizo acto de presencia, refulgiendo con su maravillosa capacidad de magnetismo. Las chispas saltaron atrapando en su imantación el papel de metal, redirigiéndolo con soltura amén de la materia prima. Se alzaron por unos metros más y danzaron alrededor de Yoi en un juego de amenazas, sus ojos azules apenas se levantaron para mirar el efecto de Koko sobre su propia técnica. En cuestión de un segundo las placas finísimas se ajustaron y descendieron como una lluvia cercenadora y para cuando lo hizo, el propio varón se había deshecho en láminas de papel, descascarándose. Barrido por un viento artificial propio de la técnica avanzó por unos metros para volver a reintegrarse con rapidez. Extendió el brazo y del mismo emergieron cuadros pequeños cuyas caras estaban marcadas por un sello, abalanzándose contra el equipo samurái a lo cual Kohiko volvió a tomar control de las hojas de metal para rebanar las de papel en un intento por invalidarlos. El cruce al contacto provocó varias detonaciones, de la misma forma, Yoi recuperó el control de su propia creación en una demostración de poder, invalidando el efecto de Jormungand. Volteándose en su ofensiva, las hojillas cambiaron de dirección, siendo los Moru los que se posicionaron al frente para fungir como una pared. Extendiéndose como una masilla moldeable y densa detuvieron el contrataque, sin embargo, el resto no se lo esperaban. El espacio se dobló, con la facilidad con que se realiza papiroflexia para poner una cara sobre otra, haciendo aparecer nuevos papeles sellados del otro lado de la protección de los Moru, es decir, hacia la cara interna que intentaban proteger. Entre la defensa y la tormenta blanca, los generales samurái no tuvieron escapatoria, fue necesario que Koko clavara el arma en el suelo para liberar un pulso se chakra, mismo que alteró el valor gravitatorio de los proyectiles, no logrando que descendieran como piedras ante el aumento de peso, pero sí deteniéndolos. El individuo encapuchado que estaba al lado de ellos ni se inmutó. Tiempo suficiente para que el Moru ejecutara una torsión y abriera su “boca” para engullir el papel. La detonación se llevó a cambio en el interior del ser, cualquiera esperaría verle caer en pedazos pero solo humo negro emergió de sus fauces tras el estrépito, desinflándose.

―Crea una abertura―si tan solo fuese capaz de alcanzarle con Dédalo podría no solo robar sus técnicas, lo cual era su objetivo principal amén de la experimentación, sino impedirle el uso, cosa ventajosa. Kohiko no contestó, comprendía que la petición era complicada. De funcionar podría otorgarles la victoria. Deslizó los ojos hacia el encapuchado, todavía sin interés de inmiscuirse en la batalla, más allá de eso, reptaba cerca otro de los recursos de To. Mientras tuviera el resto del pergamino blanco en sus manos era la “dueña” de las criaturas y podría usarlas a su antojo. Era como jugar al ajedrez en realidad, movería sus piezas estratégicamente para darle espacio suficiente a Zen. Órdenes mentales serían enviadas a los seres, ni siquiera ella comprendía del todos sus capacidades pero con lo poco visto, los podía comparar con una torre. Su primera precaución fue ascender a Jormungand de nivel, alcanzando un mayor nivel de fusión. En seguida las partículas de metal adyacentes comenzaron a levitar a su alrededor para unirse a su armadura habitual y engrosarla, a sabiendas de que el papel cortante sería lo primero en contrarrestarles. Solo su rostro quedó expuesto.

―Mantente en movimiento y espera a mi señal.

Las fauces de la serpiente se abrieron como en un grito de guerra, los dientes aserrados parecían tener fin hasta el fondo de su garganta. La masa comenzó a moverse rumbo a Yoi, deslizándose con facilidad por la arena del desierto, no pasó desapercibido para nadie. Una oportunidad perfecta para liberar su brutalidad, si es que se estaba cansando ya de lidiar con los samuráis. Hizo sellos de manos dispuesto a terminar con la criatura en una sola emisión, alzó las manos y el fulgor semejante que destruyó el brazo el brazo de Ruigetsu volvió a acumularse en cantidad. La serenidad en sus facciones hacía imposible discernir que una serpiente estaba por devorarlo y aun cuando se abalanzó ferozmente, Yoi no se movió ni un ápice. Lanzó el ataque apenas a unos metros de que el escamoso llegara, logrando eclipsar la tenue luz de la luna con la proyección de su sombra. El resplandor de la técnica pareció exacerbarse cuando el Akatsuki liberó el chakra en una especie de rayo. En un parpadeo al menos la mitad del Moru serpiente se desintegró en una grotesca explosión, no de vísceras, dada la constitución del ente. Desfibrado por la conjugación de cercanía e intensidad los trozos esparcidos por la arena comenzaron a moverse a manera de gusanos blancuzcos cuya vida tomó una trayectoria definida. No se trataba de un intento por reagrupar las células sobrevivientes (o funcionales) para reformar a la criatura, sino de una lluvia intencional. Como bien pudo notar el ojo capacitado de Yoi, reconociendo la naturaleza del yo
ton, los trozos que arremetían contra él no eran sino la porción visible para una pupila normal, aunado a ellos se hallaban las miles de partes microscópicas suspendidas en el aire dispuesto a horadarlo.

Pocos lo sabían, pero los Moru eran básicamente indestructibles. Hacía falta conocerlos a detalle para hallar su punto débil, un asunto de precisión tan ensayado como encontrar por primera vez el punto de fusión del agua.

Las partículas fungieron como diminutos meteoritos, gránulos del tamaño de la arena que pisaban. Fue instantánea la reacción, por efecto, Yoi buscó deshacerse en un centenar de hojas de papel, la mejor manera de eludir lo ineludible. Sin embargo, Kohiko lo predijo. Al mismo tiempo, la mitad no destruida de la serpiente, se movió, inflándose para explotar y unirse a la ofensiva milimétrica de tal forma que era como una pared de granos de Moru. Comenzaron a volar los papeles más la división del Moru fue mayor en concentración, no dejando ni uno de ellos sin alcanzar. La escena fue como ver al Akatsuki ser atrapado por una tormenta de arena blanca.

Yoi contuvo la respiración cuando sintió que le era imposible diluirse al verse sobrecargado por la presencia del Moru. De hecho, su técnica de transporte funcionada si al menos uno de los papeles salía libre, pero este no era el caso. La horadación fue total. Diminutos agujeros que no dejaron nada intacto. Al Meijin no le quedó más que volver a reintegrarse para protegerse, elaborando con facilidad un muro de papel. Por su retaguardia, Zen dio un sablazo con Dédalo, cubierto por las partículas del otro Moru como protección, gránulos que orbitaban alrededor de su cuerpo para protegerlo de los primeros, volviéndolo técnicamente indetectable.

La tela se nubes rojas se rasgó.
 
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All we hear is "radio ga ga, radio blah blah"
Moderador
Pensaban que les estaba echando puro cuento sobre la corrección seguro, ¿eh? ¡PUES NO! Y por fin he concluido, por fin pese a mis dificultades técnicas. Han sido pacientes y es algo que se les agradece en verdad.

La corrección no será elaborada como se pensaba desde el inicio, pero espero que sea suficiente y que les sirva de consejo tanto como lo deseen y cuanto quieran tomar mis palabras; en algunos aspectos seré algo subjetiva pero creo que esto lo amerita y ya sabrán a qué me refiero; no obstante, lo que puedan recibir de recompensa no se verá afectado para nada.

De todas las propuestas puedo asegurar que esta es la más estructurada. Si ya la venían planeando desde hace mucho tiempo, vaya que la supieron acoplar en la actividad; y si todo surgió al ritmo normal que transcurría la actividad, les felicito. Cualquiera podría decir que es un montón de caminos los que abarcan pero en verdad no es así; su centro, lo que les ha permitido unirse, ha sido una sola problemática… Para mala fortuna, no ha sido el punto principal de la actividad y eso resta puntos a la trama en sí misma, ¿por qué? Pues el rinnegan solo ha sido una situación conveniente para explotar otra historia; ha sido solo una vertiente, no una prioridad. Debemos recordar que esta era una gigante misión trama de Modan sobre un hecho ya establecido. En cambio en su propuesta ha predominado más el que un grupo de samuráis ha querido actuar independiente del Shogun y tras eso se ha formado un caos que por x o ye razón Setsuna y Rui han querido evitar, no por ser héroes, porque ambos eran conocedores de lo que hacía el famoso To, sino por sus planes personales.

Pero antes de que malinterpreten, no estuvo mal que quisieran aprovechar el asunto para desarrollar sus propias tramas que más que un mismo game master, solo conocen ustedes; pues en parte era algo que permitía un pergamino, solo que no tan aislado del hecho principal en el que se vieron involucrados demasiados nombres. Aprovecho aquí para dar un primer consejo: cuando tengan la intención de meter a mil y una persona en su plot, traten de dejar mini fichas, explicar un poquito más sobre quién es quién… porque para cualquiera que tuviera que seguirles los pasos sería fácil perder sentido. Y, personalmente, no hacía falta introducir a demasiados personajes en algo que es general, ¿saben por qué? Porque al final la historia seguiría siendo contada gracias a un GM (moderador en este caso), y lo que menos se quiere es alterar sin prudencia elementos que son muy personales (NPCs creados por usuarios, por ej.).

Continuando con lo que haya que puntualizar, esto sí será una reprimenda sana: en el mundo de Naruto no hay goblins ni seres de esa estirpe. La creatividad es amplia pero tiene su límite y en este universo no está contemplado el que haya seres así. Para tal caso pudieron preguntar si podían incluirse y esperamos que una próxima vez sea así.

Respecto al pergamino rojo, tuvimos una conversación sobre su uso adecuado y la interpretación que ustedes le dieran a la descripción, que en verdad el beneficio debía caer sobre los personajes protagonistas y no en cualquier otro elemento de la trama (como afectar a los samuráis cuando sus personajes ni siquiera estaban por ahí).

Pese a que ocurriera con un pergamino rojo, la escena en la que los samuráis pierden las espadas me gustó; el cómo sucedió y el que se aprovecharan las habilidades pertinentes para que eso sucediera.

Respecto a la interacción: se complementaron bastante bien. La manera en la que unieron a sus personajes en la historia les ha quedado muy buena, porque no lo hicieron en un dos por tres, sino que se tomaron el tiempo de narrar un inicio por separado hasta llegar al cruce que les uniría. De ahí en más a cada personaje que hiciera acto de presencia supieron darles emociones, sentimientos, los diálogos han quedado bien (ninguno pintó forzado, ni queriendo aparentar ser el más “cool”); la descripción del lugar y la psicología de sus propios personajes no dan a pensar que son novatos en esto, pues demuestran lo que en verdad son ustedes dos.

Sin embargo, he aquí mi punto subjetivo del día y que comparto con más de una persona, pues me tomé la libertad de preguntar a personas que sé les leyeron, porque quería saber si era cosa solo mía -por gustos y eso- porque de ser así no vendría al caso mencionarlo, pero creo que es importante aunque no afectaría la recompensa: y es que deberían considerar suavizar el estilo de escritura a uno no tan rimbombante. Como se diría respecto a las artes y lo que plasman ustedes, sería muy similar al fovismo: mucha estética, muchos adornos, para decorar la narrativa por no querer recurrir a lo llano. A cualquiera le queda claro que tienen dominio de la palabra y se expresan de manera exquisita en sus post, lo que es un gran logro para cualquier persona a la que le guste escribir, pero trayéndolo al plano de rol, no en todos los modos de juego sería preciso recurrir a este estilo porque podría llevar a que el lector y otros jugadores que no tengan un dominio similar, se saturen; incluso podrían confundir a otros, cuando tal vez la idea que quieran describir en verdad no sea compleja. En sí cada quien crea su propia forma de escritura, la desarrolla al modo que más le guste, pero considero ideal aprender a ser versátil al respecto para que así pueda haber una interacción más fructífera entre las partes (escritores y lectores). Si optaran por escribir fics, este estilo podría ser muy ideal; no así, en su totalidad, en un juego de rol.

La recompensa que recibirán estará ajustada a una misión rango S.


St. Mike St. Mike Yukii Yukii
 
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