She Made Me Her Man

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19 Jun 2010
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Hola, amigos del foro, esta es mi nueva historia. Es tanto una historia futanari como una historia de vida. Ahí les va la sinopsis:


Griselda es una chica cualquiera, un poco más mediocre, pesimista y huraña de lo normal. Sin embargo, cuando conoce a una misteriosa chica de nombre Nayeli, su vida empezará a remontar... Aunque tal vez en un rumbo distinto del que ella hubiera imaginado.

**NOTA**

ESTA HISTORIA FORMA PARTE DE UNA SERIE DE RELATOS INTERCONECTADOS DE VARIOS GÉNEROS, SOBRE LA VIDA DE GRISELDA.

LA HISTORIA QUE ANTECEDE DIRECTAMENTE A ÉSTA ES:
https://forosdz.com/showthread.php?p=1283413#post1283413
SIN EMBARGO, PUEDEN LEERSE COMPLETAMENTE POR SEPARADO SIN NINGÚN PROBLEMA.



SHE MADE ME HER MAN


1


Todo esto comenzó en uno de los peores momentos de mi vida, y no por coincidencia.
Acababa de reprobar el cuarto semestre de la Carrera en Literatura, y no podía sentirme más fracasada. Las lágrimas se me habían terminado; me había sumido por tres días en una odiosa depresión, acostada en mi cama, incapaz de cuidar de mí, de andar a cualquier lugar que no fuera el baño, o tener el mínimo cuidado de mi aseo personal.
Mi hermano mayor, en cambio, así como todo el resto del mundo, habían culminado exitosamente un ciclo laboral más, y para él era el momento justo para celebrar. Así que no pasó media semana para que organizara una gran fiesta en el piso que compartimos, invitando casi a tres docenas de los amigos de nuestro círculo.

Desde luego, nada podría haberme molestado más, pero estaba sumida en tal apatía que ni siquiera intenté discutir para oponerme; de hecho, sin hablar con él, comunicándome únicamente a través de gemidos y gruñidos.
Cuando la noche llegó, sólo pude suspirar al escuchar los sonidos de la gente llegando, y con toda la flojera del mundo, caminé a rastras hacia la puerta de mi recámara y cerré con llave. Luego, me cubrí con la almohada para tratar de apagar el ruido del exterior. Pero todo era inútil; los sonidos de la música psycho a todo volumen, las pláticas, las charlas y carcajadas de mis amigos, sus zapatos retumbando en el suelo mientras bailaban, y los chirridos de sillas y muebles que movían de acá para allá, eran insoportables. Sencillamente, no podía soportarlo.

Reconocía cada una de las voces que venían de afuera, fueran amigos, familiares o conocidos míos o de mi hermano, pero simplemente no podía soportar el escuchar a todos disfrutando y divirtiéndose, mientras yo permanecía tirada en mi cama, sintiéndome una fracasada. Me hice un ovillo, tapando mis oídos con las almohadas, mientras tiritaba esperando de algún modo caer inconsciente y que todo terminara pronto. Pero fue en vano.

Tuve que soportar por cuatro horas seguidas, tragándome todas y cada una de las actividades del séquito que nos acompañaba a la fiesta. El alcohol, las drogas y los videojuegos corrían de mano en mano, y lejos de parar, la música parecía irse haciendo cada vez más fuerte. Para las dos de la madrugada, dos tercios de la compañía se habían largado ya a continuar la fiesta afuera, sin embargo eso no redujo para nada el ruido; con los que quedaban, la fiesta había degenerado más y más, y desde mi cuarto podía escuchar los gemidos, jadeos y fajes, de las distintas parejas (en ocasiones, más que parejas) que se habían formado para terminar la noche en actos de pasión donde no había reglas.

¡Justo cuando pensaba que la situación no podía ser más dolorosa para mí! A los 23 años de edad, me sentía ya una solterona de por vida; nunca había logrado conseguir novio, seguía siendo virgen, y en mi vida había sido siquiera besada. Así que, con un ruido como salido de una película porno detrás de mí, sólo pude retorcerme en mi cama, quejándose, y deseando que mi existencia terminara lo más pronto posible...

Entonces, la puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Una cascada de luz proveniente de fuera me bañó, y pude reconocer fácilmente la sombra de mi hermano.
- Gris, la cama se necesita; desalojando, por favor – me pidió con premura, sin importarle en lo absoluto mi estado.

No pude siquiera levantar la cabeza para verlo. Pero tras de él observé dos sombras más, seguramente de una pareja que quería mi cuarto para hacer en él sabe qué cosas. Mi hermano no se anduvo con juegos; caminó directamente hacia mi cama, y cuando menos pensaba, sentí su mano agarrarme con fuerza de la muñeca.
- ¡Griselda, por favor! – me gritó, fastidiado, mientras yo seguía sin volverle la cara. – No puede uno pedirte una cosa en el año...

Teo me llevaba 3 años de ventaja, y desde que dejamos nuestro pueblo y nos mudamos a la ciudad, había cuidado de mí. No sólo era quien traía dinero para el departamento y para pagar mis estudios, también era quien se encargaba principalmente del aseo de la casa, ya que yo pasaba demasiado tiempo fuera en el camino de ida y vuelta a la Facultad.
Exasperado, me tomó también de la otra muñeca, y me volteó para verme. No pude presentarle otra cara que la de esta perra fracasada, sin maquillar y con los ojos hinchados de llorar, mi negro cabello suelto y desarreglado, mis carnosos labios estirados en una sonrisa invertida, y una expresión de triste apatía en mi rostro.

Por un segundo, mi hermano lució realmente alarmado, pero luego de examinarme de arriba abajo, pudo más su compromiso con sus amigos:
- Te pedí que te arreglaras para la fiesta – me recriminó, poniendo una expresión de disgusto al verme descalza, vestida con el mismo suéter y jeans que no me había quitado en toda la semana. - ¡Mira nada más!
Sin mayores miramientos, me jaló tirándome de la cama; y me jaló de la muñeca para sacarme a rastras del cuarto. En tan débil estado me encontraba, que no forcejeé en lo más mínimo. Tampoco pude alzar la cabeza cuando salimos por el portal, pero sí llegué a intuir, con amarga vergüenza, cómo los dos invitados no me quitaban los ojos de encima durante toda la escena, antes de por fin apropiarse de mi cuarto.

- ¡Hazte cargo de ti misma, por el amor de dios! – siguió regañándome, mientras me arrastraba por el pasillo, y yo gateaba a trastabillas.

Pude discernir, en el tapete de la sala, dos personas dormidas en sofás, y sobre la alfombra un cuarteto de invitados, vagamente iluminados por la flama de una pipa, torcidos en posturas de degeneración unos sobre los otros.

Nos detuvimos frente al baño. Teo empujó la puerta y me arrojó dentro, luego entró y cerró por dentro. Me cargó por los brazos hasta la tina, donde abrió la llave. El agua estaba fría, y logró su cometido de cuando menos hacerme respirar.

- ¿Hace cuánto que no te bañabas? – me preguntó, con disgusto.
No tuve ni siquiera aun intento de responder. Conforme la bañera se llenaba, mi hermano no se anduvo con movimientos, y de un tirón me bajó los pantalones con una mano.

- ¡Dios, al menos pudiste haberme pedido que te lavara esto! – comentó. Y luego me levantó los brazos y me sacó el suéter.

Empujó después mi cabeza hacia el chorro de agua, y mi cabello comenzó a empaparse, largos gusanos de agua corriendo por todo mi cuerpo. Sólo me quedé ahí sentada en la tina, desnuda y adolorida, mientras frente a ésta, mi hermano me supervisaba en cuclillas.
- Sé que estás pasando un momento difícil, Griselda – dijo al cabo, más calmado, acariciando mi brazo con su mano. – Pero tienes que hacer algo para salir de esta apatía. Tanta depresión no te llevará a ningún lado.
Me quedé mirando fijo, ahí abajo, hasta notar el semblante de mi hermano, aún más preocupado, pero paciente. En un par de minutos, el agua me había lavado por completo, pero seguía sin reaccionar. Resignado, Teo cerró el grifo del agua con una mano, quitó el tapón de desagüe, y aventó sobre mí una toalla rosada, con la que comenzó a secarme y tallar mi cabello.

- Hablaremos de esto mañana... – me propuso, mientras secaba con el trapo entre mis piernas. – Por ahora, quédate aquí sentada y relájate. Vendré por ti en unos minutos; vas a dormir en mi cuarto, pero hay que esperar a que unos amigos se desocupen.

Sus palabras no causaron la mínima emoción en mí. De hecho, estaba demasiado adormilada para prestarle atención a cualquier cosa. Teo me cargó fuera de la tina, y me sentó sobre la tapa del inodoro, mi cuerpo todavía fresco de la bañada.

- ¡Ahora vuelvo! – se despidió, saliendo por la puerta del baño y cargando mi ropa mojada hacia fuera.


Cuando menos, debo admitir, a este sitio llegaba menos ruido que a mi cuarto. Era nuestro baño privado, así que nadie me molestaría, pues el de las visitas quedaba a varios metros de ahí. Apagué la luz, y me quedé ahí, vegetando, con mis nalgas desnudas sobre el frío forro del asiento, sin poder pensar en nada, y la cabeza bamboleando del sopor que me invadía. Minutos pasaron. Primero cinco, luego diez... Todavía alcanzaba a percibir ligeras resonancias de actividad desde fuera, cuyo hipnótico flujo me hacía imposible sumergirme completamente en el sueño que deseaba. La noche fuera era quita, y había luna llena.

De repente, la puerta se abrió de fuera, y antes de que pudiera hacer nada por reaccionar, un brazo, envuelto en una camisa conocida, se introdujo de prisa, arrojó algo directamente hacia mí, y salió como un rayo para volver a cerrar. Obre mi regazo habían caído un par de prendas. Estaba demasiado oscuro, pero por el tacto de algodón, supe que era ropa interior; por su tamaño, una llana camiseta de algodón, y un calzón. Estaba comenzando a helarme, así que me venía bien.
Puse el seguro a la puerta, y con toda la pereza que me restaba, subí los brazos y me calcé la playera, e intentando levantarme lo menos posible, alcé una pierna para que pasara el calzón; con un suspiré terminé, y volví a quedarme quieta, jorobada hacia el frente, con el cabello aún mojado, y sintiendo ganas de llorar. Definitivamente, ese fue el peor momento que tuve en toda mi vida.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó después; tal vez me quedé dormida, sólo en trance. Lo que me despertó a continuación fue el ruido de la chapa. Alguien intentaba abrirla con mucha fuerza, pero la había asegurado. Luego de eso, un par de golpes fuertes y secos en la puerta; y antes de que pudiera hacer nada, ésta se abrió de golpe. Mi hermano estaba de nuevo frente a mí, ahora mirándome con una expresión implacable. Sin explicar nada, se me acercó y me levantó del asiento, cargándome en brazos.


No tenía idea de lo que ocurría, ni qué hora era, pero el apartamento estaba a oscuras. Avanzó conmigo por el pasillo, que lucía completamente a solas, y de una patada abrió la puerta de su habitación. Pensé que me aventaría a su cama. En vez de eso, se detuvo frente al portal, y volteó. Luego lo hice yo; sobre de su cama, en la oscuridad, se veía una figura metida entre las sábanas, pegada a la pared. No podía discernir quién era, y mucho menos sin mis lentes, pero parecía voltear hacia nosotros, con interés.
Mi hermano emitió una leve risilla, y sin advertir nada, me empujó por la cadera, dándome la vuelta; no tenía palabras para decir cuando hábilmente alzó una de mis piernas, separándolas y colocó una mano bajo cada uno de mis muslos, alzándome con facilidad y dejando vergonzosamente con la entrepierna expuesta al frente. De ese modo, me cargó frente al lecho, mientras yo batallaba por decidir si resistirme o pensar qué es lo que se le ocurría; hasta que me atreví alzar la vista y mirar hacia la cama; iluminada por los escasos rayos de luz que entraban por la ventana, estaba la silueta del rostro de una mujer.
Redondo, cubierto hasta la frente por un velo de cabello lacio, negrísimo y refulgente, su rostro lucía pálido e infantil, cruzado únicamente en la parte inferior por una larga y llamativa franja de carmín. La muchacha, cuya edad no podía determinar, por lo extraño de sus rasgos, sonrió mostrando dos perfectas hileras de dientes, blancos y redondos como perlas, y debajo de sus cortas y profusas pestañas, noté un brillo en la mirada de sus negrísimos ojos. Lenta y armoniosamente, de debajo de la sábana surgió un largo y pálido brazo, que ascendió con peligrosidad, avanzando directamente hacia mi entrepierna.
Alarmada, eché un vistazo abajo, sólo para descubrir, con horror, la escandalosa forma en que me hallaba vestida. Aquella prenda inferior, que en la oscuridad pensé era una panti de mujer, ¡no era sino una de las trusas de mi hermano, con su cremallera de tela en forma de Y, luciendo chocantemente en la entrepierna de esta señorita! La chica no se inmutó en lo más mínimo, y tan pronto sentí las puntas de sus dedos rozar la superficie de mis trusas, apreté los párpados, sintiendo venir un escalofrío. Con gran sutileza, la mujer acarició suavemente la superficie de la trusa, plana en relieve casi por completo, bajo la cual no había ni pizca de lo que normalmente debería de haber. Conforme sentía esa invasión a mi privacidad, no pude evitar emitir un leve gemido, y apretar los dedos de mis pies descalzos, tratando de no explotar en convulsiones por ese extraño tacto.

La chica, antes que molestarse, pareció sonreír con un gusto felino, y me pareció escucharla deleitarse con un chillido de su garganta:
- Mmmhhhh...

Su placer era evidente, pero pronto separó su mano de mis ingles. Temerosa y avergonzada, abrí los ojos, sin saber qué esperar. Alcancé a ver a la chica intercambiar una enigmática mirada con mi hermano, aparentemente. Pero entonces la pude contemplar con más detenimiento: Había sacado casi la mitad del cuerpo fuera de la sábana, y parecía estar vestida justo como yo: Con una simple camiseta de algodón, sin nada abajo. Por el espacio que ocupaba bajo las frazadas, supe que era bastante chaparrita, incluso más que yo, y algo regordeta, pero mi sorpresa llegó al descubrir que su busto era tan enorme que sus pechos ni siquiera alcanzaban a observarse por completo, y una parte quedaba cubierta por la sábana. La rara dama ahora se retiraba a la izquierda, dejando un espacio libre a su lado sobre el lecho.

Impresionada y confundida, intenté voltear hacia arriba para pedir una explicación a mi hermano, pero sólo sentí cómo este se agachaba, bajándome casi a la altura de la cama. Al mismo tiempo, la otra señorita apartaba la sábana de mi lado, como para dejarme entrar junto con ella. Sin que yo tuviera ni idea de lo que estaba pasando, mi hermano me acostó a su lado, dio una mirada final a mi confuso rostro, y luego de asentir hacia mí y mi nueva compañera de cama, se dio la vuelta y se retiró.

Cuando escuché que aseguraba la puerta frente a nosotros, no tuve ni idea de qué hacer. Estaba cansada, así que salir de la cama no era buena idea; pero tampoco tenía pensado dormir con esta muchacha, por alguna razón, a mi lado. Me quedé en blanco por un par de minutos, intentando decidir mi curso de acción: ¿Ir tras mi hermano? ¿Replicar? ¿Preguntar qué ocurría...? El silencio pronto se volvió incómodo, y algo a mi pesar, al fin, como por instinto, volteé con sorprendente rapidez para encarar a mi nueva amiga.

- Hola – me dijo, con una sonrisa, tan pronto volteaba a verla.
Ni siquiera supe si contestar. Escondí mi nariz bajo las sábanas, que sostuve con las puntas de los dedos, esperando que con eso entendiera que quería que me dejara en paz. Volteé a ver al frente, intentando con eso desaparecer; pero ella me siguió mirando, algo divertida. Al cabo de un rato, hizo algo que me pareció una leve risita, tomó aire, y sin moverse en absoluto, me preguntó:
- ¿No te acuerdas de mí?

Hablar no era una opción. Sólo cerré los ojos con fuerza, los volví a abrir, y negué con la cabeza, bajo las sábanas. La chica siguió sin apartarme la vista de encima, como quien acecha a una presa, y al ver que no contestaba, añadió:
- Soy Nayeli.

Apreté los párpados. Aunque yo no quisiera, su nombre viajó en círculos por mi cerebro, aunque no encontró ningún sitio de dónde agarrarse. Un par de segundos más tarde, agregó:
- Nayeli Cano. Octavo semestre. Estamos en la misma carrera – aclaró, con naturalidad y algo de diversión.

Sólo entonces empecé a recordar. Sí la había visto. La veía seguido de lejos, junto a otras dos o tres amigas, charlando. Vestía ella algo señorial, siempre, usualmente blusas finas, de color caoba o negro, y faldas largas, con medias de licra y zapatos de tacón. Siempre llevaba un par de alhajas discretas, como largos collares, y pulseras con piedras. Y por lo que entiendo, iba bastante en serio. No era para nada una estudiante holgazana como yo; por el contrario, estaba muy metida en promoción cultural, y según creo recordar por algunas veces que oí o leí su nombre por ahí, a poco de que ingresó a la carrera ya estaba trabajando como redactora para revistas, coordinadora de eventos, y cosas así. Era de ese tipo de personas Alfa de la carrera, que yo siempre veía de lejos, que sabía jamás iba a ser como ellas, y no llegaba a entender cómo es que lograban tantas cosas. Y claro, que muy profundamente dentro de mí, envidiaba, por pertenecer a ese tan selecto grupo.

Y ahora, por alguna razón que no comprendía, estábamos acostadas juntas en la misma cama, en ropa interior. Algo que jamás hubiera podido siquiera imaginar, de persona tan distinguida. Internamente, agradecía a mi hermano por haberme mandado a la tina... Al menos, me sentía limpia, si aún de todos modos inferior a ella... ¿O había sido todo eso, acaso, parte de un plan de mi hermano...?

Eso me preguntaba, abstraída y mirando hacia otro lado, cuando con un movimiento también muy natural, Nayeli se inclinó, y deslizando su brazo por detrás de mi espalda sin pedir siquiera permiso, me estrechó contra ella. A pesar de su menor estatura, achicopalada como yo estaba, mi cabeza quedó a la altura de su cuello, y pude sentir cómo mi cabello, todavía húmedo, le rozaba la nuca. Aunque mi instinto sería apartarme, sólo pude quedarme congelada, los ojos abiertos grandes, a la expectativa.
- Tú eres del cuarto, ¿no? – me preguntó, alegremente. – Sí, el ciclo pasada fui a invitarlos a la Vienal de teatro, ¿por qué no fuiste, eh? – inquirió, simpáticamente.

- Yo... No me acuerdo, creo que estaba ocupada – respondí, sorprendiéndome incluso a mí misma por la rapidez con que reaccioné (probablemente, mi cuerpo sabía que era forma de empezar a hablar, aún cuando yo no quisiera).

- Bueno, pues equis – le restó importancia a todo, muy a la ligera. – ¡No sabía que el Teo era tu hermano!

- Yo no sabía que te conocía - batallé otra vez un poco para contestar.

- Pues sí, solemos coincidir en algunos eventos – me reveló Nayeli. Sorprendentemente, la conversación con ella era bastante amena... Para ser la persona que siempre creí que era. – de hecho nos conocimos desde la secundaria – me explicó.

- Ah... Bueno... – sólo pude concluir, sin gracia alguna.
Nayeli sólo se quedó mirándome, casi al borde de la risa. Como si supiera exactamente lo que yo estaba sintiendo.

- ¿Qué saliste mal en el semestre? – aventuró a continuación.

El tan sólo recordar la palabra amenazó con estremecerme de nuevo... Pero por la forma en que Nayeli formuló la pregunta, todo pareció tan poco relevante, que sólo pude asentir con la cabeza, y contestar:
- Mmmh, sí.

Mi acompañante volteó al frente, emitiendo como una risilla muda mientras sonreía con todos los dientes, y se acomodó de nuevo en el colchón, para quedar aún un poquito más arriba de mí.
- Beh, no es nada – me aseguró, casi burlándose de la situación. Y para mi sorpresa, bajó el brazo hasta casi mi cintura, abrazándome contra ella con sorprendente cariño, para alguien con quien acababa de presentarme. – Apenas acabó el ciclo la semana pasada, todavía te puedes recuperar.

Sonará simple, pero de inmediato me sentí tranquilizada. Para mí, la forma en que lo dijo, y más de alguien a quien yo veía como una autoridad, me hizo creer de inmediato que Nayeli poseía una gran sabiduría sobre la vida. Mi cuerpo al instante se dejó ir, y la tensión que tenía hasta el momento se dispersó. Sin sentirme todavía libre, encontré una seguridad que en el momento necesitaba, reposando sobre el brazo de Nayeli.
- Si faltaste de trabajos, todavía te puedes ir a pasantía; si reprobaste más de dos, lo mejor sería hacer examen, y aún si lo fallas, puedes hacer convenio – siguió con su perorata. – ¿Conoces al profe Gastélum? Si quieres hablo con él el Lunes, anda con la idea de hacer un seminario de verano con alumnos de tercero y cuarto, va a dar 12 créditos, yo te puedo recomendar. Con que asistas las seis sesiones, alcanzarías a inscribirte el semestre que viene.

Su rapidez para darme la información me dejó sorprendida; casi como si lo estuviera diciendo de memoria... Seguro estaba acostumbrada a ayudar a otros estudiantes, cosa que no hubiera imaginado, al creer que la mayor parte de su labor estaba fuera de la escuela... Pero que, pensándolo bien, tenía sentido, ya que mucha de la gente de cultura venía de carrera trunca. ¿Tal vez no todo estuviera perdido?
- ¿Qué dices, eh? – preguntó al final, volviéndose hacia mí, con una sonrisa que me inspiraba confianza.

- Pues... Sí – sólo pude contestar, tratando de ocultar mi sorpresa, por la cantidad de información útil que acababa de recibir.

- Bueno... –añadió entonces, volviéndose al frente, alzando un brazo sobre su cabeza y cruzando sus pies bajo las sábanas, como quien se va a relajar. – Mira, si quieres el Lunes vente a mi depa, te traes tu boleta del semestre, y ahí te digo qué modalidad agarrar.

Me quedé, de repente, sin habla. Creo que en mi interior, me sentía conmovida... Agradecida, ¿sería la palabra? Por alguna razón, esa chica parecía interesada en ayudarme a arreglar mi vida. ¿Tal vez estuviera acostumbrada a tratar así a los demás? ¿Tanto, que un favor hacia mí fuera para ella poca cosa?


Creo que notó cómo yo enmudecía, humillada. Así que, desafiándome con una mirada con el rabillo del ojo, Nayeli volteó hacia mí de forma teatral, entrecerró los párpados con picardía y volvió a mirar al frente; seguido de eso escuché un ruido electrónico, y una luz azul se abrió frente a nosotros.
- ¿A ver la tele? – preguntó, muy relajada.

Yo seguía con la boca abierta, como una zoqueta. Pero al ver encenderse el televisor de mi hermano, por lo menos fijé la vista en él. La señorita Cano levantó el trasero de la cama y se acomodó, echándose para atrás contra la cabecera, mientras yo seguía encogida. En el televisor estaban dando una película vieja.
- ¿Ahí la dejo? – preguntó Nayeli, con la misma ligereza.

Mi cerebro continuaba en blanco, al parecer sólo mis ojos descifraban la imagen. Moví los hombros para acomodarme bajo la sábana, y bajé la cabeza nada más un poco, para asentir. Nayeli fijó su mirada en mí, mirando divertida mi estúpida expresión: con la boca entreabierta, y los ojos alzados hacia la pantalla. A los dos segundos, soltó una suave carcajada en voz baja.

Y como adivinando lo que pensaba (o más bien, lo que no pensaba), en un rápido movimiento se alejó del respaldo, y metió su brazo derecho bajo la sábana.

- ¡Pero abrázame! – rió, entretenida.

Sentí cómo su fresca mano se enroscaba en mi muñeca, y la llevaba hasta pasarla por detrás de su espalda. Sin deseo de resistirme, me dejé llevar, y mi brazo acabó rodeando su cintura, acercándome también más hacia ella. Una vez que Nayeli se aseguró, volvió a prensarme contra la cabecera, y mantuvo su mano izquierda sobre mis dedos, como para evitar que escapara.
Bajó de nuevo la mirada entonces, para observarme, con la misma estúpida cara de tonta, sólo quizás un poco más sobresaltada. La chica volvió a reír, y entonces se aplastó de lleno, relajada, deslizando toda la espalda sobre mi brazo.
- Ahhh... – suspiró, mirando hacia la tele en una postura de completa flojera, al tiempo que estiraba el brazo izquierdo control en mano, y subía el volumen del televisor. – Esa película ya la conozco – soltó de repente.
En realidad, por más que yo hubiera estudiado lo mismo que ella, nunca había estado en contacto con nada cultural; tenía mis propios intereses. Como perder el tiempo en Facebook....
- Es sueca – empezó conversación, con total naturalidad. – Había visto nada más un pedazo, está interesante. Es sobre el Desembarque.

Me quedé como tonta mirando la tele. Era una de esas películas a las que les cambio en cuanto las veo, porque me dan flojera. Pero ahora, atrapada en los brazos de alguien más, no tenía opción. Nayeli la miraba con atención, cada minuto o dos comentando algo, pidiéndome mi opinión. Y sorprendentemente, pude meterme en la trama. Pude entender ahora la película, y me estaba gustando.
- ¿Se supone que el soldado no quiere visitar a su madrastra, no? – me preguntó, como para confirmar, en una voz sonora y clarita.
- Parece que no quiere que la otra se entere – respondí, para mi propia sorpresa, con miedo a voltear a mirar a Nayeli.

De pronto, me llegó una melancolía. No sólo era la película, que era muy bella. Sentía algo raro dentro de mí, algo que jamás había sentido. En todo este tiempo, había tenido muy pocos amigos. Mi hermano era solo trabajar, era rarísimo que comiéramos juntos siquiera. Pero ahora estaba bajo las sábanas con otra mujer, compartiendo el primer momento íntimo que había tenido con alguien probablemente en toda mi vida.
A Nayeli ¿le importaba? Estaba completamente metida en la película, disfrutándola con brillo en mis ojos. Pero algo en su forma de esbozar una sonrisa, me decía que apreciaba mi compañía.
Las escenas de la película se sucedían, en un montaje entre disolvencias. Un soldado tomado de la mano, girando de la mano de una hermosa dama, en un carrusel. Pasé saliva con discreción, concentrándome en sentir, de pronto, el tacto del suave vientre de Nayeli bajo mi mano, el rozar de sus dedos de niña sobre los míos.

La escena cambió. Noche de lluvia, de chaparrón, más bien. Tropas marchaban por la avenida, y el pobre refugiado que vivía de vender pinturas, al que habíamos seguido toda la película, se escondía en un callejón, disimulando. Los lienzos estaban mojados, y entendiendo su propia desgracia, los rompía contra su rodilla, y las dejaba caer en los basureros. Zoom al mendigo, a altura de los hombros; se sujetaba el cuello, mirando al cielo en desesperación. Y de pronto, con un tañido de violonchelo, una mano se posaba en su hombro. Volteaba asustado, se mostraba entonces el soldado, su amigo de toda la vida, quien debería a esas horas estar en la operación de Normandía, pero en vez de eso había acudido al callejón, a buscarlo. Le colocaba un periódico sobre los hombros. Se daban el abrazo, y juntos salían de ahí, sin decir palabra. Sobre de ellos, mirando por la ventana, la chica que había sido novia de los dos en sus juventudes...
No era la escena climática del filme, pero cerraba el arco de uno de los personajes. No pude evitar sonreír con auténtica alegría, mientras la pantalla se fundía a negro, y el sonido de una lenta chanson de cuerdas se apoderaba de la escena.

La tentación me venció, y volteé para mirar a Nayeli, cuya boca dibujaba también una pronunciada sonrisa, perfecta en la finura de sus labios enmarcados por dos pómulos sanos y prominentes. Su piel brillaba azul contra los diodos del televisor, que teñían de rayitos su fleco de negrísimo cabello. La chica arrastró el trasero hacia atrás, subiendo un poco de nivel, y abrazándome más fuerte sobre mi hombro. Y con un gesto caprichoso, sin siquiera voltear a verme salvo con el rabillo del ojo, me pidió:
- Dame un besito - no con poca gracia en su voz.
A su infantil solicitud acudí con genuina docilidad; alcé la cara, pegué mis labios contra su mejilla, y deposité sobre ella un beso simplón y salado. Ella se acurrucó más, pegándome a su cuerpo, y haciéndome inclinar más sobre ella. Como una piececita que poco a poquito va encontrando su lugar, de pronto no pude sino recostar mi cabeza en el espacio entre su cuello y su hombro. Y como dos buenas amigas, seguimos mirando la película.


El tono de la obra siguió calmado, ondulante. Vimos juntas en silencio ahora, el último acto, hasta el final, con el soldado y la chica compartiendo un apasionado beso cuando ésta llegaba por sorpresa al campo de batalla. La película acababa en una apasionada promesa, exaltada por un himno eslávico cuya belleza me emocionó. Con una marcha de tambores sobre escenas épicas de guerra, se deslavó en negativo la palabra “FIN”, a la vieja usanza.
Conforme corrían los créditos, nos quedamos quietas, mirando expectantes el final de la obra y el desvanecimiento de la vigorosa música en los créditos, en un “la” sostenido. Cuando por fin la pantalla se apagó, Nayeli dio un respingo, y aplaudió cercanamente con las dos manos, tres veces y rapidito.
- ¡¡Aaahhh!! – exclamó, como una cría. – ¡ME GUSTÓ!

Contenta por la bondad de mi nueva amiga, sólo me quedé mirando al televisor, sonriendo igual que ella. Había sido el espectáculo de la noche. Y ahora el canal pasaba a anuncios, con un fino conductor. Librada del trance de la película, Nayeli volvió entonces a aplatanarse en el sillón, desparramándose sobre la cama. Alzó la mano hacia la pantalla, y bajo el volumen, hasta casi Mudo.

Entonces, entre su relajación, y ya con un placentero cansancio en sus párpados, la misteriosa chica alzó de pronto sus brazos hacia mí:
- Gris – me dijo, en un tono casi de flojera. – Ven.

El gesto era inequívoco. Por alguna razón, me pedía un abrazo. Luego de mi depresión, y el shock inicial de encontrarme con ella y de qué forma, ahora estaba lo bastante calmada para aceptarla sin vacilación. Me eché sobre de ella, aunque sin pasión, y le di los brazos. Me colgué de sus hombros y me acosté sobre ella, mientras ella abrazaba mi espalda media.
Sentí cómo el robusto brazo de la chica me atraía hacia su pecho, y pronto aterricé sobre el espacio entre su busto y su hombro; una sensación rara me sobrecogió al apoyar la sien sobre la blanda carne de una chica, cosa que creo nunca había hecho jamás. Una sensación de extraña... Comodidad.

- Mmmhh... – solté un resuello de pereza, algo a mi pesar, con el estómago presionado apretadamente sobre su vientre, y alisté mis ojos como para dormir.

Pero antes de que pudiera hacerlo, una voz pícara resonó otra vez en mi oído.
- Dame un besito.
De algún modo contenta con el juego, subí mi rostro cargado de modorra hacia el rostro de Nayeli, y estaba a punto de besar de su cachete, cuando para mi sorpresa una palma se colocó entre mis labios y su rostro.
- Eh-eh – se escuchó, traviesamente, como si me parara.

Abrí los ojos, impresionada, y observé a Nayeli con una sonrisa maja; sus ojos se dirigieron primero hacia mí... Luego, hacia abajo. Seguí la trayectoria que me señaló con los ojos y luego con su dedo, y lo que vi fue más que claro: A lo que estaba apuntando era a su pecho. A su seno izquierdo, específicamente en la parte donde la tela de la blusa se alzaba, empujada por lo que debía ser su pezón, notablemente erecto.
Mi rostro de contrariedad le hizo casi soltar la risita con los dientes. Pero sin duda señalaba ahí. Y sin perder para nada el humor. Su brazo se encontraba aún detrás de mi espalda alta, y la manera en que pesaba sobre mí me marcaba la trayectoria ya como predeterminada. Bajé la cabeza, sintiéndome recelosa... Pero en cuanto recordé la visión de ese pezón, debo admitir –con toda la vergüenza que para una mujer sobreviene- que no pude encontrarlo más atrapante y apetecible.
Así que, abnegada y un poco curiosa, bajé la cabeza, hasta encontrarme con mis labios justo enfrente de esa tetilla. Esperé un segundo, luego dos; respiré. Y viendo que Nayeli no decía nada y se quedaba a la expectativa, sólo adelanté la cabeza, cerré los ojos, y sintiendo el duro y blando cuerpo del pezón entre mis labios, me dilaté un medio segundo y por fin le di un buen beso tronado.
Vaya experiencia. Debo haberme sonrojado, sorprendido también de mí misma. Pero me fue imposible entonces quitarme de los labios esa sensación; la de la tierna pero exaltada carne erógena, firme y suave aún bajo la tela de algodón de su camiseta, del pezón de Nayeli Cano.
El momento debe haber sido trascendental, porque me parecieron minutos, aunque sabía que no lo eran realmente. Habiendo acabado mi beso, eché para atrás la cabeza tan pronto como pude (o eso quiero creer). Pero la sorpresa que vino fue mayor.

No bien intenté alejarme, mi cabeza topó por detrás, con una mano. Con firmeza, Nayeli me sujetó, impidiéndome la retirada. Y yo, bien sorprendida, no pude sino permanecer ahí. Entonces, sin ninguna clase de violencia, me empujó lentamente, de vuelta hacia su pecho. Creyendo entender perfectamente lo que de mí quería (que no era nada difícil), me dejé ir, y sumergí completamente mi rostro dentro de su pecho.
Ajena completamente hasta ese entonces al conocimiento de otro cuerpo femenino, quedé sorprendida por la blandura de esos senos, que resbalaban como una almohada por todo mi rostro, envolviéndome en su voluptuosidad. Bajo la mano de Nayeli, mamé.
Primero sentí curiosidad, y apetito, envolví entre mis labios su pezón, sintiéndolo con la boca, incluso la lengua. Quería sentirlo completo, conocerlo.
Luego, voracidad; abriendo la boca completa, toda la aureola de mi amiga, y la mamé, una y otra vez; llegué a jalar con mis labios, haciendo presión, hasta casi levantar el seno completo, que estaba extremadamente suave y blando. Quería saber hasta dónde podía llegar. Llegué a chupar tanto que sentí, un poco asustada, los pequeños vasos y cartílagos al fondo de la mama.
Después, me sentí ridícula, ¿qué pensaría Nayeli de mí? Aminoré el ritmo, hasta casi soltar el pecho; luego, seguí, con fascinación, pero en corto, sintiendo nuevamente el duro pezón (ahora más duro que ahora) con la punta de los labios.
No sé exactamente cuánto pasó, pero durante todo el tiempo, Nayeli estuvo sosteniéndome, acariciando mi cabeza con sus dedos entre mi cabello, y sosteniendo mi cabeza con su mano. Por lo que creo que, con todo, no lo hice mal.
Finalmente, avergonzada, alcé la mirada, como una cachorrita, para verla a los ojos, en espera de conocer su reacción. Pero desde mi ángulo, sólo alcancé a ver su quijada y la parte inferior de su rostro. Sorprendentemente, miré rubor en su rostro, la piel de su cara lucía de pronto más tersa y aduraznada sobre sus bellos pómulos. Pero lo más importante, la sonrisa en sus labios era amplia; la boca entreabierta y jugosa, estaba a punto de la risa, dejándome ver unos contentos dientes de perla.

Pensé bajar la cabeza para seguir explorando, pero cuando me disponía a hacerlo, su brazo empujó mi espalda, hacia arriba. Comprendiendo, volví a levantarme, y coloqué de nuevo mi cabeza al lado de la de Nayeli. Sentía el corazón latiendo, no sabía por qué; si era por lo prohibido, la culpa, o emoción genuina. Me creía incapaz de pronunciar cualquier palabra; gracias a Dios, Nayeli no pronunció ninguna. Sólo se contentó con abrazarme por la cintura, estrechamente, sintiendo y sobando mi cuerpo con serenidad mientras reposaba frente a ella.
Antes de que cayéramos dormidas las dos, sólo hizo una cosa. Llevó su manita al fleco de mi cabello, que retiró de mis ojos con ternura. Me hizo una caricia en la frente, acercó el rostro hasta que pude sentir su respiración sobre mi rostro. Entonces, susurró en mi oído, en un tono sincero y de complicidad, dos palabras.
Después, me dio mi espacio. Sólo siguió sosteniéndome, esperando a que yo cerrara mis ojos, como ella, y me durmiera. Me tomó alrededor de treinta minutos sobreponerme a mis nervios. Nayeli, en cambio, había caído en los brazos de Morfeo desde muy pronto; podía sentir su suave respiración a mi lado, y su pecho, inflándose y desinflándose con parsimonia.

Mi corazón no paró de latir rápido, mis nervios exaltados mientras recordaba lo que acabábamos de hacer juntas, y esas dos palabras que me dijo, y que nadie me había dicho antes jamás, no paraban de resonar en mis oídos.

“Me gustas”.


CONTINUARÁ
 
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Disculpas por lo que tardo en actualizar T___T No creo que vuelva a pasar:



2


A la mañana siguiente, desperté, sola, en la cama de mi hermano. La luz entraba por la ventana, blanca y brillante. Las sábanas estaban revueltas, en el lugar donde había reposado Nayeli. Puse mi mano sobre el lugar, intentando adivinar cuánto tiempo había pasado. Creí escuchar un ruido viniendo de las escaleras, pero no me levanté a averiguar. En vez de eso, volteé a ver el reloj. Eran las 9 de la mañana, por lo menos había dormido lo suficiente.

Me levanté de prisa, removiendo la sábana de encima de mi cuerpo, hasta que recordé con qué estaba vestida. ¿Qué hacer? Fuera no se escuchaba ruido de personas. Me envolví en la sábana de la cintura para abajo, y así arrastrándolo, salí a brincos hasta mi cuarto. El pasillo estaba sucio y desordenado, pero no tanto como hubiera creído. Llegué a mi cuarto a tiempo para cerrar con seguro, quitarme la ropa interior que mi hermano me había dado, y ponerme algo de ropa normal de casa.

Después, me sentí tentada a hacer algo que hacía unas diez horas ni loca hubiera querido: Me miré al espejo. Volví a presentarme conmigo misma: Mi rostro de niña, los labios finos pero ligeramente sobresalientes, mi lacio cabello negro cayendo en dos cascadas a los lados de mi rostro y dejando mi frente despejada; mis ojos límpidos sin los lentes que siempre llevo, transpiraba una especie de calma que ni yo misma ahora reconocía.
A la mañana después de nuestro encuentro, en el desayuno, ni siquiera crucé palabra con mi hermano, quien pareciendo comprender el cambio en mi estado de ánimo, declinó a hacer cualquier comentario sobre el tema que supuestamente íbamos a tratar. La información de Nayeli me había traído una nueva perspectiva, y no estaba atemorizada por los cursos complementarios que me había sugerido, pero por alguna razón, tuve problemas para dormir.


Pasé el fin de semana verdaderamente callada. Ni siquiera salí de casa, no me apeteció ver televisión, ni siquiera conectarme. Por alguna razón, cualquier información externa me eludía. Pasé el fin de semana, literalmente, sentada y viendo por la ventana. La tarde del domingo me sorprendió mirando al cielo con el pelo suelto, sentada con el mentón entre las rodillas, y éstas entre mis brazos. ¿Qué esperaba ver allá en el horizonte? Probablemente alguna revelación, o un indicio de lo que iba a pasar conmigo más adelante.


Por fin llegó el día en que había quedado con Nayeli. No le había contado nada a mi hermano, quien había salido desde temprano a trabajar, así que con la mira puesta en la cita, me tomé el tiempo que necesitaba con calma para bañarme, peinarme y estar lista para salir. Eran las 10:30 de la mañana cuando salí del apartamento. Me había puesto unos pantalones de mezclilla, tenis normales y una playera de manga corta, nada fuera de lo común; me crucé la mochila por el pecho, y con un suspiro salí de la casa.

Creía saber perfectamente dónde vivía Nayeli, en un complejo de apartamentos cercanos a una zona de construcción. Nuestra cita había quedado oficialmente “como al medio día”, así que esperaba no me tardara tanto el llegar. Como siempre, el servicio de transporte público fue un suplicio, pero casi una hora después de que me apostara en la parada frente a mi casa, pude tomar el autobús.

Fuera de que estaba un poco apurada, mi actitud no había cambiado en lo más mínimo: Pasé el viaje con la barbilla sobre mi mano, mirando por la ventana, abstraída en el paisaje, y luego abstraída en no sé qué cosa, que hasta la noción de en dónde estaba perdí. Cuando creí estar cerca, pedí la bajada y anduve a pie en busca del lugar.

Los alrededores eran bastante tranquilos, rodeado por baldíos, sólo unos cuantos niños jugueteando entre las calles, ya que sus padres seguramente trabajaban en el centro. Algunas calles ni siquiera estaban pavimentadas, y no tuve ningún problema para dar con el edificio de Nayeli, ya que era el único en medir más de dos pisos que se veía en el horizonte.

Entré sin mayor problema, y subí las escaleras. Era un lugar bastante solitario, al menos de día. En cada piso debía haber solamente cuatro apartamentos, y tenía que cruzar por cada uno de ellos hasta llegar al 17, donde estaba mi ¿amiga?

A pesar del pleno día, los pasillos estaban sombríos, únicamente franqueados por dos ventanas a los extremos del lugar, a través de los cuales la luz como un manantial se introducía, dejando reflejos en el suelo de basalto. Miré a un lado, en un apartamento estaba abierta la puerta, un par de paños blancos colgando del tendedero frente al fuerte sol de una ventana.

Por fin llegué a mi destino. Me paré derecha, y toqué la puerta. No se escuchaba nada dentro, ni alrededor. Pasaron cinco, quince segundos... Mis ojos vagaron sobre las puntas de mis tenis, que realmente no veía. No pensaba en nada; sin embargo, sentía mi corazón acelerarse, por alguna razón.

Al fin, el sonido de trastos a lo lejos; luego un chancleo que se acercaba, y el chirrido de la pata de un mueble llegaron desde detrás de la puerta. Alcé la mirada de nuevo, con los ojos bien abiertos. Y tras unos segundos, se abrió. A medio metro de mi rostro, la chica a la que yo le gustaba. Pero de buenas a primeras, apenas y la reconocí.


A diferencia de la noche anterior, en que aunque poco Nayeli iba maquillada, esta vez su tez lucía fresca, libre de cualquier polvillo o maquillaje; me impactó la textura de su rostro, completamente lisa y blanca, con un viso de humedad, y sus ojos redondos y negrísimos reflejaban ésta misma. Sus rasgos, desde la quijada hasta los pómulos, eran infantil, intemporales, y -podría decir yo- armoniosos y perfectos. Llevaba el cabello muy lacio y brillante, era claro que lo tenía aún mojado.

La impresión se complementó cuando me di cuenta de que la mitad de mis ojos para abajo no miraba a su rostro. Esta vez Nayeli traía puesto un grueso suéter que le cubría casi hasta las manos, y aún así el frente se abultaba de una forma sorprendente. La noche anterior no me había percatado, ya que el hecho de que anduviera sin brassier me pareció un espejismo; pero esta vez estaba seguro: debía ser, sin ninguna duda, Copa D.

Sin habla por un par de segundos, reparé en lo demás de su vestuario: Un pantalón de mezclilla que le quedaba algo corto, sandalias y calcetines.

- Hola, qué onda – saludó Nayeli, aún sosteniendo el pomo de la puerta.

Su rostro había cambiado de una ligera sorpresa a una cordial, formulaica sonrisa. Quedé sin habla por un par de segundos, y parece que ella notó lo impactada que estaba; me pareció ver un dejo de risa en la comisura de sus labios, pero de inmediato bajó un poco el rostro y se apartó:

- Pasa – me pidió, un poco traviesilla.

Casi sentía caerme al pisar con las puntas de los pies, y sintiéndome un poco raro, entré y ella cerró la puerta.

- Siéntate – me pidió amablemente, deambulando por la sala.

Señaló un sofá cubierto de cuero gris. Su apartamento estaba muy bien cuidado, e iluminado; un par de delgadas cortinas ondulaban en la ventana. Me senté frente a su mesita de sala, la cual era de cristal y sobre la cual reposaban un folder, un cuaderno con pluma y un par de revistas culturales.

- ¡Disculpa que me tardara, pero estaba haciendo la comida! – me voceó desde la cocina.

En el aire flotaba un vapor con aroma a laurel y verduras.

Me senté, encogida, sintiéndome un poco incómoda y algo fuera de lugar. Empecé a preguntarme si ella compartía el apartamento con alguien, tal vez sólo para ocultar mi sorpresa y envidia de lo limpio y brillante que estaba. Escuché por un minuto un par de ruido de trastos, hasta que volvió Nayeli, caminando directamente hacia mí mientras chancleaba impúdica sus sandalias.

- Dejé el caldo en la lumbre y me metí a bañar – me explicó, con los ojos entrecerrados, sonriendo y sacando los pómulos. Y luego, con mucha naturalidad, llevó sus largos dedos a su cascada de cabello, y pasándolos por en medio se lo levantó de un lado. - ¡Ni siquiera me peiné!

Al escuchar su infantil frase, sentí como mariposas en el estómago. No podía creer que esa chica, que si bien jovial siempre había considerado extremadamente seria, exitosa y recta en su vida, se diera el lujo de hablar de forma tan desenfadada e inocente con una perdedora como yo. Y luego recordé en un flash la noche anterior, en que la chica se había destapado hacia mí, y me había hecho mamar de ella. ¡Yo lo había hecho, había tenido y chupado una y otra vez su pezón entre mis labios!
Me puse tensa y volteé los ojos, con un nudo en la garganta. ¿Qué planes tendría ahora? Parecía ahora una niña, una persona completamente distinta.


Sin dejar de mirarme, se sentó frente a un pequeño sillón frente a la mesita, al tiempo que se ponía el cabello detrás de la oreja. Bajó su vista hacia el cuaderno, y tomó el folder en sus manos.

- ¿Y bueno? – preguntó Nayeli. - ¿Cómo estuviste el fin de semana? – me preguntó, revolviendo papeles y mirando alternativamente a éstos y su cuaderno.

Sólo me salió un ahogado: “Bien”.

De repente, como si se hubiera percatado de que me estaba quitando atención, volvió a alzar el rostro y sonreírme:

- Perdón, es que anduve un poco ocupada – señaló, remarcando el final de cada palabra con el piquito de los labios.

Me quedé petrificada en mi sitio, sentada con las rodillas juntas, y las manos nerviosas sobre los muslos:

- Sí, me imagino – contesté, bajando la mirada al suelo.

Mi amiga sonrió con los dientes un instante, y luego volvió a preguntar, bamboleando los ojos entre los documentos:

- ¿Trajiste el kárdex y el recibo de pago? – preguntó.

Rápidamente me quité la mochila, y desabroché a estrujones el zíper.

- Eh... Son... ¿Estos? – pregunté, sacando un par de papeles arrugados que tenía en la bolsa delantera.

Me daba bastante vergüenza, pero estaban un poco manchados de salsa y tinta de impresión.

- Órale – declaró, poniéndolos donde los pudiera ver.

Y como una contadora profesional, revolvió varios papeles que fue apilando. Le echó un vistazo a mis calificaciones, entornó los ojos al cielo con una nota en su mano, y murmuró en silencio algo, que parecía que contaba.

- A ver... – empezó a explicarme. – Si tuviste 72 en la optativa del semestre pasado, y esta saliste con cuatro, serían cinco créditos...

Parecía tener todos los datos al dedillo.
Me incliné un poco al frente, haciendo un esfuerzo para concentrarme y ver las florituras que hacía sobre el cuaderno:

- Mira, para el semestre en que estás, ahorita lo que más te conviene es meterte al programa de investigación – señaló; yo alguna vez había escuchado una o dos palabras al respecto, pero como la burra que soy, ni loca me había interesado. – El próximo ciclo, en los dos semestres, vas a tener que repetir cuando menos dos materias. Si este verano te metes en investigación, te salen 8 créditos... Y hasta te sirve para la tesis...

Frente a mis ojos, Nayeli siguió hablando, desvelando un sinfín de posibilidades que yo por perezosa jamás había pensado. Yo sólo asentía (“ajá”), con la boca entreabierta como una tonta, mientras la veía ahí en el aire, arreglar toda mi vida.

Conforme vio el efecto que en mí causaban sus palabras, ella misma se fue relajando más. Subió un pie al brazo del sillón, haciendo que brincara mi atención a lo suave y felpudo de sus pantalones contrastando con la lisa piel de su tobillo:

- Mira, lo importante aquí es que te vayas metiendo – me explicó; me estaba dando a la vez instrucciones, un curso de inducción y también de motivación. – Esa es la oportunidad que te da ser una universitaria. Si te limitas a completar los cursos no vas a resaltar en nada; de hecho, las calificaciones no son tan importantes como los contactos y experiencia que puedas hacer.

Yo lo sabía; en el fondo, sabía todo eso. Y callada, me avergonzaba de que Nayeli revelara por completo mi negligencia. Pero su voz y sus palabras eran amables, desenfadadas, casi amorosas. Y sentía junto a ella un nuevo camino nacer en mí.

De repente, volteó hacia la ventana, paralizada. Y después, con una risita, se levantó de prisa:

- Ji ji, perdón – dijo, casi trotando - ¡Se me van a deshacer las albóndigas!


Me quedé de nuevo sola, llena de pensamientos confusos en mi cabeza. Apreté los ojos. ¿Qué pasaría después? Esta chica, Nayeli... ¿Me estaba dando todo esto nada más como “pago” por la noche que pasé con ella ayer? La cabeza me retumbó, al recordar cuando me dijo que yo le gustaba. Sin poder evitarlo, mis mejillas ardieron.

Y luego imaginé que en cuanto volviera de la cocina, Nayeli me empujaría sobre el sofá, gatearía sobre mí, y tomando mi rostro con su mano se apoderaría de mi boca en un beso ardiente. ¿¿Qué haría si eso pasara?? Con el corazón latiendo a mil por hora, volví a tensarme.

Con los ojos bien abiertos y un azorado gesto en mi cara debió encontrarme la señorita cuando regresó. Pero su rostro no exhibía sino confianza e inocencia, sonriendo tan radiante como siempre.

- Ya, ya le apagué – dijo, casi hablándole al suelo.

No se acercó a mí, ni me besó. Sólo se sentó de vuelta sobre su silloncito, con las piernas abiertas. Miré su bragueta, su blanda tripa sobre ella, esponjosa y apetecible; entorné los ojos al techo, tratando de ocultar mi interés.

Chasqueó la boca, y la observé mover su lengua contra su mejilla, volviendo la mirada a los papeles. Después, aspiró, y se reclinó en el sillón, entrelazando sus finos dedos:

- Bueno... Entonces esas son las opciones que tienes – explicó, mirándome seria, con honestidad y una expresión bastante profesional. – Lo que yo te recomendaría es que te metieras en las dos, te va a ahorrar las prisas por la tesis los dos últimos semestres. – Movió las manos como empujando algo hacia mí. – Pero tú decides.

Por la manera en que me miraba, parecía como si estuviera dándome el empujoncito, ese que da un padre a su hijo cuando aprende a ir en ruedas.
- Bueno... – comencé, sin poder, por vergüenza, ofrecer una sonrisa.

¿¿En verdad sería yo capaz de lograrlo?? Sabía que siempre había sido una haragana, era una perdedora... Pero la forma en que Nayeli me lo explicó (“Te va a tocar un tutor, tú vas a hacer lo básico de la investigación; si te tardas, de todos modos ellos tienen que sacar el trabajo, pueden hasta terminar haciéndote el trabajo de recepción”) sonaba a una apuesta segura.
Me metí los labios en mi boca, y sin realmente mirarla, asentí dos veces (debía lucir ridícula).

Nayeli, por el contrario, parecía bastante seria. E impresionada:

- ¿Entonces? ¿Le entras? – me pidió confirmar.

- Sí – dije sin pensarlo más.

Los rasgos de mi amiga se debatieron entre risa, gozo y algo de sorpresa; miró al lado, igual que yo, y relajó los hombros, tomando sus propias manos. Dio como un gran suspiro, que infló llamativamente su barriguita (no pude evitar pensar que era una mujer como llevo, viva, repleta de energía dentro), apoyó las palmas en los brazos del sillón, y se levantó aliviada, casi riendo.

Como por imitación, aunque algo tiesa, hice lo mismo. Nos desperezamos al mismo tiempo, e hice el amago de meter los papeles en mi mochila.

- Entonces... Ya quedó – me dijo ella, dándose un poco la vuelta. Aún por detrás, el contorno de sus senos sobresalía como un par de apetecibles malvaviscos (Pero no estaba volviéndome una lesbiana... ¿O sí?).


Me quedé de pie, sin saber qué decir. De repente, atrapando las mangas del suéter entre sus dedos, Nayeli alzó los brazos a sus lados, y amistosamente, me preguntó:

– Ah, ¿tienes mucha prisa?

No pude contestar de inmediato; esperé a que hiciera su proposición.

- Ya está la sopa, si quieres nos sentamos – me dijo, casi riendo.

Sin esperara a que terminara de hablar, interrumpí con un pesimista: “Noo...” (aún me odio por eso) y bajé la mirada, debatiéndome si ver o no mi mochila.

- BUENO – dijo Nayeli, irguiéndose y sin perder la sonrisa.

Como un resorte, su mano salió disparada al frente, y me la presentó abierta.

- Pues ya estamos – me dijo, subiendo los pómulos.

- Gracias – contesté, dándole un apretón.

Luego me volví ahora sí para tomar mi mochila.

- ¡Está bien porque yo también tengo que salir ahorita! – expresó de repente, haciendo una voz aflautada como si se tratara de un chiste.

Sintiéndome un poco culpable de irme tan pronto, enfilé perezosamente hacia la puerta, acompañado de Nayeli. De pronto, ella dio un respingo, y con una sonrisa en sus rosados labios, exclamó:

- ¡Aaahh, espérate!

Se dio la vuelta y corrió como una cría, hacia la cocina. Parada de espaldas hacia la puerta, escuché un ruido de trastes que venía en la cocina, y luego unas sandalias arrastrando, seguida de un repentino silencio.

- ¡No te vayas aún! – gritó desde la cocina, al minuto.

Hasta que, bamboleando, Nayeli regresó con el mismo gusto de siempre, trayendo con ella un envase de tupperware:

- Llevas, para ti y para tu hermano – me dijo, ofreciéndomelo con ambas manos.

Me quedé una décima de segundo contrariada, y comencé a mascullar toda clase de excusas torpes: “Muchas gracias, pero no... En serio... La voy a perder en el camino...”. Debía lucir bastante nerviosa. Nayeli sólo siguió insistiendo, con la cara hinchada de felicidad, como si de un juego se tratara.

- ¡Ándale...! – pedía, riendo.

Hasta que el traste cambió de manos. Algo avergonzada, lo sostuve y me encaminé fuera de la puerta.

- Bueno, entonces así vamos a hacerle, ¿no? – confirmó Nayeli, con seriedad, mientras sostenía la puerta para que saliera.

- Ajá.

- OK, así que en la tarde hablo yo con Gastélum.

- Sí... muchas gracias por todo – contesté, apabullada, y apenas sintiendo que pronunciaba.

- ¿Yo te llamo? – preguntó.

- Sí. O mira... Por el Face... – improvisé.

- Ándale pues – dijo Nayeli, algo queda.


Las dos asentimos con la cabeza. Luego bajó el cuello, y me dio un rápido beso en la mejilla.

- Que te vaya bien – se despidió de mí.

Noté un dejo de tristeza en su rostro, pero al empezar a cerrar la puerta, miró a un lado, y sus labios se desplegaron, mostrando el frente de sus dientes. Sus pómulos tenían hoyuelos.


Como una zombi, caminé fuera, para salir del edificio. No podría haber dicho palabra ni siquiera si me preguntaran. Me di cuenta de que atardecía. Había pasado casi toda la tarde con Nayeli, y ni siquiera había sentido correr el tiempo.

Bajé las escaleras con las rodillas temblando. No sabía por qué, pero me sentía extrañamente melancólica. Sentía algo sobre mí, pegado a mi piel, rodeando mi cuerpo. Algo que no podía definir como tristeza completa o una felicidad que me embargaba.

Esperé el camión durante más de una hora en la polvosa parada; el sol comenzaba a ocultarse cubriendo el cielo con rizos de cobre. Estuve completamente sola esperando, y por lo menos tuve tiempo para pensar. O más bien, para no pensar.

Llegué a casa al anochecer. Tan pronto como estuve en mi depa, guardé el traste en el refri; el solo tenerla cerca sentí que me quemaba las manos. Comencé a pensar en cómo le diría a mi hermano que me la había regalado. También, levemente recordaba mi compromiso, sabía que este verano me tocaría experimentar algo distinto, un curso que podría estar duro.

Revisé la estufa para ver si mi hermano había dejado algo que comer; no había nada, seguro no había regresado en el día. Ansiosa, anduve a mi habitación. Lo primero que hice fue tirarme sobre mi cama. Me sentía exhausta, y me dolían todos los músculos de mi cuerpo.

Pero mi más grande dolor, era interno. Miré al techo, suspirando. Luego, me di la vuelta, escondí la cara contra la almohada. ¿Qué era todo ese sentimiento que llenaba de repente todo mi cuerpo?

Mi estómago gruñó. Luego, me dolió, realmente. ¡Falta de energía! Había rechazado la invitación de mi amiga, y la espera y trayecto en el bus fueron extremadamente largos. Sólo ahora que estaba de vuelta en mi nido, a mis anchas, el hambre me acuciaba.


¿Sería todo eso? Falta de nutrientes. Me incorporé en la cama, y sentí que mi corazón se aceleraba de nuevo. Recordé a Nayeli. Recordé la noche de Viernes. Y como loca, respirando a prisa, me incorporé y corrí a la cocina. A toda prisa, extraje el envase que me había regalado, y cogí una cuchara.
Me senté a la mesa, la cocina en penumbras, a consumir palada a palada, el potaje de carne que Nayeli me había dado. Con un hambre loca, me metía la cuchara casi hasta el fondo.

Sorbía el caldo; chorros de líquido me chorreaban por las comisuras de los labios, pero nada me detenía. Debía acabar con él. Sabía delicioso; las albóndigas en su punto, la cantidad exacta de sal, las verduras eran suaves y sabrosas; en el caldo flotaban pequeñas hojitas perfumadas de al menos tres especias. Parecía hecho con amor.

Golpe a golpe, la sabrosa sopa se asentó en mi estómago, llenándome de satisfacción. Estrellé al terminar el refractario contra la mesa, salpicando gotas de caldo por la superficie. Me recliné en la silla, a mis anchas, y respiré acelerada. Saboreé mis labios. Era la mejor comida que había probado. Me la había terminado toda; aún si era pensado para dos personas. Pensé que era justo: Comida, y cena. Tras reposarlo un poco, me levanté y fui al trastero.

Tomé un vaso y lo llené con agua, quería beber para recuperarme de la experiencia. Al sentir el gorgoteo bajar por mi garganta, sentí que me lavaba de todo lo que había ocurrido.


Acabé, y coloqué el vaso de vidrio de vuelta en su lugar. Me paré, una mano reposando en la mesita de los trastes, y miré al frente. Mi respiración iba disminuyendo, así como mis latidos de corazón. Pude pensar por fin de vuelta con claridad. Anduve de vuelta por el pasillo, pensando sólo en dormir y relajarme.


Mis tensiones se habían ido, casi por completo al menos. Me eché un vistazo a mí misma. Mi playera se había manchado con gotas naranjas de sopa. Limpiarme. Anduve al baño, prendí el foco arriba del espejo, y me miré en él. Lucía, sorprendentemente, normal. Me subí la playera, la arrojé al piso. No tenía ganas de ducharme. En paños menores, me contemplé frente al espejo. Con un suspiro, vino a mi mente la memoria de Nayeli, abriendo la puerta. Sin poder evitarlo, inconscientemente me comparé con ella.

Yo era un poco más bajita. Mi busto, aún si estaba en mi brasier de encaje, no tenía el tamaño del de ella. Fruncí las cejas. De pronto, en mi rostro surgió una duda, una molestia. Me miré bien. ¿Qué era lo que tenía? Coloqué las manos en el lavabo, y me incliné hacia el frente. Volteé el rostro, para examinarme. ¿Qué había de diferente?


Y de pronto, como en una revelación, llegó a mí. Sobre mi mejilla derecha. Ahí estaba aquello que me ardía. Marcada a fuego, señal marca que Nayeli me había colocado al despedirse. Una marca que se extendía y me escocía todo el cuerpo, y luego hasta el fondo de mi ser. Marca que me había puesto sin siquiera quererlo ella; pero que yo misma reconocía como tal: Una marca de pertenencia.

CONTINUARÁ​
 

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3


A lo largo de la semana, Nayeli me estuvo comunicando avances sobre nuestro plan, y todo parecía indicar que las cosas estaban yendo a buen cauce, así que pasé el resto de la semana preparándome para el curso. Sabía que mi hermano estaría trabajando en vacaciones, así que tenía que encontrar una forma de arreglármelas sola. Por lo que entendí, el horario del curso sería a partir de las 7 de la mañana, por lo cual debería levantarme tempranísimo para poder tomar el camión.

Debo reconocer nuevamente que no soy la mejor estudiante, en verdad soy una floja, y si no hubiera sido por la presencia constante de Nayeli motivándome a seguir, hubiera quedado muerta de fastidio aún antes de empezar.
El caso es que el Viernes recibí una llamada telefónica inesperada de Nayeli.
- Bueno – me saludó.
- Ajá – contesté, sin reconocerla del todo.
¡No tenía idea de cómo había conseguido mi número de celular!
- Griselda, ¿eres tú? – me preguntó. – Parece que sí hubo cupo en el Curso, pero tienes que ir a inscribirte con el profe – me propuso.
En verdad me puse tensa de escuchar aquello. Las presentaciones formales no eran lo mío, y según entendía el maestro Gastélum era bastante exigente.
- No te preocupes, no es una entrevista – se apresuró Nayeli a tranquilizarme. – Ya le expliqué al maestro tu situación, sólo tienes que ir a firmar un compromiso.

Colgué un poco alterada, debo decir. ¿Cómo podría sobresalir en una entrevista y dar a entender mi motivación, cuando ni yo misma estaba convencida?
Salí temprano el sábado, como Nayeli me lo indicó, y aunque llegué un poco tarde a la Facultad, me sorprendió encontrar a mi amiga en los pasillos, como si estuviera esperándome.
Esa mañana llevaba un vestido blanquísimo, de tirantes, abierto de los hombros y escotado en el cuello. Complementaba su atuendo con un grande sombrero de paja del mismo color, y unos lentes de sol marrones.
- Ey, qué hubo – me saludó, en cuanto llegué.
Mi titubeo le hizo fácil leer mis sentimientos. Simplemente se acercó, y como si hubiera un acuerdo mutuo, me preguntó:
- ¿Vamos a la oficina?

El profesor Armando Gastélum nos recibió con la seriedad de siempre. Toda la vida me había sentido intimidada por la mirada inquisitiva detrás de esos lentes, que agrandaban sus ojos hasta que sentías que quería comerte con ellos, y una sonrisa sardónica bajo su bigote de castaño teñido.
Había insistido en ser la primera en entrar, ya que pensé que era lo que se esperaba; sin embargo, tan sólo de verlo inclinado frente a su escritorio mirándome, me achicopalé y me retraje hacia la pared, atemorizada. Momento que aprovechó Nayeli para ingresar, cruzando toda la oficina para saludar al profesor como si fuera un viejo amigo:
- Profesoor – saludó, abriendo sus labios pintados con rosa intenso, y extendiendo la mano para apretar la del académico.
Pude mirar cómo de inmediato Gastélum relajaba los hombros y se desparramaba a sus anchas sobre su silla, moviéndola más relajado. Insegura, e incluso algo celosa, observé a Nayeli sentarse frente a él y lograr controlar por completo la situación.
- Griselda – me presentó, con un movimiento de mano; a tropezones, me acerqué para intercambiar saludos con el maestro. Y mi amiga acabó por cruzar las piernas, y posar su mano sobre la otra silla al lado de la mío. – Siéntate – me ordenó, maternalmente.
Sintiéndome fuera del juego, me senté colocando los brazos sobre mis rodillas, y casi con la boca abierta me dediqué a escrutar las expresiones de las dos personas, moviendo los ojos alternativamente entre uno y el otro, sin lograr a entender bien a bien a qué estaban jugando.
- ... Pues como le dije, ella quiere aprovechar para regularizarse – dijo Nayeli, colocando las manos sobre el escritorio. El maestro alzó una ceja, y frunció la otra.
Había algo extraño entre los dos, una serie de entendidos que por alguna razón no querían, o no podían mencionar. Tan sólo al final de la plática, y dando un suspiro, el profesor Gastélum giró su cabeza hacia mí, se relamió los labios, y me dijo con paciencia:
- Bueno, entonces estaríamos empezando el Lunes, ¿te parece bien?
Me quedé un rato mirando hacia el frente, percibiendo nada más a Nayeli voltear hacia mí con el rabillo del ojo, y asentí un par de veces, con los ojos bien abiertos. Seguido me extendieron el papel de inscripción al curso, y firmé, sin realmente leerlo.

Salimos las dos de la oficina al amplio patio de la facultad, donde por fin pude respirar a gusto, libre de tanta tensión. Nayeli se acercó por detrás, con una sombrilla de madera abierta sobre su cabeza. Sus pasos, suaves como la lluvia bajo sus huaraches de cuero, sorprendieron mis oídos.
- Bueno – me dijo, bastante relajada. – Entonces nos vemos la próxima semana.
Interrumpí mi bostezo, para voltearme y preguntar.
- ¿Ah, tú también vienes al curso?
Nayeli alzó la cara, como dudando entre si sonreír o no. Finalmente lo hizo a medias, explicándose:
- Yo vengo todos los Veranos – me dijo. – Como Asistente.
No tenía idea de a qué se refería, pero creí entender qué significaba.
- Puees... – me despedí, con torpeza. - ... Hasta entonces.
Justo en el momento en que me preparaba para irme, Nayeli se adelantó.
- Oye, espera – me dijo, dándome alcance.
Me volteé sin decir nada.
- ¿No quieres raite a tu casa? – explicó, subiendo la mano y doblando el índice con flojera, como señalando al estacionamiento.

Me ajusté el cinturón de seguridad, y nos fuimos en su Neon por todo el centro. El estéreo tiraba música de un CD de los Cranberries, y yo misma estaba sorprendida de lo limpio y bien cuidado que estaba su auto; parecía nuevo (¿seguramente lo era?). Me pregunté qué tanto habría tenido que organizarse para pagarlo.
Me mantuve en silencio todo el viaje; con mi barbilla sobre mi puño y mirando por la ventana, me dediqué a contemplar qué tanta parte del nuevo paisaje se abría ante mis ojos. Mi vida era bastante monótona, en realidad; recorría todos los días la misma ruta de camino a la escuela y de regreso. Mi hermano me llevaba todos los días a clases, aunque esto únicamente porque entraba comúnmente a las 8 (y él a las 9:00 a su trabajo).
Sólo de vez en cuando oteaba a mi lado a Nayeli, manejando con sus blancas y pequeñas manos el volante, y mirando los retrovisores sin quitar una sonrisa. En comparación con la mía, su vida era dinámica y toda una aventura; en verdad podía ir a donde ella quisiera.

Me bajó frente a mi edificio, y me despedí a prisas, sin olvidarme de darle las gracias cuando menos tres veces. Entonces, con un movimiento de mano, se alejó, y yo enfilé rumbo a mi cuarto. Hacía bastante calor, que no había sentido gracias al aire acondicionado del auto, y ahora sólo faltaban dos días para que comenzara el curso, que se extendería a lo largo de un mes y una semana.


Tomé un vaso de agua fresca, y me acosté en mi cama, con una repentina jaqueca. Miré al techo, y al poco rato cubrí mi frente con una almohada y cerré los ojos. Reviví en mi memoria la escena en la oficina del profesor. Nayeli y el maestro negociaban, de forma más o menos tensa; una especie de estira y afloja... En la que al parecer, yo no tenía voto alguno. Durante toda la plática fui un adorno, hasta que por el final, casi por diplomacia, se me extendió la hoja para firmar.
Me removí, estirando la columna sobre mi cama. Repentinamente me sentí algo culpable; ¿es que Nayeli estaba arriesgando en verdad algo por mí? ¿O era que ya estaba acostumbrada a enrolar estudiantes a fuerzas? El calor entraba por la ventana cerrada de forma chocante. Estiré los pies y restregué mis piernas entre ellas. Los calcetines rozaban con un tacto odioso mis empeines; con un par de movimientos de talón comencé a sacármelos con mis propios pies.
Imaginé de pronto a un montón de ex-amantes de Nayeli, viviendo experiencias similares a las mías. Sí, tal vez era su procedimiento estándar: Tomar a algún chico o chica que le gustara, [email protected] a pasar una noche con ella, y luego intentar congraciarse con alguna ayuda académica. Sentía la garganta seca y caliente, pero mi cabeza no podía latirme más. Estiré todos los músculos sobre mi camita, emití un ronco pujido, y en menos de lo que pude pensar, me quedé dormida.

Desperté el Sábado casi al anochecer, sintiéndome mucho mejor de lo que hubiera imaginado. Mi hermano ordenó sushi y comí con mucho gusto. Me preguntó por lo del curso (sabe de dónde se hubiera enterado) y le comenté que empezaría el Lunes, pero no necesitaría de su apoyo.
Pasé un buen y tranquilo domingo relajándome en mi cuarto, viendo televisión, haciendo aseo de mi recámara (por alguna razón, ¡se me antojó!), comiendo bien y apenas pensando en Nayeli. Por la tarde hice un inventario: Tenía todo listo para la escuela, así que podía dormir tranquila.


El Lunes, mi despertador sonó a las 4:45 a.m., e inexplicablemente motivada, me levanté de prisa. Me metí a bañar, salí con el cabello mojado a peinarme y hacerme a mí misma el desayuno. Para las 7:30 ya estaba lista para salir, cuando de pronto escuché sonar mi teléfono, que había dejado olvidado sobre la mesa.
Sorprendida, contesté, y vi que no era otra que Nayeli:
- Griselda, buenos días – me saludó, como con algo de prisa.
“Ay no”, pensé. “Justo lo que quería, ¿un cambio de planes?”. ¿Se cancelaría el curso? ¿... O era que Nayeli me estaba monitoreando, como si fuera mi mamá, para asegurarme de que fuera? La respuesta no fue exactamente lo que esperaba:
- Ay, perdón si andabas ocupada – se disculpó. – Es que también voy camino a la escuela y voy a pasar por ahí, ¿no quieres que te recoja, o...?
- Sí – contesté, sin pensarlo mucho. – Está bien, gracias.
- Ahhh, bueno – accedió mi amiga. – En media... Entre media y una hora estoy ahí, espérame.

Colgué y me quedé parada en la sala, sintiéndome algo tonta. En ese caso, no había necesidad de que me hubiera levantado temprano. Joder, por primera vez me había organizado y mi plan iba perfecto, ¡para que de pronto se entrometiera de nuevo Nayeli y me lo cambiara!
Sin embargo (reflexioné al cabo) todo había sido para facilitarme la vida. Así que me quedé sentada, haciendo tiempo, hasta que un pitazo de auto fuera me sacó de mi estupor, y salí de prisa a encontrarme con mi “chofer”.
Iba yo vestida como siempre, una blusa rosa larga con un diseño de manchones psicodélicos, pantalones de mezclilla y unas zapatillas sin tacón, el cabello amarrado en cola, cuando salí a su encuentro. De Nayeli, podría decirse lo mismo, aunque su ropa “de siempre” consistía casi todos los días en vestidos largos, gafas oscuras, sombreros y algo de bisutería; lo que se esperaría de una agente de promoción cultural, vaya.
Abrí la puerta del auto, y Nayeli retiró a prisa un cojín que estaba sobre mi asiento, dándome el lugar. Mirando por el retrovisor y maniobrando la cabeza, mi hábil conductora salió pronto de la glorieta frente a mi complejo de apartamentos, y enfilamos rumbo a la universidad.

La radio tiraba el noticiero de la mañana, como habría de esperarse.
- Qué guapa amaneciste hoy – me dijo Nayeli, hablando más bien por el costado de la boca, mientras echaba un vistazo atrás para checar el espejo retrovisor. - ¿Te veo algo diferente?
Sonreí para mis adentros. Verdaderamente me sentía diferente, y me encontraba lo bastante relajada para comenzar el curso. Sabía que todo había sido gracias a ella... Pero por alguna razón, sentía que ahora era libre, y que todo dependía de mí.
- Gracias – le dije, con simpleza.
Y continuamos el viaje en silencio. De nuevo, me sentía algo culpable por haberle aceptado la ayuda, y no intentar cuando menos de hacerle conversación. De cuando en cuando, echaba un vistazo al retrovisor, y sólo miraba su boca sonriendo como siempre, distraída en alguna otra cosa.

Entonces, cuando íbamos a dos o tres cuadras de la facultad, por fin Nayeli rompió el silencio:
- Bueno, va a ser tu primer día. Lo primero que te voy a aconsejar es que no te desesperes – me recomendó, sin siquiera voltear a verme.
Asentí, asimilando a qué se refería.
- Te recuerdo que yo ya llevé el curso – me dijo después, por fin alzando la vista desde sus anteojos ahumados. – Cualquier asesoría que necesitas, yo te puedo ayudar – terminó, con una sonrisa, y un tono de voz que al parecer me urgía a acudir a ella en cualquier emergencia.
Otra vez, asentí fuertemente con la cabeza, sin atreverme a decir nada. En ese momento, me di cuenta de que Nayeli estaba desviando el rumbo. Por alguna razón, en vez de tomar el bulevar para entrar por Rectoría, se fue por una calle aledaña, rodeando todo el campus. Aunque esto me inquietó, no sentí que hubiera nada que temer, así que no dije nada. Así que entramos por el estacionamiento trasero, cruzando el departamento de Bellas Artes.
- Bueno. Ya llegamos – anunció Nayeli, parando el vehículo y colocando el bastón de seguridad.
Las dos nos aprestamos a bajar, y nos paramos a lados opuestos del vehículo. Entonces fue que me reveló:
- Sabes, va a ser mejor que no nos vean juntas – dijo, para mi sorpresa. – O cuando menos, cuidarnos de charlar mucho en los pasillos.
Un poco descolocada, asentí mientras miraba hacia un lado. Nayeli rodeó entonces el carro, y se me acercó. Sentí mi corazón acelerarse al verla pararse frente a mí. Entonces, como si fuera un carámbano de hielo, sentí la mano de Nayeli acariciar fugazmente mi brazo de abajo a arriba.
- Te cuidas, y con calma – me recordó, alzando el dorso de la mano para rozar mi mejilla. - ¿Okey?
Con los ojos bien abiertos, asentí débilmente, observando el gesto amable de su cara aplastada por los lentes. Confirmó, devolviéndome una sonrisa con los dientes, y emprendió marcha.


¿A qué habría querido referirse con todo aquello? Pensé que entendía por qué quería que no nos vieran juntos; seguramente habría alguna fricción si se enteraban de que había podido ingresar al seminario por influencia de ella. Pero parte de mí no podía evitar pensar... ¿Habría algo más?
En todo eso pensaba sentada en el barandal del pasillo, en espera que la primera clase comenzara. A mi alrededor se agolpaban grupos de estudiantes, llevándome entre 10 y 20 años, quienes seguramente le sacarían el mejor provecho al curso. Vestidos de camisa, de esmoquin o con conjuntos femeninos de docente, todos lucían muy profesionales, hablando de política y asuntos académicos y administrativos. Seguramente ni siquiera imaginaban que yo llevaría el curso con ellos.

Por suerte, no todos lucían igual. Había una cierta variedad de perfiles entre éstos, pero aún así la mayoría me llevaban 5 años como mínimo, y ninguno vestía de la manera casual y juvenil que yo acostumbraba. Pensé entonces en mi grupo de la licenciatura, entre quienes me podía mezclar más a gusto... Y aún así, era de las pocas del salón que reprobaban. ¿En verdad tenía oportunidades de aprobar, en esta situación?


Entre angustias, mi primera profesora llegó, y la clase dio comienzo con una larga plática y presentación. Nos enteramos de todas las reglas, las bases, el plan de estudio y las actividades que debíamos hacer. Hora tras hora pasé en mi lugar, tratando de captar los tecnicismos de los que se hablaban en el aula. Pero todo se complicó cuando comenzaron las participaciones de mis compañeros. Se hablaba de currículas, de escalafones, de rúbricas y protocolos, de políticas públicas y de paradigmas, de muchas cosas de las que yo no tenía ni idea. Pero lo estaba haciendo, un esfuerzo por entender, al menos.
Gracias a Dios, Nayeli me había explicado más o menos de que se iba a tratar todo, así que cuando menos no me esperó ninguna sorpresa desagradable o que me tomara tiempo digerir. Por suerte, nadie me exigió que participara, y las actividades que se realizaron individualmente fueron solo de lectura. No tuve que hablar con nadie, ni dar razones a nadie... Al menos por ese día.

Al término de las 6 horas del curso, salí con la cabeza ardiendo por mi primer día. Tenía una tarea para el día y otras dos para la semana, llevaba varios textos en fotocopia en la mochila, que tendría que batallar para leer, y en mi cuaderno había anotado otro tanto en conceptos y estudios que investigar para al menos poder comprender de lo que se hablaría. Mis compañeros, en cambio, salieron riendo, platicando, acordando juntarse para el café... Yo solamente caminé mareada por el pasillo, sin siquiera despedirme, rumbo a la biblioteca.

Pero para mi sorpresa, lo primero que vi al doblar por el pasillo fue a Nayeli, de pie en medio del corredor, como si estuviera esperándome.
- ¡Ah, ya saliste! – me saludó, con una sonrisa que le había visto tantas veces, que había dejado de parecerme tan natural.
Me quedé tiesa al verla caminar hacia mí, con un mal presentimiento.
- ¿Cómo te fue, eh?
- Bien – dije secamente, segura de que detectaría mi cansancio.
Sin embargo, no pareció importarle en lo absoluto. Volvió a dedicarme una sonrisa, y estiró de pronto su mano hacia mi brazo (con el otro, sostenía su sombrilla su siempre):
- ¿Te desocupaste? ¿Quieres que te dé raite? – volvió a intervenir.
Eso quería decir que ella también acababa de salir. ¿Es que el horario de Verano era estándar? ¿O había estado esperándome?
Sintiéndome como una fiera por dentro, asentí con lentitud, sin decir nada, y caminé a su lado por el pasillo, observando a todos alejársenos.


El camino de vuelta fue tan silencioso como la primera vez. Y como en la venida, fue solamente cuando nos acercábamos a la casa que Nayeli comenzó a hablarme:
- Entonces, ¿ya sabes cómo le vas a hacer con los horarios? – me preguntó.
- Levantarme temprano, supongo – expliqué, someramente.
Mi chofer apenas esperó un poco antes de lanzar la siguiente pregunta:
- ¿Y para las comidas? ¿Cómo? No te me vayas a venir desmayando, ¿eh? – dijo, sin demasiado humor.
Desmayarme. Precisamente era de lo que tenía ganas en ese momento.
- Pues como en la casa, yo creo que mi hermano... – comencé a decir.
Pero de repente, Nayeli volteó la cara hacia mí, como poseída, tan rápidamente que me hizo callar.
- Griselda... Tu hermano desde la mañana ya se fue de la ciudad – me dijo, con algo sorpresa y mucha seriedad en su voz.

Me quedé pasmada por la revelación, y sin saber qué responder... Ni qué haría a partir de entonces en lo que restaba del verano.


CONTINUARÁ​
 
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4


Pasé toda esa tarde esperando a que mi hermano viniera, o cuando menos me diera una llamada telefónica. Por la tarde le llamé varias veces a lo largo de cuatro horas, pero nunca se dignó a recoger el teléfono.
Cené sobras de lo que había quedado, y me las quedé pensando cómo iba a sobrevivir. Encima, tenía las tareas del curso. Espantada, malcomí y avancé un poco con mis deberes, pero no podía concentrarme mucho. No quería creer que en verdad me había abandonado, y sin siquiera decirme el por qué.

A lo largo de la tarde, volví a pensar en Nayeli. A mediodía me había despedido de ella ni siquiera me acuerdo cómo. ¿Tendría ella más información de mi hermano? Sólo recordaba que me había dicho que se acababa de ir de la ciudad... Pero fuera de eso, no tenía más pistas.
Alrededor de las siete de la noche, en Facebook me brincó un mensaje con su remitente. “hola”, decía, nada más. Estaba tan confundida y apabullada, que sentí que sería mejor no contestar, y lo cerré; ya después inventaría una excusa.

No dormí bien, en parte por la falta de cena, y en parte por la preocupación. Pasé la noche dando vueltas en la cama, y despertando casi cada dos horas. Esperaba escuchar algún ruido, o ver una luz encenderse, algo que me indicara la presencia de mi hermano. A mis 23 años de edad, no había pasado ni un solo día sin él, y sabía que dependía de él para todo. Cuando soñé, tuve pesadillas.


A la mañana siguiente, no me desperté tan temprano, pero sí sorprendentemente lúcida. Casi al momento en que estaba por terminar mi cereal, sonó el teléfono.
- ¿Paso por ti? – preguntó una vez que me fue instantáneamente conocida.
Le respondí que sí. Al menos, algo de apoyo y compañía me vendrían bien. Nayeli vino por mí justo a tiempo, y repetimos la rutina del día anterior.
- ¿Qué tal dormiste? – me preguntó, sin mostrar mucha preocupación, más bien divertida.
- No tan bien – me sinceré.
Abrió la boca sacando los dientes en una carcajada sin ruido, y luego comentó:
- Sí, tu hermano me dijo que no sabías hacer de comer – me reveló.
- Pues... No, no mucho – le dije, bastante queda.
Por algún motivo, ese día sí que tenía ganas de hablar con alguien. Luego de dar una hábil vuelta con el volante, mi amiga continuó:
- Teo salió a una Reunión de Generación – me explicó al fin. Estaba a punto de suspirar aliviada, cuando añadió: - Pero oí que surgió un imprevisto y no podrá regresar pronto...
Calculé en mi mente la cantidad de dinero y comida que me quedaba en el refrigerador. ¿Cuánto podría ser? ¿Dos, tres días?
- ... No creo que lo veamos aquí en todo el verano – reveló Nayeli, aplastando todas mis esperanzas.

Callé y me aplané en mi asiento de copiloto, tratando de hacer de tripas corazón. Es cierto que mi hermano trabajaba acá y allá en cada cosa... No sería raro que luego de ver a otros egresados, le hubiera surgido un empleo por allá. Pero me contuve de pedir más explicaciones; tenía que lucir madura ante mi amiga.
- Me pidió que en lo que volvía, cuidara de ti – se volvió Nayeli de pronto, con una suave sonrisa. – Por eso es que vine por ti en la mañana.
¡Ese Teo! ¡Siempre asegurándose de meterse en lo que no le importa! No es que yo necesitara una niñera... ¿O sí?

Justo entonces, llegamos al estacionamiento. Nos despedimos sin muchas palabras, y me enfrasqué de nuevo en mi lucha académica. Tuve durante toda el día dificultad para concentrarme, quiero pensar que por la falta de comida y de sueño, y no por sentirme desamparada. En el receso, devoré como cerda dos paquetes de galletas. Y al terminar, me alejé solitaria y con tantas dudas, por las tareas que me quedaban pendientes.
Lo bueno fue que salimos temprano, ni siquiera pasé a la biblioteca por temor de encontrarme con Nayeli. En vez de eso, caminé directo a la parada del camión, sin hablar con nadie, y para mi suerte conseguí transporte en menos de diez minutos. Pero por desgracia, el calor era tremendo y había un gran embotellamiento. No había lugares libres en el camión y tuve que aguantar el viaje parada, casi apachurrada por un montón de gente a mi alrededor; en algún punto, me sentía tan mal que pensé que me desmayaría.


Llegué a casa cojeando, casi tres horas después de salir de la escuela. La barriga me retumbaba, y las piernas me dolían como no tenía idea. Tan rápido como pude, me despaché un plato de sobras, y me quedé tirada en la cama casi todo el resto del día, exhausta y sintiéndome a punto de enfermar.

El calor de fuera era tal que me invitaba al sueño... Deliré entre dormida y despierta durante casi una hora y media, a punto siempre de dejarme ir, y luego volviendo al recordar a cada momento mis deberes de la escuela.
Por fin, casi a las 6 de la tarde, y sintiéndome peor que nunca, me puse de pie y busqué los libres. Me acosté, y leí tediosos protocolos de investigación a una velocidad que me hacía sentir una tortuga, más que nada porque a cada rato perdía el hilo y debía leer una y otra vez.
A las 8 de la noche, me rendí y bajé el libro. Creí que sabía todo lo que tenía que saber. Y aún así, no tenía idea de cuál sería mi tema de investigación. Con el estómago doliendo, me recosté de lado, cansada, pensando en qué podría hacer. Pero si en la casi completa semana desde la explicación de Nayeli no se me había ocurrido qué podría hacer, la inspiración definitivamente no llegaría ahora.

Por lo menos, y para mi sorpresa, no había recibido ninguna llamada de Nayeli en lo que iba del día. Yo esperaba que al menos me preguntara por qué no la había esperado. Pero pareció entender que deseaba estar sola, y no insistió. Y para mi tristeza, me di cuenta de que me encontraba completamente sola.

Me di la vuelta y me acosté boca abajo. Hice fuerzas con el estómago, tratando de sobreponerme a lo que estaba viviendo. El abandono de parte de mi propio hermano. Mi propia inutilidad escolar. Y el hecho de que seguía siendo una cobarde sin la suficiente voluntad para reconocerlo ante nadie. Y justamente en un momento de mi vida (por una decisión que yo misma había tomado sin chistar) en que necesitaría de eso más que nunca.
Entonces, sobrecogida, una vez más, lloré; patéticamente, lloré un poquito, sólo para encontrar que estaba demasiado cansada para hacerlo por mucho tiempo.
En vez de eso, me puse de pie, trastabillando. El agua de repente me parecía repugnante, así que no anduve al baño. La cocina también me cerraba mentalmente sus puertas; no había nada más qué comer. No tenía a dónde ir. Me tiré sin fuerzas sobre la silla, a oscuras, con la vista perdida en el techo intentando pensar cómo me presentaría mañana a clases sin los deberes hechos.
¿Cuál sería la solución? ¿Quedarme despierta hasta altas horas tratando de completar mis tareas? ¿Qué haría si mañana Nayeli no me llamaba para pasar por mí? Me puse una mano sobre la frente, y volteé a ver mis zapatos, con los ojos bien abiertos. Había sido una completa tonta. Indirectamente, acababa de decirle esta tarde a Nayeli que no quería su ayuda. Sin duda, eso era lo que pensaba. Y ahora pagaría por completo las consecuencias.

Cubrí mi boca con mi mano, y estiré la piel de mi rostro, sintiéndome perdida, o casi. No. No rogaría. Debía de haber una manera; podía yo misma hacerme cargo de mi vida. Pero entonces, al volver a pensar en deberes, recordé los párrafos del tomo académico que había leído; y cómo toda la planeación de una investigación me parecía difusa, inaccesible, inalcanzable... Me llené de ansias, de pronto.
Di vueltas por la habitación; tenía que hacer algo, por lo menos. Encendí la computadora, que se volvió la única luz en mi cuarto. Permanecí casi un minuto mirando la hoja de Word en blanco, tanto como mi propio cerebro. Navegué luego al azar en internet, buscando problemas educativos. No me metí ni por un segundo a ninguna red social. Corté y pegué bloques de texto que encontraba, tratando de encontrar una conexión. Finalmente, redacté un raquítico plan de investigación basado en un problema que a los dos días ni siquiera recordaba, y mandé a imprimir a la 1:30 de la madrugada.

Ni siquiera me bañé, no me puse la pijama. Con los jeans y los zapatos puestos, me eché como una cerda en mi cama destendida y con prendas de ropa, y me acurruqué para dormir hasta el día siguiente.


Me despertaron los rayos mismos del sol, y sabía que iba tarde. El peor pecado. Me arreglé en menos de dos segundos, y con el pelo suelto y alborotado, tomé la mochila y salí. Sin siquiera desayunar, pero creo que por las pocas horas, el estómago ni siquiera lo sentía.
Una vez en la calle, me di cuenta de que tenía la playera cubierta de migajas, el pantalón manchado no sé con qué, y mis axilas empezaban a humedecerse porque se me había olvidado el desodorante. El bulevar estaba casi completamente vacío, de un modo que nunca antes lo había visto. Empecé a preocuparme. Creo que eran las 9 de la mañana, y el camión tardaría en pasar.
Por un cambio de rutas que me favoreció, llegué a la escuela a las 9:50, y me introduje en el salón sin hacer ruido. A mis compañeros y maestros ni siquiera les pareció importar mi retraso; así de insignificante era. Tampoco recibí un solo saludo.
Sobreviví como una zombi durante todo el tiempo de clases, sintiéndome cabecear y la cabeza palpitando solamente en las últimas horas. Casi al salir, con el maestro de la última hora, deslicé mis dos hojas de trabajo entre la pila de tareas para que las recogieran, y me retiré sin siquiera pedir permiso.

Casi en cuanto salía, avisté a Nayeli sentada en una bardita, platicando con otra chica que tenía pinta de hippie. Me quedé de pie fuera de mi salón, intentando pensar qué hacer. Y en cuanto di un par de pasos, Nayeli me percibió. Se despidió de su amiga y bajó de un brinco, llamándome a unos metros de distancia.
- Hey, ¿qué tal? – me saludó, sin tanto gusto como antes.
¿Es que la habría ofendido? Seguramente...
Mi única respuesta fue un parpadeo, pero nada de eso desanimó a Nayeli Cano.
- ¿Qué ondas? – volvió a preguntarme, ahora más como en plan de amigas.
Su amabilidad y mi incapacidad de responder con la misma, me hizo sentir de inmediato que estaba siendo grosera. Y me llené de rabia, por dentro.
- ¿Qué tal? – pregunté, sin voltear a mirarla sentir yo misma el valor de las palabras que decía.
Sin darme cuenta, había comenzado a caminar, como si mi propio cuerpo quisiera sacarme de ahí. Pero Nayeli me seguía, andando a m lado.
- ¿Cómo te va en el curso? – me dijo, como si era a todo lo que quería llegar.
Era mi tercer día apenas, y sentía que no podría avanzar más.
- ¿Has entregado tareas? – preguntó, atentamente, de un modo en que solamente una paranoica como yo lo tomaría a recriminación.
- Sí, hoy ya – le contesté.
Mentía. Solamente había hecho la tarea más sencilla de la planeación, y no había avanzado nada con el estudio de paradigmas que era el producto de la semana. Iba terrible.
Instintivamente, eché la mirada al suelo, y apreté el paso. No pensaba estar revelando demasiado, pero supongo que el hecho de que quitara la vista de Nayeli fue una alerta para ella.
- ¡Hey! – dijo de repente, dándome alcancé.
Sentí después sus manos posarse sobre mis tensos hombros. Me hizo voltear hacia ella, y la miré con sorpresa; al parecer, era justo lo que deseaba, porque me recibió con una grata sonrisa.
- Gris - me dijo riendo - ¡te quiero invitar a comer!

El restaurante era limpio, amplio y muy iluminado. Justo lo que necesitaba, aunque hubiera sido demasiado tonta para darme cuenta. Aún así, seguía un poco incómoda. Estaba sucia, yo lo sabía, y me dolían todavía los músculos. Nayeli en cambio, se sentaba firme, derecha, con el fleco del cabello pulcramente dividido en perfectos hilitos, y su enorme par de senos reposando sobre la mesa debajo de su vestido blanco escotado.
- El tema de la investigación es lo de menos – me conversaba, haciendo referencia a lo que me llevaría supuestamente las primeras semanas. – Todos los temas relevantes están saturados, si eliges algo insignificante resaltarás por mucho.
Estábamos esperando a que llegara nuestra orden, un pan de maíz con ensalada. El curso, sin embargo, no fue por mucho tiempo el tema de conversación. Tal vez por notarme tan estresada, Nayeli deliberadamente cambió el tópico para hablar sobre sus propias vivencias.
Me enteré de que antes vivía en el lado Sur de la ciudad, que rentó durante más de seis meses un lugar en el centro y que llevaba más de dos años y medio en el apartamento que le conocía. Y sorprendentemente, no me cansaba de escucharla hablar sobre cómo conoció el restaurante, qué lugares frecuentaba antes y cuáles ahora, entre otras recomendaciones sobre dónde rentar. Mis respuestas, eran de lo más tontas: “Ajá”, “sí”, “no”; pero ella nunca los tomaba a mal.
Comí despacio pero intensamente, tratando de disimular el hambre que tenía, y cuando llegaron las malteadas de chocolate y de fresa, suspiré a mis anchas por lo bien que acaba de alimentarme, y pensé en lo mucho que me estaba sirviendo esta distracción perpetrada por mi amiga.
Nayeli se había quitado los lentes y los había colocado sobre la mesita, y yo hice lo mismo. Su rostro ahora lucía extrañamente serio (mas no grave), adulto, contrastando por mucho con las expresiones de niña que le había conocido hacía unos días. Todo lo que me transmitió comenzó por relajarme, y acabó dándome otra perspectiva de la vida, una a la que yo tal vez algún día pudiera acceder.
Era media tarde cuando me levanté de la silla, me estiré, y caminé siguiendo a Nayeli por la puerta de cristal. El día lucía completamente nuevo. Mis problemas, lo sabía, no se habían ido. Pero habiendo tanto lugar en el mundo a donde hacerse, repentinamente me parecía que había desperdiciado la mitad de la semana encerrada en mi mundito.

- ¿Entonces ya estás desocupada? – preguntó Nayeli, abriendo la portezuela del carro.
- Sí – mentí, secamente. Ya no me importaba.
Nos introducimos y cerramos ruidosamente, y volvimos a emprender la marcha.
- ¿Qué tal si pasas la tarde en mi casa? – me preguntó, abruptamente, al pasar la primera cuadra.
Su tono de decirlo era fresco, casual pero cálido, seguido por un silencio forzado. Como albergando una esperanza de que su plan diera resultado.
Y me atrapó. Sabía que tenía tareas que no podía posponer más, pero acababa de negarlo frente a ella. Tendría que acompañarla ahora de a fuerzas, y en ese momento, me daba una flojera tremenda.
Mis ojos deambularon por la ventana, fingiendo que me distraía casualmente, pero en cuanto la vi voltear de reojo, contesté:
- Está bien – en falso tono de seguridad.

Tan pronto llegamos a su apartamento, encendió el aire acondicionado.
- Ponte cómoda – me dijo. Y yo con naturalidad me arrimé al sofá.
La vi alejarse, seguro a su cuarto, cargando las bolsas, y al rato regresó sin ellas y sin zapatos. Se aventó, también, despatarrada, sobre el sillón opuesto al mío, hundiéndose en el respaldo y con los brazos colgando de los del sillón. Las dos soltamos un suspiro al mismo tiempo, mirando el techo, mientras se nos disipaba el calor y el ajetreo. Estábamos demasiado cansadas para admitirlo, o siquiera admitir que no podíamos hablar una con la otra de lo cansadas.
Una suave música ambiental comenzó a sonar como viniendo del techo (debía tener instalado un muy avanzado equipo de sonido) y mientras atardecía detrás de nosotras, nos llenamos de sueño, apenas mirando la una a la otra. Nuestros párpados se cerraban de repente, perdidas en las relajantes melodías que parecían sumergirnos en otro estado de conciencia, casi otra dimensión...

No sé cuánto tiempo después, mis ojos se abrieron, y me puse en estado extremo de alerta. La sala estaba inmersa en las sombras, y sólo podía distinguir en la parte alta de la ventana un pincelazo naranja como una flama. Estaba anocheciendo.
- Shhh – sonó en mi oído.
Fue cuando me di cuenta de mi situación. De alguna manera, había terminada acostada por completo en el sillón, y abrazándome por la espalda, un cuerpo femenino que no podía ser otro. A juzgar por su respiración y lo relajado de su cuerpo, acababa de despertarse tras dormir el mismo tiempo que yo.
Y aunque pensaba que en esa situación me hubiera sentido espantada, en realidad me sentía tan a gusto y tan cómoda (física y sentimentalmente) como no hubiera imaginado. Las manos de Nayeli estaban alrededor de mis hombros, abrigándome de una forma que no conocía. Pude reconstruir, instintivamente, la forma en que mientras dormíamos nos fuimos acomodando, hasta embonar de forma perfecta. Su rodilla estaba entre la parte trasera de mis muslos, y sus pechos cubrían mi espalda, su quijada sobre mi hombro, metida entre éste y mi clavícula. Los finos cabellos de su fleco al mismo tiempo me cosquilleaban con delicia y me calentaban con su tibieza. Sus largos y preciosos dedos apretaban mi hombro y se enredaban alrededor de su muñeca, haciendo una presión tan suave y a la vez tan profunda que la sentía como un auténtico masaje que al tiempo me penetraba y reparaba mi cuerpo; me hacía sentir viva. Nuestras temperaturas se habían combinado en un único ser, tanto que me sentía incapaz de separarme de ella.

Pero así hubo de ser.

- Gris... – susurró mi amiga, dándome empujoncitos en el hombro con su mano, para asegurarme que estuviera despierta. – Gris...
- Eh – le contesté sin darme la vuelta, sintiendo la garganta empalagosa.
- Te voy a llevar a tu casa – me dijo, poniéndose de pie a poco.
Hice lo mismo, y me quedé de pie en la semioscuridad, esperando a que regresara de su habitación.
Eran las 7:50 de la noche. Salimos por la puerta y emprendimos una silenciosa vuelta a casa, compartiendo ambas el estupor de la misma experiencia, y la misma comunicación sin palabras. Estaba ligeramente avergonzada de haberme dado la importancia suficiente de dormir con ella. Y ella al parecer ligeramente culpable por alguna responsabilidad que se había retrasado en atender, lo cual seguramente explicaba la prisa que tuvo por correrme de su casa.
Sonreí para mis adentros, sintiéndome traviesa de haberle, aunque fuera involuntariamente, hecho incurrir en un error. Volteé al retrovisor y la miré, acabada de levantar, el rostro rosadito, medio desmaquillada y con los ojos húmedos, con un raro brillo en el centro que nunca le había visto antes.

Cuando dobló para dejarme frente al edificio, me apresté a quitarme el cinturón, deseosa de no hacerle perder más el tiempo. Estaba por bajar cuando estiró su brazo y posó su mano sobre mi brazo. Esperé, y vi cómo alargaba el cuerpo desde su asiento; sabiendo lo que venía, incliné la mejilla hacia ella, y recibí un beso, húmedo, fuerte y tosco, de sus gruesos labios.
- Paso por ti en la mañana – me dijo, por último, en voz queda.
Le agradecí, y sin voltear a verme una vez más, puso los ojos en el camino y volvió por donde había venido.
Avancé un par de pasos, sólo para que pensara que no le daba importancia. Luego, giré la cabeza, observando las luces de su auto alejarse en el horizonte.


CONTINUARÁ
 
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25 Mar 2012
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En el último lugar del mundo
Hmmm viejo, creo que aquí hay un problema. Y quizá, estás quebrantando una ley del foro.

Me di cuenta que tienes publicado el fick en dos subforos más, y eso no se puede. Es un tema para algo, en general en todo el foro, y es un tema repetido. ¿tienes autorización explísita para esto?

Intenta regularizarlo. Lo dejas en un sólo subforo (yury, o aquí futanari, aunque de futa no tiene nada aún. Aunque si es es el mismo félix de antes como que le es bien fácil pedirlo)

En fin.
Saludos.
 

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18 Abr 2012
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Tu estilo es muy bueno, me agrada.
Seria aun + interesante que pusieras algunos dibujos de personajes o algo relacionado con la historia entre capítulos.
Chau!!
 

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La historia está muy buena, me gustaría saber para cuando la continuación, gracias de antemano.
 

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19 Jun 2010
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La historia está muy buena, me gustaría saber para cuando la continuación, gracias de antemano.
Desgraciadamente mi nuevo empleo me quita demasiado tiempo y la concentración para escribir un capítulo de esta historia créeme que debe ser muy grande. Así que por el momento no tengo esperanzas de seguir escribiendo la historia, pero créeme que tenía muchas cosas planeadas para ella, y espero en un futuro no muy lejano continuarla...
 

caru36 furro de corazón
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16 Nov 2013
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EQUESTRIA
lástima me dejo intrigado pero bueno paso casi por lo mismo tengo varios fics y hasta ahora solo pude terminar en este foro en MLP alter el más corto una historia pony lesbic...


El AMANECER DE LA SEÑORITA SHINING ARMOR


el otro todavía no e podido publicar más capítulos es mui largo creo que quede en el 56 o 57 mas o menos...


HUMANOS EN EL REINO DE EQUESTRIA



Yo no soy de separar diálogos soy más de formato continuo pero me gusta lo que he leído
espero lo termines para que podamos terminar de leerlo agrega algo futa bien intenso si muchísimas gracias por tu fic la trama es interesante y consistente me gusta el rumbo que lleva...
 
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