Fanfic Takari: A pesar de todo

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¡Buenas!

Vuelvo al foro una vez más, esta vez para publicar un fanfic en el que llevo trabajando ya un tiempo. Lo tengo casi terminado y publicado en otra página y se me ocurrió volver a DZ para publicarlo aquí también, así que espero que les guste. Es un fic principalmente takari, aunque tiene algo de otras parejas. Transcurre en 2007, por lo que los protagonistas tienen 16 años.


En principio el fic cuenta con 32 capítulos (cortos) y un especial. Les dejo la portada hecha por mí (imagen original de autor/a desconocido/a), el índice de capítulos que iré subiendo semanalmente y, en un post que subiré ahora, el primer capítulo. Espero que les guste y cualquier crítica constructiva es bienvenida. Sean buenos, es mi primer fanfic romántico jajaja.



Índice.

Septiembre | El primer día de clases
Septiembre | Siempre ahí
Septiembre | Yung Hoshishima
Septiembre | Casa de campo
Septiembre | Magia
Septiembre | Tsukimi
Septiembre | La estrella más brillante
Septiembre | La primera lluvia del otoño
Octubre | Adiós, secreto
Octubre | Superheroína
Octubre | Antes de empezar
Octubre | Footloose
Octubre | Vacío
Octubre | Gracias
Octubre | Feliz cumpleaños, Yolei
Octubre | Halloween
Noviembre | TK
Noviembre | ¿Kari?
Noviembre | Fragmentos
Noviembre | La hoja de arce
Noviembre | Momiji
Noviembre | Luciérnaga
Noviembre | Sorpresa
Noviembre | Feliz cumpleaños, Sora
Diciembre | ¿Lo entiendes?
Diciembre | Cambios
Diciembre | El hilo rojo del destino
Diciembre | ¿Estás segura?
Diciembre | Constelaciones
Diciembre | Ilusiones
Diciembre | Despedida
Diciembre | A pesar de todo





TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS // ALL RIGHTS RESERVED
[Fic creado el 28 de mayo de 2016 por Sombra&Luz]
Digimon y todo lo que conlleva, incluidos sus personajes, pertenecen a Toei Animation Company.
El desarrollo de esta historia, así como los personajes nuevos (Yung, Aru y Miku, entre otros) me pertenecen.
 
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Septiembre | El primer día de clases

Septiembre, el mes del otoño. El mes en el que las hojas comienzan a caerse de los árboles al igual que la lluvia cae del cielo. El mes en el que los días empiezan a encogerse para dar paso a noches más largas y frías. El mes en el que florecen los crisantemos y en el que la luna está más hermosa que nunca. El mes en el que comienzan las clases, también.

Kari se lavó los dientes y se puso los zapatos, que no eran los del uniforme porque ese día no hacía falta. Era lunes 10 de septiembre, el primer día de clases, de su penúltimo año antes de ir a la universidad. Salió del cuarto de baño y se encontró con su hermano ya desayunando.

–¿Tienes clase?

–Claro que tengo clase, mírame bien –respondió con la tostada en la boca.

Kari se rió. Comprendió que todavía no se había despertado del todo, por lo que prefirió no seguir preguntando: se colgó la mochila del hombro, montó en su bicicleta y se encaminó al instituto. Una suave brisa la acompañó durante todo el camino, meciendo su pelo. Según un termómetro de la calle, se encontraban a 22º, una temperatura perfecta para terminar con el verano. Sintió el agradable sol acariciándole las piernas desnudas y deseó con todas sus fuerzas que el calor no terminara todavía.

Cuando llegó al instituto dejó la bicicleta atada a un poste y se dirigió al interior del edificio. En un mural rodeado de gente estaban ya colgadas las listas que marcarían el rumbo del próximo curso. Kari buscó con la mirada el “11” que identificaba el nivel del curso en el que se encontraba, pero la cantidad de gente que había le impedía ver nada. Unas chicas saltaron a su lado, felices por encontrarse en la misma clase, y otro muchacho salió del montón de personas para hacer una llamada. De pronto, alguien le colocó un sombrero y posó su mano sobre este. Kari alzó la cabeza para encontrarse con unos ojos azules.

–Parece que estamos otro año juntos.

–Gracias –sonrió.


–Espero que este año crezcas un poco –bromeó–, así el año que viene lo puedes mirar tú sola.

Kari se rió por el comentario. No recordaba un solo año en el que ella hubiera podido ver la lista por sí sola. Le devolvió su sombrero y caminaron juntos hasta su clase, que estaba marcada con una pegatina nueva que decía “11 – A”. Dentro no había demasiada gente, por lo que saludaron a los que habían y se sentaron a hablar. Un par de minutos después, Yolei se asomó por la puerta y los saludó con efusividad.

–¿Davis todavía no ha llegado? –Preguntó.

–Se habrá quedado dormido –opinó TK.

–¡Pues no! –Dijo haciendo acto de presencia– Hola, Kari –sonrió–. Volvemos a estar en la misma clase.

–Sí, qué bien –respondió con sinceridad.

–En fin, como veo que TK y yo no existimos, es hora de que me retire. ¡Ah, por cierto! Soy la delegada de la clase.

–¿Ya? –Se sorprendió TK.

–Pero si no te ha dado tiempo –rió Kari.

–Llevo siéndolo cuatro años consecutivos –presumió–. Esto es pan comido.

Tras lo dicho, la chica desapareció por la puerta saludando a varias personas que se encontraba por el camino. Cuando llegó el profesor se estableció que el orden de los asientos sería alfabético. Así, a Kari le tocó a la izquierda del todo de la última fila junto a una chica apellidada Watanabe porque no había más “Y” y ninguna “Z”. A TK le tocó en el centro de la penúltima fila, al lado de otra chica, Takumi, y a Davis en el centro de la segunda fila, junto a un Nakamura.

Tras las clases, los muchachos fueron a buscar a Yolei y a Cody, cuya escuela media estaba en el mismo edificio que la de los demás, y se fueron juntos a La Carta Esférica, una cafetería que estaba cerca del instituto y a la que solían acudir los estudiantes de las escuelas media y superior. Parecía ser que no eran los únicos a los que se les había ocurrido esa idea: No había una persona que superase los diecinueve años en toda la cafetería, excluyendo a los camareros. Una fila de chicas pasó a su lado y saludaron a TK y a Kari.

–Hola, Cody –sonrió una de ellas tímidamente.

–Hola –saludó, educado.

Cuando la chica se sentó en su mesa, los chicos estallaron.

–No me lo puedo creer –soltó Davis.

–¿De qué conoces a esa chica y por qué yo no la conozco? No me gusta para ti, es demasiado popular. ¿Desde cuándo te saluda la gente popular? Eso solo le pasa a TK y a Kari. ¿Qué le has dicho? ¿Te ha amenazado con algo? ¿Le has hecho los deberes? –Interrogó Yolei.

–Yolei, Yolei –la tranquilizó TK–. Déjalo que hable.

–Va a mi clase de Matemáticas Avanzada desde el año pasado y me pidió ayuda este verano.

–¿Es un año mayor que tú?

–No me lo puedo creer –repitió Davis.

–En realidad es un año menor. A los dos se nos dan bien las matemáticas y nos saltamos esa asignatura… Es tremendamente inteligente.

El camarero dejó un café, dos batidos, un té y un zumo en la mesa.

–Pues creo que la experta en matemáticas no te quita los ojos de encima –susurró Yolei en tono pícaro.

–No me lo puedo creer –dijo Davis por tercera vez, dándole un sorbo a su zumo.

Cody miró a la chica y esta no apartaba la vista de la mesa en donde estaban sentados. Con un repentino aunque leve sonrojo, el chico volvió la mirada de nuevo.

–¿Quieren dejarlo ya? Solamente nos llevamos muy bien, nada más.

–Cody, no tiene nada de malo que le gustes a una chica –habló Kari.

–Ni de raro –aportó TK.

–No me lo puedo creer.

–Davis, ¿quieres dejarlo ya? –Bufó Yolei.

–Es que es increíble. Cody ligando con una chica que está buenísima y yo aquí, sin que ninguna me haga caso. ¿No debería haber una norma que regulase el amor por edades? Ya saben, cuantos más años, más ligas.

–Ignora a Davis.

–¿Y cómo se llama? –Preguntó Kari.

–Aru. Bueno –rectificó–, en realidad se llama Hotaru. Pero le gusta que la llamen Aru.

–Qué bonito.

–Hotaru… Significa luciérnaga, ¿verdad? –Inquirió TK.

–Sí… ¿Por qué estamos hablando de esto? Tenemos más cosas de las que hablar. ¿Y Ken?

–Viene luego, tiene que hacer unas cosas en su escuela –respondió Yolei–. Y les quería proponer una cosa. Mis padres y mis hermanos quieren celebrar el Tsukimi en un lugar especial este año y han reservado una casa para alquilar un fin de semana. Está a las afueras y tiene un lago –sonrió– y me dijeron que podía llevar a gente. ¿Se apuntan?

–Yo le tengo que preguntar a mi madre, pero no creo que haya ningún problema –dijo el rubio.

–Debe de ser divertido –habló Kari.

–¡Sí! –Se emocionó Davis– Cuenta conmigo.

–Mi abuelo quería celebrarlo también, pero le preguntaré.

–Estupendo –sonrió Yolei.

Cuando el hambre se empezó a hacer manifiesto, Davis recordó que se tenía que marchar y Yolei fue detrás de él porque había quedado en verse con Ken. Kari y TK se levantaron para acercarse a la barra y pagar lo que habían tomado, y fue entonces cuando Aru, la chica de largo pelo castaño y piel blanca como la nieve, se acercó a la mesa con aquella sonrisa.

–¿Qué tal? –Le preguntó.

Cody no perdió la calma aunque por dentro se estuviera muriendo de los nervios.

–Muy bien, gracias. ¿Y tú?

Aru no pudo evitar soltar una pequeña risita.

–Siempre tan educado.

La observación de la chica provocó un casi imperceptible sonrojo en las mejillas del muchacho, que no sabía si tomárselo como un cumplido o como algo que debía apuntarse en su lista de cosas que tendría que cambiar de ahora en adelante. Por suerte, Aru pareció no percatarse del sonrojo.

–Por cierto, no sabía que eras amigo de Takaishi. Son muy cercanos, ¿no?

–Nos conocemos desde hace varios años, sí.

–Se nota que hay confianza entre todos.

–La verdad… Se puede decir que es como el hermano mayor que nunca tuve –sonrió, recordando–. Hizo muchas cosas por mí.

–¿Ah, sí? –Se sorprendió– Parece buena persona.

–De las mejores que conozco.

–Oye, ¿y esa chica es su novia?

–¿Quién? ¿Kari? Qué va, se conocen desde que son niños y se llevan de maravilla, pero no están juntos.

–Ah –añadió sin más, mirando a la pareja que reía en la barra mientras esperaba el cambio.

Cody se percató de lo mucho que la pareja llamaba la atención de Aru y el sonrojo de sus mejillas se trasladó a sus orejas. Lo había comprendido: Aru no lo miraba a él, miraba a TK. Davis tenía razón, que él le gustase a una chica era definitivamente in-creíble. La pareja se acercó.

–Hola –saludó Kari.

–Hola, encantada –se presentó sonriendo–. Soy Aru, amiga de Cody.

–Yo me llamo Kari.

–TK.

La vista de Aru no se apartaba del rubio.

–Bueno, me voy, mis amigas me están esperando. Hasta luego, Cody. Un placer haberlos conocido, Kari, TK…

Cuando la chica se fue, los tres abandonaron la cafetería. Cody se fue por otro lado esta vez, argumentando que tenía clase de kendo, por lo que TK quiso acompañar a Kari a casa. Esta insistió en que no hacía falta porque llevaba la bicicleta, pero terminó cediendo. Durante el camino hablaron de asuntos triviales y sin importancia, como los planes del Tsukimi con los padres de Yolei o las complicaciones y emociones que les esperaban durante todo el año. Pero entonces Kari notó algo en TK que no había notado en todo el día.

–¿Te pasa algo? –Le preguntó.

El chico se había metido las manos en los bolsillos del pantalón y en ocasiones miraba el cielo, como si intentase grabarse todos sus colores en la retina.

–¿A mí? –Sonrió– ¿Por qué iba a pasarme algo?

La chica se detuvo de pronto y él se giró para mirarla.

–No tienes por qué fingir delante de mí.

–No finjo nada –aseguró acercándose a ella–, estoy perfectamente.

–No me mientas, por favor.

Los ojos de la chica se clavaron en los suyos de tal manera que le resultaba imposible deshacerse de su mirada. Suspiró, molesto consigo mismo por haber bajado la guardia sin darse cuenta.

–Está bien –confesó–. Sí, estoy algo preocupado por un asunto. Pero no te preocupes, no es nada grave ni nada del otro mundo. Es una tontería, de verdad.

–¿No me lo vas a contar?

–¿Para qué? ¿Para que estés más preocupada tú que yo? Olvídalo, Hikari Yagami.

La chica no pudo evitar reírse.

–¿Por qué me llamas así?

–Para hacer énfasis en que no quiero que te preocupes por nada. ¿De acuerdo?

–Pero es que si no me lo cuentas estaré preocupada igualmente.

–No es nada serio ni grave ni nada. No es algo que me perjudique ni nada malo para nadie.

Kari dudó.

–Te lo prometo –añadió el muchacho, parándose justo en frente de ella.

Esas tres palabras sirvieron para que Kari dejase de preguntar, pero no para que dejase de estar preocupada por lo que sería lo que le pasaba a TK. Cuando llegaron al apartamento de los Yagami, TK se marchó y Kari se encontró con su hermano dormido en el sofá. A Kari le hizo gracia. Ese día solo lo había visto durmiendo.







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Septiembre | Siempre ahí

Una semana después, Kari corría hacia el instituto maldiciéndose internamente a sí misma por haberse quedado hasta las tantas hablando con TK por teléfono. Se había quedado dormida y esperaba que a TK no le hubiese pasado lo mismo. Además, esa misma mañana había aparecido la rueda de su bicicleta pinchada. ¿Qué más podía pasarle?

Una vez dentro del edificio, corrió escaleras arriba y al girar se chocó contra alguien y cayó de bruces contra el suelo.

–¿Qué? –Dijo aquella persona– ¿Se puede saber qué te pasa?

Pero el chico se quedó mudo al ver a la chica, por lo que la ayudó a levantarse.

–Yo… Lo siento mucho, de verdad –se disculpó Kari–. Iba con prisas y no miraba por dónde iba… Es culpa mía, perdona.

–No, no te preocupes –cambió de idea–. Yo tampoco miraba por dónde iba, andaba algo distraído. ¿Estás bien?

Kari miró al muchacho con el que se había chocado. Era tan alto como TK y llevaba una camiseta sin mangas tan holgada que se le veía parte del pecho trabajado. También llevaba puestas unas bermudas y unas zapatillas que a simple vista parecían comodísimas. ¿Por qué no llevaba puesto el uniforme? Su brillante pelo azabache y sus ojos del color de la avellana no pasaron desapercibidos para la muchacha.

–Sí, ¿y tú?

–Mejor que nunca –sonrió–. Me llamo Yung Hoshishima. ¿Contra quién tengo el gusto de haberme chocado?

Kari sonrió.

–Hikari Yagami. Puedes llamarme Kari.

–Bonito nombre. ¿Y por qué ibas con tanta prisa, Kari?

–Ah, sí, ¡llego tarde! –Se percató, poniéndose en marcha– Disculpa, hablamos en otro momento.

–Descuida. ¡Por cierto! ¿En qué clase estás?

–¡11–A! –respondió alejándose.

–11–B –soltó.

Kari llegó justo a tiempo a su clase, pero TK llegó cinco minutos después que el profesor y no lo dejó pasar. Al terminar la clase, Davis y Kari salieron al pasillo y se encontraron a TK sentado en el suelo.

–¿Se puede saber por qué llegaron tarde los dos? –Inquirió Davis.

Kari se sentó al lado de TK.

–Anoche nos dormimos tarde–respondió.

–Ah, ¿conseguiste dormir algo? Qué suerte.

Con el comentario de TK, Kari no pudo evitar reírse, y él no pudo evitar imitarla por una broma que solo entendían ellos. Davis se sintió excluido de la conversación que él mismo había iniciado, así que se retiró despacio con un suspiro.

–Creo que me voy a sentar dentro.

–Davis, perdona –dijo la chica.

El aludido hizo un gesto con la mano, dando a entender que no pasaba nada, y se metió de nuevo en el aula.

–¿No dormiste nada?

–Sí, dos horas y media de las cuales debería haber dormido solamente una. Y por eso estoy ahora sentado en el pasillo.

Un par de jugadores del equipo de baloncesto pasaron por allí y se les quedaron mirando.

–¿Qué, TK? ¿Limpiando el suelo? –Bromeó uno de ellos.

Kari se levantó con otra risa.

–Venga, vamos dentro –dijo.

–Eh, Yagami, ¿para cuándo una cita conmigo? Podemos sentarnos juntos en el pasillo de la segunda planta, si quieres –bromeó el otro y le guiñó un ojo.

–Para cuando los planetas se alineen, Don Juan –le respondió su amigo–. Hasta luego, chicos.

TK y Kari entraron en su clase tras despedirse de los muchachos.

Ya por la tarde, cada uno se dirigió a sus actividades extraescolares. Davis tenía entrenamiento de fútbol y TK de baloncesto. Cody quedó en verse con Aru para ayudarla con la clase de matemáticas y Yolei tenía tantos deberes que prefirió marcharse a casa. Kari se dirigió a las clases de baile con su amiga Ayame, con la que llevaba años asistiendo. Al llegar se encontraron nuevas caras, chicas que conocían de verlas por el instituto pero ninguna con la que hubieran hablado antes. Y una sorpresa: el único chico. Yung Hoshishima se acercó para saludarla.

–Yung –dijo sorprendida–. ¿Tú también bailas?

–Eso parece –sonrió.

–¿Eres nuevo en el instituto? –Le preguntó Ayame.

–Sí, llegué ayer y mi padre y yo estuvimos acomodando las cosas en nuestra nueva casa.

Por eso no llevaba el uniforme, pensó Kari.

Después de una charla en la que Kari descubrió que Yung se había mudado desde la Isla Rebun (a la que siempre había querido ir) por cuestiones de trabajo del padre y que este último era periodista, comenzaron las clases. Todas las alumnas se quedaron maravilladas al ver los estéticos y precisos movimientos de Yung, posiblemente más por tratarse del primer chico que pisaba esa clase con intención de quedarse a bailar. Al salir, Kari se encontró con TK y se dirigieron de nuevo a casa de los Yagami.

–No tienes por qué acompañarme siempre.

–Si te molesto me voy.

Sonrió.

–Claro que no. Es solo que a veces tengo la sensación de que soy una especie de carga para ti y de que me acompañas para que no me pase nada.

–Si ser una carga significa “me gusta estar contigo” sí. Eres toda una carga.

Kari se quedó callada sin saber qué responder y TK la miró.

–No lo hago porque piense que te vaya a pasar algo –continuó–, simplemente me gustan estos paseos. Es mejor esto que volver a casa directamente. Pero si lo prefieres, me puedo ir a casa directamente a partir de mañana.

–No –respondió–. Yo también prefiero que vengas.

De pronto Kari se detuvo mirando a su izquierda y TK la imitó. A su lado había un pequeño parque con nada más que un par de columpios y un tobogán.

–¿Te acuerdas?

TK lo recordaba perfectamente. Cuando se mudó de nuevo a Odaiba cuando tenían once años, Kari y él solían visitar ese parque a menudo porque casi no había gente, pero sobre los trece años dejaron de hacerlo. El rubio se acercó a uno de los columpios y se posó de pie sobre él, como cuando tenía once años. Entonces se empezó a mecer y Kari se acercó.

–¿Resistirá? –Preguntó.

–Te respondo en unos minutos.

Kari rió y se subió al columpio que estaba al lado, imitándolo. Juntos se mecieron hasta que los columpios alcanzaron alturas que invitaban a que se bajaran. Entonces TK saltó y cayó milagrosamente sobre las dos piernas. La adrenalina comenzó a recorrerle el cuerpo, recordándole las dos ocasiones en las que tuvo que luchar por salvar el Mundo Digital. Kari reía detrás de él con el viento moviéndole el pelo hacia delante y hacia detrás. Hizo amago de detener el columpio, pero TK se lo impidió.

–Salta –le dijo.

–¿Qué? ¿Estás loco?

TK se colocó justo delante de su columpio y estiró los brazos.

–Salta, vamos –sonrió–. Me lo agradecerás cuando sientas la adrenalina.

–Me da miedo saltar.

–Estoy aquí, no voy a dejar que te pase nada.

Kari dudó.

–Estoy aquí –repitió TK.

Esas dos palabras bastaron para que Kari se decidiera: Se agarró fuerte a las cadenas, cogió impulso, cerró los ojos y cuando estuvo a la altura correcta, saltó. La adrenalina había comenzado ya antes de que saltase, y era una sensación maravillosa. Sin tocar el suelo, se topó con unos brazos que evitaron que cayera.

–Ya puedes abrir los ojos –le dijo.

Kari obedeció con una sonrisa y, sin separarse de él, comenzó a reír. TK dejó que sus pies tocaran el suelo. No podía evitar sonreír debido a la contagiosa risa de la chica, que parecía extasiada. Con su cuerpo pegado, notaba que su corazón palpitaba a lo que parecía ser mil por hora. Las piernas parecían temblarle, así que no se atrevía a soltarla. Sin embargo, ella seguía riendo. Era verdad, puede que a veces hiciera algunas cosas para protegerla. Pero no podía evitarlo; parecía tan frágil que sentía la necesidad constante de comprobar que estuviera bien. Kari posó las manos en su pecho, separándose lo suficiente para poder apoyar la frente entre sus dos clavículas, sin dejar de reír, y TK no apartaba las manos de su cintura. La risa de la chica se fue mitigando poco a poco. Se secó las lágrimas y lo miró a los ojos. Era verdad, estaba ahí. Siempre estaba ahí.






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Septiembre | Yung Hoshishima
Kari se miró por última vez en el espejo de su habitación. Se había puesto un vestido corto para poder disfrutar de los últimos rayos de sol de septiembre, y el mejor día para hacerlo era justamente un sábado. Salió de su cuarto y se guardó las llaves de casa en el bolso.

-¿A dónde vas? –Preguntó Tai sin levantar la vista de sus apuntes.

-He quedado.

-¿Con TK y los demás?

-No, Yolei y Ken van a ir al cine, y Davis tenía…

-¿Solo con TK? –Interrumpió.

-No –suspiró–, con un chico del instituto.

Tai levantó la mirada por fin y arqueó una ceja.

-¿Qué?

-¿Qué chico?

-Uno de baile. Es nuevo, le voy a enseñar la ciudad.

-¿Y no se la puede enseñar otro?

-Tai.

-Vale, vale… ¿Vienes a cenar?

-No lo sé, te aviso –dijo marchándose.

Se dirigió al lugar que habían acordado con tranquilidad y cuando llegó el chico ya estaba allí. Yung la miró sonriendo, se acercó para saludarla y juntos emprendieron la marcha para ver los lugares más emblemáticos de Odaiba, como la estatua de Gundam o la propia bahía de Tokio. Entonces fue cuando les entró hambre y Yung invitó a Kari a un helado para agradecerle las molestias que se estaba tomando. Agotados, se sentaron en un banco y observaron la ciudad que se les presentaba delante.

-Creo que esta es la parte que más me gusta –dijo el muchacho.

-¿Sí?

-Le tengo un cariño especial al mar –sonrió nostálgico.

-Es verdad, vivías en la Isla Rebun, ¿verdad?

Yung asintió.

-Siempre he querido ir –continuó–. Debe de ser preciosa.

-Lo es. Confieso que la echo de menos.

-Viniste por tu padre, ¿no?

-Sí, es periodista y lo transfirieron a Odaiba, así que no nos quedó más remedio.

-La madre de TK también es periodista. ¿Tienes hermanos?

Yung ya sabía quién era TK. Lo conocía del instituto por ser el capitán del equipo de baloncesto y por estar la mayor parte del tiempo con Kari, así que no preguntó. Negó con la cabeza.

-Mi madre murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía ocho años –dijo con naturalidad–, y mi padre nunca se ha vuelto a casar. Supongo que el trabajo es más importante para él.

-Vaya, lo siento.

Kari se sintió culpable por haber llevado la conversación a ese punto y Yung se dio cuenta enseguida.

-No, no lo sientas. Quiero decir, no es algo que no haya superado todavía, así que no tengo problema en hablar de ello. Es simplemente que a veces me gustaría que mi padre hiciera un poco de vida social, que conociera a alguien especial… Ya sabes, cosas que hace la gente. Cosas como la que estoy haciendo ahora mismo.

-¿Vida social? –Sonrió.

-Conocer a alguien especial.

Kari lo miró. Se había terminado su helado y tenía los codos apoyados en las rodillas. El sol iluminaba su piel morena y sus ojos estaban clavados en el agua, como si sintiera una añoranza que no pudiese expresar ante los demás.

-No soy especial –respondió.

-Sí que lo eres, lo que pasa es que tú no lo notas –la miró–. Pero los que estamos a tu alrededor nos damos cuenta enseguida: tienes un aura diferente. Cuando te conocí solamente pude pensar en que eras guapísima, que lo sigo pensando –Kari se sonrojó–, pero en cuanto te miré por segunda vez vi en ti algo... No sé explicarlo. Eres de esa clase de personas que desprende una luz más brillante que el resto, de esas que encandilan pero que no puedes dejar de mirar. La gota que colmó el vaso fue cuando me miraste a los ojos. Te brillan como si vieras solamente lo bueno de las personas, como si fueras capaz de ver la parte buena hasta del ser humano más vil que existe. Y eso es fantástico.

-¿Todo eso con una sola mirada?

-Te sorprendería saber lo mucho que pueden contar unos ojos –sonrió–. Más que las palabras.

Kari le devolvió la sonrisa.

-Eso es muy bonito.

-Supongo –susurró–. ¿Tú tienes hermanos?

-Sí, se llama Tai.

-¿Te llevas bien con él?

Kari asintió terminándose el helado.

-¿Cuándo vuelves a tu isla?

-No lo sé, puede que en verano.

-Debes echar mucho de menos a tus amigos.

-En realidad no tenía muchos amigos –alzó los hombros restándole importancia– pero sí, echo de menos a los pocos que tenía.

Kari no respondió y se quedaron mirándose. Estaba intentando adivinar lo que querían decir sus ojos castaños, que la miraban con agradecimiento, tranquilidad, simpatía y… ¿dolor? Sí, era dolor. Había dolor en esos ojos, un dolor que había intentado ser tapado por un manto de indiferencia. Kari pensó en lo que le había dicho. Su madre había muerto, su padre trabajaba mucho y él tenía pocos amigos. Entonces Kari pareció entenderlo: Yung se sentía solo. Sin pensarlo, estiró el brazo y apoyó la mano sobre la del chico. Él miró las manos y dudó, pero al final apretó la mano de la chica y la miró sonriendo. Kari se levantó y lo llevó consigo.

-Ven, tienes que ver una cosa más.

Yung no rechistó y juntos se dirigieron al edificio de Fuji TV.

-Dios, es aún más impresionante en persona –comentó–. ¿Vivías aquí cuando fue destruido?

-Sí, en realidad lo vi.

-¿En serio? –Se sorprendió– ¿Y te acuerdas?

-Perfectamente –pensó–. Tenía solo ocho años, pero es difícil olvidar algo así.

-Increíble –alzó la mirada para continuar observando el imponente edificio.

-Pero ven, aún no has visto lo mejor.

Kari pasó por el pequeño puesto de flores que había al lado y juntos se introdujeron en el edificio y subieron al punto más alto, aquel en el que alguna vez Wizardmon se sacrificó por salvarlas a ella y a Gatomon. Era increíble la cantidad de gente que había de visita en pleno septiembre, pero el calor que emanaban tantas personas era controlado por un buen sistema de aire acondicionado. Se acercaron a la cristalera y observaron el lugar en el que unos niños y unas criaturas habían peleado alguna vez por salvar el mundo. Kari se agachó y dejó las flores en el suelo, dedicándole unas palabras de agradecimiento a Wizardmon por regalarle su propia vida.

-¿Estás bien? –Le preguntó Yung.

-Sí –sonrió–. Perdí a alguien especial aquí, en el verano de 1999.

-¿Cuando este edifico cayó?

Kari asintió y se llevó las manos al pecho, recordando a Gatomon y a Wizardmon. Yung la miró durante unos segundos y le rodeó los hombros con un brazo, atrayéndola hacia sí. Entonces Kari se inclinó sobre él y suspiró, sintiéndose extrañamente cómoda. Se quedaron así varios minutos hasta que el sol comenzó a ponerse en el horizonte. Kari lo llevó hasta una terraza desde la que se podía ver la noria de Odaiba. El cielo se había teñido de varios matices de naranja y amarillo, cubriendo la ciudad con un manto de colores cálidos. A lo lejos se podía apreciar levemente el monte Fuji.

Yung observó el paisaje maravillado. Él conocía vistas bonitas de su isla, pero esas también tenían algo único. Kari le señaló hacia la noria.

-Por allí vivo yo –le dijo.

Yung le agarró la mano con suavidad y la movió unos centímetros hacia la derecha.

-Yo por allí –dijo él.

Bajaron los brazos sin despegar las manos y se quedaron ahí, el uno pegado al otro observando el sol esconderse detrás de los edificios. Cuando empezó a oscurecer abandonaron el lugar. Justo en la puerta se encontraron a un rubio que parecía estar esperando a alguien. Kari se acercó sonriendo antes de que él los viera.

-¿Esperabas a tu padre?

TK levantó la vista del suelo y sonrió al verla.

-Así que estabas por aquí –dijo–. Te llamé esta tarde.

-Sí, estaba enseñándole la ciudad a Yung.

El mencionado se acercó y alzó la mano en señal de saludo.

-Es verdad, no se conocen. TK, te presento a Yung Hoshishima, un nuevo integrante de baile y nuevo en la ciudad. Yung, este es TK, el capitán del equipo de baloncesto del instituto por segundo año consecutivo –bromeó.

-¿No puedes presentarme como las personas normales, con un simple “un amigo”? –Dijo TK– La gente va a pensar que te obligo a decir ese tipo de cosas.

Kari se rió y le contagió una sonrisa a ambos.

-Takeru Takaishi –se presentó–. “Un amigo”.

-Encantado de conocerte. Yung Hoshishima, “un posible futuro amigo”.

TK sonrió ante el comentario de Yung.

-Un placer.

-En realidad ya me habían hablado sobre ti –comentó el moreno.

-¿Ves? –Le dijo Kari– A esto me refería.

-Déjalo ya –sonrió TK–. ¿Te gusta Odaiba?

-Sí, es preciosa. Tiene encantos que no hubiera visto de no ser por Kari –sonrió también.

-Me alegro. Espero que te adaptes bien a la escuela, Yung. ¿Te puedo llamar así?

-¿El capitán del equipo de baloncesto me está preguntando esto? –Bromeó– Faltaba más.

-Genial –lo ignoró–. Puedes llamarme TK.

-Claro.

El padre del rubio salió del edificio con gran cansancio y se acercó al coche en el que estaba apoyado su hijo.

-Hola, Kari –la saludó.

-Hola, señor Ishida.

-Papá, este es un compañero de la escuela. Se llama Yung.

-Un placer, Yung. ¿Quieren que los lleve a casa?

Los muchachos accedieron muertos del cansancio. La primera casa que visitaron fue la de los Yagami, y todos salieron del coche al ver a Tai y a Matt salir de esta.

-Ah, pues al final sí que estaban juntos –comentó Tai refiriéndose a sus hermanos.

Kari presentó a Yung a los dos muchachos y a su madre, que también se asomó para darle las gracias al señor Ishida. Después, los Yagami se metieron en su apartamento y los Ishida y Yung se marcharon en el coche, dejando al último en su casa.

-¿Está en tu clase? –Le preguntó Matt a su hermano cuando ya se habían alejado.

-No, Kari y él van juntos a las clases de baile. Es nuevo.

-Es que me suena mucho su apellido.

TK pensó.

-¿Hoshishima? Pues… no tengo ni idea.







Sombra&Luz
 
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Septiembre | Casa de campo
Kari guardó algo de ropa en una mochila y miró la fecha en su móvil: Viernes, 28 de septiembre. Habían quedado en verse el sábado por la mañana en la tienda de los padres de Yolei para ir todos juntos a la casa de campo que habían alquilado para el Tsukimi, pero como no cabían todos en un solo coche, la madre de TK había terminado ofreciéndose para llevarlos con el coche de su ex marido.

-¿Quiénes van? –Le preguntó su hermano apoyado en el marco de la puerta.

-Los padres de Yolei, sus hermanos, sus cuñados y su sobrina y los chicos.

-¿Qué chicos? ¿TK y Davis?

-Y Ken también.

-¿Cody no va?

-No, lo celebra con su familia.

-¿Y cuántas habitaciones hay en esa casa?

-Tai –suspiró–, ¿qué te pasa? Últimamente me interrogas más de lo normal.

-Solo me preocupo por mi hermanita pequeña.

-Tu “hermanita” pequeña tiene dieciséis años.

-Como si tiene cuarenta; siempre será mi hermanita pequeña.

-Vete de mi habitación.

-Todavía no me has respondido.

Kari se levantó y lo amenazó con la almohada.

-Vete de mi habitación –repitió.

Tai se cubrió la cara con un brazo y se separó de la puerta.

-Pero no vas a dormir con todos los chicos, ¿no?

Kari le tiró la almohada y comenzó a empujarlo con su propio cuerpo para echarlo.

-Claro que no –respondió con esfuerzo.

-¿Segura?

-Por supuesto, Ken y Yolei están juntos.

-¿Qué significa eso?

Kari sonrió, a punto de cerrarle la puerta en las narices.

-Que solo puedo dormir con Davis o con TK. O con los dos a la vez.

-¡Kari!

Y la nombrada consiguió cerrar la puerta con éxito, riéndose al escuchar las quejas de su hermano en el otro lado. Si lo hubiera querido podía haber entrado y haberse quedado en la habitación, pero sabía que Kari podía acudir a sus padres en cualquier momento.

Con todo preparado y tras una ducha, se metió en la cama con el pijama ya puesto y miró por última vez su móvil. Tenía un mensaje.

Has visto la luna? Tiene toda la pinta de que mañana estará en su punto para el Tsukimi. Por cierto, espero que vayas con hambre, porque mi madre no para de cocinar” – TK.

Kari sonrió. Se levantó, corrió las cortinas y miró a través del cristal. La luna era enorme y estaba casi entera, gobernando un cielo que no podía ser iluminado por la luz de millones de estrellas debido a la contaminación lumínica de la ciudad.

“Es preciosa, espero que mañana podamos ver las estrellas también. Tanto está cocinando?” – Kari.

“Tanto que a lo mejor no cabemos en el coche. Pero no pasa nada, si no cabemos te vas caminando y listo” – TK.

Kari rió.

“No hay problema, estoy en forma” – Kari.

La chica se pudo imaginar la sonrisa del muchacho frente a la pequeña pantalla.

“Eso espero, porque no te pienso ir a buscar” – TK.

Con algún que otro mensaje de despedida entre risas, le dio las buenas noches y se fue a dormir.

Por la mañana se despertó pronto, comprobó que no le faltase nada y salió de casa antes de que sus padres y su hermano se despertasen. Era una mañana refrescante, con un aire frío que acompañaba al sol y contrarrestaba su fuerza. Al llegar ya estaban ahí toda la familia Inoue y TK con su madre. La sobrina de Yolei, de cuatro años, se había pegado a TK y no parecía tener intención de despegarse. Un par de minutos después apareció Ken, que bajó del coche de su padre con timidez. Tener de pronto a toda la familia de su novia sin que estos supieran nada le resultaba tremendamente incómodo. Su padre se despidió de todos con la mano y se marchó a trabajar.

-Hola, Ken –lo saludó una de sus cuñadas–. Llevábamos tiempo sin verte por casa, pensábamos que Yolei te había espantado por fin.

La nombrada se empezó a quejar y se armó una discusión entre ella y sus hermanos, pero Ken prefirió callarse y no meterse en cosas de familia: justo cuando empezaron a llamarse “novios”, Ken dejó de ir a casa de Yolei precisamente por la vergüenza que le daba aun sabiendo que nadie tenía noción ninguna sobre lo que ocurría. Varios minutos más tarde llegó Davis apurado, que se había quedado dormido, y subieron a los coches distribuyéndose de la siguiente manera: en el coche que conducía el padre de Yolei iba su madre de copiloto con los tres hermanos de Yolei y el marido de una y la novia del otro detrás. En el coche que conducía la señora Takaishi se iba a colocar TK de copiloto, pero la sobrina de Yolei se lo impidió. Al final Yolei se colocó delante y detrás se pusieron TK, Kari, Davis y Ken con la niña.

Durante algo más de dos horas, los chicos que iban detrás se vieron obligados a soportar las discusiones entre Davis y la sobrina de cuatro años de Yolei, que parecía compartir con ella el poco gusto por estar con el chico del pelo pincho.

-Eres un monstruo –le decía la niña.

-Ah, ¿sí? ¿Y tú qué eres?

-Davis, no entres al trapo –reprochaba TK.

-Yo soy una princesa bella –reclamaba la pequeña orgullosa, despertando las carcajadas de todos los que iban en el coche.

Cuando llegaron, aparcaron los coches delante de la gran casa de hormigón blanco que había en mitad de la nada, sobre un lecho de pequeñas piedras de color gris. Justo al lado de la casa había una pequeña construcción de nada más que cuatro paredes con una sola ventana. A poco menos de veinte metros se encontraba la única casa que parecía haber en varios kilómetros a la redonda además de la suya, y enfrente de ambas había un gran lago que era atravesado por un puente de madera que conectaba con el otro lado –en el que solo había bosque–. Cerca del puente había un pequeño muelle que parecía perfecto para sentarse a observar los reflejos del agua. Fuera de la casa había varios asientos de color blanco que estaban acompañados por plantas que hacía varios días que no regaba nadie.

El interior de la casa era simple y perfecto. Un gran sofá blanco reinaba en la sala principal, acompañado por dos sillones de color crema de menor tamaño y una pequeña mesa con alguna que otra revista con fechas ya olvidadas. Una chimenea con algo de leña adornaba las paredes, que estaban decoradas con piedras grises de gran tamaño, aportándole un toque rústico. En mitad de la cocina había una gran mesa de madera barnizada y pintada con el color de la canela. Ese era posiblemente el lugar más luminoso de toda la casa porque una de las paredes era un gran cristal que dejaba al descubierto todo el exterior, dándoles a los comensales unas vistas inmejorables. En el segundo piso estaban todas las habitaciones, que resultaron ser cinco en total: una para los padres de Yolei, otra para la hermana con el marido y la hija, otra para el hermano y la novia, otra para los tres chicos y la última para Yolei, Kari y la hermana de la primera. Había también un aseo y un pequeño cuarto con varias duchas al estilo de los campamentos, y un último lugar reservado para un jacuzzi con capacidad para cinco personas. Kari se maldijo porque no había pensado en traerse el bañador, así que no podría bañarse ni en el jacuzzi ni en el lago.

Tras ver la casa y vaciar la comida del coche, la madre de TK se despidió y quedó en recogerlos el domingo. Cada uno se dirigió a su habitación y acomodó lo poco que tenía. Lo malo era que en cada habitación había solamente dos camas, por lo que los tres chicos y las tres chicas tendrían problemas para dormir. ¿Quién compartiría cama con quién? Yolei lo tenía claro: compartiría con su hermana para que Kari pudiese descansar bien. Al fin y al cabo era la invitada. En el otro lado TK y Ken se vieron obligados a dormir juntos, ya que Davis se movía demasiado y resultaría imposible descansar a su lado. Con todo ya listo, los muchachos salieron de la casa con los bañadores puestos y se colocaron frente al lago. Kari era la única que no tenía qué ponerse.

-Debe de estar helada –comentaba Yolei.

-Con el calor que hace se agradece –añadió TK.

-¡Al agua voy! –Gritó Davis justo antes de tirarse desde el muelle.

-¡Davis, eso no es justo! ¡Yo quería tirarme la primera! –Lo siguió Yolei.

Ken se acercó al agua y la tocó, pero estaba demasiado fría para su gusto.

-Vamos, baja, Ken –lo apremió Yolei.

-Creo que me voy a quedar aquí con Kari.

TK se metió en el agua con mucho menos escándalo que sus dos amigos.

-Ah, no. De eso nada.

La chica de pelo violeta salió del agua y le dio una mano a Ken, arrastrándolo hacia el muelle.

-Yolei, Yolei, espera –le dijo–. Está demasiado fría.

-Tonterías.

Ya en el muelle, Yolei tiró de él para que se metiera en el agua, pero el chico se resistía. Entre forcejeo y forcejeo, la chica tropezó y cayó de bruces en el agua.

-¡Yolei!

Ken fue tras ella sin pensárselo y se alejó de los demás para buscarla, pero unos segundos más tarde, asomó la cabeza y tragó una gran bocanada de aire que provocó un suspiro de alivio en el muchacho.

-¿Lo ves? –Le rodeó el cuello con los brazos– No está tan fría.

-Nos pueden ver…

Yolei lo besó en el cuello y le rodeó la cintura con las piernas.

-No nos van a ver, y si vienen te metes debajo del agua y nadas.

Ken miró a su alrededor. A esa distancia escuchaba los gritos de Davis y las voces de TK y Kari, pero no veía a ninguno porque había una gran roca justo al lado del muelle que los separaba. Al ver que estaban en relativa tranquilidad, la miró y la besó con ternura. Sus manos se deslizaron por el cuerpo de la chica y se detuvieron en sus piernas, a lo que Yolei reaccionó pegándose más a él, si podía. Los besos fueron subiendo de categoría, llegando a ser apasionados y con las pausas justas para que respiraran. Yolei le agarró el pelo desde la raíz y Ken la empujó contra una de las columnas del muelle. Yolei gimió y Ken se separó de ella.

-¿Por qué paras?


Lo atrajo de nuevo hacia sí y Ken miró hacia arriba mientras ella le besaba el cuello y la clavícula.

-¿Has oído eso?

-No –susurró.

-Yolei, espera, me parece que se acerca alguien…

-Que no viene nadie –le susurró en el oído.

-¿Segura?

-Calla.

-¿Dónde se han metido esos dos? –Decía Davis al otro lado.

-Déjalos –respondió TK–, deben estar entretenidos.

-¿Entretenidos con qué? –Preguntó. TK y Kari se miraron. ¿Cómo era posible que Davis no se enterase de nada?

-Olvídalo.







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Waaaaa pero que bonito fic, bien detallado y narrado. Dónde lo tienes publicado para seguir leyendo?
 

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Waaaaa pero que bonito fic, bien detallado y narrado. Dónde lo tienes publicado para seguir leyendo?
Pues había dejado de publicar aquí porque nadie leía, pero si tú sigues leyendo continúo publicándolo. :) Con una persona me basta para continuar, la verdad.
 

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n.nU lo busqué por Wattpad y empecé a leerlo allí, muy bueno por cierto!!
 

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Septiembre | Magia

Kari dejó a sus amigos disfrutando del baño en aquel lago y se metió dentro de la casa. El hermano y la cuñada de Yolei estaban sentados en el luminoso sofá de color blanco mientras disfrutaban en un refresco. La sobrina de Yolei bajó por las escaleras con el adorable bañador rosa y azul puesto y se dirigió corriendo a la salida, perseguida por su otra tía, que también se había preparado para darse un baño.

-¡Espera, Rima! –Le gritaba– ¡Que no sabes nadar!

Kari sonrió al ver a la pequeña tan emocionada, pero no pensó en que su tía Yolei estaba allí fuera a solas con Ken. Ruidos provenientes de la cocina llamaron su atención.

Cuando entró, la madre de Yolei se encontraba amasando mochi, y el agua de una cacerola estaba a punto de entrar en ebullición. Kari olfateó el aire y le llegó un agradable aroma.

-Qué bien huele –comentó cerrando los ojos.

La mujer se ajustó las gafas con un dedo.

-Debe de ser la sopa de la señora Takaishi. Tiene una pinta estupenda.

Kari miró la encimera. Sobre una bandeja había una pirámide a medio terminar de bolitas de tsukimi dango, aquellas que se hacían con la pasta de arroz de mochi. En un cuenco había naranjas, uvas y kakis perfectamente colocados. Unos boniatos esperaban en la bandeja de horno para ser cocinados, y a su lado una tabla de madera con puerro, berenjena y zanahoria cortados en pedazos lo suficientemente grandes como para que Rima tuviera excusa para no probarlos. Sobre la placa, dos cacerolas. En una de ellas había una tsukimi udon, una sopa de fideos gruesos con una pinta y un olor espectaculares que Kari supuso que había preparado la madre de TK; y en la otra el agua había empezado a hervir con fuerza.

-¿Puedes meter cuatro bolsitas de té? No puedo cocinar sin té.

Kari asintió e introdujo cuatro bolsas de té de frutos rojos en el agua hirviendo. Dos minutos más tarde, sirvió el agua teñida de rojo en una taza y se la tendió a la mujer, recibiendo su agradecimiento.

-¿Puedo ayudar en algo?

-Creo que no, ya está casi todo. La tsukimi udon y las tsukimi dango de la señora Takaishi ya están, solo tengo que terminar las mías que ya casi están. El boniato solo hay que meterlo en el horno, y ahora me pongo a cocer la verdura. ¿Quieres las berenjenas y el puerro a la plancha o prefieres tempura? –Bebió un sorbo de su té– Ah, qué despistada, casi me olvido de las setas. Me sé una receta de setas con una salsa de ajo estupenda. ¿Quieres ir haciendo el arroz?

Kari miró la arrocera y asintió sonriendo. Le había dejado la parte fácil. Se acercó al fregadero con el arroz y comenzó a lavarlo para quitarle todo el almidón.

-Qué pena que se te olvidase el bañador –comentó la mujer haciendo las bolitas–. Podrías estar divirtiéndote ahora.

-Bueno, esto es entretenido. Me gusta cocinar.

-Al menos no tienes que aguantar las tonterías de Davis. No lo sé en realidad, mi hija siempre habla de eso.

Kari rió.

-Davis siempre saca a Yolei de sus casillas, pero en el fondo se quieren.

-Mi hija no me lo quiere decir, pero estoy segura de que le gusta Ken.

Kari escurrió el arroz y lo introdujo en la arrocera. No le gustaba mentir, pero tampoco tenía en mente delatar a su amiga.

-Davis me dijo una vez que yo le gustaba –dijo, arrepintiéndose al instante. No sabía por qué había llevado la conversación a ese punto. Sin quererlo, había desviado la atención de la vida de Yolei a su vida.

-¿Ah, sí? No me extraña, Yolei me ha contado que él y TK están locos por ti.

A Kari casi se le derrama el agua que iba a meter en la arrocera.

-Qué va, TK no –aseguró retomando la tarea–. Somos buenos amigos, eso es todo.

-Eso nunca se sabe. Mi marido fue mi mejor amigo antes de convertirse también en mi novio, y no sabíamos que nos gustábamos de esa manera hasta que su hermana nos abrió los ojos. En el fondo nos daba miedo darnos cuenta, pero mira, aquí estamos. Casados, con cuatro hijos y una nieta. ¿TK nunca te ha dicho que le gustas?

-No, para nada. Él sale con otras chicas, no creo que se le haya pasado por la cabeza.

La mujer soltó una pequeña carcajada que parecía querer demostrarle a Kari lo inocente que era.

-Créeme, cariño, eso no tiene nada que ver. Cuando un chico está enamorado y sale con otras suele tener mucho que ver con que no se ha dado cuenta del todo o con que le da miedo aceptar que está enamorado. Pero eso es fácil saberlo.

Kari quería preguntarle cómo, pero en lugar de eso se quedó en silencio observando cómo la arrocera comenzaba a trabajar por su cuenta. Lo había conseguido, había despertado en ella una enorme curiosidad por saber si tenía razón o no y, al mismo tiempo, le había generado el mismo miedo del que estaba hablando. Se mordió el labio para concentrarse en mirar la máquina mientras esta comenzaba a emitir sonidos.

-Ah, voy a preparar también un bizcocho de canela. ¿O lo quieres de zanahoria? Hm, quizá haga tarta de galletas. O de manzana. La señora Ichijouji hizo un flan de almendras que tiene que estar delicioso. Sí, voy a hacer ese bizcocho de canela. Si sobra, lo desayunamos mañana. Por favor, va a sobrar mucha comida.

Kari comenzó a ayudarla con el bizcocho de canela, siguiendo los pasos que le iba indicando. Las bolitas de tsukimi dango ya estaban apiladas en una pirámide perfecta que estaba coronada con una ramita de zuzuki, y fue entonces cuando Kari se percató de que había una gran bolsa de castañas esperando para ser asadas.

-¿Te cuento un secreto? –Le susurró mientras tamizaba la harina sobre la masa que Kari removía con esfuerzo.

-Claro –sonrió, esperando el secreto de su bizcocho de canela.

-Si está enamorado, te mirará como si fueses magia.

Kari evitó tragar saliva para que no notase lo nerviosa que le había puesto aquella simple frase. En su lugar, continuó removiendo y sonrió, como si no fuera la cosa con ella.

-Entonces está claro que no –mintió, deseando saber cómo era eso de mirar a alguien como si fuese magia.

-¡Já! ¡Te adelanté!

Davis corrió por el pasillo pasando por delante de la puerta de la cocina sin detenerse a mirar, y subió las escaleras de dos en dos.

-Enhorabuena –rió TK, apareciendo en el marco de la puerta.

Solamente llevaba puesto el bañador y una toalla rodeándole el cuello. Entró en la cocina y Kari desvió la mirada rápidamente, evitando encontrarse con sus ojos por primera vez desde que lo conocía.

-Huele muy bien –dijo él sin percatarse–. ¿Eso es un bizcocho?

-De canela –asintió la madre de Yolei–. Te va a encantar, aunque prácticamente lo ha preparado Kari sola.

-Entonces estará buenísimo –sonrió, encontrándose con los ojos de Kari. Esta intentó descifrar lo que había en ellos, pero no sabía distinguir la magia de la que hablaba la madre de Yolei–. Davis y yo vamos a dar una vuelta por los alrededores, ¿quieres venir?

-Claro que sí, déjamelo a mí.

La señora Inoue le quitó la masa a Kari y continuó ella con movimientos sinuosos. A pesar de haber decidido por ella, Kari no se negó y acompañó a TK al segundo piso. Cuando los chicos estuvieron listos, bajaron y esperaron a Yolei y a Ken, que decidieron que irían en el último momento. Cuando estuvieron preparados salieron y caminaron por el terreno de grava y tierra. Algo se movió entre las sombras de la otra casa que los acompañaba y una chica de piel morena se acercó con algo sobre las manos. Iba dando un pequeño saltito cada vez que daba un paso, haciendo que su camiseta ancha ondeara igual que su gran mata de pelo negro.

-Hola, me llamo Miku, aquella es mi casa, bueno, la de mis padres, y esto es una tarta de limón de bienvenida. ¿Son todos primos? ¿De quiénes son los padres que pagan?

Lo había dicho todo en el mismo tono, como si quisiera acabar con aquello cuanto antes y estuviese obligada a decir justamente esas palabras. Solamente miraba al suelo y a su alrededor, sin pararse a mirarlos a ellos, evitando conectarse con nadie de ninguna manera.

-Yolei.

-Ah, sí –reaccionó cuando Ken la llamó–. Soy yo.

-Un placer, “Yo”. Toma, la tarta. Bienvenidos al Tsukimi Place, el lugar a donde todo el mundo quiere venir y cuyos visitantes obligan a los grandes peces gordos a construir y construir más casas por esta zona que una vez fue fértil. Bienvenidos al lugar en donde las estrellas dejarán de verse pronto porque la contaminación lumínica crecerá más y más. Al lugar que ustedes también están contribuyendo a destruir. Espero que les guste –sonrió con ironía.

Yolei miró la tarta que tenía entre las manos e intentó entender el repentino ataque de la chica que se había acercado a ellos.

-¿Perdón?

-No me digas que tendré que repetírtelo de nuevo.

-No, no, si lo he entendido perfectamente, pero…

-Pues hala, disfruten de las vistas. Por la noche la luna se refleja en el lago y, si es una buena noche, incluso las estrellas lo hacen también. Feliz Tsukimi.

Después de lo dicho, Miku dio media vuelta y regresó a la que parecía ser su casa, dando los mismos saltos. No les echó ni siquiera una mirada más antes de meterse dentro y cerrar la puerta. Los chicos no entendieron lo que ocurría.

-¿Qué le pasa a esa chica? –Soltó Davis.

-Será borde –añadió Yolei colocando su brazo libre en jarra y apoyando su peso sobre la pierna izquierda–. ¿Quién se ha creído que es para hablarnos así? Me pone de los nervios, no quiero su tarta.

-Yolei, tranquilízate –le pidió Kari.

-Sí. Si lo que ha dicho es verdad, es lógico que esté así –apuntó TK.

-Ya, pero no tiene motivos para hablarnos de esa manera. Será…

-Anda, dame la tarta –sonrió el rubio.

-Quizá deberíamos ir a darle algo nosotros también –opinó Ken.

-¿Cómo?

La mirada de su novia le provocó un escalofrío.

-Digo, que no está de más ser amables –se explicó–. Seguramente la hayan obligado los padres a traer esa tarta para darnos la bienvenida.

-Supongo –refunfuñó la chica de pelo violeta.







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Septiembre | Tsukimi

Cuando los chicos regresaron a la casa y le explicaron a la madre de Yolei que los vecinos les habían dado una tarta de bienvenida, esta no se lo pensó dos veces y colocó el bizcocho de canela y algunos boniatos en un recipiente para llevar. Pero Yolei no estaba dispuesta a llevarle nada a aquella chica, y mucho menos a permitir que lo hiciera Ken.

-Mucho cuidado, que todavía está caliente –advirtió la señora Inoue.

Kari, TK y Davis se dirigieron a la casa vecina y se introdujeron en su propiedad con la sensación de estar cometiendo algún tipo de delito. La casa era del mismo tamaño y estructura aparente que la que ellos estaban ocupando, pero la pintura blanca estaba desgastada. El único mueble que había en el exterior era un banco de madera oscura que custodiaba la puerta y que estaba almohadillado con un fino cojín alargado con pinta de haber vivido muchos años. Un Mitsubishi Montero verde de 1986 era el único automóvil aparcado en la entrada, acompañado por dos bicicletas de color rojo y amarillo que estaban apoyadas en la barandilla carcomida que rodeaba la casa. TK dio tres golpes en la puerta.

Unos segundos después, un niño de unos seis años les abrió. No llevaba zapatos ni camiseta, y el pelo negro se le rizaba más en la zona cercana a las orejas. En el pecho, haciendo contraste con su piel morena, había un gran círculo hecho con pintura grisácea y que había empezado a ser rellenado en tonos blancos y plateados. Era una luna llena.

-Hola –sonrió Kari–. ¿Están tus padres?

El pequeño los dejó pasar y un agradable aroma los recibió, abriendo el apetito de Davis.

-¿Jomei?

Miku apareció con las manos manchadas de pintura blanca y se les quedó mirando cuando los vio dentro de su casa junto a su hermano pequeño.

-Ah –soltó–. ¿Qué?

-¿Cómo que qué?

La respuesta de Davis hizo que la chica frunciera los labios y se cruzase de brazos, manchándose los brazos de blanco sin importarle.

-¿Qué quieren? Estamos ocupados.

-¿Tú qué crees? –Añadió señalando el bizcocho y los boniatos que él y TK llevaban.

-Ya tenemos comida.

TK y Kari se miraron, sin saber muy bien cómo responder.

-¿No me digas? Toma, son un bizcocho de canela y unos boniatos. De nada.

-No te he dado las gracias –gruñó la chica agarrando la comida.

-Tampoco las quería –añadió en tono burlón–. Quédatelas.

-De todas maneras, dale las gracias a tus padres por la tarta –suavizó TK.

Cuando volvieron a la casa ayudaron a la familia Inoue a preparar el exterior para esa noche. Sacaron la mesa de color canela de la cocina y la colocaron frente al lago, con varias sillas rodeándola. Pusieron porta velas hechos con envases de cristal y velas de color blanco, a juego con la luna. Colocaron entonces el boniato al horno, las verduras ya cocinadas, las setas con su salsa de ajo, varias botellas con dos tipos de té y agua natural, las castañas asadas, el arroz, los platos y la cubertería correspondiente, el cuenco de frutas, una sopera con la tsukimi udon de la madre de TK y, en el medio de la mesa, la pirámide de las tsukimi dango. El hermano de Yolei colocó unas ramas de zuzuki a un lado de la mesa para darle el ambiente del Tsukimi.

-Qué bonito –comentó Kari.

Cuando el cielo comenzó a teñirse de naranja por la desaparición del sol, se sentaron a la mesa y comenzaron a comer con las velas prendidas y todas las luces de la casa apagadas. La temperatura era perfecta y ni siquiera una brisa se atrevía a romper la tranquilidad de la noche. Hubo risas mezcladas entre las voces y el ruido de los cubiertos chocando contra los platos. En mitad de la cena, el padre de Yolei se animó a sacar el sake y los adultos bebieron, aumentando así las risas entre ellos. Del mismo modo llegó la noche, y todas las estrellas del firmamento parecieron congregarse alrededor de la luna llena, que parecía más grande que nunca. Antes de que nadie tocara las tsukimi dango, apagaron las velas y las observaron ser bañadas por la luz de la luna. Con esas vistas, una bolita de tsukimi dango entre las manos y una gran sonrisa de absoluta tranquilidad, le dieron la bienvenida al otoño.

Kari pensaba en todas las cosas que podían pasar ese año y, sin quererlo, le vino a la mente la conversación que tuvo con la madre de Yolei. ¿La miraría TK como si fuese magia? Lo miró, justo a su lado. Sus ojos azules estaban clavados en el satélite que iluminaba la noche, pensando en cosas a las que Kari no tenía acceso. Como si le hubiese leído la mente, la miró. Una sonrisa se dibujó al instante en su cara, mientras que sus ojos brillaban de una manera especial, maravillado con la luna. Como si esta fuese magia. Entonces Kari pareció olvidarse de aquella conversación, de la magia y de la luna, incapaz de quitarle toda su atención al rubio.

-¿Todo bien?

Kari asintió con una pequeña sonrisa que no mostraba alegría, sino paz. Una paz que pocas veces llegaba a sentir a lo largo del día.

-¡Bésala ya!

Ninguno de los dos se dio cuenta al principio de que aquel comentario de la señora Inoue iba dirigido a ellos. La mujer estaba sentada justo delante de Kari, al lado de su marido, y no había dejado de beber sake desde hacía un buen rato. Se reía de algo que solo parecían entender ella y los adultos a los que les había empezado a afectar el alcohol. Kari apartó la mirada del chico de inmediato, sintiendo que el rubor llegaba hasta sus mejillas, y mordió su bolita de tsukimi dango para fingir normalidad. Entonces notó que un brazo le rodeaba los hombros. TK la atrajo hacia sí y le dio un beso en la frente con ternura, provocando más gritos por parte de la familia Inoue y la mirada gélida de un Davis que continuó comiendo como si no pasase nada.

-¿Ves el conejo? –Le preguntaba al cabo de un rato la hermana de Yolei a su hija, señalándole la luna.

-¡Sí! Pero mamá, ¿el conejo no se cansa de estar siempre amasando mochi?

-Claro, por eso nosotros le mandamos nuestro apoyo el día del Tsukimi.

-Ven aquí.

Yolei tiró de Kari para alejarla del grupo, deteniéndose cerca del lago.

-¿Qué pasa?

-¿Qué ha sido lo de antes con TK? -Hablaba en voz baja, procurando que nadie más que ellas escuchase la conversación– No me digas que son novios.

-¿Qué? Claro que no.

-¿Y entonces?

-Pues… no sé, simplemente me abrazó.

-No te abrazó, te dio un beso en la frente. Sé que no es nada raro, ¿pero que TK te lo haga? Pensaba que se te había declarado ya.

-¿Y cómo estás tan segura de que tiene algo que declararme?

La mirada de Yolei estaba impregnada por la frase “¿De verdad me estás preguntando esto?”.

-Kari, ¿a ti te gusta TK?

La pregunta sorprendió a la chica. No sabía lo que responder porque nunca había pensado en ello. ¿Le gustaba TK? Le quería, por supuesto, ¿pero de qué manera? No lo quería como quería a su madre o a su padre. No era el mismo tipo de querer que sentía hacia su hermano o hacia Gatomon, y tampoco era exactamente igual a como quería a Yolei y a los otros elegidos. No era más que todo eso, era diferente. Le quería de la manera en la que se quiere a alguien con quien estás a gusto siendo tú mismo, a alguien a quien le confiarías tu vida sin pensártelo siquiera. A alguien con quien sientes una conexión tan fuerte y tan especial que resulta inquebrantable y lejana para los demás. A alguien al que no se le incluye en la misma categoría de “amigos” que al resto. ¿Significaba eso estar enamorado?

-No lo sé –confesó.

-Pues yo sí lo sé. Te gusta TK.

Kari se encogió de hombros y miró hacia el lago para no tener que mirarla a la cara. Pensar en la posibilidad de que estuviese enamorada de TK y de que él no le correspondiera le provocó una fuerte sensación de vértigo que le revolvía el estómago y le oprimía el pecho. No porque él no sintiera lo mismo que ella, sino porque entonces cabía la posibilidad de perderlo como amigo y, por tanto, del todo y para siempre. Por otro lado, estaba ese extraño sentimiento de querer estar con él, como si la posibilidad de que se convirtieran en pareja le llenase el corazón de una manera especial. Alguien encendió las luces de la casa y algunos se metieron dentro. Kari se humedeció los labios.

-Puede que sí –dijo.

Yolei suspiró y la miró preocupada. Sabía que tendría la cabeza llena de varios pensamientos diferentes y que le costaba decir que le dolían. Kari siempre sería Kari.

-Está bien, estoy convencida de que está enamorado de ti. Al cien por cien.

-¿Y cómo? –Preguntó tímida.

-Pues por lo mismo por lo que estaba convencida de que tú también lo estás. Es demasiado evidente para mí, los conozco bien. Venga ya, ¿no te has fijado en cómo te mira? Es como si viera una inmensidad, no sé si me explico.

Yolei se explicaba perfectamente; era como si fuese magia.

Sin mucho más de lo que hablar, ayudaron a recoger la mesa y continuaron con las risas dentro de la casa.
 
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Ahhhh! Ame el capitulo siempre ahi!!! Y Casa de Campo tambien!!! Y el ultimo qe subio! Qoero mas capitulos, por fis
 
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¡Hola! No sé si alguien lo está leyendo. Si es así, continuaré subiéndolo a partir de ahora (DZ ha vuelto por fin, lol). El fic ya está completo, así que no me retrasaría en las publicaciones jajaja. Espero alguna respuesta, ¡gracias por leer!
 

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Septiembre | La estrella más brillante
Kari se revolvió entre las sábanas, incapaz de dormir. Miró el reloj que descansaba en la mesita de noche que se encontraba a su lado: 03:02 a.m. Hacía casi dos horas desde que todos se habían ido a dormir, agotados por la celebración del Tsukimi, pero Kari no podía pegar ojo. A su lado, Yolei se movió. Habían juntado las dos camas de la habitación para que pudieran dormir las tres con mayor espacio, y a Yolei le había tocado en el medio. Pero Kari tenía demasiado calor y muchas cosas en la cabeza. Se levantó de la cama con cuidado de no despertar a las chicas y salió de la habitación.

El pasillo estaba casi completamente a oscuras, así que procuró no tropezarse con nada y se metió en el baño para lavarse la cara. Estaba sudando. Entonces escuchó un ruido que venía de fuera y se asomó a la pequeña ventana que daba al exterior. Debajo, alguien disfrutaba de un baño nocturno en el lago. Bajó las escaleras y salió de la casa, haciendo el menor ruido posible, justo en el momento en el que TK subía al muelle.

-¿Dándote un baño a esta hora?

El rubio la miró y sonrió.

-No podía dormir, me muero de calor.

Se quedó al borde del muelle y se giró hacia el lago. Kari se quitó los zapatos y se colocó a su lado. Frente a ellos, la luna llena se reflejaba en el agua oscura que ondeaba todavía, y Kari pudo apreciar que la luz de las estrellas también, como les había indicado Miku.

-Yo tampoco puedo dormir, esa habitación parece una sauna.

-¿Te quieres bañar?

-No tengo bañador.

TK sonrió. Lo sabía perfectamente.

-Con ropa –sugirió.

Kari sopesó la posibilidad.

-No sé, es muy tarde.

-¿Segura? –Le preguntó tendiéndole la mano.

-Quizá en un rato –dudó.

TK le dio la mano.

-Venga, vamos –sonrió.

Kari se mordió el labio pensándoselo, pero él no le dio tiempo a responder.

-No respires –le dijo.

-¿Qué?

La atrajo hacia sí y se dejó caer, aprisionándola contra su pecho. Juntos cayeron y se sumergieron en las oscuras aguas dulces de aquel lago. Cuando salieron a la superficie, Kari le rodeó el cuello con los brazos. Se apartó el pelo de la cara y se quedaron mirándose un momento.

-No me mires así. Lo estabas deseando.

-¿Y por eso me tienes que tirar?

Kari no se reía, pero TK entendió la broma de todas maneras.

-Si no te tiras tú, alguien tendrá que hacerlo.

Ella sonrió y le apartó un mechón rubio de la cara. Todavía no lo entendía del todo, pero ahí, junto a TK, a esa hora de la madrugada y metida en un lago que estaba alejado de la civilización, se sentía mejor que si hubiese estado en cualquier otro lugar más seguro, a cualquier otra hora más prudente y con cualquier otra persona.

Dejó de rodearle el cuello y nadó hacia detrás, mirando la luna. El sonido del agua le indicó que TK se había sumergido de nuevo. Se miró el pijama, pensando en lo mucho que le molestaba, y se sumergió también. No podía ver a demasiada distancia debido a la oscuridad de la noche, pero la luz de la luna iluminaba la zona más superficial y pudo distinguir a TK a dos metros de ella. Se acercó, lo abrazó por la espalda y él le acarició las manos que había apoyado en su vientre, notando su frente sobre su espalda. Entonces TK nadó hacia arriba y juntos salieron de nuevo.

-¿Kari? –Susurró.

-¿Sí?

-¿Estás bien?

Kari se quedó callada en un primer momento, sin despegarse de él. Hubiera querido responderle “Pues no. Hace unas horas descubrí que lo que siento por ti no es solo una buena amistad, ¿sabes? Va mucho más allá, pero me da demasiado miedo perderte y no me atrevo a arriesgarme a nada”, pero en lugar de eso le respondió con un simple “Claro” que provocó que TK le quitase las manos y se girase para mirarla. Pero Kari miró la luna.

-Kari.

-Dime.

Le puso una mano en cada mejilla y, con suavidad, la obligó a mirarlo. Sus ojos azules brillaban de una manera distinta bajo la luz de la luna, como si ese color combinase a la perfección con aquel brillo.

-Mírame. ¿Qué te pasa?

Kari rodeó las muñecas del muchacho con las manos, sin dejar de mover las piernas con suavidad bajo el agua.

-Estoy… –“enamorada de ti”– cansada.

La última palabra provocó un cambio en la mirada de TK. No se lo había creído.

-¿Quieres salir del agua? –Dijo.

Asintió apenada.

Salieron del lago dejando un reguero de agua en el muelle. A Kari se le pegaba la ropa al cuerpo, y una pequeña brisa le provocó un escalofrío y se abrazó para calentarse. TK le tendió la toalla que tenía preparada para sí mismo e hizo amago de dirigirse a la casa, pero Kari lo detuvo.

-Me quiero quedar aquí… si no te importa.

-Será mejor que te quites la ropa mojada, te vas a resfriar.

-Estoy bien, con la toalla me llega –dijo cubriéndose con ella.

TK la miró serio. Kari sabía que se estaría preguntando muchas cosas en ese momento y que corría el riesgo de que le volviera a formular alguna de esas preguntas, pero quería estar con él. Le apetecía quedarse a solas con él un rato más. Al final TK se puso su camiseta y se tumbaron en el suelo para mirar las estrellas. Kari se quedó mirando la estrella que más brillaba.

-Kari.

-¿Sí?

-Si he hecho algo que no te gustase, lo siento.

Kari giró la cabeza para mirarlo.

-¿Qué?

-Te noto rara desde que te di el beso en la cena. Lo siento.

-¿Cómo? No, no me molestó. En absoluto, no tiene nada que ver con eso –sí que tenía que ver.

TK se puso de lado.

-¿Segura?

-Qué tonto –rió–. ¿Por qué me iba a molestar?

Ella también se giró y le devolvió el beso en la frente.

-¿Y entonces?

-Pues… estoy algo confusa.

-¿Con qué?

-Con alguien.

TK frunció el entrecejo.

-¿Por qué?

A Kari el corazón le latía más rápido de lo normal, sintiéndose al borde de un precipicio. Se humedeció los labios y movió las manos debajo de la toalla.

-Porque quiero decirle algo a esa persona, pero me da miedo. Miedo de que si se lo digo las cosas vayan a cambiar, y no quiero que las cosas cambien.

-¿Tan malo es lo que le tienes que decir?

-No es que sea malo, es que… Imagínate que a mí me pasa algo contigo que puede cambiar las cosas entre nosotros, para bien o para mal. ¿Querrías que te lo dijera?

-Sí –respondió sin pensarlo.

-¿Por qué?

-Porque me inquieta demasiado lo que te pueda pasar, sobre todo conmigo. Además, las cosas no podrían cambiar a peor porque no lo permitiría –sonrió–. La única forma que veo de que eso pase es que yo te haga algo malo para que te alejes, y eso nunca lo haría. Antes me lo hago a mí.

Kari apartó la mirada. Estaba claro que ni siquiera se imaginaba a qué se refería.

-¿Quién es?

-¿Quién es quién?

-La persona con la que te pasa algo.

-No te lo puedo decir, de momento.

TK suspiró y volvió a mirar el cielo. Kari se le quedó mirando durante otro rato más antes de imitarlo. Tendría que decírselo en algún momento, estaba claro, pero no sabía cuándo ni cómo. La estrella más brillante del cielo seguía allí, en el mismo sitio, y Kari se imaginó que su relación con TK era aquella estrella. Se imaginó contándoselo y le vino a la mente la estrella desapareciendo. Era imposible, ¿verdad? Esa estrella tardaría muchos más años en desaparecer, tantos que ya no estaría viva para presenciarlo.

Con aquella esperanza llenándole el pecho, cerró los ojos y respiró la paz de la noche. Con un poco de suerte, se despertaría y habría sido todo un sueño.



Sombra&Luz
 
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Ahhhh qe lindo!!! Jejeje recien lo acabo de leer, qe hermoso momento pasaron juntos jejeje ojala me pasara algo asi, ptro capitulo por fis
 

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