Timothy John

Facu

𝓑𝓻𝓲𝓶𝓼𝓽𝓸𝓷𝓮
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16 Dic 2019
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𝐍𝐨 𝐟𝐢𝐱𝐞𝐝 𝐚𝐛𝐨𝐝𝐞
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Mi nombre es Timothy John, y mi más grande deseo es morir. Años atrás, cuando me gozaba entre los gritos de mis hijos y las pasiones juveniles con mi esposa, imaginaba una vida eterna junto a ellos y añoraba los poderes místicos de leyendas y cuentos con los que concebir la inmortalidad a mano de alquimistas, brujos y poetas. Pero un duro revés aquel cuatro de enero me forzó a buscar asilo en pensamientos de calma y sosiego post mortem; y es que, a pesar de haber perdido a mi familia en un accidente, no me siento como debería sentirme.

Desperté aquel día rodeado de trozos de chatarra, sangre y con un vehículo sobre mis piernas. Pero no sentía dolor. En mis brazos, estaban recostados mis dos pequeños hijos, sin respirar y con su alma arrebatada por los cristales que con una delicadeza casi quirúrgica adornaban sus frágiles cuerpos, dotándolos de un brillo casi celestial, como si aquella fuera la evidencia de que su inocencia en vida fue retribuida con una eternidad junto al Altísimo. Como un muñeco inerte, desparramada como un líquido sin forma, se encontraba mi esposa a varios metros de distancia. Un rostro de sufrimiento apuntando hacia nuestros hijos decoraba una figura amorfa atrofiada por el impacto, y me convencí de que como yo, ella no había sentido dolor, pero sus instintos maternales la hicieron lamentarse ante al estado de sus hermosos retoños. “Así que este es el final de su historia y la mía” me dije, y cerré los ojos complaciéndome al saber que los médicos no vendrían. La oscuridad me serenó lo suficiente como para relajarme. ¿Acaso era la Parca aquello, con su refulgente hoz y túnica estrellada viniendo a llevarse un pecador arrepentido? No, no lo era. Para mi pesar, desperté en un hospital, rodeado de cables y tubos, sintiéndome más artificial que vivo. Un enfermero se aproximó con cautela, sin hablarme y con un rostro desinteresado. Miró un par de aparatos y se fue por la misma puerta que había atravesado al venir. Quizás aquel lugar no era un paraíso, pero se le parecía a cómo los hombres lo describían. Blanco, silencioso, y en cierta forma, aterrador. ¿Cómo nos mofamos y nos atrevemos, entonces, a dibujar e imaginar algo que solo los muertos conocen?

Mis familiares no tardaron en venir y dedicarme palabras vacías, con más significado para ellos que para mí. “Todo estará bien”, “Lo siento”, “Las cosas mejorarán” repetían entre lágrimas. Me hablaban, pero yo notaba como incluso queriendo darme ánimos, esto solo eran frases dirigidas hacia ellos mismos con el afán de tranquilizar su propia dolencia. ¿Acaso yo también debería decirles “Todo estará bien” para decirme a mí mismo que lo estará? Yo sé que nada estará bien, y que todo lo que ellos sean capaz de decirme solo serán vagos y patéticos intentos de alejarse de la realidad y de apaciguar una pena que yo ya he asumido.

Mis hijos y mi esposa, separados de mis deseos de verlos por algo que ningún hombre es capaz de atravesar. la muerte. Una muerte tan casta, pura y turbadora como la Eternidad. Por mi imaginación solo danzaba tentándome a dejarme llevar. Pero el Señor intervenía, insistiendo que el hombre no puede atentar contra el designio divino. Y entonces comprendí que siento odio.

Nunca había odiado a nadie ni tampoco había deseado ningún mal, pero desde que había interferido en mi vida y en mis deseos, solo odiaba a alguien, a Dios. ¿No puede ser como los humanos? Ceder aquello que inventan para crear cosas nuevas y enorgullecerse de sus descubrimientos más avanzados, ignorando los viejos. Nosotros somos un proyecto antiguo de la providencia, del cual el Altísimo nunca se cansa de observar y entremeterse. Nunca olvidaré la charla con el Padre Alfonso sobre la capacidad de Dios de estar en todos los seres vivos e inanimados, “ya que todo es su creación, por lo tanto, todos somos parte de Él” atinó orgullosamente, convencido de que yo encontraría la iluminación sólo por sus dichos, como si salvar almas fuera una forma de fortuna en el cielo, y mientras mayores sean las obras, mayor número de palacios de oro cerca del Trono Celestial. Entonces, eso significa que al odiar a Dios, odio a todo lo que es, simboliza y representa, pensé volviendo en mí y recordando a Alfonso. Odio a toda la existencia, a las personas, a los animales, a los planetas, al Universo y a mí mismo. No quería estar con Dios, no quería estar prisionero en su paraíso de inmensa felicidad, porque yo nunca había creído en la felicidad. Me encontraba siendo un hombre amargado, oscurecido y odioso que era impedido de ir al cielo por simplemente la forma de ver un mundo efímero. La felicidad no existe, pensaba yo, mientras el hombre tenga carne y el alma pensamiento, la felicidad solo será un sueño de locos e idealistas, los cuáles difícilmente pueden distinguirse los unos de los otros.

Y con el tiempo, me encontré con un nuevo enemigo, la cobardía; que me hallaba cada vez que miraba desde la cima del edificio, cada vez que sentía la soga en el cuello, cada vez que las navajas rozaban mi piel y cada vez que leía las contraindicaciones de la sobredosis. Una cobardía que me ataba aún con un deseo innato de sobrevivir pese a todo mal. Y lloré. Lloré al no ser capaz ni siquiera de poder hacer lo que anhelaba, porque incluso odiándolo, Él me había considerado lo suficiente con su inmenso y totalitario amor como para implantarme una cobardía tan fuerte capaz de provocarme mi peor pesadilla: vivir.


Y así, es como yo, Timothy John, nunca fui feliz.
 
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