Fanfic Tu camino

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La vida de Byleth no ha sido fácil; eso sí, ha estado llena de aventuras junto a su padre, nuevos descubrimientos una vez comenzó su trabajo como profesor en el Monasterio de Garreg Mach y claro, al explotar la guerra.

Pero... ¿Quién es en realidad? Sucesos extraños han rodeado su vida, y sus comportamientos han hecho dudar a su propia gente de que sea un humano.

¿Será posible para Byleth aceptar quién es?, ¿podrá expresar el amor que siente por otro? ¿Encontrará a una persona a quién amar y que sea capaz de amarlo?

Esta historia está llena de nuevas prespectivas de la vida de Byleth Eisner.

Advertencia: Este fin está escrito desde la ruta de Crimson Flower.

Parejas:
Jeritza x Byleth

Implicación:
Linhardt x Byleth

Leve mención de:
Caspar x Linhardt
Hubert x Ferdinand
Edelgard x Dorothea

Parte I (priori al juego) COMPLETA:
Abducción 1
Abducción 2
Abducción 3
Descubrimiento 1
Descubrimiento 2
Descubrimiento 3
Ashen Demon 1
Ashen Demon 2
Ashen Demon 3

Parte II (durante la primera parte del juego) COMPLETA:
Profesor 1
Profesor 2
Profesor 3
Profesor 4
La Iglesia de Seiros 1
La iglesia de Seiros 2
La Iglesia de Seiros 3
La Iglesia de Seiros 4

Parte III (durante la segunda parte del juego y a posteriori) COMPLETA:
El Imperio Adrestian 1
El Imperio Adrestian 2
El Imperio Adrestian 3
El Imperio Adrestian 4
La Guerra en la Oscuridad 1
La Guerra en la Oscuridad 2
La Guerra en la Oscuridad 3
Amor

También podéis encontrarme en esta página y encontrar este mismo fanfic ahí:
amor-yaoi.com

Notas: La inquietud por escribir este fanfic nació al término y frustraciones que pasé durante el juego de Fire Emblem Three Houses para la consola Nintendo Switch; por eso mismo decidí escribir este fanfic desde una percepción más profunda. Espero que lo disfruten justo como disfruté escribiéndolo. ¡Saludos y nos leemos en otra ocasión!
 
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Parte I

Capítulo uno
Abducción 1
La misión había terminado bastante bien, ya que los bandidos no habían sido un problema mayor; además, los locales de la Villa Remire habían apoyado con asilo, alimentos y el pago justo que los mercenarios habían cargado.

—Capitán, hemos terminado de asegurar el perímetro —pronunció uno de los hombres junto al hombre de cabello rubio peinado en una trenza—, no tuvimos bajas.

—Perfecto —replicó el Capitán; era un hombre de edad media lleno de cicatrices notorias, además de que su cuerpo estaba marcado por la musculatura del entrenamiento y peleas constantes—, vayamos a la posada, el anciano Georg nos está esperando.

Sin embargo, dos hombres más se unieron al grupo; portaban ropas marrones para compaginar con el resto de los mercenarios, pero sus rostros, todavía jóvenes, mostraban muecas de estrés y preocupación.

—Capitán —uno de los muchachos dijo con presura, su voz todavía jovial.

—Oh, dime que no entendieron el mensaje esos bandidos de pacotilla —Jeralt contestó con sarcasmo y cierta molestia al reconocer los rostros de sus hombres.

—No, señor… Es…respecto a su hijo, a Byleth —contrapuso el segundo hombre recién llegado.

Jeralt sintió la sangre de su cuerpo helarse; no tenía muchos problemas con su pequeño de tan solo nueve años, ya que solía obedecer todas sus órdenes y seguir sus instrucciones durante los entrenamientos prolongados que hacían durante los tiempos libres. Sin embargo, para Jeralt era excesivamente difícil comprender a su propio hijo, ya que había algo inusual en él, algo que parecía afectar su desarrollo social. A pesar de que Jeralt prefería dar espacio a las personas y era un hombre comprensivo, había tomado una postura sobre-protectora cuando se trataba de Byleth.

El pasado de Jeralt era un misterio para la mayoría de sus hombres, puesto que muy pocos sabían que alguna vez había sido Capitán de las fuerzas de la Iglesia de Seiros; empero, el Capitán Jeralt no solía hablar de sus vivencias durante sus años en el monasterio gigantesco de Garreg Mach, ni tampoco gustaba dar explicaciones sobre su familia, en especial cuando se trataba de su hijo Byleth.

—¿Qué pasa con el chico? —Jeralt preguntó sin perder la postura.

—No está esperando en la posada —informó el mercenario más joven—, el anciano Georg nos dijo que perdió de vista a Byleth. Nosotros lo buscamos en el perímetro cercano, señor, pero no encontramos nada.

A pesar de que algunos de los mercenarios no comprendían las actitudes del hijo del Capitán, sabían que el niño hacía una avance increíble para su edad y era capaz de analizar situaciones de combate. Sin embargo, aquellos más cercanos y con mayor tiempo trabajando en la compañía de mercenarios, sabían que Jeralt era extremadamente cuidadoso con su hijo.

Sin una palabra, Jeralt caminó por el terreno boscoso y llegó cerca de la posada al norte de la Villa Remire. El pequeño pueblo era una zona rural que se dedicaba principalmente al comercio libre y servía como un paso hacia el norte del continente de Fódlan para muchos viajeros y mercenarios. Sus casas estaban un poco separadas entre ellas, con unas callejas terregosas que hacían lucir al sitio como un lugar poco habitado; aunque al centro de las calles se podían apreciar caminos llenos de carritos de mercadeo que vendían alimentos, armas, amuletos y otro tipo de productos.

Una vez Jeralt llegó hasta la posada, entró con prontitud y reconoció al anciano Georg. El hombre traía puesta una túnica café y sus barbas estaban plateadas por las canas de los años. Mientras que el Capitán Jeralt portaba sus rojas con tonos naranjas y con un bordado característico que diferenciaba a su compañía de mercenarios.

—Capitán Jeralt —el anciano pronunció una vez quedó cerca de la barra donde Jeralt aguardaba—, lo lamento tanto.

—¿Cómo es que lo perdiste de vista? ¿Ya lo han buscado en las habitaciones?

—Sí, sí. No sé cómo…pero el pequeño se movió hacia la ventana y se quedó ahí, cerca de las mesas. Pensé que no se movería de lugar, porque usualmente es un chico bien portado, así que me dispuse a trabajar en algunos asuntos de la posada y la taberna.

—¿Y desapareció así como así? —insistió Jeralt con cierta calma.

—Cuando quise ofrecer algo de comer al niño, ya no estaba en la ventana. Lo busqué por las habitaciones y en los alrededores. Fue cuando tus hombres llegaron y también buscaron en las cercanías. Pero… —el anciano suspiró con decepción—, lo siento tanto.

—No, no es tu culpa. Pero no podía arriesgarlo a un combate directo. Aunque eran rufianes cualquiera, estaba bien armados y sobrepasaban en número a mi gente —Jeralt escondió la mueca de consternación que sentía, y en lugar de eso ofreció una sonrisa gentil al senil—. Nos quedaremos aquí por la noche. Voy a comenzar un equipo de búsqueda. Gracias por informarme, Georg.

* * * *​

La noche llegó con rapidez y los mercenarios ya habían hecho algunos rondines en los alrededores de la villa. Un grupo había buscado por los bosques del norte que colindaban con los riachuelos, otro grupo había optado por revisar el pueblo con cautela y pedir ayuda de la gente para asegurar que el pequeño Byleth no estuviera en algún edificio. Sin embargo, Jeralt tenía un mal presentimiento de todo eso. Sabía muy bien que su hijo no era ordinario, y no sólo por lo que había sufrido durante su nacimiento, también por algunas sospechas que tenía referentes a los acontecimientos del pasado.

El primer grupo de búsqueda llegó a la posada y reportaron los descubrimientos de los territorios cercanos. El líder se sentó en la mesa donde Jeralt estaba acompañado de otros miembros de la compañía; había un mapa frente a ellos y algunas fichas que servían como indicadores.

—Capitán —el líder del primer grupo habló. Era joven, quizá entre veinte o veintidós años; tenía los ojos azules claros y el cabello negro que hacía un juego peculiar con su tez morena clara—, si pasamos los riachuelos llegamos a una torre abandonada que quizá alguna vez sirvió como protección para el pueblo. Tenemos la sospecha de que Byleth pueda estar allí.

—Louis —Jeralt pronunció con un tono amargo—, el edificio no es muy grande, y está bastante alejado, casi a dos kilómetros de aquí. Me parece poco factible que pudiera haber llegado hasta allá sin que nosotros lo notáramos.

—Es una probabilidad alta de que pudiera escabullirse —replicó Louis—, sabemos que Byleth tiene habilidades para salir de problemas y es un chico hábil para el combate. No sería tan extraño que pasara por los alrededores del combate y llegara hasta ese edificio.

No hubo respuesta por parte del Capitán. Jeralt cuestionaba una y otra vez el porqué, puesto que no era usual que su pequeño desobedeciera órdenes; tal vez no era expresivo, y no hablaba mucho, ni mucho menos lloraba o reía, pero siempre aceptaba los comandos de su padre y hacía lo que Jeralt recomendaba. No era usual que Byleth saliera a campo abierto sin supervisión, mucho menos si había un combate de por medio.

—Está bien —aceptó Jeralt con su tono vivaz—, iremos de inmediato. Dana —ahora se dirigió a la mujer castaña que ocupaba la silla del lado derecho—, asegúrate de que el resto espere aquí. El grupo de Louis y yo iremos a la torre abandonada.

—Sí, capitán —dijo Dana con un tono melodioso y suave—, como ordene.

De manera pronta, Jeralt se puso de pie junto al muchacho Louis y ambos salieron de la posada. El grupo fue comandado por Jeralt hasta pasar por los bosques y llegar a los riachuelos; traían antorchas para asegurar el camino, aunque iban armados y listos para el combate. A pesar de que los alrededores de la villa eran muy tranquilos, había una tensión en el aire que provocaba que los mercenarios estuvieran alerta y con la guardia alta.

Los ríos no eran muy grandes y estaban divididos como dos caminos irregulares que eran separados de vez en cuando por montículos de tierra central; había unos puentes que guiaban hacia un viejo campo desolado que alguna vez había servido como tierra de cultivo. La torre era en realidad un molino alto de piedra que tenía una parte del techo de tejas destruido, pero todavía estaba en buen estado y lo suficientemente fuerte para sostenerse. Aunque la oscuridad de la noche no permitía ver más allá de los alrededores, los mercenarios no titubearon y se aproximaron a la cerca que yacía destrozada en los suelos.

—Louis, posiciona a la mitad cerca del molino, Altamira, Fergus y Vivienne irán conmigo —ordenó Jeralt.

—Sí, capitán —aseguró Louis. Luego dijo hacia el resto del grupo—, ya escucharon, todos a las estaciones de vigilancia. Altamira —dijo hacia un muchacho pálido que portaba un arco y una coleta pelirroja—, sigue al capitán.

Altamira era un arquero de apariencia jovial, pero era el mejor del grupo cuando se trataba de las flechas. Fergus, por otro lado, era un ex-soldado experimentado justo como el Capitán, pero realizaba las órdenes sin titubeos. Vivienne era un mujer joven de cabello corto y cuerpo delgado, estaba entrenada en el arte de las espadas dobles y su velocidad era su mejor fortaleza. Los tres siguieron el comando y continuaron por el camino hacia el interior del molino junto a Jeralt.

El molino estaba en un estado deplorable, con algunos derrumbes en el primer piso y las escaleras destruidas, del mismo modo no parecía habitable. Altamira comenzó con la inspección y aluzó con una de las antorchas hacia las paredes y lugares recónditos que parecían accesibles; mientras que Jeralt analizó la estructura y llenó su cabeza de ideas respecto a los posibles paraderos de su hijo. ¿Había sido abducido?, ¿o simplemente había decido salir de la villa y ver la pelea desde otro ángulo? Si era así, entonces, ¿por qué lo había hecho?

Jeralt ya estaba acostumbrado a la personalidad apática de su propio hijo, pero no creía posible que la rebeldía fuera una de sus particularidades, además, Byleth prefería ir a donde su padre iba y no entablar conversaciones con otros. Jeralt todavía no comprendía aquella forma de comportarse del todo, pero hacía lo posible por hacer sentir al pequeño seguro. La madre de Byleth había muerto durante el parto, y había dejado en soledad a Jeralt con el pequeño; Jeralt no tenía mucha experiencia como padre, pues toda su vida se había dedicado a la batalla, a la guerra y nunca había sido mucho de expresar sus propias emociones tan abiertamente. Quizás, Jeralt ya había hecho análisis, Byleth era un poco como él, pero parecía excesivo su comportamiento serio y casi vacío.

No, Jeralt se recriminó en silencio. Borraba de su mente reproches y posibilidades, así como pensamientos de odio hacia la persona que creía como responsable del estado de su hijo.

—Capitán —la voz de Altamira sonó de entre la quietud—, mire lo que encontré.

Jeralt dio unos pasos hacia Altamira y tomó un pedazo de papel que parecía como una hoja arrancada de una libreta. La letra estaba escrita en tinta negra y tenía una curvatura hermosa, casi como de la realeza, que parecía proveniente de algún diario de alguien instruido. Así mismo, el contenido del papel sugería que el dueño de ese diario conocía sobre las Cimeras, las Crestas y sus atributos. Al otro lado del papel estaba dibujada una circunferencia de algún tipo de magia que Jeralt desconocía.

—También encontramos esto —agregó Vivienne al acercarse junto a Fergus—, parece ser que alguien estuvo acampando aquí no hace mucho. Quizá pasaron un día o dos, ya que no hay indicios de fogatas.

—Hacia el oeste —ahora Fergus agregó con su voz profunda que coincidía con su apariencia musculosa y varonil—, el territorio de Arundel…

—¿Qué tiene el territorio de Arundel? —cuestionó Altamira.

—El tipo de tela y el estilo de tejido son populares en Arundel —aseguró Fergus al tomar la bolsa que alguna vez había servido como contenedor.

—No puede estar muy lejos de aquí quien quiera que sea el que acampó en este molino —indicó Vivienne.

—¿Y...habrá alguna conexión? —se atrevió a dudar Altamira.

Jeralt no dijo nada. Estaba seguro de que existía alguna conexión, ya que conocía sobre las Cimeras, Crestas y sus conexiones con él, la Arzobispo de la Iglesia de Seiros y el acontecimiento de su fallecida esposa. Había una probabilidad alta de que su propio hijo tuviera alguna representación de alguna Cresta, pues su duda llegaba a tal grado de que creía a la Arzobispo capaz de locuras como implantación de Cretas de modos antinaturales.

—Vayamos de vuelta a la posada —por fin la voz de Jeralt se hizo presente—, planearemos una búsqueda y necesitaré al mejor cuerpo de cazadores para buscar el rastro de la persona que estuvo aquí.

—Sí, capitán —dijeron Vivienne y Fergus con prontitud.

Por otro lado, Altamira no replicó, sólo asintió con la cabeza y aceptó la resolución de su capitán.
 
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Capítulo dos:
Abducción 2


Cuando el niño abrió los ojos, encontró un techo oscuro y de piedra, con un candelabro sin encender y que parecía estar un poco ladeado. El piso estaba frío y era de piedra maciza que hacía al cuerpo resentir la incomodidad; hacia la derecha había una ventana que dejaba ver la luz de la luna, misma que alumbraba un poco el resto de la habitación desconocida. En la esquina izquierda, cerca de la puerta había un escritorio de madera antiguo, un librero viejo; al centro había una cama empolvada cubierta con un edredón rojo.

El niño se puso de pie y se acercó hacia la ventana. No tenía recolección del sitio, y de acuerdo a su última memoria, había estado en otro lugar; había permanecido en la posada de la Villa Remire por órdenes de su padre. La última misión había sido catalogada como rutinaria, aunque su papá solía ser muy protector así que había optado por dejarlo fuera del enfrentamiento. Además, Byleth estaba por cumplir años en unas semanas, y todavía estaba bajo el entrenamiento estricto de su padre antes de poder participar en una misión de combate directo.

El exterior de la habitación mostraba una zona boscosa que era bañada por la luz de la luna en tonos plateados y verdes oscuros; del mismo modo, Byleth había descubierto que se encontraba en un segundo o tercer piso en alguna especie de edificio de piedra. El niño se acercó más hacia el marco ancho y profundo de la ventana y subió para tener una mejor perspectiva de la vista; en su mente sólo estaba la idea de regresar a la Villa Remire, ya que no deseaba hacer enojar a su papá.

Por desgracia, la ventana estaba sellada por fuera y no podía ser abierta sin ser destruida; y parecía que el edificio no tenía alguna forma de contención extra para escalar sin peligro hacia el techo o la zona inferior.

Byleth no intentó más, por lo que regresó hacia el centro de la habitación. Aunque a veces se cuestionaba cómo había llegado hasta ahí, ya que se reprochaba el descuido por las enseñanzas de su padre: “debes estar atento a los detalles siempre”. Siempre, Byleth repitió en su mente como un mantra para calmar el pánico que se acrecentaba a cada segundo. Dio unos pasos hacia la puerta e intentó girar la perilla, pero descubrió que estaba sellada por fuera. Definitivamente la suerte no estaba de su lado y sus pensamientos tampoco ayudaban en ese instante.

Sin embargo, de manera repentina, unas voces y pasos se escucharon como ecos que se acercaban de poco en poco hacia la puerta. Byleth colocó la cabeza cerca de la madera y escuchó con atención. Las voces parecían de dos hombres y parecían discutir casi como si no quisieran ser escuchadas.

—Con el último son quince niños y niñas en total, milord —dijo la primera voz con un tono rasposo y asustadizo—, todos dieron positivo con la compatibilidad de las Cimeras.

—¿Todos? —cuestionó la segunda voz, ésta era más prominente, fuerte y profunda—, no seas ridículo Markovig, si todos los mocosos dieron positivo con la compatibilidad de las Cimeras, entonces tendríamos a todos los hijos de los Lores del Imperio.

—Bien, no todos —repuso la primera voz—, en realidad sólo fueron dos los que dieron compatible con la Cimera básica. El resto servirán como experimentos para las bestias demoniacas. Según los últimos descubrimientos, los niños probarían ser los mejores candidatos para las bestias demoniacas de altísimo poder. Aunque todavía no sabemos por qué, milord.

—Lo descubrirás una vez hagas el primer experimento con estas nuevas piezas.

—¿Milord? —se atrevió a preguntar la voz rasposa y tímida.

—¿Qué quieres? —pronunció la segunda voz una vez sus pasos desaparecieron del eco que acompañaba al sonido frente a la puerta de la habitación—, ¿ahora qué quieres, Markovig?

—Uno de los niños, el último… —Markovig también detuvo los pasos y parecía haber puesto la mano sobre la puerta.

Byleth dio unos pasos hacia atrás de manera silenciosa, pero no abandonó la posición cercana a la entrada.

—¿Qué tiene? —insistió el segundo.

—Por la reacción de la Cimera, creo que posé una de las Crestas Mayores.

El silencio se hizo presente. Byleth no comprendía de lo que los hombres hablaban, pues no tenía idea de qué era una Cimera o qué tenían que ver esas representaciones de escudo con los niños o las bestias demoniacas. Además, nunca había escuchado sobre experimentaciones con personas para crear bestias demoniacas. Por supuesto que tenía información sobre esas creaturas ya que su padre había hablado de bestias que existían por motivos extraños en todo Fódlan, y que no tenían otra opción más que ser enfrentadas o huir de ellas; sin embargo, jamás había leído o aprendido con su papá sobre experimentos con esas creaturas.

—Si es así, es muy probable que Lord Arundel querrá saber de esto cuanto antes. Escribe un reporte y envíalo de inmediato, Markovig. No uses a ese niño para los experimentos sin antes recibir el permiso de nuestros superiores, ¿entendido? —expresó el segundo hombre.

—Sí, milord, entendido —aseguró Markovig casi con un tono nocivo.

—Tienes una hora antes de comenzar con los experimentos, así que inicia los preparativos. Nos vemos en el patio principal.

—Sí, milord.

Los pasos regresaron como ecos externos a la habitación, pero esta vez comenzaron a alejarse. Empero, no habían sonado desigual como al comienzo, ahora parecía que sólo una persona se había retirado de la escena. Byleth agachó la mirada y pensó en alguna forma de escapar. No traía nada más que una daga básica de auxilio, así que debía actuar con rapidez.

Unos segundos después, Byleth regresó hacia la ventana y sacó la daga, luego presionó el filo contra el vidrio e hizo un movimiento con su mano como si fuera un cincel para romper de poco en poco el vidrio; tenía la idea de salir de ese lugar cuanto antes, en especial porque había un miedo que recorría su cuerpo al haber escuchado aquella extraña conversación. El vidrio no cedía, pero Byleth no perdía la esperanza; sabía que no podía romper el vidrio con fuerza, ya que había una posibilidad alta de que el sitio estuviera patrullado por guardias, así que no podía darse el lujo de causar un estruendo.

Antes de que el pequeño pudiera continuar con la actividad, el seguro de la puerta fue retirado y después se abrió con rapidez. Byleth miró hacia la entrada y encontró a un hombre vestido con una túnica negra y con una máscara metálica con dos agujeros en los ojos y una especie de pico que abarcaba la nariz y la boca.

—¡Mocos! ¿Qué mierda estás haciendo? —Markovig pronunció con rapidez; acto seguido, cerró la puerta detrás de él con llave y se acercó a toda prisa hacia Byleth—. ¿Estás pensando en escapar?

Byleth intentó romper el vidrio con un puñetazo, pero el hombre sujetó sus hombros y lo jaló hacia el centro de la habitación. El sujeto bizarro intentó doblegar al pequeño, pero Byleth conocía las técnicas básicas de defensa personal que su padre le había enseñado en los entrenamientos, así que dio una media vuelta y consiguió liberarse.

—Maldito mocoso, no te dejaré escapar. Pagarás por tu insolencia —dijo Markovig con un tono nocivo y lleno de repudio.

A toda prisa, Byleth corrió hacia la ventana, pero algo empujó su cuerpo y lo hizo caer con fuerza. Había una sensación de dolor ardiente en su espalda, casi como si una flama hubiera sido puesta sobre su piel. Byleth suspiró, pero no mostró dolor en su rostro, aunque, en realidad, era incapaz de darse cuenta de que no mostraba mucho en las muecas de su cara o con su propia voz.

El hombre Markovig encontró extraño el suceso, pues la mayoría de los niños gemían de dolor o lloraban al ser embestidos por una bola de magia de fuego; empero, ese pequeño no había emitido sonido alguno. Markovig caminó con gracia hacia Byleth y lo sujetó del brazo para ponerlo de pie. Los ojos de Byleth de un tono azulado oscuro, mismos que compaginaban con sus cabellos azulados y cortos, contemplaban a Markovig casi como carentes de vida.

—Interesante —Markovig dijo con incredulidad—, ¿a caso no sientes el dolor, pequeño?

Byleth no replicó, ni siquiera con algún movimiento de su cabeza. Visualizó la guardia baja del hombre y actuó con prontitud. Arrojó una patada hacia las espinillas de Markovig y logró zafarse del agarre del hombre. Sujetaba la daga de defensa y pensaba en la mejor estrategia para derrocar al hombre, además, pensaba el niño, debía encontrar las llaves que Markovig poseía.

—¡Mocoso! ¡Ya es suficiente!

Markovig conjuró un círculo púrpura frente a él y creó una cadena oscura de magia que encerró al niño. Byleth no logró reaccionar y fue sujetado por la magia. La cadena se apretaba sobre el pecho, brazos, piernas y espalda del niño; había sido suficiente para que Byleth perdiera el equilibrio, así que había caído al piso. Markovig aprovechó el momento y agarró a Byleth de los cabellos para así conducirlo hasta la cama llena de polvo. El cuerpo de Byleth chocó contra el colchón rústico; había dolor por la presión que ejercían las cadenas, pero también una especie de irritación que causaba la magia al contacto con su cuerpo. Byleth hizo un último esfuerzo por liberarse, pero lo único que consiguió fue mover su cuerpo de un lado a otro.

Markovig rió con fuerza, luego se colocó frente a Byleth para someterlo. Markovig tocó con desprecio el pecho del niño y levantó la playera café que portaba; estaba interesado en saber si el fuego de su magia había afectado físicamente su cuerpo. Si ese niño había sido compatible con la Cimera de prueba, entonces había una posibilidad alta de que fuera alguien importante para ellos y sus próximos experimentos. Markovig volteó a Byleth y rompió la playera por detrás, a continuación descubrió que había una quemadura causada por la irritación de la magia.

Markovig chistó con la boca como en desaprobación.

—Pero sí te hizo daño, y tú… Ni siquiera lloras, o muestras dolor en tu rostro. Más que interesante. Dime, mocoso, ¿cuál es tu nombre?

Byleth no respondió. Ya había perdido las fuerzas para seguir resistiendo; del mismo modo, su mente se llenaba de pensamientos deprimentes y de plegarias hacia su padre. Repetía una y otra vez su deseo por ver a su papá, por ser rescatado por el mejor Capitán de mercenarios que conocía, por la única familia que tenía.

—No quieres hablar, ¿eh? —Markovig prosiguió con severidad pero también morbosidad. Ya había retirado el interés de la espalda de Byleth y ahora bajaba el pantalón del niño. Además de que deseaba hacer una examinación completa, tenía deseos de divertirse por unos minutos antes de iniciar con su trabajo—. Veamos qué tenemos aquí.

Byleth sintió la mano del hombre sobre sus muslos traseros; el roce con el guante frío daba una sensación todavía mayor, aunado a esto, Markovig movía los dedos en círculos y cubría áreas amplias que a veces pasaban por la entrepierna del menor. Byleth suprimió un gemido de miedo y cerró los ojos; no comprendía que ocurría, ni tampoco sabía por qué el hombre tocaba su cuerpo de esa manera.

—Debes tener entre diez u once años, ¿verdad? Supongo que todavía no has descubierto mucho sobre tu propio cuerpo, jovencito —Markovig dijo con una voz pesada—, así que será más divertido jugar contigo con calma.

—N-No… —Byleth logró decir con una voz ahogada y débil, incluso para él era un poco inusual escuchar su propia voz cuando no hablaba con su padre.

—¡Ah! ¡Encantador! —Markovig agregó con triunfo.

A continuación, Markovig detuvo el movimiento de sus manos, desabrochó la parte baja de su túnica, movió el cuerpo de Byleth hacia la orilla de la cama y bajó su ropa interior; ya había detectado su propia erección y frotaba su miembro con los glúteos del niño. Byleth respiraba con fuerza y sentía pánico, miedo y deseos de gritar. ¿Por qué ocurría eso? ¿Cómo había sido capturado por esas personas? ¿Qué harían con él? ¿Por qué decían que había mostrado compatibilidad con escudos o piedras de escudos? ¿Qué estaba por pasar en esos instantes?

—¿Qué pasa, mocoso, tienes miedo? —Markovig dudó con burla.

Empero, un sonido estrepitoso se hizo presente; había sido como una puerta metálica al caer. Markovig suspiró con enojo y maldijo entre dientes. Se había retirado del niño y caminaba hacia la ventana. No era posible que a esas horas de la noche los guardias fueran tan idiotas y dejaran que un accidente pasara, mucho menos antes de que los experimentos estuvieran a punto de comenzar. Pero, para sorpresa de Markovig, había sonidos de gritos, armas chocar entre ellas y algunos galopes de caballos. ¿Había una riña entre los guardias? No era posible, Markovig había asegurado esa fortaleza abandonada para él y sus mejores magos, puesto que estaba decidido a iniciar nuevos experimentos con las piedras que habían desarrollado en secreto.

Byleth, por su cuenta, rodó hacia fuera de la cama, aunque estaba atado fue capaz de ponerse de pie y saltar hacia Markovig; había usado su cuerpo entero para embestir al hombre y hacerlo caer. Byleth había regresado al suelo, pero esta vez hacía un esfuerzo para rodar con rapidez hacia la puerta y alejarse de Markovig.

—¡Mocos de mierda! —Markovig gritó con enojo.

Sin previo aviso, Byleth sintió una rodilla sobre su costado derecho y el peso del hombre sobre él. Markovig sujetaba con fuerza el cuello del niño y creaba presión para demostrar que él era el jefe y que habrían consecuencias por sus actos rebeldes. Byleth cerró los ojos y sintió que el aire se agotaba; no podía darse por vencido.

Con brutalidad, la puerta fue tumbada y tres personas ingresaron a la habitación.

—¡Quita tus sucias manos de mi hijo, maldito! —gritó una voz conocida.

El cuerpo de Byleth quedó libre de la presión y al abrir los ojos encontró a su padre acompañado por Louis y Vivianne. La magia despareció, puesto que Markovig había creado una circunferencia debajo de él y había conseguido escapar en un pilar morado de magia. Byleth se sentó y acomodó sus prendas interiores y pantalón.

—¡Byleth! —Jeralt gritó con angustia al ponerse de rodillas junto a su hijo—, ¿estás bien? ¿No te hizo nada?, ¿no te lastimó?

Antes de que Byleth pudiera mover la cabeza de manera negativa, sintió su cuerpo ser rodeado por una abrazo cálido de su padre. Byleth aceptó el mimo y reciprocó el abrazo; había decido esconder su rostro en el pecho de su papá ya que sentía vergüenza y desilusión, pues creía que había decepcionado a su papá.
 
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Capítulo tres:
Abducción 3


—Byleth —la voz de Jeralt sonaba molesta y consternada al mismo tiempo; el hombre estaba sentado detrás del niño y curaba las quemaduras de la espalda del menor—, ¿me estás escuchando?

Byleth sentía su propia piel arder por las curaciones que hacía su papá, pero ya estaba acostumbrado a cierto nivel de dolor, por lo que no hacía sonido alguno. Había sentido un alivio al regresar a la Villa Remire y ser salvado por su padre. Aunque también estaba decepcionado de sí mismo, pues no tenía idea de cómo explicar la situación. No podía recordar mucho sobre lo que había pasado; sabía que había estado en la posada, esperando a que la misión terminara, así como había optado por mirar por la ventana para ver el combate cercano. Sin embargo, no había notado la presencia de alguien misterioso en los alrededores, sólo la gente que había decidido resguardarse en la posada.

—Byleth —Jeralt insistió. Suspiró con fuerza y dejó la actividad de la curación. Sujetó el brazo de su hijo, lo giró hacia él y capturó la atención del pequeño—. No me hagas repetirme, ¿qué pasó? ¿Qué te hizo ese sujeto?

—N-Nada… —Byleth replicó con una voz ausente y casi vacía.

Los ojos azules del niño contemplaron los ojos cafés del hombre; sin embargo, la mirada del Capitán estaba cargada de miedo y preocupación, mientras que los ojos de Byleth parecían inamovibles e inexpresivos.

—¿Nada? —preguntó Jeralt con paciencia.

Byleth asintió con la cabeza.

—¿Y qué es esto? —Jeralt tocó con suavidad una parte de la espalda alta de Byleth para obtener una explicación de la herida.

—Magia.

Jeralt volvió a suspirar con profundidad y cierto enojo. Sabía que su hijo no mentía, pues ya había aprendido a entender algunos gestos minúsculos en el rostro de su pequeño; empero, estaba molesto, ya que la vida de Byleth había estado en peligro y él había sido responsable de ello. Además, Byleth no mostraba lágrimas, ni mucho menos indicios de dolor. Jeralt sentía que su pecho se presionaba al pensar en lo que su niño había experimentado en manos de ese hombre en aquella fortaleza abandonada, y sentía una impotencia por no haber matado a ese maldito mago.

—Byleth —Jeralt dijo con seriedad—, escucha con atención. Sabes muy bien que debes decirme las cosas. No puedes desobedecer mis órdenes cuando todavía no tienes la edad para intervenir en las misiones de combate directo.

No hubo respuesta; aunque Jeralt reconoció un movimiento leve en la cabeza de Byleth.

—Y —agregó el Capitán—, necesito que me digas qué fue lo que pasó con ese sujeto. ¿Qué te hizo además de la magia? Estabas encadenado, por todos los cielos, ¡encadenado! Y tu ropa estaba rota y casi fuera de tu cuerpo. Dime, por favor, ¿te tocó en algún lugar?

Byleth movió los ojos hacia abajo pero no hizo otro gesto. No estaba feliz al recapitular el momento inusual con ese mago de nombre Markovig, aquél instante en donde había sido tocado en sus muslos y había sentido el miembro duro del hombre en su cuerpo. Sin embargo, Byleth tenía miedo, miedo de que su padre pudiera enojarse con él y negarle seguir con el entrenamiento y trabajar a su lado.

—Byleth —Jeralt tomó los hombros de su hijo y habló con fuerza—, dime, ¿qué fue lo que pasó?

—N-Nada… —Byleth mintió sin mirar de frente a su padre.

—¿Nada?

Otra vez Byleth asintió con la cabeza de manera leve.

—Mírame a los ojos, Byleth. Repítelo, dime que no te hizo nada. ¿Te tocó?

Byleth alzó la mirada y contempló el rostro de su padre. Decidió hacer un movimiento de negación hacia los lados con la cabeza y mover su cuerpo hacia atrás. Deseaba alejarse de su padre en esos instantes, ya que temía por muchas cosas. Creía que había causado una desilusión en la persona que más quería, y no deseaba escuchar palabras de dolor pronunciadas por Jeralt.

—¿P-Puedo irme? —Byleth dijo casi sin fuerza.

Jeralt soltó a su hijo y dejó que el niño entrara al baño. Agachó la cabeza y escondió su rostro con las manos. Había fallado como padre, y había comenzado a reprochar en su mente. Expresaba sus quejas como monólogos internos como si su esposa difunta, Sitri, pudiera escucharlo. Se recriminaba sobre todos sus errores; el haber confiado en la Arzobispo Rhea, haber abandonado Garreg Mach sin respuestas, no haber investigado más sobre el nacimiento de su hijo…y ahora esto. Jeralt había permitido que alguien, algún extraño grupo, causara daño en su hijo.

Al paso de unos minutos, el Capitán escuchó algunas risas porvenir de la recepción de la posada, se puso de pie, caminó hacia la ventana cercana a la puerta del baño y suspiró con impaciencia. Miró hacia la puerta y luego hacia la ventana; aunque el sol ya había caído, todavía se percibía la imagen hermosa de los bosques cercanos a la villa. Jeralt recordaba aquellos momentos junto a su esposa, aquellas sonrisas hermosas que ella había mostrado junto a él.

—He fallado, Sitri —Jeralt susurró con un tono ahogado—, y lo único que puedo hacer es asegurar que el chico sea capaz de defenderse. No puedo hacer más…sé que no puedo estar a su lado todo el tiempo. Y también comprendo que un día no será necesario que lo proteja de todo…pero… —colocó su mano sobre la frente e hizo un sonido de molestia—, tan sólo escúchame…hablando como un idiota.

A continuación, Jeralt se acercó a la puerta y tocó con suavidad.

—¿Byleth? ¿Estás bien?

No hubo sonido, ni respuesta. Jeralt esperó casi por un minuto hasta que la puerta se abrió. Byleth ya había terminado de limpiar su cuerpo y traía puesta una playera floja y unos pantalones cortos. Salió y se quedó parado frente a su padre.

—Escucha bien, chico —Jeralt hizo un esfuerzo mayor por hablar con tranquilidad—, te creo, ¿está bien? Pero quiero que a partir de mañana tengas en mente que entrenaremos con más fuerza y que comenzarás a usar tus habilidades para intentar ganar en combates. En unos dos años más quiero que participes más activamente en las misiones; además, considera que si unimos nuestros estilos de combate, seremos más famosos y podremos cargar cifras más altas a los clientes. Recuerda que tu padre tiene una deuda grande en algunos lugares…

Byleth asintió con un poco de timidez y dio unos pasos para acortar la distancia entre él y su padre. Jeralt comprendió, en ese instante, que Byleth había mentido. Sin embargo, no deseaba seguir hostigando a su propio hijo, así que cerró la distancia y abrazó con calidez a su pequeño. Byleth aceptó el cariño y recargó su cabeza en el pecho de su padre; podía escuchar los latidos del corazón de Jeralt, aquél sonido que, desde su infancia temprana, había sido lo más relajante y algo que le hacía sentir seguro.

—¿Tienes hambre? —Jeralt regresó a su tono usual—. Anda, vayamos a comer algo.

Sin embargo, Byleth sujetó con fuerza la ropa de su papá y se mantuvo estático. Jeralt observó con cautela a su niño y supuso que en cualquier momento lloraría. De una manera extraña deseaba ver las lágrimas de su hijo, esperaba el llanto de Byleth como algo positivo, a pesar de que sería por una situación bastante negativa.

—N-No hizo nada… sólo… —Byleth dijo con lentitud—, intentó. No…

—¿No? Byleth, responde…¿te tocó en alguna parte de tu cuerpo?

Byleth asintió con miedo.

—¿Dónde?

—Piernas.

—¿Tocó tus piernas? —Jeralt hizo un sonido de molestia—. Bastardo… ¿Qué más? ¿Tocó otra parte de tu cuerpo?

Byleth movió la cabeza de arriba-abajo con suavidad otra vez.

—¿Dónde, Byleth? —Jeralt no pudo evitar que su voz saliera con desesperación. Se inclinó y tomó los hombros del niño—. ¿Tocó tu entrepierna?

Byleth negó con la cabeza.

—¿Tus glúteos?

—S-Sí…con su…

De manera imprevista, Jeralt sintió una furia recorrer todo su cuerpo. Parecía que su sangre hervía en la garganta de su estómago; deseaba destrozar a ese mago con sus propias manos y hacerle pagar por lo que había hecho a su amado hijo. Jeralt no pudo evitar a la ira salir, así que hizo otro sonido con la boca para mostrar su decepción; entonces, volvió a abrazar con fuerza a Byleth.

—No volveré a permitir que alguien te haga daño, Byleth, te lo prometo.

Byleth usó sus manos para agarrar con fuerza los ropajes de su padre. Permitía que una sensación de tranquilidad se apoderara de su cuerpo, una sensación de protección, una sensación única y que tanto amaba. Aunque tenía muchas dudas respecto a su madre, no se atrevía a preguntar algo que pudiera causar dolor en su padre, puesto que había aprendido a distinguir el rostro de dolor en Jeralt cada que hablaba de su mamá fallecida.

—Anda, vamos a comer, ¿sí?

Byleth asintió con un poco de entusiasmo y siguió a su padre hacia el exterior de la habitación.

* * * *​

Los entrenamientos habían subido de nivel con rapidez, no sólo el uso de armas variadas era una obligación para Byleth, también los ejercicios de fuerza y resistencia. Todas las mañanas, si no había alguna misión que cumplir, Byleth corría junto a su padre, hacía flexiones y otro tipo de ejercicios necesarios para crear la resistencia adecuada. Luego pasaban a los combates directos; en esta actividad habían dos personas extras que apoyaban: Louis y Altamira.

Byleth había iniciado a combatir contra ambos mercenarios, aunque los dos mayores no atacaban para matar o para hacer daño, sí explicaban y ejemplificaban movimientos necesarios para el niño. Byleth mantenía una relación un tanto cercana, para lo que estaba acostumbrado, con ambos hombres, y sabía que Louis era mayor que Altamira. Louis era un sujeto de entre veintisiete o veintiocho años, con un aspecto de rufián que sólo busca dinero y mujeres; aunque en realidad era un sujeto que gustaba de bromear junto a su capitán y al pequeño. Por otro lado, Altamira era un poco más reservado, era un adolescente todavía, tal vez de diecinueve años ya que Byleth creía que su padre era incapaz de contratar mercenarios menores de dieciséis años; aunado a esto, Altamira nunca usaba su nombre personal, prefería su nombre de familia.

Después de cada combate, los cuatro mercenarios se duchaban si tenían el tiempo necesario y comían con el resto del grupo. Jeralt pasaba la gran mayoría del tiempo con su hijo, pero a veces Byleth jugaba cartas o algunos juegos de apuestas con Altamira y Louis. A pesar de que no era expresivo, Altamira y Louis habían aprendido a relacionarse con Byleth sin tanto problema.

En una de las mañanas rutinarias, Byleth terminó el entrenamiento junto a su padre y decidió pasar un tiempo con Altamira. A diferencia de Byleth, Altamira usaba el cabello largo y su color rojo causaba una sensación de picardía en el adolescente.

—¿Qué ocurre, Byleth? —Altamira preguntó al ver a Byleth cerca de su mesa donde comía junto a otros mercenarios.

Byleth mostró con la mano un paquete de juego de cartas y aguardó.

—¿Oh? Quieres jugar —Altamira sonrió con amabilidad—. Claro, ven, juguemos juntos mientras comemos.

Byleth obedeció y se sentó junto al adolescente. Ambos colocaron los platos de comida a un lado y crearon espacio para las cartas. Era un juego de estrategia y batalla muy popular en el Imperio y la Alianza, así que Byleth disfrutaba de ese tipo de distracciones; así mismo, tenía una facilidad para los juegos de estrategia y se había ganado la reputación de ser todo un estratega justo como su padre. Altamira comenzó la partida y comía de vez en cuando.

—Por cierto, Byleth, hace unos meses cumpliste años, ¿verdad? —Altamira inició la conversación.

Byleth asintió con la cabeza sin muchos ánimos; pero no retiró la mirada del juego de cartas.

—A diferencia de Louis, yo tengo casi un año con la compañía de mercenarios de tu papá, así que no recuerdo muy bien las fechas de cumpleaños. De cualquier modo te compré un regalo que sé que te gustará —Altamira sacó de su bolsa de viaje un estuche de metal de un juego de mesa de estrategia—, lamento no habértelo dado antes, pero con las últimas misiones no había tenido tiempo de revisar la fecha de tu cumpleaños.

Cuando Altamira colocó el estuche sobre la mesa, Byleth arrojó una mirada seca hacia al adolescente y aguardó. Altamira sonrió con amabilidad y movió un poco la caja para demostrarle al niño que no había problema.

—Es tuya. Sé que te gustará. De hecho, puedo enseñarte a jugar, si quieres.

Byleth asintió con rapidez y abrió la caja metálica. Había dejado el otro juego desatendido y comenzó a inspeccionar las piezas pequeñas talladas en madera que venían en el interior de la caja; por unos momentos, Altamira pensó que Byleth era como un niño cualquiera, aunque no lo demostrara de manera abierta. A diferencia de Louis, Altamira no conocía mucho sobre la vida del Capitán Jeralt, pero había desarrollado un interés y fascinación por Byleth, ya que nunca había conocido a un chico así de serio y poco expresivo.

—G-Gracias… —Byleth dijo como un susurro seco.

—Oh, no, descuida —agregó Altamira—, es un regalo de amigos. Quiero que sepas que somos amigos, y que si a veces te sientes aburrido de las lecciones de tu padre, podemos jugar juntos.

Byleth regresó la mirada hacia Altamira y sintió felicidad. Para él era agradable saber que podía contar con un amigo casi de su edad de entre todos los mercenarios que eran parte del grupo; además, pensaba el niño, Altamira era en exceso agradable y muy atractivo. Byleth detuvo sus pensamientos y analizó el último; nunca antes había tenido interés en las personas sobre sus apariencias o sus personalidades a ese nivel, pues era la primera vez que prestaba tanta atención a otra persona fuera de su padre.

—Sí, gracias —volvió a susurrar Byleth.

Altamira no replicó y aceptó las palabras cortas del niño. Decidió que por el momento lo mejor era conocer más a Byleth y conocer las razones de su actitud.
 
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Capítulo cuatro:
Descubrimiento 1


La pelea había terminado con la derrota del líder de la banda de ladrones conocida como “Clavel”; aunque habían puesto resistencia y habían intentado escabullirse hacia las afueras del territorio del Imperio, cerca del río Airmid, no habían conseguido escapar de los mercenarios. Muchos de ellos traían pertenencias de alto valor justamente como armas, piedras misteriosas y libros. Para el Capitán Jeralt, aquella misión había sido más que sólo una rutina, había sido contratada a tiempo, tan solo unos meses pasados los incidentes de la horrible tragedia de Duscur; parecía una coincidencia difícil de ignorar.

Sin embargo, el Capitán creía prudente no hablar de sus sospechas de manera abierta, en especial porque quería evitar que su hijo tuviera información o contacto con todo aquello que tuviera que ver con la Iglesia de Seiros. Jeralt había llegado a conclusiones donde la Iglesia de Seiros debía estar implicada en esa tragedia, y que algo, o alguien, estaba provocando incidentes de esa magnitud para conseguir un objetivo que todavía parecía incomprensible. Además, Jeralt tenía recolección de los acontecimientos de hace casi cinco años atrás, de aquél grupo que había secuestrado a su pequeño hijo, mismo que había dejado una fortaleza abandonada con un montón de libros y cosas referentes a la magia arcana.

—Capitán —la voz cercana de Louis interrumpió los pensamientos de Jeralt; así como el resto de los mercenarios que tenían tiempo trabajando para Jeralt, Louis lucía mayor, entrados los treinta años, con una barba cortada y una coleta sencilla que recogía su cabello negro. También había marcas en su cuerpo, cicatrices de diferentes misiones y combates durante los últimos cinco años—. Mire esto, encontré una carta entre las pertenencias del líder. Va dirigida a la reina fallecida de Faerghus.

Jeralt suspiró con impaciencia y tomó la hoja enrollada; leía con rapidez y descubría que esos ladrones no eran simples rufianes, sino mercenarios encubiertos que habían participado en alguno de los conflictos referentes a la muerte de los gobernantes del Reino Bendito de Faerghus.

—Será mejor que dejemos lo que no necesitamos aquí —dijo Jeralt con rapidez. Caminó hacia su hijo adolescente que estaba a unos metros de él y tocó su hombro—. Byleth, vamos, debemos acampar cerca del río. No quiero que quedemos expuestos a una emboscada y tener que pelear por nuestras vidas.

Byleth asintió de manera positiva. Ya no eran un niño de diez años, ahora su cuerpo se había desarrollado y era capaz de alcanzar el hombro de su padre; del mismo modo, su musculatura se había ensanchado. Sin embargo, todavía su rostro mostraba vacío y era inexpresivo casi por completo; sus ojos miraban como si estuviera perdido en algún pensamiento profundo y poco racional. Su cabello había crecido y caía como una especie de hongo corto que hacía lucir su rostro más fino, pues era un chico atractivo.

Antes de que los mercenarios tomaran el camino hacia la orilla del río, hacia el este, Jeralt notó algo inusual en su hijo. Byleth miraba de vez en cuando a una persona del grupo y parecía retirar la mirada cada determinado tiempo. Jeralt pensó por lo peor; creía que Byleth había tomado algún objeto de los bandidos y había leído algo sobre la tragedia de Duscur, o había encontrado alguna referencia a la Iglesia de Seiros. Empero, el Capitán descubrió algo todavía más curioso, Byleth dirigía la mirada hacia uno de los mercenarios, hacia un joven de cabello rojo y corto que portaba un arco. Jeralt decidió guardar sus comentarios y sujetó el brazo de su hijo adolescente.

—Andado —insistió Jeralt con una voz fuerte para ser escuchado por el resto de la compañía—, la noche está por caer, y es muy probable que inicie una tormenta. Louis, asegura el perímetro junto a Vivienne y Altamira; no queremos sorpresas por los cerros de Hrym.

—A la orden, capitán —dijo Louis con respeto.

Una vez el grupo de mercenarios llegó hasta una zona neutral de entre las colinas, las nubes ya se habían aglomerado en el cielo y habían causado que los pocos rayos del sol desaparecieran por completo. Los mercenarios habían levantado tiendas de campaña protegidas con carpas anti-lluvia y habían elegido algunos sitios bajo árboles para reunirse durante la cena antes de que la tormenta iniciara.

Jeralt había decidido acompañar al grupo más cercano de sus hombres y había llevado a Byleth consigo. Louis había cocinado en una olla vieja un estofado improvisado y servía en los platos hondos a sus compañeros; a la derecha, en un tronco caído, estaba Vivienne y Fergus, a la izquierda estaba el lugar de Louis y Altamira. Jeralt y Byleth ocupaban otro de los troncos que quedaba frente a la fogata y entre los dos grupos. Las conversaciones eran amenas y había risas entre los comentarios irónicos y despreocupados que hacían los mercenarios; a pesar de que no habían quedado conformes con la última misión, y que todavía no recolectaban su paga, solían disfrutar de momentos de paz.

—Capitán —Louis rompió la atmósfera cercana—, hay un pequeño pueblo que colinda con las montañas del este, hacia el puerto de Hrym. No es tan grande como la Villa Remire, pero podríamos quedarnos ahí por unos días.

—Bien, cruzaremos una parte del Campo Grondel para visitar a nuestro cliente, y tomaremos rumbo hacia ese pueblo —aceptó Jeralt sin levantar sospechas.

El Capitán contempló a su hijo y nuevamente encontró aquella mirada de interés que prestaba en uno de los mercenarios. Jeralt siguió con la mirada de manera prudente el objetivo de su hijo y aseguró que Byleth miraba a Altamira. Jeralt no tenía mucha información de ese joven; sabía que había quedado contratado por su gran habilidad con el arco y su perspicacia para reconocer reliquias y pistas referentes a los distintos territorios de Fódlan, pero no conocía sobre su pasado. Jeralt solía investigar un poco sobre las personas que trabajaban para él, pues debía asegurar que no sería traicionado o que alguno de los hombres haría algo en contra de él o su hijo; había cierta paranoia cuando se trataba de Byleth, puesto que creía que en algún momento algún espía de la iglesia aparecería. Empero, de Altamira no tenía mucho qué decir, y era, en realidad, porque Louis había hablado del chico como alguien valioso para el equipo.

Jeralt guardó sus pensamientos y continuó con la plática sencilla por el resto de la noche.

La lluvia comenzó a caer durante la madrugada, por lo que la quietud se acrecentó. Las fogatas ya habían sido apagadas y la mayoría de las tiendas de acampamento ya no estaban iluminadas por las linternas de aceite que se empleaban usualmente. Excepto dos tiendas seguían con sus luces interiores y dejaban ver las siluetas de las personas que se encontraban sentadas una frente a la otra.

—Si vamos a cruzar al territorio de la Alianza, capitán, será necesario que consideremos a los brigadieres que suelen recorrer los territorios de Ordelia y Goneril; incluso se dice que esos grupos provienen de Almyra —Louis explicó al señalar el mapa que se encontraba frente a él y su Capitán—. Si lo que desea es alejarse de todos los últimos sucesos y de nuestro cliente actual, lo mejor será acercarnos a las zonas montañosas…

Jeralt notó la expresión de consternación en Louis; sabía que para Louis era difícil regresar a las zonas montañosas debido a que provenía de un pueblo escondido llamado Kupala.

—No iremos hasta el norte —Jeralt dijo con seguridad y calma—, así que puedes estar tranquilo.

—Capitán —Louis intentó explicar.

—Además, necesito preguntarte algunas cosas referentes a Altamira.

Louis levantó el rostro y contempló de frente al Capitán Jeralt. A diferencia del resto de los integrantes de la compañía, Jeralt parecía ser el único que no había cambiado en los cinco años pasados, pues todavía lucía igual desde aquél día en que Louis lo había conocido, hace más de nueve años atrás. Sin embargo, Louis respetaba a su líder y había aprendido a no preguntar nada personal sobre la vida de Jeralt, y para él estaba bien.

—¿Qué tiene Altamira? —Louis reinició la conversación con respeto.

—Viene del Reino de Faerghus, ¿no es así? —preguntó Jeralt.

—Sí. Es hijo de una familia pobre, si lo que le interesa es su lugar de nacimiento. No es un sujeto difícil de leer, de hecho es demasiado sencillo entablar conversaciones con él, y no sabe mentir.

—Comprendo —aceptó Jeralt la explicación.

Entonces, Jeralt pensó con prontitud, ¿qué era lo que llamaba la atención de su hijo respecto a ese joven?

—Una vez recibamos la paga, cruzaremos hacia el territorio de la Alianza Leicester y buscaremos un trabajo menos riesgoso.

—De acuerdo, capitán —Louis aceptó la respuesta de su líder y no insistió con las dudas.

Jeralt se despidió de su subordinado y abandonó la tienda; caminó hacia la tienda cercana de color rojizo oscuro y se adentró. Byleth yacía tendido sobre el camastro improvisado y parecía dormido; así que Jeralt se colocó junto a su hijo y aguardó por unos minutos. Había notado el desempeño en la técnica del chico, por lo que estaba seguro de que pronto sería capaz de llevar a cabo misiones por su cuenta; pero todavía sentía inseguridad. Jeralt había crecido con miedo, miedo por la vida de su propio hijo. Sabía que no había latidos en el corazón de su hijo, pero Byleth respiraba como si estuviera vivo, entonces no podía asegurar qué era lo que ocurría mal dentro del funcionamiento del cuerpo de Byleth. De pronto, Jeralt movió su cuerpo hacia el costado y contempló la imagen dormida del chico; todavía creía que la Arzobispo había sido la culpable de lo que fuera que había sucedido con su hijo, y por esa razón había decidido alejar a Byleth lo más posible de la Iglesia de Seiros y sus enseñanzas extremistas. Del mismo modo, casi todas las decisiones que Jeralt tomaba para guiar a la compañía de mercenarios las hacía pensando en el bienestar de Byleth. ¿Cometía un error?, ¿sería capaz de mantener alejado a su hijo de la verdad? ¿Algún día podría hablar sobre lo que había pasado realmente con su madre? ¿Sería capaz de dejar ir a su preciado pequeño? Byleth se había convertido en la razón de vida de Jeralt, y como padre tenía pavor.

* * * *​

El paso hacia el territorio de la Alianza Leicester no había sido un problema durante los días siguientes, la compañía de mercenarios había llegado a una zona remota en el territorio de Goneril; incluso habían tomado otro trabajo pequeño para defender a unos pobladores locales de algunos bandidos de la frontera. La cosas habían marchado bajo un buen rumbo, aunque durante el último enfrentamiento contra los ladrones, algunos miembros del grupo habían salido lastimados, incluido Byleth.

Jeralt había rentado unas habitaciones en la posada pequeña del pueblo y había ayudado a su hijo a tratar la herida del brazo que había recibido por el líder de los enemigos; aunque no era grave, Jeralt no podía evitar sentirse culpable y lleno de remordimientos cada que Byleth salía herido de las batallas cotidianas.

Byleth estaba sentado frente a su padre, en una de las sillas del escritorio junto a las camas; contemplaba con su mirada usual el vendaje que su padre ponía en su brazo izquierdo. Jeralt se había ahorrado el discurso de siempre, sobre tener cuidado y no bajar la guardia, así como analizar; en realidad, tenía otra preocupación en mente.

Pasaron casi cinco minutos donde lo único que hubo fue silencio.

—Chico —Jeralt decidió hablar; ya había entablado un monólogo interno de auto-convencimiento para tratar el siguiente tema—, hay algo que quiero preguntarte.

Byleth retiró el brazo del aire y miró el vendaje que cubría la herida reciente; había ignorado la mirada de Jeralt, pero no las palabras. Así que levantó el rostro y arrojó la misma mirada vacía que lo había caracterizado desde su nacimiento.

—En realidad —Jeralt prosiguió, tocaba su cabeza de manera inconsciente para demostrar la dificultad que ese tema representaba—, es un poco difícil hablar sobre esto… Bien… Dime algo, chico, ¿cómo te has sentido hasta ahora?

Byleth dudó de las palabras de su padre, pero no hizo ningún cambio de mueca en su rostro. No comprendía qué era lo que sucedía con exactitud en esos momentos; ¿había hecho algo malo durante el último combate? Sí, había descuidado la retaguardia porque había creído que conseguiría derribar al enemigo, pero no había contado con las ventajas del terreno y la velocidad del contrincante. Sabía que había sobreestimado la situación sin haber realizado un análisis profundo, justo como su padre lo repetía una y otra vez. Pero las actitudes de Jeralt arrojaban otro tipo de consternación, una que usualmente refería a otro tipo de cosas que no eran sobre el combate.

A pesar de que Byleth y Jeralt eran familia, no solían hablar de temas profundos. La primera razón era que Byleth no solía expresar sus emociones, y tampoco parecía interesado en entablar conversaciones prolongadas; la segunda razón era que Jeralt prefería hablar sobre temas referentes al entrenamiento, a las batallas, a los análisis y tácticas de guerra, para él era más fácil crear un lazo desde esos gustos con su hijo.

—Supongo que te has sentido bien… —Jeralt dijo acompañado de un suspiro profundo—, por supuesto, la pregunta fue muy vaga. Bien, seré directo… Dime… ¿Qué es lo que te interesa tanto de Altamira?

Durante unos minutos no hubo ni siquiera un movimiento minúsculo que Jeralt pudiera reconocer en el rostro de su hijo, ni un parpadear, ni un movimiento extra en los brazos, manos, piernas o pies del adolescente. Jeralt comprendía que la adolescencia era una etapa difícil de afrontar, y no estaba tan sorprendido de aquella reacción que encontraba en su hijo.

—No quise incomodarte, Byleth, pero he notado que a veces estás contemplando a ese chico.

De pronto, Byleth agachó la mirada; prefería evitar cualquier charla referente a lo que sentía últimamente. Había noches en las que despertaba con sensaciones totalmente nuevas para él, como un cosquilleo en su abdomen bajo, en su estómago o incluso sentires intensos en su ingle cada que pensaba en Altamira. Byleth no tenía referencia sobre qué eran esas sensaciones, y había un pánico leve en su interior; del mismo modo, prefería evitar conversaciones sobre todo lo relacionado con su propio cuerpo, pues no sabía qué decir o preguntar.

—Chico, no te sientas mal —Jeralt insistió a toda prisa al reconocer el nerviosismo del adolescente—, supongo que es por la amistad que han compartido desde que se conocieron. Sé que te gusta jugar con Altamira y de vez en cuando escuchas sus relatos sobre los libros que suele leer.

Byleth divagó en su mente con rapidez. Antes de explicar a su padre lo que pasaba, necesitaba comprender por su cuenta las cosas; y había obtenido una respuesta a sus dudas. Podría investigar en la biblioteca central del pueblo sobre el tema y después interrogar a su padre con todo aquello que no pudiera entender.

—¿Byleth? ¿Qué pasa?, ¿no quieres hablar de esto? Escucha, los cambios en la adolescencia son normales. Ya no eres un niño, eso me queda claro, así que comprendo que tengas diferentes intereses o que prefieras hacer otro tipo de cosas en lugar de jugar.

—¿P-Puedo…irme? —Byleth interrumpió con su voz jovial y tímida.

—¿Eh? ¿Irte? —Jeralt expresó con rapidez—. Ah… Supongo que prefieres dejarlo así.

Byleth asintió con la cabeza.

—Bien —compuso Jeralt con tranquilidad—, está bien. Hablaremos después de todo esto. Pero cuida tu retaguardia para la próxima pelea. Es probable que nos quedemos aquí unas semanas, ya que los habitantes han pedido ayuda constante con los grupos fronterizos.

—O-Ok…

A continuación, Byleth se puso de pie y abandonó la habitación a un ritmo pacífico. Por su parte, Jeralt concentró sus pensamientos en los acontecimientos actuales. Nunca había cuestionado si Byleth era feliz junto a él, con esa vida; pero tenía la impresión de que su hijo estaba madurando con rapidez, más de la que él mismo deseaba. Sin importar cuánto tiempo deseara pasar así, era consciente de que algún día todo cambiaría, y él tomaría una de las decisiones más difíciles como padre.
 
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Capítulo cinco:
Descubrimiento 2


Los ojos de Byleth estaban fijos en las páginas de los libros que tenía frente a él; ya había leído casi toda la colección referente a la anatomía humana, cambios en el cuerpo humano y algunos otros panfletos referentes a la sexualidad. Ahora sabía que el interés que desarrollaba por otras personas podía estar marcado por más que simples gustos como pasar el tiempo con otro individuo, también por atracciones sexuales. Byleth había leído sobre algo tan simple y básico como el deseo carnal que una persona podía expresar de múltiples maneras; empero, Byleth no estaba seguro de su propio deseo. Sentía deseos de tocar su propio cuerpo en muchas ocasiones, pero se detenía ya que era difícil encontrar un tiempo libre y un lugar apropiado para hacerlo; sin embargo, sentía pena y desdicha por actuar de una manera errónea.

Debido al tiempo en la lectura, Byleth había ignorado los alrededores y había hecho caso omiso a la luz del sol que cada vez más se ocultaba en el horizonte lejano; incluso hasta ese momento había detectado las lámparas de aceite que eran encendidas por los bibliotecarios. Aunque la biblioteca del pueblo no era muy grande, Byleth había descubierto que tenía libros interesantes. Además de biología y anatomía, había encontrado un libro marcado con unos círculos de magia que desconocía.

Byleth pasó su mano sobre el libro de magia arcana, dejaba que sus dedos sintieran el relieve que las ilustraciones causaban sobre el papel. Había una memoria borrosa sobre incidentes con la magia, Byleth podía recordar que alguna vez había sido quemado por la magia del fuego y había sido encadenado, pero no podía recapitular qué había ocurrido en realidad.

—Disculpe, jovencito —una voz sonó cercana y dulce; era la bibliotecaria que lucía joven y con un peinado trenzado de un tono café claro—, la biblioteca está por cerrar. ¿Desea llevarse algún libro?

Byleth negó con la cabeza. Comenzó a cerrar todos los tomos que tenía esparcidos sobre la mesa y los apiló con rapidez. Había hecho una reverencia de respeto hacia la muchacha y luego había llevado los libros hacia el carrito de depósito.

Al salir de la biblioteca, el adolescente anduvo por las calles oscurecidas y contempló la arquitectura del pueblo. A diferencia de la Villa Remire, ese lugar no tenía mucha vegetación frondosa ni bosques en los alrededores; había unas montañas hacia el este y debido al río del sur, la población tenía plantaciones de vegetales variados. Las casas tenían una arquitectura básica, con techos de teja naranja desgastados, las paredes eran en su mayoría grises y parecían construidas con piedras resistentes a los climas cálidos. Byleth prefería el frío, aunque su padre prefería el calor y era un poco exagerado cuando se trataba de viajar a sitios en el Reino de Faerghus.

Por unos minutos prolongados, Byleth disfrutó de la tranquilidad que el pueblo proporcionaba y dejó que su mente se vaciara de preocupaciones banales. Estaba consciente de que la herida de su brazo izquierdo no sanaría con rapidez ya que era profunda, pero no dejaría que eso detuviera su entrenamiento. De entre las calles encontró a algunas personas que paseaban debido a que la brisa nocturna era agradable; había niños que jugaban y corrían, algunos hombres y mujeres que se adentraban a los pocos bares y tabernas, así como parejas de mujeres con hombres que caminaban sujetados de la mano. Este último detalle causó que Byleth detuviera sus pasos. Nunca antes había prestado tanto interés a las relaciones humanas, en especial aquellas que implicaban entrelazar gustos, sentimientos profundos y sexuales con una persona externa a la familia. Byleth conocía el amor de un padre gracias a Jeralt, pero jamás había visto a su propio padre con una mujer y casi nunca recibía información sobre su madre.

De forma abrupta, Byleth decidió no indagar más en sus pensamientos, así que continuó por su camino hacia la posada. Al arribar, saludó al hombre de la recepción con un movimiento de cabeza de respeto y prosiguió hasta llegar al segundo piso y a la puerta de la habitación que su papá había rentado. Byleth abrió la puerta y entró; había esperado encontrar a Jeralt en el interior, pero no había nadie allí. El adolescente caminó hacia el escritorio y encontró una nota con la letra hermosa y cursiva de Jeralt. “Estaré en la taberna con Louis bebiendo un poco; hay comida en la bolsa azul, así que cena sin mí y ve a dormir. Yo llegaré un poco tarde”; Byleth leyó en silencio e hizo una nota mental. Sabía que su padre gustaba de la bebida, aunque no era un borracho empedernido, Jeralt tenía bastante resistencia al alcohol, más que una persona ordinario de acuerdo a sus mercenarios, por lo que usualmente terminaba por beber más de lo que podía pagar.

Byleth se acostó en la cama cerca de la ventana y miró el techo de madera con los pequeños candelabros básicos que iluminaban con el fuego de las velas de cera. No había notado el detalle de la luz encendida hasta ese momento, por lo que creía que el recepcionista había prendido las velas por petición de Jeralt; incluso para los detalles, su padre siempre estaba presente. Byleth sintió una especie de sofocación en todo su cuerpo; quizás estaba abrumado por la sobreprotección de Jeralt, pues no comprendía por qué su padre era un poco insistente.

Otra vez el adolescente abandonó sus pensamientos y se acomodó de costado. Byleth decidió indagar en los libros que había consultado, sobre aquellos deseos que las personas presentan a edades tempranas. Byleth reconocía que él tenía algunos deseos, pero temía aceptarlos. Sí, quería tocar su propio cuerpo, justo como lo había deducido durante su tiempo en la biblioteca, pero también deseaba alimentar algo más en su mente que tenía el rostro de Altamira. ¿Por qué de Altamira? ¿Por qué de una persona como ese joven? En primer lugar, Byleth aceptó, Altamira era un varón justo como él; y en los libros se habían descrito situaciones en donde los seres humanos, así como los animales, deseaban entablar relaciones sexuales por deseos de reproducción. Entonces, deducía el adolescente, ¿por qué él tenía interés en sentir las manos de Altamira en su propia piel si ambos eran varones?

Casi como un acto inconsciente, Byleth movió su mano derecha hacia su pecho y recorrió su cuerpo sobre la tela de la playera café que portaba; su mente todavía divagaba en dudas y contradicciones, así como en pensamientos de reproche sobre sus deseos sexuales. Sin embargo, su mano llegó hasta el cinto que sujetaba los pantalones oscuros y lo desabrochó con facilidad; Byleth aguardó por unos instantes y miró hacia sus propias piernas y mano. ¿Estaría mal?, ¿cometería un acto incorrecto si tocaba su cuerpo para explorar? Byleth ignoró las respuestas a esas dudas y prosiguió. Alzó la playera un poco y con su mano tocó su abdomen plano y marcado por el ejercicio constante; después, se acomodó sobre su espalda y mantuvo un movimiento suave y pacífico sobre su piel. Las yemas de sus dedos arrojaban sensaciones leves como pequeños toques eléctricos que incitaban al adolescente a desear más.

Byleth cerró los ojos y llevó su mano hasta la ingle, luego hizo los mismos movimientos tersos y se dejó llevar por el momento. Sin pensarlo dos veces, bajó su mano hasta su entrepierna, tocó su miembro por encima de la ropa interior y disfrutó de la nueva experiencia. A pesar de que Byleth podía percibir el calor concentrarse en su pecho y genitales, no hacía ningún sonido con su voz, aunque él no era consciente de ello. El adolescente cedió a sus caprichos, así que metió la mano debajo de su ropa interior y comenzó a masturbarse; hacía movimientos lentos de un vaivén para estimular su miembro, y sentía la necesidad de arrojar algo más.

Sin esperar un segundo extra, Byleth volvió a la posición de un costado y dejó que sus dos manos trabajaran en su actividad; había intensificado la rapidez y aspereza con la que tocaba su pene, se había permitido hacer algunos sonidos con la garganta aunque muy bajos, y dejaba que su mente fantaseara con la imagen del mercenario Altamira. La actividad era insólita, nueva, sublime y casi imposible de abandonar; Byleth experimentaba espasmos suaves en su ingle y creía que algo de su interior estaba por escapar. El adolescente estaba perdido dentro de su propio placer, tanto que había ignorado sus alrededores. Entonces, casi como un estruendo interno, Byleth sintió que hubo una liberación que explotaba de su propio miembro; había emitido un bufido leve de satisfacción, pero había sido capaz de controlar su respiración una vez había eyaculado.

El adolescente contempló hacia el frente, hacia la puerta y el escritorio; la habitación todavía lucía vacía y no había sonidos cercanos de personas que pasaran por los pasillos exteriores o por los callejones cercanos a las ventanas. Byleth se incorporó sobre el colchón de la cama y miró el líquido pegajoso de color blanco que cubría sus manos y una parte de su abdomen y ropas; sabía el nombre de esa sustancia, pues lo había estudiado en los libros de biología, pero sentía vergüenza por haber manchado sus ropas.

Con serenidad, Byleth se levantó y caminó hacia el baño; agradecía en ese instante el gusto que su padre tenía por el alcohol, ya que por fin había tenido un tiempo en soledad y había podido experimentar algo nuevo y que había provocado placer en el adolescente. Byleth entró al baño y usó un poco del agua fresca, había sido cuidadoso de utilizar un bote extra para sacar el agua y no contaminar el líquido fresco para las manos; además, había buscado una toalla limpia y había remojado el trapo. Byleth retiró su playera y pantalón para enjuagar las prendas, pero algo capturó su atención. Había un espejo frente al lavador, y su imagen se reflejaba como una especie de estatua carente de emotividad.

En realidad, Byleth no era vanidoso, no tenía interés en lucir de un modo u otro, ni mucho menos de llamar la atención de otras personas. Sin embargo, al no prestar mucha atención a su apariencia física, solía ignorar su rostro. Es casi como si no estuviera aquí, pensó Byleth como un reproche infantil. Agachó la mirada para continuar con la actividad previa y limpiar los ropajes; empero una duda se estancó como una flecha en su mente. ¿Qué pasaría si otra persona prestara interés en su imagen? Había aprendido que la atracción sexual podía derivarse de muchas cosas, especialmente del físico de una personas. Por lo que rehizo la duda, ¿qué pasaría si Altamira prestara interés en su imagen?, ¿sentiría atracción sexual por él? Byleth negó con la cabeza y abandonó cualquier posibilidad de respuesta.

Al terminar la limpieza, Byleth regresó a la cama, retiró las botas y acomodó las sábanas y edredón. Se había metido entre las colchas y había conciliado el sueño casi de inmediato.

¿Quién eres?, se escuchó una voz femenina e infantil. Parecía como eco que rondaba en una oscuridad latente y casi imparcial. ¿Quién eres?, otra vez preguntó la voz.

Byleth abrió los ojos y encontró que los alrededores estaban vacíos pero repletos de oscuridad. El suelo estaba frío e imposible de reconocer. Esa no era la habitación de la posada donde se suponía que descansaba junto a su padre. Byleth se incorporó y miró hacia los alrededores; aunque parecía estar lejos de su habitación, también parecía que estaba en un lugar familiar, en una especie de recámara espaciosa, en un altar. Byleth dio unos pasos al frente y sus pisadas hicieron un eco; empero, el eco prosiguió incluso si Byleth ya no avanzaba.

Los sonidos llegaban como relámpagos que a veces se percibían más agudos y a veces más lejanos; había espadas al chocar entre ellas, aleteos de algunos animales grandes, pisadas de botas al contacto con un suelo mojado, gritos de guerra, algunos llamados de ayuda, de comando y de angustia. Byleth sintió una presión inusual en su pecho y una especie de desesperación; ¿dónde estaba y por qué oía ese tipo de ruidos? ¿A caso era un campo de batalla?, ¿una guerra?

Con rapidez, Byleth se hizo hacia atrás, pero sintió que su cuerpo se balanceaba. La oscuridad desaparecía como si manchas de luz se incrustaran en ella; y había rostros, soldados con armaduras que el adolescente desconocía, guerreros montados en Pegasos y en dragones heráldicos, otros en caballos. Entre la conmoción había una persona, una mujer de cabellos verdosos claros vestida con un atuendo blanquecino, una capa y que portaba en su brazo izquierdo un escudo. ¿Quién era ella? Byleth no tenía recolección de una persona así, pues jamás había visto a esa hermosa mujer.

De forma sorpresiva, un soldado con hombreras pronunciadas se acercó a la mujer para proteger su cuerpo de un extraño espadazo. Byleth notó que el arma de la cual había salido el ataque era larga, como una especie de látigo que resplandecía con un tono naranja-rojizo. Por primera vez, algo recorrió el cuerpo entero del menor y causó pánico a un nivel que nunca antes había experimentado. Tenía miedo, mucho miedo; había un espanto irracional al contacto visual con aquella espada, pues Byleth creía que esa espada estaba conectada a él, que era él. Así que cerró los ojos y comenzó a sollozar.

Byleth abrió los ojos y se sentó sobre la cama, tocó su rostro y no encontró ningún rastro de lágrimas. La oscuridad de la habitación era invadida por la luz de la luna que entraba por las ventanas, ya se habían apagado las velas de los candelabros pequeños, y alguien ocupaba la otra cama. Byleth movió la cabeza hacia la izquierda y reconoció el cuerpo de su padre; se puso de pie y caminó hacia la ventana. Se había hincado y recargaba sus brazos sobre el marco ancho de la ventana para contemplaba la luna. ¿Qué había sido eso?, ¿un sueño?

—¿Byleth? —la voz de Jeralt resonó en el silencio de la habitación; todavía estaba rasposa por la interrupción a su propio dormir—, ¿qué estás haciendo?

Byleth ignoró las palabras del Capitán Jeralt y continuó con sus dudas. Podía recapitular el miedo que había sentido durante esa pesadilla, aquella sensación de debilidad que se postraba en su cuerpo entero y que causaba espasmos en todos sus músculos, como una especie de impedimento pesado que adormecía a todo su ser. Ni siquiera en combate, Byleth se había expuesto a esas sensaciones tan poderosas.

—Byleth… —Jeralt insistió; ya había salido de la cama y había llegado junto a su hijo—, ¿qué pasa? ¿No puedes dormir?

—Tuve un sueño —por fin reveló el adolescente con pánico, a pesar de que su voz había sonado plana.

—¿Un sueño? ¿Sobre qué? —Jeralt preguntó otra vez. Se sentó junto al menor y tocó con paternalismo la cabeza de Byleth.

—Una guerra.

—¿Una guerra?, ¿qué clase de guerra?

—Una guerra masiva —explicó Byleth—, con armas de colores brillantes.

Jeralt no replicó. Conocía sobre armas míticas, armas legendarias que la Iglesia de Seiros utilizaba junto a la élite de la nobleza que controlaba la política de todo Fódlan; pero jamás había hablado de dichos artefactos a su hijo, y se había asegurado de que nadie pudiera proporcionar esa información a Byleth.

—Pero no hay ninguna guerra —aseguró Jeralt con un tono dulce—, ninguna guerra, Byleth. Lo único que hay aquí y ahora es esto… Tú y yo en esta posada, disfrutando de la luz de la luna y la tranquilidad de la noche.

Sin previo aviso, Byleth giró hacia su padre y lo abrazó con fuerza. Jeralt encontraba emociones contradictorias en el momento. Sentía una calidez y serenidad al saber que su hijo expresaba cada vez más, aunque fuera de poco en poco; pero, en la otra mano, sabía que aquél sueño no sería el único y que aquello que Byleth había vivido durante esa pesadilla, regresaría y tal vez era la clave para permitir al adolescente tener una vida ordinaria. Jeralt suspiró y envolvió a su hijo en un abrazo paternal; aunque no podía asegurar por cuánto tiempo más podría vivir así con Byleth, por lo menos estaba decidido a disfrutar de esa vida junto a él lo más posible.
 
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Capítulo Seis:
Descubrimiento 3


—Vamos, capitán, ya tenemos casi dos días asistiendo a los locales y no hemos descansado lo suficiente —Louis explicaba mientras caminaba junto a Jeralt—, los chicos están al límite, y nos vendría bien visitar alguna taberna y distraernos por un rato.

Jeralt no replicó. Habían terminado con las misiones en el pueblo cercano a las montañas del territorio de Goneril; ahora se dirigían hacia el noreste para cruzar la frontera hacia el Reino de Faerghus. Después de los últimos combates y el sueño que Byleth había tenido, Jeralt había comenzado a tener ideas llenas de más paranoia; creía que pronto la Iglesia de Seiros intentaría buscarlo y arrebatar a su hijo de su lado.

—Capitán —Louis decidió probar su suerte e insistió—, no llegaremos al territorio de Daphnel al amanecer, y todavía debemos pasar cerca del Gran Puente de Myrddin. Aunque no somos brigadieres, navegamos con la bandera de mercenarios y no sabemos si la milicia de la Alianza nos recibirá con bocadillos o con las armas en alto.

Otra vez Jeralt ignoró los comentarios de Louis. De vez en cuando miraba hacia su hijo que iba unos pasos atrás de él; aunque Byleth había recibido otras heridas en los últimos enfrentamientos, no había sido nada grave. Empero, Jeralt tenía la impresión de que algo o alguien seguía sus pasos.

—Capitán, por lo menos podremos encontrar algún pueblo cercano al territorio de Gloucester.

—No —por fin dijo Jeralt.

—¿Y quedar descubiertos? Si seguimos con este paso, seremos incapaces de protegernos o si quiera de tomar un trabajo.

—Dije que no.

Louis hizo un sonido de enojo con la boca; aunque no estaba de humor para desobedecer a su líder, era él quien se encargaba del bienestar del resto del grupo. Entonces, se interpuso en el camino del Capitán y provocó que Jeralt detuviera el paso. Las miradas de ambos hombres se encontraron y el resto de la compañía comenzó a detenerse al notar la extraña situación.

—No podemos arriesgarnos, Capitán Jeralt, así que debemos tomar una decisión racional. No sé que es lo que pasa por su mente, pero no debe perder de vista que también carga con todos nosotros —Louis explicó con sumo respeto y cuidado—. Sé que el último cliente antes de cruzar al territorio de la Alianza no fue la mejor opción de negocio, pero estaremos en problemas reales si no descansamos.

Durante unos minutos no hubo sonido entre ambos hombres. Los murmullos se acrecentaron en las lineas finales, pero cesaron casi de inmediato.

—Sé que no quiere cruzar cerca del territorio de… —Louis detuvo sus palabras al notar la expresión de molestia en su líder—, capitán —suspiró el mercenario—, no siempre podremos evitar el riesgo.

Sin embargo, antes de que Jeralt pudiera replicar, hubo un crujir en las ramas de los árboles. De inmediato, flechas comenzaron a caer contra los mercenarios; había sido una emboscada. Los mercenarios actuaron por intuición y protegieron sus cuerpos como era posible; Jeralt se acercó a su caballo y montó con prontitud al animal, luego arrojó un escudo hacia Byleth para proporcionar protección.

La batalla se intensificó, puesto que los enemigos habían bajado de los árboles y se habían unido con otros dos grupos que habían llegado del norte y del este; al igual que los mercenarios, no mostraban ninguna insignia o armadura reconocible, por lo que debían ser brigadieres independientes o mercenarios. Jeralt utilizó la lanza para atacar a los contrincantes y se colocó cerca de Byleth; confiaba en las habilidades de su hijo, además de que ambos luchana en conjunto a un nivel superior que el resto de los mercenarios. Por otro lado, Byleth se movía con agilidad en el campo de batalla; usaba la espada de acero que su padre le había regalado, contrarrestaba ataques directos y esquivaba flechas y hachas enemigas.

Por desgracia para los mercenarios del Capitán Jeralt, el terreno no ayudaba mucho, pues estaban rodeados de árboles y el suelo rocoso impedía el movimiento libre para buscar por otra estrategia. El combate directo era la única salida en ese momento.

Por casi cuarenta minutos la batalla continuó. Por fin, los hombres de Jeralt habían conseguido la ventaja y los enemigos se habían retirado. Sin embargo, las pérdidas habían sido más de lo que Jeralt había esperado; solamente los guerreros de élite habían sobrevivido y algunos habían recibido heridas mortales que pronto terminarían con sus vidas. Jeralt se acercó a Byleth y se aseguró que el adolescente estuviera bien; Byleth, por su parte, había recibido una herida en el hombro izquierdo y la sangre ya había manchado una parte de sus ropajes.

—Louis —Jeralt habló al acercarse al joven mercenario—, ¿cuántas pérdidas?

—Casi un tercio, capitán —Louis replicó con un tono desilusionado—, y con los heridos que no sobrevivirán si no actuamos con rapidez…habremos perdido un poco más de un tercio.

—Rayos —Jeralt reprochó, pero no prosiguió.

—¿Sus órdenes, capitán?

—Acamparemos hacia el norte, en el territorio de Gloucester. Necesito que reúnas a los mejores, tendremos que tomar algunas medidas de seguridad extra.

—¿A los mejores? —Louis comprendió las palabras de su capitán, pero necesitaba estar seguro de los deseos en esas situaciones. Además, no había un lugar seguro para dejar a Byleth.

—Sí, a los mejores. No me hagas repetir.

Los sobrevivientes marcharon por casi una hora hacia las planicies del territorio Gloucester, cerca de los grandes cultivos y granjas locales que existían en el país; era una vista espectacular, con molinos enormes y sembradíos que eran divididos con cercas de madera y pequeños riachuelos. Jeralt aseguró el perímetro con ayuda de Louis y Vivianne hasta decidir por una zona que no causara problemas en las granjas locales.

Con prontitud, los mercenarios asistieron a los heridos y comenzaron a poner las tiendas de acampado; aunque aceptaban que necesitarían ayuda si deseaban salvar a los que agonizaban.

—Vivienne, Altamira Fergus y yo iremos con usted, capitán; Diana se quedará a cargo por el momento —Louis informó una vez se colocó junto a su líder—, estamos listos para seguir el rastro de esos malditos.

—Bien, pero antes de eso necesito asegurarme de algo.

—¿Byleth? —Louis indagó con un suspiro ahogado.

—Irá con nosotros —aseguró Jeralt sin mostrar emoción alguna en su rostro.

Antes de que Jeralt pudiera avanzar hacia el curandero del grupo, Louis volvió a intervenir en su paso.

—Capitán, Byleth es tan sólo un niño todavía. No podemos arriesgarnos en una misión que requiere sumo profesionalismo y habilidad.

—Mi hijo es capaz de llevar a cabo la misión, Louis, sus habilidades han incrementado de una manera extraordinaria, así que no será difícil para él.

—Capitán… Por favor —empero fue interrumpido.

—He dado una orden, Louis. Ahora, déjame hablar con Dominic para saber qué necesitaremos recolectar.

Louis aceptó la resolución de su líder y se retiró. En la otra mano, Byleth había escuchado la conversación y había visto la reacción de Louis. Probablemente todavía no podría embarcarse en misiones así de difíciles, en especial misiones que requerían una gran habilidad para encontrar al enemigo y averiguar las razones del ataque; empero, confiaba en el juicio de su padre, así que estaba listo para su primera misión de seguimiento.

Pasada una media hora, el grupo de élite abandonó el campamento y regresó hacia los bosques donde habían sufrido el ataque; aunque Jeralt no era una persona que solía guiarse por la venganza, había otra razón por la que necesitaba averiguar por qué habían sido atacados así. Jeralt deseaba que todo hubiera sido una coincidencia, que ningún grupo enemigo había intentado acercarse a ellos por otros motivos. Pero no podía asegurar nada.

Al llegar a la zona de combate, los mercenarios inspeccionaron los alrededores con calma; Byleth había aprendido a diferenciar algunas armas por su origen gracias a su entrenamiento, así como a distinguir cuando había sido un ataque planeado o algo más. Al cabo de unos minutos, Altamira se acercó a Jeralt y mostró una de las flechas.

—Capitán —Altamira habló con un tono jovial y seguro—, flechas de Almyra, creadas con la aleación favorita de esos guerreros. Además, las telas de algunos de los caídos son tradicionales de esa nación.

—Mercenarios de Almyra, no es muy común —repuso Louis con un tono de sábelo-todo—, son guerreros dedicados a la guerra y las invasiones, ¿qué estarían haciendo hasta acá?

—A menos de que alguien les haya proporcionado las herramientas y fueran sólo mercenarios de la Alianza —Vivienne opinó con sensualidad—, es más común de lo que se cree.

—¿De verdad? —insistió Louis con incredulidad.

—Sí, cariño —expresó Vivienne con una sonrisa—, pues la Casa de Riegan tiene un nuevo descendiente, y se dice que su sangre está manchada por la genética de Almyra.

—Especulación —compuso Altamira con prontitud—, no se ha comprobado nada.

—Yo sólo digo lo que escucho por ahí.

—¿Capitán? —Louis ignoró el comentario de Vivienne y se acercó a su líder—, ¿quiere que procedamos? Los sobrevivientes salieron hacia el sur…

—El sur —Altamira interrumpió—, ¡eso es! Capitán Jeralt, usted dijo que nuestro cliente, el que encontramos en el Campo de Groundel, había solicitado algo más de usted pero que usted se negó.

—No somos asesinos a sueldo —Jeralt explicó—, por eso negué la petición de matar a un grupo de personas inocentes. Mucho menos someter a quienes no pueden defenderse.

—Exacto. Al negarnos, quizá esos sujetos se encargaron de crear las situaciones perfectas y emboscarnos, pero para alejarnos de las pistas compraron armaduras y armamentos de los brigadieres de Almyra.

—Tiene sentido —aceptó Jeralt.

—¿Los seguiremos?

—No. No por ahora. Vayamos con el resto del grupo y aseguremos el bienestar de nuestros compañeros. En una semana más regresamos al Imperio y analizaremos la situación.

—De acuerdo —dijo Louis con tranquilidad.

* * * *​

Una vez el grupo regresó al campamento improvisado, Jeralt intentó seguir a su hijo para revisar la herida antes del anochecer; sin embargo, y para sorpresa de Jeralt, Byleth no permitió a su padre intervenir. Byleth había asegurado que él podía curar la herida por su cuenta y que visitaría el lago cercano para limpiar el resto de las heridas leves que tenía en sus brazos y abdomen. Jeralt aceptó la resolución de su hijo, pero decidió aguardar un poco antes de seguirlo.

Byleth arribó hasta el lago y buscó por un espacio alejado del grupo de mercenarios que estaban a la orilla. Se acercó hasta un árbol y tomó ventaja de una piedra grande que estaba a unos metros del árbol. Byleth retiró su playera y contempló la herida con cautela, no era profunda y ya había comenzado a crear una costra. Byleth se acercó hacia la orilla y usó el agua para limpiar la sangre de su cuerpo; había rechazado la ayuda de su padre porque deseaba estar solo. No estaba molesto, ni tampoco tenía intenciones de reprochar nada, simplemente que su mente había estado divagando casi por todo el día y estaba cansado. No deseaba escuchar palabras de reprimenda por el descuido que había tenido al enfrentar a cuatro enemigos él solo, puesto que estaba consciente de que todavía no alcanzaba una estatura suficiente para contrarrestar a enemigos superiores en fuerza y movilidad.

Durante casi media hora, Byleth se quedó sentado a la orilla del lago; contemplaba la naturaleza dulce y tersa, con tonos verdosos que creaban tonos dorados por los rayos del sol que se ocultaba. No prestaba interés en las conversaciones de los mercenarios que también disfrutaban del lago, su interés estaba pasmado en los sonidos de los pájaros que buscaban un escondite para dormir, del aire que movía el follaje de los árboles de vez en cuando y del leve movimiento del agua causado por los pececillos que a veces chapoteaban. Además, Byleth no podía seguir ignorando aquella sensación de deseo que tenía cada que su mente pasaba por los últimos acontecimientos; sí, había peleado por su vida, pero había estado interesado en escuchar a Altamira y pasar un poco de tiempo junto a él. Sin embargo, con todos los últimos sucesos, las posibilidades parecían distantes.

Sin previo aviso, los mercenarios presentes se retiraron del lago y advirtieron del tiempo al adolescente, aunque Byleth sólo asintió con la cabeza y dejó que se marcharan. Byleth abandonó su puesto y se dirigió hacia el árbol, se sentó junto a la roca para esconder su imagen del resto del paisaje; estaba en un punto donde podía tener privacidad. Byleth suspiró levemente y obedeció los comandos de su cuerpo. Desabrochó el cinturón del pantalón y metió la mano dentro de sus ropajes.

A pesar de que Byleth creía que nadie regresaría al lago, no había contemplado la posibilidad de que su padre lo había seguido.

Jeralt había dejado pasar un tiempo hasta que se encontró con Dawson, uno de los sobrevivientes y su grupo de camaradas; los hombres explicaron a Jeralt que Byleth había decidido quedarse más tiempo junto al lago. Jeralt había tomado el camino directo hacia el lago y no había encontrado nada. Byleth no estaba cerca del lago, ni parecía presente en las cercanías. Aquello asustaba un poco al Capitán, aunque sabía que su hijo ya era capaz de sobrevivir por su cuenta.

Como todo padre asustado, Jeralt decidió dar una ronda en las orillas del lago; daba pasos largos y cautelosos, inspeccionaba cada lugar que parecía un escondite, y se acercaba a las rocas grandes que estaban cerca de los árboles. Así fue durante unos minutos, tal vez ocho o diez, hasta que, a un lado contrario de su posición, en una de las ramas de los árboles, visualizó un pedazo de tela. Era de un color café y parecía estar llena de sangre.

A toda prisa, Jeralt se acercó hacia la locación, pero detuvo sus pasos casi de inmediato. No quería provocar enojo en el menor, ni tampoco quería parecer un padre sobre-protector incapaz de dar espacio a su hijo. Entonces avanzó con más calma y casi con sigilo; solamente quería saber si Byleth estaba bien. Empero, lo que encontró fue algo que jamás había esperado de su niño.

Byleth seguía con su actividad; se masturbaba recargado en la roca, con sus dos manos dentro de su pantalón, sus ojos cerrados, ignorando cualquier sonido en las cercanías. Jeralt aguardó inamovible, con su cabeza llena de pensamientos contradictorios. Estaba feliz, pues comprobaba una vez más que Byleth era capaz de sentir; pero estaba un poco molesto y avergonzado, ya que había evadido un tema tan importante en la vida de su hijo adolescente.

Jeralt decidió alejarse y dejar a su hijo en soledad. Regresó al campamento y se adentró a la tienda que correspondía a su lugar. Había decidido aguardar a la llegada de Byleth.

* * * *​

Una vez la noche cayó, Byleth había retornado al campamento; había lavado su cuerpo y sus prendas, y había retirado la sangre de las heridas así como los fluidos ocasionados por su actividad de placer. Ya estaba en la tienda de campaña y había encontrado a su padre sentado en una manta. Jeralt había preparado una especie de té y había servido dos tacitas.

—Siéntate —la voz de Jeralt sonó como una orden.

Byleth obedeció de inmediato; se colocó junto a su padre y aceptó la tacita de té. No comprendía si había hecho algo malo o por qué Jeralt mostraba una seriedad tan inusual.

—Necesitamos hablar, chico —Jeralt dijo con seriedad.

Byleth asintió con la cabeza y aguardó.

—Sé que con lo último que pasamos hay una cierta incertidumbre en nuestro futuro, pero no debes preocuparte, para eso estoy yo. Mientras estés bajo mi cuidado, no te faltará nada, chico. Tendrás comida, un lugar donde dormir aunque no sea el hotel o posada más lujoso de todos siempre, pero será un lugar para descansar sin miedo a ser asesinado. Mientras yo siga protegiéndote, no te pasará nada.

—O-Ok —fue todo lo que pudo decir Byleth.

—Pero sé que nuestro estilo de vida implica muchas dificultades. No tienes muchos amigos, y no tienes mucha interacción con el resto de la gente. La mayor parte del tiempo estás conmigo, o entrenando, o aprendiendo, o peleando; me queda muy claro que no tienes una vida ordinaria.

Byleth agachó la mirada y contempló el humo de la tacita del té; estaba en desacuerdo con las palabras de su padre, ya que parecía como si realmente deseara algo distinto para él.

—Dime algo, el sueño que tuviste hace unas semanas, ¿lo has vuelto a tener?

—No.

—Bien, eso es bueno.

La conversación no prosiguió. Jeralt bebió de su té y suspiró con fuerza.

—No tienes que esconder tus deseos, chico. No tienes que esconder tus emociones, ni mucho menos aquellas que están relacionadas a lo que quieres. Somos humanos, estamos llenos de deseos, Byleth, de sensaciones, de emociones, de percepciones, de ideas y de muchas cosas más. Es normal desear, sentir, desear el placer. Estás en la edad en que estás descubriendo tu sexualidad; ya no eres un niño, y ahora puedo verlo con más claridad… Oh, maldita sea, tan sólo escucha a tu viejo, hablando de sentimentalismos. Lo que quiero decir es que…es normal, Byleth. Si deseas tocarte, es porque es normal.

Byleth alzó el rostro y miró a su padre. Jeralt mostraba una sonrisa cálida y una expresión cargada de comprensión.

—I-Incluso… —Byleth habló casi como un susurro; había titubeado, aunque parecía que no, pero decidió continuar—, si hay…¿fantasías?

—Sí, incluso si hay fantasías. Somos hombres, bueno…creo que las mujeres también. No estoy muy seguro de ello, pero…el punto es que sí, es normal; o mejor dicho, es común. Es común que deseemos el placer carnal y más cuando hay fantasías con otra persona que provoca eso en nosotros.

No hubo respuesta por parte del adolescente. Byleth regresó la mirada hacia la tacita; tenía inseguridad de querer hablar más sobre ese tema, en especial por el tipo de fantasías que a veces utilizaba para tocarse.

—La atracción sexual puede provocar esos deseos, hijo —Jeralt decidió seguir con la conversación—, y no tiene nada de malo. Alguna vez yo disfruté de esos momentos cuando conocí a tu madre. Pero, dime algo… —suspiró con impaciencia—, Altamira, ¿tiene alguna conexión con las fantasías que tienes?

—N-No —mintió Byleth casi de inmediato.

—¿No?

Byleth no insistió. Regresó la mirada hacia su padre y Jeralt fue capaz de encontrar desilusión y tristeza en ese rostro casi vacío.

—Byleth, no me mientas; no me voy a molestar.

—Pero es un hombre —por fin reveló el adolescente.

—¿Y? —Jeralt hizo un esfuerzo mayor por sonar lo más casual posible.

—Y yo…soy un hombre.

—¿Y? —insistió Jeralt sin perder el tono ligero.

Otra vez la conversación quedó en el aire. Jeralt conocía a algunas personas que tenían sexualidades distintas a lo que la moralidad de la nobleza y la Iglesia de Seiros tenían como lo correcto, pero no era nadie para juzgar a esas personas. Al contrario, tenía la firme creencia de que todos podían amar a una persona, incluso si aquello sobrepasaba la parte sexual.

—Escucha, chico, no tienes por qué sentirte avergonzado de lo que sientes por otra persona, aunque esa personas sea del mismo sexo que tú. Altamira no es un asesino, ni mucho menos trabaja para algún grupo de lunáticos…es un buen muchacho. Si te gusta, entonces acéptalo y decide qué hacer con esos sentimientos. Si prefieres no entablar una relación y sólo usar la fantasía, eso quedará bajo tu consciencia. Sin embargo, Byleth, no quiero que pienses que puedes utilizar a las personas. Las relaciones humanas son complejas, lo sé por experiencia propia, pero si vas a estar con una persona, entonces debes aceptar una relación con esa persona. Ah… —Jeralt detuvo su explicación—, otra vez estoy hablando de romanticismo. Lo que quiero que quede claro, hijo, es que es normal. No hay necesidad de esconderlo, mucho menos de mí.

Byleth retiró la mirada del rostro de su padre; no tenía idea de lo que debía decir o cómo debía replicar ante esas palabras.

—Byleth, hijo —Jeralt retiró la tacita de té de su mano y de las manos del adolescente para colocarlas en la mesita—, nunca pienses que me enojaré por algo así. Nunca te voy a dejar solo, ni mucho menos voy a abandonarte por algo que es parte de tu ser. Tu sexualidad es parte de ti, y me alegra saber que tienes idea de lo que te gusta. Yo a tu edad no estaba seguro de qué hacer aparte de cabalgar y entrenar con una lanza… Eh, el punto es que no quiero que nunca pienses que te rechazaré o que te diré que algo como eso está mal, ¿estoy siendo claro?

Byleth asintió con la cabeza. Ninguno de los dos se movió, y Byleth aceptaba las palabras de su padre, aunque no estaba seguro por completo. Empero, antes de que el adolescente pudiera alejarse, Jeralt tocó su brazo y se acercó un poco; revisaba la herida y ya había comenzado a hablar sobre la última batalla. Byleth sintió una ligereza en su cuerpo entero; algo era completamente real, junto a su padre siempre estaría seguro. Siempre, repitió Byleth en silencio.
 
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Capítulo siete:
Ashen Demon 1


—¡Ataquen! —la voz ronca gritó del lado contrario del grupo de los mercenarios.

Los bandidos utilizaban ropajes oscuros, traían espadas de plata y algunos tomos de magia negra. Eran combatientes hábiles, llenos de cicatrices notorias, estilos de pelea agresivo, justo como verdaderos ex-militares. La mayoría de ellos portaba una especie de tatuaje de escorpión inclinado hacia la izquierda, y sus rostros mostraban agresividad y deleite al matar a los contrincantes.

Los mercenarios del Capitán Jeralt tenían problemas en contrarrestar a los enemigos de esa misión, pues cada ataque que recibían era una bomba de destrucción intencionado a matar. Las bajas comenzaron a aumentar en las líneas defensivas de los mercenarios, la diferencia de experiencia era notoria y las técnicas agresivas comenzaron a infundir terror en los menos experimentados en una batalla así.

Sin embargo, Jeralt no desistiría; había aceptado la misión debido a la paga, y había creído que los rufianes de esta ocasión no eran más que simples bandidos de las costas Rhodos. Empero, había subestimado la situación. No había considerado que los enemigos de esa misión serían un grupo de mercenarios bien organizado, con una reputación temible y con una marca que representaba su estatus dentro del mundo de la venta de servicios de espadas. Jeralt sabía que los tatuados con un escorpión eran, en realidad, pertenecientes al mundo bajo de Fódlan; gente que tenía cometidos especializados, asesinos profesionales, sujetos capaces de crear genocidios si así lo deseaban. No eran militares, aunque peleaban como si lo fueran debido a la gran organización, y no eran simples asesinos.

Antes de que la pelea escalara a otro nivel, Byleth concentró su mente y se acercó a la linea de ataque directo. Usaba la espada con maestría, cortaba a sus enemigos sin mostrar ninguna emoción en su rostro; además, aseguraba el perímetro completo casi él solo. A veces los arqueros apoyaban a las líneas de defensa y conseguían derribar a algunos enemigos; empero, el grupo ya había aceptado que el hijo del Capitán no era un guerrero ordinario. Byleth había sido capaz de anteponerse a ocho contrincantes sin ayuda de otra persona; chocaba espadas con el líder del grupo, pues sabía que su padre estaba en la línea de contraataque, ya que Jeralt prefería una estrategia más defensiva y asegurar el bienestar de la mayoría del grupo. Byleth ya se había acostumbrado al combate agresivo y desenfrenado, dos años atrás las misiones se habían convertido en rutina y el adolescente había crecido más como un guerrero feroz.

Por unos momentos, Byleth sostuvo el combate con el líder sin problema. Las espadas se impactaban y creaban sonidos como rechinares entre los metales; el líder, un sujeto de coleta negra con una mirada de asesino, mostraba su brazo izquierdo descubierto por el estilo de vestimenta que usaba; todo su brazo estaba cubierto por un tatuaje único, de un escorpión que escalaba y era acompañado de flamas y cuchillas negras. Byleth divisó el detalle y tuvo que defender su rostro con el arma; quizá ese tatuaje distinto representaba otra cosa, pero el joven no estaba en una situación para preguntar algo así.

—Para ser un niño eres bastante bueno —el líder habló con una voz ronca y varonil—, tú debes ser el tal demonio del que algunos de mis camaradas han hablado.

¿Demonio?, Byleth pensó con rapidez. Nunca se había considerado un demonio, pues estaba seguro de que era un humano.

—Anda, chico, demuestra de lo que eres capaz —insistió el enemigo.

Sin previo aviso, el líder enemigo dio una pirueta en el aire y embistió el cuerpo de Byleth con una patada en el pecho. Byleth chocó contra el piso, pero giró para evitar la espada del contrincante y se levantó con facilidad al utilizar sus piernas. Otra vez las espadas se encontraron a la mitad del aire, aunque esta vez Byleth actuó a toda prisa y sorprendió al enemigo con una maniobra de contraataque y consiguió herir al hombre en el pecho y hombro derecho. El rostro de Byleth seguía mostrando la misma mueca vacía y el enemigo comenzó a reflejar miedo; ¿cómo era posible que un adolescente pudiera pelear así, sin una gota de emotividad al destruir a sus contrincantes?

—E-Espera —intentó hablar el hombre.

Empero, Byleth giró la espada con maestría y perforó el abdomen del enemigo sin titubeos. Había escuchado un lamento del enemigo salir como un grito ahogado, pero había tenido en consideración de que necesitaría ganar esa pelea para resguardar al resto de los mercenarios y hacer que los contrincantes se retiraran. Y fue así; una vez el grupo enemigo contempló al líder muerto, gritaron palabras de desaliento y comenzaron la retirada.

—Excelente trabajo —Jeralt pronunció con satisfacción como un coro alto para ser escuchado por todo el grupo—, vayamos de vuelta al puerto de Rhodos. Nuestro cliente querrá saber que esos bandidos no seguirán atormentando a los pobladores por este camino.

Los mercenarios expresaron su emoción por la victoria y algunos comenzaron a marchar hacia el noroeste con ánimos de iniciar una celebración.

* * * *​

El puerto costero no era muy grande; estaba construido en su mayoría con madera, puentes que cruzaban zonas pequeñas de la playa y llegaban a otras construcciones que se encontraban en montículos de tierra como islas diminutas. Los mercenarios del Capitán Jeralt habían llegado a ese lugar por coincidencia y necesidad para re-abastecer provisiones; ya habían pasado dos años desde el último incidente en el territorio de la Alianza, y Jeralt no deseaba regresar al Imperio, ya que temía que en ese lugar volverían a encontrarse con el grupo de extraños magos que parecía haber seguido el rastro de sus hombres.

En esa ocasión, los mercenarios habían recibido la paga justa y habían decidido celebrar por la victoria contra enemigos poderosos. Jeralt no había sido capaz de negar el momento y había llevado consigo a Byleth a la taberna. La taberna tenía un estilo más fresco que los sitios que usualmente solían visitar, por lo que el grupo había solicitado una mesa en la terraza con vista al mar. Jeralt pedía botellas a los meseros y coordinaba las cantidades junto a Louis; mientras que en la mesa se encontraban Vivienne, Altamira, Fergus y Byleth. Los tres primeros eran adultos de entre veinticinco y treinta y cinco años, así que para ellos ya era una costumbre beber alcohol; por otro lado, Byleth tenía la edad mínima para estar en ese tipo de lugares.

—Honestamente, capitán —Louis inició la conversación con entusiasmo—, no esperábamos que ganaríamos tan fácilmente contra un grupo de asesinos a sueldo. Y no cualquier tipo de asesinos, ¿vio los tatuajes de algunos de ellos?

—Sí —Jeralt aceptó—, dependiendo del rango que ocupan en una especie de red del mundo bajo, hay variaciones en los tatuajes.

—Exacto —Vivienne agregó con su voz sensual; ahora lucía como una mujer madura y hermosa, con sus curvas delgadas pero perfectamente justas por el tipo de ropajes que solía emplear. Además, su tez morena clara hacía un juego especial con su cabello castaño claro—. Sé que el grupo del bajo mundo es un caos, pero puedo apostar que la fuente de información que recopilé hace tiempo me dijo la verdad.

—¿Cuál verdad? —ahora preguntó Altamira, quien parecía el más joven de los tres mercenarios.

—Si el escorpión tiene flamas, o si tiene dagas, o si tiene algún tipo de símbolo extra de magia negra o magia balnca… Todo va a depender.

—Tenía flamas —Fergus informó con su voz fría. A diferencia de Louis y Altamira, Fergus era el único que tenía una musculatura ancha justo como el Capitán Jeralt—, ¿qué significa según tú, Vivienne?

—Fergus, cariño, las flamas significan que ocupa un lugar alto en los rangos de control político. Quizás ese sujeto tenía conexiones con otras bandas que manejaba para el tráfico de drogas, objetos valiosos y hasta personas.

—Entonces, no era un sujeto ordinario —Louis opinó al aire.

—No, no, para nada.

La conversación no prosiguió. Las miradas se dirigieron a Byleth, a excepción de Jeralt. Los cuatro mercenarios contemplaron al adolescente con cierto asombro y miedo. Byleth había derrotado al líder de esa banda y a una gran parte de los enemigos, y no había mostrado ninguna emoción en su rostro. Incluso entre los mismos mercenarios de su padre habían rumores y la gente había comenzado a alejarse.

—Debe ser un orgullo portar el sobrenombre de “Ashen demon”, ¿verdad? —Vivienne se atrevió a hablar.

—¿Ashen Demon? —Jeralt pronunció con sorpresa—, ¿de dónde han sacado eso?

—Algunos enemigos comenzaron a llamar a su hijo así, capitán. Incluso en nuestros rangos bajos y medios así es como conocen a Byleth.

Byleth no dijo nada, ni siquiera movió su mirada del punto fijo que era la playa; no había bebido de lo que su padre había ofrecido, aunque era un jugo sin alcohol, no tenía intenciones de pasar el tiempo allí. La mente del adolescente divagaba en los últimos acontecimientos, y ahora volvía a escuchar esa palabra. ¿Por qué la gente se refería a él como si fuera un demonio?

—No sean ridículos —insistió Jeralt con rapidez—, Byleth es un chico ordinario. Lo único que ha hecho es pelear con excelentes resultados. Gracias a él hemos podido tomar misiones más difíciles.

—Hablando de misiones difíciles —Louis cambió el tema de conversación por el bien de sus compañeros—, capitán, tenemos una oferta urgente del Reino; de la milicia del reino. Han llamado a algunos grupos de mercenarios para solicitar ayuda. Dicen que Albinea está por invadir las zonas marítimas de Faerghus, y que no serán capaces de contrarrestar a estos enemigos ellos solos. Sé que hace mucho no tomamos misiones para ayudar a la milicia y pelear en guerras, pero…la paga es excesivamente alta. Con ese dinero podríamos comprar nuevas armas y viajar con tranquilidad hasta la planicie de Brionic y por fin llegar a Nuvelle. Sé que desea regresar al Imperio en unos meses más.

—Ah, nosotros y nuestra suerte —expresó Jeralt con cinismo—, ¿y quieren que peleemos en el mar? No es nuestra especialidad. No tenemos jinetes aéreos.

—Pero tenemos reputación que nos ha dado oportunidades, capitán. ¿Quiere que responda de inmediato?

—No. Vamos a tomar este día con calma, ¿quieren? Bebamos por nuestra victoria y después hablaremos de nuevas misiones. ¿Para cuándo ha solicitado el Reino la asistencia de mercenarios?

—Planean encontrarse con los mercenarios extras en este puerto, en la ciudad de Rowe y en el territorio de Mateus en unos días más.

—Mañana podremos hablar de eso, Louis —aseguró Jeralt al beber de un sorbo todo el licor de su vaso.

Antes de que la charla continuara, Byleth se excusó y pidió una disculpa. Se levantó y caminó hacia el exterior de la taberna. Deseaba estar en soledad y analizar aquellas palabras que escuchaba con recurrencia; pues desde que había comenzado en el combate activo y había mejorado sus técnicas con la espada, había notado que la gente había tomado más distancia con él, incluidos los mercenarios más cercanos a su padre.

Byleth anduvo por el puerto costero y caminó por algunas zonas de mercados locales, aunque estaban cerrados, tenían fachadas agradables para compaginar con el estilo de toda la ciudad. Las callejas estaban llenas de arena en las zonas costeras, en especial en el malecón que existía cerca de los muelles. Byleth usaba una playera gris con un bordado único que representaba a la compañía de mercenarios de su padre, traía puesto un pantalón gris que también hacía juego con sus botas oscuras y la funda de su espada. Aunque tenía un poco de calor, ya estaba acostumbrado a la pronta adaptación de los climas variados por los que solían encontrar en el continente de Fódlan.

Durante casi una hora, Byleth caminó sin un rumbo fijo. Había llegado hasta una cabaña alta que era sostenida por una construcción de madera en el agua; Byleth descubrió que el sitio estaba abandonado, así que entró y miró el interior de la cabaña. Quizás había sido una casa, o una especie de bar, o tal vez un mercado; en realidad era imposible saberlo, ya que parecía que estaba deshabitado desde hace muchos años. Estaba vacío, sin ningún tipo de mueble o pista que pudiera indicar para qué había servido. Byleth suspiró y sintió una tristeza invadirlo. Así era como la gente le veía, como un ente vacío, y ahora era más consciente de ello. Sabía que ese apodo que usaban para referirse a él era una especie de discurso figurado, pues si hablaba de demonios entonces parecía como algo negativo. Y no sólo era como un demonio para las personas, sino que uno pálido, uno cenizo, uno que carecía de expresión. Byleth no disfrutaba de matar a otras personas, ni tampoco de pelear sin un motivo; en realidad había aprendido a seguir los comandos de su padre y aceptaba que el mundo que le rodeaba era así. Byleth era un mercenario, al final del día, justo como el resto; entonces, debía hacer su trabajo. Así fuera un trabajo poco ordinario.

Hasta ese momento, Byleth comprendió las palabras constantes de Jeralt, aquellas frases que referían a su vida como un sujeto ordinario. Byleth no tenía mucho contacto con las personas porque incluso en el grupo la gente le temía. Byleth había madurado, ya no era un niño y un adolescente guiado por deseos carnales; ahora disfrutaba de otro tipo de actividades, aunque todas en soledad. Había notado que Altamira ya no pasaba tiempo con él y parecía que no habían motivos para entablar una relación. Byleth había pedido el interés en ese muchacho, y seguía perdiendo el interés en más cosas que antes parecían llenas de atracciones. Estaba confundido, un poco herido y desesperado. Tenía ideas de su propio futuro, pues no tenía problemas con continuar con la vida de mercenario, pero, ¿estaría solo? Sabía que su padre no viviría para siempre y que algún día esa vida ya no continuaría igual.

El joven se acercó a una esquina y se sentó; usaba sus piernas para cubrir su pecho y abrazar su cuerpo entero. ¿A caso era realmente incapaz de mostrar sus emociones en su rostro? Hasta ese instante, Byleth prestó importancia en sus propios detalles, y descubrió que estaba molesto consigo mismo. Cerró los ojos y recargó la cabeza en la pared.

Durante unos minutos prolongados no hubo sonido alguno. Ni siquiera el adolescente podía percibir su respiración; había quedado en un transe entre el sueño y la consciencia. La oscuridad se esparcía y el frío se acrecentaba.

¿Cómo llegaste aquí?, una voz femenina e infantil resonó como si abarcara todo la existencia esa oscuridad.

Byleth abrió los ojos y miró hacia todos lados; ¿estaba soñando otra vez? ¿Volvería a ver aquella guerra? ¿Sentiría terror al presenciar la pelea con esa espada brillante? ¿O qué descubriría esta vez?

Mmphmm, la voz femenina hizo un sonido de molestia.

Byleth se puso de pie, pero aguardó con cautela. A pesar de que era un sueño, las sensaciones eran tan profundas y etéreas que podría asegurar que había llegado a otro sitio. Pero eso no era posible. Lo sabía. Estaba convencido de que era sólo un juego de su propia mente.

Nuevamente las escenas de una guerra embistieron a la oscuridad; eran como reflejos que aparecían y desaparecían. En esta ocasión, Byleth descubrió algo nuevo; la guerra parecía haberse detenido, pues aquella mujer de cabellos verdosos claros había entablado un combate con el hombre de cabellos plateados y aspecto implacable. La espada brillante era conducida por ese hombre y el arma parecía obedecer cada uno de sus comandos, como si fuera doblegada en contra de su voluntad. Byleth sintió un tormento que se postraba como un sonido agudo y constante en sus oídos; ¿quiénes eran esos actores? ¿Por qué peleaban?

Byleth, ahora otra voz se hizo presente. Era un timbre conocido para el adolescente, uno que era cálido y amoroso. Byleth cerró los ojos y pensó en su padre. Quizás aquella imagen de su única familia era como un ancla que mantenía al adolescente en un mundo real.

—Byleth —Jeralt repitió al tocar el hombro de su hijo—, ¿qué estás haciendo aquí? Pensé que estarías en la posada.

Byleth abrió los ojos y contempló el rostro de su padre; había un olor leve al licor y al aroma usual como menta que caracterizaba a Jeralt. El adolescente se incorporó con ayuda del Capitán y no dijo nada.

—¿Estás bien? —Jeralt preguntó consternado.

Byleth asintió con la cabeza, abandonó el tacto de su padre y decidió salir de la cabaña a toda prisa. Prefería evitar indagar en esas imágenes que veía cada vez con más vivacidad y constancia.
 
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Capítulo ocho:
Ashen Demon 2


Era muy obvio; incluso Jeralt estaba seguro de que Byleth intentaba alejarse de él, pero el verdadero problema yacía en la razón. Jeralt no comprendía qué hacía que su hijo actuara de esa forma. ¿Estaba molesto? ¿A caso Jeralt había hecho o dicho algo para molestar hasta ese grado a su hijo?

Jeralt no podía descuidar sus pensamientos en esos momentos, aunque ya habían terminado la misión de asistir a los militares del Reino para evitar una invasión por parte de Albinea, Jeralt todavía debía asegurar de que el Reino no tomara represalias contra los mercenarios que habían prestado sus servicios.

El Capitán Jeralt se acercaba con seguridad hasta el Mayor Gwendal; el militar tenía una fachada de alguien experimentado en el arte de la guerra y el combate, además era conocido como el León Gris del Reino Sagrado de Faerghus. Incluso Jeralt sabía que meterse con un soldado como él presentaría un problema, así fuera un problema político. Gwendal tenía el cabello gris por la edad, su rostro estaba lleno de cicatrices como Jeralt, aunque en el caso del soldado del Reino, las cicatrices eran tan agresivas que incluso dejaban ver que uno de sus ojos, el derecho, estaba inservible.

—Capitán Jeralt, un placer conocerlo por fin —habló el soldado Gwendal—, de entre los mercenarios, usted es el más popular. Tengo entendido que prestó sus servicios al Reino, y le agradezco por ello.

—Gracias —Jeralt usó un tono amigable para evitar conflictos mayores—, pero también nos gustaría recibir la paga que el Reino prometió.

—Por supuesto —dijo con orgullo el Mayor Gwendal—, por favor venga conmigo. Se le pagará a su grupo y a los otros dos que nos ayudaron.

Jeralt caminó junto al hombre y divisó a otras dos personas acercarse a él y al León Gris; empero, lo que capturó su atención fueron las palabras de las conversaciones cercanas de cada grupo que estaba aglomerado en el camino hacia el campamento militar. Las personas pronunciaban palabras de felicidad en su mayoría, pero había algunos comentarios que Jeralt no había sido capaz de ignorar. “Dicen que el Demonio de los Mercenarios del Capitán Destructor de Espadas nos ayudó”, “Escuché que sus compañeros lo llaman ‘Ashen Demon’, ¿viste su rostro cuando peleábamos?”, “Para ser un niño tengo que decir que debió haber sido entrenado para convertirse en un asesino a sangre fría, ahora entiendo por qué le apodan como demonio”.

Con prontitud, Jeralt comprendió que algunos de esos comentarios iban dirigidos a su hijo. Los mismos miembros de su compañía habían apodado así a Byleth, “Ashen Demon”, y, aunque Jeralt no estaba muy a favor de esto, comprendía el porqué de dicho nombre. Todos, a excepción de él, creían que Byleth era incapaz de mostrar emociones, en especial cuando tenía que enfrentarse a los enemigos.

Jeralt suspiró con pesadez y se reprochó en silencio. Debía acabar los negocios con los militares del Reino antes de actuar, así que enfocó su mente en la situación actual.

* * * *​

Al paso de unos meses, el grupo de mercenarios llegó hasta la frontera del Reino e Imperio; habían decidido acampar en las costas cercanas para evitar más retrasos; a pesar de que el grupo estaba consciente del peligro que eso representaba, pues ya habían descubierto que grupos de mercenarios con tatuajes de escorpiones rondaban esas zonas. Pero el grupo había tomado el riesgo, ya que Jeralt deseaba llegar al territorio de Nuvelle antes de que llegara el invierno; empero, no había expresado los verdaderos motivos de su objetivo.

Durante la primera noche de campamento, la situación de tranquilidad cambió de forma drástica. El grupo había sido emboscado por enemigos con vestimentas oscuras; todos con tatuajes de escorpiones. Los enemigos no eran muchos, de hecho, en comparación a la compañía de mercenarios, eran tan sólo viente hombres. Sin embargo, los asesinos ya habían matado a una cantidad alta y no detenían sus ataques.

El Capitán había ordenado una táctica de defensiva hacia la costa, tenía un plan para perder de vista a los enemigos. Los mercenarios obedecían las estrategas, un grupo avanzaba con rapidez hacia la costa y los mejores soldados se quedaban en las líneas defensivas para ganar tiempo. Entre estos guerreros estaba Byleth, quien ya tenía la costumbre de pelear en las líneas de defensa cuando era necesario.

En la otra mano, Byleth era rodeado por cinco enemigos. Uno era una arquero que utilizaba un arco largo y mostraba un tatuaje sobre su pierna izquierda, otro portaba una espada gruesa y dejaba ver el tatuaje en su espalda alta, el siguiente utilizaba una hacha pesada de acero y un escudo y en su rostro había un tatuaje de escorpión de un color morado. Los otros dos eran espadachines ordinarios, pero con cuerpos delgados para la agilidad y sus tatuajes estaban en el mismo sitio: en el hombro izquierdo. Byleth había esquivado la arremetida del hacha y había chocado su espada contra el guerrero de arma pesada; usaba la agilidad como ventaja, pero no descuidaba los movimientos de los dos asesinos delgados. Las flechas pasaban cerca de su cuerpo, de su rostro y algunas iban directo hasta su pecho; empero, Byleth había sido capaz de destruir las flechas a tiempo. Con suma cautela, el adolescente logró quedar frente al hombre de espada gruesa, golpear su rostro y malherir el pecho del enemigo.

—Es él —pronunció el hombre del tatuaje morado—, es el Demonio que estamos buscando.

—Entendido —dijeron a la par los asesinos gemelos.

A continuación, los asesinos evitaron los ataques de Byleth, aunque uno de ellos recibió un espadazo que perforó su abdomen y lo dejó atrás. El otro, quizás su hermano gemelo, aprovechó la ventaja de las flechas y condujo a Byleth hacia el este, lejos del grupo de los mercenarios. Byleth hacía evasivas, pues esos guerreros peleaban con más profesionalismo que la mayoría de los anteriores contrincantes. Además, suponía el adolescente, esos sujetos pertenecían a la élite de los mercenarios del mundo bajo de acuerdo a lo que Vivienne había expresado. Byleth usó el terreno como ventaja y bajó por un acantilado hacia la costa norte. Ya había notado que los mercenarios estaban alejados de la mayoría del peligro, así que prosiguió con su camino por unas ruinas de muelles antiguos.

Al llegar a la primera construcción destruída, Byleth evaluó la situación, pero tuvo que cubrir ataques directos del asesino que había seguido sus pasos. La ventaja es que las flechas se habían detenido, así que Byleth cubrió con facilidad las embestidas del enemigo y usó la espada para despojar al asesino de su arma. Acto seguido, Byleth pateó al asesino y lanzó un ataque directo hacia la garganta del otro hombre.

—Excelente —la voz madura sonó cercana a la entrada de la ruina—, simplemente espectacular.

Byleth contempló hacia la entrada y encontró al hombre del hacha y escudo. Sin perder un momento, alzó su espada y aguardó con la guardia alta. El enemigo era alto y musculoso, con un aspecto de pocos amigos; estaba calvo y el tatuaje en su rostro recorría parte de su cráneo y cara. Había cicatrices notorias y su mirada vacía y penetrante daban todavía más un aspecto lúgubre en el sujeto. De pronto, dio unos pasos hacia el interior de la ruina y quedó a unos metros de Byleth.

—Demonio, no hemos venido a matarte —dijo el enemigo—, no queremos matarte. No, nada de eso. Los sobrevivientes del grupo que atacaron tus mercenarios nos dieron los rumores. Dijeron que había un chico, quizá un mocoso de dieciocho o diecinueve años entre los mercenarios, un chico capaz de levantar su arma para matar sin mostrar miedo ni remordimiento. Y ese chico eres tú.

Byleth no replicó. Analizaba la situación; por desgracia, había desventaja en el combate directo con el hombre debido al poco espacio que proporcionaba el entorno. Empero, si Byleth lanzaba un golpe preciso, podría romper las defensas del enemigo y aprovechar su propia rapidez. Era un plan arriesgado, bastante arriesgado; casi al grado de dejar la vida de Byleth en un hilo de suerte.

—Tengo una propuesta para ti, Demonio —insistió el hombre—, nuestro grupo necesita gente como tú, gente capaz de llevar tareas tan básicas como el asesinato sin mostrar una pizca de remordimiento. Sé que tú podrías convertirte en uno de nuestros mejores hombres si decidieras trabajar para nosotros.

No hubo respuesta; Byleth movió la mirada hacia abajo pero regresó el interés al hombre de inmediato, no podía darse el lujo de perder al enemigo de vista.

—¿Qué pasa? ¿No te apetece matar por dinero? Eres como nosotros, niño —prosiguió el hombre—, exactamente como nosotros. Sientes la sed de sangre recorrer tus venas, la necesidad de aterrorizar a tus víctimas, de cazarlas, hacerles saber que sus vidas se acabarán en menos de unos de unos segundos. Sé que deseas lo mismo que nosotros, la batalla, la guerra, el combate, la sangre; sé que tu mirada vacía significa que necesitas atisbarte de aquél líquido rojo que parece ser lo único que te llena.

Y, sin titubeos, Byleth asaltó al hombre; la espada chocó contra el cuerpo del hacha. El enemigo había sido capaz de defenderse a tiempo, así que empujó al adolescente y aprisionó su cuerpo contra la pared y su propia arma. Byleth no perdió la calma, tenía un plan, pero debía dejar que el sujeto siguiera con su farándula y su palabrería; conocía otras técnicas de combate que no siempre eran directas, que aveces necesitaba aguardar por una entrada que el mismo enemigo proporcionaría.

—Ashen Demon —el hombre dijo con un susurro profundo y lánguido—, no eres un héroe, y eso queda más que claro. Eres muy inteligente, y para ser un mocoso no temes a la muerte. —Acercó su rostro hacia Byleth y analizó con interés las facciones finas y agraciadas del muchacho. Agregó—: eres bastante bonito, eso sí debo decir. Para ser un maldito asesino, podrías hacerte pasar por un chico cualquiera. Descuida —volvió a susurrar—, en nuestro mundo también la belleza te puede dar poder.

Antes de que el hombre o Byleth pudieran actuar, una persona se unió a la escena. La lanza del nuevo actor perforó el costado izquierdo del rufián con el tatuaje morado, luego lo empujó hasta la esquina contraria y lo enfrentó. El enemigo, aunque herido, fue capaz de contrarrestar un segundo ataque. Esta vez la lanza del Capitán Jeralt chocó contra el hacha y causó un sonido metálico y óxido. Jeralt era del mismo tamaño que el contrincante, por lo que la fuerza brutal del hombre no representaba una ventaja contra él; entonces, a toda prisa, Jeralt aprovechó la lentitud del otro y lo despojó del arma. Jeralt no aguardó ni un segundo y perforó el pecho del enemigo con su lanza.

Mientras que Byleth había conservado el mismo lugar. A pesar de que estaba agradecido por la llegada de su padre, estaba enfurecido, y era incapaz de mostrarlo. Guardó su espada y caminó hacia el exterior de las ruinas; empero, Jeralt corrió hacia él y lo sujetó del brazo.

—Byleth —Jeralt dijo con fuerza—, no eres como ellos.

Byleth dio una media vuelta y encaró a su padre. ¿Realmente no lo era? Él también había matado a personas debido a los combates y misiones que tenía como mercenario, había cometido actos atroces ante los ojos de algunos que eran incapaces de comprender el tipo de trabajo que sólo las personas como él hacían. Aunado a esto, Byleth reconocía que su aspecto creaba una imagen vacía y demoniaca de él mismo; ahora sabía que la gente temía ante su presencia y que era mejor alejarse de los demás.

—Chico, por favor —Jeralt insistió sin soltar a su hijo—, no puedes creer lo que ese sujeto dijo. Ellos son asesinos a sueldo, pero van más allá que un simple matón. Ese tipo de gente está realmente vacía, afectada psicológicamente a un grado mayor. No pueden empatizar con las personas o mostrar ni siquiera cariño.

Byleth agachó la mirada. Aquella descripción también encajaba con él.

—Hijo —Jeralt continuó—, no eres un demonio. No eres un asesino. Y todo esto ha sido culpa mía también. Yo te enseñé a pelear, porque…

Byleth se alejó de su padre y se liberó de él. Dio unos pasos hacia la playa y contempló el océano. Aunque no pudiera expresarlo abiertamente, Byleth deseaba reprochar.

—Todo lo que ese sujeto dijo son tonterías, Byleth. Dime algo —Jeralt decidió probar su suerte otra vez; caminó hacia su hijo y se colocó junto a él—, dime, ¿matarías a una persona indefensa?

Byleth negó con la cabeza.

—Por supuesto que no —reiteró Jeralt—, porque te he enseñando a que un mercenario sólo actúa cuando el trabajo amerita la pelea. Además, debemos protegernos de otros y a veces hemos tenido que pelear por nuestras vidas. Ser un mercenario es un poco distinto a ser un militar. La Alianza, el Reino y el Imperio tienen cuerpos enormes de soldados, soldados que iniciarían una guerra y matarían a inocentes si así se los pidieran. Pero nosotros no. La gran mayoría de nuestro trabajo consiste en la protección de aquellas personas que no pueden protegerse por su cuenta, brindamos protección a esas personas que no pueden enfrentar a matones o rufianes que aprovechan ese tipo de situaciones. Tú jamás levantarías tu espada ante alguien que no ha hecho nada para ofenderte, ni mucho menos cazarías a una persona sólo porque alguien te ha dicho que asesines a alguien. El hecho de que seas un gran guerrero, no significa que debas sentirte mal por tus habilidades. De hecho… —suspiró—, creo que algún día esas habilidades serán la clave para sobrevivir y tomar tus propias decisiones, chico.

Byleth respiró con más tranquilidad y aceptó las palabras de su padre. Era satisfactorio saber que su padre no tenía aquella imagen que otros habían creado de él; si era llamado como un demonio, no importaba más, pues sabía que su padre comprendía que él sí podía sentir.

Sin previo aviso, Byleth acortó la distancia con su padre y acogió la extraña tranquilidad del momento. Gracias, papá, pensó el adolescente con sentimentalismo.
 
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Capítulo nueve:
Ashen Demon 3


—Nos dividiremos en dos grupos —la voz del capitán resonó en la sala privada de la posada—, un grupo pequeño se quedará aquí en la Villa Remire —expuso Jeralt al señalar el mapa—, y el resto irá conmigo. Nos moveremos hacia el territorio de Hevring, hacia la zona montañosa. El primer cliente es el pueblo de Remire, y su petición no ha sido tan dificultosa, así que Byleth se quedará a cargo del grupo de la villa. El otro cliente… —Jeralt pausó y contempló a Louis quien se encontraba sentado frente a él—, ha solicitado algo más difícil que un simple combate defensivo. Debemos tomar de vuelta una construcción en las montañas.

—¿Cuánto tiempo tardarán en regresar los que irán con usted, capitán? —inquirió Altamira.

—Dos días cuando mucho.

El grupo aceptó la resolución del Capitán Jeralt y comenzaron con los preparativos cuanto antes. Jeralt pidió a su grupo de mejores guerreros aguardar por unos minutos más en la sala. Louis, Altamira, Fergus y Vivienne quedaron en sus respectivos lugares, además de ellos Byleth también se había quedado. Byleth ya no era un adolescente, quizá estaba entre la edad de los veinte o veintiuno; ni siquiera Jeralt tenía la intención de especificar a su propio hijo su edad, pues era una medida de precaución. Aunque para Byleth no era importante en esos momentos y prefería ignorar ese tipo de información que no consideraba importante.

—El segundo cliente no hubiera sido aceptado por nosotros, pero —Jeralt explicó con rapidez su resolución—, hay una razón más por la que he decidido tomar la petición. Además, la situación de la villa podría ser afectada si no hacemos nada al respecto.

—Comprendemos la situación, capitán —aseguró Louis con una sonrisa segura—, no tiene que darnos sus razones. Vivienne y yo iremos con usted. Fergus y Altamira se quedarán aquí en Remire para asistir a Byleth.

Por unos instantes la mirada de Jeralt se clavó en la imagen de Louis. Había agradecido en silencio la respuesta de su subordinado, ya que no se atrevía a expresar abiertamente la verdadera razón por la que había aceptado esa misión. Jeralt no era una personas que deseara la venganza, pero cuando se trataba de su hijo a veces actuaba sin cuidado. Además, todavía tenía un asunto pendiente que resolver con un mago que había atormentado alguna vez a su pequeño.

—Entonces, nos iremos a la media noche. Byleth, tu misión será proteger la villa del grupo de bandidos que se han asentado en los alrededores. Altamira y Fergus estarán bajo tu comando.

Byleth asintió con la cabeza, y por más que la curiosidad lo carcomiera, había optado por obedecer a su padre.

—Nos veremos en dos días. Después de eso, nos iremos de vuelta al territorio de la Alianza para cruzar al norte.

—De acuerdo, capitán —dijeron en coro Louis y Vivienne.

* * * *​

—No tardaremos mucho —Jeralt dijo una vez cerró la bolsa de viaje con algunas provisiones. Estaba parado frente a la cama y daba la espalda a su hijo—. No deberías tener ningún problema, ya que los rufianes son simples novatos que no tienen consideración de nada.

Byleth aguardó. Estaba junto a la puerta y contemplaba la figura de su padre. Aunque aceptaba la misión, y ya se había acostumbrado un poco más al tipo de misiones donde las batallas eran constantes, todavía tenía una duda que rondaba por su mente. Quizás habían pasado casi once años desde que habían abandonado la Villa Remire, y Byleth recordaba algunos acontecimientos extraños que no eran muy claros. No tenía idea de cómo había olvidado las cosas, pero se había convertido en una costumbre.

—Nuestras últimas misiones serán en el Reino de Faerghus, y después de eso, nos iremos de este continente.

La revelación de Jeralt causó exaltación en Byleth. El joven dio unos pasos hacia su padre y se interpuso en sus acciones; Byleth había logrado capturar la atención del Capitán.

—¿P-Por qué? —cuestionó Byleth con calma.

—Porque será lo mejor para ti.

Byleth no replicó. Permitió que su padre terminara los preparativos y se alejó unos pasos de él. Por otro lado, Jeralt se acercó a su hijo y tocó con calidez su hombro.

—Te lo explicaré al regresar de la misión. Por ahora, ten cuidado. Nos veremos en dos días.

El joven aceptó la respuesta y movió la cabeza de forma positiva. Jeralt no esperó más y salió de la habitación. La media noche había llegado y la mitad del grupo estaba listo para partir. Byleth, por su cuenta, había dado las órdenes a Altamira y Fergus para iniciar con el combate contra los bandidos en las cercanías. Había vaciado su mente de cualquier duda y estaba listo para la misión.

* * * *​

Los bandidos que habían atormentado la Villa Remire no habían presentado un problema para la compañía de mercenarios; todo lo contrario, bajo las tácticas de Byleth, el grupo había emergido victorioso y la misión había terminado dos horas antes del amanecer. Debido a esta razón, algunos mercenarios habían optado por organizar reuniones en sus habitaciones y celebrar. Incluso, ya que en el grupo estaba Altamira presente, habían invitado a Byleth.

Sin embargo, Byleth había decidido no participar. El joven había llegado hasta su habitación y había arrojado las botas y la gabardina negra que usaba junto a la semi-armadura que portaba como protección en parte sus antebrazos y piernas. Byleth había recostado su cuerpo sobre una de las camas y se había quedado mirando el techo.

Antes de que la mente de Byleth pudiera divagar, la puerta de la recámara fue abierta un poco; Altamira había pedido permiso para entrar aunque lo había hecho después de adentrarse. Altamira cerró la puerta y caminó hacia la otra cama vacía; en esa ocasión no portaba su arco y flechas, y su pechera de armadura café no lucía como en los combates.

—¿Estás preocupado por tu papá? —Altamira habló con un tono jovial y serio. Al paso de los años, había descubierto la extrema seriedad y casi antipatía total de Byleth y esto había provocado que se distanciara del muchacho.

Byleth miró hacia Altamira y encontró su rostro atractivo; los ojos de Altamira eran café claros y compaginaban con su cabello rojo corto. Byleth se incorporó y se quedó sentado en el colchón para quedar de frente al pelirrojo.

Altamira sonrió con un poco de timidez al visualizar el rostro agraciado de Byleth. Existía una diferencia entre cinco o seis años en edad, aunque no era muy notorio; Altamira todavía lucía muy joven, quizá unos cuatro años menos de lo que en realidad tenía.

—El capitán va a estar bien, Byleth —prosiguió Altamira—, eso tenlo por seguro. Es uno de los mejores guerreros que he conocido y es natural que tú heredaras su capacidad. Además… —suspiró—, el primer motivo por el cual tu padre aceptó esa misión fue…porque… —otra vez dio un respiro hondo. Entonces, se levantó y se sentó junto a Byleth, luego regresó el interés al joven de cabellos azules—, por ti. Ni Louis ni Vivienne querían decírtelo, pero fue por un incidente que pasó cuando eras muy pequeño.

Un incidente con la magia, recapituló Byleth en silencio. Movió un poco la cabeza para mirar el rostro del otro joven.

—Lo sé —por fin reveló Byleth con un tono plano.

—M-Menos mal —aceptó Altamira. Otra vez pausó por un tiempo prolongado y sólo movió un poco su mano para tocar la mano de Byleth que estaba sobre el colchón—, oye, ¿puedo saber qué fue lo que te hice?

Byleth dudó, he hizo un esfuerzo por mostrar la duda en su rostro, aunque no estuvo seguro de que fuera visible.

—Antes solías pasar tiempo conmigo. Sé que nunca has sido mucho de palabras, pero por lo menos jugábamos juntos, ¿lo recuerdas? Siento que hice algo que te molestó o te incomodó, pues hace unos años dejaste de pedirme pasar tiempo juntos. Te has alejado casi por completo.

Byleth movió la mano y causó que Altamira retirara el tacto. ¿Cómo le explicaría a Altamira que alguna vez había sentido atracción sexual por él? Además, Byleth había descubierto que Altamira estaba interesado en Vivienne, puesto que los había visto besarse en variadas ocaciones. Aquél incidente había hecho que Byleth dejara de mirar a Altamira y de sentir interés en el otro muchacho.

—Somos amigos, Byleth…o eso creo…creía… —reveló Altamira con decepción y un tono apagado.

Byleth agachó la mirada.

—Supongo —Altamira interpretó a su criterio la reacción de Byleth—, supongo que ya no es así para ti.

—¿Soy un demonio para ti? —Byleth preguntó con sequedad.

—Eh…¿disculpa?

—Ashen Demon —repitió Byleth con el mismo tono.

—Ah… Claro… Bueno, eres implacable en el campo de batalla. Nunca haces ningún gesto al derrocar a los enemigos. Ni siquiera Louis puede hacer eso, o tu padre.

Byleth levantó la mirada, pero no contempló a Altamira. En ese momento comprendió que para el resto de las personas él sería visto como una especie de humano sin sentimientos. Estaba decepcionado, y bastante enojado; empero, otra vez fallaba en mostrar todas esas emociones.

—Supongo que será mejor que me vaya, ¿cierto? —preguntó Altamira con inseguridad.

Byleth asintió con la cabeza.

—Bien… Te pido una disculpa por incomodarte.

Altamira se levantó, caminó hacia la puerta y salió de la habitación sin mirar atrás. Por otro lado, Byleth abandonó su lugar y se dirigió hasta el baño. Deseaba contemplar su imagen estoica e inhumana. Byleth creía que lo mejor era aceptar que siempre sería así, que siempre estaría en soledad. Tal vez su padre estaría a su lado por un tiempo, pero…¿y si él era una carga para Jeralt?

La mirada de Byleth se reflejaba como una sombra carente de vida, los músculos de su rostro no se contraían ni se movían. Probablemente estaba vacío de vida, carecía de aquello que el resto de las personas sí poseían.

Byleth mojó su rostro y comenzó a despojarse de la túnica corta color gris y los pantalones grises que portaba. Ya no deseaba seguir pensando en todo aquello que causaba un dolor profundo.

* * * *​

Una vez el grupo del Capitán Jeralt regresó, los mercenarios decidieron tomar otra noche más para descansar. El siguiente viaje sería largo y Jeralt no esperaba que todos sus hombres lo acompañarían hacia el norte para abandonar Fódlan.

Durante esa noche de descanso, Jeralt había preferido pasar tiempo con su hijo; tenía inseguridad sobre lo que debía hablar. Había un límite a su capacidad para seguir escondiendo los secretos, además de que en la última misión había descubierto algo que ya había intuido desde mucho tiempo atrás. Byleth había aceptado la compañía de su padre, pero no deseaba entablar ninguna conversación ni escuchar nada respecto a la última misión o a cualquier otro suceso.

—Necesitamos hablar —Jeralt dijo con frialdad al notar que Byleth ya había acostado su cuerpo de espaldas a él—, de algo importante.

—¿La misión? —Byleth preguntó sin interés real.

—Sí, sobre eso.

Empero, no hubo movimiento por parte de Byleth. Jeralt se molestó un poco, así que dejó su lugar y rodeó la cama de su hijo; quedó parado frente a Byleth y suspiró con fuerza.

—No quiero hablar.

La respuesta de Byleth sonó tan real que Jeralt tuvo que guardar su impresión. Había sido la primera vez que su hijo reaccionaba de una manera así, tan vivaz. Jeralt se sentó en la orilla del colchón y tocó la cabeza de su hijo.

—Byleth, ¿qué es lo que pasa? —Jeralt habló con ternura y paternalismo—, no debes preocuparte. Una vez salgamos de Fódlan no tendrás que sentirte así. Las cosas mejorarán, te lo prometo.

Byleth cerró los ojos y recordó el sueño que se repetía cada ciertos días durante las noches. Sentía abandono, abandono hacia su propia persona. Amaba su vida junto a su padre, pero deseaba otro tipo de experiencias; quería conocer aquello que su padre había experimentado junto a su madre. Pero era consciente de su dificultad para entablar relaciones y, aunado a ello, encontrar a una persona como él. Byleth sabía que las personas preferían relacionarse con el sexo opuesto, y muy pocos aceptaban lo que él ya había aceptado sobre su sexualidad.

—Mañana nos iremos, ¿cierto? —Byleth susurró.

—Sí. Mañana. Tendremos que despojar a unos cuantos bandidos y tomaremos unas dos o tres misiones durante nuestro camino hacia la capital del Reino de Faerghus.

Byleth no replicó.

Jeralt suspiró con preocupación. Abandonó su actividad y sólo miró a Byleth. Tenía un mal presentimiento y estaba casi seguro de que volvería a su pasado. Estaba dispuesto a proteger a su hijo, en especial de aquellos que consideraba verdaderos enemigos.

* * * *​

La noche pasó con tranquilidad; tanto Jeralt como Byleth estaban dormidos en sus respectivos lugares. No había sonido alguno y la quietud acrecentaba el descanso de ambos hombres.

Oh, vaya, pero…¿quién podrías ser?, la voz femenina e infantil se hizo presente. Había cubierto toda la oscuridad que rodeaba el sitio.

Byleth abrió los ojos y encontró aquella escena de guerra que solía ver en sus sueños. Todo pasaba exactamente como una especie de película dañada que seguía su curso sin cambio alguno. El combate explotaba en múltiples lugares, además de que habían resplandores en algunos sitios de las peleas; ahora Byleth sabía que esos resplandores provenían de armas que jamás había visto. Sin embargo, el brillo que más capturaba su atención era el de una espada maniobrada por un hombre de cabellos largos y barba gris. El hombre portaba una capa larga negra y gruesa, así como una vestimenta inusual con una hombrera de picos y una protección básica.

Frente al hombre que portaba la espada brillante, estaba la hermosa mujer de cabellos verdosos. Los ojos de esa mujer compaginaban con sus cabellos, y su vestimenta era blanca y elegante. En esa ocasión, la mujer y el hombre entablaron un combate agresivo y técnico; ambos usaban sus armas para intentar matarse en cada arremetida. La mujer era hábil y usaba su ventaja de velocidad ante el hombre; mientras que la fuerza brutal del hombre creaba un balance en la pelea.

Byleth reconocía la escena, pero no sabía el desenlace de la misma. Empero, esa noche el sueño prosiguió. La mujer despojó al hombre de su espada y continuó con un combate cuerpo a cuerpo. El hombre había caído al suelo y estaba de frente ante la mujer. La mujer se había colocado sobre el hombre y había hecho una cuestión que Byleth no comprendía en absoluto; algo que había contenido las palabras de un Cañón Rojo. A continuación, la mujer apuñaló el pecho del hombre varias veces hasta dejarlo sin vida.

¿Por qué? Byleth no comprendía la razón de esa batalla. Pero podía ver el odio de la mujer y sentir la desdicha del hombre. Había sido casi un asesinato brutal y desalmado.

A continuación, el cuerpo del joven parecía caer por alguna pendiente hacia algún vacío. Una vez tocó tierra, se encontró frente a una especie de trono elevado y encontró a una niña. La niña portaba una especie de vestido elegante y azulado, tenía el cabello verde muy largo y los ojos también del mismo color. Había cierta similitud entre ella y la mujer que solía aparecer en la guerra.

Oh, la voz de la niña resonó con calidez y sorpresa, dime, ¿qué pudo haberte traído hasta aquí?

Byleth se puso de pie y contempló con intriga a la niña.

—Dime, ¿quién eres? —la niña inició el cuestionamiento con el mismo tono.

Byleth pensó por unos instantes su respuesta. Tal vez era un fantasma que se había perdido y ahora ese fantasma, con apariencia de niña, creería que él también era un fantasma. Pero aquella respuesta parecía poco satisfactoria. Luego recordó aquellas palabras por las que el resto de la gente se dirigía hacia él…¿y si decía lo que realmente parecía ser? Un demonio; sí, esa sería una respuesta más indicada, puesto que, al final, eso era lo que el resto pensaba de él. Después, el rostro de su padre apareció como un reflejo que creó calidez en su pecho; había un deseo de satisfacción y amor puro. Su padre había asegurado que él no era un demonio, que no era un asesino a sangre fría y que no debía dirigirse a sí mismo como tal.

—Un humano —la voz de Byleth hizo un eco inusual en todo el espacio oscurecido. Por primera vez había sido capaz de identificar su tono de voz honesto y sin aquella sensación de vacío que parecía tener.

—Sí, un humano, lo puedo ver. Y dime, debes tener algún nombre, ¿no? ¿Cuál es tu nombre?

—Byleth.

—¡Ah! —sonrió la niña con emoción—, nunca me acostumbraré al sonido de los nombres humanos. Byleth… Sí, por supuesto. Y dime, Byleth, ¿bajo cuál Luna te identificas?

—Bajo la Luna de Pegaso.

—Oh, vaya —analizó la niña con rapidez—, las sorpresas nunca dejan de aparecer, ¿cierto? Extrañamente compartimos la misma Luna. Mi nombre es… Sothis, sí, eso es. Acabo de recordarlo. ¿Extraño no? Y… También soy El Principio. ¡Vaya! Otra vez parece que mi memoria regresó. Oh —bostezó de repente Sothis con pesadez y su rostro mostró cansancio—, pero…en estos momentos…necesito dormir…

Sin previo aviso, Byleth sintió que algo movía su cuerpo. Sintió que desfallecía, así que dejó que la sensación de pesadez se apoderara de él al cerrar los ojos. Al abrir los ojos encontró a Jeralt frente a su cama. Byleth se incorporó y aguardó.

—¿Qué ocurre, chico?, ¿tuviste ese sueño otra vez?

—Sí. El sueño sobre la guerra. La guerra masiva.

Jeralt encontró inusual la oración de Byleth. Parecía como si ahora su hijo no tuviera problemas en expresar sus ideas tan a la ligera.

—Una guerra no es un buen augurio… Anda, necesito que te enfoques en las siguientes misiones para salir de aquí.

—¡Capitán! —la voz de Louis sonó en el exterior de la habitación. El mercenario entró a toda prisa y se quedó parado frente a su líder.

—¿Qué ocurre, Louis? —dudó Jeralt con cautela.

—Un grupo de bandidos se dirige hacia acá. Están armados hasta los dientes, y al parecer estaban persiguiendo a un grupo de niños.

—¿Un grupo de niños? Será mejor que esto sea bueno —Jeralt bromeó para relajar su propia tensión y sospechas de los acontecimientos.

Byleth siguió a su padre y a Louis una vez terminó de ajustar sus vestimentas y de preparar su arma. No prestó interés en lo que fuera que estaba por ocurrir; pues creía que era común. La Villa Remire solía tener ataques de grupos de ladrones, así que parecía como una misión más que atender.
 
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Parte II

Capítulo diez:
Profesor 1


La batalla había terminado con rapidez. Los tres jovencitos que habían solicitado la ayuda de los mercenarios del Capitán Jeralt, habían visto de primera mano la capacidad táctica de los mercenarios, en especial de un joven de cabellos azules. Byleth había ayudado a proteger a los tres jóvenes y creía que la misión había concluido.

Sin previo aviso, el líder de los enemigos se puso de pie; tenía el cabello sujetado en una cola de caballo, era musculoso y su rostro mostraba facciones toscas y corroídas por el enojo que sentía. El hombre corrió hacia una de las alumnas, como habían sido llamados por el Capitán Jeralt. La jovencita tenía el cabello largo, blanquecino plateado, los ojos de un color lila, su tez era pálida y perfecta, y usaba una especie de uniforme negro y una capa rojiza que parecía más como algo ceremonial. La chica sacó una daga para protegerse, pero Byleth había reaccionado a toda prisa y se había colocado frente a ella, entre el arma del hombre.

Quizás moriría, ya que había descuidado completamente la retaguardia. Pero no fue así.

Antes de que Byleth sintiera su cuerpo ser perforado por el arma enemiga, miró hacia los alrededores y sintió que había una sensación fría y poco espesa como los alrededores de la Villa Remire. El joven mercenario reconoció el extraño trono alto donde se sentaba aquella niña de cabellos verdes larguísimos y orejas puntiagudas.

—¡De verdad! —renegó la niña—, ¿crees que lanzarse así para proteger a otra persona vale la pena? ¡Por supuesto que no! —Suspiró con desilusión. Agregó con más calma—: veo que no sabes el valor de tu propia vida. Está bien… Pero… ¿Qué hacer?

Byleth comprendió que no había sido la mejor decisión y que había cometido un error. No había sido justo actuar sin analizar. Había sido un error básico. Tal vez sería mejor quedar mal herido y no continuar más. Empero, muy en el fondo, Byleth no deseaba la muerte.

—¿Qué hay del tiempo? —preguntó Byleth con cautela.

—¿Qué tiene el tiempo? —dudó de vuelta Sothis.

—Parece estar detenido.

—Detenido.

—Sí. ¿No podrías modificarlo?

—Eso es verdad. ¡Ah! Qué perspicaz eres, Byleth. Sí, puedo recordar el hechizo. Voltear las manecillas del tiempo aunque sea unos minutos atrás.

Byleth regresó a sus sentidos y miró los alrededores de la Villa Remire. ¿Había sido un sueño?,¿una alucinación?, ¿realmente había hablado con una niña inusual sobre modificar el tiempo? Entonces, y sin reparo, contempló que el enemigo corría hacia la joven de cabellos blanquecinos. Era extraño, más de lo que quería aceptar. No tenía idea de qué había ocurrido y si realmente había hablado con esa señorita peculiar quien se había presentado como Sothis y El Principio.

No hay tiempo para eso, pensó Byleth para sí. Corrió hacia el enemigo y la muchacha de cabellos blancos y se colocó entre ambos; pero esta vez portaba la espada de frente y esperaba la embestida para despojar al enemigo de su arma y dejarlo inconsciente. Así fue; con una facilidad y maestría, Byleth contrarrestó el ataque y derribó al enemigo para dejarlo noqueado.

Los tres adolescentes se unieron a la escena y agradecieron por el acto de protección que los mercenarios habían hecho por ellos. Antes de que los chicos pudieran entablar conversaciones profundas con Byleth, otra persona se unió a la escena. Era un hombre con una armadura blanca, de cabellos cafés y de aspecto bonachón.

El sujeto extraño saludó al Capitán Jeralt como si lo conociera de años. Byleth intentó hacer memoria, pero no recordó a ningún mercenario con esa apariencia, mucho menos con el nombre de Alois. Además de la manera tan amigable de dirigirse a su padre, Byleth había escuchado algo todavía más peculiar, su padre había pertenecido alguna vez a los soldados de la Iglesia de Seiros. Primeramente, Byleth no tenía idea de que existiera una iglesia bajo ese nombre, y mucho menos sabía que su padre alguna vez había participado como militar. ¿Qué ocurría? Algo parecía demasiado inconsistente para que todo eso fuera una simple coincidencia.

—Oh, así que tu padre fue un soldado, pero él nunca te mencionó eso —la voz de Sothis se hizo presente como un eco en la mente de Byleth.

Byleth miró hacia la izquierda, luego hacia la derecha y no encontró a nadie. Solamente estaban los tres adolescentes que se acercaban a él, su padre, algunos mercenarios, el hombre Alois y unos soldados con armaduras blancas.

—Fue un alivio haber llegado hasta aquí y encontrarnos con mercenarios experimentados como ustedes —uno de los jóvenes dijo al aire. El muchacho tenía el cabello castaño, los ojos verdosos y la tez morena. Era muy atractivo y portaba el uniforme con una especie de capa corta amarilla de manera ceremonial—. La operación escape salió a la perfección.

—¿Oh? —sonó la voz del otro adolescente. Él era alto, de musculatura ancha, con la tez pálida, ojos azules claros y el cabello rubio en forma de hongo despeinado; también portaba una capa ceremonial de color azul en su uniforme—, ¿entonces serviste como distracción para darnos un tiempo a mí y a Edelgard? Buena táctica, Claude.

—Dimitri —ahora dijo la muchacha de cabellos blancos—, no creo que Claude lo haya planeado. Creo que en realidad salió despavorido.

—El plan hubiera funcionado a la perfección, princesa —Claude rebatió con alegría—, si ustedes dos no me hubieran seguido.

—No iniciemos una discusión —dijo Dimitri—, además, fue un alivio encontrarlos aquí. Debo admitir que la habilidad con la espada que demuestras —ahora se dirigió a Byleth—, es increíble. Supongo que es por la experiencia que tienes como mercenario. Por eso mismo, me gustaría que me permitieras hacerte una oferta. El Reino necesita gente apta como tú, con gran habilidad.

—Es cierto —rebatió Edelgard—, tu habilidad es formidable. El Imperio obtendría una gran ventaja si decidieras trabajar con nosotros.

—Edelgard —contrapuso Dimitri a toda prisa—, déjame terminar mi propuesta primero.

—Tan sólo escúchense ustedes dos. No tienen tacto para nada. ¡Ah, qué va! —Claude reprochó con jugueteo—, pero ya que estamos en esas andadas. Nos adelantaremos también. Mi nombre es Claude y si decides unirte a la Alianza, puedo prometer muchas recompensas.

—Qué descuido de nosotros —aceptó Dimitri—. Mi nombre es Dimitri y soy el príncipe al trono del Reino.

—Yo soy Edelgard, princesa imperial y heredera al puesto de Emperador. Dinos, ¿de dónde eres?

Byleth pensó con calma. No tenía idea de dónde había nacido, pues nunca había hablado de eso con su padre. Empero, recordaba que sus primeras memorias eran más constantes en el Imperio que en el resto del continente.

—Al parecer a estos tres niños les importa mucho el origen —Sothis opinó en la mente de Byleth—; ¿qué les dirás?

—Del Imperio Adrestian —dijo Byleth sin mucho interés.

La conversación prosiguió por unos minutos más; aunque los tres jovencitos mantuvieron el diálogo más entre ellos. Después, Byleth regresó junto a su padre y pensó que la misión terminaría ahí. Ya tenía la orden previa de que viajarían hacia el norte y que cruzarían una gran parte del territorio del Reino; empero, lo siguiente tomó por sorpresa al joven mercenario.

—Supongo que no tengo opción —aceptó Jeralt con cinismo; lo había hecho para esconder su inseguridad y sospecha sobre los acontecimientos—, los acompañaremos hasta Garreg Mach.

¿Garreg Mach?, Byleth dudó en silencio. Jamás había escuchado de un lugar así. ¿Por qué su padre había decidido cambiar los planes de manera tan repentina? Byleth prefería guardar los cuestionamientos para otro tiempo y momento; sabía que junto a esos desconocidos lo mejor era conservar la calma.

* * * *​

Al llegar a un edificio enorme sobre un valle verdoso y que, literalmente, parecía ubicado en el centro entre los tres territorios de Fódlan; Byleth y su padre se adentraron por la puerta majestuosa y gigantesca, ambos se detuvieron por unos instantes y notaron las hermosas fachadas arquitectónicas y el color de la piedra entre café gastado y un óxido claro.

—Rhea está aquí —pensó Jeralt en voz alta; había sonado consternado, molesto y desilusionado.

¿Rhea?, dudó Byleth con prontitud. Miró hacia arriba donde había un balcón de terraza y encontró a una mujer bellísima. Era ella, era aquella mujer que aparecía en sus sueños, la mujer que había enfrentado al hombre de barbas grises, aquella que había matado a ese hombre de manera brutal. ¿Ella era Rhea? Pero, si era así, ¿qué significaba ese sueño? ¿Una premonición?, ¿una realidad?, ¿o todo un invento de su propia mente? No, aceptó Byleth; eso no podía ser correcto. Esa tal Rhea era idéntica a esa mujer aunque sólo variaban las vestimentas y su extraña aura causaba cierto estrés en el joven mercenario. Aunado a eso, su padre no había sonado muy complacido al ver a esa mujer.

El Capitán Jeralt y su hijo llegaron hasta la cámara del Arzobispo, la mujer de nombre Rhea y otro sujeto recibieron a los mercenarios. Byleth había decidido permanecer en silencio, incluso si se habían dirigido a él; todavía sentía una inseguridad recorrerlo por lo que estaba ocurriendo, en especial al estar frente a esa mujer misteriosa. Durante la conversación, Byleth había aprendido algo, su padre conocía bien a esa mujer, y parecía reacio cada que explicaba sobre su vida a las dos personas frente a ellos.

Cuando la conversación terminó, el Capitán Jeralt advirtió de tomar precauciones frente a esa mujer; y Byleth comprendía que si su padre actuaba así, era porque, entonces, Rhea era un verdadero peligro. Sin importar que ella fuera la Arzobispo de la Iglesia de Seiros, Byleth había aceptado las palabras de su padre.

* * * *​

Al día siguiente, y para sorpresa de Byleth, la Iglesia de Seiros había decidido re-contratar los servicios de Jeralt como militar. Mientras que Byleth trabajaría, pero no como un soldado ni mercenario, sino como un profesor. Aquello había causado sorpresa en el joven mercenario, aunque había decidido aceptar la posición ya que su padre parecía estresado y casi como si escondiera algo más profundo que Byleth no conseguía identificar.

Byleth había explorado el monasterio y había hablado con los estudiantes que representaban las Casas de la institución. Al parecer, el Monasterio de Garreg Mach era, también, la instalación oficial de la Academia Militar más popular de Fódlan. Empero, Byleth ignoraba ese hecho. Durante su conversación con los estudiantes, había dejado a su mente divagar en las dudas, ¿por qué su padre nunca había hablado sobre su trabajo como militar en la Iglesia de Seiros?, ¿cómo había sido posible para él ignorar algo que parecía tan popular en todo el continente?, ¿por qué nunca había escuchado hablar sobre la iglesia, incluso si tenía presencia de formas distintas en el Reino, Alianza e Imperio? ¿Qué ocurría en realidad? Y otra posibilidad llegó a la mente del mercenario, ¿habría sido posible que su padre se había encargado de esconder toda esa información, de buscar locaciones remotas para que esa información nunca llegara hasta Byleth? No, no parecía posible que Jeralt hubiera hecho algo así.

Por petición de la Arzobispo Rhea, Byleth había tenido que decidir instruir a una de las casas que conformaba a la academia. Además, había conocido a los otros dos profesores que se quedarían al frente del resto de los alumnos. La primera era una mujer de edad media de nombre Manuela, con una apariencia voluptuosa y una actitud quisquillosa; el otro era un hombre mayor llamado Hanneman, un sujeto con porte de erudito. También había conocido a la mano derecha de Rhea, un sujeto llamado Seteth. Al igual que Rhea, Seteth tenía el cabello verde y los ojos verdes; y, al parecer, actuaba también como el decano de la Academia Militar.

Aunque la decisión de Byleth parecía haber sido al azar, en realidad se había inclinado a elegir la casa llamada como Águila Negra, principalmente porque eran personas del Imperio. Byleth creía que, quizás, con ayuda de esos niños encontraría más referencia al Imperio y a lo que realmente era Fódlan. Quizás obtendría las verdaderas razones del por qué su padre actuaba con cautela ante la presencia de Rhea.

* * * *​

La presentación con el grupo del Águila Negra había sido algo totalmente nuevo para Byleth. Durante toda su vida había estado acostumbrado a mantener distancia de la gente, pero ahora parecía que su trabajo consistía en algo nuevo, algo único para él.

La Princesa Imperial, Edelgard von Hresvelg era la líder del Águila Negra, y aunque parecía una chica compuesta y bastante seria, sabía sobrellevar las cosas con el resto del grupo. El resto de los jóvenes causaba una impresión amena en Byleth. Estaba una joven diva llamada Dorothea, quién había sido una de las mejores cantantes de la ópera junto a la profesora Manuela. La chica tenía el cabello castaño, largo y ondulado, sus ojos verdes eran hermosos y su tez era rosada blanca. Después estaba un joven llamado Hubert quien parecía ser la mano derecha de Edelgard. Hubert parecía el mayor del grupo, quizá con unos veinte años o veintiuno; su cabello era negro y sus ojos de un tono amarillo opaco; su tez era pálida y hacía que su imagen acrecentara aquella extrañeza y crueldad que aparentaba. También estaba un joven Noble llamado Ferdinand, con una apariencia de niño rico, de cabellos pelirrojos claros y ojos miel; se expresaba continuamente sobre la Nobleza como algo imperante. Había una joven tímida de cabellos morados y muy delgada, su nombre era Bernadetta; la chica se expresaba como si la interacción con las personas fuera mejor detrás de una puerta. En el grupo estaba otro joven de familia de la Nobleza, su nombre era Caspar; sus ojos eran de un azul claro igual que su cabellera, era delgado y de estatura baja, a pesar de que había hecho un comentario poco agradable sobre la nueva tutela de Byleth, parecía un chico fácil de convencer cuando se trataba del entrenamiento. Otra persona del grupo era una muchacha de tez morena, ojos marrón-púrpura, de cabello largo y trenzado y de una apariencia fuerte; la joven usaba una forma de hablar peculiar, su nombre era Petra, y Byleth podía deducir que venía de otro país. El último era un muchacho de tez pálida como la porcelana, de ojos verdosos oscuros y de un cabello oscuro llamado Linhardt; había enunciado palabras sobre preferir las siestas en lugar de los estudios, pero tenía apariencia de un chico intelectual.

Todos esos jovencitos habían quedado bajo el cuidado de Byleth y sus instrucciones, y Byleth no podía aguardar para conocer un poco más sobre ellos e iniciar su trabajo en el monasterio. Sin embargo, era honesto consigo mismo, pues extrañaba las misiones de batallas constantes, los acampamentos improvisados y los viajes que aportaban hermosos paisajes que Byleth solía disfrutar junto a su padre.

* * * *​

Las primeras dos semanas habían sido complicadas y todo un reto para Byleth. Había pasado bastante tiempo en la biblioteca estudiando cosas sobre la política, economía y otro tipo de información referente al Reino, Imperio y la Alianza. Aunque, por fortuna, muchas de las clases estaban centradas en el combate, el entrenamiento, la comprensión de la magia, la estrategia militar y la historia de la guerra; así que Byleth podía hablar sin problemas frente al grupo y llevar las clases a un nivel constante.

Los alumnos habían comenzado a tomar mucho interés en las enseñanzas de Byleth, y él mismo estaba sorprendido por su propia capacidad para llevar a cabo las explicaciones. De cierto modo, todo aquello había hecho sentir seguro al joven mercenario y le había ayudado a expandir sus propias capacidades.

Sin embargo, uno de los días libres que había tomado para seguir explorando el monasterio, había encontrado a un sujeto demasiado peculiar cerca del área de entrenamiento. El hombre, Byleth no podía asegurar si era mayor o menor a él, tenía el cabello rubio-castaño claro sujetado en una coleta, los ojos azules claros y la tez pálida; su porte mostraba un aura de misticismo y de poder. Además, Byleth había notado que el hombre era profesor de la Academia, y estaba encargado de algunos métodos de combate.

Por curiosidad, Byleth había decido presentarse y conocer un poco más sobre él. Uno de los detalles que Byleth había notado era que el joven utilizaba una máscara teatral color blanca. La diferencia de tamaño era abismal, casi de veinte centímetros, así como una masa muscular más pronunciada por parte del otro profesor. Los ropajes que usaba parecían básicos, una especie de playera-toga color beige y un pantalón oscuro, casi como una especie de espadachín de esgrima de la alta sociedad. Por otro lado, Byleth utilizaba la gabardina sin abrochar que estaba bordada con la insignia de los mercenarios de Jeralt.

Una vez Byleth quedó frente al hombre, había abierto la boca para hablar; empero había sido interrumpido de inmediato.

—No me interesa la amistad —dijo cortante y secamente el joven profesor.

Byleth quedó perplejo, casi como si hubiera sido empujado como un pedazo de basura inservible. Agachó la mirada y dio la media vuelta, tampoco iba a insistir si otra persona no deseaba ni hablar. Caminó hacia su nueva habitación que estaba ubicada en los dormitorios hacia el oeste del monasterio, pero en el camino se encontró con Caspar.

—¡Profesor! ¿Qué tal? —Caspar hablaba con ánimos altos y una voz jovial—, debo decirle algo.

—Claro —Byleth aceptó la conversación con su alumno—, ¿qué pasa?

—La verdad había creído que Jeritza sería nuestro nuevo profesor, ¿sabe? Digo, a diferencia de usted, él sí se ve como un verdadero maestro del combate. No ofensa, pero creo que a él no le podría ganar en combate directo.

—¿Jeritza? —Byleth habló de manera inconsciente.

—Sí, el profesor con el que estaba hablando. Ese su nombre. Como decía —continuó Caspar con emotividad—, creo que a él no le ganaría en combate directo. Pero a usted, ¡pfff! Podría apostar que no sería un combate justo; podría acabarlo de un golpe.

—No lo creo. No tendrías oportunidad de ganar. He visto tu técnica, y necesitas mucha práctica.

—¡Ja! ¡Eso está por verse, profesor!

Byleth terminó la conversación y volvió su mirada hacia el otro profesor. Había descubierto que su nombre era Jeritza, pero también había descubierto que algo de él parecía atrayente y sumamente deseable. Byleth se despidió de su alumno y prosiguió hasta su habitación. Reconocía pensamientos de deseo en su mente, algo que tiempo atrás había dejado de tener, pues desde el descubrimiento de Altamira y Vivienne, Byleth había dejado de usar esas imágenes para satisfacerse; pero ahora, como una especie de flechazo que entraba como un relámpago, había deseado entablar más comunicación con el profesor Jeritza.

Al llegar hasta la habitación, Byleth cerró la puerta y suspiró. En lugar de sentirse emocionado, estaba completamente desesperado. Tal vez nunca había hablado de sus sentimientos con Altamira, pero había experimentado la ilusión y desilusión del enamoramiento físico. Y ahora, otra vez, sentía esa atracción por un hombre. Byleth dio unos pasos hacia el escritorio y se sentó; tomó un libro e intentó leer. No deseaba volver a sentir atracción por una persona que no conocía en absoluto, ni mucho menos crear fantasías en su mente con un hombre que tal vez no compartía el mismo tipo de sexualidad que él.
 
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Capítulo once
Profesor 2


Con el paso de un mes, Byleth había ganado una reputación alta y excepcional; pues había guiado a sus alumnos en un combate de simulacro y había ganado sin ninguna baja, sin ningún mal herido y con una rapidez y facilidad impensable. Claro, para él había sido algo demasiado fácil en comparación a la experiencia que tenía en el combate real, pero había preferido evitar hacer comentarios al respecto.

Después de aquello, durante el siguiente mes, las cosas cambiaron de una manera que ni él había esperado. Al parecer, la Iglesia de Seiros utilizaba a los alumnos en experiencias reales, puesto que su grupo había sido seleccionado para llevar a cabo una misión. La misión era simple: acabar con unos rufianes en las cercanías del monasterio; de igual modo para Byleth era un tanto inusual. No sabía que la Iglesia de Seiros emitía juicios hasta ese nivel, y había comenzado a sospechar que, en realidad, esa institución tenía más poder y control de lo que al inicio había creído. Quizá por ello su padre no había hablado sobre su tiempo en el servicio como soldado de esa institución, o tal vez Jeralt había vivido algún incidente complicado en el servicio de la iglesia, y por esa razón había abandonado el monasterio.

Byleth había aprendido también algo. Su padre no confiaba en Rhea y creía que ella estaba tramando algo. Además, la mujer parecía decepcionada por el hecho de que él había sido criado fuera de las enseñanzas de la Iglesia de Seiros, pero se expresaba de una manera amable y maternal cuando se dirigía a él. Incluso, Byleth podía jurar, parecía casi como si ella estuviera feliz de que él y su padre vivieran en el monasterio; como cuando la familia regresa a casa.

—¿Profesor? —Edelgard levantó la mano desde su lugar, había interrumpido la explicación sobre tácticas defensivas—, ¿es verdad que nuestra misión de este mes será un enfrentamiento directo?

—¿Cómo en el mundo real? —ahora intervino Caspar casi gritando—. ¡Por fin! Pondremos a prueba nuestro avance.

—¿Q-Qué? —Bernadetta dijo desde la última fila—, ¿p-por qué la iglesia nos enviaría a pelear en una batalla real?

—Si no has tenido realización…eh, no tienes realización…no lo realizas… bueno, lo entiendes —Petra intentó hablar lo más correctamente que pudo—, estamos en una escuela para la obtención de los crecimientos militares.

—Pero no es justo —insistió Bernadetta—. ¿Profesor? ¿Todos tenemos que ir?

—Calma, por favor —Byleth dijo con un tono tranquilo y seguro—, es verdad que pelearemos contra un grupo de bandidos que han estado asechando en las proximidades, cerca del Cañón Rojo —Byleth detuvo sus palabras. El Cañón Rojo, repitió en su mente, ¿el Cañón Rojo? ¿El mismo que mencionó esa mujer?

—¿Profesor? —Edelgard habló con fuerza al notar el tiempo de espera que Byleth tomaba—, ¿ocurre algo?

—Los soldados de la iglesia estarán presentes, y nuestra misión no será enfrentar directamente a todos. Ayudaremos —continuó Byleth de forma plana—, así que no tiene nada que temer.

—Considere que no todos tienen la experiencia de pelear en una batalla real —Edelgard expuso con respeto—, así que dependemos mucho de usted y de la estrategia que decida utilizar.

—No se preocupen. Todo saldrá bien.

* * * *​

Unos días antes de iniciar la misión del mes, Byleth había decidido hablar con su padre; había escuchado que Jeralt cubriría la posición de capitán tan pronto el actual capitán se retirara, y por eso mismo había tenido menos contacto con él. Byleth todavía no se acostumbraba a vivir en el monasterio, y había expresado aquello a su padre.

—Me lo suponía —Jeralt hablaba con casualidad; estaba sentado en uno de los sillones frente a la mesita de té que tenía la habitación que correspondía al capitán de los soldados de Seiros—, comprendo que sea difícil adaptarse así de rápido a este cambio. Por mucho tiempo estuviste aislado del contacto tan directo y alto con las personas.

Byleth asintió con la cabeza. No tenía nada en contra de la nueva vida en ese lugar, pero todavía todo parecía tan sospechoso, tan caótico y difícil de creer como una coincidencia.

—Escucha, chico, la siguiente misión no será nada difícil para ti, pues ya es rutina ese tipo de cosas —continuó Jeralt con el mismo tono desinteresado—, pero recuerda que para esos niñatos todo eso del combate directo es nuevo. Muchos de ellos son niños ricos malcriados que toda su vida han esperado a que otros hagan las cosas por ellos. Así que no dejes que ninguno de ellos muera, o quedará en tu consciencia.

—Lo sé —aceptó Byleth. Dio unos pasos hacia el sillón y se sentó junto a su padre—, oye… —Byleth intentó acomodar las palabras en su mente. Primero quería preguntar sobre la decisión de quedarse en el monasterio, después necesitaba saber por qué su padre había mantenido información en secreto.

—¿Eh? ¿Qué pasa, chico?

Byleth agachó la mirada y luego contempló a su padre.

—Ah… Escucha, Byleth, por ahora enfócate en la misión, ¿sí? Después hablaremos. Tengo mucho papeleo que arreglar y dejar las cosas en orden para que el ex-líder pueda retirarse sin problemas.

—Está bien.

Sin aguardar, Byleth se puso de pie y caminó hacia la salida de la habitación. Había comprendido que algo pasaba por la mente de su padre, algo que probablemente causaba un dolor profundo y difícil de expresar. Byleth respetaba el sentir de Jeralt, por lo que había preferido no presionar.

Durante esa misma tarde, Byleth había buscado al profesor Jeritza y lo había encontrado cerca del área de entrenamiento; quizá era obvio que el profesor Jeritza pasara mucho tiempo en ese lugar, pues era una de sus tareas entrenar a los estudiantes en el arte de la batalla. Byleth contempló de lejos la figura estoica, alta y mística del otro profesor; por unos instantes había dejado a su cabeza divagar en fantasías donde ambos se encontraban en combate y tenían una charla amable, luego disfrutaban de algún otra actividad juntos para terminar tocando sus manos y entrelazando sus cuerpos.

De manera abrupta, y casi enfrente de Jeritza, Byleth detuvo sus pasos. Había sentido el calor incrementar en su cuerpo, así que tomó un momento de respiro antes de hablar con el joven enmascarado.

Esta vez, el profesor Jeritza fue un poco más sociable, o así lo había percibido Byleth.

—Estoy aburrido… ¿Quieres pelear? —Jeritza habló con un tono plano y profundo.

—¿A muerte? —Byleth se atrevió a bromear de manera libre. Incluso él estaba sorprendido por su propia capacidad de hacer ese tipo de comentarios. ¿Qué ocurría con él? Anteriormente habría sido imposible para él articular una palabra así de rápido, mucho menos hacer una broma con un desconocido. Byleth hizo un esfuerzo mayor para mantener su rostro lo más inamovible posible.

—¿Qué? —Jeritza replicó casi sin emoción alguna—, solamente quería pelear.

—Oh… —Byleth buscó por palabras correctas para explicar su broma—, yo…

—Mmphmm —Jeritza hizo un sonido sórdido. Después, ignoró al joven mercenario y caminó hacia el este.

Byleth no se atrevió a seguir al otro profesor. Estaba enojado por sus propias palabras. ¿A caso no podía ser un poco más consciente de sus interacciones?

Con rapidez, Byleth regresó a su habitación y cerró la puerta con seguro. Se acercó a la cama y se tumbó en el colchón; ni siquiera había retirado sus botas ni gabardina. Había perdido una oportunidad para pasar más tiempo con aquél joven que causaba tantos deseos en él, y había hecho la peor broma que había encontrado. Se incorporó y comenzó a retirar las botas y gabardina, luego la armadura de brazos y piernas y por último el cinturón que usaba con el emblema que usaba como adorno extra. Volvió a recostarse sobre el colchón y suspiró.

De cierta manera, Byleth comprendía su interés en una persona como Jeritza; algo en él parecía un tanto similar a su propia persona, pero también existía una diferencia por algo sádico y misterioso que exponía la imagen de Jeritza. No sólo era la atracción física, pues el otro profesor era muy guapo, pero su forma seca de expresarse y su imagen impenetrable atraían a Byleth de una manera incomprensible. Byleth llevó el brazo izquierdo hasta su frente y su mano derecha hacia su abdomen. Quizá había privado a su mente de diversión un poco, por lo que ahora deseaba llenarse de sus fantasías.

De forma rápida, Byleth se sentó con la espalda recargada en la pared, comenzó a bajar los pantalones y a tocar su miembro. Cerró los ojos y pensó en el rostro frío e inexpresivo de Jeritza. Su fantasía comenzó a cobrar más vida; al inicio creaba una película mental donde los labios de Jeritza rosaban con los suyos, luego las manos grandes del rubio-castaño bajaban por su cintura y lo aprisionaban. Las imágenes se incrementaron, pues Byleth era capaz de posicionarse a sí mismo debajo de Jeritza, donde el otro tocaba su cuerpo, besaba su cuello y estimulaba su miembro.

Sin darse cuenta, Byleth dejó salir un pequeño sonido ahogado, como un suspiro sensual. Deseaba más, más que sólo su propia mano. Interrumpió la fantasía y miró hacia los alrededores; Byleth no tenía mucha experiencia sexual, pero había investigado, leído y encontrado información sobre el sexo entre personas del mismo género. Entonces, Byleth se atrevió a hacer algo nuevo. Retiró los guantes de ambas manos y regresó su interés a su pene erecto; pero ahora llevó a su mano libre hasta la entrada anal. Estimulaba con movimientos circulares su propio cuerpo e intentaba introducir el dígito en su cavidad. No era fácil, Byleth encontraba resistencia en sus propios músculos, así que optó por usar un poco de saliva y consiguió penetrarse a sí mismo con un dedo. Era una sensación única, inaudita pero palpable. Byleth cerró los ojos y regresó a sus fantasías. Ahora dejaba que el Jeritza de su mente continuara con un acto sexual y simulara penetrarlo con su miembro. El cuerpo del joven mercenario se llenaba de espasmos y acrecentaba sus propios movimientos; duró casi unos minutos así hasta llegar al clímax.

Una vez terminó de satisfacerse, Byleth suspiró con profundidad y se recostó otra vez. De haber estado en una fantasía perfecta había pasado a los pensamientos de reproche y de su propio juicio. Era patético que todavía usara ese tipo de pensamientos, como si fuera un adolescente, en lugar de experimentar el acto real con alguien.

—Con alguien… —susurró Byleth.

Quizá podría buscar a una persona que estuviera dispuesta a tener sexo con él. Byleth ignoró ese comentario y dejó que el cansancio se apoderara de su mente. Se quedó dormido casi de inmediato.

* * * *​

La misión había sido un éxito, sus alumnos estaban entusiasmados y llenos de nuevas sugerencias para seguir los entrenamientos y sentir aquella adrenalina que sólo el combate podía reglar. Byleth había aceptado que sus alumnos se desempeñaban bien, y ya había hecho buenas relaciones con algunos de ellos, en especial Linhardt, quien solía seguirlo con la excusa de que deseaba conocer más sobre su extraña Cresta. Byleth había descubierto que la mayoría de los descendientes de la Nobleza poseían compatibilidad con las Cimeras, y tenían Crestas o Crestas Menores, que incrementaban sus capacidades y poderes. Aunque Byleth había escuchado alguna vez sobre ello, hasta ese momento había tomado un poco de interés en el tema. Incluso el profesor Hanneman había descubierto que Byleth poseía una Cresta; empero, no había sido capaz de descubrir cuál era.

De acuerdo a la información de la iglesia, el grupo tendría una nueva misión, algo más oscuro que la simple rutina de sacar a los bandidos de los alrededores. De acuerdo a la iglesia, uno de los Lores del Reino había levantado una rebelión menor contra la Iglesia de Seiros, y sus alumnos participarían en la batalla después del combate real, algo así como asegurar el perímetro y que no quedaran polizontes que pudieran convertirse en un problema.

Incluso en la última visita a ese Cañón Rojo, Byleth había experimentado sensaciones extrañas junto a Sothis. Para ella, ese sitio había representado algo más que una memoria, sino como su propio hogar. Byleth había sido incapaz de empatizar con aquella sensación por completo, pues él no tenía un sito al que llamar hogar. Quizás la Villa Remire era una de las locaciones que más conocía y en la que más había pasado tiempo en su infancia y adolescencia, pero no era igual.

En un arranque de curiosidad y después de haber escuchado las palabras de su padre sobre su conocimiento con el Lord que causaba estragos para la iglesia, Byleth había visitado la biblioteca. Buscaba entre los libros y tomos gruesos y de diferentes colores que se encontraban en el sitio. La colección era enorme y particularmente interesante. Byleth había leído un poco sobre los representantes de los territorios, y algunos nombres eran conocidos debido a sus viajes en el pasado, pero carecía de aquella parte relacionada a la política. Debido a la información tan densa y larga, Byleth estuvo más de dos horas en la biblioteca, quizá hasta cuatro; no estaba seguro. La luz del sol ya había bajado, así que por fin había optado por dejar la investigación.

El hambre había conducido al joven mercenario hasta el comedor, donde había encontrado a dos de sus alumnos, Caspar y Linhardt. Los dos habían hablado sobre sus percepciones que tenían el uno del otro a la hora de la comida, y Byleth había decidido sólo escucharlos y aceptar sus palabras. Estaba distraído, por lo que no había entablado más conversación con ambos chicos. Una vez satisfizo su hambre, Byleth se dirigió hacia el exterior del comedor, hacia el oeste, y llegó hasta el estanque que se utilizaba para pescar.

Para sorpresa de Byleth, Jeritza estaba allí. El profesor enmascarado contemplaba con suma seriedad el agua y la catarata artificial que causaba una sensación de brisa fresca. Byleth se acercó un poco hacia el otro joven y buscó por palabras para entablar comunicación. Aunque encontraba inusual ver a Jeritza en ese sitio, pensaba que quizá no era tan extraño desear cambiar de panorama.

—¿Qué? —Jeritza dijo con un tono alto al notar al otro muchacho cerca de él—, deseo aire fresco.

Byleth se sintió como un idiota. Por supuesto que era común querer salir de la rutina. Entonces, aclaró la garganta y miró hacia el mayor.

—La brisa se siente bien aquí… —Byleth detuvo sus palabras con prontitud, ya que sintió que la mirada de Jeritza juzgaba más allá, casi como si pudiera ver el interior de su propio ser.

—Mmphmm…

—¡Profesor! —la voz de Linhardt interrumpió la escena.

Byleth miró hacia la izquierda y encontró a su alumno.

—¡Oh!, ¿interrumpí?

Jeritza movió la cabeza hacia el frente e ignoró a los otros dos. Byleth descubrió ese detalle y agachó la mirada.

—Oh… —Linhardt volvió a expresar—, creo que llegué en un mal momento. Definitivamente, ¿cierto, profesor? La tensión es muy obvia. Hablaremos después.

Sin otra palabra más, Linhardt se dirigió hacia el invernadero que estaba en la cercanía. Byleth no sabía si estaba ruborizado o no, pero era capaz de sentir el calor que se expandía por su pecho, mejillas y manos. Contempló hacia Jeritza y su mirada se encontró con la del joven enmascarado. Byleth hizo una reverencia para despedirse y se alejó a toda prisa.

Con prontitud, Byleth buscó a Linhardt y lo encontró cerca de su propia habitación. El jovencito estaba sentado en los escalones frente a los dormitorios. Byleth se quedó parado frente a Linhardt y mostró la mirada usual de vacío.

—Profesor, de verdad lamento mucho haber interrumpido —Linhardt se excusó con cierta alegría—, no sabía que estaba interesado en los hombres.

—¿Oh? —Byleth movió un poco las cejas en forma de sorpresa—, ¿d-disculpa?

—Descuide, profesor, no tiene que fingir conmigo —Linhardt aseguró con una sonrisa. Se puso de pie y quedó frente a Byleth. El joven Noble era dos centímetros más alto que su profesor, así que su mirada se clavó directamente en la del joven mercenario—, supongo que compartimos ese mismo gusto.

Byleth aguardó por unos momentos. Estaba impactado por la honestidad de Linhardt. Además, nunca había esperado que un joven de la Nobleza revelara algo así, pues Byleth suponía que la Nobleza de las tres naciones buscaban que sus descendencias no desaparecieran, por lo que, tal vez, penaban ese tipo de sexualidades.

—Supongo, otra vez, que no debí haber dicho eso, ¿verdad? Estuvo fuera de lugar, ¿cierto? Es muy probable que esté pensando que no es posible que alguien con mi estatus pueda decir algo tan privado como eso de una manera desinteresada. Pero es que con usted, profesor, no es tan difícil hablar.

—G-Gracias por decírmelo —Byleth dijo con calma.

—Descuide, profesor, no se lo diré a nadie. Y… —Linhardt dio dos pasos hacia Byleth y acortó la distancia a unos centímetros entre ambos—, ¿le atrae el profesor Jeritza?

—Es suficiente, Linhardt —Byleth repuso. Ya había dado dos pasos hacia atrás para alejarse de su alumno.

—Claro. Disculpe mis palabras, profesor.

Y como si nada hubiera ocurrido, Linhardt se despidió y tomó su rumbo hacia el este. Byleth no podía creer lo que había pasado; había sido inusual y poco probable que uno de sus alumnos revelara algo así. Sin embargo, Byleth no tenía idea de qué hacer ahora que conocía sobre la sexualidad de Linhardt.
 

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Capítulo doce
Profesor 3

—Profesor —la voz de Rhea sonó suave pero filosa—, me alegra saber que no tuvieron problemas en la misión. Es una lástima que Lord Lonato incitara algo así. No me esperaba menos del hijo del Capitán Jeralt; tus habilidades son algo para regocijarse.

—Las cosas salieron bien gracias a los alumnos —Byleth contrapuso con un poco de molestia. Sí, la misión había salido bien, pero las cosas no habían sido fáciles. Lord Lonato, quien había levantado una rebelión en contra de la Iglesia Central de Seiros, había utilizado a civiles para incitar su causa; además, había hablado sobre una venganza personal en contra de una persona llamada Cassandra. Sin embargo, Byleth había tenido que cambiar tácticas al notar que sus alumnos habían estado renuentes de atacar, pero habían salido victoriosos.

—No lo creo, profesor —rebatió Rhea. Su imagen casi inmaculada, era alzada por una corona en tallados de flores que hacía un juego hermoso con su chal azulado y su vestido elegante color blanco. Ella y el joven mercenario estaban en la cámara del Arzobispo, donde un hermoso ventanal adornaba la parte trasera y acrecentaba la arquitectura de los pilares internos—, tengo entendido que algunos de ellos titubearon a la hora de atacar a los enemigos. Es necesario comprender que apuntar una espada a la Iglesia de Seiros es apuntar una espada a la mismísima Diosa. Es algo que no podemos permitir, profesor.

¿Diosa?, Byleth dudó en silencio. Nunca se había preguntado hasta ese instante cuál era la deidad que la Iglesia de Seiros adoraba. Sin embargo, aunque quisiera interrogar a Rhea, no había estado de acuerdo con el comentario de la Arzobispo, y no tenía intenciones de iniciar una discusión con esa mujer misteriosa.

—Profesor —ahora interrumpió Seteth. Había arribado apenas, y lucía su rostro serio y maduro usual—, de acuerdo a la información que recopilamos, el plan de asesinato en contra de la Arzobispo no debe ser tomado a la ligera, mucho menos con el Ritual de la Reencarnación a unas semanas de nosotros. Por eso mismo, este mes la misión es que tu grupo asista como guardia extra.

Byleth aceptó las palabras de Seteth y Rhea. Aunque tenía múltiples dudas sobre los últimos acontecimientos, no se atrevía preguntar a esos dos. Había visto la espada que una de las soldados más importantes de la iglesia utilizaba, Catherine había luchado con una Reliquia de Héroe, una espada que brillaba en las manos de esa mujer. Byleth recordaba el sueño y aquellas armas que habían sido empleadas, todas con un resplandor único, entre rojizo y naranja, justo como Thunderbrand, la espada de Catherine. Por otro lado, la información que habían encontrado sobre el posible asesinato contra Rhea parecía una farsa, como una cortina de humo que algún grupo quería utilizar para algo más.

* * * *​

Cuando Byleth se encontraba en duda, usualmente visitaba la oficina de su padre; ya era una costumbre encontrar sabiduría en las palabras de Jeralt. Así que esa ocasión no era una excepción.

—Un asesinato contra Lady Rhea suena como una locura —Jeralt opinó. Había invitado a su hijo a pasar a la habitación. Estaba recargado sobre el escritorio y miraba con interés a su hijo. Incluso él notaba algo totalmente excepcional; pues ahora Byleth expresaba más y más, aunque de poco en poco. Jeralt apartó esos pensamientos de arrepentimientos y prosiguió—: ah… Ya veo. No crees que el objetivo será la vida de Rhea. Muy perspicaz. Crees que esto realmente tenga que ver con el Rito de Reencarnación, pero…si es así, ¿cuál es el objetivo?

Byleth no replicó; movió su mano hacia su rostro y pensó con detenimiento. Jeralt, por su parte, guardó sus comentarios. Ni siquiera antes su hijo había empleado ademanes para expresarse. Decidió guardar su sonrisa.

—Sería bueno investigar un poco.

—Sí, eso mismo pensé —Byleth replicó con neutralidad.

—Mantente atento. Yo estaré en otra misión por el momento, pues la iglesia siempre ha sido rápida para usar a quienes trabajan para ella.

—G-Gracias —Byleth aceptó.

Al salir de la habitación, Byleth anduvo por el corredor que tenía una hermosa fachada por la arquitectura del edificio. El monasterio entero parecía una ciudad de castillo que podría contener a un pequeño pueblo, y Byleth gustaba de esos detalles diminutos.

Durante el camino, la mente de Byleth divagó. Ya había descubierto que para usar esas Reliquias de Héroes era necesario poseer una Cresta Menor o una Cresta Mayor; pero todavía no quedaba claro qué eran esas armas y por qué sólo un grupo determinado de personas podía usarlas. Byleth llegó hasta los jardines que conectaban con los salones de clases y anduvo con rapidez hasta llegar al aula correspondiente a las Águilas Negras. En el interior encontró a Edelgard.

—Profesor —Edelgard dijo con su tono usual—, ¿qué le parece todo esto del complot contra la vida de Lady Rhea?

Byleth se acercó hasta su alumna.

—Es muy improbable que ese sea el objetivo real.

—Pienso lo mismo —aceptó Edelgard con complacencia—, creo que el verdadero objetivo de los enemigos es algo más. Y creo que estará relacionado con el Rito de la Reencarnación.

—Sí. Investigué un poco sobre ese suceso —volvió a expresar Byleth con neutralidad.

—Cierto, usted estuvo distanciado de la Iglesia de Seiros y sus enseñanzas. El Rito de la Reencarnación es un evento sagrado para la iglesia, y se llevará a cabo en el Mausoleo Sagrado.

—Sé que está detrás del altar de la iglesia.

—Sí, es correcto —afirmó Edelgard otra vez con satisfacción—. De acuerdo a la tradición, se dice que la Diosa reencarnará durante este evento.

Poco probable, pensó Byleth. Incluso había escuchado a su padre dar esa misma opinión cuando había sido anunciado ese evento. Byleth tampoco creía que una Diosa pudiera reencarnar sólo porque así lo decía un rito, pero entendía que era una representación de las tradiciones y una manera de mantener la fe viva de la gente que creía en esa religión.

—Sea lo que sea que busca el enemigo, está en el Mausoleo Sagrado.

—Exactamente, mi profesor —Edelgard corroboró—, así que durante la misión será mejor que estemos preparados para encontrar el rostro de esos enemigos.

Byleth afirmó con la cabeza.

* * * *​

Una vez Byleth había confirmado con el resto del alumnado sobre lo que podría pasar en la siguiente misión, decidió usar el resto del tiempo libre para rondar en el monasterio. Había sido llevado por la curiosidad y el deseo de encontrarse con el profesor Jeritza.

El profesor Jeritza estaba cerca de los puntos que solía rondar, así que Byleth no tuvo problemas en encontrarse con el joven enmascarado. Empero, en esta ocasión, Byleth no podía evitar recordar las múltiples falacias sexuales que había generado día con día cada que pensaba en Jeritza. Debido a esto, solía quedarse sin palabras cuando estaba cerca de él, y temía decir alguna tontería por el descontrol de sus impulsos.

—Tú —Jeritza habló una vez encontró a Byleth en las cercanías. Mostraba su rostro serio y su voz incambiable—, eres muy habilidoso…

Byleth sintió una especie de rayo electrizante que había ido desde su cabeza hasta sus pies. Jamás había creído que obtendría una frase así del profesor Jeritza, ni mucho menos dicha como una especie de halago y reproche.

—¿Por qué no peleas conmigo? —la voz de Jeritza mostró un poco de reproche que incluso Byleth logró detectar.

—Yo… —Byleth pensó por una respuesta; empero, su mente recordó aquella broma que había hecho y la vergüenza que había sentido después de sus palabras.

—¡Profesor! —una voz conocida interrumpió las siguientes frases de Byleth.

Byleth y Jeritza contemplaron hacia el frente y vieron llegar al alumno. Linhardt portaba un libro en la mano y lucía feliz.

—Oh, hola profesor Jeritza —Linhardt habló con despreocupación—, ¿están muy ocupados? ¿No interrumpí algo privado y secreto?

Byleth sintió desesperación y un cierto enojo. No comprendía si las acciones de Linhardt eran pensadas con premeditación o si simplemente así era su forma de ser.

—C-Con permiso, profesor —Byleth se despidió de Jeritza y tomó el brazo de Linhardt de inmediato.

A toda prisa, Byleth caminaba todavía sujetando a Linhardt e ignoraba los comentarios sobre los descubrimientos que Linhardt había hecho sobre el Mausoleo Sagrado. Estaba desesperado por el problema que podría ocasionarse si Jeritza malinterpretaba o descubría las intenciones de Byleth, pues no tenía idea de lo que pasaría si alguien de la iglesia se enteraba de su vida privada.

Los dos jóvenes cruzaron por las cercanías de la zona de entrenamiento, luego pasaron por otro edificio que era un tipo baño sauna y llegaron hasta los dormitorios. Byleth soltó a Linhardt una vez los dos estuvieron frente a una banca.

—Profesor, ¿a caso no escuchó todo lo que le dije sobre el Mausoleo Sagrado? —Linhardt preguntó con un tono fingido como si estuviera herido por ser ignorado.

—Sí, Linhardt. Ya habíamos hablado de esto cuando los reuní en el salón de clases. La misión se llevará a cabo y podremos descubrir las verdaderas intenciones de los enemigos una vez inicie el Rito de la Reencarnación. Pero…¿tenías que decir eso frente al profesor Jeritza? —Byleth habló lo más rápido que pudo.

—Cierto, olvidé que usted tiene un gusto por el profesor Jeritza.

—Linhardt… Dijiste que no hablarías de esto.

—Pero estoy hablando con usted, así que no cuenta.

—Estamos en público.

—¿Quiere que vayamos a su habitación o a la mía?

Byleth suspiró con sorpresa. ¿Cuál era el problema de ese adolescente?

—¡Lin! ¡Profesor! —ahora Caspar se unió a la escena—, ¿no vendrán a comer? Edelgard dice que sería bueno hablar de los últimos detalles mientras comemos.

Por unos minutos, Caspar notó la distancia entre su compañero Linhardt y el profesor. Sin previo aviso, y de manera estrepitosas, sujetó el brazo de Linhardt y lo jaló hacia él casi como un impulso sorpresivo para él mismo.

—C-Caspar —Linhardt se quejó—, ¿por qué hiciste eso?

—Ah, yo…pues… Vayamos a comer, ¿quieren?

Por otro lado, Byleth decidió guardar sus comentarios. La reacción de Caspar había sido confusa y poco usual, pues, Byleth podía asegurar, había sido casi como si hubiera sido un acto de celos.

* * * *​

El día del Rito de la Reencarnación llegó con rapidez. El grupo de las Águilas Negras se había preparado con suficiente entrenamiento y estaban más que listos para seguir las órdenes y estrategias de su profesor.

Una vez el grupo se adentró al Mausoleo Sagrado, encontraron a un grupo de enemigos que asaltaba la Tumba mayor, hasta el fondo de la enorme recámara. La mayoría eran magos que usaban una vestimenta parecida a los soldados mágicos de la Iglesia de Seiros, con leves diferencias en colores y otros amuletos extras.

La misión parecía que no presentaría un problema, hasta que un sujeto discrepante a los uniformes de los soldados se hizo presente. El enemigo estaba montado a caballo, con una armadura metálica oscura, con picos en las hombreras y con un casco que simulaba el cráneo de un humano con cuernos. Los ojos del casco resplandecían rojos y hacían un juego con la protección de cuello que era de color rojo también. El arma que usaba era una especie de guadaña oscurecida también, y por si eso no era poco, el caballo donde iba montado estaba cubierto por una armadura negra que terminaba con una protección en la cabeza con cuernos extra como si simulara una bestia demoniaca.

El pánico había invadido a los alumnos, pues el líder del asalto, un hechicero, había pedido al caballero ayudar en la pelea, y había sido nombrado como Death Knight. Empero, el caballero había respondido de manera negativa al decir que no tomaría órdenes de nadie.

Byleth había tomado este mensaje en consideración y había cambiado la estrategia sin problemas; había ordenado a sus alumnos a evitar el contacto con ese sujeto que lucía temible y que encarnaba a la misma Muerte. Los adolescentes aceptaron los comandos y siguieron en combate a su profesor.

La misión continuó con relativa facilidad; pues el Death Knight no había seguido a los estudiantes, solamente a Byleth. Por fortuna, Byleth había dividido en grupos a las Águilas Negras y había conseguido la protección de sus alumnos. Aunque él había tenido que evitar varias veces a ese caballero, ya que su objetivo era defender la tumba que era asaltada.

Una vez Byleth y los alumnos llegaron hasta la zona final, hasta el extremo norte del mausoleo, Byleth intentó impedir al enemigo tomar lo que había en el interior de la tumba. Sin embargo, el mismo mago habló con sorpresa.

—¿Q-Qué rayos es esto? ¿Una espada? —el mago dijo con miedo.

A toda prisa, Byleth reaccionó. Despojó al enemigo del arma bizarra y tomó él mismo la espada. Las manos de Byleth temblaron un poco. Era la misma espada que había visto en el sueño, pero lucía un tanto distinta. La espada frente a él parecía carente de vida, de energía de aquella vitalidad que había mostrado durante la pelea de aquella guerra. Byleth descubrió que el color de la espada era peculiar, pues parecía de un tono hueso, y, literalmente, Byleth podía asegurar que la consistencia de esa arma no era metal, era algo más, algo…vivo.

Antes de que algo más pudiera ocurrir, la espada brilló de forma repentina. Byleth reconoció el color rojizo-naranja, mismo que había visto en sus sueños y en la espada Thunderbrand de Catherine. No tenía idea de lo que ocurría, pero sabía que podía usar ese poder para derrotar a los enemigos. Y así fue. Con facilidad empleó la nueva arma y rompió la protección mágica del mago para derrocarlo sin titubeos.

—Esa espada —resonó la voz metálica y gruesa del Death Knight desde su posición—, ya veo… qué agradable sorpresa.

Y, como si nunca hubiera estado ahí, desapareció aquél misterioso caballero en un pilar de magia púrpura.

* * * *​

—Por ahora La Espada del Creador se quedará en las manos del profesor —Rhea expuso con una calma y satisfacción inusual—, ya que te ha elegido a ti, profesor.

Byleth se había presentado en la cámara del Arzobispo para dar un reporte entero, había llevado consigo a Edelgard ya que era la responsable de la Casa de las Águilas Negras. Por supuesto que estaba sorprendido por las palabras de la Arzobispo y ya había ignorado la discusión y reclamos que ocurría entre Seteth y Rhea. Byleth jamás había escuchado el nombre de una espada así, pero tenía en claro que esa arma era una Reliquia de Héroe.

—Extraño que decidan entregarte La Espada del Creador —incluso la voz de Sothis sonó distante dentro de la cabeza de Byleth—, pero debe ser verdad lo que dice esa mujer. Sobre que te ha elegido. Lo mejor será aceptar la resolución e investigar más por tu cuenta.

—Profesor —la voz de Rhea trajo de vuelta a Byleth—, por ahora pueden estar tranquilos. La espada se quedará en tus manos y sé que utilizarás ese poder para lo correcto. En unos días más te llamaremos para hablar sobre la siguiente misión.

Byleth asintió con la cabeza y salió de la cámara junto a Edelgard. Ni siquiera su alumna había hecho un comentario referente a la decisión de Rhea, pero Byleth temía algo. La persona que había usado esa espada en el sueño había sido el hombre barbado, el líder de los enemigos de la mujer que lucía exactamente como Rhea.

—¿Profesor? —Edelgard rompió el silencio durante la caminata por las escaleras—, ¿sabe sobre la Espada del Creador? ¿Está consciente de lo que eso significa?

Byleth detuvo los pasos y miró a Edelgard. La muchacha hizo lo mismo y mostró un rostro neutral.

—La Espada del Creador fue usada por Nemesis —prosiguió Edelgard—, el Rey de la Liberación. ¿Conoce sobre él?

Byleth negó con la cabeza.

—Oh —Edelgard mostró incredulidad—, no me lo esperaba de alguien que vivió viajando por todo Fódlan. Como sea, Nemesis utilizó esa espada en una guerra contra la Santa Seiros. Fue un rey que buscó algo…diferente. Además, fue bendecido por el poder de la Diosa, ya que poseía la misma Cresta que usted, la Cresta de las Flamas. No sé por qué usted puede usar esa espada, ni por qué posee esa Cresta Mayor que se supongo que nadie había heredado. Se supone que Nemesis no tuvo descendencia. Murió a manos de la Santa Seiros.

, Byleth afirmó en su mente. Recapitulaba con facilidad aquella escena donde Nemesis, ahora sabía el nombre, había sido asesinado por la Santa Seiros.

—Supongo que sería bueno conocer más sobre su propio pasado, profesor.

Entonces, Byleth afirmó con prontitud. Tenía algunas dudas que resolver, y estaba dispuesto a hablar con su padre así pareciera difícil tratar algo del pasado.
 

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Capítulo trece
Profesor 4

Después de haber escuchado la petición extraña de Rhea y Seteth, sobre la misión de recolectar un arma sospechosa de ser una Reliquia de Héroe, Byleth había buscado a toda prisa a su padre. Empero, la oficina del capitán estaba vacía y había costado más trabajo encontrar a Jeralt en todo el terreno del monasterio. Byleth había recibido la ayuda de Seteth, y por fin había descubierto el paradero de su padre.

Cerca de los jardines del este, detrás de los cuarteles militares, había un pequeño cementerio. Jeralt estaba parado frente a una tumba que tenía un par de flores blancas en el suelo de la lápida. Byleth se acercó a su padre. Había esperado unos días para hablar con él ya que había estado en una misión y no tenía mucho de haber regresado.

—Ah, por fin me encontraste —dijo Jeralt con un tono fresco pero decaído—, te había buscado para que vinieras conmigo aquí.

—¿Aquí? —Byleth dudó con neutralidad.

—Sí. Quería que visitáramos la tumba de tu madre juntos.

—¿Mi madre está aquí?

—Sí. Todavía tengo recuerdos de ella al estar en este monasterio. Es como si fuera ayer. Ella amaba las flores y cada que yo regresaba de alguna misión procuraba traer un racimo de flores nuevas. La hermosa sonrisa que mostraba cada que veía las plantas era algo que me hacía muy feliz.

Byleth agachó la cabeza. Había estado decidido a interrogar a su padre sobre su madre, sobre su origen, sobre la razón de la Cresta de las Flamas que poseía. Pero, no había considerado los sentimientos de Jeralt, ni mucho menos que la razón del retorno al monasterio causara dolor.

—¿Sabes? —Jeralt prosiguió con sentimentalismo—, tu madre sonreía más cuando estaba embarazada de ti…fue muy feliz durante esos meses. Ella te amaba, Byleth, te amaba muchísimo. Tú eras su vida, su sol, su todo.

—Entonces…¿ella no murió de alguna enfermedad?

—Ah —Jeralt evadió el tema—, tan sólo escúchame, hablando de sentimentalismos. Debes estar cansado de escuchar a tu viejo decir tantas tonterías. Escucha, quería decirte otra cosa.

Byleth intentó interrumpir a Jeralt, pero su padre sacó un anillo de su bolsillo y lo mostró. Byleth observó la joya de un color plateado con tallados hermosos, con una flor en el centro que hacía una unión perfecta. La flor era de piedras diminutas de un tono morado.

—Este anillo fue algo que yo le di a tu madre, Byleth. Ella era todo para mí. La amaba…todavía la amo, aunque ella ya no esté con nosotros. Quiero que sepas que este anillo será tuyo, y quiero que se lo entregues a la persona que más amas. No tienes que responderme nada ahora, porque no quiero que te sientas presionado por decirme un nombre. Apenas estás conociendo gente nueva, y sé que encontrarás a una personas a quien entregarle esto. Si algo llegara a pasarme, entonces búscalo; busca este anillo en mi oficina.

El momento causó desesperanza en Byleth. No pudo hacer ningún cuestionamiento. No se atrevió, puesto que podría arruinar aquellas palabras dulces y cálidas que su padre había pronunciado. Además, Byleth rondaba en la idea de entregar ese anillo a una persona en algún momento de su futuro. Estaba confundido, y casi atormentado por sus propias emociones y sentimientos. ¿Y si nunca encontraba a quién amar? ¿Y si permanecería solo por el resto de su vida? ¿Y si nunca encontraba quién le amara?

* * * *​

Una noche antes de la misión, Byleth no podía conciliar el sueño. Las dudas eran tantas que sentía una asfixia pesada en todo su pecho. Primero estaba su origen y la razón de la Cresta de las Flamas, luego estaba el hecho de que la iglesia mantenía un interés y control sobre las Reliquias de los Héroes, después estaba el poder político que la iglesia influía y destruía de sus propias ramas si no acataban las órdenes, también la identidad real de Rhea y su relación con la Santa Seiros, luego la razón de la verdadera partida de su padre lejos de la iglesia y su control por que él no tuviera contacto con ese mundo. ¿Qué seguía? ¿Qué más encontraría Byleth en ese mundo de mentiras y sospechas? ¿Por qué era tan importante retirar una arma así de poderosa de las manos de una personas que no poseía una Cresta? Pues, Byleth había sido informado sobre la identidad del ladrón, un tal Miklan, quien era descendiente de una de las casa de la Nobleza del Reino, pero había nacido sin compatibilidad con las Cimeras y sin una Cresta.

Byleth daba vueltas en su cama y mantenía los ojos abiertos. Aunado a todo el caos que ocurría a su alrededor, estaba Sothis y su verdadera identidad. Aunque Byleth ya se había acostumbrado a la presencia de esa niña, y que de vez en cuando decidía hablar como una segunda extensión de su propia mente, no podía ignorar el hecho de que había una conexión entre ella y él. Y, por si todo eso no fuera poco, Byleth no podía evitar pensar en el Death Knight. ¿Quién era ese oponente? ¿Por qué había intentado enfrentarlo sólo a él?

Por unos minutos prolongados, Byleth se desesperó consigo mismo, pues la noche se agotaba y tenía una misión por resolver, y vidas que proteger. Así que se puso de pie y colocó su túnica-playera y sus pantalones grises. Salió de la habitación y anduvo hacia el norte. Pasó por todo el dormitorio y dio una vuelta hacia la izquierda, hasta que por fin llegó al estanque.

El sonido del agua era agradable, ya que causaba paz en los pensamientos de Byleth. Se sentó en la orilla, cerca del muelle y utilizó sus manos para sostener su cuerpo. Ante toda la confusión, disfrutaba del momento que por fin había encontrado frente al estanque. Cerró los ojos e ignoró el peligro, los hostigamientos creados por sus preguntas y cualquier otro pensamiento que pudiera arrebatarle esa sensación.

Unos pasos se hicieron presentes en la cercanía y provocaron que Byleth mirara los alrededores. Jeritza estaba cerca del invernadero y parecía contemplar a Byleth fijamente. El joven mercenario se puso de pie y se acercó hasta el lugar del otro profesor. Jeritza portaba su máscara y sus ropajes mal acomodados, como si se hubiera vestido con prisa.

—H-Hola —Byleth habló con amabilidad.

No hubo respuesta. Jeritza no retiró la mirada fría del rostro de Byleth.

—Eh… —Byleth pensó en algún tema de conversación—, ¿q-qué…?

—¿Qué haces aquí? —la voz de Jeritza sonó plana y un poco baja.

—No podía dormir —reveló el mercenario.

—Mmphmm… Es peligroso.

—¿Peligroso?

A continuación, Jeritza dio un paso hacia Byleth y acortó la distancia. Byleth no pudo reaccionar y quedó helado. Por otra parte, Jeritza levantó la mano derecha y la acercó hacia el cuello de Byleth; empero, se detuvo.

Byleth se movió hacia atrás, pero tropezó y cayó al agua. Con facilidad regresó a la superficie y salió del estanque. Había esperado encontrar a Jeritza cerca de la orilla como acto de ayuda y amabilidad, pero el otro joven ya no estaba en los alrededores. Byleth suspiró con desilusión, regresó hacia los dormitorios y cortó todo pensamiento de esperanza que había creado para convivir con el profesor enmascarado.

Una vez arribó hasta su habitación, entró y retiró los ropajes con prisa. No quería bajar sus defensas, así que dejó las prendas colgadas sobre el escritorio y la silla. Regresó a la cama y se metió entre las colchas. Rápidamente su mente regresó a las dudas. ¿Qué había sido eso? ¿Qué había intentado Jeritza? ¿Por qué había dicho que era peligroso rondar por las noches?

Byleth cerró los ojos y sintió que su cuerpo perdía fuerzas. Se había quedado dormido.

De poco en poco los sonidos se apagaron y luego hubo un movimiento en las cercanías. Parecía como una persona en armadura pesada que se acercaba hasta el joven mercenario. Byleth abrió los ojos y se encontró en un área extensa, casi como el Mausoleo Sagrado. Empero, todo estaba vacío. No había nadie junto a él. Byleth había esperado encontrarse en el clásico lugar donde Sothis solía descansar, ya que podía percibir la sensación de abandono, el aire fresco y…¿traía sus ropas? Estaba vestido como usualmente. Definitivamente estaba soñando.

Otra vez el sonido de una armadura se hizo presente. Byleth dio una media vuelta y encontró a un soldado. El caballero portaba una armadura con picos en las hombreras, era de un color negro y traía un casco de un cráneo con cuernos. Era el Death Knight. Byleth intentó moverse hacia atrás, pero sintió la mano del enemigo sobre su cuello.

—Espero con ansias —dijo el caballero con la voz metálica y profunda que lo caracterizaba—, que nuestras espadas se encuentren en un combate. Espero con ansias perforar tu piel.

Byleth sintió que la presión se elevó en su cuello y no pudo respirar con facilidad. Contempló la imagen estoica del caballero y sintió pavor. ¿De qué hablaba ese sujeto?

Con rapidez, el soldado arrojó a Byleth hacia atrás y, para su sorpresa, su cuerpo chocó con una pared que antes no había estado ahí. El espacio se encogía, parecía que el Mausoleo Sagrado ya no existía. Byleth tosió un poco por el impacto que había recibido, pero otra vez su cuello fue asaltado por la mano del caballero. Byleth había sido elevado unos centímetros del suelo y había quedado casi a la par con el casco del enemigo. La diferencia entre ellos era de unos veinte centímetros.

—¿Qué pasa, mercenario? ¿No usarás la Espada del Creador? —cuestionó el Death Knight.

Byleth tocó el brazo del enemigo con sus dos manos e intentó liberarse, pero era fútil. La fuerza de ese sujeto parecía superior y la armadura impedía el contacto con su piel. Acto seguido, el caballero acercó su otra mano al cuerpo de Byleth y tocó su abdomen sin cuidado y fuerza.

—Si no quieres pelear, entonces…¿quieres algo más? —insistió el caballero—, sé que quieres algo más. No soy estúpido.

¿De qué habla?, Byleth preguntó en su mente. Sentía que el aire se iba de sus pulmones y si no hacía algo pronto perdería el conocimiento.

Sin previo aviso, el cuerpo de Byleth cayó al suelo y ahora tosió con más fuerza. El caballero acortó la distancia y sujetó el cabello de Byleth para arrojarlo a otro sitio. Byleth sintió algo suave debajo de su pecho; ¿estaba en su habitación?, ¿entonces, no estaba soñando? Antes de que pudiera resolver esas preguntas, Byleth sintió una mano someterlo; el Death Knight había sujetado sus dos brazos y los había doblado hacia atrás, también había cortado la distancia y rosaba su armadura con las piernas de Byleth.

El tacto con el enemigo era frío. Byleth ya no portaba sus ropajes, solamente traía su ropa interior. ¡No estoy soñando!, insistió Byleth con prisa al moverse en forma de protesta. ¿Sothis? Pero no hubo respuesta de aquella voz melodiosa de la jovencita Sothis.

De pronto, otra mano bajó la ropa de Byleth y dejó descubiertos sus glúteos. Otra vez el tacto fío se hizo presente. Byleth no gritó, ni gimió, ni causó estragos. Se había quedado perplejo. Ya no intentaba liberarse del caballero, y sólo aguardaba. Había una imagen que regresaba a su memoria. Su cuerpo había sentido algo parecido, pero había estado encadenado y él había sido un niño. Una persona había tocado su cuerpo con depravación y había intentado hacer algo con él. Recordaba el tacto de una mano con un guante, misma que se había movido de manera circular sobre él. Luego, algo había chocado con sus ancas y había asechado su cavidad anal.

Un sentimiento de angustia y desolación invadió a Byleth.

—Mmphmm —el Death Knight hizo un sonido de desaprobación—, ¿a dónde te has ido?

El caballero soltó al joven mercenario y se alejó. Byleth no podía creer lo que recordaba con tanta vivacidad. ¿A caso había sido abusado? No, no, eso no podía ser correcto. Sabía que antes de que aquél mago hubiera podido hacer algo, su padre había llegado y lo había rescatado. Pero él mismo había escondido esas memorias para no sentir aquellas heridas y miedos que esa situación había dejado en él. Ignoró la situación en la que se encontraba y se acomodó debajo de las sábanas otra vez; cerró los ojos y creyó que todo era un sueño. Que nada ocurría, que absolutamente nadie estaba ahí, en su habitación.

—Porque papá vendrá —susurró Byleth con suavidad al quedarse dormido por completo.

* * * *​

Los alumnos regresaron de la misión al monasterio. Todos lucían rostros impactados, deslucidos y deprimentes. Incluso Byleth no tenía ánimos de nada. Habían encontrado algo terrorífico, algo abominable. El ladrón Miklan había sido tragado por la Reliquia de Héroe con forma de una lanza y había sido transformado en una bestia demoniaca. ¿Por qué había ocurrido? La explicación de Rhea había sido esquiva, al decir que aquellos que carecían de una Cresta Mayor o Menor eran objeto de dichas transformación. ¿Y si la iglesia lo había sabido desde un inicio, por qué había dejado esas armas en manos de gente incapaz de sostener ese poder?, ¿por qué habían decidido esconder algo tan importante para evitar más horrores de esos?

Byleth no había tenido ni el humor para interrogar a esa mujer, y estaba molesto. Había expuesto a sus alumnos a un peligro inminente, aunque habían recibido la ayuda de los soldados de Seiros, y de un hombre llamado Gilbert, no había sido suficiente. Tanto él como los alumnos habían sentido miedo ante aquella monstruosidad. Y, lo peor del caso, era que Rhea había dejado en claro que él debía encargarse de inventar una excusa para que los alumnos no tuvieran pánico. ¿Qué clase de misiones eran esas?, ¿por qué la iglesia parecía más una organización política interesada en el control absoluto de la información que una institución de fe y amor que tanto aclamaban ser?

Antes de que Byleth pudiera llegar a su habitación, Jeralt intervino en su camino y le pidió acompañarlo hasta su oficina. Byleth aceptó la petición de su padre y llegó junto a él a la oficina del capitán. Jeralt cerró la puerta con llave y ofreció asiento a su hijo.

—¿Qué fue lo que pasó? —Jeralt preguntó consternado al notar el rostro decaído y obvio de su hijo.

—No quiero hablar de eso —Byleth reiteró con seriedad y molestia real.

Jeralt guardó sus opiniones y decidió sentarse junto a él.

—No te estoy preguntando para que ignores mi petición.

—Bien, ¿quieres saberlo? Aquí lo tienes —incitó Byleth a una pelea—, resulta que estas cosas —señaló la Espada del Creador que había dejado previamente sobre la mesa—, no son “Reliquias de Héroes”, son objetos malditos que tragan personas para transformarlas en demonios. ¿Satisfecho? No quiero hablar de esto.

Jeralt suspiró con enojo.

—Escucha con atención —por fin dijo Jeralt con un tono fuerte; se había puesto de pie y había caminado hacia el escritorio—, no sé qué es lo que piensa esa mujer, pero debes estar en alerta. Rhea no es lo que parece. Quería advertirte de ello, así que ahora ya lo sabes.

—Dime algo —Byleth se opuso con prontitud. Se incorporó y llegó hasta el escritorio para quedar frente a su padre—, ¿qué mierda me pasó hace diez u once años atrás?

—¿Qué? —dudó Jeralt con sorpresa en su rostro—. ¿A qué te refieres?

—Lo sabes bien. Aquella fortaleza a la que fui llevado cuando asististe a los pobladores de la Villa Remire. Donde un sujeto tocó mi cuerpo… Un mago que me quemó la espalda con magia y que me ató con cadenas. Pude recordarlo ayer, ¿sabes? Sé que ese sujeto tocó mi cuerpo e intentó violarme.

El rostro de Jeralt estaba pasmado, lleno de una mueca entre mezclada con horror, dolor y odio. Sus ojos se habían cristalizado y había evitado la mirada de su hijo.

—¿Cómo fue que pasó eso?, ¿por qué lo permitiste? —Byleth insistió.

—No… No… —Jeralt suspiró con fuerza para evitar a las lágrimas salir—. Lo siento tanto, hijo.

—Sé que llegaste a tiempo, pero… En primer lugar, ¿cómo llegué hasta ese sitio? ¿Por qué no te diste cuenta antes?

—Lo intenté, ¿sabes? Te busqué, y me importó una mierda meterme en el territorio de Lord Arundel del Imperio y declararles la guerra. Esos cabrones con sus experimentos extraños y sus juegos de secretos y misterios. ¡No tienes idea de lo que pasé! Por todos los cielos, Byleth, pensé que te había perdido. Y sé que es algo que jamás podrás olvidar. De verdad, lo siento.

Byleth aguardó. Era la primera vez que levantaba la voz ante su padre y hablaba con enojo. No había querido ofenderlo o causar molestias en su padre, pero no podía evitar sentir un cierto abandono por parte de Jeralt.

—Responde… —Byleth decidió cuestionar—, la última misión, antes de llegar aquí al monasterio. Cuando te fuiste con Louis y Vivienne…¿qué fue?

—Byleth —Jeralt encaró a su hijo y mostró un rostro desilusionado—, no necesitas saberlo.

—¿Lo buscaste para vengarte?

La conversación no continuó. Jeralt cruzó los brazos y evitó los ojos de su hijo.

—Me has enseñado que la venganza no es correcta… —Byleth insistió.

—No lo es.

—Y tú lo hiciste.

—No iba a dejar las cosas así. Pero, tienes que prometer que no te meterás en problemas con esa gente. Cometí un error, pero tú no deberás pagar por ninguno de mis errores. Así que no tienes de que preocuparte.

Byleth suspiró, caminó hacia la salida y retiró el seguro.

—Byleth —Jeralt habló con fuerza—, ¿y qué harás? Quiero que tengas en claro algo. Rhea y su compinche podrán pedirte muchas cosas, incluso podrán sacar ventaja de tu capacidad para usar esa espada, pero, ¿y tú? ¿Qué es lo que quieres? Tienes que decidir por ti, Byleth. Y sea cual sea tu decisión, yo estaré orgulloso de ti.

—Quiero dormir —mintió Byleth—, nos vemos después.

Cuando Byleth abandonó la habitación, Jeralt suspiró con pesadez, cubrió su rostro con la mano derecha y sollozó en silencio. Deseaba en lo más profundo de su ser que sus actos de venganza no trajeran consecuencias horrendas para su hijo. Pidió en silencio perdón a su esposa y a su hijo, pues comprendía que esos enemigos podrían atacar en cualquier momento.
 

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Capítulo catorce
La Iglesia de Seiros 1

La chica de nombre Flayn estaba desaparecida. Nadie la había visto salir del monasterio, pero no estaba en su habitación ni en aquellos lugares que solía frecuentar. Casi todos los soldados habían sido movilizados para la búsqueda en los alrededores, así como en los pueblos cercanos a Garreg Mach. Byleth no tenía una relación importante con ella, pues parecía como si la jovencita fuera hermana o sobrina de Rhea; tenía el cabello y ojos del mismo tono verdoso claro que la Arzobispo y Seteth. De acuerdo a la información, Flayn era la hermana menor de Seteth; aunque Byleth creía que su relación familiar era distinta, no quería opinar. La reacción de Seteth había sido más como aquella reacción que Byleth había visto alguna vez en su propio padre, por esa razón creía que el título de hermano mayor era más una farsa para esconder la realidad. Empero, esa era la nueva misión, ayudar en la búsqueda por esa jovencita.

Byleth había llegado por la mañana hasta la oficina de su padre, ya que tenía deseos de disculparse por lo ocurrido la noche anterior, pero no sabía cómo entablaría la conversación ni qué diría respecto a lo que había descubierto.

Jeralt estaba sentado frente al escritorio, había un montón de papeles en el escritorio y un vaso vacío junto a una botella de algún licor de tonos dorados. Byleth cerró la puerta y se acercó a su padre.

—¿Regresaste por la espada? —Jeralt habló sin mirar a su hijo.

—Sí —Byleth recapituló que había dejado la Espada del Creador en la mesita de té. Miró hacia la mesita y encontró el arma. Dio unos pasos hacia ella y la tomó con cautela—, lo…

—Has cambiado mucho, Byleth. Quizás convivir con esos alumnos te haya hecho bien…o tal vez nunca debimos haber dejado el monasterio.

Ahora Byleth sabía que su madre había sido una monja del monasterio, y que había nacido en ese lugar. Aunque Jeralt repetía las palabras de hace unos días, en esos instantes usaba un tono seco para expresarlas.

—Lamento lo que pasó ayer —por fin se atrevió a decir Byleth.

Jeralt abandonó su actividad y contempló al joven mercenario. No hizo ninguna expresión, solamente mostró aquél rostro característico, mezclado entre la tranquilidad y la experiencia.

—No hiciste nada malo. Estás en tu derecho de reclamar. Yo cometí un error y por mi culpa pasaste ese tipo de experiencia.

—Pero me rescataste —agregó Byleth a toda prisa—, llegaste hasta ese sitio y me rescataste.

—Soy tu padre, Byleth, y te he dicho muchas veces que mientras viva y estés junto a mí, voy a protegerte. Eso hacen los padres.

—Entonces, puedes imaginar lo que Seteth está viviendo.

—Sí —aceptó Jeralt la intuición de Byleth—, es una sensación desgarradora. Como si alguien hubiese arrancado un pedazo de tu alma, de tu corazón. Así me sentí aquella vez que no te encontré, hijo.

—G-Gracias —Byleth sintió un poco de pena; incluso se había sentido como un niñato estúpido—, yo…

—Ah, por cierto —Jeralt cambió la conversación de inmediato—, Louis y los muchachos te asistirán en tus misiones de ahora en adelante. De hecho, desde tiempo atrás quería decírtelo…proponértelo.

—Pero son tus mercenarios. Somos.

—Ya no. La iglesia no nos dejará ir tan fácilmente, así que mi título como capitán de los mercenarios se ha terminado temporalmente. Por ahora, ya he hablado con Louis, así que está dispuesto a seguir tus comandos.

Byleth suspiró. Recordaba que sus compañeros de batalla alguna vez habían usado aquél apodo que tanto detestaba.

—Descuida —reiteró Jeralt—, la iglesia pagará por los servicios como si fueran misiones independientes. Yo arreglaré ese papeleo con Louis. Estoy seguro de que no tendrás problemas en liderar al grupo.

—Gracias.

* * * *​

El resto del día se pasó con rapidez. Byleth había estado investigando junto a sus alumnos y había encontrado algunas pistas interesantes. Además, había notado la ausencia del profesor Jeritza. Algunos de los soldados hablaban de que la jovencita Flayn solía rondar por el invernadero, el estanque, la cocina y el gran corredor de la entrada. Sin embargo, nada de eso daba información contundente.

La noche llegó sin reparo, y Byleth decidió revisar en la biblioteca algún otro tipo de información respecto a las Cimeras y las Cretas; tenía dudas referentes a Flayn, ya que, justo como Seteth y Rhea, ella poseía una de las Cretas Mayores menos comunes. Byleth había elegido una de las mesas hasta el fondo, cerca de la estatua trasera de la biblioteca. Había tomado algunos libros referentes a la historia de los otros santos que la Iglesia de Seiros tenía. En especial, estaba interesado en conocer un poco más sobre la Santa Cethleann, puesto que había escuchado a algunos decir que la Cresta de Flayn tenía relación con esa entidad.

Durante un tiempo prolongado, Byleth había concentrado toda su atención en las lecturas y había ignorado que una persona se había unido a la mesa.

—¿Oh? Profesor —la voz de pícara de Linhardt sonó como un susurro calmo—, no sabía que ahora estaba interesado en las enseñanzas de Seiros.

—Linhardt —Byleth dijo sin perder la compostura—, fuiste tú quien mencionó sobre la Cresta Mayor que Flayn posee. Así que por eso decidí investigar un poco más.

—Entonces, ¿cree que ella fue raptada por su Cresta?

—Sí —Byleth replicó sin pensarlo. , insistió en silencio. Tenía una corazonada, pues creía que existía alguna relación en lo que había ocurrido con la jovencita Flayn y lo que él alguna vez había experimentado durante su niñez.

—Profesor —Linhardt aprovechó que Byleth estaba un tanto distraído, así que acortó la distancia y movió la lámpara de aceite para impedir la lectura—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Acabas de hacerlo —renegó Byleth al mirar al muchacho de cabello largo—, está bien. ¿Qué quieres, Linhardt?

—Profesor, no sea así. No quiero incomodarlo o hacerlo sentir enojado —Linhardt susurró pero ahora con sensualidad. Había tocado la mano de Byleth y ya estaba a unos centímetros del rostro de Byleth—. No quiero que piense que soy su enemigo.

—No pienso eso.

Linhardt sonrió con jugueteo. Y, sin previo aviso, besó en los labios a su profesor. Byleth sintió la boca suave de Linhardt sobre su piel y no se movió. La reacción que provocaba un calosfrío leve en el cuerpo de Byleth era nueva; aquella sensación era dulce, agradable y deseable. Linhardt volvió a mover su cuerpo más hacia Byleth y acrecentó el beso; había buscado introducir su lengua en el mercenario. Empero, Byleth tocó el pecho de Linhardt y lo alejó.

—¿Q-Qué estás haciendo, Linhardt? —Byleth dudó con cautela. Miró hacia los alrededores para asegurar que nadie más estuviera ahí.

—Lo que parece, profesor. Quería besarlo.

—No estoy jugando —recriminó Byleth.

—Ni yo.

Otra vez Linhardt insistió. Acorraló a Byleth entre el pilar izquierdo que estaba entre la silla de él y su propio lugar, luego tocó la pierna de su profesor y regresó sus labios a la boca de Byleth. Byleth volvió a percibir otro rayo eléctrico provocado por el tacto de su alumno; estaba nervioso, pues nunca había sido tocado por otra persona y temía que Linhardt, un chico menor que él, pudiera darse cuenta de ello.

—Profesor —Linhardt susurró con un aliento pesado—, no voy a hacerle daño, no esté así de…tieso.

Byleth agachó la mirada e intentó moverse. Sabía que no podía ceder a los deseos del adolescente, ya que era su alumno y él era el profesor. Byleth no creía en la moral de la iglesia, pero sí tenía sentido común cuando se trataba del profesionalismo de llevar a cabo un trabajo; todo aquello lo había aprendido de su padre.

—Linhardt, por favor, retírate —ordenó Byleth.

—¡Linhardt! —una voz sonó cerca del pasillo fuera de la biblioteca—, ¿Linhardt, todavía estás estudiando aquí?

Linhardt y Byleth se movieron con rapidez y tomaron sus posiciones iniciales. Linhardt simuló que leía uno de los libros sobre el escritorio e ignoró los pasos que se adentraron. Caspar lucía un poco molesto y al mirar a los otros dos se sentó de inmediato junto a Linhardt.

—¿Qué están haciendo? —Caspar cuestionó con cierto enojo.

—Investigando, ¿qué más?

—No creo que eso nos de mucha información —Caspar opinó con su mismo enojo.

Byleth suspiró y cerró el libro frente a él. La mirada de Caspar estaba sobre él, y aquello volvió a llamar su atención. ¿Por qué Caspar estaba molesto? Byleth no creía que había ofendido a ninguno de sus alumnos, al contrario, ya había hecho una excelente relación con la mayoría de ellos. Incluso Ferdinand y Hubert, que eran un poco más difíciles para compartir sus opiniones, habían aceptado al profesor. Quizás la única persona que todavía parecía distante era Edelgard.

—¿Por qué piensas eso, Caspar? —Byleth decidió preguntar con entusiasmo y como si hubiera comenzado una clase.

—Porque hay rumores de que la extraña desaparición del profesor Jeritza y que nadie ha visto a la profesora Manuela desde hace unas horas me parece más como una pista que estar investigando no se qué en estos libros.

—Siempre tan salvaje —Linhardt opinó al aire.

—Oye, por lo menos yo sí estoy intentado encontrar a Flayn.

—¿Y tú crees que yo no? —Linhardt preguntó sin interés.

Byleth ignoró la pequeña discusión que los dos adolescentes iniciaron. También tenía la sospecha de que la desaparición de Jeritza era demasiado oportuna. Habían rumores de un caballero que parecía la mismísima muerte y que rondaba en el pueblo cercano a Garreg Mach, y, durante el mes pasado, Jeritza había actuado más misterioso de lo usual; incluso había prestado interés en una de las alumnas de los Leones Azules. Byleth recordaba una de las noches donde había encontrado a Jeritza cerca del estante, con sus ropajes desacomodados, casi como si hubiera tenido que vestirse en un par de minutos.

—¿Profesor? —la voz de Linhardt regresó a Byleth a la realidad—, ¿verdad que las intuiciones de Caspar no son muy correctas?

—Caspar tiene razón —Byleth dijo.

—¡Sí! Lo sabía. Sabía que el profesor comprendería. Pero…¿por qué tengo razón?

Incluso Jeralt había tenido dudas respecto al profesor Jeritza, pues Byleth le había preguntado en una ocasión sobre ese enmascarado. Jeralt había dicho que no era cercano al sujeto y que parecía demasiado serio. Byleth suspiró con profundidad y aceptó que él también lucía serio, pero coincidía que su imagen difería de aquella aura de sangre que Jeritza había mostrado durante esa noche junto al estanque.

—Vayan a dormir —ordenó Byleth con rapidez—, no quiero que se expongan a ningún peligro.

—De acuerdo. Pero nada podrá contra nosotros —Caspar dijo con entusiasmo y aceptación—, vámonos, Lin.

Los adolescentes salieron de la biblioteca con prontitud. Byleth había decidido seguir a los muchachos para asegurar que ningún peligro se acercara a ellos; aceptaba que sentía cariño y consternación por ese grupo de chicos que convivía con él día a día. Había descubierto más que un grupo de niños malcriados, como los había descrito Jeralt, sino que esos jovencitos también habían sido víctimas del sistema de la Nobleza, de las tradiciones erráticas que mantenía la iglesia y de otro tipo de abuso e intimidación creadas por sus propias familias.

Una vez llegaron hasta los dormitorios, Byleth regresó hacia las escaleras pero escuchó algo que llamó su atención. Había sido una especie de grito ahogado de miedo. Byleth se acercó a la puerta de la habitación y tocó con suavidad. Sabía que ese cuarto pertenecía a Edelgard.

—¿Edelgard, estás bien? —Byleth decidió hablar.

—¿Profesor? —Edelgard dudó con cierto miedo—, s-sí.

La puerta se abrió y Edelgard permitió la entrada a su maestro. Byleth dio unos pasos y encontró una habitación bien arreglada, con todos los libros en los estantes, el escritorio ordenado y una alfombra rojiza.

—¿Qué está haciendo a esta hora de la noche aquí? —dudó la jovencita de cabellos blancos.

—Estaba… investigando y leyendo algunas cosas en la biblioteca. Necesitamos… —Byleth detuvo sus palabras y suspiró—, lo siento. Dime, ¿no podías dormir?

Edelgard titubeó. Luego, dio unos pasos hacia adelante y negó con la cabeza.

—¿Podemos hablar en algún otro lugar? —pidió la adolescente.

—Por supuesto.

Con tranquilidad, Edelgard y Byleth llegaron hasta los jardines de los dormitorios y anduvieron hasta el puente que conectaba con la iglesia. Ambos detuvieron sus pasos cerca dela borda y contemplaron las montañas que protegían la parte noreste del monasterio.

—La verdad, es que tuve una pesadilla —Edelgard reveló con una voz desilusionada—, algo que es recurrente.

—¿Qué clase de pesadilla? —Byleth dudó con consternación genuina.

—Estoy en un lugar oscuro, aislado, donde se escuchan los llantos y gritos de otras personas. Mi cuerpo arde de dolor, está cubierto de sangre, está lleno de heridas y es abusado por ese dolor una y otra vez. No puedo hacer nada para evitarlo, porque alguien más está controlando todo esto. Alguien más mutila y destripa a las personas que son usadas para sacrificios; sacrificios que me darán poder.

Ante las palabras de Edelgard, Byleth sintió su sangre helarse. Miró hacia la imagen hermosa y jovial de su alumna; ¿qué clase de sueños eran esos? Byleth intuyó que aquellas imágenes que describía con tanta frialdad, habían sido vivencias reales de esa chica.

—Junto a mí, a mi jaula, están mis hermanos y hermanas, también encerrados. Sus cuerpos están desgarrados, desangrándose, violentados, estrujados, aventados como simple pedazos de carne inservible. Porque ellos no mostraron compatibilidad, porque sus cuerpos no fueron capaces de soportar el poder que el mío sí. Ya han muerto algunos, pero yo veo sus últimos momentos, escucho sus plegarias de agonía, sus súplicas por que todo eso se detenga. Algunos todavía mencionan palabras de redención, para que la Diosa los ayude. Pero no hay respuesta. Porque ninguna deidad nos salvará. Estamos solos, profesor, y todos aquellos que han torturado por estupideces como el poder, las Crestas y Cimeras, la Diosa…no merecen ser vistos como seres humanos.

—Edelgard, dime…¿alguna vez viviste eso?

No hubo respuesta. El silencio permitió a la brisa percibirse como un cántico vacío, pesado y abandonado. Edelgard suspiró y agachó la mirada. Entonces, Byleth decidió aceptar la confianza que su alumna depositaba en él.

—Lo que yo viví no puede ser comparado a lo que tú me estás contando, Edelgard, pero puedo decirte algo —Byleth usó un tono suave para hablar—, algo que había decidido ignorar por mucho tiempo. Cuando era un niño, fui atrapado por alguien, algún enemigo… Mi padre no ha querido decirme la verdad. Pero ese grupo habló sobre experimentos con niños, con Cimeras y Crestas. Incluso pronunciaron cosas como bestias demoniacas. Ahora comprendo que lo que vimos en la última misión tiene alguna relación con ello. Y me molesta que la iglesia lo haya sabido y hayan decidido mantenerlo como un secreto.

—El poder es algo que la Iglesia de Seiros ha deseado siempre, y sus enseñanzas han dejado marcado a Fódlan con un camino lleno de atrocidades como aquellos experimentos. Yo jamás permitiré que la gente sufra lo que yo viví, ya que pienso cambiar eso. La Iglesia de Seiros es sólo una parte del problema…pero es tan fuerte y temible que nadie ha logrado derrocarlos.

Aquella resolución había sonado fuerte y cargada de una promesa profunda. Byleth respetaba esas palabras, pues de cierto modo estaba de acuerdo. La Nobleza buscaba descendientes con Crestas, compatibles con las Cimeras, que pudieran emplear esas Reliquias de Héroes para mantener el control. No era justo, ya que había personas que no poseían ninguna Cresta y eran excepcionales. Byleth reconoció que los mercenarios de su padre eran personas profesionales, personas que habían hecho esfuerzos y habían ganado méritos por sus propias convicciones; entonces, ellos no eran inferiores a esos Nobles.

—Profesor —Edelgard prosiguió—, muchas gracias por escucharme. Pero será mejor que vayamos a dormir… Espero que en algún futuro podamos hablar un poco más.

Con una ovación de respeto, Edelgard se despidió de su profesor y se dirigió hacia los dormitorios. Por otro lado, Byleth decidió aguardar un poco más. Las imágenes que Edelgard había descrito se habían quedado incrustadas en la cabeza del mercenario; ¿cómo había sido posible que una persona pudiera soportar tal horror? Byleth no tenía hermanos, pero incluso el haber presenciado la transformación del bandido Miklan había sido suficiente para causar enojo. Además, no estaba de acuerdo de que el mundo fuera dividido y controlado por unos cuantos, en especial si aquellas familias de la alta política eran capaces de hacer atrocidades a sus propios hijos.

* * * *​

A la mañana siguiente, Byleth había decidido investigar más sobre el paradero de Jeritza. Su corazonada era que la desaparición de él y la profesora Manuela estaban relacionadas con la situación de Flayn. Así que pidió a sus alumnos iniciar una búsqueda extensiva en todo el monasterio.

Para sorpresa de todos, en la habitación del profesor Jeritza, habían encontrado la pista principal. La profesora Manuela estaba inconsciente en el piso, pero Byleth encontraba extraño que nadie había buscado en esa habitación antes; era casi como si la profesora Manuela hubiera peleado contra alguien durante la noche pasada. Uno de los alumnos descubrió un detalle peculiar, la mujer señalaba hacia una apertura detrás de unos muebles. El profesor Hanneman se unió a la escena y pidió a Edelgard ayudar con la profesora.

En la otra mano, Byleth ordenó a sus alumnos seguirlo hasta el interior del corredor escondido. El grupo se adentró hasta una cámara que parecía una especie de laberinto, pero habían encontrado, por fin, a Flayn, aunque había otra persona desmayada junto a ella.

Antes de que el grupo pudiera reaccionar, un caballero apareció. El sujeto portaba la máscara que lo identificaba como el Death Knight. Byleth se colocó frente a él para proteger a los alumnos, aunque su cabeza se llenó del extraño sueño que había tenido con ese sujeto no titubeó.

—Esa espada —sonó la voz metálica y fría del enemigo—. Tú debes… Uno de los dos morirá, y uno de los dos sobrevivirá. Disfrutaré esta danza de la perdición entre tú y yo.

El combate inició casi de inmediato. El Death Knight estaba acompañado de más soldados y magos que usaban armaduras y vestimentas oscuras. Byleth ordenó a sus alumnos e inició la táctica para evadir el mayor daño posible. Sin embargo, Byleth notó, hasta ese momento, que Edelgard todavía no regresaba, y ella se había convertido en la mano derecha para soportar el combate pesado.

Con prontitud, Byleth pidió a Hubert y Ferdinand contener las defensas y apoyar a los demás, pero había pedido a Petra y Dorothea acorralar al enemigo lo más posible. Por su cuenta, él había notado que el caballero negro aguardaba sobre su caballo, con sus ojos rojos resplandecientes que causaban aquella imagen mortífera. Entonces, Byleth corrió hacia uno de los pilares, contrarrestó a uno de los enemigos con facilidad, luego lanzó las llaves que había obtenido hacia Petra. La adolescente, debido a su excesiva velocidad y letalidad, había pasado a tres enemigos sin problemas y había abierto las puertas que separaban el combate de las dos muchachas inconscientes.

Byleth entró hacia la siguiente sección del laberinto, pero rodó por los suelos para esquivar la guadaña del Death Knight. Se incorporó y tocó la Espada del Creador. Si iba a pelear contra ese enemigo, entones debía asegurar una victoria. Byleth cubrió una arremetida con la espada, luego dio un salto acrobático hacia atrás y contraatacó. El caballero sufrió el ataque, pero embistió el cuerpo de Byleth con su caballo. El joven mercenario había sentido una leve perforación en su hombro derecho, pues el caballo de ese sujeto usaba armadura que también podía causar daño. Byleth volvió a atacar y esta vez usó una técnica para dejar mal herido al contrincante.

—Mátenlos —ordenó el caballero enemigo.

Los grupos de soldados lanzaron ataques decisivos y dañaron a algunos de los alumnos. Empero una especie de sombra, que aparecía de un pilar mágico color púrpura, se hizo presente. Era una especie de sujeto que portaba una máscara teatral de porcelana con dibujos de flamas, así como un escudo largo y un hacha pesada.

—Detente —dijo el nuevo desconocido—, ya has tenido demasiada diversión.

—Estás interviniendo en mi juego —recriminó el Death Knight.

—Mmphmm —dudó el otro enemigo casi como si hubiera reprochado por su autoridad—. Tendrás más oportunidades pronto. Por ahora, tu trabajo aquí ha terminado —luego aguardó a que el caballero desapareciera con el mismo pilar de magia—. Nos volvemos a ver. Yo soy el Emperador Flama, y seré yo quien reconstruya el mundo.

Una vez el Emperador Flama desapareció, el grupo se dirigió hasta Flayn y la otra muchacha. Byleth tenía en claro que esos enemigos actuaban de manera organizada y no parecían simples mercenarios o soldados de alguna nación.

—¿Emperador Flama? Suena bastante mal… —Linhardt opinó una vez se colocó junto a su profesor.

—Por ahora llevemos de vuelta a Flayn y a la otra chica —Byleth dio la orden con seriedad.

Al llegar a la superficie, hasta la habitación que había pertenecido al profesor Jeritza, Edelgard se unió a la escena. El resto de los compañeros tomaron sus respectivos caminos, pues algunos tenían que ser llevados a la enfermería junto a las dos muchachas desmayadas; así que sólo se quedaron ella y su profesor.

—¿Oh? —Edelgard habló al notar la expresión en su maestro—, ¿profesor? ¿Podría volver a hacer eso?

—¿Qué cosa? —Byleth dudó y miró con intriga a su alumna.

—Sonreír.

Byleth sonrió de inmediato y él mismo se percató del movimiento de su propia boca. Sintió felicidad, pues habían rescatado a Flayn y habían llegado a tiempo para salvar la vida de la profesora Manuela. Además, ninguno de sus alumnos había muerto, a pesar de que habían enfrentado a un enemigo feroz.

—Me alegra tanto verlo así, profesor. Me hace sentir que hay una calidez en usted. Qué pena que tenga que decirle esto, pero al inicio pensaba que era…como una especie de…no sé cómo decirlo. Me daba cuenta de que no mostraba emociones en su rostro, y eso me daba un poco de miedo.

—No te preocupes, no me molesta que lo menciones.

* * * *​

Las festividades habían llegado casi de inmediato al rescate de la jovencita Flayn. Había nuevas misiones, pero esta vez no sería algo tan peligroso como en el pasado. Además, Byleth había sido informado de que ahora enseñaría a Flayn, la supuesta hermana de Seteth, y, aunque no tenía nada en contra, había aceptado sin más.

Durante uno de los días libres, Byleth había decidido rondar por el monasterio; había tenido la ilusión de encontrar la figura estoica de Jeritza cerca de la zona de entrenamiento, pero ahora sabía que Jeritza era, en realidad, ese caballero negro que parecía la Muerte. Por supuesto que estaba decepcionado de ello, aunque no podía mostrarlo. La mente del joven se disipó de dudas una vez llegó hasta la zona de comercio y entrada del monasterio. Byleth había decidido hablar con los mercenarios de su padre, ya que durante la última misión hubiera querido tener ayuda extra.

Cerca de la entrada principal, estaba la tienda de campaña de color rojizo que caracterizaba a los mercenarios de Jeralt, además de que había un bordado único que era reconocible para Byleth. Fuera de la campaña estaba Louis y Altamira; ambos estaban sentados en unos barriles y hablaban de manera cotidiana.

Cuando Byleth quedó frente a los dos hombres, arrojó una sonrisa honesta; estaba feliz de volver a trabajar con ellos, y más si su padre había aceptado dejarlo a él al mando.

—Hola, Louis, Altamira —Byleth dijo con cotidianeidad.

—¡Hey! ¡Chico! —Louis saludó a Byleth con emoción—, ¿cómo te va? Oh, cierto, ahora debo dirigirme a ti como “profesor”.

—No, en realidad no. Ustedes pueden llamarme por mi nombre —replicó Byleth con el mismo entusiasmo que Louis.

Tanto Louis como Altamira se contemplaron el uno al otro y luego regresaron su interés a Byleth. Ninguno de los dos nunca había viso a Byleth mostrarse así, alegre, como una persona común y corriente.

—El Capitán Jeralt dijo que la iglesia nos contratará siempre y cuando sirvamos bajo tu mando, así que… Dinos, ¿qué es lo que vas a necesitar?

—El próximo evento será una pelea masiva entre las tres Casas de la Academia; es como una especie de recordatorio histórico de una guerra que hubo entre el Imperio y el Reino… —Byleth dudó por unos segundos—, bueno, en realidad no sé si es un recordatorio, pero a mi me sonó a algo así como…”una tradición que no se debe olvidar”.

—Sí, la Batalla del Águila y el León —confirmó Louis.

—Me gustaría que pelearan junto a mí. Algunos de mis alumnos ya están listos para tener a sus propios batallones, así que también vine a buscar opciones para ellos. Sé que los otros alumnos tendrán apoyo de batallones, así que… ¿Podrían?

Louis se rió con entusiasmo, luego se acercó a Byleth y tocó su hombro como si fuera un hermano.

—No tienes que pedirlo, chico, sólo tienes que decirlo y ya. Ahora eres el jefe…momentáneo. Hasta que tu padre decida salir de este lugar.

Hasta ese momento, Byleth no se había percatado de la verdadera relación que Louis y su padre tenían. Sabía que Louis había seguido a Jeralt casi toda su vida, y era el mercenario con más años de experiencia bajo el comando del Capitán Jeralt. Además, Byleth recordaba, Louis era quien siempre había acompañado a su padre en los momentos de planeación así como de diversión.

—G-Gracias —Byleth dijo con un poco de timidez.

—¡Wow! —Louis expresó con sorpresa.

Incluso Altamira se mostraba incrédulo por lo que veía.

—¡Nunca te había visto sonrojarte! —Louis rió con alegría—, por fin ha llegado el día en que gané una apuesta contra tu padre. Sabía que lo único que necesitabas era convivir más con niños de tu edad. Y, claro, una hermosa chica.

—¿U-Una chica? —Byleth preguntó confundido—, ¿de qué hablas?

—Bueno, algunas de tus alumnas son casi de tu edad, y son bastante bonitas. Si yo fuera joven de nuevo, y me hubieran ofrecido un trabajo como el tuyo, ya habría hecho un sinfín de movimientos con todas mis alumnas.

—¡Louis! Por favor, no seas irrespetuoso.

Louis rió otra vez.

—Además —Byleth aclaró—, no tiene nada que ver que tenga alumnas. Tengo alumnos, chicos y chicas.

—Pero la timidez de un hombre desaparece con ayuda del cuerpo de una mujer.

—Claro que no —reprochó Byleth.

—Louis, deja al chico en paz —Altamira se interpuso al notar el rostro de vergüenza de Byleth; además, él sabía que Louis se equivocaba, pero respetaba al hijo de su capitán, por lo que prefería guardar silencio—, ya hemos dejado en claro que apoyaremos a Byleth en la siguiente misión. Deja de fastidiarlo.

—Claro, claro —Louis aceptó—, entonces, por fin regresaremos al combate. Oye, ¿pero tenemos que contener nuestros ataques contra esos mocosos?

—No —repuso Byleth—, de hecho es mejor si experimentan combate real. Así que no les voy a pedir que hagan eso.

—Perfecto. Estaremos a tu lado en cada pelea que lo necesites, chico.

—Gracias.
 

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Capítulo quince
La Iglesia de Seiros 2


—Estoy seguro que ganarás sin problemas; además, los mocosos te adoran y confían en ti —la voz de Jeralt sonó en toda la habitación. Estaba preparando algunos objetos en las bolsas de viaje, por lo que se mantenía de espaldas del escritorio.

Byleth estaba cerca del escritorio y contemplaba lo que su padre hacía. Si Jeralt se preparaba para una misión, debía ser una misión larga y que tomaría más de una semana. De cierto modo, Byleth había deseado que su padre contemplara la batalla del Águila y el León, ya que deseaba su opinión sobre los avances que hacían él y su clase.

—No vendrás, ¿verdad? —Byleth dijo con desilusión.

—No. Tengo una misión importante y…algo peligrosa.

—¿Peligrosa?

—Descuida, no moriré. No voy a dejarte solo.

Byleth dio unos pasos hacia su padre y se atrevió a tocar el brazo de Jeralt. Jeralt, por su cuenta, detuvo su actividad y miró a su hijo. Las cosas habían cambiado tanto, que ahora tenía planeado contar toda la verdad, aunque fuera después de resolver algunos asuntos pendientes y descubrir los planes de Rhea.

—Ganarás —Jeralt acortó la distancia con su hijo y tocó el rostro de Byleth. Había pasado mucho tiempo desde que hacía un mimo a su niño, y aunque Byleth ya no era un pequeño, para Jeralt siempre sería como aquél chiquillo que había buscado su calor cada que sentía miedo—. Estoy seguro de que ganarás. Eres un gran líder, hijo.

—Papá… —Byleth pronunció con sentimentalismo y sonrió con cariño.

Jeralt guardó su sorpresa. Desde muchos años atrás, Byleth había dejado de llamarlo como “papá”; así que volver a oír esa palabra salir de los labios de su hijo era algo sumamente especial. Jeralt se sintió completo, lleno de vida, de esperanza, como si todas sus preocupaciones pudieran desaparecer.

—No descuides la guardia frente a Rhea y su mano derecha, ¿okay? —pidió Jeralt con paternalismo—. Y…si no regreso, quiero que busques en cada rincón de esta habitación, ya que te dejaré algo. No preguntes nada por ahora.

—Sí, está bien —dijo Byleth al asentir con la cabeza y aceptar las palabras de su padre.

* * * *​

Las Águilas Negras habían arrasado en el campo de batalla bajo el comando de Byleth; habían derribado a más unidades de las Casas enemigas y habían dominado todo el perímetro sin ningún problema. El liderazgo de Byleth era tan notorio que tanto profesores como alumnos habían hecho comentarios de halago durante todo el día.

Después del combate hubo una celebración. Todos los alumnos habían decidido reunirse y disfrutar de la festividad del mes. Incluso Byleth había participado con ellos durante un tiempo; pero a cierta hora había regresado a su habitación.

Byleth se había sentado y había retirado la armadura y gabardina; estaba cansado y su mente divagaba en algunos hechos. No sabía qué clase de misión su padre había aceptado por parte de la iglesia y… Jeritza, Byleth pensó con desánimos.

Antes de que el joven mercenario se acostara sobre el colchón, la puerta fue tocada y una voz conocida había llamado a Byleth como profesor. Byleth se puso de pie, caminó con rapidez y abrió la puerta. La imagen de Linhardt con su uniforme oscuro, su cabello sujetado y su rostro tranquilo aguardaba frente a la puerta. El adolescente sonrió con emoción y se acercó a Byleth.

—¿Puedo pasar? —preguntó Linhardt con determinación.

—No —replicó Byleth prontamente.

—¿Por qué? ¿O es que prefiere que nos vean aquí?

—Ve a tu habitación, Linhardt.

Empero, el adolescente acortó la distancia aun más y tocó el pecho de su profesor como un mimo no deseado.

—¿Está seguro, profesor?

—Linhardt… —Byleth habló con cierta molestia.

Sin previo aviso, Linhardt consiguió abrir la puerta y se adentró a la habitación con rapidez. Byleth titubeó; no estaba de humor para los juegos de Linhardt, y tampoco tenía intenciones de involucrarse con él.

—¿No va a cerrar la puerta? —Linhardt preguntó con descaro.

Byleth cerró la puerta, dio una media vuelta y contempló a Linhardt. El adolescente estaba recargado sobre el escritorio y sostenía la mirada de su profesor.

—¿Qué quieres, Linhardt?

Linhardt caminó hacia el mercenario y tomó sus manos, luego entrelazó los dedos y acercó su rostro hasta Byleth.

—Quiero besarlo, profesor —susurró Linhardt.

Byleth aguardó con una imagen neutral.

—Además —prosiguió Linhardt al llevar su boca hasta la oreja del otro muchacho—, sé que no tiene experiencia.

—Suficiente —pidió Byleth.

—Yo puedo enseñarle muchas cosas, profesor. Sé lo que un hombre como usted necesita.

Con rapidez, Linhardt se hincó y bajó el pantalón de Byleth. Por otro lado, Byleth reaccionó con movimientos torpes y tocó la cabeza de Linhardt. El adolescente no desistió y acarició el miembro del mayor por encima de la ropa interior.

—No, Linhardt, por favor, no hagamos algo de lo que podamos arrepentirnos —Byleth dijo con un suspiro.

Pero Linhardt no obedeció. Ya había bajado la trusa del joven mercenario y había usado sus dos manos para estimular al profesor. Byleth sintió su cuerpo encenderse; las manos de Linhardt hacían movimientos precisos, hasta que otra sensación se hizo presente. Ahora la calidez envolvía el miembro completo de Byleth; era una calidez húmeda que se movía suavemente.

—Ah…ah… —Byleth fue incapaz de impedir a su voz salir. Podía sentir el calor en sus mejillas, en su rostro, en su ingle, en su cuerpo entero—, n-no… L-Lin… ¡Ah!

Ante los gemidos de Byleth, el adolescente utilizó su lengua para satisfacer a su profesor. Byleth sintió que no podría soportar el placer; sus piernas temblaban, pues nunca antes alguien había dado aquél tipo de atención a su cuerpo.

Como un soldado derrotado, Byleth retiró el rostro de Linhardt de su piel y dejó a su cuerpo sentarse en el piso. Linhardt sonrió con complacencia; su piel pálida estaba sonrosada y había aprovechado el momento. El beso del adolescente fue cálido y tierno, pero algo que Byleth no esperaba.

—Profesor, ¿podría abrir su boca un poco más? —preguntó Linhardt con una voz sensual.

Byleth tragó saliva. Se odiaba en esos momentos por no controlar su cuerpo frente a uno de sus alumnos. Empero, aceptaba también que todo eso se sentía bien, y que mantenía su mente ocupada en algo que no fuera una preocupación mayor. Byleth acató la petición y abrió su boca un poco más. El adolescente tomó la ventaja y no esperó ni un segundo; el beso se incrementaba de poco en poco. Las lenguas de ambos se entrelazaban y danzaban a un ritmo lento y denso; los sonidos llenaban los oídos de ambos, y Byleth podía sentir su miembro estimularse más por aquél hecho.

Sin interrumpir el beso y la respiración entrecortada, Linhardt bajó su mano hacia el abdomen del mayor, luego hasta la ingle y por fin aprisionó su pene para excitar todavía más a su profesor. Byleth gimió de entre el beso y dejó a su cuerpo topar contra la puerta y pared; usaba sus manos para recargarse. Mientras que Linhardt usaba la otra mano libre para bajar su propio pantalón y retirar las botas y su ropa interior.

Sin previo aviso, Linhardt rompió el beso; respiraba con profundidad y su expresión era bastante erótica. Las mejillas rojas, incluso una parte de sus orejas, y sus ojos llenos de pasión eran suficientes para deleitar la mirada del joven mercenario. Byleth contempló con reproche al menor, pero observó a Linhardt acercarse más a él e inclinar su cabeza.

—No, Linhardt —Byleth intentó protestar. Estaba casi al límite y si Linhardt usaba su boca otra vez, entonces llegaría al clímax—, ah…¡ah! E-Espera… Ah… Lin…

Otra vez Linhardt abandonó la actividad y se sentó sobre el regazo de Byleth. Usaba su mano para posicionar el pene de su profesor en su propia entrada anal. Byleth contempló sorprendido y lleno de incredulidad. Estaba a punto de tener sexo con uno de sus alumnos, con Linhardt. Así que, usando más la razón que el deseo, Byleth detuvo a Linhardt. Alejó al adolescente, se puso de pie y dio unos pasos hacia la pared.

—S-Será mejor q-que te vayas… Linhardt —Byleth dijo con agitación.

—¿Por qué? Todo iba bien —Linhardt se incorporó y dio un paso hacia el mayor.

—Dije que te fueras —ordenó Byleth con fuerza.

Linhardt agachó la mirada y suspiró. Mostraba dolor y desilusión.

—Pensé que… Estaba interesado en mí, profesor. Creí que si le demostraba que…siento algo por usted, entonces usted se olvidaría de Jeritza.

—Linhardt, no siento nada por Jeritza, y tampoco siento nada por ti —mintió Byleth en una parte de su revelación.

—¿Por qué? ¿A caso no soy suficiente? —reprochó el adolescente.

—No es eso.

—¿Entonces?

—Vete, Linhardt. No quiero hacerte daño. No siento nada por ti y esto está mal. Soy tu profesor, y…no es correcto que hagamos algo de lo que te podrás arrepentir toda tu vida.

Linhardt suspiró con cierto enojo. Alzó el rostro y mostró sus ojos cristalizados.

—Usted me gusta, profesor, y mucho. ¿No podríamos intentarlo?

—No; no en esta situación —insistió Byleth.

—¿En esta situación? ¿De qué? —empero Linhardt acalló al escuchar una voz en las cercanías.

—¡Lin! ¡Linhardt! ¡Mierda! ¿Dónde te metiste? —resonó la voz con desesperación.

—Caspar —susurró Linhardt—, agh… ¿Qué quiere? Siempre interviene en los momentos más oportunos.

—Es porque le gustas —Byleth dijo con un tono seguro—, tiene celos de mí.

—¿Qué?

De manera imprevista, la puerta fue tocada con fuerza.

—¿Linhardt? —Caspar preguntó—, profesor, ¿está ahí?

Ninguno de los dos jóvenes de la habitación replicaron. Sus cuerpos todavía estaban un poco excitados y sus ropajes estaban desacomodados. Byleth se movió con rapidez y acomodó su pantalón. Linhardt, por su cuenta, negó con la cabeza; entonces, se acercó más a Byleth y lo besó con calidez.

La puerta se abrió, puesto que no tenía el seguro, ya que Byleth había olvidado colocarlo. Caspar dio unos pasos y encontró la imagen de los otros dos besándose. Acto seguido, Caspar se acercó a los dos y los distanció.

—¿Qué mierda están haciendo? —pidió Caspar con una voz de disgusto.

—Oh… Caspar, ¿qué quieres? —Linhardt dijo con desinterés. Ya había comenzado a subir su pantalón y acomodar su ropa—. ¿Acaso no es obvio? Estábamos besándonos. ¿No me digas que no tienes idea de que es eso?

—¿Q-Qué? —Caspar volvió a preguntar, pero ahora con un tono herido—, ¿p-por qué se estaban besando? ¿Profesor? —se dirigió al mayor—, ¿qué significa esto?

—Muy simple, Caspar —Linhardt se interpuso entre su compañero y el profesor—, cuando dos personas sienten atracción mutua y desean tener intimidad, pueden demostrar ese deseo a través de un beso. Por si no te has fijado, amigo, siento una atracción profunda por el profesor Byleth y había venido aquí para pedirle sexo.

—¿S-Sexo? —Caspar cuestionó perplejo—, pero… Es un hombre, Lin.

—Me gustan los hombres, Caspar, por si no lo habías notado tampoco. Y te haces llamar mi amigo.

De forma pronta, Linhardt empujó a Caspar y salió de la habitación sin decir otra palabra más. Por otro lado, Caspar arrojaba una mirada de confusión, desilusión y disgusto hacia el profesor. Byleth suspiró y evitó la mirada de su alumno. Lo que menos había deseado que ocurriera había pasado; habían sido descubiertos.

—Caspar —Byleth buscó palabras para explicar la situación—, escucha… Linhardt y yo…

—Lo sé —Caspar aceptó y bajó la guardia—, sé que a Linhardt le atraen los hombres y no las mujeres, y sé que él está enamorado de usted, profesor.

Aquella respuesta sorprendió a Byleth.

—Pero… ¿Y, usted?, ¿siente algo por él?

—No. Detuve a Linhardt antes de que cometiera un error.

—Un error. ¿Qué clase de error? ¿Acostarse con usted?

—Es mi alumno, Caspar. No es correcto. Además, justo como se lo dije a él, no tengo sentimientos por él.

—¿N-No? —el adolescente dudó con emoción. Había mostrado una sonrisa.

—No. No tengo sentimientos por él. Pero él sí por mí y… Escucha, Caspar, Linhardt te va a necesitar mucho, más ahora que ha sufrido una decepción por mi culpa.

—¿Y-Y… Yo qué puedo hacer?

—Estar junto a él, escucharlo, mostrarle simpatía, hacerle saber que no está solo, que la decepción en el amor no es lo peor. Sé que…algún día él encontrará a alguien que lo quiera, que esté junto a él por el simple hecho de ser quién es. Tú eres su amigo, Caspar, y los amigos eso hacen. Los amigos están ahí, en los momentos más difíciles, los más felices, los más tristes…

—D-De acuerdo —aceptó Caspar—, y…¿podría preguntarle algo, profesor?

—Claro.

—¿A usted también le atraen los hombres?

Byleth suspiró con fuerza. Si mentía, entonces sus palabras habrían quedado vacías de significado real.

—Sí —reveló Byleth—, a mí me atraen los hombres. Eso lo descubrí cuando era un niño. Y supongo que Linhardt también lo descubrió a temprana edad, pero, a diferencia de mí, él tuvo que esconderlo todo el tiempo. Al parecer la Nobleza del Imperio es igual que en cualquier otro lugar, con las intenciones de controlar a sus descendencias.

—Si el primer hijo porta una Cresta, entonces el resto serán ignorados; lo sé, profesor… Aunque a mí no me importa quedarme como heredero legítimo de mi familia, sé que hay personas que han tenido que sufrir por todo este sistema. Pero… —suspiró el adolescente—, yo confío en Edelgard.

¿Edelgard?, Byleth pensó con sorpresa.

—Descuide, profesor —Caspar sonrió con calidez—, no le diré a nadie de esto. Esté tranquilo, y tenga por seguro de que ayudaré a Linhardt con todo lo que pueda.

—Gracias, Caspar.

* * * *​

La reunión en la cámara del Arzobispo había tomado un giro oscuro. Los rostros de Jeralt y Byleth demostraban preocupación al recibir la noticia que Manuela y Shamir, otra de las soldados de la iglesia de Seiros con una apariencia jovial y un cabello oscuro y corto, habían reportado, puesto que el tema de conversación estaba centrado en la Villa Remire y una supuesta infección.

La mente de Byleth se desvió un poco de las palabras de la profesora Manuela, sus memorias en la Villa Remire eran variadas; aunque casi todas eran positivas. Era cierto lo que su padre había dicho, ellos le debían a esas personas. En muchas ocaciones Byleth había sido cuidado por el anciano Georg mientras su padre y los mercenarios se encargaban de sacar a los bandidos de los alrededores. La gente de la taberna local siempre había recibido con emotividad a Jeralt y a sus hombres, así como las personas de las posadas. Del mismo modo, la Villa Remire había sido uno de los lugares que Byleth había frecuentado más, y conocía a algunos residentes, y recordaba los tratos siempre amables.

Al final, el grupo había decido que movilizarían a los soldados cuanto antes para revisar la situación, mientras que Byleth debía preparar al grupo de las Águilas Negras antes de partir hacia el sur del territorio del Imperio.

El Capitán Jeralt y Byleth abandonaron la cámara del Arzobispo y llegaron hasta los jardines frente a las aulas. Ambos hablaban sobre las posibilidades que podrían encontrar en la villa; empero, Byleth sintió un estruendo, como una punzada de dolor profundo, justo como si algo filoso hubiera perforado su pecho y su corazón.

Byleth perdió la noción del sonido y después su visión se quedó completamente oscurecida. El cuerpo de Byleth parecía sumergirse en una especie de vacío, y sentía que caía en picada hacia la profundidad de algo más que ese vacío. ¿Qué había sucedido? Aunado a eso, el cuerpo del joven mercenario había quedado paralizado, como si algo, o alguien, hubiera echado un conjuro mágico contra él. Byleth sintió el suelo chocar con su cuerpo y de repente pudo reconocerse en la realidad. Abrió los ojos y se puso de pie.

—¡Chico! —Jeralt gritó y ayudó a su hijo a levantarse—, ¿estás bien?

—Oh —la voz de Sothis se hizo presente como el clásico eco en la mente de Byleth—, yo también lo sentí. ¿Qué habrá sido? Aunque estoy segura de que no ha sido la primera vez que experimento algo así.

—D-Descuida —Byleth dijo—, sólo me sentí un poco mareado.

—Si te sientes mal, será mejor que regreses a la enfermería. No necesitas actuar como si todo estuviera bien, más ahora que nos necesitarán en la Villa Remire.

—S-Sí, lo sé. No te preocupes. Si me siento así otra vez, iré de inmediato a la enfermería.

Al término de la conversación, Byleth se despidió de su padre y se dirigió al salón correspondiente para hablar con sus alumnos; empero, se detuvo al escuchar la voz de Hubert y Edelgard. Los adolescentes parecían hablar sobre algún evento del pasado, luego sobre el acenso al trono por parte de Edelgard. Quizás esos dos jóvenes tenían planes por su cuenta, y Byleth no pudo ignorar que deseaba saber qué ocurría con esos dos.

Byleth continuó con su camino y se hizo presente para ambos jóvenes.

—Tenemos una nueva misión, así que debemos prepararnos —dijo Byleth con neutralidad.

—Sí, hemos escuchado los rumores sobre la Villa Remire —aseguró Edelgard—, pero…

—Pareciera que alguien ha actuado para que todo esto pasara así —Hubert complementó—, así que debemos ser precavidos, pues podríamos encontrarnos con los responsables en ese pueblo.

—Sí, probablemente —Byleth replicó—, pero no debemos iniciar suposiciones sin tener más información. Reúnan a los demás para revisar los detalles.

—¿Profesor? —Edelgard intervino—, ¿se encuentra bien?

—No es nada. Por favor, chicos, necesitamos estar listos para partir una vez los soldados regresen con la información de toda la situación.

—De acuerdo —aceptaron Hubert y Edelgard.

Cuando los dos adolescentes salieron del aula Byleth contempló el ventanal detrás del escritorio. ¿Por qué en la Villa Remire? ¿A caso todo eso tendría que ver con aquella misión de venganza que su padre había llevado a cabo en el pasado?, ¿o estaba conectado a algo más que parecía imposible de detectar? O, Byleth se atrevió a considerar, ¿alguien quiere darnos un mensaje?
 

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Capítulo dieciséis
La Iglesia de Seiros 3

La escena era desalentadora. Los pobladores se atacaban unos a los otros, pero aquellos que daban el primer paso agresivo lucían fuera de sí, como si algo manipulara sus cuerpos y los empujara a actuar así. La persona que parecía controlar aquél incidente estaba colocado hasta el extremo sur, cerca de la colina donde se posaba el molino; había usado la apariencia de Tomas, el bibliotecario del monasterio, pero, por fin, había revelado su verdadera identidad. El mago anciano y con aspecto bizarro, tenía los ojos oscurecidos de manera antinatural, sus venas resaltaban de su piel gastada y pálida, su cabello gris estaba un poco largo y sus vestimentas eran oscuras; había dicho que su nombre real era Solon.

Con ayuda de Jeralt, las Águilas Negras habían tomado el centro de la villa y se dirigían hasta el enemigo. Empero, Byleth había tomado hacia el este para rescatar a unos cuantos pobladores, y se había encontrado al caballero oscuro, el Death Knight.

Byleth dejó a dos de sus alumnos fuera de la pelea contra el caballero enemigo; sabía que el combate central estaba más activo debido a los subordinados que defendían al anciano. Byleth utilizó la Espada del Creador y llamó la atención del enemigo. El Death Knight hizo unos movimientos hacia el mercenario, pero no había intención de matar en esos ataques; en realidad, el caballero enemigo había dejado que Byleth se adentrara hasta los bosques de la colina y se alejara de la batalla.

Cuando Byleth llegó hasta una zona boscosa, se percató de que únicamente estaban ellos dos. El joven mercenario no bajaba la guardia y estaba listo para recibir cualquier ataque.

—¿Pelearás? —dijo el caballero con la voz que distinguía su atuendo—, ¿o esperarás?

Byleth corrió hacia el enemigo e intentó atacar; empero, el caballero contrarrestó la embestida y arrojó el cuerpo de Byleth hasta el tronco de un árbol. Bajó del caballo y arrojó unas dagas que dañaron la piel de Byleth y lo hicieron quedar sobre la madera del árbol. El enemigo se colocó frente a Byleth y aguardó. Por otro lado, Byleth aceptó que no sentía miedo frente a ese sujeto; así que se preparó para atacar.

—¿No querías pelear? —dudó Byleth al hacer un esfuerzo por sostener su cuerpo por las heridas. La Espada del Creador había quedado sin brillo, pero no podía mover su cuerpo con libertad debido al dolor y a una de las heridas que era un tanto profunda.

—La última vez tu mente divagó.

—¿Q-Qué? —Byleth dijo presuroso.

De acuerdo a lo que recordaba, Byleth sabía que ya había enfrentado a ese enemigo y había ganado; por esa razón no temía iniciar combate directo contra él. Pero no había dejado que su mente divagara durante una pelea, aquello era un error fatal. Sin embargo, había otra escena que lucía como un sueño; la noche donde había encontrado a Jeritza y al regresar a su habitación había sido visitado por la imagen de ese enemigo. ¿Había sido realidad?

El rostro de Byleth mostró incredulidad, pero no retiró la mirada del caballero.

—¿De qué estás hablando? —Byleth pregunto con un tono tranquilo.

—¿Quieres que te ayude a recordarlo?

Al decir esto, el Death Knight levantó el brazo y llevó la mano hasta el cuello del mercenario. Byleth sintió presión y el tacto frío por los guantes del caballero. El enemigo dio otros dos pasos más y quedó a centímetros del joven; Byleth recordaba el incidente y deseaba liberarse de esa situación lo antes posible.

—Yo quiero pelear —dijo el Death Knight—, pero, ¿y tú? Te dije que no era estúpido.

Antes de que la escena pudiera continuar, unas voces se escucharon en las cercanías. Eran algunos mercenarios y estudiantes que buscaban a Byleth. El caballero soltó el cuello del muchacho y dio unos pasos hacia atrás; sus movimientos eran lentos y su imagen, aunque temible, también estoica. Byleth tenía la idea de que ese sujeto era Jeritza, pero no se atrevía a incriminar sin pruebas.

El enemigo montó al caballo con armadura y desapareció una vez Jeralt y otros arribaron hasta la zona. Jeralt ayudó a su hijo y se cercioró de que estuviera bien. Mientras que Byleth dudó; dudaba una y otra vez. Ese sujeto deseaba desesperadamente pelear contra él, y los comentarios de Jeritza durante su estadía en el monasterio habían estado repletos de referencias a tener un combate. Así que Byleth decidió una cosa; decidió que olvidaría aquella sensación de calor y curiosidad que alguna vez había sentido por ese joven enmascarado.

* * * *​

Al terminar la misión, Byleth y su padre tuvieron un tiempo para revisar las pérdidas de la gente de la villa, aunque habían sido interceptados por el Emperador Flama, Byleth había creído excesivamente bizarro aquél encuentro. El Emperador Flama había pedido, casi descaradamente, que Byleth se uniera a él. Incluso había dicho que no tenía conexión con Solon. Sin embargo, si no era así, ¿entonces, por qué había obligado al Death Knight a no matarlos durante el Rito de la Reencarnación? Byleth tenía cierta confusión y creía que no podía juzgar tan fácilmente a los enemigos sin antes conocer sus intenciones.

* * * *​

El siguiente mes comenzó con una noticia espectacular para los alumnos, el monasterio organizaría un gran baile y haría una competición de danza cortés entre los alumnos de las tres Casas. Sin embargo, Byleth había sido informado que su padre estaría fuera por otra misión, y había perdido la oportunidad para hablar con él.

Los alumnos habían estado en exceso emocionados, incluso después de los últimos incidentes. Hasta hablaban entre ellos sobre una leyenda de amor que estaba relacionada con la Torre de la Diosa. Byleth había olvidado aquellos pequeños detalles que alguna vez había aceptado sobre su propia persona, y había decidido simplemente no pensar en nada durante esos sucesos.

Para la competición de la Copa de la Garza, Byleth necesitaba seleccionar a una persona para demostrar sus talentos en un baile; la selección había sido fácil, pues una de sus alumnas tenía experiencia en las artes escénicas.

Byleth había encontrado a Dorothea en los jardines junto al gran comedor y había pedido que ella fuera la representante de las Águilas Negras. Dorothea había aceptado con emoción y había pedido que practicaran un poco. Los dos se dirigieron hacia los jardines fuera de las aulas y encontraron a otros alumnos practicando.

—¿Profesor? —Dorothea habló con su tono melódico de voz mientras seguía las instrucciones de Byleth—, ¿usted cree en eso de la Torre de la Diosa?

—No —Byleth replicó con neutralidad.

—Vaya, ni siquiera lo pensó —reprochó la muchacha—, pero, ¿no cree que podría ser una buena oportunidad para encontrar a una hermosa chica?

—No, Dorothea. No creo en esas cosas; ni siquiera sé si creo en la Diosa —reveló Byleth de manera descuidad. De pronto, miró a Dorothea con un poco de pánico, pues nunca antes había hablado de ese tema con sus alumnos.

Dorothea rió con suavidad y ternura.

—No tiene que preocuparse por eso conmigo, yo tampoco creo en esa presunta Diosa. Como ya lo sabe, profesor, toda mi vida he sido una espese de marginada.

—No lo eres.

—Sí, lo soy, profesor. No tengo una Cresta, porque no desciendo de la Nobleza. Lo único bueno de mí es mi voz.

Por unos minutos Byleth no replicó. Sabía la situación de cada uno de sus alumnos, incluso de Edelgard quién parecía la más difícil a la hora de hablar.

—¿Dorothea?

—¿Sí?, ¿qué pasa, profesor? —preguntó la jovencita.

—¿Tú crees en esa leyenda?

—No. Pero sí deseo encontrar el amor.

—¿Por qué?

—Porque es importante, profesor. Bien, sé que mi objetivo no es completamente el amor, sino la riqueza y todas las ventajas que conlleva casarse con un Noble; pero creo que sería bueno. Imagínese, sentir en un abrazo el cariño de otra persona, escuchar palabras románticas salidas desde el corazón, llenarse de impulsos con tan sólo sentir la piel de la otra persona sobre la suya… ¡Ah! El amor es algo que podría aceptar en mi vida.

Byleth movió la mirada hacia la derecha y encontró a Linhardt y Caspar juntos, luego hacia la izquierda estaban Bernadetta y Petra. Habían otros alumnos que Byleth conocía un poco, pero no tenía idea de lo que deseaban. Luego regresó la mirada a los pasos de Dorothea y recordó las frases de su padre; incluso Jeralt había experimentado el amor.

—¿Profesor, está bien? —Dorothea detuvo sus pasos—, ¿dije algo incómodo?

—No, no pasa nada. Creo que es suficiente. Practicaremos un poco mañana después de clase. Sé que ganarás, Dorothea.

—Muchas gracias —sonrió la jovencita.

* * * *​

El baile había sido más abrumador de lo que Byleth había deseado, por lo que había abandonado el gran pasillo en la primera oportunidad encontrada; ahora caminaba por los jardines frente a las aulas, y aunque era de noche, Byleth disfrutaba de la vista. Incluso había discutido con Sothis un poco, ya que ella solía fastidiarlo con algunos comentarios de vez en cuando.

Por unos minutos Byleth se percató que detuvo sus pasos y miraba hacia la zona de entrenamiento. Había deseado ver la imagen de Jeritza; ya había hecho una suposición. Si Jeritza era ese caballero misterioso y cada que se veían, aunque fuera en el campo de batalla, el sujeto interactuaba con él de una manera más allá que desear matarlo sin una motivante, ¿cuál era su verdadera intención? Byleth deseaba olvidarse de esa imagen estoica y guapa, de los ojos azules claros del joven enmascarado, y hasta de la sensación de la mano del Death Knight sobre su cuello. De manera inconsciente, Byleth tocó su cuello y suspiró.

—¿No irás a la Torre de la Diosa? —la voz de Sothis sorprendió a Byleth.

—¿Para qué? —renegó el joven con desilusión.

No había nadie en más que pudiera pensar. Ni siquiera tenía consideración de encontrar a Linhardt, ya que el adolescente había hecho su declaración un tiempo atrás, pero él había roto su ilusión.

—Oh… —Sothis hizo un sonido distante—, el amor no es sólo querer a una persona por su apariencia, Byleth. El amor es más que eso. Puede comenzar con el enamoramiento, pues es el camino usual. Si te enamoraste de ese tal Jeritza, ¿por qué negarlo?

—No es como si él regresaría hasta el monasterio y arriesgaría su propia vida por una estupidez como esa. Además, pienso que yo no le interesé de ninguna forma…lo único que quiere es matarme.

Sothis rió con picardía.

—Y el odio, como sentimiento, es casi idéntico al amor. El amor y el odio están basados en el los pensamientos constantes por otra persona, situaciones que involucran a otras personas y aclarar razones en base a otra persona. Cuando amamos buscamos la atención y cuando odiamos queremos esa misma atención para demostrar.

—Dudo mucho que un sujeto como él pueda diferenciar algo así… No quiero hablar de esto.

—A veces actúas con una madurez que es capaz de guiarte por un camino próspero, pero a veces eres como tus alumnos… Está bien, no te molestaré más; pero no olvides que te intenté dar un consejo. Y conoces mi opinión, no tiene nada de malo enamorarse, aunque sea de un tipo como ese tal Jeritza.

* * * *​

La llamada de la Arzobispo había sido para informar sobre una situación precaria en una de las capillas abandonadas del monasterio. Además, el soldado Alois había dicho que algunos alumnos habían quedado atrapados y habían desaparecido; por si aquello no fuera suficiente, ahora había avistamientos de bestias demoniacas. Incluso Jeralt no había podido creer aquella última frase, pues el monasterio estaba protegido constantemente y era poco probable que un monstruo de esos pudiera adentrarse con facilidad.

Byleth condujo a sus alumnos hasta el terreno donde estaba la capilla abandonada y, efectivamente, encontraron bestias demoniacas. Empero, a diferencia de la creatura que habían enfrentando contra los bandidos de Miklan, éstas tenían unas piedras incrustadas en la cabeza que parecía ser la fuente de sus apariencias.

Sin perder un momento, puesto que habían algunos alumnos que estaban en grave peligro, la batalla comenzó. Los alumnos guiaron a sus tropas con liderazgo y derrotaron a los monstruos sin problemas. Byleth había sido asistido por los mercenarios de su padre y había demostrado un control casi perfecto frente a los enemigos. Sin embargo, al derrocar a las primeras bestias, el grupo había encontrado cadáveres de alumnos que habían emergido de esas creaturas.

¿Por qué? Byleth nunca había visto algo así. Pero su mente viajó con rapidez hasta aquella noche donde había sido quemado por el mago misterioso cerca de la Villa Remire. Las palabras de ese hombre y el otro que lo había acompañado, habían sido referentes a las bestias demoniacas y al uso de niños. Horrible, pensó Byleth con tristeza.

La pelea terminó con éxito, y él y su padre aseguraron el perímetro de la capilla. Habían encontrado a la chica Monica, aquella alumna que habían rescatado junto con Flayn. Monica, de acuerdo a los demás, era una ex-alumna de la Academia y no había podido graduarse porque había desaparecido de manera misteriosa. Ahora había regresado, aunque Byleth la había encontrado siempre cerca de Edelgard; la chica había usado la excusa de que deseaba graduarse y por esa razón pedía la ayuda de Edelgard.

—Vamos, ya puedes marcharte, chica, todo está bajo control —Jeralt dijo al terminar la conversación con la jovencita.

Monica tenía el cabello rojo y los ojos café oscuro; su tez era pálida y su rostro mostraba una expresión segura. Monica agradeció casi con un tono falso y rodeó a Jeralt. Sin previo aviso, atacó al mayor; había usado la ventaja de descuido por parte de Jeralt. Una daga perforaba el cuerpo del Capitán Jeralt y su voz salía con dolor.

—Eres tan sólo un patético anciano —la voz de Monica sonó con alegría—, ¿cómo te atreves a interponerte en mi brillante plan…perro?

Byleth reacción con pánico; gritaba en su mente por ayuda. Sothis y él habían entablado un diálogo de reproche para modificar el tiempo. La magia de Sothis actuó y otra vez la escena regresó cuando Jeralt hablaba con Monica y le decía que todo estaba bien. Por otro lado, Byleth hacía un esfuerzo mayor por no aparentar nada, no podía actuar antes, ya que levantaría sospechas y pondría a su padre en más peligro. Aguardaba por el tiempo avanzar, sentía una pesadez, una palpitación que causaba que sus manos sudaran por debajo de los guantes que portaba.

¡Ahora!, pensó Byleth. Reconoció los pasos de Monica y avivó la Espada del Creador. El arma salió disparada como un látigo y la punta buscó impedir el ataque de Monica. Sin embargo, de una manera inesperada, una pared mágica se interpuso entre Monica y la espada. Un sujeto nuevo había aparecido como si se hubiera transportado a través de un pilar mágico. El sujeto tenía la piel pálida, ojos blancos en totalidad, barba y cabellos blancos y también usaba ropas oscuras como Solon.

—¿Eh? —Monica contempló al otro hombre—, ¿qué estás haciendo aquí?

—Debes sobrevivir —habló el desconocido con una voz fuerte—, meramente porque hay un rol que todavía necesitas cumplir.

Y, sin más, el desconocido y Monica desaparecieron a través del pilar púrpura de magia. Byleth corrió a toda prisa hacia su padre y se inclinó junto a él; movió el cuerpo de Jeralt y descubrió que agonizaba.

—L-Lo siento, chico —Jeralt usó un tono pasivo para hablar—, parece ser que…tendré que dejarte.

—No —Byleth comenzó a llorar. Las lágrimas se aglomeraban en sus ojos y caían por sus mejillas. Las gotas pesada llegaban hasta el rostro de su padre como gotas de lluvia—, papá… —volvió a sollozar el joven mercenario.

Jeralt abrió los ojos y miró el rostro lloroso de Byleth. Era la primera vez que veía tantas emociones reales en su hijo, la primera vez que contemplaba el rostro lloroso de su niño. Jamás había estado tan feliz como hasta ese momento; pues podía asegurar que su hijo era capaz de sentir, por lo tanto, también de amar. Jeralt intentó mover la mano para alcanzar a Byleth, pero fue imposible; la herida que tenía en la espalda parecía haber sido infectada y su vida era consumida con rapidez.

—S-Soy… —Jeralt consiguió hablar—, tan feliz…

—¿Q-Qué? —dudó Byleth con una voz quebrada.

—Porque por fin te veo llorar, hijo…y pensar que tus lágrimas son por mí…es todavía más…reconfortante…

Jeralt dio un último respiro y su corazón se paralizó. Byleth se inclinó más; ignoró la lluvia que comenzaba a caer con furia. El llanto de Byleth se hacía presente y las personas en los alrededores podían escuchar su voz.

Los mercenarios de Jeralt aguardaban a una distancia, junto a los alumnos. Louis había omitido sus propias lágrimas, y escuchaba los sollozos de Byleth. Ese día era el más oscuro en toda la vida de esos mercenarios. Y para Byleth…había sido imposible de creer. Había usado el poder de Sothis, y había fracasado; su padre estaba muerto.

* * * *​

Byleth estaba parado frente al escritorio, los papeles estaban desorganizados, los libros parecían recién leídos. Las pertenencias del Capitán Jeralt estaban todas en su lugar, puestas en los lugares que él las había dejado; casi como si nada hubiera cambiado. Empero, Byleth dejó las lágrimas salir, todo había cambiado. Su padre estaba muerto.

—Si el haber regresado las manecillas del tiempo no funcionó para salvar su vida, entonces la muerte de tu padre estaba destinada a ser así —Sothis habló con respeto.

—Buscaré a los asesinos de mi padre —reveló Byleth con dolor.

—Sí, comprendo que desees venganza. Por cierto, tu padre dijo que buscaras en esta habitación… Ya has venido varias veces y no eres capaz de mover nada. Debes hacerlo…

Byleth obedeció sin pensar las cosas y pasó por las estanterías repletas de libros; movía algunos tomos sin prestar mucha atención, hasta que encontró un diario. Byleth abrió el diario y reconoció la escritura hermosa de su padre. Las lágrimas volvieron a salir y caer por sus mejillas. Comenzó a leer en silencio.

“Día 20 de la Luna del Arco. Todo está nublado. No puedo creer que esté muerta. Lady Rhea dijo que murió durante el parto, pero…¿eso es verdad? Y, además, el pequeño por el cual dio su vida no hace ningún sonido. Ni siquiera lloró al momento de nacer.
Día 25 de la Luna del Arco. Llueve. El bebé no ríe ni llora. Nunca lo hace. Lady Rhea me dice que no me preocupe, pero un bebé que no llora…no es natural. Le pedí a un doctor examinar al bebé en secreto. Su pulso es constante, pero no hay latidos de corazón…¡no hay latidos de su corazón!
Día 2 de la Luna del Dragón Heráldico. Asoleado. Siento que debo tomar al bebé e irnos…pero la iglesia siempre está al pendiente de nosotros. No sé lo que está planeando Lady Rhea. Solía pensar lo mejor de Lady Rhea, ahora estoy aterrado de ella.
Día 8 de la Luna del Dragón Heráldico. Más lluvia. Usé el incendio que ocurrió ayer por la noche para fingir la muerte del bebé. Lady Rhea está fuera de su cabales por la noticia. Pero no puedo cambiar lo que he hecho. Debo tomar a mi hijo y partir…”

—Eso quiere decir que… —Sothis opinó como un eco de sorpresa—, ese bebé debes ser tú… Alguien se acerca.

Byleth cerró el diario con rapidez y lo dejó en el lugar escondido. Miró hacia atrás y encontró al soldado Alois. Alois habló con empatía y pronunció palabras de calidez; incluso había dicho que Byleth era lo más importante para el Capitán Jeralt. Luego informó que Rhea estaba esperando al joven mercenario en la cámara del Arzobispo.

Sin ánimos, Byleth aceptó el mensaje y abandonó la habitación.

* * * *​

Pasados unos días más, Byleth regresó a la oficina de su padre; entró sin muchos ánimos y caminó hasta el escritorio. Había ignorado que otra persona se había adentrado junto a él y aguardaba cerca de la puerta. El otro individuo cerró la puerta y aclaró la garganta.

—Lamento tanto la pérdida del capitán —la voz sonó familiar para Byleth—, y sé que debe ser muy duro para ti, Byleth. Pero debes saber algo.

Byleth dio una media vuelta y encontró a Louis. El hombre mostraba seriedad en su rostro marcado por heridas; todavía la imagen jovial y desinteresada era parte de su esencia. Louis se acercó hasta la mesita de té y suspiró.

—Tu padre te amaba más que a nada en este mundo —reveló Louis—, y siempre te protegió de todo lo que pudo. Te protegió de la Iglesia de Seiros, porque nunca aceptó que Sitri hubiera muerto durante tu nacimiento, pues a raíz de ese incidente dejó de confiar en Rhea. Te protegió del grupo de cabrones que te raptaron cuando eras un niño, y cometimos el error de vengarnos. Te puedo decir que el arma que mató a tu padre es idéntica a las armas que portaron los enemigos cuando fuimos a vengarnos y matar al mago Markovig. Además…nos hizo prometer que no hablaríamos sin cuidado cuando tú estuvieras cerca de nosotros. No lo hacía por dañarte, tienes que comprender que como padre, el capitán hacía su mejor esfuerzo por proteger a la persona más importante de su vida. Sé que no lo comprendes ahora, Byleth, pues el dolor que hay en tu interior es visible. Yo alguna vez perdí a toda mi familia, así que comprendo lo que pudieras estar sintiendo; sin embargo… Hay algo más que debes saber —se acercó a Byleth y entregó un escudo con el tallado que representaba a los mercenarios de Jeralt—, tu padre me pidió que si pasaba lo peor, te entregara la insignia de Capitán. Pero, dime, Byleth…¿aceptarás el puesto? Nuestro grupo te es fiel a ti y a tu padre, y te admiramos. Sé que te llamábamos por un apodo que Jeralt nos obligó a dejar; pero no lo hicimos por maldad. Somos tus mercenarios ahora, Byleth.

—G-Gracias —aceptó el joven—, de verdad, gracias Louis.

—Y, también quiero pedirte una disculpa personal… A veces digo tonterías sin saber que puedo dañar, en especial porque no sé cómo tratarte, Byleth. Pero, soy tu mano derecha, y te ayudaré a mantener el orden en el grupo. Nosotros te seguiremos, capitán.

La conversación terminó; Louis dio una palmada en el hombro del nuevo Capitán y sonrió. Se despidió con respeto y salió de la habitación. Antes de que Byleth pudiera quedar en soledad, otra persona se adentró.

—Profesor, otra vez está aquí —Edelgard dijo al quedar frente a su maestro—, y ha estado llorando. Así que usted también llora… Oh —aclaró la garganta—, disculpe, pensé en voz alta. Fue inconsiderado de mi parte.

—Está bien, no te preocupes —Byleth limpió las lágrimas al replicar.

—Profesor, ¿no se da cuenta? Está tan lleno de dolor que no puede ver lo que pasa frente a usted. ¿Va a esperar al tiempo para curar sus heridas? ¿O se quedará en una esquina llorando sin saber qué hacer?

—Edelgard —Byleth quedó atónito por las palabras de su alumna—, ¿de qué hablas?

—Sólo usted puede comprender su propio dolor. El resto de la gente puede empatizar o intentar la simpatía, pero nadie puede saber lo que usted siente. No tengo intención de llorar por usted. Pero sí puedo ofrecer mi mano cuando haya decidido seguir adelante, pues tiene en mí a una aliada.

—¿A qué te refieres?

—A que el grupo que mató al Capitán Jeralt se está movilizando cerca de Garreg Mach. La Arzobispo Rhea ha enviado a los soldados, pero han mantenido todo como un secreto, casi como si quisieran que usted no tuviera contacto sobre esto. ¿Pero, qué hará, profesor? ¿Guiarnos en la batalla para hacer pagar a eso desgraciados? ¿O se quedará aquí sollozando como un niño pequeño? Profesor, hay una decisión que tomar, y espero que pueda tomarla cuando llegue el momento. Sabe que nosotros no le daremos la espalda, y me incluyo, porque confío en usted.

Sin otra palabra más, Edelgard salió de la habitación. Byleth comprendía la actitud de su alumna, pues las vivencias de Edelgard la habían transformado en una chica fría y lógica. Byleth tenía opción. Sentía un dolor muy profundo, pero deseaba destruir a los enemigos que habían arrebatado la vida de su padre. No seguiría así, lamentando algo que ya no podía cambiar.

—Vaya —Sothis decidió opinar—, es un poco arrogante. Pero tiene razón.

—Lo sé —replicó Byleth con calma—, ella tiene razón. No voy a dejar que la iglesia haga de las suyas otra vez.

—Oh… Comprendo —aceptó Sothis con un tono alegre—, tu padre duda de esa mujer, así que tú has comenzado también a tener tus dudas.

—No confío en ella, eso es claro. Ni tampoco en la Iglesia de Seiros…pero…¿y tú, Sothis?

—No estoy interesada en lo que los humanos puedan creer o no; pero estoy de acuerdo contigo y tu padre; lo que esa mujer esconde ha generado caos, en lugar de paz. Sea cual sea tu decisión, yo también estoy contigo, Byleth. Debes comprender que, al final, tú eres quien forja tu propia vida y toma sus propias decisiones; y quiero que así sea. Toma tus propias decisiones, Byleth, toma las riendas de tu propia vida bajo tus propias convicciones.
 

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Capítulo diecisiete
La Iglesia de Seiros 4


Byleth perseguía a la asesina de su padre; a la tal Monica que había resultado ser Kronya, una mujer de aspecto extraño y tez pálida sin color. La mujer se acercaba hasta una construcción de pilares y un piso grisáceo y dañado; empero, había caído al suelo. Byleth se acercó con cautela y desistió de su ira. Por más que deseara matar a esa mujer a sangre fría, no podía hacerlo.

De repente, Solon se hizo presente. El anciano se acercó a Kronya y perforó su pecho para extraer una extraña piedra. Los pilares comenzaron a brillar por llamas púrpuras y negras. Byleth había quedado encerrado y era contenido por el extraño poder. Solon habló sobre un hechizo prohibido y terminó el conjuro al romper la piedra que había extraído del cuerpo de su compañera. Byleth escuchó a la mujer suplicar, pero no sintió empatía por ella; su ser entero fue consumido a toda prisa por la oscuridad y despareció.

Los alumnos habían sido comandados por Edelgard a aguardar cerca del territorio boscoso. ¿Qué había pasado? ¿Por qué había desaparecido el profesor Byleth?

* * * *​

Gracias al poder de Sothis, Byleth consiguió regresar al mundo material. Sothis había obligado a Byleth a hacer una promesa. Ella deseaba que él siguiera su propio camino y que usara el poder que estaba a punto de recibir para lo que él creyera necesario. El cuerpo de Byleth había cambiado una vez la energía de Sothis lo llenó, ahora su cabello y ojos lucían de un verdoso claro, casi como el de Rhea. Había usado la Espada del Creador para perforar la oscuridad como una especie de papel; el arma había abierto como una herida la dimensión y había permitido a Byleth rondar el mundo físico otra vez.

—Imposible —dijo Solon; todavía aguardaba en las cercanías—, incluso la Estrella Caída consume la oscuridad eterna… No —mostró miedo en su rostro viejo y bizarro—, entonces, debo matarte yo mismo.

Los estudiantes se unieron a su profesor y se colocaron a su alrededor. Hubieron dudas por la imagen cambiada de Byleth, pero no había tiempo para ello. Solon ya había llamado refuerzos e intentaba conjurar otro hechizo.

Con facilidad, las Águilas Negras destruyeron a los enemigos y acorralaron a Solon. Edelgard y Byleth comandaron las líneas frontales y atacaron al anciano.

—Así que has mostrado tus verdaderos colores —Solon recriminó con desprecio al mirar a Edelgard—, no puedo dejarte vivir.

—Robaste las palabras de mi boca. Perdiste tu oportunidad al intentar matar a nuestro profesor. Prepárate, Solon.

En un ataque conjunto, Byleth y Edelgard derribaron al mago misterioso y lo mataron. Byleth había notado la extrañeza con la que Solon se había expresado hacia Edelgard, casi como si la conociera de tiempo atrás. Empero, había guardado sus dudas.

La batalla terminó y los alumnos rodearon a su profesor. Aunque Edelgard había pedido espacio, pues el profesor acababa de romper las dimensione y regresar de una posible muerte. Ella fue la única que se quedó junto a Byleth y lo contempló con cierta admiración y tristeza.

—Profesor, esa nueva imagen… ¿Cómo fue posible? —decidió interrogar la adolescente.

Byleth no encontraba una explicación. Anteriormente había descubierto que el nombre de la Diosa que la Iglesia de Seiros veneraba era llamada Sothis; y durante la oscuridad, Sothis había dicho que ella era la razón por la que Byleth había tenido problemas para expresar sus emociones. No había una explicación clara y concisa, pero Byleth estaba agradecido del poder que Sothis había brindado.

—Aunque te dijera sonaría como una locura. Creo que…algo así como la Diosa me otorgó la oportunidad.

—¿La Diosa? —inquirió Edelgard.

—Sí…No la imagen que la iglesia venera…no. Digamos que una entidad poderosa que había estado a mi lado todo este tiempo. ¿Suena como una locura?

—Sí, pero le creo. Ahora, me gustaría saber para qué usara ese poder, si es que puedo preguntarle.

—Claro… —Byleth aguardó. No tenía ya a su padre, y tampoco tenía otra razón aparente para continuar—, pienso protegerlos a ustedes y derrotar a ese grupo misterioso.

—¿A-A nosotros? —Edelgard sonrió—. Profesor, pero…digamos que sus alumnos, yo incluida, decidiéramos hacer una guerra por… ¿Profesor?

De manera imprevista, Byleth cayó al suelo. Sus ojos estaban cerrados y su expresión era plácida. Edelgard descubrió que el joven dormía, así que decidió dejar la conversación para otro momento. Llamó a Hubert para llevar de vuelta al monasterio al profesor.

* * * *​

Cuando Byleth abrió los ojos, encontró la imagen de Rhea junto a él. La mujer tarareaba una canción, y decía palabras de bondad y paz. Empero, Byleth sintió un pánico invadirlo; no era agradable estar tan vulnerable ante esa mujer. Por más que Byleth intentara moverse, su cuerpo no reaccionaba, estaba completamente agotado.

* * * *​

—Escuchamos de la nueva misión —Edelgard rompió el silencio cercano; estaba recargada sobre la borda del puente que conectaba con la iglesia del monasterio. No había más personas en los alrededores, así que había decidido aprovechar el momento para hablar con su profesor—, sobre la supuesta revelación de la Diosa.

—Rhea lo ha impuesto —Byleth contrapuso con cierta molestia—, no es algo que me parezca importante. No pienso trabajar para la Iglesia de Seiros después de lo que pasó conmigo y mi padre.

—¿De verdad? —Edelgard sonó más emocionada que de costumbre—, me alegra saberlo. Porque de eso quería hablar. Necesito de su ayuda, profesor, ¿podría venir conmigo hasta Enbarr, la capital del Imperio? Le explicaré las cosa como son una vez estemos allá, pero…necesitaré primero de su ayuda.

Byleth no interrogó y aceptó ayudar a su alumna. Los dos se prepararon para dejar el monasterio, aunque Rhea estuvo en desacuerdo, Byleth ignoró las peticiones de la mujer.

El trayecto a Enbarr no era totalmente desconocido para Byleth, pues por los viajes que había hecho durante la vida con su padre, muchos de los pueblos, territorios y ciudades eran reconocibles para él. Empero, nunca había visto la ciudad de Enbarr. La capitán era hermosa, las calles estaban adornadas por bellos jardines, las construcciones todas características con la arquitectura elegante que el Imperio tenía; era muy grande y llena de vida.

Edelgard había pedido al profesor acompañarla hasta el palacio imperial y habían entrado al lugar. Byleth estaba sorprendido por la magnitud y hermosura del diseño; creía que vivir en un lugar así podría ser más difícil debido al tamaño y porque parecía casi un laberinto.

En la sala del emperador, había un hombre anciano sentado sobre el trono. El sujeto había recibido con amor a su hija y con cortesía al profesor. De acuerdo a Edelgard, la ceremonia para la coronación debía ocurrir con la Arzobispo presente, pero Byleth ocuparía dicho lugar. La conversación entre Edelgard y su padre fue emotiva, con arrepentimientos sobre lo que Edelgard había vivido y la impotencia de su padre al no poder hacer nada; también de las nuevas decisiones que Edelgard tomaría y lo que estaba dispuesta a hacer para traer la paz.

Al término de la coronación, Edelgard y Byleth tuvieron un momento a solas en una de las recámaras de invitados que parecía un salón pequeño con unos sillones y una mesita de té. Byleth no comprendía todavía las intenciones reales de Edelgard, pero creía que ella tampoco estaba a favor de lo que Rhea y la iglesia hacían.

—Profesor, hay algo que debo decirle —Edelgard habló con un tono neutral—, algo que toda mi vida he sabido. Ahora confío plenamente en usted, y quiero que sepa la verdad. Hace muchos años, mi familia participó en la guerra contra el Rey de la Liberación, Nemesis. Mi familia peleó junto a la Santa Seiros, quien otorgó la Cresta Mayor de Seiros a mi familia. Fue una guerra brutal, o eso dicen los récords, pero lo que sí puedo decirle, es que la Santa Seiros no era un humana. Era una bestia. Esas bestias, justo como el resto de los santos, han manipulado a nuestro mundo y han metido ideas de fantasía en las mentes de los hombres y mujeres de todo Fódlan. Pues no hay ninguna deidad que vendrá y salvará a todos. Esas creaturas han mantenido a Fódlan en una desunión que ha traído guerras innecesarias, como las batallas entre el Imperio y el Reino de Faerghus. Todo esto lo sé, porque fue mi familia estuvo involucrada. Aquellas pesadillas que tengo son la realidad. Todo eso que viví fue porque esa obsesión por el control que la iglesia ha causado, se ha convertido en un tormento para muchos hijos e hijas de los Nobles. Aquellos que nacen sin una Cresta Mayor o Menor, son desterrados, porque no son dignos de utilizar esas armas que fueron otorgadas por los santos que alguna vez ayudaron a Nemesis y a sus mejores guerreros. La élite viene de esos guerreros, de aquellos que tenían la capacidad de usar ese poder. Pero…¿es justo? Este sistema mantienen a la gente que hace un esfuerzo, que tiene un talento sin una Cresta, en una posición vulnerable y sin la oportunidad de ser escuchados. Por desgracia, las enseñanzas de la Iglesia de Seiros han mantenido a las masas creyentes de algo que no existe, basados en la fe, abandonados a su suerte, en lugar de que busquen salir adelante por sus propios méritos. Yo…quiero cambiar esto.

—Te dije que no confío en esas mujer —Byleth dijo con tranquilidad y una sonrisa en el rostro—, así que no debes de preocuparte, Edelgard. Yo te apoyaré.

—Gracias, profesor. Pero todavía…falta una prueba final. Espero que recuerde mis palabras y que cumpla su promesa. La hora decisiva está por llegar.

* * * *​

La misión inició una vez el grupo llegó hasta la Tumba Sagrada, una cámara enorme que contenía sarcófagos en un camino de piedra oscurecida. El Trono de la Sabiduría, o como Rhea lo había llamado, era el mismo trono que Byleth había visto cuando se encontraba con Sothis en el pasado.

—¿Reconoces el trono, profesor? —Rhea preguntó con deleite.

—No —Byleth negó con cierto recelo. No pensaba dar información de nada a la iglesia.

—Oh, no tienes que mentir… Sé que alguna vez lo has visto, por favor… Profesor…

—¡Deténganse! —Edelgard se interpuso en la conversación. Había dado unos pasos hacia el frente y había hablado como una orden.

De pronto, un sujeto de cabello castaño y ojos oscuros se hizo presente. Portaba la armadura del Imperio y estaba acompañado de más soldados.

—No se muevan —dijo el hombre—, de ahora en adelante todo lo que está en la Tumba Sagrada le pertenece al Imperio.

—¿Qué? —preguntó Dorothea—, ¿qué hace el Imperio aquí?

—¿De qué habla? —Caspar dudó con incredulidad.

—¿Edelgard, tú sabes qué es lo que pasa? —Bernadetta se atrevió a cuestionar a su compañera.

—Sí. Ellos trabajan para el Emperador Flama; y yo les he dado la orden de atacar la Tumba Sagrada para tomar todas las Cimeras que se esconden aquí. Supongo que ahora queda claro que yo soy el Emperador Flama.

—¿Qué? —insistió Caspar—, ¿qué significa esto, Edelgard?

—Mis amigos… Este es el camino que he decidido tomar, y les pido que no se interpongan si no quieren salir lastimados. Profesor… —Edelgard miró a Byleth y encontró seguridad en él. Ella titubeó un poco y recordó la conversación que habían tenido en el palacio imperial—, hablo también para usted. Si no quiere salir herido, por favor, no intervenga.

Los soldados imperiales comenzaron a profanar las tumbas y a sacar las Cimeras del interior. Rhea pidió a Byleth y a sus alumnos actuar cuanto antes y proteger las Cimeras. Byleth, aunque ya había previsto que algo así sucedería, todavía no tenía idea de lo que realmente deseaba Edelgard. Durante los días anteriores, su alumna había hecho mención sobre las Cimeras y las Crestas, sobre el peligro que eran para la sociedad y la forma de control. ¿A caso era todo parte de su plan?

El grupo accedió a la petición de Rhea y consiguieron detener a Edelgard junto a los soldados imperiales; empero, Byleth no atacó a su alumna una vez quedó frente a ella. Incluso el resto de los alumnos aguardaban expectantes.

—Edelgard —Rhea se colocó junto a Byleth—, se acabó. Tu farsa se ha terminado. Debes morir, pues tus actos de profanación contra la Diosa y la iglesia deben ser castigados.

Byleth guardó la Espada del Creador y se colocó entre Rhea y Edelgard.

—¿Profesor? —preguntaron ambas mujeres.

—No voy a matarla —Byleth pronunció con fuerza.

—¿Qué? ¿Qué dijiste? —Rhea dudó perpleja.

—Dije que no voy a matar a mi propia alumna. No voy a causarle daño a Edelgard.

—¿De qué rayos estás hablando? —renegó la mujer de cabellos verdosos—, ¿a caso no lo vez? ¡Ella ha violado con estos actos la Tumba Sagrada! ¡Un corazón rebelde no debe vivir! Es muy peligroso.

—Detente, Rhea —insistió Byleth; luego retiró la Espada del Creador y apuntó hacia la Arzobispo—, no voy a atacar a mis propios alumnos sólo porque tú quieres. No soy tu soldado, ni mucho menos tu herramienta.

—¿Cómo osas anteponerte a mí, a la Iglesia de Seiros y a la Diosa? —Rhea habló con descaro y enojo—, ¡Gracias a mí estás vivo! ¡Yo te creé!

—Todos —Edelgard habló hacia sus compañeros—, ¡acérquense! ¡El poder del Inmaculado es superior a nosotros, debemos protegernos!

Los alumnos obedecieron, ya que creían en su profesor y otros en las palabras de Edelgard.

—Maldita basura —Rhea continuó con sus palabras de odio—, tu sola presencia mancha la Tumba Sagrada de la Diosa y el Trono del Conocimiento. Yo misma me encargaré de matarte y de arrancar tu corazón para hacerte pagar, ¡fracaso!

Rhea comenzó a brillar y de pronto su cuerpo se expandió. Sus brazos se transformaron como sus piernas en enormes extremidades de color blanco. La cabeza perdió su forma humana y ahora lucía como una especie de lagarto blanquecino. Alas habían salido de su espalda, así como una cola de la espina dorsal, y compaginaban con el resto de su cuerpo engrandecido que parecía un dragón blanco.

—Lo mejor será salir de aquí cuanto antes —Edelgard opinó con prisa—, ¡Hubert!

—¡A la horden, Su Majestad! —aceptó Hubert.

A continuación, el grupo fue envuelto por un pilar de luz púrpura que transportó sus cuerpos fuera de la Tumba Sagrada.

* * * *​

El campamento improvisado estaba cerca del norte del territorio del Imperio; era una especie de fortaleza menor que servía como puesto de guerra. Todos los que habían presenciado la transformación de Rhea habían ido con Edelgard hasta ese sitio; empero, algunos dudaban de lo que realmente había ocurrido y lo que hacían en contra de la Iglesia de Seiros.

Mientras que la mente de Byleth había llegado a un sinfín de conclusiones. Primero aceptaba que Rhea había hecho algo durante su nacimiento, justo como su padre lo había intuido. Segundo, estaba consciente de que no había sido tan malo, después de todo ese poder que ahora tenía podría convertirse en la victoria de lo que Edelgard planeaba hacer. También había concluido que su madre había sido una especie de envase que Rhea había creado para traer a Sothis de vuelta, pero que al final había fallado. ¿Cómo era posible? ¿Por qué una persona era capaz de tantas atrocidades por traer de vuelta a la vida a un ser fallecido? Byleth aceptaba que el dolor de la muerte era casi imposible de soportar, pero no estaba de acuerdo con violar la vida de otras personas sólo por algo tan irracional como lo que Rhea había hecho. Aunado a ello, Rhea poseía el control de la información y usaba eso como un método para mantener dividido a todo Fódlan, justo como lo había dicho Edelgard.

—Profesor —Hubert se acercó hasta Byleth—, agradezco inmensamente que haya elegido unirse a nosotros. Pero vamos a necesitar sus talentos para subir los ánimos de nuestros compañeros.

—De acuerdo —Byleth aceptó.

—Debo decir —continuó el joven de cabello negro—, que nunca esperé que usted nos apoyaría en todo esto. Honestamente, creí haberlo conocido mejor, pero de igual manera tiene mi respeto.

—Voy a pelear a su lado, Hubert —aseguró Byleth.

Una vez Byleth habló con el resto de sus alumnos y ayudó a calmar el pánico, fue llamado a una reunión con Edelgard, Hubert, una mujer de nombre Ladislava y otro muchacho llamado Randolph. Ladislava era una mujer hermosa de cabello castaño, portaba la armadura correspondiente a la brigada de soldados voladores; mientras que Randolph tenía ojos marrones claros, lucía joven, y al igual que la otra guerrera, pertenecía al ejército imperial.

—El plan es simple —dijo Edelgard a sus subordinados—, invadir Garreg Mach y tomar el lugar como base debido a su excelente locación. Sin embargo, debemos considerar que Rhea estará presente, y es muy probable que use sus poderes para detenernos.

—Un grupo selecto y pequeño se adentrará hasta la entrada principal del monasterio —explicó Hubert—, mientras que el resto peleará en combate directo en los alrededores. Nuestros mejores guerreros acompañarán al Profesor y sorprenderán al grupo de la Arzobispo y sus protectores.

—¿Profesor? —Edelgard se dirigió a su maestro—, ¿podría dirigir al grupo que irá con usted? Sus habilidades harán la diferencia en esta pelea.

—De acuerdo —aceptó Byleth.

* * * *​

Justo como lo habían previsto, Garreg Mach había sido protegido primeramente por Seteth, Shamir, Alois y Flayn. Las fueras imperiales habían tenido algunas pérdidas, pero no desistían. Por otra parte, Byleth y sus alumnos conformaban el grupo llamado Las Fuerzas de Combate del Águila Negra; éste grupo había sido capaz de arremeter contra las defensas de los soldados de Seiros.

Incluso si esta pelea significaba hacer una guerra contra todo el resto de Fódlan, ya no había vuelta atrás. Byleth había tomado una decisión; y, aunque existían algunas dudas en su interior, estaba de acuerdo en trazar su propio camino junto a sus alumnos, a Edelgard y a los mercenarios de Jeralt. Por supuesto, todavía dudaba sobre el poder que tenía gracias a Sothis, pero tenía algunas teorías que explicaban de manera más acertada lo que realmente había ocurrido en aquella oscuridad donde había sido atrapado por Solon. Empero, Byleth aceptaba las palabras de Sothis, puesto que creía que la Iglesia de Seiros había causado daño a las sociedades, así como controlado a las masas a su propio juicio.

La derroca de los generales ganó la entrada a la parte interna de Garreg Mach. Justo como habían esperado, Rhea se encontraba entre los combatientes, y aguardaba expectante a la llegada de los enemigos.

Sin embargo, antes de que la batalla pudiera continuar por el mismo camino, nuevos refuerzos se unieron. Entre los refuerzos imperiales había un caballero de armadura negra y un casco cadavérico. Byleth sintió su cuerpo ser recorrido por un calosfrío y detuvo su avance. Dos soldados de Seiros aprovecharon el momento y embistieron contra Byleth mas el esfuerzo fue fútil, Edelgard había llegado a tiempo y había acabado con los enemigos sin vacilar.

—Sé que tiene preguntas, profesor —Edelgard pronunció con rapidez al acercarse a Byleth—, pero debemos esperar.

—Entonces… ¿tú trabajaste con ellos? ¿Con los asesinos de mi padre? —Byleth dudó con molestia.

—Por favor, le explicaré todo cuando termine la pelea. Jeritza nos apoyará por ahora, y le puedo asegurar de que él seguirá todos mis comandos, así no sean de su agrado. Pero, por favor, profesor, necesito de su apoyo aquí y ahora.

Byleth suspiró. Estaba molesto, por supuesto; pero también estaba confundido. Si Edelgard había revelado su identidad como el Emperador Flama, entonces había una conexión con Solon y Monica. La memoria de Byleth trabajó con prisa y recapituló la pelea contra Solon. Edelgard había matado a Solon y había mencionado palabras cargadas de algún antecedente entre esos dos. ¿Eso quería decir que Jeritza apoyaba a Edelgard y no a quien fuera que comandaba a Solon y había salvado a Monica? Aunque fue complicado aceptarlo, Byleth identificó un sentimiento de esperanza y se reprochó a sí mismo.

—Está bien —por fin dijo el joven mercenario—, hablaremos de esto después de la pelea.

El enfrentamiento llegó a su cúspide después de las últimas palabras entre Edelgard y Byleth; pues el ejército imperial y las Fuerza de Combate del Águila Negra habían conseguido que la mayoría de los enemigos escaparan. Sin embargo, Rhea todavía tenía una carta bajo la manga.

La mujer de cabellos verdosos comenzó a brillar por un resplandor entre verde y amarillo que cubría su imagen y su cuerpo se transformó en aquél monstruo que parecía un dragón. Rhea había pronunciado palabras de odio y había llamado a Byleth como defecto. Además, Rhea era una distracción para que los sobrevivientes pudieran salir de Garreg Mach hacia el norte.

—¡Profesor, no! —Edelgard gritó al notar que Byleth había seguido a Rhea hacia las montañas del este.

Byleth no era un error, él lo sabía. Sabía que Rhea había buscado hacer algo y había aprovechado su vida, la vida de su madre, la relación entre sus padres y había intentado convencerlo de seguir las enseñanzas de Seiros. Empero, Byleth no estaba a favor de lo que la iglesia hacía; no sólo estaba molesto con Rhea, también por la clase de control y juicios que hacía la iglesia contra otros. Castigaban a los que se oponían con la mismísima muerte, y no eran capaces de aceptar otro tipo de fe y creencia.

Rhea había volado hacia el este, cerca del acantilado que conectaba con el monasterio y las montañas que eran parte del Gran Cañón Rojo; había aterrizado su cuerpo y había rugido con furia. Byleth portaba la Espada del Creador y estaba listo para enfrentar a esa creatura. Rhea, por su cuenta, preparaba un ataque; su boca se abría un poco y una esfera rojiza se concentraba como un poder. De repente, de la boca de Rhea un rayo rojo alcanzó el suelo donde Byleth se encontraba.

Byleth reaccionó de inmediato y usó la espada para sostener su cuerpo por la pendiente que se había abierto junto al acantilado. Escalaba con facilidad y buscaba por un método para hacer frente a tal enemigo formidable. Rhea elevó su cuerpo al mover las alas, luego arremetió contra Byleth. El joven consiguió esquivar por unos centímetros el cuerpo del monstruo y usó la Espada del Creador como un látigo para dañar la piel del dragón.

Otra vez Rhea concentró la energía frente a su boca y lanzó el rayo rojizo hacia el joven mercenario. Byleth intentó moverse hacia la derecha, pero estaba atrapado entre el acantilado y el nuevo pozo que había creado el ataque anterior de Rhea. Corrió hacia la izquierda y saltó. Había visto unas raíces de árboles cercanos y había tenido la idea de proteger su cuerpo en la zona inferior.

Algunos de los alumnos habían llegado hasta la zona, así como otros soldados. Empero, lo único que habían presenciado había sido una explosión proveniente del interior del acantilado; parecía un rayo de luz entre naranja y rojo que se extendía hasta el cielo. Por otro lado, Rhea ya volaba lejos del lugar y había tomado rumbo hacia el norte del continente.

—¡Rápido! —Edelgard pidió a dos de sus camaradas.

Hubert y Dorothea siguieron a Edelgard hasta el acantilado; habían arribado una vez la explosión había desistido.

—¡Hubert, necesitamos un equipo de rescate! —Edelgard comandó a toda prisa.

—De inmediato, Su Majestad —dijo Hubert al dar una media vuelta y comenzar las organizaciones.

El acantilado lucía vacío y profundo, incluso la tierra parecía quemada en la superficie de las paredes que creaban la grieta. No había señales de vida, ni siquiera de los árboles que habían estado en las cercanías. Edelgard no podía creer que su profesor hubiera muerto, lo negaba una y otra vez en silencio.

—Eddie —Dorothea se acercó a Edelgard y tocó con suavidad su hombro—, el profesor no está muerto. Sé que debe estar en algún lugar. Pero, por ahora, te necesitamos para guiar a las tropas. Ahora ya eres el Emperador, y todos estarán esperando tus comandos; independientemente de que encontremos al profesor, nosotros no podemos permitir que esta victoria se convierta en nuestra condena.

—S-Sí, lo sé —aceptó Edelgard con una voz al límite del quiebre—, pero fue mi culpa… Yo…lo dejé ir solo.

—No, no… Esa mujer provocó a nuestro profesor. Supongo que para él debe haber mucha confusión en todo esto, en especial por su…poder.

Edelgard contempló a Dorothea con asombro y aceptó las palabras de su compañera. Tenía razón, ella no había considerado todo lo que pudiera estar pasando por la mente de Byleth, pero ahora, gracias a él, habían conseguido asegurar Garreg Mach.

—Vayamos con el grupo de búsqueda.

Dorothea negó con la cabeza.

—Deja que Hubert se encargue de eso; los soldados estarán esperando ver el rostro de su líder en la entrada de Garreg Mach.

—Tienes razón —suspiró Edelgard con tristeza.
 

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Parte III

Capítulo dieciocho
El Imperio Adrestian 1



—Byleth, abre tus ojos, tu cuerpo está despierto…tienes que abrir los ojos —la voz de Sothis sonó tersa y maternal—, después de todo este tiempo, continúan sollozando. Utilizan sus lanzas y espadas para entrelazarse en combates… Y la tierra solloza. Y ellos sollozan. Anda, abre tus ojos.

Byleth obedeció y encontró la luz del día; el cielo azul estaba lleno de algunas nubes que se movían hacia el norte. Byleth se puso de pie y encontró a una persona desconocida frente a él. El hombre tenía una apariencia de mercante modesto, con ropajes cafés; sus cabellos eran castaños como su barba.

—Oye, ¿estás bien? No esperaba encontrar a una persona cerca del río —el mercante habló sorprendido.

—¿D-Dónde estoy? —preguntó Byleth. Había notado su garganta rasposa debido al poco uso. ¿Cuánto tiempo había pasado?

—En la villa, a las afueras de Garreg Mach. El lugar estuvo abandonado por un tiempo, pero hubieron algunos bandidos de vez en cuando. Aunque la Iglesia de Seiros ya no está ahí, ahora el ejército imperial ocupa el sitio.

—¿En qué año estamos?

—¿Cómo? —el mercante mostró incredulidad—, ¿te diste un golpe en la cabeza o…estás de broma? Han pasado cinco años desde que la Iglesia de Seiros perdió el control del monasterio y se adentró al territorio del Reino de Faerghus.

—Comprendo… Gracias por la información. Pero debo regresar al monasterio cuanto antes —divulgó Byleth con neutralidad. Había recordado la promesa que había hecho con sus alumnos; sobre reencontrarse cinco años después, cuando el Festival Milenario tomara lugar. Empero, no era por el Festival Milenario, sino por el deseo de ver a sus alumnos.

—Espera un momento, ¿a dónde vas? El monasterio es ahora parte del Imperio.

—Lo sé. Pero tengo que regresar. Gracias de nuevo.

—Que no quede por mí que no te advertí —renegó el mercante.

—Gracias otra vez.

* * * *​

Al entrar al monasterio, las miradas se postraron en Byleth. Algunas personas mostraban incredulidad, otros sospecha, algunos simplemente habían encontrado extraño que un forajido llegara y tuviera la capacidad de entrar al territorio imperial. Sin embargo, ninguna persona se atrevió a detener al desconocido.

Byleth llegó hasta la Torre de la Diosa; subía las escaleras hasta el último piso y por fin encontró a Edelgard. La joven ya no lucía como aquella niña adolescente, con su hermoso cabello largo suelo; ahora estaba vestida como una verdadera emperatriz, usaba una corona peculiar que hacía juego con su peinado ostentoso de dos coletas enroscadas. Su vestido rojo hacía juego con la capa que tenía el bordado del escudo del imperio.

—Hace cinco años…de no haber pasado todo lo que ocurrió, hoy sería el Festival Milenario —dijo Edelgard con una voz un poco más madura.

Byleth detuvo su andar, pues Edelgard había escuchado sus pasos.

—¿Quién está ahí? —demandó Edelgard. Pero al mirar hacia la imagen de su profesor, no pudo evitar a las lágrimas salir.

—N-No… No puede ser… ¿Profesor? No…es posible. Busqué por todos lados pero no encontré nada… ¿Dónde había estado todo este tiempo?

Byleth suspiró con profundidad. ¿Cómo iba a explicar algo que ni él sabía con exactitud? Creía que no había muerto, pues había escuchado la voz de Sothis como en eco; quizás el poder de Sothis había permitido que Byleth no muriera al recibir el poder directo de Rhea, y lo único que había hecho había sido mantener el cuerpo de Byleth en un estado de sueño profundo para sanar las heridas. Eso parecía lo más factible.

—Creo que estaba durmiendo —Byleth pronunció con titubeos.

—¿Cómo puede bromear en un momento así? ¿Tiene idea de lo que pasé? Mi corazón se destruyó, profesor, todos nosotros creímos que lo habíamos perdido. Me culpé una y otra vez al haber permitido que usted enfrentara solo a Rhea.

—Edelgard, no tienes que sentirte así… No eres culpable de nada.

A continuación, Edelgard se acercó a Byleth y lo abrazó con calidez. Byleth replicó el mimo y permitió que la joven llorara un poco más. Unos segundos después, Edelgard se movió y pidió una disculpa.

—Dime, ¿qué ha pasado, Edelgard? ¿Qué hay con la Iglesia de Seiros?

—Rhea, Seteth y todos sus integrantes están en buenas condiciones. Están aliados con el Reino de Faerghus y deberemos enfrentarlos si queremos terminar con esta guerra. Le explicaré más una vez nos reunamos con el resto. Pero…por favor, prométame que no volverá a hacer algo así.

—De acuerdo.

* * * *​

La reunión con el resto de los alumnos había sido agradable. Cada uno de los chicos lucía distinto, más maduros y seguros de sí mismos. Desde Bernadetta que había sido muy tímida, hasta Ferdinand que había estado más interesado en hablar de banalidades sobre la Nobleza; todos lucían distintos. Aunque, muy en el fondo, Byleth todavía los veía como aquellos niños a los que alguna vez había instruido.

Durante la reunión, Byleth había hecho saber a todos que pelearía a su lado; así que había sido informado sobre la misión del ejército. El grupo se adentraría al territorio de la Alianza y capturarían el Gran Puente Myrddin. Ante la presencia de Byleth, los muchachos se expresaron con entusiasmo y aceptaron la misión con más tranquilidad.

Byleth no abandonó la sala y se acercó a Hubert y Edelgard, los únicos dos que habían quedado presentes.

—Hay cosas que necesito preguntar si es que vamos a pelear juntos —por fin Byleth habló con fuerza—, sé que ustedes trabajan con las personas que asesinaron a mi padre.

—Es verdad —aceptó Hubert con descaro—, pero no debe confundirse, profesor. Nosotros no tomamos comandos de ellos. Lady Edelgard los ve como lo que son: una ventaja. Por ahora estamos cooperando con ellos, pero le aseguro que una vez la guerra haya terminado, los aplastaremos y los desaparecemos del mapa. Supongo que eso es una respuesta satisfactoria.

—¿Y Jeritza? —contrapuso Byleth.

—Obedece las órdenes de Lady Edelgard; así que no iniciará un combate contra usted.

—Cumpliré mi promesa, profesor —Edelgard dijo con prontitud—, ya que no estoy a favor de ellos. Pero, por ahora, son un mal necesario. Por otra parte, el caso de Jeritza es un poco distinto. Le pido que por favor me de un poco más de tiempo. Cuando esta guerra termine, comenzará la siguiente batalla contra Thales y sus secuaces.

—¿Thales? —indagó Byleth.

—El líder de la organización.

—¿Qué hará, profesor? —Hubert insistió con una sonrisa de complacencia—. No actuará por su cuenta para buscar venganza, ¿cierto?

—No… Comprendo que en la guerra a veces hay uniones indeseadas, pero necesarias. Pueden estar seguros que esperaré el tiempo necesario, pero no se opondrán a mi participación durante la pelea contra ellos.

—Por supuesto que no; de hecho, no lo hubiera puesto mejor yo. Una vez acabemos con este conflicto, usted se convertirá en un miembro de alto valor para acabar con aquellos que se Deslizan en la Oscuridad.

—Gracias —agregó Byleth con un poco de desilusión.

* * * *​

Antes de la misión, Byleth había decidido convivir con sus alumnos y rondar por el monasterio para recapitular memorias. Había disfrutado de una buena charla con Dorothea, aunque ahora parecía que la joven ya no estaba tan interesada en el amor como en los tiempos de la Academia. También había visitado a Ferdinand y había descubierto que había madurado en su forma de pensamiento. Por otra parte, Bernadetta estaba decidida a participar en la guerra y seguir creciendo como persona. Petra había mencionado que llevaría el mejor resultado ante su abuelo en Brigid, su tierra de origen, y se convertiría en una reina a la par de Edelgard.

Byleth había titubeado si visitar a Linhardt y Caspar, pues el último incidente con Linhardt había sido pésimo. Él había roto el corazón de su alumno y había cometido el error de dejarse llevar por los deseos carnales. Empero, Linhardt y Caspar habían interceptado a Byleth y habían decidido hablar de sus metas y objetivos en esa guerra. Parecía como si Linhardt hubiera perdonado a Byleth.

—Es un placer volverlo a ver, profesor —Caspar dijo con entusiasmo—, además, queremos agradecerle por algunas cosas.

—¿Agradecerme? —Byleth preguntó con seriedad.

—Sí —Linhardt replicó con alegría—, sé que las cosas que pasaron entre nosotros no fueron las mejores, profesor, pero no fue su culpa. Yo…intenté imponer mis sentimientos en usted. Caspar ha estado a mi lado desde ese entonces, y gracias a él he aprendido a dejar ir ese enojo que sentía por usted. Lamento haberle causado problemas.

—Descuida, yo debería ser quien te pida una disculpa.

—Por cierto —Caspar arrebató la palabra—, ¿ya ha hablado con Jeritza? Edelgard dijo que nos ayudará como una unidad más en la guerra, pero…ya sabe, es el Death Knight, uno de los enemigos más peligrosos que enfrentamos en el pasado.

—No…no he hablado con él.

Linhardt suspiró y tomó el brazo de Caspar para impedir que continuara con sus palabras.

—Espero que pueda hablar con él, profesor —dijo Linhardt al final—, porque, de cualquier modo, nos acompañará en todas las misiones hasta que acabemos esta guerra.

—Comprendo. Gracias por la advertencia, chicos.

Byleth prosiguió con la exploración hasta llegar cerca del área de entrenamiento. Había creído que encontraría a Jeritza en ese sitio, y no se había equivocado. Sabía que Jeritza tenía un gusto alto por el combate, y mostraba una obsesión por enfrentar enemigos poderosos. A unos metros de la puerta de la arena de entrenamiento, Jeritza estaba parado, parecía que miraba algunos pajaritos que cantaban sobre la rama del árbol de la derecha.

Antes de llegar junto a Jeritza, Byleth suspiró con fuerza y preparó su mente. No deseaba iniciar un combate por el bien del imperio, pero tampoco estaba feliz de encontrarse con un sujeto que deseaba matarlo.

—Sobreviviste —Jeritza dijo al ver a Byleth; había sonado casi feliz—, qué fortuna.

—¿Fortuna? —Byleth preguntó con un tono seco. Hacía un esfuerzo mayor por esconder todo lo que en esos instantes sentía. Estaba furioso, tenía deseos de desenfundar la Espada del Creador y matar a ese sujeto; pero también percibía su cuerpo temblar un poco de emoción, pues se llenaba de ilusiones y sentimientos de una alegría inusual.

—Sí. De haber muerto, no habría podido pelear contra ti.

—Claro, pelear…

—Pero estás vivo y ahora tengo otra oportunidad para matarte.

—¿Cuál es tu problema? —recriminó Byleth sin pensar.

Hubo un silencio prolongado. Los ojos azules claros de Jeritza contemplaban la imagen de Byleth; mientras que Byleth a veces movía su mirada para evitar el contacto directo con el joven de estatura mayor.

—No puedo pelear contra ti, son órdenes directas del Emperador —Jeritza dijo con un tinte de decepción—, pero quizás…

—Nada, quizás nada. Cometí un error al venir hasta aquí para hablar… ¿Crees que olvidé lo que intentaste hacer esa noche?

—Era tu deseo.

—No tienes idea de lo que deseo. Así que…deja de decir que quieres matarme… No —Byleth cambió su expresión y dejó que su voz sonara molesta—, ¿sabes qué? Me parece perfecto que sigas diciendo tonterías como esas. Si quieres que peleemos, entonces acabemos con esta guerra, ¿quieres?

Y, sin esperar por una respuesta, Byleth dio una media vuelta y se alejó hacia el norte del monasterio. Necesitaba aclarar su cabeza, dejar la ira y la confusión que tenía cuando se trataba de Jeritza.

* * * *​

Antes de comenzar la misión, Edelgard había llamado a Byleth un día antes a la antigua cámara del Arzobispo. Byleth creía que tratarían otros puntos respecto a la pelea próxima, pero al entrar a la sala reconoció el rostro de una persona. El hombre ya no lucía tan joven, pues ahora tenía barba oscura como el resto de su cabello; portaba una media coleta y había una nueva cicatriz cerca de su ojo derecho. Era Louis.

Byleth se acercó casi corriendo hacia Louis y Edelgard y mostró una sonrisa profunda y genuina.

—¡Capitán! —Louis dijo con su clásico tono despreocupado—, recibimos un mensaje del imperio, a cerca de que usted había vuelto. Oh, Byleth —Louis se acercó al joven y tocó el hombro de Byleth—, no tienes idea de lo feliz que me hace saber que has vuelto. Durante estos cinco años tuvimos muchos problemas, pero sabíamos que no podías haber muerto tan fácilmente. Eres hijo del Capitán Jeralt, después de todo, y ese cabrón era difícil de derrotar.

—Pensé que sería bueno que se reencontraran —Edelgard agregó a la escena.

—Muchas gracias, Su Majestad —ofreció Louis—. Capitán, el Imperio nos ha pedido trabajar para ellos y la paga es buena. Pero…ahora contigo de vuelta, dependemos de tu decisión.

—Por supuesto. Louis, será un placer volver a pelear junto a ti.

—El placer es nuestro, capitán.

* * * *​

Al término de la misión, el grupo no había tenido muchas bajas y el ejército del imperio había tomado control del Gran Puente Myrddin. Byleth recordaba que cerca de esos territorios, alguna vez, el grupo de mercenarios había sido emboscado por enemigos extraños. Ahora sabía que su padre había negado una misión a un cliente de poco fiar y por esta razón habían sido atacados. ¿Había sido el mismo grupo que ahora trabajaba con el Imperio?

De acuerdo al informe, con el puente bajo el control del Imperio, sería más fácil llegar hasta el noreste, donde se encontraba la capital acuática Derdriu. Si tomaban control de la capital acuática, entonces el líder de la Alianza, Claude, no tendría otra opción que abandonar el puesto y permitir el control absoluto del Imperio en ese territorio.

Sin embargo, para derrotar al Estratega Maestro Claude, necesitarían planificar con precaución. Por lo que habían considerado varias opciones, y Byleth también conocía un poco sobre Claude, en especial por la reputación que había ganado durante sus días en la Academia; había sido descrito como un chico capaz de engañar a cualquiera con sus palabras.

Por fin, los líderes habían decidido utilizar la influencia que tenían en el territorio Gloucester para prevenir sorpresas por parte de Claude.

* * * *​

Antes de la misión, en uno de los días libres que Byleth había encontrado entre todas las actividades que la milicia demandaba, había llegado hasta la cocina y había encontrado a Jeritza en soledad. El otro joven no portaba ya su máscara, pero su rostro era poco expresivo; casi como Byleth.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Byleth preguntó con calma. Había notado que Jeritza comía un postre—. ¿Es un postre?

—¿Hay algún problema? —repuso Jeritza con su voz pesada—, también soy un humano y tengo deseos de comer algo que me apetezca. Además, lo que yo coma no es de tu incumbencia.

—No lo esperaba de ti —opinó con descaro Byleth.

—¿Y tú, qué quieres?

Byleth titubeó. La última vez que había visto a Jeritza había dicho cosas sin pensar en las consecuencias.

—Eh…te buscaba…para ver si querías entrenar conmigo.

—Sí, suena bien. Lo haremos después de que termine mi postre.

Por unos minutos prolongados no hubo respuesta por parte de los dos. Byleth no sabía si debía disculparse o si debía alejarse.

—No puedo comer en paz si sigues aquí, más si sigues mirando así.

—Lo siento —dijo Byleth con prisa—, me voy.

Byleth abandonó el comedor y se dirigió hasta su habitación. Cerró la puerta con seguro y se sentó sobre la cama. Por fortuna, su habitación todavía estaba intacta y todas sus pertenencias se encontraban ahí. Byleth recordó de inmediato lo que había encontrado en la habitación de su padre, detrás del diario que había contenido mucha información sobre él mismo, había encontrado una bolsita con un anillo que alguna vez había pertenecido a su madre.

Con rapidez, Byleth se puso de pie y buscó la bolsita en el escritorio. Encontró la bolsita detrás del diario de su padre que había decidido conservar, y sacó el anillo. El joven cerró el puño con suavidad y aclaró su mente. ¿Odiaba realmente a Jeritza? Por una parte comprendía que las cosas habían sido complejas durante el pasado, pues Jeritza había obedecido órdenes del grupo que ayudaba al Imperio en esos momentos. Pero, también era claro que Jeritza deseaba matarlo por ninguna razón coherente.

Byleth dio unos pasos por la habitación hasta que se sentó en la cama. Debía ser honesto consigo mismo, pues desde su regreso y su reencuentro con Jeritza, no podía dejar de pensar en ese joven. Sí, tenía sentimientos contrarios, por la identidad que había jugado en el pasado ese sujeto, pero también aceptaba que Jeritza había tenido la oportunidad de hacerle daño y no lo había hecho.

Al sentir el cansancio, Byleth se recostó en su cama y se prometió que indagaría más sobre la identidad de Jeritza y su pasado; tal vez así pondría fin a sus pensamientos de agobio y aquella atracción que todavía permanecía vigente.
 

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Capítulo diecinueve
El Imperio Adrestian 2

—Honestamente no había esperado esa respuesta de Claude —Edelgard opinó mientras caminaba junto a Byleth en los jardines del monasterio—, y tampoco esperaba que nos entregara su Reliquia de Héroe. De verdad, ¿qué clase de planes tiene?

—Demostró ser todo un genio —aceptó Byleth—, no cualquiera tiene un plan para proteger a su gente en caso de una derrota a un nivel político.

—Es verdad. Claude es un sujeto impredecible. ¿Quién hubiera pensado que utilizaría las fuerzas de Almyra para enfrentarnos? Una jugada maestra. Por un momento pensé que tendríamos más problemas y muertes por ese hecho, pero usted… Bueno, ya conocemos la historia, Profesor.

—Sí.

Cuando llegaron cerca de los dormitorios, Edelgard contempló hacia la arena de entrenamiento y luego miró a Byleth.

—Profesor, ¿puedo saber algo? —Edelgard reinició la charla.

—Sí, claro. ¿Qué pasa?

—He escuchado sobre algo que usted está haciendo. Sé que ha estado interrogando a la gente referente a Jeritza.

—No es por lo que piensas, Edelgard —reiteró Byleth con un poco de pena—, en realidad es…por otra razón. No voy a causar un problema, tenlo por seguro. Pero…es importante para mí. Aún no puedo decirte el porqué, ya que todavía no tengo esa respuesta yo.

—Oh —Edelgard sonrió y mostró impresión. Era la primera vez que veía a su profesor comportarse con pena y atolondradamente—, está bien. No voy a preguntar, pero…¿me dirá?

—S-Sí…te lo diré cuando haya obtenido mi respuesta.

Edelgard aceptó las palabras de Byleth y decidió marcharse; todavía tenía una junta con algunos generales para revisar el siguiente movimiento. Parecía que el Imperio por fin estaba más que listo para atacar al Reino, por lo que Edelgard no tenía mucho tiempo que perder.

Por otro lado, Byleth se acercó hacia los dormitorios pero detuvo su andar casi de inmediato. ¿Qué le diría a Jeritza? ¿Qué clase de conversación tendría con él? Byleth se decidió y prosiguió por los jardines hasta quedar frente a Jeritza. El otro joven no hizo movimiento alguno, sólo aguardó como si estuviera en una competición de estatuas.

—Quieres saber la razón de porqué estoy aquí, ¿verdad?

—¿Qué? —preguntó Byleth un poco sorprendido al escuchar la voz de Jeritza.

—Ni el Emperador ni el Imperio tienen mi voto. Todo es parte de un acuerdo. No hay otra razón.

Y, sin otra palabra más, Jeritza caminó hacia la zona de entrenamiento. Byleth no había esperado esas frases, ya que había escuchado algunas cosas confusas referente al pasado de Jeritza. De pronto, negó con la cabeza y se dirigió hacia el comedor. Todavía era tiempo para alcanzar un poco de comida.

El gran comedor estaba casi vacío, puesto que el sol ya había caído, así que los cocineros habían cerrado las puertas de la cocina y ahora recogían los platos que se usaban para servir. Byleth pidió a una de las ayudantes no retirar todos los guisos y se sirvió un poco de comida, luego anduvo hasta la mesa más lejana y se sentó. Por unos minutos pudo relajarse; la guerra parecía que pronto llegaría a su fin, y no tenía más dudas de querer enfrentar a Rhea. Aquellos pensamientos se tornaron oscuros; pues Byleth recordó las palabras de esa mujer. Él era una especie de creación, algo así como un contenedor para la vida de otro ser. Si era así, entonces, ¿sus sentimientos no eran propios? No, no puede ser así, recordó Byleth. Alguna vez había convivido con Sothis, una creatura que tenía el mismo nombre que la Diosa adorada por la Iglesia de Seiros, y con las conversaciones que había tenido con ella, sabía que él era un individuo con una identidad propia.

De manera imprevista, unos pasos se acercaron hasta Byleth y se detuvieron. El mercenario miró hacia la derecha y encontró a Jeritza.

—Sé que has estado preguntando por mí —Jeritza inició la conversación—, no tienes que esconderlo.

—Sí, lo he hecho —Byleth repuso sin mucho interés de discutir.

—De cualquier manera, no importa. Si lo que deseas es saber sobre mi pasado, yo puedo decírtelo.

—Sobre tu pasado… Bien, te escucho.

—No siempre fui el Death Knight. Claro que para el Imperio y los enemigos del Emperador yo sólo fui esa imagen. Tuve que aprender a controlar el deseo de sangre que ese caballero tiene sobre mí, pues si no hacía algo habría iniciado una masacre contra indefensos e inocentes.

Byleth contempló con incredulidad a Jeritza. ¿Escuchaba palabras de honestidad por parte del otro joven?

—¿Como caballero de la muerte no matas inocentes? —indagó Byleth.

—No. Gracias al Emperador tuve otra oportunidad. Fui adoptado en una casa de la Nobleza para convertirme en el heredero debido a que esa familia estaba por desaparecer. Pero eso no fue lo importante. Además, el Emperador me da misiones en las cuales puedo matar a quienes lo merecen y valora mi servicios como una persona. Aunque la conocí cuando todavía era una princesa. Quizá por ello acepté su acuerdo y la he seguido hasta este punto.

—Hablas de Edelgard, ¿verdad?

—Sí. ¿Satisfecho? ¿Seguirás preguntando a otros por mi pasado?

—No…ya no… —Byleth hizo un esfuerzo por no sonar decepcionado—, y si quieres…puedo alejarme de ti.

Sin previo aviso, Byleth se puso de pie, se despidió de Jeritza y salió del comedor a toda prisa. No había esperado la honestidad de ese joven, ni mucho menos la calma con la que Jeritza había hablado. Tal vez ahora tenían que convivir durante la guerra, y había comenzado a confiar en él, ya que Jeritza había demostrado su capacidad para trabajar en conjunto.

Byleth llegó hasta su habitación y se adentró. Había cerrado la puerta sin seguro y se había acercado hasta el escritorio. Estaba confundido por las actitudes de Jeritza; no comprendía sus acciones ni su manera de interactuar. ¿Quería matarlo o había otro tipo de interés por él?

Con pesadez, Byleth dejó caer su cuerpo en la silla y recargó sus brazos en la mesa. Necesitaba aclarar su mente y despejar sus pensamientos de Jeritza. ¿Pero, cómo? Byleth tomó un libro del estante cercano y lo hojeó; tal vez si enfocaba su mente en otras cosas podría dejar de rondar en ese mismo tema.

Por unos minutos Byleth hizo un esfuerzo mayor por concentrarse, hasta que consiguió la paz por unas horas. El tiempo pasó sin avisar y Byleth había quedado recargado en sus brazos y dormido. Si no hubiera sido por un sonido en su puerta, Byleth habría quedado dormido durante toda la madrugada en esa posición. Abrió los ojos y miró hacia los alrededores; la noche ya había llegado y había perdido la oportunidad para comer. Por la interrupción de Jeritza, Byleth no había podido disfrutar de sus alimentos, así que estaba hambriento.

¿Había alucinado el sonido en la puerta? Empero, otra vez llamaron a la puerta. Byleth talló sus ojos, se puso de pie y abrió la puerta. La figura de Jeritza sorprendió al mercenario, así que dio dos pasos hacia atrás. Jeritza portaba un plato cubierto con una servilleta, pero de éste se desprendía un olor a estofado agridulce.

—¿Q-Qué haces aquí? —preguntó Byleth con impresión.

—Pude notar que no comiste —reveló Jeritza con un tono plano—. Te traje comida.

Byleth no supo qué decir. Aguardó por unos minutos y luego hizo un ademán para dejar pasar a Jeritza. El castaño-rubio aceptó la entrada y se dirigió directamente hasta el escritorio. Jeritza colocó el plato de comida sobre la mesa, pero pasó su mirada sobre las pertenencias de Byleth. Por otro lado, Byleth cerró la puerta y contempló a Jeritza con seriedad.

—¿Leías? —Jeritza insistió.

—Eh… —Byleth había olvidado la lectura que había hecho antes de quedarse dormido. En realidad, simplemente había usado el libro como una distracción y no como un interés para estudio—, sí…

El silencio se hizo presente otra vez.

—¿Qué quieres? —por fin Byleth se atrevió a preguntar.

—Traje comida. Quería traerte comida. Noté que no comiste.

—Sí, eso ya lo habías dicho.

—¿No quieres comer?

Byleth aguardó. Dirigió su mirada hacia el plato y debido al olor, su estómago reaccionó. El sonido había sido fuerte, así que Jeritza también había escuchado el deseo de hambre del mercenario. Byleth sintió un rubor en las mejillas y agachó la mirada.

—Come —Jeritza ofreció como si estuviera interesado en el bienestar del otro joven. Removió la servilleta y acercó un poco el plato hacia la orilla—. La misión será en unos días, y necesitas mantener tu cuerpo bien.

Byleth no reprochó. Se acercó al escritorio y tomó un bocado. El sabor agridulce invadió el paladar de Byleth y disfrutó de la comida. Por unos segundos, Byleth ignoró la presencia de Jeritza y comió un poco más.

—¿Todavía estás molesto? —Jeritza interrogó.

Byleth levantó el rostro y contempló a Jeritza con un intriga. Dejó la comida a un lado y dio unos pasos hacia la cama. En realidad ya no estaba tan molesto como al inicio, pero sí estaba desesperado por la confusión que Jeritza provocaba en él.

—Gracias por la comida —Byleth logró decir con calma—, no te hubieras molestado. Es un poco tarde así que…

Jeritza acortó la distancia entre ambos y tocó la nuca de Byleth. El mercenario reaccionó y dio una media vuelta con rapidez.

—¿Qué haces? —dudó Byleth con sorpresa.

Empero, no hubo respuesta. Jeritza volvió a cerrar la distancia, contempló fijamente a Byleth y, sin previo aviso, sujetó la barbilla del otro muchacho con su mano derecha. Byleth volvió a sentir aquél rayo electrizante que había recorrido su cuerpo ante el tacto de Jeritza. Intentó reaccionar, pero Jeritza plantó un beso suave en los labios de Byleth. ¿Qué ocurría? ¿Por qué Jeritza lo besaba? Durante unos segundos, Byleth reconoció el deseo y permitió que se hiciera presente en sus mejillas.

Con calma, Jeritza rompió el beso y sólo aguardo. Byleth evadió la mirada del otro y suspiró.

—¿Q-Qué…haces? —Byleth dijo otra vez.

—Es lo que deseas, ¿no?

—¿Q-Qué? —Byleth arrojó una mirada de molestia hacia Jeritza.

—Hace cinco años, durante el tiempo como profesores, sé que deseabas esto. Tu mirada era obvia.

Byleth movió la cabeza y consiguió liberarse del tacto de Jeritza. Estaba nervioso y temía. Sabías que Jeritza era poderoso y que podría reaccionar con sadismo debido a su identidad como un soldado que gozaba de la muerte.

—Vete —pidió Byleth.

Jeritza se alejó un poco, pero no desprendió la mirada del rostro del otro joven. Él también era consciente de que la fascinación que sentía por Byleth era causada por algo más que por el deseo de la sangre.

—¿Eso quieres? —preguntó Jeritza con neutralidad.

—Sí. Quiero que te vayas.

Entonces, Jeritza caminó hacia la puerta, pero se detuvo. Reaccionó con rapidez y sujetó el brazo de Byleth para arrojarlo hacia la cama. Byleth sintió su cuerpo chocar con el colchón y ser aprisionado por el peso de Jeritza. El otro joven movía su rostro hacia el cuello semi-descubierto de Byleth y dejaba que su respiración pesada chocara con la piel; había logrado retirar la gabardina del otro joven. Byleth gimió con suavidad una vez sintió los labios de Jeritza en su cuello; era la primera vez que alguien besaba y lamía su piel con tal ferocidad. Jeritza mordía y dejaba marcas en la piel pálida de Byleth, sin importar que el otro muchacho ya había colocado su mano sobre su hombro para alejarlo. De pronto, Byleth sintió su ropa ser levantada y una mano tocar su abdomen. Jeritza movía con suavidad sus dedos y hacía pequeños pinchazos para causar más sonidos eróticos por parte del mercenario.

—N-No… Jeritza —Byleth gimió con placer y cerró los ojos. Era como si una de sus fantasías se hubiera hecho realidad.

Jeritza gozó ante la reacción de Byleth y decidió proseguir. Abandonó la atención del cuello de Byleth y reanudó el beso, aunque ahora más pasional y con invasión interna. Byleth sintió su lengua ser dominada por la lengua del otro, también percibía que la rodilla de Jeritza tocaba de vez en cuando su entrepierna. Byleth desistió de su intento de liberarse y abrazó del cuello al otro joven. Jeritza sonrió de entre el beso y despojó a Byleth de su playera y pantalón al retirar las armaduras y botas. Al romper el beso, Jeritza llevó su boca hasta el pecho de Byleth y comenzó a dejar marcas en su piel y las cicatrices de batallas pasadas; parecía como una necesidad, una necesidad de mostrar que él poseía ese cuerpo. Byleth gimió otra vez y dejó que su voz saliera con sensualidad.

—Sí —Jeritza dijo entre caricias—, se siente bien, ¿verdad?

Byleth no se dispuso a responder, estaba sumergido en el placer y deseos carnales que controlaban su cuerpo en esos instantes. Por otro lado, Jeritza colocó una de sus manos sobre el miembro semi-erecto de Byleth e inició un movimiento circular para estimularlo.

—Dime —Jeritza rompió los mimos—, ¿qué más deseas?

—N-No… —Byleth habló entre jadeos— no me…p-preguntes eso…

—Pero sí lo sabes.

Byleth tenía el rostro lleno de vergüenza, rojo en las mejillas y con una expresión sensual al mismo tiempo. Tenía vergüenza por las palabras de Jeritza, ¿cómo iba a responder a eso?

—Dime.

Por unos instantes, Byleth pensó en palabras románticas, en frases de amor, en oraciones cargadas de revelaciones. Se había enamorado de Jeritza, pero las posiciones anteriores y sus verdaderas identidades habían causado una confusión en todo eso. Byleth no tenía idea desde cuándo se sentía así, tan atraído por ese hombre, pero había reprochado esos sentimientos con excusas, porque, en verdad, no había podido aceptar que se había enamorado de un enemigo. ¡Un enemigo que había sido parte de la organización que había matado a su padre! Eso era todavía peor.

—Será mejor que me detenga —por fin Jeritza rompió el silencio.

—No —Byleth dijo casi de inmediato—, por favor…no… No te vayas.

—¿Entonces?

Byleth acercó su rostro a Jeritza y lo besó con fuerza. Había movido sus brazos para acercar el cuerpo de Jeritza; incluso había intentado sentir la piel del otro muchacho, así que desabrochaba el cinturón de Jeritza y abría la túnica del otro. Jeritza volvió a sonreír de entre el beso y dejó que Byleth continuara; por su parte, él bajó la ropa interior de Byleth y tocó su pene.

—¡Ah! —Byleth gimoteó de placer ante el tacto del otro sobre su miembro—, ah… Jeritza… E-Espera… ¡Ah!

Jeritza había acrecentado los movimientos y ya había separado su rostro del de Byleth. Ahora ponía atención en las expresiones y voz de Byleth; también sentía excitación, y se había percatado de su propia erección. Jeritza detuvo por unos momentos su mano y bajó su pantalón y ropa interior; llevó la mano izquierda hasta la boca de Byleth y presionó dos dígitos en su boca.

—Abre la boca —ordenó Jeritza con una voz entre sensual y gozosa—, ¿o prefieres el dolor?

Byleth obedeció y llenó los dedos de Jeritza de saliva. Jeritza retiró la mano de la boca del otro joven y la llevó hasta la entrada anal. Byleth sintió la intrusión de ambos dígitos; había dolor y miedo por todo aquello. Byleth nunca había tenido sexo, pero conocía el acto sexual; empero, temía por lo que estaba a punto de experimentar. Con rapidez, Jeritza movía los dedos dentro de la entrada de Byleth; hacía un danzar entre círculos y aperturas para ensanchar el recto del mercenario. Byleth cubrió su boca con la mano para evitar a su voz escapar; pero Jeritza retiró la mano con su propia mano libre.

—No —pidió Jeritza con un tono vulgar—, déjame escucharte…

Por uno segundos, Byleth deseó escuchar su nombre salir de los labios de Jeritza, pero creyó que era demasiado pedir. Jeritza prosiguió con la búsqueda en el ano de Byleth, hasta que al presionar en un punto obtuvo un espasmo en todo el cuerpo del otro joven. Jeritza sonreía complacido y ya había presionado con fuerza ese punto para causar a Byleth gemir de placer y hacer que su cuerpo se curvara ante él. Byleth dejaba a su voz salir sin control, cerraba sus ojos de vez en cuando y no creía posible aquella sensación que envolvía todo su cuerpo; era como un rayo que enviaba descargas a su miembro, a pesar de que nada rozaba con su piel.

A continuación, Jeritza retiró los dedos del interior de Byleth y luego posicionó su propio miembro; comenzó a introducirse y de una arremetida quedó completamente dentro. Byleth había ahogado un grito por el dolor que había percibido; el dolor se expandía como un ardor en su interior y parte del exterior. Jeritza comenzó a moverse con rapidez y fuerza; ni siquiera había dejado a Byleth adaptarse a la sensación.

—J-Jeritza —Byleth habló entre gemidos—, e-espera…ah…¡ah! N-No…

—¿No? —Jeritza preguntó con una voz entrecortada por el placer.

—D-Duele…ah…¡ah! P-Por…favor… —pidió el mercenario.

Jeritza no se detuvo, pero decidió tocar el pene de Byleth y acariciarlo para causar más placer y menos dolor. Byleth sujetó las sábanas de la cama con fuerza y movió su rostro hacia la derecha para evitar la mirada penetrante de Jeritza; incluso había cerrado los ojos como si eso le protegiera. No podía pensar en absolutamente nada más que ese instante. Durante unos minutos prolongados, Jeritza continuó con las embestidas hasta alcanzar el clímax dentro de Byleth; acarició con fuerza el miembro del otro y lo hizo venirse.

—¡Ah! —Byleth dejó salir un grito seco entre placer y miedo. Abrió los ojos y contempló a Jeritza. Todavía podía sentir el miembro de Jeritza dentro de él, y un fluido caliente en su estómago—. J-Jeritza… Y-Yo…

Jeritza retiró su cuerpo de Byleth y comenzó a acomodar sus ropajes. Byleth intentó sentarse, pero todavía había una sensación de dolor en su entrada anal, así que sólo pudo sostenerse con los codos.

—¿J-Jeritza?

Y, sin una palabra, ni otra mirada, Jeritza se puso de pie, caminó hacia la puerta y abandonó la habitación de Byleth. En la otra mano, Byleth se quedó pasmado; calmaba su respiración y acallaba a su mente. No sabía si aceptar la situación, o cómo interpretar el silencio de Jeritza. ¿Había cometido un error? De pronto, Byleth sintió un deseo de reír, pues había tenido sexo con una persona de la que estaba enamorado; empero, también quería sollozar, pues no quería que Jeritza fuera sólo algo pasajero.

* * * *​

—¡Su Majestad, se acercan desde el norte! —informó uno de los soldados imperiales que había arribado a la cámara principal—, ¡es la bandera de la Iglesia de Seiros!

—Y lo peor del caso —agregó Hubert sin alterarse ante el ataque sorpresa—, es que ellos conocen Garreg Mach de arriba-abajo. Cada escondite es una trampa mortal para nosotros.

—Defenderemos nuestra posición; Randolph y Ladislava interceptarán al ejército de Seiros antes de que lleguen al Monasterio. El grupo élite nos quedaremos aquí para defender; seremos el escudo de Garreg Mach.

A pesar de que el plan había sido riesgoso, el resto de los presentes había aceptado las órdenes de Edelgard. Los soldados iban y venían; preparaban sus armas, revisaban los últimos detalles y el ejército de ataque estaba por salir de Garreg Mach. El imperio era consciente de la fortaleza que la Iglesia de Seiros tenía como ventaja, pues tenían soldados experimentados como Seteth, Shamir y Alois.

El combate se disipó por unos momentos, ya que las tropas bajo el comando de los dos generales de asalto habían interceptado a la mayoría de los enemigos; empero, un grupo había llegado hasta las faldas del monasterio y el pueblo que ya había sido evacuado previamente por órdenes de Edelgard.

Las Fuerzas de Combate del Águila Negra estaban listas para defender; habían iniciado el despliegue de las unidades bajo el comando de Edelgard y las estrategias de Byleth. Parecía que no habría manera de que perderían, pero los enemigos parecían sostener posiciones en las zonas boscosas del pueblo. Con prontitud, Edelgard descubrió las intenciones de los soldados de Seiros; estaban a punto de prender fuego a todo el terreno.

Ante la necesidad, Byleth había tomado el camino hacia el acantilado; había descubierto que Shamir, una guerrera cercana a Rhea, transportaba grandes materiales inflamables. Byleth prosiguió con el combate; sabía que era cuestión de minutos antes de que los enemigos encendieran todo en llamas y tuvieran una verdadera ventaja.

Con maestría y profesionalismo, Byleth había derribado a cuatro soldados, dos voladores y dos de caballería pesada; empero, había recibido un ataque directo de un mago. La magia había quemado una parte del brazo izquierdo de Byleth y había detenido su avance. Byleth ignoró el dolor de ardor en la parte de su piel que había quedado marcada por la quemadura; había corrido hacia el mago y había atacado al enemigo con facilidad. Antes de proseguir, una lluvia de flechas llegó hasta el sitio, sobre Byleth y el grupo de mercenarios que ya lo habían alcanzado.

—¡Cuidado! —gritó uno de los mercenarios. El hombre había destruido una flecha directa hacia Byleth con ayuda de su espada—, ¡los enemigos se acercan!

—¡Louis, no! —Byleth ordenó—, ¡los necesitan en el frente!

Otro ataque de flechas fue lanzado por los enemigos; pero esta vez alguien más había protegido al líder de los mercenarios. El caballo relinchaba y la lanza había intervenido en el camino de algunas flechas. Byleth reconoció a Jeritza y continuó su ataque. En el campo de batalla no había tiempo para pensar en los acontecimientos de unos días atrás, así que el joven mercenario acortó la distancia entre él y Shamir.

Shamir lucía casi igual que hace cinco años, con su cabello corto y oscuro, ojos azules oscuros y su tez pálida. Manejaba con precisión su arco largo y ya había apuntado hacia Byleth. Dos flechas fueron disparadas con precisión y rapidez, pero Byleth había usado el terreno como ventaja. Acto seguido, Byleth rodó por el suelo y perforó el pecho de Shamir con su espada de plata que usaba en esa ocasión. Antes de que el joven pudiera relajarse, el sonido de un aleteo pesado se hizo presente. Otro individuo se había acercado hasta la escena; volaba sobre su dragón heráldico y traía una lanza hermosa que parecía como una Reliquia de Héroe.

—¡Tú! —la voz de Seteth se hizo presente—, ¡nunca perdonaré tu traición hacia Lady Rhea!

—Nunca traicione a nadie —recriminó Byleth; preparó su arma y esquivó una arremetida del contrincante—. Jamás juré lealtad a ustedes; ¿por qué lo haría? Sé que esa mujer hizo algo y sé que le mintió a mi padre. Y también me queda claro que la Iglesia de Seiros es una institución para controlar a las masas.

—¡Silencio! —gritó Seteth molesto—. Me encargaré de matarte.

El combate inició con un choque entre ambas armas; Byleth había cubierto dos embestidas de Seteth, y la ventaja por el dragón heráldico era obvia. Además, más enemigos se habían unido a la escena, aunque habían sido contrarrestados por los mercenarios. Byleth concentró sus ataques hacia Seteth, lanzaba espadazos con profesionalismo y resentía la potencia de la lanza del hombre de cabellos verdes. Seteth actuó a toda prisa y dio dos vueltas en el aire para confundir a Byleth; había conseguido herir al menor por la espalda, pero su segundo ataque había sido cubierto por otra persona.

Otra vez Jertiza se había unido al combate y había asistido a Byleth.

—Te uniste a los pecadores —opinó Seteth con odio—, a quienes se atrevieron a profanar la sangre de los Santos.

—J-Jeritza —susurró Byleth—, ten cuidado.

Seteth reanudó el combate e intentó agredir a Jeritza. En la otra mano, Jeritza cabalgaba con suavidad a su caballo y conseguía desviar los ataques de Seteth. Byleth, por su cuenta, sentía la sangre corre por la herida de su espalda, pero todavía podía presionar a su cuerpo un poco más; conocía su límite, y todavía podía seguir en la pelea. Byleth aprovechó un momento y corrió hacia Seteth, cubrió la lanza y evitó una mordida del dragón heráldico; había trepado con ayuda de la silla de montar y la cabeza del dragón. La espada de Byleth alcanzó el cuello de Seteth; empero, había sentido algo que perforaba una parte de su hombro derecho. Seteth cayó al suelo y el dragón huyó por el miedo ante la muerte de su amo; Byleth también había caído, pero se sostenía con ayuda de la espada.

—¡Capitán! —Louis gritó y corrió hacia el joven mercenario—, ¿estás bien? Mierda, estás lleno de sangre, chico.

—E-Estoy bien —pronunció Byleth casi sin aliento—, con la caída de Seteth, ellos se marcharán.

Y, efectivamente, las tropas sobrevivientes comenzaron a retroceder y a huir. Seteth había sido el comandante principal de ese grupo de ataque sorpresa, y sin él, no tenían otra opción que regresar hacia la línea de defensa. Byleth intentó ponerse de pie, pero perdió el equilibrio; Louis había intervenido y había sujetado al joven.

—Chico, hay que llevarte de inmediato a la enfermería.

Jeritza se acercó hasta Byleth y Louis, bajó de su caballo y tomó a Byleth de los brazos; había ayudado al joven mercenario a subir al caballo.

—Lo llevaré de inmediato —aseguró Jeritza con calma.

—Eh… Claro —Louis aceptó con duda—. Capitán, nosotros reportaremos a los soldados imperiales y a Su Majestad.

—D-De…acuerdo —pronunció Byleth casi sin fuerza.

Jeritza montó a su caballo y cabalgó con rapidez hacia las líneas de defensa para buscar a Linhardt y al resto de los magos de magia blanca. Por otra parte, Louis quedó un poco inseguro, pues tenía una leve sospecha sobre lo que ocurría entre Byleth y Jeritza. Louis era el mercenario líder después de Byleth, y tenía la necesidad de asegurar que su nuevo capitán no se metiera en problemas, así como saber si Byleth no cometía un error al hacer amistad cercana con un sujeto que era conocido como el Death Knight.
 
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