Fanfic Whisimbell

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Halo. Voy a dejar aquí esta pequeña introducción y mañana o pasado subiré el prólogo. No es más que un fanfic de fantasía. Por primera vez desde que escribo fanfics, no aparecerán los digimon (al menos de momento). El nombre de "Whisimbell" me pertenece, lo juro. Cuando tenía 11 años me lo inventé para poder escribir una historia en un mundo llamado así (nada que ver con este fic xD) y hace un tiempo encontré los apuntes de aquella historia y quise rescatar el nombre. Si lo buscan en Google no encontrarán resultados, por eso digo que me pertenece. Por tanto, "Whisimbell" y todo lo que ello conlleva me pertenecen. Asimismo, Digimon y todos sus personajes (Tai, Matt, Sora, Mimi, Joe, Izzy, TK, Kari, Davis, Yolei, Cody y Ken) le pertenecen a Toei Animation Company. El resto de personajes también me pertenecen.

Si se lo preguntan, habrá takari y algo de taiorato y, si eso, kenyako. Repito, si eso jajaja. Entre alguna que otra pareja. Es bastante probable que añada koumi por primera vez desde que escribo (?). Pero, repito, el fanfic es de fantasía. Por tanto, no girará en torno a las relaciones sentimentales.

Sin más, un saludo y espero que les guste.



_______________________________


Whisimbell

“Solo es imposible si lo crees.”,
Alicia en el País de las Maravillas.




Introducción

Durante años, los niños humanos han crecido pensando que los monstruos existen, que la magia es real. Conforme pasa el tiempo, esos niños se vuelven más susceptibles a todo aquello que el ojo humano no puede ver, y empiezan a creer solamente en aquellas cosas que tienen materia. Todo lo que califican como empírico se vuelve, con el tiempo, más real en sus mentes. En contramedida, está todo aquello que desconocen y que les da pavor. Pavor que se manifiesta en forma de imágenes que intentan convencerlos de que son reales y de que van más allá de la simple e ignorante existencia de los seres humanos.

No creo en los fantasmas es algo que solamente diría alguien que alguna vez creyó en ellos. En el momento en el que te presentan la posibilidad de que exista algo que nunca has visto, tu mente se plantea dos opciones: que eso sea real o que no lo sea. En el primer caso, llegas a imaginarte esa posibilidad y la conviertes en real hasta que, quizás, te auto convences de que no. Esa creencia ya está ahí, y es entonces cuando la imaginación humana trabaja con más poder del que alguna vez pensaste que tenía.

¿Crees en los fantasmas? ¿Y qué pensarías si te dijeran que todo aquello que alguna vez creíste que podía existir existe? ¿Crees que la imaginación de los humanos tiene tanto poder? ¿Y si no es la imaginación humana la que convierte esas “fantasías” en reales, sino que alguien las coloca en tu mente para que sepas de su existencia? Una última pregunta. ¿Existen los fantasmas?
 
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Adolescente idiota y rencoroso
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Muy bien, me enganchaste. ¿Aventuras sobrenaturales/fantásticas en un mundo sin digimon con los personajes relacionándose sentimentalmente? El tipo de historias que me iniciaron en el mundo de lo fics, ja. Esperando por el prólogo y toda la historia, obviamente :D
 

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Me llamo la atencion de entrada por el nombre tan peculiar xD pero la premisa y la breve intro me engancho. Me recuerda mucho a la introduccion de mi propio fic, salvo que este, segun entiendo no contara con digimons. Me anoto al ensayo, espero continuacion ^^
 

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Buenas, niños elegidos.
A Arki A mí también me engancharon al principio ese tipo de fics, antes eran más comunes. Espero no decepcionarte xD.

<Andrea> <Abdrea> Pues posiblemente sea el domingo o el lunes :).

B Belerofonte Me alegra leer eso, espero que el fic en sí te siga enganchando :p

Pues vamos a dejar aquí el prólogo. Este es simplemente una manera de explicarles un poco, muy por encima, el día a día de los elegidos e introducirlos en la que será la historia, que se empezará a ver en el primer capítulo. Y digo que es muy por encima porque no quise detenerme en eso, me gustaría entrar cuanto antes en todo lo que Whisimbell conlleva. Pero este prólogo contiene información esencial. Siento su simplicidad y lo poco que se puede sacar de él, pero espero que al menos les entretenga un rato (?).

Gracias por leer y, en especial, a los tres que comentaron. Sigan así, los amo por ello xD




_____________________________________





Prólogo

Hay ocasiones en las que una sola palabra puede hacer que tu mundo dé un giro de 180º. Es en esos momentos en los que te planteas si de verdad estabas haciendo lo correcto o no, y si es el destino tan perro que es capaz de ponerte delante la miel y no dejarte lamerla. Y cuando piensas que, por fin, las cosas comienzan a seguir un rumbo fijo, todo se viene abajo, y las cosas cambian. Que las cosas cambien no significa solamente que las flores se marchiten o que el tiempo se vuelva loco y aparezca un nubarrón ciclópeo en el lugar en donde antes había un enorme cielo azul. No. Las cosas pueden cambiar de una manera tan drástica e insospechada que asusta. Y asusta mucho mirar, tanto hacia delante como hacia detrás.

Pero de pronto aparece alguien. Ese “alguien” no es un alguien cualquiera. Ese alguien es “Ese” alguien, el mismo por el que decidirás que vale más la pena mirar hacia delante y caminar que quedarte en el sitio y mirar a todos lados asustado. Es entonces cuando decides que las personas que están a tu alrededor importan más que tú mismo, y cuando te das cuenta de que no todas esas personas sienten lo mismo por ti. Y así es como tu mundo vuelve a dar un giro de 180º.


T.K.T.



Odaiba, Tokio
Jueves 19 de septiembre del 2013, 7:45 a.m.

El despertador sonó por cuarta vez esa mañana. La luz del sol había comenzado a filtrarse por la ventana de la habitación, iluminándola por completo. El ambiente dentro de aquellas cuatro paredes era espeso; hacía calor. Un bulto se movió en la cama con un lejano y quejumbroso sonido, y un brazo se estiró a duras penas para apagar la estridente alarma. TK cogió el despertador que le había traído el repartidor de pizzas cuando tenía nueve años y miró la hora: 7:45 a.m.

-Mierda.

Tras soltar la palabra que indicaba que todo iba mal, se levantó de la cama aún en calzoncillos y corrió a coger algo de ropa para ponerse. Otro bulto se movió entre las sábanas de color azul cielo, y una chica de alborotado pelo castaño asomó su cabeza, esforzándose por abrir los ojos.

-¿Llegas tarde otra vez? –Le preguntó.

-Me temo que esto de vernos entre semana no es buena idea –sonrió.

-No vayas –susurró la muchacha, cerrando los ojos.

El rubio abrió la boca para soltarle un monólogo sobre la importancia de tener un hábito y de formarse, sobre todo en aquello que a uno le gusta, pero cuando se dio cuenta, la chica se había rendido de nuevo a los caprichos de Morfeo. Tras dos segundos, apartó la mirada de la desconocida de ojos verdes que dormía desnuda sobre su cama y cogió sus cosas para ir a clase.

***​

-¿Joe?

-Dime, Tai.

-¿Vas a venir mañana? –Preguntó el chico desde el otro lado del teléfono.

Joe continuó escribiendo en sus apuntes mientras pensaba en cómo responderle.

-Creo que no voy a poder –soltó.

-Venga ya, Joe. ¿Estás de broma, no?

-No, Tai, perdona… Estoy muy liado con la universidad.

Joe se podía imaginar a la perfección la cara que tendría su amigo en ese momento.

-Siempre estás liado con algo. Si no es la universidad, es tu novia; si no es tu novia, te tienes que ir con tu hermano a no sé dónde. Además, ¿por qué se supone que sigues en la universidad? Incluso Kari está a punto de terminar su carrera. Déjala ya, supéralo.

Joe se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz con los dedos.

-Me estoy intentando sacar el doctorado en Medicina. Quiero que me llamen Doctor Kido… como a mi padre.

-Por Dios, ¿ahora el doctorado? ¿Quieres respirar? No sé si te das cuenta, pero hay más vida aparte de los estudios.

-Tengo una vida además de los estudios, y eso n…

-Sí, unos amigos a los que llevas casi un año sin ver y una novia que ya no sabe cómo decirte que te necesita a ti y no al doctor Kido.

El sarcasmo del muchacho tocó hondo en el corazón de Joe.

-Hablamos en otro momento –dijo, tranquilo.

-Joe…

Y colgó.

***​

-Pues claro que no hay problema, Mimi –Sora sonrió–. Tenía tantas ganas de verte.

El taxista dejó las maletas a un lado de la puerta con mucho cuidado. Ya había tenido problemas con Mimi por ser demasiado brusco con sus preciosas y delicadas cosas, tal y como ella misma las había descrito. Las chicas se fundieron en otro profundo abrazo, dejando al hombre esperando por su dinero. Cuando Mimi le pagó, se marchó y las chicas entraron en la casa. Dentro había una muchacha menuda, con el pelo rubio y rizado por los hombros y los carnosos labios pintados de rojo. Sora las presentó: a Mimi como una de sus mejores amigas de la infancia, con quien había crecido hasta que se mudó a Estados Unidos; a Olympia, la chica rubia, como una de sus mejores amigas actuales, con la que había compartido piso desde que estaba en segundo año de carrera. Mimi abrazó a Olympia, eufórica.

-¡Oh, qué mona eres! –Dijo, con el tono demasiado alto para lo cerca que la tenía– Había visto fotos tuyas en el Facebook y el Instagram de Sora y los chicos, y Sora me ha hablado tanto de ti que juraría que ya te conozco.

La chica se rió.

-A mí Sora también me ha contado muchas cosas sobre ti.

-Ninguna buena, seguro –bromeó, guiñándole un ojo.

-¡Qué va! –Sonrió– Me ha contado cosas increíbles. Tenía muchas ganas de conocerte.

Sora cogió una de las maletas de Mimi y la llevó hasta la habitación más lejana del pequeño pasillo que había. Abrió la puerta y las ventanas para que entrara algo de aire fresco en la pequeña habitación que sobraba en la casa y que, por tanto, pertenecería a Mimi a partir de entonces. Tenía tan solo una cama individual con sábanas de color lavanda recién puestas, un armario empotrado a la pared donde no cabría la enorme cantidad de ropa que tenía Mimi, y una pequeña estantería de madera completamente vacía. La habitación estaba impoluta, haciendo evidente los esfuerzos de Sora por que su amiga tuviera un lugar limpio donde hospedarse. La ventana era grande y daba a la calle. Con las finas cortinas blancas recién puestas y la luz que entraba a esas horas de la mañana, la habitación se volvía tremendamente luminosa y disimulaba un poco lo pequeña que era. Mimi se acercó con otra de sus maletas y, detrás de ella, Olympia con otra más.

-¿Te gusta? –Le preguntó Sora.

-¡Genial! Perfecta para quedarme mientras busco un piso mejor.

La pelirroja sonrió por el comentario de su amiga; a pesar de todo, la había echado tremendamente de menos.

-Qué ganas de ver a los chicos –comentó–. No sospechan nada, ¿verdad?

-No tienen ni idea de que has vuelto, y mucho menos para quedarte. Estoy intentando reunirlos a todos mañana, pero me ha dicho Tai que no cree que Joe pueda. Ya me lo esperaba, está intentando sacarse el doctorado.

-Este chico… Pues iré a su casa si hace falta. ¿Los demás pueden?

-Tai y Matt pueden, sin duda. Izzy todavía tiene que confirmarlo porque tiene un compromiso esa misma tarde, pero vendrá en cuanto termine. Le dije que era importante. Y TK y Kari tienen varias cosas que hacer para la universidad, pero dijeron que intentarían buscar un hueco.

-¡Es verdad! Los pequeñines ya están en su último año de carrera. Cómo pasa el tiempo –sonrió–. ¿Has avisado a Yolei y los otros?

-La verdad es que hace tiempo que no hablo con ellos… así que le dije a Kari que los avisara, y por ahora solo puede Davis.

***​

-Claro, vente, ¿por qué no?

Matt le acercó el Nesquik y se sentó en la mesa a desayunar con ella.

-¿Crees que les importará? –Preguntó Ari, echándose los polvitos marrones en la leche, como si estuviera en su casa.

-Qué va. Los conoces a todos y conoces nuestra historia, ¿por qué les iba a importar?

-¿Y si llevo a Jake?

Matt se detuvo un momento y miró a la chica con la que TK y él habían pasado tantos momentos de su infancia. Era bajita, más que Kari. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta alta y sus enormes ojos pardos estaban clavados en él.

-Claro que no –respondió–. No seas tonta, ven con Jake y no te preocupes por nada. Además, les hará hasta ilusión. Hace tiempo que no ves a TK, ¿verdad?

-Bastante, siempre que vengo está en clase o en la biblioteca estudiando. O ha salido con alguna chica. Está muy disperso con el tema de las chicas.

-¿Disperso? –Se rió– ¿Ahora lo llaman así?

-Es que no sé cómo llamarlo. Hubiera jurado que terminaría con Kari más temprano que tarde, pero no… ¿Ahora con quién está?

-Con una chica llamada Pandora.

-¿Pandora? ¿Como la que abrió la caja?

-Sí. Creo que con esta chica está durando más de lo normal.

-¿Crees que llegarán a alg…?

La pregunta de Ari fue interrumpida por una muchacha que salió de la habitación de TK. El larguísimo pelo castaño oscuro estaba algo enmarañado, y su piel morena contrastaba con la única prenda que aparentemente llevaba puesta: una camiseta blanca que le quedaba grande y que probablemente fuera de TK. Con una sonrisa tímida se acercó a la mesa.

-Buenos días –saludó Pandora.

***​

-Izzy, me voy.

-Adiós –dijo, sin levantar la vista de la pantalla.

Ante la respuesta del pelirrojo, Tai puso los ojos en blanco.

-¿No me vas a preguntar a dónde voy?

-¿A dónde vas?

-He quedado con Matt y Sora. Vamos a comprar algo de comida y bebida para dejarla en casa de Sora, para la reunión de mañana.

Izzy no se inmutó. Simplemente entornó un poco más los ojos frente a la pantalla y murmuró una especie de “ajá” casi imperceptible.

-Me encanta vivir contigo, es casi como vivir solo –bromeó–. ¿No vienes?

-Tengo que terminar esto antes de mañana. Si no lo termino no podré ir a la reunión porque me tendré que quedar en casa acabándolo.

-Qué grande eres, cerebrito. Bueno, me voy. ¿Compro algo?

-Sí, se ha terminado mi zumo.

-Qué obsesión tienes con ese zumo –comentó–. Hasta luego.

Izzy solo volvió a murmurar un sonido similar al anterior justo antes de que Tai abandonase el piso y cerrase la puerta. Durante algo más de una hora, el pelirrojo mantuvo la vista frente a la pantalla y las manos entre el teclado y el ratón. Cansado, se frotó los ojos con las manos, cosa de la que se arrepintió enseguida. Se levantó y se fue al baño.

Con la cara ya lavada y una bandeja con un sándwich y un café, regresó a la habitación y volvió a sentarse en el escritorio. En la pantalla había aparecido un mensaje que no era capaz de descifrar:

Hello! Xssxhh... psh! Dnn’s trsnak 8. Djisu ka isndhu do do dai ma. Mamatsu isndhu… Dnn’s trsnak, kimenu haruupsh sjxss onssfieri do mina Chsisu: Vodyanoi, Yamamba… Psh, ksiedo psh. Halluremo jiemba. Xssxhh, Dnn’s trsnak.”.

El chico frunció el ceño e intentó quitar el mensaje para seguir trabajando, pensando que era una ventana de las que saltan cuando te metes en una página cualquiera. Pero por algún motivo que desconocía, no conseguía quitarla.

-¿Pero qué pasa? –Preguntó para sí mismo.

Al no poder cerrarlo, decidió intentar descifrarlo, movido por su enorme y característica curiosidad. Con el ordenador de Tai, puso un traductor y probó con todos los idiomas posibles, pero lo único que conseguía traducir era el hello, que ya sabía lo que significaba. Un rato más tarde, se percató de lo familiar que le resultaba Yamamba y lo buscó en internet. Esta, además de ser una extraña moda japonesa que triunfó entre las jóvenes a principios del siglo XXI, era una leyenda, también japonesa, sobre el espíritu de una mujer anciana y nauseabunda que devoraba caminantes extraviados en las montañas. Entendiendo todavía menos lo que ocurría, cogió su teléfono móvil.

***​

Kari caminó despacio, tomándose su tiempo en salir de la universidad. Sus padres no la esperaban para comer porque comían en el trabajo, así que no tenía prisa por llegar a casa. Con su cámara en mano, miró el mundo a través de su óptica, fotografiando aquello que creía que merecía la pena ser congelado para siempre en una imagen.

En la puerta que dividía su facultad del mundo exterior, vio a un muchacho que llamó su atención. Lo conocía. Sonriendo, y sin que el chico se diera cuenta de que ella estaba ahí, congeló su imagen. El rubio parecía buscar a alguien, y de vez en cuando saludaba a alguna persona de las que pasaba a su alrededor, pero parecía ser que ninguna de esas personas era a la que buscaba. De nuevo, Kari congeló esa imagen. Se quedó mirando a través de su cámara y, de pronto, unos ojos azules parecieron mirarla a través. TK sonrió. Kari fotografió una vez más el semblante de su amigo antes de bajar la cámara y caminar hasta él.

-¿Tienes hambre? –Le preguntó el muchacho– Te invito a comer.

-¿Hoy, jueves?

-Sí, mi hermano come con Sora y Tai, que han quedado para comprar cosas para la reunión de mañana. Así que no me va a estar esperando en casa. Tus padres trabajan hoy, así que tampoco te estarán esperando en casa. ¿Te convence?

-Está bien –sonrió–, pero ya tengo comida en casa, así que te invito yo.

-Acepto la invitación.

La chica guardó la cámara en su práctico estuche almohadillado y juntos comenzaron a caminar.

-Es raro que no hayas quedado con Pandora.

TK se detuvo de golpe y Kari lo miró. Se había llevado una mano a la cabeza, recordando de pronto algo muy importante.

-¿Te habías olvidado de ella? ¿Está en tu casa?

-No lo sé, espero que se haya ido.

Kari juntó sus manos y ladeó la cabeza.

-¿Quieres dejarlo para otro día? Total, mañana nos vamos a ver y…

-No, no importa –TK pensó un momento–. Voy a llamar y, si está, le diré que no como en casa.

Kari se giró de nuevo y continuó caminando, despacio.

-Si quieres invitarla a comer –sugirió–. Hay comida suficiente para los tres.

TK sonrió, dándole al botón verde de su móvil para llamar.

-No te preocupes –le dijo.

***​

-¿Y la dejaste en tu casa, sin más? –Inquirió Tai.

-Le pregunté si iba a comer con TK y me dijo que sí, que lo esperaría en casa si no me importaba.

-Pudiste haberle dicho que luego tenías visita y que necesitabas la casa vacía –aportó Sora.

-No lo pensé –confesó.

Los elegidos del Valor, la Amistad y el Amor caminaron tranquilos hacia la casa que Tai e Izzy compartían con otro muchacho de su edad, Kyo. Habían dejado las bolsas de la compra en casa de Sora, no sin esta asegurarse antes de que Mimi y Olympia no estuvieran.

-Yo he estado llamando a Joe para intentar convencerlo, pero es imposible –dijo Tai–. ¿Cómo puede ser tan cabezota? Maldito Joe.

-Vendrá –opinó Sora.

-¿Tú crees? –Dudó el rubio.

-Sí, yo creo que acabará viniendo, al menos un rato. No creo que se quede toda la noche, pero se pasará a saludar, supongo.

-Más le vale –soltó Tai–, no querrá que vaya yo a buscarlo. Llevamos sin vernos todos juntos casi un año, y por una vez que podemos estar la mayoría…

El chico buscó las llaves de su casa en el bolsillo de su pantalón y abrió la puerta.

-Izzy, ya estamos en casa.

-¿Kyo no está? –Preguntó Sora.

-Está trabajando, sale a las cinco. Izzy está en su mundo, ni siquiera nos habrá escuchado.

Se dirigió a la habitación de su amigo con su zumo en la mano, quizá para probar si así le hacía algún caso. Matt y Sora lo siguieron.

-Izzy, te he traído el zumo –dijo, entrando en su habitación. Pero el pelirrojo no estaba–. ¿Izzy?

Buscó a su amigo por toda la casa, pero no lo encontró por ninguna parte.

-Tai, mira –dijo Sora.

Sobre el escritorio de Izzy había dos ordenadores, ambos encendidos. En el portátil de Tai había varias ventanas abiertas con traductores y leyendas de muy distintas procedencias. En el de Izzy había un mensaje extraño que ninguno de los chicos conseguía entender. Matt llamó al pelirrojo al móvil, pero en lugar de responder, la voz de Bon Iver invadió la habitación.

-Muy romántico.

-Se ha dejado el móvil aquí… –dijo el rubio– ¿Desde cuándo Izzy sale de casa sin un aparato electrónico?

-¿Le habrá pasado algo? –Preguntó Sora, mirándolos a ambos preocupada.

-El ordenador está encendido.

-¿Creen que…?

Tai no terminó de formular la pregunta, pues resultaba evidente a qué se refería.

-No es posible, la puerta estaba cerrada –opinó Matt–. Aunque no debemos olvidar que se trata de Izzy, claro. Es perfectamente capaz.

-Pero nos lo hubiera contado –rebatió Sora–. Si hubiese conseguido abrir la puerta nos lo hubiera dicho enseguida.

-¿Y si lo han llamado?

Matt y Sora miraron a su compañero, que tenía la vista clavada en el mensaje de aquella pantalla.

-¿Y si lo han llamado ellos? –Repitió– Tal vez se lo hayan llevado, sin más. Puede que el Mundo Digital esté en peligro de nuevo.

-Voy a llamar a TK –dijo Matt.

-Y yo a Kari.

-Yo voy a intentar localizar a Joe.

Tras decir esto, Sora salió de la habitación para escribirle a Mimi con tranquilidad, sin que los chicos se enterasen, y luego llamar a Joe.

-Tu hermano estaba en casa de mis padres con Kari –informó Tai al cabo de un rato.

-Lo sé, le he dicho que vaya ahora mismo a casa a decirle a Pandora qu…

-¿Pandora? –Interrumpió Tai– ¿Como la caja?

-No, como la mujer que abrió la caja.

-Continúa.

Matt ignoró la sonrisa burlona de su amigo.

-En fin, que ya avisó a Pandora. Le dije que se quedara ahí, que iríamos nosotros. Tu compañero de piso puede volver en cualquier momento, en mi casa estaremos más tranquilos.

-Perfecto, lo mismo le he dicho a Kari.

-Joe no responde –Sora entró por la puerta aún con el móvil en la mano–. Ni al móvil ni a casa. ¿Llamo a la novia?

-No, quizá Joe también ha desaparecido. Si llamas a la novia podría preocuparse y podríamos armar un alboroto.

-Vale, tengo que ir a casa un momento –comentó Sora.

-Yo iré a buscar a nuestros hermanos en coche. Tardarán demasiado caminando.

-Voy contigo –concluyó Matt.
 
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Adolescente idiota y rencoroso
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Leí el capítulo muy rápido, fue sumamente divertido y fácil de leer. Me encantan los capítulos así, con escenas cortas, directas, entretenidas y bien escritas. Lamentablemente yo suelo alargar mucho las escenas, con lo cual se pierde el ritmo que genera este tipo de estructura. De hecho, a mí me recuerda mucho al ritmo de los cómics, con sus viñetas y eso, lo cual es GENIAL porque me encantan los cómics xD El día que aprenda a dibujar voy a hacer el cómic de mi fic.

Volviendo al tema, estuvo muy bien escrito, me gustó muchísimo. Me gusta el comportamiento hasta ahora de los elegidos. Siguen siendo los mismos, sólo que con nuevas responsabilidades. Eso sí, siempre se me hace raro imaginármelos con más de 17 años. Ya dejan de ser mis queridos Niños Elegidos xD Sólo tengo un detalle, que no te lo critico a ti sino a los personajes:

-¿Pandora? –Interrumpió Tai– ¿Como la caja?

-Sí, como la caja.
No, Matt, Pandora es la que abrió la caja, no LA caja D: Jajaja, pero bueno, eso es porque me encanta la mitología y soy bastante insoportable al respecto :P Excelente, espero ver cómo sigue todo esto. Y el mensaje es genial xD Estoy MUY intrigado por ver qué código has usado y, por supuesto, descubrir qué significa todo eso.

Sigue así :D
 

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Sólo tengo un detalle, que no te lo critico a ti sino a los personajes:

No, Matt, Pandora es la que abrió la caja, no LA caja D:
Vaya, me pillaste :rodarojos::. Te agradezco que quieras criticar a los personajes para no dejar mi ignorancia al respecto al descubierto, pero una crítica a los personajes sigue siendo una crítica hacia mí :cool: jajaja que acepto y pido disculpas por ello. Muchas gracias por eso xD.

Va, solo dejo el mensaje aquí para avisar de que ya está corregido :D
 

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¡Hola! Pues, como vieron, el prólogo fue solo para que Mimi volviera de EEUU, que Izzy encontrara ese mensaje y que comenzaran a desaparecer, simplemente. Dejo el primer capítulo. Creo que es la primera vez que no me enrollo ni alargo la escena más de la cuenta -creo-. No tengo mucho que decir, espero que les guste.
A Arki Muchas gracias, me alegra haberlo conseguido jajaja yo suelo extenderme mucho, pero en este fic me he propuesto escribir lo necesario. Jé, leería ese cómic. Intento seguir las personalidades de los elegidos, es algo que me gusta bastante xD, así que me alegra eso. Yo últimamente no escribo más que fics con ellos ya crecidos (?). Creo que el hecho de imaginar que Tai debería tener 28 años ahora mismo me afecta :=_=:.

Gracias por leer :93:.


____________________________________



I


¿Regreso al Mundo Digital?
“En la vida no existen las coincidencias, solo lo inevitable.”,
Cardcaptor Sakura.


Izzy abrió los ojos. Su mareo y una espesa niebla, sumados a una oscuridad casi absoluta, impedían que pudiera ver lo que había a su alrededor. Palpó el suelo y notó la tierra fría y húmeda. Tocó algo: era una hoja. ¿Dónde estaba? ¿En un bosque? Intentando divisar algo más, se puso en pie y miró a su alrededor. Por algún extraño motivo, había aparecido de pronto en ese lugar. ¿Habría sido el ordenador? ¿Estaría en el Mundo Digital? ¿O estaba soñando? Un sonido detuvo sus pensamientos. Había alguien o algo justo detrás de él. Con el corazón palpitándole más rápido de lo normal y un sudor frío recorriéndole la sien, el pelirrojo giró el cuerpo lentamente, esperándose lo peor. Al girarse del todo, y con la vista ya más acostumbrada a la oscuridad, pudo divisar una silueta, probablemente humana.

-¿Hola? –Preguntó, con un hilo de voz.

-¿Izzy? ¿Eres tú?

-¿Cody? Cuánto me alegro de que seas tú… ¿Qué haces aquí? ¿Estás solo?

-Sí –respondió, aliviado al saber que se trataba de Izzy–, pero no sé por qué. ¿Es este el Mundo Digital?

-Es posible, no estoy seguro. No se ve nada a metro y medio, es difícil saberlo.

-¿Dónde podríamos estar si no?

-Eso es precisamente lo que me preocupa –dijo Izzy, meditando la situación–. Es posible que hayamos terminado en una dimensión distinta a la que estamos acostumbrados a visitar. Y en caso de que no sea así, y de que este sea el Mundo Digital… tal y como lo estamos viendo me da miedo pensar que esté en serios problemas de nuevo.

Algo se movió entre los arbustos que estaban detrás de Cody y este se giró deprisa. Ambos se quedaron mirando aquella zona, intentando ver más de lo que la oscuridad y la niebla les permitían ver. Los músculos del cuerpo se les tensaron y juntos dieron un paso hacia atrás. Una silueta se movió al fondo, a no más de seis metros de ellos. La respiración se les cortó y cerraron la boca, con la firme intención de hacer el menor ruido posible. La silueta caminaba a paso lento por un estrecho camino que había tras unos árboles. Parecía que le costase avanzar y aún así se esforzase por continuar, pero, al mismo tiempo, era como si no estuviera yendo hacia ninguna parte. A esa distancia, los chicos lograron distinguir que era la silueta de una mujer, posiblemente anciana, de larga melena y prominente joroba, que caminaba a paso lento y apesadumbrado con la pobre ayuda de un bastón.

-Qué miedo –susurró Cody con un hilo de voz.

-Venga, vámonos de aquí.

-Espera, Izzy, ¿que haya una humana no significa que estamos en nuestro mundo?

-No tiene porqué –se detuvo–, ni siquiera estamos seguros de que sea humana.

Cody sopesó un segundo esa posibilidad, pero no le apetecía quedarse a comprobarlo.

Los portadores del emblema del Conocimiento emprendieron la marcha hacia el lado contrario que la mujer que creían haber visto, con sumo cuidado tanto de no hacer ruido como de no tropezarse con nada. Cody llevaba una bolsa de plástico con gelatinas para su abuelo y algo de fruta, pues justamente estaba volviendo del supermercado cuando desapareció y apareció allí sin más. Tras caminar por el espeso bosque durante algo más de dos horas, sin más visibilidad que la que les permitía la luz de la luna, Izzy se detuvo y se arrodilló en el suelo, intentando respirar con normalidad.

-Izzy, ¿estás bien?

Cody se acercó a él, preocupado.

-Sí, sí –consiguió articular, levantando la cabeza–, es solo que necesito hacer más deporte. Y agua. Necesito más agua y más deporte. Solo eso.

-Espérame aquí, creo que veo algo un poco más allá.

El ya no tan pequeño Cody caminó unos pasos más y apartó una mata de hojas que le impedían ver lo que había al otro lado. Sin pensárselo dos veces, giró sobre sus propios pies para avisar a Izzy, pero el pelirrojo estaba justo detrás de él.

-Por Dios, Izzy, no me des esos sustos.

-Perdona –susurró, bastante mejor que antes–. ¿Qué ves?

-Hay una cabaña. Es bastante pequeña y no parece que esté habitada. Quizás sea un buen refugio.

-Vamos a ver.

Los chicos traspasaron el matojo de hojas que se aglomeraba para, al parecer, no dejar ver lo que había más allá, y salieron al claro del bosque en el que se encontraba la cabaña de madera desgastada, la cual tenía solamente una ventana con el cristal roto y lleno de tierra. Izzy se asomó a la ventana para intentar ver lo que había en el interior, pero era una tarea imposible.

-Tiene que estar abandonada –comentó Cody–, si no estaría más limpia y mucho mejor cuidada.

-Estoy de acuerdo. ¿Entramos?

Cody dudó.

-Sí.

Se colocaron delante de la mohosa puerta de madera, que no tenía pomo, y se miraron antes de comenzar a abrirla con cuidado. Numerosas telas de araña se rompieron durante la apertura, y una débil capa de polvo se levantaba con el mínimo movimiento. El interior de la casa era todavía más oscuro que el exterior. Izzy intentó tocar lo menos posible la sucia puerta y todo lo que pudiera tener, mientras que Cody estaba más preocupado por la profunda oscuridad en la que se iban a introducir y las sorpresas que esta pudiera albergar.

-¿Prefieres dormir fuera? –Preguntó el pelirrojo.

-No sé qué idea es peor –respondió Cody–. ¿Hola?

Ante el saludo del muchacho no respondió nadie más que los sentidos de ambos chicos, que se pusieron alertas por si algo salía del interior de la casa. Pero nada ni nadie parecía haberlo escuchado. El aullido de un lobo en la lejanía de las montañas que los custodiaban erizó el pelo de la nuca de Cody.

-Creo que el bosque es peor idea.

Izzy se armó de todo el valor que alguna vez le contagió su amigo Tai y se introdujo en la casa con precaución. Cody, por su parte, se apoderó de un fino aunque resistente palo que se encontró en el suelo y lo convirtió en un sable de kendo imaginario que emplearía como defensa en caso de necesitarlo. Ya preparado, siguió al que alguna vez le había cedido su emblema, pero no veía nada.

-¿Izzy?

-Estoy aquí.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver la figura de Izzy introducirse en lo que parecía ser una habitación. Dentro de esta había unas siete camas, algunas literas, que parecía que habían sido apelotonadas para que cupieran de la mejor manera posible.

-Debió ser una gran familia –comentó el pelirrojo.

-Me pregunto cuántas personas habrán llegado a dormir en esta habitación.

-Yo me pregunto si los que dormían aquí eran humanos.

Tras sopesarlo durante varios minutos, se tumbaron en dos camas que estaban pegadas e intentaron dormir, pero esa simple tarea les resultó mucho más complicada de lo normal.

Apartamento de Yamato y Takeru. Odaiba, Tokio
Viernes 20 de septiembre del 2013, 10:56 a.m.

-TK, ¿qué pasa? –Preguntó Pandora, que no entendía la agitación de los muchachos.

El chico suspiró débilmente y miró a Kari buscando, quizás, la respuesta que debía darle. Pero Kari tampoco la tenía. ¿Cómo explicarle que sus amigos habían viajado a otro mundo?

-Pues, verás…

Con TK a un lado intentando darle una excusa convincente a Pandora, Tai, Matt, Kari y Davis intentaban abrir la puerta al Mundo Digital desde el ordenador de los Ishida, pero parecía que esta se empeñaba en mantenerse cerrada. Matt intentó pensar como lo haría Izzy, pero por más que cavilaba no conseguía dar con una solución.

-¿Por qué está esa chica aquí? –Preguntó Tai– No es por nada, pero si la puerta se abre no podemos estar esperando a que decida marcharse o a que lo entienda.

Kari lo miró preocupada y después desvió la vista hacia su amigo. Este le estaba contando una mentira a Pandora. Se le notaba.

-Anoche se quedó a dormir en casa –respondió Matt–. Otra vez.

-¿Y si la puerta no se abre porque está ella aquí?

-Ya se ha abierto otras veces con “no-elegidos” delante.

-Ya, ¿y cómo explicas entonces que se los hayan llevado y no podamos ir? ¿Qué pasa, que solo los necesitaban a ellos?

El timbre sonó y TK fue a abrir.

-Pues eso estoy intentando averiguar, pero tus tonterías no me dejan pensar.

-¿Así que lo que yo digo son tonterías y lo tuyo es pensar?

-Hermano… –Intentó intervenir Kari.

-¿Pero te estás oyendo? No dices más que estupideces. Me parece muy bien que las pienses, pero no las digas en voz alta porque distraes a los demás.

-Tai solamente está intentando…

-Cállate, Davis –soltaron a la vez.

-¿Que yo distraigo? –Continuó Tai– Serás creído, ni que tú hubieras aportado algo.

-TK y yo estamos aportando la casa, el ordenador y, por lo que se ve, el cerebro.

-Yo diría que lo que TK usa mucho últimamente no es precisamente el cerebro.

-¿Discutiendo otra vez? –Dijo Sora entrando a la sala.

-No –negaron al unísono.

-Hello!

Una chica de largo pelo castaño apareció justo por detrás de TK, que no había llegado a tiempo para escuchar el desafortunado comentario de su amigo Tai.

-Mimi –dijeron, de nuevo, a la vez.

-Vaya, cuánto tiempo –sonrió Davis.

Kari se acercó a la muchacha y se fundieron en un gran abrazo, seguida por Davis.

-¡Cuánto los echaba de menos!

La elegida de la Pureza abrazó con fuerza a los dos chicos que quedaban por saludarla y comenzó a hablar de las muchas ganas que tenía de darles una sorpresa a todos juntos y de lo disgustada que estaba por no poder hacerlo, pero Tai la detuvo.

-Mimi, corta el rollo; Izzy y Joe están desaparecidos.

-Jo, qué borde –bufó.

-Pero parece que no son los únicos –dijo Kari con su móvil en la mano–. Yolei me acaba de escribir: dice que no sabe nada de Ken desde esta mañana. Le dijo que iría a la universidad, pero sus compañeros de clase no lo vieron en todo el día.

-¿Ken también? –Preguntó Davis.

-Voy a llamar a Cody –añadió TK.

-Y yo a Yolei.

Tras lo dicho, el rubio se acercó a la ventana que había en la sala y Kari se dirigió a la cocina. Los demás se miraron, olvidando por completo a una confusa Pandora. Unos minutos después, TK desistió y se acercó de nuevo al grupo.

-Cody tampoco responde.

-También habrá desaparecido –opinó Matt.

Tai se acercó a la cocina para comprobar si su hermana había logrado contactar con Yolei, pero lo único que se encontró fue su móvil en el suelo y tres llamadas perdidas de la otra chica.

Algún lugar desconocido

Con el primer rayo del sol, el más pequeño de los elegidos se levantó. Tenía frío, sueño y los músculos entumecidos. No era el lugar más cómodo en el que había dormido, desde luego.

-Izzy.

El pelirrojo intentó abrir los ojos al escuchar la voz alerta de Cody, pero la potente luz del sol se lo impedía. Con esfuerzo, alzó la cabeza y abrió un ojo, viendo entonces que su amigo le señalaba la cabaña en la que se suponía que habían dormido. Esta estaba justo a su lado. Se levantó del suelo de un salto, percatándose entonces de que su ropa estaba completamente marrón por haber dormido sobre la tierra. Se miraron, esta vez con los ojos bien abiertos.

-¿Qué está pasando?

-Anoche dormimos en las camas que hay dentro, ¿verdad? Anoche estábamos dentro de la casa. No lo he soñado –quiso asegurarse Cody.

-Empiezo a tener mis dudas.

Izzy repasó mentalmente todas las posibilidades lógicas que había de que aquello fuera de alguna manera viable, pero no conseguía dar con la solución.

-No está mi bolsa.

El pelirrojo no comprendió en un principio a qué se refería su compañero, pero poco tardó en entenderlo.

-Sea lo que sea lo que nos haya sacado de ahí esta noche, se ha quedado con tu bolsa… y con la única comida que tenemos –añadió con el estómago vacío–. Vamos a entrar.

-¿Qué? ¿Estás loco?

-No sabemos cuánto tiempo tendremos que estar donde quiera que estemos –dijo– y supongo que tú también lo habrás notado; anoche no vimos bayas ni ningún fruto a lo largo de todo el camino. Tampoco parece que haya hongos en el tramo que hicimos anoche, y en todo este claro no hay siquiera una planta que parezca comestible. Tampoco hemos visto o escuchado algo, por lo que no sabemos si hay animales ni de qué tamaño serían… Salvo el aullido de un lobo que, claro está, no vamos a comernos. Empiezo a pensar seriamente que no vamos a encontrar nada que llevarnos a la boca y, sea lo que sea lo que esté allí dentro, nos ha robado la única comida que probablemente seamos capaces de conseguir en todo el bosque. No sabemos cuánto tiempo nos llevará salir de aquí ni qué ni con quién nos encontraremos mientras tanto, así que propongo que entremos y recuperemos lo que es nuestro. Quiero decir, tuyo –rectificó–. Además, sea lo que sea, está claro que sabe dónde encontrar comida. No se morirá de hambre como nosotros.

Cody miró la cabaña, recordando el sable que había improvisado durante la noche y que se había quedado dentro junto a su comida. Izzy pareció entenderlo y encontró un palo de un grosor decente que se lo atribuyó Cody, y una piedra que se quedó él, por si acaso. Fuera lo que fuere que hubiera ahí dentro, tenía la fuerza suficiente para levantar a dos hombres adultos y arrastrarlos varios metros, así que necesitarían defenderse. A Izzy le recorrió un escalofrío al pensarlo, pero ya estaba dicho. Se acercaron a la puerta y dieron unos golpes con el palo en la gruesa madera, pero nadie respondió. Se acercaron a la ventana y miraron a través, pero no vieron a nadie. Cody informó a Izzy de que iba a entrar y ambos se pusieron alerta. Abrieron la puerta de la casa.

-¡Vamos a entrar! –Anunció Izzy, asustado por lo que fueran a encontrarse– No queremos hacerle daño a nadie, solamente venimos a por nuestra comida.

Cody entró primero, con el palo en la mano, pero allí no había nadie. Lo único que se encontraron fue un espacio diminuto, con una cocina con los utensilios más que justos, un sofá sin una pata, una mesa con dos sillas roídas y, al fondo, dos puertas. Se acercaron sigilosamente y miraron a través: en una de ellas, un pequeño baño sucio; en la otra, la habitación en la que habían estado esa noche. Pero nada de vida.

A unos dos kilómetros de aquel lugar, un muchacho de pelo azul caminaba en silencio, sin saber dónde estaba ni hacia dónde se dirigía. A lo lejos vio una figura; era una mujer anciana, sentada en un banco con un bastón de madera. Cuando estuvo cerca de ella, se detuvo y pudo verla mejor: tenía el rostro demacrado por el paso de los años y los ojos tremendamente pequeños para su gran nariz; tanto que parecía que los tenía cerrados. Su prominente joroba era aún más prominente en su lado derecho que en su lado izquierdo, y los harapos que llevaba por ropa le daban un aspecto todavía más harapiento que el que ya le daba su larga melena gris y enmarañada. Ken no sabía por qué, pero al mirarla notaba que el estómago se le encogía.

-Hola –saludó, tímido.

La anciana simplemente levantó la cabeza lentamente y se le quedó mirando con una eterna sonrisa en los labios que dejaba entrever los pocos dientes que le quedaban, que eran de un color oscuro bastante desagradable. A Ken le entró un escalofrío.

-Disculpe, ¿puede decirme dónde estamos? Verá, me he perdido…

La quietud de la mujer estaba poniendo a Ken nervioso y le estaba costando mirarla a la cara sin que el miedo comenzara a apoderarse de él. Respiró hondo.

-¿Podría indicarme hacia dónde queda Odaiba? –Soltó.

La mujer alzó el brazo derecho y señaló hacia detrás del muchacho. Ken pudo verle las uñas sucias y estropeadas, como si se dedicase a arañar madera. El chico miró hacia detrás y solo vio más plantas. Con un retraído “gracias” y la cabeza desviándose hacia la mujer de vez en cuando, emprendió la marcha hacia donde esta le había indicado. La anciana, por su parte, bajó el brazo y no dejó de mirarlo en ningún momento, siempre con esa siniestra sonrisa en los labios.

Izzy y Cody habían comenzado a husmear en todos los recovecos que tenía la pequeña cabaña, con el único objetivo de encontrar la bolsa de Cody y marcharse de allí lo antes posible. Lo que fuera que los había sacado de la casa volvería, no tenían ninguna duda. Miraron en los cajones, armarios, entre los cojines del sofá y debajo de los colchones, pero no encontraron nada.

-Cody –lo llamó Izzy al cabo de un rato–, está aquí.

La bolsa se encontraba detrás de la puerta principal. Tras comprobar que las cosas estaban todavía dentro, los chicos salieron de la cabaña, pero antes de que cerraran la puerta, la bolsa había desaparecido de las manos de Izzy.

-Juraría que la había cogido…

Entró de nuevo en la cabaña y la bolsa se encontraba esta vez sobre la encimera de la cocina. La cogió y salió de la casa, pero, de nuevo, la bolsa desapareció de sus manos. Los chicos se miraron con el entrecejo fruncido, cada vez más extrañados por lo que estaba ocurriendo. Al entrar en la casa, vieron la bolsa sobre el sofá.

-Debe ser una broma… ¿Qué está pasando? Esto es físicamente imposible, no puede desaparecer y aparecer en otro lugar así como así. Nunca había visto nada semejante.

El asombro de Cody se hizo manifiesto mediante esas palabras, pero Izzy no podía articular ninguna. Por las cabezas de ambos pasaban decenas de preguntas, todas relacionadas con las leyes de la física y, aunque no tuviera demasiado que ver a primera vista, con el Mundo Digital. Cogieron la bolsa por tercera vez, en un intento vano por convencerse de que aquello fuera solo una especie de alucinación, pero la bolsa apareció de nuevo debajo de una de las camas cuando ellos cruzaron el umbral de la puerta. Izzy respiró hondo.

-Dudo mucho que esto tenga que ver con algún digimon –opinó.

-Yo también. Sospecho cada vez más que no estamos en el Mundo Digital.

-Tal vez hemos acabado en otra dimensión por error; quizás nos llamaron del Mundo Digital y ocurrió algo durante el viaje que nos hizo caer en otra parte.

-No estoy seguro, pero me da la impresión de que no estamos aquí por error.

-Ya, a mí también. Lo que no sé es quién nos ha traído y por qué. Y por qué aún no están aquí los demás, ni siquiera Tentomon y los otros… Por lo único por lo que podría ser sería porque no tiene nada que ver con los digimon, pero eso no tendría ningún sentido. Al fin y al cabo somos niños elegidos, ¿para qué nos necesitarían a ti y a mí si no? Lo único que tengo claro es que este no es nuestro mundo ni el Mundo Digimon.

-Y tampoco el Mundo de la Oscuridad.

-Dudo mucho que cualquiera de nosotros haya estado alguna vez en este mundo, así que no tiene sentido que intentemos buscar una respuesta ahora. Lo que tenemos que hacer es salir de aquí.

Cody entró en la casa y buscó de nuevo la bolsa, agarró una manzana con fuerza y la lanzó fuera. Para sorpresa de los dos, la manzana no regresó de inmediato. Un par de segundos más tarde, Izzy notó una ligera brisa a su lado y la manzana, una vez más, apareció al lado de Cody. Los chicos se miraron y Cody repitió el gesto con una de las gelatinas bebibles de su abuelo. Un par de segundos, unos pasos, una brisa, y la gelatina volvía a estar en la casa. Unos pasos.

Cody se tensó.

-Izzy, ¿qué ha sido eso?

-No lo sé… –Susurró– Hazlo de nuevo pero cambia la dirección.

Cody obedeció, comprendiendo lo que tramaba. Recogió la manzana del suelo y en lugar de tirarla hacia el exterior por la puerta, la tiró por la diminuta ventana que había en la pequeña cocina, haciendo añicos el cristal. Esta vez fueron cuatro segundos los que se tardó en escuchar los pasos. Una vez más, Cody agarró con fuerza la manzana y la lanzó, pero esta vez apuntó mal a propósito para que se estrellara contra la pared y no pasase por la ventana. Los pasos empezaron a escucharse en cuanto la pieza d fruta alzó el vuelo, y cuando esta se chocó contra la pared, se detuvieron de golpe y varios utensilios de cocina cayeron al piso.

-¡Ahora! ¡Cabeza!

El magistral golpe de kendo de Cody acertó a darle a algo que su limitada vista de humano no conseguía apreciar. Izzy se acercó corriendo por detrás y se lanzó sobre lo que quisiera que fuera aquello.

No muy lejos, Ken caminaba a paso lento mientras se frotaba los brazos para intentar entrar en calor. De pronto, un ruido provocó que se detuviera. Gritos. Alguien estaba armando mucho jaleo. Con precaución, siguió el sonido de aquellas voces y se encontró con un claro en el que había una desgastada y vieja cabaña de madera. Los gritos no cesaban, y varios sonidos de objetos cayéndose empezaron a acompañarlos.

-¡Salgamos!

-¡Dios! ¡¿Pero se puede saber qué es?!

-¡No hables así! Esto… disculpe las molestias, señor.

-Sí, perdónenos por ¡ah!

-Creo que se está enfadando, Izzy…

-Ah, ¿sí? ¡No me digas! Olvidémonos de la comida de momento, creo… creo que podremos apañárnoslas, ¿verdad?

-Sí, no queríamos molestar… ¡Lo sentimos!

Izzy y Cody salieron apresurados de la cabaña y se detuvieron a pensar, sin quitarle los ojos de encima a lo que quisiera que hubiera dentro.

-¿Qué es eso, Izzy? ¿Un humano?

-¿Un humano? Pero si tiene demasiado pelo…

-¿Cody? ¿Izzy?

Los elegidos del Conocimiento se percataron entonces de que Ken estaba ahí y no parecieron sorprenderse lo más mínimo: su expresión ya era de absoluto asombro cuando salieron de la cabaña.

-¿Qué haces aquí? –Inquirió Cody.

Esa pregunta descolocó a un ya descolocado Ken.

-Pues… no lo sé.

-Pues lo mismo que nosotros.

-Creo que tenemos cosas más importantes en las que pensar ahora.

Cody y Ken se giraron a mirar lo que captaba la atención de Izzy: Una criatura salía de la casa y avanzaba hacia ellos lentamente. Tenía la apariencia de un humano, de un hombre que superaba con creces los ochenta años mal llevados. Su cuerpo desnudo estaba por completo cubierto de una espesa capa de pelo gris que se hacía más espesa aún en la barba y en sus partes bajas, sin permitir que se pudiera ver lo que había debajo. La única parte que no tenía pelo era la zona alta de su cara, dejando ver unos grandes ojos negros que parecían observarlo todo y que se inclinaban hacia abajo como si estuviesen cansados de trabajar. Estaba encogido sobre sí mismo, haciéndolo más bajito de lo que ya era, y en sus manos peludas llevaba una manzana que estaba ya lejos de considerarse comestible. Los tres dieron un paso hacia detrás instintivamente.

-¿Qué es eso?

-Nosotros llevamos un rato preguntándonos lo mismo.

-Mira, Izzy, es nuestra manzana…

-¿Vendrá a tirárnosla?

La criatura se detuvo justo delante de ellos y alzó la mano. Los tres se miraron dudando. ¿Había salido a entregarles la manzana?

-Me da miedo cogerla –susurró Izzy.

-Pero se podría ofender si no lo hacemos –creyó Cody.

Ken se acercó tragando saliva y alzó la mano para agarrar la pieza de fruta. El peludo anciano estiró un poco más el brazo, apremiándolo, y Ken tomó la manzana. Cody le hizo una reverencia para agradecérselo y la criatura le correspondió también.

-Parece inofensivo –observó Cody.

-Vaya, es tremendamente curioso. ¿Tendrá alguna clase de capacidad además de la invisibilidad?

-¿Y qué puede ser? No parece un digimon. ¿Sería como él la anciana que vimos anoche?

-Es posible, a lo mejor todas las criaturas de este mundo son así. Aunque si lo son espero que sean igual de pacíficas. Me pregunto si vivirá en la cabaña. A lo mejor estaba con su familia dentro y por eso nos echó durante la noche. Como puede hacerse invisible, pues…

-Oye, Izzy…

-¿Qué?

-Creo que deberíamos llevarnos a Ken de aquí.

El pelirrojo advirtió entonces que Ken se había quedado congelado con la manzana en la mano, incapaz de dejar de mirar al anciano.

-Ken, ¿estás bien?

El mencionado pareció respirar de nuevo.

-La manzana –susurró y la dejó caer al suelo, despertándolo de su trance–. Perdón.

Cody se agachó para recogerla.

-Será mejor que nos marchemos de aquí.

Los tres emprendieron la marcha hacia el lado contrario por el que habían llegado. Cuando se dieron cuenta, el extraño anciano los estaba siguiendo.

-Miren, viene a darnos la bolsa –notó Cody.

Cuando el anciano les dio la bolsa continuaron su camino, pero aquella criatura no parecía querer volver a casa. Tras varios intentos por que los dejara en paz, decidieron que lo mejor era dejarlo que los siguiera de momento. Al fin y al cabo no molestaba a nadie.

Apartamento de Yamato y Takeru. Odaiba, Tokio
Viernes 20 de septiembre del 2013, 11:49 a.m.

-Voy a buscarla –soltó TK.

-¿Qué dices? –Rebatió su hermano– No sabemos dónde están.

-No sería la primera vez que Kari se va por su cuenta y a un lugar distinto –Tai y Matt se miraron–. Puede que…

-Avisa si descubres algo –le confió Tai.

-Voy contigo –se apuntó Davis.

Los dos chicos cogieron sus cosas y se acercaron a la puerta seguidos por Pandora. Cuando salieron se encontraron a Yolei a punto de tocar el timbre.

-Ah, hola –saludó.

-Pasa, Yolei, los demás están dentro.

-¿A dónde van ahora?

-¡A buscar a Kari! –Soltó Davis desapareciendo por la esquina.

Yolei entró en el apartamento y TK, Davis y Pandora se pusieron en camino.

-TK –lo llamó la chica–. ¿Se puede saber qué pasó ahí dentro?

-Pandora, es mejor que te vayas a casa.

Pero la suavidad de TK no era suficiente para explicar lo que ocurrió y Pandora se cruzó de brazos.

-No puedes pretender que no me pregunte lo que está pasando. Están desapareciendo personas y no piensan avisar a la policía.

Davis miró a TK con un repentino pánico en los ojos.

-No podemos avisarla –explicó–. No sabemos exactamente qué está pasando, pero lo solucionaremos. Por favor, vete a casa…

Pandora frunció los labios y miró al chico, susceptible. Lo meditó durante tanto rato que los chicos comenzaron a pensar que no respondería. Entonces, suspiró.

-Está bien…

Tras un beso de la chica, TK y Davis volvieron a emprender la marcha, dejándola atrás y sin percatarse de que ella también había desaparecido.
 
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Adolescente idiota y rencoroso
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Eso es de Card Captor Sakura, ¿no? Estoy casi seguro que es de CCS xD Jajaja, ok, ya me atrapaste desde el inicio.


Y después, ¡wuau! ¡Qué capítulo! Eso de la cabaña fue buenísimo. Es todo tan raro, tan fantástico, que no puedo dejar de leer y tratar de adivinar qué es lo que está pasando. Ese anciano es muy misterioso, y la anciana no parece ser muy amigable que digamos, tampoco. Muy bueno, tiene pinta de que hay mucho potencial para esta historia. Ya quiero ver por dónde la llevas.
 

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¡Hola! Capítulo dos, allá vamos.

A Arki Me alegra mucho mucho que te haya gustado. Muchas gracias, espero poder seguir así xD. Ah, ya puse que la frase era de CCS, y si encuentras de dónde es la siguiente frase me avisas jajaja. Gracias también por comentar :D

Espero que les guste. Un saludo :P


______________________________________



II


La casa encantada
“Y siguen acercándose de puntillas para que no les veamos llegar.”


Kari abrió los ojos con brusquedad y se incorporó sobre la cama, mirando a su alrededor con una espantosa sensación de desamparo. Y no era de extrañar, al fin y al cabo no se encontraba en su cama. No estaba en su habitación, no era su hogar. Llevaba la ropa de calle puesta, incluyendo los zapatos. ¿Cómo había llegado hasta ahí?

Se levantó de la cama con cuidado de no hacer demasiado ruido. La única luz que iluminaba la habitación era la de la luna, que se filtraba por la ventana aportándole un tono azulado y siniestro. Al mirar a través del cristal pudo ver que la casa se encontraba en mitad de un bosque rodeado de niebla. Un incómodo y espeluznante silencio era lo único que la acompañaba. Con los nervios a flor de piel, caminó unos pasos con la intención de salir de la habitación que estaba repleta de juguetes, esparcidos al azar por el suelo de madera que crujía con cada paso. Pero de pronto sintió una mano aferrarse a su tobillo con fuerza. Kari quiso chillar cuando vio aquella espeluznante y huesuda mano grisácea salir de debajo de la cama para rodearle el tobillo, pero fue incapaz. Siempre había sido incapaz de chillar. Con gran terror, se zafó del agarre como pudo y salió corriendo de la habitación, sorprendiéndose a sí misma por aguantar, aun temblando de esa manera.

Corrió por todos los lados de la enorme casa, pero no encontraba por ninguna parte la salida. De repente se detuvo al escuchar unos ruidos que parecían acercarse y se metió aprisa en la primera puerta que encontró. Se trataba de otra habitación, esta vez con una cama de matrimonio deshecha y lo que parecía ser el escenario de un crimen con salpicones de sangre por todos lados. Kari se tapó la boca con ambas manos, conteniendo las ganas de echarse a llorar por el pánico.

Los ruidos se escuchaban cada vez más cerca, así que se obligó a reaccionar y se metió sin pensarlo en uno de los armarios. No pensaba arriesgarse a mirar debajo de la cama. Con la respiración agitada, se alejó todo lo posible de la puerta, introduciéndose entre las ropas que olían a abandono. Pero unas manos la agarraron por detrás y le taparon la boca, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par y que su corazón se acelerara, deteniendo su respiración. Kari intentó zafarse de aquellas manos, pero lo que quisiera que estuviera detrás de ella le chistó, indicándole que guardara silencio. Obedeció sin pensárselo.

Apartamento de Sora y Olympia. Odaiba, Tokio
Sábado 21 de septiembre del 2013, 8:38 a.m.

-Escúchame bien, no sé lo que hiciste anoche ni con quién estuviste, pero estés donde estés te exijo que me des una explicación ahora mismo.

-¿Otra vez el contestador? –Preguntó Olympia sirviendo los cafés.

-Sí, es el cuarto mensaje que le dejo –explicó Mimi.

Sora llevaba toda la noche sin dar señales de vida, y aunque al principio pensaran que su “paseo con unos amigos” se había alargado más de la cuenta, se asustaron al no encontrarla por la mañana. Olympia hizo amago de endulzarle el café con azúcar, pero Mimi negó con la mano y agarró la taza.

-Sora, soy yo otra vez –habló tras la señal–. Me pasé en el mensaje anterior, lo siento. Pero es que necesito saber dónde estás. Oly y yo estamos muy preocupadas, así que espero que no te estés divirtiendo por ahí con algún guaperas. Vamos, será lo último que hagas. ¿Cómo se te ocurre no avisarnos? Yo también quiero divertirme. Quedas advertida –culminó.

La mirada reprobatoria de Olympia le indicó que lo había vuelto a hacer mal. Llamó de nuevo.

-Sora, por lo que más quieras, ¿dónde estás? Sabes, creo que prefiero que estés divirtiéndote con algún guaperas y sin mí, y no secuestrada ni nada peor… Jo, me estoy asustando.

Lo último se lo dijo a Olympia pero se quedó grabado en los mensajes que le había estado dejando a su amiga. La rubia cayó de pronto en la cuenta de que podía ser que conocieran a ese guaperas con el que cabía la posibilidad de que se estuviera divirtiendo.

-¿Estará con Matt? –Preguntó.

Los ojos pardos de Mimi se clavaron de pronto en los ojos marrones de Olympia, con un “¿No habrá sido capaz?” impregnado en ellos.

-¿Otra vez? Pero ya no están juntos, ¿no? –Quiso asegurarse.

-No, pero ya es la segunda vez que lo dejan… No me extrañaría que volvieran una tercera.

Mimi entonces buscó el número de su amigo y llamó. Matt respondió al tercer toque.

-¿Sí? –Preguntó con voz ronca.

-¡No puede ser! ¿Todavía estabas durmiendo? ¿Significa eso que han vuelto?

-¿Mimi? –Se aclaró la garganta– ¿De qué hablas?

-Está Sora contigo, ¿no? Te has acostado con ella.

Matt resopló al otro lado del teléfono, al parecer esforzándose por mantenerse despierto.

-Sora no ha dormido aquí –respondió–. ¿Qué pasa?

Mimi frunció el entrecejo.

-¿Estás seguro?

-Hombre, me acordaría.

Mimi se quedó callada durante un momento ante la atenta mirada de Olympia.

-¿Qué dice? –Le susurró la chica.

-¿Mimi? ¿Sigues ahí?

-Sí, sí –dijo, pensativa–. ¿No sabes dónde puede estar?

-¿No te dijo a dónde iba?

-Lleva desaparecida desde anoche. Salió con unos amigos porque uno de ellos cumplía años y no sé qué historia, pero Olympia y yo preferimos quedarnos en casa viendo una película, más que nada porque no nos habían invitado y bueno, fue maravillosa… Pero esta mañana no estaba. Le he dejado como un millón y medio de mensajes en el contestador de voz porque no responde a mis llamadas.

Algo pareció agitarse al otro lado del teléfono, como si Matt se hubiese despertado de golpe.

-Pregúntale a los amigos con los que salió anoche, yo voy a buscarla –dijo–. Seguramente haya desaparecido igual que Joe y los demás, pero vamos a asegurarnos. Llama también a Tai.

-Déjamelo a mí.

-Hablamos luego.

Mimi colgó y dejó a Olympia con la taza de café entre las manos y los ojos fijos en ella, esperando una respuesta.

-¿Tienes el número de la gente con la que salió anoche?

-Sí.

La rubia se levantó de la mesa para buscar su teléfono móvil mientras Mimi marcaba el número de Tai. Pero Tai no respondió.

-Tai, responde, maldito seas –dijo. Cuando Olympia se acercó, estiró un brazo–. Déjame tu móvil.

Mimi marcó en un teléfono el número de Tai y en el otro el de Izzy. Si Tai estaba durmiendo, una sola llamada no iba a despertarlo, pero dos móviles sonando a la vez eran demasiado para él. La llamada al móvil de Izzy se colgó y Tai respondió en el otro teléfono.

-¿Mimi? –Bostezaba.

-¡Qué susto! –Gritó– Pensaba que tú también habías desaparecido.

-Qué raro, Olympia ha llamado al móvil de Izzy. ¿Estarán liados?

-Fui yo, tonto. Era una táctica infalible para que te despertaras –un murmullo al otro lado que simulaba un “ajá” fue la única respuesta–. ¿Sabes algo de Sora?

-Hombre, nos conocemos desde hace muchos años, y la verdad es que conozco bastante de su vida, como que cuando tenía cuatro años se fue a…

-No, idiota, digo que si sabes dónde está. Lávate la cara con agua fría, a ver si te despiertas.

-¿Has mirado en su habitación? Suele estar metida ahí a esta hora.

-¡Tai!

-No tengo ni idea de dónde está. ¿Ha desaparecido también?

-Creo que sí.

-¿Has hablado con…?

-No está con Matt –le cortó–. Ha salido a buscarla.

-Está bien, voy con él entonces. Creo que tendremos que volver a vernos esta tarde.

-Lo sé.

-Invéntate algo para Olympia.

-Lo sé –repitió.

Apartamento de Yamato y Takeru. Odaiba, Tokio
Sábado 21 de septiembre del 2013, 9:03 a.m.

TK dejó pasar a Ari y se sentaron en el sofá a charlar. El chico entonces le contó lo que había pasado el día anterior.

-¿Estarán en el Mundo Digital?

-Eso sospechamos –respondió.

Ari era de las pocas personas que conocían toda la historia de los niños elegidos, y TK no tenía ningún problema en confesarle lo que estaba pasando.

-Pero me preocupa algo –continuó–. Pandora no me responde desde ayer, y no sé si es que está enfadada o que le ha pasado algo. Me preocupa que se haya visto involucrada en todo esto.

Ari no quiso responder y bebió un sorbo de su Nesquik. Matt salió de pronto de su habitación y saludó a los chicos metiéndose una magdalena entera en la boca.

-Mge voy –llegaron a entenderle.

-¿A dónde vas? –Quiso saber su hermano.

Cuando consiguió tragarse casi toda la magdalena, respondió:

-A buscar a Sora. Mimi me llamó, no sabemos dónde está.

-Parece que se los van a llevar a todos –añadió Ari.

-Estamos seguros de ello –respondió TK.

El móvil de Matt vibró en sus pantalones.

-¿Tai? –Dijo yéndose hacia la salida– Sí, voy para allá. ¿Cómo?

Abrió la puerta y se encontró a Jake a punto de tocar. Sin detenerse a saludar, se despidió de los tres chicos y se marchó con el teléfono al oído. Jake pidió permiso para entrar y TK se lo concedió.

-¿Y Ari? –Preguntó.

TK se percató entonces de que la chica ya no estaba a su lado. El vaso con Nesquik se encontraba sobre la mesa, pero Ari no estaba ahí para bebérselo. Los dos chicos la buscaron por toda la casa sin encontrarla, y tras llamarla varias veces decidieron informar a los demás.

-¿Qué está pasando? –Preguntó Jake, que sospechaba que los asuntos de los chicos con el otro mundo habían provocado la desaparición de su novia.

TK tardó en responder.

-Creo que se la han llevado.

Sin muchas más explicaciones que las necesarias, Jake abandonó el apartamento en su busca, aunque supiera que no la iba a encontrar. TK se despidió de él justo antes de cerrar la puerta y perderse su desaparición.

Algún lugar desconocido

Kari consiguió zafarse del agarre que le impedía hablar y se preparó para gritar.

-Kari, Kari, no –susurró una voz conocida detrás de ella–. Soy yo, soy Joe. Tranquila…

La chica se dio la vuelta y consiguió reconocer a Joe gracias a la tenue luz que se filtraba por las rendijas de la puerta del armario. Suspiró aliviada.

-Joe… ¿dónde estamos? ¿Qué está pasando? –Preguntó en el mismo tono, posando su mano derecha sobre el brazo del chico.

-Ojalá lo supiera. Esto no parece el Mundo Digit…

Una tercera presencia en el armario debilitó la voz de Joe, que sentía de pronto la garganta seca. Ambos miraron a un lado y vieron que dos grandes ojos amarillos los observaban a través de la ropa. Las manos de Joe empezaron a moverse en el aire con nerviosismo, incapaz de controlar el miedo.

-A-a-ay, e-e-es-e-es es el Co… el Co…

Kari apretó con fuerza su brazo y tiró de él para sacarlo del armario.

-¡Corre, Joe!

Todavía agarrados, corrieron por la casa sin saber en dónde meterse. Unos fuertes golpes y gritos les indicaron que no siguieran por aquel amplio pasillo, así que bajaron por las escaleras y llegaron al fin a la sala principal, donde la oscuridad era todavía mayor. Cuando se acostumbraron un poco más a ella, vieron que la sala estaba decorada con carísimos muebles de los años 20. Kari se separó de Joe y se acercó a un interruptor que había en la pared para encender la luz, pero este no funcionaba. Se volvió a acercar a Joe y se percató entonces de que se había quedado parado. Siguiendo la dirección de su mirada vio que debajo de las cortinas, que estaban abultadas, había unos pies descalzos. Joe rodeó la muñeca de Kari con la mano izquierda mientras que con la derecha se ponía un dedo sobre los labios, indicándole silencio. Con el cuerpo tenso y con el mayor cuidado que podían, dieron media vuelta y caminaron por la casa en busca de un lugar al que huir. Cuando se alejaron lo suficiente, terminaron corriendo de nuevo hasta que encontraron, por fin, la puerta de salida, que se encontraba en mitad de un largo y estrecho pasillo.

La casa estaba rodeada por un amplio jardín repleto de plantas que combinaban con el bosque que esperaba fuera. La niebla se acercaba hasta el porche de la puerta y se hacía más espesa conforme se alejaban de la casa. A su derecha había un espantapájaros de dos metros que los observaba con una sonrisa triste. Y los observaba literalmente: su mirada los seguía mientras avanzaban por el largo camino de grava.

-Joe… –Susurró la pequeña– Mira.

El chico luchó contra sí mismo para quitarle un ojo de encima al espantapájaros y mirar lo que su amiga le indicaba. En el segundo piso de la casa, una silueta los miraba con grandes ojos amarillos desde una de las ventanas. En otra de las ventanas, la figura de una mujer de pelo largo arañaba los cristales mientras movía la boca, al parecer diciendo cosas que Joe agradeció no escuchar. Un escalofrío le recorrió la columna.

-Venga, vamos –dijo con voz temblorosa.

Kari lo siguió, completamente segura de que la penumbra del bosque era mucho mejor que las extrañas criaturas que habitaban aquella lúgubre casa. No respiraron tranquilos ni siquiera cuando llegaron al bosque y se adentraron un poco en él, sin separarse el uno del otro para no perderse.

-Joe, ¿qué era eso?

-Una casa encantada, por supuesto.

Las palabras del chico, que remarcaban la obviedad de lo dicho, no se correspondían con lo que su voz transmitió. El miedo, la inseguridad y el vacío que había en ellas al no saber de lo que estaba hablando se asentaron sobre los hombros de Kari, como si admitir que las cosas no iban bien fuera peor que el simple hecho de saberlo. Miró hacia detrás sin soltar el brazo de Joe, pero la casa se había escondido tras la niebla y las hojas de los árboles.

Apartamento de Tai e Izzy. Odaiba, Tokio
Sábado 21 de septiembre del 2013, 10:17 a.m.

-Le dije a Oly que Sora está en casa de su padre y que no nos dijo nada porque se le rompió el móvil y perdió los números, que por eso tampoco respondía a las llamadas –dijo Mimi–. Pero yo no sé mentir, si es que se me nota enseguida.

-No importa, de momento nos sirve –la tranquilizó Tai–. Lo importante ahora es saber quién es el siguiente en marcharse.

-¿Para qué? –Añadió Matt, apoyando los codos sobre sus rodillas– Antes de que lo averigüemos se habrá ido el siguiente.

-Lo sé –respondió–, pero el no saber cuándo nos tendremos que ir me pone de los nervios.

-Me da miedo irme sola. ¿Y si no está Palmon conmigo? No sabemos qué nos espera.

-Ni qué están viviendo los demás.

-Yolei me ha respondido, dice que Davis también está en este mundo todavía. Quedamos seis.

El timbre sonó y Tai se levantó a abrir la puerta. TK pasó al apartamento y se dirigió al salón con Mimi y su hermano, y Tai fue un momento a la cocina y regresó con un vaso de agua. Pero en el salón solo se encontraban Matt y Mimi.

-¿Quién era? –Preguntó el rubio.

Tai miró el salón pensando en un primer momento que era una broma, pero al no ver al chico se convenció de que no y bebió un sorbo de agua.

-Tu hermano –respondió.

Sus dos amigos parecieron entenderlo.

-Pues ahí tienes tu respuesta. Ya sabemos quién era el siguiente.

-Y ahora somos cinco –añadió Mimi.
 

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III

Baba Yaga, la ogresa de los bosques

“¡Oh! ¿Por qué no soy de piedra como tú?”,
Nuestra Señora de París.

Yolei corrió con el teléfono pegado a la oreja, esquivando a las personas que se iba encontrando por el camino.

-¡Mimi! –Le gritó al aparato– Escucha, creo que Davis también ha desaparecido.

-Está bien, ¿dónde estás?

Se detuvo en seco e intentó recuperar el aire perdido.

-Llegando a casa –jadeó–. Vengo a por mi D3, no pienso salir sin él a partir de ahora. Lo pensé antes, pero siempre se me olvida llevármelo.

Yolei escuchó voces a través del auricular y supuso que Mimi estaría hablando con Tai y Matt. Subió por el ascensor y se secó el sudor de la frente. Temía desaparecer en cualquier momento.

-Escúchame, vamos a reunirnos en casa de Sora. Ven en cuanto puedas, tenemos alguna información que nos puede ayudar a averiguar lo que pasa.

-¿Gennai? –Inquirió llegando a su piso. Siempre era él el que les daba la información.

-Izzy –respondió–. Cuando Izzy desapareció, Tai y los otros encontraron varias pestañas abiertas en su ordenador y un mensaje que no está en nuestro idioma y, que yo sepa, en ninguno de este mundo. Maldito Izzy, debería ser el último en marcharse. Sin él no sabemos cómo averiguar las cosas.

Yolei pensó en Cody, que también había desaparecido uno de los primeros. ¿Se los habrían llevado a ellos antes por algún motivo en especial? Justamente a los elegidos del Conocimiento, los únicos que serían capaces de indagar en lo que quisiera que estuviera pasando.

-Cojo mi D3 y voy para allá. Si se trata de tecnología, déjamelo a mí.

-Estupendo. Ah, y dice Tai que traigas algo de tu tienda. Me da cosa pedírtelo, pero si lo dice el líder habrá que hacerle caso.

A Yolei le pareció escuchar al muchacho quejarse de algo y Mimi se rió.

-Está bien, Tai no ha dicho nada. Es que tengo hambre.

-¡No te preocupes! –Sonrió– Yo me encargo de la comida.

Algún lugar desconocido

El cuerpo de Davis tiritó. Los dientes le castañearon y el vello de los brazos se le puso de punta. Miró al suelo: habría por lo menos cuatro metros entre él y la nieve. Se abrazó al tronco al que pertenecía la rama sobre la que había aparecido de repente y cerró los ojos para intentar dormirse. Debía tratarse de un sueño, sin ninguna duda. Pero el frío era demasiado intenso y los detalles del entorno que lo rodeaban demasiado claros. Apretó los párpados con fuerza, pero los movimientos involuntarios de su cuerpo, que respondía al frío, no lo dejaban relajarse. Eso y que se encontraba sobre un árbol.

-¡Davis!

Se sobresaltó.

-¿Qué? –Dijo abriendo los ojos de golpe.

Una chica lo observaba desde la nieve, con el pelo castaño por debajo de los hombros y una manta roja cubriéndole el cuerpo.

-¿Estabas durmiendo? ¿Es que quieres morir congelado?

-¿Ari?

-¿Qué hacías con los ojos cerrados?

-¿Esto no es un sueño?

La chica no respondió. Su mirada era suficiente para darse cuenta de que estaba diciendo una tontería.

-¿Dónde estamos, entonces?

Ari miró a su alrededor mordiéndose el labio.

-Eso me gustaría saber a mí. Llevo aquí horas y no tengo ni idea, no he encontrado a nadie. ¿No es el Mundo Digital?

-No. Bueno, no lo creo –rectificó.

-A lo mejor estamos muertos y resulta que esto es lo que hay después de la vida.

-¿Cómo?

El susto que se llevó Davis al plantearse esa posibilidad lo llevó a resbalarse de la rama, pero se sostuvo con ambos brazos.

-¡Era broma! ¿Estás bien?

Ari se puso una mano en el pecho, notando que el corazón le latía con fuerza.

-S-sí –respondió con esfuerzo.

Las piernas le colgaban a varios metros del suelo y el frío le entumecía los brazos, dificultando el agarre. Aún así, se balanceó en el aire y rodeó el tronco con las piernas. Entonces estiró los brazos, se aferró al árbol con fuerza, imitando la incómoda postura de los koalas, y se bajó despacio. Ari se acercó a él y los rodeó a ambos con la manta.

-Tranquila, creo que he entrado en calor.

-Davis, estás sudando.

-¡Atchús! –Estornudó.

Apartamento de Sora y Olympia. Odaiba, Tokio
Sábado 21 de septiembre del 2013, 4:08 p.m.

-Sea quien sea el que mandó el mensaje, está obsesionado con los mitos.

Tai empezaba a cansarse de la situación. Quería marcharse de allí y reunirse con su hermana y los demás, estaba harto de no saber lo que ocurría. ¿Por qué no se los llevaban a todos de golpe? ¿Qué problema había?

Matt leía el mensaje que había en la pantalla de Izzy, una y otra vez.

“Hello! Xssxhh... psh! Dnn’s trsnak 8. Djisu ka isndhu do do dai ma. Mamatsu isndhu… Dnn’s trsnak, kimenu haruupsh sjxss onssfieri do mina Chsisu: Vodyanoi, Yamamba… Psh, ksiedo psh. Halluremo jiemba. Xssxhh, Dnn’s trsnak.”.

Intentaba cambiar las letras de sitio, leía de atrás hacia delante, pero no le encontraba más sentido que el que le había encontrado Izzy: Vodyanoi y Yamamba eran criaturas mitológicas, nada que le diera una pista de lo que significaba el resto.

-Voy al baño –dijo al fin, marchándose de la cocina.

-¿Y si el mensaje es una broma? –Pensó Mimi haciéndose una trenza.

-¿Crees que Izzy se hubiera molestado en investigarlo si fuera una broma? –Soltó Tai.

Mimi entornó los ojos.

-Y yo qué sé, no estaba ahí con él cuando lo recibió.

El chico se sentó a su lado suspirando.

-Creo que voy a volverme loco.

-¿Quieres un batido de chocolate? –Sonrió.

El chico la miró impasible.

-¿Lo dudas?

Unos minutos más tarde, Yolei llegó al apartamento con una bolsa llena de productos de su tienda. La dejó en la mesa de la cocina y comenzaron a comer en lo que ella investigaba la única pista que tenían del motivo por el que Izzy y los demás desaparecieron. Tai fue a buscar a Matt cuando pasaron otros diez minutos, pero no había nadie en el baño. Al volver a la cocina se encontró a Olympia con sus otras dos amigas. Esta lo saludó y se marchó a su habitación para cambiarse.

Algún lugar desconocido

-O a Matt se lo ha tragado el váter –dijo Tai cuando la chica desapareció de su vista– o también ha desaparecido.

Davis y Ari caminaron por la nieve blanda durante varios minutos, pero el intenso frío les complicaba la búsqueda de algo que comer o con lo que calentarse. Después de horas, lo único que había conseguido Ari en ese bosque helado era, increíblemente, aquella manta térmica que parecía no tener dueño. La había encontrado colgando de la rama de un árbol y no necesitó pensárselo mucho para decidirse a intentar conseguirla.

Por lo que veían, eran los únicos que se encontraban recorriendo aquel terreno, pues no se toparon con nada de vida ni algo que indicase que la hubiera cerca. El silencio se rompió cuando la madera vieja de los árboles comenzó a chasquear, alertando a los chicos. A pesar de lo extraño que les pareciera, no se detuvieron, pero entonces una ventisca les azotó en la cara y comenzó a ralentizarlos.

-Me estoy congelando –dijo Davis lo suficientemente alto como para que se le oyera por encima del sonido del viento.

Ari se fue quedando atrás hasta que una ráfaga con mayor intensidad la derribó y Davis se acercó para ayudarla a levantarse.

-¿Estás bien?

-Sí –respondió en el mismo tono.

La chica abrió un ojo con dificultad y de pronto pareció quedarse congelada, y no precisamente por estar sentada sobre la nieve. Davis siguió la dirección de su mirada y frunció el entrecejo a falta de poder abrir bien los ojos y la boca debido al fuerte viento.

Una mujer anciana se acercaba a ellos subida en una especie de cubo fabricado con madera, a una velocidad sorprendente. No quisieron ver más; Ari se levantó y continuaron su marcha, pero el viento iba en su contra y les dificultaba la tarea.

-Davis… no puedo –gritaba, quedándose atrás.

-Vamos –y la agarró de la mano para tirar de ella.

-¡Davis!

El mencionado se giró bruscamente y fue cuando vio a la anciana de pie sobre la nieve, con su cubo y una escoba a un lado. Era alta y delgada y, si le permitían a Davis una descripción más acertada, diría que era tremendamente fea. Tenía una pierna mucho más delgada que la otra, y ambas parecía que fueran a romperse en cualquier momento, pero la velocidad a la que se empezó a mover descartó esa teoría. Para su desgracia, pudo presenciar perfectamente cómo la anciana se bajaba la parte alta de su ropa harapienta y los atacaba con sus pechos arrugados. ¿Estaba viendo bien? ¿Los estaba atacando con los pechos? ¿Seguro que no estaba soñando?

Se quedó paralizado mirándola sin creérselo hasta que Ari lo empujó, haciendo que cayera. Ella se apartó hacia el lado contrario justo cuando los pechos atizaron la nieve blanda con la rudeza propia de una roca lanzada con un cañón. Los ojos de ambos se abrieron, olvidándose del viento y del frío.

-No puede ser… –Susurró Davis, atónito. Una anciana estaba utilizando sus pechos de piedra para atacarlos. Aquello no era ni medianamente normal.

Lo que quisiera que fuera aquella criatura recogió sus armas y se acercó a Ari a gran velocidad. Esta se quiso levantar para huir, pero, de nuevo, la naturaleza se puso en su contra. Davis intentó pensar cualquier cosa para salir de esa, pero ¿qué podía hacer? Intentase lo que intentase, no podría ganar a aquella cosa. No tenía a Veemon, y ninguno de los elegidos se encontraba con él. Ni siquiera se encontraba en el Mundo Digital y estaba casi convencido de que en el suyo tampoco. Entonces ¿qué pasaba?

Con un grito con el que pretendía darse coraje, se abalanzó sobre la anciana y se aferró a su cuello. Su grisáceo pelo enmarañado parecía ondear sin obedecer la dirección del viento, como si tuviera vida propia, y su mandíbula comenzó a tantear en el aire algo que apretar y destrozar. Davis gruñó y se apartó de ella al sentir sus dientes clavarse en su antebrazo. Se lo miró: le había dejado las marcas de su afilada dentadura y pequeñas gotas de sangre.

La anciana se agachó y se puso de cuclillas sin quitarle los ojos de encima. Tenía la cara muy arrugada y los dientes amarillos. No tuvo el placer de acercarse a comprobarlo, pero Davis imaginó que el aliento le olería a muerto. Sobre su nariz aguileña había una verruga con algún que otro vello. Para su sorpresa, Ari no estaba ahí. Pero la anciana, como si la hubiera olido, se acercó a una roca enorme que estaba casi por completo cubierta de nieve y la encontró escondida detrás. Entonces la agarró de un brazo y tiró de ella para llevarla a su cubo y alejarla de allí, bajo la atenta mirada de Davis, que se sentía impotente.

-¿Pero qué haces? –Susurró, dejando la pregunta en el aire.

-¡Suéltame! –Le gritó Ari, intentando zafarse de ella.

Al contrario de lo que le pedía, la anciana la atrajo más hacia sí y juntó sus frentes para mirarla directamente a los ojos. Gruñó. Ari intentó tragar saliva sin éxito; tenía la garganta seca. Entonces la anciana refunfuñó de nuevo, pero esta vez no era por ella. Una piedra cubierta de nieve había impactado sobre su cabeza sin provocarle el más mínimo dolor aparente, y su mirada se había clavado en el muchacho que se la había tirado. Jake se encontraba a tres metros envolviendo otra roca con la nieve.

-Te ha dicho que la sueltes, ¿es que no la has oído?

La mujer –si es que se le podía llamar así– alzó a Ari en brazos y corrió hacia el cubo, así que Jake le tiró la bola de nieve una vez más, dándole en la espalda, y ambas cayeron al piso. La chica quedó boca arriba con aquella criatura sobre su cuerpo, imposibilitándole cualquier movimiento, e hizo amago de zafarse. Davis entonces aprovechó que Jake estaba recibiendo toda la atención de la anciana para coger otra piedra y tirársela. Entonces el chico rubio se intentó acercar y ambos se detuvieron en seco. La mujer había posado sus afiladas uñas amarillentas sobre el cuello de Ari, amenazando con clavárselas. Viendo lo que habían visto, estaban seguros de que esas no eran unas uñas normales, así que no querían arriesgarse.

-Esto no me hace ninguna gracia –soltó la chica cuando la anciana la miró directamente a los ojos, aún sin despegar las manos de su cuello.

Se acercó a su cara y la olfateó, como si quisiera averiguar de esa manera qué clase de persona era. Ari intentaba respirar con normalidad, tan concentrada que no se había dado cuenta de que la ventisca había cesado y de que la humedad se le había calado hasta los huesos. Jake apretó los puños y Davis maldijo a lo que quisiera que hubiera decidido que no se cruzaría con Veemon. De pronto, con un ágil movimiento, la anciana la alzó de nuevo y se subió con ella a su cubo, alejándose de los dos muchachos.

-¡Ari! –Gritaba Jake corriendo en la misma dirección que ellas.

-¡Maldita vieja! –Reprochaba Davis a su lado.

Al final, el cubo de la anciana desapareció entre las montañas y no pudieron hacer otra cosa que detenerse a recuperar el aire. Jake se arrodilló en la nieve, ignorando el frío.

-La encontraremos –dijo Davis sin apartar la mirada del lugar por el que se habían esfumado.

-¡Mierda!

Jake golpeó la nieve con el puño cerrado.

Odaiba, Tokio
Sábado 21 de septiembre del 2013, 9:49 p.m.

Tai dobló la esquina para llegar al complejo de edificios en el que estaba su apartamento. Había dejado a las tres chicas viendo una película en la casa de Sora después de la cena. Yolei se iba a quedar a dormir ahí porque no estaba Ken, así que le explicó a Olympia que su novio había tenido que irse a casa de sus padres por asuntos familiares. Pero Tai no pensaba en eso, sino en sus amigos que habían desaparecido sin más. Le tranquilizaba saber que estarían todos juntos y que Kari no estaría sola en ningún momento. O eso quería pensar.

Miró la hora en su móvil y vio que había recibido un mensaje de Mimi: “Oly no está!”. Sin necesidad de leer nada más, dio media vuelta y se reunió de nuevo con Mimi y Yolei en casa de Sora.
 

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IV

La calle de los horrores

“Todos tenemos dentro el cielo y el infierno”,
El retrato de Dorian Grey.

Un halo de luz se filtró por la ventana de la habitación que estaba al fondo del pasillo e iluminó gran parte del salón. Yolei apretó los ojos con fuerza y los abrió despacio, siendo molestada por las primeras luces de la mañana. A su lado, Mimi descansaba con la cabeza apoyada sobre el hombro de Tai mientras el pecho de este se hinchaba y deshinchaba de manera relajada. Se habían quedado dormidos la noche anterior en el sofá. Se frotó los ojos, se lavó la cara y se dirigió a la cocina. Allí encontró la comida que había traído el día anterior de la tienda de sus padres y algunas cosas más que había comprado Olympia antes de desaparecer, así que las preparó en la mesa para el desayuno. Regresó al salón para despertar a sus amigos, pero solo estaba Tai. Buscó a Mimi con la mirada pero no la encontró. Buscó en todas las habitaciones y volvió a pasar por la cocina y el baño, pero no había rastro de la chica.

-¿Tai? –Dijo, de nuevo en el salón.

-Hmn.

-Tai, despierta. Mimi ha desaparecido.

-¿Eh? –Abrió los ojos.

Algún lugar desconocido

Matt alzó la mirada hacia la lámpara de araña que colgaba del techo. La luz de la luna que se filtraba por la ventana se reflejaba en los miles de cristales pequeños que tenía y le daban la apariencia de un diamante gigantesco. Se quitó el brazo de la frente y miró por la ventana. Había estado todo aquel tiempo esperando a que se asomara el sol para salir e investigar lo que hubiera fuera, pero llevaba horas en donde quiera que estuviera y todavía no había amanecido. La luna no se había movido de su sitio, era como si el tiempo no pasase en aquel lugar.

-Corre.

Se incorporó en el sofá sobresaltado y miró a su alrededor, pero no parecía haber nadie. Se preguntó si había escuchado de verdad aquella voz y se convenció de que había sido la falta de sueño. No quería pensar que en aquella casa que no conocía y en la que había aparecido de repente hubiera alguien más a quien no había visto. Se levantó y se acercó a la ventana. Quizás la voz había venido de fuera. La calle, que estaba solamente iluminada por el satélite que gobernaba el cielo nocturno, se encontraba vacía y en silencio. Las casas que podía ver eran todas exactamente iguales y estaban pegadas las unas a las otras, sin dejar un mínimo espacio entre ellas y sin un pequeño detalle que las diferenciase más allá de tener números diferentes. Frente a él estaba la número 208. Las puertas y ventanas estaban todas cerradas salvo la suya, como si las personas que vivían dentro estuviesen intentando no desvelar este dato. Una nube cubrió la luna, tapando su luz.

Apartamento de Sora y Olympia. Odaiba, Tokio
Domingo 22 de septiembre del 2013, 8:42 a.m.

-Me estoy desesperando, me quiero ir ya.

Tai masticó la tostada con lentitud, intentando terminar de abrir los ojos del todo. Hasta que no desayunase y se pusiera en marcha no iba a despertarse bien, mientras que Yolei tenía energía desde el primer minuto. Tai se rascó por detrás de la oreja.

-Supongo que nos iremos hoy mismo.

-Pero es que no hay un tiempo concreto entre desaparición y desaparición. ¿Y si tardan una semana en llevarnos?

Tai hizo una mueca.

-Yolei, ni soy un genio ni he terminado de despertarme todavía, pero estoy seguro de que no nos vamos a quedar aquí una semana más.

La chica se inclinó sobre la mesa y dejó que sus gafas se resbalasen hasta la punta de su nariz. Estaba realmente molesta por ser de las últimas en marcharse porque quería enterarse de lo que estaba pasando. ¿Estaría Hawkmon involucrado?

-Corre.

Se miraron. Ninguno de los dos había dicho eso. De inmediato Tai pareció despertarse del todo: soltó la tostada y se levantó con decisión.

-¿Quién anda ahí?

En el salón no había nada raro. Registró la casa, pero todo estaba como lo habían dejado.

-No hay nadie –dijo Tai desde la habitación de Sora.

Yolei salió de la cocina más tranquila y se fue a encontrar con él, pero, de nuevo, había desaparecido uno de sus compañeros.

-¿Tai? ¡Tai! Jo, otra vez no. ¡No me puedo creer que yo sea la última! ¿Cuánto tiempo voy a tener que estar esperando?

El silencio de la casa fue el único que respondió a su pregunta. Todavía maldiciendo, desapareció del apartamento de Sora sin darse cuenta.

Algún lugar desconocido

Un fuerte golpe se escuchó en el segundo piso y Matt se giró sobre sí mismo, asustado. Estaba claro, aquello no había sido la falta de sueño. Era real. Cogió un jarrón de cerámica que tenía pinta de costar más de lo que se podía permitir y se acercó al borde de las escaleras. Una de las puertas del segundo piso estaba entreabierta, y un nuevo golpe alertó al rubio. Sin atreverse a subir, esperó en silencio, atento por si veía cualquier movimiento. Ya había registrado la casa cuando llegó y no había visto a nadie, así que el hecho de encontrar a alguien en el segundo piso lo asustaba. De pronto escuchó un nuevo ruido, acompañado esta vez por un “au” que le resultó tremendamente familiar. Matt tragó saliva. Con los nervios a flor de piel y con el jarrón bien agarrado por si tenía que usarlo, frunció el ceño y esperó. La puerta se abrió y un muchacho de alborotado pelo castaño se asomó frotándose la cabeza con la mano derecha. Matt soltó el aire que había retenido.

-Tai.

Se miraron.

-¿Matt?

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

-Pues igual que tú, supongo.

Bajó las escaleras y miró la ventana del salón.

-¿Es de noche? Pero si me acabo de despertar.

-Llevo aquí horas y no amanece.

-¿Y los otros?

Matt negó con la cabeza y Tai lo entendió: había estado solo todo ese tiempo.

Más cerca de lo que hubieran llegado a pensar, Yolei recorría una interminable calle en el más absoluto silencio. A sus dos costados había dos largas filas de casas de dos pisos, todas exactamente iguales, pintadas de color blanco y con las puertas y ventanas negras completamente cerradas. La carretera que pisaba era lisa y no tenía señales pintadas que la decorasen. No sabía a dónde iba y parecía que el paisaje no fuera a cambiar nunca, como si las filas de casas fueran eternas. Unos pasos detrás de ella le helaron la sangre y se giró de inmediato. Del mismo modo, los pasos cesaron. Allí no había nadie.

Tai y Matt caminaron por las calles con precaución, sin hacer el menor ruido. Había algo en el ambiente que los inquietaba, como si aquello que no podían ver fuese más peligroso que cualquier otra cosa que se les presentase delante. Matt miró las casas que estaban a su izquierda. “216”. “218”. “220”. Unos ojos en una de las ventanas. El rubio no dijo nada, como si así pudiera hacerlo desaparecer, y continuó caminando. De pronto, el grito desgarrador de una joven los obligó a girarse de inmediato. Dentro de alguna de las casas, la risa juguetona de un niño pequeño volvió a quedarse con su atención, mientras que en otra, una niña lloraba muerta de miedo.

-Vamos, Tai.

Los chicos se dieron la vuelta de nuevo y continuaron su camino, esta vez más deprisa. A lo lejos, a unos diez metros, vieron la silueta de un hombre enmascarado. Era alto y robusto, pero eso no fue lo que los hizo detenerse de golpe; en su mano derecha sostenía con fuerza un machete cubierto de un líquido rojo. Sangre. Por instinto, ambos dieron un paso hacia detrás con lentitud.

-Corre –volvieron a escuchar.

Y el hombre corrió hacia ellos alzando el machete por encima de su cabeza. Tai tiró de la camiseta de Matt y lo obligó a darse media vuelta para correr por donde habían venido. Sus cuerpos se llenaron de una adrenalina que llevaban tiempo sin sentir, casi tanto como tiempo llevaban sin pisar el Mundo Digital, y se iba acrecentando conforme avanzaban: a su alrededor parecía haberse congregado una inmensa cantidad de escenas espantosas. Una mujer se había arrodillado en la acera con el sudor pegándole la ropa y el pelo al cuerpo; sin poder evitar el llanto, incapaz de dejar de clavarle un cuchillo al cadáver fresco del bebé que sostenía en brazos. El vello de los muchachos se puso de punta al sentir el escalofrío que les viajó por la columna.

A Tai, por su parte, le recorrió el cuerpo una turbadora sensación de encierro: allá a donde iban, la silueta alta y delgada de una persona parecía observarlos correr, como si pudiese perseguirlos sin necesidad de mover los pies. Mientras Tai no podía hacer otra cosa que correr en lo que buscaba aquella silueta con la mirada, Matt se fijó en un hombre con la tez de un color blanco enfermizo, calvo, que vestía a juego con su piel y que lo único que hacía era mirar a su alrededor sin ver nada.

Tai se detuvo y miró hacia detrás. El hombre del machete no los perseguía. Sin dedicar tiempo a recuperar el aire perdido, continuaron la marcha. El hombre del machete parecía no estar, pero todas las criaturas que había en aquella espantosa calle eran igual de terroríficas. Al final pudieron apreciar a lo lejos una plaza vacía.

Yolei escrutó su alrededor, insegura. Había escuchado aquellos pasos, sin duda alguna, pero como no parecía que hubiera nadie continuó caminando. De nuevo, unos pasos detrás de ella hicieron que se volviera a girar, pero esta vez sin dejar de caminar. Al contrario, aumentó la marcha, con un terror que pocas veces había sentido a lo largo de su vida. Pero los pasos iban más deprisa, acercándose a ella más veloces de lo que ella caminaba. Con un grito ahogado, se detuvo y los pasos, una vez más, cesaron. Intentó tragar saliva con lentitud, pero tenía la garganta seca. Las piernas y los brazos le temblaban y se llevó las manos a la boca para morderse las uñas en un intento por mantenerse mentalmente estable.

Armándose de valor, dio dos pasos y escuchó dos pasos detrás de ella, que se volvieron a detener cuando ella también lo hizo. El pánico por sentir que había alguien detrás a quien no podía ver le recorrió las venas, como si sustituyera la sangre que la mantenía viva. De pronto pareció que morderse las uñas no era suficiente y que el terror se le desbordaba por los poros, así que gritó y corrió todo lo que pudo, más de lo que nunca creyó poder correr, llegando incluso a pensar que se caería por impulsarse más deprisa de lo que sus piernas eran capaces de soportar, y las lágrimas le empaparon las mejillas.

-¡Socorro! –Chilló desesperada.

El suelo de la plaza estaba decorado con miles de piedras lisas en tonos marrones y blancos, y en el medio había una gran fuente redonda. En el agua de esta se podían ver diversas imágenes sin ningún tipo de conexión aparente entre ellas, como si la fuente pretendiera proyectar los secretos más ocultos de las familias que visitaban la plaza. La imagen de un niño llamó la atención de ambos. Tendría unos cinco años y estaba con los ojos bien abiertos, pero no parecía ver lo que tenía en frente. Eran unos ojos sin brillo, sin vida. Estaba muerto. Estaba muerto y era real. No era una imagen más de la fuente; había un niño en el agua tumbado boca arriba. Apoyado sobre la piedra de la fuente, su padre sollozaba entre llantos con los brazos llenos de arañazos y el cuerpo empapado. Tai y Matt entornaron los ojos y cerraron los puños con fuerza. El corazón parecía haberse encogido y habérsele subido a la garganta al comprender que su propio padre era quien lo había matado.

Matt posó una mano sobre la espalda de Tai para animarlo a continuar y juntos corrieron hacia una de las demás calles a las que daba la plaza. Eran todas exactamente iguales y ninguna les transmitía confianza después de lo que habían visto, pero aún así se dirigieron a una cualquiera, que era exactamente igual a la que acababan de abandonar.

Por su parte, Yolei se detuvo en seco, incapaz de continuar por el miedo, y se arrodilló en la carretera con las manos aprisionando su sien y los ojos cerrados. Los pasos habían parado una vez más, pero se vio incapaz de abrir los ojos siquiera.

-Socorro… ¡Ayuda! –Gritó.

Los chicos se miraron. Conocían esa voz.

Continuaron caminando en la misma dirección, no muy convencidos de que aquel grito hubiese sido provocado por Yolei. A lo lejos, un bulto permanecía quieto en mitad de la carretera y entornaron los ojos para saber lo que era antes de acercarse.

-¡Yolei! –Dijo Tai.

Los dos corrieron para encontrarse con la chica. Se había encogido sobre sí misma y le temblaba el cuerpo.

-Yolei, ¿estás bien? –Le preguntó el rubio, agachándose a su lado.

-¿Matt? –Susurró, alzando la cabeza por fin.

-Estás temblando –observó el otro chico.

-Tai…

Matt se quitó la chaqueta y se la puso encima, mientras que Tai le rodeó los hombros con un brazo y la ayudó a levantarse.

-Tranquila, estamos aquí.

-Corre –volvieron a escuchar.

-Sí, pero tenemos que largarnos ya –concluyó Matt.
 

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V

Whisimbell

“Seres cambiantes en un mundo cambiante.”

Sora abrió los ojos. Frente a ella había una estantería blanca repleta de libros de varios colores y tamaños. Encima de la estantería, una pegatina indicaba que se encontraba en la “D”.

–¿Dónde estoy? –Le susurró a la nada.

Miró a ambos lados, pero lo único que había eran más estanterías sin espacio para ningún libro más. El ambiente era fresco y tranquilo, y olía a libro, como si se encontrase en mitad de la biblioteca de la universidad a la que asistía durante la carrera. El suelo era blanco también. Miró hacia arriba y se encontró un techo abovedado de estilo europeo a más de diez metros de distancia, con el color a juego con el suelo y las estanterías.

-¿Hola? –Rompió el silencio– ¿Hay alguien ahí?

Como nadie respondía, caminó para encontrar una salida o a alguien que quisiera ayudarla, pero lo único que había eran libros y más libros. Giró varias veces en varias direcciones hasta que encontró la “E” después de varios minutos. Por lo que veía, esa biblioteca debía ser inmensa. Al final encontró una pared vacía y la siguió por un largo pasillo hasta que se encontró unas escaleras empinadas. Sin pensarlo demasiado, las subió y llegó a una gran sala con sillones y mesas. No estaba cubierta, una barandilla era lo único que la separaba del suelo. Maravillada, miró la inmensa biblioteca desde lo alto, que tenía más libros de los que podía contar y más kilómetros de los que podía recorrer. Era la biblioteca más grande que había visto nunca, incluyendo las que aparecían en las películas. Jamás había visto semejante cantidad de libros juntos.

De pronto se dio cuenta de algo y escrudiñó su alrededor en busca de una ventana, pero la iluminación parecía provenir de todas partes, como si el propio lugar fuese una fuente de luz. Giró sobre sí misma y miró los asientos que tenía detrás, evidentemente blancos. Pero un gran libro al fondo de la sala llamó su atención. Era el único libro que había en esa zona y estaba abierto de par en par sobre un grueso atril del tamaño perfecto para una persona adulta de altura media. Se acercó y lo miró. Parecía estar abierto en una página al azar en la que solamente ponía “Whisimbell”. Frunció el ceño y pasó una página.

“Whisimbell”.

Cerró el libro. Era de tapa dura y aterciopelada, de color granate y con las letras “Whisimbell” en dorado. No tenía ni autor ni editorial.

-¿Qué clase de libro es este? –Se preguntó a sí misma.

Lo volvió a abrir en una página al azar.

<<Este libro contiene las respuestas a todas las preguntas sobre Whisimbell>>.

Sora abrió la boca, sin saber qué decir. Pasó las páginas, pero la única que estaba escrita era esa. El libro le estaba hablando. Lo cerró.

-¿Qué es “Whisimbell”? Arg, debo de estar volviéndome loca.

Abrió el libro.

<<Whisimbell se encuentra en mitad de la nada hacia ninguna parte y es aquel lugar en el que la imaginación cobra tanta fuerza que todo consigue hacerse real. Todo lo que alguna vez pensó el ser humano que podía existir, existe. Es el mundo mágico de Whisimbell aquel que está entre las sombras del que muchos se atreverán a llamar “real” equívocamente>>.

Sora analizó las palabras del libro con detenimiento y guardó esa información en su memoria, segura de que la necesitaría más adelante.

-¿Dónde se encuentra este libro?

<<La Biblioteca de Whisimbell, que contiene todos los libros escritos y por escribir, así como los secretos más ocultos de todas las dimensiones, se encuentra en el corazón de Whisimbell, el único lugar desde donde se puede elegir a dónde ir>>.

-¿Elegir a dónde ir? No entiendo nada –chasqueó la lengua, deseando que Izzy estuviera con ella para que fuera él el que intentase descifrar las palabras de aquel libro–. ¿A dónde se puede ir desde aquí?

<<El Mapa de Whisimbell es el único que muestra incluso los lugares más recónditos de este mundo y de todos los que lo rodean>>.

-¿Cómo puedo encontrar el Mapa de Whisimbell?

<<El Mapa de Whisimbell es tan imaginario como el propio Whisimbell>>.

Esas palabras no le dieron en absoluto una pista de dónde podía encontrar aquel mapa, pero sabía que le estaban dando la respuesta sin explicarle cómo hacerlo. Volvió a chasquear la lengua, exasperada.

-¿Dónde puedo encontrar a mis amigos?

<<Whisimbell>>.

-¿Por qué estoy aquí?

<<Whisimbell no trae a nadie por casualidad>>.

Pero eso Sora ya lo había supuesto.

-¿Puedes responder a cualquier cosa?

<<El libro de Whisimbell solo responde cuestiones sobre Whisimbell>>.

Lógico.

-¿Podrías responder con más exactitud?

<<Whisimbell>>.

-¿Cómo puedo llegar hasta mis amigos?

<<Nadie quiere salir de la Biblioteca de Whisimbell>>.

Eso la asustó, haciéndole preguntarse qué podría encontrar fuera. Pero tenía que salir de allí sí o sí.

-Quiero salir de la Biblioteca de Whisimbell para encontrar a mis amigos. ¿Cómo puedo salir?

<<El Mapa>>.

-Quiero el Mapa de Whisimbell –probó.

Pero la palabra “Whisimbell” había aparecido de nuevo.

-¿Por qué estamos mis amigos y yo en este mundo?

<<La perla del dragón>>.

-¿Qué es la perla del dragón?

<<El emperador de China le ordenó a su primogénito que retase al dragón para robarle la perla y esta se convirtió en la joya más preciada del Reino de China>>.

-¿Tengo que ir a China para encontrar la perla? –Se extrañó.

<<Whisimbell>>.

Algo a su lado se movió. En uno de los asientos había una criatura que no mediría más de quince centímetros de alto, redonda como una pelota y con dos patas pequeñas. Una enorme boca era lo único que tenía en la cara y, sin embargo, se encontraba con un libro abierto frente a él, simulando que lo leía. O quizás lo leía de verdad.

Los ojos de Sora se abrieron de par en par, incapaz de adivinar lo que era. No era un digimon, de eso estaba casi del todo convencida. La criatura la miró y le sonrió, mostrando una perfecta dentadura humana, y ella le devolvió la sonrisa con cierto temor.

-Hola –dijo, pero la criatura no habló–. ¿Sabes dónde puedo encontrar el Mapa de Whisimbell?

Aquel ser dejó el libro en una de las mesas y caminó hasta las escaleras. Sora miró a su alrededor indecisa, pero no le quedaba otro remedio que seguirlo. Caminaron durante varios minutos por aquellos pasillos hasta que Sora empezó a pensar que no la llevaría hacia ninguna parte. Pero de pronto se detuvo en uno de los pasillos de la letra “D” y señaló uno de los libros a los que él no llegaba, titulado “Dnn’s trsnak 8”. A la chica le resultó familiar, lo cogió y lo dejó en el suelo. La criatura abrió el libro y le indicó que leyera la página.

<<Uno de los mayores obstáculos que nos podemos encontrar al visitar estas lejanas y a la vez cercanas tierras es el simple hecho de saber hacia dónde nos dirigimos pero, sobre todo, saber cómo llegar. Para conseguirlo y no acabar perdiéndonos en mitad de alguno de los bosques de Whisimbell o siendo devorados por alguna de sus criaturas, lo único que podemos hacer es encontrar el legendario Mapa de Whisimbell, aquel que contiene todas las direcciones habidas y por haber en ese mundo cambiante. A simple vista no podremos hallar el Mapa; este se encuentra oculto en el Área de Papel. Pero todo lo que descansa en el Área de Papel puede ser traído a la realidad de Whisimbell tras unos sencillos pasos. Aunque es probable que seas uno de los Elegidos y, en ese caso, solo pon tu mano sobre esta página y pide aquello que deseas>>.

Sora miró a la criatura antes de posar su mano en el libro. Por algún motivo que no entendía, incluso ese otro libro sabía que en algún momento los elegidos necesitarían esa ayuda.

-Quiero el Mapa de Whisimbell –articuló.

Una fuerte ráfaga de viento sacudió el aire y pasó las páginas del libro “Dnn’s trsnak 8”, mostrándole una hoja doblada y colocada en una página al azar. Al desdoblarla vio que se trataba del Mapa de Whisimbell, así que se lo guardó en el bolsillo del pantalón sin pensárselo. Cogió el libro y leyó por encima algunas páginas. En él se contaban todos los trucos que quien lo hubiese escrito pensó que necesitarían al llegar, como si hubiese estado esperando durante mucho tiempo a que los elegidos pisaran Whisimbell y supiera los primeros pasos que iban a dar. Miró el índice: “Whisimbell”, “Leyendas”, “Sobrevivir”, “Elegidos”, “Valor”, “Amistad”, “Amor”, “Conocimiento”, “Pureza”.

No continuó leyendo. Le bastaba para saber que alguien se había puesto en contacto con ellos mediante ese libro. Volvió a echarle un ojo a la criatura, que no había relajado la sonrisa, y se guardó el libro en el bolso.
 

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He decidido continuar subiendo también este fic, aunque este no está terminado y seguramente luego tarde bastante en actualizar. Espero que alguien lo disfrute y que, si lo hace, me lo haga saber jajaja.
¡Un saludo!



VI

Alucinaciones
“Si yo hiciera mi mundo todo sería un disparate porque todo sería lo que no es. Y entonces, al revés, lo que es, no sería, y lo que no podría ser, sí sería. ¿Entiendes?”, Alicia en el País de las Maravillas.
El sol se había colocado justo sobre sus cabezas y había comenzado a calentar el asfalto, abrumándolas por completo debido al fuerte calor que las asaltaba. La carretera que llevaban recorriendo varias horas parecía no tener fin, y sin embargo no vieron ningún coche pasar. A ambos lados, un frondoso bosque impedía que el sol les diera de lleno. Mimi se llevó una mano a la frente caliente y Olympia se colocó una mano en el cuello al notar que su dolor de cabeza había aumentado.

-Me quiero ir a casa.

Olympia ignoró por décimo segunda vez la frase de su amiga sin dejar de caminar y se recogió los rizos en una coleta. Mimi se detuvo y se acuclilló de pronto, metiendo la cabeza entre las rodillas.

-¿Estás bien?

-Necesito agua, comida y una casa.

-¿Quieres que vayamos por el bosque? A lo mejor hay alguna fuente natural con agua.

-¿Y si nos perdemos? ¿Y si pasa un coche mientras estamos por ahí? Mejor sigamos la carretera, es más segura.

Mimi se obligó a levantarse y continuó caminando con un jadeo. Olympia no pudo evitar sorprenderse al verla, ya que no esperaba que la chica tuviera tal fortaleza para continuar después de todas las quejas que había lanzado. Pasada media hora, las dos se asustaron: se encontraban en mitad del bosque. Mimi ahogó un chillido.

-¿Qué?

-¡¿Cómo hemos llegado hasta aquí?!

Olympia se llevó las manos a la cara, intentando entender lo que había pasado. ¿Cómo era posible que no se hubieran dado cuenta de algo así?

-Vale, ¡está bien! –Gritó Mimi con seguridad– Seas quien seas quien estés jugando con nosotras, quiero que sepas que te has metido con la elegida equivocada. Palmon vendrá a ayudarme y solucionaremos esto.

Su compañera la miró con expresión intensa, concentrada en descubrir lo que fuera que quisiera decir con aquello.

-¿Quién es Palmon?

-Una vieja amiga –respondió llevándose la mano al pecho, envuelta de pronto por una gran nostalgia.

-Volvamos a la carretera –dijo Olympia.

Caminaron por el bosque sin saber qué dirección estaban tomando, en busca de la carretera de la que habían desaparecido sin darse cuenta. El bosque era espeso y no podían esquivar las plantas que se les ponían por delante, así como los bichos varios que estaban posados sobre estas. Olympia había pensado que Mimi, al ser una chica de ciudad que había estado rodeada toda su vida por comodidades, sería lo suficientemente delicada como para no aguantar el revoloteo de aquellos pequeños seres que tan poco gustaban a la mayoría de humanos, pero, al contrario, no se inmutó cuando los bichos se posaron sobre ella.

-No me gustan los bichos –comentó como si le leyera la mente.

-Mira, allí hay un camino.

Sin pensarlo, se dirigieron hacia allí y comenzaron a caminar por el camino de tierra húmeda, que parecía que alguien había hecho a propósito con la ayuda de un machete o de un cuchillo bien afilado. A lo lejos, un hombre seguía el camino en dirección contraria, acercándose a ellas. Llevaba una boina que le cubría el pelo gris y pantalones y una camisa holgados, con una larga historia por detrás. Era alto y con expresión relajada, posiblemente dando un paseo que daba todos los días.

-Hola –saludó Mimi cuando estuvo a su altura.

-Buenas, señoritas –respondió el anciano con las manos detrás de la espalda.

-Disculpe, ¿puede decirnos dónde queda la carretera? –Inquirió Olympia.

-¿La carretera? Estamos muy alejados de la carretera.

-Sí, nos hemos perdido.

El hombre sonrió con comprensión y se giró.

-Si siguen caminando por aquí llegarán a una granja abandonada, y si la rodean acabarán viendo la carretera.

-¡Muchas gracias! –Sonrió Mimi.

-Un placer –le devolvió la sonrisa y continuó caminando.

Las chicas emprendieron el camino contrario y Mimi miró hacia atrás varias veces.

-¿Qué te pasa?

-No me fío un pelo, no creo que se trate de un hombre normal.

Olympia no lo entendió, pero Mimi se refería a que podía tratarse de un digimon. Las cosas que estaban ocurriendo eran demasiado raras como para tratarse de un hombre normal y corriente.

Pasados varios minutos, una carcajada en la lejanía rompió el silencio y Mimi se pegó a su compañera todo lo que pudo. Se detuvieron en mitad del camino sin saber de dónde venía la risa, pero viniera de donde viniera, se estaba acercando. Mimi gritó asustada y arrastró a Olympia a correr detrás de ella. Los lamentos de la chica empezaron a escucharse más que las carcajadas, y la rubia no paraba de pedirle que se callara sin éxito. Al final, Olympia la agarró del brazo y la obligó a mirarla, provocando que se girara hacia ella con la boca entreabierta.

-Mimi, tranquilízate –le pidió.

La chica dio un paso hacia detrás y el camino bajo sus pies desapareció para dejar en su lugar un profundo precipicio. Mimi cayó y Olympia le agarró la mano justo a tiempo, pero su peso era demasiado; Olympia era más bajita y, por tanto, pesaba menos.

-¡Mimi! –Gritó con esfuerzo, apoyando el brazo libre con fuerza en el suelo para sostenerlas a ambas– No puedo…

La elegida miró hacia abajo y una sensación de vértigo le recorrió el cuerpo. Intentó poner su mano libre al lado de su amiga para ayudarla, pero no llegaba. Con esfuerzo, se obligó a relajarse. No era la primera vez que estaba en una situación así, pero relajarse era imposible sabiendo que Palmon no estaba esa vez con ella para rescatarla.

-¡Palmon! –Chilló, esperanzada– ¡Palmon! ¡Ayúdame!

Deseó con todas sus fuerzas sentir la fuerte y segura hiedra de los látigos de su compañera digimon rodearle el cuerpo para sacarla de ese apuro, pero un espantoso sentimiento de soledad le invadió el cuerpo sin escrúpulo alguno, acrecentando aquella cruel sensación de vértigo.

A unos metros, un anciano pequeño con el cuerpo completamente cubierto de pelo seguía a tres muchachos a través del frondoso bosque. Un escalofrío recorrió la columna de Ken, obligándolo a detenerse, mientras que Cody se frotaba los brazos desnudos al notar que las temperaturas habían comenzado a bajar a una velocidad vertiginosa. Izzy se detuvo de golpe. Una voz había captado su atención e intentó escucharla de nuevo.

-¿Qué pasa? –Quiso saber Cody, que no había escuchado nada.

-¡Socorro!

Cody y Ken se miraron con el ceño fruncido y los labios ligeramente separados.

-Mimi.

Antes de que los dos chicos pudieran reaccionar a la conclusión de Izzy, este salió corriendo en la dirección en la que había creído escuchar la voz de su amiga. Sus tres acompañantes lo siguieron unos segundos después, quedándose la criatura peluda detrás.

-¡Mimi!

-¡Ayuda! ¡Palmon!

El pelirrojo desvió a la izquierda esquivando árboles y arbustos y saltando un matorral que jamás pensó que fuera capaz de saltar. A lo lejos, detrás de las hojas, pudo diferenciar la figura agazapada de una mujer de rizos rubios que le daba la espalda. Se acercó con cautela pero sin perder la adrenalina que le recorría la sangre y le tensaba los músculos, y se dio cuenta de que se encontraba al borde de un precipicio y corrió a socorrerla, dándose cuenta de que se trataba de la amiga de Sora.

-¿Olympia? –Le preguntó.

La chica no pudo girar la cabeza para ver quién era porque temía desequilibrarse y que ambas cayeran, así que miró a Mimi con los ojos bien abiertos buscando en ellos la alegría de saber que había alguien más.

-¡¿Izzy?! –Chilló Mimi– ¿Eres tú? ¡Ayúdame! –Y rompió a llorar.

El chico se puso al lado de Olympia y aferró la mano de Mimi con fuerza. Olympia se levantó con un temblor en las piernas que no había notado antes y tuvo que sentarse sobre la tierra húmeda que todavía no se convertía en barro.

-¿Se puede saber cómo has acabado ahí? –Reprochó Izzy.

-¡¿Vienes a ayudarme o a interrogarme?!

El pelirrojo hizo una mueca que parecía fruncirle la cara y se preparó para usar toda su fuerza. Aguantando el aire, tiró de ella para sacarla, pero con un solo brazo se le hizo una tarea más que complicada.

-Cómo pesas –resopló con esfuerzo.

-¿Me estás llamando gorda?

-Yo no he dicho es…

-¡Me estás llamando gorda! ¡Eso no se le dice a una señorita, Izzy!

Izzy soltó el aire.

-¡Una señorita hubiera mirado por dónde camina y no hubiera caído por un precipicio!

-¡No había precipicio, apareció de repente! Sácame de aquí, Izzy –jadeó.

Y la soltó.

Es broma, sigamos:


El chico apretó los músculos con fuerza y colocó el brazo libre con firmeza sobre la tierra.

-Izzy, ¿dónde estás? –Gritaron al fondo, pero no les hizo caso.

Una vez más, contuvo el aire y tiró de ella con todas sus fuerzas. El cuerpo de la chica comenzó a elevarse y, cuando estuvo a la altura de la tierra, Olympia se sintió con fuerzas suficientes y la agarró de la otra mano para ayudarlo. Juntos la subieron hasta dejarla a salvo y Mimi se aferró al cuello de Izzy haciéndole caer y quedando encima de él. Izzy respiró aliviado, soportando el peso de su amiga.

-¡Qué miedo!

-Deja de gritarme al oído –susurró Izzy.

Mimi se hinchó de aire y frunció los labios. Apoyó una mano en su pecho con firmeza y estiró el brazo para mirarlo a la cara.

-Estás muy antipático para haberme visto casi morir.

-Au –replicó, obligándola a levantarse e imitándola–. Explícame eso de que no había precipicio.

-Izzy –dijo Ken apareciendo– ¡Está aquí!

Cody acudió a la llamada de su compañero y se encontró con ellos.

-Mimi –saludó–, hola. Soy Cody, encantado de conocerte. Él es Ken.

-Olympia –se presentó, descolocada por la repentina cordialidad del chico.

-¿Cómo que no había precipicio? –Repitió Izzy, impaciente.

-Empezamos a correr –explicó la rubia–, la cogí del brazo y de repente desapareció el suelo y Mimi se cayó.

-¿Desapareció el suelo, sin más? –Inquirió Cody.

Las chicas asintieron con el cuerpo aún temblando por el susto. Mimi se abrazó y suspiró entrecortadamente, con el miedo de toparse de nuevo con una trampa mental como aquella.

-¿Qué haces con Olympia, por cierto? –Quiso saber el pelirrojo– ¿Te la encontraste aquí?

-Había vuelto a Japón el mismo día en que tú desapareciste.

-¿De verdad?

-Sí.

Izzy se quedó mirándola, esperando que le contara cuál había sido el motivo de su visita, pero la chica desvió la mirada hacia la profundidad del bosque.

-¿De vacaciones?

-A vivir –sonrió–. Iba a ser una sorpresa, solo lo sabía Sora porque me iba a quedar en su casa una temporada, pero desapareciste y lo estropeaste. Seguro que lo hiciste a propósito.

-Mimi, no dig…

-Como digas que son tonterías no te hablo en una semana. Hoy ya me has llamado gorda, suficiente.

-Pero que no te llamé gor…

-¡No lo niegues!

-¿Me quieres dejar habl…?

-¡No!

Izzy gruñó, exasperado, y decidió dejar la conversación con Mimi para más tarde.

-No entiendo nada –soltó Olympia de pronto.

Habían olvidado que ella no formaba parte de nada relacionado con el Mundo Digital.

-Es verdad, ¿qué hace Olympia aquí? –Le susurró el pelirrojo a Mimi.

-Desapareció también –respondió en voz alta–. Cuando me fui solo quedaban en casa de Sora Tai y Yolei, e incluso habían desaparecido también Ari y Jake.

-¿Ari y Jake? –Preguntó Ken.

-La amiga de Matt y TK, y su novio.

-Supongo que debíamos habernos alejado de cualquiera para que no se vieran involucrados –opinó Cody.

-No teníamos forma de saberlo. ¿Sabes en qué orden desaparecimos? A lo mejor eso nos puede dar una pista acerca de algo –pensó Izzy, olvidándose una vez más de Olympia.

-Creo que sí. También vimos el mensaje de tu ordenador, pero no descubrimos nada nuevo.

Izzy se colocó una mano en la barbilla, pensativo.

-Debí haber pensado que el mensaje estaba en peligro en el ordenador, pero solo hice dos copias en dos discos duros externos. No pensé que no tendría el ordenador conmigo en algún momento.

-¿Qué mensaje? –Preguntó Ken.

-Vámonos de aquí y les cuento con más tranquilidad.

-Deberíamos buscar un lugar donde descansar esta noche, dentro de poco empezará a oscurecer –añadió Cody.

En ese momento, una criatura extremadamente peluda apareció entre los matorrales y Mimi y Olympia dieron dos pasos hacia detrás instintivamente.

-Es un amigo nuestro.

Los seis caminaron por el bosque mientras los chicos explicaban su encuentro con el extraño anciano, en busca de algún lugar en el que quedarse, pero no encontraron nada. Las chicas contaron que un hombre les había hablado de una granja y siguieron el camino que había perdido Mimi hacía un rato, para buscarla. Pasados varios minutos, cuando empezó a oscurecer, decidieron acampar en un pequeño claro que estaba rodeado de árboles con el tronco grueso y áspero. Cuando el lugar se sumió en la absoluta oscuridad, se tumbaron para intentar relajarse y descansar.

-Debimos haber parado antes y hacer algo de fuego –se martirizó Izzy.

-Tengo hambre.

-Tú siempre tienes hambre, Mimi.

-¿Me estás llam…?

-No te estoy llamando gorda.

La criatura, a la que Mimi decidió llamar Pelumon por si se trataba de un digimon, se tumbó a su lado dándole calor con su mata de pelo gris, que estaba más limpia de lo que aparentaba.

-¿Seguro que es inofensivo? –Le susurró a Izzy al oído por si Pelumon los entendía.

-Sí, no ha hecho más que perseguirnos y buscar comida.

Mimi se quedó mirándolo mientras él mantenía los ojos cerrados boca arriba, intentando dormirse.

-Has cambiado –musitó.

Izzy notó sus ojos pardos clavados en su rostro y no pudo evitar tragar saliva disimuladamente y ruborizarse, convencido de que no lo apreciaba debido a la oscuridad.

-Todo el mundo cambia, Mimi. Tú también, un poco.

-¿Eso qué significa?

Sonrió.

-Que sigues siendo una niña.

Mimi no respondió. Izzy abrió los ojos y giró la cabeza para mirarla. Se encontraba de lado hacia él, encogida sobre sí misma, con el brazo de Pelumon dándole calor y una mata de hojas bajo su cabeza. Había cerrado los ojos, pero no estaba dormida.

-¿Estás mejor?

-Pensaba que no me lo ibas a preguntar nunca.

Lo dijo tan bajito que al chico le costó escucharla.

-Mimi, yo s…

-Ya, ya, ya lo sé. Es normal que te preocupes por mí porque soy genial y todo eso. No te enamores de mí, por favor.

Izzy tosió y se incorporó, atragantándose con su propia saliva.

-Era broma –sonrió la chica sin abrir los ojos.

La miró hinchándose los pulmones de aire para que la sangre se le bajara de la cabeza y se volvió a tumbar. Al mirarla de reojo, notó que su cuerpo se había relajado y que su respiración se había ralentizado, como si fuera un complemento perfecto para el silencio de la noche.

-Buenas noches –le deseó, aunque sabía que ya no podía escucharlo.

En el otro lado de Pelumon, Olympia no podía pegar ojo. Ken se había ofrecido para hacer guardia esa noche, y se había tumbado para mirar las pocas estrellas que las hojas de los árboles le permitían ver. Cody había apoyado la espalda en un tronco y jugaba con un palo haciendo dibujos en la tierra que no conseguía apreciar por la escasez de luz. La chica se incorporó y se sentó al lado de Cody, rodeándose las piernas con los brazos y apoyando la mejilla en su antebrazo en lo que miraba la tierra que el chico removía.

-¿No puedes dormir? –La miró.

-¿Qué está pasando?

Ken giró la cabeza justo a tiempo para intercambiar una mirada con Cody, aprobando con ella el hecho de que debían contárselo cuanto antes.

-No estamos seguros, pero tenemos nuestras hipótesis.

El pequeño de los elegidos comenzó a contarle lo imprescindible con la ayuda de Ken, que intervenía de vez en cuando, y la chica no pudo evitar abrir la boca al imaginarse a Sora, su amiga desde la universidad, viviendo aventuras en un mundo repleto de criaturas digitales de todos los tamaños y colores. No se lo hubiera creído de no ser porque tenía a Pelumon al lado, porque todos habían desaparecido de improviso y por las cosas que habían pasado en ese bosque.

-¿Y estamos en ese mundo ahora?

-Creemos que no, pero es evidente que han traído a los Elegidos por algo. Que hayan venido tú y los otros dos se trata seguramente de un error –Cody se metió en sus cavilaciones–. Si se tratase de Gennai no habría ningún error, y por supuesto ningún digimon ha podido traernos aquí. Creo. Los dioses, Las Cuatro Bestias Sagradas… evidentemente no hubieran traído personas de más. ¿Algún servidor del Mundo Digital? ¿Alguien que vaya más allá de los dioses? –Cogió aire– Es probable que no tenga nada que ver con el Digimundo.

-¿Alguien como Yukio Oikawa? –Pensó Ken.

Cody tardó en responder. Ya había pensado en esa posibilidad.

-Sería muy ambicioso pensar eso, una opción muy remota, pero creo que es la única que me cuadra de momento.





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